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Explicar el mundo para politólogos

24 febrero, 2016 By amarias 5 comentarios

Pocos de los grandes científicos y pensadores que la Humanidad ha producido fueron personalidades engreídas, poseídas de su potencia intelectual. Y, de entre los que prefirieron no revestir sus logros de modestia, que es auxiliar de la virtud de la templanza, según Tomás de Aquino, no fueron pocos los que, pasado el tiempo, vieron sus teorías superadas por las pruebas de otros sabios que iban comiendo los altramuces del conocimiento que habían despreciado.

Tengo junto a mí un libro que aconsejaría a todo politólogo, especie surgida de los recovecos del saber y que ahora nos quiere dar lecciones en materias que entienden tenemos descuidadas. Está escrito por el premio Nobel de Física, Steven Weinberg y se titula «Explicar el mundo». (Editorial Taurus, 2015), a cuya perspicacia y dotes para explicar de forma sencilla lo que sabe, se debe, entre otros, también el libro «Los tres primeros minutos del Universo», que me leí de un tirón.

Weinberg justifica su propósito de «explicar el mundo», como resultado de la decisión de «profundizar más, aprender más de una época anterior de la historia de la ciencia» y a que «como es natural en un profesor universitario, cada vez que quiero aprender algo me presento voluntario para impartir un curso sobre el tema». No es la única joya que puede encontrarse ya en el Prólogo, y, al leer sus explicaciones, no pude menos de recordar a un científico más próximo a mi naturaleza, mi tío Juan Manuel F. Carrio, que no dudaba en dar clases de cualquier disciplina técnica (sic), (1) , aprendiendo en todas ellas hasta desmenuzar sus recovecos y siendo capaz de explicar la materia con meridiana claridad a los alumnos más exigentes.

Escribe Weinberg que dio a su libro el subtítulo de «El descubrimiento de la ciencia moderna», con el que «también pretendía distanciarme de los pocos constructivistas sociales que quedan: los sociólogos, filósofos e historiadores que intentan explicar, no solo el proceso, sino incluso los resultados de la ciencia como productos de un entorno cultural específico.»

Como no quiero resumir el contenido del libro, porque sería un intento imperdonable de pretender evitar el disfrute total al posible lector, me salto dos centenares de sus páginas para tomar un par de frases del Epílogo: «A lo mejor se nos agotan los recursos intelectuales: quizá los humanos no seamos lo bastante inteligentes para comprender las leyes realmente fundamentales de la física. (…) Por ejemplo, aunque quizá lleguemos a comprender los procesos cerebrales responsables de la conciencia, resulta difícil entender cómo podremos describir alguna vez los sentimientos conscientes en términos físicos».

Amigos politólogos: cuando leo algunas de vuestras petulantes declaraciones, por las que pretendéis convencernos de que domináis campos tan diversos como la sociología, la economía, el derecho o la ingeniería, no puedo menos de hacer la propuesta de que adoptéis la templanza de los que, sino más inteligentes, su sabiduría se ha visto laureada por Comités internacionales.

Algunos preferiríamos que reconociérais saber mucho menos, pero que os mostrárais honrosamente dispuestos a aprender junto a nosotros. Por supuesto, con transparencia, yendo unos cuantos pasos por delante, y con el esfuerzo y dedicación que corresponde entregar a quienes dedican su tiempo `¡vocacionalmente!- a mejorar lo que tenemos.

Por cierto, si algo no sabéis o no entendéis de cómo funciona el mundo, preguntad a los que venimos de la estepa. Encontraréis a unos cuantos que estaríamos dispuestos de buen grado a exponer nuestra experiencia sobre las dificultades de «alcanzar una teoría física fundamental» (últimas palabras del «Epílogo: La gran reducción» , del libro de Steven Weinberg (2)

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(1) Desde Cursos de Náutica a futuros patrones de pesca, hasta Electrónica, Ampliación de Cálculo o Resistencia de Materiales para ingenieros, o Mecánica de Fluidos para médicos urólogos, por ejemplo.

2) El libro tiene 424 páginas, pero desde la 279 son Notas técnicas y Bibliografía y, por tanto, su lectura tal vez podría obviarse sin desdoro. Más imperdonable se me haría no llamar la atención sobre los versos del poeta metafísico John Donne, que Weinberg recoge a modo de advocación, y que retomo en su versión original (A lecture about the shadow: «These three hours that we have spent,/Walking here, two shadows went/ Along with us, which we ourselves produc’d./But, now the sun is just above our head,/ We do those shadows tread,/And to brave clearness all things are reduc’d.»).

La traducción de Damià Olau, excelente por lo demás, no me convence mucho para estos concretos versos, pero la recojo aquí para quienes no dominen el inglés poético: «En estas tres horas que hemos pasado/caminando, dos sombras nos han acompañado,/que nosotros mismos producimos;/ pero ahora que el Sol ha ascendido,/estas dos sombras pisamos/ y a la espléndida claridad todo se ha reducido. (Disertación sobre la sombra)»

 

Publicado en: Cultura, Política, Tecnologías Etiquetado como: explicar, John Donne, mundo, politólogos, Steven Weinberg

¿Se podrá llegar a saber en qué tenía razón Albert Einstein exactamente?

15 febrero, 2016 By amarias Deja un comentario

Después de ver la película de ciencia ficción Interstellar, con mi cerebro aún aturdido por las elucubraciones inverosímiles de esa historieta de redención apocalíptica, descubrí con emoción que entre los Extras incluidos en el dvd, se ofrecía una entrevista a Eric Thorne, catedrático de Fisica Teórica del Instituto Tecnológico de California.

Thorne había sido el asesor científico del guión y con convincente tono, explicaba a los legos de la cosmogonía, entre los que figuro -por padecer el síndrome de la predominancia metafísica- como uno de los más retrasados del pelotón, que lo que se contaba en la película de Chris Nolan tenía un soporte aceptable en la teoría de la relatividad avanzada.

Llegado a este punto, debiera recomendar al lector que quisiera pasar por entendido en las ondas gravitacionales que, además de leer algo de lo mucho que se está escribiendo sobre ellas, vea la película Interstellar. No le garantizo que se convierta en un erudito después de esa inmersión en las intimidades del tiempo, pero podrá alardear de estar convencido de que a Erik Thorne y a Rai Weiss (el alter ego europeo del primero) les va a conceder el próximo premio Nobel en la materia.

Ambos científicos son los principales culpables del proyecto LIGO (Interferometría Láser de Ondas Gravitacionales), que está concebido para detectar los efectos sobre el espacio tiempo de la explosión masiva de energía causada por la colisión de dos agujeros negros a velocidades superiores a los cien mil km/s y a más de mil millones de años luz de la Tierra.

Pues bien: cuando aún se encontraba en pruebas el hipersensible sistema para captación de tales microefectos (por causa de la distancia a que se produjeron los fenómenos), algunos aparatos de parte de los 80 centros destinados a detectar esa anomalía cósmica, registraron oscilaciones que no provenían de las causas conocidas, que se habían, obviamente, filtrado previamente.

«Vimos en acción que la energía es igual a la masa por la velocidad de la luz al cuadrado, la ecuación que todo el mundo conoce» -expresó, con la habitual riqueza comunicativa de los sabios, uno de los científicos que trabajan en el proyecto.

Los titulares de prensa de estos días resaltan que ese descubrimiento prueba que existen ondas gravitacionales, capaces de retrasar localmente la flecha del tiempo, aunque sea de forma mínima, respecto al reloj cósmico absoluto y, en consecuencia, Albert Einstein tenía razón.

Gran tipo, ese Albert, capaz de desplazarse con lápiz de mina de carbono sobre un papel pautado que iba rellenando con ecuaciones de máxima complejidad y que, convenientemente simplificadas, desembocaban en una fórmula que es más fácil de recordar que la de la Sachertorte.

Por fortuna para quienes necesitamos tener pruebas de su esencia humana, nos dejó también una prueba irrefutable de su cortedad emocional. Su historia de acoso moral con la científica Mileva Maric, su primera esposa, madre de sus dos hijos, compañera de Facultad y codescubridora de la teoría de la relatividad, que renunció a aparecer como coautora de los artículos que Einstein firmaba solo, con una enamorada explicación: «Wir sind ein Stein» (1), nos ofrece la evidencia.

Porque, ya obtenido el reconocimiento por sus trabajos, pertrechado en su aislamiento gravitacional, levitando sobre su ego humano, Albert escribía a Mileva una Nota con instrucciones tajantes, hirientes, precisas, acerca de cómo debería disponer de su ropa interior y sábanas, preocuparse por mantener a los hijos fuera de su despacho y, por favor, no osar dirigirse a su eminencia más que para contestar escuetamente a lo que él, dios, le preguntara, cuando y cómo quisiera.

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(1) «Somos una Piedra»

Publicado en: Actualidad, Fisica, Tecnologías Etiquetado como: agujero negro, Albert Eisntein, California, Christian Nolan, curvatura, Eric Thorne, espacio-tiempo, Interstellar, LIGO, Mileva Maric, ondas gravitacionales, Rai Weiss, relatividad

Desnudando el gas de pizarra

7 febrero, 2016 By amarias Deja un comentario

Mi buen y laureado amigo Eloy Alvarez Pelegry, junto a Claudia Suárez Diez, -ambos ingenieros de minas-, han publicado el libro «Gas no convencional: shale gas» con un subtítulo comprensivo: «Aspectos estratégicos, técnicos, medioambientales y regulatorios» (Orkestra, Marcial Pons, 2016).

El volumen fue presentado en un acto organizado por la Real Academia de Ingeniería (Eloy es académico de esta rancia institución), y contó con la introducción cariñosa -y algo peculiar- de otro colega de la ingeniería, mi profesor de Ampliación de Física con base en el cálculo tensorial, José Luis Díez Fernández, quien dibujó con trazos más bien negros algunas cuestiones de la trayectoria seguida con el gas en España, que tiene muchos claros y algún oscuro. José Luis recordó, por ejemplo, en su intervención preliminar, accidentes causados por el peligroso grisú en las explotaciones de carbón de las cuencas del norte y ciertas explosiones en la red de Barcelona cuando las instalaciones que estaban previstas para gas ciudad se utilizaron para gas natural, lo que no dejó a la audiencia, desde luego, con el mejor cuerpo para el plato que nos disponíamos a degustar.

Eloy y Claudia han realizado un trabajo serio, no exhaustivo -el tema está abierto- pero sí sistemático y documentado sobre el presente del recurso. Es, sin duda, el mejor resumen técnico -más de 300 páginas, con multitud de cuadros y referencias- que se ha hecho en España, hasta ahora, sobre la cuestión. El propio texto, que encaja con lo que se podría considerar un trabajo académico de altura sobre una metodología, ofrece un Resumen, al final, en seis páginas,  de lo  sustancial expuesto por los autores, para aquellos escasos lectores -supongo- que prefieran, ante un tema de tanto interés y actualidad, contentarse con quedarse con algo de la música y no detenerse a oir la partitura entera.

El libro es una referencia obligada para ilustrarse sobre la situación mundial del shale gas, comenzando por definirlo bien, detectar las explotaciones del mismo actualmente en uso, la evolución de los precios de referencia, las tensiones geopolíticas que ordenan o complican su mercado y, como ya se advierte en el subtítulo del mismo, también aborda cuestiones legales, tanto al abrigo de la legislación medioambiental específica española como incorporando visiones adoptadas por países que ya están realizando la explotación de hace tiempo de estos reservorios a gran profundidad que se pueden extraer aplicando técnicas de perforación mixta, horizontal y vertical.

Se ha leído y oído tanto, y adornado con tonterías, nimiedades o medias verdades, acerca del shale gas, -traducido aquí, en general, como gas de esquisto, aunque Fernando Pendás, otro de los mineros que andan haciendo apología de la necesidad de explorar este potencial recurso autónomo, no pierde ocasión de corregir/nos que deberíamos decir gas de pizarra, o mejor gas de lutitas- que el viene bien poner orden, y hacerlo de forma documentada, con datos y referencias serias, acerca de una cuestión que aquí parece controvertida y es pan de cada día para otros. Ojalá sirva, al menos, para que los que sabiendo muy poco hablan por los codos, se callen o se les haga callar con buenos argumentos.

Recomiendo, pues, el libro. Aunque también advierto de su efecto limitado fuera de los ámbitos estrictamente técnicos o académicos: estas cuestiones que afectan temperamentalmente al ambiente y al riesgo técnico potencial, se envenenan muy fácilmente, y el asunto, en nuestro país, está muy contaminado por reservas a priori, datos falsos, e intereses económicos oscuros difíciles de detectar. No niego que también el llamado «lobby gasista» tenga su interés en que se autoricen las prospecciones, pero si no existe un móvil económico, también se paralizan los asuntos de interés general.

El salón de actos de la Real Academia de Ingeniería dio, pues, empaque a la difusión de un mensaje serio. En esencia, que hay que autorizar la exploración del recurso, y que existe experiencia suficiente para garantizar que la misma se hará con las garantías de seguridad del más alto nivel, y que, en fin, si se detecta que el subsuelo español tiene volumen extraíble suficiente para hace rentable la producción de gas de esquisto, no deberíamos de renunciar neciamente a la explotación de un recurso propio.

Se necesita es, sobre todo, tranquilizar a la opinión pública y, para ello, hay que aportar a los debates a personas que aporten credibilidad, experiencia concreta, y  contrarresten las opiniones negativas construidas desde la falsedad, con la verdad. Lo que no implica dejar de señalar los puntos débiles que toda tecnología posee, pero sin exagerar su alcance. Todo lo que sirve al hombre tiene riesgos: la función del que sabe es controlarlos.

Enhorabuena a Claudia y a Eloy, y que consigamos llevar al puerto de la sensatez el debate sobre el shale gas. Después de todo, lo que se está demandando es que se explore la existencia rentable del recurso, no que se explote. Aunque mi admirado José Luis Diez Fernández haya hablado de viejas explosiones relacionadas con gases, pero acaecidas en otro contexto, con otras sustancias, en otras circunstancias de exigencia y control en España y en el mundo.

Publicado en: Actualidad, Economía, Geología, mineria, Tecnologías Etiquetado como: Claudia Suárez Díez, defensa, Diez Fernández, Eloy Alvarez-Pelegry, fernando pendás, gas de esquisto, gas de lutitas, gas de pizarras, gases, Orkestra, shale gas, tecnología

El futuro de Telefónica (y 2)

16 junio, 2015 By amarias 2 comentarios

Quizá en la idea de que Telefónica, en tanto que empresa líder en el sector de comunicaciones, se maneja con soltura en escenarios virtuales, en los que se pueden reducir drásticamente los tiempos de transferencia de información, César Alierta dio por leído su Informe a  la Junta General de Accionistas. Me resultó paradójico, y me recordó esas sesiones en las que se da por leída el acta de la reunión anterior, con lo cual pocos se dan por enterados de lo que se aprobó y, por eso, los mismos argumentos se repiten una y otra vez, sin avanzar en lo que importa.

En fin. El folleto, de quince páginas (incluídas las que contienen, respectivamente, el Indice y una foto del Presidente, en postura de «ahí me las den todas»), alude al avance en «la transformación tecnológica» de la compañía, al «crecimiento orgánico» (que alcanzó el 2,6%) -atribuible al incremento del negocio en Hispanoamérica y, en menor medida, al impulso a los servicios digitales y a las «iniciativas de monetizar el tráfico de datos». Se trata de un informe optimista (demasiado), y quizá por eso los asesores del Presidente, dado el caliente caldo de tensión emocional que se preveía, optaron por pasar de puntillas por el trámite.

Hay que remitirse al Informe financiero -que tuve que solicitar expresamente-, para entender lo que está pasando en la compañía y, sobre todo, lo que puede pasar. Telefónica, con unos ingresos por ventas en 2014 de 50.377 Mill euros, ha perdido un 20% de facturación en relación con 2012.  Su resultado operativo antes de amortizaciones (OIBDA), que fue de 15.515 Mill euros, ha caído casi un 30% si lo relacionamos con ese mismo año. Y, aunque las amortizaciones aplicadas son casi 2.000 Mill euros inferiores a las de 2012, (aunque el informe del Presidente indica que 2014 «ha sido un año récord en inversiones, hasta casi 9.500 Mill euros»), el resultado final ha caído en un 35%.

Brasil se ha convertido en el principal mercado de Telefónica, con más de 100 millones de clientes, con un reflejo en la facturación total similar al de España (22,8% y 23,9%, respectivamente), aunque el mercado español está perdiendo eficiencia relativa.  La devaluación del real brasileño y el peso argentino frente al euro y la hiperinflación en Venezuela están influyendo muy negativamente en los resultados y, de mantenerse la situación, las perspectivas futuras del negocio de la compañía pueden terminar seriamente dañadas. Porque, aunque el número total de clientes crezca, si lo que pagan por el servicio -traducido a moneda fuerte- es una bagatela, salvo que los costes se lleven a la misma moneda que los ingresos, las pérdidas en la matriz no harán sino aumentar.

La dedicación que el Informe financiero realiza a los planes de retribución e incentivos de sus principales ejecutivos, me merece el calificativo de lamentable. Cierto que otras grandes compañías parecen muy sensibilizadas por garantizar unos altos honorarios a sus directivos de máximo nivel, y que pretenden presentarlos como vinculados a los resultados obtenidos, pero -y esta cuestión queda reflejada en los datos de Telefónica de forma bastante evidente-, no puede obviarse que son los Consejos de Administración y sus accionistas principales quienes seleccionan y aprueban tales propuestas, de las que los accionistas minoritarios son meros espectadores y, además, inocentes incompetentes para valorarlas.

Esta cuestión de la remuneración a los altos ejecutivos, que merecería un capítulo especial (y al margen de Telefónica), está relacionada, y directamente, con tres cuestiones claves de la sociedad globalizada: a) la obsesión de los grandes grupos empresariales por reducir costes, disminuyendo la mano de obra o desplazándola a países con menores salarios (en cuanto sea posible); b) la imposible vinculación convincente entre la «excelente gestión» y unos honorarios que están completamente fuera de toda comparación con los salarios del resto de los mortales, y levanta la incógnita acerca de lo que hace a esos hércules de la técnica y las finanzas tan eficientes, lo que despierta sospechas fundadas de que la economía tiene claves que no se estudian en ninguna escuela de negocios ; y, c) en fin, llevando la sinceridad del análisis hacia a una reflexión filosófica, la necesidad de reflexionar éticamente acerca de la distribución  de cargas, beneficios y responsabilidades entre los que soportan las servidumbres de una sociedad cada vez más tecnológica y deshumanizada y los que la disfrutan, con crecientes márgenes de satisfacción e individualismo.

El grupo Telefónica tenía en 2012, 272.598 empleados y en 2014 sostenía solo 120.497.  La transacción de Atento la liberó de 137.454 trabajadores en plantilla, que quedaron «externalizados» en su mayor parte. En Telefónica España, se perdieron, solo entre 2012 y 2014, 2.000 empleos (al final de este año tenía 29.840 empleados). Solo los más viejos del lugar tendrán presente que en 1996, Telefónica empleaba a más de 67.000 personas en España, cuando estaba controlada por el Estado. La privatización redujo la plantilla en más de 17.000 empleados entre 1999 y 2000, paso previo para un segundo ERE entre 2003 y 2007 que redujo en casi otros 19.000 esta joya de la corona tecnológica española, que tiene sus engastes muy deteriorados.

No tengo la bola de ver el futuro, pero puedo avistar que el camino del futuro de Telefónica y las grandes empresas de comunicaciones estará lleno de piedras agudas, y que el terreno tecnológico alcanzará más pronto que tarde una dicotomía disruptiva (entre quienes puedan pagarse los cada vez más sofisticados equipos y las empresas capaces de estar en la punta de lanza de los avances, y los que no puedan ni adquirirlos ni sostenerlos, y las empresas que no puedan competir para producir más barato y con  mayor calidad). Hay una burbuja generándose en el ambiente, y el tamaño sí que importa…pero por el daño que pueden producir los cascotes.

Encontrar una vía para avanzar por ese sendero, no se paga incentivando a altos ejecutivos. No tiene precio, en realidad, y resolver la dimensión para su desarrollo eficaz solo se logra involucrando a toda la sociedad que la sustenta: desde la investigación hasta el consumo; desde los operarios menos cualificados hasta los especialistas más sabios en reducir costes para dar un mejor servicio con una tecnología crecientemente sofisticada que, en este momento, no tiene límites conocidos y no se está generando precisamente en las grandes compañías, sino en pequeños think tanks dispersos por el mundo.

César Alierta tendría que haber expresado, en su discurso, su previsión de por dónde cree que van a ir los tiros. Que no provendrán, seguro, de ese par de decenas de alborotadores que me ensordecieron un viernes de junio de 2015.

Publicado en: Actualidad, Tecnologías Etiquetado como: César Alierta, ERE, Junta General, protestas, Telefónica

El futuro del Presidente de Telefónica

14 junio, 2015 By amarias Deja un comentario

El 12 de junio de 2015, Telefónica celebró la Junta General Ordinaria de accionistas, preceptiva para la aprobación de las cuentas del Ejercicio de 2014. Lo hizo, como en otras ocasiones, en el Pabellón de Cristal -en algunos sitios, designado también como «Palacio de Cristal», por confusión con el apelativo que corresponde al edificio singular ubicado en el Retiro- de la cada vez más deteriorada Casa de Campo de Madrid.

No suelo ir a las Juntas de esta compañía (aunque tengo Matildes desde el año de la pera), pero quería disponer de más información que la que dan los periódicos económicos, que, como es sabido, suele recoger la Nota de prensa que les proporcionan los servicios publicitarios de las empresas.

También tenía cierta curiosidad por ver a César Alierta ejerciendo en directo de mandamás de la compañía, en el que sería, según los más entendidos acerca de cómo se mueven, enrocan y retiran las fichas del gran poder, su último año como Presidente de Telefónica. José María Alvarez Pallete, actual consejero-delegado, tomaría el relevo.

Podía citar como cuestiones accesorias para justificar mi presencia en ese acto, que la hora de la convocatoria me era propicia (¿qué se puede hacer a la una de la tarde un viernes?), e, incluso, que prometían regalar un extensor para selfies como premio de asistencia, de esos que se compran en los chinos de todo a un euro. Sea como fuere, con quince minutos de antelación salía un servidor de la estación Lago del metro de Madrid -, para, siguiendo los confusos letreros indicativos, avanzar por la Avda.de Portugal hasta lo que suponía la gran fiesta de la Telefónica.

Gran decepción. Me esperaban dos horas bastante desagradables. Para empezar, el acceso al lugar de la Junta estaba fuertemente controlado. Había varias furgonetas policiales y más miembros de una empresa de seguridad privada transmitiéndose instrucciones por los pinganillos que si estuviera anunciada la actuación de Beyoncé.  Habían habilitado una  sola entrada, por la parte inferior del edificio, lo que obligaba a hacer un largo recorrido a los mortales de a pie.

¿Qué más?. Tuve que enseñar dos veces el DNI, pasar bajo arcos para detección de objetos metálicos y soportar la incómoda sensación de ser observado por decenas de ojos escrutadores. Nada que ver con la simpática recepción con las que nos obsequiaron a los asistentes al Fujitsu World Meeting hacía unos días, con japonesas en kimono haciendo reverencias…si hasta Angeles Delgado, la Presidente para España de Fujitsu me pareció que se había disfrazado de oriental para la ocasión.

Cuando solicité la Memoria de la empresa, un portavoz de un grupo de desocupados que se parapetaba detrás detrás de un mostrador con periódicos económicos de esos que ya nadie compra, me espetó que no disponía de tal información, como si le hubiera preguntado por el momento propicio para observar la lumictancia en el día. Ese mismo individuo, dos horas más tarde, habiendo decidido ya ausentarme del lugar, y ante mi exigencia de que me entregara un ejemplar, puesto que había visto algunos en manos de cuatro o cinco asistentes, sacó de un armarito que tenía a la espalda, al cabo de un rato, una Memoria, justificándose con un «Tenemos pocos ejemplares».

Nadie sabía nada del aparato para selfies, ni siquiera el fulano que parecía dormitar bajo un letrero que decía, prometedora y falsamente: «Atención al accionista».

Tan pronto empezó la Junta apareció claro la intención de este despliegue de medidas de seguridad e ineficiencia desenfocada. Los organizadores deseaban que el acto terminase cuanto antes: no hubo discurso del Presidente (que, para quien tuviese el interés por saber de él, debía solicitarse expresamente en los mostradores); y el secretario del Consejo cumplía los trámites legales a la máxima velocidad que le permitía su capacidad de dicción, atropellándose a veces.

¿Había habido amenaza de bomba, quizá? ¿Se trataba de abortar una protesta tumultuaria y agresiva de proveedores, accionistas o empleados descontentos?. No, no era eso. Ante más de mil accionistas y compromisarios, lo que se desveló era que un grupito de no más de veinte personas, con camisetas verdes, pancartas hechas a mano, silbatos y cornetines de juguete, se habían introducido en la sala, dispuestos a boicotear las intervenciones oficiales, y, en el turno de accionistas, preparados para exponer sus reivindicaciones laborales.

Por eso, desde que César Alierta abrió la sesión, sus palabras y las del secretario del Consejo, incluso las del Notario habilitado, -y aunque se elevó el nivel de megafonía al máximo admisible (demasiado para mis tímpanos)-, quedaron apagadas  por el acompañamiento estruendoso de ese grupo de alborotadores. «Alierta, cabrón, trabaja de peón», era alguno de sus delicados eslóganes. Más tarde, cuando intervinieron como accionistas (o sus representantes), expresaron reivindicaciones, según aclararon, como trabajadores de las contratas de servicios externalizados -sobre todo, de Movistar-, miembros de un sindicato minoritario del grupo Telefónica (despreciaron la representación de UGT y CCOO, a los que designaron como «vendidos»), y en nombre de quienes denominaron «falsos autónomos», exigiendo para todos un «sueldo digno»  y «la readmisión de los despedidos».

Me sorprendió que el presidente de Telefónica no supiera cómo atajar la protesta. Al contrario, la azuzó, con intervenciones improvisadas -introducidas entre las frases del texto que leía en cumplimiento de los trámites reglamentarios- afeando la conducta de los que protestaban, a los que tildó de antidemócratas y de irrespetuosos, e incluso los retó a manifestarse así «en la cafetería».

Tenía razón al estar disgustado, desde luego, porque le chafaron la exhibición de su gestión. Pero alguien que cobra casi seis millones de euros al año y cuenta con un equipo de asesores excepcionalmente bien pagado, podría saber que tenía en sus manos la forma de reconducir la protesta, y conseguir el aplauso del millar largo de accionistas -en su mayoría, jubilados sin ganas de aguantar jaleos, y atentos a que les dieran el selfie y los canapés al final del acto-, con unas palabras elegantes. Por ejemplo:

«Ruego a los señores accionistas que están silbando y gritando mis intervenciones y las del Sr. Secretario, que respeten el deseo de la mayoría de accionistas y, desde luego, de este Consejo, de que la Junta se realice con la mayor cordialidad y de acuerdo con las prescripciones legales. Y, desde luego, en el turno de intervenciones previsto, dispondrán de los diez minutos reglamentarios para exponer sus razones de discrepancia. Y si necesitan más tiempo, saben que estoy a su disposición para dedicarles el que haga falta, escuchar sus opiniones y atenderlas, en lo posible y en cuanto sean justas, en mi despacho en la empresa, siempre abierto»

(continuará)

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De blunt to smart city, una guía para dummies (y 10)

22 mayo, 2015 By amarias Deja un comentario

Admitida la individualidad (en el sentido, de singular o específico) del trayecto que conduce a cada ciudad a la excelencia, cabe preguntarse quién será el guía más adecuado para conducirla por él. En las sociedades democráticas, por tanto, la cuestión a resolver sería ésta: ¿Cómo elegir a alguien que tenga la capacidad, la inteligencia, el juego de cintura, la voluntad de integración, la honradez, y todas cuantas cualidades positivas queramos añadir a ese elenco de virtudes que deben adornar a ese hombre o mujer ejemplares, a quien confiar el mando de la ciudad Smart?

La respuesta a esa pregunta es, según mi criterio, excepcionalmente sencilla. No existe el procedimiento idóneo para seleccionarlo, porque tampoco existe la persona ideal para ocupar ese puesto. Lo que en absoluto supone la conclusión de que tendría que renunciarse al objetivo. Al contrario.

Una primera reflexión que conviene hacer, para avanzar en el razonamiento que me propongo, sería la que permitiera detectar, sensu contrario, qué cualidades pretenden que adornan a sus candidatos, tanto las agrupaciones que los apoyan, como, frecuentemente, alardean ellos mismos de poseerlas.

¿Experiencia previa de gestión? ¿Conocimientos? ¿Un programa de actuación? ¿Capacidad de respuesta a imprevistos?

Desconfiemos de cualquier exhibición de fortalezas. Una fortaleza, real o ficticia, supone una resistencia posterior, una fuente segura de conflictos.

Si repasáramos la historia de las ciudades, advertiríamos que aquellos que han dejado su nombre en ellas como artífices de logros notables, eran, en su inmensa mayoría, personas sin especiales características que hubieran permitido adivinar que triunfarían en la gestión de esa ciudad. Provenían de variadas profesiones y oficios, y no se distinguían precisamente, en general, por sus dotes para la oratoria. No eran expertos en urbanismo, ni en transporte, ni en organización de eventos culturales, ni…

Me apresuro a decir que tenían un punto en común, algo muy importante: amaban a la ciudad de la que habían llegado a ser alcaldes o alcaldesas. La conocían bien, eran conocidos por muchos de sus habitantes, la recorrían de cabo a rabo con extraordinaria frecuencia.

¡Qué diferencia con aquellos que hablan de la ciudad en la que aspiran a ser sus regidores o en la que ya lo han sido como quien cuenta una película, porque viven su ciudad solo en el camino que va de su casa o residencia oficial al despacho, conducidos de una a otra en un coche con cristales ahumados!

La selección de un equipo Smart para una ciudad que pretenda serlo, no empieza por el alcalde, sino en el conjunto de funcionarios y asesores que van a recorrer con ella ese trayecto de excelencia. Es una historia que trae mucha, muchísima tradición:  de siglos y, para no poner melodramatismo, al menos, descansa en la actuación, en las últimas décadas, de quienes tuvieron en sus manos los engranajes de accionamiento de la ciudad.

Me temo que ahí es donde fallan buena parte de la realidad de las ciudades: y no depende tanto de la forma por la que se han elegido muchos -demasiados- de sus responsables de segundos y terceros niveles (por poner un límite hacia abajo en la jerarquía) sino por la manera cómo se les controla y motiva. Qué hacen, quienes son, cuál es su ilusión, qué proponen, cuáles son las deficiencias y puntos fuertes de la estructura administrativa, etc.

El mensaje que pretendo dar en esta primera parte de la reflexión es sencillo: no importa tanto cómo eliges, sino con qué equipo cuenta y de qué capacidad de actuación dispone, y sobre todo, cómo lo controlas. Un equipo de gente capaz e ilusionada, estimulada por el resto de la población y orientada en sus actuaciones por ella, puede hacerlo muy bien, sin necesidad de que lo dirija nadie. Al menos, solo sería necesario hacerlo por excepción: el equipo debe tener su propia inercia, y ésta ha de ser positiva.

Porque la función principal de un regidor de la ciudad Smart no es tomar decisiones por ella, sino vender bien lo que la ciudad vale y hace.

En período electoral, vemos esforzarse a los candidatos a ocupar la posición de alcalde en presentar su voluntad de mejorar la ciudad, ofreciendo más empleo para todos, más servicios sociales, más zonas verdes, más felicidad para todos. Todos vienen a decir lo mismo, que es, en esencia, un mensaje vacío. Incluso los que ya están ejerciendo ese poder municipal y pretenden revalidarlo, difunden un mensaje idéntico a los demás aspirantes, adornado si es caso con las actuaciones de las que están orgullosos y que atribuyen a su capacidad de gestión.

Pero una ciudad Smart no es mérito de una persona, ni de un equipo, sino una consecuencia de la acción de todos sus habitantes. Es una demostración eficiente de la solidaridad de todos con ella, y que se dirige, por supuesto, con una voluntad subyacente, intangible pero imprescindible, que es la de que todos sus habitantes se hallen cómodos en la posición que ocupan en ella.

Supongo que, ante unas elecciones, los ciudadanos que no se postulan como candidato en una lista ni pertenecen a un grupo o coalición, se plantearán cuál será el candidato que mejor los representaría, atendiendo a sus propias necesidades o intereses.

Como la selección según ese baremo es, objetivamente, si se pretende hacer con seriedad, imposible o muy difícil, pues pocos serán quienes se molesten en atender a la lectura de los programas, y, quienes lo hagan, encontrarán serios obstáculos en separar la paja del trigo, cuando no en dar credibilidad a promesas que aparecen como de quimérico cumplimiento, se acabará votando porque un candidato (primero de la lista) caiga más simpático a primera vista, o haya tenido una aparición afortunada en un medio de difusión.

Es decir, se votará atendiendo a la intuición, a la impresión racionalmente inexplicable; a una de las formas con las que se concreta el azar.

Les sugiero a quienes lean estas líneas que analicen lo que es actualmente su ciudad, lo que encuentran en ella como sus valores  y fallos fundamentales, pasen revista al comportamiento que conozcan de sus funcionarios y empleados públicos y, si tienen detectado lo que le gustaría que hicieran los candidatos, voten en contra de sus propios intereses.

Si están en el centro de la ciudad, si se consideran pertenecientes a la clase alta y figuran entre los más afortunados, voten a aquella propuesta que defienda mejorar la periferia. Voten a los partidos en los que no conocen a nadie, a aquellos candidatos que nunca antes han tenido una representación pública, preferiblemente, a quienes desconozcan totalmente cómo funcionan las instituciones.  Hagan lo contrario de lo que les dicte el propósito de mantener el estado de las cosas que les convienen.

No soy un terrorista político, sino que abogo por el empleo de un maquiavelismo de efectos prácticos muy catárticos, en todo caso, a nivel individual. Si utilizan el coche para ir al trabajo, no duden en apoyar a quien pretenda ampliar el transporte público para relacionar mejor los barrios periféricos. Si tienen propiedades inmobiliarias, apoyen sin dudar a quienes defiendan la subida del ibi o la movilización de los inmuebles vacíos. Si no les gusta el cine, ni la lectura, ni el teatro, cierren los ojos para votar con decisión a quienes entiendan que se debe reducir el iva, por quien corresponda, y atiendan, si ya tienen edad provecta, no a quienes alardeen de mejorar los centros geriátricos o las oportunidades de recreo para la tercera edad, sino a quienes tengan un ideario concreto para los más jóvenes.

Parece una paradoja. No lo veo así. Porque si todos hiciéramos lo mismo, de colocarnos en el sitio del otro más necesitado, la ciudad avanzaría en el camino de la perfección, que no es la mayor diferenciación de lo que existe, el aumento de la tensión entre contrarios, sino la búsqueda de una mayor homogeneidad en el equilibrio dinámico que lleva a lo Smart, al aumento de la inteligencia colectiva.

Obviamente, quienes no lean estas líneas (que serán la inmensa mayoría de la población objetivo) y quienes no estén de acuerdo con lo que propongo (que será, lamentablemente, el resto de la población objetivo), votarán con la cabeza, que es lo mismo que decir, con la cartera o con la tartera. Y, ausente de la imprescindible dosis de catarsis, situada entre contrarios, la ciudad no avanzará hacia lo Smart, sino que perderá un tiempo muy valioso para mejorar.

Con este comentario termino la relación de las diez entradas consecutivas a este blog sobre El camino que va de una Ciudad adormecida hacia una Ciudad inteligente. Pueden leerse por separado, aunque siempre será mejor leerlas todas juntas, empezando por la primera, para no extraer conclusiones precipitadas, que no estaban en la intención con la que he descrito este proceso.

(FIN)

 

 

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De blunt to smart city, una guía para dummies (8)

13 mayo, 2015 By amarias Deja un comentario

Si el lector está de acuerdo con las reflexiones anteriores, convendrá conmigo en que las líneas teóricas maestras de una estrategia para la Smart city, no son, en realidad, dependientes del tamaño, ni siquiera del tipo de ciudad (abierta, cerrada, de servicios, industrial, etc.).

Pero la elección de las prioridades en su implementación, y su ajuste fino,  depende estrechamente de la situación particular de la población que ocupa cada barrio y el equipamiento de que dispone, y exige una sensibilidad, a la vez, global y específica.

Me sucede aquí, al valorar este punto, algo parecido a la incongruencia que encuentro -perdóneseme que ponga la luz sobre uno de los celemines que me importan profesionalmente- se ha instalado en la defensa del ambiente que realizan algunos grupos ecologistas. Si la zona precisa generar riqueza y tiene recursos naturales que pueden ser explotados, ¿por qué ha de renunciar a hacerlo si sus habitantes están de acuerdo en asumir una cierta carga como consecuencia? ¿Tendrá más valor lo que les impongan desde fuera?

¿No será mejor analizar la forma en que se cumplen las medidas protectoras, antes que negar de plano cualquier acción? ¿De qué vale que un experto en no sé qué escuela ambiental diga a un foro de seguidores entusiastas, con eco mediático indudable, que es inadmisible que se explote un mineral o alguna característica natural de una zona, porque se perjudicará a la fauna, a la flora, al paisaje, a la orografía o a se contaminará el terreno o los acuíferos?  ¿Cómo se resolverá la dirección hacia la mayor pobreza o la necesidad de emigración de los habitantes que habitan en la zona en donde se localiza el recurso?

Solo combinando la sensibilidad global con la específica, y dando prioridad a una u otra, según la intensidad de la necesidad, se resolverá acertadamente el permanente dilema de saber elegir.

El número de habitantes de al ciudad, su distribución, su estructura social, y la existencia de masas críticas suficientes para que una implementación resulte viable o rentable socialmente, debe ser la línea rectora a la hora de elegir infraestructuras, equipamientos y tecnologías en el corto plazo.

En el medio y largo plazo, sin embargo, las medidas correctoras pasan a primer plano. Las necesidades de cada grupo social o cada barrio deben converger a un punto común, o estaremos haciendo trampa a los votantes de hoy en relación con la necesidad de cumplir objetivos en el futuro, que serán cada vez más distantes, más inalcanzables, aumentando la tensión social de la urbe.

No hace falta alardear de ser buen observador para poner en evidencia que esa dicotomía existe, y la crisis ha aumentado la distancia entre los que pueden permitirse y los que no. La solución es compleja, por supuesto, y seguramente, antes de implantarla a nivel general de la ciudad, corresponderá probar el efecto de la estrategia en algunos barrios de distintas ciudades tomados como ejemplo o conejillo de Indias. Por supuesto, siempre con transparencia y cuantificando los recursos que se han empleado o movilizado, para poder estudiar la eficiencia de lo conseguido en relación con lo invertido.

No me parece que la planificación de las ciudades haya tenido en cuenta, todavía, el efecto previsible del calentamiento global. Entiendo que eso es así, o porque no se lo creen los que deben adoptar las medidas preventivas o porque las dilatan hasta que ya sean inevitables, es decir, demasiado tarde. Hay ciudades españolas que deben considerarse especialmente amenazadas, y no veo que haya recursos dedicados al tema que demuestren que se están tomando las cosas en serio.

Cuando leemos sobre catástrofes «naturales» en zonas de países poco desarrollados, puede que sigamos pensando en que su torpe planificación, o la corrupción de sus estructuras, o la falta de inteligencia colectiva para explotar sus recursos, merezca el castigo de miles de muertes por tifones, inundaciones, huracanes o tsunamis.  ¿Vd. también? Yo, desde luego, no.

La reducción de elementos contaminantes es una obligación, a escala local y global. Sobre todo, a escala global. Pero, puesto que las medidas eficientes empiezan por lo que a uno mismo corresponde hacer, porque está a su alcance, las ciudades deben reaccionar de inmediato con el control exhaustivo de la producción de gases con efecto invernadero, y el estímulo a formas de fabricación más eficientes y menos contaminantes.

Las nuevas tecnologías aparecen como generadoras eficaces de empleos sostenibles (en el sentido, de compatibles con la protección del ambiente, la producción de recursos económicos nuevos y de bajo nivel de inversión, y, muy posiblemente, de estabilidad futura: al menos, una o dos de cada diez start-up se consolidan en cinco años; las otras nueve, desaparecen, llevándose consigo inversión y bastantes ilusiones). Sin embargo, no veo que haya debate sobre los empleos que destruyen: y una ciudad smart, y especialmente, una región y un país Smart, tienen que atender al empleo global.

En mi opinión, que expongo aquí de forma escueta (me parece que llevo escrito demasiado sobre el tema para el caso que se me hace al respecto), debemos prepararnos, y muy bien, para que los empleos de alta cualificación tecnológica desplacen, destruyéndolos, a muchos empleos de cualificación media o baja. Que no se recuperarán jamás. Y, a diferencia de otras «revoluciones tecnológicas», esta vez no hay mucho sitio para vender la moto del desarrollo a países con recursos que vendan barato a cambio de equipos que compran caro.

El desarrollo local tiene, en este contexto, sus límites, que una ciudad no puede traspasar, sencillamente, porque no podría permitírselo, sin llegar a un endeudamiento, ese sí, insostenible. No me parece alarmante, ni para tirarse de los pelos colectivamente, si cada ciudad encuentra su sitio Smart.

Cuando voy de visita a algunos pueblos de nuestra geografía, y hablo con sus paisanos, no detecto que planteen necesidades caras ni insalvables. Necesitamos valorar la vida en el campo, asentar las poblaciones incorporando en ellas los elementos imprescindibles del progreso -relacionados, sobre todo, con las comunicaciones- y convencer a muchos jóvenes de la importancia de la filosofía, más que de la economía. En las ciudades Smart, la rehabilitación de edificios y la reurbanización de barrios es también una medida necesaria y saludable. La destrucción para volver a construir más sólido, mejor y más estético, es también un medio de avanzar.

En muchas ciudades alemanas, destruidas en la segunda guerra mundial (la primera no causó tanta ruina), han resurgido barrios «con aire antiguo» (Altstädte) que, en realidad, son nuevas casas y calles, más sólidas, con materiales mejores y buenos aislamientos, que se parecen mucho  a los que había antes.

Si se señalaran en el plano ciudadano los edificios que no conviene conservar -para, si hay oportunidad, generar en su solar otro de mayor valor estético y, sobre todo, energético y funcional- algo se habría avanzado. Ese plano debería tener otro, intocable, de aquellos edificios que conviene preservar: no porque estén catalogados en ninguna lista de Patrimonio Nacional o Local  -muchos sirven para dar nombre de antigua potestad a una ruina-, sino porque forman parte del perfil y carácter que sus habitantes quieren para su ciudad.

Por cierto, ¿ha habido alguna encuesta sobre el valor que se da al perfil de Madrid, desde distintos puntos de vista?

En fin, la confección de un banco de datos extenso, dinámico, que vincule las variables de análisis con el territorio y la población, es una herramienta de trabajo imprescindible de un buen representante público. Si hasta ahora, pudiendo, no han sabido hacerlo, no deberían merecer confianza de que, de pronto, se caigan del caballo. Y si no estaban en el poder y pretender alcanzarlo, ya es hora de que nos indiquen por dónde van sus preocupaciones, mejor dicho, qué proponen para resolver las nuestras, las de todos y, en especial, las de la inmensa mayoría, que sigue siendo, en mi opinión, silenciosa.

(continuará)

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Una yunta díscola (8): La gestión de la incertidumbre

18 marzo, 2015 By amarias Deja un comentario

(Este Comentario es continuación de los siete anteriores, que llevan el mismo título genérico: «Una yunta díscola» -es decir, crear empleo en el actual contexto tecnológico-)

8. La gestión de la incertidumbre: la coordinación eficaz de los agentes socioeconómicos

Escribe Tácito en «Los anales»: «Tiberio, acostumbrado aún sin necesidad, por naturaleza o por uso, a decir siempre palabras ambiguas y oscuras, entonces que lo procuraba con artificio eran tanto más inciertas y escondidas» (Libro Primero, pag. 22 Colección Austral, Ed. Espasa Calpe).

Pues bien: ante la compleja situación generada en el siglo XXI, caracterizada, entre otros protagonistas, por la combinación de globalización, consciencia endógena de la existencia de desigualdades graves en los desarrollos económicos en los países y áreas, control supranacional de los avances tecnológicos, alto nivel de exigencia popular en el mantenimiento de las situaciones de bienestar en los Estados más desarrollados, y agotamiento relativo de los recursos naturales, junto a la consciencia de un deterioro ambiental galopante y la alta probabilidad de un calentamiento de la superficie terrestre, …la proliferación de líderes con la mentalidad de Tiberio es un serio hándicap para canalizar la ejecución de las posibles soluciones.

A nivel general, el fracaso de las cumbres mundiales para tratar de analizar objetivamente los problemas es evidente. Falta un liderazgo claro, es cierto, pero también se echa de menos la consciencia de la problemática. Los informes del Panel del Cambio Climático no encuentran respuesta práctica, y el tiempo pasa, jugando en contra. Las conclusiones de las reuniones de los jefes de Estado, ya sean al nivel de los C-7, C-20 o en los numerosos Congresos y Asambleas propiciados por las Organizaciones supra-gubernamentales, evidencian un gusto por las declaraciones ambiguas, que incorporan promesas atemporales y especulan con la fijación de objetivos irrealizables y, por tanto, persistentemente incumplidos, lo que no debería tranquilizar a quienes tienen preocupación por el futuro, que va mucho más allá de los horizontes electoralistas en cada país.

En esta situación, deberían separarse los mensajes genéricos, voluntaristas, de lo pragmático. Es una lástima reconocerlo, pero la evidencia es cruel. Los encomiables esfuerzos en tratar de impulsar Unión de civilizaciones, Ayudar al desarrollo de los países más atrasados, contener el amenazador fantasma del Cambio climático, concienciar a las grandes empresas multinacionales en la responsabilidad social, etc., se han convertido en «palabras ambiguas y oscuras», revestidas de un artificio dialéctico que las hace «tanto más inciertas y escondidas».

España debe impulsar la investigación aplicada, retener a sus licenciados (que tanto ha costado formar), trazar un plan creíble de generación de empleo, e impulsar, fundamentalmente en solitario, la creación de actividad nueva, consolidando las líneas ya existentes. No se puede perder ninguno de los sectores existentes, y la incorporación de las nuevas tecnologías – generadoras netas de un déficit de empleo, que presiona sobre los menos cualificados-, ha de ser, cuando se emplean recursos públicos para favorecer su implantación, cuidadosamente analizada.

Lo digo desde mi posición de observador tecnológico, y, si me permite el lector la aparente petulancia, experto en alguno de sus campos. No se puede animar a las personas sin otra cualificación que su necesidad de encontrar un modus vivendi, a que creen su propia empresa: tenemos demasiadas peluquerías, mercerías, tiendas de ropa infantil, bares, restaurantes, cafeterías, bollerías, tiendas de la esquina; nos sobran, también, bufetes unipersonales, oficinas bancarias, estudiantes sin vocación, empresarios con escaso conocimiento de la evolución previsible de los mercados para sus actuales productos, etc.

Invito al lector, si no lo ha hecho aún, a que lea mi reflexión sobre «La rebelión de las élites».  El título de ese trabajo podría mover a confusión, al ser evidente la referencia semántica al trabajo de Ortega y Gasset sobre «La rebelión de las masas», escrito en un contexto sociológico muy diferente.

Lo que pretendo poner de manifiesto es que los políticos deben atender, hoy más que nunca, a incorporar a sus programas y propuestas, actuaciones concretas vinculadas al desarrollo de los sectores preferentes. La amenaza de burbujas existe por doquier y, por eso, hay que detectar a tiempo cuando la presión que las haría estallar es ya muy intensa.

Parece que hemos olvidado la explosión de la burbuja tecnológica de Terra, y vivimos aún obsesionados por la burbuja de la edificación que, como se ha dicho con preclara seriedad, no tiene que ver con ninguna burbuja de la construcción y, en cambio, ha afectado a las empresas constructoras, por la paralización de la obra pública.

(cotinuará)

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Una yunta díscola (6): Desbrozando la selva del desarrollo tecnológico

3 marzo, 2015 By amarias Deja un comentario

(Este Comentario forma parte de otros cinco, que, si el lector tiene interés por el tema, deberían ser analizados conjuntamente)

6. Elección de sectores y líneas de desarrollo preferentes

El desarrollo tecnológico -entendiendo por tal, aquellas líneas de ciencia aplicada que, en un momento dado de la Historia de la Humanidad, sirven a ésta para impulsar el crecimiento económico- no es un camino predeterminado, sino que obedece a multitud de intereses, presiones, oportunidades y variantes. Como en todo escenario complejo, la selección de los elementos que en un período dado resultarán determinantes, viene realizada por unos pocos agentes. Sin embargo, las oportunidades de acomodarse a él, como actores secundarios, no son en absolutos despreciables.

Para un país intermedio, la selección de las líneas propias de colaboración con los líderes de la investigación y el desarrollo que la situación revela como relevantes, bien pudiera tomar como referencia conceptual los tres ejes siguientes:

1. Análisis de las debilidades propias en relación con la probable invasión de productos tecnológicos extranjeros, que condujera a la definición y concreción de los aspectos concretos de la producción de tecnología aplicada que deben reforzarse. Esto implica considerar separadamente los subsectores que integran cada sector industrial, valorando, por una parte, su capacidad de resistencia individual y, por otra, su adaptabilidad a los nuevos impulsos tecnológicos, detectando, contando con la ayuda de expertos de máximo nivel, las necesidades de refuerzo.

No se trata de un juego de oportunistas y fracasados, pues no hay planteamientos inocentes en la carrera del desarrollo. Ha de tenerse en cuenta que desarrollo, por sí mismo, no significa nada , por más que se nos intente, de forma obviamente interesada, presentarlo como un objetivo apetecible, con impulso y ventajas propias.

Por ejemplo: ¿Debemos admitir, como un a priori, que el desarrollo implica mayor felicidad? ¿Para quién? La respuesta parecería implicar conceptos filosóficos, pero yo no lo veo así, con esa intención reduccionista . La felicidad, como nos indica un viejo cuento, consiste en no desear más que lo que se tiene, y disfrutar con ello. No puede menospreciarse que la apetencia de lo que no se posee genera inestabilidad, amargura y obsesión, que son alimentos seguros para la frustración y el descontento.

Lo que para algunos puede significar la posibilidad de incorporar a su esfera vital algo que no se posee, y que se valora como potencialmente atractivo, para la mayoría implica el reconocimiento de que no se puede alcanzar, o implica renunciar a otros bienes que podrían implicar, individualmente, una mayor satisfacción. Si  no somos libres para elegir lo que de verdad nos conviene, la servidumbre que impone la sección dominante en la sociedad para priorizar teniendo en cuenta otros intereses, no siempre transparentes, respecto a lo que merece la pena, nos subordina a objetivos ajenos, que pueden arrastrar frustración o enajenación.

Esta reflexión no es, en absoluto, gratuita. ¿Es más importante disponer de un reproductor de blue-ray que disfrutar de una excursión con la familia o amigos? ¿Debemos ser propietarios de la vivienda en lugar de arrendatarios? ¿Ser autónomo es la solución a nuestra incertidumbre laboral? Son solo unos pocos ejemplos de las elecciones que se nos fuerza a adoptar individualmente, sin disponer de toda la información para adoptar una decisión con sabiduría, y nos convierten en aún mayores prisioneros de la sociedad de consumo, empujándonos hacia una incertidumbre dependiente.

2. Estudio de las propuestas de reestructuración de la educación, la investigación, la explotación de los recursos y la producción, basadas en el efecto que las tecnologías pueden provocar en  la disminución de las complejidades, en la eliminación de las redundancias innecesarias, de las ineficiencias, etc.; sin embargo, hay que analizar también el efecto que producirá sobre el consumo la apetencia por nuevos productos tecnológicos, que se ha de estar en situación de fabricar, para evitar en lo posible la pérdida de divisas y la rentabilidad ajena de los efectos del desarrollo técnico. Esta situación implicar analizar y priorizar las necesidades de fabricación de elementos críticos en los que se basan algunas de los nuevos cacharros tecnológicos, para producirlos con medios propios,  generando los materiales adecuados y adaptando la formación de personal a esos requerimientos.

No es el individuo el que ha de ser adaptativo, porque individualmente se carece de la visión, y de la capacidad de decisión  y recursos para enfrentarse al maremágnum tecnológico. Es el conjunto de la sociedad, que incluye las Administraciones públicas, las organizaciones empresariales y sindicales, la Universidad, los partidos políticos, las plataformas sociales, etc, quien ha de valorar la situación, de forma continuada, y decidir qué posición adoptar para canalizar y encauzar las apetencias colectivas mayoritarias.

La falta de una discusión transparente sobre las líneas troncales que debe adoptar una sociedad, deja al individuo al albur de los caprichos de los agentes externos. Si no se discute el modelo educativo, si no se han elegido las líneas preferentes para la investigación que beneficiarán a la mayoría, si se carece de un programa consensuado de explotación de los recursos propios y su potenciación, nos encontraremos con la situación de que proliferarán las resistencias particulares, dificultando el avance conjunto hacia las mejorar consistentes, propiciando, una y otra vez, burbujas tecnológicas, bolsas de paro, ineficiencias en la educación y formación. Los que resultarán beneficiarios serán, principalmente, quienes mantienen el control, porque tendrán las mejores opciones de reproducir su situación ventajosa.

3. Un país intermedio no puede renunciar a la implementación de las tecnologías avanzadas de las existentes en el mercado, estableciendo convenios de colaboración tecnológicos, planes de desarrollo formativo con Universidades y centros de enseñanza, y, por supuesto, acuerdos de financiación con entidades prestamistas, concreción de programas de investigación público-privados relacionados con las carencias y plazos detectados, etc.

Sin embargo, la decisión dramática implica que hay que seleccionar entre aquellas tecnologías y procesos que se desarrollarán en el propio país y aquellos otros de los que se deberá ser adquirente. No se puede pretender ser autárquico, ni producir ni investigar todo: se debe priorizar. Si la Unión Europea funcionara como una entidad con una sola coordinación, sería tal vez posible presentar alternativa a la capacidad de marcar la dirección que tiene Estados Unidos y que, verosímilmente, alcanzará pronto China. Actuando de forma descoordinada, con intereses nacionales prevalentes sobre la estrategia común, España no tiene más opciones que seleccionar opciones en el panorama, amparar su debilidad con acuerdos y desear que, fundamentalmente por suerte, obtenga éxito en algún subsector concreto que permita negociar su posición en el escenario donde los grandes grupos marcan su política.

De esos análisis, efectuados de forma transparente, porque colectivamente hay mucho más que ganar de lo que se podría perder, deberían surgir líneas consensuadas, por ejemplo,  de desarrollo de software y comunicaciones, la selección de investigación aplicada y producción de materiales con determinadas características (pienso, por ejemplo, en el imprescindible Instituto Nacional del Grafeno, que vendría a sustituir un Instituto del Carbón que poco efecto tiene ya), el diseño y fabricación de equipos adaptados para cubrir ciertas carencias o posibilidades de mejora de aspectos concretos de la vida y los servicios ciudadanos, etc.

Me repito, en realidad. En mi tesis sobre el Desarrollo Industrial de Asturias y la Propuesta de Acciones a partir de la Experiencia reciente (leída, cum laude, en 1989), ya indicaba algunos de los sectores que deberían impulsarse, como preferentes actuaciones con interés futuro.

Cuando releo aquellas páginas, no es el orgullo el que me ciega, sino me acomete la desilusión de advertir que siguen siendo válidas. Sean cuales fueren, estas líneas de desarrollo podrían plasmarse en núcleos interdisciplinares (clusters) cuyo crecimiento, resultados y efectos deberían ser objeto de seguimiento y valoración por selectos equipos mixtos procedentes de las Universidades y empresas, manteniendo el criterio de que se trata de sostener una investigación abierta (open research, es decir, disponible para su uso libre).

(continuará)

 

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Creo en la intervención vigilante del Estado sobre el mercado

3 julio, 2014 By amarias Deja un comentario

(Continúa de los tres comentarios precedentes, a modo de Credo particular, con raíces en mi gnosticismo práctico y en la experiencia vivida)

4. Necesidad de una revisión crítica del papel del Estado

La gestión de la economía de un país intermedio, implica la convivencia y en su caso,  alineamiento, con intereses supranacionales, la defensa de los elementos que pueden ser impulsados desde la actuación local, y la búsqueda permanente de los huecos en los que implantarse, incluso circunstancialmente, utilizando las ventajas diferenciales que se consiga generar.

España tiene una desdibujada posición internacional, producto de la debilidad en el sostenimiento de sus objetivos. Pretendíamos tener un papel preponderante en relación con la conexión entre Europa y Latinoamérica, e incluso en las relaciones intraamericanas (norte-sur) y no lo hemos sabido aprovechar, o hemos despilfarrado en gran parte el capital moral, sin haber sabido suplir en demasiadas ocasiones los déficits en seguridad jurídica o solvencia económica de un área con gran potencial en recursos, con habilidad negociadora y confianza en su futuro.

En la relación con el mundo árabe, que ingenuamente queríamos basar en una pseudo-identidad cultural e histórica harto cuestionables, hemos pedaleado más sobre la imaginación que sobre la realidad, si bien se debe reconocer que ha habido grupos empresariales que se beneficiaron -en el sector de la construcción, sobre todo-, aunque no alcanzo a ver las ventajas para la creación de empleo en nuestro territorio, a salvo de unos pocos técnicos expatriados.

En cuando al papel español dentro de la Unión Europea, entidad que por sí misma se halla a la busca de su propia personalidad, nuestro peso es marginal, y se nos ve más como problema que como parte de la solución, siendo nuestro europeísmo más próximo al de estómago agradecido o pedigüeño necesitado, en un escenario en el que parece regir el sálvese quien pueda antes que la cooperación.

En relación con las organizaciones internacionales (desde la OTAN al Banco Mundial, de la ONU a la OMS) la posición de España es más pasiva que otra cosa. Se tiene fama, posiblemente merecida, de ser incumplidores de compromisos e ignorantes o remisos a la intervención activa, y no solamente con ideas.  El papel exterior, en las relaciones exteriores, debería concretarse en aprovechar las posibilidades de erigirse en portavoz, no de filosofías, sino de concretas propuestas de resolución de las necesidades de los países y zonas más desfavorecidas, utilizando la capacidad de convicción que pueda derivarse de…nuestro camino hacia sus posiciones.

No es, sin embargo, cuestión de criticar, a lo que somos tan dados por tradición e idiosincrasia, sino de actuar con solvencia, desde la consciencia de cuáles son nuestros problemas y no los de la Humanidad (en especial, los que no podemos resolver de éstos últimos). En España, la urgencia surge del lado social, y su gradación y valoración, para definir la entidad de las medidas a adoptar solo puede hacerse desde dentro. Es imprescindible conseguir la estabilidad de las capas sociales, de manera que los niveles de satisfacción de los integrantes de la pirámide de ingresos y gastos no se muevan descontrolados. Y en esto, no vale engañarse.

Por la parte de la generación de productos y servicios, si las expectativas de los grupos socioeconómicos que forman el sustento básico de la economía no son atendidas, y las perspectivas de futuro no son razonadamente halagüeñas, las empresas se irán, y la actividad regeneradora de los sectores dañados será insuficiente o nula.

Desde la parte del consumo, que está vinculada directamente con la oferta laboral,  el descontento provocará tensiones revolucionarias. Si no hay ingresos familiares, una vez consumidos los ahorros privados, e inexistente el crédito, el número de dependientes de los servicios sociales, de la asistencia pública, o de los pobres y desarraigados, subirá hasta que la tensión explote.

Tenemos, además, en España, el problema especial de que habíamos alcanzado un nivel de bienestar que pretendíamos consolidado, y sobre él se auparon las opciones políticas tanto de la izquierda como la derecha. Apuntábamos hacia unas prestaciones del modelo económico que, evidentemente, no pueden cumplirse en una perspectiva de crisis estructural. Y si falla la credibilidad de las instituciones, no puede esperarse que la reconstrucción del tejido socioeconómico dañado se realice por apelación a elementos mágicos.

Después de llevarnos unas cuantas veces las manos a la cabeza -y depurar, por supuesto, las bolsas de corrupción, ineficacia y avaricia que se han formado-, debemos de aplicarnos a poner en pie formas concretas que nos vuelven lo más rápidamente a una zona de estabilidad. La actuación del sector público es, en esta situación, determinante, pues no se puede confiar, en absoluto, que los agentes que se guían por el mercado y la máxima rentabilidad (la responsabilidad social de los grandes grupos es, en esencia, un placebo), permitan solucionar los problemas urgentes de quienes se encuentran, por el cambio de coyuntura, desplazados, particularmente si están en la base de la pirámide.

La responsabilidad de los gestores públicos abarca desde las administraciones locales a las más altas estructuras del Estado, y exige una actuación coordinada. Las finanzas del conjunto del Estado han de ser vistas como un bloque, y la coherencia de las medidas que se adopten para su saneamiento es fundamental. No se puede abandonar a los municipios el problema de resolver su saneamiento, a base de impuestos y tasas locales, o privatización de servicios públicos. La falta de solidaridad regional tampoco puede ser alimentada, y las tendencias a la disgregación del modelo nacional ha de ser atajadas con serenidad y firmeza.  No habrá desarrollo sin la colaboración de todos los agentes regionales, y la reforma de la Administración pública, en todas sus formas, es urgente y ha de ser debatida sin miedos ni a priori, y con firmeza.

La automatización y la informatización de la prestación de los servicios públicos, la transparencia en las inversiones y gasto de las Administraciones y empresas públicas son una obligación, y especialmente si se pretende la coordinación y evitar los despilfarros.

Soy partidario de la inversión pública en empresas, al menos como referencia para contrastar información, en algunos sectores; no como ha sido utilizada en el pasado para rescatar empresas en dificultades, sino, al contrario, para acompañar a las que actúen en campos preferentes; los proyectos dimanantes de los centros de investigación que emplean dineros públicos deberían encontrar en esas empresas una continuación natural; esto es, me refiero a los sectores frontera.

La eliminación de la burocracia, el secretismo, la ineficiencia, y la desconexión entre los intereses públicos y privados no puede tolerarse en época de crisis y ante la necesidad de cambiar sustancialmente algunos enfoques que nos llevaron hasta aquí.

(continuará)

 

Publicado en: Actualidad, Economía, Sociedad, Tecnologías Etiquetado como: centros de investigación, control, creatividad, eficiencia, enseñanza, estado, gestión, impulso, inversión, vigilancia

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