Al socaire

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Estado judicial

18 febrero, 2017 By amarias Deja un comentario

El 17 de febrero de 2017, la Audiencia Provincial de Palma de Mallorca ha dado a conocer la Sentencia del llamado Caso Noos.    Se trata de un texto de gran extensión (741 páginas), ocupando el Fallo las últimas doce. La extensión y el cuidado que evidencia su redacción ponen de manifiesto que no se trataba, en absoluto, de un proceso cualquiera.

Por supuesto, no necesitamos ninguna exhibición de buenos propósitos ni alardear del funcionamiento impecable de los estamentos del estado de derecho. Pueden ahorrárselos sus defensores, en particular, ésos que, cuando una Sentencia penal les afecta a ellos o a sus correligionarios, se apresuran a decir, con la boca pequeña, que la acatan, que el poder judicial es independiente.

¿Pero qué necesidad tenemos de coronar con mentiras y medias palabras algo que surge de la propia imperfección de las decisiones humanas? ¿Porque abogamos por su eterno inmovilismo?: ni las Leyes son perfectas, ni los tipos penales están analizados con total equilibrio y completa objetividad (y no digamos, las penas que acarrean los delitos), ni todos somos iguales ante la Ley o, al menos, no lo somos ante los órganos jurisdiccionles.

No podemos serlo, por la naturaleza de las cosas. Ni todos los abogados son igual de brillantes, ni todos los jueces igual de diligentes, ni todos los demandados o encausados tienen los mismos medios económicos y de influencia, ni todas las sentencias son idénticas para los mismos hechos y datos.

Esto es lo que hay. Y, al afirmarlo así, desde el conocimiento que nos da -a todos los que ejercemos en el campo del Derecho- el actual estado de cosas, no estamos apoyando la necesidad de una revolución, sino insistiendo en la continua necesidad de reformas y la importancia de añadir mesura a los análisis. Acatamos las sentencias, -qué remedio, aunque agotando todos los trámites procesales para buscar su enmienda, cuando la advertimos injusta a nuestras pretensiones- pero no siempre las compartimos.

Voy, pues, al grano del tema de estos días. Los media se han ocupado de difundir las conclusiones de la Sentencia del caso Noos, concentrándose en las penas impuestas y, en su caso, las absoluciones a algunos imputados.

De entre todas ellas, las que afectan a Ignacio Urdangarin, casado con la infanta de España, Cristina de Borbón, y a ella misma, también imputada, han concentrado los análisis. Como en toda cuestión polémica, los comentarios se orientan, según la ideología y simpatías de lo autores, bien a criticar la supuesta benignidad de las penas -y, en particular, la absolución penal de la Infanta-, bien a poner de manifiesto que la Justicia ha actuado, independientemente de la personalidad de los acusados.

Estamos en un Estado judicializado, en el que el profundo deterioro de todos los estamentos ha derivado hacia los procesos judiciales, y, en especial, los penales, la necesidad de redención colectiva.

Los años de la dictadura y los de democracia formal subsiguientes no han eliminado la corrupción, en sus variadas formas. Puede que, incluso, la hayan hecho más refinada. Solo los muy ingenuos o ignorantes pueden sostener la creencia de que se está en los últimos años procediendo con serenidad y contundencia contra la corrupción que, desde hace décadas -me atrevería a afirmar que, siglos-, forma parte del Sistema económico.

La corrupción no se juzga en los tribunales ni se condena en ellos. Vive con el sistema, porque forma parte de la educación general, impregnándolo todo. Los pocos casos que han salido a la luz en España (como en otros países) lo han sido por denuncias de arrepentidos o por declaraciones de pececillos corruptos que, para aliviar sus penas, han acusado a sus superiores. El clan de corruptos y corruptores se cierra sobre sí mismo, protegiéndose.

En relación con el juicio Noos, puede que algunos piensen que se ha juzgado a la monarquía, y que, con este proceso, se va a debilitar a la institución. Tal vez, incluso desde una parte de la judicatura se haya visto con buenos ojos que condenar a miembros de la familia real significa avanzar en el cambio de régimen,

No pienso así (tampoco me puedo imaginar que la Monarquía salga reforzada). Necesitamos la Monarquía porque carecemos de un sustituto válido como forma cabal de Estado. La propia institución se ha encargado de ponerla en bretes evitables, probando su resistencia, de los que ha salido prácticamente indemne: los detentadores de la Corona pueden alardear de rijosidad consustancial a su naturaleza, matar elefantes y osos como sana diversión elitista, casarse con plebeyas a despecho de lo indicado por sus consejeros áulicos… Nuestras abejas reinas no tienen sustituto.

Las Monarquías que sobreviven en países democráticos se han hecho impermeables como fórmula de subsistencia. Levitan sobre lo razonable. Hay un ejemplo paradigmático: la Reina de Inglaterra. Su distancia  infinita con la realidad es la mejor defensa: cuando se manifiesta con algún signo humano, es algo parecido a haber sido testigos de una aparición espectral. Indestructible.

Aquí se sigue el ejemplo, mal que bien, porque hay que salvar la Monarquía, esto es, a todos nosotros, sus súbditos desnortados. Las sonrisas forzadas de SSMM en la inauguración de la exposición en el Museo Thyssen, el mismo día de la publicidad de las condenas a personas de su familia, obviamente, han sido ensayadas previamente en los días anteriores, pues la Sentencia tuvo que ser conocida con anterioridad. La procesión irá por dentro, pero no se la deja trascender.

Y, sin embargo, no es posible ignorar los propósitos y consecuencias de este sometimiento al escarnio popular de la divina Institución. Porque el que personas de la familia real, incluso en una dinastía empobrecida como la española, se vean imputadas, paseadas por los juzgados, analizadas sus conductas a placer por cualquier nindungui, es fruto de un intento de poner a prueba la resistencia de la Institución, pero sin afectar a la vulnerabilidad del núcleo central, poniendo sobre el tapete colectivo, que «la Justicia es igual para todos», incluso para ese plebeyo deportista al que se le arrojó a los pies de los caballos justicieros.

Se ha producido, en efecto, la apariencia de una sacudida brutal a la esencia de la Monarquía española. ¡Miembros de la Familia, corruptos!. Es lógico que ante un ataque de tamaña envergadura, se hayan activado todos los recursos de contención del daño.

Nadie, disponiendo de su sano juicio mental, admitirá que la justicia haya actuado con total independencia (¿cómo mantener la «total independencia» con ese continuo clamor de la calle, esa tensión permanente, a ratos, insoportable?) , ni dejará de valorar que el gobierno no haya utilizado todos los medios posibles para conducir el tempo y la intensidad del proceso («espero y deseo que la Infanta salga libre, con todos los predicamentos favorables, del proceso») y que el propio Monarca Felipe VI, sus padres y resto de familia real (y de otras dinastías monárquicas), y sus apoyos, valedores y beneficiarios sustanciales, no hayan visto con intranquilidad y disgusto el que uno de sus miembros haya sido puesto en la picota justiciera (¿no podemos imaginar llamadas de la reina Sofía a su hijo varón, pidiendo intersección salvífica?).

Tenemos una forma de gobierno anticuada, pero que funciona. La mayoría de las monarquías europeas han dejado de existir, salvo en los libros de Historia o como reliquias depuestas, vagando a la eterna espera de tiempos mejores. Algunas han terminado de forma cruenta. Sin embargo, pasado el tiempo, nada ha cambiado en los pueblos que han visto culminado el proceso de sustitución de las Monarquías por otras formas de Gobierno. República o Monarquía, es lo de menos.

Esa enseñanza de la Historia la tenemos impresa en nuestros genes, los españoles.

Analizada someramente la Sentencia, encuentro algunos elementos para la polémica jurídica. La pena principal de Urdangarín lo ha sido porque el Tribunal le estimó como autor de un delito continuado de falsedad en documento público, además de por malversación de caudales públicos (art. 404, 390.1.2º y 4º y 432.1, con la atenuante de reparación del daño). No se cierra con ello la posibilidad de revisión, a pesar del extenso y meditado escrito de las Sras. magistradas. No me ocupo, gracias a Dios, del caso, pero entiendo que la consideración de Urdangarin como «autoridad o funcionario público» que prescribe el art. 390 abre una vía de acogida al recurso de casación, por la reducida extensión jurídica que viene siendo aplicada a estos términos.

Interesante es también el análisis de la comisión del delito de tráfico de influencias, en su tipo agravado, por el que también se condena a Urdangarin, penado según el art. 429 del Código Penal, al entender la Sentencia que  ha obtenido beneficio por la influencia derivada de la situación personal con la autoridad o funcionario público que debe tomar la decisión. Me parece que la influencia de un personaje tan encumbrado como es un miembro de la familia real, en un país en el que la Monarquía es la forma de Estado, ante quien debe tomar una decisión pública, queda manifiesta por el solo hecho de aparecer como interesado, sin necesidad de actuar positivamente como «influyente».

En cuanto a la exoneración de culpa a la infanta Cristina de los delitos contra la haciendo pública, a mi no me sorprendió en absoluto. Pero, ¿es que nos hemos olvidado de en qué país y bajo qué orden estamos?

Y, como ya han avanzado algunos comentaristas con más intención que yo, tenemos que esperar a la revisión de la sentencia por parte del Tribunal Supremo. Como prueba a la solidez de la Monarquía, de momento, ya hemos tenido dosis suficiente.


Las urracas han ocupado grandes espacios, tanto en las ciudades como en el campo. Son agresivas, gregarias, tienen un excepcional poder de adaptación a los medios, y son prácticamente omnívoras.

En las ciudades españolas, lo normal es encontrarse, en cualquier lugar y ocasión, con estas aves, atentas siempre a hurtar un bocado, ahuyentar a otros pájaros e, incluso, a presentar batalla a animales de mayor tamaño: ni cuervos, ni rapaces se atreven con ellas, cuando se encuentran defendiendo sus nidadas, lo que hacen en grupo sin problemas.

Esta urraca, a la que fotografié en el momento de desplegar sus alas para huir, aguantó, como si me echara un pulso, un buen rato. A diferencia de la inmensa mayoría de los pajarillos (salvo algunos gorriones comunes, que andan siempre mendigando residuos en torno a los humanos), las urracas, o pegas, sostienen al máximo el momento, aparentemente inmutables, hasta que, de pronto, se lanzan en un vuelo rápido, potente, corto.

 

Publicado en: Actualidad, Derecho, Sociedad Etiquetado como: Infanta Cristina, juicio, Monarquía, Noos, sentencia, urdangarín, urraca

Cómico o ridículo (14)

17 febrero, 2017 By amarias Deja un comentario

A lo largo de la vida, son muchas las personas a las que perdemos de vista. No precisamente porque hayan fallecido (que, por supuesto, crecen en número a medida que nosotros vamos cumpliendo años de supervivencia), sino, simplemente, porque desaparecen de nuestro entorno: compañeros de estudio, de la milicia, del master, de alguno de los trabajos o tareas que hemos ido acometiendo. Incluso, familiares más o menos próximos a los que vimos en no se que boda, funeral o bautizo y de los que dudaríamos, si nos los encontramos casualmente por la calle, si son presentadoras de televisión, jugadores de fútbol o el primo segundo ése que se fue a hacer el Erasmus a Eslovenia.

Como expatriado regular de mi región favorita, Asturias, cuando vuelvo de cuando en vez a la tierrina, no puedo menos de sorprenderme con las reacciones que recojo, sobre todo en Oviedo, si me cruzo con alguno de esos antiguos colegas de lo que sea, a los que, a lo mejor, no he visto en treinta años, y su reacción, supongo que después de las inevitables dudas respecto a la identificación -recíprocas, en general- es, exteriorizar, simplemente: «¡Hasta luego!». Es decir, en traducción ramplona, «Hasta dentro de treinta años». A mi estas formas de abreviar tajantemente un posible intercambio de breves noticias personales, siempre me ha intrigado: «¿Sabrá Fulano más de mi vida que yo mismo para despacharme, al cabo de tanto tiempo, con tan breve saludo?

Entre los personajes más curiosos que reaparecen en nuestras vidas, seguro que están, por el contrario, aquellos que, habiéndoles perdido la pista durante décadas, reaparecen de repente, con una llamada telefónica: «¡Hola, Angel! ¿Qué tal te va? Resulta que estaba repasando la lista de compis del colegio de segundo grado de Primaria» -es un ejemplo ficticio- » Y me pregunté, ¿qué será de Angel? Así que llamé a todos los que encontré con tu nombre en la guía telefónica de Madrid, hasta que di contigo. ¿Te acuerdas del Hermano Jesús, el que nos daba Historia Sagrada?»

No, no nos acordamos. No existía ningún Hermano Jesús en nuestra vida, y el segundo grado de Primaria lo hicimos en Albacete. Me ha sucedido esto cuatro o cinco veces en mi vida. La secuencia y final de estas situaciones, es siempre la misma: después de varios días de fastidiosas llamadas, con tendencia a concentrarlas en horas intempestivas, con el objetivo desplegado con rapidez de contarnos su vida, pedirnos dinero o, también, llenar las horas de aburrimiento, desaparecen como han llegado.

He cambiado muchas veces de lugar de trabajo, dentro y fuera de España, y conocido a miles de personas. De muchas de ellas -digamos, unas cinco mil- guardaba tarjetas de visita de aquellos con los que me había cruzado, hasta que mi diligente cuidadora de inutilidades, hizo desaparecer todas para siempre, salvo el par de decenas que corresponden a las personas con las que mantengo actualmente contacto y siguen utilizando ese obsoleto medio de ratificar la posición y existencia, aún usada por comerciales y detentadores de puestos de la Administración pública, que son las tarjetas de visita.

La variedad de puestos de trabajo me ha permitido disfrutar o padecer de una amplia relación de despachos, sillas y sillones, mesas y mesitas que fueron los elementos de mobiliario que fueron puestos a mi disposición. El más cutre, con distancia, fue una mesa sin desbastar, llena de agujeros y manchas de grasa, que podría haber estado con anterioridad destinada a ménsula de despiece en una carnicería, y que fue el sitio de apoyo que compartí con mi querido colega César en una subestación de Ensidesa, en donde estaba instalado el departamento de Investigación Operativa, que dirigía por entonces Julio Figueras. El más snob, la mesa aerodinámica que me enjaretaron en Düsseldorf, con sillas de querencia de cuero, que se prolongaba un par de metros más allá con una de reuniones con diseño italiano, de mármol, y que se completaba con un par de cuadros en fibra de amianto de un afamado artista que, quiero creer, no falleció de asbestosis.

Jamás he modificado el despacho que me legaron mis antecesores en el puesto. No es esa virtud, seguramente, sino pereza y, por supuesto, una seria tendencia a no despilfarrar dineros. Pero sí he podido contrastar, con reiterada persistencia, que lo que suelen hacer, como primera medida, la inmensa mayoría de quienes se hacen cargo de un puesto o puestecillo en el que tienen disposición sobre una partida presupuestaria para reformas, es cambiar los muebles del despacho, ponerse en el habitáculo un servicio, y ampliar los metros cuadrados tomando sitio del destinada a secretarias o sala de reuniones, incorporándola al recinto propio. Eso sí, lo que también es objetivo, si la cartografía lo permite, es la puerta alternativa para escapar de las visitas molestas o disfrutar de unas horas de asueto autoconcedidas.


El pequeño carbonero garrapinos (Parus ater) se protege, entre el comedero y el tronco del árbol en donde este se ha colgado, del ataque de los gorriones (passer domesticus) que tienen un tamaño notablemente mayor. Los 11,5 cm de envergadura del diminuto párido frente a los 14,5 o 15 cm de los machos de la familia de los Ploceidae (Gorriones).

Doy fe que el carbonero es obstinado. Tan pronto los gorriones -u otras aves que acuden a la llamada del alpiste- abandonan su sitial, vuelve la pareja de páridos -indistinguibles para mi los géneros, aunque no la especie, que tiene la coronilla negra con una mancha blanca en la nuca- a picotear el alimento; eso sí, siempre por el lado en el que los gorriones no pueden acceder.

Publicado en: Actualidad Etiquetado como: amianto, amigo, asbestosis, carbonero garrapinos, colegio, cutre, despacho, Düsseldorf, Ensidesa, mesa, saludo

Carta abierta a Iñigo Errejón

15 febrero, 2017 By amarias 12 comentarios

Estimado Iñigo:

Personalmente no te conozco, aunque he seguido con atención el despliegue mediático de la formación a la que perteneces aún y, con especial interés, tu trayectoria en ella. Percibo, como otros observadores, que te has salido del ojo del huracán del Podemos. Trasladado como metáfora política, este fenómeno meteorológico explica que, si bien en el centro del partido se tiene la percepción de calma, en cuanto se abandona el núcleo, se cae en la vorágine.

Si te dirijo esta abierta, no siendo ni militante ni siquiera simpatizante de la coalición Unidos Podemos, es porque has despertado mi simpatía. Me ha parecido casi siempre muy sensato lo que expresas y, aún más, muy adecuado el tono y la elegancia verbal que utilizas. Puedo imaginar que, después del estrambótico Congreso Vistalegre II, del partido que cofundaste, estarás pasando por un mal momento. Como líder y portavoz de la opción derrotada en el encontronazo con las huestes que secundaron a los dos Pablos y al siempre enigmático Carlos Monedero, debes sentirte decepcionado.

Pues, por el contrario, pienso que tienes que estar orgulloso. Has aportado sensatez y pragmatismo a un debate sustancial sobre la forma de abordar la solución a los problemas de España. Lo afirmo desde la experiencia, aunque también, desde la teoría. Te duplico exactamente la edad (vas camino de los 34 años) y acumulo, como corresponde a cualquier persona mayor que haya vivido intensamente, multitud de ejemplos que combinan vivencias que entremezclan líderes y resistencias, proyectos, éxitos, fracasos, …aprovechados, perdedores y perdidos.

La respuesta a los problemas nunca estará en la calle. Por supuesto, la calle  (es decir, las manifestaciones de afectados por una cuestión y sus simpatizantes) es, posiblemente, el mejor medio de dejar constancia, de acuerdo con las leyes (en un país democrático), de la gravedad de una situación que debe ser corregida. Pero ni es el medio de acogida de todos los que tienen problemas (la mayoría de quienes sufren injusticias, las sufren en silencio), ni admito que desde la calle (por muchos gritos, vuelcos de contenedores, incendios de coches o neumáticos, tropezones y peleas con las fuerzas del orden, e incluso mítines enfervorecidos),  la multitud grupal esté en situación de ofrecer soluciones.

Las soluciones, si existen, vendrán desde la discusión (en principio, dialogante, aunque con la imprescindible energía para exponer problemas y criterios) entre quienes tienen el mejor conocimiento tanto de lo que se debe corregir como de las opciones viables,  y los que poseen los medios de acción. Supongo que has estudiado este asunto cuando te encontrabas en la preparación de tu tesis para obtener el grado de doctor: “La lucha por la hegemonía durante el primer gobierno del MAS en Bolivia (2006-2009): un análisis discursivo”.

Pero si, al tratarse de un trabajo académico no percibiste la necesidad que te apunto, asunto clave cuando se quieren encontrar opciones válidas desde los agentes políticos y socioeconómicos de un Estado desarrollado, seguro que tu padre (que, según he leído en tu biografía fue militante del extinto Partido del Trabajo de España), te lo hizo notar cuando eras niño: una cosa es la teoría y otra, muy distinta, la práctica.

Se entiende, por eso, muy bien, la base de tu discurso político actual: estamos viviendo,  y algunos, sois protagonistas activos, en un país peculiar, que no tiene nada que ver ni con los países latinoamericanos, ni con lo que se está cociendo en los Estados Unidos de Norteamérica. Ni siquiera tiene, y aquí debo decir que, por fortuna, muchas concomitancias con el estado coetáneo de las opciones políticas emergentes en varios Estados europeos. Nuestro estado de bienestar está en grave riesgo, sí. pero -a pesar de los tremendos vacíos de empatía y comunicación del actual Partido de gobierno- no me atrevería a afirmar que no exista en varios miembros del mismo, sensibilidad para enderezar la situación.

Pero no me engaño, Iñigo. Necesitamos una oposición fuerte y constructiva, no revolucionaria. Por eso, y porque comparto lo sustancial de tu mensaje de que hay que construir una nueva transversalidad de las izquierdas políticas, te felicito especialmente porque, para muchos de los que hemos vivido ya  historias de fracasos (incluso, recogido los despojos de una guerra incivil y sobrevivido a la presión agobiante de una dictadura injusta que contó con el apoyo de una abrumadora mayoría de supervivientes), y no desearíamos que se repitieran, entendemos que ahí, en profundizar en el diálogo con los que discrepan y, especialmente, con los que actúan desde el escenario de las posibles soluciones, hay camino para explorar.

Seguramente, el único camino razonable para los pacíficos no conformistas. Ahora que has salido o te han catapultado fuera del ojo del huracán, tendrás más tiempo para apreciar que no estás, ni mucho menos, solo. Estas, en  mi opinión, con la inmensa mayoría.

Un saludo, Iñigo


Esta hembra de papamoscas cerrojillo (Ficedula hypoleuca) encontró gusto a los frutos del saúco frente a mi ventana. Es un pájaro migrante y los libros de avifauna caracterizan a estas aves como insectívoras. En su plumaje de invierno (que es el caso de la fotografiada), son difíciles de distinguir del papamoscas collarino, aunque el borde blanco de las plumas, en vuelo, son un rasgo característico.

Pero, si bien para los aficionados a la ornitología representa siempre un orgullo la identificación perfecta de un ave -especialmente, de las migratorias o de las más raras-, para los amantes de la naturaleza nos basta con saber que un pájaro que viene tal vez de muy lejos ha tomado aposento circunstancial junto a nuestro hábitat, y, por su sola presencia y actividad  nos contagia con su innata alegría de vivir.

Publicado en: Actualidad Etiquetado como: Iñigo Errejón, papamoscas cerrojillo, Podemos

Cómico o ridículo (13)

13 febrero, 2017 By amarias 2 comentarios

No soy aficionado a los coches, quiero decir que no pertenezco a ese grupo respetable de expertos en identificar a distancia, con la sola visión de un alerón o la esquina del capó, la marca, los caballos de vapor del motor y la versión exacta del modelo del vehículo.

Este desinterés tiene sus ventajas -me importa un comino conducir un alta gama o un utilitario de la más modesta escala, con tal que funcione-, pero no está exento de problemas. Por ejemplo, soy incapaz de preocuparme por llevar a revisar mi vehículo al taller, salvo para cambiar el aceite del motor (y, de paso, solicitar que me revisen el resto de líquidos de la circuitería) y, bueno, sí…también los neumáticos, cuando barrunto que la hora es llegada.

Hace ya unos quince años, se celebraba en Madrid una extraña Convención empresarial cuyos objetivos he olvidado. La cuota de inscripción era muy alta y, conscientes de que suponía un gasto inútil cuyo importe implicaba un lastre para el cumplimiento de los objetivos de que caían dentro de mi dirección, había decidido declinar la invitación de asistencia. Sin embargo, la llamada del Consejero Delegado, expresando que se contaba con la presencia de nuestro grupo, implicó que suscribiera, no solo mi inscripción, sino también la de uno de los miembros de mi equipo.

Estábamos en el descanso del plumbífero acto, cuando oigo pronunciar mi nombre por los altavoces: «Angel Manuel Arias, pase por el stand de Rover. Enhorabuena». Me había tocado un Rover 75 que, según me enteré en ese momento, se rifaba entre los asistentes. Lo que yo creía era la ficha de comprobación de asistencias al Congreso, era la papeleta para entrar en un sorteo.

Acompañado de mi colega, que manifestaba mucha más emoción que yo (llamó por el móvil a su esposa para comunicarle mi suerte, y llegué a escuchar la réplica de la interpelada «Y a nosotros, ¿qué?») , me acerqué al stand y contemplé impertérrito el flamante vehículo. «No parece muy ilusionado», me dijo una azafata. Era cierto. No lo estaba, porque, además, con mi maquiavélica propensión a buscar cinco pies a los gatos, estaba preguntándome qué diablos pretendería «el Sistema» regalándome un coche, y barruntando (como al cabo de unos meses comprobé efectivamente) que significaba probablemente mi preparación dulce para darme la patada del despido.

Los comerciales que intervinieron en la operación fueron muy amables, aceleraron los trámites para que el vehículo se pusiera a mi nombre en un pis pas. Hasta se inventaron una entrevista en la que yo expresaba, como pie de foto de mi cuerpo serrano abriendo la puerta del vehículo, que «estaba encantado de que me hubiera tocado ese coche, porque me encantaba ese modelo». Por suerte, la mayoría de mis colegas y casi todos mis amigos detectaron que ni mi forma de expresarme ni mis aficiones, ni la repetición de un verbo que no uso, tenían mucho que ver con esa declaración de preferencias motorizadas.

Me encontré así, de pronto, con dos coches. Mi penta-añejo BMW y el nuevo Rover y, después de varias fallidas intentonas para desprenderme del segundo, regalé el primero a mi tío Juan Manuel, en la operación mercantil más desastrosa que realicé en mi vida. Mi tío, al poco tiempo regaló el coche alemán a un chico del pueblo aficionado a la automoción, que lo estrelló en un par de meses y yo me encontré con una fuente interminable de problemas.

No se qué diablos le pasaba al Rover, pero se calentaba. Mucho. Lo llevé al taller de al lado de mi casa y le cambiaron el radiador. A la semana siguiente, subiendo el Pajares, se quemó el motor. Hice cambiar el motor (me costó un buen pico) y, un año después, volvió a quemarse. Así que, después de haber obtenido un diagnóstico demoledor respecto al futuro del vehículo, decidí regalárselo a un buen muchacho ecuatoriano que me prometió pagar la viñeta que estaba a punto de caducar, darlo de baja inmediatamente y aprovechar las piezas para repuestos de segunda mano.

Un par de años después recibí una notificación del Ayuntamiento reclamándome el impuesto de circulación del fastidiante Rover, comunicándome la situación irregular del mismo, con los recargos correspondientes. Para terminar con esta historia sin abrumar con detalles, digamos que conocí a varios ecuatorianos que habían sido, sucesivamente, poseedores del vehículo, y que, después de amenazas y discursos intimidatorios, conseguí zafarme del embrollo sin que mi dignidad oficial quedase quebrantada.

¡Ay, los coches! Estando de alférez de Milicias en la tierra de tranquilidad a la que ya me he referido en estas notas, sucedió que la hermana de mi esposa vino a pasar unos días con nosotros. Me tocaba hacer guardia en el Cuartel y se les ocurrió visitarme para satisfacer la curiosidad de cómo nos preparábamos para la guerra por entonces.

Después de una tarde agradable, en la que compartimos pastas y café con los reclutas, encantados con aquella diversión fuera de programa, encargué a uno de los soldados, mecánico de profesión, que las retornase al apartamento que tenía alquilado, en Santa Ponsa, Para mayor seguridad de que todo se haría conforme a los mejores cánones, ordené a uno de las decenas de voluntarios que se ofrecieron a acompañarlos, que fuera de copiloto en el R-5 que yo tenía entonces, y que había trasladado a la isla para facilitarme los movimientos por ella.

Pasaron las horas y los reclutas no volvían al cuartel. No había teléfono móvil para contactar con mi mujer y yo estaba sobre ascuas. Negros pensamientos me asolaban. Oi que alguno de los más chuscos de aquellos insubordinados militantes susurraba: «Estos se han fugado con las chicas».

Por fin, pasada la media noche, apareció el mecánico, negro de aceite y pálido como el interior de una berenjena. «¿Qué coño ha pasado?». le increpé. «¿Habéis tenido un accidente?» «Mi alférez -me explicó, farfullando-, no hubo accidente. Su esposa y cuñada llegaron a casa sin problemas. Solo que…»

Resulta que, volviendo para el cuartel, al experto en motores le pareció que el R-5 hacía un ruido raro. Queriendo demostrarme, según dijo, su competencia, abrió el capó y, al manipular con una llave, se le cayó y provocó un cortocircuito. El tiempo que le faltaba por justificar lo habían empleado, él y su recluta acompañante, en comprar varias cintas aislantes y rodear con ellas el cableado eléctrico del vehículo.

Cuando volví a la península, lo cambié por un R-12 catatónico-y tuve que aportar encima varios billetes-, si bien mis aventuras con los coches no tuvieron tregua.


La primavera está ya apuntando, a pesar de que los fríos invernales asoman de vez en cuando. Las aves que ya encontraron pareja, buscan afanosamente lugares en donde fijar su residencia. Esta pareja de herrerillos parece haber hallado el sitio idóneo para instalar su nido en este hueco de un árbol. Revolotean incansables alrededor de esa posición, yendo de acá para allá, a veces distanciándose del punto de encuentro en un fugaz y rápido vuelo (estos pájaros, son realmente diminutos en comparación, por ejemplo, con el carbonero común).

Supongo que tratan de valorar si este agujero en el viejo tronco es suficientemente seguro de posibles depredadores para la nidada y, para ellos mismos, durante la dura carga de trabajo que supondrá sacar adelante a tres o cuatro pequeñuelos durante tres semanas, garantiza alimento,

No temáis, pequeños. Yo velaré vuestro empeño.

Publicado en: Actualidad Etiquetado como: BMW, cableado, coches, Congresos, herrerillos, milicia, R-12, R-5, Rover, sistema, soldado

Cómico o ridículo (12)

11 febrero, 2017 By amarias 2 comentarios

Hace unos días, en una agradable cena de despedida de una de las Comisiones a las que me ha llevado, hasta ahora, mi ajetreada voluntad de ser miembro permanente de mi propia ONG, invité a los asistentes, con la intención de dar un contenido informal a la sobremesa, a contar alguna anécdota en la que creyeran haber hecho el ridículo o hubieran sido protagonistas de una circunstancia cómica.

Para animar la exposición, me referí a dos peculiares momentos de mi vida, relacionados con el nacimiento de mis dos hijos.

Cuando mi esposa estaba a término del primer embarazo, la pareja de primerizos vivíamos aquellos días con la lógica ilusión, aunque también con temor a no hacer las cosas bien. Habíamos acopiado una colección de libros sobre el particular, desde «Mi hijo», el clásico del Dr. Spock, hasta «Vida sexual», firmado por el Dr. López-Ibor (y que bastante más tarde,  la periodista Lidia Falcón se declararía como autora real del mismo, junto a su pareja entonces, el admirable Eliseo Bayo). Después de la celebración del año nuevo, María Jesús había tomado una copa de champán (sería cava) y mi padre había enunciado dogmáticamente que, dadas las virtudes atribuibles a ese vino, el parto habría de ser inminente.

La noche del uno de enero siguiente fue realmente movida. Mi esposa no pegó ojo y yo, que tenía que trabajar al día siguiente por el futuro de España, tampoco. Me disponía a tomar el coche para encaminarme hacia Avilés, por la tortuosa carretera de la Miranda, pero, antes de partir, con todos los libros técnicos sobre parto, abiertos sobre la mesita, y el reloj en la mano, contaba los intervalos entre contracciones.

-«Llama a la comadrona», me apremiaba María Jesús, «y pregunta qué hay que hacer»

-«No creo que estés de parto», le replicaba.»Aquí dice que las primerizas tenéis sensaciones de parto falsas».

Finalmente, fui compelido a coger el teléfono y con aire doctoral, expliqué a la persona que contestó la llamada: «Mi esposa tiene contracciones cada veinte minutos, pero aquí el libro dice que…» La voz me interrumpió: «¡Deje el libro y venga inmediatamente! ¡Su esposa está de parto avanzado y si no rompió aguas lo hará en cualquier momento!»

A las dos de la tarde nacía David, un robusto bebé de más de cuatro kilos de peso.

El nacimiento de nuestro segundo hijo fue muy diferente. Habían transcurrido tres años y medio y la obstetricia había avanzado descomunalmente, incluso en ciudades de provincias. Como el nasciturus, según el cálculo docto del Dr. X, estaba a término, y parecía coincidir la fecha del parto con mi cumpleaños, mi esposa y su asesor y cuidador médico decidieron hacerme el regalo mejor del mundo: el nacimiento de un hijo el día 5 de julio.

En la muy avanzada clínica, hoy Fundación Gustavo Bueno, antes Casa de la Cultura, llamada Sanatorio Miñor, mi mujer fue sometida a una epidural para provocarle un parto programado de máxima comodidad. Fue terrible. En la madrugada del día 6, después de horas de lucha, con mi mujer agotada, nació Miguel, con poco más de siete meses de gestación, y con un peso ligeramente superior a los dos kilos.

Serían las dos de la madrugada, cuando el médico de guardia me llamó: «No me puedo hacer cargo de este niño. Está muy débil y aquí no tenemos incubadoras. He llamado al Hospital General para que lo atiendan. Tienes que llevarlo tú, porque aquí no hay ambulancias».

Envolvieron al niño en varias mantas, y, con él en los asientos traseros del vetusto R-12 que tenía entonces, debí hacer el camino más rápido posible hasta el Hospital público. En Maternidad me esperaban varias enfermeras.

Acababan de enchufar la incubadora y aún no había alcanzado la temperatura requerida. Así que, por turnos, aquellas náyades de uniforme,  se abrieron la blusa y calentaron a Miguel.

Esta historia la cuento de vez en cuando a mis hijos y nueras, y no se la creen. «Es un invento tuyo», siguen diciendo. Pero es rigurosamente cierta.

Como que dejé al recién nacido en la incubadora -daba grima verlo, tan mínimo, con la vía conectada a la cabecita pelada- y volví a ver a María Jesús. Con tono débil, me preguntó: «¿Cómo está el pequeñín?» La tranquilicé de la mejor manera que se me ocurrió: «Te aseguro que está en muy buenas manos. Y que no me parece que ningún recién nacido haya tenido tantas emociones en el primer día de su vida»


Si el lector tiene ocasión y dispone de la opción de un jardín comunitario, no deje de aprovechar ambos con un comedero para pájaros. Vendrán, sobre todo, gorriones. Pero no únicamente. En mis dispensadores de Madrid, he podido fotografiar, además, picogordos, currucas, mosquiteros, pico picapinos, tórtolas, mirlos, lavanderas, agateadores, herrerillos, carboneros…

En esta foto, tres gorriones parecen alinearse, en una cola simbólica, para tomar alimento del comedero. He presenciado peleas familiares intensas, e incluso, como ya he podido publicar en este mismo blog, entre especies diferentes. El espectáculo, según la hora del día, me proporciona tanta diversión y esparcimiento, que he tenido que limitar el horario en el que me asomo a esa ventana de la naturaleza paseriforme, en la que no dejo de encontrar similitudes y modelos para el comportamiento de nuestra especie.

 

 

Publicado en: Actualidad, Personal

Salvar al soldado Rodríguez

8 febrero, 2017 By amarias Deja un comentario

La indefinible guerra entre «machos alfa» por el control de Podemos que protagonizan Errejón e Iglesias, y los miembros de sus respectivas manadas conceptuales, me hace recordar (como a muchos otros universitarios de mi generación, sin duda), las interminables disputas entre estudiantes «comprometidos» con la necesidad de una revolución antifranquista que formaban parte del espectáculo regular de las Facultades de  finales de los sesenta y principios de los setenta del siglo XX.

Aquellas reuniones, protagonizadas casi siempre por los mismos personajes, se denominaban Asambleas, y eran convocadas casi siempre con premura apelando a muy variadas causas, desde lo concreto (por ejemplo, actuaciones violentas de la Brigada social, solidaridad contra represaliados, etc, ) hasta lo ideológico (diferencias entre comunismo y marxismo, discrepancias entre el MC y la LCR, etc.).

En Oviedo, donde yo estudié ingeniería, la Facultad de Filosofía y Letras -de la que también fui alumno poco después-, se llevaba la palma de todo el distrito en convocar asambleas, y organizar manifestaciones y revueltas, en un círculo vicioso que, en gran  medida, se autoalimentaba, con la ayuda de las fuerzas del orden y de la represión política imperante. Se perdieron muchos días de clase, pero algunos aprendieron a hablar en público, e incluso a hacerlo a voces, sin  perjuicio de envolver el lanzamiento de contenidos con los tonos más acres.

La actual controversia podemista, llevada a la plaza pública, se parece como una gota de agua a otra aa aquellas batallas del tardofranquismo que se convirtieron en parte -sustancial- del paisaje universitario. No se calibrar, al día de hoy, si consiguieron algo (aparte de golpes, magulladuras, algún destierro y la inmolación lamentable de mártires que acaban dando valor a la Historia de todo proceso revolucionario), aunque no habrá ninguno de sus protagonistas que no defienda que la democracia vino de aquellas manos. Para la mayoría, fueron, simplemente, parte del paisaje.

Volviendo al presente, la preparación física e intelectual de los partidarios de expresarse más en la calle que en el Congreso de Diputados (apoyando, por tanto, el cambio revolucionario) o de caminar por la vereda de los cauces previstos por la actual Constitución, dejando las manifestaciones callejeras como acción excepcional (esto es, tratar de alcanzar el poder político mediante una reforma progresista), no vaticina nada bueno para el pacífico desarrollo del Congreso de Vistalegre que está convocado para el segundo fin de semana de febrero de 2017.

En consecuencia, este rifirrafe tampoco es una buena noticia para los partidarios y simpatizantes del mensaje de cambio que aupó a Unidos Podemos por encima de la opción socialdemócrata del ya maltrecho Partido Socialista Obrero Español.  a la que debilitó aún más con un abrazo de oso en un momento crucial. Hoy, ese antiguo portador de la esencia de la izquierda civilizada, en manos de una gestora, nombre que a muchos suena parecido a la administración concursal de una empresa en liquidación, acumula problemas tanto de identidad como de liderazgo.

Qué momento más importante, pues, para la izquierda española. Restringiéndome al ámbito de Podemos, y al margen de mis concretas posiciones ideológicas (aunque ya las tengo suficientemente expresadas en estas crónicas), me caen mucho más simpáticos el tono, la actitud y el contenido de los mensajes de Iñigo Errejón y sus compis de batalla, que la prepotencia y recursos vocingleros de los Pablos (Iglesias y Echenique) y sus principales valedores.

Acababa de escribir este comentario, cuando, al revisar mi posición personal -de espectador interesado en el desenlace, si bien al margen de facciones polìticas concretas- me acordé del general Julio Rodríguez. Sí, el soldado Rodríguez, que fue nombrado in pectore Ministro de Defensa por el macho alfa Pablo Iglesias cuando fue presentado en público antes de incorporarlo a primera línea de fuego con el solo pertrecho de su prestigio personal.

Tengo expresado ya mi afecto y mi respeto por la decisión adoptada en su día por el ex jefe de Estado Mayor. Pero, ahora que el campo de batalla se ha desplazado a las propias líneas del campamento de Podemos ¿habrá llegado la hora de Salvar al soldado Rodríguez ? (*)

No me puedo imaginar al prudente y experimentado general templando gaitas entre jóvenes universitarios que se creen poder  ventilar sus diferencias con el mismo ardor que si estuvieran en una Asamblea de la Facultad de Políticas, y, en realidad, están protagonizando un docu-drama. La sociedad quiere que se ponga el énfasis sobre las soluciones  y no asistir a un concierto de dentelladas y poses de agresividad. Por lo menos, yo así lo veo.


(*) Saving private Ryan es el título original de la película épica estadounidense ambientada en la invasión de Normandía durante la Segunda Guerra Munidal, y que dirigió Steven Spielber. Narra la increíble aventura imaginaria de un tal capitán Miller que, junto a un reducido grupo de siete hombres, recibe el encargo de rescatar al soldado Ryan y devolverlo a casa, lo que hacen atravesando el cruento campo de batalla.

La fotografía que adjunto es parte de otra, de mejor calidad, representando una disputa por el alimento entre un pico picapinos y un gorrión. Me resultó increíble el ardor con el que el ave menor se lanzaba, hasta amedrentarlo, contra el picatuero que le estaba arrebatando la comida. Tengo otras instantáneas en las que aves de diferentes especies pugnan por un alimento apetecible.

No es una situación habitual, ni mucho menos: bien se trata de arrebatar la posición relevante en un comedero artificial o de defender el territorio de cría ante la proximidad de un invasor del espacio propio.

Publicado en: Actualidad Etiquetado como: Errejón, Iglesias, Julio Rodríguez, Podemos, soldado Ryan

Cómico o ridículo (11)

5 febrero, 2017 By amarias 1 comentario

Hubo un tiempo en que la escasez llamaba frecuentemente a nuestras puertas, solicitando al ingenio. Los niños españoles de la postguerra no disponíamos de muchos juguetes, y los Reyes Magos se habían hecho tan pobres como nuestros padres, pero sabíamos también lo que era la felicidad. Acomodarse a lo que se tiene a disposición.

En el colegio Auseva de Oviedo, el patio de duro cemento en el que nos alineábamos para cantar Prietas las filas, el  Cara al sol o Corazones y manos de artistas, antes de entrar a las clases, servía como parque de recreo. Había, en un lateral, dos canastas de baloncesto, y, como la densidad de niños que disfrutábamos al mismo tiempo de los quince minutos de recreo era muy alta,  jugábamos los partidos compartiendo una cesta cada dos equipos. Eso sí, de composición reglamentaria: tantos como estuviéramos dispuestos a jugar, distribuidos en ambos equitativamente; si había resto, estaba claro que el pobre diablo que había sido el último en ser elegido, más que ventaja, resultaba un estorbo.

Era necesario atacar o defender, pues, según quién tuviera el balón, pero a la hora de encestar se precisaba apuntar siempre a la misma canasta. Incluso, algunos días, éramos tantos los aficionados al básket, que se formaban cuatro equipos por canasta, organizándose espectáculos de confusión inenarrables, que era comprensible acabasen, de cuando en vez, a bofetadas o amenazas de «luego te veo», que se solían solventar en el Campo de San Francisco. Los que se batían eran inmediatamente rodeados por un coro de vociferantes muchachos, hasta que algún adulto actuaba de apaciguador momentáneo.

A mi me rompieron la nariz unos compis del curso superior al mío, en un episodio ridículo que tal vez me anime a contar en estos relatos mínimos.

La alta densidad de adictos al enceste, junto a mi carácter pacífico, fueron las razones principales por las que, cuando vi la luz de escape, derivé del baloncesto, a practicar el fútbol en los recreos, en la modalidad original, hoy desconocida, de mini-fultbito.

Había que ser rápidos para, una vez que el Hermano ordenaba el Rompan filas, ocupar uno de los espacios entre columnas junto a las letrinas. Las columnas de sostenimiento del edificio hacían de porterías, y disponer de una pelota de goma -dura como una piedra- era un tesoro.  Se podían organizar hasta diez partidos en aquella zona -cuatro muchachos en cada uno-, en la que la ausencia de líneas que señalizasen cada campo de juego, propiciaba momentos de confusión y tensión. Era todo muy emocionante.

Mientras la mayoría jugábamos (incluido el frontón, que el reducido patio se estiraba como de goma) algunos lanzaban petardos a los pies apuntando a la cabeza para resolver envidias, recelos o, sencillamente, bajar los humos a los primeros de la clase (hasta que se prohibió), y otros se acercaban a la Boalesa a comprar pan de higo, bolas de chicle o cigarrillos por unidades. Los más devotos utilizaban también el recreo para visitar la capilla, y como en épocas determinadas -el mes de las flores (mayo), la Inmaculada, el tránsito celestial del -entonces, aún- Beato Marcelino Champagnat y otras que no recuerdo-, había que apuntar las obras pías que los alumnos de cada clase realizábamos, los chavales entrábamos en una competición de carácter fundamentalmente metafísico.

Se apuntaban las visitas a la Capilla que había en un lateral y que, para elevar la puntuación, algunos entrábamos y salíamos varias veces en un solo recreo. El premio podría consistir en una bolsa de caramelos para toda la clase, además de la promesa de indulgencias que San Pedro debe tener contabilizadas donde corresponda.

Aparte del objetivo de elevar al fundador a la categoría de Santo, teníamos otros: la salvación de Rusia, la resolución favorable del misterio de Fátima (depositado en una carta custodiada por el Santo Pontífice y que se abriría cualquier día menos pensado), la conversión de los chinitos, la paz mundial, etc. En el día del Domund (2o de octubre), se nos distribuía a los niños unas huchas metálicas o de arcilla policromada, que portaban un candadito en la parte inferior y ofrecían una hendidura o raja en la superior, para que postulásemos, es decir, pidiéramos dinero a la familia y por las calles, para la conversión de los habitantes de los pueblos de Misiones, que estaban situados en algún lugar de Africa, fundamentalmente.

Yo hubiera preferido que el resultado de estas colectas fuera anónimo, porque no me apetecía andar moviendo el cántaro ante los peatones para que apoquinasen  (siendo lo más probable que me mandaran a freir vientos) , ni aún menos, solicitar a mi madre que me diese algunas monedas,  para que la exhibición de mi vergüenza o timidez no fuera tan evidente. Pero también aquí había una dura competición, y los resultados de las postulaciones se hacían públicos. Había campeones destacados, cuadros de honor y caramelos. Ganaba siempre un rapaz hasta que la tentación le llevó un año a quedarse con parte de la recaudación y le premiaron con un mal en conducta y el escarnio público. Ignoro cómo fue descubierto.

En lo que no me ganaba nadie era en despegar los sellos que se recolectaban a decenas de miles que, cuidadosamente agrupados, una vez secos, se metían en cajas que, al parecer, eran vendidos a ávidos coleccionistas. Pasé muchas horas de mi vida infantil mojando estampitas, despegándolas del papel de sobre al que estaban adheridas, dejándolas secar en papeles de periódico, separándolas por países y valores faciales, y agrupándolas en montoncitos de cien a los que ataba con una goma elástica. Todo ello servía para salvar a chinos, rusos y, con perdón, negritos, del infierno. Me lo tendrán en cuenta un día, espero.


Incorporo a este Comentario una instantánea de una alondra cojugada en vuelo. Tomada con las luces tenues aún de la madrugada, la foto carece de interés en sí misma; está hecha, además, a contraluz, es imprecisa y ni siquiera permite ver bien la característica diferencial de esta especie de alondras, la cresta notable de la cabeza, en comparación con la alondra común.

La iba siguiendo con cautela, atento a que mejorasen tanto mi posición como la luz. Estas aves tienen un vuelo corto y no son asustadizas, por lo que estaba cambiando el objetivo por otro de no tantos aumentos. De pronto, como una exhalación, un azor se lanzó sobre ella y en un santiamén, la arrebató de mi vista,

Así que esta foto es testimonio último de la vida de una inocente alondra que, tal vez, se estaba librando de mi, pero que ignoró o subestimó un peligro mayor. Para mi afición, fue una advertencia: debes estar siempre perfectamente preparado, en relación con lo que pretendes.

 

 

 

 

 

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Buen día, mi Cáncer

4 febrero, 2017 By amarias 5 comentarios

Los enfermos de cáncer y nuestros acompañantes sabemos que hoy, el 4 de febrero, es el Día Mundial del Cáncer. Tengo diagnosticado desde hace ya un año y medio un cáncer óseo metastásico, de origen prostático, que me está siendo tratado en el Hospital Ramón y Cajal, en Madrid. La atención que estoy recibiendo en ese Centro, tanto por el equipo médico como por el auxiliar es impecable. Igualmente, no tengo sino elogios y agradecimiento para el personal del Hospital de Día Pedro Muguruza.

He recopilado como un documento único los Consejos para acompañantes y para enfermos de cáncer que publiqué, en este mismo blog. Creo que pueden ser útiles y, desde luego, agradecería su difusión.

Guia para acompañantes y para enfermos de cáncer

Querría, además, con esta ocasión, llamar la atención sobre el grave riesgo de deterioro súbito de la atención sanitaria en España. El esfuerzo de los facultativos, el derroche de empatía y dedicación personal no puede ocultar estos graves problemas, que, por lo que tengo contrastado, son comunes a toda la sanidad española.

Primero.- La gestión de los recursos sanitarios es débil, insuficiente y, en muchos aspectos, inexistente. Es especialmente grave en cuanto a la renovación del personal sanitario, y a la satisfacción de los derechos laborales de los empleados. Resulta patético, alarmante y descorazonador, saber que existen responsables médicos de departamentos hospitalarios que están contratados como interinos, o no se les reconocen sexenios, o incluso, tienen precarios contratos que se renuevan cada año. La situación es aún más grave a niveles auxiliares: conozco casos en los que el contrato que se les ofrece es mensual.

Segundo.- Los servicios de analítica, exploraciones radiológicas, tratamientos, etc., están gestionados, en abrumadora mayoría, por eficiente -incluso, eficientísimo- personal sanitario, pero que se encuentra en edad de jubilación o que ya la ha superado hace uno o más años. Su experiencia, conocimientos, simpatía y proximidad al paciente, son sustanciales. Sostienen la calidad asistencial más perceptible por el paciente. No existe, sin embargo, la dotación necesaria para su reemplazo (ya exigible legalmente), y, con plena consciencia del problema, pero sin que tengan interlocutores con capacidad de resolverlo, ven con preocupación que pasa el tiempo sin que se haya contratado a personal sustituto, al que pudieran trasladar su saber hacer, garantizando así la calidad en la continuidad de su servicio. Cuando un colega recibe, por fin, la baja laboral por jubilación, los que aún no la tienen o no alcanzaron la edad, ven aumentada, sin más, su carga de trabajo. No pueden ser sustituidos en igualdad por jóvenes de segundo o tercer año de las escuelas de enfermería, ni siquiera por recién egresados sin experiencia suficiente. Es imprescindible un programa serio de reemplazos. Los pacientes están sufriendo, y sufrirán aún más, las consecuencias. Los profesionales, también, porque se les confronta con situaciones de estrés evitables.

Tercero.- Los equipos físicos no son sometidos, con la regularidad exigible, a los programas de mantenimiento preventivo o paliativo adecuados y, algunos, están señaladamente obsoletos, deteriorados, o no se corresponden con la máxima calidad tecnológica del momento. En consecuencia, no siempre las exploraciones realizadas a los pacientes tienen la calidad requerida, se obtienen datos confusos o equivocados, algunas máquinas están colapsadas y otras esperan sine die la revisión que las vuelva a poner en uso.

Cuarto.- Existen salas en donde los pacientes a la espera del tratamiento se hacinan, en espacios manifiestamente insuficientes. Es una situación variable, según especialidades: algunas, en condiciones que no dudo en considerar tercermundistas, es decir, dramáticas, generadoras de tensiones y malestar, cuando no afectando a las necesidades de intimidad que exigen las exploraciones médicas. Aquí se detecta también, junto a la escasez de medios, la necesidad de coordinación. Cierto que se advierten esfuerzos (variables según las autonomías, pues no hay que olvidar que la atención sanitaria está transferida) para conseguir la informatización total de los servicios, de las citas, del control asistencial, de las operaciones, de los ingresos y estancias hospitalarias…pero falta una supervisión médica (reforzada por un equipo multidisciplinar con capacidad y experiencia), pragmática, inteligente, para evitar duplicidades, esperas, repetición de ensayos innecesaria; en fin, para coordinar recursos y alcanzar la  eficiencia óptima, relacionada con el máximo bienestar y la menor carga emocional de pacientes, acompañantes…y sanitarios.

Quinto.- Es necesario hacer referencia, en estas notas, a la investigación oncológica española, al tratamiento de la información disponible y a la coordinación de los centros hospitalarios y los de investigación. Se debe actuar, al menos, a nivel español, aunque sería deseable oficializar la relación con centros internacionales, confiada hoy a la inquietud e impulsos personales de los facultativos más concienciados de los efectos saludables de una buena coordinación sanitaria. La tremenda presión sobre los facultativos que están en contacto con los pacientes impide, o dificulta gravemente, el que puedan dedicar tiempo a la búsqueda de información, atender a su propia formación (en un sector que perfecciona métodos y tratamientos casi a diario), sin depender casi exclusivamente de las presiones o consejos de las farmacéuticas , y, aún peor, sin encontrar respuesta general a la exigencia de coordinar la investigación y centralizar y potenciar el sereno análisis de los millones de datos que se acumulan en los expedientes sanitarios. Cierto que tenemos figuras cualificadas y reconocidas, incluso mundialmente, pero me estoy refiriendo a la necesidad de impregnar todo el sistema sanitario, especialmente en lo oncológico, de un espíritu común, y hacerlo de manera oficial, reglada, no confiándola a los impulsos personales -originados por su deontología propia-, de los profesionales, que, por su naturaleza, serán de alcance limitado.

Me consta el esfuerzo que se está haciendo por parte de una mayoría del personal facultativo. No quiero, además, que se interprete que este mensaje de urgencia, implica -sensu contrario- ensalzar la atención privada respecto a la pública. En absoluto. Al contrario. Tenemos una sanidad pública excepcional, y, en general, mejor que la privada: en experiencia, cualificación, atención, medios, y dedicación facultativa al paciente.

Los centros hospitalarios, además, no son hoteles y lo que deben ofrecer es, ante todo, asistencia para la curación de enfermedades y dolencias, material quirúrgico, tratamientos avanzados, etc. Valoro, por supuesto, el que la habitación en donde tengo que tratarme o recuperarme de una intervención fuera individual y que mi cama (tal vez con el sistema elevador en malfuncionamiento) sea ubicada en una sala múltiple, separada de otras con mamparas o sábanas, que los servicios sanitarios estén inmaculadamente limpios a cualquier hora del día, que se encuentren libres de cucharachas y dípteros (y, de un elenco de bacterias patógenas), y me encanta, claro que funcionen los dispensadores de jabón y haya papel en ellos. Aplaudiría que los ascensores que me llevan a las plantas no se encuentren permanentemente colapsados, la siñaléctica sea actuaizadal y precisa y que las cabinas donde debo prepararme para la exploración no estén en los pasillos.

Pero eso no es tan importante como que el hospital donde me atienden de mis dolencias tenga un personal facultativo de primera línea y con equipos modernos e información totalmente actualizada. Al menos, cuidemos eso. Presionar para que la calidad asistencial sanitaria no se desplome es responsabilidad de todos, no solo de los pacientes; desde luego, no solo de los sanitarios.

Buen día del cáncer, amigos,

 

Publicado en: Actualidad, Sanidad, Sociedad, Tecnologías Etiquetado como: cáncer, dia, hospital, oncología, pacientes

Adela Cortina, Antonio Garrigues y la dinámica Knowsquare

3 febrero, 2017 By amarias Deja un comentario

 

El 31 de enero de 2017 tuvo lugar la entrega de los premios que concede la plataforma KnowSquare desde hace seis años. Esta invención de Juan Fernández-Aceytuno acumula ya diez años de existencia, con una trayectoria saludable y abierta. Se recuperó para el concreto acto, la Fundación Museo Lázaro Galdiano que, aunque de aforo claramente insuficiente para el número de miembros, amigos y simpatizantes -además de los responsables editoriales y galardonados- es un marco excelente para cualquier celebración, al que contagia de su encanto y trayectoria propias, que su directora, Elena Hernando, sabe potenciar con su elegancia discreta.

Se concedió el premio a la «Trayectoria divulgativa divulgativa ejemplar 2016» a la catedrática de Etica, Adela Cortina, que entusiasmó a los asistentes con una alocución, expuesta de memoria, simpática y, al tiempo, personal y profunda. «El cerebro humano -precisó- es un narrador de historias, no solo un procesador», y la autora de La ética mínima, apoyó que «la ética es rentable para las empresas a medio y largo plazo», para terminar recordando a Ortega: «El tigre no puede destigrarse, pero el hombre sí deshumanizarse».

Fue seleccionado como Libro del año de Empresa (Gestión empresarial), publicado en español, «Negociar lo imposible». de Deepak Malhotra. Malhotra es conocido por otros best sellers, entre los que destaca «Yo me he comido tu queso» (en inglés; I moved your cheese (2003), publicado en España también por Ed. Empresa Activa/Urano, 2011). Con un título elegido como respuesta a una obra ajena, «¿Quién se ha llevado mi queso?» (1998). de Spenser Johnson, el premiado ya abordaba la cuestión de salirse de los caminos trillados, potenciar la imaginación y las soluciones propias, distintas, no exploradas, en lugar de moverse por los laberintos mentales ajenos.

Se premió también a un colaborador de KS, el ingeniero industrial José Enebral, por un artículo publicado el 4 de abril de 2016, «Del liderazgo y conversación», en la que defiende la «importancia de comunicar sin incurrir en sobreactuaciones». Leído hasta el momento ya 2194 veces es una prueba de la amplia difusión que alcanzan las ideas expresadas en la web de esa atractiva forma de compartir ideas, soluciones, formación, ilusión y proyectos. (Enebral tiene 39 trabajos publicados, de los que varios superan las 15.000 lecturas).

El acto contó también con una participación ya consagrada como habitual, la de Antonio Garrigues que, con la fluidez con la que hace atractivos mensajes de apariencia sencilla, pero intensos, nos advirtió de que «lo de Trump no es, como muchos creen, el principio de una era, sino el final». Una reacción a la apertura en apoyo de la globalización, al compromiso social, a la preocupación por la mejora de las condiciones de los desfavorecidos, que representan Obama, el papa Francisco y otros líderes mundiales. Hay que estar preparados para resistir, porque vienen malos tiempos.


Un invierno con períodos cálidos ha propiciado que se estén formando ya algunas parejas de aves. Estos petirrojos, casi ocultos entre el follaje, preparan su nido, entre arrullos de mutua complacencia. A ratos, aunque especialmente al amanecer y ya en la oscurecida, con obstinada actitud, el macho advierte de su propósito de defender el territorio contra propios y extraños con cantos que resultan melodiosos e intensos.

La capacidad de camuflaje del petirrojo es sorprendente. Podemos escuchar sus trinos, sonando muy cerca de nuestra posición, y no conseguir verlo hasta que, de pronto, levanta un  corto vuelo hasta el murete, poste, valladar o espesura en donde se sentirá momentáneamente confortable para proseguir con su cantata.

 

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Cómico o ridículo (10)

1 febrero, 2017 By amarias 2 comentarios

Si dedicamos un tiempo a hacer repaso a nuestra existencia, surgirán multitud de episodios (algunos de los cuales creeríamos tener sepultados en el olvido) en los que fuimos protagonistas. No me refiero a momentos en los que asistimos a un espectáculo musical, político o deportivo junto a otros miles de individuos -siempre que no nos encontráramos en el escenario o en el terreno de juego y en tanto no hubiéramos tenido un papel destacable-. Descartemos, en fin, todos los momentos en que no tuvimos el foco de la atención de los demás puesto sobre nuestra acción, para bien o para mal.

No habiendo tenido relevancia pública en ninguna de las ocupaciones a las que entregué mi vida hasta hora, mis anécdotas son mínimas, Solo espero que estos relatos atraigan la atención, al menos, de los amigos, y sirvan de algún divertimento a quienes no me conocen.

Mis aficiones literarias me han proporcionado algunas satisfacciones -escasos premios y cariñosas palmadas en la espalda-, aunque también me atrajeron decepciones y, en estricto sentido, tampoco faltaron las que me pusieron en ridículo. Una de las más tempranas ocasiones de dejarme en cueros el orgullo tuvo como colaborador a Carlos Bousoño, poeta consagrado cuando yo andaba coronando mi adolescencia.

Como su hermano había sido compañero de estudios de mi padre y todos tres, amigos en su época, se me brindó la oportunidad de enviarle un librito de poemas que yo tenía terminado y que había titulado «Diversas intimaciones a las formas».  Dirigía por entonces, en dura competencia, una tertulia poética en Casa Noriega (Oviedo) en la que poetas, musas y sufridores oyentes leíamos/escuchaban versos propios y ajenos y nos calentábamos la imaginación con vino peleón y cacahuetes.

Sintiéndome espléndido para compartir tamaña ocasión de prestigiarnos, invité a Tomás Recio, Elías Escobar y José Antonio García Mallol, que también eran vates, a que incorporaran, a la mía, una selección de sus mejores poemas y, con una carta de acompañamiento y el conducto del otro Bousoño, le pedimos a D. Carlos que nos prologase aquella cosecha. Por supuesto, el escoger los versos que configurarían el libro nos llevó varias reuniones y discusiones acaloradas, hasta que el producto nos satisfizo, teniéndolo, sencillamente, por genial.

Al cabo de un mes, más o menos, me llegó una carta del vate mayor que, si bien venía dirigida a mi nombre, abrí en presencia de todos en Casa Noriega, y lei en alta voz,  con emoción contenida. El tono era amable, pero el contenido era inequívoco: no le habían gustado nada nuestras elucubraciones.

Y lo que más dolió a los frustrados letrados- y a mí, más por reflejo del resquemor ajeno – es que me dedicaba más líneas que a ningún otro para desmenuzar mis formas de poetizar, para concluir con un: «Si tú, Arias, tuvieras varios versos como los mejores de este librito, te diría Publica ya»… De los demás colegas, ni mayor mención.

Recuerdo haber contestado a vuela pluma con algunas insolencias, que no merecieron contestación y, aunque seguí escribiendo poesía -debo tener más de mil poemas escritos y once libros en barbecho-, solo publiqué uno: «Absueltos de todo don, diversas intimaciones a las formas». Aunque el Colegio de Ingenieros de Minas del Noroeste adquirió toda la edición -más de mil ejemplares, para distribuirla entre sus colegiados, consiguiendo así mi permanente calificación como «el poeta»-, rescaté unos diez para dejárselos en depósito a María jesús Polledo, regente ilustrada de la librería que lleva su nombre, para que los pusiera en el escaparate a modo de tenderete captador de atención ajena y preparar una segunda edición que me lanzara al estrellato literario.

Nada más supe de  los diez libros. supongo que sepultados bajo los miles que se publican cada año. Sin embargo, la editorial KRK indica que el librillo está agotado, pero hay un ejemplar, «dedicado por el autor», que se vende en e-bay por ¡23 euros!. Si no tuviera cosas mejores en las que emplear mi dinero, lo compraría, solo para saber quién es el/la destinatario de la dedicatoria que puso tan alto precio a mi pluma.

En 2009, animado por la sencilla opción de publicar lo propio que concede Bubok, el invento empresarial de Angel María, publiqué en esa plataforma los 350 comentarios que habían formado parte de mi blog Al socaire, que tenían todos ellos como principio de su título la preposición «Sobre,,,», así que lo titulé: «Ensobrados». Si pensaba en un éxito literario abrumador, la realidad me hizo volver a la razón: se vendieron dos ejemplares. Uno, a mi hijo Miguel y otro, a mi amigo Pedro Pablo Iglesias.


Todo el mundo distingue a las cigüeñas y los niños de generaciones anteriores a la mía -ésta incluida- estábamos convencidos de que traían a los niños desde París, que era una ciudad alejada y, por tanto, misteriosa, en la que imaginábamos había un ejército de bebés y aves voladoras. Ahora resulta que las cigüeñas han abandonado ese trabajo que, aunque no estaba remunerado, les daba prestigio, para asentarse entre nosotros, ocupando a miles agujas de catedrales e iglesias, torres de castillos y palomares en ruinas, postes eléctricos y hasta árboles de envergadura.

Se alimentan de ranas, reptiles, moluscos, y residuos arrojados a los vertederos, en competencia, en este caso, con gaviotas y otras aves de regular tamaño. En el caso de los estercoleros denominados «controlados», las máquinas que recubren continuamente los desperdicios orgánicos con tierra solo les conceden unos minutos el acceso a la porquería que les sirve de alimento; pero, por fortuna para todos estos animales a quienes la civilización humana les ha dado categoría de «oportunistas», son muchos los estercoleros salvajes desparramados por la geografía, en los que pueden nutrirse y, en casos desgraciados, encontrar su fin atragantados con una bolsa de plástico o cortado su vuelo por un tendido eléctrico sin balizar.

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