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Archivo de febrero 2016

En el Día Mundial del Cáncer, Guía para acompañantes

4 febrero, 2016 By amarias 5 comentarios

Desde el año 2000, cada 4 de febrero, se celebra el Día Mundial del Cáncer, por iniciativa de la Asociación Internacional de la que AEEC es miembro. Los enfermos de cáncer no tenemos necesidad de que nadie nos recuerde esa fecha, porque, para nosotros, cada día que pasa nos sirve de permanente recordatorio de que nuestro cuerpo tiene vidas propias.

Por eso, y como lo habitual es publicar Decálogos, Consejos y Recomendaciones para quienes están padeciendo tumores de variada índole, yo quiero contribuir con algo no tan habitual en la literatura oncológica: Una guía para acompañantes de Enfermos de Cáncer. Dedicada a cónyuges, parejas de hecho, amigos -íntimos o no-, familiares, compañeros de trabajo, y, por qué no…también a facultativos, enfermeras, y personal administrativo y de toda índole de los centros de tratamiento.

Guía básica para Acompañantes de Enfermos de Cáncer

Recomendaciones:

Primera.- Mentalícese que ha adquirido Vd. la categoría inesperada de Acompañante. De acuerdo con su relación con el paciente, deberá graduar sus intervenciones. Pero, en cualquier caso, no sobreactúe. La sensibilidad de los enfermos de cáncer ha quedado, se lo manifiesten o no, tocada en los elementos de susceptibilidad, filosofía acerca de la vida, sentido de temporalidad, afectividad y contingencia.

Segunda.- Evite preguntar al enfermo cómo se encuentra. Piense que no es agradable contestar una y otra vez a la pregunta de «¿Qué tal? ¿Cómo lo llevas? ¿Te duele mucho?». Son las cuestiones habituales que los acompañantes no avisados -en especial, los que no viven su día a día- realizan, con la mejor intención, cuando se topan con el enfermo, lo llaman por teléfono o le envían un mensaje con un emoticon o varios. Es mucho mejor que lo compruebe sin preguntas, y trate de derivar la atención hacia temas distintos de la enfermedad. Está hablando con un ser humano, que puede estar sufriendo, y mucho, pero, salvo casos raros, no le gustará tener presente que se ha convertido en un foco de atención inesperado, no por sus valores, sino por su enfermedad.

Tercera.- No le cuente historias de amigos, conocidos, o del yerno de un quiosquero que conoció hace años, que sobrevivieron «al mismo cáncer». Primero, porque no es apetecible escuchar cuentos sobre desconocidos. Segundo, porque cada cáncer es distinto, y también cada paciente: imagínese el efecto que produce el decir a un enfermo de cáncer de próstata que su vecina ha superado un cáncer de mama similar. Tercero, y muy importante, porque la medicina y los tratamientos oncológicos han evolucionado de manera brutal en los últimos dos o tres años. Mejoran cada mes, cada día.

Cuarta.- Internet proporciona mucha información, y es seguro que Vd., aunque sea un conocido distante del enfermo, ha mirado cuestiones relativas a tratamiento, historias de pacientes y centros prestigiados, que está deseoso de emplearlos a la primera ocasión con el paciente. Olvídese. El mejor equipo médico, el mejor tratamiento, el centro más prestigioso, es el que atiende al enfermo de cáncer que Vd. conoce. No cree la mínima distorsión sobre el mensaje que está recibiendo su amigo, familiar o conocido. ¿Le gustaría a Vd. que le dijeran, después de haber comprado un coche de cualquier marca, que se ha equivocado y que ha leído en internet que el mejor de ese tipo y prestaciones es otro que no se fabrica en España? Además, ha de saber que los planteles médicos españoles son magníficos, se hallan reputados en el extranjero entre los más prestigiosos del mundo y están, cómo no, a la última, con experiencia apreciable entre los mejores. Y los materiales y equipos de que disponen -especialmente la Seguridad Social- son de primera.

Quinta.-Si su proximidad o la atención que desea dispensar al paciente le lleva a acompañarlo a una visita al oncólogo, en la que se le vaya a pautar el tratamiento o comentar los resultados de los análisis, esté especialmente atento a lo que se les diga, y tome nota si es preciso. A pesar de la apariencia de entender lo que se le está diciendo y de que se halla asimilando lo que se le cuenta, es muy probable que no sea así, y el enfermo haya olvidado, al salir de la consulta, si las pastillas debe tomarlas antes o después de cada comida, por la mañana o a la noche, disueltas en agua o tragadas enteras. Es posible que ni siquiera recuerde la información que se le haya dado sobre la enfermedad, las citas próximas o, aún peor, que se haya imaginado algo distinto, debido al filtro o la distorsión creativa con la que, mentalmente, interioriza lo que se refiere a su tumor. Por ello, su función como recordatorio de lo que se le ha expresado por el facultativo y, en su caso, como controlador a posteriori de que el mensaje y directrices serán cumplidas, es fundamental: para tranquilidad del paciente y como garantía del exacto cumplimiento de las prescripciones.

Sexta.- Parecerá elemental, pero la intensidad de la actuación con el enfermo de cáncer y su compromiso personal con él, depende de múltiples factores: su grado de afinidad, la edad del paciente, su formación (la suya y la de él), y, por supuesto, el interés que le muestre el paciente porque le dedique atención especial. No deje, sin embargo, que la enfermedad del otro le arrastre a Vd., porque su fortaleza ha de permanecer como referencia para que el paciente no pierda la suya. Si se trata de un niño, y Vd. es el padre o la madre -o un abuelo, o alguien realmente muy próximo y con el que el menor tenga gran confianza anterior-, distráigalo, protéjalo del entorno que para él ha de resultar especialmente más duro que para un adulto, y trate de que no pierda el contacto con sus compañeros y mejores amigos. En este caso, no importa tanto que hablen de la enfermedad, porque el niño con cáncer podrá presentarse como héroe, como algo distinto, y, de todas maneras, los niños tienen una gran capacidad de superación y adaptabilidad y, por los limitados conocimientos respecto a la enfermedad y el tratamiento, la conversación derivará rápidamente hacia temas comunes. Si el paciente tiene más de diez años (o así), y aunque sea menor -ya sabe que la mayoría de edad desde el punto de vista médico y no solo civil se alcanza a los dieciocho años, aunque la clasificación clínica hace referencia a que el organismo no está plenamente formado-, deberá responder a sus preguntas y explicarle el tratamiento a que está sometido con claridad y sencillez adecuada a la edad. Debido a que el cuerpo está en transformación, la agresividad del cáncer puede ser mayor, los cambios más rápidos. Consulte al especialista a la menor duda, no improvise ni invente.

Séptima.- Esté preparado para un deterioro de la relación personal, quizá a un pasajero disentimiento con el paciente, en particular, si la enfermedad se agrava o el tratamiento se prolonga. Tenga en cuenta que la tensión emocional sobre un paciente que, quizá, intuya, imagine o reconozca que el cáncer no está siendo dominado o lo está siendo más lentamente de lo que se esperaba, es muy alta. Y Vd. será la válvula de escape idónea, por proximidad y, también, por afecto. Resulta doloroso para el familiar próximo -la pareja del enfermo, sobre todo- tener presente que los últimos meses de la vida de su ser querido han sido de desencuentro, de torpeza en el entendimiento recíproco. Para no martirizarse después ni hacer más duro el trámite final del paciente que no ha podido curarse, sea excepcionalmente indulgente. Y si, como será lo normal, el paciente se cura -nunca del todo, pues un enfermo de cáncer es típicamente crónico- dése la enhorabuena por haber superado con éxito la trampa afectiva.

Octava.- En las salas de espera (y son muchos las pruebas, análisis y procedimientos de examen y control a los que los avances técnicos someten a los pacientes oncológicos), en esos momentos destinados a perderse en la nada desde que su familiar o amigo ha sido llamado para que pase a someterse a la radiografía, la densitometría, la gammagrafía, las tomas de sangre, la implantación del catéter, las punciones, la operación, etc., en fin, para cada tratamiento en que Vd. no pueda acompañarlo hasta la sala de intervención, le sugiero que hable con otros acompañantes. Además de que siempre es agradable hablar con quien se encuentra en la misma situación -¡la de acompañante!-, le ayudará a pasar mejor el rato y se sorprenderá de la humanidad y sensibilidad que desarrolla la convivencia con el dolor, aunque sea de otro…de otro al que se quiere.

Nueve.- Todos agradecemos, en cualquier circunstancia y lugar, las manifestaciones sinceras de afecto, de interés, de admiración o cariño. No desaproveche la ocasión de decirle al enfermo de cáncer lo que piensa, en positivo, de él/ella. Les ayudará a ambos, pero, claro, mucho más al que sufre. Esta sociedad  tiene escasa o nula inclinación a reconocer méritos al otro, y, por ello, suele conceder homenajes preferentemente a los difuntos o, si a vivos, los dota de ribetes florales que parecen más propios para ensalce de panelistas que como manifestación de devoción ajena. El acto de homenaje puede ser una reunión familiar, o una pequeña fiesta de amigos, no hace falta pensar en organizar una cena de reconocimiento de servicios, o en un acto público con discursos y medallas en el que se glose la trayectoria profesional, ¡la vida no ha dado a todo el mundo las mismas oportunidades, pero seguro que la inmensa mayoría hemos pretendido aprovechar las que tuvimos y estamos orgullosos por ello!.  Por supuesto, no tiene que tener el aire de una despedida. Se trata de ayudar al enfermo con ánimos de pronta recuperación, no hacerlo caer más profundo en el temor -siempre subyacente, aunque no se reconozca o se trivialice- a una separación definitiva.

Décima.- No se sobrecargue de obligaciones ni compromisos frente al paciente. No se entregue al síndrome del rescatador de quien está a punto de ahogarse, y, sin entender su posición, tanto en ejercicio de su libertad como de su posicional superioridad, acaba siendo víctima con él. Por ello, debe tener, cuando antes, un soporte alternativo, una segunda opción que le pueda dispensar en suficientes momentos de prestar la atención que le demanda el enfermo de cáncer. Mientras dure el tratamiento, serán muchas las visitas al centro oncológico, algunas significarán períodos de estancia más o menos largos -quizá internamiento después de una operación-…muchas horas perdidas/entregadas de su trabajo y tiempo libre. Búsquese unos cuantos cómplices que, habiéndose mostrado realmente dispuestos (sin falsas cortesías de «cuenta conmigo», «llámame si me necesitas»), le ayuden a trasladar al enfermo, acompañarlo en su lugar algún día, visitarlo de vez en cuando, etc. No los sobreutilice, espacíe con discreción sus intervenciones, pero úselos.

Si esta Guía le sirve, estimado y desconocido Acompañante de Paciente Oncológico, estaré encantado de haber contribuido a clarificar algunos aspectos no siempre tratados o conocidos de la vida en el entorno del enfermo de cáncer. Una vida que deseo sea larga, exitosa, fructífera, para todos aquellos que, como yo, han sido diagnosticados de ese tumor que el sentir popular no ha desposeído aún de sus aviesas connotaciones, pero que cuentan, como es mi caso, de personas muy próximas, que lo quieren, y que quieren ayudarlo, como un tratamiento adicional al puramente médico, a superar la enfermedad. Sed fuertes, pacientes y acompañantes. Sedlo, porque, creyentes o no, en lo terrenal tenemos solo esta vida, y nos corresponde pasar sus vicisitudes con dignidad, fortaleza y, para lo que pueda servir, dando ejemplo.

 

Publicado en: Medicina, Personal Etiquetado como: acompañante, aeec, cáncer, decálogo, dia mundial, enfermedad, enfermo, guía, médico, oncología, oncólogo, paciente, tratamiento

Fábula del hombre, los lobos y las ovejas

3 febrero, 2016 By amarias 3 comentarios

Hace muchos años, pongamos cincuenta o así, los hombres descubrieron que las ovejas estabuladas proporcionaban más beneficios que las que se dejaban libres en el campo.

Eran más fáciles de controlar, producían más y mejor lana, tenían partos dobles viables con mayor frecuencia y, sin que eso signifique enumerar todas las ventajas, la carne de los corderos era más suave y el ordeño resultaba simple, produciendo más leche y más cremosa.

Con el avance tecnológico, las merinas, seleccionadas cuidadosamente,  se mantenían en inmensas naves, sujetas a  aldabas individuales mediante cadenas, con el fin de reducir al máximo su movilidad; así, perdían menos energía, comían más pienso y engordaban rápido y parían con mayor frecuencia, a ritmos de mercado y momentos que se elegían mediante adecuada inseminación artificial, para optimizar el beneficio. Se crearon puestos de trabajo muy cualificados.

Todo ello tenía, además, una ventaja: como ya no necesitaban salir al campo a pastar ni ramonear, no era necesario dejar a los rebaños bajo el cuidado y vigilancia en la montaña de pastores ni ganaderos,  no ya en las gélidas noches, ni siquiera en las suaves amanecidas primaverales. Las dosis simbólicas  de hierba fresca mezclada con hojas de romero, salvia y colorantes alimentarios, se traían a las granjas ovinas, en camiones, y se distribuía a los pesebres, mediante cintas transportadoras, una semana antes del sacrificio, para dar a la carne mejor sabor y un color apetitoso.

Como consecuencia colateral, las ovejas dejaron de caer víctimas ocasionales de sus imaginarios ancestrales enemigos, y los niños, por tanto, dejaron de oir historias de lobos y corderos. No había más lobos, para ellos, que los de los dibujos animados que se comían de un bocado a Caperucita, ni más corderos que los trozos de carne con los que se celebraban en los hogares las ocasiones especiales.

Los campos que proporcionaban praderías jugosas se abandonaron en su mayor parte. Donde los tréboles, las ulmarias, las orquídeas o las potentillas, crecieron espinos, matojos y artos de rosa canina; laureles, acebos y helechos de cien especies; surgieron en, según en qué partes, brezos, alisos; hasta rebrotaron raíces y prendieron bejucos, y hubo, dependiendo de los sitios, no solo eucaliptos que se hicieron gigantes, sino bosquetes de robles,  hayas, serbales y hasta de castaños, que, al crecer sin control, generaron un tapiz de hojas secas y ramas rotas o partidas por el rayo, que como nadie recogía, volvieron el espacio impenetrable.

El cambio -una revolución- fue generalizado y no afectó solo a las ovejas y a los lobos. La propiedad de las naves y de las merinas y la tecnología de muchos productos de consumo y de ocio se concentró en muy pocas manos, que terminaron siendo misteriosas, totalmente desconocidas. Se especulaba incluso, en algunos círculos, si se trataría o no de ser propiamente humanos. En concreto, las fórmulas de combinación de los piensos para las ovejas se hicieron secretos -como las de la Coca Cola y las patatas chips de los Burguer-; para evitar miradas indiscretas, las naves de producción se llevaron a lugares incógnitos, aunque los centros de transformación y distribución, se ubicaron en lo posible muy cerca de las ciudades, es decir, de los mercados, para ahorrar costes de transporte; algunas cantidades menores eran trasladadas a curiosos comercios al por menor, regentados en exclusiva por inmigrantes adaptados.

¿Y los lobos? Pues, crecieron y se multiplicaron con bastante rapidez. Es cierto que ya no tenían ovejas con las que alimentarse, pero el espacio que antes ocupaban las praderas pasó a ser prácticamente suyo. No habían de temer al hombre, que se acercaba raramente por sus andurriales -quizá algún micófago nostálgico a recoger algún rebozuelo en el otoño-. Cuando los humanos prefirieron no asumir riesgos y llamaron sin problemas hongos del bosque a los champiñones cultivados y al shitaki, se tornaron los dueños del espacio, porque carecían, como las urracas, los estorninos y los cuervos, de enemigos naturales.

Sin embargo, cuando la presión demográfica que sufrían los lobos aumentó, empezaron a hacerse visibles cerca de las ciudades, buscando carnes para comer. Desde luego, no podían acercarse a las naves en donde estaban siendo criadas con todos los adelantos científicos sus deseadas ovejas, defendidas con alambradas eléctricas, cuchillas afiladas y púas.

Fue más o menos por entonces cuando empezó a correr la noticia de que los lobos estaban atacando a los humanos. Primero, fue una niña que estaba jugando en un parque infantil, con un perrito de peluche. Un lobo le arrebató el juguete, seguramente creyendo que era comestible. Luego, se denunció que un lobezno había aparecido muerto en una autovía de circunvalación. Hubo más casos. La angustia se instaló y creció primero en una ciudad, y luego, en todas.

Estaban los ciudadanos y ciudadanas tan preocupados con la amenaza de los lobos que prestaron poca atención a que algunos médicos habían descubierto una enfermedad nueva en algunos humanos que les hacía comportarse de manera muy loca, y que, luego de meses de investigación y pedir a los veterinarios que los ayudasen, encontraron que las ovejas llevaban algún tiempo sufriendo de una epidemia causada por unas proteínas patógenas, que se llamaban priones, debido a que se las alimentaba con cadáveres de animales, muy económicos.

Había que tomar una decisión de largo alcance. Los responsables del bienestar de la ciudadanía convocaron a un debate intensísimo. ¿Qué hacer? ¿Matar a todas las ovejas afectadas, que eran muchísimas? ¿Reducir el número de lobos a una quintaesencia simbólica? ¿Volver a los tiempos en los que las ovejas pastaban en los montes?

Cada opción tenía sus inconvenientes. Desde luego, a los propietarios de las ovejas había que indemnizarlos, y no con cuatro dineros. Los lobos estaban protegidos por una ley de conservación de la naturaleza primigenia. Pero lo principal era que el bosque -al menos, el de esta fábula- se había hecho impenetrable.

Después de una reñida votación, en la que los partidarios de cada opción (y de otras que me callo, para no hacer el asunto demasiado largo) expusieron sus razones con vehemencia creciente, salieron empatadas dos posibilidades.

La de los que proponían quemar una parte de los bosques para que, en su lugar, retornaran los prados en los que pastaran las ovejas no afectadas del mal, y recuperar la cabaña. No era sencillo de poner en práctica, pues no había voluntarios que ofrecieran sus parcelas de bosque para quemar, y aunque algunas era de propiedad comunal, no se tenía claro donde empezaba cada una. Entendiendo que el debate se prolongaba demasiado… unos desconocidos empezaron a quemar algunos bosques y, sin control, las llamas estaban provocando graves incendios cuya extinción reclamaba medios mayúsculos.

Por supuesto, la oposición de los propietarios de las naves a esa medida había formado un lobbing poderoso. Tenían contratados expertos muy cualificados que defendían que la situación estaba perfectamente controlada y que, con ayudas públicas, se podría garantizar carne de oveja merina de una nueva subespecie, más sabrosa y resistente. Además, se estaba dispuesto a autorizar inspecciones más severas y frecuentes.

Mientras se celebraban los debates, que se hicieron interminables, un grupo de sabios cansados de no tener nada que hacer ni ser escuchados, se puso en marcha con un macuto, una brújula y un machete cada uno. No trascendió mucho de lo que llevaban en el macuto, pero sí comunicaron su propósito: dar, pian pianito, un rodeo al bosque, hasta llegar a la otra parte.

Fueron muchos los kilómetros y pasaron muchas aventuras. Ellos también discutieron, algunos desistieron, otros amenazaron con volver y no lo hicieron. Por fin, los supervivientes llegaron a unos prados verdes en donde había pastando unos magníficos rebaños de ovejas.

Sentados a la sombra de un castaño, un grupo de pastores estaba comiendo queso entre hogazas de un pan con muy buen aspecto y uno de ellos, tocando un caramillo, servía de guía para que otros dos cantaran una canción de amores frustrados y esperanza, con voces embriagadoras.

Los sabios, que estaban cansados de la caminata, pidieron permiso para sentarse con ellos, lo que se les concedió de buen grado. Y entre la bebida, la comida y los cánticos, no me lo podréis creer, pero se les olvidó para lo que habían llegado hasta allí.

Publicado en: Cuentos y otras creaciones literarias, Sin categoría Etiquetado como: fabula, hombres, lobos, ovejas, pastor, priones

Políticos, funcionarios y ciudadanos

1 febrero, 2016 By amarias Deja un comentario

La sociedad civil es, muy posiblemente, una entelequia formal. No es difícil asimilar, cuando se leen crónicas de sucesos y escritos aderezados de historias y políticas, a los civiles a sujetos/objetos pasivos, inermes, indolentes, anónimos. Son destino de actuaciones de otros, y aparecen no pocas veces como víctimas colaterales (casualties). Se les toma por masa homogénea, predecible, inmune al estímulo individual y, en todo caso, se consideran detectables sus vaivenes cuando se les somete a la servidumbre adicional de las encuestas y sus necesidades y deseos se jalonan, como marcas de clase en estadísticas.

Frente a ellos están las fuerzas vivas, los estamentos, los ejércitos y el aparato inescrutable del Estado  que actúa para ellos, pero sobre todo, por encima, sobre ellos, y, muy raras veces, con ellos.

Así que, demandando un esfuerzo de abstracción podríamos preguntar: ¿cuál es la esencia de la ciudadanía? ¿A quiénes se refieren con el término ciudadanos y sociedad civil los que la usan tan despreocupadamente, y oímos a diario?

Procedamos por exclusión, para acercarnos a un intento, ya que no de definición, al menos de los confines del asunto. Desplacemos con decisión a quienes, precisamente, por utilizar el término ciudadanos para enmarcar a terceros, ni se consideran de ese grupo, ni apetecen que se les confunda con sus miembros: hablo de funcionarios y, por supuesto, de políticos.

Como funcionarios, incluyo a todos cuantos ocupan un puesto laboral pagado total o parcialmente desde el Estado.

No importa si en calidad de militares, desde generales a soldados; desde magistrados a oficiales: a todos cuantos estén adscritos a los recovecos de las administraciones de justicia; vayan fuera (con respeto), médicos, enfermeros, ATSs, analistas, gerentes, celadores y, sin dudar, todo el personal con bata de los centros de salud públicos del Reino; eliminemos, cómo no, a catedráticos, profesores titulares y suplentes, conserjes, asociados, eméritos, becarios y a los que ocupen los escalones administrativos y subalternos de cualquier centro de enseñanzas públicas; sean caídos del panel, abogados del Estado, TACs, actuarios, inspectores, y, con ellos, a todo tipo de ocupantes, ya sea por oposición, designación digital o asignación provisional, de cuantos lugares sean previstos en el escalafón de las legal o reglamentariamente definidas estructuras de las Administraciones; incluyamos el personal de los servicios de aguas, saneamientos, residuos y depuraciones; de los transportes, tierra, mar y aire, si reciben la nómina del Estado o de contratas, apéense ; del censo grupal, no caben tampoco en este empeño, los directivos, titulados, y todo el personal contratado por empresas públicas, mixtas, y parapúblicas; y, en fin,  desclasifiquen de la cosa de la ciudadanía, a todos cuantos reciban, si no están ya comprendidos en alguno de los epígrafes anteriores, una parte de su salario, remuneración o prebenda del erario común o de los centros relacionados con él por cualesquiera de sus arabescos organizativos.

Vayamos, luego a desclasificar a los políticos. Más fácil está, pues no pocos se habrán caído antes. Pero, al grano. Habría que entender por tales, no solamente a los que ocupan posiciones -no importa si esporádicamente- en cualesquiera de los Parlamentos, Senados y Senadetes, Municipios, Diputaciones, Consejerías o Gobiernos de toda alcurnia y condición -desde los Ministerios hasta las Direcciones Generales y los asesores áulicos, ya hubieran accedido en virtud de carnet o afiliación, aún la imprecisa; saquemos del plantel, también, a cuantos reciban encargos retribuidos sobre actuaciones pasadas o futuras, regalos y dádivas más o menos sólidas, sean o no de marca, y, en especial, los que encubran compensaciones económicas por trabajos ya acabados o de los nunca empezados, y a no olvidar los que tengan expectativas  fundadas o infundadas de acabar recibiéndolas, y, si se cumplieron, bájense o retírense, aunque falten documentos y razones demostrables de que las hayan disfrutado.

Si quedaran aún gentes incólumes; de la batalla y purga, irredentas; vírgenes de oposición, limpios de maniobra o engaño; incumplidores tenaces de las condiciones que les habrían llevado a otra situación que no gustaban; orgullosos de su nulo poder; tibios para ascender, diligentes al bajar y ayudar; si hubiera algo remanente, ahí tendríamos, como aquella rosa de la creación siderúrgica que salió de la mano de Aranguren y que acabó llamándose Arcelor-Mittal, voilá, la sociedad civil.

Gentes inocuas, invisibles, oscuras: siervos de la gleba. No tienen nada que ver con políticos ni funcionarios, no esperan de unos y otros nada de particular (tal vez, disgustos), de lo que no saben no contestan, y prefieren no contestar de lo que saben, si no es a su debido tiempo. No comprenden de asuntos políticos y, cuando les toca con su mano de hierro la función pública, agachan, sumisos, la cabeza.

Lo que no quiere decir, que no sean ellos, sin embargo, los que sufren de las crisis, disfrutan de las migajas de la bonanza, reciben premios de lo que cae de la mesa, padecen disgustos, se someten aunque se muestren reacios, entregan su valor cuando las levas, y se esfuerzan en cumplir prescripciones, dictámenes, decisiones e incluso los caprichos que del otro mundo de la esencia vienen.

Si existieran, como yo me siento, más gentes pertenecientes a la sociedad civil, -que no representantes, pues la heterogeneidad excluye cualquier representación-, entenderán mi desconcierto.

Porque hétenos aquí llegados a un punto en que los políticos aparecen enzarzados, no en decidir cómo gobernar mejor la polis, sino en pavonearse entre sí acerca de lo bien que podrían hacer no se sabe qué y aún menos, cómo. Nos exhiben lo mucho que se valoran a sí mismos y quieren que los admiremos por ello.

Y vuelvo mi mirada hacia los funcionarios. Mientras la sociedad civil, esa formada por los que dependemos de nosotros mismos, los que, si no hemos conseguido en el día de hoy vender nuestra mercancía laboral no comeremos mañana, asistimos, con envidia, al hecho de que el aparato funcionarial sigue funcionando. Es buena cosa: sigue habiendo clases, asistencias médicas, multas, inspecciones fiscales, encausamientos, sentencias. Nadie marca a los funcionarios, desde arriba, el camino a seguir. El sistema tiene inercia, y actúa, no por las decisiones marcadas por los políticos, sino por la necesidad de otros, por la voluntad de unos, por conocimientos, perspicacias e intereses que no están dictados desde arriba.

Ya me gusta sentir ese aire en la cara. Se habla de corregir el rumbo, pero yo lo que creo es que hay que poner más dosis de realidad en la política. Si no saben descender a donde estamos los ciudadanos, si no saben qué dar o mandar a los funcionarios para que lo hagan mejor, renuncien los políticos a formar gobierno, olviden los resultados de las elecciones de diciembre de 2015, y dejen que se convoquen otras nuevas. Por favor, eso sí: Que no vuelvan a presentarse los mismos ni con los mismos programas -si es que hubo-, que a esos y a éstos ya los hemos votado.

Que vengan otros que utilicen la oportunidad de orientar y dirigir mejor el trabajo de los funcionarios, haciendo que el magma del que vive la sociedad civil se tranquilice, y el dinero y el trabajo dinamicen las ruedas, que se paran.

 

Publicado en: Actualidad, Economía, Política, Sociedad Etiquetado como: Ciudadanos, elecciones, funcionarios, políticos, sociedad civil

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