Al socaire

Blog personal de Angel Arias. La mayor parte de los contenidos son copy@left, aunque los dibujos, poemas y relatos tienen el copy@right del autor

  • Inicio
  • Sobre mí

Copyright © 2026

Usted está aquí: Inicio / Archivo de Actualidad

De blunt to smart city, una guía para dummies (8)

13 mayo, 2015 By amarias Deja un comentario

Si el lector está de acuerdo con las reflexiones anteriores, convendrá conmigo en que las líneas teóricas maestras de una estrategia para la Smart city, no son, en realidad, dependientes del tamaño, ni siquiera del tipo de ciudad (abierta, cerrada, de servicios, industrial, etc.).

Pero la elección de las prioridades en su implementación, y su ajuste fino,  depende estrechamente de la situación particular de la población que ocupa cada barrio y el equipamiento de que dispone, y exige una sensibilidad, a la vez, global y específica.

Me sucede aquí, al valorar este punto, algo parecido a la incongruencia que encuentro -perdóneseme que ponga la luz sobre uno de los celemines que me importan profesionalmente- se ha instalado en la defensa del ambiente que realizan algunos grupos ecologistas. Si la zona precisa generar riqueza y tiene recursos naturales que pueden ser explotados, ¿por qué ha de renunciar a hacerlo si sus habitantes están de acuerdo en asumir una cierta carga como consecuencia? ¿Tendrá más valor lo que les impongan desde fuera?

¿No será mejor analizar la forma en que se cumplen las medidas protectoras, antes que negar de plano cualquier acción? ¿De qué vale que un experto en no sé qué escuela ambiental diga a un foro de seguidores entusiastas, con eco mediático indudable, que es inadmisible que se explote un mineral o alguna característica natural de una zona, porque se perjudicará a la fauna, a la flora, al paisaje, a la orografía o a se contaminará el terreno o los acuíferos?  ¿Cómo se resolverá la dirección hacia la mayor pobreza o la necesidad de emigración de los habitantes que habitan en la zona en donde se localiza el recurso?

Solo combinando la sensibilidad global con la específica, y dando prioridad a una u otra, según la intensidad de la necesidad, se resolverá acertadamente el permanente dilema de saber elegir.

El número de habitantes de al ciudad, su distribución, su estructura social, y la existencia de masas críticas suficientes para que una implementación resulte viable o rentable socialmente, debe ser la línea rectora a la hora de elegir infraestructuras, equipamientos y tecnologías en el corto plazo.

En el medio y largo plazo, sin embargo, las medidas correctoras pasan a primer plano. Las necesidades de cada grupo social o cada barrio deben converger a un punto común, o estaremos haciendo trampa a los votantes de hoy en relación con la necesidad de cumplir objetivos en el futuro, que serán cada vez más distantes, más inalcanzables, aumentando la tensión social de la urbe.

No hace falta alardear de ser buen observador para poner en evidencia que esa dicotomía existe, y la crisis ha aumentado la distancia entre los que pueden permitirse y los que no. La solución es compleja, por supuesto, y seguramente, antes de implantarla a nivel general de la ciudad, corresponderá probar el efecto de la estrategia en algunos barrios de distintas ciudades tomados como ejemplo o conejillo de Indias. Por supuesto, siempre con transparencia y cuantificando los recursos que se han empleado o movilizado, para poder estudiar la eficiencia de lo conseguido en relación con lo invertido.

No me parece que la planificación de las ciudades haya tenido en cuenta, todavía, el efecto previsible del calentamiento global. Entiendo que eso es así, o porque no se lo creen los que deben adoptar las medidas preventivas o porque las dilatan hasta que ya sean inevitables, es decir, demasiado tarde. Hay ciudades españolas que deben considerarse especialmente amenazadas, y no veo que haya recursos dedicados al tema que demuestren que se están tomando las cosas en serio.

Cuando leemos sobre catástrofes «naturales» en zonas de países poco desarrollados, puede que sigamos pensando en que su torpe planificación, o la corrupción de sus estructuras, o la falta de inteligencia colectiva para explotar sus recursos, merezca el castigo de miles de muertes por tifones, inundaciones, huracanes o tsunamis.  ¿Vd. también? Yo, desde luego, no.

La reducción de elementos contaminantes es una obligación, a escala local y global. Sobre todo, a escala global. Pero, puesto que las medidas eficientes empiezan por lo que a uno mismo corresponde hacer, porque está a su alcance, las ciudades deben reaccionar de inmediato con el control exhaustivo de la producción de gases con efecto invernadero, y el estímulo a formas de fabricación más eficientes y menos contaminantes.

Las nuevas tecnologías aparecen como generadoras eficaces de empleos sostenibles (en el sentido, de compatibles con la protección del ambiente, la producción de recursos económicos nuevos y de bajo nivel de inversión, y, muy posiblemente, de estabilidad futura: al menos, una o dos de cada diez start-up se consolidan en cinco años; las otras nueve, desaparecen, llevándose consigo inversión y bastantes ilusiones). Sin embargo, no veo que haya debate sobre los empleos que destruyen: y una ciudad smart, y especialmente, una región y un país Smart, tienen que atender al empleo global.

En mi opinión, que expongo aquí de forma escueta (me parece que llevo escrito demasiado sobre el tema para el caso que se me hace al respecto), debemos prepararnos, y muy bien, para que los empleos de alta cualificación tecnológica desplacen, destruyéndolos, a muchos empleos de cualificación media o baja. Que no se recuperarán jamás. Y, a diferencia de otras «revoluciones tecnológicas», esta vez no hay mucho sitio para vender la moto del desarrollo a países con recursos que vendan barato a cambio de equipos que compran caro.

El desarrollo local tiene, en este contexto, sus límites, que una ciudad no puede traspasar, sencillamente, porque no podría permitírselo, sin llegar a un endeudamiento, ese sí, insostenible. No me parece alarmante, ni para tirarse de los pelos colectivamente, si cada ciudad encuentra su sitio Smart.

Cuando voy de visita a algunos pueblos de nuestra geografía, y hablo con sus paisanos, no detecto que planteen necesidades caras ni insalvables. Necesitamos valorar la vida en el campo, asentar las poblaciones incorporando en ellas los elementos imprescindibles del progreso -relacionados, sobre todo, con las comunicaciones- y convencer a muchos jóvenes de la importancia de la filosofía, más que de la economía. En las ciudades Smart, la rehabilitación de edificios y la reurbanización de barrios es también una medida necesaria y saludable. La destrucción para volver a construir más sólido, mejor y más estético, es también un medio de avanzar.

En muchas ciudades alemanas, destruidas en la segunda guerra mundial (la primera no causó tanta ruina), han resurgido barrios «con aire antiguo» (Altstädte) que, en realidad, son nuevas casas y calles, más sólidas, con materiales mejores y buenos aislamientos, que se parecen mucho  a los que había antes.

Si se señalaran en el plano ciudadano los edificios que no conviene conservar -para, si hay oportunidad, generar en su solar otro de mayor valor estético y, sobre todo, energético y funcional- algo se habría avanzado. Ese plano debería tener otro, intocable, de aquellos edificios que conviene preservar: no porque estén catalogados en ninguna lista de Patrimonio Nacional o Local  -muchos sirven para dar nombre de antigua potestad a una ruina-, sino porque forman parte del perfil y carácter que sus habitantes quieren para su ciudad.

Por cierto, ¿ha habido alguna encuesta sobre el valor que se da al perfil de Madrid, desde distintos puntos de vista?

En fin, la confección de un banco de datos extenso, dinámico, que vincule las variables de análisis con el territorio y la población, es una herramienta de trabajo imprescindible de un buen representante público. Si hasta ahora, pudiendo, no han sabido hacerlo, no deberían merecer confianza de que, de pronto, se caigan del caballo. Y si no estaban en el poder y pretender alcanzarlo, ya es hora de que nos indiquen por dónde van sus preocupaciones, mejor dicho, qué proponen para resolver las nuestras, las de todos y, en especial, las de la inmensa mayoría, que sigue siendo, en mi opinión, silenciosa.

(continuará)

Publicado en: Actualidad, Sociedad, Tecnologías, Urbanismo Etiquetado como: smart city

De blunt to smart city, una guía para dummies (7)

13 mayo, 2015 By amarias Deja un comentario

En algunos análisis comparativos que se están ya realizando en la Unión Europea respecto a las ciudades Smart y su camino hacia la excelencia supina, se están separando, como ajenas a la dinámica, las capitales de los Estados. Encuentro en esa actitud una lógica que es fácil compartir, e incluso, extender a las grandes ciudades.

Desde una confusión inicial, que pretendía igualar todos los modelos, se está clarificando la interrelación, incluso la dependencia, entre el desarrollo demográfico y la estructura social de las ciudades  y la viabilidad del concepto genérico de ciudad Smart.

Es imprescindible referir el esquema de ciudad a una determinada tipología de desarrollo demográfico: hay ciudades cuyos límites urbanos están definidos y sobreexplotados; otras se ven abocadas a un crecimiento vertiginoso, al haberse constituido como polos de atracción; hay algunas que vivieron un pasado esplendoroso (por ejemplo, ligado a una actividad minera o industrial que ha desaparecido o reducido dramáticamente su explotación); en otras localidades, sucede lo contrario: la implantación de una nueva vía de desarrollo con fuerte empuje las hace vivir un momento de gran dinamismo.

La clasificación básica puede ser discutida, sobre todo académicamente, por demógrafos y especialistas en urbanismo. Mi posición es ecléctica, y me siento más inclinado a caracterizar las ciudades según bases empíricas, según cuáles sean los puntos débiles o fuertes de variables como las que recojo a continuación:

a) espacio libre disponible, estado de los edificios (tanto los de habitación como los monumentales o históricos, así como los de uso administrativo); y todo ello, ligado al análisis del crecimiento poblacional, su composición por clases de ingresos, tipos de edades, etc.

b) estado de las redes de suministro básico: agua, recogida de residuos, energía, redes de comunicación, y esto relacionado con el coste de los servicios y el nivel de calidad de los mismos. Sin hacer trampas, por cierto: valoración real de las características de cada servicio, necesidad de inversiones y reparación de redes, mantenimiento de las mismas, coste de ampliar el acceso al nivel deseado a toda la población, y no solo a las élites.

c) valoración del tráfico y movilidad en la urbe, vinculado al coste individual y global del mismo, estudiando por qué se produce, en qué momentos, y modelizando y sacando consecuencias de múltiples opciones: más aparcamientos subterráneos, limitación de acceso a ciertas zonas, peatonalización de otras, etc. La gracia de este análisis debería consistir, no en adoptar en su consecuencia medidas similares a las de otras ciudades, sino estudiando el coste-beneficio y en particular, el beneficio marginal de las mismas. ¿Para qué serviría, por ejemplo, un parque subterráneo en el centro de una ciudad? ¿Se analiza la eficacia de otros situados en puntos que podrían alcanzarse, por la dimensión de la ciudad, desde otros lugares? ¿Se ha valorado el efecto sobre el tráfico de autorizar a cada uno de los grandes almacenes del centro que tengan un parque subterráneo?

d) empleo de las tecnologías de comunicación avanzadas. Muchas ciudades se jactan de tener zonas wifi, desgraciadamente para los potenciales usuarios en lugares que suelen estar bastante alejados de los que el visitante tiene en mente. Si las zonas wifi están pensadas para el habitante de la ciudad, debería analizarse por qué hay tantos bares, cafeterías y restaurantes (además de hoteles y pensiones) que garantizan «libre acceso». ¿A qué velocidad, con qué fin, con qué garantías de seguridad? Me suelo fijar en el empleo que realizan en las bibliotecas y centros públicos los usuarios de los puestos gratuitos de conexión a la red que hay en ellos. Aconsejo que se haga el análisis de su verdadero rendimiento y utilidad (sin vulnerar, claro, la confidencialidad).

e) situación específica de la demografía de la ciudad en relación con las dependencias económicas y las necesidades sociales. Este punto es capital, puesto que, si bien las ideas generales son válidas para todas las ciudades, la forma de su implementación no puede trasladarse, porque debe hacerse la valoración para cada barrio, cada zona, cada distrito, de la urbe. El asunto es tan importante que puede suceder (de hecho, sucede con absoluta frecuencia) que algunas zonas de la ciudad respondan al concepto Smart, pero el conjunto diste mucho de serlo.

Cada uno de los barrios de las ciudades responden a diferentes esquemas de implementación, demandas sociales, ritmos de vida, tipo de trabajo etc., que están relacionados con el poder adquisitivo medio de sus habitantes, con su formación, con la decadencia del atractivo de la zona (o su auge), etc.  Si la sociedad del futuro se desea que sea más armónica, en el sentido de más uniforme, habrá que dotar a los barrios más pobres y menos equipados de mejores equipamientos de servicio, elementos de disfrute gratuitos y atención pública que a los más ricos, para que esta oferta distorsione -justamente, no potencie- el foco de atracción previo.

Por el contrario, si se desea, como así parece (perdóneseme el aparente cinismo) que profundicen en su marginalidad, abandónense a su suerte, descuídese el cuidado de sus servicios públicos, restrínjase la vigilancia policial, tolérese como inevitable la implantación de la prostitución, los clubs de alterne, hágase caso omiso de los lugares de reparto de droga, del chabolismo y, por decir más en la misma dirección, llévense a los barrios más distanciados de lo smart, las escuelas públicas con bajo presupuesto y sobreocupación, póngase los hospitales y centros de sanidad, lo más lejos posible de ellos, instálense rotondas con monumentales esperpentos en lugar de parques y zonas verdes y, por supuesto, anímese -haciendo la vista gorda a la inoperante legislación- a que los talleres y fábricas contaminantes se mantengan en las cercanías de los edificios colmena con vistas a las chimeneas.

(continuará)

 

Publicado en: Actualidad Etiquetado como: smart city

De blunt to smart city, una guía para dummies (6)

12 mayo, 2015 By amarias 1 comentario

Cuando escribo esta serie de comentarios, España se encuentra en período de campaña electoral, puesto que el 24 de mayo de 2015, se deberán elegir nuevas corporaciones municipales y se decidirá la composición de la mayoría de los parlamentos autonómicos (salvo en Andalucía, Galicia, Cataluña y País Vasco). Magnífica ocasión, pues, para que los debates de los que se postulen como candidatos giren en torno a propuestas sobre modelos de ciudad o de región.

No es tan sencillo, desde luego, improvisar en unas pocas semanas las ideas que han de movilizar el voto de los indecisos que, en España, como sucede si se analiza una tendencia creciente en Europa, van siendo mayoría. Lamentablemente roto el bipartidismo -en el apacible sentido de dos grupos políticos fuertes que basculen en torno a la idea de centro, pero con la dirección puesta hacia adelante-, el panorama se presenta complejo. No quiero decir con ello que no sea interesante, pero la dificultad de alcanzar consensos en nuestro país, abre demasiadas incógnitas acerca de lo que será viable en coalición de partidos, pues se perderá mucho tiempo (siempre tan valioso) en llegar a acuerdos que se puedan presentar por los líderes de los partidos como logros particulares, en lugar de pensar en poner rápidamente de manifiesto los puntos comunes que permitan avanzar.

En las elecciones locales, soy de los que se han dejado guiar, en prácticamente la mayoría en las que participé, -y lo digo para bien como para mal- por el perfil personal de los candidatos que figuran en primera línea de las listas. Analizo sus currícula, sus trayectorias personales, más que los programas de sus partidos o agrupaciones, puesto que parto de la base escéptica, pero experimentada, de que la dinámica de los acontecimientos arrumbará las intenciones programáticas, sepultándolas en un posibilismo, esto es, en las actuaciones que señalará la coyuntura económica.

No pocas veces he rechazado votar una lista porque conocía -o creía conocer perfectamente- a algunos de los que se postulaban para defender intereses generales, a los «que había conocido ciruelos»: entiéndase, tránsfugas de otros partidos o defensores de incendiarias ideologías, portavoces ocultos de intereses familiares o personales incompatibles con lo que pretendían defender, …o cínicos con don de palabra o de gentes que, en campaña, daban apretones y abrazos a cuantos se ponían delante llamándolos de amigos de toda la vida, o no se contenían en ser adeptos y fieles de toda la vida a opiniones, criterios y posturas que eran justo lo contrario de lo que habían hecho o creído  hasta entonces.

Desconfío de los que ofrecen crear muchos puestos de trabajo, mejorar lo que lleva tiempo sin arreglarse, poner bozales (es un decir) al gran capital, subir o bajar muchos de los impuestos, impulsar la cultura y las artes, motivar a los parados a que se hagan autónomos, ampliar parques y zonas verdes o mejorar el ambiente con introducción de más medidas coercitivas contra lo infractores.

No es que no me guste, claro. De las buenas ideas, como decía aquel campesino del cuento al que le preguntaban qué parte del cerdo le gustaba más, respondo que me gustan «hasta los andares». Pero una cosa es predicar, y otra, dar trigo.

Y en eso de la agricultura, como en política, hay que contar con el terreno adecuado, sembrar a tiempo, fertilizar los campos, cuidar los plantones, vigilar las plagas y no excederse con los insecticidas ni fungicidas (mejor, si son ecológicos) , contar con que haya bastante sol pero no hiele, desear que  llueva lo justo y en sus momentos, y, desde luego, saber esperar…pero no dejar pasar la época dela recolección, pues se perderá la cosecha que, por supuesto, ha de tener quién la compre y la valore en su calidad y precio, para que la inversión no sea un fracaso.

Me aburre que en los debates se esté dando tanta importancia a la corrupción (realidades y sospechas) y a las entretelas oscuras de los candidatos principales y sus compañeros de lista. No soy indulgente con los corruptos, pero no soy tan cínico como para no saber entender que esta sociedad, como todas, se mueve con un poso de corruptelas, amiguismos y avideces personales que, cuando no son vigiladas, dan lugar a aberrantes malicias en algunos grupos y personales. No es, para mí, parte del debate sobre el futuro, ahondar en lo que algunos han acaparado para sí, utilizando malas artes, comisiones exigidas para ser objeto de contrataciones públicas o posiciones de privilegio junto a la caja de los dineros.

Porque una ciudad Smart, ha de ser, ante todo, regida con honestidad, para que pueda brillar el buen saber de la inteligencia, la detección de las oportunidades colectivas, el saber señalar a la inmensa mayoría el camino que conduce a una mayor felicidad, para lo que no basta solo desearlo, sino poner los cimientos donde no los haya y cuidar los puntales de la sociedad del bienestar, donde ya existan.

Una ciudad Smart ha de mantener y crear empleo estable para sus habitantes, generando actividad suficiente  para que las familias puedan contar con un medio de vida aceptable, no subvencionado, sino autosostenible. Cada ciudad debe ahondar en sus fortalezas. Si se quiere consolidar como ciudad de congresos y servicios, no solo bastará tener imponentes edificios de convenciones, sino estar seguro de que sabrá programarlos con alicientes adecuados, atrayendo expositores y visitantes foráneos. Si pretende ser una ciudad industrial, analice qué formación conviene dar a sus habitantes, contando, no con fantasías surgidas en despachos académicos, sino en íntima colaboración entre responsables empresariales y centros de enseñanza.

Por supuesto que me gusta tener en mi ciudad sendas ecológicas, pistas para bicicletas, aparcamientos disuasorios para los automóviles, transporte urbano eficiente y que conecte la periferia con el centro, centros comerciales compatibles con un vivo comercio local. Quiero hospitales con magníficos equipos médicos y material de última generación, grupos de investigación conectados con los más avanzados del mundo, guarderías y colegios cerca de mi casa regidos por entusiastas de la enseñanza infantil.

Todo eso, y más que deseo para mi ciudad Smart, cuesta dinero. Mucho dinero, que no puedo generar a base de incrementos impositivos desproporcionados o subvenciones que endeuden a mis administraciones públicas por varias décadas, porque no puedo confiar en que el futuro me proporcionará los recursos de los que ahora no dispongo.

Esa concepción ajustada a la realidad, no debe impedir ser ambicioso en los objetivos a medio y largo plazo, pero obliga a ser juicioso y prudente en el corto, priorizando, y encajando conjuntamente, lo que es más imprescindible o necesario, con lo que costaría lograrlo,  teniendo en cuenta el presupuesto de que se dispone. Echo de menos en los debates, la cuantificación económica de las propuestas. Y aún peor (en el sentido, de más lamentable), echo en falta las visiones técnicas. No quiero que mis representantes sean graciosos, me parece bien que sean optimistas, aunque desconfío de los que parecen haber descubierto de pronto lo que le gustaría tener al potencial votante, para convencerlo de su voluntad de realizar para contentarlo, lo imposible.

Una ciudad Smart (o una región Smart) profundiza en sus cualidades diferenciales, y destaca por sus capacidades distintivas, sin preocuparle no tener un polígono industrial (si no hay industria a que apoyar), o, por ejemplo, carecer de carriles para bicicletas (si su orografía es complicada o el trazado de los carriles-bici no puede hacerse sin poner en riesgo diario a los que utilicen este barato medio de transporte).

Creo conocer bastante bien algunas ciudades situadas en puntos diferentes del planeta. He vivido durante tiempo suficiente para sentir su pálpito, en especial, en Oviedo, Vigo, Dusseldorf, Madrid y Toledo. Por mi profesión, he analizado a fondo -disculpe el lector la petulancia, pero si el objetivo es distribuir agua a una ciudad o recoger sus residuos, hay que hacerlo con mucha atención- el urbanismo de ciudades tan distintas como Casablanca y Rabat, Santa Cruz de la Sierra  y La Paz, Buenos Aires y Mendoza, Santiago de Chile y Valparaíso, El Cairo y Alejandría, Tirana y Lezhe, …Bruselas, París, Roma…y decenas de ciudades españolas. Tratar de homogeneizarlas, pretender conducirlas a un modelo común, sería aberrante.

En estas mismas páginas del blog, he desarrollado algunas ideas sobre cómo mejorar Madrid. Como usuario habitual del transporte público y amigo de andar sin importarme las distancias si tengo tiempo, creo que esta ciudad tiene un magnífico metro, que permite la comunicación dentro del círculo señalado por la M-30, excepcional; no muy usado, por cierto, salvo en horas puntas, puesto que hay aún muchas personas que creen que es un transporte para clases económicas inferiores. Respecto a la modificación que se ha realizado de las marquesinas, opino que ha sido un despilfarro: no era necesario cambiarlas, y no son mejores que las que había; por ejemplo, con la llegada del calor, se convierten en receptáculos en donde los que esperan, se cuecen en su salsa; para el viandante, son obstáculos que obligan a andar de perfil o salirse de la acera.

Los madrileños, andan mucho, utilizan también demasiado tiempo en ir y venir. Se consume buena parte del día, caminando, o embutidos en el automóvil o el medio de transporte público. Hay ahí un reto para hacer de esta ciudad, más Smart, más limpia. Es una ciudad demasiado ruidosa y, por desgracia, desde hace años, es más sucia; incluso la recogida separativa es parcialmente un fracaso, pues no se usan adecuadamente los recolectores y el ciudadano medio no es consciente de su responsabilidad individual para no ensuciar.

Me resulta curioso, cuando vuelvo a Oviedo, mi ciudad natal, observar que la gente anda mucho menos; cierto que todos tendemos a movernos en un círculo seudo-virtuoso cada día, del que no somos capaces de salir. Conocer mejor la ciudad en donde uno vive es una condición para quererla. me agrada reconocer que el ovetense está orgulloso de su ciudad, aunque sospecho que hay barrios enteros que no ha visitado jamás. Ya no es exactamente una ciudad estudiantil, pues los centros de enseñanza universitarios están fuera del núcleo urbano (una reliquia, la querida Escuela de Minas), y, además, Gijón y Mieres han comido una parte importante de la tostada. Cada vez más, se parece a una ciudad de jubilados, de pensionistas, que tienen, obvio, sus peculiares preocupaciones, gustos y necesidades.

Toledo se me aparece como una ciudad mal aprovechada. ¡Cuántos monumentos desconocidos! ¡Qué río Tajo por poner aún en valor!. Su casco antiguo, una joya histórica, permanece desconectado del resto de la ciudad, infrautilizado, mal conocido en sitios, misterioso en otros, y, en sus vías principales -siguiendo las líneas de nivel-, pasto de visitantes foráneos que son guiados a uña de caballo con cuatro tópicos,  por un recorrido cuyos centros de interés principal parecen ser tiendas con suvenir traídos de China, idénticos a los que se pueden encontrar en cualquier otro lugar del mundo: las espadas y armaduras toledanas que ofrecen casi todos los comercios de esos escaparates para tipos con prisa de engullir ciudades, provienen del lejano oriente. El arroz envasado con nombre de paella, los burritos, las pizzas calentadas a la vista del cliente o los bocatas de jamón y queso, y hasta las «legítimas carcamusas» que se airean en ciertos locales con mucho trasiego, tienen tanto que ver con la deliciosa cocina castellano-manchega como un palo de golf con una estaca para cercar un prado.

(continuará)

Publicado en: Actualidad, Urbanismo Etiquetado como: smart city

De blunt to smart city, una guía para dummies (5)

5 mayo, 2015 By amarias Deja un comentario

Cuando se hace referencia al proyecto de una Smart City, se acostumbra a dirigir la mirada hacia los responsables municipales. Sin embargo, aunque el ámbito de actuación sea la ciudad, los agentes que influyen sobre ella, incluso de manera determinante, son externos.

En relación con las consecuencias de los avances tecnológicos (no solo en el campo de la informática y las comunicaciones) sobre el ámbito urbano, la dependencia de las grandes empresas y consorcios es decisiva. Controlar sus actuaciones desde las corporaciones es, a menudo imposible y, desde luego, siempre difícil. No quiero dramatizar la cuestión, pero incluso en el campo de menor complejidad técnica de los servicios tradicionales que presta el municipio por competencias delegadas constitucionalmente (agua, saneamiento, recogida de residuos, etc.), o que se prestan en su territorio (distribución de electricidad, servicios sanitarios, educación, telefonía, etc.) el control de la eficacia o del coste real de su ejecución se hace muy difícil para los funcionarios municipales, por falta de medios, o de su propia competencia, cuando no del oscurantismo con que se llevan a cabo.

Se plantea la cuestión, por tanto del control y la forma de ejercerlo. Las grandes empresas tecnológicas ya han tomado sus posiciones sobre algunas de las ciudades más interesantes como candidatos a ocupar los primeros puestos en la división de las Smart Cities, y las están convirtiendo en sus escaparates para exhibición de sus propuestas. IBM, Siemens, Intel, Cisco, etc. son ya nombres que suenan en el nuevo escenario de moda. Esta intromisión en las fuentes de información de la ciudad y en la acumulación de datos de interés sobre las mismas, hará a las ciudades cada vez más dependientes de los consorcios posicionados en la gestión de los big data.

Especialmente preocupante sería la posibilidad -ya realidad en algunos casos- de que, a cambio de la gestión de esos datos se ofrezcan a las ciudades ventajas económicas o ahorros en sus cargas financieras. Los superordenadores, equipados con programas para tratamiento de la información geo referenciada, y presentar respuestas a las cuestiones urbanas, se convertirán así en un elemento de ayuda a la gestión imprescindible, pero que se escapará al control de las autoridades municipales, e, incluso de las superiores a ellas.

La cuestión no es baladí, puesto que la reciente experiencia viene a demostrar que, por eficaces que parezcan en los primeros momentos, los programas y los soportes de computación tienen una vida útil muy corta, cuando se atiende a su coste y a la potencia del tratamiento. Un programa con más de tres años se encontrará ya obsoleto, muy seguramente, y los tiempos en los que una aplicación es rentable en relación con las alternativas son y serán cada vez más cortos. Una ciudad, por muy Smart que haya sido, no podrá pagárselos, y la referencia al tamaño crítico (cuantas más mega Smart city, mejor) pasará a ser la clave para mantener la disponibilidad de la información y encontrarle un uso adaptado a las necesidades del momento.

Las decisiones de gestión, por la misma esencia de la interconectividad, se desplazarán desde la ciudad a otros estamentos. Posiblemente, no públicos, o, en el mejor de los casos, resultado de Contratos de colaboración público-privada en la que los firmantes serán los responsables de órganos superiores a los que actúan sobre la ciudad. Tal vez, incluso con el riesgo de que los datos sensibles sobre los ciudadanos y la ciudad sean utilizados por elementos ajenos a la misma, quién sabe si no potenciales enemigos de su seguridad o rivales para su bienestar.

No hay por qué llevar la cuestión a sus límites. Estas interrogantes aparecen ya especialmente evidentes cuando se trata de gestionar la conectividad de una ciudad con sus vecinas, o la óptima eficacia de los recursos que son necesarios en la ciudad, o que podrían ser proporcionados por ella, o, por abordar una cuestión aparentemente marginal a este respecto, el mantenimiento de los edificios, la conservación de los parques, etc..

El núcleo de esta idea es: si queremos una ciudad realmente interconectada, que saque el máximo partido a la información, hay que atender a la forma de acotar el riesgo de que se pierda el control, y la misma esencia de lo municipal. Los datos, sabemos ya por amplias experiencias, contienen información válida, sensible muchas veces, y que puede ser utilizada de muchas maneras, positivas como dañinas, si bien estas últimas, por la rapidez con la que se han generado los procesos masivos de tratamiento, no siempre tienen sanción penal en los Códigos.

Lo que nadie dudará es que la información es un elemento potencialmente lucrativo para quien la posee, y si se es capaz de ordenarla y se dispone de muchos valores para determinadas variables que posibiliten reducir riesgos o aventurar zonas de mayor beneficio, puede amparar actuaciones de muy distinta índole y que, tratándose de una ciudad, podrían acabar convirtiéndose en una servidumbre más que en una ventaja, si no se atiende a delimitar un marco legal preciso.

La integración de los sistemas de información y comunicación en la ciudad, para el seguimiento, control y optimización de los sistemas técnicos y de infraestructura de la ciudad está en el fondo de uno de los objetivos tenidos por esenciales en la Smart City. La movilidad, la seguridad, el ambiente de la ciudad están dependiendo de una buena resolución a esos problemas comunes a las urbes. La experiencia demuestra lo difícil que está siendo controlar la ejecución de las obras de reparación o sustitución de redes en las ciudades para los funcionarios municipales, que disponen de herramientas informáticas, generalmente, inferiores a las de las empresas de servicios (electricidad, agua, gas, transporte de mercancías, sanidad, etc.)

Es sustancial, por tanto, conseguir una transparencia y lealtad con el municipio en entre las empresas y la ciudadanía, mediante acuerdos que deberán someterse a un marco legal. Sería de lamentar que los bueyes se pusieran detrás del carro, para empujarlo, y que se aprovechara la escasez de medios de las ciudades, o la situación de insolvencia de muchas de ellas, para introducir una variable de aspecto ventajoso, pero que pronto se convertirá en una servidumre sobre la ciudad de la que no será posible sustraerse. Prudencia, pues, antes de introducirse en el camino de una modernidad que puede estar plagada de minas anti buena voluntad.

(continuará)

Publicado en: Actualidad, Urbanismo Etiquetado como: smart city, urbanismo

De blunt to smart city, una guía para dummies (4)

4 mayo, 2015 By amarias Deja un comentario

El camino hacia la categoría de Smart City (como signo de calidad reconocida tanto por los propios habitantes como por terceros) tiene muy peculiares características, pues no solo se basa en conceptos y valoraciones subjetivas, sino que está fuertemente condicionado por las condiciones de partida. Es, por otra parte, multidisciplinar, exigiendo la colaboración de especialistas  que ayuden a perfilar ese recorrido hacia la perfección (idea dinámica, como ya indiqué).

Pero, lo más importante, es que el juicio de mayor valor es el que emitan los propios habitantes, independientemente de su formación, clase social, forma de subsistencia, inquietudes culturales o intelectuales y lugar que ocupen físicamente en ella. Yo introduciría un factor muy especial, compuesto de índices a su vez muy diversos, que señalaría la diferencia máxima entre los grupos que la componen y que reflejaría las tensiones intrínsecas que coexisten en ella.  Otro factor sustancial es de su diversidad, en el sentido de que las categorías sociales, culturales, profesionales, los distintos grupos de edad y de género, resulten integrados de forma armónica.

Niego, por tanto, que una Smart City pueda ser un campus universitario, o un Sillicon Valley o un conjunto residencial de alto nivel. Estos ejemplos -y otros muchos que el lector puede aportar por sí mismo- pueden ser, y de hecho lo son, imprescindibles para configurar un nivel más amplio al de una ciudad, e incluso resultarían elementos sustanciales para el desarrollo o el bienestar de una Comunidad más amplia o de un Estado, pero no son ejemplos de Smart City.

A partir de una realidad existente, la voluntad de transformar una ciudad actual en una ciudad Smart, exige una permanente discusión política, y un acuerdo de la comunidad sobre la estrategia. De otra forma, se caerá en el precipicio de la introducción de parches (especial atención a las copias de medidas extrañas que hayan tenido éxito en otro contexto) o en despilfarros inútiles, que solo servirán para aumentar la frustración colectiva, además de, por supuesto, incrementar el gasto municipal, dejando la ciudad con nuevos cadáveres.

Esta observación es muy importante, en  mi opinión, pues se ha desencadenado una estéril y peligrosa carrera de rivalidad entre las ciudades Europas (pongo por caso), que se enfoca más hacia una pretensión de homogeneidad, en lugar de aprovechar, corregir o rentabilizar (en provecho colectivo de sus habitantes) las diferencias. Las críticas respecto a esta concepción elitista e igualadora en medidas que pueden ser vistosas o que se presentan como fórmulas ecológicas o de ahorro energético sin que se las haya analizado desde una perspectiva propia e integradora, han aparecido ya, pero su presencia en el debate es aún débil, puesto que los responsables políticos están, como siempre, obsesionados por el corto plazo y por la rivalizar en la mejora en baremos de puntuación en ciertos índices que no son apropiados, frecuentemente, para sus ciudades.

Para empezar el camino, es imprescindible tener en cuenta el mapa urbano de origen, sus estratos socioecónomicos y el modelo de vida actual de sus habitantes. La disponibilidad de territorio urbanizable es un elemento clave, y una medida de gran valor hacia la smart city sería convertirlo de inmediato en no urbanizable, en zonas verdes, delimitando de esta forma, de manera obviamente brutal, el crecimiento sustentable, que pasaría necesariamente a enfocarse sobre la mejora de las urbanizaciones existentes y el aumento del equipamiento y su óptima distribución, a partir del inventario de lo ya disponible.

Los elementos de dinamismo endógenos de la ciudad debieran ser analizados con máxima objetividad y precisión. La oferta tecnológica propia, la capacidad para resolver de forma autónoma las necesidades para recorrer el camino hacia una mayor intercomunicación de sus activos es parte esencial del reto a resolver. ¿Qué necesita la ciudad para ser más limpia, menos ruidosa, más transparente para sus habitantes, más cómoda para el transporte, más eficiente y creativa? ¿Dónde están los focos que pueden ser las claves para ese desarrollo? ¿Cómo se les puede motivar, impulsar, interconectar?. Hay que poner en valor, ante todo, esas características endógenas, antes de lanzarse por un camino de gasto que, si no se ha analizado con rigor, conducirá indefectiblemente a hacer la ciudad más dual y, por tanto, menos Smart.

La detección de esas áreas de desarrollo que han de ser impulsadas, con soluciones consensuadas o, al menos, claramente explicitadas, es imprescindible. Una ciudad no será más inteligente por haber apostado por convertirse en una ciudad de servicios hacia el exterior, con múltiples centros de convenciones, salas de exposiciones o lugares feriales o parques tecnológicos, puesto que su potencial éxito en esa dirección (medido, siempre, en bienestar de sus habitantes) entraría en competencia con otras ciudades que pueden estar mucho mejor situadas para rentabilizar esas inversiones.

La ciudad Smart aprovecha de manera inteligente sus singularidades, para potenciarlas, y rehúye entrar en competencia en campos para los que carece de factores diferenciales positivos. En eso radica la fuerza de la idea de un e-gobierno responsable. En la coordinación e integración de los elementos infraestructurales, formas de movilidad, interrelación de sus agentes propios con los impulsos ajenos, con una base de información mixta (geográfica, digital y analógica) que sea transparente, pero, sobre todo, mensurable. Esa gobernanza ha de apoyar, sin sustituirlos, las posibilidades de incorporación tecnológica, de información y de comunicación, dentro de un marco, no ya de respeto ambiental (concepto superado), sino de mejora ambiental drástica.

(continuará)

Publicado en: Actualidad, Ambiente, Urbanismo Etiquetado como: e-gobernanza, smart city, urbanismo

De blunt to smart city, una guía para dummies (3)

2 mayo, 2015 By amarias Deja un comentario

Solo la complacencia política puede pretender que una Smart City se presenta como una realidad inmutable, un logro definitivo, Ni siquiera aquellas ciudades que consiguieran hoy el galardón de ser apetecibles como lugar de residencia (juzgado tanto por los que habitan en ellas como por los que las conocen y no viven allí), pueden sentarse a  contemplar el futuro con tranquilidad.

Porque, como ya expresé, el concepto de Smart City es una utopía, un objetivo que se desplaza, como el horizonte, a medida que nos acercamos teóricamente a él. Ninguna definición puede superar, en mi opinión a ésta: La Smart City es un conglomerado urbanístico, cuyos objetivos permanentes son la información, la interrelación, la movilidad, la seguridad, y la sostenibilidad.

Las ciudades necesitan una reconstrucción, un replanteamiento, que puede ser tenido por una pacífica destrucción que permita la eliminación de las trabas que impiden el cumplimiento de esas ideas globales, intuitivas, pero que encuentran su concreción cuando contemplamos otra urbe que nos suscita envidia especial, porque tiene características de las que no disponemos.

La labor es ingente, que es como decir, que es imposible. No se puede pretender que todas las urbes del mundo disfruten de iguales características, y lo que es más importante, el mantenimiento de esos niveles de bienestar es una cuestión de élites, porque cuesta dinero.

Las Smart Cities habrán de estar defendidas por barreras especiales, de las que, sin duda, el alto coste de vivir en ellas será el más significativo: quien quiera lo bueno, tendrá que pagarlo. Los habitantes de una Smart City serán seres privilegiados, que ganarán más dinero que los demás, tendrán acceso a mejores fuentes de información, aunque también será cierto que en torno a esas apetecibles estructuras se conformarán barrios marginales -a mayor o menos distancia- en las que vivirán quienes cubran los servicios menos esenciales de los Smart citizens.

La dinámica de la urbanización es diferente según el nivel económico-tecnológico de los países: es especialmente alta en los países en desarrollo, y en los menos desarrollados, en donde se están produciendo continuamente masivas incorporaciones desde las zonas pobres del campo, atraídos por el olor a bienestar de las capitales y urbes mayores, que crecen indiscriminadamente. En otros trabajos, he defendido que debería apoyarse la creación de «ciudades intermedias» (con limitación a setecientos mil habitantes, como máximo), que sirvieran de descongestión a las grandes ciudades y, desde luego, como elemento disuasorio al crecimiento desorbitado que se está presentando, desde hace décadas, en los estados más pobres (y que tampoco puede decirse sean tan fácil de contener en los desarrollados, dado el nivel de concentración que alcanzan algunas urbes).

A nivel global, el urbanismo -esto es, la acomodación física del territorio a la habitabilidad-  tiene, como consecuencia de este crecimiento rápido, y en buena medida no planificado (o mal previsto), distintas concreciones, que van desde los asentamientos espontáneos, o los barrios miserables a las ciudades dormitorio. El abandono del campo agrario se mantiene ininterrumpidamente. Aunque pretendamos estar en una sociedad tecnológicamente avanzada, la generación de empleo más importante se vincula a la industria pesada, la producción masiva de bienes de consumo, o la construcción de infraestructuras.

No existe consciencia de la importancia de sostener la agricultura no intensiva, de una naturaleza no subyugada al interés económico, a la avidez temporal. La vida en el campo es despreciada, aunque quienes pueden, aún pretenden disfrutar unos días al año asistiendo a su declinar acelerado.

Estamos en el comienzo de una nueva forma de urbanización y, en mi apreciación, de forma curiosa, son típicamente las «ciudades cercadas»  las que se ofrecen de modelo a seguir. En toda Europa, aunque para llamar la atención sobre España, Barcelona es un caso paradigmático, al que uniría Santander, La Coruña, Cádiz, Córdoba y otras ciudades a las que las limitaciones de espacio han obligado a plantearse la calidad de su crecimiento urbano. Son «ciudades terminadas» (o casi) por razón de su falta de terreno para crecer megalo -maníacamente .

Sí, Madrid, en este sentido, podría ofrecerse como contramodelo, pues la amplia disponibilidad de espacio convertido en urbanizable ha permitido crear un monstruo de megaciudad, aprisionado, más que enaltecido, por más de diez núcleos urbanos que han copiado con manifiesta simplicidad un modelo urbano centrado en la especulación, en el corto plazo, en el individualismo.

El renacimiento de las ciudades ha de estar basado en la incorporación de la cultura a la convivencia, como forma de vida saludable. Las ciudades del futuro, sean o no calificadas de Smart, han de ser más polifacéticas, más verdes, deberán estar interna y externamente, más y mejor intercomunicadas. Es el comportamiento de sus habitantes el que los hará inteligentes, y ese propósito global, fundamentalmente político, tiene que ser incorporado con urgencia, robustecido y animado si ya se encuentra en él en sus principios, a la esfera ciudadana.

En los próximos comentarios proseguiré con este análisis.

(continuará)

Publicado en: Actualidad, Ambiente, Urbanismo Etiquetado como: ciudad, ciudad terminada, desarrollo, núcleo urbano, política urana, smart city, territorio, urbanismo, urbanización, verde

De blunt to smart city, una guía para dummies (1)

29 abril, 2015 By amarias Deja un comentario

Cuando envié la recopilación de artículos que dediqué a Madrid, bajo el título de «Pongamos que hablo de Madrid», a mi amigo Mariano Fernández Aceytuno, para su eventual difusión en la web de Knowsquare, a cuyo Consejo consultor me honro en pertenecer, declinó su publicación, con una cariñosa valoración, en la que, textualmente, me indicaba: «Si se enfocara como un análisis riguroso y con menos adjetivos negativos de los hechos y un set de propuestas nos parecería muy valioso y nos gustaría más. Necesitamos una estrategia de smart city sin duda, pero se queda en la mención.»

Lejos de sentirme ofendido, recojo la provocación, y me propongo desarrollar y analizar, en los próximos comentarios de este blog, diversas propuestas acerca de lo que podría ser una smart city. Es forzoso que, dada la índole del asunto y que se trata de un tema que se encuentra en permanente elaboración y evolución (a escala global), mis reflexiones tengan un carácter desordenado,

Iré de lo más general, a lo particular, sin que me preocupe dejar  constancia de la referencia a mis fuentes, que, lo afirmo desde ahora, utilizaré con libertad, y que serán, fundamentalmente, alemanas y anglosajonas. No serán, sin embargo, las únicas, pues también en Italia, España (con centro en Barcelona) y en algunos países de Europa y Latinoamérica, se está haciendo uso del término, con objetivos bastante deslavazados.

Habrá que empezar indicando, como manifestación previa de humildad,  que el lector, allí donde se ubique, no vive en una ciudad inteligente (smart city). Las ciudades inteligentes son un concepto enfocado al futuro. Y como la palabra más delicada de las opuestas a inteligente es incompetente, zafio o descuidado, le propongo, para empezar, que admita que todas las ciudades de este comienzo de siglo son incompetentes (blunt cities).

La propia  AENOR, en su propósito reglamentista, siguiendo la corriente mundial, define de esta forma la complejidad del nuevo concepto:  “Ciudad inteligente (Smart City) es la visión holística de una ciudad que aplica las TIC para la mejora de la calidad de vida y la accesibilidad de sus habitantes y asegura un desarrollo sostenible económico, social y ambiental en mejora permanente. Una ciudad inteligente permite a los ciudadanos interactuar con ella de forma multidisciplinar y se adapta en tiempo real a sus necesidades, de forma eficiente en calidad y costes, ofreciendo datos abiertos, soluciones y servicios orientados a los ciudadanos como personas, para resolver los efectos del crecimiento de las ciudades, en ámbitos públicos y privados, a través de la integración innovadora de infraestructuras con sistemas de gestión inteligente.”

Una perspectiva tan amplia confirma, de inmediato, que nos encontramos ante una utopía. Lo que no ha impedido que el Gobierno español, en marzo de 2015, ha establecido, un Plan para el Desarrollo de Ciudades Inteligentes, al que se dedica inicialmente, con parquedad presupuestaria,  140 millones de euros.

El ranking de ciudades inteligentes está ocupándose con premura, y tampoco es de extrañar que todas las que publican la implantación de medidas destinadas a mejorar esas características relativamente intangibles se jacten de ocupar ya los primeros puestos. Pero, ante todo, quisiera recoger una primera idea de sistemática, incorporando la visión sobre las Megatendencias para una smart city, que traslado, con mi propia interpretación, del ZukunftInstitut alemán, en una primera relación de once objetivos, que glosaré en posteriores comentarios:

1) Nuevas formas de aprendizaje; 2) Nuevo urbanismo; 3) Total conectividad; 4) Implantación de una neo-ecología; 5) Verdadera globalización; 6)Atención a la individualización de la existencia; 7) Programa de salud global; 8) Impulso a nuevos trabajos y formas de actividad; 9) Incorporación de la mujer y de los jóvenes para la máxima efectividad social; 10) Una sociedad en la que la tercera edad se mantenga activa y cooperativa, además de feliz; 11) Total movilidad.

A ese esquema se ajusta un gráfico que, copio sin traducción, de un magnífico artículo de Harry Gatterer sobre las Megatendencias (Megatrends), que, a modo de un camino con estaciones intermedias y de término, supone una de las mejores concreciones del itinerario que me propongo recorrer con el lector.

Megatrend_Map_480x340

(continuará)

Publicado en: Actualidad Etiquetado como: conectividad, dummies, globalización, Hharry Gatter, jóvenes, megatendencias, megatrends, movilidad, mujeres, neoecología, nuevos trabajos, smart city

Pongamos que hablo de Madrid (y 8)

26 abril, 2015 By amarias Deja un comentario

Esta es la última entrada que acojo bajo el título de la popular canción de Joaquín Sabina, que tantas veces escuché en el coche, de camino entre Madrid y el norte y el sur de las Españas. Quienes hayan tenido la curiosidad de leer mis comentarios sobre la capital, en un momento de crisis económica y cultural, y conozcan la letra, habrán podido apreciar que no hay apenas distancia afectiva entre las dos visiones.

En una nota al final de esta entrada, copio la letra de Sabina, al que envío un saludo desde aquí. A mí, que me lleven al norte, por favor.

8. Respecto a las opciones razonables para mejorar la ciudad. La vida enseña a ser prudente, pero la historia muestra a las claras el destino de la inmensa mayoría de los que se arriesgan. Pretender cambiar la fisionomía de una ciudad, que es el resultado de siglos de convivencia (y de tensión) entre los elementos económicos sociales que la conformaron, sería una maniobra contra la Historia.

Sin embargo, no han faltado en la trayectoria de las ciudades, momentos en que se produjeron intromisiones sobre su evolución natural. Ha habido guerras, incendios, terremotos, inundaciones, políticos visionarios o ególatras, urbanistas ilustrados o herejes, etc., que han dejado su huella en muchas ciudades. A veces, son heridas en el escenario urbano; otras, como obras  forzosamente incompletas, inacabadas o reconducidas, producen la sensación de que se ha desperdiciado una excepcional oportunidad de conseguir Utopia.

El individualismo, la pretensión de dejar una huella para el futuro del paso por la ciudad de personajes y personajillos, es un elemento característico de la época en que vivimos, que se superpone a un feroz utilitarismo. Frente a bloques de hormigón anodinos, conformando colmenas para asentar habitantes en sus nichos de vivencia particular, han proliferado también supuestos monumentos a la megalomanía de quienes han dispuesto de dineros, públicos o privados, para poner su sello en la ciudad.

Madrid tiene, claro está, muchos ejemplos de este proceder, que ofrecen un resultado conjunto caótico. Aceptemos que es símbolo también de la ciudad, y forma parte del desprecio a la estética que se ha adueñado del hombre moderno, amenazando con constituirse en característica consuetudinaria. Plazas sin la menor gracia, sedes corporativas que solo rivalizan en ser más altas, más aparatosas, menos prácticas que caprichosas, se han adueñado del perfil de Madrid. Desde la plaza de Castilla hasta la Avenida del aeropuerto de Barajas, o desde la salida hacia Burgos, la avenida del Loira,  como desde el camino paralelo a la autovía A-6 que conduce hacia las poblaciones del norte, los ejemplos son múltiples, los resultados, saltan a la vista, dañándola.

Admitámoslo, pues. Más que en el urbanismo, la respuesta a la mejora de los ámbitos de convivencia, habrá de estar en propiciar puntos de encuentro de la ciudadanía, en la que se ponga en valor al individuo, incluso a pesar del paisaje urbano. No faltan aquí salones de actos, preparados para acoger conferencias, exposiciones, propiciar intercambio de opiniones, difundir conocimientos. Soy habitual, cuando mis ocupaciones me lo permiten, de algunos de estas convocatorias, en las que se cumple bien la observación, por los asistentes habituales -prejubilados y jubilados en su mayoría, hoy entre el público, pasado mañana en los atriles- de que «en Madrid, o das una conferencia, o te la dan» (Eugenio d´Ors).

Lamentablemente, pocas veces, a pesar del interés de esos actos, cuentan con una asistencia masiva. Madrid, aunque tiene una gran oferta cultural e intelectual, no mueve multitudes, salvo para asistir a un concierto de estrellas de la canción, o un partido de fútbol de sus equipos señeros. Entonces, sí, se colapsan las arterias alrededor del Palacio de deportes, el Bernabéu o el Manzanares.

El Rastro, los museos, e incluso los recintos feriales, concentran más a curiosos -en este caso, turistas más que locales- que a elementos activos. Las procesiones de Semana Santa, en su ámbito, no son prueba de religiosidad, sino parte del folklore. Y así, más ejemplos podría exponerse.

Necesita Madrid una corporación municipal que viva la ciudad, la anime con su ejemplo, y se vuelque en interés del ciudadano normal, ese ser anónimo que tiene escasas veces la oportunidad de manifestar lo que le hace más feliz. ¿Ha asistido el amigo lector al espectáculo de convivencia ciudadana que implican las fiestas de barrio, allí donde existe iniciativa para organizarlas? ¡Qué nostalgia de lo que puede ser el pueblo de Madrid, cuando se le convoca a pasar un buen rato, sintiendo al otro, como debió ser el viejo Madrid!

Libérese la ciudad de la tenaza de la excesiva burocratización, del falso control policial, de la cutrería y la pijería (orgullo de la ostentación del poder fatuo), y dése entrada a la sencillez, poténciese la manifestación cultural al alcance de todos, difúndase impulso de convivencia y solidaridad. Menos rotondas sin acceso posible, fuera coches inundando espacios peatonales y obturando arterias, persíganse ruidos molestos, revísense los circuitos de los transportes públicos, cuídese la limpieza de cada barrio (especialmente, los de fuera del casco central), impúlsese el adorno sencillo de los balcones, adecéntese las fachadas, elimínense los infectos solares abandonados…

En lo que respecta a la generación de actividad económica en Madrid, el modelo exige especial profundización, para no caer en clichés ni en peligrosas inercias: hay que involucrar al empresariado existente (particularmente, al responsable de las grandes empresas), promocionar las iniciativas privadas, orientar a los inversores. Son tópicos, sin embargo. Porque esas ideas generales se cruzan con otros principios igualmente comunes, aunque menos conocidos: las multinacionales solo mantendrán sus sedes próximas a los mercados (o a los centros productivos) si les compensa la obtención marginal de beneficios; los particulares que generen emprendimientos tienen peligrosa tendencia a pensar en local, lo que vincula su perspectiva de negocio a un entorno geográfico y de información reducido; los políticos carecen, en general, de la menor formación empresarial y, cuando la tienen, es muy probable que se encuentren prisioneros de sus relaciones anteriores.

Solamente desde un debate abierto, lo más transparente que sea posible en relación con la confidencialidad de estrategias de empresa, y en la que los inversores particulares puedan encontrar orientación para que sus dineros no se pierdan en la vorágine engullidora del fracaso, se conseguirá dinamizar de manera permanente una estructura productiva, comercial y de consumo. No soy estatalista, al contrario. Soy pragmático. Incluso los más avezados defensores del libre mercado hacen trampas en sus solitarios: a las pruebas me remito.

Y, por supuesto, es un despilfarro permanente que Madrid esté formando tantos y tantos jóvenes, universitarios o no, y no sea capaz de aprovechar mejor su fuerza vital, su creatividad real y potencial. Hace falta dar un vuelco a la forma de enseñar, implantar masivamente la formación dual, generar líneas coherentes de apoyo a las nuevas empresas y proyectos imaginados desde la Universidad y las Escuelas de Formación,…Creerse, en fin, que vivimos en colectividad y que esa colectividad está imbricada felizmente con el resto de España, de la que es impulso, modelo, banco de pruebas efectivo.

En las próximas elecciones municipales, me temo que los futuros representantes políticos se enzarzarán en prolijas, e inútiles, discusiones sobre malversación de fondos públicos, corruptelas varias, personalismos de charanga. Algunos dirán que hay que dar la voz al pueblo, para que elija, en permanente consulta, lo que desea que se haga.

Estoy de acuerdo en que hay que escuchar a todo el mundo, pero, sobre todo, hay que tener la claridad de ideas, la honestidad, la inteligencia, de saber decidir.

Y me viene a la memoria la magnífica entrevista que un periodista con excepcional habilidad, JordiEbole, hizo al actual presidente de Bolivia, Evo Morales, mientras visitaba con él un pueblo  en el que se acababa de inaugurar un polideportivo. Simultáneamente, presentaba las imágenes de unos niños bebiendo agua de un regato infecto. «¿No cree que hubiera sido prioritario haber mejorado el servicio de agua potable?», preguntó al político que acababa de ser aclamado por las gentes que había llenado el nuevo recinto. «El gobierno ha dado al pueblo lo que éste le pidió como más urgente», fue, más o menos, la contestación.

Magnífico ejemplo acerca de la necesidad de que el dirigente político no olvide las prioridades objetivas. Porque el pueblo, no siempre puede sacudirse de encima la ignorancia acerca de lo que es más conveniente, e, incluso, imprescindible. La educación la ciudadanía forma parte fundamental del ejercicio por la optimización de la polis, y no se suple con demagogias ni oportunismos trapaceros, sino que se ahoga en ellas.

FIN

——-

Letra de «Pongamos que hablo de Madrid», de Joaquín Sabina

Allá donde se cruzan los caminos,
donde el mar no se puede concebir,
donde regresa siempre el fugitivo,
pongamos que hablo de Madrid.

Donde el deseo viaja en ascensores,
un agujero queda para mí,
que me dejo la vida en sus rincones,
pongamos que hablo de Madrid.

Las niñas ya no quieren ser princesas,
y a los niños les da por perseguir
el mar dentro de un vaso de ginebra,
pongamos que hablo de Madrid.

Los pájaros visitan al psiquiatra,
las estrellas se olvidan de salir,
la muerte viaja en ambulancias blancas,
pongamos que hablo de Madrid.

El sol es una estufa de butano,
la vida un metro a punto de partir,
hay una jeringuilla en el lavabo,
pongamos que hablo de Madrid.

Cuando la muerte venga a visitarme,
que me lleven al sur donde nací,
aquí no queda sitio para nadie,
pongamos que hablo de Madrid.

Publicado en: Actualidad, Política Etiquetado como: Evo Morales, Joaquín Sabina, Jordi Ebole, Madrid, pongamos qyue hablo de Madrid

Pongamos que hablo de Madrid (7)

25 abril, 2015 By amarias Deja un comentario

Madrid es una ciudad dinámica, no cabe duda. Como en toda gran ciudad, y máxime siendo la capital de un Estado de los llamados desarrollados, múltiples factores interactúan continuamente, configurando una realidad con múltiples facetas.

Madrid es también una ciudad deforme. Su crecimiento  ha sido desmedido, y en él,  ha predominado la especulación sobre el suelo -el agotamiento de un suelo definido como urbanizable a capricho de una normativa dirigida por voluntades avariciosas- frente a la planificación (que, en una metrópolis, significa, sobre todo, contención y limitación al desarrollo indiscriminado).

La ciudad y el Area Metropolitana han pasado por los arcos del triunfo de intereses particulares, muchos de ellos, ocultos en las oscuridades de la toma de decisiones, todos los planes de urbanismo que en su mundo han sido.

¿Este crecimiento en el número de los habitáculos está justificado por el aumento paralelo de las fuentes económicas que permitirían garantizar el nivel adquisitivo de sus pobladores? En mi respuesta rápida, no tanto. El desequilibrio urbanístico, con la aparición y crecimiento de barrios marginales, ý áreas de asentamiento del «lumpen proletariat» que vive en una cuarta dimensión de la ciudad,   ha provocado también la acumulación de viviendas vacías -¿a la espera de una reactivación del mercado inmobiliario?-  en zonas incluso de supuesto alto standing… encuentra su reflejo en la precariedad de no pocas de sus fuentes de vitalidad económica, que se han destruido para siempre.

En este análisis informal de la identidad de Madrid y su problemática, es necesario abordar la cuestión de los elementos que configuran su economía. ¿De qué vive Madrid y, hasta donde sea posible preverlos (en mi modesta y particular apreciación), cuál es la capacidad de adaptación, innovación y resistencia de sus soportes principales?

7. Respecto al sostenimiento económico de la ciudad.- En el momento en que escribo estas reflexiones, España está aún inmersa en una grave crisis de actividad y empleo, que ha generado una pérdida de más de cinco millones de empleos declarados (es decir, respecto a la población activa registrada en su momento álgido);

El empleo total en la Comunidad de Madrid gira en torno a los 3,2 millones de personas, siendo el número de desempleados de unos 700.000. Indico los órdenes de magnitud, no porque carezca -en absoluto- de sensibilidad respecto a las situaciones individuales, sino por ayudar a que el lector se sitúe en el paisaje laboral. En la capital, desde 2006 (enero) hasta 2015 (marzo) el número de parados se ha duplicado (pasó de 113.000 a 230.000).

El crecimiento del número de parados ha venido paralelo, sin duda, aunque no lo reflejen las cifras oficiales, con el aumento de la economía sumergida. Basta darse un paseo crítico por los interiores de la ciudad para detectar el creciente número de acompañantes (latinoamericanos, fundamentalmente) de ancianos con avanzados grados de demencia senil, domésticas acarreando niños a los colegios y escuelas, obreros de la miniconstrucción (rumanos, rusos, marroquíes, principalmente) asumiendo trabajos de pintura y retabicado en viviendas particulares y reparando averías o tapando grietas en las calles y aceras, ayudantes ocasionales en bares y comercios, etc….

La mayor parte de los que tienen empleo en la Comunidad están censados en Madrid capital (2,8 millones), y de ellos, más de 420.000 son funcionarios (el 15%). Respecto al total de la población,  como se suele repetir con énfasis, hay 1 funcionario por cada 15 habitantes, aproximadamente (6% de la población). Teniendo en cuenta que hablamos de la capital de un Estado y que allí reside teóricamente el núcleo duro de las decisiones económicas y políticas, no parecen muchos. Al contrario, reflejan que el país se ha perdido en una descentralización, que ha generado muchas duplicidades e ineficiencias.

Lo que ya no puedo garantizar es que todos esos funcionarios tengan algo que hacer, aunque sí proclamo que todos deberían estar muy ocupados si tuvieran quién les dirigiera adecuadamente.

Pero esa es otra historia.

Madrid construyó la base su crecimiento desmesurado entre los años 40 y 70 del siglo XX, actuando como foco de atracción de la inmigración interior y de la internacionalización parcial de la economía, en las que las multinacionales intuyeron las perspectivas de aprovechar el impulso consumista latente en el español. Vivir en Madrid era más caro, pero había mejor nivel.

Todo eso ha pasado a ser pura fantasía en la segunda década del siglo XXI.

Madrid es ahora bastante más barato (al menos, para los que saben comprar y se molestan en patear la ciudad) que muchas ciudades de provincias, pero se vive bastante peor, agobiados los habitantes por la lejanía entre los centros de trabajo y los lugares de residencia, la ausencia de tiempos libres, la escasez de espacios de relax, la falta de lugares de auténtico encuentro y participación colectiva. Las variaciones de precios entre comercios son exageradas, pues los comerciantes se aprovechan del escaso tiempo que tiene el comprador para comparar, y, en ciertos casos, también cuenta el abono a la pijería de querer comprar en ciertos comercios «porque tienen garantía de calidad».

No me engaño con las cifras de la hipotética recuperación económica de España y de Madrid. No la veo. Una cosa es que las grandes empresas consigan beneficios, que los ejecutivos que cobran sus buenos sueldos (¿les pagan también también por ello?) difundan optimismo, y otra muy distinta es el pulso que se percibe en la calle. Hay más pobres, (pedigüeños visibles como vergonzantes), se ven más comercios cerrados, existen permanentes stocks en liquidación por supuesto cierre de negocio «por jubilación de su dueño», proliferan locales vacíos que ofrecen acumulan suciedad a sus puertas que antesdeayer eran sucursales bancarias, delegaciones de empresas.

Eso sí, cada dos por tres se encontrará una parafarmacia, un bareto-restaurante con tufillo a aceite de girasol quemado, una franquicia de un supermercado de cercanías, una peluquería bi-sex (?), un comercio regentado por una familia china (ahora, también, de marroquíes), …en muchos de ellos, no faltará el amigo de raza negra y procedencia desconocida que nos abrirá la puerta en solicitud de alguna ayuda para subsistir. En el centro, la calidad de los productos mejora: tiendas de los múltiples nombres comerciales de Zara, o del Corte Inglés, Sánchez Romero y delicatesen, farmacia 24 horas, Rodillas, cafeterías con mesa de mármol y café a tres euros, y…pedigüeños a la entrada y cada diez metros, flanqueando el itinerario de la complacencia.

Las telecomunicaciones han reducido y siguen reduciendo ferozmente los puestos de trabajo disponibles. Se puede comunicar más rápido, mejor, con menos intermediarios  cualquier decisión o adoptarla. Y esos puestos de trabajo que formaban secretarias, administrativos, bancarios, bedeles, carteros, conductores, mecanógrafos, agentes de viajes, comerciales, etc., etc., se han perdido para siempre.

Y no se van a recuperar por muchos programas informáticos que queramos enseñar a los jóvenes, ni mucha adaptabilidad o iniciativa privada que se preconice o pretenda estimular desde arriba.

Hace falta un nuevo modelo de ciudad para Madrid, y no será fácil construirlo. Tendremos Madrid convertida en una Smart city, es obvio, cualquier cosa que sea eso, y como les gusta denominar a los políticos que están a la última en poner nombre a las añagazas del desarrollo. Habrá, por impulso de la necesidad y de los hechos ajenos, más coches eléctricos (y menos coches), más trabajo a realizar en el hogar (y menos trabajo) , más geriátricos (y más caros), una atención sanitaria pública despersonalizada (y…¿menos eficiente?), hospitales privados muy buenos (para quienes puedan pagárselo), nuevos planes educativos selectivos (unos formarán élites; los más, a desorientados o incluso, a desgraciados), etc.

Tendremos una sociedad aún más dual. Puede que, incluso, con varias capas: con sedimentos económicos muy rígidos, anquilosados por la presión de los que se encuentren arriba. Madrid sufrirá de esa dicotomía muy especialmente, porque es una ciudad desconectada socialmente, en la que el anonimato impera. Eso era una ventaja hace décadas; hoy, ser un animal que pasa desapercibido entre otros semejantes que van a  lo suyo, preocupados con lo que les compete, es una rémora.

No se si estamos a tiempo de corregirlo. Como en el caso de la amenaza del calentamiento global, estamos muy avanzados en el diagnóstico, pero no parece que nos preocupe colectivamente el hallazgo de las soluciones.

(Continuará)

Publicado en: Actualidad, Política Etiquetado como: ayuntamiento, capital, hablo de Madrid, Madrid, política, pongamos, urbanismo

Pongamos que hablo de Madrid (6)

21 abril, 2015 By amarias Deja un comentario

Este es el sexto de los Comentarios que dedico a Madrid, la ciudad en donde vivo, junto a varios millones de personas. La primera vez que la visité, yo era un adolescente que participaba en una competición que se llamaba Olimpiada Matemática y que pretendía fomentar el interés por la carrera de Ciencias Exactas entre los bachilleres. Después, volvía a ella muchas veces, en reuniones de trabajo, para asistir a Congresos o para reportar a mis jefes de mis actividades en el extranjero o en la periferia.

Nunca imaginé que iba a acabar residiendo en ella (van ya más de dos décadas), que mis hijos fundaran aquí sus familias y que mis nietas fueran madrileñas.  Le debo mucho a esta ciudad, aunque siempre echaré de menos el paisaje de Asturias, a la que acudo como operación imprescindible de renovación de mi nostalgia por el contacto con una naturaleza que forma parte de mi manera de entender la felicidad, puesto que allí tengo, para siempre, mis raíces.

Pero, pongamos que hablo de Madrid.

6. Respecto al urbanismo de Madrid. Recuerdo bien que la carrera de arquitectura, para quienes terminábamos el Preuniversitario a mediados de los sesenta, era tenida por una de las más difíciles. En particular, el dibujo era la asignatura que resultaba de una complejidad casi imposible de superar: víctimas de la exigencia con la que se impartía esa disciplina académica se frustraron muchas vocaciones.

Pues bien, no puedo entender cómo de aquellas mentes educadas en el placer de lo artístico han proliferado tantas aberraciones urbanísticas, prismas sin gracia dedicados a la mayor gloria del hormigón armado. La piqueta demoledora ha ido poblando Madrid (como tantas otras ciudades y pueblos españoles) de edificios sin personalidad alguna. La periferia se ha llenado de urbanizaciones que son simples colmenas -no importa el tamaño interior de las viviendas- en las que se ha descuidado la belleza exterior.

El desprecio por los edificios singulares, ya sean monumentos históricos, sedes empresariales o de entidades públicas, es una tradición en nuestro país, y Madrid marca, cómo no, la pauta. No contento el destructor con haber demolido lo que debería haber sido conservado con respeto, se ha dado en llenar la ciudad de placas con el mensaje de «Aquí hubo…»o «En el edificio que había en este lugar, residió el insigne…».

De poco sirve, por lo demás, que,  al socavar un terreno para realizar el inevitable parque subterráneo, se dejen un par de piedras al descubierto, como si la contemplación de esos restos fuera suficiente para rememorar el edificio ausente para siempre. Las inútiles, costosas y vanas, prospecciones en la Plaza de Ramales, a la búsqueda fatua de los restos de Miguel de Cervantes, no vienen si no a demostrar el desvalor que se concede al urbanismo en beneficio del populismo de baratija.

Madrid, urbanísticamente, no tiene remedio. No será jamás París, Dusseldorf, Viena, Budapest… Su encanto descansará, no en la monumentalidad, no en los edificios singulares, no en el recuerdo de su pasado histórico, sino en la cercanía que aportarán sus habitantes, en particular, si se atiende a la vida de barrio, que el visitante, desgraciadamente, no podrá apreciar.

El turista fotografiará una Plaza mayor sin encanto, una Puerta del Sol sin más aliciente que las decenas de oportunistas disfrazados de cualquier adefesio, el estadio de fútbol del Real Madrid (me produce vergüenza ajena ver a esos peregrinos de la vulgaridad asomar el careto ante el Bernabéu), y, si tiene tiempo, hará cola para entrar en alguno de los museos de la ciudad, atiborrados de excelentes obras artísticas, que serán ignoradas frente al poder de atracción de Las Meninas, el Guernica o los opulentos desnudos de un Rubens. Pocos irán al Museo Lázaro Galdeano, o al Sorolla, o se aventurarán a visitar las joyas que atesoran los pocos conventos que permiten el acceso a su interior.

¿Tiene algo que ver el Paseo de la Castellana con la Avda. Charles de Gaulle? ¿Se asemeja la plaza de Neptuno a los Invalides? ¿Quién sabría indicar cuál es la sede de cada uno de los Ministerios, Direcciones generales, Tribunales de Justicia? Desperdigados por la ciudad, muchos de ellos en edificios monolíticos, adustos, encierran tanto misterio por fuera como por dentro.

He propuesto en otros foros la incorporación al paisaje urbano de Madrid de edificios de concepción historicista, del que tan excelente exponente fue Luis Bellido y González (Logroño, 1869; Madrid, 1955), autor de la rehabilitación imaginativa de la Casa de Cisneros, o de los edificios del Matadero, entre otros. Si se ha destruido el patrimonio arquitectónico, al menos, rehágase, en los solares que vayan quedando disponibles, con edificios de empaque, que resulten agradables a la vista, y concédase visibilidad a los que merecen la pena, no pocos de ellos, empozados en otros sin ningún valor.

Claro está que la referencia a esta problemática urbanística de Madrid (y, repito de otras ciudades españolas, víctimas del desarrollismo arquitectónico impenitente), no puede menospreciar la influencia surgida desde la corrupción y la negligencia en la observación de las normas de Planificación urbana. ¿De qué valen los planes, si no se cumplen? ¿Qué criterio sirvió para sepultar, rodeados de hormigón, colonias urbanas, supuestamente protegidas? Véase, por ejemplo (mal ejemplo), el mamotreto instalado en la calle Mateo Inurria, dominando, como un fantasmón, la Colonia Rosales, ejemplo de una forma de vivir agradablemente en la ciudad, que no mereció respeto por parte de quienes estaban obligados a defender su naturaleza.

(continuará)

Publicado en: Actualidad, Política

  • « Página anterior
  • 1
  • …
  • 67
  • 68
  • 69
  • 70
  • 71
  • …
  • 81
  • Página siguiente »

Entradas recientes

  • Homilía y lecturas del funeral de Angel Arias – Viernes 14 abril
  • Cuentos para Preadolescentes (12)
  • Cuentos para preadolescentes (11)
  • Cuentos para preadolescentes (10)
  • Cuentos para Preadolescentes (9)
  • Cuentos para preadolescentes (7 y 8)
  • Por unos cuidados más justos
  • Quincuagésima Segunda (y última) Crónica desde Gaigé
  • Quincuagésima primera Crónica desde el País de Gaigé
  • Cuentos para Preadolescentes (6)
  • Cuentos para preadolescentes (5)
  • Cuentos para preadolescentes (4)
  • Cuentos para Preadolescentes (3)
  • Quincuagésima Crónica desde el País de Gaigé
  • Cuentos para preadolescentes (2)

Categorías

  • Actualidad
  • Administraciones públcias
  • Administraciones públicas
  • Ambiente
  • Arte
  • Asturias
  • Aves
  • Cáncer
  • Cartas filípicas
  • Cataluña
  • China
  • Cuentos y otras creaciones literarias
  • Cultura
  • Defensa
  • Deporte
  • Derecho
  • Dibujos y pinturas
  • Diccionario desvergonzado
  • Economía
  • Educación
  • Ejército
  • Empleo
  • Empresa
  • Energía
  • España
  • Europa
  • Filosofía
  • Fisica
  • Geología
  • Guerra en Ucrania
  • Industria
  • Ingeniería
  • Internacional
  • Investigación
  • Linkweak
  • Literatura
  • Madrid
  • Medicina
  • mineria
  • Monarquía
  • Mujer
  • País de Gaigé
  • Personal
  • Poesía
  • Política
  • Religión
  • Restauración
  • Rusia
  • Sanidad
  • Seguridad
  • Sin categoría
  • Sindicatos
  • Sociedad
  • Tecnologías
  • Transporte
  • Turismo
  • Ucrania
  • Uncategorized
  • Universidad
  • Urbanismo
  • Venezuela

Archivos

  • mayo 2023 (1)
  • marzo 2023 (1)
  • febrero 2023 (5)
  • enero 2023 (12)
  • diciembre 2022 (6)
  • noviembre 2022 (8)
  • octubre 2022 (8)
  • septiembre 2022 (6)
  • agosto 2022 (7)
  • julio 2022 (10)
  • junio 2022 (14)
  • mayo 2022 (10)
  • abril 2022 (15)
  • marzo 2022 (27)
  • febrero 2022 (15)
  • enero 2022 (7)
  • diciembre 2021 (13)
  • noviembre 2021 (12)
  • octubre 2021 (5)
  • septiembre 2021 (4)
  • agosto 2021 (6)
  • julio 2021 (7)
  • junio 2021 (6)
  • mayo 2021 (13)
  • abril 2021 (8)
  • marzo 2021 (11)
  • febrero 2021 (6)
  • enero 2021 (6)
  • diciembre 2020 (17)
  • noviembre 2020 (9)
  • octubre 2020 (5)
  • septiembre 2020 (5)
  • agosto 2020 (6)
  • julio 2020 (8)
  • junio 2020 (15)
  • mayo 2020 (26)
  • abril 2020 (35)
  • marzo 2020 (31)
  • febrero 2020 (9)
  • enero 2020 (3)
  • diciembre 2019 (11)
  • noviembre 2019 (8)
  • octubre 2019 (7)
  • septiembre 2019 (8)
  • agosto 2019 (4)
  • julio 2019 (9)
  • junio 2019 (6)
  • mayo 2019 (9)
  • abril 2019 (8)
  • marzo 2019 (11)
  • febrero 2019 (8)
  • enero 2019 (7)
  • diciembre 2018 (8)
  • noviembre 2018 (6)
  • octubre 2018 (5)
  • septiembre 2018 (2)
  • agosto 2018 (3)
  • julio 2018 (5)
  • junio 2018 (9)
  • mayo 2018 (4)
  • abril 2018 (2)
  • marzo 2018 (8)
  • febrero 2018 (5)
  • enero 2018 (10)
  • diciembre 2017 (14)
  • noviembre 2017 (4)
  • octubre 2017 (12)
  • septiembre 2017 (10)
  • agosto 2017 (5)
  • julio 2017 (7)
  • junio 2017 (8)
  • mayo 2017 (11)
  • abril 2017 (3)
  • marzo 2017 (12)
  • febrero 2017 (13)
  • enero 2017 (12)
  • diciembre 2016 (14)
  • noviembre 2016 (8)
  • octubre 2016 (11)
  • septiembre 2016 (3)
  • agosto 2016 (5)
  • julio 2016 (5)
  • junio 2016 (10)
  • mayo 2016 (7)
  • abril 2016 (13)
  • marzo 2016 (25)
  • febrero 2016 (13)
  • enero 2016 (12)
  • diciembre 2015 (15)
  • noviembre 2015 (5)
  • octubre 2015 (5)
  • septiembre 2015 (12)
  • agosto 2015 (1)
  • julio 2015 (6)
  • junio 2015 (9)
  • mayo 2015 (16)
  • abril 2015 (14)
  • marzo 2015 (16)
  • febrero 2015 (10)
  • enero 2015 (16)
  • diciembre 2014 (24)
  • noviembre 2014 (6)
  • octubre 2014 (14)
  • septiembre 2014 (15)
  • agosto 2014 (7)
  • julio 2014 (28)
  • junio 2014 (23)
  • mayo 2014 (27)
  • abril 2014 (28)
  • marzo 2014 (21)
  • febrero 2014 (20)
  • enero 2014 (22)
  • diciembre 2013 (20)
  • noviembre 2013 (24)
  • octubre 2013 (29)
  • septiembre 2013 (28)
  • agosto 2013 (3)
  • julio 2013 (36)
  • junio 2013 (35)
  • mayo 2013 (28)
  • abril 2013 (32)
  • marzo 2013 (30)
  • febrero 2013 (28)
  • enero 2013 (35)
  • diciembre 2012 (3)
julio 2026
L M X J V S D
 12345
6789101112
13141516171819
20212223242526
2728293031  
« May