Al socaire

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Archivo de 2020

El efecto perverso de legislar sin consenso

24 noviembre, 2020 By amarias 2 comentarios

En el país de las leyes inaplicadas, ininteligibles, contradictorias o estériles, legislar se ha convertido -desde hace años- en una manifestación de poder por parte de cualquier gobierno. Legislan, decretan, ordenan, el Gobierno central y los autonómicos. Reglamentan y ordenan desde las tasas por servicios esenciales hasta las horas de cierre de los locales de alterne, las diputaciones, los ayuntamientos y los alcaldes de barrio. Ordenan, recomiendan, prohíben y castigan o amenazan con penas de toda catadura, las asociaciones de vecinos, colegios profesionales, corporaciones deportivas, el usuario de un portón que utiliza como garaje o el propietario de un terreno perdido en un monte. «Se prohibe aparcar, fijar carteles, la entrada de persona ajena, llamo grúa, se sancionará a los infractores, aviso policía, cuidado con el perro».

Como no se considera de valor lo que los demás han escrito, legislado o decretado, cada cambio en la orientación política en el Gobierno, arrastra como consecuencia irremediable la modificación de varias leyes y disposiciones precedentes. Es una manifestación de poder, no de inteligencia.

Los que tenemos que lidiar con el derecho sabemos bien que la inmensa diversidad de leyes, la continua referencia al latiguillo por el que «se mantienen en vigor las disposiciones que no afecten o la contradigan», la disparidad de criterios y centros legislativos, las leyes en blanco y las más oscuras, generan un entramado farragoso que beneficia, no al derecho, sino al barullo, a la discrecionalidad judicial, a la supremacía falsa del más ducho en derecho procesal o al perteneciente a un bufete poderoso.

Tenemos en curso una nueva Ley de Educación, que se ha dado en llamar Ley Celáa, por el nombre de la Ministra que la ha propuesto para su tramitación en el Congreso. Me he leído en trasversal sus más de ochenta páginas, he tratado de desentrañar el sentido de las continuas remisiones a la anterior Ley (la LOGSE) e incluso a la legislación anterior. Confirmo, desde luego, que se trata de una demostración más, desde el punto de vista jurídico del mal hace legislativo.

Pero lo más importante, en mi opinión, es que es más lo que complica que lo que soluciona. Los representantes políticos se detienen en criticar algunos aspectos vistosos de ese nuevo monumento a la falta de entendimiento en nuestro país, en temas sustanciales, vitales. Es importante, según sectores de opinión, la eliminación de la religión como asignatura evaluable, la posibilidad de terminar el bachillerato siendo un perfecto ignorante, la marginación del castellano (o español) en beneficio de las otras lenguas del Estado y del inglés, el oscuro itinerario que se deduce de la voluntad legislativa de contentar a ciertas minorías, el golpe vital prometido a la enseñanza concertada,  la idea arriesgada de integración de los estudiantes con minusvalías síquicas en un entorno académico que les será forzosamente hostil,  etc.

No le doy mucho recorrido a esta Ley, que pasará a la Historia, si es que se aprueba ahora, como una Ley de educación de efímera existencia. Creo que deja sin resolver el problema de la calidad de la enseñanza, de la falta de motivación y adecuación del profesorado, la disparidad de las titulaciones sin respaldo en la demanda social y económica, el desbarajuste provocado por la delegación de competencias regulatorias a las Autonomías regionales, a los centros docentes (en especial, a los Universitarios), y un sin fin de errores, fallos y reivindicaciones razonables generados, no ya a raíz de la vigente Ley, sino provocados por un camino de modificaciones legales sin atender a las reformas sustanciales.

Españolito que vienes al mundo, niño, adolescente o joven que pretendes formarte para adquirir un digno puesto de trabajo que te permita ser independiente económicamente y solvente en tus conocimientos, te guarde tu buena estrella. La Ley Celáa no te va a mejorar la existencia. No será necesario que te esfuerces, no te controlarán apenas, superarás sin darte cuenta las dificultades académicas que te pongan delante, pero saldrás a la superficie curricular con pocos conocimientos útiles. Entonces te darás cuenta que te han hecho perder mucho tiempo y que el espacio vital de interés está ocupado por individuos, educados en centros de élite de los que no habías oído ni hablar.

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Lo que perdimos

21 noviembre, 2020 By amarias 1 comentario

Hace veinte años que ETA asesinó a Ernest Lluch. Fue en el año 2000, el 21 de noviembre. Imposible olvidar la tensión de aquella época, en la que la capacidad de España para resistir estaba amenazada desde tantos ángulos. De esos momentos, (en los que yo, con once años menos que Lluch, estaba viviendo como observador privilegiado -en realidad, siempre lo fui- la descomposición de nuestro país), recuerdo la desorientación, el dolor y la rabia. No tenía sentido lo que estaba pasando.

Asesinar como manifestación ideológica, elegir las víctimas al azar o por odio o su proyección mediática, reclutar asesinos entre ignorantes sin escrúpulos para los que la vida ajena carece de valor… qué sinsentido.

Nunca milité en ningún partido, ni tentado estuve de hacerlo. Qué bien que no hice. A veces me viene a la memoria lo que me dijo un amigo cuando, recién devuelto de la aventura alemana, aterricé en un país -el mío- en el que, después del intento fantoche de Tejero de revertir el proceso de la transición democrática, gobernaba el partido socialista y todas las facciones estaban a la caza de nuevos militantes: «Cualquier partido estaría encantado de contar contigo». Es cierto que me tentaron, tanto de derecha como izquierda, pero no me moví. Nunca podría dejar de ser un verso libre, un crítico, constructivo pero implacable con mis modestos medios, de lo que me parece mal. Ya fuera en la empresa privada como en la Administración pública.

Me han echado de casi todos los lugares para los que trabajé. Mi currículum es denso en experiencias, aunque también cuenta con un final intrigante en la mayor parte de los centros de trabajo a los que dediqué mi vida. Dos años después del asesinato de Lluch, a mis cincuenta y tres años, un viernes a última hora, me echaron de Fomento de Construcciones de Contratas, por ejemplo. Sin explicación alguna, aunque, por supuesto, no dejé de construir la mía.

Si traigo esto ahora a colación, es solamente para destacar que nunca hay un camino fácil para el discordante. El que discrepa, aunque crea que su teoría está bien construida, a pesar de que elementos del «sistema» le aplaudan y animen, por más que colegas, amigos o subordinados le ensalcen y digan que lo apoyan, las fuerzas de la resistencia buscan permanentemente su vía para acallarlo, marginarlo; destruirlo.

Yo he llegado a esta edad sin más rasguños que los que la enfermedad haya podido proporcionarme. No estuve jamás en primera línea de fuego o de opinión, he sido toda mi vida un segundón sin especial relieve.

Ernest Lluch sí estuvo en la avanzada del frente. Hoy, veinte años después, sus amigos y colegas de entonces, sus alumnos (algunos muy brillantes) le rinden el homenaje de unas palabras emotivas, llenas de admiración y respeto. De todas ellas, por la proximidad que tuve con él, me gustó la forma de expresarlo de Félix Lobo, colega en la Facultad de Económicas de Asturias, que trabajó codo a codo con Lluch cuando éste fue ministro de Sanidad.

Todo me suena hoy a componenda, a falso, a redención no pedida.

Cuánto hemos perdido y perdemos por la falta de diálogo, por la ausencia de verdaderos apoyos, por la envidia y el rencor. En el reportaje (magnífico, desde luego) que la TVE2 dedicó a Ernest Lluch, se pudo ver qué, en la gran manifestación organizada como protesta por su asesinato alevoso, una vez que Gemma Nierga leyó unas palabras en su recuerdo, instando a que quienes estaban en el poder -central, regional, en la oposición, en cualesquier demostración de potestad- hablasen, dialogasen, se pudo leer en los labios de la primera línea de asistentes a aquella expresión de repulsa popular, entre los políticos que «pintaban algo» entonces -Pujol, Aznar, Zapatero,…- esta dramática cuestión. «¿Quién autorizó que se dijera ésto? ¿De dónde proviene esta frase, apelar al diálogo?»

¿Quién dice hoy que hay que dialogar, que las posturas de quienes se creen en poder de la verdad, están, por eso mismo, genuinamente equivocadas? Se ofrece diálogo desde todas partes, y se niega que los otros lo quieran.

Digámoslo todos. Dialogad, dialogad. Dejad a un lado vuestras petulancias, vuestras mentiras, vuestros odios reales o ficticios. Recoged las ofertas de diálogo, no las subordinéis a la aceptación de las vuestras. No dejéis que la intolerancia asesine al que busca entendimientos.

Perdimos oportunidades, perdemos a cada momento.

Ya sé que el diálogo solo no sirve, porque en muchos temas no hay por qué llegar a acuerdos. Pero mientras se dialoga, no se chillará en el Congreso de diputados. Porque el asesinato de Lluch vino a demostrar que los que chillan, pueden invitar a matar. Y matan.

(Ah, y aún están a tiempo, queridos lectores, de leer la entrevista que publica hoy El Mundo a Andreu Jaume. Habla de nuestra asistencia silenciosa al desguace de la democracia representativa. Así que somos todos cómplices, incluso desde las filas de atrás)

Publicado en: Actualidad Etiquetado como: asesinato, Diálogo, Eduard Jaume, ETA, Lluch, memoria

Transición patológica

18 noviembre, 2020 By amarias Deja un comentario

El mes de noviembre está dedicado a las patologías derivadas del cáncer genitourinario masculino y, concretamente, de los tumores malignos de próstata y testículo. En el marco de una corriente de concienciación hacia la necesidad de dedicar mayores recursos a la investigación del cáncer y, especialmente, de las modalidades específicas del varón, miembros afectivos a la plataforma virtual Movember, en número creciente desde hace ya 21 años,  recogen aportaciones en las cuentas corrientes abiertas al efecto. Como signo del compromiso, los participantes en este movimiento solidario se dejan crecer, a lo largo del mes, el bigote.

Cierto que, como enfermo grave de esta enfermedad, sometido a un tratamiento severo que me debilita en extremo, estas cuestiones de la patología médica me preocupan y hasta obsesionan a veces. Solo que, consciente de mi banalidad, de mi fragilidad y de la verdad de mi efímera existencia, en los momentos en que mi dolencia disminuye, no puedo evitar elucubrar sobre la evolución de esta grave crisis mundial, que parece estar abarcando, atenazándolos como una hidra de múltiples brazos, los principales elementos de nuestra sociedad.

Solidaridad, ética, sentido de la vida, evolución, desarrollo, medio ambiente, recursos, técnica… Pocos son los elementos que, si nos fijamos en ellos, no parezcan controvertidos. La situación general invita a pensar que nos encontramos en un período de transición, aunque resulta imposible saber hacia dónde. La pandemia de la Covid ha cambiado brutalmente nuestras vidas -al menos, en la parte occidental del globo terráqueo-, generando miseria, incertidumbre, enfermedad y muerte. Hemos modificado nuestra posición respecto a los demás. El otro ha pasado a ser visto como un peligro potencial, alguien del que conviene mantenerse alejado: puede aportar riesgo de contagio, incluso mortal. Como no sabemos exactamente cómo se propaga el maligno, los sistemas de protección aparecen confusos. Tampoco la posibilidad de una vacuna se acaba de concretar en el corto plazo, envuelta en inseguridades, especulaciones financieras, falsedades y prisas.

La situación en España no invita precisamente a mantener la calma. La población tiene otras preocupaciones al margen de la política; la necesidad de subsistir toma primeras plazas y son muchos -¿cuántos?- los que necesitan asistencia social, ayuda para aguantar. Miles de comercios han cerrado para siempre.

Es lamentable advertir que, lejos de servir para unir fuerzas ante la adversidad, la sociedad se ha polarizado. No culpo especialmente a la estrambótica coalición de gobierno, porque igual me parece deplorable el distanciamiento de los partidos de la llamada derecha entre sí y con la estrategia singular seguida por el equipo de Sánchez. Falta todo respeto a la palabra dada, al compromiso electoral, a la coherencia. El resultado es el progresivo endeudamiento del país, nuestro descrédito internacional, el avance hacia la ruina.

La necesidad de encontrarse cómodo en las soluciones y no recrearse en el problema, trae como consecuencia que muchas personas -no necesariamente por causas ideológicas, también por razones intuitivas- se aferren a una doctrina concreta, a un dogma, a una creencia, en la idea de que será salvífica. Encuentro más personas polarizadas que antes. Convencidos tanto de que algo está muy bien como de que lo contrario es abominable.

Tendamos puentes. Tenemos la obligación de tenderlos. Porque para pasar al otro lado distante de una barranca profunda, no sirve el salto. Arrojarse al vacío con solo el bagaje de una mochila con destornillador, martillo y sacacorchos, no garantiza más que el descalabro. Hay que generar pontones, tirar lianas, enlazar fortalezas,  desde ambos lados. Y cruzar con cuidado.

 

Publicado en: Actualidad, Medicina, Política Etiquetado como: crisis, enlaces, gobierno, liana, movember, Sánchez

¿La Patria está en peligro?

13 noviembre, 2020 By amarias 3 comentarios

No quiero traer al recuerdo gratuitamente el bando de los alcaldes de Móstoles cuando, en mayo de 1808, promovieron al levantamiento contra la invasión francesa. Pero los hechos me convencen de que, en efecto, al trece de noviembre de 2020, la Patria está en peligro.

No voy a teorizar sobre las posibles acepciones del término, aunque dado el bajo nivel cultural al que ha descendido nuestra sociedad, permítame el lector culto que recoja, al menos, la primera definición que del concepto hace la Real Academia Española (por cierto: no la castellana, la española, la que trata de cuidar y dar esplendor a nuestra lengua vernácula)

«Tierra natal o adoptiva ordenada como nación, a la que se siente ligado el ser humano por vínculos jurídicos, históricos y afectivos»

Se deduce de la definición que la Patria, para los redactores del Diccionario, está relacionado con la subjetividad, con el sentimiento del propio individuo. La decisión de pertenecer a una Patria determinada aparece motivada por la decisión personal de adscribir su devoción a un territorio, pero no uno cualquiera, sino aquel que se encuentra regulado como Nación, junto a otros ciudadanos que se consideran afectivamente coincidentes en la valoración del conocimiento de los hechos históricos, en el respeto a un sistema legal común.

Tengo claro que mi concepto de Patria española no coincide con los separatistas catalanes y vascos -y, si hay alguno, de cualquiera que confiese membresía con cualquier separatismo desde el más remoto lugar del territorio que es, para mí, España, mi país, mi tierra natal-. Mi patria no es la misma que la que esgrimen como propia, hasta querer convertirla en su feudo, quienes no respetan la Constitución ni sus leyes, y con mayor dolor, si lo hacen desde las instituciones, y muy en especial, si manifiestan su discrepancia desde el Gobierno, afirmando que no respetan la forma de Estado legítima y que se asocian con separatistas para aprobar unos Presupuestos que, dicen, los llevarán más próximos a su deseo de destrucción de la unidad nacional y al cambio de los principios que rigen nuestra convivencia y sistema económico.

No puedo permanecer impasible ante la desfachatez con la que algunos personajes, cuya catadura moral no puedo calificar sino con los términos más peyorativos, esgrimen como logro de gestión la alianza con los destructores de mi Patria, a la que han mancillado con frases y hechos, y cuyas espaldas siguen mojadas con la sangre de funcionarios del Estado, asesinados alevosamente con el pretexto de su locura anarquista, reaccionaria, incivil, criminal.

Mi Patria es un lugar de orden, de respeto, de colaboración institucional, de claridad en la comunicación con el pueblo, sin ocultaciones ni mentiras. Mi Patria tiene sitio para todos los patriotas -sí, el término no me asusta, me encanta- de buena fe, independientemente de sus ideas políticas, siempre que sean bien explicadas, coherentes y con clara exposición de las medidas que conducirán a la mejora de la situación general.

En mi Patria no tienen cabida aquellos que se consideren facultados para aprovecharse de los demás por razón de su privilegio o afinidad de clase.

No me importa, al contrario, proclamar la exclusión de mi Patria, la que amo y respeto, de aquellos que, desde los altos niveles económicos, tienen como objetivo acumular el máximo de riqueza para llevar las plusvalías generadas a paraísos fiscales, obviando su obligación de contribuir al crecimiento general pagando sus impuestos y reinvirtiendo, en lo posible, sus beneficios en nuevos emprendimientos.

Pero también excluyo de mi Patria, aquellos llamados populistas y a sus palmeros que, ya pertenezcan a los privilegiados puestos de funcionario o provengan de los más bajos estratos sociales, quieran hacer de sus reivindicaciones -incluso aunque fueran justas- una revolución, despreciando los cauces legales y parlamentarios para conducir sus exigencias.  Porque no creo que la solución para el cambio social consista en destruir riqueza ajena sin ofrecer a cambio trabajo, esfuerzo y honestidad.

En esa Patria que amo, solidaria, internacionalmente conectada, apoyada en su imagen seria, serena y consistente por sus representantes y garantes oficiales, desde el Jefe del Estado a cualquiera de sus ministros, desde un Parlamento plural pero constructivo, con una Judicatura libre de ataduras políticas y sometida ella misma a la disciplina de la ley, de Ejércitos y Fuerzas de Seguridad coordinados y bien preparados para sus funciones, de empresarios activos y creativos, de profesionales preparados y estudiantes concienciados, hombres y mujeres sin otra distinción que su valía compromiso, tendré siempre puesta mi bandera.

Ahora mismo, la encuentro en peligro. Y mi preocupación mayor es que no se, no sabemos cómo salvarla.

Publicado en: Actualidad

Desvaríos

12 noviembre, 2020 By amarias 2 comentarios

Sin duda, hay muchas maneras de adornar con calificativos la situación y, muy particularmente, el embrollo español. Para la Historia de nuestro pequeño y maltratado país, sirvan mis primeras pinceladas de urgencia para indicar, con brocha gorda, los principales elementos de la variada parafernalia que compone el actual mosaico en donde nos vemos obligados a desarrollar, porque no tenemos otra, nuestra existencia.

El fondo principal lo compone, sin duda, el desarrollo, aún descontrolado, de la pandemia de la Covid, de la que España, por razones que no hemos llegado a descifrar con claridad, se convirtió en el sufridor europeo por antonomasia.

Sabemos que, en el origen, allá por el mes de febrero de 2020, los sabios epidemiólogos oficiales, con escasos recursos intelectuales y ocultando sus afinidades políticas con el Régimen, minimizaron el ataque vírico e incluso desaconsejaron la adopción de medidas profilácticas y de defensa (léase, como ejemplo, el uso general de mascarillas adecuadas), que se sabía con certeza histórica (¡desde la pandemia vírica de 2014, por lo menos!) que eran imprescindibles.

Y sabemos hoy, con la sagacidad que nos concede la investigación de fuentes plurales y la situación en otros países europeos, que, aunque se sigue ignorando muchas cosas respecto a la propagación del virus y casi todo de la forma de salvarnos en caso de contagio grave o de protegernos contra el mismo de forma definitiva (lo que no esté empañado por turbios intereses comerciales de aviesas farmacéuticas y la acelerada manifestación de posturas por parte de epidemiólogos de toda condición), seguimos dando los bandazos de la improvisación, la desinformación y la falta de autoridad ética y política de nuestros representantes.

Hemos pasado de la alabanza desmesurada a la gestión de la pandemia realizada en la siempre marginada región asturiana, prodigioso resultado, se dijo, en la primera oleada de contagios, del bien hacer del gobierno local socialista, obviando los justos efectos de la insularidad, del efecto salutífero de la naturaleza y del viento y de la dispersión de los núcleos urbanos.

Hemos discurrido por los vituperios y descalificaciones mordaces a la gestión de la presidenta madrileña, tratando incluso de romper la coalición entre el PP y Ciudadanos que hizo viable esa ventura, tildando a sus consejeros médicos y virólogos casi da asesinos, sin hacer caso de la tremenda concentración vírica que supone la capitalidad, el flujo de turistas extranjeros y la alta densidad del transporte público, básico para sostener la economía regional.

Cambiadas las tornas, Asturias se sumerge en las profundidades de las altas cifras (valga el oxímoron) en esta segunda ola de la pandemia, con riesgo de que las UCI lleguen a un punto de colapso y Madrid saca pecho orgullosa de sus medidas peculiares de contención de la pandemia, que, desde luego, han conseguido distender la situación hospitalaria y relajar, sin bajar la guardia ante el respeto a usos y distancias, la tensión en la calle, a despecho de las concentraciones de energúmenos que defienden el libre contagio, la anarquía general y la destrucción de los bienes públicos y privados.

Con todo, siendo importante la cuestión vírica, causante de una depresión económica de la que España tardará años en recuperarse, y que obligará, sin duda, a una recomposición de los sectores empresariales y a revisar las líneas de generación de empleo y riqueza, lo que me duele especialmente es el comportamiento de los políticos. El virus pasará, la crisis económica se superará, pero el mal que emponzoña la política puede provocar efectos nefastos que nos conducirán a un desastre de muy difícil superación.

Los síntomas son tan evidentes que me sorprende la poca reacción que provocan en los medios y, sobre todo, en los otros poderes del Estado. El Parlamento y el Senado actuando como si estuvieran secuestrados no cumplen su función de independencia legislativa, subordinados al rodillo insolente del Gobierno Tampoco puedo entender la pasividad del poder judicial, con una Judicatura indudablemente politizada y hasta se podría calificar de incuria profesional (dicho sea con el respeto al que me obliga mi condición de abogado) algunas actuaciones de la Fiscalía.

Tal parece que se ha conseguido despreciar, convirtiéndolo oficialmente en papel mojado, el obligado respeto no ya a la palabra dada, en juramento o promesa de cumplir la legalidad, sino el sagrado -por lo sublime- compromiso con el pueblo, como imprescindible ejemplo, de respetar la libertad de las instituciones, atender al bien común y ser el primer garante de la Constitución desde el Gobierno que obliga, como sabe o debería saber todo escolar y con mayor razón todo ciudadano adulto, máxime ocupando un cargo oficial, a defender, con palabras y con hechos, que somos una Monarquía parlamentaria, una nación indivisible, un pueblo orgulloso de una Historia común y una democracia que habíamos conseguido que fuera ejemplo para el mundo.

Todo se ha roto. Tenemos un Gobierno mestizo, que ha combinado los restos de un socialismo desconocido para los socialdemócratas serios, con lo más peligroso del secesionismo republicano, que ha demostrado históricamente la falta de respeto a la ley y al orden, (llegando incluso a asesinar por la miserable defensa de unos principios del terrorismo más vil) y un populismo faccioso, que ha dinamitado, convirtiéndolas en jugo de rebelión, las ideas respetabilísimas de la izquierda comunista que había conseguido, no sin esfuerzo ideológico, adaptar su posición revolucionaria para encajar en las vías del progreso democrático, universal y pragmático.

Me ha dolido el juego que el vicepresidente segundo del Gobierno, Pablo Iglesias, se permite con la Monarquía, que es nuestra forma democrática legal de Jefatura de Estado. No tengo nada que objetarle a la convicción republicana de este personaje de aspecto inquietante y atuendo descuidado -yo también me confieso favorable a esa forma, aparentemente más igualitaria, con la que aupar a una persona a la posición representativa, simbólica, de las esencias comunes de un pueblo-.

Pero jamás, es decir, como dirían  mis nietas, nunca jamás, dejaré de defender a nuestro Jefe de Estado, mientras ostente esa representación legítima, apoyada por el sentir popular mayoritario y refrendada por actuaciones personales impecables. Nunca utilizaría mi posición, desde luego, contra el garante de la unidad nacional, menospreciando, criticando o socavando su autoridad. Nunca me prestaría a usar los poderes que me concede mi posición en el gobierno para destruir la unidad nacional, y atacar al símbolo que la personifica -que, además, en este momento, está felizmente depositado en una persona de excelente formación y gran capacidad empática, Su Majestad Felipe VI-.

De otras posiciones, de las actitudes de algunos de los ministros responsables en el Gobierno, de la ambigüedad inexplicable de su Presidente en cuestiones claves del Estado, de la anomia paralizante que rebelan algunos líderes de la oposición, del silencio cómplice de las fuerzas garantes de la unidad de España ante algunos desmanes no solo dialécticos, y, en fin, de la situación de ataxia de demasiadas estructuras básicas del país, escribiré, si tengo fuerzas, mañana.

Hoy debo descansar, después de siete horas de sesión oncológica, en la que, desde el forzado aislamiento del tratamiento clínico (magníficamente atendido por eficientes enfermeras del Hospital de Día de mi centro de Referencia, el Ramón y Cajal). Buenas noches, pues

 

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Reabriendo Sonetos desde la crisis

5 noviembre, 2020 By amarias Deja un comentario

En julio pasado (2020) terminé el libro Sonetos desde la crisis, dedicado a la crisis del Coronavirus. Todos los Sonetos de la serie, salvo éste, han sido recogidos puntualmente en este blog. No estoy seguro de que algún día esa recopilación sea editada (mi aventura como Editor se colmó con la publicación de Sonetos desde el Hospital, del que, debido precisamente a la pandemia, aún quedan varios ejemplares sin vender). Este Soneto es el último de aquella relación, que, por distintas razones, no di a la publicidad entonces.

La situación del país y del mundo es extremadamente compleja. El coronavirus se expande sin que sepamos con claridad cómo contenerlo, la economía española se encuentra en posición delicadísima -el malestar social puede adoptar posturas pre-revolucionarias- y, a nivel general, la ausencia de un liderazgo mundial, unido a la exacerbación de los nacionalismos y comportamientos insolidarios, augura la falta de acuerdo para resolver los graves problemas globales: cambio climático, disminución o amortiguación de las desigualdades, solución de conflictos por los recursos -del agua a las materias primas-, aumento del paro por el avance de la tecnificación y su concentración en pocas manos, etc.

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A Manolito el Pollero,
con las mismas rimas de su Soneto A una caracola

Como en tiempo de guerra, la sirena.
llama al cobijo el cuerpo amortecido.
y aun sin haberse el dolor desvanecido
ya caen nuevos presagios  a la arena.

Pena que a la de ayer nos encadena,
obra fatal de un dios enfierecido
que por el valle difunde gran tronido
y con muerte y fragor su voz resuena.

Olvidamos humanos que en su seno,
oculto en caprichosas oquedades,
guarda el maligno su poder de trueno.

Cojo la tiara del miedo y la corola,
a gritos ahuyentando tempestades;
creyéndola el mar, oír la caracola.

@angelmanuelarias, Sonetos desde la crisis

 

Compra el libro “Sonetos desde el hospital”


La foto corresponde a un juvenil de golondrina dáurica, captada a las orillas del Tajo, en Toledo,

Publicado en: Actualidad, Poesía Etiquetado como: angel manuel arias, golondrina dáurica, Manolito el Pollero, sonetos desde la crisis

Síndrome del eficiente

31 octubre, 2020 By amarias 4 comentarios

Es obvio que la Covid 19 está provocando tremendas conmociones en todas las esferas, abriendo grandes interrogantes sobre la necesidad de encontrar formas de colaboración internacional y gestión que permitan aliviar los problemas actuales -sanitarios, humanitarios, políticos y económicos- y recuperar, si fuera posible, la senda de crecimiento, lo que para el «mundo occidental» parece especialmente complicado.

No quiero en este Comentario introducirme en el debate sobre la manera cómo los diferentes Estados están tratando cuestión de controlar el avance generalizado de la pandemia, salvo para subrayar que este virus ha puesto de manifiesto, una vez más, las dificultades de los seres humanos con responsabilidad de tomar decisiones que afecten a terceros -políticos y gestores empresariales incluidos-. Problemas ciertos para comprender la naturaleza de las interacciones con otros agentes, delimitar y comprender los daños colaterales y no obsesionarse en resolver los  problemas inmediatos de su colectividad, como si estuviéramos aislados en una cápsula.

Los signos son generales. Los advertimos en el debate por la presidencia norteamericana (en donde un candidato no me despierta confianza y el otro carece de mi simpatía); en la reciente historia con tomas falsas sobre el Debate de Investidura que no fue sobre el desgraciado Estado de la Nación. Miremos donde miremos, se pone de manifiesto la debilidad de los entramados que marcaban diferencias entre izquierdas y derechas, aquellos (ya viejos, no por obsoletos, por inutilizados) sueños de compatibilizar teorías liberales y socialdemocracia. Carecemos de vías de solución eficaces (o, por lo menos, creíbles) y solo vemos cómo nos calientan la cabeza y vacían los bolsillos.

He repasado alguno de los síndromes que esta Covid ha levantado entre la ciudadanía. El forzado aislamiento, la separación de los seres queridos, el temor a que el virus nos agarre con gravedad, la persistencia de noticias que nos aclaran que se mueren cientos, miles de personas cada día, y que no aparecen las vacunas ni se nos presenta un horizonte de tranquilidad creíble, están provocando depresiones, signos exacerbados de locura o enajenación, algún suicidio. Conozco gente que no sale de casa por ningún motivo y otros que han llevado la obsesión por el control y la limpieza a límites tales que están vecinos a la estulticia. Entre el personal sanitario -como más significado entre los colectivos que tienen que lidiar con los enfermos de pandemia- las tensiones que causa la Covid poseen perfiles específicos (angustia ante la propia incapacidad, sensación de impotencia, dolor ante e padecimiento ajeno al que no se sabe cómo paliar suficientemente y, en fin, sobresolicitación laboral)

Pues bien, el síndrome que más curiosidad me levanta es el que podíamos llamar «síndrome del autónomo eficiente». Me refiero con ello a aquellas personas que están orgullosas de haber tomado todas las medidas para que a ellos no les pase algo malo y, cuando se encuentran con alguien que ha caído en la desgracia de ser atrapado por el maligno, se esfuerzan en mostrarle lo que han hecho mal y, por tanto, le presentan un cuadro de auto-culpabilidad. «¿Tienes cáncer de próstata, de mama, de colon? Pero ¿te hiciste todas las pruebas? ¡Yo me las hago cada seis meses!» O «Yo no tomo tales o cuales alimentos» . O «Yo corro kilómetros todos los días». Como enfermo de cáncer, se muy bien que no por no ser fumador, ni bebedor, ni tener antecedentes familiares de mi patología, y aunque he llevado una vida relativamente sana, se puede librar uno de se atenazado por graves tumores.

En el caso de la Covid, las medidas de separación y aislamiento, evitar las reuniones numerosas, llevar mascarilla y lavarse las manos con frecuencia con hidrogel, son necesarias, pero no sirven para garantizar que no te contagies. No lo digo yo por alarmar, es lo que está comprobado a poco que se haga el seguimiento masivo de los millones de contagiados. Factores genéticos, sociales, de entorno, parecen ser muy influyentes. Y ahora, además, para mayor desconcierto, unos sabios virólogos han descubierto que la Covid china a mutado en España a una cepa agresiva, que sería la causante de nuestro peor comportamiento colectivo a la pandemia y nos hace responsables colectivos de una Covid española, por más que a lo mejor ese hallazgo (aún no comprobado) pueda venir en ayuda de los expertos nacionales que nos han estado llevando desde marzo de desconcierto en desconcierto, según prueban las hemerotecas.

Cuando oigo a un/una orgulloso/a vencedor/a de la Covid esgrimir sus armas -aislarse físicamente, ordenar la compra por internet, hablar solo por teléfono o videoconferencia, en fin, haber convertido la casa en un búnker- me pregunto si, aunque consigan librarse individualmente del ataque de la pandemia, no habrán echado a perder -ojalá que no definitivamente- su vida.

Publicado en: Actualidad

Una religión sin dogmas

26 octubre, 2020 By amarias Deja un comentario

Debo ser uno de los pocos no creyentes -aunque me apresuro a escribir que respetuoso con la fe de otros- que se ha leído completa la última Encíclica del Papa Francisco, Fratelli Tutti, que se ha dado a la publicidad el 3 de octubre de 2020, en Asís, la víspera de la Fiesta del «Poverello», el santo nacido en esa localidad italiana del que Jorge Mario Bergoglio ha tomado el nombre y la especial advocación.

La carta solemne del director de los católicos, sumo pontífice de los adeptos a esa religión, me ha sorprendido por su formato y, desde luego, por su contenido. Aún con mayor énfasis que la anterior (Laudatio si), se me asemeja mucho a un buen trabajo de fin de curso, una excelente tesina, con sus referencias bibliográficas perfectamente indicadas, en número de 288, párrafos epigrafiados y capítulos con sugerentes títulos.

No pretendo, en absoluto, minimizar ni ridiculizar el escrito del Papa Francisco. Es, en mi opinión, un excelente repaso a los problemas que tiene pendientes la comunidad internacional, como consecuencia de los diferentes tipos de egoísmo que debilitan, emponzoñan o destruyen la actividad humana, desde el nivel individual al colectivo de mayor ámbito, es decir, la Humanidad.

El móvil del amor, entendido como fundamento de la ética universal, es revisado desde distintos ángulos. La parábola del Nuevo Testamento, en la que un judío que ha sufrido el asalto y apaleamiento de unos bandidos, yace malherido en un camino por el que pasan, sin hacerle caso, un sacerdote y un levita, en tanto que un samaritano lo atiende, cura y lleva a una posada, dando  instrucciones y dinero al posadero para que lo cuide hasta su vuelta, le permite extraer una sencilla filosofía sobre la verdadera caridad- El «trasfondo de un desafío de siglos», las relaciones «entre nosotros», que Francisco precisa que no son ni los creyentes ni los que tienen en común una raza, una cultura o una religión, sino todos los seres humanos.

Ese repaso, sistemático, a las diferentes categorías de «otros», permite a Francisco referirse a los marginados económicamente, a los migrantes, a las organizaciones internacionales, a los nacionalismos y populismos. Nada que un agnóstico, abierto al concepto de ciudadanía y solidaridad universal no pueda compartir y desear, como un objetivo permanente incumplido. El lenguaje papal es moderado, expresiones como «el mercado no lo resuelve todo» no sorprenden ni al más feroz de los neoliberales. Referencias al cuidado del medio ambiente y al desarrollo de los países como necesidades conjuntas, o a la obligación de subordinar la economía a  la política (y no al revés) encuentran acomodo  sin problemas en intelectos de derecha como de izquierdas.

No hará daño a nadie, al contrario, leerse la Encíclica del Papa Francisco. Está muy bien escrita, perfectamente documentada, generosamente neutral en cuanto al tratamiento de la idea de Dios. Un personaje necesario, omnipresente,  esgrimido por el Pontífice como referente de autoridad, pero desprovisto de toda connotación de Ser exigente y punitivo, sino con la imagen plácida y próxima de Jesús, un ser humano que ordena hacer el bien y amar a todo el mundo, como nos vienen repitiendo desde Aristóteles a Kant y defendería cualquiera al que no obnubilara la visión de su bienestar, si lo entiende como un premio a su trabajo y condición, y no como una obligación para compartir y ayudar a los que no tienen bastante para vivir ni perspectivas de mejorar porque se lo impide la insolidaridad de los demás y su situación marginal.

No conozco las razones (si es que existieron algunas, aparte de su personal ambición por generar hechos noticiables) por las que el Presidente de Gobierno español Pedro Sánchez, su esposa y otros miembros de su cohorte han ido al Vaticano este pasado fin de semana. Pero sí puedo decir que, si se toma la molestia -entre una y otra de sus homilías dominicales- de leer uno de los ejemplares de Fratelli Tutti que, según cuentan, le regaló el Papa Francisco, le vendrá bien. Puede citar cualquier párrafo de la misma sin temor a generar crítica alguna, salvo en los impertinentes que a todo quieren sacar punta.

Lo que no encontrará es referencias al dogma cristiano. Y esa enseñanza, dejar el dogma de lado para concentrarse en abordar con eficiencia los problemas humanos, en este momento duro por el que atravesamos, en que el escenario se nos ha llenado de dogmáticos de pacotilla, supongo le vendrá muy bien. A él, a sus colegas de gobierno de coalición y a la oposición. Desde la extrema derecha a la extrema izquierda, todos pueden asumir sin desdoro que o vamos todos juntos a la solución, o nos hundimos sin remedio.

 

Publicado en: Actualidad, Política, Religión Etiquetado como: Bergoglio, Francisco, Fratelli tutti, neoliberalismo, política, San Francisco, Sánchez

La difícil recuperación de la bipolaridad política

23 octubre, 2020 By amarias 4 comentarios

En lugar de manifestar desconcierto ante la escenificación de la ruptura entre el Partido Popular y Vox que ayer, 22 de octubre de 2020, ni más ni menos que en el Congreso de Diputados, realizó Pablo Casado en el ámbito de la moción de censura contra el Gobierno de Pedro Sánchez, la mayoría de los comentaristas que analizan hoy el movimiento político del líder del PP, celebran lo que califican de sensato movimiento hacia el centro ideológico.

Me cuento, desde luego, entre los ciudadanos a los que sorprendió el acuchillamiento público a Abascal, que significa, con todos los matices que nuestra indulgencia quiera añadir,  también el desprecio hacia los más de cuatro millones de votantes de ese partido. Un partido singular, producto de la escisión del viejo PP, que ha soportado sobre sí el estigma de ser calificado como ultraderecha, xenófobo, racista y neofranquista.

Como amalgama de restos de la descomposición de la vieja «derechona», no habría por qué elevar las manos al cielo en signo de horror, puesto que deberíamos estar acostumbrados a que en España no trabajamos con ideas -al menos, políticamente-, sino con movimientos «contra». Vox, es cierto, representaba el aglutinamiento peculiar de todos los que veían en la posición del PP de Casado una actitud débil, «la derechita cobarde», demasiado connivente con la política oportunista del Presidente Sánchez.

No todo en Vox es reprobable, sin embargo. Para muchos y, desde luego, para una mayoría de sus votantes, sin duda, también ha sido el partido que mejor ha expresado el apoyo a la Monarquía como institución legítima de la forma de Estado que señala la Constitución vigente, l respeto a la religión católica como portavoz de una tradición de valores éticos y sociales y, desde luego, la repulsa al colaboracionismo con los independentistas y comunistas.

Los beneplácitos verbales de los portavoces socialistas y podemitas al discurso claramente rupturista de Casado con las expresiones ideológicas que supo aglutinar Vox, me sonaron, no ya a improcedentes, si bien oportunistas, sino a genuino abrazo del oso, es decir, a la manifestación de una felicitación a un tercero que oculta la realidad de su propia complacencia.

Si estuviéramos observando un capítulo de una serie televisiva, de esos que nos han acostumbrado a creer que todo puede cambiar en el siguiente, me animaría a pensar que todo ha sido un apaño, una añagaza, una trampa al electorado general, para conseguir que la actual situación de gobierno/desgobierno de la coalición PSOE-PODEMOS-INDEPENDENTISTAS Y SEPARATISTAS adquiera aún más tiempo de vuelo. El Gobierno y sus socios pusieron ayer nota alta a Casado, heredero, dijeron, de las mejores esencias de la derecha histórica española. Qué paradoja, qué sinsentido. Los contrarios aplauden que enfrente se libra una lucha fraticida y levantan en andas al gallito vencedor.

Me parece, personalmente, estupenda, la afirmación de lealtad constitucional y oferta de colaboración con el Gobierno para sacarnos de este marasmo económico, judicial, técnico, sanitario y social, que está implícita en el discurso de Casado. Es necesario, lógico y hasta imprescindible. Lo que no entiendo es por qué hay que desaprovechar una situación tan delicada para, obviando apoyar a Abascal y su propuesta, a lo que no estaba el PP, desde luego, obligado, dejar de poner de manifiesto las cosas que el actual gobierno está haciendo mal y hasta muy mal. Porque tal parece que lo que se ha querido es inculpar a Vox y a sus líderes de los males que aquejan en este momento a nuestro país, dejando que se vaya de rositas la coalición de socialistas y todo el guirigay del populismo, el independentismo y el republicanismo más revolucionario.

Necesitamos una derecha fuerte y una izquierda coherente, y es imprescindible que ambas facciones ideológicas se muevan en el marco constitucional y de lealtad a los compromisos que suponen el correcto funcionamiento de las Instituciones del Estado. Tengo la impresión de que, después de la exhibición de pureza y pedigrí que quiso realizar Casado ante los españoles que, mal que bien, estábamos siguiendo el debate, hay muchos millones de compatriotas que se preguntan hacia dónde va ahora la derecha.

Si creen que el discurso de Casado supone una deriva hacia el centro, apretujándose contra el espacio de lo que queda de Ciudadanos bajo la capitanía de Arrimadas, y tratando de arañar votantes del PSOE para construir un frente muy amplio, que atraiga también a los votantes de Vox, avergonzados por el trato dado a su líder, me atrevo a decir que se equivocarían.

La derecha española sigue en busca, no ya de autor, sino de programa. Y la izquierda ha demostrado desde que Sánchez se aupó como líder de la barcaza del PSOE, que no necesita programa ni cuota de entrada. Todos son bienvenidos para navegar en el berenjenal que representan.

 

Publicado en: Actualidad

¿A las puertas del infierno?

22 octubre, 2020 By amarias 8 comentarios

El Ministro Illa, responsable de la cartera de Sanidad en el todavía Reino de España, acaba de anunciar -en una corta entrevista radiofónica en Onda Cero, a las nueve de la mañana del 22 de octubre de 2020- que estamos a «las puertas del invierno» y que, según los expertos que le asesoran (propios y de ajenos), serán necesarios por lo menos seis meses, para que alguna de las vacunas que se investigan contra el coronavirus, superados los controles que demuestren su carácter eficaz y, al mismo tiempo, inofensivo, pueda ser distribuida entre la población en número suficiente.

Muy optimistas me parecen, dentro de su dramático contexto, esas previsiones, cuando no tenemos, ni de lejos, controlado el avance del virus estamos asistiendo a la imposición de confinamientos cada vez más severos. Y me parecen terriblemente precursoras de una crisis económica aún más profunda, de la que no van a salvarnos unos miles de millones de euros europeos, cuyo destino aún desconocemos y cuyo coste real ignoramos.

Me resulta fácil hacer el juego de palabras con las palabras de Illa y poner de manifiesto que nos esperan períodos aún más difíciles de lo previsto. Con más de un millón de personas ya contagiadas en España (un 2% de la población total) y en el grupo de cabeza de afectados, junto a países que nos superan ampliamente en población, seguimos preguntándonos, en realidad, porqué hemos sido distinguidos por la pandemia.

Nuestros sabios y políticos (desde a Luis Enjuanes a Margarita Del Val y desde Pedro Sánchez a Alberto Núñez Feijoo) ponen el énfasis en que parte de la población no respeta distancias, organiza fiestas multitudinarias sin llevar mascarilla y tenemos muchas más unidades familiares que agrupan a jóvenes y ancianos que el resto de países europeos, como consecuencia del alto paro juvenil y del carácter salvador de las pensiones a las maltrechas economías, que hace de aglutinador de entidades familiares con más miembros que la media europea.

No quiero que se me juzgue de conspiranoico ni escéptico integral, pero mis escasos conocimientos de sociología comparada me sugieren que deben existir más factores que nos empujan a los españoles al lado feo de la pandemia. La sobrecarga de la asistencia primaria (afición desmedida a visitar el centro de salud por ancianos) y de los servicios de urgencias (por catarros, luxaciones, otitis, fiebres infantiles y heridas superficiales), la escasez de facultativos de calidad por cada mil habitantes (no pocos de los mejores se han ido a los países ricos y ya no podemos convencerles de que vuelvan) han de contar entre los factores, supongo. (1)

Pero ni siquiera esa enumeración, bastante obvia de factores de culpabilidad no individuales, me satisface la inquietud por saber qué nos está pasando.

Y como no tengo perro que me ladre ni lazo que me sujete, echo a volar mi imaginación y atribuyo como causa principal de nuestra desgracia colectiva, esa que nos está sumiendo en la peor crisis económica y social desde la postguerra civil, el que somos un país desorganizado, desestructurado, inconsistente, falto de liderazgo y ayuno de ilusión colectiva.

Esto en estos momentos siguiendo (con una atención disminuida, desde luego) el Debate de la moción de censura de Vox. Oigo, sobre todo, insultos, descalificaciones, improperios. Falsedades. Distribuidas entre los intervinientes de todos los grupos, más concentrados, sí, en unos portavoces que en otros, aunque me parece detectar que, más que corresponder a un programa ideológico, a una coherencia, descansan en las habilidades dialécticas y en la capacidad para improvisar insultos.

Estamos a las puertas del infierno. Estoy mirando una reproducción del maravilloso complejo escultórico de August Rodin con ese nombre. Una obra inacabada, aunque nadie lo diría observando su fuerza. Una amalgama de cuerpos que se precipitan al vacío, arrojadas desde el Paraíso.

Me apetecería que los políticos a los que hemos tenido que votar para que nos guiasen a un mundo mejor, nos ofrecieran soluciones constructivas, hicieran desaparecer la crispación, impulsaran la creatividad y la formación de empleo, cumplieran con los propósitos de aumentar los esfuerzos en investigación y formación. Todos, en sus programas, defienden aparentemente lo mismo, aunque, por la experiencia ya amplia de su comportamiento, sabemos que muchos de ellos, desgraciadamente, solo pretendían su bienestar personal.

Me resisto a pensar que estemos a las puertas del Infierno. No podemos, no debemos estarlo. Que este Invierno nos saque a todos a una primavera radiante, solidaria, prometedora de una España seria, pujante, respetada internacionalmente, sin extremismos ni experimentos secesionistas ni comunistoides, más propios de paranoicos sociales que de experimentados e instruidos hombres y mujeres que, independientemente de sus profesiones y trabajos, de su formación y base ideológico, quieren avanzar unidos.

Me esperan a mi, personalmente, varios meses de duro tratamiento oncológico. Ignoro si podré superarlo, pero me aplicaré, con buen ánimo, a salir a flote de mi particular invierno. Espero encontrar, a la salida de este proceso, una España mejor, más unida, valorada internacionalmente, libre de todos los virus que ahora nos afectan y emponzoñan.


(1) Hago una precisión a posteriori, a las nueve del día 22.10.2020. Tenemos en España buenos facultativos, con una dedicación vocacional que, en especial en las dotaciones de la Sanidad Pública, se puede calificar de sacrificada hasta más allá de lo deseable, ya no solo por ellos mismos, sino por la atención que se ven obligados a proporcionar a los pacientes. Faltan profesionales, no andamos sobrados de medios ni los actualizamos en la medida deseable y, desde luego, necesitamos elevar sus salarios. No podemos sostener una Sanidad a base de sacrificios personales, presumir de su alta capacitación sin realizar suficiente investigación y sin darles tiempo y oportunidad para la continua formación que demanda el continuo incremento de la tecnología sanitaria. Creo que, dentro de las prioridades, aumentar los honorarios, eliminar su precariedad laboral y reducir su jornada de trabajo es imprescindible. Estamos invitando a médicos, enfermeras y ayudantes de enfermería a que, una vez que adquieran experiencia en la Sanidad Pública, se vayan a la empresa privada, emigren o disminuyan su dedicación y empatía con el paciente tratando de aplacar su malestar.

 

 

 

Publicado en: Actualidad, Personal, Política Etiquetado como: Abascal, Casado, coronavirus, crisis, españa, Iglesias, Illa, infierno, invierno, moción de censura, política, Sánchez, Vox

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