Al socaire

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Pongamos que hablo de Madrid (5)

15 abril, 2015 By amarias Deja un comentario

Continúo con la relación de algunos temas cuya corrección o mejora ayudaría, en mi opinión, a mejorar Madrid (y, seguramente, otras ciudades que hayan identificado similares problemas).

5. Respecto a la sinaléctica. Me he preguntado muchas veces, cuando circulo con mi vehículo por una ciudad que no conozco, si quien ordenó colocar las señales que, teóricamente, deberían servir para facilitarle el tránsito hasta su punto de destino (o circunvalarla con la mayor rapidez, si ese fuera el deseo), se han molestado en valorar la calidad o utilidad real de esas indicaciones.  Podrían hacerlo, por ejemplo, sentados en el puesto de copiloto, de alguien que nunca la haya visitado, y pedirle que se dirija a un Hotel concreto, al Ayuntamiento, a una calle determinada o…al cementerio. Por cierto, no pondría como condición sine qua non que dejen de utilizar su tontón, pues podría contribuir a un mayor desconcierto.

Madrid dispone, por supuesto, de muchos de los déficits de una mala señalización viaria: con la práctica, y a base de prueba y error, cada maestrillo se acaba confeccionando su librillo. Pero hay páginas especialmente difíciles de cubrir, incluso para los insider: encontrar la vía más rápida de trasladarse a Toledo por carretera desde la zona Norte es una de mis predilectas; despejarse entre las diferentes opciones que bordean el aeropuerto de Barajas (especialmente, la terminal T-4), otra de ellas; encontrar un aparcamiento libre en las cercanías del Teatro Real en horario de representación, sin desperdicio igualmente.

Discurrir sin equivocarse por Mirasierra, premio. Aproximarse desde el centro de Madrid, no ya a una calle, sino a alguna concreta localidad de la Comunidad, ya sea Pozuelo, Majadahonda, Las Rozas, Robledo, puede convertirse en una aventura desesperante, ante la barahúnda de autovías que se entrecruzan, sin aparente -ignoro si expreso- sentido, con salidas que conducen, por sus malas indicaciones -resulta malévolo que las direcciones indicadas sean las menos buscadas-, a dar vueltas y más vueltas.

Obviamente, los mismos, o de la misma subespecie, seres malévolos que han pintarrajeado las ciudades con sus aberraciones artísticas, han pasado también su mano por la mayor parte de los indicadores, tachándolos, corrigiéndolos e, incluso, cambiándoles el sentido. Nadie parece preocupado de hacer revisiones sistemáticas de estos carteles cuyo mantenimiento puede que sea, a saber en qué casos, teóricamente responsabilidad de la Dirección General de Carreteras, o del concesionario de las autopistas, pero cuyas deficiencias nos afectan, sobre todo, y en los casos que indico, a los que vivimos en la Comunidad de Madrid.

Capítulo aparte merecen las indicaciones de las calles de Madrid. Las placas con los nombres no están visibles en su mayoría -por inexistentes, muchas; tapadas por árboles y arbustos, no pocas; por situadas en lugares no adecuados para lo pretendido, demasiadas-. No conozco a nadie (desde luego, no los taxistas) que conozcan todas las calles de esta ciudad, ni, al parecer, las rutas más convenientes -la pregunta de tanteo del profesional, al darle una dirección es: ¿por dónde quiere que vayamos?-. Puede que sea un ejercicio memorístico propio de un concurso de los que tanto se estilan, pues muchas, cortas incluso, tienen distintos nombres a ambos lados de la calle principal, además de estar dedicadas a personajes desconocidos.

Ya me he referido al difícil tránsito por las aceras, que no siempre conducen a pasos de peatones, sino, también a la nada: un parterre, una isla en el asfalto. Sus estrechamientos, cuando se va con el carro de la compra, un cochecito de niño, manejando un coche de minusválido de forma autónoma o conduciéndolo como acompañante, son normales; no siempre es la propia acera la que se estrecha, sino la marquesina, el cartel anunciador, la farola…Alguien tomó la decisión, por lo demás, de colocar papeleras a cada paso, cuyo objetivo no es actuar de tales, sino de botelleros, recolectores de bolsas de basura, excrementos cánidos o chicle de transeúnte, entre otros menores, aunque relevantes para la memoria de quienes tienen que vaciarlas. Energúmenos de otras especies, tienen a bien romperlas y quemarlas, supongo que extasiados ante el espectáculo de su estulticia.

(continuará)

Publicado en: Actualidad, Política

Pongamos que hablo de Madrid (3)

12 abril, 2015 By amarias Deja un comentario

Prosigo con mis sugerencias acerca de cómo mejorar Madrid.

3. Respecto a los parques y zonas verdes. Madrid pasa por ser una de las ciudades con mayor número de árboles por habitante.  Si contamos los alcorques vacíos (que alguna vez debieron contener un árbol), y los que se encuentran en los jardines comunitarios privados, supongo que sí. Hace un par de decenas de años, alguien puso en práctica la buena idea de que los niños nacidos en Madrid tuvieran una placa con su nombre junto a uno de los arbolitos de los que se esperaba mejor vida. Parte de esas placas han perdido la referencia y, no pocos, el representante vegetal, que no ha sido sustituido, sirviendo actualmente el alcorque como recogedor de basuras, especialmente en los barrios más humildes.

Mención aparte merecen los parques infantiles, de los que, en efecto, hay profusión. Tienen columpios -los aparatos más utilizados, junto a los toboganes-, además de diversos balancines y unas peligrosas estructuras de cuerdas, que solo sirven para que los mozalbetes hagan en ellos sus equilibrios acrobáticos. Al atardecer, esos parques, ya no utilizados por los niños y sus cuidadores, sirven para que los perros retocen en ellos y, no raramente, los bancos de que disponen, son usados por parejas, vagabundos y drogadictos.

El Parque del Retiro está sobreutilizado los domingos por la mañana, y los festivos. Sobre su césped, se hacen merendolas por grupos étnicos -típicamente, ecuatorianos que los utilizan como punto de encuentro-, así como padres aficionados al fútbol que organizan partidillos con sus hijos y los del vecino. En los alrededores del lago, se disponen cuentacuentos, malabaristas, echadores de cartas y vendedores de ocasión. En zonas determinadas, bien conocidas por los interesados, se vende droga.

Otros parques de Madrid pasan por ser desconocidos y, felizmente para los avisados, poco utilizados. El Capricho, el del dedicado al Papa Juan Pablo II, el de Pradolongo, el de Usera, el de O ´Donnell, el de la Fuente del Berro, el de Rodríguez de la Fuente, el de la Quinta de los Molinos…tienen poco uso, algunos por no tener fácil comunicación, otros por estar poco iluminados al caer la tarde y, en general, porque al habitante de Madrid no le gusta la naturaleza, sino ver la tele en casa o en el bar o sentarse en las terrazas a tomar una cerveza con los compis del trabajo o la familia.

Es muy complejo y exige buen conocimiento forestal y de jardinería, además de dinero, gestionar un número tan grande de árboles, muchos de ellos, inadecuados para un ambiente de ciudad. Unos, de copa muy alta, y ya añosos, con raíces poco profundas, constituyen una amenaza latente, desgraciadamente, manifestada a veces con caída de ramas, e, incluso, del propio árbol. Los más frondosos sirven ahora como nido de esos pajarracos ruidosos, alóctonos, y depredadores, que son las cotorras, que, junto a las urracas y las palomas (las ratas del aire) constituyen, de largo, la población volante de la ciudad.

La ciudad necesita una revisión completa del estado de la población arbórea, acomodar los ejemplares que se repongan a la naturaleza de una ciudad cuyo suelo está muy horadado y tiene poca capa de tierra vegetal y vigilar las plantaciones que se realizan en los jardines privados, con ejemplares que acaban siendo peligrosos, por su proximidad a los edificios y a las aceras, cuando adquieren un cierto porte.

La codicia de algunos ciudadanos, que confunden lo público con lo que es accesible a su afán de llevarse a su casa lo que se adquirió con el dinero de todos, es causa de que, cuando están recién plantadas en primavera, se produzca la rapiña de no pocas de las plantas que se colocan en las zonas verdes de la ciudad. Los comercios que disponen de terraza a la calle son también objetivo predilecto de estos educados amigos de lo ajeno, que acuden por la noche con sus palas a llevarse algunas plantitas con las que decorar, gratis, sus balcones o jardincillos privados. No es, por lo demás, que Madrid se distinga por balcones engalanados con flores, pues son pocos los que están realmente cuidados, y lo más normal (en el sentido, de corriente) es que de los tiestos que dan a la calle cuelguen cadáveres botánicos o restos de mejores épocas florales.

Sería muy de desear que se despertase, o se mejorase, la conciencia ciudadana respecto a lo que es el Madrid común, para que se cuide más, se engalane mejor, y se respete siempre. Pero esta ciudad grande, demasiado anónima, desarrolla un individualismo peculiar, en el que el orgullo de lo colectivo se ha diluido para ceder ante la idea de que lo que debía ser de todos, es res nulius.

No quiero referirme más que de pasada, al hecho adicional de que los tiestos y terrazas que están en aceras y soportales, sirven de punto de evacuación, al menos de aguas menores, de los muchos habitantes flotantes de la ciudad (¡humanos!), lo que hace el paso por algunas zonas, para pituitarias sensibles, poco soportable.

(continuará)

 

Publicado en: Actualidad, Política

Pongamos que hablo de Madrid (2)

11 abril, 2015 By amarias Deja un comentario

Prosigo en este Comentario con mis apreciaciones de lo que debería cambiarse en Madrid, para hacer de ella una ciudad más moderna y agradable.

2. Respecto a la movilidad: transporte público y privado. La ciudad dispone, ciertamente, de un buen servicio de transporte urbano, especialmente en la interconectividad del centro de la ciudad. Basta mirar el mapa del metro para cerciorarse de la concepción centralista, en buena medida elitista, con la que fue concebido originalmente, y que resulta muy difícil de paliar, con la ampliación radial de las líneas, pues parece evidente que el coste elevado de una segunda red circular de metro, que intercomunique las periferias y los asentamientos más modernos, provocados por un crecimiento excesivo y no ordenado de la metrópoli, ha sucumbido ante el atractivo de una M40, o una M50 para los poderosos automóviles que tanto dominan en la moderna, a pesar de su futuro incierto y declinante, sociedad motorizada.

Las horas punta del transporte urbano, que son fundamentalmente aquellas en las que los trabajadores más modestos se dirigen o vuelven a sus puestos de trabajo, provocan la saturación de los vagones de metro, a pesar de la mayor frecuencia de circulación de los trenes. La congestión subterránea tiene su continuación en superficie, en donde miles de automóviles, típicamente con solo un pasajero (el conductor) o dos (el conductor y el directivo o alto funcionario que va a su despacho), colapsan a diario, en esas horas, las avenidas principales.

Es imprescindible analizar, con absoluto rigor, el tráfico de la ciudad, animando al empleo, no ya de horarios flexibles, sino de horarios flexibles coordinados: esto es, asignando intervalos horarios, según qué empresas, comercios, o departamentos públicos. El acceso a los colegios, institutos y universidades es otra causa de congestión, inaceptable y, por supuesto, causante de tremendos extracostes, tanto públicos como privados. Piénsese que 30 minutos perdidos en atascos de tráfico para una media diaria de medio millón de personas (como ejemplo modesto), implica más de  7 millones de jornadas perdidas al año. Un despilfarro insoportable, aunque en su mayoría (supongo) sean de ejecutivos y altos empleados y funcionarios a los que nadie controla la hora a la que llegan, ni lo que hacen, pues no puedo comprender por qué de ocho y media a diez de la mañana en Madrid no se puede circular con fluidez, salvo los fines de semana.

En relación con el transporte en autobús, además de denunciar el despilfarro injustificable de la renovación de marquesinas (las instaladas nuevas son peores, impiden la visión del autobús que llega, tienen bancos con una división que se pretendió justificar para que no sirvan de acomodo a desarraigados que las utilizarían para dormir, etc.), se debe revisar la secuencia con la que se produce la llegada a las paradas de, al menos, los vehículos de algunas líneas. Tengo especial y directamente comprobado que en  la línea 70, como ejemplo, no es inhabitual -más bien, contrario- que lleguen dos y hasta tres! juntos, siendo el intervalo de espera, como puede suponerse, una lotería, a pesar de los paneles que avisan de la llegada, colocados no hace mucho tiempo. Puedo imaginarme por qué sucede eso, pero prefiero que la imaginación del lector también aporte su valoración.

No hay ninguna razón, más que la negligente tolerancia, para que en las proximidades de ciertos restaurantes, discotecas, locales comerciales, hospitales y clínicas, y, además, junto a colegios e institutos, se admitan dobles filas de automóviles, incluso triples, colapsando a veces las calles.

Tampoco es admisible que la carga de depósitos -gases licuados, combustibles, etc.- o el servicio a establecimientos comerciales se haga en horas de mayor tráfico, o obstaculizando las aceras, u obligando a que los vehículos invadan el carril contrario.

No encuentro justificación a la falta de respeto a los pasos cebra, estimando especialmente peligrosos aquellos que se relacionan con un giro en el que los peatones disponen de luz verde y los vehículos solo son regulados por una luz ámbar. He sido testigo de varios sustos, algún atropello y, aunque extremo mi cuidado al tener que utilizar esas trampas para peatones, lo hago siempre con miedo a ser arrollado por conductores que solo van preocupados de sí mismos y sus prisas.

(continuará)

Publicado en: Actualidad, Política

Temible Leviathan

2 abril, 2015 By amarias Deja un comentario

La película titulada Leviathan, que dirigió en 2014 el inspirado Andréi Zviáguintsev, con un guión escrito junto a  Oleg Negin -protagonizada por un elenco de actores encomiable- me llevó a releer uno de mis pasajes preferidos de la Biblia: el libro de Job.

Ese monstruo acuático, identificado con una de las formas del demonio, que comparte muchas de sus características físicas con el cocodrilo y  del que «no hay sobre la tierra su semejante, porque está hecho para no temer nada» (Job, 41,34) es el elemento subyacente de la historia que nos cuenta Zviáguintsev: un hombre serio, sometido a la prueba de perderlo todo y que, efectivamente, es desposeído de cuanto ama (su casa, su pareja, su hijo, su libertad).

Su culpa no es otra que haberse enfrentado, en defensa de su derecho, con el auxilio de un letrado eficiente , al poder. Que la historia tenga como escenario la Rusia de Putin y que el poder triunfante adopte en la película la forma de un sistema político concreto al que los representantes de la judicatura, de la iglesia, de la policía, del empresariado, …rinden pleitesía , no nos impide, al contrario, entender que la historia es universal.

La vivimos aquí, también, en España. Tenemos ejemplos concretos. Yo, también. Poderes corruptos, que no pueden disimular siquiera en la incapacidad o en la ignorancia su desfachatez con los más débiles, que solo pueden esgrimir en su defensa, el valor del derecho.

El libro de Job es, en su conjunto, la narración de un misterioso episodio que, a los niños y a los inocentes se les esquematiza indicando que es la historia de un hombre que soporta con resignación la prueba de Jahvé, hasta el punto de perderlo todo. Sin embargo, la lectura desinhibida del texto nos descubre que el pobre Job se resiste únicamente a reconocer, como le aconsejan sus amigos, que vierten sobre él su propia culpa, que ha pecado. No lo hace por resistencia orgullosa, sino porque ha tratado siempre de ser justo, y, como el propio Jahvé le reconocerá, así ha sido: «¿Cuántas iniquidades y pecados tengo yo?» (Job, 13,23)

En fin: véan, si no lo han hecho, la película. Es magnífica. Y, si puedo aportar un poco de mi erudición de pacotilla, a los que tengan ganas de hacer gozar el espíritu con algo más que los sentidos del cuerpo, arrímense a Garcilaso de la Vega (1501?-1535), por ejemplo. Imagino al pastor Albanio, enamorado de Camila, a la que acaba de descubrir dormida.  Prudente y azorado, se plantea, en hermosos versos, si tendrá fuerza suficiente para despertarla.  Estando en estas elucubraciones, la joven se despierta y llama en su socorro a Diana, lo que obliga a actuar con rapidez al galán, que la sujeta, mientras le solicita: «No te muevas, que no te he de soltar; escucha un poco».

La fuerza de Leviathan parece magnífica, y sus servidores, confiados en ella y en sus ventajas. Los que no le tememos y deseamos que los justos no sean llevados a su ruina, sino al triunfo, nos apropiamos de la frase de Albanio, para sacarla de contexto, pero aplicarla a quienes se jactan de tener el poder de su parte: «No te he de soltar. Escucha un poco».

Publicado en: Actualidad, Política, Religión Etiquetado como: Job, Leviathan, religión, Zviáguintsev

De políticos y canciones

1 abril, 2015 By amarias 1 comentario

Una de las obras maestras de la literatura, de esas pocas creaciones de las que se puede disfrutar aunque por ellas hayan pasado siglos, guerras, pueblos y costumbres, es la Canción de Rolando (La chanson de Roland). (1) Sin detenerme a detallar el argumento -que los jóvenes bachilleres de mi generación recordarán, al menos, a grandes rasgos- apunto aquí solamente, para los que se contentan ahora con un par de brochazos, que el anónimo cronista detalla una traición y una proeza.

El héroe Rolando muere, junto a sus seguidores, tras sostener una imposible batalla contra un enemigo (no importa hoy al caso que allí sean seguidores de Mahoma), muy superior en número y que, además, por la felonía de un alto noble, familiar envidioso del elogiado, cuenta con la ventaja de la sorpresa.

Rolando se resiste valerosamente, vende cara su segura derrota y, solo cuando conoce que su muerte, herido ya mil veces, es inmediata, accede a la súplica de los suyos de pedir ayuda a Carlomagno, que está volviendo con el grueso del Ejército a sus palacios, y cuya retaguardia estaba protegiendo. Toca el olifante; el emperador acude y venga su muerte, consiguiendo una victoria total.

La Canción que aquí se escucha más en esta época no es la de Rolando, sino la de Robando. No es, por supuesto, ésta última, un episodio épico, ni arrastrará gloria alguna para sus protagonistas, que no son héroes, sino villanos.   No hay gesta, sino malicia. Se baten, sí, utilizando artilugios y artimañas, pero contra las mesnadas de la verdad y la justicia. Sus recursos son la esperanza en la superación de los plazos, la prescripción de sus delitos, la confianza en una artificiosa defensa legal, el beneficio del preciado indulto y, a no desdeñar, el cansancio colectivo, el olvido de los pecados, la redención por la expiación singular del tú-también.

En esta batalla trapacera, constituida en ceremonia de la confusión, en la que casi nada es como parece, y las promesas de ayer no son más que espejismos, y es imposible conocer si la solución está al alcance y si los que están al mando han tocado el cuerno para pedir más auxilios para ellos o para todos, se precisa que alguien ponga serenidad, ofrezca calma.  Ya está bien de mensajes en que los buenos son siempre los nuestros y los malos, los que militan con los otros.

Las elecciones de mayo, al menos en Madrid, ofrecen una oportunidad excelente para probar la capacidad de ciertas personas, a despecho de partidos, e incluso de ideologías.

Se trata de poner fin a la Canción de Robando, y recuperar, sino a los héroes, al menos, a los honestos y serios. Con su ejemplo, los demás ciudadanos, volveremos a las tareas propias despojándonos de la obsesión por criticar las ajenas. Necesitamos obtener la tranquilidad de que al mando del sistema tenemos personas creíbles, capaces de controlar la presumible presión de sus partidos, eficaces coordinadores de sus equipos, geniales impulsores de las ganas de todos, empeñados en hacer las cosas bien, y en obligarnos a todos a que hagamos lo que nos corresponda lo mejor que sepamos.

Hay una remota posibilidad de que Angel Gabilondo (cabeza de lista por el PSOE para la presidencia de la Comunidad de Madrid) y  Manuela Carmena (encabezando la variopinta relación de inquietudes que aglutina Podemos/Ganemos Madrid/Etc.), resulten ganadores en las elecciones de mayo.

No hago propaganda de partidos, que no me interesan. Tampoco me prodigo en el elogio de personas, aunque la vida me ha proporcionado la oportunidad de conocer a muchas, varios miles.

Me refiero a los dos citados porque son gente culta, y dan una imagen tolerante, inteligente, pacífica. Resultan ser gente experimentada, abierta, tranquila. No los veo fanáticos, sino aficionados al arte de pensar qué será mejor, y tratar de llevarlo a término.

Si no tuvieran un partido detrás, los votaría sin dudar. Supongo que bastante gente los votaría también. El que sean cabeza de lista de una agrupación política, me obliga a analizar con sumo cuidado el resto de los que la forman, sus tensiones internas, su homogeneidad ideológica, la trayectoria de sus miembros, sus declaraciones y experiencia concretas; por no hablar, de la coherencia de sus postulados con lo que yo entiendo que es practicable, razonable, oportuno…Muy complicado.

Y ahora viene la mayor carga de arena. Temo que, si los que indico más arriba fueran elegidos en las urnas, no duren en sus puestos mucho tiempo. Intuyo que, cansados de no poder hacer aquello que pensaban, desanimados por la tensión que provoca tener que avanzar entre zancadillas más que contando con apoyos, acabarán dimitiendo. Mayor probabilidad de tal posibilidad de abandono atribuyo, claro está a Carmena que a Gabilondo. No en vano este último ha sufrido ya en sus carnes la desilusión de no llevar a cabo lo que le parecía sensato, y le creo, por ello, más curtido en aguantar las heridas de la falta de acuerdos.

¿Conseguirán resistir los embates? ¿Seguirán fieles, como Rolando, al mantenimiento de su posición (que no de su puesto), sosteniendo su credibilidad? ¿Aguantarán traiciones, felonías, deserciones? ¿Elegirán a sus equipos de entre aquellos que estén dispuestos a luchar hasta el fin, o sucumbirán a presiones? ¿Tocarán el cuerno para pedir ayuda demasiado pronto, demasiado tarde, nunca?

Si se produce ese imposible de tener a dos personas de ese peculiar talante a la cabeza de las  instituciones más próximas a los madrileños, se abrirá un período muy interesante.  También por su edad (que otros juzgarán provecta), debe venir la enseñanza de serenidad que echamos de menos en la caldera de la crispación que otros alimentan.

—

(1) Rolando es, en la adaptación habitual al castellano, Roldán. Pero a mí me gusta recordar el original más fielmente.

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El origen de Dios

31 marzo, 2015 By amarias Deja un comentario

Supongo que no se escandalizará nadie (no lo pretendo, desde luego), si afirmo, para abrir bocas, que la antigüedad de Dios es, por lo menos, tan extensa como la de la capacidad de los homínidos para elaborar un pensamiento, aunque fuera de la máxima sencillez, sobre la desproporción de la naturaleza circundante y la incapacidad propia para dominarla.

Concretando algo: puede que el germen impulsor haya sido la confrontación con la muerte del otro como segura premonición de la propia; o, como iniciación poética, la contemplación silenciosa del cielo estrellado en una noche sin nubles, o el impacto emocional de la paz derivada como consecuencia de algún fenómeno meterológico de inusual intensidad que destruyó parte del paisaje

La vida del ser consciente está llena de peligros y la necesidad de apaciguar su inquietud provoca la urgencia de encontrar un antídoto. Dios, dioses, fuerzas superiores a las que, tal vez, rendir pleitesía; mejor aún, pretender dominarlas, para que atiendan nuestros deseos, complacer sus designios, convertirlas, en fin, en uno de los nuestros.

Hegel expresó con lucidez agnóstica, surgida de su formación cristiana, que Dios es un invento de la Humanidad, y que las religiones no suponen más que una rentabilización de esa carencia de la naturaleza dotada, por evolución caprichosa, de la anomalía del pensamiento. Otros lo hicieron antes, e incluso, mucho antes, y otros siguieron elaborando la teoría de la invención de Dios por el hombre.

Un divulgador científico muy afamado hoy en día, Hawking, se encarga de repetir que Dios no existe. Lo hace con la convicción de quien está, o se pretende estarlo, más enterado que la mayoría de sus coetáneos acerca de cómo se generó el Cosmos. Convertido en un involuntario anticristo, pretende incluso convencer al mismo Papa, de que se está a punto de descubrir qué pasó en esos nanosegundos que cambiaron la nada en energía, y que ha llegado la hora del desencanto.

Estamos en la Semana Santa católica de 2015 y son numerosas las localidades españolas que conmemoran, con escenificación variopinta,  los pasajes del nuevo Testamento en los que se nos describe la Pasión de un hombre singular, (Jesús), su  muerte y posterior resurrección del mundo de los muertos, prueba ésta tenida por demostración inequívoca de su naturaleza divina, al margen de genealogías, milagros y parábolas.

La conmemoración de esos episodios, de cuya realidad, a grandes rasgos, hace unos 2.000 años, no se plantean demasiadas dudas (a salvo, claro está, de la vuelta del crucificado al mundo de los vivos para ascender luego a los cielos, en donde serán también acogidos los bienaventurados), adquiere, en la práctica de las procesiones patrias, la categoría de espectáculo.

La Semana Santa que se practica en centenares de ciudades y pueblos españoles -Andalucía y Castilla, sobre todo- es una demostración genuina, brutal, intrasvasable a terceros, de la capacidad de exageración y despropósito que ha crecido con nosotros. Autoridades, cofrades, matronas con mantilla, portadores de pasos y de cruces, niños y adultos disfrazados de romanos, sayones o filisteos, devotos de verdad y de mentira, desfilan ante miles de otras personas que toman fotos, comentan, murmuran, aplauden, critican o se emocionan.

No me acerca más a la divinidad el contemplar esta exhibición compleja de actitudes, aunque no puedo evitar reflexionar sobre la naturaleza del origen de Dios y, de forma aún más intensa, sobre lo que querríamos que la divinidad hiciera por nosotros.

(El año pasado escribía esto: https://angelmanuelarias.com/procesiones-y-espectaculos/)

Publicado en: Actualidad, Religión Etiquetado como: Dios, procesiones, religión, Semana santa

Una yunta díscola (8): La gestión de la incertidumbre

18 marzo, 2015 By amarias Deja un comentario

(Este Comentario es continuación de los siete anteriores, que llevan el mismo título genérico: «Una yunta díscola» -es decir, crear empleo en el actual contexto tecnológico-)

8. La gestión de la incertidumbre: la coordinación eficaz de los agentes socioeconómicos

Escribe Tácito en «Los anales»: «Tiberio, acostumbrado aún sin necesidad, por naturaleza o por uso, a decir siempre palabras ambiguas y oscuras, entonces que lo procuraba con artificio eran tanto más inciertas y escondidas» (Libro Primero, pag. 22 Colección Austral, Ed. Espasa Calpe).

Pues bien: ante la compleja situación generada en el siglo XXI, caracterizada, entre otros protagonistas, por la combinación de globalización, consciencia endógena de la existencia de desigualdades graves en los desarrollos económicos en los países y áreas, control supranacional de los avances tecnológicos, alto nivel de exigencia popular en el mantenimiento de las situaciones de bienestar en los Estados más desarrollados, y agotamiento relativo de los recursos naturales, junto a la consciencia de un deterioro ambiental galopante y la alta probabilidad de un calentamiento de la superficie terrestre, …la proliferación de líderes con la mentalidad de Tiberio es un serio hándicap para canalizar la ejecución de las posibles soluciones.

A nivel general, el fracaso de las cumbres mundiales para tratar de analizar objetivamente los problemas es evidente. Falta un liderazgo claro, es cierto, pero también se echa de menos la consciencia de la problemática. Los informes del Panel del Cambio Climático no encuentran respuesta práctica, y el tiempo pasa, jugando en contra. Las conclusiones de las reuniones de los jefes de Estado, ya sean al nivel de los C-7, C-20 o en los numerosos Congresos y Asambleas propiciados por las Organizaciones supra-gubernamentales, evidencian un gusto por las declaraciones ambiguas, que incorporan promesas atemporales y especulan con la fijación de objetivos irrealizables y, por tanto, persistentemente incumplidos, lo que no debería tranquilizar a quienes tienen preocupación por el futuro, que va mucho más allá de los horizontes electoralistas en cada país.

En esta situación, deberían separarse los mensajes genéricos, voluntaristas, de lo pragmático. Es una lástima reconocerlo, pero la evidencia es cruel. Los encomiables esfuerzos en tratar de impulsar Unión de civilizaciones, Ayudar al desarrollo de los países más atrasados, contener el amenazador fantasma del Cambio climático, concienciar a las grandes empresas multinacionales en la responsabilidad social, etc., se han convertido en «palabras ambiguas y oscuras», revestidas de un artificio dialéctico que las hace «tanto más inciertas y escondidas».

España debe impulsar la investigación aplicada, retener a sus licenciados (que tanto ha costado formar), trazar un plan creíble de generación de empleo, e impulsar, fundamentalmente en solitario, la creación de actividad nueva, consolidando las líneas ya existentes. No se puede perder ninguno de los sectores existentes, y la incorporación de las nuevas tecnologías – generadoras netas de un déficit de empleo, que presiona sobre los menos cualificados-, ha de ser, cuando se emplean recursos públicos para favorecer su implantación, cuidadosamente analizada.

Lo digo desde mi posición de observador tecnológico, y, si me permite el lector la aparente petulancia, experto en alguno de sus campos. No se puede animar a las personas sin otra cualificación que su necesidad de encontrar un modus vivendi, a que creen su propia empresa: tenemos demasiadas peluquerías, mercerías, tiendas de ropa infantil, bares, restaurantes, cafeterías, bollerías, tiendas de la esquina; nos sobran, también, bufetes unipersonales, oficinas bancarias, estudiantes sin vocación, empresarios con escaso conocimiento de la evolución previsible de los mercados para sus actuales productos, etc.

Invito al lector, si no lo ha hecho aún, a que lea mi reflexión sobre «La rebelión de las élites».  El título de ese trabajo podría mover a confusión, al ser evidente la referencia semántica al trabajo de Ortega y Gasset sobre «La rebelión de las masas», escrito en un contexto sociológico muy diferente.

Lo que pretendo poner de manifiesto es que los políticos deben atender, hoy más que nunca, a incorporar a sus programas y propuestas, actuaciones concretas vinculadas al desarrollo de los sectores preferentes. La amenaza de burbujas existe por doquier y, por eso, hay que detectar a tiempo cuando la presión que las haría estallar es ya muy intensa.

Parece que hemos olvidado la explosión de la burbuja tecnológica de Terra, y vivimos aún obsesionados por la burbuja de la edificación que, como se ha dicho con preclara seriedad, no tiene que ver con ninguna burbuja de la construcción y, en cambio, ha afectado a las empresas constructoras, por la paralización de la obra pública.

(cotinuará)

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La rebelión de las élites

15 marzo, 2015 By amarias Deja un comentario

La decadencia en credibilidad de los dos partidos que habían resucitado la ilusión popular por la reconstrucción de un bipartidismo pacífico (es decir, por su misma esencia, engañoso), ha puesto el acento político sobre la incertidumbre que se nos avecina respecto a la gestión de la cosa pública.

No tengo la menor intención de entrometerme en la interesada pugna de los representantes de los diferentes partidos políticos que optan ahora (elecciones de mayo de 2015) por hacerse con una parte del pastel de los presupuestos de las Administraciones. Mi desconfianza espontánea respecto a los móviles particulares cuando se erigen en representantes de los intereses de aquellos a quienes, precisamente, han solicitado que depositen en ellos su confianza, viene de antiguo -tanto casi como mi mayoría de edad, y no quiero alardear de perspicacia temprana-.

No creo en la genialidad política, e identifico casi sin matices liderazgo con ambición personal, en ese terreno resbaladizo en el que algunos pretenden tener la solución al jeroglífico de la mejora del bienestar colectivo. Creo en el trabajo conjunto de los mejores, de aquellos que poseen las claves para avanzar en las soluciones, de quienes tienen mucho que perder y, sin embargo, se arriesgan a defender a los que nada tienen, para auparlos a situaciones de igualdad.

Es decir, creo en lo que la Historia y, en particular, la de España, se ha revelado como una rareza y en la que han sucumbido -incluso físicamente, asesinados, desterrados, marginados- una buena parte de los mejores individuos (intelectual y humanamente hablando) de los hijos de esta tierra que, en algún momento, hemos llamado Patria.

La fórmula para avanzar en la mejora colectiva es tan simple que hasta produce reparo pretender identificarla: hay que mover la situación, y de forma permanente, hacia la generación de riqueza y atender a su mejor distribución entre los que menos poseen. No tengo tampoco dudas de que la única manera de conseguir ese propósito es mediante una combinación de la economía de mercado (con mínimas restricciones, pero con vigilante control) y la gestión desde el Estado de los elementos básicos que impulsarán ese desarrollo: la educación, la sanidad, y la gestión impositiva.

La experiencia como observador me ha hecho desconfiar de algo que se suele utilizar como axioma: la separación de los poderes, judicial, legislativo y de gobierno. La teoría suena magnífica, pero en la práctica es irrealizable. Todo poder debe tener la servidumbre de ser supervisado, y la única forma de revisar algo creado por conveniencia de una colectividad es arbitrando mecanismos desde la propia colectividad, que los mantengan como independientes de esos poderes y, para lograr esa independencia, han de ser periódicamente renovados.

Sé que la palabra élite suena horrible a una mayoría de ciudadanos, que han sido, desgraciadamente, mal educados respecto al significado que debería darse a la autoridad. Hoy todos se creen con el derecho (a veces, incluso, con el deber) de opinar o poder opinar sobre todo. Y esto de la vida pública no es como el fútbol: no se trata de meter goles, de ganar partidos, de tener atletas bien pagados y con característica casi sobrehumanas en la formación a la que veneramos como macho cabrío expiatorio de nuestras limitaciones.

Me importa un comino si alguien alardea de ser honesto. Claro que tiene que serlo, pero, además, debe tener la seguridad y la tensión de que analizaremos su comportamiento. Me vale lo mismo (nada) que se presente como quien tiene la solución para sacarnos de cualquier encrucijada, con fórmulas de catecismo ideológico: menos impuestos, o más, o apoyar a los autónomos, o nacionalizar a algunas entidades, o defender la paridad de sexos en los comités, o crear mini trabajos, o reducir el salario, o presionar sobre los beneficios de los grandes grupos empresariales.

El movimiento se demuestra andando, y en esto, los españoles somos muy torpes. Copiamos del éxito de otros sin analizar si nos conviene esa medicina, despreciamos las propuestas del vecino porque conocemos a su familia desde siempre (es un decir), queremos tener hijos universitarios pero ridiculizamos cualquier opinión que provenga del saber, estamos perfectamente capacitados (alardeamos) para opinar de energía, minería, tecnología, globalización, cambio climático, labor del funcionario, capacidad para gestionar, nivel de prestaciones públicas, etc. Atendemos con vehemencia a juzgar los resultados de lo que nos interesa pero no somos capaces de analizar con objetividad lo que hace falta sacrificar para conseguirlo.

Por eso, estaremos siempre empezando, alucinados por la exhibición de cambio que prometen iluminados que no saben de Historia, ni de Tecnología, ni de Economía, ni de Sanidad, ni de Educación. Solo parecen haberse especializado en levantar la voz, chillar que son los mejores, los que pueden, los que más crédito merecen.

Me gustaría que escucháramos a las élites. No, por supuesto que no son la casta. No suelen hablar, aunque no quiere decir que estén callados. Trabajan, muchas veces en la soledad o en equipos reducidos, por conseguir mejoras. Investigan, razonan, argumentan, estudian, actúan en sus ámbitos. Son nuestros mejores.

No se dedican a la política. No están, muy posiblemente, entre los jueces, al menos, no entre los que llamamos mediáticos. No tienen renombre como médicos o ingenieros ilustres. Puede que nunca hayan alcanzado una cátedra. Es muy probable que vivan modestamente, con los dineros que su labor reposada y digna les ha permitido conseguir, a despecho de los empujones para subir de otros más hábiles para moverse entre las tinieblas.

España, por lo que parece, va a encontrarse en la situación de repartir nuevamente las cartas políticas que darán resultado a una situación de pluripartidismo, en la que el entendimiento respecto a lo que hay que hacer se hará, por momentos, confuso. Es una lástima. Porque la idea que habría perseguir, desde mi modesta posición de observador al margen de los partidos, con la mochila personal repleta de experiencias y de conocimiento de currícula ajenos, es la misma que tuve hace muchos años: solo avanzaremos colectivamente si atendemos a los mejores y solo hay una manera de avanzar con resultados: mejorando día a día, tramo a tramo, lo que tenemos para que nuestra sociedad sea más solidaria, más receptiva a las necesidades de los que menos tienen, más atenta a aupar a los mejores, a los que más saben, en las tareas de responsabilidad colectiva.

 

 

Publicado en: Actualidad, Sociedad Etiquetado como: conocimiento, elecciones, éltes, política

Una yunta díscola (6): Desbrozando la selva del desarrollo tecnológico

3 marzo, 2015 By amarias Deja un comentario

(Este Comentario forma parte de otros cinco, que, si el lector tiene interés por el tema, deberían ser analizados conjuntamente)

6. Elección de sectores y líneas de desarrollo preferentes

El desarrollo tecnológico -entendiendo por tal, aquellas líneas de ciencia aplicada que, en un momento dado de la Historia de la Humanidad, sirven a ésta para impulsar el crecimiento económico- no es un camino predeterminado, sino que obedece a multitud de intereses, presiones, oportunidades y variantes. Como en todo escenario complejo, la selección de los elementos que en un período dado resultarán determinantes, viene realizada por unos pocos agentes. Sin embargo, las oportunidades de acomodarse a él, como actores secundarios, no son en absolutos despreciables.

Para un país intermedio, la selección de las líneas propias de colaboración con los líderes de la investigación y el desarrollo que la situación revela como relevantes, bien pudiera tomar como referencia conceptual los tres ejes siguientes:

1. Análisis de las debilidades propias en relación con la probable invasión de productos tecnológicos extranjeros, que condujera a la definición y concreción de los aspectos concretos de la producción de tecnología aplicada que deben reforzarse. Esto implica considerar separadamente los subsectores que integran cada sector industrial, valorando, por una parte, su capacidad de resistencia individual y, por otra, su adaptabilidad a los nuevos impulsos tecnológicos, detectando, contando con la ayuda de expertos de máximo nivel, las necesidades de refuerzo.

No se trata de un juego de oportunistas y fracasados, pues no hay planteamientos inocentes en la carrera del desarrollo. Ha de tenerse en cuenta que desarrollo, por sí mismo, no significa nada , por más que se nos intente, de forma obviamente interesada, presentarlo como un objetivo apetecible, con impulso y ventajas propias.

Por ejemplo: ¿Debemos admitir, como un a priori, que el desarrollo implica mayor felicidad? ¿Para quién? La respuesta parecería implicar conceptos filosóficos, pero yo no lo veo así, con esa intención reduccionista . La felicidad, como nos indica un viejo cuento, consiste en no desear más que lo que se tiene, y disfrutar con ello. No puede menospreciarse que la apetencia de lo que no se posee genera inestabilidad, amargura y obsesión, que son alimentos seguros para la frustración y el descontento.

Lo que para algunos puede significar la posibilidad de incorporar a su esfera vital algo que no se posee, y que se valora como potencialmente atractivo, para la mayoría implica el reconocimiento de que no se puede alcanzar, o implica renunciar a otros bienes que podrían implicar, individualmente, una mayor satisfacción. Si  no somos libres para elegir lo que de verdad nos conviene, la servidumbre que impone la sección dominante en la sociedad para priorizar teniendo en cuenta otros intereses, no siempre transparentes, respecto a lo que merece la pena, nos subordina a objetivos ajenos, que pueden arrastrar frustración o enajenación.

Esta reflexión no es, en absoluto, gratuita. ¿Es más importante disponer de un reproductor de blue-ray que disfrutar de una excursión con la familia o amigos? ¿Debemos ser propietarios de la vivienda en lugar de arrendatarios? ¿Ser autónomo es la solución a nuestra incertidumbre laboral? Son solo unos pocos ejemplos de las elecciones que se nos fuerza a adoptar individualmente, sin disponer de toda la información para adoptar una decisión con sabiduría, y nos convierten en aún mayores prisioneros de la sociedad de consumo, empujándonos hacia una incertidumbre dependiente.

2. Estudio de las propuestas de reestructuración de la educación, la investigación, la explotación de los recursos y la producción, basadas en el efecto que las tecnologías pueden provocar en  la disminución de las complejidades, en la eliminación de las redundancias innecesarias, de las ineficiencias, etc.; sin embargo, hay que analizar también el efecto que producirá sobre el consumo la apetencia por nuevos productos tecnológicos, que se ha de estar en situación de fabricar, para evitar en lo posible la pérdida de divisas y la rentabilidad ajena de los efectos del desarrollo técnico. Esta situación implicar analizar y priorizar las necesidades de fabricación de elementos críticos en los que se basan algunas de los nuevos cacharros tecnológicos, para producirlos con medios propios,  generando los materiales adecuados y adaptando la formación de personal a esos requerimientos.

No es el individuo el que ha de ser adaptativo, porque individualmente se carece de la visión, y de la capacidad de decisión  y recursos para enfrentarse al maremágnum tecnológico. Es el conjunto de la sociedad, que incluye las Administraciones públicas, las organizaciones empresariales y sindicales, la Universidad, los partidos políticos, las plataformas sociales, etc, quien ha de valorar la situación, de forma continuada, y decidir qué posición adoptar para canalizar y encauzar las apetencias colectivas mayoritarias.

La falta de una discusión transparente sobre las líneas troncales que debe adoptar una sociedad, deja al individuo al albur de los caprichos de los agentes externos. Si no se discute el modelo educativo, si no se han elegido las líneas preferentes para la investigación que beneficiarán a la mayoría, si se carece de un programa consensuado de explotación de los recursos propios y su potenciación, nos encontraremos con la situación de que proliferarán las resistencias particulares, dificultando el avance conjunto hacia las mejorar consistentes, propiciando, una y otra vez, burbujas tecnológicas, bolsas de paro, ineficiencias en la educación y formación. Los que resultarán beneficiarios serán, principalmente, quienes mantienen el control, porque tendrán las mejores opciones de reproducir su situación ventajosa.

3. Un país intermedio no puede renunciar a la implementación de las tecnologías avanzadas de las existentes en el mercado, estableciendo convenios de colaboración tecnológicos, planes de desarrollo formativo con Universidades y centros de enseñanza, y, por supuesto, acuerdos de financiación con entidades prestamistas, concreción de programas de investigación público-privados relacionados con las carencias y plazos detectados, etc.

Sin embargo, la decisión dramática implica que hay que seleccionar entre aquellas tecnologías y procesos que se desarrollarán en el propio país y aquellos otros de los que se deberá ser adquirente. No se puede pretender ser autárquico, ni producir ni investigar todo: se debe priorizar. Si la Unión Europea funcionara como una entidad con una sola coordinación, sería tal vez posible presentar alternativa a la capacidad de marcar la dirección que tiene Estados Unidos y que, verosímilmente, alcanzará pronto China. Actuando de forma descoordinada, con intereses nacionales prevalentes sobre la estrategia común, España no tiene más opciones que seleccionar opciones en el panorama, amparar su debilidad con acuerdos y desear que, fundamentalmente por suerte, obtenga éxito en algún subsector concreto que permita negociar su posición en el escenario donde los grandes grupos marcan su política.

De esos análisis, efectuados de forma transparente, porque colectivamente hay mucho más que ganar de lo que se podría perder, deberían surgir líneas consensuadas, por ejemplo,  de desarrollo de software y comunicaciones, la selección de investigación aplicada y producción de materiales con determinadas características (pienso, por ejemplo, en el imprescindible Instituto Nacional del Grafeno, que vendría a sustituir un Instituto del Carbón que poco efecto tiene ya), el diseño y fabricación de equipos adaptados para cubrir ciertas carencias o posibilidades de mejora de aspectos concretos de la vida y los servicios ciudadanos, etc.

Me repito, en realidad. En mi tesis sobre el Desarrollo Industrial de Asturias y la Propuesta de Acciones a partir de la Experiencia reciente (leída, cum laude, en 1989), ya indicaba algunos de los sectores que deberían impulsarse, como preferentes actuaciones con interés futuro.

Cuando releo aquellas páginas, no es el orgullo el que me ciega, sino me acomete la desilusión de advertir que siguen siendo válidas. Sean cuales fueren, estas líneas de desarrollo podrían plasmarse en núcleos interdisciplinares (clusters) cuyo crecimiento, resultados y efectos deberían ser objeto de seguimiento y valoración por selectos equipos mixtos procedentes de las Universidades y empresas, manteniendo el criterio de que se trata de sostener una investigación abierta (open research, es decir, disponible para su uso libre).

(continuará)

 

Publicado en: Actualidad, Sociedad, Tecnologías Etiquetado como: angel arias, desarrollo industrial, desarrollo tecnológico, tecnología, yunta díscola

Una yunta díscola (3): La burbuja de la economía del bienestar

2 febrero, 2015 By amarias Deja un comentario

Estas reflexiones forman parte inseparable con otras, algunas ya publicadas en este blog, de mi escrito titulado»Una yunta díscola: tecnología y empleo».

3.  En tierra hostil: La burbuja de la economía del bienestar

El interés del capital por las llamadas empresas tecnológicas, ante las grandes perspectivas de beneficios que resultarían de su difusión masiva, ha provocado ya, en el año 2000, un estallido la burbuja bursátil. En realidad, las tensiones y desajustes entre las perspectivas y la realidad constatada, formarán parte de la hoja de ruta de la gestión mundial de la tecnología.

Una forma de gestión que está regida, fundamentalmente, por la avidez en incrementar facturación y acumular beneficios y la falta de una regulación, especialmente a nivel internacional, que limite los impactos sobre la economía real y supervise de manera eficiente la reinversión social de las plusvalías.

Porque, como siempre ha sucedido y sucederá, una nueva tecnología que tenga amplia aplicación, puede suponer grandes márgenes de beneficios. No puede haber sorpresa ante esta afirmación. En todos aquellos negocios en los que el cliente potencial carece de referencia respecto a los costes de producción, y la necesidad o la apetencia por el producto existe, el precio de venta puede perfectamente corresponder a una fantasía, solo limitada por la codicia del fabricante.

Para las grandes empresas que temen ver amenazada una parte de su mercado por la aparición de una nueva tecnología más eficiente, se puede entender (desde su punto de vista) la dedicación con la que tratan de detectar potenciales competidores, comprando sus productos (o las mismas empresas) cuando aún están en fase de gestación más o menos avanzada, para incorporarlos a sus procesos o, no hay que descartar la opción, descartarlos del mercado, abortándolos.

Si se analizan los gigantes de la economía mundial, como es por lo demás bien conocido, las compañías norteamericanas ocupan los primeros puestos. Según el índice Bloomberg (2014), los catorce primeros lugares por capitalización bursátil están ocupados solo por empresas con sede en Estados Unidos y China.

Los 3,9 billones (millones de millones) de euros que acumulan estas catorce multinacionales delatan un inmenso poder de decisión, reflejado, no ya en su facturación, sino en las opciones de captar dinero de los inversionistas para seguir expandiéndose. La relación de valor en Bolsa entre unas y otras es de 75%, a favor  de las norteamericanas, y las cinco primeras de la lista (Apple, Exxon, Microsoft, Berkshire Hathaway y Google) concentran  ya el 46% de esa capitalización (1,8 billones de euros).

Ante la magnitud de estas cifras, puede comprenderse mejor (si no se había reparado antes en ello) el limitado efecto que pueden tener sobre la base tecnológica de la economía mundial los Estados individuales y, si se quiere verlo de un modo más correcto, la tremenda influencia y presión que las grandes empresas ejercen sobre los gobiernos.

Analícese el reparto de un presupuesto genérico. En un Estado debe separarse el destino de los impuestos destinados al sostenimiento de los gastos corrientes de las Administraciones públicas  (masa funcionarial, fundamentalmente), tanto de los relativos al sostenimiento del estado de bienestar (sanidad, pensiones, educación, ayudas al desempleo, etc.), como de los concernientes a la creación de actividades nuevas o a la contratación de constructoras (inversiones en infraestructuras, apertura de centros o líneas de investigación, etc.).

Poco margen queda para dotar a los gastos del Estado no corrientes de una orientación preferente hacia la creación de actividades sostenibles.

Si se reduce el capítulo de gasto correspondiente a los funcionarios, es evidente que se está afectando  a la capacidad de consumo directo de los empleados públicos y sus familias, y esa reducción del consumo actúa principalmente sobre los bienes que tengan una connotación suntuaria, es decir (en general), disminuyendo (algo) la facturación de las empresas tecnológicas. Puede que los funcionarios no protesten demasiado ante una reducción salarial moderada, pero tendrá un efecto multiplicador sobre las empresas (y asalariados) que se encontraban dependientes de su política familiar de gasto.

La reducción del capítulo de prestaciones sociales tiene, además de efectos inmediatos, repercusiones a medio plazo.  Los dineros dedicados a educación, sanidad, ayuda asistencial, asistencia jurídica, etc., cuando disminuyen, son percibidos por los afectados, inevitablemente, como efecto de una mala gestión del gasto público, generando sensación de ineficacia, al margen de sus propias consecuencias en lo que supongan la pérdida de parte de las prestaciones que se tenían por consolidadas.

El tercer capítulo tiene repercusiones aún a más largo plazo y, por tanto, admiten una peor corrección. Incrementar impuestos o mejorar la gestión, reduciendo posible ineficiencias, podrá repercutirse rápidamente en la mejora de la sanidad, las pensiones e, incluso, la educación, pero las decisiones para acometer infraestructuras o mantenerlas, que han sido pospuestas, pueden estar afectando  a la rentabilidad y eficiencia colectivas, esto es, a la generación de oportunidades.

En España, el número de empleados públicos ha fluctuado entre 2009 y 2014 de 2.500.000 a 2.698.628. En 2014, casi exactamente la mitad estaban localizados en las CCAA (1.284.646 personas). El gasto de personal consolidado, para todos ellos fue de 33.687 millones de euros, incluidas los créditos para pensiones de las clases pasivas (12.383 millones de euros) (Fuente: Ministerio de Hacienda y Administraciones). Esta es la cuantía que se pone anualmente en circulación, fundamentalmente orientada al consumo de bienes y servicios de baja y media tecnología, por la propia naturaleza de los detentadores del gasto: particulares.

De un total de ingresos tributarios previstos de 186.111 millones de euros, el gasto disponible para los Ministerios del Estado será en 2015 de 34.526 millones de euros, prácticamente la misma cantidad que la dedicada a pagar los intereses de la deuda pública (que ha superado el billón de euros, y está próxima al 95%). El montante de la inversión real del Estado (sin incluir transferencias de capital ni empresas públicas) será de solo 4.728 millones de euros, la tercera parte que en 2008.

Volveré sobre estas cifras y su significado completo desde la perspectiva con la que enfoco este trabajo, pero los órdenes de magnitud expresados reflejan el reducido impacto que sobre la reactivación de la economía real puede desempeñar la dedicación pública directa.

(continuará)

Publicado en: Actualidad

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