Al socaire

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Cuento de primavera: Obvio y Paradójico

20 mayo, 2014 By amarias Deja un comentario

Como es sabido, a los entes que habitan en ese área de imprecisos contornos que se entiende por metafísica -y que, dicho sea de paso, no debe identificarse, sin más, con la imaginación- les gusta darse un garbeo por los terrenos de lo físico.

Es comprensible tal actitud, pues a todos los seres, en especial, a los más dinámicos, acaba siendo insoportable recorrer eternamente los sitios que corresponden estrictamente a su naturaleza. Es imprescindible cambiar de aires de cuando en vez, porque de esa forma se estimulan reacciones y sensaciones nuevas, produciendo efectos muy agradables.

Pocos entes metafísicos se podrían considerar más activos que Obvio y Paradójico. Estaban presentes en casi todas las conversaciones humanas. Se encontraban, cada uno asumiendo su papel a la perfección, en las reuniones importantes como en los encuentros más intrascendentes.

-Todo el mundo tiene algo que decir; el que sea o no interesante, es otra cuestión., -era una de los pensamientos preferidos de Obvio.

-Son los que callan quienes merecen la mayor atención, porque quien calla, generalmente discrepa -argumentaba Paradójico.

No eran amigos, sino rivales. Paradójico despreciaba a Obvio y Obvio desconfiaba de Paradójico, al que consideraba peligroso, y procuraba mantenerse alejado de él, lo que, por supuesto, no conseguía casi nunca. Incluso en el tratamiento de los asuntos más triviales, como podía ser hablar sobre el tiempo mientras se encontraban dos humanos en el ascensor, Obvio veía, no sin sorpresa y a veces, con disgusto, asomar la pata pilosa de Paradójico.

-Hoy parece que va a llover -decía, por ejemplo, la anciana que vivía sola en el tercero izquierda de un bloque con muchos vecinos, deseosa de entablar conversación con cualquiera sobre no importa qué tema.

-¡Caramba, se me olvidó  felicitar a mi madre ayer, que fue su cumpleaños! -era la incongruente expresión del joven del sexto derecha, que  había asociado, sin aparente explicación, la verruga en el rostro de la señora con la imagen de su mamá preguntándole reiteradamente, si su padre, del que estaba divorciada, habría llamado.

Por razones que no merece la pena explicar, Obvio y Paradójico habían decidido hacer las paces, al menos, por una temporada, que Obvio había identificado como «de higos a brevas» y Paradójico «de tanto en cuanto». Seguían viéndose muy diferentes, aunque estaban dispuestos a admitir, como vía de experimentación, que no eran absolutamente incompatibles.

Cierto es que Paradójico, que se consideraba creativo y estimulante, entendía que esa tregua le resultaría completamente inútil, y hasta contaminante, pero Obvio insistió tanto en que debían concederse un respiro en su sempiterna rivalidad, que acabó accediendo.

-En la variedad está el gusto -dijo Obvio, satisfecho-. Todos los días gallina, amarga la cocina.

-Gallina hablando de plumas -fue el escueto comentario de Paradójico.

En uno de los primeros paseos que hicieron juntos por los terrenos de lo físico, independientes de cualquier contaminación humana, se encontraron con una Ruina. Paradójico obligó a Obvio a detenerse, curioso por saber qué hacía allí aquel montón de piedras.

-Es una simple Ruina -le apremiaba Obvio a seguir el paseo.

-Todas las Ruinas han tenido un momento de Triunfo -replicó Paradójico. Y, acercándose más, preguntó a la Ruina:

-¿Cómo te llamas? ¿Qué has sido?

La Ruina se movió algo, despertando de su letargo. La yedra había había cubierto casi por completo lo que parecían antiguas paredes de un edificio muy amplio, del que solo quedaban en pie unos muñones de piedra.

-Ahora no tengo nombre, pero en mi memoria guardo haber sido el Palacio de los nobles que fueron dueños de esta comarca hace siglos. -dijo, sin ocultar un suspiro -. En mis salones se celebraban fiestas fabulosas, y mis aposentos han sido testigos de amores, devaneos, desvaríos…

-Para el carro, Ruina -le interrumpió Obvio-.  A nadie importa lo que fuiste, sino lo que eres. Hoy por hoy, eres solo una Ruina.

-Te equivocas, como siempre, Obvio -dijo Paradójico, que sentía repentina simpatía hacia la Ruina-. Veo en estas piedras que para ti no tienen valor, el mensaje de un pasado espléndido. Adivino, bajo esa yedra, el trabajo que realizaron los canteros. Puedo sentir la música que llenó estos huecos, y el brillo de los ojos de las damiselas esperando que alguien las saque a bailar…

-Solo percibo piedras, hojas secas, polvo y abandono -replicó Obvio-. Si esto es ahora una Ruina, por algo será.

Paradójico tuvo de repente una inspiración:

-Tienes razón, colega. Las piedras que fueron Palacio y Salón de Baile y testigo de fiestas y de risas, cumplen ahora una función igualmente digna: servir de demostración a la fugacidad de cualquier existencia, y enseñar a los humanos que nada conserva su valor eternamente.

-Eso que dices es obvio -comentó Obvio, con admiración-. Podría haberlo dicho yo, y no mejor.

-No creas, es paradójico -le contrarió Paradójico-. Porque acabo de fijarme en el cartel que está junto a la Ruina y en él he visto escrito: «Palacio de los Condes de Pasidueñas. Siglo XVI». Es decir, le han puesto a la Ruina el mismo nombre que tenía cuando gozaba de todo su esplendor.

Y, despidiéndose de la Ruina, siguieron su paseo, mientras les duró aquel sano entendimiento.

FIN

 

 

Publicado en: Cuentos y otras creaciones literarias, Sin categoría Etiquetado como: conservación, cuento, cuento de primavera, muro, noble, nombre, Palacio, ruina, yedra

Cuento de Primavera: El candidato incómodo

19 mayo, 2014 By amarias Deja un comentario

La recepcionista observó de arriba abajo al hombre que tenía ante sí. Aparentaba tener unos cincuenta y tantos años, y, a pesar de la petición que le había formulado, parecía normal. Pacífico. No lo había visto antes, no tenía características físicas resaltables, estaba correctamente vestido -no había pirsíns en sus orejas, no llevaba pantalones a media pierna o chancletas-.

-Disculpe, no entendí bien su nombre. ¿Se llama usted…? -dijo la joven, para ganar tiempo. El visitante había solicitado ver al Presidente del Partido, pero ella tenía órdenes estrictas de no dejar pasar a nadie que no perteneciera a la Junta Directiva. La Ejecutiva estaba reunida desde primeras horas de la mañana discutiendo los puntos fuertes del programa electoral que se presentaría a los medios de comunicación, que habían sido convocados para la rueda de prensa a la una de la tarde.

-Me llamo Ciudanelo Concientrado -dijo, pausadamente, el desconocido.

-¿Y el motivo por el que desea ver al Presidente es…?

El Sr. Concientrado expresó su propósito con naturalidad.

-Como le dije antes, quiero presentarme como candidato a las próximas elecciones.

La señorita recepcionista repasó, como si pretendiera la confirmación, lo que ya había escuchado con anterioridad, resaltando lo que le resultaba de una incongruencia insalvable.

-Pero usted me ha dicho que no es miembro del Partido, ni conoce a nadie de la directiva..´.

-Puede añadir algo más -indicó Concientrado- no tengo ni idea del programa de este Partido, ni me interesa. Solo quiero presentarme ante quien tenga la autoridad en esta organización para ofrecer mi candidatura como cabeza de lista a las próximas elecciones. Eso sí, con una condición: será con mi propio programa.

La joven se fijó entonces en que el individuo tenía en la mano un folleto de colorines en el que, por lo que podía intuirse, figuraban varias frases escuetas, escritas con letras bastante grandes. Perfeccionó su impresión inicial de que, a pesar del aspecto normal, el tipo debía estar mal de la cabeza.

Concientrado parecía haber tomado carrerilla en la expresión del propósito que le había guiado hasta allí, porque continuó, -haciendo caso omiso de lo que, como cualquiera habría descubierto, era una oposición formal de la empleada-, dando sus explicaciones:

-Usted no me conoce, y no creo que me conozca tampoco ninguna de las personas de la Ejecutiva de la agrupación política que le emplea como recepcionista.  No se ni quiénes son. Tengo sesenta y un años, he conseguido una posición desahogada como profesional. No tengo necesidades económicas ni ataduras empresariales, personales o políticas. No debo nada a nadie. Estoy al cabo de todas las calles y enfocando ya la etapa final de mi vida. Por eso, he creído que ha llegado el momento de devolver a la sociedad los réditos de lo que me ha dado, ofreciéndole mi visión de lo que habría que hacer para solucionar los problemas actuales.

La joven respiró, aliviada, al advertir que Jorgesindo de la Dehesa, el responsable de Relación con los Media, acababa de salir de la Sala de Reuniones para tomar aire.

-Sr. de la Dehesa, ¿tiene un momento para atender al Sr. Concientrado? -preguntó, al vuelo.

-Lupicinia, sabes que estoy muy ocupado, no tengo tiempo para..-se excusó el interpelado.

Concientrado le tendió la mano.

-Mi mensaje es directo, Sr. de la Dehesa. Quiero ser cabeza de lista de su partido en las próximas elecciones. Traigo mi programa, y solo necesito un partido para ganar. He elegido el suyo porque figuran ustedes como uno de los tres que están igualados en las encuestas, aunque con la particularidad de que aún no han dado a conocer su programa. Eso me interesa. Se trata, al fin y al cabo, de evitar el desgobierno que provocarían tres programas, tres alternativas igualadas en representación…

El Sr. de la Dehesa echó una mirada de escrutinio sobre el personaje.

-Lo siento, Sr. Concentriado -(Concientrado, le corrigió el interpelado)-. Estamos justamente ahora decidiendo los puntos claves de nuestra oferta electoral, y estamos muy apurados. Además, como comprenderá, las listas están cerradas.

-Ahí está el punto -incidió el extraño-. Mi propuesta no tiene ninguna contaminación política, por lo que no me importa quiénes vayan conmigo en la candidatura. Incluso, sería deseable que fueran ciudadanos anónimos, desconocidos. No caiga en el error, sin embargo, de pensar que mi programa carece de carga ideológica. La tiene, y mucha. Pero me resultaría inaceptable que no pudiera ser asumida por un partido que pretendiera gobernar para la mayoría. Ofrezco mi experiencia, mis conocimientos y mi capacidad.

-Todos los candidatos…- intervino De la Dehesa; quería decir algo respecto a que ese era el espíritu que guiaba a los seleccionados por la lista de su partido. Pero Concientrado estaba embalado.

-Todos los candidatos -dijo, utilizando su comienzo de frase- se centran en temas marginales, con ideas de poco contenido y sin exponer soluciones: ¿la corrupción de los demás partidos?: no me interesa; ¿lo bien o mal que lo hacen o va a hacer los demás?: es una petición de principio o una opinión sin refrendo formal. ¿Dónde están las fórmulas concretas para solucionar el problema del paro? ¿Aumentar impuestos? ¿Incrementar el consumo? ¿Animar a que todo el mundo invierta sus ahorros?: todo lo que se propone tiene partidarios y detractores. Por no hablar de lo que no admite  discusión: ¿Proteger el ambiente? ¿Generar más recursos? ¿Mejorar el poder adquisitivo? ¡Claro! Pero no me digan lo que hay que hacer, sino cómo hacerlo.

-Puedo estar de acuerdo con Vd. en el análisis, pero no en el diagnóstico -admitió el Sr. de la Dehesa, por decir algo-. Nosotros estamos, justamente, analizando las propuestas para resolver las cuestiones que preocupan a la sociedad, y le aseguro, que nuestra voluntad es…

-Conozco esa forma de argumentar, pues es la que hemos oído muchas veces. Pero, le repito:¿saben cómo hacerlo? -la pregunta resultaba insolente, pero el Sr. Concientrado, continuó, sin esperar la respuesta del otro-. Estoy seguro de que no, pero no se preocupe. Nadie tiene la respuesta perfecta. No existe mente humana que pueda pretender tenerla. El futuro es esencialmente imprevisible, depende de demasiadas variables que no controlamos, y la historia demuestra que el ser humano no sabe hacer predicciones infalibles. En mi programa, del que le hago entrega en este momento oficialmente de una copia -le alargó un ejemplar-, indico la fórmula de encontrar las respuestas. No digo que las tenga, sino que sé la manera de detectarlas en el camino.

Al Sr. de la Dehesa aquellos papeles le tenían sin cuidado. Los recogió, aparentando comprensión y un interés formal, y, con tono afable, le indicó algo así como «Muchas gracias, lo estudiaremos con atención». Se disponía a volver a la sala de Reuniones, en donde suponía que ya estarían inquietos por su ausencia.

Concientrado no era tan fácil de desviar.

-No tengo la menor idea de si ustedes pretenden enfocar su programa con base a proponer aumentar los impuestos a los más ricos, animar algo al consumo, invertir aún más en quién sabe qué infraestructuras, privatizar más, reducir hasta donde les parezca el gasto público, disminuir o congelar las pensiones, cambiar el plan educativo o la forma de impulsar la investigación, aumentar o eliminar las prestaciones sociales o, simplemente, piensan que les bastaría con salir del paso con cuatro obviedades, y tener suerte de despertar la simpatía por su candidato en algún debate televisivo,  para conseguir la mayoría en las elecciones y dejar pasar otros cuatro años confiando en que la coyuntura mejore y alardear después de que ha sido gracias a su programa…

De la Dehesa farfulló algo. No se le entendió.

-Me he tomado la molestia, aunque lo he hecho con gusto -prosiguió Concientrado- de reunirme con más de doscientas personas de los más diversos sectores -empresarios, defensores ecológicos, parados, funcionarios públicos,  jóvenes con ideas, profesores universitarios, jubilados, sí,…, también algunos políticos…- y he sacado mis conclusiones, que están aquí, en este programa. Todo el mundo tiene alguna idea, pero su coincidencia mayor es echar la culpa a alguien distinto de ellos mismos, acerca de lo que está pasando.

De la Dehesa, que no quería aparecer como insolente, se había detenido en su marcha por el pasillo. Concientrado se animó a contar algo más:

–La clave de este programa, como le decía, es que no hay programa, sino el compromiso de que todas mis actuaciones serán transparentes para la totalidad de los ciudadanos.  Concibo la política como un servicio, no como una profesión, ni como una carrera de obstáculos. Los que colaborarán conmigo serán personas que no estarán preocupadas ni por su salario, que no tendrán, ni por aumentar sus méritos, porque ya no los necesitarán. Ofrecerán sus capacidades. Todas nuestras reuniones, las de todo el Gabinete, serán públicas. Cuando nos reunamos con cualquier agente social o económico, todo el mundo podrá valorar lo que proponemos que se haga, o se deje de hacer y conocerá directamente las resistencias, si las hay, o las propuestas, si se les ocurren, de los que opinen lo contrario. Como en el programa solo ofrezco capacidades, ya que los objetivos serán de toda las sociedad, pondremos en pie una actuación flexible, adaptativa, coherente con lo que se crea mejor en cada momento y, por todo ello, estrictamente revolucionario.

Al Sr. de la Dehesa, que llevaba ya veinte años como responsable de Prensa, se le ocurrió algo:

-Sr. Concientrado, eso que propone es una solemne tontería. ¿Transparencia, dice? ¿Para qué? ¡La política es una profesión! ¡Su programa carece de ideología! ¡Hace falta un programa, se cumpla o no se cumpla, porque la gente tiene que saber qué vota! Y permítame que le diga una clave, algo sustancial: ¡Hay que vender optimismo, soluciones, aunque sean quiméricas! Su idea de una candidatura sin programa es infantil, no tiene viabilidad. Es…ridícula.

El candidato incómodo sonrió tristemente.

-En realidad, no esperaba otra respuesta. No es el primer partido que visito hoy. Todas las personas con las que me he entrevistado, me han expresado más o menos lo mismo, y con ello, confirmo, lamentablemente, lo que sospechaba, y, con base en ello, tomo mi decisión.

-¿Qué sospechaba? ¿Qué decisión ha tomado? -no pudo evitar preguntar, curioso, el Sr. de la Dehesa. La señorita recepcionista, que había estado atendiendo al teléfono exterior, y solo había seguido parte de la conversación, sonrió mecánicamente.

-Votaré en blanco en estas elecciones. Seguiré haciendo mi trabajo lo mejor que pueda, pero que ningún partido cuente conmigo para respaldar su incapacidad de ser transparentes, humildes, adaptativos.

El candidato incómodo dio media vuelta, y sin decir más palabras, se fue tranquilamente por la puerta, dejando al responsable de Relación con los Media, aliviado.

-Hay por ahí cada personaje…-comentó a Lupicinia, ya mientras entraba de nuevo en la sala de Reuniones donde se siguió perfilando el programa electoral del partido.

Los tres partidos principales obtuvieron un número similar de votos, y, en la negociación posterior a las elecciones, se repartieron las carteras ministeriales.

FIN

 

 

 

 

 

 

Publicado en: Cuentos y otras creaciones literarias Etiquetado como: alternativa, candidato, crisis, cuento de primavera, cuentos, elecciones, incómodo, programa, soluciones

Cuento de primavera: Los dos maestros

18 mayo, 2014 By amarias Deja un comentario

En la Universidad de Constimpalo, cursaba el último curso de la Facultad de Ciencias Útiles para la Vida, un alumno ni muy bueno ni muy malo, que se llamaba Curiosindo Preocupancio.

Estaba a punto de conseguir el preciado título, pues le quedaban solamente dos asignaturas para acabar la prestigiosa carrera, que, según el denso programa de créditos y clases prácticas que había procurado seguir con aceptable aprovechamiento, le habría de capacitar para lanzarse al siempre apasionante, aunque igualmente misterioso, viaje personal por la existencia.

Queriendo prepararse bien para esas dos pruebas finales,  y deseando obtener la seguridad de que había conseguido el objetivo perseguido por aquella carrera universitaria a la que había dedicado los años de su juventud, se decidió a pedir una entrevista a los profesores de ambas, para que le dieran sus últimas orientaciones.

Curiosindo no tuvo mayores problemas para obtener una cita, dentro de las horas de tutoría que sus maestros tenían asignadas. El primero en recibirlo fue D. Fulgencio Propulso, catedrático de Ampliación de Procesos Esenciales. El Dr. Propulso tenía fama de ser muy estricto, y las pruebas o exámenes finales, incluso aunque la asignatura que impartía correspondía al último curso de la carrera, eran muy complicados.

-Dígame, joven -le invitó a hablar, acompañando las palabras de un gesto que le señalaba una silla ante la mesa que estaba alfombrada de decenas libros abiertos y cuadernos de notas-. Le advierto que no tengo mucho tiempo, pues estoy preparando una conferencia para mi toma de posesión en el sillón C mayúscula de la Academia de Doctores Eminentísimos.

Curiosindo no se amilanó. Después de todo, estaba a punto de conseguir el título y lo que deseaba era prepararse bien para superar la asignatura.

-Perdone mi atrevimiento -se explicó-. He hecho dos repasos de la materia completa de su asignatura, leyéndome una buena parte de la bibliografía recomendada. He tomado apuntes de sus clases y creo estar preparado, por lo que espero no tener problemas para superar el examen, salvo que tenga un mal día. No me asusta cualquier pregunta, pero me inquieta algo: ¿cuáles son las cuestiones esenciales que debería recordar el resto de mi vida, en su respetable opinión, de su asignatura y, si no le importa referirse a ello, de la propia carrera?

El Dr. Propulso le miró. En un primer momento, creyó que le estaba tomando el pelo. Mas, viendo el rostro atento e incluso preocupado del joven, tomó aire, y, con el mejor tono doctoral que pudo encontrar en su coleto, le espetó:

-Todo es importante, señor…¿Cómo me dijo que era su nombre? Ah, sí, claro. Sr. Preocupancio. Las materias de la carrera han sido seleccionadas con rigor, y, en concreto, mi asignatura, es fundamental. Recopila los conocimientos prácticos de decenas, por no hablar de millares, de científicos eminentes, a los que he añadido mi propio saber. Nada hay prescindible y, estoy seguro, a lo largo de su vida, tendrá ocasión de utilizarlo todo. Y si hay algo que no vaya a tener la oportunidad de emplear, pregúntese porqué, pues probablemente será por haber cometido algún error de visión.

El catedrático se extendió en múltiples indicaciones, recordó, mientras hablaba, su propia juventud, describió, con bastante detalle, su trayectoria personal, tan brillante, y le recomendó cinco o seis lecturas complementarias. Curiosindo salió del despacho del catedrático de Ampliación de Procesos Esenciales con los pies fríos y la cabeza caliente.

Como tenía hora, de forma inmediata, con el profesor de Conocimientos Básicos, se dirigió, corriendo, para no llegar tarde, al ala oeste de la Facultad, en donde se encontraba el titular de la asignatura, Dr. Suspicious Directa. Tenía la puerta del despacho abierta, y le pareció a Curiosindo que estaba lanzando dardos contra un blanco situado en una de las paredes.

El joven le contó prácticamente el mismo discurso que al colega al que acababa de ver.

-¿Lo más importante, dices? -se preguntó, a sí mismo, asimilando la pregunta, el Dr. Directa-. La verdad, creo que el que seas capaz de formular la cuestión en esos términos, demuestra que tienes la madurez suficiente para que te apruebe la asignatura, por lo que no hace falta que te presentes al examen. Tienes notable.

Curiosindo se azoró.

-No…no pretendía eso, Dr. Directa. Yo lo que quería, en realidad…

El Dr. Directa le interrumpió.

-Se muy bien lo que quieres, y yo mismo me lo he preguntado muchas veces. ¿Qué es lo que sabemos en realidad? Muy poco. Es, sobre todo, la actitud, lo que cuenta, no lo que se sabe. Porque lo que creemos conocer solamente es útil para la vida si somos capaces de ponerlo continuamente en cuestión, es decir, en solfa.

El profesor echó mano de un cajón de su mesa, en la que Curiosindo solo descubría un libro abierto, un papel y un bolígrafo; también vio que la papelera estaba llena de papeles arrugados. Del cajón sacó una hoja en la que había varias líneas, escritas a máquina.

-Esto es lo que se me ha ocurrido como esencial, cuando, hace unos años, me hice la pregunta. Me parece que aquí está todo o casi todo. Si echas en falta algo, añádelo por tu cuenta, y no hace falta que me lo digas a mí. Guárdalo para ti, y úsalo siempre que quieras.

Curiosindo salió del despacho con aquella hoja de papel en la mano. A medida que la iba leyendo, le surgieron nuevas ideas. Al día siguiente, la volvió a leer, y le aparecieron otras nuevas.

Le pareció, en verdad, una página mágica. De un gran maestro. Cuando terminó la carrera, la hizo enmarcar y, si no me equivoco, es la primera cosa que pone en su despacho, antes incluso que la fotografía de su mujer, de sus hijos, de los apuntes de Ampliación de Procesos Esenciales que, por cierto, no ha vuelto a sentir la necesidad de abrir, aunque también obtuvo la calificación de notable, una de las mejores de su promoción.

FIN

 

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Cuento de primavera: La torre de Papel

13 mayo, 2014 By amarias Deja un comentario

Carciondo Percalio y Palmira Carmano, se habían casado muy enamorados. Desde niños, vivían en el mismo barrio, un conglomerado de insulsos edificios construidos a mediados del siglo pasado, de esos que llamaban de protección oficial. Se conocían a la perfección, hasta el punto de que -habían llegado a decir- podían leerse el pensamiento.

Carciondo era perito industrial; habilidoso e intuitivo para entender el funcionamiento de los mecanismos, había patentado un artilugio salvaescaleras,  ligero de peso, que no solamente se plegaba sobre sí mismo hasta una compacidad inverosímil -permitiendo su ubicación en espacios reducidos-, sino que no precisaba conexión eléctrica ni baterías. La empresa que había creado con esa idea le había hecho multimillonario, si bien le ocupaba mucho tiempo, hurtándoselo  del que sería aconsejable para mantener el equilibrio familiar.

El incremento de fortuna les hubiera permitido,  naturalmente, mudarse a una de las zonas mejores de la ciudad, pero, por comodidad y afecto a los orígenes, permanecían en el mismo sitio que les había visto crecer. Eso sí, habían comprado todos los pisos que daban al mismo descansillo (desde el A a la J), uniéndolos.

Allí vivían los cuatro, pues el matrimonio había tenido por descendencia a un varón y una hembra, en edad aún escolar, en el momento de escribir este relato.

Todo iba tan bien, que forzoso era presagiar alguna tormenta en un clima empalagosamente calmo. Así fue. Con la llegada del climaterio masculino, Carciondo empezó a sentir celos de Palmira. Tal actitud carecía, por supuesto, de motivación. Al menos, al principio.

-¿Dónde estás? -telefoneaba, desde la empresa, a Palmira, con una frecuencia que llegó a ser escandalosa.

Al principio, Palmira, no se sintió molesta, sino, más bien, al contrario. La preocupación del que te ama por tus movimientos, tiene un trasfondo halagador.  Los dos hijos adolescentes ocupaban, además, mucha atención del ama de casa, que la asistente que tenía contratada apenas aliviaba y que no es necesario detallar, pues son de todos conocidos.

Cuando las llamadas de control empezaron a ser insistentes, y las encuestas del marido sobre lo que estaba haciendo la mujer pasaron a ser detalladas y prolijas como las encuestas de opinión, la persecución o seguimiento que se le hacía las sintió tan cercana e insoportable, que, un día, sin poder ya contenerse, la esposa estalló.

-¿Qué te importa lo que hago? ¡Tantas veces me has dicho que vas a venir a cenar y, con la cena preparada, no apareces hasta las dos o tres de la madrugada! ¿Para qué quieres saber dónde estoy? ¿Para vigilarme? ¡No conoces ni a tus hijos! ¡No sabemos nada de ti, desde que te vas a primera hora hasta que reapareces para despertarme, porque ya llevo tiempo metida en la cama!

A pesar de la advertencia, Carciondo no cambió de actitud, como debería haber sido su decisión, si la hubiera querido calificar de sabia.

Por el contrario, sospechando con elaboración enfermiza que Palmira le traicionaba los votos de fidelidad -llegaba a preguntarse, muchos días, repasando los nombres de los vecinos, quién, cuántos, con quiénes, se entendía la buena señora-, contrató a un detective para que la vigilara las veinticuatro horas del día.

El detective le hizo, en el tiempo establecido, un informe completo, que demostraba a las claras la inocencia de la esposa y, de indirecto, lo turbio de los manejos mentales del marido. Pero a Carciondo no le valió. Quiá. Incorporó al investigador de los comportamientos ajenos, a su lista de los potenciales, reales o ficticios seductores de Palmira, y organizó una batalla campal sin parangón con la que era su compañera desde la adolescencia.

-¿Por qué no me cuentas lo que hiciste? ¿Qué me ocultas?¿Te acuestas con el zapatero? ¿Con Marcelio? ¿Con Réntulo? ¿Con todos? -acosaba a su esposa, elevando la voz, en una secuencia incómoda, que se repetía con el mismo libreto muchas noches, incluso delante de los hijos, porque, cambiando de costumbres, aparecía inesperadamente a la hora de la cena, para marcharse luego, dando un portazo solemne.

-¡Me voy con la otra, ya que tú me traicionas como a un perro! -gritaba desde el portal, antes de irse a llorar de soledad a cualquier parte.

Carciondo no bebía, aunque la tensión le había conducido a ser -ocasional primero, regular después- consumidor de cocaína y pastillas de colores, que le proporcionaba un administrativo de la empresa, que tenía amigos colombianos mal relacionados.

En las escenas que organizaba en sus espejismos caprichosos, a veces rompía platos, y otras, empujaba o daba manotazos a quien se le pusiera delante. La situación fue, en fin, insostenible. Palmira, aconsejada por la Asociación Local de Mujeres Maltratadas, pidió la separación y, como no estaba dispuesto a dársela de forma amistosa, la solicitó por escrito en los Juzgados de Familia.

Carciondo, despechado sin porqués, contrató al mejor abogado que le recomendaron, especializado en conflictos matrimoniales, quien preparó una contestación a la demanda muy cuidada, negando pruebas, solicitando otras y, en particular, aportando una propuesta de Convenio Regulador por la que se le negaba a la mujer otra cantidad que no fuera una mínima pensión y unos dineros de pacotilla para los estudios y mantenimiento de los hijos, hasta que alcanzasen la capacidad de tener ingresos propios, además de incorporar referencias gratuitas, y, naturalmente, molestas, a la supuesta ludopatía de Palmira, a sus escarceos en camas ajenas, a sus desvíos en las obligaciones conyugales, fueran las que fuesen.

La Asociación Local propuso a la esposa un bufete matrimonialista que, si no era tan bueno como el de Carciondo, no se le separaba ni dos milímetros en los barremos de la perfección jurídica, si los hubiera. Habida cuenta de que el matrimonio se había acogido al régimen de separación de bienes, (allá cuando el espeso se lanzó a la aventura empresarial), este elenco de letrados preparó una contestación ejemplar, poniendo de relieve la construcción artificial de esa figura -levantando el velo, o la falda de la impostura, como puede decirse-. Su réplica incorporó el detalle de los beneficios que reportaban los salvaescaleras al esposo, reclamando, no ya la mitad, sino los dos tercios de la empresa, el chalet en la sierra y el apartamento en Castellanata y, por supuesto, el usufructo vitalicio de la casa familiar.

En primera instancia, el juez -un excelente muchacho que tenía a su madre inválida por una parálisis impeditiva y que conocía el mérito del salvaescaleras- dio mucha razón a Carciondo. En la Audiencia, le quitaron muchísima. Los montones de papel se acumulaban sobre las mesas, revisando cálculos, aportando nuevos argumentos, con propuestas y contrapropuestas de Acuerdos Regulatorios y Desacuerdos Descompensatorios.

El bufete que defendía las posiciones de Palmira, había denunciado a Carciondo, dicho sea al paso, por malos tratos en el Juzgado de Violencia contra la Mujer. El excelente abogado de Carciondo, no se quedó atrás y, al tiempo que defendía a su cliente negándolo todo y atribuyendo a la enfermedad mental de Palmira las inquinas, presentó, firmada por su hijo -al que convenció de alguna manera- una demanda de incapacitación de la mujer.

Como medida cautelar, Carciondo tuvo que abandonar el domicilio familiar, y pasó a habitar el apartamento en Castellaneta, dejando la empresa en manos de su director de fábrica. Pasaron algunos meses y, un buen día, en un chiringuito junto a la playa, conversando con su abogado, viendo la pirámide formada con los escritos que habían presentado unos y otros, en los variados procesos en que estaban incursos, habiéndose puesto una ralla de droga de buena calidad en la nariz, se preguntó:

-¿Cuál fue el origen de esta torre de Papel?

FIN

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Cuento de primavera: El panteón

10 mayo, 2014 By amarias Deja un comentario

La magnificencia del inmenso salón, la seriedad solemne de los ujieres, disfrazados incluso con pelucas dieciochescas, las mórbidas capas de terciopelo adornadas con hilos de oro y plata y los birretes multicolores -según la población de procedencia de los magister, su grado y antigüedad en el cargo- y, en fin, la aparatosidad estudiada con la que el Compadre Mayor de Todos los Estamentos de la región de Gardonia, dando un golpe con el martillo de ceremonias a la vasija representando a la Diosa Ceres, fabricada en cristal de Cartara, abrió la Sesión Extraordinaria del Círculo de Poder Máximo, todos estos elementos, y muchos otros, provocaban en el escaso público asistente, autorizado por un permiso especial a presenciar la reunión, emoción y respeto.

Esa Sesión Extraordinaria había sido convocada por una doble razón: Una, objetiva, que era el hecho de que Gardonia languidecía a pasos agigantados, perdiendo a ojos vistas, incluso para el más ciego de los observadores,  el poder y bienestar del que habían disfrutado hasta hacía apenas dos lustros. La situación estaba controlada, hasta el momento, por la Guardia Pretoriana de Gardonia, que mantenía a raya a los descontentos, pero era cierto que la preocupación crecía en los Estamentos Mayores de la región.

-¿Qué debemos hacer? -había preguntado, en una Notificación Interna Confidencial, el Jefe de la Guardia Pretoriana, a su inmediato superior, el magister de Interiorismo- No parece posible meter en las cárceles a todos los opositores, ya que, me temo son en este momento más de la mitad de la población y no tendríamos sitio más que para un dos o tres por ciento

Otra razón, subjetiva, era nueva, pues se trataba de proponer soluciones. Era una cuestión insólita, y que todos los magister juzgaban elucubrante, caprichosa y, posiblemente, perniciosa.  Se comentaba que la sugerencia que se había presentado era que todos los magister dimitiesen en bloque y se nombrase para sus puestos a gentes jóvenes de Gardonia.

-No tienen experiencia, es cierto, -parece ser que se expresaba en el Informe previo- pero tienen algo que a los magister les falta: Ilusión, empuje, propios de su juventud, para cambiar las cosas y, además, tiempo y ganas, que a los viejos representantes les falta.

La propuesta debería haber sido rechazada in límine (que no se sabía bien lo que era), aunque al haber sido expresada con tanta firmeza por el recién incorporado Magister mínimus -que tenía pendiente su confirmación en esa Sesión Extraordinaria, por cierto-, la mayoría de los representantes de los Estamentos la habían aprobado, bien por confusión, bien por parafernalia.

-¿Qué perdemos, al fin y al cabo? -se habían dicho unos a otros. Aprobemos la moción y, cuando llegue el momento de revalidar el nombramiento del magister mínimus, votamos en contra y proponemos a uno de los nuestros, que será aceptado por aclamación. Mi tío abuelo es un candidato perfecto -decía, incluso, el anciano representante de la población de Perturbancia.

-Perfecto. -aprobaban con aquiescencia incólume los cofrades, babeando-. Que, antes de votar, no se olviden los ujieres de invalidar los botones sobre los escaños que no correspondan a lo deseado, para evitar que haya confusiones -sugería alguno, alardeando experiencia y pragmatismo.

Era de ver la pompa y recogimiento, siguiendo ritos precisos que habían sido transmitidos de generación en generación, con los que que todos los compadres iban ocupando sus asientos en el estrado para la Sesión extraordinaria. Ciertamente, un ojo demasiado crítico hubiera descubierto que las pinturas del salón en donde tenía lugar el acto, presentaban terribles desconchados que, en algunas partes, incluso habían sido retocados impunemente por manos inhábiles, asesinas del arte, que, desde abajo, no eran tan fáciles de detectar.

Esa mirada perspicaz habría también detectado que las telas aterciopeladas, ajadas por el uso reiterado tenían cosidos y recosidos que las afeaban tantísimo, y que las diligentes y présbitas esposas de los magister habían tratado, inútilmente, de disimular, con retales de otras procedencias, mal cosidos y encajados; los hilos metálicos eran, en muchas zonas, simples líneas de pintura trazadas por manos inexpertas, que más parecían trampantojos burlescos que delicias hilanderas.

Había, sin embargo, formando parte de la situación, y dominándola, una circunstancia que era tan sencillo descubrir a primera vista que podía pasar desapercibida.

Prácticamente todos los magister, la generalidad de los compadres, los ujieres y la mayor parte de los presentes, que, embobados, asistían a aquel acto, eran ancianos. Muy ancianos. Ancianísimos. Llegaban a los lugares que les correspondía, arrastrando los pies, apoyados la mayoría en bastones de empuñaduras de marfil y plata; y lo que era peor: casi todos tenían un Alzheimer más o menos avanzado, demencias seniles de caballo, urgencias prostáticas de tapadillo, pérdidas de memoria continuadas, pulsiones temperamentales de inexcusable tenor, todas y cada una, serias rémoras que les incapacitaban para entender casi ningún asunto, ya de continuo como a saltos de mata.

Cuando les tocaba hablar, y por supuesto que no renunciaban jamás, por experiencia, a pedir la palabra, aunque no tuvieren la menor idea de qué decir, se limitaban, salvo mínimas excepciones que no venían sino a confirmar la regla del desastroso proceder, a repetir una y otra vez el mismo discurso, deslavazando temas, con las cuatro tonterías con las que creían, en su nebuloso entender, que habían procurado  una aportación sustancial al caso que se estaba tratando, fuese el que fuera.

-Queda abierta la Sesión Extraordinaria -dijo el Magister Ceremonioso y, se extendió, tras unas palabras de bienvenida que llevaba escritas, en el recordatorio, para quienes no se había leído la convocatoria y acudían solo por las dietas y la comida, del motivo-. Se trata, como sabéis, de debatir el Plan de Futuro de la región de Gardonia. Hay una única propuesta, presentada por el magister mínimus, que se os ha enviado por paloma mensajera, aunque hemos recibido algún comentario de que no a todos ha llegado, lo que importa poco, pues no se recibió ningún comentario o sugerencia hasta el momento, lo que haremos in situ. Después, se votará la reelección o destitución del magister mínimus que está provisionalmente en el puesto, hasta que no sea ratificado.

Uno de los ancianos, el del tupé pelirrojo rizado, que se sentaba dos bancos a la derecha del Gran Magister, y del que se comentaba -sin refrendo-que había sido hacía veinte años un eficiente empresario de pompas, fastos y canastos, y que ahora disfrutaba -decía que merecidamente- de la pensión que le correspondía (y de algunas otras que no), pidió la palabra. Cuando le fue concedida, el indicado, Maese Pepostio de la Parpada Parpada, dijo:

-Propongo que hagamos un ligero cambio en el Orden del Día. Que votemos primero al reelección, y, después el Plan.

El magister mínimus protestó enérgicamente, presintiendo la jugada, y expresó, antes de que le quitasen el sonido del micrófono del estrado, desconectándole los cables de un tirón, su más profunda repulsa a la propuesta.

No fue necesario, con todo, votar la modificación, porque los murmullos de aprobación a lo propuesto por Maese Pepostio de la Parpada y las manifestaciones perfectamente audibles, de profundo desagrado, por extemporáneo, inconveniente e impropio, a lo que defendía el mínimus, fueron interpretados por el Gran Magister como que estaban todos de acuerdo en modificar las tornas, y poner el diego donde decía digo.

-Votaremos, pues, en primer lugar, la destitución o permanencia del magister mínimus provisional, Pobreturato Persistencio. Los que estén a favor de que permanezca en este estrado, que levanten la mano izquierda.

Los provectos y seniles ancianos de la Asamblea dudaban qué hacer; algunos, aturdidos, levantaron la mano derecha, por lo que su voto fue considerado nulo. Otros, siguieron tratando de encontrar un sentido a los sudokus que les había propuesto para pasar el día sus sicólogos de cabecera, dándose su decisión por emitida.

-Queda aprobada, pues, sin necesidad de nueva votación, la destitución del ex magister Persistencio, al que agradecemos los servicios prestados.

Y continuó:

-Al no poder ser presentada, porque no existe en la Asamblea ningún compadre validado para defenderla, la única Propuesta de Plan de Futuro, se levanta la sesión.

Pobreturato Persistencio, que estaba siendo retirado por los ujieres, a lo que ofrecía gran resistencia, gritaba que todo aquello era ignominioso. El público se preguntaba qué estaba pasando, pero, como no entendía gran cosa, aplaudía, porque el espectáculo parecía novedoso.

-Puede ser necesario puntualizar cuál será el Plan que seguiremos -indicó, al oído del Gran Magister, el Secretario, que, disculpándose por el tono de voz, carrasposo, aclaró, seguidamente: -Por una simple cuestión de orden formal, ya sabes.

-Seguiremos utilizando el mismo Plan que tenemos -aclaró, el Gran Magister-.

Para festejar el éxito de la Asamblea, todos se fueron a disfrutar de la comida que estaba preparada para ellos, en un restaurante cercano, que, por casualidad, se llamaba «El Panteón».

Unos pocos cientos de metros más allá, un grupo de jóvenes organizaba una manifestación.

-¿Por qué no tapiamos las puertas del restaurante? -sugirió uno de los cabecillas del grupo que continuaba formándose, a raudales, confluyendo más y más participantes, desde todas las calles y callejuelas que desembocaban en la plaza, anteriormente llamada de La Renovación, y hoy, del Eterno Retorno.

No lo hicieron, desde luego. Tuvieron una idea mejor: crearon estructuras nuevas desde las que dirigir lo importante de Gardonia, a las que invitaron a aportar su consejo y experiencia a aquellos de sus mayores que no tenían intención alguna de dominar, sino de cooperar con sus ideas en mejorar el futuro de los jóvenes, lo que, por cierto, hicieron gustosos.

Y a los viejos prebostes, a aquellos que habían controlado hasta entonces, en su propio provecho, limitando a sabiendas la renovación o eliminación de lo que ya no servía, las organizaciones de desgobierno, les dejaron, abandonados a su suerte, manoseando un Plan de Futuro que les interesaba solo a ellos: el suyo.

Pocos de estos últimos, llegaron a darse cuenta, de la pujanza de lo que creció del otro lado del Panteón -real o ficticio-en el que, por propia voluntad, incompetencia y falta de visión, se habían introducido. Era, en todo caso, tarde, demasiado tarde. Aunque solo para ellos, no para la Historia de Gardonia, que, imparable, irresistible, siguió su curso.

FIN

 

 

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Cuento de primavera: Lo que faltaba

9 mayo, 2014 By amarias Deja un comentario

Cucusfato, agradecido a la par que confuso, no estaba decidido a intercambiar muchas más palabras con el desconocido que le había pagado el billete del autobús, amén de ser el causante indirecto del regalo de la vestimenta que llevaba.

Pero el trayecto entre Guadalatejo y la capital de la comarca, aunque de apenas setenta kilómetros, que hubieran podido cubrirse a buena marcha en poco más de una hora, se alargaba durante dos y media, debido a las paradas que el vehículo se veía obligado a hacer en cada pueblo del recorrido.

-Así que eres un escapado de la clausura -le provocaba el benefactor-. ¿No te gustaba la carne que tenías a disposición? ¿Preferías el pescado?

Cucusfato callaba.

-Mi hijo estaba ya terminando el bachillerato cuando se le presentó una alergia de la que no teníamos ni idea que podía existir. La llaman alergia acuagénica. ¿Sabes lo que es? -Cucusfato negó con la cabeza, viéndose incapaz para evadir la explicación. El otro prosiguió:

-Parece que estaba provocada por un medicamento que le dieron para curarse de las anginas.  Fue a más, cada vez. No podía ni ducharse, ni bañarse. Se hizo sensible hasta sus propias lágrimas o el sudor.  ¿Te imaginas lo que puede ser eso?

Cucusfato no se lo imaginaba, pero sí entreveía al pobre primer poseedor de la chaqueta que portaba, muriéndose de un grave disgusto, que le habría provocado un mar de lágrimas. Así que, curioso y comprensivo por una vez con el caso, expresó, con lástima:

-¡Qué muerte tan terrible!

-No, no. No murió de eso. La alergia estaba controlada, por fortuna. Murió por unas fiebres reumáticas, como te dije, que se complicaron con una afección cardíaca. Padecía del corazón desde niño, el pobre.

Por fin, el autobús de línea llegó a las cocheras de la ciudad, en donde tenía su última parada. Cucusfato se despidió del amable pasajero que le había estado dando tan sutilmente la tabarra, y se encaminó a la dirección que correspondía a la Notaría.

Era cierta la sospecha de que el Notario titular había cambiado. Pero en los protocolos de la Notaría subsistían los archivos que correspondían a las disposiciones testamentarias de sus padres que, previsoramente -y por presagios de lo que podía sucederles que no viene al caso detallar- habían dejado escritas para el momento en que pudiera sucederles algo.

La titular de la Notaría acogió al muchacho con simpatía.

-¿Cucusfato García, dices que te llamas? ¿Tienes algún documento de identidad contigo?

Cucusfato le enseñó el Libro de Familia que llevaba, y la funcionaria lo analizó con detalle profesional.

-¡Ah, sí, está claro¡ -dijo, tendiéndole el documento-. Pero aquí dice que los hijos de tus padres se llamaban Teodofrosio y Cucusfata. Tu no puedes se Cucusfato, sino Teodofrosio, el mayor.

Cucusfato-Teodofrosio se agarró instintivamente a la silla.

-¿Cómo así?

-Aquí puedes verlo, muchacho. Aunque con letra casi ilegible, pone «varón» -bueno, en realidad, solo se distingue la «v» de todos estos signos caligráficos indescifrables. Así que tú tienes que ser Teodofrosio, y tu hermana, la menor, Cucusfata.

-Quiere esto decir…-elucubró el muchacho.

-Es evidente que tú tienes en este momento dieciocho años y siete meses, es decir, estás perfectamente en plazo para tomar posesión de la herencia que te corresponde.

Teodofrosio dio gracias a Dios por haberle concedido la gracia que le había pedido de manera tan singular.

-Llamaré de inmediato al albacea, para que comparezca y te explique las gestiones que ha llevado a cabo en este tiempo con el patrimonio, y puedas tomar posesión de él.

No fue compleja la localización del albacea, que resultó ser un amigo del Notario que había ocupado la plaza anteriormente, hombre de extremada pulcritud en las cuestiones de los negocios,  quien expresó, luego de las presentaciones, un alivio de trasladar el resultado de sus gestiones a quien era legítimo titular de esos desvelos.

-Fue cuestión de suerte, sin duda, más que de perspicacia -explicó al muchacho, que estaba ya repleto de las emociones que la salida del convento le estaba deparando-. He invertido la mayor parte de los dineros y rentas derivadas de las posesiones de tus difuntos padres en acciones de una compañía de tecnología coreana, y, como no deseaba complicaciones, he ido suscribiendo todas las ampliaciones de capital. En este momento, eres propietario mayoritario de la sociedad, que tiene sus tentáculos en todo el mundo y es uno de los líderes mundiales.

Teodofrosio no pudo evitar derramar algunas lágrimas de alegría y, llevado de un impulso repentino, se levantó del asiento y abrazó al albacea, que, igualmente sensible con el afecto manifestado, lo acogió entre sus brazos, conmovido.

Siendo hombre devoto, por otra parte, no olvidó confesar su pecado de haber creído que las monjas y, en particular, su hermana Cucusfata -ahora, de novicia, Hermana María Indulgente de los Desamparados-, le habían hecho una jugada.

FIN

 

 

 

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Cuento de primavera: El albacea

8 mayo, 2014 By amarias Deja un comentario

Hace algunos años, en una localidad enclavada en un paraje de tierras áridas, vivían dos hermanos, que se habían quedado huérfanos de sus padres cuando solo tenían cuatro y cinco años, respectivamente. Se llamaban Teodofrosia y Cucusfato, nombres que sus progenitores, devotos del Santoral extravagante, les habían impuesto en la ceremonia del bautismo, con la intención disculpable de dotarles de un nombre singular, ya que sus apellidos eran los de Fernández, González y García, por mucho que se ascendiera hasta la enésima rama de su árbol genealógico.

Al morir los papás en un desgraciado accidente, -fue general la conmoción en la comarca cuando el autobús que los conducía de vuelta al pueblo, tras haber ido a la ciudad por un asunto judicial, se salió de la calzada, encontrando ambos su muerte instantánea-, y con el fin de evitar que fueran entregados en adopción a desconocidos, los niños habían sido encomendados al único familiar que les quedaba, Sor María del Amor Dichoso, monja de clausura en un convento de las Agustinas Adoradoras, en el mismo pueblo de Guadalatejo, obtenida que fue la correspondiente dispensa del Sr. Obispo de la diócesis.

La educación que recibieron en tan singular escuela, fue, por decirlo de forma sencilla, incalificable. A Teodofrosia, se la orientó deliberadamente hacia la vocación religiosa, adquiriendo su alma la convicción de que había venido a este mundo para salvar, con su personal sacrificio, de la condena eterna al mayor número posible de descarriados, a base de apretarse más y más el cilicio, rezar de continuo y flagelarse a ratos en la soledad de su celda con un latiguillo de cuero.

A Cucusfato, hecho de otro pelaje, la continuada presencia entre mujeres, ciertamente de variadas edades entre las que predominaban las muy ancianas, pero en donde no faltaban algunas mozas de buen ver a las que sus variadas circunstancias habían conducido al claustro, la permanencia en el convento le llevó a desequilibrios sexuales y sensoriales, que el adolescente aliviaba como podía, con crecientes exigencias a medida que sus impulsos se concretaban.

Consciente de la situación, como la tensión iba in crescendo, la permanencia del joven Cucusfato en las paredes claustrales, fue valorada por las más añejas de las venerables monjas, como de todo punto insostenible. Y un cierto día, la madre superiora, ante la presencia de Sor María del Amor Dichoso, comunicó al muchacho, que tenía por entonces diecisiete años, que no era grata su presencia allí y que debía ganarse la vida fuera de aquellas paredes sacras.

-Nada podemos darte más de lo que ya recibiste de este lugar de pobreza y oración -le dijo la superiora, en tono adusto-. Es cierto que no pudimos darte un oficio, porque está claro que no tienes vocación al sacerdocio, pues tus impulsos hacia la carne te dominan.

Su tía, que padecía de juanetes y tenía muy mala circulación sanguínea, asentía. La priora, continuó su discurso de despedida:

-Debes irte de aquí, antes que tengamos que lamentar una desgracia. Pero, antes, debes saber algo. Aunque no has cumplido todavía la mayoría de edad legal, aquí está el sobre que el Sr. Notario de la capital del municipio, nos ha dejado para ti, cuando nos fuiste confiado, con la condición de que se te entregara cuando cumplieras los dieciocho años. Es cierto que aún no los tienes, pues te falta  un año aproximadamente. Solo que, no siendo tolerable para la tranquilidad de este convento, en donde más de una novicia  me viene manifestando que tu presencia le perturba su vocación, no es posible que permanezcas con nosotras ni un día más.

Ahorrémonos, pues, las súplicas del joven, lo prolijo de los argumentos de la Sor directora y las concordancias silenciosas con las que las corroboraba su tía, defendiendo ambas lo mismo, y tengamos, como así sucedió, a Cucusfato con aquel sobre abultado en la mano, los pies fríos y la cabeza caliente, abandonado a las puertas del Convento, que se le cerraban para siempre.

Hubo lágrimas, desde luego, propósitos de enmienda, balbuceos. Nada impidió que la hermana portera fuera la encargada de conducirlo hasta el umbral del caserón, advirtiendo que no volviera por allí más que de tarde en tarde, y solo para ver a su hermana y a su tía a través del torno o platicar con ellas breves frases al otro lado de las rejas de clausura.

¿Qué podía hacer el muchacho, cuando, se halló deambulando en una calle desierta a cal y canto, en un pueblo del que no conocía más que el trozo de acera que había atisbado desde la ojiva que daba escasa luz a su minúscula celda? ¿Cómo habría de enfrentarse a un mundo con el solo bagaje de lo que había deducido por los cantares monótonos de los jilgueros y mirlos que, de tarde en tarde, venían a posarse en los naranjos del patio del convento en donde habían transcurrido los últimos trece años de su corta vida? ¿Le servirían de algo los relatos, plagados de incongruencias, dogmas y elucubraciones con las que las monjas dejaban transcurrir los escasos momentos en que se les permitía hablar en los recreos?

Lo que hizo, ante todo, fue abrir el sobre. No entendió todo su contenido a la primera, y lo leyó, por tanto, varias veces. Comprendía el involuto varias hojas, todas ellas con membrete de la Notaría, de las que vino a entender que sus padres habían dejado este mundo siendo muy recientes poseedores de una considerable fortuna. Un montante, en dinero y propiedades, que estaba siendo administrado por un albacea, cuyo nombre también figuraba en el escrito, y que le sería entregado al cumplir los dieciocho años.

En el escrito se dejaba expreso, por otra parte, que su hermana mayor, que, por lo dicho, acababa apenas de cumplir los dieciocho, habría sido destinataria de un sobre similar, por el que se la declaraba propietaria de un patrimonio idéntico al que él recibiría, llegado su momento. Teodofrosia, pues, coligió Cucusfato, tenía que haber sido a estas alturas ya conocedora de su riqueza y, a no dudar, habría tomado posesión de la misma.

-¡Ah, la muy taimada! -reflexionó el muchacho, argumentando para su coleto-. Nada me dijo de esos bienes de los que mi hermana habrá tomado posesión. Sospecho, pues, que los ha donado al propio Convento, o, tal vez, los habrá entregado a los pobres, aconsejada por mujeres que no tienen ojos más que para lo que no sea de este mundo.

La tarde se le echaba encima, y no teniendo previsto, claro está, dónde y con qué pasar la noche, consciente de que la ciudad estaba lejos -un indicador de carretera expresaba que había setenta y tres kilómetros hasta ella desde Guadalatejo- se puso a meditar la actuación que correspondía, sentado en un banco del parquecillo local.

-Puedo ir al Notario y, en el supuesto de que aún viva, contarle la situación a él o a su sucesor, y pedirle a ese albacea cuyo nombre figura en el papel, que me adelante algunos dineros a cuenta de lo que me corresponderá cuando cumpla los dieciocho.

Sin embargo, no le parecía del todo pertinente hacer tal descubierta. Con sus perspicaces entendederas, cimentadas a base de leer pasajes bíblicos, concluía: «Lo más seguro es que me digan, obstinados estos funcionarios en cumplir estrictamente con lo que se les tiene mandado, que la condición no está cumplida, y me den largas hasta que tenga los dieciocho».

-Otra opción es que vuelva al Convento, le pida a mi hermana y a la superiora que reconsideren la situación, por caridad,  y que me dejen estar unos cuantos meses más, comprometiéndome a no mover ni una ceja ni, mucho menos, a volver a levantar faldón alguno, hasta que me venga la mayoría de edad que estos legales documentos quieren para mí.

Con todo, descartaba también esta posibilidad, pues, dado el comportamiento que habían tenido su tía, la madre Superiora, y hasta su propia hermana, con él – a todas las cuales suponía conocedoras de las estipulaciones-, se obsesionó en deducir que le habrían de negar la entrada en el Convento, dándole, de nuevo, con el portón en las narices, y aún con más saña.

Estos y otros pensamientos le embargaban la sesera, con tanto desorden y tal fuerza, que, ya con las primeras oscuridades de la noche, estando en ayunas de la cena, consumido el bocadillo de queso que le habían metido en un hatillo, con la cartilla de nacimiento y un bizcocho de almendras, se quedó dormido.

Allá, amortiguados, pero, siendo para él del todo conocidos, le llegaban los rezos y cánticos de las monjas, ocupadas entonces en las oraciones vespertinas que, excepcionalmente, le sirvieron aquella vez de nana arrulladora.

Despertó al alba, sobresaltado, con el toque a maitines. Tenía los músculos doloridos por la cruel postura, ya que las maderas del banco se le habían encajado en la espalda juvenil. En un acto reflejo, se levantó de un salto, y aún medio dormido, hacía como que se disponía para acompañar al séquito de adoradoras a la capilla, cuando se dio cuenta que no había ya que cumplir con esa obligación de las internas, pues era libre, y potencialmente rico, aunque en futurible.

-Daría cualquier cosa -expresó en voz alta- por tener un año más. Si todos los años de rezos y plegarias me han servido de algo, quisiera pedir a Quien todo lo puede que, si no le es molestia, me ponga encima los más de trescientos días que me faltan.

En aquel momento, se desató una terrible tormenta. Las nubes se vaciaron con ganas sobre el pueblo y, acompañado el aguacero con estrépito de truenos, un rayo cayó justamente en el árbol más alto del parquecillo, partiéndolo en dos como si fuera mantequilla.

-Entiendo que esa es la respuesta que pedí -dijo, cayendo de rodillas, y poniendo los brazos en cruz-. Se me ha concedido lo que pido.

Y así, mojado como estaba hasta los tuétanos, fue directo al autobús que había en la plaza y que, en efecto, tenía por destino la capital del municipio, donde se sentó en uno de los asientos libres.

-Debes sacar el billete, muchacho -le exigió el conductor del vehículo, acercándose a él.

-Perdone, Vd. Pero no tengo dinero. Aunque le advierto: Dios está conmigo y acabo de cumplir los dieciocho años, por su divina intercesión.

-¡Ah! -le espetó el cobrador, que era el mismo que conducía el vehículo, y que era agnóstico- En ese caso, han de ser dos los billetes. Y, por si no lo sabes, solo los niños acompañados de sus padres no pagan billete. Así que, o pagas, o tendrás que bajarte.

El muchacho se le quedó mirando y, aturdido, acertó a explicar:

-Me llamo Cucusfato García, y mis padres eran ambos de este pueblo. Soy huérfano y he estado hasta ahora viviendo en el Convento de clausura, con mi hermana y mi tía.

Fue, en verdad, providencial. El vecino de al lado, un anciano de testa venerable, le tendió la mano, con una sonrisa.

-Yo pago el billete de este joven.

Cucusfato vio cómo su vecino sacaba la cartera y, sorprendido por su gesto, le preguntó, tratando de hilvanar todos los hilos que se acumulaban en su juvenil cabeza:

-¿No será Vd., por casualidad, el albacea de la herencia de mis padres?

El anciano negó con la cabeza.

-¿El albacea? No, no, qué va. Solo que he reconocido, en el traje que llevas, el que yo mismo entregué al convento hace unos meses, que perteneció a mi hijo, que falleció de unas fiebres el verano pasado.

Cucusfato se sonrojó, apretándose mejor, de forma instintiva, la chaqueta con la aparente pretensión de ajustarse los botones, con manos temblorosas y sabiéndose mojado hasta los tuétanos. Estaba todavía convencido de que le había pasado el año en un pispás, si bien lo que sucedió después es mejor contarlo en otro cuento, si nos quedan ganas de continuar con la historia.

FIN

 

 

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Cuento de primavera: La faja pirítica, el yelmo romano y el gurumelo

4 mayo, 2014 By amarias Deja un comentario

Mi amigo Ignacio Pausanio sacó nuevamente el teodolito de la funda de cuero, desplegó el trípode, y pidió a su ayudante improvisado -un lugareño que nos acompañaba como guía por aquellos lugares de los que a Ignacio se le había solicitado un levantamiento topográfico y la evaluación de la riqueza mineralógica- que se alejara más o menos cien pasos, sosteniendo un extremo de la cinta métrica que el sujetaba por el otro.

-En línea recta -le apremió, como si se tratara de la primera vez que le daba la instrucción aquel día-. Mientras tanto, yo ajustaré el aparato.

La mañana había amanecido bastante fresca. Cuando metimos los cachivaches de trabajo en el viejo automóvil, yo daba por supuesto que, como el día anterior, en un par de horas estaríamos de vuelta a Valterroso tomando el aperitivo.

Ahora, aparcado el vehículo en algún lugar de aquellos parajes de la Sierra del Cuerno que, al menos yo, no sería capaz de volver a encontrar sin la ayuda de la casualidad,  y tras haber recortado a pie, -cargados ellos con  los bártulos y las libretas, y yo con mi colección de piedras-, más crestas que un sexador de pollos (la frase no es mía), estábamos sedientos, sofocados y cansados.

Empeñado en recoger pedazos sin método de aquella naturaleza para meterlos en una bolsa de tela que llevaba -una especie de zurrón-, yo no resultaba a Ignacio de mucha ayuda.

Tampoco me lo había pedido, prudente como él era, metódico hasta lo inimaginable. Sus muestras estaban rigurosamente identificadas, introducidas cada una en su correspondiente bolsita de plástico, en la que también colocaba un papel con la descripción del lugar, sus coordenadas geográficas, la profundidad de la toma (no dudaba en bajar por algunas simas abiertas) y quién sabe qué otras características misteriosas para mí.

Por mi parte, llevado por una afición neófita a las piedras, seguramente surgida de lo más visceral y atávico, a diferencia de lo que para Ignacio representaban, yo había hecho su mismo camino acumulando trozos de minerales y rocas, solo por el hecho de ser más relucientes que otros, o porque sus formas me parecían caprichosas o extraordinariamente regulares.

Ignacio les ponía nombres estrambóticos para mí, que para él resultaban de la identificación que surgía de su cerebro como lanzada por resortes: melaconitas, tetraedritas, erubescitas o marcasitas, eran palabras que atribuía a lo que yo depositaba en su mano, sin que distrajera su atención inquebrantable.

-¿Qué vas a hacer con ellas? -me preguntó, por fin.

-Tengo una idea aproximada. Cuando vuelva a Madrid, las pondré todas juntas en mi mesita de noche y les pediré su intercesión providencial -le había contestado, con insolencia improvisada.

Sin embargo, cuando el bolso cargado de piedras empezó a pesarme y noté que las aristas de algunas de aquellas muestras pétreas me marcaban la espalda, fui volviéndome cada vez más exigente con la recolección y, vencido, acabé vaciando todo el contenido, junto a un aladierno solitario, despidiéndome de ellas para siempre.

-He perdido la ocasión de comprobar si lo que me has venido diciendo es o no correcto -le dije a Ignacio, feliz con el alivio tan fácilmente conseguido.

-No te preocupes, puedes recoger tu colección a la vuelta, si es que encuentras solo el camino, porque hoy ya no pasaremos de nuevo por aquí. Eso sí, no me pidas que te diga nuevamente su nombre: volverán a ser para ti solamente piedras -me replicó, simulando despecho, concentrado, como siempre parecía, en hacer bien un trabajo que para mí, por entonces preparando por tercera vez las oposiciones a secretario de Ayuntamiento, rozaba lo ininteligible.

-¡Ingeniero, ingeniero, aquí hay algo! -gritó, de repente, el mozo, alborozado, señalando un lugar en la tierra.

-Voy, voy. Pero, por favor, no tires al suelo la mira, que es de la empresa, no mía -le calmó Ignacio.

Yo mismo, que estaba en aquel momento sosteniendo la otra mira, por indicación amable del director de aquellos especiales trabajos, no pude contener la curiosidad, y, abandonando también en el suelo el listón de madera pintarrajeado de singular manera, me acerqué a donde apuntaba el muchacho.

Cuando llegué al sitio que había llamado la atención del mozo, no vi nada especial.

-¿Qué hay? -pregunté, después de deslizar la vista varias veces por la tierra algo húmeda, en donde sí advertí que la gran masa verdosa que Ignacio llamaba diabasa, aparecía más fértil, dentro de un paraje bastante yermo.

-Aquí, bajo ese montoncito que sobresale, empujado por él. Un gurumelo.

Y, con las manos, ayudándose de una navaja que sacó del bolsillo, desplegó un huevo blanco, del tamaño algo mayor que una pelota de tenis.

-En este sitio hay amanitas, ingenieros. Menuda riqueza -expresaba, alborozado, el muchacho.

Ignacio cogió el ejemplar de amanita ponderosa que se le tendía, y lo limpió con la mano del resto de tierra.

-Bien, bien -afirmó, persuasivo-. Las setas son interesantes, pero la razón por la que hemos venido hasta aquí no son estos hongos, sino que estamos a la busca y captura de la franja pirítica.

Después se dirigió, sucesivamente, a mí y al joven lugareño:

-¿No es verdad, leguleyo? Porque mi amigo no es ingeniero, muchacho. Es licenciado en derecho, honrada profesión, sí, pero alejada de piedras y metalurgias.

-Eso, eso -suscribí yo-. Y cuando la encontremos, la tal faja, la conduciremos a  la autoridad competente, para que la juzgue como es debido.

A la caída de la tarde, ya de vuelta a la posada, llamé a mi novia de entonces, una muchacha encantadora que estudiaba en la Escuela de Turismo, y que se llamaba Rolena, como su madre.

-Te quiero -le dije, mintiéndola, como pensaba hacer cada día de aquellas vacaciones que me estaba tomando por el Sur, y que deberían haberme servido para hacerme reflexionar sobre nuestros verdaderos sentimientos, muy alterados; quiero decir, erosionados.

-Tengo que decirte algo -me contestó, con una voz que resultaba áspera y no lo melosa que hubiera deseado; había un trasfondo de risas y jolgorio impropio del reposo domiciliario en el que la imaginaba, una residencia de señoritas universitarias.

-Ha sido un día inolvidable -proseguí, disimulando la inquietud que había empezado a aflorar por la cresta mis sentimientos falseados- Ignacio cree haber encontrado la montera de la faja pirítica, en una zona hoy abandonada, pero en la que, con seguridad, estuvieron los romanos hace casi veintidós siglos. Hemos encontrado un pocillo, de los que utilizaban para ventilación de sus minas, en el que descubrimos un trozo de yelmo y, tal vez, un resto de pica abandonado por algún esclavo.

-Me alegra por ti, que paséis el día entre fajas y sostenes – oí decir al otro lado del hilo telefónico, por una voz que carecía de  emoción -. Así podrás asimilar mejor lo que tengo que decirte. Que te lo voy a expresar sin reservas ni medias palabras.

-¿Has suspendido? -se me ocurrió preguntar, para aliviar presión. Porque no necesitaba escuchar lo que deseaba decirme Rolena. Conocía el contenido, la ley y el exacto valor de mi franja afectiva.

-Siempre tan gracioso -casi deletreó ella-. Sabes que no me examino hasta finales de junio. Voy al grano. Lo nuestro está agotado. Te dejo con tu amigo pirómano.

En la casa de huéspedes, advertí, en el mismo lugar que la noche anterior, una salamanquesa gigantesca, adherida como una lapa a la pared del cuarto, junto a una fotografía ajada de lo que habrían sido antepasados de la patrona.

Sin venir a cuento, me puse a reir, convulsa, estúpidamente.

-¿Agotado? ¿Sin reservas? Ignacio asegura que aquí hay mineral para, por lo menos, cien años. Y que lo sepas: si fallan las piedras, están los gurumelos, y si se agotan los gurumelos, en el pueblo dicen que se pondrán a recoger los yelmos, las cadenas y las picas que sembraron en su época, los romanos.

Fue ella la que me colgó.

Han pasado treinta años y, al volver a recorrer estos lugares, siguiendo un impulso inexplicable, guiado por el mismo mozo que nos había acompañado entonces, convertido en propietario del restaurante de Valterroso,  me pareció que un montón de piedras que encontramos junto a un aladierno, era el mismo que yo había dejado abandonado. Solo que, sin Ignacio a mi lado, resultaban piedras anónimas, tierra sin sentido.

Eso sí, el pote de gurumelos y espárragos trigueros me trajo aromas a la juventud  perdida y tuve un momento de paz, anclado a esa memoria.

FIN

 

 

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Cuento de primavera: Obra inacabada

3 mayo, 2014 By amarias 1 comentario

Carmen G. volvía a su casa, luego de asistir a la reunión semanal de damas adoradoras del santo recogimiento, cuando alguien la abordó por detrás, cogiéndola por un codo:

-Perdone, señora, mi atrevimiento. Quisiera pedirle algo.

La mujer, sobresaltada, contestó de inmediato como corresponde:

-Tengo mucha prisa.

Había, sin embargo, paz en el rostro del desconocido, lo que sirvió como antídoto al momento de desagrado que Carmen G. había padecido.

El hombre, extranjero por su aspecto -tenía los ojos azules, casi grises; pero, sobre todo, lo que destacaba era su atuendo, demasiado abrigado para el tiempo que hacía-, se colocó frente a la joven y, con un tono entrecortado que ella atribuyó a la larga frase que pronunció, demasiado compleja para su conocimiento del idioma, explicó:

-Me llamo Vassili Grigorieviz Zaitsev. Soy ruso, y mi oficio es el de pintor de iconos. Estoy preparando mi nueva exposición. La he visto e inmediatamente sentí una fuerza interior que me decía: «Esta mujer es la viva imagen de Nuestra Sra. Kazanskaia», la bendita virgen de Kazan.

Carmen G. no sabría decir si estaba complacida por lo que era, evidentemente, un elogio a su belleza, o si, al observar mejor el rostro del desconocido, apreció inconscientemente su atractivo físico y lo asumió como valor de cambio.

No era un impulso sensual, sino el fruto de la curiosidad sobrevenida hacia quien había tenido el arrojo (¿la desfachatez?) para asaltarla con una propuesta insólita, en la mañana templada de final de primavera de aquella anodina ciudad de provincias, regalándole los oídos. Se sintió adulada, y nadie desprecia ese sabor dulce que el espíritu apetece y paladea, tanto estando ahíto como en ayunas.

Guardó silencio, que el llamado Vassili aprovechó para completar su mensaje:

-Me gustaría pintar su rostro. ¿Me concedería ese honor? No tardaré mucho en realizar mi apunte, porque soy maestro en pintura rápida.

Carmen G. repitió algo, con menor convicción, respecto a la prisa que llevaba; habló de las dificultades por las que entendía que no sería sencillo encontrar abierto un café adecuado a aquella hora del día; indicó que, en efecto, su casa estaba cerca, pero que no parecía conveniente utilizarla como estudio de pintura circunstancial, ya que se marido estaba fuera, trabajando; admitió, finalmente, que, si no era posible otra opción y, puesto que Vassili se comprometió a estar de vuelta en media hora con su canvás y los tubos de pintura al óleo, ella tendría tiempo para cambiarse de ropa y avisar a una vecina para que estuviera presente durante la sesión.

–Porque no quiero estar sola, ¿sabe Vd.? No porque le tenga a Vd. ningún miedo, sino por el qué dirán.

No estaría completamente segura de si llegó a pronunciar la frase, aunque podría jurar que lo había pensado y si no la dijo, fue porque algo la distrajo.

Al cabo de media hora exacta, Vassili Grigorieviz Zaitsev apareció en la dirección que Carmen G. le había indicado, portando un caballete de viaje, un lienzo de tamaño más bien reducido, y un maletín muy coloreado con los inequívocos pegotes de pasta de material repetidamente usado.

La joven casada no había llamado a ninguna vecina, pero se había cambiado de ropa. Llevaba una blusa verde, estampada, que resaltaba su mirada de gacela, y que, con el cuello entreabierto, dejaba asomar la cadena con la medalla de la virgen de Guadalupe, elegida como amuleto de su virtud.

Vassili buscó el lugar con la mejor luz, recorriendo, con discreción y profesionalidad, toda la casa. Decidió que el ángulo solar más adecuado para resaltar la pureza del rostro de Carmen G. era el saloncito contiguo a la habitación principal (el dormitorio del matrimonio propietario), y allí desplegó sus útiles, rogando a la bella mujer que se sentara enfrente, con la mirada volcada hacia la ventana, que abrió, con su permiso.

Un golpe de aire algo fresco provocó un escalofrío en la joven, cuya piel se crispó, erizándose los pelillos de sus brazos torneados por los ángeles (así se expresó el artista).

-Le ruego que se esté quieta, en lo posible, para que pueda captar la esencia, el espíritu de su divina belleza -decía el ruso, moviéndose del caballete a la silla en donde se encontraba la mujer, a la que tomaba delicadamente por la barbilla, orientando milimétricamente el ángulo de su rostro hacia la luz o, alcanzada mayor y más serena confianza, abrirle un poco más -unas centésimas de micra, una nadería- los bordes de la blusa que encerraba el misterio de los senos turgentes.

Carmen G. se sentía algo más azorada, un si es no es más nerviosa, a medida que pasaba el tiempo, deseando intensamente que todo terminara en cualquier dirección imaginable.

De pronto, alguien abrió la puerta de la calle, y unos pasos decididos se oyeron, pasillo adelante. Vassili, en cuestión de segundos, recogió el lienzo y el caballete. El esposo de la joven entró en el salón de la vivienda, llamándola:

-¡Carmen! ¿Estás en casa? ¡La luz del recibidor está encendida!.

Carmen G. se levantó de la silla, nerviosa sin poder explicar exactamente la razón, y fue al encuentro de su esposo. Vassili la siguió, como un cordero. Carmen G. besó al esposo de Carmen G., como cada día; tal vez, de forma algo más fría que de costumbre.

-El famoso pintor ruso Vassili Grigorieviz Zaitsev me ha pedido que posara un momento para un icono. Dice que me parezco a la virgen de Kazanskaia -explicó a su querido esposo, que se sorprendió muchísimo de encontrar a otro hombre en la casa.

-¿Vassili Grigorieviz?¿Como el famoso tirador ruso de la batalla de Stalingrado? ¿Zaitsev, el que no fallaba un disparo? ¿Exactamente se llama Vd. como él, con su mismo apellido? -fue lo que se le vino a la mente.

La batería de preguntas debió resultar suficiente para que el desconocido, el supuesto pintor de iconos, se escabullera, abandonando precipitadamente el lienzo en el que había estado, teóricamente, pintando a la hermosa dama.

El esposo recogió el lienzo, un bastidor rústico en el que había una tela sin encolar, imposible soporte para ninguna pintura, pues no era impermeable. Estaba blanco como una sábana de lino recién lavada, como el papel de una resma apenas abierta, como las nubes que emergen de una batería de hornos de coque durante el apagado.

Carmen G. se quedó pensando, mientras su esposo la reconvenía por su credulidad, aunque había más razones.

FIN

Publicado en: Cuentos y otras creaciones literarias, Sin categoría Etiquetado como: cuadro, cuento de primavera, cuentos, esposa, óleo, pintor, Vassili, virgen

Cuento de primavera: La mujer y la serpiente

2 mayo, 2014 By amarias Deja un comentario

Cuando la mujer, especie única, -como todas las demás que se encontraban en el jardín de las delicias-, estuvo segura de que el hombre se había marchado de paseo con el león y la elefanta, llamó a la serpiente, con la que tenía particular confianza, al descubrirla, solazándose sobre unas piedras, como acostumbraba.

-¡Ven aquí, criatura, que tengo que contarte algo!

El ofidio restregó, de forma voluptuosa, su piel escamosa contra los trozos del conglomerado al que estaba aupado.

-¿Por qué no vienes tú a mi lado, preciosa, ya que eres tú la que tiene el interés? -replicó, con su voz aflautada, pues el invierno había sido, como siempre, crudo.

La mujer, condescendiente con la insolencia, habitual en la serpiente, lo que la hacía ser objeto de regulares críticas en el delicioso jardín, se acercó al bicho, sin el menor recelo ni asco, y le confesó al oído con misterioso empaque:

-Creo que estoy embarazada.

La serpiente no pudo menos que expresar su incredulidad con una ruidosa carcajada. Una lagartija que se encontraba cerca quedó tan petrificada por la estentórea manifestación, que se empapizó con el aire del que sorbía su mágica dosis alimentaria.

-¡Embarazada! ¿Tienes idea de lo que eso significa? ¡Estamos en el Paraíso, donde todo lo que existe es eterno! Somos los que somos, y punto. Ni uno más, ni uno menos. Y aquello que no es, no tiene realidad, porque el territorio de la imaginación no pertenece a nuestro alcance.

-Ya, ya se que lo que planteo es imposible de toda imposibilidad. Pero no me expresaría de esta forma, si no fuera porque tengo determinados síntomas. Lo que siento es nuevo, y, como no tengo forma de referirme a ello de otro modo, lo llamo embarazo, que es la palabra que, sin saber por qué, se me ha ocurrido como apropiada.

En el jardín de las delicias, el rumor de los riachuelos y fuentes naturales proporcionaba una agradable sensación de orden, a la que contribuía, sin duda alguna, el que las cosas sucedían siempre de forma predecible, siguiendo una secuencia lógica inmutable.

-¿Síntomas? ¿Determinados síntomas? -el escamoso animal puso énfasis en el adjetivo- ¿Te refieres a sensaciones nuevas? ¿Como cuales? -preguntó, retorciéndose de risa, regodeándose de lo que entendía como simpleza de la mujer.

-Te lo cuento, con el ruego de que mantengas toda discreción y reservas -dijo la bípedo, que se sentó al  lado de la serpiente, con cuidado de no rozarla, y continuó su plática:

-Ayer, cuando el hombre llegó de su habitual paseo de cada tarde, me pidió que escuchara lo que tenía que decirme. Me dijo: «Es importante». ¡Fíjate! ¡Importante, otra palabra extraña!

Una suave brisa movió los cabellos de la mujer, que eran de un color entre castaño, rubio y pelirrojo, según la evolución de la luz que incidiera sobre ellos. Desde que había aparecido en el jardín, era conocido a todos los demás seres que lo habitaban, que el hombre había puesto sus ojos en ella.

-Me solicitó luego, con hermosas palabras elegidas entre las más raras de las que forman nuestro lenguaje, que me sentara sobre su regazo, y, con extremo cuidado, manoseó mis pechos y mis muslos, lo que me provocó una sensación que nunca había sentido antes. Luego, me susurró esto al oído, a lo que doy vueltas desde entonces, sin poder quitármelo de encima: «Cuando no te veo, siento que te imagino; y cuando te imagino, tengo celos de todo aquel que te esté viendo».

La serpiente observó a la mujer. Como era el animal más antiguo del jardín y, por su agilidad y destreza para ocultarse, también era reputado como el más sagaz, tenía una amplia capacidad para detectar el mínimo cambio que no correspondiera al orden regular, perfectamente sincronizado y establecido por el regulador del ritmo eterno.

-Aunque de aspecto rudimentario, me atrevería a afirmar que eso que te ha comunicado el hombre es una poesía. Es, sin duda, un elemento ajeno a nuestro mundo. El hombre te ha metido en el cuerpo una aberración procedente del jardín vecino, llamado de la Imaginación o la Sensibilidad. No se cómo pudo llegar hasta él esa especie tan peligrosa, y sospecho que el hombre ha cometido el error de adentrarse en ese otro jardín. Te lo digo muy en serio: aléjate del hombre. Está contagiado por el mal de la sensibilidad, que es extremadamente dañino para nosotros. Échalo de ti, porque te traerá desgracia.

-No me asustes, que no te creo. La sensación que tuve no fue de desagrado, sino de placer, algo diferente completamente a lo que había sentido antes, en toda la anterioridad, en este jardín de las delicias -puntualizó la mujer, que no deseaba perderse en disquisiciones, pues empezaba a desarrollar, de forma natural, el antídoto contra la dosis de sensibilidad que el hombre le había introducido en la cabeza-. Pero lo que, en realidad, me importa ahora es saber si estoy  o no embarazada. Porque, después de haberme dicho esto que te cuento, el hombre…

La serpiente lanzó un silbido penetrante y se escabulló en una grieta. Antes de desaparecer, la mujer le oyó decir:

-Nos vemos mañana junto al manzano, el árbol que está en medio del jardín. Te aseguro que no estás embarazada, desde luego, porque aquí somos todos estériles. La especie a la que pertenece el hombre y la tuya son tan diferentes como lo soy yo de un cocodrilo. Pero, o mucho me equivoco, el hombre y tú habéis encontrado la intranquilidad, y seréis expulsados en cualquier momento de este Paraíso. Se acabó el recreo, que es frase que se me acaba de ocurrir, y que no se lo que significa.

Por la noche de aquel día, cayeron, no se supo nunca si de forma natural o forzada, las barreras que separaban el jardín de las delicias del de la imaginación, y hubo bastante confusión, que persiste todavía. Y si no fue por aquella noche, por alguna de las inmediatas siguientes, resultó que la mujer quedó embarazada, esta vez, sin acudir a la poesía.

FIN

Publicado en: Cuentos y otras creaciones literarias Etiquetado como: cuento, cuento de primavera, delicias, embarazo, hombre, imaginación, mujer, placer, serpiente

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