Al socaire

Blog personal de Angel Arias. La mayor parte de los contenidos son copy@left, aunque los dibujos, poemas y relatos tienen el copy@right del autor

  • Inicio
  • Sobre mí

Copyright © 2026

Usted está aquí: Inicio / Archivo de amarias

Opus 75, de Amar sin tener gozo

12 marzo, 2017 By amarias 3 comentarios

Hace tiempo que no publico en este blog alguno de mis poemas. Entre el 1 de enero y el 14 de febrero de 2017 escribí los casi cien poemas que componen el libro «Amar sin tener gozo». Este que ahora incorporo hace el número 75 y está escrito el 13 de febrero.

A una colega de la ingeniería

Te di a leer
esta libreta
y la abriste al azar
por mi mejor poema.
«Es demasiado largo»
objetaste, al primer golpe de vista.
«Y demasiado profundo»,
añadiste. -«Son dos juicios demoledores
sobre las dimensiones superlativas
de una obra modesta», balbucí.

«Buscaré algo  más corto», replicaste,
hojeando entre la hojarasca
de versos.

Me devolviste mi manuscrito
con una bella sonrisa y una flecha:
«Te voy a dar el teléfono
de un amigo poeta».

Me has interpretado mal,
no busco poetas, ni siquiera
me interesan ya musas.
Quiero lectores,
no hembras.


Las hoces del Duratón ofrecen escenarios de excepcional belleza. El afluente del Duero («Duero pequeño») ha horadado durante milenios las formaciones calizas, generando impresionantes murallones en donde ahora crían buitres, alimoches, águilas, cornejas… Resulta inolvidable, a la caída de la tarde, advertir a los buitres leonados planear sobre nuestras cabezas, en sucesión continua, sin apenas un aletear.

No resulta posible dilucidar si tanto ir y venir corresponde a su curiosidad por el momento en que nos convertiremos en apetecible carroña, o si, como parecería más probable, simplemente se encuentran molestos porque estamos perturbando su período de crianza y esperan que nos vayamos de una vez con la nuestra.

Publicado en: Actualidad, Poesía

Comico o ridículo (y 23)

9 marzo, 2017 By amarias Deja un comentario

Creo llegado ya el momento de terminar con estos recuerdos de situaciones más o menos singulares de mi vida. No está, claro, agotado el material, y el lector avezado supondrá que son varios los momentos que me callo por prudencia, discreción o vergüenza. Pero si estos relatos han servido para levantar alguna sonrisa, daré por bien empleado mi tiempo en rebuscar en el baúl de los recuerdos y en desplegar esta controlada descubierta de anécdotas.

En el viaje de fin de carrera de Minas, pudimos disfrutar de especiales circunstancias. Era abril de 1971, y aunque en España padecíamos densas limitaciones a la libertad -que no siempre sentíamos como tales, porque, a menudo nos faltaban elementos de comparación o sobraba información irrelevante-, nuestra promoción contaba con un as especial. José Manuel Mateu, (prematuramente fallecido), era hijo del gobernador civil en Asturias, y fue posible organizar un viaje «de estudios» a Polonia y Hungría, en el que fuimos tratados por las autoridades académicas y empresariales de aquellos países, aún bajo el control de la poderosa URSS, a cuerpo de Rey.

En Budapest, que fue nuestra primera parada, una delegación de estudiantes de la Escuela Superior de Ingeniería de Minas, acompañados del Rector y otras autoridades académicas, nos hizo objeto de una recepción inolvidable. Habíamos  sido alojados en el fastuoso Hotel Géllert -para la época y para nosotros- y vivíamos momentos de euforia colectiva.

No puedo recordar exactamente los detalles, pero después de la cena, se pronunciaron algunos discursos. El catedrático que dirigía nuestra expedición, el muy querido por sus magníficas cualidades personales -y uno de los mejores profesores que tuvo aquella Escuela, entonces «piloto de la Unesco»-, Mamel Felgueroso, pronunció unas palabras, y luego fui requerido para decir unas frases de agradecimiento en inglés.

Salí del paso, y el delegado de alumnos húngaro, en obligada correspondencia, lanzó una quizá excesivamente larga soflama, cargada de referencias a las similitudes entre ambos países y manifestaciones de amistad perdurable, que terminó con estas palabras:

«As you, the spanish people, used to say: Angel, tienes una flor en el culo.»

Y levantó su copa, feliz.

No estoy seguro de que,  por el alboroto que se había formado a causa de la prolongada duración de los brindis, la alocución fuera escuchada o entendida por buena parte de los asistentes, pero yo me quedé -como suele decirse- «de piedra», asi que, cuando mi colega húngaro se sentó, le pregunté porqué había elegido esa forma de acabar su intervención.

Me enseñó un papel que extrajo del bolsillo de su chaqueta, en el que estaba escrita la curiosa frase, y con la cara de satisfacción de quien cree que ha causado el efecto sorpresa pretendido, me explicó:

«He pedido a la intérprete que me dijera la forma habitual con la que los españoles os deséais suerte entre amigos, y me la aprendí de memoria»


Me apetece terminar estos relatos con la fotografía de este pequeño mosquitero, a punto de lanzarse a la captura de un insecto (con gran probabilidad, un mosquito) en un vuelo de factura inconfundible: un grácil revoloteo, sostenido unos segundos en el aire.

 

Publicado en: Personal

Cómico o ridículo (22)

8 marzo, 2017 By amarias Deja un comentario

La siñaléctica, concebida, por supuesto, como elemento de apoyo a quien no conoce bien cómo conducirse por paisajes desconocidos, puede convertirse también en un tormento. Hay ciudades en las que las señales parecen dispuestas con la intención principal de despistar y conducen a lugares distintos de los que ostentan los carteles. Otras veces, los nombres de las poblaciones están tachados por alguna mano gamberra, o corregida su ortografía haciéndola ininteligible.

Yo presumo -con la boca pequeña- de orientarme bien por las poblaciones, lo cual es contradicho por múltiples ejemplos en los que me perdí, o me encontré dando vueltas sin rumbo con el coche, apareciendo, una y otra vez, en el mismo sitio.

Cuando nos encontrábamos de viaje fin de carrera de Minas en Polonia, algunos compañeros alquilaron un coche, con la intención de seguir viaje, independizándose del grupo, para conocer mejor el país y acercarse hasta Checoslovaquia. El precio del alquiler era muy bajo y dimos algunas vueltas por las cercanías de Cracovia, que celebraba un primero de mayo socialista.

Como no resultaba sencillo aparcar cerca del hotel, después de dejarnos en él a los expedicionarios, el conductor se fue, buscando una plaza libre por las cercanías. Volvió, algo cansado, comentando que, por fin, después de dar muchas vueltas, había conseguido encontrar un hueco donde dejar el coche, y que había anotado el nombre de la calle, en una hoja de papel que nos enseñó.

Fuimos varios los que leímos en voz alta la cuidadosa grafía: «ślepy zaułek». Significa «callejón sin salida» en polaco. Tardamos un par de horas en encontrar el vehículo, utilizando el método de barrer la zona por cuadrículas.

Algunos años más tarde, mi secretaria argentino-alemana, Melita, tomó la decisión de aprovechar las vacaciones de semana santa para visitar con su novio España, que no conocían. Como también los Arias nos desplazábamos a Asturias para visitar a la familia, y no había GPS por entonces, el joven enamorado, que era quien tenía carnet de conducir de la pareja, me preguntó si tendría inconveniente en que me siguiera con su auto, para no perderse.

Por supuesto, accedí de inmediato, acordando que pararíamos a tomar un café en una de las estaciones de servicio, pasado Lieja, que le señalé con una cruz en un mapa de carretera. El buen hombre debía haber sido prevenido de las posibilidades de perderse en el intrincado mundo de las autopistas centroeuropeas, porque, desde que salimos de Dusseldorf, se pegó a mi auto como una lapa.

Lieja era, por los años 80, una ciudad que merecía estar muy alto, junto a Lugo y otras poblaciones de ilustre memoria vial, en el catálogo de viejas glorias con indicadores de direcciones al buen tuntún. Me perdí, dí varias vueltas inútiles, volviendo prácticamente al mismo sitio, hasta, que por fin, logré salir del atolladero. El joven conductor me seguía, manteniendo con vocación de no separarse pasase lo que pasase, un metro de distancia escaso con el parachoques de mi vehículo.

Cuando nos detuvimos en la gasolinera acordada, salió del coche, sonriente: «Menos mal, Sr. Arias, que le seguíamos. Porque no hubiéramos podido salir de Lieja sin sus indicaciones…»

Me callé, porque en ciertos momentos, huelga abundar en explicaciones.

Explicaciones abundantes hubiera merecido la que fue, sin duda, la peor de las experiencias que vivimos en la antigua Yugoslavia. Habían pasado ya un par de años de estancia en Alemania y tenía una nueva secretaria, Biba, una mujer de excepcional inteligencia y profesionalidad (q.e.p.d.). Se empeñó en que pasáramos unos días en Croacia, su tierra natal, y concertó el viaje con los hoteles que mejor le pareció.

La única condición que le impuse era que, puesto que mi hermano Juan (aficionado al tennis) se incorporaría con su esposa a la excursión, debía cuidar que los establecimientos hoteleros dispusieran de pista al efecto.

Llegamos a Dubrovnik y el hotel no parecía mal. Era un edificio con aspecto de viejo castillo y, como llegamos al comienzo de la tarde, con la intención de disfrutar de un partidillo, mi hermano y yo dejamos a las esposas con la labor de vaciar las maletas y tomar posesión de los encantos del lugar, nos vestimos de corto, y bajamos a la cancha.

Qué decepción. La pista no era tal, sino una reproducción de un cráter lunar. La red estaba rota por todas partes y más parecía una red de pesca abandonada. Los bordes de la cancha estaban señalados con una cinta de carrocero, despegada cada medio metro y rota en cien lugares.

Volvimos a recepción, indignados, en donde ya nos esperaban nuestras esposas. La habitación estaba llena de cucarachas y en un estado de suciedad lamentable.

Ahorro los detalles. Llamé a mi descolocada secretaria que, inmediatamente, se puso en contacto con la agencia que, haciéndose de nuevas, se ofreció a compensarnos por el desaguisado. Saqué fotografías de las cucarachas, de tamaño descomunal, para reforzar la reclamación…pero pasamos la noche en vela, en la recepción del cochambroso hotelucho, porque todas las plazas de hoteles en Dubrovnic estaban ocupadas hasta el día siguiente.

No se al día de hoy si los dueños de la agencia yugoslava eran serbios o albano-kosovares, y el que la reserva hubiera sido realizada por una croata movilizó suspicacias, pero la experiencia nos puso en personales antecedentes de las tensiones que estaban a punto de explotar.

Al día siguiente, hicimos un paseo compensador por la vieja ciudad, que muy poco tiempo después vería muchos de sus históricos edificios destruidos por el impulso de barbarie y odio que parece ser, por desgracia, consustancial a los humanos.


La fotografía de pájaros en vuelo tiene especial intríngulis. Es preciso utilizar velocidades y aperturas de diafragma altas, por lo que la intensidad de luz ha de ser la conveniente: preferiblemente, la iluminación lateral de un atardecer luminoso.

Este gorrión macho acababa de saciar su apetito momentáneo con los brotes tiernos del níspero y lo capté justamente cuando se lanzaba al aire, tomando impulso con la pata izquierda en una de las hojas del árbol.

Publicado en: Sin categoría

Cómico o ridículo (21)

5 marzo, 2017 By amarias Deja un comentario

La vida nos va haciendo resistentes a las adversidades, cuyo paso queda reflejado por cicatrices, algunas de tamaño respetable. Un sexto sentido nos avisa de su presencia en el otro, y, por ello, para evitar conflictos o tensiones, procuramos evitar suscitar algunos recuerdos.

Estas áreas de sensibilidad emotiva son bien conocidas entre quienes llevan tiempo viviendo juntos, especialmente si han tenido una relación personal intensa, y por eso, cuando se quieren hacer daño, no tienen más que hurgar en la cicatriz, para que la sangre y la bilis vuelvan a salir a borbotones, con consecuencias no siempre previsibles.

Aunque, por supuesto, no me faltan cicatrices de la psiquis, que trato de disimular u ocultar como puedo, me voy a referir hoy a mis cicatrices físicas, que son pocas, aunque cada una proporciona una historia.

La mayor, y más antigua, es la derivada de una apendictomía a la que me sometieron en el verano de mis once años. Lo más curioso de aquella vivencia es que, sin venir a cuento, mientras estaba en el postoperatorio, cada vez que me visitaba mi tío Justo, me daba un ataque de risa. Era un estúpido reflejo condicionado, que acababa en lágrimas, debido a la colección de puntos que me habían cosido para cerrar el tajo.

La más ridícula de las cicatrices, en la mano derecha, proviene de mi época en el centro de Cad-Cam de Asturias. La hierba del jardincito, más bien agreste, de la Casita del Príncipe había crecido demasiado y, echando mano de mis hipotéticas raíces de hombre de campo, un mediodía, aprovechando que profesores y alumnos se habían ido durante la pausa para comer, me fui a Lugo de Llanera, compré una guadaña, y me dispuse a segar las altas hierbas, que tanto afeaban el recinto.

Para comprobar el filo de la herramienta recién comprada, no se me ocurrió más que pasar un dedo por el borde afilado, como hacen los expertos segadores. No sé que diablos ocurrió, pero la guadaña se me deslizó y me hizo un tajo en la palma de la mano-no muy considerable, pero aparatoso por la inmediata efusión de sangre-.

Así que, sin nadie a quien poder pedir ayuda, tuve que coger el coche, hacer de tripas corazón (no se qué fue primero), y acercarme hasta el hospitalillo de Llanera, por fortuna abierto a esa hora, y en donde me pusieron unos cuantos puntos. No es fácil olvidar la sonrisa burlona con la que los facultativos de bata blanca recibían la explicación de aquel tipo de corbata y traje gris que mantenía haberse cortado con la guadaña con la que pretendía segar la hierba del Centro de Diseño.

Cuando se enteró Violeta de mi frustrada operación de siega, envió a su esposo, que segó el pradito en un momento y al que yo, con la mano vendada y una sonrisa forzada, regalé la guadaña y la piedra de cabruñar, rogándole que no diese mucha difusión a mi torpeza.

La segunda cicatriz por tamaño que tengo en mi cuerpo serrano (bueno, asturiano) está en mi frente. Hace un par de años, durante las vacaciones de verano, invité a mi hijo Miguel a un recorrido por la montaña belmontina, para indicarle algunos de mis lugares preferidos en donde encontrar, en estación, cantarelus o pinícolas.

Llevábamos un buen rato caminando -monte traviesa- cuando, al saltar desde un terraplén a un sendero, enganché un pie en una rama del suelo, y me caí, con tan mala suerte que una piedra con corte agudo me hizo una tremenda raja en la frente, de la que manó de inmediato, abundante sangre.

Cuando rememoro el momento, me vuelve la sensación de estar allí, echado sobre el sendero, muy a gustito. No tenía, ni mucho menos, la misma sensación, Miguel, que no sabía exactamente cómo volver a casa desde el punto donde nos encontrábamos.

Me recuperé, pues, como pude, y fui guiando a mi hijo hasta lugares conocidos. Cuando tuvo cobertura con el móvil, llamó a su hermano para contarle que su padre había tenido un accidente, y que avisara al ambulatorio de Belmonte (era domingo).

Hicimos un par de llamadas más durante el descenso, y los que estaban en la casa, bajaron el nivel de alarma inicial, especialmente cuando yo les dije que me encontraba bien y que no se preocuparan.

Cuando me vieron entrar en el comedor donde los que habían quedado en la casa se disponían a comer, la aparición de aquel ensangrentado, un tanto vacilante, y su lazarillo, tuvo que ser inolvidable. Salvo para las dos nietas que ya estaban en el mundo por entonces, que ni se inmutaron, desde la inmensa capacidad de asimilación de su año  medio.

En Belmonte, una eficientísima ATS me cosió la frente con el esmero de una de las hilanderas de Velázquez, con puntadas tan diminutas y certeras que ya casi ni yo mismo noto que alguna vez tuve el hueso frontal al descubierto.


Me gusta esta foto, de un colorido muy pictórico, si se me permite la trivialidad. El ave es un gorrión que acaba de refrescarse y, con las plumas aún mojadas, remonta el vuelo con algo de dificultad.

Los fotógrafos de aves sabemos que un remanso en un arroyo de agua cristalina, un recipiente con agua pura suficientemente resguardado, son puntos de encuentro en los que, con paciencia y discreción, se puede llegar a avistar a bastantes especies que acudirán a saciar su sed o, en un día caluroso, a darse un baño.

 

 

Publicado en: Personal Etiquetado como: apendictomía, cad-cam, corte, diseño, guadaña

Cómico o ridículo (20)

4 marzo, 2017 By amarias 1 comentario

Todos lo hemos vivido así, o lo vivirán de ese modo. Se pasa de ser los más jóvenes, sin transición, a ser de los mayores del grupo.

Pertenezco a la promoción cultural de los que nos casamos poco después de terminar la carrera. No pretendo, al indicar este detalle, aprovechar para hacer un relato de las razones que nos movían, a poco de encontrar un trabajo remunerado, para organizar el proyecto vital. Pretendo solo presentar el marco personal con el que contar un par de anécdotas de mi época como profesor de la Escuela de Minas de Oviedo.

Desde 1972, y durante tres años, simultanée mi trabajo en Ensidesa con el de profesor encargado de dos cursos de la asignatura de Algebra Lineal. Eran tiempos de pluriempleo, y hoy no me duelen prendas en reconocer que ambas tareas lo eran a tiempo completo. Sumados ambos sueldos, ganaba una miseria, pero no era el dinero lo que me guiaba, -no lo apunto como mérito, sino como realidad compartida con otros muchos- sino catapultar la economía de la recién formada familia a zonas de confort.

Todos los días de la semana, de lunes a viernes, después de la jornada de Ensidesa (factoría de Avilés), que por fortuna para la compatibilización horaria, era continua, almorzaba apuradamente en en el comedor de la empresa, y, sin mucho tiempo para preparar las clases, me lanzaba a cuatro horas seguidas (dos por grupo) de permanencia en las aulas, ante un centenar de alumnos a los que seguramente no sacaba más de tres o cuatro años de media de edad.

Cuando me casé, en marzo de 1974, en pleno curso, no me atreví a pedir permiso por el feliz acontecimiento, y llevé a la que empezaba a ser mi paciente esposa, de viaje de novios de fin de semana, a Santillana del Mar, volviendo a tiempo para dar las clases del lunes.

No sería ese mismo lunes, pero, pongamos, el martes siguiente, María Jesús empezó a mostrarme sus habilidades culinarias con unos estupendos escalopines a la cayena. Estaban muy sabrosos, aunque los encontré algo picantes.

Llevaba apenas media hora de clase cuando me acometió un ardor indescriptible. Debo indicar, además, que las clases, en aquellas aulas inmensas, se desarrollaban con mucho apoyo escrito con tiza sobre encerados de pizarra, que era necesario borrar cada poco. Toqué el timbre, y apareció un conserje -supongo que sería Jesús, ya una institución por entonces, pues Mario aún no se había incorporado-.

-Por favor, tráigame un vaso de agua -pedí con un hilo de voz-

Al poco, aunque los minutos me parecieron siglos, llegó el deseado líquido, que ingerí de un trago.

Pero no se amortiguaba mi ardor, así que volví a tocar el timbre, y pedí otro vaso. Así terminé la primera clase.

Cuando al comienzo de la segunda clase del día, y a pesar de haber aprovechado el descanso de cinco minutos para abrevar como si me hubiera convertido en un camello a punto de cruzar el desierto, volví a pedir otro vaso de agua, Jesús vino con una jarra:

-No se qué te pasa hoy, pero tienes un incendio en el estómago.

Lo tenía. Cuando, por fin, terminé la jornada y María Jesús me ofreció cenar de los mismos escalopines a la cayena que tanto me habían gustado al almuerzo, me interesé por saber la cantidad de especie que había utilizado.

-Solo cuatro o cinco de los pimientitos -me reconoció-. Para que estuvieran más sabrosos.

Los grupos de Algebra de aquel año resultaron muy especiales. Había estudiantes excepcionales, en lo académico y en lo personal. Unas semanas antes de lo que acabo de recordar, comuniqué a mis alumnos que me casaba, y que seguramente me tomaría uno o dos días libres.

Al día siguiente, el delegado de uno de los cursos me entregó,  solemnemente, con el aplauso de la clase que, seguramente, habría participado en el regalo, junto a un aparatoso ramo de flores, un par de gallos de pelea de alpaca, que conservé hasta que, en una de las muchas mudanzas (ya se sabe que tres mudanzas equivalen a un naufragio) se me perdieron.

El grado de confianza o de cordial desvergüenza con aquellos (falsos) discípulos, quedó reflejado en la frase que grabaron en una de las figurillas. Era algo así: «Al profesor Arias, con el deseo de que nunca se pelee con su esposa».

Pues, sí, fue premonitorio, jóvenes colegas de antaño. Cuarenta y tres años después, aquí estamos. Sin apenas rasguños. ¡Y mira que soy un tipo difícil…!


Esta pareja de carboneros garrapinos comparte lugar en el comedero del jardín comunitario. No lo tienen fácil, porque la competencia es mucha, y estas aves -de las más pequeñas del plantel de comensales- deben aprovechar momentos en que el lugar queda momentáneamente libre. Con preferencia, a primera hora del amanecer, 0 cuando el sol ya se ha ido bajo el horizonte de la manzana de casas. Con eso no quiero justificar la baja calidad de la foto, sino poner de manifiesto la complicidad y sagacidad de estos pequeños páridos.

Publicado en: Personal, Sociedad Etiquetado como: algebra lineal, alumno, boda, cómico, escuela de minas, flores, gallos de pelea, Oviedo, profesor, regalo, ridículo, santillana

Cómico o ridículo (19)

3 marzo, 2017 By amarias Deja un comentario

Los que viajamos por trabajo, adquirimos una visión particular -más bien escasa- de los países en donde hemos llevado a cabo la actividad que nos llevó hasta allí. Pocas veces tenemos ocasión de permanecer más allá de una o dos semanas y, aunque la estancia sea superior, normalmente nos limitaremos a recorrer, sin guía turístico, la zona en donde estamos desarrollando nuestro trabajo.

De entre los países que tuve la suerte de conocer con detalles que no son habituales, Bolivia está en el grupo de cabeza.

En Santa Cruz de la Sierra, mi anfitrión fue un emprendedor inteligente, extremadamente cordial y que, a sus muchas cualidades, unía un sentido del humor envidiable: Mariano Egüez. Ingeniero civil, era capitán de un grupo de empresas muy dinámico, con un equipo que transmitía ilusión.

Yo era entonces director de Proyectos y Estudios en FCC-Dragados Internacional de Servicios, y habíamos firmado un acuerdo para optar a la adjudicación de varios proyectos que estaban en marcha.

No se cómo se enteró de que, en una de mis estancias en Santa Cruz, yo cumplía cincuenta años. Sin decirme nada, cuando terminamos el trabajo del día, me llevó  a un terreno, iluminado con bombillas de colorines como para una kermesse, y me anunció que había preparado en mi honor un espectáculo. Advertí que estaban allí las varias decenas de empleados de su grupo, y que, en uno de los laterales, se habían dispuesto vituallas y bebidas.

Mi asombro subió de nivel cuando vi aparecer a un grupo musical, capitaneado por una señorita, algo ligera de ropa (aunque sin traspasar los límites de la decencia), que, micrófono en mano, me dedicó desde una tarima varias canciones.

Después, el anfitrión hizo un panegírico descomunal de mis virtudes -en su mayor parte, inventadas- y, finalmente, reclamando un aplauso, me invitó a cantar alguna canción española.

Tengo muchos vacíos en mi formación, pero el más notable es la ausencia del menor sentido musical. Cuando me vi con el micrófono en la mano y toda aquella gente expectante, comprendí, por unos instantes, que iba a protagonizar el ridículo más espantoso de mi vida.

Por fortuna, tuve una revelación. Me acordé del cuento de Andersen del mozo del martillo y, complaciéndome en los detalles del relato, ante un público entregado, quiero creer que salí del trámite, porque aquella gente educada y gentil, me felicitó y, como estaba previsto, todos nos entregamos a las libaciones y al manduque, hasta que el material se acabó.

Fue en otro viaje, algo más adelante, cuando Sergio Antelo, que había sido alcalde de Santa Cruz y era un notable arquitecto, me invitó a conocer a su familia y su casa. Era buen amigo de Mariano, que me apuntó que «también era pintor», por lo que le parecía una buena idea hacer una especie de competición entre ambos, mientras tomábamos un aperitivo de vino español y jamón, de los que mi socio siempre tenía acopios.

«-No traje pinturas, ni pinceles, ni tengo lienzo», me defendí, para hacerlo desistir.

«-Sin problemas. Ya encargué a un propio que los comprara en el bazar. Los llevará a casa de Sergio».

Sergio Antelo es un magnífico pintor y, advertido por Mariano, cuando llegamos, tenía preparado el caballete, la paleta, un maletín con tubos de óleo de todos los matices imaginables y, por si hacía falta algún refuerzo, a su esposa e hija mayor como fervientes apoyos.

El propio de Mariano había llegado, en efecto, y había dejado una bolsa de plástico con un lienzo de tamaño liliputiense, dos pinceles de cerdas de plástico de los que se utilizan para trabajos manuales infantiles, y tres pequeños tubos de óleo, con los colores negro, blanco y rojo. Había también una nota: «Ez lo que pude encontrar»

A Sergio le dio un ataque de risa. «¿Vas a competir con éso? ¿Qué piensas pintar, la portada de Rojo y Negro?» …Fue una velada estupenda. La competición resultó muy igualada -la hija de Sergio trajo su maletín de pinturas al óleo- y , al final, agradecí que el tamaño el lienzo no fuera excesivo.  Pinté, animado también por aquel público cordial y divertido, un cuadro de paisaje y figuras, que improvisé con cierta desfachatez, y que regalé a Mariano Egüez.

Ya en Madrid, volví a pintar el mismo motivo, en un lienzo de mayor tamaño, y es uno de los cuadros que tego colgados en mi casa.


La primavera se nota en la actividad frenética de las aves buscando pareja con la que procrear. La foto representa a dos mirlos (el más oscuro, es el macho). Son aves territoriales, y en Madrid hay una notable densidad de estos pájaros, que se hacen notar al atardecer, sobre todo, con trinos bastante melódicos, con los que marcan su territorio.

Mi hijo David me contaba ayer que grabó con el móvil el canto de un tordo que estaba utilizando su terraza como escenario para mostrar sus virtudes y, cuando lo reprodujo, el propio autor del trino se acercaba, curioso, al aparato, con la intención, tal vez, de plantear una batalla por la zona. Contra sí mismo.

Publicado en: Personal Etiquetado como: Bolivia, fcc-dragados, mariano egüez, mirlo, pintura, santa cruz de la sierra, sergio antelo

Cómico o ridículo (18)

2 marzo, 2017 By amarias Deja un comentario

A los animales, e incluso a las cosas, se los llega a coger cariño. Se de familiares y amigos que han llorado la pérdida de un perro o un gato con tanta intensidad y verosimilitud como si fuera de la familia (no me atrevo a poner el nivel más alto). La devoción a algunos objetos, que mantenemos durante décadas como recuerdo de quién sabe qué situaciones, es también conocida.

Reconozco, arrojándome la primera piedra, que soy incapaz de desprenderme, por ejemplo, de las decenas de libretas en las que, por inveterada costumbre, fui anotando durante años, apuntes de conferencias, conversaciones telefónicas, notas de las reuniones en las que participé.

Federico era un pollo. No recuerdo cuando apareció en nuestra vida familiar, en uno de los veranos que pasábamos en el pueblo. Supongo que habría sido adquirido junto a otras decenas de pollitos destinados a mejorar el sabor del arroz, cuando hubieran adquirido el tamaño suficiente para alcanzar la categoría de pollo tomatero.

La peculiaridad de Federico consistía en que acudía cuando lo llamábamos. No importa lo lejos que estuviéramos de lugar en donde sus compañeros engordaban ciegamente, a base de maíz, harina de trigo y gusanos que recogían del recinto de gallinero, si alguien gritaba: «¡Federico!», al poco rato acudía presto, moviendo sus alas para impulsarse con aún mayor rapidez.

Para los niños de la casa, aquel pollo era un juguete especial, con el que hacíamos las inevitables pruebas de confirmación del fenómeno. Si estábamos en el jardín, y Federico se encontraba (porque así lo habíamos dispuesto) en la azotea, el animal, al instante de ser invocado, se lanzaba con arrojo propio del capitán Trueno desde lo alto, para venir al lado de quien lo hubiera llamado.

Ni qué decir tiene que el pollo sobrevivió a sus compañeros. Cuando tuvimos que volver a Oviedo, yo, como capitán de la patrulla que formaba junto a mis hermanos, di instrucciones precisas de cómo debería cuidarse, porque no tenía dudas que, al año siguiente, convertido en un gallo hecho y derecho, aquél ave singular estaría en condiciones de generar una estirpe de prodigiosa inteligencia (a nivel avícola, por supuesto).

En las cartas que dirigía puntualmente a mi abuela y tía, que habían quedado hasta comienzo del invierno en la casa de campo, me interesaba por el estado del pollo, y recibía tranquilizadora información de que progresaba adecuadamente. En mi imaginación infantil, hasta creía que, con el aumento del cerebro propio de la edad, Federico sería capaz de otras habilidades, a poco que se le enseñara.

Grande fue mi decepción cuando, a principios de diciembre, tuve ocasión de hacer una breve visita al pueblo. Federico no estaba. Después de una investigación en la que tuve que utilizar mis habilidades policíacas, se me reconoció que, el mismo día de nuestra marcha, Federico había corrido detrás del coche y había sido atropellado por un camión. Se me había ocultado la información, se me dijo, para no disgustarme. «Mejora hubiera sido haberlo echado a un arroz», dijo el casero, manifestando su insensibilidad.

Así terminó la historia del único ave con inteligencia emocional que conocí. Las demás gallinas con las que me crucé en mi existencia me parecieron, sin excepción, estúpidas.

Por ejemplo, es proverbial la incapacidad que tienen las gallinas para esquivar los automóviles, al contrario, por ejemplo, que las urracas, los cernícalos, los cuervos y hasta los gorriones.

Un día en que volvíamos de Guitiriz, en donde había acompañado a mi padre a visitar una concesión de caolín que prometía hacernos millonarios -jamás se cumplieron, lamentablemente, sus predicciones-, ya al atardecer, avistamos, detenidas en la carretera, picoteando alegres, un grupo de perdices. Mi padre, que conducía -yo tendría doce años-, en un hábil movimiento de volante, consiguió atropellar a dos de ellas.

Cuando nos disponíamos, con emoción, a recoger la caza, apareció una señora con muy malas pulgas que nos afeó el que hubiéramos matado a dos de sus gallinas conduciendo tan temerariamente.

Después de una discusión, en la que venció, sobre todo, la vergüenza de la torpe apreciación que habíamos tenido sobre la naturaleza de los pollos, mi padre consintió en abonar unas pesetas por las fallecidas.

Con fingida dignidad, cuando la campesina le ofreció quedárselas, renunció a tal cosa, con un: «Que le aprovechen a Vd. señora, que a nosotros no nos gusta el pollo, que somos más de pescado». Y seguimos, tan campantes, sin referirnos al incidente.


Hace unos años, alguien puso una mascarilla a la estatuilla de Arturo Soria, el insigne urbanista, que preside el viaducto sobre la avenida de América. «Menos mal que estoy muerto» rezaba el letrero que acompañaba al acto reivindicativo de una ciudad con atmósfera más limpia.

En Madrid gobierna desde va a hacer dos años la alcaldesa Manuela Carmena, que me da la impresión que ha adoptado un perfil más bajo que al inicio de su mandato. Hace unos días se terminó el plazo para que los madrileños votáramos si queríamos que la Gran Vía se peatonalizara y que el billete de transporte público fuera único, para autobús y para metropolitano.

Bien está mantener al personal entretenido. Hoy mismo, una algarabía de bocinazos colapsó la calle Arturo Soria. A golpe de claxon y griterío, acompañados de varias decenas de coches policiales, motoristas de la nacional y urbana, una respetable (en tamaño) caravana de coches y autobuses de las academias de conductores pedían, por lo que pude deducir, que se hicieran exámenes, ya.

Lo que ya no se es si a Arturo Soria, estatua, le colocaron algún cartel esta vez. Yo no pude sacar el coche del garaje y tampoco fui capaz de concentrarme en mi trabajo, por el ruido. Había quedado a comer con un amigo, y cuando fui a coger el metro, resulta que no había servicio, al menos durante media hora, según anunciaba la megafonía. Las opiniones entre los que esperaban en vano, se repartían entre los que creían que era debido a la huelga de conductores y los que argumentaban que alguien se había arrojado a las vías.

Salí de la estación y fui andando.

 

 

Publicado en: Literatura, Personal Etiquetado como: atropello, caolín, cómico, cultura, educación, gallináceas, guitiriz, pollo

Cómico o ridículo (17)

23 febrero, 2017 By amarias Deja un comentario

Como todo lo que guarda relación con el subconsciente, las diferencias entre lo cómico y lo ridículo no pueden llevarse a una teoría general. Los payasos profesionales consiguen aparecer normalmente como cómicos porque no tienen temor a ser ridículos.

Los personajes secundarios con pretensiones de protagonismo -especialmente, en lo sobreactuado- que deambulamos haciendo aspavientos por nuestra propia vida y la de los demás, nos quitamos raras veces la coraza. Con ella, por un lado intentamos protegernos del daño potencial que pueden causarnos los otros; por otro, nos sirve de careta para tratar de ocultar aquello de lo que somos que reservamos para los íntimos o, incluso, para solo nosotros.

Estos relatos, entresacados de mis propias vivencias, no pretenden llegar a conclusión alguna. Tampoco me apetecería se vieran como un ejercicio de exhibicionismo. Si algo me propongo con ellos, es poner de manifiesto que la vida de todos está repleta de momentos cuyo recuerdo elaborado conviene tener a la mano. Para poder sacarlos a la conversación cuando nos parezca oportuno o…justamente lo contrario, en la inoportunidad.

Cuando fui destinado a las galeras del flamante Centro de Diseño de Asturias, la recién rehabilitada Casita del Príncipe de los Guisasola -cuyo pago significó una carga adicional al precario invento-, se encontraba en medio de un complejo industrial ruinoso. En el inmediato futuro del ilusionismo oficial se pensaba instalar, recuperando las ruinas, una Factoría Cultural. Corría el año 1986 y, si el lector quiere saber más sin que yo pierda el hilo de lo que quiero contar ahora, puede investigar -entre otros sitios- en lo que escribí en 2009 sobre el tema (http://alsocaire.blogia.com/2009/012501-sobre-factorias-culturales.php)

Una vez tomada posesión de mis grilletes en la nave, y no existiendo un cuaderno de bitácora, mi primera actuación de emergencia fue encargar un portón de cierre, instalar un sistema de detección de intrusiones conectado a una central de alarmas, e incorporar un perro guardián, al que confiaría la responsabilidad de actuar como disuasor principal de cacos y merodeadores.

La delicada función se la encomendé a Cadine (la bauticé con este nombre, derivado de CAD, y que significaba, por tanto «Guardiana del Diseño Asistido por Ordenador»), una cachorro de pastor alemán. Como estaba recién destetada cuando me la regaló mi amigo Juan R. Quirós, la tuvimos en casa unas semanas. Todos nos encariñamos con ella, y el disgusto familiar cuando la llevé a su lugar de trabajo, que era también el mío, fue profundo. Creo que ella nunca olvidó las carreras por el salón y, aunque nos dejó huella, mandamos a la lavandería la tapicería del sofá y un par de colchas para eliminar las más visibles .

Cadine se reveló pronto como una celosa cuidadora del territorio que le asigné. Por las noches, andaba suelta por el recinto. El primero de los empleados del Centro en llegar a la mañana siguiente, la ataba a una larga cadena que apenas le restaba movimientos y así permanecía todo el día, salvo que no tuviéramos visitas ajenas programadas, en cuyo caso, como el equipo era muy sensible a las menores formas de maltrato animal, la soltábamos.

No se me puede borrar la cara de pavor de Fernando Izquierdo, que había sido también colega sufridor en la SRP, y que, de paso por Oviedo, había decidido venir a visitarme para darme una sorpresa. Se la llevó el.

Cuando me avisaron que «un señor había sido atacado por Cadine», Fernando tenía el pantalón desgarrado por ambas perneras, en una de las cuales Cadine había hecho presa permanente. La defensora del CADCAM no le había mordido, pero las huellas del celo de Cadine eran evidentes y su mirada orgullosa nunca me pareció más impertinente.

Fernando tardó unos cuantos minutos en recuperarse, minimizó con su exquisita educación el incidente, y tras algo de porfía, admitió que le pagáramos (le juré que el importe correría a cargo del seguro, que no teníamos) un traje nuevo. Aunque me esfuerzo, no recuerdo nada del resto de la conversación que mantuvimos.

Cadine fue también una madre prolífica. Cada poco -a impulsos de su naturaleza y como consecuencia de que no nos decidíamos a castrarla para no coartar su libertad- nos obsequiaba con una decena de cachorros, de raza mezclada, que nacían débiles, muchos no aguantaban los primeros días y los supervivientes eran conducidos por Violeta, la diligente limpiadora del Centro, que vivía a dos pasos, a mejor vida.

Siempre sospeché quiénes eran los padres. En la llamada Casa del Reloj, que iba a ser el edificio principal de la Ciudad de la Cultura, vivía de forma permanente, acompañado de toda una jauría, un enigmático individuo que pasaba por ser el celador de los restos arqueológicos de Cerámicas Guisasola. Imagino que, aprovechando la ausencia de sus vecinos intelectuales, el buen hombre organizaba para sus animales fiestas nocturnas con nuestra celosa y encelada guardiana canina.

Cadine fue atropellada aún joven, mientras se dedicaba a la persecución obstinada de alguna motocicleta con escape abierto y aprovechando que el portillo estaba abierto para que saliera algún empleado con su coche. La vigilancia del Centro quedó entonces a expensas solo de la central de alarmas.

Funcionaba bien, al parecer. La alarma se activaba por ratas que interferían con los detectores, con caídas de hojas y ramas, con el viento fuerte o el paso de ñus por la pradera. Me llamaban cada poco para avisarme de una posible intrusión, y pensé incluso en acostarme vestido. Me acerqué muchas veces de madrugada a la Casita del Príncipe, y siempre hallé todo en orden. Cansado de ver mi descanso interferido con falsos avisos, di de baja al servicio. ¿A quién podría interesarle un hiperordenador?

Cuando por fin nos entraron a robar, lo que único que echamos de menos fue un portátil. Si buscaban algo más, no lo encontraron: el único despacho en el que revolvieron los intrusos, fue en el mío. La mesa que diseñara Chus Quirós estaba despanzurrada, mis libros de Cálculo de tuberías y diseño de chimeneas, por el suelo. Pobres cacos. No teníamos ni caja fuerte, ni un duro en los cajones.

¡Si hasta llegué a pagar las nóminas del personal del Centro, adelantando varios meses con mis propios ahorros!


En las montañas de Covadonga, allá donde los lagos Enol y Ercina, existe una colonia de chovas piquigualdas (Pyrrhocoras graculus). Aunque los manuales de avifauna las definen como habitantes agrestes, la habitual presencia de montañeros y turistas las ha hecho atrevidas, por lo que suelen acercarse a disfrutar de los despojos de comida.

Mi abuela materna pontificaba, cuando en el cielo de final de otoño veíamos surcar a bandadas de córvidos, «vai chovere vai nevare, van as chovas a la mare».  Supongo que recordaba el dicho de los tiempos de estancia en Galicia, allá cuando la guerra incivil que la llevó a escapar de Asturias.

En la foto se distinguen bien, tanto el pico amarillo (característico de la especie), como las patas rojas (indicativas de que se trata de un adulto), ya que en las piquigualdas, a diferencia de en las piquirrojas, los jóvenes las tienen negras. Parece un trabalenguas, pero así son las cosas a veces en ornitología.

Publicado en: Actualidad Etiquetado como: CAD-CAM ASTURIAS, Cayés, CENTRO DE DISEÑO, chus quiros, FACTORIA CULTURAL, guisasola, IDSA. cadine, Oviedo

Cómico o ridículo (16)

22 febrero, 2017 By amarias Deja un comentario

Los años de residencia en Düsseldorf fueron para toda la familia, muy especiales. Recién cumplidos los treinta años, tenía ante mí una oportunidad profesional excepcional. El sueño de recuperación del mercado siderúrgico español se desvelaba como un espejismo y Ensidesa tuvo que potenciar la venta de algunos productos en los países más industrializados, creando empresas locales.  El mercado alemán (y, en general, el de toda la antigua Eurofer) era muy atractivo en precios, si bien los países terceros, como era el caso de España, estaban sometidos a cuotas máximas anuales de importación.

De resultas de aquellos cinco años de paso por Alemania, volvimos con dos hijos bilingües, una familia puesta a prueba y con los laureles del éxito de haber reforzado nuestra unión y, a mi particularmente, me aportó algunas plumas rotas y un dossier de abultada experiencia. Entre 1979 y 1984 hubo sucesos importantes en España y observarlos, y juzgarlos, desde la plataforma emocional y económica del núcleo duro de Europa, perfeccionó la base argumental con la que he construido mi posición ante la vida.

Recuerdo muy bien cuando el 23 de febrero de 1981, más o menos sobre las seis y media de la tarde, recibí la llamada de Evelio Mañas, director de personal de Ensidesa. «Ha habido un golpe de Estado. El Congreso está ocupado por los militares. Tienes que recoger toda la documentación reservada de la oficina. Llévatela a un lugar seguro. Que no sea tu casa»,

¿Documentación reservada? No tenía la menor idea de qué tipo de información de la que manejábamos podría merecer tal calificativo, y Evelio no parecía dispuesto a dar muchas explicaciones. Capté, sin dificultades, que en el ambiente gravitaba la sospecha de que todas las comunicaciones estaban interferidas. España había caído, de nuevo, en el pozo profundo de su historia desdichada.

Llamé al cónsul de España en Düsseldorf, el asturiano Trelles, -un personaje con una humanidad fuera de lo común, al que estaré siempre agradecido por la manera como facilitó mi integración en el país- para obtener más detalles. Mientras me ponían con él, encendí una pequeña televisión que tenía en la oficina. Las cadenas alemanas estaban ya ofreciendo en directo el espectáculo lamentable. «Me acaban de decir desde España que ha habido un golpe de Estado. La televisión alemana está poniendo imágenes de guardias civiles en el Congreso. ¿Qué váis a hacer en el consulado?¿Qué instrucciones tenéis?»

Al otro lado, advertí un silencio denso. «Primera noticia. Llamo al embajador y te cuento». Era evidente que el protocolo de reacción ante sucesos que afectaban a la seguridad no estaba aún desarrollado.

Mi esposa es rubia, tiene los ojos de un hermoso color verde azulado y la tez blanca. Parece nórdica, pero es asturiana de pura cepa, seguro que descendiente de aquellos suevos o alanos que invadieron la península y se establecieron por el occidente. No es tan extraño que se dirijan a ella en inglés, tomándola por extranjera.

Cuando fuimos a Alemania, ella no tenía la menor idea del alemán. (En verdad, yo había rellenado la casilla en donde se pedía identificar las preferencias de expatriación, con un claro: «Cualquier país de Europa menos Alemania»). Mucho más sociable que yo, enseguida se encontró, o la integró ella misma, con una colonia de más de una decena de mujeres españolas, con las que formó sólidas amistades.

Salvo una o dos excepciones, todas estaban casadas con extranjeros: alemanes, japoneses, ingleses, yugoslavos…Cuando nos reuníamos con cualquier pretexto, ellas se lo pasaban en grande verbalizando sus vivencias en la lengua propia y los maridos pugnábamos por encontrar un lenguaje común en el que intercambiar algunos mensajes. No eran las nuestras, en general, charlas para enorgullecerse, aunque, en honor a la verdad, también hice magníficos amigos.

Una vez en que teníamos invitados en casa y queríamos preparar un plato especial, María Jesús me condujo a la carnicería y, después de observar el género, me pidió que tradujera: «Dile que quiero una buena pieza de morcillo, pero que sea entera y, por lo menos, de un kilo». Estaba buscando de lo profundo de mi vocabulario alemán la palabra más afín a morcillo (de la que aún hoy, dudo su significado real en la morfología vacuna), cuando la voz del carnicero, atento sin duda, a mi aspecto de turco atildado, con el bigote recortado que entonces lucía y mi pelo castaño oscuro ligeramente ondulado, interrumpió mis elucubraciones:

«Aber, mein Herrn! Lassen Sie ihren komischen Versuche (…)» En nuestra lengua: «Pero, hombre de Dios, deje de hacer pinitos con su alemán, y que su esposa me diga directamente lo que quiere, que no tengo toda la mañana para Vd.»


El cormorán moñudo (Phalacrocoax aristotelis), en invierno, y avistado a distancia, es difícil de distinguir del cormorán grande, que se ha hecho habitual entre nosotros. El moñudo es más pequeño y recibe su nombre porque, en verano, el adulto tiene una cresta muy aparente.

Los cormoranes se alimentan sobre todo de peces, que engullen enteros -algunos, de un tamaño considerable en relación a lo que podría suponerse más acorde para el buche del ave-. Son capaces de aguantar sumergidos durante algo más de un minuto, nadando con gran rapidez, por lo que pocos peces se escapan a su voracidad. A su presencia creciente en los ríos del Norte de España, siempre al acecho de alguna posible presa, se atribuye la reducción de la pesca, siendo acusados como uno de los depredadores dañinos para esta afición deportiva.

Después de las inmersiones, abren las alas en una posición característica, exponiéndolas al sol, para que se sequen,

Hace unos días leí que el cormorán pigmeo ha vuelto a España, en donde había desaparecido en la Edad Media. En el delta del río Danubio está localizada una de las colonias más numerosas de este ave. De allí provendrán, supongo, los ejemplares avistados aquí.

Publicado en: Personal Etiquetado como: 23-F, Alemania, cónsul, Dússeldor, Ensidesa, Evelio Mañas, golpe de estado, Trelles

Cómico o ridículo (15)

19 febrero, 2017 By amarias 3 comentarios

Si bien no puedo afirmar que haya tenido que dedicarme profesionalmente a la informática, si es cierto que ésta ha ocupado un espacio colateral en mi vida, de cierta importancia.

A finales de los años 69, se pusieron de moda los programas de simulación y, entre ellos, la cima se la llevaba el GPSS (General Purpose Simulation Systems). Recién incorporado al Departamento de Investigación Operativa como «ingeniero de sistemas», me encomendaron estudiar en profundidad las posibilidades de aquel lenguaje -que ya se vanagloriaba de ser «user-friendly»- y, en su senda, realicé decenas de simulaciones, sobre todo, en relación con la gestión de colas -tiempos de espera, número ideal de puestos de atención, etc.-y la optimización de recursos.

Una vez realizado el estudio de campo (al que, pasado tanto tiempo, no me duelen prendas en afirmar que contaba con las máximas reticencias de los «responsables de producción», celosos de que un tipo de «servicios» metiese las narices en su feudo), los programas que debía confeccionar para cada caso, constaban de centenares de instrucciones,y cada una, se correspondía con una ficha perforada. Como la ejecución de aquellos diabólicos ejercicios de simulación consumía gran parte de la memoria del potente IBM 360 (luego sustituido por el 370), tenía que entregar las hojas por la mañana con las instrucciones a las perforistas -había unas cuarenta mujeres en una única sala, dedicadas a teclear durante toda la jornada-, recoger el paquetito de  fichas cuando me avisaban del Departamento de Proceso de Datos, y dejar que durante el turno de noche»se corriera» el programa que había preparado.

Si una ficha se descolocaba, o había un error en la mecanografía y, por supuesto, si yo me había equivocada en la programación, a la mañana siguiente recogía, no la esperada solución a las diferentes variantes planteadas, sino varias resmas de hojas inservibles, junto a la dolorosa explicación de alguno de los colegas de bata blanca que se movían como sanitarios por el recinto de la sala de ordenadores: «Hemos tenido que parar el programa cuando llevaba cuatro horas de running. Debes tener algo mal, porque aunque lo que tú nos dejas suele consumir mucha memoria, no nos pareció normal».

Ha pasado tanto tiempo que no me duelen prendas en afirmar ahora que más de una vez, viendo que el tiempo se me echaba encima y que la informática no me permitía ofrecer resultados presentables, inventé las conclusiones. Como suena. Lo arropaba con varias hojas de lenguaje erudito, un anexo con las fallidas instrucciones, y una docta explicación respecto a lo que procedía. Nadie advirtió nunca nada (o no me lo dijeron). Seguramente, nadie había pretendido utilizar aquellos informes, o se decidió adoptar lo que el sentido común dictaba.

En fin, fui reconocido por mi capacidad para realizar simulaciones, y con ese aura me destinaron a investigación metalúrgica de laminados.

El GPSS no fue, por supuesto, el único programa informático a cuyo aprendizaje dediqué intensas horas de juventud. Varias versiones de Fortran (desde la IV hasta, por lo menos, la XIV), de AutoCAD (he llegado a dar clases sobre alguna de las variaciones del programa base), de procesado de textos, de manejo de base de datos (¡Ah, las maravillas de los .db!) , de Excel, etc. han tenido su momento de gloria en mi cerebro. Cuando fui nombrado Presidente del Centro de CAD-CAM-CAE de Asturias, tuve que aprender el lenguaje del superordenador de los ochenta, un Cyber de Control Data, y gracias a la dedicación de Juan Lejarreta y Miguel Angel Muñoz, fundamentalmente, se hizo en aquella empresa alguna programación de máquinas herramienta, y hasta pasamos a tres dimensiones una prótesis de cabeza de fémur que nos encargó Alejandro Braña.

Cuando hoy advierto lo fácil que es obtener resultados de complejos problemas de contorno por parte de adolescentes y jóvenes en su primera edad madura que no saben lo que es una raiz cuadrada, me pregunto qué creerán estar haciendo cuando con tres instrucciones intuitivas calculan una estructura de varios pisos, obtienen las isotermas sobre una pieza sometida a varios focos de calor o resuelven en segundos bases de datos interconectadas que hace menos de tres décadas nos llevaban meses de afrontar complicadas ecuaciones.

Tengo varias reglas de cálculo inútiles, dispersas por mi despacho de nostalgias-alguna de longitud superior al metro, capaz de obtener exactitudes de centésimas; con éstas, desde luego, nunca pensé en llegar a cumplir el aforismo que el catedrático de Ampliación de Matemáticas nos recordaba: la regla de cálculo es el peine del ingeniero»- . También acumulo, tablas de logaritmos, libros de cálculo tensorial y análisis numérico y colecciones de arduos problemas de naturaleza metafísica que no tengo la menor idea de cómo pude llegar a resolverlos. Parece ser que había que combinar, en algunos, integrales triples, dobles curvilíneas y  ecuaciones diferenciales de segundo orden.

He abierto un libro, dedicado por su autor (Carlos Conde), sobre las máquinas de Turing, que explica los pormenores de los primeros ordenadores mecánicos. Con él en mi regazo, me acomete la pesadumbre de lo que podría suceder si un día, esos móviles de bolsillo que hacen todo tipo de operaciones y búsquedas, gracias a los enanitos sapientísimos que tienen dentro, y que cualquier ignorante  se jacta de saber manipular en su última cara versión, dejasen de funcionar por algún hipervirus y las generaciones educadas en la ignorancia digital tuvieran que volver a empezar desde cero, sumando, restando y dividiendo con dos decimales.


El hermoso pájaro del que hoy ofrezco su fotografía, en actitud de canto, es un mito  (Aegithalus caudatus). La variedad de esta especie que aquí presento es la propia de la Europa occidental, que tiene las cejas negras. Es característica su larga cola, que le hace parecer algo más grande: en realidad, es un ave diminuta.

La fotografía está tomada a contraluz y poco después del amanecer. Que esas dificultades disculpen la calidad de la toma de la que, perdóneseme la vanagloria, estoy orgulloso.

 

 

Publicado en: Empresa, Ingeniería

  • « Página anterior
  • 1
  • …
  • 65
  • 66
  • 67
  • 68
  • 69
  • …
  • 116
  • Página siguiente »

Entradas recientes

  • Homilía y lecturas del funeral de Angel Arias – Viernes 14 abril
  • Cuentos para Preadolescentes (12)
  • Cuentos para preadolescentes (11)
  • Cuentos para preadolescentes (10)
  • Cuentos para Preadolescentes (9)
  • Cuentos para preadolescentes (7 y 8)
  • Por unos cuidados más justos
  • Quincuagésima Segunda (y última) Crónica desde Gaigé
  • Quincuagésima primera Crónica desde el País de Gaigé
  • Cuentos para Preadolescentes (6)
  • Cuentos para preadolescentes (5)
  • Cuentos para preadolescentes (4)
  • Cuentos para Preadolescentes (3)
  • Quincuagésima Crónica desde el País de Gaigé
  • Cuentos para preadolescentes (2)

Categorías

  • Actualidad
  • Administraciones públcias
  • Administraciones públicas
  • Ambiente
  • Arte
  • Asturias
  • Aves
  • Cáncer
  • Cartas filípicas
  • Cataluña
  • China
  • Cuentos y otras creaciones literarias
  • Cultura
  • Defensa
  • Deporte
  • Derecho
  • Dibujos y pinturas
  • Diccionario desvergonzado
  • Economía
  • Educación
  • Ejército
  • Empleo
  • Empresa
  • Energía
  • España
  • Europa
  • Filosofía
  • Fisica
  • Geología
  • Guerra en Ucrania
  • Industria
  • Ingeniería
  • Internacional
  • Investigación
  • Linkweak
  • Literatura
  • Madrid
  • Medicina
  • mineria
  • Monarquía
  • Mujer
  • País de Gaigé
  • Personal
  • Poesía
  • Política
  • Religión
  • Restauración
  • Rusia
  • Sanidad
  • Seguridad
  • Sin categoría
  • Sindicatos
  • Sociedad
  • Tecnologías
  • Transporte
  • Turismo
  • Ucrania
  • Uncategorized
  • Universidad
  • Urbanismo
  • Venezuela

Archivos

  • mayo 2023 (1)
  • marzo 2023 (1)
  • febrero 2023 (5)
  • enero 2023 (12)
  • diciembre 2022 (6)
  • noviembre 2022 (8)
  • octubre 2022 (8)
  • septiembre 2022 (6)
  • agosto 2022 (7)
  • julio 2022 (10)
  • junio 2022 (14)
  • mayo 2022 (10)
  • abril 2022 (15)
  • marzo 2022 (27)
  • febrero 2022 (15)
  • enero 2022 (7)
  • diciembre 2021 (13)
  • noviembre 2021 (12)
  • octubre 2021 (5)
  • septiembre 2021 (4)
  • agosto 2021 (6)
  • julio 2021 (7)
  • junio 2021 (6)
  • mayo 2021 (13)
  • abril 2021 (8)
  • marzo 2021 (11)
  • febrero 2021 (6)
  • enero 2021 (6)
  • diciembre 2020 (17)
  • noviembre 2020 (9)
  • octubre 2020 (5)
  • septiembre 2020 (5)
  • agosto 2020 (6)
  • julio 2020 (8)
  • junio 2020 (15)
  • mayo 2020 (26)
  • abril 2020 (35)
  • marzo 2020 (31)
  • febrero 2020 (9)
  • enero 2020 (3)
  • diciembre 2019 (11)
  • noviembre 2019 (8)
  • octubre 2019 (7)
  • septiembre 2019 (8)
  • agosto 2019 (4)
  • julio 2019 (9)
  • junio 2019 (6)
  • mayo 2019 (9)
  • abril 2019 (8)
  • marzo 2019 (11)
  • febrero 2019 (8)
  • enero 2019 (7)
  • diciembre 2018 (8)
  • noviembre 2018 (6)
  • octubre 2018 (5)
  • septiembre 2018 (2)
  • agosto 2018 (3)
  • julio 2018 (5)
  • junio 2018 (9)
  • mayo 2018 (4)
  • abril 2018 (2)
  • marzo 2018 (8)
  • febrero 2018 (5)
  • enero 2018 (10)
  • diciembre 2017 (14)
  • noviembre 2017 (4)
  • octubre 2017 (12)
  • septiembre 2017 (10)
  • agosto 2017 (5)
  • julio 2017 (7)
  • junio 2017 (8)
  • mayo 2017 (11)
  • abril 2017 (3)
  • marzo 2017 (12)
  • febrero 2017 (13)
  • enero 2017 (12)
  • diciembre 2016 (14)
  • noviembre 2016 (8)
  • octubre 2016 (11)
  • septiembre 2016 (3)
  • agosto 2016 (5)
  • julio 2016 (5)
  • junio 2016 (10)
  • mayo 2016 (7)
  • abril 2016 (13)
  • marzo 2016 (25)
  • febrero 2016 (13)
  • enero 2016 (12)
  • diciembre 2015 (15)
  • noviembre 2015 (5)
  • octubre 2015 (5)
  • septiembre 2015 (12)
  • agosto 2015 (1)
  • julio 2015 (6)
  • junio 2015 (9)
  • mayo 2015 (16)
  • abril 2015 (14)
  • marzo 2015 (16)
  • febrero 2015 (10)
  • enero 2015 (16)
  • diciembre 2014 (24)
  • noviembre 2014 (6)
  • octubre 2014 (14)
  • septiembre 2014 (15)
  • agosto 2014 (7)
  • julio 2014 (28)
  • junio 2014 (23)
  • mayo 2014 (27)
  • abril 2014 (28)
  • marzo 2014 (21)
  • febrero 2014 (20)
  • enero 2014 (22)
  • diciembre 2013 (20)
  • noviembre 2013 (24)
  • octubre 2013 (29)
  • septiembre 2013 (28)
  • agosto 2013 (3)
  • julio 2013 (36)
  • junio 2013 (35)
  • mayo 2013 (28)
  • abril 2013 (32)
  • marzo 2013 (30)
  • febrero 2013 (28)
  • enero 2013 (35)
  • diciembre 2012 (3)
julio 2026
L M X J V S D
 12345
6789101112
13141516171819
20212223242526
2728293031  
« May