Al socaire

Blog personal de Angel Arias. La mayor parte de los contenidos son copy@left, aunque los dibujos, poemas y relatos tienen el copy@right del autor

  • Inicio
  • Sobre mí

Copyright © 2026

Usted está aquí: Inicio / Archivo de amarias2013

Cuentos de verano: El tránsito hacia la Ciudad encantada

8 septiembre, 2013 By amarias2013 Deja un comentario

Quizá, por falta de información, algunos imaginen que si una historia comienza con las palabras «Había una vez, en un país remoto», se está refiriendo a algo que sucedió en el Lejano Oriente o en el África profunda. Eso no es así, pues con los avances de las telecomunicaciones, la lejanía o proximidad en el espacio no sirve ya como referencia para nada.

Lo importante es el tiempo. Cuando un acontecimiento en una región con frontera, gentes que mandan y obedecen, y un objetivo común, tuvo lugar hace mucho tiempo, se puede perfectamente decir que sucedió en un país remoto.

En este relato, el país del que hablamos tenía casi de todo. Había unas líneas trazadas sobre el terreno, que lo delimitaban de los países vecinos. Había, por supuesto, un grupo pequeño de hombres y mujeres (sobre todo de los primeros) que ordenaban lo que había que hacer y mangoneaban el resto de lo que no había que hacer, y un grupo muy grande de personas que hacían lo posible para pasar desapercibidos de los anteriores, por aquello de que «del que manda, cuanto más lejos, mejor».

Pero a ese conjunto de territorio y personas le faltaba algo muy importante: tener un objetivo, algo que ilusionara a todos.

Se habían hecho muchas investigaciones y propuestas, por parte de eruditos, profesores y artistas. Todas habían sido rechazadas o, apenas iniciada la búsqueda o plasmación del objetivo, abandonadas por imposibles o inútiles.

Cuando ya se daba por perdido que pudieran convencerse, colectivamente, de admitir un objetivo común, surgió la idea de transformarse en una Ciudad Encantada. La trajeron unos observadores que, por casualidad, habían estado en otras Ciudades que habían tenido el mismo problema y que lo habían superado, según parecía.

-Lo que tenemos que hacer -dijeron a los capitostes y a la Junta de Principales y Secundarios- es iniciar cuanto antes el tránsito a la Ciudad Encantada.

Presentaron también muchos dibujos que pretendían reflejar las cualidades de las Ciudades Encantadas.

-¿Pero qué es una Ciudad Encantada? -preguntó el inquisidor general. -Suena a cuento chino.

-Pues no es así, -le contestó Avezado, un observador que había perdido un ojo en una refriega -. Las ciudades normales en los que los elfos y las hadas organizan sus juegos florales cada cuatro años, se convierten, por una temporada larguísima posterior, en Ciudades Encantadas, en las que los ríos manan leche y miel y se generan miles de puestos de trabajo para recoger esos productos deliciosos y venderlos en los mercados de las ilusiones.

-¿Y cómo se consigue ese tránsito? -les preguntaron.

-Exactamente, no lo sabemos. Habrá que contratar a especialistas de alguna Ciudad Encantada para que nos ilustren. Sin embargo, algo ya nos han dicho: Debemos prepararnos con las infraestructuras adecuadas para vencer todos los obstáculos y conseguir que los guardianes de las Ciudades Encantadas nos seleccionen como el escenario idóneo para acoger su espectáculo de variedades.

-Y lo más importante -añadió, a lo que había dicho Avezado, Escarmentado, otro de los observadores- es que hay que convencer a una Comisión heterogénea de individuos de que podemos ser una Ciudad Encantada, haciendo como que lo somos.

-Eso está chupado, -expresó la Alguacil Dilecta del país, que tendía a subestimar todas las cosas, por una deformación que tenía, de nacimiento-. Fingir lo que no somos es mi especialidad.

Tomada la decisión de realizar el tránsito, los ciudadanos y ciudadanas del país remoto, se aplicaron al objetivo de conseguir superar las dificultades que, imaginaban de lo que iban deduciendo, les propondrían la Comisión Heterogénea.

-Seguro que nos preguntarán cómo superaremos las añagazas de la Engañifla y del Truco del Almendruco -especulaba, el Presidente del Comité del Objetivo Ciudad Encantada Novísima Acción (COCINA), constituído al efecto.
-Chupado -decía Enchufado Perenne-. Les convenceremos de que tenemos un especialista en analizar todos los puntos flacos.
-P…pero eso es mentira – replicaba Honradete, un muchacho no muy largo de luces que había sido incorporado al COCINA por Pasado de Listillo, tipo de confianza de la Alguacil Dilecta.
-¿Y quién se va a enterar si iremos de farol o con la verdad por delante? -zanjó el Presidente-. Ahogaremos en simpatía a los miembros de la Comisión Heterogénea y no podrán resistirse a considerarnos la más encantada de las Ciudades.

Los siguientes meses fueron, en verdad, magníficos. Prácticamente toda la población se empeñó en conseguir el objetivo, lo que resultó muy esperanzador y estimulante. El país, que estaba ya muy endeudado, se endeudó aún más, porque las autoridades convencían, con su labia, a las entidades financieras locales de que devolverían el dinero con creces, ya que tenían asegurado el diploma de los encantos.

Algunos se especializaron en juegos malabares, otros en generar fantasías, aquellos idearon infraestructuras que podían llegar muy cerca de la luna y otras que pretendían alcanzar (sin lograrlo, pero casi), el centro de la Tierra. Toda esa actividad, inversión y esfuerzo, tendría su fruto cuando se realizara la confirmación del título de Ciudad Encantada.

Estaban convencidos, cuando llegó el momento de iniciar el tránsito definitivo por el Pasadizo de las dificultades, de que les darían ese título. Incluso empezaron a utilizar el nombre de Ciudad Encantada, sin serlo, porque daban por seguro que la Comisión Heterogénea apreciaría las excepcionales cualidades del tinglado real que habían montado para poder llevar a cabo, la farsa que les convertiría en una Ciudad Encantada de verdad.

Hubo un pequeño detalle que les faltó controlar, y que resultó definitivo. Cuando, a la hora de la verdad, tuvieron que explicar con sus mejores palabras, que era lo que habían hecho para pretender ser la Ciudad Encantada, los que tenían la responsabilidad del país remoto, se dieron cuenta de pronto de que hablaban diferentes lenguas.

-No se entiende -murmuraban los miembros de la Comisión Heterogénea, tanto los que venían de Trigo Limpio como los trapaceros que procedían de Zancadilla de la Ribera.

Aunque lo que seguramente dio la peor imagen, fue que la Alguacil Dilecta, que tenía que responder a los pormenores más importantes, enmudeció. Se puso muy nerviosa, porque recordó que había dejado la sartén al fuego con las salchichas para la cena.

-¿Alguien puede enterarse si he dejado el gas encendido? -fue lo único que acertó a expresar, cuando le urgieron a que dijese algo; cualquier cosa.

Así que volvieron al país remoto del que procedían, desazonados después de conocer que el título de Ciudad Encantada se la llevaron otros. El gran espectáculo que tenían preparado para la celebración del otorgamiento que habían dado por chupado, no tuvo lugar, convirtiéndose en algo similar al Entierro de la Sardina.

Pero también es cierto que se consolaron pronto, admitiendo la versión oficial de que esa distinción no hubiera servido para nada y que, además, les hubiera costado dineros.

-Lo importante -dijo el Capitoste Máximo del pueblo remoto- es habernos creído que éramos una Ciudad Encantada y que los demás estuvieron a punto de creérselo.

Y volvieron a andar por donde solían, desorientados.

FIN

Publicado en: Cuentos y otras creaciones literarias Etiquetado como: angel arias, ciudad encantada, cuentos de verano, juegos malabares, objetivo común, título

Cuentos de verano: Insólitas parejas

7 septiembre, 2013 By amarias2013 Deja un comentario

Cuando el niño que asó la manteca anunció que se casaba con la lechera que llevaba el cántaro al mercado, -ambos ya, adultos y con plena capacidad jurídica- pocos hubieran dado un penique por la continuidad de su matrimonio. Lo cierto es, sin embargo, que fueron, hasta determinado momento, razonablemente felices, y todo ello sin necesidad de cambiar sus hábitos y tendencias.

El afán explorador, inquisitivo, del primero le llevó a solicitar una beca Ramón y Cajal, después de haber terminado brillantemente sus estudios de ingeniero de telecomunicaciones. Como no le concedieron prórroga a la misma, ni se cumplió el compromiso oficial de hacerlo plantilla fija del Consejo Superior de Investigaciones Científicas y Otras Menudencias (CESICOMO), decidió marcharse a Estados Unidos, donde se incorporó a un equipo relevante que ensayaba los efectos de los rayos gamma sobre las margarinas.

Pero la chica del cántaro, -la que había visto rotas sus ilusiones de mejorar a poquitos con el producto de la venta de la leche que, antes de la entrada del País de Todo lo Ignoro en el Mercado Común de los Hábiles Comerciantes, pretendía haber vendido por unos buenos dineros-, tenía un escaño de diputada en el Congreso Nacional, como representante de un partido minoritario, y se negó a acompañarle en su periplo norteamericano.

-Tengo el propósito firme de conseguir cambiar el país -le ratificó al hombre de la manteca- Y, por eso, mi puesto, está aquí.

-Pues yo tengo el mismo propósito, como sabes -replicó a la de la leche el de la manteca-. Por eso mismo, me marcho, para aumentar mis conocimientos.

Lamento tener que decir que se divorciaron, pues sus caminos se ratificaron como divergentes, y un gran charco de por medio era demasiada agua para mantener vivo su amor, que languideció a la postre. Se siguieron escribiendo cartas (que deberían haberse conservado para guardarlas en la hemeroteca de relaciones frustradas), con una frecuencia cada vez menos intensa y, finalmente, dejaron de escribirse para dedicarse a otros menesteres más tangibles.

La chica del cántaro encontró su nuevo amor en el soldadito de plomo, quien, aunque le faltaba una pierna -perdida en uno de los cursos de formación en la academia de artillería, como es sabido- conservaba indómito su espíritu revolucionario, siempre dispuesto, decía, a hacer cumplir la Constitución, cayera quien cayera, pero que, en verdad, tenía dentro de sí espíritu de eterno conspirador, producto de sus resabios por las batallas que decía haber librado en aguas turbulentas, contra ratas de cloaca, peces fagocitadores, mozalbetes desvergonzados y feroces corrientes de las ventanas abiertas.

El de la manteca se topó en las Américas con la mamá de Pulgarcito, viuda, que era inmensamente rica gracias a los negocios de su hijo, y que, según parece, estaba aún de buen ver. Con su ayuda económica, este joven investigador, ya más talludito, no tuvo problemas para comprar el Centro de Investigación de las Margarinas en el que trabajaba de limpiaprobetas (Margarine Research Center «Marlon Brando») y orientarlo hacia lo que más le angustiaba desde niño, que era la recuperación de las grasas mezcladas con los suelos terrosos, en los que alcanzó un éxito sin precedentes, obteniendo el Premio Príncipe de Asturias de las Casigalinas.

No tuvo la misma suerte la nena de la manteca -ya hecha una mujer más hecha y lo mismo de derecha, y tan guapa como siempre-, porque el soldadito de plomo se metió en una conspiración para intentar que la República bananera en que se había convertido su país, volviera por sus fueros. Detectado el movimiento cuando apenas se estaba esbozando la estrategia, por un equipo de contraespionaje dirigido por Mortadelo y Filemón, fue llevado a un tribunal militar, junto a otros compañeros, dirigido por el general Dormilón (uno de los siete enanitos que cuidaron de Cenicienta) y, tras un juicio sumarísimo, resultó pasado por las armas; es decir, en su caso, metido en un crisol de fundición.

Antes de ser fundido en plomo para material de bisutería dijo algo así como: «Sic transit gloriae mundi», lo que tenía su gracia. El de la manteca, cuando se enteró, envió un telegrama de condolencia a la del cántaro -sin sabe si intentando recuperar la relación-, pero se lo devolvieron por «dirección desconocida».

Ignoro si de esta historia podrá sacarse alguna enseñanza, pero así queda escrita, para pasmo de las futuras generaciones, si tienen ocasión de leerla.

FIN

Publicado en: Cuentos y otras creaciones literarias Etiquetado como: angel arias, CSIC, cuento de la lechera, cuentos de verano, insólitas parejas, investigador, lechera, niño que asó la manteca, pulgarcito, Ramón y Cajal, soldadito de plomo

Cuento de verano: Ricardo Corazón de Melón

6 septiembre, 2013 By amarias2013 Deja un comentario

Seguro que al leer el título de esta historia, se os ha venido a muchos a la cabeza el nombre de Ricardo Corazón de León, imaginando que voy a referirme a este héroe casi legendario que protagonizó una de aquellas magníficas expediciones, llamadas Cruzadas, que pretendieron conseguir de una forma directa y definitiva la Alianza entre las civilizaciones cristiana y musulmana.

Pues no. El protagonista de este relato didáctico es otro Ricardo, al que, desde niño, apodaron Corazón de Melón sus compañeros de Escuela, por su carácter con tendencia al enternecimiento, esto es, a dejarse conmover por las desgracias y malestares ajenos.

Por supuesto, como siempre que se produce un desvío de la naturaleza humana, sus padres fueron los primeros que le advirtieron, tan pronto como descubrieron esa debilidad.

-Ricardito, deja de preocuparte por los demás. Atiende a lo tuyo, que ya es bastante.

Pero el infante Ricardo no hacía caso. No porque fuera desobediente, sino porque algo más fuerte que él le impulsaba a una sensibilidad exacerbada. Por ejemplo, si veía que otro escolar, a la hora del recreo, no estaba disfrutando del correspondiente bocata, se acercaba para preguntarle si no tenía hambre.

-¿No te ha preparado tu mamá ni siquiera un donut como tentempié?

Si el otro niño le contestaba que no tenía apetito o que ya había engullido el contenido de su fiambrera, Ricardito respiraba tranquilo. Si, por el contrario, expresaba que se había olvidado el sándwich sobre la cimera de la cocina o, peor aún, que sus papás estaban en paro y no tenían dinero para comprarle suplementos dietéticos, Corazón de Melón, le ofrecía sin dudar la mitad de su bocadillo y, si le parecía un caso extremo, todo él entero.

Cuando Ricardo Corazón de Melón era un adolescente, una gran crisis se apoderó del país. Como estamos hablando de una época relativamente moderna, y en un país relativamente desarrollado, la crisis no se detectó porque se hubieran agotado las reservas de trigo, o las aguas se hubieran teñido de rojo o, ni siquiera, una plaga de langostas hambrientas hubiera destruido la cosecha de remolacha azucarera. Los altos Consejos del Estado diagnosticaron que la crisis era producto de la coyuntura, lo que tranquilizó a todos los que tenían medios adecuados para aguantar el chaparrón.

Ricardito Corazón de Melón no tardó en advertir que algo malo estaba pasando en el mundo, sin necesidad de leer los periódicos ni salir al extranjero. Con solo realizar el trayecto de su casa al Instituto, y viceversa, al que estaba obligado un par de veces al día (salvo sábados y festivos), se percató que la densidad de pedigüeños en la Calle Real, que debía atravesar forzosamente, aumentaba terriblemente.

-He contado un pobre cada veinte pasos -comentó con un compañero, con el que tenía confianza-. Hace una semana había un pobre cada veinticinco. Y hace apenas un año, en la Calle Real solo había tres pordioseros, uno a la puerta de la iglesia, y los otros dos, ante El Corte Inglés.

-¿Y qué nos va a ti y a mí? -respondió el otro, a tan acertada observación experimental, utilizando una frase extraída, sin que fuera consciente, de los materiales bíblicos.

A Corazón de Melón, sí le fue. Consciente de que, por mucho que subdividiera en alícuotas partes relevantes la cantidad que, para atender a sus teóricas necesidades de compra de chuches, sus papás le daban semanalmente, no conseguiría detener aquél flujo creciente de necesitados, pensó en alternativas. Por cierto, también advirtió, con conmovedora perspicacia, que, en su mayor parte, ya no provenían fundamentalmente de otras nacionalidades, y que, los que pedían, no parecían ser drogadictos, ni vagos, ni pertenecer a la obsoleta categoría de maleantes, sino que eran del mismo pelaje y color que el suyo y, en sus cartelones, escritos con mayúsculas -pero que nadie leía- se presentaban como padres o madres de familia, parados sin remedio, desahuciados, o gentes así. Tenían unas caras terribles.

Pidió a sus padres el adelanto de todo un año de paga y, con ese dinero, compró sobres y sellos. Escribió cartas al representante del distrito, al alcalde de la ciudad, al ministro de Complacencias Interiores, al Monarca de aquí y a los de allá y al Jefe Mundial de Todos los Países civilizados.

Era un método tradicional, pero quería estar seguro de que esas personas le leerían. Por supuesto, también publicó el contenido de la carta, en su blog, en el perfil de Facebook, en Tuenti, y en otros sitios y foros de internet. Sabía que en esos sitios, los amigos -él tenía 1.500 amigos virtuales- se limitarían a poner «Me gusta» o «Chanchi Piruli» (por ejemplo), sin tomar ninguna medida más. Qué se le iba a hacer. Pero, ¿qué harían los personajes importantes, los que tienen las sartenes cogidas por el mango?

El contenido de la carta, en lo sustancial, era el siguiente (después de los educados encabezamientos y la fecha):

«Me parece que no se han dado cuenta Vds. de que el número de pobres que piden limosna en nuestras calles, en el suburbano o en los locales comerciales, ha aumentado exponencialmente.

«Puede que crean que solo con la caridad de los transeúntes se podrá solucionar el problema. No lo veo así. He estado observando durante varias semanas, en distintos puntos de la ciudad, incluído el suburbano, lo que la gente entrega a estos necesitados, y estoy convencido de que solo les daría para subsistir malamente, y que, dado que la mayoría están enfermos y no tienen, según les he preguntado, ninguna ayuda médica, corren riesgo de que sus males empeoren rápidamente, contagien a otros, sean o no de los que piden limosna, y puede que mueran en la calle sin atención alguna, como si fueran animales, lo que sería especialmente lamentable, ¿no?.

«Observo que la mayor parte de los transeúntes pasan de largo junto a estas personas, sentadas, echadas o de rodillas en las calles, ignorándolas. Incluso he podido constatar que no les contestan una sola palabra cuando se acercan, salvando la vigilancia, a la mesa del restaurante en donde los que pueden, están comiendo, o cuando explican su situación en los vagones de metro o a la salida de los comercios e iglesias.

«Me he permitido contar también el número de perros en la Calle Real, siempre conducidos por sus dueños con preciosas correas y cadenitas, y, en un alto porcentaje, fabricantes de bolitas de excrementos que sus amos recogen con unas bolsitas, delicadamente, aunque también pueden ignorarlas si creen que nadie les observa. La cantidad ha aumentado también, y está superando – levemente, de momento-, al de pordioseros.

«Las escenas de afectividad que despiertan estos animales, llamados de compañía, me resultan vergonzantes. Una vecina a la que se le murió su perrito de aguas hace unos días, en el que había gastado miles de euros para curarle de un cáncer de piel, me reconoció que había llorado su pérdida durante días, porque era su mejor amigo, después de la separación de su esposo.

«Creo que la crisis que tenemos no es coyuntural, sino estructural. No tenemos ninguna solidaridad con los demás seres humanos, sean de nuestra nacionalidad como de otras. Les propongo que tomen medidas urgentemente. Aquí les ofrezco algunas:

«Propongo que todo aquel que sea propietario de un perro o animal doméstico, se haga cargo también de uno de estos necesitados, obligándose a darle comida, pago de la asistencia sanitaria y cobijo durante un año.

«Propongo que…»

Era una carta muy larga. Y aunque Corazón de Melón la había enviado a tantos sitios, hasta el momento, nadie le contestó. El número de pedigüeños de la ciudad siguió aumentando, los consejeros reales permanecían en sus trece de que la crisis era pasajera, y, si se atendía a lo que decían las noticias del extranjero, se estaba preparando una guerra preventiva, que nadie estaba seguro de lo que significaría, pero no sonaba nada, pero que nada bien.

-No te desesperes -le aconsejaba el amigo íntimo de Corazón de Melón-. Tú ya has hecho bastante. La solución de lo que pasa en todo el mundo no está en tu mano.

Por cierto, una compañía de alimento para pets, utilizó su idea, y lanzó una campaña con el lema: «Adopta a un pobre». Alcanzaba ya 40.000 simpatizantes, aunque, como expresé, el número de pobres no cesaba de aumentar. Como el de perritos de compañía.

Corazón de Melón estaba, cada día, que pasaba, más desorientado.

FIN

Publicado en: Cuentos y otras creaciones literarias Etiquetado como: animal de compañía, debilidad, limosna, melón, perro, ricardo corazón

Cuento de verano: El tercer vuelo de la paloma

5 septiembre, 2013 By amarias2013 Deja un comentario

Para la completa comprensión de la historia, este cronista deberá empezar recordando que, cuando Hänsel y Gretel se perdieron en el bosque en el que, mientras su padre talaba árboles, habían sido autorizados para recoger fresas para su madre, una paloma tuvo una intervención muy, pero que muy singular.

Ella fue la que, cuando salió la luna en la noche oscura de la desesperación de los infelices, habiendo prometido que les guiaría a la casa de sus padres, les condujo por el contrario hasta la casita de chocolate en la que moraba una anciana que, después de permitir que los niños se pusieran morados de productos azucarados, desenmascaró su aviesa naturaleza: explotadora del trabajo infantil -ordenó a Gretel que limpiara la casa y cocinara sin parar para su hermano- y canibalismo. (Este último, por cierto, desinformado, ya que la pérfida utilizó el supuesto engrosamiento del dedo meñique de Hänsel como índice general de su engorde, error inexcusable, ya que, en opinión técnicamente fundada, esos tejidos musculares tienen escasa grasa, situación que, por lo demás, hubiera hecho innecesario que el pequeño le presentara huesos de pollo para desanimarla del avance del régimen de engrosamiento que tenía como objetivo conducirlo a la olla con mayor sustancia).

La misma paloma, después de que los niños consiguieron liberarse de su secuestro (de aquella manera tan traumática para sus tiernas mentes infantiles), apareció una segunda vez, indicándoles que «Ahora, sí os guiaré a la casa de vuestros padres», lo que, en efecto, hizo en esta ocasión, auxiliada por el cisne de otra historia excelente, que conocemos como El Patito Feo.

Curioso por conocer lo que había sido de los niños, he investigado algo. Después de un período de tratamiento sicológico, Hänsel y Gretel, obtuvieron una beca del Estado bávaro, y obtuvieron ambos, con honores, el título de bachiller superior. Hänsel terminó la carrera de medicina, y se especializó en geriatría en Estados Unidos, y, más concretamente, en los tipos de demencia senil que derivan hacia formas malévolas de la personalidad. Es propietario en la actualidad una clínica concertada en Madrid, junto a otros personajes de cuento, toma y daca.

Gretel pertenece al grupo de los verdes (Die Grünen), del que fue uno de sus líderes hasta hace poco, en que tuvo que abandonar las actividades públicas debido a su diabetes, ya muy avanzada. Tiene una diplomatura en alimentación natural, que nunca ha ejercido. Vive en Alemania, en pareja con una compañera; no han adoptado hijos.

Los dos hermanos no se han visto desde hace años. Creo haber detectado que han surgido algunas desavenencias entre ambos, derivadas del reparto de los derechos de autor de su truculenta historia, en el que no se han puesto de acuerdo, pues cada uno reclama la parte protagonista.

Cuando contacté con Hänsel, ofreciéndole la posibilidad de un reencuentro ante las cámaras del Programa de TV «Restañando heridas del pasado», declinó, alegando que su prestigio como galeno no le permitía propiciar tales mascaradas, amén que el distanciamiento con Gretel era solo aparente.

Estaba ya cerrando el capítulo de mi investigación, cuando se me apareció la paloma. Reconocí, por su forma de volar, que era la misma que ilustraba el cuento que tantas veces había leído.

-Me equivoqué. Se equivocó la paloma -dijo, utilizando una forma impersonal, que me recordó unos versos de Rafael Alberti que popularizó en su momento Juan Pardo, y que tenía olvidados-. Por ir al norte fui al sur, por el trigo fui al agua; creyendo ir a casa de los padres de los niños, les conduje por error a la casa de la anciana del bosque. Pero no fue por mala intención. Eso debes dejarlo claro en tu relato. Yo no soy una paloma mensajera, no tengo sentido de la orientación. Soy como me ves, blanca. Soy la paloma de la paz.

La vi tan sincera, tan arrepentida de aquel error, que le propuse, como compensación para todo lo que nos había hecho sufrir a los niños de todo el mundo, y, en especial, a las especialmente sensibles criaturas españolas de mi época, que, dadas sus virtudes maravillosas, nos dedicase, como amigos desde la infancia de Hänsel y Gretel, un tercer vuelo:

-Sácanos de aquí. Sácanos de este pozo en el que estamos. Guíanos sobre cómo salir.

La paloma de la paz me miró fijamente y se fue, por supuesto, volando.

-Veré lo que se puede hacer.

Eso dijo. Espero con los dedos cruzados que esta vez no se eqivoque.

FIN

Publicado en: Cuentos y otras creaciones literarias Etiquetado como: anciana, angel arias, canibalismo, cuentos de verano, geriatría, Gretel, Hänsel, meñique, paloma, paloma de la paz

Cuento de verano: La niña sabihonda y el hipopótamo locuaz

4 septiembre, 2013 By amarias2013 Deja un comentario

Como es seguramente conocido, muchas personas, cuando encuentran a alguien dispuesto a escucharles, le largan un interminable discurso, sin importarles que no tenga el más mínimo interés para su forzado interlocutor, que se limita, por lo general, a asentir de vez en cuando con la cabeza y a mirar a todos los lados, confiando en que suceda algo, aparezca otra persona o se produzca una explosión devastadora, que les libere del suplicio.

Margarita Sabihondilla ertenecía a ese grupo de personas, sino, más bien, al del lado contrario. Esto era así, porque siempre que alguien intentaba darle un consejo, contarle una anécdota, ofrecerle cualquier información, ella le cortaba diciendo:

-Eso ya me lo se.

Y otras veces, sin abundar en más explicaciones, se expresaba tajante con un:

-Eso no es así.

Si se atiende a tales manifestaciones, podría suponerse que Sabihondilla era un prodigio de sabiduría. Porque daba igual que se hablase del tiempo que posiblemente iría a hacer mañana, de la formación orogénica del cuaternario o de las dificultades para encontrar productos para diabéticos en el barrio, su comentario era siempre uno de estos dos:

-Eso ya me lo se/Eso no es así.

Con tales antecedentes, es comprensible de inmediato que los que la conocían se abstuvieran, salvo contadas excepciones, de darle información relevante alguna, pues, después de haberle comunicado la novedad de la que la querían hacer partícipes, era muy fastidioso encontrarse con que, por mucha ilusión que hubieran puesto en la comunicación de tal noticia, Sabihondilla la descabalgara con lo que parecía un desprecio absoluto.

-Eso ya me lo sabía.

Obviamente, Margarita Sabihondilla estaba lejos de ser ninguna capitana de entre los sabios y se acercaba, más bien, al lado de la necedad donde habitan los ignorantes supinos. Sus dos frases estereotipadas correspondían a una mezcla implosiva de timidez convulsiva y exacerbada petulancia, que le mantenía agarrotada desde muy niña la inteligencia emocional, como producto -casi con seguridad- de una educación ineficiente, que no se había esforzado en corregirle ese deformante vicio de la personalidad cuando había opciones de enderezarle la estrambótica chulería.

Un día del pasado otoño, encontrándose en el Africa subsahariana por mor de un safari fotográfico que había sido organizado por la Agrupación de Devotos de los Dogmas, a la que pertenecía como socia protectora de esta especie en extinción, el vehículo todoterreno que portaba a su grupo se estropeó y hubo de detenerse a punto de embocar un paso donde se podrían contemplar varios paquidermos, amén de algunos cocodrilos.

El conductor, que era también el guía del asunto, aconsejó vivamente a los turistas que se mantuvieran dentro del coche, y esperasen hasta que llegase el equipo de rescate con un nuevo vehículo, porque la zona era peligrosa debida a que era lugar de asentamiento de hipopótamos, que no toleraban intrusos.

Sabihondilla, que escuchó la advertencia, como los demás, no evitó comentar de inmediato la misma con una de sus dos frases favoritas: «Eso no es así» (lo pronunció, para ser exactos, en inglés: «That´s not true»). Pero, como estaba de vacaciones, se sintió cómoda para ser algo más explícita, apostillando:

-Lo se, porque en un cuento que me leía mi mamá cuando era niña, se contaba una historia muy tierna en la que un hipopótamo locuaz era su mejor amigo. (Esto ya lo dijo en español, porque sus conocimientos del idioma extranjero no le permitían grandes malabarismos idiomáticos).

De los otros siete turistas que ocupaban el coche, molestos como estaban por el inconveniente, cuando no, medio muertos de miedo, cuatro parecieron no entenderla, y otros dos, el que había estado dos veranos de vacaciones en España y la que había hecho un curso de Erasmus en Salamanca, la miraron estupefactos. Pero el séptimo de los integrantes de la expedición, catedrático de Metafísica Aplicada a las Artes Sutiles, que era natural colombiano, increpó a Sabihondilla con estas palabras.

-¿Qué tiene que ver un cuento infantil con la realidad? Lo que nos dice el guía es fruto de su propia experiencia y la de gentes entendidas como él, y lo que te leían de niña era solo el producto de la imaginación de quien lo escribió, contado para divertir.

-Eso no es así, -fue la réplica de Sabihondilla, la cual, por hallarse de vacaciones, completó con otras palabras-. Porque no se trataba de un cuento, sino de una historia verdadera. Recuerdo muy bien lo que mi madre me decía cuando me lo leyó, a los seis años de mi existencia: «Si alguna vez te encuentras con un grupo de hipopótamos, pregunta si alguno de ellos es el hipopótamo locuaz».

Tales cosas decía, mientras abría la puerta del todoterreno, y avanzaba, contra todo pronóstico, corriendo, hacia el grupo de hipopótamos que se divisaba en lontananza.

-¿Alguno de vosotros es el hipopótamo locuaz? ¿Podéis sacarnos de aquí?

El guía trató de detenerla, pero fue mala suerte que, al salir atropelladamente del vehículo, pisara mal con el pie izquierdo y se rompiera un hueso que llaman calcáneo, que además de lo mucho que duele, para el caso que aquí se refiere, le impidió caminar.

Los obedientes turistas, a pesar de reconocer que la situación era delicada, prefirieron no intervenir, pues nada bueno podría venirles de ello, pasara lo que pasara. Entre «era ya tarde para reaccionar» o «no había forma de detenerla en su loca determinación», discurrieron sus posteriores argumentos justificativos de la inacción.

Consultado el guía como testigo principal del posterior suceso, jura que Margarita Sabihondilla, mientras se alejaba, no cesaba de repetir, incluso en inglés, estas palabras:

-Are you there, Hypo Loquacious? ¿Estás ahí, hipopótamo locuaz? Do you undestand my language? ¿Entiendes mi idioma?

Fueron tales frases, seguidas de varios gritos desgarradores, las últimas señales audibles de aquella mujer singular. Afortunadamente, la lontananza a que nos hemos referido algo más arriba de este relato, estaba suficientemente alejada para que los extranjeros cazaimágenes selváticas que formaban la expedición no vieran exactamente lo que sucedió, aunque, intuyeron los resultantes efectos.

Fue una historia triste, que les amargó bastante el resto de las vacaciones. Y lo más lamentable es que Margarita Sabihondilla no tuvo ocasión de poner en práctica la enseñanza recibida de que todos los cuentos que, cuando niña, le refería su mamá para entretenerla, no eran ciencia. Alguien debería haber dicho a las claras que le quedaba mucho por aprender y que una forma segura de disminuir la ignorancia es tener en cuenta la experiencia de los demás.

FIN

Publicado en: Cuentos y otras creaciones literarias Etiquetado como: Arias, cuentos de verano, experiencia ajena, guía, hipopótamo locuaz, Hypo Loquatious, Margarita Sabihondilla, observación, peligro, safari

Cuento de verano: Juanelo Valiente contra el sistema

3 septiembre, 2013 By amarias2013 Deja un comentario

Cuando Juanelo Valiente retornó de sus merecidas vacaciones en la tierra de sus ancestros, por buen nombre, Siempreverde, no tardó en apreciar que, en su ausencia, las cosas habían vuelto a empeorar.

En realidad, es principio general y comúnmente aceptado, que lo que, siendo propio, no se vigila, se deteriora por sí mismo, y si no se está atento a limpiar, adecentar y eliminar adherencias, de forma continua, al cabo de poco tiempo, en donde había algo de valor, se encontrará un pingajo.

Lo que ya no es tan sabido o, por lo menos, rara vez se tiene en cuenta, es que, en tratándose de lo común, esto es, de lo que pertenece a todos, la falta de vigilancia produce un deterioro aún más rápido, y por ser el bien que ha de mantenerse mucho más valioso que lo de uno solo, resulta -en principio- tanto más doloroso el avance de su miseria.

Los síntomas aparecieron ya desde el primer día. El Cartero real, habitual portador de misivas sin la menor importancia, le comunicaba en una Notificación del Ministerio de Velocidades que había sido multado con cien maravedís por superar en cuatro micromillas a la hora la velocidad máxima admitida para los cabriolés con pescante de ébano, regla exótica que había sido aprobada en el último Consejo de Ministros antes de las vacaciones de verano.

La exacción le había sido deducida ya de su cuenta bancaria, correspondiéndole ahora, según decía el boleto en letra autoborrativa, alegar lo que a su derecho correspondiera en los tribunales competentes, siendo circunstancia que solo parecía conocer Juanelo, el que su vehículo no había sido cabriolé, sino charriot, y que, a la sazón, se debería hallar dado de baja y en situación de desguace, misión que había confiado, como entendía corresponde, a un competente taller autorizado para minucias vitales.

Disgustado por el mal pie con el que se celebraba su retorno, se dirigió a la sede del gremio de Profesionales Libres, al que pertenecía, para anunciar que se encontraba nuevamente a disposición de lo que se le ordenara, encontrándose con que un cartel, en la misma puerta, adherido con cinta de embalar, indicaba que el gremio había sido disuelto, por orden del Ministerio de Libertades Vigiladas, de reciente creación, y se invitaba a los socios a que defendieran sus reivindicaciones, en el caso hipotético de que las tuvieran, de acuerdo con su leal saber y entender individual.

Barruntando ya que las vacaciones de la plebe habrían sido aprovechadas por los controladores del Sistema para hacer otros cambios, aún más profundos, fue, con el corazón más contrito, al Palacio de Comunicaciones Generales, lugar en donde, en multitud de paneles llamados informativos, se disponían, sin orden ni concierto, las muy variadas disposiciones que modificaban, con igual criterio, las anteriores, nacidas, en general, bajo idénticos auspicios.

Sus peores sospechas quedaron confirmadas de inmediato. Multitud de normas, reglamentos, leyes, adenda, edictos, eukases, diligencias, providencias, autos, directivas, sentencias y revocaciones habían sido dictadas o aprobadas durante los treinta días en que había estado de vacaciones.

Había cambiado tanto todo, que resultaba imposible saber cuál era la norma última que correspondía seguir. Juanelo Valiente, armado solo de su perspicacia, retiró de un manotazo varias de aquellas notificaciones, y las estrujó con sus propias manos, mientras gritaba:

-¡Cómo puede ser que lo que está creado para ayudar y proteger al individuo se haya convertido en un monstruo incontrolable!

Parecía, en verdad, fuera de sí. Los pocos ciudadanos que se encontraban en el inmenso espacio de la planta baja del Palacio de Comunicaciones Generales -las zonas altas eran inaccesibles para el común- le miraron, sin decir nada, aunque alguno le aconsejó, con un leve movimiento de los labios, que se callara.

En aquel momento, aparecieron varios funcionarios, cuyos rostros estaban ocultos por material antidisturbios que, con dureza, golpearon a Juanelo Valiente, tirándolo al suelo, y luego lo esposaron y lo condujeron hacia los sótanos.

-El sistema tiene siempre razón y los que están contra él, están contra todos -explicó, para quien pudiera oírle, quien parecía el jefe de aquel equipo.

Así resultó engullido Juanelo por el sistema. Cuando sus amigos advirtieron que faltaba a los habituales encuentros, en donde se entretenían en resolver complicados Sudokus y otros acertijos que estimulan la imaginación -según se creía-se interesaron por él, para lo que fue imprescindible rellenar el formulario informático previsto al efecto. Al cabo de unos días, recibieron la notificación, enviada contra reembolso, de que faltaban datos para la completa identificación del Expediente del asunto, y que, por ello, no había podido ser procesada.

Cada una de sus peticiones de información, encontró similar respuesta. «No es posible procesar su consulta por datos incompletos». Pidieron ver al responsable físico del Departamento de Errores del Sistema, pero el programa informático les contestó, en un tono que juzgaron impertinente, que, antes, deberían agotar los procedimientos automáticos, que no sabían ni consiguieron saber cuáles son exactamente.

Escribieron, exhaustos, esta frase sobre una sábana: «Juanelo, ¿dónde estás?. Tus amigos nos te olvidan», y se apostaron nos apostamos ante el mecanismo de control de acceso al Gran Palacio del Sistema. Así estuvieron varios días. Para su asombro y definitiva desesperación, por allí no entró ninguna persona. Aquella entrada no era utilizada por nadie. Todo el recinto, hasta donde alcanzaba la vista, parecía abandonado, si bien, aunque alejados como se encontraban del complejo central de edificios, llegaban extraños sonidos de actividad.

Decidieron, al cabo, abandonar la búsqueda de Juanelo. Los que conocían su coraje, se manifestaban seguros de que Juanelo Valiente sería capaz de hacer algo para evadirse, y se tranquilizaron de que sabría cómo salir del problema por sus propias fuerzas.

Así fue. Cuando ya nadie recordaba el caso, emergió Juanelo Valiente, desmejorado, pálido, pero vivo. Contó que había conseguido zafarse de su reclusión, aprovechando que aquel día, el mecanismo que le proporcionaba papilla de arroz sintético y agua reciclada por un conducto minúsculo, se atoró, y la puerta de su celda quedó circunstancialmente abierta.

Dijo también que había recorrido todas las dependencias, buscando la salida, y no había encontrado a nadie. Tenía la seguridad de que no había nadie detrás del funcionamiento del Sistema, que se estaba alimentando por inercia.

Es verdad que no le creyeron, porque todos tenían miedo a las represalias, ya que las Notificaciones no paraban de llegar, lo que parecía probar que alguien controlaba todo, aunque fuera para mal. Multas, subidas de impuestos, limitaciones de prestaciones…

Pero Juanelo Valiente no hizo caso, en adelante, de ninguna de ellas. Vació sus cuentas bancarias, pidió la liquidación en su empresa, no contestaba correos, cambió de lugar de residencia, pagaba al contado, cobraba en negro, repudió a sus amigos, no leía periódicos, y, lo que es más importante, dejó que se olvidara el nombre de Juanelo Valiente, pasando al más absoluto anonimato para el Sistema, del que vive completamente al margen, desde entonces.

Por lo que le va muy bien, según se puede inferir.

FIN

Publicado en: Cuentos y otras creaciones literarias Etiquetado como: angel arias, cabriolé, charriot, cuentos de verano, desguace, Juanelo Valiente, miseria, notificación, pingajo, rebeldía, sistema, sociedad líquida

Cuento de verano: El crédulo y la pitonisa

2 septiembre, 2013 By amarias2013 Deja un comentario

Erase una vez que se era, un hombre crédulo. No se trataba de una característica en grado superlativo, sino sustancial, es decir, sin fisuras. Sencillamente, era incapaz de imaginar que nada de lo que se le pudiera contar por otro ser humano pudiera estar basado en la falsedad o la mentira, por lo que le daba la máxima credibilidad. esto es, toda.

Las razones por las que había desarrollado tan extraña capacidad resultaban, en verdad, desconocidas. No existían antecedentes familiares; ni en la colectividad donde desarrollaba su existencia, las crónicas oficiales o los más antiguos del lugar registraban o recordaban comportamiento similar.

Ni siquiera la experiencia vivida personalmente por el crédulo había minado la más mínimo lo que, en puridad, nadie consideraba virtud, sino defecto.

-¿No puedes entender que mentir, especialmente en las cuestiones esenciales, es una manera de defensa? Cubriendo la realidad con mentiras bien urdidas, se protege la intimidad, la hacienda, los propios intereses -le decía uno de los pocos amigos que tenía, porque para la mayoría resultaba aburrido compartir vivencias con alguien que no veía en ellas doblez ni maldad alguna.

-No. -Fue la respuesta escueta del crédulo supino.

Seguramente por curiosidad, un buen día, nuestro crédulo se encontró frente a la consulta de una pitonisa. El lector debe saber de inmediato que no se trataba de una de esas personas que, con palabras, silencios y otros subterfugios, pretenden adivinar el pasado de quienes les visitan, para que ellos mismos deduzcan el futuro que, por su mala cabeza, les espera.

Aquella vidente había desarrollado una habilidad especial, como consecuencia de haber seguido estudios muy cualificados de análisis de series, estadística cuántica y economía aplicada. En su consecuencia, podía ser capaz -así se jactaba de ello en los anuncios con los que se publicitaba- de «deducir, por métodos científicos, el ámbito más probable en el que se desarrollará cualquier actividad humana».

El crédulo preguntó, ante todo, al ser conducido al cuarto, lleno de ordenadores y otros cachivaches informáticos, en donde la adivina desarrollaba su actividad, cuánto había de costarle la consulta.

-Esto dependerá de la complejidad de la pregunta, -fue la respuesta.

-Pues bien, -no se arredró el inocente-, ya que estamos, aquello que con más interés desearía saber es si alguna vez la Humanidad en su integridad llegará a tener un solo objetivo.

Esa consulta es gratuita, -dijo la pitonisa, esbozando una sonrisa-. Porque ese momento hace tiempo que ha llegado, y todos los hombres y mujeres del planeta se esfuerzan desde entonces por alcanzarlo.

Solo al salir de nuevo a la calle, rumiando, entre sorprendido y satisfecho, el valor de aquella simple respuesta que borraba las dudas que de vez en cuando le atormentaban, comprendió el crédulo que debía haber pedido mayor precisión, y se lamentó de no haber preguntado a la pitonisa cuál era, en verdad, ese objetivo que la Humanidad perseguía con ahínco.

Pero, confiado en que, siendo tan común, cualquiera de sus contemporáneos podría informarle acerca del mismo, abordó al primer transeúnte con aspecto de respetabilidad que se cruzó en su camino, y le preguntó si conocía cual era el objetivo de la Humanidad.

El interpelado, que era un clérigo, le miró con curiosidad, tratando de descubrir si el crédulo le estaba tomando el pelo, y, creyéndolo algo alienado, aunque sin faltar a sus principios, le respondió con lo primero que se le vino a la cabeza:

-El objetivo de la Humanidad es vivir dignamente de acuerdo con los designios que Dios tiene marcados para el hombre.

(Ah, -pensó nuestro hombre, mientras daba las gracias al gentil entrevistado-, ¿cómo no se me ocurrió antes?. Lógico que así fuera).

Apenas había andado unos pasos, sintiendo que la respuesta que había obtenido precisaba mayor concreción, asaltó a una joven que llevaba un carrito con un bebé.

-¿Sería tan amable de aclararme una duda? ¿Cuáles son los designios que la divinidad tiene señalados para la Humanidad?

La joven, que pertenecía a uno de los grupos que se tienen por alternativos, entendió de inmediato que debía estar siendo filmada para uno de esos programas que deleitan a los desocupados ofreciendo a sus audiencias la muestra de su vacuidad cerebral, y quiso aprovechar la oportunidad para lanzar una reivindicación.

-No creo que a ninguna divinidad le preocupe lo que hagamos. Lo que debemos hacer es vivir conforme a las reglas de la naturaleza.

Magnífica observación, se dijo el crédulo para su coleto, y soy muy torpe para no haberme percatado de tan obvia solución a mis inquietudes. Sin embargo, comprendió pronto que, para ser efectivo, el consejo debería completarse aún, por lo que, atravesando la calle, detuvo a un individuo bien trajeado que se acababa de apear de una lujosa berlina, y, conforme a lo que llevaba deducido, tuvo arrestos para encajarle esta cuestión:

-¿Cuáles son las reglas de la naturaleza?

El asaltado, que era un alto ejecutivo de una multinacional polivalente, estaba, justo en aquel momento, repasando las notas fundamentales del discurso de presentación de los resultados de la compañía a la Asamblea de accionistas que tendría lugar en unos instantes. Así que, para quitárselo de encima, tomándolo por un pordiosero, le contestó:

-La naturaleza no tiene reglas. La única fórmula es trabajar duro, siguiendo la propia intuición y con la seguridad de que cada hombre acabará encontrando el sitio que le corresponde.

Increíble -rumió el crédulo, encantado con la facilidad en que había conseguido concretar la solución a la preocupación que hasta entonces le había consumido tantos momentos obsesivos-. No hay respuesta más pertinente que la que este hombre me ha dado. El objetivo de la Humanidad es poner a cada uno en su sitio, ¿qué otro podría ser, sino ése?.

Y, distraído por tan profundo pensamiento, no se percató en que un autobús de línea avanzaba despendolado por el carril preferente que momentáneamente ocupaba, siendo arrollado por el vehículo, que le proporcionó muy graves heridas.

Mientras yacía en el suelo, ensangrentado, rodeado de curiosos espectadores que demandaban con urgencia un médico, dicen los testigos que estaban más cerca del moribundo que musitó estas palabras: Humanidad, mi sitio queda libre.

Nadie entendió a qué podría referirse.

FIN

Publicado en: Cuentos y otras creaciones literarias Etiquetado como: adivinanza, Arias, crédulo, cuentos de verano, pitonisa

Cuento de verano: La lámpara maravillosa y las cosas de andar por casa

1 septiembre, 2013 By amarias2013 Deja un comentario

Entre los muchos cachivaches que había heredado de sus padres, que eran buhoneros de dignísima profesión, y que había resuelto entregar, pagando incluso unos dineros, con el fin de que se los quitasen de encima, a los recolectores de una asociación de exdrogadictos, aquel distinguido joven descubrió una lámpara que se le antojó, a primera vista, especial.

En realidad, le pareció especial porque, aunque estaba sucia de mugre y porquería, brillaba con luz propia.

Pero como no entendía una papa de lámparas ni, en realidad, del valor de cualesquiera objetos de segunda mano, pues, gracias a la dedicación y esfuerzo de sus queridos padres, había podido estudiar en la más famosa Universidad del Reino el prestigioso oficio de técnico superior en calzadas reales, principescos subterráneos huecos y mágicos voladores ingenios -abreviadamente, Maestro de Todolosé-, acudió a un especialista en lámparas antiguas.

-Esta lámpara es realmente la más antigua que jamás tuven en mi mno Por su forma y aspecto tan especiales, y, en particular, por esta marca que figura troquelada en uno de sus brazos, diría que esta lámpara pertenece a la misma especie que la famosa lámpara de Aladino, -le indicó el experto, después de mirarla por todas partes, y, en particular, por el lugar en donde debería estar la conexión eléctrica, de la que carecía por completo, faltándole, además, cualquier soporte para candela, vela cerúlea o mecha ignífuga.

El joven heredero no cabía en sí de gozo.

-Con mucho gusto se la compraría, pero, dado el estado ruinoso del negocio de lamparero, no tengo dinero ni para pipas -confesó el entendido.

-No pretendo venderla, sino, ahora que se de sus potencialidades, utilizarla en mi provecho. Pero ¿qué debo hacer, pues, para disfrutar de sus beneficios? Porque, por mala suerte, y a pesar de mi exceso de capacidad formativa, me encuentro actalmente en paro, y desearía que la lámpara me proporcionase un trabajo digno, y a ser posible, sin tener que emigrar de mi país.

El lamparista le aclaró, como pudo, el problema que atisbaba en el aparato.

-Sucede que esta lámpara parece tener desactivado el poder de conceder deseos. Seguramente, por el paso del tiempo, que le ha dejado encima esta capa de roña muy notable, que impide que la fuerza mágica alcance la superficie. Para que recupere su milagrosa actividad, entiendo, hasta donde alcanza mi ciencia, qe será preciso limpiarla de esa mierda ocultativa, por lo que debe Vd. acudir a un especialista en eliminación de suciedades de lámparas maravillosas, del que le daré de inmediato la dirección.

Así fue. El anciano erudito en lámparas antiguas escribió la dirección del limpiador de las mismas, en su facción o categoría de maravillosas, y con aquel papel en la mano, el Maestro de Todolosé se encaminó, presuroso, a la calle cuyo nombre figuraba en él.

Grande fue su sorpresa cuando, llegado a ese punto, se encontró con que, en aquél preciso lugar, en donde debería hallarse un servicio de limpieza de lampistería (o algo parecido), se había instalado un rascacielos de varias decenas de pisos.

Desde la acera, puesto que el servicio de seguridad no le había permitido la entrada, pudo distinguir en lo más alto del edificio, un letrero, posiblemente luminoso desde el ataredecer, en el que se leía, en grandes caracteres: Ministerio de Control Absoluto de la Sociedad Líquida.

¿Para qué servía una lámpara maravillosa de la que no podía extraerse su poder? Para nada, desde luego. Así que, apesadumbrado, volvió con ella al montón de chatarra y desperdicios que había heredado de sus padres, al que la arrojó y se dedicó a buscar con mayor atención más cosas de las que pudieran servirle para andar por casa, mientras esperaba, vanamente, que alguien le llamase para ofrecerle un empleo.

Pero, aunque dedicó mucho tiempo a hurgar entre los restos heredados, no encontró nada que volviera a llamarle la atención, por lo que llamó a la asociación de ex-drogadictos para que le limpiasen gratuitamente de tanta porquería, y pronto aparecieron con una furgoneta para hacerse cargo de los desechos.

-Se lo llevamos todo, menos esa lámpara, -dijo uno de ellos, que parecía el jefe.

-¿Qué le pasa a la lámpara? Es una lámpara maravillosa, aunque, según me informaron, ha perdido su poder.

Con una sonrisa, el otro le aclaró bastante: -Tenemos el local abarrotado de lámparas maravillosas que no funcionan, y nadie las quiere porque lo que la gente busca son lámparas que sirvan para soportar bombillas y den luz, no que hagan milagros.

El joven se quedó, pues, con la lámpara, y, como industrioso que era, trató de encontrar un procedimiento para restaurar lámparas maravillosas, estudiando con ahinco cuantos libros de quiromancia, magia y artes espirituosas pudo consultar en la red de bibliotecas públicas.

Por ahí debe estar, todavía, buscando la solución entre las estanterías.

FIN

Publicado en: Cuentos y otras creaciones literarias

Cuento de verano: La crisis siria y la oportunidad perdida

31 agosto, 2013 By amarias2013 Deja un comentario

Los grandes capitostes del orbe llevaban reunidos varias semanas para decidir un castigo ejemplar a uno de los reyezuelos intermedios, que había sido descubierto poniendo veneno en la mermelada de la alacena.

-En mi fundada opinión, -expresó uno de los más encapirotados mandamases, echando hacia atrás con un gesto leve, el manto de armiño que cubría, entre otras, sus partes pudendas- deberíamos estar seguros, antes de castigar a nadie, de si la mermelada ha sido o no contaminada con material perjudicial para la salud humana. Porque el supuesto veneno puede no haber sido tal, sino alguna especie o colorante.

-Me resulta increíble -argumentó otro de los que ocupaban los sitiales centrales de aquella reunión- que debemos por supuesto que quedaba mermelada en la alacena. ¿No nos la habíamos comido toda en la temporada pasada? Y aún más, inquiero que reflexionemos sobre esto: ¿Para qué nos sirve la mermelada a la mayor parte de nosotros, que tenemos diabetes?

-No nos precipitemos -decía un tercero, sorbiendo té a poquitos de un termo que portaba-. Dejemos que los expertos en mermeladas realicen los análisis de las muestras que tomaron, y podamos así determinar con exactitud si nuestro amigo y colega ha puesto alguna sustancia en los tarros que, después de todo, estaban destinados a sus propios vasallos, así que nada nos pete, en lo esencial, a nosotros.

Con un manotazo sobre la mesa presidencial, el más importante y temido de los confederados, dejó clara su postura:

-No tendré tolerancia alguna con el infractor, haya o no infringido norma alguna y tanto si la mermelada está envenenada por sus seguidores o por sus contrarios. Hace días he trazado una línea roja infranqueable en este aspecto, porque, por desordenados y ácratas que seamos, debemos dejar claro a los reyezuelos quienes mandamos aquí.

-P…pero -expresó, sin ánimo de interrumpir, en realidad, un rubicundo y algo orondo personaje- Este asunto de la mermelada, ¿no es un tema menor?. ¿No deberíamos preocuparnos más, en realidad, por todas esas muertes verdaderas que se están produciendo en Siriápolis, en donde se masacran a decenas de miles los defensores de que las mujeres no deben tocar con sus manos impuras los tarros de mermelada y los que opinan, por el contrario, de que la mermelada más sabrosa es la que se fabrica en sábado y con canela en rama?

Esta observación, tan pertinente, fue juzgada de inmediato como impertinente por el responsable del país autocalificado como el más democrático y avanzado del orbe, que prosiguió:

-No entra en discusión que debemos tener alguna norma. Porque lo importante es mantener la sartén de las excusas por el mango, porque es necesario garantizar en todo momento la seguridad de nuestros verdaderos amigos, siempre amenazada por los que hoy querrían tener la fórmula para envenenar la mermelada y mañana podrían pretender fabricarla ellos mismos. La sola sospecha de que este reyezuelo petulante haya podido envenenar la mermelada, es suficiente para derrocarlo con las armas, sustituyéndolo de inmediato por una comisión fiel, que siga nuestras directrices, es decir, las mías, sin rechistar.

Los reunidos guardaron un silencio respetuoso ante estas contundentes palabras, y se levantaron sucesivamente, reconociendo que carecían de suficiente poder para tomar una decisión por sí mismos, y que deberían consultar a sus consejos de estado y a sus parlamentos, y a sus almohadas, aunque harían lo posible por convencerles de que lo más importante no era ya la mermelada, sino castigar a quien se había atrevido a mostrarse altanero con los líderes mundiales, y, en especial, había traspasado no se sabe bien qué diablos de línea roja en no se conocía qué cuaderno o bitácora, olvidando, en fin, las precisas enseñanzas recibidas en las escuelas en donde había sido ilustrado, cuando estaba en la edad de aprender.

Cuando ya se marchaban todos, dejando al hipotético superlíder del orbe repitiendo que, por hache o por be, iría solo contra quien había envenenado presuntamente la mermelada, aunque no hubiera mermelada ni veneno, uno de los ujieres tomó el micrófono de la sala, y con voz algo temblorosa gritó:

-¿No estarán ustedes perdiendo una oportunidad de mostrarse coherentes? ¿Quiénes son los productores de veneno? ¿Por qué, en lugar de tanto mirar para la mermelada, no resuelven por qué se están vendiendo tantas cantidades de veneno sin control, solo para favorecer la industria de sus productores locales de veneno.

Pero ya se habían marchado todos cuando terminó su improvisada perorata y, además, como el conserje no sabía inglés, sino en su lengua nativa, la argumentación solo la entendieron la mayoría de los otros ujieres, que eran de su misma nacionalidad y que, desde luego, nada podían hacer por mucho que captaran su sentido.

FIN

Publicado en: Cuentos y otras creaciones literarias

Cuento de verano: Confidencias a media noche

30 agosto, 2013 By amarias2013 Deja un comentario

Cuenta un periodista de investigación de cuyo nombre no quiero acordarme que, en una cálida noche del último verano, mientras las cigarras, como es habitual en ellas, entonaban monótonos cloqueos amorosos, contaminando acústicamente el aire en competencia con los estridentes sones que emanaban de los timbales y tambores con los que la grey humana arrumbaba sus preocupaciones con libaciones de alcohol y la perspectiva de coyunda, encontró sumidos en animada conversación al avezado pastor Nemoroso Rubalcaba y a la intrépida zagala Lozana Chacón, recostados ambos en la tierna hierba.

Y dice esa misma fuente que, aunque las interferencias fueron muchas, alcanzó a distinguir, gracias a su agudo sentido del oído, palabra más o pensamiento menos, el intercambio de reflexiones que aquellos hicieron.

-Estoy hondamente preocupada -decía Lozana, masticando una brizna de avena campestre- por el modo light con el que estás cuidando del rebaño, al que tienes encerrado en la majada. Pasas el tiempo, según dices, reflexionando, sin que, por más que se te inquiera, trascienda el fruto de tus profundos silencios. La situación no puede ser más favorable, pues llegan constantes noticias de que existen zonas de pación abandonadas, debido a los problemas internos de otros rebaños, y en especial, del que resultó ganador en el último sorteo con los mejores pastos, al que atacaron lobos disfrazados de ovejas..

-Hemos de tener paciencia, Lozanita -le contestaba, al parecer, Nemoroso Rubalcaba-. Las leyes de la física, en la parte correspondiente a la dinámica, indican que la fruta madura acaba cayendo y, siendo la aceleración de la gravedad constante, como demostró en su tiempo el gran Newton, el tiempo que tardará la manzana en caer al suelo no depende sino de la distancia a que se encuentre respecto al mismo la drupa en el árbol, y no su propio peso.

-Perdona, Nemoroso, pero, para ser directa, no te entiendo un carajo, y supongo que lo mismo les sucede a los demás pastores, a los militantes y a los expectantes. ¿No crees más bien que, si se espera demasiado tiempo a que la fruta madure, vendrán los pájaros a comerla mientras esté en el árbol, y que, devorada en el aire, no caerá jamás al suelo?

Un chirriar más alto de los élitros de los excitados insectos que poblaban los árboles, aumentado en su fragor con un aumento circunstancial de la algarabía humana, impidió oir con precisión la argumentación del anciano Nemoroso, pero el astuto oyente, provisto de un canuto que acercó a su pabellón auditivo, pudo transcribir, según su propia cuenta, lo que definió como la esencia central de la respuesta.

-Ay, Lozana, o como dice la canción, oh Carma de mi vida… ¿Cuándo te enterarás que no hay fruta, ni árbol, ni se dispone de cualesquiera zarandajas, y que todo son metáforas y pura fantasía? No hay rebaño, ni pastos, ni a dónde ir, porque todo es invención humana para pasar el rato.  ¿Cuándo, abandonando tu aspecto de sabihonda, descenderás a las cloacas para embadurnarte bien, como hemos hecho los que estamos arriba de este engendro, con la mierda de eso que llaman la política, y entenderás que todos somos uno, que si parecemos dos o trino, o pentagrama, todos formamos parte del mismo barco, escorando a derecha o a izquierda, intercambiando los papeles, según convenga? ¿Por qué, tú que presumes de listilla, no asumes que todos cuantos guiamos rebaños les hacemos comer de lo mismo, que la hierba es una, y que todos los pastores disfrutamos igual,  seguimos la misma doctrina, y solo por dotarla de aparente diversidad  la presentamos con múltiples cabezas, como las hidras?

Parece que la más joven de los dos interlocutores se levantó, en un pronto, dio una patada de disgusto al suelo, y pronunció estas palabras, enrojeciendo, lo que la hizo aparecer hermosa: -¿Sabes qué? Me marcho de aquí. Iré a un lugar que llaman Miami, en donde tendré ocasión de mejorar el inglés con una beca de postgrado de la Pompeu, y, cuando vuelva, dejando las aficiones de pastora, me incorporaré a un bufete de prestigio, ya sea el de Garzón, Garrigues, Liaño o Alzaga. Porque, con lo que tengo sabido de cómo se las gastan aquí los pastores, y lo que ellos, que vienen escaldados de lo mismo, aporten, seguro que no me faltará trabajo como defensora de la oveja en los Tribunales Internacionales.

Nemoroso Rubalcaba no contestó directamente, pero dice el cronista que, mirando cómo se marchaba Lozana, murmuró para sus adentros: «Jovenzuela, en tu ímpetu desaforado, no reparas en que estos bóvidos a los que, contra lo que pueda parecer, cuidamos, ya que de ellos vivimos y nos alimentamos, carecen, por su débil naturaleza, de memoria…»

(FIN)

Publicado en: Cuentos y otras creaciones literarias Etiquetado como: Chacón, cuentos de verano, Física, mesnada, Miami, ovejas, partido socialista, pastores, pastos, Rubalcaba

  • « Página anterior
  • 1
  • …
  • 11
  • 12
  • 13
  • 14
  • 15
  • …
  • 35
  • Página siguiente »

Entradas recientes

  • Homilía y lecturas del funeral de Angel Arias – Viernes 14 abril
  • Cuentos para Preadolescentes (12)
  • Cuentos para preadolescentes (11)
  • Cuentos para preadolescentes (10)
  • Cuentos para Preadolescentes (9)
  • Cuentos para preadolescentes (7 y 8)
  • Por unos cuidados más justos
  • Quincuagésima Segunda (y última) Crónica desde Gaigé
  • Quincuagésima primera Crónica desde el País de Gaigé
  • Cuentos para Preadolescentes (6)
  • Cuentos para preadolescentes (5)
  • Cuentos para preadolescentes (4)
  • Cuentos para Preadolescentes (3)
  • Quincuagésima Crónica desde el País de Gaigé
  • Cuentos para preadolescentes (2)

Categorías

  • Actualidad
  • Administraciones públcias
  • Administraciones públicas
  • Ambiente
  • Arte
  • Asturias
  • Aves
  • Cáncer
  • Cartas filípicas
  • Cataluña
  • China
  • Cuentos y otras creaciones literarias
  • Cultura
  • Defensa
  • Deporte
  • Derecho
  • Dibujos y pinturas
  • Diccionario desvergonzado
  • Economía
  • Educación
  • Ejército
  • Empleo
  • Empresa
  • Energía
  • España
  • Europa
  • Filosofía
  • Fisica
  • Geología
  • Guerra en Ucrania
  • Industria
  • Ingeniería
  • Internacional
  • Investigación
  • Linkweak
  • Literatura
  • Madrid
  • Medicina
  • mineria
  • Monarquía
  • Mujer
  • País de Gaigé
  • Personal
  • Poesía
  • Política
  • Religión
  • Restauración
  • Rusia
  • Sanidad
  • Seguridad
  • Sin categoría
  • Sindicatos
  • Sociedad
  • Tecnologías
  • Transporte
  • Turismo
  • Ucrania
  • Uncategorized
  • Universidad
  • Urbanismo
  • Venezuela

Archivos

  • mayo 2023 (1)
  • marzo 2023 (1)
  • febrero 2023 (5)
  • enero 2023 (12)
  • diciembre 2022 (6)
  • noviembre 2022 (8)
  • octubre 2022 (8)
  • septiembre 2022 (6)
  • agosto 2022 (7)
  • julio 2022 (10)
  • junio 2022 (14)
  • mayo 2022 (10)
  • abril 2022 (15)
  • marzo 2022 (27)
  • febrero 2022 (15)
  • enero 2022 (7)
  • diciembre 2021 (13)
  • noviembre 2021 (12)
  • octubre 2021 (5)
  • septiembre 2021 (4)
  • agosto 2021 (6)
  • julio 2021 (7)
  • junio 2021 (6)
  • mayo 2021 (13)
  • abril 2021 (8)
  • marzo 2021 (11)
  • febrero 2021 (6)
  • enero 2021 (6)
  • diciembre 2020 (17)
  • noviembre 2020 (9)
  • octubre 2020 (5)
  • septiembre 2020 (5)
  • agosto 2020 (6)
  • julio 2020 (8)
  • junio 2020 (15)
  • mayo 2020 (26)
  • abril 2020 (35)
  • marzo 2020 (31)
  • febrero 2020 (9)
  • enero 2020 (3)
  • diciembre 2019 (11)
  • noviembre 2019 (8)
  • octubre 2019 (7)
  • septiembre 2019 (8)
  • agosto 2019 (4)
  • julio 2019 (9)
  • junio 2019 (6)
  • mayo 2019 (9)
  • abril 2019 (8)
  • marzo 2019 (11)
  • febrero 2019 (8)
  • enero 2019 (7)
  • diciembre 2018 (8)
  • noviembre 2018 (6)
  • octubre 2018 (5)
  • septiembre 2018 (2)
  • agosto 2018 (3)
  • julio 2018 (5)
  • junio 2018 (9)
  • mayo 2018 (4)
  • abril 2018 (2)
  • marzo 2018 (8)
  • febrero 2018 (5)
  • enero 2018 (10)
  • diciembre 2017 (14)
  • noviembre 2017 (4)
  • octubre 2017 (12)
  • septiembre 2017 (10)
  • agosto 2017 (5)
  • julio 2017 (7)
  • junio 2017 (8)
  • mayo 2017 (11)
  • abril 2017 (3)
  • marzo 2017 (12)
  • febrero 2017 (13)
  • enero 2017 (12)
  • diciembre 2016 (14)
  • noviembre 2016 (8)
  • octubre 2016 (11)
  • septiembre 2016 (3)
  • agosto 2016 (5)
  • julio 2016 (5)
  • junio 2016 (10)
  • mayo 2016 (7)
  • abril 2016 (13)
  • marzo 2016 (25)
  • febrero 2016 (13)
  • enero 2016 (12)
  • diciembre 2015 (15)
  • noviembre 2015 (5)
  • octubre 2015 (5)
  • septiembre 2015 (12)
  • agosto 2015 (1)
  • julio 2015 (6)
  • junio 2015 (9)
  • mayo 2015 (16)
  • abril 2015 (14)
  • marzo 2015 (16)
  • febrero 2015 (10)
  • enero 2015 (16)
  • diciembre 2014 (24)
  • noviembre 2014 (6)
  • octubre 2014 (14)
  • septiembre 2014 (15)
  • agosto 2014 (7)
  • julio 2014 (28)
  • junio 2014 (23)
  • mayo 2014 (27)
  • abril 2014 (28)
  • marzo 2014 (21)
  • febrero 2014 (20)
  • enero 2014 (22)
  • diciembre 2013 (20)
  • noviembre 2013 (24)
  • octubre 2013 (29)
  • septiembre 2013 (28)
  • agosto 2013 (3)
  • julio 2013 (36)
  • junio 2013 (35)
  • mayo 2013 (28)
  • abril 2013 (32)
  • marzo 2013 (30)
  • febrero 2013 (28)
  • enero 2013 (35)
  • diciembre 2012 (3)
julio 2026
L M X J V S D
 12345
6789101112
13141516171819
20212223242526
2728293031  
« May