El Marqués de Sade expresó con agudeza que nadie podría resultar admirable para su ayuda de cámara. Asimilando un mensaje tan obvio, entendimos todos que, despojado de parafernalia, oropel y boato, cualquier personaje encumbrado perdía su magnificencia y se nos igualaba a los demás mortales.
Posiblemente, nos habíamos quedado en la frontera física del asunto. Desde nuestra simpleza, dedujimos que no necesitábamos más que imaginar, sin llegar a tocarla, la repugnante obesidad que el pretor escondía bajo sus opulentos ropajes; no era preciso acercarnos a oler los pies enjuanetados de su eminencia, para percibir su nausebunda pestilencia, ni había por qué pasar la mano por una calva sebosa, ni palpar las flácidas redondeces de la soprano o suprimir de afeites y composturas el rostro de la princesa.
Pero quizá no nos preocupó tanto confirmar las pasiones que ocultaban las sonrisas beatíficas, la falsedad de los mensajes esperanzadores que enmascaraban desastres seguros, los consejos de buena actuación que provenían de ladrones y corruptos que se sabían impunes en lo alto.
Tal vez, sí. Nos encontrábamos sencillamente conformes con intuir que, si levantábamos la manta y, de pronto, aparecieran a la luz de la verdad, cuantas falsedades, mentiras y trampas provenían de la alto, nuestros ídolos se descompondrían como la momia de los faraones al contacto con el aire.
No queríamos ser cómplices, desde luego, aunque nos atenazaba el miedo por ignorar si, al levantar los velos de las intimidades síquicas, perderíamos también el respeto, no a las personas, sino a las coronas, los birretes, las gorras de plato, o las mitras. Hasta hubo quienes, haciendo, supongo, de sus tripas la voz de la conciencia, se convirtieron en fieles protectores, defendiendo tradiciones y costumbres, con argumentos y hasta con armas.
Pues bien: Qué tiempos éstos. Hasta el niño más tierno y el lerdo más profundo sabe hoy que el Rey (o, al menos, sus familiares más próximos) va desnudo, que la política está alfombrada de ladrones y tipos trapaceros, que las empresas viven contentas en el magma de la corrupción, que una buena parte de los puestos de relevancia han sido adjudicados con el dedo engrasado por el soborno, la codicia o el contubernio.
Podíamos pensar, para cambiarlo todo, que bastaría con publicar un edicto indicando que todo es revisable, y que nadie será ya admirable si no nos demuestra su pulcritud de sangre, después de someterse a la prueba del fuego, o a un auto sacramental de lo más duro. Apetecería obligar a que todo dios pasara por la prueba del comité de desprestigios y escarnios.
Pero qué difícil -esto es, qué imposible- será todo. La sociedad se ha vuelto insaciable en su curiosidad, y está ahora ávida por conocer todas las intimidades del otro, pero solo para confirmar un a priori extremadamente peligroso: todo es falso, nadie tiene valor suficiente para sostener su prestigio.
Mientras tanto, lo que vemos, es cómo menudean las peleas entre los que quieren ocupar el sitio de los que, al tiempo, se empeñan en bajar de sus pedestales a golpes de desprestigio, burla y menosprecio. Les parece apetecible estar arriba, dirigir a otros. ¡Son tan atractivos los oropeles, las coronas, y las gorras!
Con ese bagaje delicado, con mimbres tan precarios, bajo esa dirección tan inestable, caminamos. Sin rumbo preciso, aparece a cada rato el fantasma del mozo del martillo, ese muchacho imaginario, destructor sin miramientos, al que habrá que darle el premio si no modificamos las reglas del concurso, porque acabará por destrozarnos el edifico por completo.
