Al socaire

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Cómico o ridículo (y 6)

17 enero, 2017 By amarias Deja un comentario

Termino aquí la primera presentación de aquellas situaciones de mi propia existencia que me parecieron cómicas o ridículas, según calificativo surgido de una apreciación exclusivamente personal. Al escribir estos relatos, encuentro que tengo muchas más anécdotas de esta categoría de las que imaginaba, así que veo llegado el momento de poner punto final provisional a la serie para no convertirlo en tema dominante.

Lo hago con dos episodios que adapté, para darles un tono moralizante-, a la mentalidad de mis nietas (un ramillete de duendes con edades comprendidas entre los seis y los cuatro años). Como el primero de ellos tuvo otros testigos (algunos de mis hermanos), les ruego que se guarden las posibles diferencias que encuentren para comentarlas exclusivamente en el ámbito familiar.

Cuando éramos niños, la casa familiar en donde pasábamos los veranos, no tenía agua corriente, es decir, no había aún «agua de la traída», cuya aparición se demoraría unos años.

Entre otras servidumbres higiénicas, era necesario ir con el carro tirado por la yunta de vacas hasta el río, y cargar varios toneles o bidones con los que llenar un pozo junto a la casa. Las necesidades de agua para beber se solucionaban con cubos  recogidos de una fuente (creo que la llamaban «El pilón», que las mozas que había en casa traían sobre la cabeza, manteniéndolos apoyados en unos rodetes de paño y ayudándose al equilibrio con una mano. Era una imagen muy pictórica.

Yo tenía más o menos once años y, como otros domingos, los mayores fuimos con mi padre a darnos unos chapuzones al río. La ocasión resultaba siempre una fiesta. Aquel día en especial yo estaba especialmente contento y nervioso, pues me habían dejado la cámara de un neumático viejo, que había inflado con una bomba de bicicleta.

Al llegar al río no tardé en subirme a mi improvisada barquichuela y, utilizando mis manos como palas, me entretuve dando varios paseos por las quietas aguas de aquel lugar que, por su mayor seguridad, habíamos elegido para el baño.

Estaba tan entretenido con mi juego, que no me di cuenta que la corriente me estaba alejando río abajo. Desde la orilla, algunas mujeres que estaban lavando la ropa, me gritaban algo que, en principio no entendí. Creí que me saludaban.

Hasta que, de pronto, lo tuve claro. La voz de Jorgelina sonó, vibrante, en mis oídos: «¡Angelín!¡Ahí al frente hay rabiones! ¡Es muy peligroso!¡Tírate!»

Miré al frente y ví, con espanto, que os estábamos aproximando, la cámara y yo, a gran velocidad, a lo que me pareció una catarata. Salté bruscamente, abandonando el neumático y, con el corazón a cien por hora, dando manotazos primero y luego chapoteando, y en todo caso, a duros trompicones, alcancé, por fin, la orilla.

Mi padre se había dado cuenta, angustiado, de que me estaba alejando peligrosamente de la zona calma. También me gritó y asimismo, no lo oí. Así que, corriendo por la orilla, pretendía llegar a donde yo estaba. Los árboles le impidieron advertir que yo me había lanzado fuera del neumático y, cuando pudo ver nuevamente el río, solo atisbó, a lo lejos,  una llanta a la deriva, sin nadie encima.

Temió que me hubiera ahogado.

Fue una suerte que mi aparición, con cara aún de susto, pero esbozando una falsa sonrisa de tranquilidad, no se demorara. Mi padre esperó a que llegara a su encuentro y, con tono muy airado, me espetó: (aquí adopto un tono melodramático, que a mis nietas les encanta, por lo  que me piden, una y otra vez, que repita esta parte del suceso)

«¡Angelín!¡Que no vuelva a suceder!¡Me diste un susto de muerte!¡Tienes que obedecer!¡Cuando yo te digo que hay peligro, hay peligro!»

Y acompañó su recriminación con un par de sonoras bofetadas.

Mis nietas se ríen a carcajadas cuando yo gesticulo «¡Pim, pan!», cruzando los brazos, y les apunto, nuevamente, la moraleja. «Hay que obedecer a los papás y a los abuelos».

En ese mismo río Narcea, muchos años más tarde, estaba pescando con aparejo de mosca para trucha, cuando sentí un fuerte tirón y vi saltar, a unos cincuenta metros de distancia, cebado en el engaño, un magnífico salmón de siete u ocho kilos.

Había leído historietas de avezados pescadores que con hilo finísimo, destreza descomunal y paciencia infinita, habían conseguido, se decía, doblegar al animal, y cobrarlo a la orilla. Pero yo no tenía ni idea de cómo hacerlo. Así que, torpemente emocionado, sin dejar de observar la caña ni de dar carrete, me acerqué a uno de los ribereños, al que estaba más próximo.

-«He cogido un salmón. Pero tengo aparejo de trucha y un hilo que solo aguanta 1 kg. Necesito que me ayudes a sacarlo.»

El otro me miró y, lanzando nuevamente su aparejo, con calma, me dijo: «Sin problemas. Acércalo hasta aquí y cuando lo tengas en la orilla, voy con la sacadera».

En aquél preciso momento, el salmón dio un fuerte tirón y allá se fue, con mi aparejo, libre y suelto. Mi colega de pesca sentenció, mientras el cabo del hilo roto oscilaba al viento del atardecer: «Es lo que tiene. Si vas a salmón, usa hilo para salmón, y si vas a trucha, hilo fino. Porque si por casualidad te entra un salmón cuando andas a trucha, pierdes el bicho y el aparejo».

—–

El reyezuelo listado (regulus ignicapillus) es pájaro muy pequeño, vivaz, y, como ya apunté en otro comentario, parece desentenderse de los humanos, pudiendo fotografíarsele, cuando se tiene la suerte de avistarlo alimentándose de insectos o de diminutos granos, desde muy cerca.

El listado se distingue del común (regulus regulus) en que éste tiene una raya negra, paralela al píleo, en donde destaca la real coronilla, de un amarillo vibrante, que atraviesa la zona del ojo.

Me caen muy simpáticos los reyezuelos. A este de la foto, que llegó a acercarse tanto que se salía fuera de foco para el objetivo que llevaba, le hice compañía durante casi media hora, y solo me miró un par de veces, como diciéndome: «¿Qué tengo yo para interesarte tanto? ¿Acaso tengo pelos en la cara?»

Publicado en: Sin categoría, Sociedad

Cómico o ridículo (5)

16 enero, 2017 By amarias Deja un comentario

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El sentido del ridículo es una de las defensas menos seguras que tiene el ego frente a la maledicencia ajena. Sin embargo, es utilizado frecuentemente como excusa para ocultación de nuestra inseguridad.

No me refiero a la prudencia que debe servir de recoleta pantalla para que los demás no se nos cuelen, sin estar invitados, en lo que nos interesa proteger, y, en especial, para evitar que lo hagan con intenciones retorcidas o actúen como elefantes en cacharrería. Caracterizo, por contra, el «sentido del ridículo» como un impedimento que nos lleva a ocultar nuestra opinión, cuando la situación lo requeriría, a no mostrarnos, cuando sería conveniente dejar expresa  nuestra voluntad, o a no dar la cara para poner en solfa a quienes están maltratando un bien público o incumpliendo una norma cívica.

Como casi todos los seres humanos, yo he evolucionado desde la timidez que traté mal que bien de disimular en la adolescencia, hasta conseguir derribar amplias barreras de mis zonas exógenas de seguridad. Puede que algunos interpreten que pertenezco al grupo de los extrovertidos, y no me veo así. Lo que me pasa queda mejor explicado porque a) no concibo estar en una reunión sin sacarle el máximo jugo para que resulte interesante y b) me he propuesto no dejar pasar por alto, manifestando mi criterio, ni las injusticias, ni las incoherencias, ni las mentiras interesadas, ni, entre otras, las vulneraciones ambientales.

Por supuesto, nunca he pretendido hacer el ridículo de forma consciente. Aunque algunas veces tengo la sensación de haber protagonizado escenas de alto contenido ridiculizante.

Una de ellas fue, sin duda, con ocasión de las pruebas físicas de milicia universitaria, que, en Oviedo, se desarrollaban en el campo de atletismo del Colegio de San Gregorio.

Las pruebas se realizaban por facultades o escuelas universitarias, de acuerdo con los cuerpos del Ejército a los que seríamos destinados si superábamos esos exámenes. Una de las pruebas, la más simple, suponía correr cien metros en menos de 14 segundos, en grupos de seis: tirado. Yo no tenía problema con ninguna (ni subir la cuerda, saltar «el caballo» o superar los 4,5 m en longitud), aunque sí (como otros) un recelo: tenía dos compañeros, Anselmo Gutiérres y Feliciano Alvarez, que eran campeones de distrito en cien metros lisos, vallas y lo que se les pusiera por delante.

«Por favor, no forcéis el ritmo» -les pedimos los demás- «Vayamos todos, más o menos, a la par».

Cuando nos dieron la salida, yo tenía a mi izquierda a Feliciano. Salió como una bala. Tratando de seguirle el paso, trastabillé y di con la cara en el suelo, además de destrozarme la piel de ambas piernas. Fin de la prueba, eliminado.

La salvación vino de la mano de uno de los tenientes que vigilaban el desarrollo de la prueba: «No te limpies, y vete de inmediato al comandante, salúdalo militarmente, y pídele permiso par repetir la prueba mañana». Mi aspecto debía de ser deplorable. Accedió.

Al día siguiente, mis dos rodillas se habían hinchado de forma notable. Los candidatos de Derecho, que eran también amigos  (y, por fortuna, no pensaban batir ningún récord), no forzaron la carrera y la superé sin mayores problemas. Ah, pero el salto de longitud, que era lo que siempre se me había dado mejor, se torció. Las piernas me dolían terriblemente y cometí dos nulos imperdonables.

Traté de mentalizarme para volar, como fuera, al tercer intento. Tenía al estadio pendiente de mi, porque quedábamos solo cuatro minusválidos (con respeto lo digo) atascados. Sentí el calor de la multitud en mis orejas. Corrí cuanto pude, y, no queriendo pisar la raya, salté incluso un decímetro antes, yendo a caer alejado, me pareció, un metro más allá del mínimo.

Sonaron los aplausos de la clac entregada ante aquel aspirante cubierto de esparadrapos y con la cara llena de postillas. «Chaval, te has pasado. No había que batir ningún récord. » alguien me dijo.

En relación con los deportes, el mío, durante algún tiempo, fue la pesca. Estábamos de vacaciones en Noia, con esposa, hijos y cuñada, y habíamos alquilado un piso en una casita al lado de la ría. Magnífico paisaje. A poco de llegar, una tarde en que la familia se había ido de compras, yo decidí acercarme a la ría y recoger algunas lombrices de mar, que utilizaría como cebo, y que los asturianos llamamos xorra.

Me armé con botas de pescar de caña alta, una fesoria y una caja para mis cebos, y bajé, confiado, hasta la ría, metiendo ambos pies en el fango en donde esperaba cargarme de lombrices. En segundos, me vi con ambas piernas hundidas hasta los corvejones y, lo que es peor, sin capacidad de movimiento alguna.

Pasé los peores momentos de mi vida, mientras arrastraba, penosamente, los pies, hasta recuperar la orilla. Ni azadón, ni caja de cebos. Subí a la carretera, con las botas y los pantalones chorreando basa maloliente. Esperaba no cruzarme con nadie hasta llegar a casa y poder limpiar mi indumentaria, pero me topé con una vecina, que me advirtió. «Ay, rapaz, vexo que téntante os caramuxos,  mais ten coidado co o bulleiro, que e moito traizoeiro»

Como no doy mi brazo a torcer así como así, le contesté, con una sonrisa: «No iba por bígaros, señora. Acabo de dejar el yate aparcado ahí mismo».


Me gusta esta foto de un colirrojo tizón (Phoenicurus ochruros), volando desde su percha -se suelen colocar, moviendo de forma característica su cola rojo-anaranjada, sobre un murete, o el alféizar de una ventana- hasta la presa apetecida.

No es una instantánea clara, pero el color del conjunto me parece que posee una calidad pictórica agradable. Al fin y al cabo, a veces, en la indefinición está el mérito.

Publicado en: Sin categoría Etiquetado como: caramuxo, cómico, milicia, Noya, ridículo, San Gregorio, universitaria

Cómico o ridículo (4)

13 enero, 2017 By amarias 2 comentarios

pito real cabeza mejor

Puede que, con la que está cayendo y la que amenaza con caer, dedicar comentarios de este blog a glosar situaciones más o menos ridículas en las que yo fui protagonista principal o invitado especial para presenciar el patinazo ajeno, sea, en sí misma, y dada mi exigencia de rigor, una actuación ridícula.

Asumo el riesgo. Todo el mundo que cree tener algo que decir, habla hoy de Trump, del Brexit, de los migrantes sirios, de la crisis interna de Podemos (¿Unidos Podemos?), de la inmensa corrupción destapada, o de la deriva hacia mares ignotos del PSOE.  Me tomo un respiro, y en lugar de incidir en lo que hay tanta gente que alardea de saber tanto, yo me concentro ahora en lo que se más y mejor que nadie, sin competencia. De mí mismo.

Un innegable momento de ridículo para mí, con exposición pública a la picota, lo protagonicé con ocasión de la inauguración del Centro de Diseño de CAD-CAM de Asturias, allá por 1986, a cuya dirección acababa de ser designado. El CAD-CAM, para los despistados, son las siglas correspondientes a las modalidades Computer Aided Design, diseño asistido por computadora, y Computer-Aided Manufacturing, fabricación asistida por computadora. (Más información en: http://alsocaire.blogia.com/2009/012501-sobre-factorias-culturales.php )

El Centro de Diseño era la primera piedra del proyecto de la Factoría Cultural, que estaba apoyado por el entonces Presidente del Principado, Pedro de Silva, y respondía a la elucubración mental, entre otros, de Juan Cueto. Estuvo situado en un chaletito recuperado en el espacio que ocupara Cerámica Guisasola, que había quebrado. La inauguración fue  un éxito, con asistencia del ministro Joan Majó y una representación nutrida de las fuerzas vivas de la región, que se agruparon en el pequeño recinto para la ocasión.

El punto débil del asunto era que el ordenador central (un potente Cyber) no había llegado a tiempo y, para no postponer el acto, se había decidido desde el Instituto de Fomento Regional, que presidía Leonardo Alvarez de Diego, conectar las pantallas de alta resolución con el ordenador de la Escuela de Ingenieros Industriales de Gijón, de la misma familia que el que no había llegado, aunque con escasa capacidad de diseño y cálculo. Nada importante, sin embargo, se me dijo, pues, el equipo estaba ya en aduanas y tardaría solo un par de días en llegar.

Lamentablemente para la rentabilidad política del acto, la desleal oposición (seguramente, personal del propio PSOE) destapó el apaño y mi foto apareció, sonriente, al día siguiente, en los periódicos locales, bajo el titular «El Centro de Diseño de Asturias se inaugura con cajas de cartón».

Como no pretendo ahora contar la historia completa, sino recordar mi ridículo, dejo el asunto aquí, que tuvo mucha más miga.

Cuando me decidí a estudiar Filosofía, en la Facultad de Oviedo, siendo ya bisoño profesor de la Escuela de Minas, con el principal objeto de poder estar algo más de tiempo con la que sería mi esposa, no imaginaba lo exigente que era el profesorado y la extensión y complejidad de las asignaturas. Por mis trabajos en Ensidesa y en la Escuela, no podía asistir a la mayoría de las clases, aunque contaba con los apuntes y la orientación de María Jesús.

El profesor de Latín era Luis Castañón, a quien yo conocía de antes, pues tenía muy buena relación con mi padre -creo que había sido Hermano Marista- y tenía buena relación con alguna de sus hijas. Me senté el día del examen final al lado de María Jesús, y le copié la traducción. Era un texto de la Eneida, de Virgilio. Como tenía mucho tiempo de sobra, la puse en verso.

Al cabo de unos días, se publicaron las notas. Yo había obtenido un notable, y el sujeto de mi adoración, estaba suspensa. Aquella tarde me lanzó un ultimátum: «Vete a hablar con Castañón y o consigues que me apruebe, o no quiero saber más de tí». Así que pedí ver a Castañón, que me recibió amablemente y, ya desde la puerta, me advirtió: «Entiendo que venga a reclamar que le suba la nota, y tiene mucho mérito que haya puesto la traducción en verso». Le atajé: «No, don Luis, yo no quiero que me toque la nota, y si tiene que bajarla a un aprobado, hágalo. Pero tiene que aprobar a mi novia, porque si no, me deja».

Don Luis era un bendito. Salí de su casa con el aprobado de María Jesús. Por la noche, llamó a casa y preguntó por mí: «Tengo que decirle que revisé el examen de su novia. Merecía el aprobado sin necesidad de que hubiera Vd.  intervenido. ¡Pero es que tiene una letra!»

La letra de mi mujer es para darle de comer aparte. Me cuesta trabajo hoy día descifrarla.


El pito real (picus viridis), a pesar de su relativa corpulencia y su caperuza roja, no suele ser avistado. La fotografía que tomé, como casi todas las de pájaros, es fruto de la paciencia combinada con la casualidad. Este macho de pito real, de la raza española -tienen el obispillo verde amarillento- estaba haciendo su agosto, entretenido aunque atento, a costa de un hormiguero, que son su comida predilecta.

A cada rato, levantaba la cabeza y cuando me descubrió, se evadió de golpe, emitiendo una voz característica que asemeja a una risa, que los libros de fauna avícola suelen describir como maníaca y que, por tanto, tiene su particular encaje en estos comentarios sobre situaciones cómicas o ridículas.

 

 

 

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Seguridad frente amenazas (1)

29 diciembre, 2016 By amarias Deja un comentario

pinzon vulgar

Permita el  lector una reflexión elemental. Si queremos seguridad, habrá que identificar las amenazas. Y si algunas de ellas son imprecisas, difusas o desconocidas, la apelación a la seguridad global se convertirá en una mera petición de principio.

Hace apenas unas décadas lo teníamos más sencillo, porque había un enemigo, real o potencial del que defenderse, y la fórmula para resolver los conflictos era mediante una guerra, con medios militares.

Desde 1950, y en especial, a partir de la llamada ingenuamente «guerra fría», la situación cambió y el árbol de la seguridad empezó a mostrar hongos, insectos litófagos, muérdago y parásitos. En la actualidad, está sometido a tantas tensiones que hay que poner el concepto en cuarentena, para analizar el perímetro de contorno que podemos abarcar realmente, para no provocar falsas expectativas y desilusiones de la ciudadanía.

La detección de las amenazas y adecuar a cada una el medio de defensa, es imprescindible. Tenemos que aceptar, por ejemplo, que aunque se sigan utilizando los antiguos términos convencionales, el concepto de Defensa pone de manifiesto su amplia polisemia.

En términos políticos -esto es, en el ámbito que se atribuye a la acción política-, agrupa o puede agrupar desde la organización y dotación de las fuerzas armadas, a las alianzas y convenios internacionales, tanto comerciales como militares; incluye la diplomacia, las estructuras de espionaje y contraespionaje y, por no ser incómodamente exhaustivo, también la ayuda y cooperación al desarrollo; incluso habría que incorporar a la idea genérica de Defensa, la actividad de la policía interior en aquellos cometidos que supongan la protección de la forma de Estado y sus órganos máximos, el control del terrorismo y el separatismo.

Una tarea inmensa, que exige una coordinación precisa y una versatilidad sin fisuras. Esta labor oficial está, por supuesto, imbricada, con la idea de ofrecer seguridad, aunque no al ciudadano individual -sería imposible- sino, al conjunto de la ciudadanía, y, atendiendo a su relevancia institucional, a determinadas personas que ocupan o han ocupado cargos especiales y que pueden ser objetivo del terrorismo.

Para los más desorientados puede ser necesario señalar, que, a raíz del terrible toque de atención que supuso la Segunda Guerra mundial para la utopía de la convivencia internacional, ya se produjo un cambio sustancial en el concepto de la seguridad, y se confeccionó  un primer mapa de alianzas. Se trataba de simplificar el número de enemigos potenciales.

Se acudió también a la gramática. En un ejercicio profiláctico intencionado, las grandes potencias que estaban dispuestas a rentabilizar la paz conseguida, y pronto, sus imitadores y seguidores, cambiaron de nombre al Ministerio del que dependen sus Ejércitos.

Así, en Estados Unidos, por la Ley de Seguridad Nacional de 1947 (National Security Act),  el nombre del Departamento de la Guerra, pasó a ser el de Ejército de Tierra (Army) y se fusionó con el Departamento de la Armada -la fuerza naval-, formando el NME (National Military Establishment), bajo la presidencia del Secretario de Defensa.

Parecida situación se recreó en la URSS y después, en China y decenas de países: los ministerios de Defensa sustituyeron a los de la Guerra, vocablo maldito. En Alemania, potencia perdedora (al menos, sobre el papel) desapareció el Ministerio de la Resistencia (Wehr, palabra que cayó en desuso) de los tiempos del Tercer Reich, y la estructura militar también afloró como Ministerio de la Defensa (Verteidigung) en 1955, tanto en la RDA como en la RFA.

En la Historia reciente de España, el nombre del Ministerio que asume, entre otras funciones, la dirección y la responsabilidad presupuestaria del mantenimiento de un Ejército y su armamento, adoptó también diversos nombres.

El Ministerio de la Guerra, creado por Real Decreto de 1851, estaba solo encargado de los asuntos militares del Ejército de Tierra y subsistió, pasando sobre monarquías y repúblicas, hasta que el rebelde general Franco imaginó que era más propio el camuflaje de su levantamiento bajo el equívoco apelativo de Ministerio de Defensa Nacional, que, desde 1938 y hasta la firma de la paz, concentró los tres Ejércitos por un corto período. Se mantuvieron luego desagregados hasta 1977, en que desaparecieron los tres Ministerios de los Ejércitos de Tierra, Mar y Aire y se unificaron las fuerzas militares y su correspondiente organización, en un Ministerio de Defensa.

Sería infantil limitarse a la semántica, y poco serio  reducir hoy el rol de la Defensa nacional al mantenimiento de un Ejército y a firmar unas cuantas alianzas con Estados afines. La acción política de cara al exterior, es cierto, implica asumir que el Estado ha de organizar adecuadamente su protección frente a cualquier agresión externa por parte de otro Estado.

Sin embargo, la tranquilidad del conjunto de los habitantes  en período de paz exterior aparece más bien desviada hacia la seguridad nacional, que se configura como una categoría de espectro mucho más sutil y, por tanto, difícil de abordar con transparencia.

No valen aquí las exhibiciones públicas de fuerza -como en los desfiles militares-, sino que la discreción pasa a primer término. Debe actuar la ponderación, la vigilancia, bajo la redacción y cumplimiento de leyes adecuadas. Cuando la policía (en algún caso, el Ejército) actúa en territorio propio contra una amenaza a la seguridad, la proporción y mesura de los medios empleados debe dominar sobre la represión.

Cualquier definición rígida de los conceptos de seguridad, defensa, libertad, paz o bonanza queda desautorizada continuamente por la realidad. Como dramático ejemplo del terreno resbaladizo, los manuales académicos clásicos no previeron que las agresiones externas pudieran provenir, no de Estados, sino de terroristas cuyo punto de unión fuera el fanatismo religioso y que actuasen, no en campos de batalla ni con armamento estándar, sino en cualquier lugar, contra cualquier persona y con cualquier instrumento capaz de matar.

El terrorismo islámico, cualquiera que sea su pretendido fundamento, se ha convertido en el riesgo difuso por excelencia. Su objetivo material es indiscriminado, aunque el efecto pretendido es muy concreto: sembrar el terror en Occidente y rentabilizarlo en Oriente.

No quiero ser obvio ni parecer insolente, pero cuando ETA mataba a militares o políticos prominentes, el ciudadano anónimo español podría estar tranquilo. Si el objetivo para llamar la atención sobre su fanática causa de  los adictos al DAESH y a su forma de manifestar su enajenación fuera su autoinmolación sin más víctimas, o incluso, se limitaran a asesinar ocasionalmente a algún imán de una mezquita, no hablaríamos de la necesidad de cambiar los mecanismos de seguridad para proteger a los ciudadanos que viven en ciudades occidentales, o, por lo menos, de hacer alarde y exhibición de las medidas emprendidas, con el objetivo de que la población se sienta protegida…hasta que, desgraciadamente, se produzca la difusión del próximo atentado.

Por causa del terrorismo internacional como de las guerras calientes o frías, como por la amenaza clara de un cataclismo nuclear, nuestra seguridad, y la sensación de su dominio, tanto a nivel individual como colectivo, ha sufrido mutaciones. Todos estábamos dispuestos a admitir que, al estar viviendo en sociedad, deberíamos renunciar a algunos aspectos de libertad para disfrutar de la mayor sensación de tener seguridad.

Llegamos a aceptar el convencionalismo de que podíamos sentirnos tanto más libres, cuanto menos injerencias extrañas encontrásemos interfiriendo en el camino para hacer efectivas nuestras decisiones de consumo y placer, aunque también agradecemos, paradójicamente, alguna participación externa para conseguir más fácilmente lo que nos apetece.

Lo que no estamos preparados es para soportar la sensación de que nuestra tranquilidad está amenazada, en lo que creíamos período de paz en nuestro entorno, precisamente por ser nosotros anónimos, por tratarse de ciudadanos normales, vulgares, sin otro valor que el de un especimen humano más, como los otros, situado en un territorio determinado, elegido por un grupo de gentes que juegan a la ruleta con nuestra existencia.

(En una obra teatral de Casona, la injustamente olvidada Barca sin pescador, el caballero de negro (el diablo)  ofrece al angustiado protagonista un pacto para salvar su fortuna: tiene que acceder  a matar a alguien indiscriminado en un lugar remoto. En aquella ficción, también al estilo de las novelas policíacas, el homicida tiene sin embargo el deseo irrefrenable de conocer el escenario de quien fue su víctima  y los concretos efectos de su acción. El descubrimiento del otro cambia la historia.)

(continuará)

 


La foto es de una hembra de pinzón vulgar. Es un paseriforme muy común, ubicuo, aunque prefiere las zonas con árboles, en donde se oculta mejor. En invierno trata de agruparse en los lugares más cálidos de su hábital. Su nombre científico es Fringilla coelebs. Es un fringílido, como los jilgueros y verderones, por ejemplo, y recibió su nombre específico por Linneo al observar que en Suecia, país natal del científico, las hembras migran y los machos se quedan. Coelebes es la palabra latina para célibe, soltero.

Por cierto, los machos son, desde luego, más fuertes, pero también más vistosos y se especula acerca de las verdaderas razones por las que deciden quedarse en sus territorios de verano, ya que algunas hembras acompañan a los residentes durante las estaciones frías, alegrándose mutuamente el paso por los rigores del invierno.

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Migrantes y estrategia

19 diciembre, 2016 By amarias 2 comentarios

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Hay cada vez más Yónatan, Irina, Dumitru o Yesica atendiendo los supermercados, las tiendas de ropa o los restaurantes. Son Fátima, Jadilla, Evelin o Diana quienes cuidan de nuestros ancianos y niños. Habrá Yusef, Dragomi, o Leonar haciendo reformas y reparaciones en las viviendas y alquitranando las calles…

Me gustaría poder interpretarlo como un signo de nuestra recuperación económica. No puedo hacerlo, cuando las estadísticas siguen hablando de más de cuatro millones de parados y aún menos cuando investigo acerca de los salarios que son abonados a estos ciudadanos nacidos fuera de nuestras fronteras, que han conseguido su tarjeta de residentes y un empleo a tiempo parcial o infrapagado.

Claro que tengo que conciliar estas cifras de migrantes que nos sacan las castañas del fuego de los trabajos menos atractivos o peor remunerados, con la de otros migrantes, éstos llamados Carlos, María, Juan o Cecilia, que viven en Suecia, Inglaterra, Alemania o Estados Unidos, trabajando en hospitales, centros de investigación o empresas tecnológicas.

El 12 de diciembre de 2016, en la Fundación Rafael del Pino, se presentó el libro «Europa y el porvenir» (Editorial Península), bajo la fórmula de una entrevista a sus autores (José Manuel García-Margallo y Fernando Eguidazu) realizada por José Ignacio Torreblanca (director de Opinión de El País).

Por supuesto, la conversación a tres bandas -no hubo coloquio posterior- discurrió sobre el concepto y límites del estado del bienestar, «concepto de goma -precisó Margallo- con dos límites: el económico (como frontera superior al gasto) y el estímulo a la iniciativa privada»(como frontera inferior, para no adormecerla, recogiendo el vocablo empleado por el ex-ministro).

No creo que me regalen el libro, así que me tengo que guiar exclusivamente por las notas que tomé durante la sesión. La preocupación por la disminución del peso relativo de la población europea en el mundo, nos llevará -coincidieron ambos autores- a depender durante mucho tiempo de los flujos migratorios.

Las preguntas de Torreblanca (supongo que previamente pactadas) incidieron en desvelar la visión que la pareja titular tenía sobre el modelo fiscal: Con tipos fiscales para las empresas tan bajos, ¿no existe el riesgo de que el ciudadano entienda que no se está haciendo lo necesario?

La respuesta fue del libro, aunque no del que se estaba presentando: Si el mercado lo permite, los impuestos se trasladarán al producto: el iva es, en alguna manera, la forma de recaudar impuestos atendiendo a los beneficios. Y, por otra parte, las cotizaciones empresariales, a la postre, las paga el trabajador si se repercuten como costes de empresa y, si se repercuten hacia delante, en los precios, los soportará el consumidor.

Como colofón, el ministro De Guindos, confeso admirador de los dos ponentes, alabó a Maragall, «que sacó la Ley de Servicio Exterior», resaltó el «crecimiento exponencial» del gasto sanitario y apuntó hacia el problema de la demografía («aquí hay más fallecimientos que nacimientos»), para reforzar la idea de que la inmigración es imprescindible para sostener el estado de bienestar, porque se necesita aumentar el número de trabajadores por cada destinatario de pensiones y ayudas sociales.

No hace falta ser ministro de este país para entender que la pirámide socieconomica no se sostendrá alimentándola por debajo con empleos que cubren las necesidades de servicio asistencial a las clases medias y superiores. Hace falta que se tire de la economía con empleos mejor remunerados y de más alta cualificación. Son imprescindibles empresas punteras y de mayor valor tecnológico. Volvemos, pues, a la necesidad de clarificar lo que está pasando en la Universidad y en los demás centros formativos, para corregirlo. Repetimos la urgencia en potenciar la creación de empleos de alta productividad.

Y, agradeciendo a estos migrantes extranjeros que están asumiendo las tareas que no queremos hacer los españoles -no voy a detenerme ahora en los porqués y aún menos, en las razones que les han forzado a llegar hasta aquí-, que alguien se preocupe en solucionar porqué no somos capaces de generar más empresas que acojan y estimulen a los más capaces y mejor formados, para que se consiga el efecto multiplicador que nos haga posible mantener el estado del bienestar, y no consumir sus residuos alegremente.


La foto es la de un reyezuelo, un pájaro diminuto, difícil de ver (ya que es nervioso, tiene una gran movilidad y desaparece oculto entre el follaje). Se le llama así porque los machos adultos tienen una especie de corona en la cabeza (concretamente, en el píleo), debido al color de sus plumas. A pesar de esa apariencia tan singular, este paseriforme, el más pequeño de Europa (solo pesa 5/6 g), suele pasar desapercibido, salvo por su canto, inconfundible (un síi-síi repetido).

Algunas gentes creen que estos paseriformes mínimos vuelan protegidos entre las alas de las grandes torcaces, pues no parecería posible que aguantaran largas distancias siendo tan ligeros. Pero lo cierto es que las soportan, con vuelos ondulados y firmes. Y también muy curioso que no parecen preocuparse por los humanos. Es posible acercarse a ellos, y casi tocarlos con la mano, sin que se inmuten. Se diría que no nos ven.

 

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Mi intervención en el CONAMA 2016

2 diciembre, 2016 By amarias Deja un comentario

Este es el contenido de la presentación que, en la actividad de la Unión Interprofesional de la Comunidad de Madrid en el CONAMA 2016, tuve la oportunidad, y el honor, de hacer. Son mis comentarios a una selección de los 1.500 dibujos con los que otros tantos niños madrileños de menos de 12 años, pusieron a volar su imaginación para representar la ciudad en la que vivirían cuando fueran mayores. No siempre, como veréis, una ciudad ideal,

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Un mensaje para Elías

4 noviembre, 2016 By amarias Deja un comentario

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Hace ya unos 30 años, escribí una novela con el título de este Comentario, que entre otras elucubraciones muy de mi gusto, empezaba con una inmersión especulativa sobre lo que podría ser España en 2015. No era una novela policíaca, porque se desarrollaba en siete capítulos cuyos protagonistas eran otras tantas mujeres, pero había un intríngulis político que se desvelaba cuando, al final del libro, el protagonista reconocía que había estado participando en los entresijos del Gobierno, inventando y difundiendo historias creíbles, logros falsos de las actuaciones públicas y creando anécdotas y personajes que se incorporaban a la realidad como si fueran parte de ella, con el efecto de confundir y adormecer a la población, haciéndole creer que la situación era idílica, cuando, en verdad, el país se había convertido en un desastre, feudo de unos pocos.

Presenté la novela al premio Nadal y, como era de esperar, no obtuvo ni mención honorífica. Nunca la publiqué, aunque tuvo lectores notables. El más singular de todos ellos fue, sin duda, mi esposa, a la que entregué el original para que me diera su opinión. Al cabo de unas semanas, como no me decía nada, me interesé por su parecer, esperando, ya que no su alabanza desmedida, al menos, su plácet orquestado.

-«Te la estoy corrigiendo entera, y voy solo por la página veinte»- fue su respuesta- «Es muy verde».

Estuve, por supuesto, uno o dos días sin dirigirle la palabra más que para lo estrictamente imprescindible, pero las aguas volvieron a su cauce natural y la novela, decepción del dictamen Nadalístico incluida, pasó a engrosar el estante en donde guardo mis obras completas impublicadas.

Tengo a la vista el resultado de los nombramientos del flamante Presidente Mariano Rajoy, y me he acordado de mi novela. Esta realidad que nos ha tocado vivir parece confeccionada para ser parte de una historia de ficción. Las mismas caras, y, en muchos casos, incluso con los mismos collares (digo, carteras ministeriales). La voluntad expresa, seguir haciendo lo mismo, dilapidando en minutos el supuesto caudal de la promesa de cambio. Arrastrados a la vorágine del desencuentro, no ya Albert Rivera, al que se le estará poniendo la cara de tonto útil que corresponde a su empeño en presentar que las cosas van a cambiar con una oposición constructiva, sino, al PSOE, descabezado, desnortado, roto y todo ello sin presentar batalla alguna.

Puede que desde la más izquierda -si ese es el lugar donde se podría encontrar a Unidos Podemos, desproveyéndolo de mucha hojarasca mediática, pelo de la dehesa y mentiras de escolar de colegio de pago pillado pirándose las clases- haya opciones para una oposición aunque seguramente será destructiva, o sea, inútil.

Qué pena que, ya que no me dieron el Nadal en 1980, no me hubiera animado (o hubiesen) a publicar mi novela. Ahora sería venerado como profeta. Porque esto que nos está pasando no es real, está generado desde las oscuras catacumbas de este país, y lo que vemos son solo personajes en busca de autor, de programa, de otro rollo, vamos.


P.S. Los estorninos son, por nuestros predios, aves no muy queridas. Con razón. Vienen en bandadas, y se posan sobre los campos recién sembrados en agosto, para hartarse de semillas. Tampoco la naturaleza los dotó con un lenguaje que suponga, al oído humano, el placer de ser obsequiado con trinos agradables, melodiosos ritmos. Quiá. Chillan y graznan como posesos y, como vienen a miles, con su vocerío, aturden.

En invierno, su plumaje negro uniforme, adquiere otras tonalidades y sus plumas parecen moteadas. Algunos observadores poco atentos o nada aficionados a la ornitología, los confunden con mirlos. Pero ni cantan, ni se les atribuye utilidad -sino perjuicio- al agricultor y, para colmo, su carne es dura (dicen los que intentaron probarla) como la peña.

 

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La democracia, secuestrada

10 septiembre, 2016 By amarias 3 comentarios

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La obstinación, revestida de ropaje pseudojurídico, con la que la vicepresidenta del Gobierno en funciones, Soraya Sáenz de Santamaría, niega que el Gobierno sin mandato tenga que someterse al control del Congreso, y solo esté obligado a darle información, equivale, en términos llanos, al secuestro de la democracia.

Porque los ciudadanos no tenemos otra forma de controlar a quienes están ocupando en precario los puestos de la máxima gestión pública que por medio de las explicaciones que se le soliciten por quienes son nuestros actuales representantes legales. Esos diputados y senadores, le guste  o no al gobierno que no ha conseguido revalidar su mandato, son ahora el Consejo de Administración de nuestra democracia.

La seguridad de Sáenz de Santamaría puede venir revestida, que no avalada, por una brillante carrera de derecho; adornada, que no por ello libre de sometimiento a la crítica del ojo del pueblo, por unas oposiciones ganadas con mérito que no es momento de discutir, a abogada del Estado; y, por añadidura, consolidada, que no por ello ha de resultar más valiosa en términos de vedad, por la experiencia docente en la divulgación de la teoría del Derecho Administrativo en las aulas universitarias.

Puede parecerle a Soraya que una formación tan densa, que sobrecarga su currículum para proporcionarle un porte apabullante, sirva de patente de corsa para que pueda explicarle, sin sonrojo alguno, al penúltimo Presidente del Congreso, Patxi López, por carta que pasará a los anales de la interpretación adulterada del juego democrático, cómo  se construye un silogismo perverso:

Premisa mayor: El Gobierno en funciones «tiene limitadas sus facultades al despacho ordinario de los asuntos públicos», y, afinando más,  «al desarrollo de actividades de carácter puramente administrativo que no impliquen orientación política alguna»;

Premisa menor: teniendo en cuenta la insólita petición de la segunda autoridad del país (1) y la sorpresa avergonzada que caisa en la fina jurista.

nos lleva a la Conclusión irrebatible de que Nanay del Paraguay, que no te doy explicaciones de lo me pides, y que si quieres venir a por uvas o melones, espera a otra cosecha, que catar ésta no te corresponde, aunque esgrimas que tu poder viene del pueblo, porque ese pueblo te habrá dado la confianza a tí, pero no a mí.

La habilidad jurídica para enredar los términos legales de Saenz de Santamaría es incuestionable. Su palabrería es tan elocuente que no merece la pena entrar en una discusión con ella. Basta con romper el nudo gordiano de la aparente verosimilitud de su razonamiento, cortándolo de cuajo con la espada afilada que enarbola, por fuero y por derecho, el pueblo soberano.

Parapetada por su interpretación ladina de las vacantes jurídicas, que llena a su antojo, y dado que el análisis máximo de validez nos llevaría a solicitar el pronunciamiento de la autoridad legal del Tribunal Constitucional, que tiene sus plazos y mandangas, podríamos correr el riesgo de enredarnos entretanto sobre el apoyo legal que tiene su negativa y la de sus compis de Gobierno,  a comparecer para explicarnos a los españoles lo que están haciendo desde  con el muñeco que representa para ese equipo, al parecer, la democracia. Debe parecerles un ejercicio de budú, en el que, cada vez que damos la espalda a los que custodian el muñeco, le clavan un alfiler emponzoñado.

A Sáenz de Santamaría le gusta su razonamiento, porque lo repite ya sin el menor rubor, en toda ocasión. Lo ha vuelto a repetir, tal cual, ayer, para justificar la no comparecencia ante el Congreso de Diputados para explicar el nuevo caso Soria. Pueblo soberano, ya que os habéis equivocado al revocar nuestro mandato, sufrid.

No tengo ya idea de cómo va a acabar ésto. Si fueran otras épocas, vería asomar los espadones, y vislumbraría a un general Pavía montando a caballo por el patio del Congreso. Como vivimos un momento de desorientación en todos los órdenes, perdido el norte, agotadas las fuerzas, engañado el pueblo con visiones de bodevil y charanga, solo alcanzo a llevarme las manos a la cabeza.

No debiera darme todo igual, pero las circunstancias se empeñan en apuntarme que el rifirrafe por la investidura de Gobierno no va a traducirse en cambio alguno. Con tantas líneas rojas, azules y enmadejadas posiciones, han conseguido marearme, convenciéndome de que no hablan de lo nuestro, sino de lo suyo. Los unos, contentos con repartirnos las mismas ruedas de molino y vendernos idénticas motos y volver a sacar a la feria los viejos jumentos trampeados con rayas cebra. Los otros, porque no consiguen convencer ni a sus propios partidarios con tantos propósitos de hipotético cambio frontal que no explicitan, porque, además, es imposible.

Más a la izquierda del espectro de lo probable, aunque no me duelen prendas en reconocer que en ese grupo variopinto están la mayoría de las gentes que tienen mi simpatía social, porque son de verdad los que sufren del decaer de la actividad económica, y, aunque soy de la élite, comparto con ellos la convicción de que es necesario hacer temblar los cimientos de esta sociedad corrupta, para que caigan los que se aferran a que todo siga así, lo que no veo es liderazgo. Escucho mucha palabrería, entiendo que se quieren hacer aflorar rencores prendiendo mechas como pirómanos desde la clase académica, y sin valorar el efecto de los fuegos, porque falta el menor conocimiento de cómo se gestiona un pedazo tan corto de un mundo muy complejo.

Soraya, por favor, deja de darnos clases. Tus explicaciones son prescindibles.

Como las de todo aquel que ha sido cogido en falta y pretende justificarse, aún sabiendo que no le asiste razón alguna, su tono petulante y agresivo no mejora su credibilidad. Son vacuas, falsas. Nos agreden a todos y, especialmente, a los que, antes de que todo esto sucediera -el tránsito penoso por la Tierra Oscura-, creíamos que, en caso de necesidad, siempre nos vendría a salvar la democracia.

Ahora, ya empezamos a dudarlo incluso nosotros, los viejos demócratas.


(1) Justamente, por encontrarse el gobierno en funciones, la autoridad constitucionalmente otorgada al presidente de Gobierno, decae ante la validación democrática que otorga el Congreso al nombrar a su propio presidente.

P.S. Este juvenil colirrojo tizón parece a punto de iniciar un paso de ballet. Son aves atopadizas, juguetonas, que tan pronto parecen dispuestas a acercarse sin miedo a nuestro entorno más próximo, como se escapan, huidizas, para ocultarse entre el follaje. La foto no permite apreciar bien su conspicua cola bermeja.

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Salidas

25 junio, 2016 By amarias 6 comentarios

En el metro de Madrid, que es el que mejor conozco, hay una norma no escrita por la que, en las paradas, los que tienen que salir del vagón lo hacen por el centro, y los que quieren entrar, utilizan los laterales, ya sea de la izquierda o de la derecha.

Desde luego, en el predecible como nunca panorama resultante de las reelecciones para formar gobierno en España, del 26 de junio de 2016, los que están en el vagón no quieren salir ni aunque les inviten sus amigos íntimos, y los que están locos por entrar, se han liado a darse empujones y dedicarse algunas bofetadas, para defender su presunto derecho a ocupar los asientos libres, en especial, los reservados.

No entiendo muy bien por qué. Los ciudadanos, después de una campaña en la que dudo que alguien se haya leído los programas electorales -incluso, los resúmenes- y, por tanto, dado que su decisión fue puesta de manifiesto ya en la anterior convocatoria, votarán lo mismo. ¿Por qué habrían de cambiar? ¿Para facilitar un acuerdo que los líderes de los partidos principales no han sido capaces de adoptar? ¡Vaya! Si hacen lo que el cuerpo les pide un día de domingo de junio, se abstendrán.

Los indecisos -se especula que un 30% oculta su intención o anda dándole vueltas a si entregará su (estéril) voto individual a alguno de los opositores a dirigirnos durante cuatro años el soliviantado cotarro-, en nada contribuirán cuando aclaren su incertidumbre personal a mejorar la indefinición colectiva.

Los que predicen, precisan, incluso, que la mayor parte de esos que dejan para el último momento la decisión sobre la papeleta que introducirán en la urna, son mujeres, y, profundizando en la sospechosa misoginia de sus análisis, abundan en que, son aficionadas a otros programas (los de diversión mediática).

Si eso fuera cierto, una parte no despreciable de los votos se decidirá, por tanto, por la aplicación de cualquiera de los métodos de decisión holístico-elucubrante que aplicábamos cuando éramos niños. (Recuerdo para la memoria de los más provectos, algunos torpes ejemplos: «Si me cruzo con alguien con perro, voy a aprobar el examen de Ciencias Naturales»; «Si mi madre ha preparado arroz con leche de postre, me compro una peonza»; etc.)

He dejado de creer en las mal llamadas consultas democráticas desde que me di cuenta que la inmensa mayoría de la gente es muy, pero que muy, manipulable y, como premisa menor, es incapaz de leerse nada escrito.

Si se confía en que las decisiones se tomen por todos los asistentes a una convención, acto o asamblea, por ejemplo, y nadie se ha preocupado por tener preparado de antemano la forma satisfactoria de salida de la reunión, los debates serán interminables, y las voces se tornarán cada vez más encrespadas. En definitiva, siguiendo con la imagen del principio: los que están en el vagón no saldrán (si lo desearan, que no parece sea el caso), ni los de fuera, podrán entrar (aunque lo ansíen).

Nuestra función como espectadores, con nuestra papela de votantes en la mano, es mínima. Podríamos imaginar lo que sería más conveniente (ordenar el flujo de entrada y salida, para facilitar el cumplimiento de los itinerarios), pero el tren está parado en el andén, calentando motores, con riesgo de ripado.

Bloqueo a la vista, y… si el metro avanza, porque alguno de los que estén dentro quiera hacer de maquinista, alto riesgo de que se lleve por delante a unos cuantos de los que pugnan en los andenes.

El ejemplo del Brexit es estupendo para concretar esta metáfora. Ha ganado por los pelos de la casualidad más herrumbrosa, la opción de los que quieren salirse de la Unión Europea, una idea que, como el lema de los anuncios del Banco de Santander, que Goma Espuma ha convertido en genial, representa «algo sencillo, personal y justo», para los que tienen la intuición de que vale más estar solo que mal acompañado.

El mismo lema sirve para los que han votado quedarse, solo que éstos perdieron. Los que quieren salirse superaron a los que desearían mantenerse en esa agrupación de «viejos comerciantes con colmillos retorcidos que defienden lo suyo con añagazas legales » y «torpes ilusos de la intención infantil de lograr algún día una Europa fuerte». La diferencia entre el 51,8% y el 48,2% conseguida por los ganadores, se puede calificar, por lo menos, muy sutil.

Salen unos, entran otros, el tren cambia de dirección, la vida sigue. Entretenidos quedan unos (pocos) en recomponer destrozos, mientras la mayoría se apuntará con brío a la nueva situación haciéndola viable y -mal que nos pese a los que queríamos que se quedaran-, mejor. El futuro siempre es mejor, por eso, por definición.

En nuestras elecciones del domingo -mañana cuando esto escribo- ganarán los que hayan votado al Partido Popular, que serán una ridícula minoría en relación con el total de votantes, y aún más exigüa si se contabiliza respecto al número de los que podrían haber votado.

Estarán próximos a una mayoría imposible, porque no van a coaligarse, los votantes del decaído PSOE y del emergente avieso combinado Unidos Podemos. Y asistiremos a la caída ligera, pero apreciable, de la opción contemporizadora de Ciudadanos, dirigida por un brillante Albert(o) Ribera, que, al margen de simpatías ideológicas, aprecio como el que más juego dialéctico, y coherencia personal, ha ofrecido de todos los candidatos.

Así, pues, no saldremos del atolladero. Porque lo que interesa no es quien gana la ridícula ventaja de ser el más votado de cuatro opciones, cuyos programas, dejando aparte tendencias del corazón e impulsos ancestrales, son inviables.

Los de unos, porque han surgido de un gabinete de iluminados que desconoce el mundo real (aunque utilicen algunas anécdotas extraídas de él);los de otros, porque se obstinan en defender seguir con lo emprendido sin escuchar a los descontentos (que tienen poderosas razones para estarlo); y, en fin, los otros dos partidos, …uno porque ha olvidado que la socialdemocracia es realismo de progreso, pero concreto, contante y sonante; y el otro, porque tiene un tufo a condimento profesoral londinense que echa para atrás a los que podría atraer, que son los juiciosos posibilistas.

Yo ya voté, o sea que no me voy a dejar influir por lo que pase hoy ni por el tiempo de mañana.

Publicado en: Sin categoría Etiquetado como: elecciones, fracaso., metro, Partido Popular, Podemos, profesor, salidas, tren, votaciones, voto

Epílogo:…y utilizar más grados de libertad

19 mayo, 2016 By amarias Deja un comentario

(Continúa aquí, y finaliza con esta segunda entrega, el Epílogo de «La Granja Humana»,  una ficción con indudable parecido con la realidad, cuyo título completo para la versión inglesa sería: «The human farm: a factory of hopes, welfare, poverty and delusions»)

Quinta orientación: Fortalecer las políticas mejorando la competencia de los políticos

De la lectura del epígrafe, no pretendo que se interprete, sin más, que los políticos de la jaula hispana son incompetentes. No tendría razones para afirmar algo así, y, desde luego, «no los conozco a todos».

Por ello, la afirmación del presidente actual del Círculo de Empresarios, mi compañero de profesión en la ingeniería, Javier Vega de Seoane, de la que ignoro el contexto exacto, aunque pronunciada en relación con la falta de acuerdo tras las elecciones de diciembre de 2015 («Si los partidos políticos funcionaran como las empresas, cambiarían de líderes tras un fracaso como éste») me parece poco afortunada, porque parece una indicación a que las empresas deberían ser el modelo a seguir por la política.

En cualquier caso, en todas partes cuecen habas, como dice el dicho, (y en la mía, a calderadas, como reza la obligada continuación del dicho popular).

Sin desviar la atención hacia otros colectivos, el silogismo admitido es que la política es cuestión delicada que exige una especialización y que, por tanto, debe encomendarse su ejercicio a un tipo muy concreto de profesionales: los políticos.

Hay, al menos, dos razones para estar en desacuerdo: una, de base genérica. Para hacer algo bien, además de conocimiento y dedicación, hace falta experiencia. Tanto da que se trate de empresarios, políticos, médicos, comandantes de aeronave o… maestros soldadores. Para llevar a cabo con solvencia la gestión pública, los competentes naturales deberían ser los funcionarios de cada una de las ramas de actividad de las Administraciones, quienes, con los años, serían quienes pueden acreditar la experiencia práctica. Los políticos, por supuesto, pueden llegar a acumular una importante y específica experiencia, pero en cuestiones que  poco tienen que ver con la gestión de la cosa pública, y sí con el desarrollo de su capacidad de convicción, su éxito como vendedores.

Como segunda razón, no comparto la práctica institucionalizada de considerar el acceso a los puestos clave de la gestión pública, como un premio para los políticos. Cuando los partidos consiguen cuotas para nombrar puestos de responsabilidad en los poderes públicos, y cuando éstos son de libre designación, echan mano prácticamente en exclusiva de personas que desde su más tierna juventud se han dedicado al ejercicio de la política. Los convierten, como reconocimiento, en ministros, consejeros de comunidades autónomas, presidentes de empresas públicas, directores de organismos dependientes de las Administraciones,  embajadores, asesores municipales, etc.

El efecto derivado de esta estrategia de pura naturaleza excluyente es que el valor de cambio del político en el mercado laboral queda abrillantado por la experiencia adquirida como gestor de los intereses públicos, y especialmente, por el conocimiento adquirido desde la torre de mando de los entresijos de la Administración, robustecidos por la información confidencial que proporciona esa posición. La teoría viciosa de las puertas giratorias viene a confirmar que no son excepcionales las incorporaciones de ex altos cargos a alguno de los grupos privados con los que se relacionó mientras se mantuvo en ellos, sin que tampoco me apetezca descartar a los políticos con tan excelsa capacidad que pueden culminar su carrera académica, obteniendo doctorados o cátedras, mientras ejercen la -en teoría- absorbente función de gestionar lo de todos.

Ni siquiera estoy de acuerdo en que, por pertenecer a un partido concreto, se está mejor cualificado para cumplir el programa -si existe éste- con el que se ganaron las elecciones. En el ejemplo de la empresa, al que ahora sí vuelvo, los mejores gestores no son los herederos de los fundadores de la misma y, en puridad, ni siquiera los que tuvieron la idea y la lanzaron al éxito. Aquello de :»Soy un buen político porque lo que hago es política, y lo vengo haciendo desde muy joven» es un oxímoron, una falacia por petición e principio.

Debería de prevalecer, justamente, la tesis contraria. Tendrían que ser aquellos profesionales, que hubieran ejercitado su competencia en el sector privado, los que en un momento de madurez, vencida la etapa de aprendizaje, encontrasen en el acceso a un puesto público, su consagración al servicio de la sociedad. En beneficio de todos. Una puerta giratoria, al revés.

Apuesto doble contra sencillo a que se encontraría de esta forma una solución más adecuada al problema de credibilidad que tiene planteado la jaula hispana, y que puede agudizarse más. Porque la frustración de expectativas provocada por la grave crisis económica va agravarse aún, por la ignorante difusión de mensajes supuestamente salvíficos que carecen de viabilidad, emitidos por aquellos que tienen poca idea de cómo funcionan los entresijos de la Granja ni valoran las capacidades reales de la jaula hispana para encajarse u oponerse a ellos.

Sexta orientación. Detectar las líneas de desarrollo más adecuadas en relación con las ventajas comparativas, ya sean naturales o generadas

Ni qué decir tiene que el descontento de una parte importante de la población española tiene serios fundamentos. Casi nadie protesta por diversión o porque le paguen por hacerlo. Los millones de votos conseguidos por la formación de Podemos, o el núcleo fiel de la Izquierda comunista, son reales, serios y no provienen de aves antisistema. En absoluto. La crisis es real, y es duradera. Y si las protestas se dirigen contra la forma de Estado, la Constitución, las entidades financieras o los partidos que gobernaron hasta ahora, no es mala fe. Es mucho peor: es por ignorancia.

La recuperación económica, en términos de generar los millones de puestos de trabajo que se han perdido por la crisis, será imposible si no se alimentan líneas de desarrollo de mucha fuerza, que deben crearse o potenciarse en relación con el contexto de otros intereses en la Granja global. Además, debe tenerse muy presente que no basta con que se mejoren las cifras de beneficio de las cuentas de explotación empresariales, o se presenten incrementos de sus facturaciones anuales. Hay que analizar a qué se deben: si conseguidos por aumento de las exportaciones, o por haber desplazado a las empresas que empleaban metodologías tradicionales con tecnologías más eficientes, o por compra de otras empresas. Algo muy distinto de construir un entramado industrial alternativo en pocos años, que tape los graves agujeros causados por el boom (esto es, el estallido) inmobiliario y la brusca detención de la carrera alocada de planes públicos de mejora de las infraestructuras.

Siempre que reflexiono sobre la teoría -de base bíblica- de los ciclos económicos, y recorro, en ejercicio mental o literario, las múltiples explicaciones sobre los mecanismos que hacen alternar los momentos de recesión con los de esplendor, me pregunto por qué hemos convertido en un misterio algo que tiene una justificación técnica sencilla.

A nivel de Granja, el crecimiento del Producto Interior Bruto Global de la Granja se encontrará sistemáticamente con la resistencia que ofrecen los explotados o más perjudicados ante los que procuran concentrar para sí los máximos beneficios. A mayor resistencia, el ciclo será más largo, las oscilaciones más atenuadas; si las perspectivas de beneficio son altas, la avidez por hacerlo efectivo, mayor,  y el ciclo será más corto pero con superiores tensiones. La producción de la Granja sufre continuos impulsos que le hacen parecer una cuerda sostenida por sus extremos por dos infantes jugando a provocar movimientos ondulatorios por pura diversión.

Además, el asunto de fondo no es ése. El crecimiento en términos económicos del PIB de la Granja ya no sirve para medir el aumento de bienestar en muchas áreas. Los aproximadamente 80 billones de dólares/año en los que se calcula aproximadamente su valor total (en 2015), están muy desigualmente distribuídos: Estados Unidos, Europa y Asia Oriental (China y Japón), concentran, por partes iguales, más del 70%.   porque los índices Puede parecer una afirmación a algunos evidente y a otros, controvertida. Si algo cabe esperar es que, en el corto plazo, Estados con economías que venimos llamado emergentes, presionarán sobre los Estados con economías derivadas hacia el sostenimiento de la economía de bienestar, que se hará imposible. También las corrientes migratorias dejarán de poder ser contenidas con policías de frontera, concertinas y mamporros. No será posible seguir generando guerras y episodios de desentendimiento entre etnias, religiones o castas donde apetezca a quienes ahora tienen interés en controlar La Granja.

Me apetece citar a un teórico sobre cuyas teorías ha llovido mucho, aunque la frase tiene aplicación para poner en evidencia la debilidad de los planteamientos globales en La Granja (« Pour découvrir les meilleures règles de société qui conviennent aux nations, il faudrait une intelligence supérieure, qui vît toutes les passions des hommes et qui n’en éprouvât aucune… Il faudrait des dieux pour donner des lois aux hommes. » Jean-Jacques Rousseau, Du Contrat Social).

Si a nivel global, comparto la opinión de que no hay mente humana capaz de predecir hacia dónde irá la Humanidad, sin embargo, encuentro mucho más sencillo elegir las líneas de orientación para un país intermedio, como el de la jaula hispana.

La timorata aplicación hispánica de los amplios conceptos de «libertad de mercado» y «capitalismo liberal» ha restringido las intervenciones desde el Estado sobre la economía o, más bien, las ha desplazado a un maremagnum sin ton ni son de decisiones tomadas, en su mayor parte, desde las Autonomías regionales. Ha sido un error mayúsculo que tuvo (y tiene, porque el mal prosigue) efectos perniciosos sobre la economía real, y ha causado un despilfarro de recursos. Las Sociedades de Promoción Regional, los Institutos de Desarrollo autonómico, la parafernalia de instrumentos para fomentar la iniciativa local, sirven para muy poco, y por razones fáciles de entender, en realidad.

Sin orientación desde arriba, no es de esperar que las iniciativas privadas sean capaces de proponer emprendimientos con valor diferencial: saldrán muchas peluquerías, instalaciones de despiece de conejos, fabricantes de queso o pan artesanal, cooperativas de tres al cuarto y, en el menor de los casos, petición de ayuda para implantación local de multinacionales que lo que agradecen, pero no necesitan para ganar aún más dinero es un terreno barato y publicidad ya sea para su casino, la nave de ensamblaje de componentes o la instalación para productos químicos más o menos contaminantes.

Soy partidario de la definición de sectores preferentes para la jaula hispana. Somos, al fin y al cabo, un país intermedio, sin apenas recursos naturales (salvo el sol, el agua y un legado histórico monumental relativamente bien conservado, pero de mantenimiento costoso). Esos sectores preferentes podrían ser: el energético (con dedicación especial a las energías no contaminantes y renovables), los materiales especiales (cerámicos, aplicaciones del grafeno, muy alta resistencia y comportamiento ante solicitaciones extremas, etc.), transformaciones de productos agropecuarios de mayor valor añadido (y su distribución), diseño industrial con incorporación de valores ergonómicos, seriales, etc. y, por no hacer la relación muy larga, la concepción y elaboración de productos farmacéuticos y biomédicos (con orientación positiva hacia la gerontología o enfermedades especiales o raras)

Impulsar empresas y proyectos en las llamadas nuevas tecnologías (TICs) es, no ya una posibilidad, sino una obligación ineludible para un país que pretende recuperar, y no desea volver a perderlo el contacto con la élite tecnológica.

Cuando pienso que el «sector de defensa» -es decir, la fabricación de armamento- ha sido y es uno de las bases del desarrollo tecnológicos de Estados Unidos, Canadá o Israel, me pregunto, a fuer de pacifista (pero no ingenuo) por qué no hemos conseguido conectar de forma fluida, directa, absoluta, la industria del sector en la jaula hispánica -incluido su centro de investigación muy cualificado, el INTA (1)- con el resto de sectores industriales «civiles». Las tecnologías de comunicaciones e información ofrecen una estupenda oportunidad de enlace entre lo civil y lo militar que ayudaría, además, a encajar la carrera de muchos profesionales del Ejército en la vida civil, cuando terminara su servicio activo.

Séptima orientación. Revisar, con visión trasversal, el funcionamiento de la administración pública, del poder judicial y, en general, de todos los instrumentos de acción del Estado

A nadie le gusta que le juzguen, y a los jueces, menos. Pero es hora de indicar que la independencia del poder judicial tiene que ser revisada. Una cosa es la no injerencia en la función de administrar la Justicia, que es aplicación profesional de la legislación, y otra muy distinta, impedir que la labor profesional de los jueces no pueda ser juzgada por criterios externos, neutrales y objetivos, no empañados ni por el respeto a los órdenes superiores de la carrera judicial o por la prohibición -más de uso que de fuero- de emitir juicios sobre los jueces.

Ha de ser posible, y sin cortapisas, enjuiciar, no solamente las Sentencias de cualquier orden judicial -labor que, por fortuna, es cada vez más frecuente, perdido el miedo a criticar a magistrados de los Tribunales llamados superiores, incluido el Supremo-, sino a los jueces. Saber los porcentajes en que las Sentencias de un juez o Sala son revocados o revisados por el orden superior. Abrir el debate opinión sobre los comportamientos en los foros, permitiendo la expresión, no anónima, sí fundamentada, acerca de lo que se ventila en los foros. Porque, aunque las vistas son, en general, públicas, el público no asiste a ellas, más que cuando alguna circunstancia puramente morbosa hace un proceso mediáticamente atractivo, sin nada que ver con la administración de Justicia.

Lo dicho para los jueces, para los que es exigible una estructura no judicial que supervise, de manera independientemente y con transparencia hacia la opinión pública, las actuaciones de los jueces y magistrados, obligando así a un control externo muy aconsejable de esta función del Estado moderno que Montesquieu distinguía, de forma arcaica, como uno de los tres poderes independientes, vale para toda la administración pública. No basta el Congreso de Diputados y, en buena medida, tampoco serviría para lo que es necesario hacer que la eficiencia de la Adminstración tenga parámetros  medibles, individualizados y…públicos.

En relación con la administración de Justicia en la jaula hispana, una cuestión fundamental y, debido a su complejidad, arrumbada, es la revisión de las penas previstas en el Derecho Penal, relación con la gravedad de los delitos -las disparidades e incongruencias son notables-. Otra, no menos importante, es el abrir el debate acerca de los cometidos pretendidos -no los fantasiosos, ingenuos o voluntaristas- por la reclusión de los penados: ¿simple reclusión como castigo? ¿verdaderamente procurar la reinserción del penado? ¿para qué sujetos, en qué casos y de conformidad con qué delitos?

Finalmente, y por cerrar este capítulo, debería reordenarse la tremenda complejidad de las leyes y normativas de determinadas áreas, empezando por la ambiental y siguiendo por el derecho urbanístico y deteniéndose con cinturón y tirantes de la calma más resistente, en el laboral. Demasiada disparidad, redundante o contradictoria complejidad, que hace imposible la aplicación correcta del principio «dame los hechos, que yo (el juez) te aplicaré la ley correspondiente». ¡Si cada día surgen unas cuantas decenas de disposiciones en algún lugar legiferante de la jaula hispana! Basta tomarse la molestia de estudiar las modificaciones, revisiones, anulaciones y remisiones de una Ley cualquiera, para entender que el orden jurídico está lleno de lagunas, posibles superposiciones de criterios de aplicación presumiblemente contradictorios y, en fin, huecos para la interpretación abierta de lo reglado…

FINAL

Termino aquí este relato sesgado, seguramente pretencioso, genuinamente superable, de la Granja Humana, con especial detención en la Jaula Hispana y claro sesgo hacia el momento actual. Me hubiera gustado ser Tony Judt para sacar más enjundia al panorama descrito y poder terminar este relato con algo parecido a esta conclusión: «Sea el que fuere, el nuevo orden de la Jaula hispana, estará siempre unido a los signos y símbolos de su pasado, y su propia concepción como impulsora de renovadas ilusiones, constituye un éxito notable. Para que los españoles conserven ese vínculo vital con sus antecesores, para que el pasado siga proporcionando al presente un contenido que no sea únicamente reprobatorio y se constituya en un objetivo moral y alimente metas con futuro, habrá que enseñárselo de nuevo a cada generación. Porque cada nuevo orden que se imagine en la Jaula, puede que se considere una completa renovación, una destrucción absoluta de lo anterior, pero por innovadora que se crea la respuesta a la Historia, siempre estará vinculada a ella, y jamás podrá borrarla ni sustituirla.» Pongo entrecomilladas las frases, pero el lector de Judt podrá detectar que me he inventado gran parte del contenido. (2)

Madrid, 15 de mayo de 2016

——

(1) El repaso a la situación actual de los centros de investigación que «fueron en otro tiempo Italica famosa» es desesperante: falta de medios, de personal investigador de recambio, de ilusión u objetivos: CSIC (Instituto de Ciencias de la Construcción Eduardo Torroja, Cebtro de Automática y Robótica, Centro Nacional de Investigaciones Metalúrgicas, Instituto Nacional del Carbón,…)

(2) Tony Judt, «Postguerra, una historia de Europa desde 1945» Ed. Taurus, 2006

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