Al socaire

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Cuento de Primavera: El candidato incómodo

19 mayo, 2014 By amarias Deja un comentario

La recepcionista observó de arriba abajo al hombre que tenía ante sí. Aparentaba tener unos cincuenta y tantos años, y, a pesar de la petición que le había formulado, parecía normal. Pacífico. No lo había visto antes, no tenía características físicas resaltables, estaba correctamente vestido -no había pirsíns en sus orejas, no llevaba pantalones a media pierna o chancletas-.

-Disculpe, no entendí bien su nombre. ¿Se llama usted…? -dijo la joven, para ganar tiempo. El visitante había solicitado ver al Presidente del Partido, pero ella tenía órdenes estrictas de no dejar pasar a nadie que no perteneciera a la Junta Directiva. La Ejecutiva estaba reunida desde primeras horas de la mañana discutiendo los puntos fuertes del programa electoral que se presentaría a los medios de comunicación, que habían sido convocados para la rueda de prensa a la una de la tarde.

-Me llamo Ciudanelo Concientrado -dijo, pausadamente, el desconocido.

-¿Y el motivo por el que desea ver al Presidente es…?

El Sr. Concientrado expresó su propósito con naturalidad.

-Como le dije antes, quiero presentarme como candidato a las próximas elecciones.

La señorita recepcionista repasó, como si pretendiera la confirmación, lo que ya había escuchado con anterioridad, resaltando lo que le resultaba de una incongruencia insalvable.

-Pero usted me ha dicho que no es miembro del Partido, ni conoce a nadie de la directiva..´.

-Puede añadir algo más -indicó Concientrado- no tengo ni idea del programa de este Partido, ni me interesa. Solo quiero presentarme ante quien tenga la autoridad en esta organización para ofrecer mi candidatura como cabeza de lista a las próximas elecciones. Eso sí, con una condición: será con mi propio programa.

La joven se fijó entonces en que el individuo tenía en la mano un folleto de colorines en el que, por lo que podía intuirse, figuraban varias frases escuetas, escritas con letras bastante grandes. Perfeccionó su impresión inicial de que, a pesar del aspecto normal, el tipo debía estar mal de la cabeza.

Concientrado parecía haber tomado carrerilla en la expresión del propósito que le había guiado hasta allí, porque continuó, -haciendo caso omiso de lo que, como cualquiera habría descubierto, era una oposición formal de la empleada-, dando sus explicaciones:

-Usted no me conoce, y no creo que me conozca tampoco ninguna de las personas de la Ejecutiva de la agrupación política que le emplea como recepcionista.  No se ni quiénes son. Tengo sesenta y un años, he conseguido una posición desahogada como profesional. No tengo necesidades económicas ni ataduras empresariales, personales o políticas. No debo nada a nadie. Estoy al cabo de todas las calles y enfocando ya la etapa final de mi vida. Por eso, he creído que ha llegado el momento de devolver a la sociedad los réditos de lo que me ha dado, ofreciéndole mi visión de lo que habría que hacer para solucionar los problemas actuales.

La joven respiró, aliviada, al advertir que Jorgesindo de la Dehesa, el responsable de Relación con los Media, acababa de salir de la Sala de Reuniones para tomar aire.

-Sr. de la Dehesa, ¿tiene un momento para atender al Sr. Concientrado? -preguntó, al vuelo.

-Lupicinia, sabes que estoy muy ocupado, no tengo tiempo para..-se excusó el interpelado.

Concientrado le tendió la mano.

-Mi mensaje es directo, Sr. de la Dehesa. Quiero ser cabeza de lista de su partido en las próximas elecciones. Traigo mi programa, y solo necesito un partido para ganar. He elegido el suyo porque figuran ustedes como uno de los tres que están igualados en las encuestas, aunque con la particularidad de que aún no han dado a conocer su programa. Eso me interesa. Se trata, al fin y al cabo, de evitar el desgobierno que provocarían tres programas, tres alternativas igualadas en representación…

El Sr. de la Dehesa echó una mirada de escrutinio sobre el personaje.

-Lo siento, Sr. Concentriado -(Concientrado, le corrigió el interpelado)-. Estamos justamente ahora decidiendo los puntos claves de nuestra oferta electoral, y estamos muy apurados. Además, como comprenderá, las listas están cerradas.

-Ahí está el punto -incidió el extraño-. Mi propuesta no tiene ninguna contaminación política, por lo que no me importa quiénes vayan conmigo en la candidatura. Incluso, sería deseable que fueran ciudadanos anónimos, desconocidos. No caiga en el error, sin embargo, de pensar que mi programa carece de carga ideológica. La tiene, y mucha. Pero me resultaría inaceptable que no pudiera ser asumida por un partido que pretendiera gobernar para la mayoría. Ofrezco mi experiencia, mis conocimientos y mi capacidad.

-Todos los candidatos…- intervino De la Dehesa; quería decir algo respecto a que ese era el espíritu que guiaba a los seleccionados por la lista de su partido. Pero Concientrado estaba embalado.

-Todos los candidatos -dijo, utilizando su comienzo de frase- se centran en temas marginales, con ideas de poco contenido y sin exponer soluciones: ¿la corrupción de los demás partidos?: no me interesa; ¿lo bien o mal que lo hacen o va a hacer los demás?: es una petición de principio o una opinión sin refrendo formal. ¿Dónde están las fórmulas concretas para solucionar el problema del paro? ¿Aumentar impuestos? ¿Incrementar el consumo? ¿Animar a que todo el mundo invierta sus ahorros?: todo lo que se propone tiene partidarios y detractores. Por no hablar de lo que no admite  discusión: ¿Proteger el ambiente? ¿Generar más recursos? ¿Mejorar el poder adquisitivo? ¡Claro! Pero no me digan lo que hay que hacer, sino cómo hacerlo.

-Puedo estar de acuerdo con Vd. en el análisis, pero no en el diagnóstico -admitió el Sr. de la Dehesa, por decir algo-. Nosotros estamos, justamente, analizando las propuestas para resolver las cuestiones que preocupan a la sociedad, y le aseguro, que nuestra voluntad es…

-Conozco esa forma de argumentar, pues es la que hemos oído muchas veces. Pero, le repito:¿saben cómo hacerlo? -la pregunta resultaba insolente, pero el Sr. Concientrado, continuó, sin esperar la respuesta del otro-. Estoy seguro de que no, pero no se preocupe. Nadie tiene la respuesta perfecta. No existe mente humana que pueda pretender tenerla. El futuro es esencialmente imprevisible, depende de demasiadas variables que no controlamos, y la historia demuestra que el ser humano no sabe hacer predicciones infalibles. En mi programa, del que le hago entrega en este momento oficialmente de una copia -le alargó un ejemplar-, indico la fórmula de encontrar las respuestas. No digo que las tenga, sino que sé la manera de detectarlas en el camino.

Al Sr. de la Dehesa aquellos papeles le tenían sin cuidado. Los recogió, aparentando comprensión y un interés formal, y, con tono afable, le indicó algo así como «Muchas gracias, lo estudiaremos con atención». Se disponía a volver a la sala de Reuniones, en donde suponía que ya estarían inquietos por su ausencia.

Concientrado no era tan fácil de desviar.

-No tengo la menor idea de si ustedes pretenden enfocar su programa con base a proponer aumentar los impuestos a los más ricos, animar algo al consumo, invertir aún más en quién sabe qué infraestructuras, privatizar más, reducir hasta donde les parezca el gasto público, disminuir o congelar las pensiones, cambiar el plan educativo o la forma de impulsar la investigación, aumentar o eliminar las prestaciones sociales o, simplemente, piensan que les bastaría con salir del paso con cuatro obviedades, y tener suerte de despertar la simpatía por su candidato en algún debate televisivo,  para conseguir la mayoría en las elecciones y dejar pasar otros cuatro años confiando en que la coyuntura mejore y alardear después de que ha sido gracias a su programa…

De la Dehesa farfulló algo. No se le entendió.

-Me he tomado la molestia, aunque lo he hecho con gusto -prosiguió Concientrado- de reunirme con más de doscientas personas de los más diversos sectores -empresarios, defensores ecológicos, parados, funcionarios públicos,  jóvenes con ideas, profesores universitarios, jubilados, sí,…, también algunos políticos…- y he sacado mis conclusiones, que están aquí, en este programa. Todo el mundo tiene alguna idea, pero su coincidencia mayor es echar la culpa a alguien distinto de ellos mismos, acerca de lo que está pasando.

De la Dehesa, que no quería aparecer como insolente, se había detenido en su marcha por el pasillo. Concientrado se animó a contar algo más:

–La clave de este programa, como le decía, es que no hay programa, sino el compromiso de que todas mis actuaciones serán transparentes para la totalidad de los ciudadanos.  Concibo la política como un servicio, no como una profesión, ni como una carrera de obstáculos. Los que colaborarán conmigo serán personas que no estarán preocupadas ni por su salario, que no tendrán, ni por aumentar sus méritos, porque ya no los necesitarán. Ofrecerán sus capacidades. Todas nuestras reuniones, las de todo el Gabinete, serán públicas. Cuando nos reunamos con cualquier agente social o económico, todo el mundo podrá valorar lo que proponemos que se haga, o se deje de hacer y conocerá directamente las resistencias, si las hay, o las propuestas, si se les ocurren, de los que opinen lo contrario. Como en el programa solo ofrezco capacidades, ya que los objetivos serán de toda las sociedad, pondremos en pie una actuación flexible, adaptativa, coherente con lo que se crea mejor en cada momento y, por todo ello, estrictamente revolucionario.

Al Sr. de la Dehesa, que llevaba ya veinte años como responsable de Prensa, se le ocurrió algo:

-Sr. Concientrado, eso que propone es una solemne tontería. ¿Transparencia, dice? ¿Para qué? ¡La política es una profesión! ¡Su programa carece de ideología! ¡Hace falta un programa, se cumpla o no se cumpla, porque la gente tiene que saber qué vota! Y permítame que le diga una clave, algo sustancial: ¡Hay que vender optimismo, soluciones, aunque sean quiméricas! Su idea de una candidatura sin programa es infantil, no tiene viabilidad. Es…ridícula.

El candidato incómodo sonrió tristemente.

-En realidad, no esperaba otra respuesta. No es el primer partido que visito hoy. Todas las personas con las que me he entrevistado, me han expresado más o menos lo mismo, y con ello, confirmo, lamentablemente, lo que sospechaba, y, con base en ello, tomo mi decisión.

-¿Qué sospechaba? ¿Qué decisión ha tomado? -no pudo evitar preguntar, curioso, el Sr. de la Dehesa. La señorita recepcionista, que había estado atendiendo al teléfono exterior, y solo había seguido parte de la conversación, sonrió mecánicamente.

-Votaré en blanco en estas elecciones. Seguiré haciendo mi trabajo lo mejor que pueda, pero que ningún partido cuente conmigo para respaldar su incapacidad de ser transparentes, humildes, adaptativos.

El candidato incómodo dio media vuelta, y sin decir más palabras, se fue tranquilamente por la puerta, dejando al responsable de Relación con los Media, aliviado.

-Hay por ahí cada personaje…-comentó a Lupicinia, ya mientras entraba de nuevo en la sala de Reuniones donde se siguió perfilando el programa electoral del partido.

Los tres partidos principales obtuvieron un número similar de votos, y, en la negociación posterior a las elecciones, se repartieron las carteras ministeriales.

FIN

 

 

 

 

 

 

Publicado en: Cuentos y otras creaciones literarias Etiquetado como: alternativa, candidato, crisis, cuento de primavera, cuentos, elecciones, incómodo, programa, soluciones

Cuento de invierno: El cuentista

17 febrero, 2014 By amarias Deja un comentario

El cuentista se puso a reflexionar, como solía hacer con frecuencia -puntualicemos: no con «cierta» frecuencia, sino con mucha, alta y hasta desmesurada frecuencia, pues era persona de natural reflexivo, lo que, por otra parte, tratándose de un contador de cuentos no tiene porqué parecer extraordinario, sino, más bien, encajable en el grado medio con que se dedican a la reflexión los cuentistas que ni fu ni fa.

En aquella ocasión, la causa desencadenante había sido la recepción de un mensaje extraordinario -esto es, sin aviso previo ni antecedente o señal premonitoria por parte de su emisor, aunque no por ello habría de ser juzgado de insólito o impertinente- de una persona a la que el cuentista apreciaba personalmente.

El contenido esencial del mensaje era éste: «No merece la pena que malgastes tu tiempo, pues es evidente que lo que escribes no tiene ningún interés, ya que prácticamente nadie te lee».

Debe completarse la valoración del mensaje antedicho con una precisión: el emisor del mismo pertenecía al inmenso grupo de los que jamás habían leído nada de lo escrito por el cuentista.

Por demoledor que le pareciera el consejo, el cuentista no podía pasar por alto que no constituía óbice, cortapisa o dificultad para que entendiera que la concluyente afirmación que contenía, partía de una premisa mayor o principal correcta. Prácticamente nadie leía lo que, con tenacidad y recalcitrancia, escribía, casi todos los días.

La conclusión, sin embargo (que figuraba situada en primer lugar de la frase que analizamos, a modo de tesis o deducción del silogismo) apelaba a una cuestión subjetiva -y que, por tanto, solo podría valorarse cabalmente en el ámbito personal de los móviles del propio cuentista-: no merece la pena que malgastes tu tiempo.

Se trataba, pues, de una concatenación causa-efecto, siendo la variable de entrada (input) el tiempo del cuentista, y el resultado de la función, cualquiera que fuera su formulación matemática o intuitiva, que «no merecía la pena», sin precisión de sujeto, elemento o fórmula de evaluación   aplicados, aunque podría deducirse que a quien no habría de merecerle la pena era al propio cuentista, que era quien ponía, al fin y al cabo, la carne en el asador, esto es, su tiempo.

Especialmente intrigante resultaba al cuentista la existencia de una segunda hipótesis (subsumible como premisa menor en el razonamiento lógico empleado por su interlocutor), y que se convertía en la protagonista principal del pretendido aserto. Era su objetividad la que le parecía que podría ser puesta en entredicho, siempre que fuera posible medir el interés de un escrito, alocución o mensaje, en relación con algún otro baremo distinto al número de lectores o seguidores que pudieran  contabilizarse en un momento dado.

El cuentista encontró en el asunto materia suficiente para reflexionar, al menos durante algunos minutos, en relación con los términos «interés objetivo» y «formas de despertar la atención acerca de lo que se escribe», en el supuesto, claro está, de que el «interés subjetivo» de escribir estuviera claro, lo que aparcó de momento, para no complicarse la vida.

De acuerdo con esta intención previa, cuya catalogación entendía que a él solo correspondía hacer,  recogió algunos ejemplos de éxito ajeno, tomados de la vida misma.

Ejemplo Primero: Es conocido que muchos -o todos- los partidos políticos que se presentan a unas elecciones, ya sean  o particulares, para conseguir llenar los locales en donde sus representantes más cualificados -los que pretenden vivir de ese cuento, en suma- exponen sus ideas o programas (en el supuesto de que los tuvieran), apelan a incluir, como atractivo, o acicate, formando parte intrínseca del espectáculo, a cantantes o artistas de la farándula que, con su arte, adornan el momento, le dan publicidad y alegrarán al personal asistente, haciéndole pasar un buen rato.

El cuentista realizó algunas encuestas -limitadas, ya que no dispone de muchos medios- acerca del contenido que recordaban los asistentes a los que tuvo acceso, de aquellos mítines y reuniones multitudinarias.

Encontró que, con absoluta exactitud, los asistentes recordaban quién o quiénes habían aderezado el festival con sus representaciones folclóricas, pero no eran capaces de indicar en qué consistía ese programa político. Aún más, cuando se aventuraba el encuestado a elucubrar sobre el mismo,  lo que creía haber escuchado no coincidía en absoluto con lo que correspondía al programa del que se suponía había sido destinatario y objeto preferente del mítin, limitándose a expresar frases genéricas, que igual podían ser atribuibles al partido político A, a su opositor B, o al catecismo del Padre Astete.

Concluyó, entonces, el cuentista que -si bien podría aceptarse que el mítin o reunión analizados, habían tenido éxito de convocatoria, pues se había llenado el aforo- la capacidad del mismo para difundir un mensaje específico, distinto del hecho de pasarlo de forma más o menos divertida con el espectáculo- era objetivamente nula.

Ejemplo segundo.- Tomando como envidiable referencia la de aquellos competidores por la atención del deseable público que tenían éxito notabilísimo de audiencia o seguimiento -los llamados gurús de las ondas, que acostumbran a pontificar sobre todos los temas imaginables, recortando aquí, copiando allá, o elucubrando sobre la marcha hastacullá-, analizó dos cuestiones: a) el número y calidad de las adhesiones que suscitaban sus comentarios y b) el tiempo presuntamente  dedicado, a partir de las estadísticas disponibles- a leer esos mensajes.

Encontró que cualquier mensaje de los llamados gurús o conductores de opinión, en especial, los que se limitaban a indicar: «Feliz día» o «Os deseo que os vaya bien» obtenía cientos y hasta miles  de adhesiones inmediatas, concretadas en «Me gusta» o, más explícitamente: «Te deseo lo mismo».

En relación con mensajes más elaborados, cuya lectura, incluso rápida, hubiera consumido, al menos, de tres a cinco minutos, los registros evidenciaban que solo había merecido, salvo contadísimas excepciones atención durante un máximo de 3 segundos, supuesto, por lo demás, que los contadores fueran capaces de registrar tamaña precisión.

Concluyó, pues, que esos -en principio, tenidas por importantes y, por qué no, en algún caso, elaboradas elucubraciones de sus autores, cuya escritura podía haberles llevado un mínimo de entre veinte minutos a media hora- era consumido en menos tiempo que el que se emplea en sonarse la nariz o tirarse un p.

El cuentista, con este bagaje práctico, concluyó su análisis con esta determinación:

Haré lo que me parezca bien, sin importarme la trascendencia que consiga con mis elaboraciones. Al fin y al cabo, escribir cuentos me produce una satisfacción personal que no puedo conseguir de otra manera y, tal vez, alguien. que hoy ni siquiera conozco, conceda atención a lo que escribo, y le sirva para algo. Y, en todo caso, estoy muy agradecido de esas diez o veinte personas que me consta que me leen y, de vez en cuando, me comunican que les gusta lo que han leído.

Eso me basta, escribió el cuentista. Y escribió, aquel día, este nuevo cuento, para que, quien tenga ganas y tiempo de leerlo, disfrute o piense, aunque solo sea un instante, sobre lo que merece la pena y por qué .

FIN

 

Publicado en: Cuentos y otras creaciones literarias Etiquetado como: cuentista, cuento, cuento de invierno, difusión, importancia, lector, partido político, premisa, programa, público

Las ideologías adaptadas

9 noviembre, 2013 By amarias2013 Deja un comentario

Creo que es un buen momento para reflexionar sobre el fracaso de las ideologías rígidas, sean de izquierda como de derechas -y no digamos, de centro, que es como decir que se está dispuesto a chiflar con el que más mande-.

Afirmar con rotundidad que no existe -ni podrá existir, siendo maximalista- ninguna ideología que pretenda su implantación práctica por la aplicación inflexible de sus principios dogmáticos, tiene el aval de una amplia experiencia histórica de casi un millón de años y, por supuesto, cuenta con la referencia próxima de lo que estamos conociendo ahora.

En las democracias parlamentarias, los partidos políticos basan sus programas en presentar una serie de aspiraciones ideológicas junto con unas cuantas concreciones, destinadas a captar la atención de los votantes, sobre todo, de los que no se encuentran «ideológicamente comprometidos».

Es una banalidad, por no decir, una tontería que se ha venido admitiendo como verdad en los países más avanzados en esa entelequia que se ha convenido en llamar democracia, que existen dos corrientes generales de actuación política.

Desde una, se supone que la manera de mejorar la situación de los más débiles y desfavorecidos, es presionando sobre los que más tienen, distribuyendo mejor los excedentes desde el Estado.

Desde la otra, se acepta que todos pueden mejorar en una sociedad si se deja el campo libre a la iniciativa privada, verdadero motor del desarrollo.

Jamás se ha conseguido hacerlo así (al menos, de forma permanente), porque los intereses personales de quienes se han constituído como dirigentes, consiguen de forma inevitable corromper cualquier sistema. Solo funcionarían las ideologías adaptativas, pragmáticas, aquellas que, conociendo la realidad presente, se enfoquen a mejorarlo en el corto plazo.

No creo en los largos plazos en política, y no creo en ellos porque los Estados -en especial, los Estados intermedios y pequeños- no tienen capacidad de actuación en el mundo global, que es movido por los intereses, egoístas, pragmáticos, de los más poderosos.

Por eso, si un partido quiere convencer de su capacidad, más que presentar un programa con una panoplia de deseos irrealizables, debería decirnos cómo entiende que podrá resolver, de forma lo más inmediata posible, los problemas acuciantes de esta sociedad. Y si no sabe cuáles son (y, por tanto, cómo resolverlos) o si lo que se le ocurre son, simplemente, credos ideológicos, que se retire.

Publicado en: Política, Sociedad Etiquetado como: adaptación, aspiraciones, atención, banalidad., centra, compromiso, corto plazo, derecha, fracaso., ideología, ìmplantación práctica, partido, PP, programa, PSOE, socialismo, UPyD, votante, votantes

Partidos, ideologías y programas

3 marzo, 2013 By amarias2013 Deja un comentario

Los licenciados en Ciencias Políticas se escandalizarán y los seguidores de Beppo Grillo me verían como uno de los suyos: creo que, al menos mientras nos serenamos, nos iría mejor sin partidos políticos.

¿Qué es, en realidad, un partido? No lo sé.

¿Qué ideología tienen los partidos cuyos miembros ocupan los puestos de representantes populares los hemiciclos? No lo sé.

¿Cuál es el programa que está llevando a cabo el partido gobernante y cuáles son las propuestas de sus contrarios, llamados de la oposición? No lo sé.

Nunca he pertenecido a un partido pero, como casi todos los españoles de cierta edad, en algún momento he colaborado o tenido simpatías con alguno. Todos me han decepcionado rápidamente; de todos he visto cómo oportunistas se hacían, en beneficio propio o de sus familias o amigos, con posiciones privilegiadas, ya fuera en la Universidad, en la empresa, en la judicatura; en cualquier sitio. Y allí se han quedado.

Tenía razón Julio Anguita, en mi opinión, cuando enfatizaba que era necesario «Programa, programa, programa«. Solo que ese programa no debería ser el objetivo perseguido por un grupo específico, sino el objeto social del proyecto común llamado España. No necesitamos para su defensa, ni militantes, ni líderes.

¿Que necesitamos crear empleo? Se analizan las opciones de todos los sectores productivos y se concentran las ayudas en los más eficientes en generar trabajo.

¿Que queremos mejorar la balanza exterior? Se estimulan los sectores exportadores y se anima al consumo de productos de producción propia.

¿Que es imprescindible mejorar el nivel educativo? Se incorporan docentes más capaces y se imponen planes de estudios más intensos con controles más estrictos.

¿Qué se nos han colado vías de corrupción en el sistema? Las localizamos y aislamos de inmediato, para seguir trabajando en lo que importa.

La dificultad mayor que tenemos en este país es la dificultad para renovar, de forma suficiente, las cúpulas directivas. Los equipos de poder se reproducen implacables, repitiendo sus vicios. Y como nos falta acuerdo sobre el programa común, nos entretienen los partidos discutiendo sobre detalles sin apenas importancia, que son como adornos y chorreras.

 

Publicado en: Política, Sociedad Etiquetado como: apolítico, Beppo Grillo, ideología, Julio Anguita, partido político, programa

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