Al socaire

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Cultura de ofensa

30 noviembre, 2018 By amarias 4 comentarios

Pertenezco a una generación de españoles que tuvimos  que examinarnos de Historia Sagrada y Formación del Espíritu Nacional. Estudiamos Filosofía y Latín (habiendo elegido la rama de Ciencias) y hubo que superar un examen de  ingreso y dos reválidas, asi como dos cursos selectivos en una Escuela técnica Superior, a la que fuimos con traje y corbata y en donde nos pasaban lista. Al entrar el profesor nos poníamos en pie y lo tratábamos de Usted y por su nombre de pila, precedido de Don o Doña.

Pasaron muchos años hasta que hubo televisión en casa, se superaron los cortes casi diarios de agua y luz o  la cocina dejó de ser de carbón, el sereno guardaba la llave del portal y el cartero hacia sonar su silbato tantas veces como fuera la altura del piso donde residía el destinatario de la carta.

Casi todos los días de la semana -domingos incluidos-eran distintos, por razones impredecibles.

Si, hice la Milicia Universitaria, juré bandera y tuve mis prácticas como alférez en Palma de Mallorca, en donde enseñé inglés (y a manejar el Mauser y el Cetme, de paso) a reclutas de varias regiones españoles; sobre todo, catalanes e isleños de las Baleares, entre los que hice algunos amigos que conservo.

Crecí y consumí la juventud en una dictadura y, aunque luego me enteré que nos faltaban muchas libertades, no las eché de menos. No tenía mucho tiempo para elucubrar sobre mundos mejores ni información para valorarlos.

Fue hacia 1968 cuando descubrimos que en otros países de Europa gozaban de ciertas ventajas, que tardamos en clasificar entre importantes, falsas o, simplemente, circunstanciales.

Si, estuve en manifestaciones callejeras, evité enfrentamientos con los “grises “, organicé asambleas, participé en la creación de un sindicato de profesores, fui presidente de una Asociación universitaria, leí a Mao, Marx, Bakunin o Gramsci, …, hasta hartarme de rojerío. Ah, y tengo una Biblia en la mesita, entre otras decenas de libros aptos para la duermevela.

¿A qué viene todo esto (y más que podría contar)? Pues para dejar manifiesto que he sido conformado, a trancas y barrancas, en la Cultura del respeto a las creencias y devociones de los demás. De tanto ajetreo, incluidos decenas de viajes fuera del país y un sexenio en Alemania, me quedó un poso de escepticismo acerca de los maximalismos, las soluciones mágicas y las creencias intangibles.

Cuando percibo que lo que ahora se pretende apoyar como forma de estar saludable y contagiosa es la Cultura de la ofensa, de la descalificación sin fundamento, de la protesta sin razones, me siento desplazado. Suelto.

No, no me ofende exactamente (no sería la palabra adecuada) que un cómico oficial se suene de mentirijillas sus mocos en la bandera que representa a mi Patria; no me enzarzaré a puñetazos con energúmenos que creen hacerlo bien pitando el himno de España o a su Jefe de Estado, antes de un partido de fútbol o al comienzo de un acto oficial. No sacaré mi rabia a pasear por advertir cómo independentistas de salón insultan a los que no piensan como ellos, ni mesaré mis cabellos en trance bíblico cuando percibo que nuestros representantes políticos se dedican a insultarse en lugar de reflexionar seriamente acerca de cómo generar empleo y riqueza.

No me ofende, porque me he instalado en la Cultura de la Defensa. De los valores, de la tradición, de la Patria, de la solidaridad, del empleo, de la creatividad, de la investigación, del respeto.

Si, también de las instituciones, de la Jefatura del Estado, de las gentes que proyectan imagen positiva, moderna y eficaz de España. Si, también de Fuerzas Armadas concienciadas y bien pertrechadas, de la Universidad eficiente y abierta, de la empresa dirigida por ejecutivos concienciados con el valor social, ambiental y económico, de los emprendimientos.

En el fondo, lo que hago es ponerme del lado de lo valioso que tenemos. Desconfío de los que nos jalean para que lo destruyamos o quieren avergonzarnos despreciando y tratando de destruir lo que  merece la pena defender, porque forma parte de nuestra naturaleza, de lo que somos.

De esa forma, me justifico a mi mismo, me realizo en la coherencia de lo que quiero mantener como propio, junto a los que amo y respeto.

 

Publicado en: Actualidad Etiquetado como: defensa, empresa, esencia, fuerzas armadas, institución, naturaleza, ofensa, Patria, Universidad

Soy ese español

12 octubre, 2017 By amarias 6 comentarios

Soy ese español, nacido después la guerra incivil, cuando aún había cartillas de racionamiento. Que hizo la primera comunión y la mili. Que fue a un colegio o instituto en el que había  clases por la mañana y por la tarde y en los recreos jugaba al frontón y a los banzones.

Soy ese español que durante años  llamó irse de vacaciones a estar dos meses en el pueblo con los abuelos, en donde no había agua corriente. Ese español para el que cualquier viaje de más de cien kilómetros era una aventura apasionante.

Soy ese español que estudió con beca, que lloró de emoción cuando terminó los estudios. El español que estuvo y está orgulloso de tener amigos en casi cualquier lugar de su país, y que no tiene el menor complejo en referirse a el como su Patria, y que tiene en su despacho una bandera rojigualda con un escudo que representa las regiones de su territorio. Y una corona por remate.

Soy un español viajado, eso sí, que ha vivido en el extranjero muchos años y tuvo la oportunidad de recorrer el mundo, por cuestiones de trabajo y, también, de ocio. Soy ese español que siempre se sintió feliz de volver a casa, reencontrarse con los suyos, celebrar los éxitos de España, vinieran de un madrileño como de un catalán, de un andaluz como de un gallego. De mi pueblo como del tuyo, español que me leas.

Estos días he tenido desazón y vergüenza. Si, también, rabia, orgullo revuelto, calma y ganas de dar puñetazos y no solo en la mesa. He discutido con amigos y me he abrazado con desconocidos.

La culpa la tienen españoles que conozco solo por la televisión y que dicen que les he robado, que se sienten diferentes, que son más parecidos a los franceses que a mí. Que, por ser catalanes, y sin importar de donde provenga sus padres o sus abuelos, tienen derecho a separarse del resto de España y declararse República independiente.

Oigo las explicaciones de quienes dirigen esa región, y me asombro de su cortedad de miras, de su ignorancia, de su rencor hacia mi. Escucho a gentes de la calle, de esa región en la que tengo familia, amigos, socios, admirados colegas, que conozco como pocas de España, y no entiendo qué les pasa por la cabeza, por qué están tan engañados décimo funciona el mundo. Por qué nadie les ha enseñado bien economía, historia, geografía, derecho, sociología… Por qué creen que les irá mejor si se separan de mi. De todos los que no sean «ellos» y a los que une, según dicen creer, un brebaje que combina las vejaciones improbadas o fatuas de quienes no fueron siquiera sus antepasados con los desplantes y agravios inventados que crecieron y alimentaron con sus desvaríos.

En un espectáculo bochornoso, después de meses de lamentable escalada de decisiones más propias de un tercermundo que de la sociedad avanzada de la que creí formábamos parte, el govern de Cataluña ha declarado la independencia. ¡De nosotros! Han proclamado su firme voluntad de cortarse un brazo,  cortárselo, en una acción sacrificial al dios de la estupidez palmaria, a todos los catalanes, y, de paso, hacer todo el daño posible al resto de españoles, sus compatriotas.

En un acto de mentirijillas, a escondidas, falseando datos, despreciando la voluntad mayoritaria de los catalanes y atropellando el deseo, la ley, y el derecho de casi todos los españoles. Con la oposición y la incredulidad de prácticamente toda la comunidad internacional.

Hoy es la Fiesta Nacional. El 12 de octubre. Ayer, en un pleno del Congreso de diputados español, el Partido de Gobierno, Ciudadanos, y el PSOE, apoyaron requerir al Gobierno de la Generalitat que aclare si la declaración de independencia, ilegal, pero expresada de forma deliberadamente confusa, ha sido real o solo la manifestación de un deseo irrealizable.

Los representantes y voceros del separatismo, los anti-constitucionales  y revolucionarios, mientras agotan el plazo que ha empezado a correr, dicen que quieren diálogo. Siguen pretendiendo confundir -aunque cada vez con menos éxito- a los que quieran seguir su carrera hacia la autodestrucción, y deseen creer que encontrarán un futuro idílico y no el lecho seco del supuesto río de leche y miel que prometen profetas del engaño, rencorosos de mala leche, y ácratas de probeta universitaria.

Me duele decir que se tiene que aplicar, y ya, el artículo 155, de una Constitución que no voté, pero que he jurado y prometido muchas veces. Hay que suspender a ese Gobierno secesionista y convocar elecciones. No quiero que se separe ninguna región de las de España. Y quiero que todos nos sintamos  y vivamos siendo españoles, sin fronteras que nos separen.  Estoy dispuesto a perdonar a esos catalanes, sean cien mil o dos millones, que han dicho, votado o sentido, que no me quieren a su lado, que se ven distintos, un poco superiores a mi y a casi cincuenta millones de personas que estamos contemplando, atónitos, su deriva hacia el odio, la incomprensión, la revuelta.

Soy ese español. Y sé que tengo las razones para querer a mi país, llamarlo Patria, y sentirme más fuerte si estamos todos unidos. Trabajando por mejorar y no por destruirnos. No me dejo engañar. Tengo conocimientos y experiencia para desentrañar las falsedades y desenmascarar a impostores, visionarios de pacotilla, engatusadores, traidores. Como todos los que no quieran ver la realidad con anteojeras de sus propios intereses y el menosprecio a los derechos de los demás, forzando las leyes, incumpliéndolas, en búsqueda de su beneficio y a costa de pisar el esfuerzo comun.

En nuestro estado de derecho, tenemos todos cabida, respetando las leyes y respetándonos. Caiga el peso de la Ley sobre los que incumplan los pactos que garantizan la convivencia y la paz que nos permite crecer. Y si, estoy de acuerdo en que las leyes no son inmutables, que se pueden y deben cambiar para mejorar y adaptarse a los tiempos. Pero mientras están vigentes, son inviolables. Es decir, el que se las salte, las incumpla o desprecie, se expone a la sanción que la colectividad, a través de sus representantes legítimos, haya previsto.

Soy ese español, el que está convencido de que juntos somos mucho más y que hay razones de sobra para celebrarlo. Como tú.

 

Publicado en: Actualidad Etiquetado como: artículo 155, Cataluña, español, estado independiente, Patria

Patrias multinacionales

30 junio, 2017 By amarias

Me habían recomendado, desde diversos frentes, que leyera «Patria», de Fernando Aramburu, un éxito de ventas (best seller, para los anglófilos) en las Españas. Así que me apunté a la lista de proto-lectores de la bien surtida Biblioteca de Castilla la Mancha. Me llamaron al cabo de unas semanas para comunicarme que había quedado disponible un ejemplar y, aprovechando que Toledo siempre merece una visita, incluso con el sofocante calor, me acerqué a la ciudad imperial y recogí el libro.

Tenía, sobre todo, curiosidad. De Aramburu -prolífico autor, como aseveran las carátulas- solo conocía dos libros, que, desde mi petulancia crítica, juzgo desiguales: «La gran Mirivián» (infumable) y «Fuegos con límón» (más que notable).

Solo leí la cuarta parte de «Patria» (unas 160 páginas) y, a diferencia de lo que suelo hacer con la mayoría de los que alimentan mi voracidad lectora, no lo hice en transversal, sino de seguido. La novela está escrita en un estilo ágil, fresco y, por tanto, resulta entretenida para quien busque evasión, aunque el tema sea tan áspero y dramático como glosar los tiempos oscuros de ETA y de Euskadi.

No es un libro de Historia, ni de comportamiento social. Es un libro de entretenimiento, en el que se entremezclan algunos personajes históricos con los de ficción y en lo que, eso sí, el contexto pretende recrear las tensiones que se vivían y viven en las familias de esa región española como consecuencia de la convivencia de familias de asesinos y de asesinados.

Mi esposa, que posee la necesaria resistencia para enfrascarse con obras de otros, leyó «Patria» entera y me hizo el gran favor de resumirla, con la variedad de matices y colores que una empedernida e inteligente lectora como ella es capaz de dotar a su recensión.

Quizá deba responder a la pregunta de por qué no la lei yo mismo entera. En primer lugar, porque nos habíamos propuesto devolver a la Biblioteca el libro antes de volvernos a Madrid el lunes y tuve otras tentaciones para el fin de semana; la fotografía del macho de oropéndola con la que ilustro este comentario es prueba de ellas. Y en segundo lugar, porque no me apeteció.

El «Patria» de Aramburu se me descubrió una obra oportunista, más que oportuna. Tiene un aire de «dejà vu» (perdón por la pedantería francófona) , o mejor dicho, «dejà lu», que equivale a «dejà vecu» (ya vivido). Presenta dos familias que viven y sufren en Euskadi, con un pincel austero, manteniendo cierta distancia emocional, aunque ese ardid literario no excluye que nos sintamos suficientemente enterados de por qué actúan, o han actuado los protagonistas del drama.

Un drama, el del País Vasco (las provincias vascongadas, para los escolares de los cincuenta y sesenta), que los mayores de este país hemos vivido con gran intensidad y que, para quienes habitaban en esas tierras de España, supuso tener que convivir durante décadas con la opción de estar junto a los asesinos o ser caracterizado como víctima propiciatoria.

Si tienen tiempo, léanse Patria. Los más ancianos de esta tribu no descubriremos nada nuevo, y seguramente echaremos de menos en el prolífico y ágil Aramburu, ya que se puso a ello, algo más de análisis crítico. Aunque posiblemente, no le corresponde a él, profesor de filología, hacer de historiador neutral de un período oscuro, miserable y tremendo de la postguerra civil de 1936-1939, que se convirtió en un pulso despiadado contra el Estado de derecho.

Patria, que es una novela, tiene pretensiones de no serlo. Desde esa intención de autor, podría ser caracterizada como una crónica reducida de episodios que se han sufrido con mucha más intensidad que comprensión en esta región de nuestra Patria mayor que es España.

Solo que ahí se revelaría su carácter falsario, porque el episodio real, del que toma sus principales buches literarios, es aún una crónica abierta. No habrá, espero, nunca más muertos injustos por paisanos del mismo pueblo y raíces (España), convertidos en asesinos a sueldo de intereses bastardos, enmascarados con la idea metafísica -patafísica- de que existe una Patria propia, una nación distinta a las demás, un pueblo singular, una Historia peculiar incrustada en el paisaje y el paisanaje colectivos.

Oigo hoy los gritos que se profieren desde Cataluña, por parte de algunos iluminados, en defensa de una Patria propia, una nación distinta a las demás, un pueblo singular, una Historia peculiar incrustada en el paisaje y el paisanaje colectivos, y un escalofrío me recorre la espina dorsal.

Yo quiero que seamos todos españoles, y si oigo a algún nacionalista de esas patrias pequeñas, decirme con aire condescendiente que Asturias, la región donde nací y tengo entronque familiar por muchas generaciones, también es un país, me sacudo de encima el incienso, porque yo desearía que avanzáramos hacia lo que nos une y haría solidarios, y no que nos enviciáramos en lo que nos hace pequeños, hurgando en aquello que creemos nos hace supuestamente más valiosos.


Estoy orgulloso de esta foto de oropéndola, que es fruto, como casi todas las instantáneas de aves, de la paciencia y de la suerte. Estos pájaros vistosos, espléndidos, que no tienen problema en delatar su presencia con unos gritos peculiares, son muy difíciles de descubrir. Se enmascaran en las copas altas de sus árboles preferidos y -¡no se podría creer!-, manteniéndose rígidos, se confunden con hojas iluminadas por el sol.

En bable (zona occidental) llamamos a las oropéndolas cirumbiellas, por la rapidez con la que realizan y cuelgan sus nidos, como lo harían expertas hilanderas. En la zona oriental de Asturias las llaman munchufriu, y por mucho que me estrujo el magín no entiendo las diferencias para designar un ave que es emigrante en la zona, pues llega a primeros de mayo y luego de la cría, se va a finales de agosto.

 

Publicado en: Actualidad Etiquetado como: Aramburu, asesinos, banda, cirumbiellas, ETA, Euzkadi, juegos, limón, Mirivián, munchufriu, nacionalismo, oropéndola, País Vasco, Patria, persón, reinserción

Algo por lo que ilusionarse

7 junio, 2014 By amarias 2 comentarios

«Por Dios, por la Patria y el Rey»,  han sido históricamente los tres conceptos sublimes por los que merecía la pena luchar y morir, al menos en las cristianas belicosidades que formaban el mosaico europeo de nacionalidades.

Ese mensaje trascendente fue recogido, de una u otra forma, en no pocos himnos y cánticos, pero pocos alcanzaron la rotundidad con la que se recogió el patriotismo, la religiosidad y la devoción al monarca que creían más legitimado para gobernarlos, con los que los carlistas festejaban la victoria de Oriamendi  1837) sobre los cristinos. Por esa triada superior «lucharon» (en otras versiones, incluso se dice, «murieron») «nuestros padres/ por Dios», y «por la Patria y el Rey/lucharemos nosotros también». (1)

Hasta en la guerra incivil española de 1936, un siglo más tarde, la arenga fue incorporada sin reparos por el bando sublevado -luego triunfador-, y luego sería cantado, no solo como himno de los requetés, en institutos y colegios de la postguerra por inocentes criaturas dirigidas sus voces por otras adultas nada inocuas («Cueste lo que cueste/ se ha de conseguir/ que los boinas rojas/ entren en Madrid»… «defendiendo todos juntos la bandera de la santa Tradición»).

Tiene que ser decepcionante,  si queda en nuestro convulso país alguien idealista, que esos tres conceptos no solo hayan caído en desuso como elemento inspirador de los ánimos y los cánticos, sino que hayan sido  sustituidos por otros sin el menor misterio.  Porque ni «la roja», ni «Ronaldo», ni «Shakira» ni «Beyoncé» (cito al azar) o cualquiera de esos ídolos de carnes y huesos que mueven el fervor de los jóvenes, tienen el encanto poético de un Dios omnipotente, una Patria ahíta de hazañas bélicas contra pérfidas albiones, califas malandrines o caudillos impíos.

Por no decir de un Rey, al que Dios salve, que represente el aglutinante, el liante pegamento que relacione las dos esencias anteriores, conectando la vulgaridad doliente con lo que es inalcanzable, abstracto, metafísico, poniendo poesía y magia de la buena a la monotonía de nuestras vidas.

Un grupo de jóvenes universitarios parece haber encontrado una vía de ilusión en las elecciones europeas de mayo de 2014. El análisis serio y ponderado, realizado por mentes sesudas, de lo que pretenden, ha revelado que su programa -o lo que fuera- es irrealizable, por costoso y por utópico.

No se han dado cuenta estos sensatos, que los símbolos que han movido a la humanidad son, justamente, intangibles, etéreos, inextricables. Lo que necesitamos es algo por lo que ilusionarnos. Cuanto más incomprensible e inexplicable, mejor.

—

(1) Pertenecí durante cierto tiempo al grupo de chavales incompetentes (para entender de tradiciones) que creían incluso que ese era también el himno de las «tropas rojas» que querían volver a entrar en Madrid, después de haberlo perdido para la República, pues hasta tan punto se nos había teñido de rojo todo lo que no era franquista.

 

Publicado en: Economía, Política, Sociedad Etiquetado como: 1837, 1936, Dios, fin, ilusión, inextricable, Monarquía, objetivo, Oriamendi himno, Patria, República, rey

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