En la pirámide trófica que representaría visualmente las relaciones que dan lugar a los mercados, los emprendedores serían los herbívoros y la mayoría de los consejos de administración de los grandes consorcios multinacionales ocuparían el vértice y la cúpula, podrían asimilarse a los más implacables carnívoros depredadores.
Me imagino a los pacientes rumiantes de las oportunidades de mercado, paciendo en el prado hoy bastante yermo de las ideas con las que generar un negocio. Tiene razón Iñaqui Arrola (Expansión, 23 de mayo de 2013, «Que no nos pongan de moda: qeremos trabajar en paz»), emprendedores somos todos; solo que, unos pocos, tienen éxito; la mayor parte, mueren de hambre en las sabanas yermas de los falsos Parques Nacionales tipo Serengueti.
Como la aprobación de la Ley de Apoyo a los Emprendedores ha puesto en la primera plana del diario de los políticos a los que crean empresas, la prensa especializada en contar los desencuentros del mercado dedica mucho espacio a «los motores del crecimiento«, esos generadores de nevs profesiones y oportunidades, que cambian la cultura y la gestión de las compañías (copio del subtitular que agrupa, en la publicación citada, las dos páginas dedicadas a «Emprendedores, la fórmula magistral».
Arriola recoge en su artículo de Opinión unos cuantos lugares comunes, en el sentido de que se trata de reflexiones bien conocidas y compartidas por el mundo de los herbívoros-emprendedores. Pero me llamó la atención un mensaje excelente, que revela el exacto conocimiento de las artes y artimañanas que son la mejor defensa para quien se sabe potencial víctima apetitosa en un biotopo hostil y quiere sobrevivir: «que nos dejen en paz«.
El mayor peligro del antílope que busca su lugar entre los matorrales para parir es que le delate el olor de estado en ese momento de creación. En el Serengueti real, la tribu protege como nunca a quien está en el momento de debilidad que ha de garantizar el mantenimiento de la especie. En la nuestra, parece que los demás miembros de la sabana socioeconómica, no solo no saben cómo proteger y cuidar a los que tienen ideas y ganas de llevarlas a cabo, sino que algunos de los buitres y cuervos vocingleros de la política trapacera avisan a los carnívoros dónde encontrarlos, gritando que les ayudan.
Pues eso, al menos, que los dejen vivir en paz su circunstancia emocionante. Que el buey solo, bien se lame.
