Al socaire

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Cuento de primavera: Políglota

19 abril, 2014 By amarias Deja un comentario

Su padre, español superdotado, era diplomático de carrera y había tenido destinos en las cuatro esquinas del planeta. Su madre, irlandesa. Por ahí, desde luego, le venían los primeros aires de las lenguas. Desde la tierna infancia, tuvo siempre dos institutrices: una alemana, que siguió al matrimonio en su andadura mundial, hasta que se cansó de tanto hacer maletas.

-Perdona la señora, pero mi se va de vuelta a Deutschland -le espetó, tan fresca, a su empleadora, una tarde que se le cruzaron por la cabeza los aires del Palatinado.

Pidió la cuenta, caló el sombrero hasta las cejas, y se fue en el primer tren que le llevara más al Norte. Estaban, a la sazón en Adis Abeba, de cónsules plenipotenciarios.

La otra institutriz era variante, pues siempre resultaba contratada entre las lugareñas. Cuando sucedió lo de Adis Abeba, la institutriz era una abisinia de ojos bellísimos, esbelta y ebúrnea como una escultura hecha por los dioses. Se llamaba Aznal-ló, que quiere decir «Lo siento», aunque nunca explicó el porqué de ese nombre singular. Cuando entró al servicio de la casa, debía tener unos doce años; manifestó ser de religión cristiana ortodoxa, aunque pronto la sagacidad de la señora descubrió que era musulmana, porque solo comía pescado, que traían al mercado desde las costas de Eritrea. Estuvo los dos años del servicio consular con la familia, y tuvo tiempo de enseñarle al pequeño, amárico.

Con seis años, Tomás (también llamado Thomas), conocía a la perfección el español, el inglés, el irlandés, el ruso, el amárico, el árabe egipcio y el alemán (este último, con acento y expresiones hoch-deutsch).  Cuando a su padre lo trasladaron a Canton, como paso previo a hacerlo, por fin, embajador en Corea del Sur, la alegría que sintió fue inmensa:

-Así el pequeño Thomas aprenderá chino cantonés, lo que habrá de servirle en la vida de maravilla.

Lo aprendió, en efecto. Y también, el coreano, que no llegó, sin embargo, a dominar del todo, porque se le produjo una interferencia inexcusable con algunas vocales del mandarín. Pero se defendía perfectamente, en una conversación normal.

Su papá estaba orgulloso de la habilidad de su subproducto, para entonces, un muchachote regordete de trece años, aficionado en demasía a los dulces.

-Dí algo en amárico, Thomas -le sugería, por ejemplo, el ilusionado prócer, ante unos visitantes ilustres cualesquiera.

Y el jovencito, decía, obediente, Buenos días, Buenas tardes, Cómo está usted, o, si el respetable público sugería una frase compleja, la traducía sin tapujos, entre las sonrisas y aplausos, complacientes, -los de su padre-, y variables, -aunque casi nunca expresados con total sinceridad, los de los estupefactos asistentes a tal exhibición de logorrea-.

Siguió así la cosa y, ya imparable, a lo sabido se añadieron el italiano, el portugués, el francés y algo de griego. Cuando Thomas cumplió los diecinueve, era un diccionario viviente. Tenía la cabeza atiborrada con tantos vocablos, interconectados como las entradas de un glosario con múltiples entradas, que daba gusto verlo lanzarse por las equivalencias, como un campeón, salta que salta de la shi a la tsi, de la hache a la zseta.

-Que me pregunten, papá. Diles que me pregunten lo que quieran, porfa -apremiaba, como los équidos piafantes antes de la batalla, deslumbrados por el fulgor de lanzas y parapetos.

Entre tantas virtuosidades idiomáticas, tenía Thomas un problema. Al haber empleado inmenso tiempo en aprender cómo decir las cosas en más lenguas que las que pudieron coexistir entre los artesanos frustrados que huyeron de Babel, no tuvo instantes suficientes para dotar a la máquina de pensar con ideas que le sirvieran para expresarse de forma autónoma.

Era excelente para traducir, pero no se le ocurría nada de valor. Estaba, por así decirlo, hueco. Mondo y lirondo por dentro, aunque piloso por fuera. (Había adelgazado, sin embargo, físicamente, pues la mamá irlandesa lo había puesto a dieta rigurosa).

Si le faltaba quién le alimentara la tolva del magín con las frases que se le encargara verter a algún idioma, se atoraba. Hacía, puf, decía chorradas. Era, es obvio, un intérprete perfecto. Solo que su cerebro carecía de todo mobiliario interior, salvo las estanterías en donde se le almacenaban los diccionarios de las once lenguas que dominaba como los ángeles custodios.

Sí, ya se que el lector socarrón va a sugerirme que oriente a Thomas a la política, en donde no tendrá problemas. Pero esto es un cuento, no una historia veraz. Todo habría acabado mal, en éste, si no fuera porque encontró, casi al comienzo de la madurez física, su media naranja ideal.

Una joven ingeniosa, ilustrada en las cosas del hoy, ágil en la mente como una ardilla en sus árboles, que, por la gracia de Dios y el empeño de sus padres, había nacido en Aluche y estudiado periodismo; no sabía -aparte de cuatro cosas en inglés, mal pronunciadas- más que un magnífico español, no exento, eso sí, de giros burlescos, tonos coloquiales y modismos de calleja.

Formaron una pareja tan exquisita, estaban tan enamorados, que daba gusto verlos. Eran cosa de circo. Ella, que se llamaba Rosa, le aportaba pensamientos sutiles, le espetaba al oído retruécanos sugerentes como fontanas de Trevi o procesiones de encapuchados de Toledo, ideas aupadas sobre lo divino y lo humano, historias inventadas o pútridas alegorías urbanas, y el Thomas, obediente, los traducía de inmediato al italiano, al rumano, al chino mandarín, o al eritreo.

FIN

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Cuento de primavera: Fugas

18 abril, 2014 By amarias Deja un comentario

«Estamos en lo que nos faltamos», escribió Juan Gelman (Mundar, Visor Poesía, 2008) en uno de esos poemas casi ininteligibles que solo se despliegan cuando se leen una y otra vez, hasta sacarles brillo con la imaginación.

No es posible saber en qué momento quedó la puerta abierta y si nosotros fuimos los descuidados.

Pero se escapó el amor. Cuando fuimos a darle de comer, como habíamos hecho los días anteriores, poniendo el chorrito de esperanza en el cuenco de beber y un buen montón del compost de ilusión -que tanto le gustaba-, en el comedero, y cambiamos la cama de sepiolita y pequeñas frustraciones para que todo lo encontrara limpio y a su gusto, lo llamamos luego con el suave ronroneo que lo imitaba, pronunciando su nombre.

-¡Amor! -porque no habíamos creído conveniente ponerle otro nombre. ¿Cuál mejor?

Recorrimos toda la casa, mirando debajo de las sillas, moviendo piezas en el cuarto de los trastos, manoteando detrás de las cortinas del baño. No estaba a los pies de la cama revuelta, ni junto a la bañera en donde acostumbraba a sentarse para contemplar nuestro desnudo, ni se había acercado aquella noche a la mesa de la cocina para compartir con nosotros la cena que preparamos con los guisos que tanto había alabado.

Ya era muy tarde cuando comprendimos que no estaba. Nos ha dejado su ausencia, su vacío, así, como al descuido. Y aquí estamos, esperando que vuelva, acurrucados en lo que nos faltamos, aferrados a esa fantasía.

FIN

(Ayer, 17 de abril de 2014, falleció Gabriel García Márquez. Yo lo conocí cuando tenía diecisiete o dieciocho años, de casualidad, y me enseñó el calor de las palabras; luego, nos vimos muchas otras veces, en Cien años de soledad -¡tantos!-, encontrándonos sin preaviso o citándonos en mis sitios preferidos, bajo páginas abiertas que yo releía siempre con deleite, incluso en voz alta, sin importarme que él, desde la distancia inalcanzable, no me escuchara.

No me avergüenza reconocer que yo imitaba sus pasos, sus giros y retruécanos, buscando el calor de sus frases, la sensualidad de sus párrafos calientes. Lo seguía a riesgo de convertirme en una caricatura suya, pintarrajeado con tintes y betunes que  eran de otra galaxia y, por tanto, no me correspondían.

García Márquez (yo nunca me atreví a llamarlo Gabo) siempre guardaba sorpresas, y también me engañaba, como hacía -supongo- con todos los que le amábamos. Cuando me habló, por ejemplo, de aquel coronel que no tenía quién le escribía, me tuvo buscando toda una tarde a ese hijo perdido con la obsesión de un poseso, habiéndome animado antes a elucubrar que yo -infeliz- lo encontraría. En los Funerales de la mamá grande, allí me tuvo, de pie, toda una tarde, esperando ni sé que cosa, y estuve a punto de suspender  Cristalografía.

Ahora me dicen que ha muerto, pero no me lo creo. En la imaginación no se muere jamás, como tampoco el amor. Perviven en lo que nos falta)

(P.S. Y hoy, 18 de abril de 2014, se nos ha muerto el tío Alfonso, un hombre tenaz; también de esa misma generación de titanes, premios nobel y cupletistas a la que perteneció Gabriel, también un luchador muy bien vivido, que desarrolló, en este su caso, la andadura entre aventuras de machos de caballerías y sobremesas en ventas gallegas,  capitán de una abadía de foros redimidos que pertenecieron a quién sabe qué iglesias, amado como el que más entre sus paisanos, ágil entre los atletas, a pesar del ataque de una polio sin respeto infantil que debió haberle dejado baldado para siempre , y que no consiguió -qué va- doblegarle ni la sonrisa.

El fue principal culpable, de que a mí, advenedizo, me gustara el sabor del campo más rudo, y asturiano de los Oviedines del alma, procedente de cepas variadas, de su mano, se me abrieran de par en par las puertas de las casas de Pontenova, de Meira, o Vegadeo, y llegara a  entender el gallego que hablan los lucenses, y aprendiera, de una vez, que los que son sencillos no tienen nada de simples, y que quienes viven sus soledades con parsimonia, -deshojando maíces bajo los cabozos, contando pacientes los inviernos- aman a quien les haga buena compañía.

Descanse en su paz; como el decía: «Con la edad, el cuerpo va buscando nicho», y se dormía)

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Cuento de primavera: La obra perfecta

16 abril, 2014 By amarias Deja un comentario

Por otra narración, hemos conocido cómo un artesano genial, capaz de realizar obras de relojería de encomiable mérito, no había, sin embargo, conseguido el anhelado premio en un Concurso celebrado en su localidad para distinguir el mejor trabajo, debido a que las bases del Certamen se habían confeccionado a la ligera.

En aquella ocasión, el Jurado tuvo que dar el premio a un joven que tenía perturbadas sus facultades mentales, y que, enarbolando un martillo, destruyó completamente la obra maestra del esforzado artista, puesto que se había decidido otorgar el galardón a «aquel que produjese en la concurrencia el mayor grado de asombro» y, desde luego, el mozalbete los había dejado a todos estupefactos.

También hemos podido enterarnos, por un relato posterior, que el mismo relojero volvió a presentarse al año siguiente al Concurso, en el que se habían revisado las Bases, y tampoco obtuvo el premio, que fue a parar a un familiar del presidente del Jurado.

Pues bien, voy a referir ahora lo que sucedió en una tercera ocasión.

El relojero, escarmentado, no dijo a nadie, ni siquiera a su mujer, lo que iba a hacer. Estuvo días y días imaginando planos y complejos artilugios destinados a servir de base para fabricar las piezas del reloj y los mecanismos que le harían funcionar con la mayor exactitud que la tecnología del momento podía garantizar, e incluso, un poco mejor. Para evitar que nadie le copiara, destruía sistemáticamente, después de memorizarlos, todos los croquis y dibujos, quemándolos, hasta hacerlos ceniza impalpable, que aventaba con un fuelle en un bosque alejado del pueblo.

-Estoy absolutamente seguro -pensaba el genial artífice- que nadie podrá copiar el fruto de mis ideas. Las Bases se han corregido para que el premio no se de al que produzca asombro, sino a la obra que tenga la máxima utilidad; y, desde luego, para evitar nepotismos y favoritismos, se tiene expresado que el Jurado calificador estará formado por tres personas, cuyos nombres serán obtenidos por insaculación, el día antes de cerrar el plazo de admisión del Concurso, de cada una de tres relaciones de expertos, respectivamente, en investigación, ciencia y tecnología, que provengan de Universidades de prestigio de tres regiones distintas de Valgamediós, igualmente desconocidas a priori.

Era imposible que pudieran estar de acuerdo esas personas, porque nadie sabía, antes de que se hubieran presentado las obras al certamen, quienes iban a ser, y ni siquiera de dónde provendrían.

¿Qué decir de la obra que, en la soledad de su taller, sin contar con el auxilio de aprendiz ni suboficial, iba realizando el maestro? Era magnífica, incalificable en su perfección, casi divina si se consideraba lo acabado y definido de sus líneas, lo preciso del funcionamiento de las ruedas dentadas, los balancines, las figuritas que alegraban el paso de las horas que señalaba, con precisión inalcanzable, las agujas; no ya los minuteros y secunderos: el aparato apreciaba hasta las centésimas de segundo, lo que para la época era un avance descomunal.

El maestro esperó hasta el último día y, dentro de él, a la última hora antes del cierre de la admisión, para presentar su pieza. Llegó el momento de ir a recogerla a su taller, desde debajo de la mesa del último aprendiz, donde, envuelta en papeles sucios y restos de guata, la había dejado la tarde anterior. Estaba emocionado y nervioso y, como era día de fiesta, el taller se encontraba vacío.

Miró bajo la mesa y no encontró nada. Miró alrededor y vio que todo el taller estaba inmaculadamente limpio. Palideció y, entrándole pánico, sin imaginar lo que podía haber pasado, se fue corriendo hacia la casa del suboficial del taller.

-¿Qué has hecho de un paquete que había bajo la mesa de Gumersindo, el aprendiz? -le preguntó, demudado.

-¿Un paquete? No tenía ni idea que allí se guardaba algo. En cualquier caso, allí nunca tenemos nada de valor -le contestó el suboficial.

El maestro relojero volvió, a todo el ritmo que le permitían sus piernas, ya algo afectadas por la artritis, a su casa. Su mujer estaba preparando garbanzos con costillas de cerdo, que era su comida preferida.

-¿A quién han dado el premio? -preguntó la eficiente mujer, con una sonrisa que expresaba el gran cariño que sentía hacia su marido.-Es una lástima que este año no hayas querido presentarte

-No, no. Si quiero presentarme. Es una sorpresa. Pero no encuentro el paquete en el que guardé mi obra perfecta, la que quiero presentar al Concurso. Y el tiempo límite está a punto de acabarse -casi gritó, lleno de angustia y tensión, el genial artífice.

-¡Ah, qué bien! Piensa dónde estuviste trabajando en él la última vez. Ya imagino que era algo muy pequeño, pero será fácil recordar dónde lo dejaste si repasas tus movimientos.  -Se interesó por conocer la gentil compañera, como siempre dispuesta a ayudarle, convencida de que, ya desmemoriado por el principio de demencia senil, el relojero habría olvidado el sitio-.

-En el taller no está -prosiguió-, porque ayer por la noche lo he limpiado a conciencia, para darte una sorpresa. Estaba por cierto hecho un asco, pero no lo encontré. Entregué hasta tres sacos con basura a un buhonero que, por suerte, pasó por el pueblo.

El relojero se desmayó.

FIN

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Cuento de primavera: El plazo

14 abril, 2014 By amarias 1 comentario

Había en el lugar varios empleados, afanándose por tallar las inscripciones en las placas de mármol. Lo hacían a mano, con martillo y cincel, guiándose con unos modelos que situaban sobre la superficie blanca. Luego, pintaban las letras de negro.

El recién llegado los estuvo mirando, más bien con atención que con curiosidad. Al cabo de unos minutos de su entrada en el taller, el encargado se le acercó:

-¿En qué puedo servirle? -le preguntó, mientras se frotaba las manos con un trapo sucio.

-Desearía encargarle un trabajo. Pero, antes que nada, quiero saber si Vds. cumplen los plazos -dijo aquel tipo.

El encargado afirma que tenía un porte elegante, distinguido. La mirada, franca, con ojos de color castaño, sin nada singular en ellos («Bueno, sí -se corregiría-, tal vez uno de color más oscuro que otro»); el traje, casi nuevo, y limpio. Tez blanca, manos grandes («Tenía la mano más grande que la mía, porque cuando cogió una pieza de mármol en la suya, parecía mucho más pequeña»)

-Eso depende de la fecha del encargo -le explicó el responsable-. Por el invierno y la primavera tenemos más trabajo. También por Difuntos.

-Yo se lo quiero ordenar ahora -siguió el cliente, sin conceder más importancia a la información-. Vendrán a recogerlo dentro de dos días; mejor dicho, dentro de 48 horas exactamente. Le pagaré por adelantado.

El responsable de la marmolería no tenía tanta prisa.

-Me tiene que explicar qué quiere exactamente. Tenemos diversos modelos de lápidas, y también deberá comprender que el plazo de entrega depende de lo que desee escribir en ella.

-No, no, no me está entendiendo -replicó el extraño-. No quiero una lápida. Quiero que me tallen una cruz.

-En ese caso, no hay problema -indicó el encargado, que deseaba terminar la conversación cuanto antes, porque, en verdad, tenía trabajo-. Incluso, si espera un poco, podría llevársela ahora mismo. Solo tengo que buscar dos restos de mármol apropiados.

Entonces el encargado advirtió que el visitante había dejado un maletín en el suelo, del que sacó un paquete, que le entregó sin abrir.

-El material se lo traigo yo aquí. Y no tengo tanta prisa. Tómese los dos días. Pero ahora debo marcharme. Dígame lo que le debo, porque quiero pagarle por adelantado.

El maestro del taller estaba algo aturdido por el porte elegante del cliente y su voz, clara y convincente. Le dijo un precio más alto del que debería corresponder, y tomó el paquete y el dinero. Le pareció que el bulto pesaba poco para ser de mármol, pero no le dio mayor importancia.

-Recuerde que debe estar lista la cruz en 48 horas. Mejor dicho: en 47 horas y 45 minutos -oyó decir al elegante personaje, mientras salía del local («Con demasiada rapidez, ahora que me lo hace notar», comentó el encargado).

No sabría concretar por qué, pero el encargado explica que se olvidó del encargo durante varios días. Había pasado más de una semana cuando recordó, repentinamente, la obra que estaba pendiente.

Llamó a un operario y, sobre una mesa del taller de marmolería, abrió el paquete, mientras se preparaba mentalmente para darle algunas someras explicaciones. Primorosamente embalados, de forma separada, y recubiertos de papel de celofán, como un regalo de Pascua, había dos huesos, uno bastante más largo que otro.

-Supongo que el cliente vendrá en cualquier momento, porque me había explicado que debería estar lista la cruz en dos días exactamente. A mí se me pasó, aunque, por lo que parece, a él también.

Los dos huesos lucían refulgentes, y hasta parecían de oro, por la lámina de ese metal que, como comprobó el tallista, pasando la mano por su superficie, los abarcaba por entero.

-¿Qué diablos…? No habrá forma de tallar estos huesos, ni entiendo por qué ese interés en hacerlo. Estoy seguro de que al tratar de hacer la muesca en uno de ellos para incrustarlo en el otro, romperá. -fue el comentario del operario.

-Haz cualquier cosa para formar la cruz. Después de todo, no me ha dado ninguna instrucción, así que si algo sale mal, la culpa será del cliente, no nuestra. Pero no rompas los huesos ni estropees la lámina de oro, no vaya a ser que…

El marmolista cogió un punzón y, con cuidado, dio un golpe con el martillo al hueso más largo, tratando de abrir un hueco para encajar el otro.

-Tal vez sería mejor utilizar la fresa -iba a decir el encargado.

Pero no terminó la frase. Un chorro de sangre le saltó a la cara al operario, como si proviniera de una herida que estuviera recién abierta. Del brusco movimiento, realizado con lógico pavor, el otro hueso cayó al suelo, rompiéndose por la mitad.

La sangre quemaba como fuego y el líquido le desfiguraba la cara. El operario gritó, con un profundo dolor, llevándose las manos a la zona afectada. No se imaginaba lo que había pasado.

-Ya le tengo dicho que me pareció que en el otro hueso había algo dentro, parecido a un animal con forma humana, que se escapó en silencio. Era el demonio, estoy seguro de que era el demonio. -repetía el encargado.

-¿Dice usted que nadie acudió a recoger el encargo? ¿No apareció nadie? -preguntó el inspector, mientras tomaba notas.

La respuesta que dio el encargado al inspector tenía sentido:

-No lo se. Llevamos al compañero a urgencias, y dejamos el taller vacío. Lo que puedo decirle es que, cuando volví para cerrar el local, los huesos no estaban y las manchas de sangre de la mesa y del suelo, también habían desaparecido.

-Es decir, que lo único que queda como testimonio de esa historia es la marca en el rostro del operario -dijo el policía.

-Sí. Esa cruz. Una cicatriz terrible -murmuró, moviendo la cabeza- Pero aún es más lamentable la inscripción: «Dies sunt servanda», qué a saber qué coño quiere decir.

El inspector sonrió tristemente y murmuró:

-Eso sí lo se, porque para algo me tiene que servir haber estudiado Derecho: «Los plazos están para cumplirlos».

Y se metió un par de pastillas de chicle en la boca, por aquello de evitar el mal aliento, porque había comido ajos.

FIN

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Cuento de primavera: Jaulas para pájaros y otros animales

12 abril, 2014 By amarias Deja un comentario

El conferenciante, un hombre de unos cincuenta años, con camisa a cuadros, talante deportivo, pantalón con color haciendo juego con los zapatos, tomó un sorbo del vaso de agua mineral que se había servido de una botella, y continuó su plática ante un auditorio variopinto, en el que algunos incluso tomaban notas en carpetas escolares:

– Un gran avance en el maltrato animal ha sido la prohibición de que algunas especies no puedan comercializarse si no han nacido en cautividad.

-Perdone -le interrumpió una joven, que había acudido a la sesión, porque le encantaban los animales (tenía dos gatos sin pedigree y un galgo recogido en la calle con una pata rota-. No estoy segura de haberme aclarado bien, ¿qué quiere decir con eso?

El ponente no pareció disgustarse por la pregunta.

-Es muy sencillo: si el animal ha nacido en una jaula o procedente de padres que ya estaban privados de la libertad, no tendrá conocimiento previo de lo que es estar libre, por lo que no sufrirá si el resto de su vida permanece enjaulado.

En realidad, se lamentaba internamente de no haber utilizado palabras más cuidadas; pero se trata de ser didáctico, pensó.

-Perdone otra vez -la joven se había levantado de su asiento, y se apoyaba, ligera, sobre el respaldo-. ¿Significa eso que un animal que no sabe lo que es ser libre no tiene derecho a serlo nunca, salvo que pueda escaparse? ¿Y qué le pasaría, si logra huir?

El conferenciante pareció entender, de pronto, que aquella mujer debía ser una activista infiltrada de los defensores de los derechos de los animales. Tragó saliva, y preparó mejor su respuesta, después de meditarla un instante.

-En absoluto -replicó, sin estar aún plenamente convencido de lo que iba a decir exactamente-. Piense que no podemos hablar, sensu stricto,  de derechos de los animales, como algo que ellos estén en situación de exigirnos. Somos nosotros, los humanos, en cuanto a seres superiores, como poseedores de reglas jurídicas y éticas, los que se los otorgamos, asumiendo sobre nuestras propias espaldas el deber adicional de que se cumplan estas precisas normas.

Casi no había terminado de hablar, y se encontró con otra pregunta; mejor dicho, con la repetición de parte de la anterior:

-No me contestó a la cuestión de qué sucedería si un animal, que ha nacido y vivido hasta entonces en una jaula, se escapa: ¿es cierto, como dicen, que se moriría, porque no sabría dónde encontrar comida o cobijo?

La joven se había puesto algo colorada. El rubor, que se expandía por sus mejillas, la hacía parecer más hermosa. No estaba dispuesta, según entendieron todos los presentes, a dejarse convencer con facilidad. Algunos de los que habían torcido el cuello para mirar hacia dónde ella se encontraba, curiosos por conocer quién había intervenido,  empezaban a murmurar.

-Los estudios conocidos hasta ahora sobre animales que han obtenido su libertad, demuestran que, por falta de práctica de cómo conseguir alimento, mueren rápido, caen fácilmente en trampas, o son devorados por depredadores salvajes -explicó el orador, ya más molesto. Y, sin solución de continuidad, preguntó en tono burlón:

-¿Me deja continuar, señorita?…He venido a dar una conferencia, no a un debate. Pero le contesto. Los animales no son solidarios como lo somos los seres humanos. Por eso corren peligro, estas especies que nacieron cautivas, cuando alcanzan la libertad. Son los más débiles del ecosistema, y perecen, porque el sistema las expulsa, sin miramientos.

La sala respiró, aliviada. No así la joven, quien salió de su fila y ocupó el centro del pasillo.

-Le voy a decir algo -expresó la muchacha, con voz alta y clara-. El mundo de los animales no racionales me interesa bastante, pero me interesa mucho más el de los seres humanos. En lo que ahora estamos viviendo, por lo menos, no comparto su idea de que los seres humanos seamos solidarios. En absoluto. Y, en cualquier caso, no lo somos más que lo puedan ser los animales irracionales, me parece. De acuerdo con su razonamiento, por tanto, si una persona ha vivido ignorante, pobre, o marginado toda su vida, sería mejor que siga así hasta que muera.

La muchacha se tomó un respiro, para continuar en tono aún más enfático:

-¿Cree entonces que a los pueblos subdesarrollados, a los que faltan medicinas, trabajo, alimentos, cultura, …sería mejor mantenerlos en sus jaulas, en sus guetos, en sus fronteras, impidiéndoles salir, para evitar que conozcan otros Estados que viven en mucho mejores condiciones, en situación de riqueza y bienestar mucho mejor, o… sería partidario de ofrecerles la libertad para que puedan volar? ¿Les prohibimos ver la televisión, tener móviles, estudiar en el extranjero, viajar…?

La sala guardó, por unos momentos, un silencio respetuoso. Alguna voz clamó, sin embargo: «¡Seguridad!» Otros pidieron: «¡Calma!». «Esto no es un debate político, ¿qué se habrá creído?» -comentó, en un susurro, una mujer de edad, sentada en las primeras filas, a su vecina de asiento, pareciendo muy contrariada.

-No se qué contestarle -expresó el conferenciante-. No es mi especialidad, el ser humano. Yo he venido aquí solo a hablar de los animales y, en especial, de los pájaros. De los pájaros cantores, para ser exactos.

La sesión prosiguió, aunque el conferenciante no dejó de advertir que varios asistentes de las últimas filas, entre ellos, la joven interesada, la que había hecho las preguntas incómodas, habían abandonado la sala.

FIN

 

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Cuento de primavera: El tejo

11 abril, 2014 By amarias Deja un comentario

En las montañas de los ásperos montes cántabros, allá donde se forjaron los rudos caracteres de sus indómitos pobladores, gentes aguerridas que desafiaban los más incómodos peligros con la sonrisa en los labios, hacía tiempo que no vivía nadie.

Todos sus habitantes habían ido abandonando progresivamente las casas que habían servido, durante generaciones, de cobijo a los antepasados de aquellas remotas comarcas. Las dificultades para arar los empinados campos, se hicieron inmensas para los pocos pobladores que fueron quedando, faltos de la ayuda que se prestaban mutuamente los vecinos.

En los últimos años, no se recogía la castaña, ni se limpiaban de helechos los bosques de robles y hayas, ni se carretaban astillas recogidas de las suertes comunales para completar la leña que calentaba los fogones, ni había vacas que ordeñar, conejos que alimentar de la hierba más fresca, ni cerdos cebados durante el año que sacrificar, ni esfollaza de maíz o habas que compartir mientras se cuentan historias, ni siega, ni pastoreo, ni bar ni colmado.

Junto a una iglesia cuya espadaña aún se sostenía, airosa, en pie, a pesar del total abandono, dejando ver los muñones de un antiguo campanario, había un tejo. Un árbol centenario, grande, majestuoso, que había servido hasta no hacía mucho como lugar de reunión de los vecinos de uno de esos pueblos cuyo nombre estaba a punto de ser borrado de los mapas, convertidas en ruinas sin valor las que habían sido cobijos alegres de gentes hoy muertas, desaparecidas en la vorágine de la ciudad o emigradas para siempre.

El excursionista había llegado hasta allí, quién sabe si perdido, miró aquel árbol magnífico, recorrió los alrededores, pisoteó algunas zarzas que impedían el paso al cementerio, ya saqueado por quién sabe quiénes,  y, finalmente, cansado por la caminata, animado por el frescor que emanaba bajo sus tupidas ramas, se echó a  descansar bajo su protección umbría.

Sin darse cuenta, se quedó profundamente dormido.

Aquel tejo era justamente el lugar en donde, dado lo solitarios que habían quedado esos lugares a los que aquí me refiero, era utilizado por ninfas, gnomos, sátiros, brujas, trasgos, ogros y otros seres de natural huidizo, para reunirse y hacer sus aquelarres, organizar sus fiestas demoníacas o mágicas y preparar brebajes y conjuros con los que gozar de su propia existencia y, en ocasiones especiales, seducir o espantar a los humanos.

Cuando al llegar al lugar de concurrencia vieron al hombre dormido, se asustaron, pues no esperaban ver nuevamente invadido el territorio que creían abandonado para siempre. Pensaron en marcharse de inmediato de allí y volver a esconderse en lo más tenebroso del bosque, pues los seres maléficos como los benefactores temen encontrarse cara a cara con los humanos, pero una de la brujas, que se jactaba de tener soluciones para casi todo, dijo:

-No os vayáis. Con mi poder, haré que este humano permanezca dormido el tiempo que dure la reunión, por lo que no debemos temer de que nuestras conversaciones sean descubiertas  y nuestros acuerdos conocidos de antemano.

Y acercándose al dormido, pronunció unas palabras irreproducibles. Viendo, al poco, todos los seres miríficos que el visitante inesperado seguía profundamente entregado a los brazos de Morfeo, se tranquilizaron, se sentaron complacidos en torno al tejo, y sostuvieron su animada reunión, ignorando al yacente.

No sucedió, sin embargo, tal como había anunciado la bruja. El viejo tejo tenía también sus poderes, acrecentados por la edad, y su carácter sagrado se había incluso robustecido en la soledad. Al ver a aquel hombre recogido a su sombra, complacido, deseoso como estaba de que los humanos volvieran al pueblo, pensó que sería bueno y provechoso para su propósito que el recién llegado conociera lo que estaba pasando en el lugar desde que los habitantes lo habían abandonado.

Haciendo un esfuerzo de concentración, el tejo, agitando las hoja aciculares y exprimiendo las semillas de sus frutos, dejó caer algunos jugos venenosos, con lo que consiguió compensar las artes brujeriles, de manera que, el que dormía, se despertó, sintiéndose recuperado de su cansancio.

Los trasgos, ninfas, gnomos, ogros, trasgos, diaños, nereidas, machos cabríos, malandrines y brujas no advirtieron, sin embargo, que el hombre estaba escuchando lo que decían a partir de ese momento.

El excursionista, cuando se vió rodeado por aquellos innumerables seres de tan extraña apariencia, creyó encontrarse en un sueño más profundo del que venía, pues no podía imaginar que se había despertado y lo que veía era la realidad.

Sin mover una pestaña, cerró los ojos aún más fuerte, que le escocían,  y, entre tanto, pudo enterarse de cuanto se decía alrededor.

Cuando, al cabo de lo que le pareció un tiempo infinito, los seres maléficos y mágicos se marcharon, se dispuso a irse el también. Comprobó entonces que, desgraciadamente, se había quedado ciego.

No fue capaz de encontrar el camino de vuelta y vagó por el monte, dando tumbos entre falsos caminos y senderos, fabricados por jabalíes, corzos, lobos y quién sabe si por los propios trasgos, que no conducían ya a ninguna parte.

Pasó quién sabe cuánto tiempo, en todo caso, varios días. Quiso su suerte que yo me lo encontrara, exhausto, sediento y hambriento, cuando me hallaba haciendo, con otros dos compañeros, el levantamiento topográfico y geológico de una zona en la que se proyectaba asentar las bases de decenas de aerogeneradores sobre las crestas de la cordillera que une Calastarias y Paquemondo, y para lo que me habían contratado.

-El bosque está embrujado, he visto seres -fueron las únicas palabras que, machaconamente, repetía, con los ojos cerrados, y que estaban rodeados por una resina de color rojo sangre.

Dejé a mis colegas en el sitio,  ordenándoles que prosiguieran con el trabajo, y, aunque se resistía, metimos al infeliz en mi coche, con la intención de conducirlo al hospital comarcal más cercano.  Yo conducía el vehículo, con cuidado de que el todoterreno no derrapase por las peligrosas pendientes, ya que los viejos caminos vecinales, como indiqué, se habían perdido en su mayor parte y las grietas del asfalto, cuando podía detectar el antiguo trayecto, eran tremendas y repentinas.

En un momento dado,  mi acompañante, que iba en el asiento de atrás, echado de mala manera, doliéndose a rato con gemidos patéticos, pronunció una sola palabra: «Tejo». Lo hizo, me pareció, con gran esfuerzo. Su voz sonó a sobrehumana.

-¿Tejo? ¿Qué quiere decir? -le solicité, aunque me corregí de inmediato, consciente de su lamentable estado-. Pero, descanse,  buen hombre, ya tendrá tiempo de hablar, cuando se recupere.

De pronto, el tipo abrió bruscamente la puerta del vehículo, huyendo con tanta prisa y tan notable vehemencia, que, aunque detuve de inmediato el motor y traté de seguirlo, no fui capaz de alcanzarlo.

No volví a verlo. La espesura del bosque lo hacía impenetrable; solo aquel individuo parecía disponer de la facultad de descubrir entre los huecos que dejaban los árboles y la maleza -hasta diría que era capaz de perforar los troncos, sino fuera imposible-. Yo no pude seguirlo.

Retorné, pues, con el coche a donde había dejado a mis ayudantes, y les conté lo que había pasado. No supieron qué decirme.

-Terminemos el trabajo, que es para lo que nos pagan -apremiaron.

He meditado muchas veces sobre la extraña anécdota. Aquella tarde, de vuelta para casa, habíamos preguntado por un enajenado o un excursionista perdido por los parajes de la cordillera. Pregunté a varias personas. Nada sabían.

Les pregunté, también, si sabían de algún tejo en el lugar.

Nadie había oído hablar de un tejo.

Por eso me he inventado la historia, para dar alguna coherencia a lo que he vivido, porque ahí está mi verdad.

FIN

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Cuento de primavera: Síndrome y Alergia

10 abril, 2014 By amarias Deja un comentario

Al llegar cada primavera, Alergia salía de su letargo. Los muchos días que había pasado en su guarida invernal, sin apenas comer ni beber, le desarrollaban un feroz apetito, que procuraba saciar como podía. Le gustaban mucho, en especial, algunas partes sensibles de los humanos, siendo las narices, los ojos y la piel de las mujeres y niños, el bocado o exquisitez por antonomasia.

Síndrome era un joven apuesto y versátil -para ser lo que era-, que habitaba también en el Paraje, llamado de Las Molestias, Enfermedades y Catarros Apestosos por los humanos. Contrariamente a lo que pudiera parecer a primera vista, no era un Paraje siniestro -a pesar del nombre- pues había multitud de lugares encantadores, en los que se podía disfrutar de momentos muy apacibles y satisfactorios.

Uno de esos lugares era, sin duda, el Paraíso de la Inocencia, en el que se encontraban habitualmente la inmensa mayoría de los niños humanos. También pasaban por allí, de cuando en vez, algunos adultos, que se olvidaban, chapoteando en las tranquilas aguas de la Ignorancia Supina o de la Laguna de la Buena Fe, de sus problemas y dificultades.

Alergia estaba buscando niños en el Paraíso de la Inocencia, con la intención de tocarles un poco las narices y ponerse morada llenando de granos la cara a unos cuantos infelices, cuando se encontró con Síndrome.

-¡Eh! ¿Qué haces aquí? -le chilló, con su voz bastante desagradable- ¡Esta zona es mía! ¿No me ves que estoy cazando y me estás espantando mis presas?

-Aquí no hay exclusivas -explicó Síndrome, que la miró con desprecio (había oído hablar antes de Alergia y no le caía simpática, y se había hecho a la idea de que era barullera y enredadora)-. Además, no somos incompatibles. Podemos chuparles la sangre y las ideas a los mismos, aunque lo normal sería que tú, que eres casi omnívora, te dedicases a otros animales y me dejases a mí libre el campo de los humanos , que es. en realidad, mi especialidad. Además, he quedado en verme con Tourette, Asperges, Down, West y otros sabios en Estocolmo antes de que caiga el día, y tengo prisa.

-Tururú, corneta. No quiero compartir víctimas contigo , por si te cabían dudas, te diré que  me gustan, como a ti, los humanos más que a una mosca la mierda. Mi fórmula de trabajo es, además, similar a la de las hormigas cuando crían con los pulgones. Cuando me dedico a una víctima, la ordeño. La tengo ya como cliente para toda la vida -se explicó Alergia, que tenía una idea más bien confusa de cómo sucedían las cosas en el Paraje de las Molestias, o había sido contagiada por la Ignorancia Supina, sin saberlo (y, además, como se habrá podido comprobar, era un tanto bruta y mal hablada).

-Mira, Alergia, soy yo quien no quiere discutir -dijo Síndrome-. Al fin y al cabo, somos colegas, si bien cualquier que nos vea de forma objetiva, reconocería que, si fuéramos equipos de fútbol, tú jugarías en regional y yo en primera división -(Alergia torció la cabeza)-. Voy a tomar para mí cuatro o cinco grupos de niños de este Paraje y me dedicaré, el resto de mi tiempo, a alimentarme fundamentalmente de los adultos.

-Haz como quieras -concluyó Alergia-. Después de todo, a mí no me faltan recursos, porque a cada instante se me ocurren nuevas formas de apropiarme de la salud de los humanos, hasta el punto que hoy por hoy casi nadie deja de ser cliente, quiero decir, víctima, mío.

Dicho y hecho, Síndrome se dio un paseo por el Paraíso de la Inocencia y, sin importarle un comino el daño que estaba haciendo, tomó unos cuantos niños y se implantó en ellos, causándoles terribles daños a algunos y a otros, una notable desorientación que se derivó en un gran disgusto para sus papás, cuando fueron a recogerlos.

Y luego de haber clavado su mala uva en aquellos infantes a los que marcó para siempre, se fue tan campante hasta las Marismas de la Mala Suerte, en donde se lió con Complejos, una arpía de finísimo olfato y gran actividad sexual, con la que tuvo una descendencia casi infinita.

Esta es la razón por la que en el Paraje de las Molestias, cada vez hay más variantes de Síndromes, Complejos y Alergias. Aunque los humanos se esfuerzas en poner barreras de tranquilidad en algunos sitios -uno de los más defendidos es el Castillo de las Pastillas y Placebos-, no han conseguido gran cosa, relativamente hablando, pues lo que recortan por un lado, los monstruos malignos amplían con creces por otro. Por cierto, enfrente de ese Castillo está situado la Fortaleza de las Intervenciones Quirúrgicas, y los guardianes de ambas tienen, a veces, unos encontronazos de tomo y lomo, defendiendo cada uno su parcela.

De cualquier manera, más tarde o más temprano, todos los humanos (como los demás seres vivos), llega un momento en el que, al menor descuido, caen en las garras de monstruos mucho más dañinos, de rostros variadísimos, a los que han puesto los nombres de Tumor Maligno, Infarto de Miocardio, Choque Anafiláctico, Septicemia, etc., que les conducen, de manera más o menos acelerada, a los umbrales de La Muerte, que rodea, sin que nadie haya encontrado hasta ahora la salida, todo el Paraje.

FIN

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Cuento de primavera: El argumento de la cotorra

7 abril, 2014 By amarias Deja un comentario

Aunque no estaban especificadas de forma muy clara las condiciones para participar en lo que se anunciaba como un crucero inolvidable, la cola de animales que pretendían ser admitidos al viaje era bastante numerosa.

-¡Solamente una pareja por especie! -gritaba, tratando de poner orden en el tumulto, un onagro, comisionado especialmente  por Set, el mayor de los hijos del capitán de la nave, que lucía, espléndida, de momento en dique seco-.

-Perdón, señor asno -expresó de forma muy educada una avestruz con demasiada pluma, para lo que se estila entre esas aves gigantescas- ¿Las parejas deben ser del mismo sexo?

El interpelado se revolvió, hecho un basilisco. La jornada estaba siendo agotadora y el calor atenazaba los ánimos.

-¡Por supuesto! ¡Y ha de ser una pareja en edad reproductora, o sea fértil, es decir, en edad de procreación, para que lo entiendas! …¡Y, por cierto, no soy asno, sino un onagro, como se podría constatar si algunos no escondiérais la cabeza bajo tierra, por vergüenza o para no enteraros de lo que os rodea -precisó el cuadrúpedo, que, además de las del carácter, tenía otras malas pulgas, que le estaban abrasando a picaduras el trasero.

-Ya tenemos leones – señaló a un par de felinos, sacándolos de la fila, siguiendo con su estricta inspección, y jugándose el bigote, pues algunos de los bichos le doblaban en tamaño y le cuadriplicaban en fiereza-. Por cierto, -apuntilló, crecido- además, de mucho mejor aspecto y color. Rubios.

-Es que nosotros somos albinos -se justificó la leona, retirándose, disciplinada, dando un rugido y dedicándose, de inmediato, aprovechando la concentración de proteínas,  a perseguir una manada de gacelas a los que también se le había negado formar parte del pasaje.

De pronto, saltándose olímpicamente la cola, una pareja de cotorras se colocó a la cabeza, pretendiendo entrar, así, sin más ni más.

-¡Alto ahí! -los detuvo Set- El pasaje ha de ser totalmente autóctono. No están admitidos animales de importación procedentes de otras regiones.

-¿Cómo así? -replicó una de las cotorras, sin que fuera posible para un observador no avezado en la determinación de los sexos de tales animales, deducir si se trataba de la hembra o del macho de la pareja.-¿Es que acaso no nos asiste el derecho a los inmigrantes en esta tierra? ¿No contribuimos a darle diversidad?

-Son órdenes de mi padre, y el sabrá lo que hace -le contestó el muchacho. (Iba a decir «órdenes del de arriba», pero se contuvo justo a tiempo). –

-¡Como si son de la mismísima paloma! -revoloteó, dando chirridos escalofriantes, el cotorro- Además, he observado que han entrado en el barco varios corderos que, evidentemente, son todos de la misma especie! ¿Hay preferencias? ¡Injusticia manifiesta! ¡Exijo el libro de reclamaciones!

Se organizó un pequeño tumulto, al que, rápidamente se adhirieron las urracas, los unicornios y los osos pardos. Los camellos se retiraron, asustados por el alboroto, a beber agua de una charca.

-En efecto, hay varios corderos, y también unas cuantas vacas, y hasta doscientas gallinas. Pero su presencia tiene que ver con la intendencia, no con el pasaje -puntualizó Cam, que estaba conduciendo al arca unas decenas de carros cargados con avena, arrastrados por sumisas parejas de bueyes castrados.

-¡Que salga Noé! -fue la demanda que cobró fuerza creciente entre los rechazados- ¡Que nos lo explique!

Noé observaba, con preocupación creciente, el cielo encapotado, pues temía que la maniobra de embarque se dilatara demasiado. Asomó por el puente de mando, sin dejar de consultar su cuaderno de notas. El tiempo apremiaba.

Empezaban a caer algunas gotas.

-Habrá más viajes -explicó-. Este es solo el primero de una serie. Es mi primer barco, los planos no eran míos, así que no garantizo la flotabilidad. Más que un premio, subir a este barco es una aventura. En todo caso, habrá lista de espera, por si algunos de los que están apuntados no aparecen a última hora.

La cotorra no se contentó, ni mucho menos, con la respuesta.

-¡Lo que faltaba! ¡Hay clases y clases, no ya entre los humanos, sino hasta entre los animales! -gritó- ¡Aquí hay privilegiados y el resto somos para ti, gandalla!

El jabalí, que tenía hambre y no veía claro el sentido de aquel viaje, y que, en realidad, no le apetecía lo más mínimo, aprovechó el momento para ofrecer su solución:

-Vale, nosotros nos quedamos en Palestina. Que ocupen nuestro sitio las cotorras, y no se hable más. Por otra parte, hemos visto que en el barco ha entrado ya una pareja de cerdos, y no querríamos mezclarnos con animales tan inmundos como rijosos. MI querida jabalina está en celo y no quiero problemas.

Fue así como la pareja de cotorras se introdujo en el arca, ocupando el sitio que correspondía a los jabalíes, en uno de los camarotes de segunda clase, donde ya estaban instaladas las liebres, las codornices y las musarañas.

Terminado por fin el embarque, empezó a llover y a llover, durante varios días, sin parar. El barco resistió, aunque fue necesario achicar agua un par de veces, por culpa de las termitas y las carcomas, que se volvieron muy voraces por el nerviosismo, y agujerearon el casco. Nada grave, por fortuna.

No resultó un viaje de placer, desde luego, y las vituallas estuvieron  a punto de agotarse, aunque, milagrosamente, las despensas se llenaban de víveres, y de lo más variado, por las noches. Los corderos sobrantes y las gallinas, sin embargo, desaparecieron, convertidos en sustento para la marinería.

Pero lo que marcó el curso de los acontecimientos fue que las cotorras, se reprodujeron frenéticamente durante la estadía, molestando a los de primera clase en su descanso. Devoraban los huevos de casi todas las demás aves menores, a las que hicieron el viaje no solo imposible sino inútil pues fueron muchas las que se vieron viudas. Las parejas de páridos, gorriones, mirlos, fringílidos, muchas especies de mariposas y casi todos los escarabajos, sufrieron graves pérdidas.

Llegaron a ser tantas las cotorras y tanta su habilidad para imitar los lenguajes de otros animales confundiéndolos en lo que querían y no querían, que donde quiera que aparecían se armaba un guirigay. Era una plaga aún peor que las de las langostas (los saltamontes, no las de cetárea). Noé, después de pedir asesoría, las maldijo, autorizando a Jafet a que les disparara, , utilizando la escopeta de perdigones que le había regalado por la Pascua anterior.

Y, por cierto no fueron palomas, sino cotorras, los primeros pájaros que se enviaron al exterior del arca para comprobar si había dejado de llover. Cuando Noé estuvo seguro, fue cuando soltó a la paloma.

FIN

 

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Cuento de primavera: El extraño caso del escritor desaparecido

6 abril, 2014 By amarias 1 comentario

Se sabía poco de el, tan poco que, si lo analizamos con serenidad, no se sabía casi nada. Hacía una vida normal, es decir, era posible cruzarse con el en las calles de la ciudad, suponemos que de camino hacia casa o volviendo de ella.

-No estoy seguro de en qué trabajaba; creo haber oído una vez que era funcionario, o algo así. -reconoció mi primer entrevistado, cuando me encomendaron el caso.

¿Estaba casado? Debió haberlo estado, porque una vecina recuerda -sin ofrecer total seguridad- que llevaba dos anillos, uno en el dedo anular y otro en el meñique de su mano derecha. Pero, aclara, en los últimos años, no se veía a su lado a ninguna mujer. La única del sexo femenino que entraba en su casa era la asistenta, dos o tres veces al mes.

-Es una señora muy mayor; limpia también la escalera y también hace horas para varios vecinos -me había indicado, cambiando su recelo inicial por extrema amabilidad, Da. Carmelina.

No tenía amigos, al menos, de esos con los que juegas la partida al dominó o a las cartas a la hora del café, vas al fútbol, al teatro o a la ópera de vez en cuando. Sin embargo, tenía muchos alumnos, que iban a su casa a recibir no se sabía bien qué lecciones.

-¿Alumnos? Primera noticia -se sorprendió la recepcionista del Bufete Portaroles, que ocupaba el primero y segundo pisos del edificio.

El vecino puerta con puerta sospecha, me reconoce en voz baja, que era homosexual. Porque le parece haber detectado -«¿por casualidad, eh? que yo no me dedico a fisgar tras la mirilla»- que un par de esos jóvenes que lo visitaban se quedaba hasta muy tarde. Demasiado tiempo, y ya caída la noche.

-Debió de ser atractivo en su juventud, aunque ahora, con la barba descuidada y la pérdida de pelo, más bien parecía un mendigo. Limpio, eso sí, pero calvo, como un pordiosero. -me dijo el quiosquero, en donde acostumbraba a comprar el billete de metro-bus, mezclando características físicas con deficiencias pecunarias.

Ninguno de quienes tan mal lo conocían, hubieran imaginado que era escritor, y que resultara el autor de algunas de las novelas de más éxito en estos tiempos. «Orangutanes y rapaces en Wall Street», «Amores metálicos bajo sospecha», «Pasión por ganar sin argumentos «… ¿Este tipo educado, que te saludaba con un Buenos días, buenas tardes o Adiós, como si te conociera de toda la vida, escritor? Hubiéramos creído más bien que era profesor jubilado de matemáticas, o física, una profesión de esas sin mucha chicha.

-Si me dijeran que daba clases de latín o griego, hasta lo hubiera creído. -nos reconoció el camarero de la cafetería situada en la misma acera, en la que, según recuerda (¿era un fulano de barba, dice usted, con un pelo negro y crespo?) , tomaba casi todos los días su café cortado con dos churros.

-Era una lata, porque la ración tiene tres churros, así que no sabíamos qué cobrarle. Bueno, en realidad, le cobraba la ración entera.

-¿Así que era profesor de retórica? ¿Y eso, qué es? -fue la pregunta de la joven que, cuando se enteró que había venido la televisión para realizar unas tomas de la casa, afirmó conocerlo y se ofreció para una entrevista como testigo capaz de contar pormenores.

En fin, que desde hace un par de días, ese escritor afamado, especialista en gramática y dialéctica, del que se conoce su seudónimo -Ejazid Nerpa-, pero no su nombre verdadero, figura como desaparecido.

-Me di cuenta que algo raro pasaba, porque no utilizaba las camisas que le planchaba, y se iban amontonando sobre la mesita de noche y, al final, se las dejaba sobre la cama -confesó la asistenta, que, como acabó reconociendo ella misma, hacía dos meses que no aparecía por la casa.

-Le escribí en una nota que no me interesaba, para lo poco que me pagaba -explicó.

Sus alumnos solo conocían su nombre, Ejazid, y afirman que no le pagaban, porque las clases eran gratuitas, aunque limitadas a una presencia de cuatro educandos por cada hora. Daba dos horas diarias de clase, incluso los sábados. A veces, se ofrecía para corregir los escritos de aquellos que consideraba más dotados para la literatura, que se quedaban una media hora más.

-Nos recomendaba que escribiéramos cuentos, porque los cuentos, si son cortos, tienen más posibilidades de ser leídos hasta el final.

En la editorial han respondido que los derechos de autor de Ejazid Nerpa habían sido cedidos, desde el principio, a la ONG Helping Sahel, a la que se enviaban regularmente remesas de dinero con las liquidaciones.

-Puede que haya habido algunos retrasos, pero involuntarios -explicó el director, que había temido una inspección fiscal, cuando le abordé el pasado jueves.

Al pasar a limpio mis notas, en el curso de la investigación, me di cuenta de pronto que Ejazid Nerpa es exactamente Aprendizaje, al revés. Pero soy incapaz de encontrar en ello alguna pista, ni el menor significado.

Hago la última llamada a quien puede darme información.

-¿Contrato de alquiler? No, no; ya sabe cómo son esas cosas. Me dejaba el importe del arrendamiento metido en un sobre bajo el felpudo. Puntual. Siempre el día tres de cada mes, por adelantado. Pero, no, no coincidíamos. ¿Para qué?

Era el arrendador del piso que habitaba el verdadero Nerpa, o como quiera que se llamara el desaparecido.

FIN

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Cuento de primavera: Asno encuentra gallina

5 abril, 2014 By amarias Deja un comentario

Cuando la gallina de los huevos de oro respondió a aquel anuncio -radiado por Maese Cuervo en la emisión matutina-,  que expresaba, de forma un tanto enigmática, » Asno con facultades especiales busca pareja para amistad o lo que resulte», no podía imaginar que la virtud de aquel asno era convertir en pepitas de oro el producto de su digestión.

La gallina que ponía huevos de oro había llevado, hasta entonces, una existencia miserable. Explotada por un granjero que, cuando descubrió su habilidad, la presionaba para obtener de ella el máximo de rentabilidad, no recibía la menor recompensa por su dedicación. Al contrario, mediante un artilugio, su ambicioso propietario había modificado la duración aparente de los días para el animal que, engañado por falsas albas y atardeceres, ponía el doble de huevos de lo que correspondería al ritmo natural.

La carta que le había hecho llegar el Mirlo del Boj, contenía una oferta irresistible del asno de los cagallones de oro, que vivía una existencia también muy desgraciada, a pocas cuadras de allí. Estaba redactada en un estilo que evidenciaba su espléndido nivel cultural: «Escapémonos de nuestros cochinos explotadores y, juntando nuestras habilidades, seguro que encontraremos un lugar en el que podamos vivir felices, a pesar de nuestra desigual apariencia externa».

La gallina de los huevos de oro y el asno de oro (permítaseme la abreviatura) consiguieron, milagrosamente, reunirse en una tarde inolvidable. El burro estaba comiendo la ración de cebada y trigo candeal que su avieso cuidador le proporcionaba, a la espera de la producción áurea, cuando advirtió que el ronzal estaba mal ajustado a la argolla, por lo que pudo escaparse.

Cuando llegó a la granja de la gallina que poseía la habilidad reseñada, se encontró con que la puerta del gallinero estaba cerrada, aunque tenía la llave puesta.

Ambas circunstancias eran debidas a que era la fiesta del Bocholé Primér, y todo el pueblo había bebido en demasía, invitados por los respectivos propietarios del asno y la gallina, quienes eran, por aquello de que el ojo del amo engorda el caballo, lo que más habían gustado de las delicias de aquel brebaje embriagador.

-¡Gallina! -gritó, pues no sabía el nombre del ave de corral-Voy a abrir la puerta del gallinero de una coz y así quedarás libre para viajar conmigo.

Dicho y hecho, el asno lanzó una terrible patada sobre el portón, y lo rompió en mil pedazos; la llave quedó, colgando, de uno de los maderos, aunque aún incrustada en la cerradura. La gallina quedó libre y, consciente de que era posible una gran aventura, se subió a lomos del asno, que, a todo el galopar de sus ágiles piernas, se lanzó a recorrer el mundo, seguros ambos de que no iba a faltarles nada.

-Pon uno de tus huevos -solicitó el asno, cuando creyeron estar suficientemente alejados del pueblo del que provenían- y lo cambiaremos en la plaza de este lugar por comida para ambos y un establo en el que pasar la noche.

-¿Por qué no haces tú de lo tuyo, si no te importa? -replicó la gallina, que había sacado adelante su ánimo contestatario.

-Desgraciadamente, mi habilidad no es, como la tuya, infalible. En realidad, solo una de cada trescientas veces alcanzo a producir oro de lo que como, aunque, eso sí, lo hago en tal caso de forma abundantísima -se justificó el asno.

-Vale por esta vez -dijo la gallina, en tono condescendiente-. Pero no esperes que yo ponga trescientos huevos, con el esfuerzo y dolor que me causa, para que tú, de una sola vez, y por conducto mucho más natural, cumplas tu parte.

El asno la miró con preocupación:

-¿Qué esperas, pues qué hagamos? Yo no puedo acelerar mi proceso ni aumentar mi ritmo, a diferencia de lo que en ti sucede. Y, por cierto, tampoco creo necesario que todos los días vayamos al mercado a vender tu huevo de oro, pues, si el precio que alcanza es el que me imagino, con un par de ellos al mes tendremos bastante, y el resto, lo guardaremos por si vienen tiempos peores.

Así fue que ambos animales con tan portentosas cualidades, se dirigieron al mercado, con el huevo de oro, que habían envuelto primorosamente con papel de celofán que encontraron abandonado en un estercolero junto al que pasaron.

Resultó que era Domingo de Pascua y un padrino que estaba buscando algo original para regalárselo, en tan señalado día, a su ahijada, se sintió muy interesado en conocer el precio de aquél huevo que brillaba de manera especial.

Fue entonces cuando cayeron en la cuenta de que no tenían idea de lo que podían pedir por un huevo de oro.

-Dános la voluntad -dijo el asno de los cagallones áureos.

Y el padrino, encantado, les dio la mano y se llevó el huevo envuelto en el celofán. La niña lo recibió ilusionada, pero, cuando vio que no era de chocolate ni de otra materia comestible, lo olvidó pronto y, a los pocos días, no encontrándole utilidad, su madre o su padre lo tiraron a la basura.

En cuanto al asno y la gallina, escarmentados con el fracaso de su primera operación comercial, cuenta la leyenda que aquella noche durmieron al raso, pero nunca más volverían a pedir la voluntad, sino que se orientaron por las cotizaciones de la Bolsa de Metales de Londres, que el asno -que tenía buena vista- se acostumbró a consultar en las páginas salmón con la que les envolvían las vitaminas de base hierro en la farmacia.

Y vivieron con bastante holgura, hasta que las autoridades monetarias cambiaron el patrón oro por papel moneda.

Gran decepción supuso para la gallina que, al preguntarle al asno por el destino de lo que tenían ahorrado, creyendo que, como habían convenido, habría invertido los sobrantes con cabeza,  se encontró con que el muy burro había guardado los huevos y cagallones amontonados bajo un olmo y, descubierto que había sido el lugar por una urraca, se los había birlado de allí, tomándolos por puros abalorios.

Presa de repentina frustración, el ave se quedó clueca de pronto, y, falta de razón, se empeñó en incubar su puesta de varios días, pero por mucho que calentó el oro, no obtuvo descendencia, al no estar los huevos fecundados.

De lo que le pasó al asno, se sabe que buscó consuelo en su desánimo dedicándose a rebuznar por las esquinas lo mal organizado que estaba el mundo, en tanto la capacidad de decisión permaneciese en manos de los humanos, lo que causaba gran hilaridad a cuantos le escuchaban. Por fin, un cómico que tenía un circo con elefantes, saltimbanquis y enanos, se lo llevó con él como animal de carga, acabando sus días bastante desquiciado.

FIN

 

 

Publicado en: Cuentos y otras creaciones literarias Etiquetado como: asno, basura, cuento, cuento de primavera, gallina, huevos de oro, oro, Pascua

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