Dice la copla que «quien no sabe lo que es ver no tiene tanta penita como el que ha visto y no ve» y esta referencia me sirve para glosar que hay dos tipos de agnósticos: quien han llegado a su escepticismo después de haber analizado las alternativas y quienes se apuntan a él sin tener conocimiento de ninguna.
Respeto, por ello, y con comprensión y afecto intelectual, a quienes se reconocen agnósticos en relación con las diferentes teorías, dogmas y elucubraciones filosófico-recreativas que pretenden encontrar alguna respuesta a la molesta pregunta de porqué tenemos conciencia de nuestra limitada existencia y no se nos alcanza entender el objetivo de un fenomenal despliegue cósmico que, por lo que nos parece haber ido percibiendo, no nos tiene, desde luego, como centro, pero seguramente ni si siquiera inventariados.
No quisiera que el lector viera en el párrafo anterior una aplicación exclusiva hacia esa parte de la filosofía aplicada que es la religión, sino que le atribuyera un sentido tan amplio como le sea posible. Porque eso le permitirá entender lo que quiero decir con los dos tipos de agnósticos: quienes desprecian cualquier análisis o conocimiento y se apuntan a las conclusiones, y quienes llegan a ellas o a otras parecidas, después de absorber, situándolas en su contexto y encontrándoles el sentido de su evolución, cuantas teorías, formulaciones y especulaciones -muchas de ellas, con excelentes conclusiones prácticas- les sea factible.
Estamos en un momento de agnósticos. Por una parte, se encuentran, y desgraciadamente los percibo como inmensa mayoría, quienes no creen en ninguna religión, en ninguna técnica, en ninguna solidaridad e, incluso (o por ello) en otro futuro que no sea el de ellos mismos o, tal vez, el de su familia inmediata. No saben porqué han llegado ahí, porque no les ha preocupado el camino, sino el final: Dios no existe, la sociedad es corrupta por naturaleza, la técnica es falsa y los hallazgos científicos producto de la casualidad, los políticos y los que dirigen han llegado a sus puestos gracias al poder de sus mafias y nos mienten sistemáticamente, la justicia es injusticia encubierta, el futuro es incierto y no depende de lo que hagamos, etc.
Me acerco con timidez a ese grupúsculo de quienes son agnósticos, pero tratan de entender los porqués: desde el respeto a las religiones, sabiendo que cumplen y han cumplido una función de terapéutica social, y también de control y canalización de intereses, a lo largo de lo siglos; desde el respeto a las formas de gobierno y a sus instituciones, como solución transitoria más adecuada (o más oportuna) para controlar los avances de los que exigen frente a la resistencia de los que poseen; desde la admiración a quienes, a despecho de penurias, escepticismos y dificultades, han descubierto los principios que sirven al funcionamiento de las máquinas, los aparatos y los artilugios que conforman lo que ahora entendemos como fundamento de nuestra calidad de vida y nuestro bienestar.
Necesitamos en España muchos más agnósticos de este segundo tipo. Hombres y mujeres que no se preocupen de las conclusiones que han sacado otros sino que busquen las razones para las suyas propias. Que conozcan, porque los han estudiado y valorado, los métodos y argumentos de quienes nos han conducido hasta aquí, hasta nuestro actual nivel de respuestas, y sigan preguntándose cómo avanzar, con la antorcha de su trabajo y de su capacidad, en las tinieblas del desconocimiento.
