Al socaire

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¿Qué se enseña en las Facultades de Políticas?

19 julio, 2015 By amarias 2 comentarios

Publica El País del 19 de julio de 2015, en la sección de Opinión, un artículo de Pablo Iglesias (Turrión), secretario general de Podemos, titulado «Una nueva Transición». Iglesias presenta un relato fáctico de lo sucedido a partir de 1978 en el escenario político de España que no tengo mayor problema en identificar como «de parte», es decir, interesado.

Dada la edad del firmante y su relación indirecta con los hechos que narra, tampoco se puede aceptar su declaración como testigo, aunque, dada la formación académica de Iglesias y el que hasta ahora su modus vivendi fuera de Profesor universitario, no hay razón para negarle, en principio, la calificación de perito, si bien, al no haberle tomado previamente juramento o promesa de decir la verdad, cabría tener dudas de si lo que afirma es resultado de ciencia o producto de una calentura.

No soy yo proclive a conceder títulos de experto a quienes analizan hechos que solo conocen de oídas y leídas, especialmente si tengo la sospecha de que pretenden obtener tajada del relato. Pero que el autor sea hoy día candidato a la presidencia del Gobierno de España, y que lleve la enseña de capitán de una formación política que despierta adhesiones inquebrantables como no se conocían desde los tiempos de la dictadura de Franco, confiere a sus reflexiones un carácter relevante y, dado lo colorido y ágil con que las presenta, sería de necios despreciar su influjo doctrinario.

Si a Iglesias se le puede negar el carácter de testigo neutral y hasta el de experto en prácticas políticas, dado su corto pase por la escena, distinta calificación merecería Jorge Verstrynge,  rigurosamente coetáneo de quien esto escribe (ambos nacimos en 1948).

Verstrynge,  en una entrevista realizada con el formato de loor de santidad y con un distendido encuadre televisivo (La Sexta, bajo el título, con divertida connotación para perversos, de «Al Rojo vivo»), en la madrugada del mismo día 19 ofreció también un recorrido pictórico sui generis sobre la política de los últimos cuarenta y tantos años de nuestro país.

En este caso, el relato fáctico cuenta con la calidad testifical y la riqueza anecdótica y semántica,  de quien ha vivido los hechos en primera persona, y, además, ha experimentado en sus propias carnes, siendo él mismo un brillante resultado, una secuencia intensa de cambios ideológicos. Puede que la de Verstrynge sea la más variada, compleja e inaudita carrera política de cuantas puedan presentarse en España, tierra, por cierto, nada escasa en transfuguismos políticos ni en cambios de chaqueta.

Dijo Verstrynge, que Iglesias había sido uno de sus mejores alumnos. Lo expresó con evidente admiración, por lo que cabe interpretar que, para el maestro, pocos como Pablo Iglesias (Segundo) han captado en profundidad y en toda su complejidad, la esencia del Camino Iniciático que a él le condujo a la Verdad, al Nirvana político, a la revelación que inspira al bienaventurado a ser otro Buda.

Así lo pone de manifiesto el sendero recorrido por Verstrynge, lleno de trampas y caídas: desde el neofascismo francés, pasando por Alianza Popular -en donde tuvo el placer morboso de hallarse sentado a la derecha del padre-, … siguiendo por las frondosas ramas del socialismo felipista -en donde apenas si tuvo tiempo a una pirueta-, hasta arribar, después de un itinerario por el comunismo de cartilla, y ya casi purificado de toda mancha anterior, al círculo interior de la devoción mística por los principios inquebrantables de la revolución bolivariana.

Cierto que aún se le advierte, como una verruga, un suave aprecio hacia las esencias del comunismo teórico, que ve encarnadas hoy en Cayo Lara, cuyo aspecto y tono venerables aseguran su incapacidad para enfadarse ni con quien le haya robado los calzones. La condescendiente sonrisa con la que Verstrynge despachó el tema del futuro del viejo león desdentado, revelan que le inspira más lástima que recuerdos del terror bakuniano, superados hoy por el mensaje vertical, integrador, con la visión inspirada de que habrá, otra vez, un Partido Único, gran unificador de las inquietudes del pueblo,  encajadas en un mosaico común, en el que todos se sabrán escuchados.

Mientras leía, caladas mis gafas, las frases inspiradas del erudito Pablo Iglesias, reconociendo que «llevamos un año preparándonos para ganar siendo la fuerza política que representa a las clases populares y a la sociedad  civil (…)» sentí el escalofrío de quien teme encontrarse otra vez en la noche oscura de las almas, junto a otras víctimas agrestes con incapacidad para sacar el menor partido, la mínima ventaja, de cuanto saben y conocen, pobres diablos que siempre estarán del lado equivocado. Tipos que jamás se sentaron junto al poder, pero nunca les pareció una buena opción alinearse contra él.

De pronto, recordé aquellos tiempos en que la llamada Facultad de Ciencias Políticas, Económicas y Comerciales, hacia 1971, en los arcanos académicos de la Complutense, misteriosa para quienes habíamos estudiado en una Escuela Superior de Ingeniería, e incluso para quienes nos animábamos a investigar en los recovecos de la Filosofía pura, se escindió en dos: Ciencias Políticas y Sociología y Ciencias Económicas y Empresariales. Fue preludio de posteriores divisiones, que vinieron a demostrar la actividad generadora de esos saberes nuevos, despreciados por técnicos y los filósofos, y probaron la fuerza creativa de sus impulsores, cocineros autolaureados que introdujeron ingredientes exóticos y citas foráneas para salpimentar lo que se coció en los fogones de nuestra polis.

Comprendo bien que Pablo Iglesias, acompañado de otros muchos estudiosos de la ciencia política, se crean capacitados mejor que ningún otro para dirigir ahora el cotarro real: No han vivido el cambio, pero lo han estudiado en las aulas, lo han digerido ya explicado y condimentado, mamándolo de los pechos ideológicos de personas experimentadas como Jorge Verstrynge, navegante superviviente en todos los mares.

Para mayor facilidad didáctica con la que propagar el mensaje, lo encuentran incluso representado en secuencias memorables de películas interpretadas por Marlon Brando -la «genial Queimada de Gillo Pontecorvo»- (cito literal del artículo)… Al fin y al cabo, todo se concreta en argumentos sencillos, mandamientos irrefutables que se reducen, en esencia a dos: denunciar la corrupción de todos los gobernantes anteriores, y dejar que el pueblo se exprese, porque en él está la verdad.

No soy capaz de desentrañar lo profundo del mensaje, por más que me devano la sesera. Por eso, me pregunto, consciente de que llego ya demasiado tarde para emprender otra carrera univesitaria: ¿Qué se estudia en las Facultades de Políticas?

¿Me he perdido algo? ¿Es una rémora insalvable haber permanecido fiel a los principios éticos que me inculcaron mis padres? ¿No me servirá de nada haber estudiado Historia por mi cuenta, buceando en múltiples fuentes, sin admitir que una persona sola me la explique? ¿Es un desdoro haber conocido de primera mano muchos currícula de arribistas, salvapatrias y sabihondos? ¿Pesa en mi contra que nadie me haya considerado jamás su mejor alumno, ni siquiera en las Universidades en donde obtuve mis títulos académicos?

Y, por cierto, ¿dónde puedo homologar el recorrido experimental que me acreditaría como escéptico ante quienes se arrogan la capacidad, derivada de su presunta superior inteligencia, para otorgar títulos de expertos en legitimidad y proyectos de país?

Porque, como he escrito muchas veces, una cosa es predicar y otra dar trigo. Aunque se tenga el campo, hace falta la semilla. Y para hacer buen pan -prefiero el de muchos cereales y libre de toda mamadura-, mejor el saber práctico del panadero, que pertrecharse tras libros de cocina.

Publicado en: Actualidad, Política Etiquetado como: económicas, Facultad de Ciencias Políticas, Gillo Pontecorvo, Jorge Verstrynge, Marlon Brando, Pablo Iglesias, Queimada, Una nueva Transición

Aznalcóllar, from lost to the lawsuit

9 julio, 2015 By amarias 2 comentarios

Pocas veces he sentido tan intensamente el orgullo de ser, a la vez, ingeniero de minas y abogado y haber tenido la fortuna de desarrollar mi vida profesional combinando ambos campos. Fue en la Fundación Gómez Pardo, el 8 de julio de 2015, con ocasión de una Sesión sobre «Minerales en Andalucía» (1).

Todas las ponencias fueron de muy alto interés, y espero tener ocasión en estas mismas páginas de referirme a otras con cierto detalle. Pero en este comentario quiero poner énfasis especial en la intervención de la Directora General de Minería de Andalucía, María José Asencio.

María José Asencio es economista y, compartiendo ante todo la opinión que he venido escuchando de muchos colegas de la minería, ha tenido un papel impulsor por el desarrollo de esta actividad que la hace merecedora de la admiración, el apoyo y el afecto (pues, además de sus cualidades como política y como profesional, derrocha simpatía personal) de quienes creemos en el papel que debe jugar la explotación de los recursos minerales en el desarrollo de nuestro país.

Se preguntaba María José, si encontraría el tono adecuado para contarnos las vicisitudes por las que está pasando la decisión de abrir la Mina de Aznalcóllar, palabra convertida en la bicha de la minería, a partir del desastre ecológico provocado por la rotura de la balsa de lodos en 1998 (que fue importante, pero de efectos bastante menores de lo anunciado por los voceros diligentes en exacerbar todo catastrofismo) (2).

Lo hizo, después de haber expuesto, con datos concretos, el Balance legislativo del mandato anterior a las últimas elecciones autonómicas, y su labor de promoción exterior, exponente necesario para las actividades desarrolladas en Andalucía, enfocadas a eliminar dificultades para la explotación minera y que están relacionadas, por tanto con la ingente labor de poner al día el Registro de derechos mineros y abordar la sistematización para el tratamiento de la información sobre explotaciones vigentes, nuevas concesiones, sin olvidar la detección de los derechos caducados. Todo esto, sin detrimento de otras actividades de su equipo.

Quienes escuchamos, con plena atención, su disertación, estaremos de acuerdo que encontró el tono. Y sobre todo, acertó a poner de manifiesto que la batalla post decisión de adjudicación del concurso que su Dirección convocó para cumplir con el mandato del Parlamento andaluz de abrir la mina mediante un concurso, no es una batalla técnica, ni jurídica, sino que es la consecuencia de una pataleta de perdedor que ha utilizado en su beneficio ciertas debilidades de nuestro sistema.

Para quienes no hayan seguido las informaciones de prensa, hago un resumen de urgencia. Dos grandes grupos se presentaron al concurso (un tercero, igualmente poderoso, se retiró sin ofertar, aduciendo pertinentes razones acerca de las dificultades encontradas para cumplir con el restrictivo Pliego de condiciones): Mexico-Minorbis (denominación de la agrupación entre Magtel y Grupo México) y Emerita-Forbes (con la potencia financiera del grupo inversor canadiense Forbes&Manhattan, canalizado a través de su participada en España, creada en 2012, Emerita Resources Corp,  que tiene los derechos de explotación del oro de Navelgas, en Asturias, que adquirió a Narcea Gold Mines, y dos proyectos de investigación en Extremadura, también en relación con el oro).

La Mesa Técnica y la Mesa de Concurso (formada a imitación de lo previsto en la Ley de Minas para la adjudicación de permisos de investigación), valorando ambas propuestas, decidieron dar ganadora a Mexico-Minorbis, que debería presentar en plazo muy corto, el proyecto concreto de explotación. (3)

La Directora refirió que, desde ese momento «nos hemos visto envueltos en una denuncia derivada de la situación generada por la empresa que perdió el concurso».

Quienes han puesto su empeño, y empleado dineros, en presentar una oferta tentadora a un concurso importante, y se encuentran en la posición de perdedores, es natural que se sientan decepcionados. Admito, porque he experimentado la sensación y tratado de obtener consecuencias, que el asunto sea causa de revisión interna de fortalezas y debilidades, asunción de oportunas responsabilidades, sin obsesionarse por la cuestión, de naturaleza siempre inquietante, del»qué habremos hecho mal», ni lacerarse por ello.

El propósito de transparencia, que es objetivo laudable en las administraciones modernas, ha conducido a Pliegos prolijos, normas de puntuación que pretender ser objetivas, peticiones exhaustivas de información a los licitantes, conversaciones reiteradas entre técnicos de las empresas, funcionarios y asesores, acercamientos personales, subterfugios para revestir la oferta con los mayores atractivos, y, en fin, movimientos comerciales de amplio espectro, que pretenden llegar a adquirir el pleno conocimiento de lo que la Administración quiere, y valorarlo adecuadamente, para no renunciar al beneficio empresarial.

En el sector de servicios ambientales, que tomo por ejemplo, -ya que lo he vivido muchas veces, como responsable de numerosas ofertas-, esto es pan diario. Con una diferencia al respecto: el mercado -al menos, hasta hace años, cuando gran parte del pescado estaba por repartir y las administraciones públicas se prodigaban en licitaciones- tenía espacio suficiente. Se podría perder una oportunidad, pero la experiencia servía para ganar la siguiente. Las empresas competidoras se conocían cada vez mejor, la intención de ser el candidato idóneo exigía imaginación, cálculos finos, renuncias a beneficios inmediatos.

En ciertos casos, la empresa perdedora llevó a la ganadora a los tribunales de lo contencioso, alegando errores de apreciación, confusión en los baremos de puntuación, y otros argumentos, más o menos fundados. La mayoría de las reclamaciones no prosperaron. Se resolvieron por retirada de la demanda, porque el mercado no permitía empecinarse en las batallas del perdedor. En otros casos (pocos), los Juzgados encontraron dificultades en entrar a una valoración de criterios técnicos, ya que los peritos de parte y los judiciales llevaron a la convicción del juzgador de que hay siempre elementos subjetivos, nacidos de la experiencia particular de cada empresa, que no son comparables, o lo son solo por sus efectos finales, es decir, por la ejecución correcta de lo previsto en el contrato de adjudicación, y que solo puede dilucidarse cuando se esté realizando ésta.

La realidad actual del sector de explotación de recursos minerales en España es diferente. El mercado minero en España es, actualmente, reducido, y no se puede invocar ni la ausencia de rentabilidad ni la escasez de oportunidades. Si, en general, falta investigación de recursos mineros, y siempre se necesitan inversores dispuestos a arriesgar (y, a veces, cantidades importantes) y se han de apelar a conocimientos técnicos y experiencia en absoluto comunes, se está viviendo un momento importante para la minería de algunos minerales, por demanda, y por precio.

La explotación de la franja pirítica bética, con una riqueza mineralógica excepcional, es la más clara oportunidad -ya realidad en varias explotaciones- para generar actividad, empleo y rentabilidad económica, en Andalucía. Se comprende que, en una comunidad tan necesitada de iniciativas empresariales, la Junta de la Comunidad autonómica viera en la reactivación de Aznalcóllar un activo cuya puesta en valor no se debía demorar.

Emerita Resources, la perdedora, eligió una vía de reclamación que solo se puede calificar de lamentable: acusar, por la vía de lo penal, a personas de la Junta y a los técnicos intervinientes, de los delitos de prevaricación, tráfico de influencias, cohecho y fraude. Y, de forma inexplicable, funcionarios de los cuerpos de Policía y de la Guardia Civil han participado, con opiniones que la prensa se ha encargado de difundir, alimentando el fuego mediático, sobre la actuación de los profesionales técnicos, en una injustificable extroversión de sus funciones específicas, entrometiéndose en la cualificación de pericias ajenas a sus competencias.

Me parece que el auto de la juez Patricia Fernández, del Juzgado de Instrucción de Sevilla, expresando que «la Junta ha adjudicado el concurso sin el más mínimo rigor» revela una predisposición sancionadora que invalida o compromete seriamente, por su expresión y forma, la objetividad que debía pretenderse de una instrucción en la que entran como elementos centrales de juicio, es decir, de opinión, factores técnicos precisos y de muy alta cualificación, y que afectan, no solo al procedimiento administrativo, sino a la forma de valoración de ofertas complejas, dispares, presentadas por grupos internacionales de probada experiencia y que han interpretado lo que demanda el Pliego a su saber y entender.

María José Asencio, experimentada a fuerza de disgustos en explicar por activa y por pasiva su actuación y la de sus técnicos, terminó su alocución con estas palabras, que transcribo de mi libreta de apuntes:

«Doy estas explicaciones porque las hemos datos en todas partes. Este foro me parece, sin embargo, especialmente adecuado, por su cualificación. Y hago una reflexión final: No podemos estar diciendo continuamente «¡Con lo bien que lo hemos hecho y la caña que nos están dando!». A lo mejor teníamos que haber esperado un tiempo, para que no coincidiese la adjudicación con el ruido político. »

Porque, como también concretó, respondiendo a su pregunta: ¿Cuál es el resultado del Concurso? «Que Grupo Méjico, junto con las demás empresas licitadoras, lo que han ganado es la posición de privilegio para tratar ahora de poner en marcha el proyecto de investigación previo al proyecto minero, para lo que necesitan obtener la aprobación en absolutamente todos los trámites necesarios. Esto tampoco se ha entendido. Lo que han ganado es, pues, solo una posibilidad  de explotar la mina, no la explotación propiamente dicha.»

El aplauso con el que se premió la intervención de la Directora General, y el vivo coloquio posterior, vinieron a demostrar que contaba con el apoyo de los presentes y, en lo que se refiere a los compañeros ingenieros de minas que se están viendo incursos en ese desagradable proceso penal, quedó patente que cuentan -y solo estamos juzgando su profesionalidad, su capacidad para analizar un proyecto minero desde la ética, conscientes de su complejidad- con la simpatía y respaldo de los profesionales que vivimos la minería, como nos recuerda permanentemente, con muy pocas palabras el legado de Casiano del Prado (1841), esculpido en mármol en el hermoso salón de Actos de la Escuela de Madrid: «Apenas conozco carrera en la que la probidad, la lealtad, la buena fe, sean de tanta necesidad como en la del minero».

¿Qué por qué me he sentido orgulloso de mi doble titulación? Porque, desde mi experiencia en entender las debilidades humanas, creo poder comprender mejor que lo técnico y lo jurídico deben respetarse mutuamente, y que solo desde la delimitación de los respectivos campos de competencia, se estará más cerca de la verdad objetiva, cuando de lo que se trata es de analizar la coherencia de una decisión que demanda, para su cabal comprensión, altos conocimientos de cualquier procedimiento de ingeniería.

Y aún digo más: la verdad objetiva, en lo técnico, no existe a menudo, por más que se pretenda. Y en la explotación de los recursos mineros, solo podría conformarse en la mente ingenua de un juzgador que no entendiera el significado y valor de las ciencias que permiten obtener con eficiencia los recursos de la tierra. Hacen falta muchos años de estudio, decenas de experiencia propia y ajena y una cierta dosis de intuición para alcanzar algo parecido a lo perfecto.

Qué pena para Andalucía y para la minería que la rabieta del perdedor haya encontrado eco en un sistema judicial lento y excesivamente garantista, cautivo él mismo de recursos procesales que se pueden utilizar con ánimo intimidatorio y, en todo caso, dilatorio; qué pena que la profesionalidad y la probidad puedan ser puestas en entredicho por quienes no saben de lo que hablan, ni a quién hieren.

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(1) La sesión fue organizada conjuntamente por los Colegios de Ingenieros de Minas de Sur y centro de España, por la Fundación Gómez Pardo y por Atlantic Copper España.

(2) Por cierto, que el itinerario jurisdiccional de las reclamaciones económicas, imputaciones a técnicos y empresa, en relación con el «desastre de Aznalcóllar» debieran servir de material de reflexión, junto a otros sucesos que alcanzaron en su momento gran difusión en los medios y luego se han visto sepultados por larguísimos procesos judiciales, para revisar planteamientos sociales, jurídicos, económicos y técnicos en relación con la protección al ambiente, la explotación de recursos y la importante cuestión de la rehabilitación de los espacios afectados por la minería.

(3) Grupo México es uno de los principales productores mundiales de cobre y molibdeno, con explotaciones en México -en Sonora posee la mayor reserva de cobre conocida, el yacimiento de Buenavista-, Perú, Chile y Estados Unidos. En el primer trimestre de 2015 informó de una facturación de 2.100 millones de Dólares. Magtel, con sede en Córdoba, aporta el conocimiento local, junto a una experiencia real en Marruecos y Perú y una facturación que supera los 100 millones de euros.

Publicado en: Actualidad, mineria Etiquetado como: Aznalcóllar, Emerita Resources, Forbes&Manhattan, Fundación Gómez Pardo, Grupo Méjico, Juzgado de Instrucción, Magtel, María José Asencio

¿En qué país vivimos?

5 julio, 2015 By amarias 2 comentarios

Podía haber sido otro el desencadenante, y tal vez no hubiera sido necesario ninguno, porque ya estoy bastante mayor para no precisar estímulos ajenos para ahondar con propias escardaderas en lo que se nos oculta. Pero reconozco que la columna del 4 de julio de 2015, «Exámenes» (EP), de Fernando Fernández-Savater, catedrático de Ética y reconocido filósofo, autoconfeso seguidor de Spinoza y de la ética del querer frente a la del deber, me ha conmovido.

Expone Savater que, en los años 80, varios presos etarras aprobaban las asignaturas correspondientes a sus licenciaturas, no por lo que sabían, sino por el terror que infundía la organización terrorista a los examinadores, que se los quitaban de encima con un simulacro de legalidad.

Por las mismas fechas, un historiador británico empecinado en contarnos la historia verdadera de España, Paul Breston, desenmascara (si aún hacía falta), a un Santiago Carrillo más atento a eliminar correligionarios y compañeros de facción, consiguiendo así que no creciera más árbol de sombra que el suyo, utilizando las depuradas técnicas del stalinismo como garrote y sierra de podar.

Son solo dos ejemplos, desde luego, sesgados en intención ideológica y sección de atención, aunque me sirven también para reflexionar sobre lo que hemos soportado, quizá conscientemente ignorado, seguramente tímidamente consentido, muchos ciudadanos que nunca estuvimos en las instituciones oficiales, y que creíamos que nuestra labor sería suficiente con hacer bien lo poco o mucho que teníamos entre las manos.

¿En qué país vivimos? ¿Esas personas que se han alzado con méritos y gorros que aún lucen sobre sus cabezas, tienen todas idéntica legitimidad?¿Cómo distinguir a los que alcanzaron sus puestos con decisiones dictadas desde el amiguismo, el nepotismo, la filiación, la incuria…?

Reconozco que no lo sé. No soy examinador de personajes, sino que solo me detengo en analizar los resultados, en la medida en que están al alcance de mis opciones de descubrir qué nos está sucediendo, y que son, por supuesto, limitadas.

Quisiera creer que estamos en un gran país, que no nos parecemos a los que están en la senda de los perdedores, que nos encontramos colectivamente bien situados para mantener las riendas de nuestro futuro por la senda más prometedora, esa que nos garantizaría una sociedad más justa, equilibrada, solidaria, honesta.

He leído también que abre muchas interrogantes el reconocer ahora, como resultado de las últimas elecciones locales (mayo de 2015), que se han aupado a los puestos de poder (aún limitado), gentes de los que ignoramos su pasado, personas con currícula que juzgaríamos como inadecuados, según los baremos tradicionales, hombres y mujeres venidos desde la sociedad oscura, de la protesta tal vez visceral, acompañados, puede, de resentidos, ilusos, gentes de buen corazón y escaso sentido práctico.

Pero como no tengo más que una vida a disposición, y soy consciente de que esta se va acabando por ley natural, y mantengo una curiosidad insobornable acerca de lo que puede lograr la humanidad cuando combina, sin trabas, la inteligencia y la ilusión, …me reconozco tensamente ilusionado en poder presenciar, si la naturaleza no me vence antes, que lo que estamos ahora viviendo en este país, y viviremos aún, es el efecto de un aire fresco que ponga en solfa y al desnudo lo que se haya conseguido sin méritos, sin vocación, sin intención ni ganas de hacerlo por mejorar lo común antes que lo propio.

Si se cumplen estas expectativas, que reclaman participaciones gigantescas, hercúleas, titánicas, y una total transparencia, no nos preguntaremos en qué país vivimos, ni nos vanagloriaremos de habitar un gran país porque nos lo digan desde arriba, sino que seremos capaces de responder, como inmensa mayoría: Estamos orgullosos de vivir en éste, porque es el que estamos haciendo entre todos, guiados por el esfuerzo, la entrega y la ilusión de los mejores, a los que apoyamos sin recelos.

 

 

 

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Ofiuco y el COP21

4 julio, 2015 By amarias Deja un comentario

El 3 de julio de 2015 asistí a la presentación del World Energy Outlook Special Report, preparado por la International Energy Agency (IEA) ante la perspectiva de la COP 21 (vigésimo primera Conferencia de las Partes), que tendrá lugar en Paris, en diciembre de este año.

El acto tuvo lugar en el saloncito del primer piso de la sede del Club Español de la Energía, en Madrid, y la conferenciante fue Laura Cozzi, ingeniera ambiental, subdirectora (deputy head) de la IEA en el equipo que dirige, como Economista jefe, Fatih Birol, ingeniero turco que hizo sus primeros dientes profesionales en la OPEC y que tiene muchas líneas de mérito en su CV, entre las que se encuentra el haber presidido el Foro de Davos.

Laura fue presentada por Arcadio Gutiérrez Zapico, director general del Club, ingeniero de caminos con una carrera profesional anterior en el sector de la energía nuclear, y un brillante conferenciante él mismo.

Llegué casi media hora antes del inicio del acto, y me decidí a hacer algo de tiempo dando una vuelta por los alrededores del espacio arquitectónico que separa la ciudad de las «Cuatro Torres Business Area». Allí me encontré a Laura Cozzi, llevando una maleta de viaje compacta, con ruedecillas, de esas que salvan la pejiguera de la pernoctación fuera de casa.  No me acerqué para saludarla, pues no quise interrumpir lo que me pareció era su disfrute de unos momentos de relax cuando estás en una ciudad en la que supones que no te conoce nadie, y no te apetece aún empezar a representar tu yo oficial.

El Informe está disponible en internet, de forma gratuita (http://worldenergyoutlook.org/energy), y con sus 200 páginas, se hace difícil de resumir. Su propósito confesado es servir de orientación, desde la autoridad del organismo, para que los asistentes a la cumbre de París no pierdan el tiempo haciendo deberes previos, y también indica algunas propuestas para salir del paso, de forma que la reunión no se convierta en un fiasco.

En este sentido, la combinación de paños calientes y compresas frías, en un ejercicio de equilibrio, quedó también de manifiesto en la exposición de Laura Cozzi que fue hecha en inglés, con la aclaración previa, inconcebible en un italiano, que de la lengua española solo conocía «Buenos días» (Tal vez allí habría que buscar el origen de la razón por la que  tanto Arcadio G. Zapico como los intervinientes en el debate se obstinaron en pronunciar su nombre de pila como «Lore»).

Así que, por si aún lo ignoran los que tengan proyectado asistir a la conferencia de París y necesitaran un breviario de urgencia: hay que ahorrar en energía, invertir en renovables, reducir la combustión ineficiente del carbón (existe, además, escasa ventaja económica en profundizar en la combustión subcrítica), eliminar subsidios, mejorar la tecnología y preocuparse por las emisiones de metano directas, sin confiar demasiado en los cambios de comportamiento de los consumidores, ya que las decisiones antieconómicas no son fáciles de comprender (ni de explicar).

Aunque el horizonte debe ser contemplado a largo plazo, es aconsejable -siguiendo la experiencia- hacer seguimiento cada cinco años del cumplimiento de los objetivos, y, reconociendo la excepcionalidad de cada país, trazar un camino propio de transición, sin perder en competitividad y mejorando la eficiencia.

En el debate, me di cuenta -por si no lo había reconocido antes- que buena parte de los asistentes eran anteriores ejecutivos de distintos niveles en las empresas energéticas, hoy, tempranamente jubilados u ocupando puestos -supongo que no remunerados, para no perder sus pensiones- en Asociaciones y Fundaciones relacionadas con la energía y sus empresas.

Allí tuvo Cozzi oportunidad de expresar su optimismo respecto a lo que pasará en París en diciembre, expresar que no creía que el éxito de los norteamericanos en utilizar el gas convencional fuera replicable en otros países, y reconocer que ella estaba a favor de la energía nuclear como única fuente que no produce metano como efecto directo o colateral, pero que había que tener en cuenta el rechazo de ciertos sectores, por lo que el informe, aunque la había considerado, no se había manifestado expresamente sobre su implantación.

Todo eso, y más. Por ejemplo, la referencia al volumen creciente de contaminación ambiental que proviene del transporte terrestre, especialmente provocado por los vehículos pesados (crecimiento exponencial en China), y  una mención de cuadro de horror a India, donde 300 millones de personas no tienen electricidad y cuya posición crítica puede bloquear la unanimidad de los acuerdos y, en todo caso, dado su volumen, su efectividad.

En poco más de una hora, quedó así perfilado -y con muy tenebrosos colores- el cuadro previa a la/el COP 21 y, como estamos en una época en la que el cielo nocturno permite contemplar la hermosa constelación de Ofiuco, que corta en dos la de la Serpiente (convertida así en Serpens Caput y Serpens Cauda), me imaginé que la IEA era Al-Yad («la mano que precede») tratando de agarrar a Unakalhai («el cuello de la serpiente»), que sería, por su parte, el fenómeno del cambio climático.

Todo ello situado en el ecuador celeste, y, por tanto, siempre visible, para análisis de estudiosos, diletantes y amigos de lo etéreo, e ignorancia consciente de multitudes, entre el Escorpio -¿símbolo del capitalismo?- y el Sagitario -¿portador en sus flechas del placebo de una ética universal?-.

No quiero ahondar en metáforas traídas algo a contrapelo, pero Ofiuco-Esculapio, es, además de una de las 84 constelaciones en que se ha dividido convencionalmente el firmamento, el decimotercer signo del Zodíaco en la astrología sideral, reconocido en 2011 entre Acuario y Piscis, con un período entre el 30 de noviembre y el 17 de diciembre. O sea, que bajo su advocación cosmogónica tendrá lugar el/la COP21.

Publicado en: Actualidad, Ambiente Etiquetado como: Agencia Internacional de la Energía, Arcadio G, Club español de la Energía, COP21, IEA, Laura Cozzi, Ofiuco, Zapico

La mirada podrida sobre Grecia

1 julio, 2015 By amarias Deja un comentario

En algún lugar leí que la palabra Europa no tiene sus raíces etimológicas en el griego, pues no se le puede suponer -como por algunos eruditos se había defendido- compuesta de los vocablos eur y op (que significaría «mirada amplia»),  sino por eur y opa, ya que se debe mantener la concordancia de género, y eso se traduciría por «mirada podrida». Así que la polémica sobre el origen del nombre ha derivado hacia las fuentes semíticas, que tienen aguas mucho más frescas.

Lo que tiene menos dudas es que Europa  tiene su amplia base geográfica y cultural original en el equilibrio entre Atenas y Roma, al que se ha de añadir una componente judía, proveniente de los vientos históricos que se formaron desde Jerusalén. Y también admite poca discusión que en los últimos veinticinco siglos se han librado en el territorio que podríamos considerar originariamente europeo muy cruentas batallas, que lo han seccionado, longitudinal y transversalmente (1).

Esas manifestaciones de la belicosidad de sus gobiernos, las ambiciones de conquista y apropiación de bienes del vecino, las luchas dinásticas, las revoluciones sociales, la evolución de las lenguas habladas y escritas -¡y, cómo no, la influencia de las religiones y la autoritas otorgada por los creyentes al representante de Dios en la Tierra!- se han reflejado en multitud fracturas, convirtiéndola en un mosaico de intereses, que debemos admitir, de forma indulgente, que forman parte de las culturas nacionales.

Estamos oyendo múltiples opiniones acerca de  la manera de resolver la actual crisis nacida en la Unión Económica Europea, como consecuencia de la dificultad -en realidad, debemos hablar de la incapacidad- de Grecia de devolver la totalidad de los créditos que obtuvo de los demás socios de la eurozona. Como en todos los temas, los comentarios no hacen sino reflejar la consecuencia de los diferentes intereses que se defienden, y que están detrás de los argumentos, aunque no se vean.

La situación no admite circunloquios, sin embargo: Grecia, independientemente de cuál sea el color de su gobierno, quizá pueda pagar algún día el principal de la deuda, si se le concede la moratoria adecuada y se le ayuda a la reactivación de su maltrecha economía, pero jamás podrá responder de los altísimos intereses, propios de usureros, que los prestamistas le habían fijado. Por cierto: una buena parte de los préstamos han ido a parar a dotar al estado griego de una capacidad armamentística, para pagar, a buen precio, los equipos bélicos proporcionados por los principales países de esa Unión Europea.

No valen para nada afirmaciones políticas destinadas a asustar a los griegos, pretendiendo tranquilizar (sensu contrario) a los ciudadanos de los países de donde surgen las declaraciones de ciertos mandatarios: apelar a que «los pactos deben cumplirse» o a que «la salida de Grecia del euro tendrá escasa o nula recuperación para nuestra economía», se hayan hecho o no los deberes (¿qué significa eso?) no puede merecer ningún calificativo inteligente.

Grecia es Europa (casi, más propiamente hablando, al revés: Europa es Grecia). En una familia, las dificultades esporádicas, ocasionales, de un miembro -aunque haya sido un despilfarrador, incluso si se le califica de drogadicto- se solucionan en el seno de la misma, ayudando al perjudicado: con un tratamiento de rehabilitación, pagando sus deudas, ayudando a su recuperación definitiva. No ahogándole aún más.

No me duelen prendas al afirmar que los argumentos más sensatos respecto al tratamiento de la deuda griega han venido desde la izquierda reputada como «radical» por los amigos del orden mundial, supongo que siempre que lo determinen ellos mismos. He escuchado a Gaspar Llamazares y a Iñigo Errejón decir cosas muy adecuadas. En esencia: no exijas a quien no puede pagar, que pague, haciendo los sacrificios que tú le quieres imponer, y escúchalo atentamente, y ayúdale a que se recupere.

Creo que la razón por la que, en este caso al menos (no es el único), me encuentro tan próximo a las ideas que se exponen desde los márgenes del sistema, incluso desde fuera de él, es sencilla: no tienen nada que perder. Cosa que, mírese por donde, me parece que los distancia de los sabios defensores del dólar Stiglitz, Krugman, de los asesores de Merkel o de Hollande (y sus palmeros) y me acerca, junto a ellos, a lo más sensato.

—

(1) He recuperado esta idea de un artículo, aún no publicado, escrito por mi buen amigo Santos Castro Fernández, «Europa: Una realidad histórica», y que su autor apoya con citas, entre otros, de Remi Brage, Horacio, y Jacques Le Goff.

Publicado en: Actualidad, Internacional Etiquetado como: crisis, Europa, Grecia, Krugman, Le Goff, Santos Castro, Stiglitz

El acoso en el ámbito militar

22 junio, 2015 By amarias 2 comentarios

El caso de la ex comandante Zaida Cantera, que en realidad es el caso del coronel Isidro Lezcano-Mújica, condenado a dos años y diez meses de cárcel por acoso sexual, ha abierto al público en general la cuestión, de resolución en absoluto trivial, en torno a tres asuntos que guardan una relación entre sí que tampoco es sencillo calificar: a) si debe existir un Tribunal de Justicia Militar, b) si existen delitos que solo puedan ser cometidos por militares o, excepcionalmente, por civiles en casos concretos y c) si delitos comunes -recogidos en el Código Penal general- pueden ver agravado el tipo de lo injusto cuando el sujeto o la víctima son militares y, en ciertos supuestos, cuando el lugar, el medio utilizado o el objeto afectado, pertenecen a la esfera militar.

El debate lleva abierto desde hace décadas, y es bien conocido por los especialistas que no existe una línea uniforme entre los Estados, incluso entre los considerados democráticos y, de entre ellos, los supuestamente más avanzados en el respeto a los derechos y deberes.  No voy por ello, en este breve comentario, más que a referirme -y sin profundidad- a dos características muy relevantes, en mi opinión, del caso Lezcano-Mújica.

Que un supuesto delito o falta común, suficientemente caracterizada en su tipo y agravantes, por el Código Penal español vigente, como es el acoso sexual, sea analizado por un Tribunal Jurídico Militar, es, sin duda, una anomalía conceptual y un exceso de segregación jurisdiccional. En principio, podría suponerse que el atraer un caso de justicia común al ámbito militar, para juzgar el acto hipotéticamente ilícito cometido por un superior contra una inferior, es indicativo de que se pretende juzgar con mayor benignidad -protegiendo al mando de mayor grado- la cuestión.

No ha sido, sin embargo, éste el caso. Lo afirmo, independientemente del efecto mediático conseguido por el talante personal, la fuerza expresiva y la credibilidad emocional de los argumentos, ingredientes expuestos públicamente, para consumo y análisis general, por la comandante Cantero. Me abstraigo de la escasa, y cuando la hubo, posiblemente merecedora del calificativo de deplorable, intervención por parte del Ministerio de Defensa, que solo aportó leña a la subjetividad del tema. Y lo hago, en fin, al margen de otros factores, como pueda ser la confusión popular respecto al papel de las fuerzas armadas en tiempo de paz, heredera en mala parte del comportamiento chulesco de algunos de los militares levantiscos en la postguerra, y sometida, entre militaristas y pacíficos, a esquizofrenias o maniqueísmos que precisarían urgente revisión social.

Desde la serenidad, y la comparación con otros procesos judiciales, el esfuerzo de instrucción en el caso que pretendo comentar, ha sido importante…y, sin duda, excesivo. En el ámbito civil, ese caso no hubiera alcanzado especial relevancia -seguramente, ninguna-, sepultado por centenares de otros similares, de los que -sospecho, a falta de mejores datos- la mayoría son sobreseídos o archivados sin el menor progreso procesal, por falta de pruebas y testigos.

En la jurisdicción militar, sin embargo, a la que llegan pocos asuntos de este cariz, y dado el efecto de apetitosa difusión en los medios que alcanzó, la instrucción resultó altamente pormenorizada y, además, los juzgadores se encontraron sometidos a una indudable presión, observados con lente de aumento. No solamente el tribunal, sino, y sobre todo, el acusado se convirtió en sujeto de una disección en toda regla.

Puede que, observado en esa situación incómoda, de tener que defenderse de la acusación de un inferior jerárquico -¡y mujer!-, a salvo del círculo de amigos y conocidos, que se expresarían comprensivos con su relato, el coronel no haya sido capaz de despertar la menor simpatía. Dio la imagen de un tipo más bien zafio, al que se le podrían atribuir -por sus infaustas declaraciones en el proceso- los adjetivos de prepotente, machista y petulante…

Elegido como buco emisario, macho cabrío expiatorio de la necesidad de humillar, de vez en cuando, a algún superior como redención de lo que tenemos que soportar de toda autoridad, la pieza resultó excelente. Hay que admitir, sin embargo, que su perfil no se diferencia un ápice del de tantos y tantos individuos que andan por ahí, que están a nuestro lado, tocando al disimulo muslos, rozando como si tal cosa carnes contra carnes, echando miradas con intenciones que podrían entenderse como rijosillas, y, cuando se encuentran en lo que creen auditorio adecuado, presumiendo de haberse ligado a secretarias, subordinadas, esposas ajenas y colegas, animando a los suyos a evadirse a un burdel para festejar un logro, y aprovechando cualquier ocasión para lucir sus dotes de contador de chistes e historietas -reales o inventadas- en las que el héroe es el villano, la mujer el objeto, el homosexual o el diferente, el objetivo de la chanza.

Que el caso haya sido tratado en la jurisdicción militar y por un tribunal constituido por militares (independientemente de que le corresponda la última revisión al Tribunal Supremo), ha perjudicado al encausado. Su condena es excesiva, porque se tuvo en cuenta, y de forma especial, la gravedad del prevalimiento como superior militar.

Pero, además, el que el caso se haya visto en un Tribunal jurídico militar ha perjudicado a la víctima. La comandante Cantera, cuya vocación militar es evidente, y así lo ha reconocido ella misma y su brillante historial, ha visto su carrera abortada. Y puedo sospechar que su esposo, también militar, no tendrá un camino precisamente de rositas hacia el generalato.

Un caso, por tanto, para meditar, hurgando entre todos sus matices, analizando los condicionantes, extrapolando sus consecuencias.

Publicado en: Actualidad, Derecho, Ejército Etiquetado como: abuso de autoridad, acoso, ámbito militar, comandante Zaida Cantera, condena, coronel Lezcano-Múgica, defensa, ejército, reforma

¿De quién la prisa?

18 junio, 2015 By amarias Deja un comentario

Un proverbio clásico que, al parecer, se convirtió en principio de actuación para los emperadores Augusto y Vespasiano, aconsejaba «Festina lente». Es decir, sin prisa, pero sin pausa. En lenguaje más elaborado: antes de actuar, piensa lo que vas a hacer; y una vez que has decidido lo más conveniente, hazlo.

Los acuerdos postelectorales entre los partidos y agrupaciones políticas que consiguieron representantes en las elecciones locales (municipales y autonómicas), en mayo de 2015, que resultaron obligados en muchas circunscripciones por la dispersión del voto, han traído como consecuencia que algunas de las listas más votadas no alcanzaron mayoría suficiente para conseguir vencer a otras coaliciones.

En la ciudad de Madrid, por ejemplo, el apoyo del PSOE (limitado a la investidura) a Manuela Carmena , independiente que figuraba en las listas de Ahora Madrid, la condujo a la alcaldía y, por tanto, a repartir los cargos principales del Ayuntamiento entre los concejales de su agrupación. En la Comunidad madrileña, el acuerdo entre el PP y Ciudadanos, ha aupado a Cristina Cifuentes a la posición de presidenta de esta corporación.

El panorama que se ha construido en Madrid, en la ceremonia postelectoral, es complejo, por su inestabilidad. Los partidos que apoyan a la investidura no gobernarán, convirtiéndose, por  tanto, en una primera policía que pretende garantizar determinados pactos que se han negociado después de las elecciones. La posición del PSOE, con el candidato Carmona actuando de consejero aúlico de la alcaldesa Carmena ha tomado ya tintes cómicos con el tratamiento dado a los cadáveres de animalillos asilvestrados que algunos concejales de Podemos guardaban en sus armarios curriculares.

Yo le oí decir a Esperanza Aguirre, Presidenta entonces de la Comunidad de Madrid, que «a los arquitectos había que matarlos a todos», y todos lo tomaron a broma simpática (salvo el decano del Colegio de Madrid, que pidió, y obtuvo, una disculpa).

No había leído hasta su feroz difusión mediática el tuit de Zapata -aficionado, parece, al humor negro, que es ese tipo de chascarrillo pestilente en que te mofas de gente con algún hándicap o de asociaciones y colectivos dignos de todo respeto, con el que se consigue despertar la carcajada estentórea de individuos que tienen algún trastorno mental-. Menos aún sabía del contexto en que difundió en la red su graciosidad respecto al Holocausto, que no sirve de disculpa, pero que es necesario considerar si se quiere enjuiciar el asunto con justicia.

Pero no es lo que me mueve a escribir estas líneas. Ni Zapata, ni Maestre, ni los casos que puedan surgir de comportamientos infantiles, puntualmente criticables o impropios de futuros líderes, me preocupan. Doy por admitido que, en cualquier trayectoria vital suficientemente extensa, si se buscan con ardor, y no digamos con saña, se encontrarán puntos oscuros, agujeros negros criticables, amistades peligrosas y comportamientos sospechosos.

¿Nos vamos a detener en eso, o vamos a dejarles tiempo a las nuevas corporaciones, sean del signo que sean, -todas ellas, democráticamente elegidas y acordadas- para que desempeñen su labor de la mejor manera posible?

Me gustó la respuesta de la recién elegida alcaldesa Carmena a una pregunta de la periodista Ana Pastor, apremiada sicológicamente a sonsacar algún titular para la entrevista que estaba haciendo en El objetivo (La Sexta), y que estaba siendo realizada justo el día en que había tomado posesión la regidora: «Ana, te doy un consejo: si quieres obtener buenas respuestas, espera a hacer las preguntas cuando te puedan responder.»

 

Publicado en: Actualidad, Política Etiquetado como: Aguirre, Ana Pastor, carmena, censura, El objetivo, festina lente, Mestre, política, tuit, Vespasiano, Zapata

El futuro de Telefónica (y 2)

16 junio, 2015 By amarias 2 comentarios

Quizá en la idea de que Telefónica, en tanto que empresa líder en el sector de comunicaciones, se maneja con soltura en escenarios virtuales, en los que se pueden reducir drásticamente los tiempos de transferencia de información, César Alierta dio por leído su Informe a  la Junta General de Accionistas. Me resultó paradójico, y me recordó esas sesiones en las que se da por leída el acta de la reunión anterior, con lo cual pocos se dan por enterados de lo que se aprobó y, por eso, los mismos argumentos se repiten una y otra vez, sin avanzar en lo que importa.

En fin. El folleto, de quince páginas (incluídas las que contienen, respectivamente, el Indice y una foto del Presidente, en postura de «ahí me las den todas»), alude al avance en «la transformación tecnológica» de la compañía, al «crecimiento orgánico» (que alcanzó el 2,6%) -atribuible al incremento del negocio en Hispanoamérica y, en menor medida, al impulso a los servicios digitales y a las «iniciativas de monetizar el tráfico de datos». Se trata de un informe optimista (demasiado), y quizá por eso los asesores del Presidente, dado el caliente caldo de tensión emocional que se preveía, optaron por pasar de puntillas por el trámite.

Hay que remitirse al Informe financiero -que tuve que solicitar expresamente-, para entender lo que está pasando en la compañía y, sobre todo, lo que puede pasar. Telefónica, con unos ingresos por ventas en 2014 de 50.377 Mill euros, ha perdido un 20% de facturación en relación con 2012.  Su resultado operativo antes de amortizaciones (OIBDA), que fue de 15.515 Mill euros, ha caído casi un 30% si lo relacionamos con ese mismo año. Y, aunque las amortizaciones aplicadas son casi 2.000 Mill euros inferiores a las de 2012, (aunque el informe del Presidente indica que 2014 «ha sido un año récord en inversiones, hasta casi 9.500 Mill euros»), el resultado final ha caído en un 35%.

Brasil se ha convertido en el principal mercado de Telefónica, con más de 100 millones de clientes, con un reflejo en la facturación total similar al de España (22,8% y 23,9%, respectivamente), aunque el mercado español está perdiendo eficiencia relativa.  La devaluación del real brasileño y el peso argentino frente al euro y la hiperinflación en Venezuela están influyendo muy negativamente en los resultados y, de mantenerse la situación, las perspectivas futuras del negocio de la compañía pueden terminar seriamente dañadas. Porque, aunque el número total de clientes crezca, si lo que pagan por el servicio -traducido a moneda fuerte- es una bagatela, salvo que los costes se lleven a la misma moneda que los ingresos, las pérdidas en la matriz no harán sino aumentar.

La dedicación que el Informe financiero realiza a los planes de retribución e incentivos de sus principales ejecutivos, me merece el calificativo de lamentable. Cierto que otras grandes compañías parecen muy sensibilizadas por garantizar unos altos honorarios a sus directivos de máximo nivel, y que pretenden presentarlos como vinculados a los resultados obtenidos, pero -y esta cuestión queda reflejada en los datos de Telefónica de forma bastante evidente-, no puede obviarse que son los Consejos de Administración y sus accionistas principales quienes seleccionan y aprueban tales propuestas, de las que los accionistas minoritarios son meros espectadores y, además, inocentes incompetentes para valorarlas.

Esta cuestión de la remuneración a los altos ejecutivos, que merecería un capítulo especial (y al margen de Telefónica), está relacionada, y directamente, con tres cuestiones claves de la sociedad globalizada: a) la obsesión de los grandes grupos empresariales por reducir costes, disminuyendo la mano de obra o desplazándola a países con menores salarios (en cuanto sea posible); b) la imposible vinculación convincente entre la «excelente gestión» y unos honorarios que están completamente fuera de toda comparación con los salarios del resto de los mortales, y levanta la incógnita acerca de lo que hace a esos hércules de la técnica y las finanzas tan eficientes, lo que despierta sospechas fundadas de que la economía tiene claves que no se estudian en ninguna escuela de negocios ; y, c) en fin, llevando la sinceridad del análisis hacia a una reflexión filosófica, la necesidad de reflexionar éticamente acerca de la distribución  de cargas, beneficios y responsabilidades entre los que soportan las servidumbres de una sociedad cada vez más tecnológica y deshumanizada y los que la disfrutan, con crecientes márgenes de satisfacción e individualismo.

El grupo Telefónica tenía en 2012, 272.598 empleados y en 2014 sostenía solo 120.497.  La transacción de Atento la liberó de 137.454 trabajadores en plantilla, que quedaron «externalizados» en su mayor parte. En Telefónica España, se perdieron, solo entre 2012 y 2014, 2.000 empleos (al final de este año tenía 29.840 empleados). Solo los más viejos del lugar tendrán presente que en 1996, Telefónica empleaba a más de 67.000 personas en España, cuando estaba controlada por el Estado. La privatización redujo la plantilla en más de 17.000 empleados entre 1999 y 2000, paso previo para un segundo ERE entre 2003 y 2007 que redujo en casi otros 19.000 esta joya de la corona tecnológica española, que tiene sus engastes muy deteriorados.

No tengo la bola de ver el futuro, pero puedo avistar que el camino del futuro de Telefónica y las grandes empresas de comunicaciones estará lleno de piedras agudas, y que el terreno tecnológico alcanzará más pronto que tarde una dicotomía disruptiva (entre quienes puedan pagarse los cada vez más sofisticados equipos y las empresas capaces de estar en la punta de lanza de los avances, y los que no puedan ni adquirirlos ni sostenerlos, y las empresas que no puedan competir para producir más barato y con  mayor calidad). Hay una burbuja generándose en el ambiente, y el tamaño sí que importa…pero por el daño que pueden producir los cascotes.

Encontrar una vía para avanzar por ese sendero, no se paga incentivando a altos ejecutivos. No tiene precio, en realidad, y resolver la dimensión para su desarrollo eficaz solo se logra involucrando a toda la sociedad que la sustenta: desde la investigación hasta el consumo; desde los operarios menos cualificados hasta los especialistas más sabios en reducir costes para dar un mejor servicio con una tecnología crecientemente sofisticada que, en este momento, no tiene límites conocidos y no se está generando precisamente en las grandes compañías, sino en pequeños think tanks dispersos por el mundo.

César Alierta tendría que haber expresado, en su discurso, su previsión de por dónde cree que van a ir los tiros. Que no provendrán, seguro, de ese par de decenas de alborotadores que me ensordecieron un viernes de junio de 2015.

Publicado en: Actualidad, Tecnologías Etiquetado como: César Alierta, ERE, Junta General, protestas, Telefónica

El futuro del Presidente de Telefónica

14 junio, 2015 By amarias Deja un comentario

El 12 de junio de 2015, Telefónica celebró la Junta General Ordinaria de accionistas, preceptiva para la aprobación de las cuentas del Ejercicio de 2014. Lo hizo, como en otras ocasiones, en el Pabellón de Cristal -en algunos sitios, designado también como «Palacio de Cristal», por confusión con el apelativo que corresponde al edificio singular ubicado en el Retiro- de la cada vez más deteriorada Casa de Campo de Madrid.

No suelo ir a las Juntas de esta compañía (aunque tengo Matildes desde el año de la pera), pero quería disponer de más información que la que dan los periódicos económicos, que, como es sabido, suele recoger la Nota de prensa que les proporcionan los servicios publicitarios de las empresas.

También tenía cierta curiosidad por ver a César Alierta ejerciendo en directo de mandamás de la compañía, en el que sería, según los más entendidos acerca de cómo se mueven, enrocan y retiran las fichas del gran poder, su último año como Presidente de Telefónica. José María Alvarez Pallete, actual consejero-delegado, tomaría el relevo.

Podía citar como cuestiones accesorias para justificar mi presencia en ese acto, que la hora de la convocatoria me era propicia (¿qué se puede hacer a la una de la tarde un viernes?), e, incluso, que prometían regalar un extensor para selfies como premio de asistencia, de esos que se compran en los chinos de todo a un euro. Sea como fuere, con quince minutos de antelación salía un servidor de la estación Lago del metro de Madrid -, para, siguiendo los confusos letreros indicativos, avanzar por la Avda.de Portugal hasta lo que suponía la gran fiesta de la Telefónica.

Gran decepción. Me esperaban dos horas bastante desagradables. Para empezar, el acceso al lugar de la Junta estaba fuertemente controlado. Había varias furgonetas policiales y más miembros de una empresa de seguridad privada transmitiéndose instrucciones por los pinganillos que si estuviera anunciada la actuación de Beyoncé.  Habían habilitado una  sola entrada, por la parte inferior del edificio, lo que obligaba a hacer un largo recorrido a los mortales de a pie.

¿Qué más?. Tuve que enseñar dos veces el DNI, pasar bajo arcos para detección de objetos metálicos y soportar la incómoda sensación de ser observado por decenas de ojos escrutadores. Nada que ver con la simpática recepción con las que nos obsequiaron a los asistentes al Fujitsu World Meeting hacía unos días, con japonesas en kimono haciendo reverencias…si hasta Angeles Delgado, la Presidente para España de Fujitsu me pareció que se había disfrazado de oriental para la ocasión.

Cuando solicité la Memoria de la empresa, un portavoz de un grupo de desocupados que se parapetaba detrás detrás de un mostrador con periódicos económicos de esos que ya nadie compra, me espetó que no disponía de tal información, como si le hubiera preguntado por el momento propicio para observar la lumictancia en el día. Ese mismo individuo, dos horas más tarde, habiendo decidido ya ausentarme del lugar, y ante mi exigencia de que me entregara un ejemplar, puesto que había visto algunos en manos de cuatro o cinco asistentes, sacó de un armarito que tenía a la espalda, al cabo de un rato, una Memoria, justificándose con un «Tenemos pocos ejemplares».

Nadie sabía nada del aparato para selfies, ni siquiera el fulano que parecía dormitar bajo un letrero que decía, prometedora y falsamente: «Atención al accionista».

Tan pronto empezó la Junta apareció claro la intención de este despliegue de medidas de seguridad e ineficiencia desenfocada. Los organizadores deseaban que el acto terminase cuanto antes: no hubo discurso del Presidente (que, para quien tuviese el interés por saber de él, debía solicitarse expresamente en los mostradores); y el secretario del Consejo cumplía los trámites legales a la máxima velocidad que le permitía su capacidad de dicción, atropellándose a veces.

¿Había habido amenaza de bomba, quizá? ¿Se trataba de abortar una protesta tumultuaria y agresiva de proveedores, accionistas o empleados descontentos?. No, no era eso. Ante más de mil accionistas y compromisarios, lo que se desveló era que un grupito de no más de veinte personas, con camisetas verdes, pancartas hechas a mano, silbatos y cornetines de juguete, se habían introducido en la sala, dispuestos a boicotear las intervenciones oficiales, y, en el turno de accionistas, preparados para exponer sus reivindicaciones laborales.

Por eso, desde que César Alierta abrió la sesión, sus palabras y las del secretario del Consejo, incluso las del Notario habilitado, -y aunque se elevó el nivel de megafonía al máximo admisible (demasiado para mis tímpanos)-, quedaron apagadas  por el acompañamiento estruendoso de ese grupo de alborotadores. «Alierta, cabrón, trabaja de peón», era alguno de sus delicados eslóganes. Más tarde, cuando intervinieron como accionistas (o sus representantes), expresaron reivindicaciones, según aclararon, como trabajadores de las contratas de servicios externalizados -sobre todo, de Movistar-, miembros de un sindicato minoritario del grupo Telefónica (despreciaron la representación de UGT y CCOO, a los que designaron como «vendidos»), y en nombre de quienes denominaron «falsos autónomos», exigiendo para todos un «sueldo digno»  y «la readmisión de los despedidos».

Me sorprendió que el presidente de Telefónica no supiera cómo atajar la protesta. Al contrario, la azuzó, con intervenciones improvisadas -introducidas entre las frases del texto que leía en cumplimiento de los trámites reglamentarios- afeando la conducta de los que protestaban, a los que tildó de antidemócratas y de irrespetuosos, e incluso los retó a manifestarse así «en la cafetería».

Tenía razón al estar disgustado, desde luego, porque le chafaron la exhibición de su gestión. Pero alguien que cobra casi seis millones de euros al año y cuenta con un equipo de asesores excepcionalmente bien pagado, podría saber que tenía en sus manos la forma de reconducir la protesta, y conseguir el aplauso del millar largo de accionistas -en su mayoría, jubilados sin ganas de aguantar jaleos, y atentos a que les dieran el selfie y los canapés al final del acto-, con unas palabras elegantes. Por ejemplo:

«Ruego a los señores accionistas que están silbando y gritando mis intervenciones y las del Sr. Secretario, que respeten el deseo de la mayoría de accionistas y, desde luego, de este Consejo, de que la Junta se realice con la mayor cordialidad y de acuerdo con las prescripciones legales. Y, desde luego, en el turno de intervenciones previsto, dispondrán de los diez minutos reglamentarios para exponer sus razones de discrepancia. Y si necesitan más tiempo, saben que estoy a su disposición para dedicarles el que haga falta, escuchar sus opiniones y atenderlas, en lo posible y en cuanto sean justas, en mi despacho en la empresa, siempre abierto»

(continuará)

Publicado en: Actualidad, Tecnologías Etiquetado como: César Alierta, futuro, informe del Presidente, Junta General, Telefónica

Homenajes

12 junio, 2015 By amarias Deja un comentario

Las épocas de incertidumbre  son pródigas en homenajes. Aunque podría pensarse que estos actos están destinados a manifestar el aprecio de los asistentes a una persona viva, lo habitual es que se trate de convocatorias póstumas.

En realidad, un homenaje es una ceremonia de necrofagia. No necesariamente la persona -o grupo- que es centro de atención debe estar físicamente muerto. Lo sustancial es que haya suficiente seguridad de que se le está despidiendo para siempre, y que puedan ser enterrados, lo más hondo bajo la tierra del olvido, las relaciones, los trabajos, los propósitos, y, por supuesto, el poder de los que disfrutó el homenajeado con anterioridad.

Mucha gente cree que el homenaje es un reconocimiento a una valía. No lo veo así. Quienes convocan los homenajes piensan, fundamentalmente, en el beneficio que pueden extraer para sí mismos.

Hay muchos ejemplos similares en los que el valor no guarda relación con el precio, ni el precio con lo razonable. Pensemos en el salmón que se vende como «campanu» al abrirse la veda de este cebo para pescadores; el pobre bicho es el homenajeado.

Un homenaje ha de servir de garantía de que la persona que recibe la bandejita de plata, la medalla de servicios, los epitafios labrados, los abrazos y palmadas, se retire al agujero de la indiferencia colectiva para siempre. El sello que cierra tal alianza serán las lágrimas del vivo cuando reconozca que tanta parafernalia es inmerecida, o las de su pareja viuda al afirmar que al difunto le hubiera gustado (cómo no) estar presente.

En Mi Diccionario desvergonzado (2013), atribuyo al término «homenaje» dos acepciones, una prueba más de la versatilidad de nuestra lengua: «1. Ruptura ocasional del régimen de adelgazamiento. 2. Reunión de personas para comer o cenar, para celebrar que no volverán a ver a la persona que tendrá que decir al final unas palabras de agradecimiento por una tarjeta con comentarios estúpidos de casi todos ellos.»

«Darse un homenaje» es una expresión, relativamente moderna, por la que se refleja que una sola persona es, a la vez, convocante y destinatario de la circunstancia por la que se hace pasar por los sentidos (generalmente, el gusto o el oído) la consecuencia del gasto excepcional.

Esos selfies, se producen con la intención de elevar el propio ánimo contrito, y no para celebrar algo. Su propósito es, a un tiempo, servir de placebo para conculcar un mal trago de fortuna y atender a una función exculpatoria. Cuando nos expresamos de ese modo ante un amigo o familiar que es testigo del despilfarro o despropósito, lo que deseamos es que se convierta en cómplice y nos ayude a eliminar vestigios de remordimiento.

En el polo opuesto, se encuentra la opción de dar a otro un homenaje. Ahí sí que no cabe remordimiento. Los rostros traducen la exultación de cuantos asisten a la ceremonia pública, verdaderos beneficiarios del mismo.

Cuantos más acudan a la convocatoria, mejor; mayor será el éxito. No importa que falte el salmón, …digo: el homenajeado presunto, aunque será de agradecer que esté presente de cuerpo o espíritu, particularmente en aquellos casos en que su función sea la de convertirse en buco emisario de la ignorancia y el desprecio colectivos anteriores con el mismo.

Ninguno de los presentes pretendería estar realizando un despilfarro, sino que habrá medido muy bien el alcance y resultado del dispendio: si se ha de pagar el cubierto del ágape, lo compensará en especie, con más libaciones de la cuenta.

Pero no es lo económico lo que más importa. Un homenaje bien urdido tiene que servir para profundizar las relaciones entre los asistentes, hacer negocios, decidir quién o quienes ocuparán el sitio que deja libre el desgraciado al que se le dedicarán encendidos elogios, de los que nadie se ocupará de medir la desmesura.

Luego del homenaje, ya dice el refrán, el vivo, al bollo, y mientras se apagan las luces del espectáculo mundano, queda el muerto -enfundado en traje de fiesta o en caja de madera-, encajado en su hoyo.

Publicado en: Actualidad, Cultura

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