Al socaire

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Patologías destructivas en la jaula hispánica

6 mayo, 2016 By amarias Deja un comentario

Permítanme que me presente. Soy solo un ave de corral en esta Granja humana, una más entre los 7.000 millones de aves de toda clase, especie y condición que en este preciso instante están ocupando los cercados, perchas, jaulas, naves y criaderos que la llenan casi por completo. Somos aves peculiares, con capacidad propia para volar, incluso lejos, pero solo con los recursos de la imaginación.

Vivo en una jaula con otros cuarenta y cuatro millones de aves (más o menos), llamada España. La mayor parte, somos gallos, gallinas, y patos (algunos, algo despistados); pero nos visitan también milanos, águilas y buitres, que algunos confunden con seres meríficos.

Si algo llama la atención a quien se aventure, de buena fe, a visitar nuestro espacio, posiblemente sea nuestra heterogeneidad física: los hay rubios, morenos y pelirrojos y, tanto entre jóvenes como ancianos, si varones, muchos calvos; alternan gentes de estatura más bien pequeña con estándares europeos -y más, sobre todo, entre mujeres, casi todas bellas-, con algunos muchachos que sacan a todos más que la cabeza; por supuesto, que los hay gordos y delgados (los menos;  y pocas mujeres a partir de ciertas edades, que han resistido a la tentación de lo dulce); blancos, mulatos, negros, cobrizos; no nos importan géneros ni orientaciones a los más. La tolerancia prima.

Hay, en proporción a lo que se veía por aquí hace solo unos años, muchas aves venidas de otros sitios   que están para quedarse -Marruecos, Latinoamérica, El Sahel, Rumanía, Ucrania, China,…-, de los que no de todos sabríamos decir en qué trabajan, y otros que vienen de vacaciones, disfrutar del sol y el mar, blanquear dinero u operarse de cataratas o un tumor benigno.

Somos un buen país de acogida, aunque lo estamos pasando muy mal. «La vida en España es dura», escribió Luis Garicano (en el libro colectivo «La España posible», Península, 2015), como prólogo para sus ideas de cómo cambiar España. A pesar de todo, y de los casi 5 millones de habitantes que quieren trabajar y no encuentran un modo oficial de hacerlo (¡y la mitad, jóvenes!), disimulamos bien.

Tenemos muchos problemas en nuestra jaula en este momento, y el más grave, es que no somos capaces de entendernos para salir de él. Preciso: no saben cómo sacarnos del agujero momentáneo los que tienen, sino la capacidad completa, sí la obligación de hacerlo. Como no voy a hablar de personas concretas, solo citaré los grupos en donde se les encontrará: políticos, empresarios (en particular, propietarios de las grandes empresas), universitarios, funcionarios, jueces, sindicatos, periodistas. Y algunos otros, que iré señalando, según sea.

Un problema que distorsiona mucho la solución más global de las preocupaciones de nuestra jaula es el de las nacionalidades. Es evidente el empeño que algunos ponen en exagerar la condición de diferentes, atribuyendo virtudes o defectos según en qué espacios o rincones; me resulta, como supongo a muchos, patético y desleal, pero se bien que no es trasladando esa apreciación directamente al que defiende la postura, como se le hará desistir de ella. Porque son duras de pelar las razones de los que, creyendo ser superiores, más ricos, o más capaces, quieren dejan de estar apoyando a los que consideran inferiores, más ineficaces, menos solventes.

Si manejan falsedades, hay que confrontarlos a ellas -también a los que los apoyan- con recios argumentos, no con ocurrencias.

Si en algún punto manejan verdades, habrá que reconocerlas, y negociar el darles algunas contraprestaciones, a cambio de que no abandonen -por un tiempo, al menos- la necesidad de avanzar hacia lo que es ventaja común, sin detenerse más que lo justo en la pretensión de separarnos de golpe, haciendo sangre.

J. Alvarez Junco, en su libro «Dioses útiles», destroza con repaso a la Historia de esta jaula, las presuntas diferencias de las que han surgido en España nacionalismos de ocasión. España es una nación consolidada. Producto de mezclas y mosaico de culturas, seguro que más que otros pueblos de Europa, nuestros ancestros han sabido integrar. Si hubo expulsiones de judíos, jesuitas o moriscos, no fue porque el pueblo llano lo pidiera; lo desearon los de arriba.

Que no haya pureza en las estirpes, que casi todos seamos López, González o Fernández, debería sera punto de orgullo y no vergüenza ni desdoro. ¡Hay tantos apellidos y lustres inventados, robados a otros, pervertidos!. La inmensa mayoría somos bastardos, hijos de la pobreza histórica, plebeyos. Un orgullo.

Por eso es de lamentar que los nacionalismos surgidos de la vieja chistera de los intereses particulares se pretendan llevar al terreno de los razonamientos puros, inventando diferencias y clases: no han surgido limpios de condición, llevan la mierda pegada al cascarón de lo que fueron las intenciones previas de quienes los pusieron en circulación como bandera.

Se nos atribuye un carácter vehemente, una tendencia disidente y pendenciera y se nos escatiman desde otras jaulas los méritos, de los que no solemos, además, hacer alarde. No lo veo así, tenemos mucho trasfondo de valor colectivo. Somos, por lo normal, sumisos, obedientes: no cobardes, pero preferimos no discutir, y si llegamos a ese punto, con frecuencia nos acaloramos, perdiendo por el ardor buenas razones.

Quizá no ha sido siempre así. Pesa en nuestro déficit, que hemos tenido hace poco una guerra civil, excepción en la Europa que se cree más civilizada -ni Alemania ni Francia han vivido nada parecido (tuvieron siempre claro sus dirigentes dónde estaba el enemigo, siempre fuera)-. De los entresijos de la jaula, surgen, a poco de rascar, los rencores de las dos Españas que han contribuido a nuestro retraso colectivo.  La guerra civil causó una tremenda destrucción de España, que no está ni físicamente -en el territorio- ni sicológicamente -en los espíritus- superada.

Las heridas no se cubrieron con una postguerra en la que los vencedores fueron, precisamente, los que se levantaron contra el orden, y se aprovecharon de la victoria redistribuyendo ventajas. Los perdedores siguieron sufriendo en la paz, y tuvieron que callar, acomodarse; ellos sí, olvidar para salir adelante. No quiero, por mi parte, reabrir ningún capítulo de rencor. Soy hijo de la postguerra, y he podido, como muchos de mis actuales coetáneos mayores, disfrutar de la apertura y tolerancia del tardofranquismo: no fue gratis. Había becas y oportunidades para algunos más, y, en especial, para los mejores si venían de atrás recomendados.

No fueron pocos los estudiantes brillantes que se aprovecharon de esa ventana abierta y, con trabajo, hicieron algo de dinero con el que comprar lo que más apetecía: un coche, un piso, unos estudios mejores para los hijos, a los que no se les negó nada. Todos, los de arriba como los de más abajo, buscaron acomodo: es cierto que la vida sigue, que sobrevivir es la necesidad que está en la sangre.

No merece la pena escarbar en las razones de la guerra civil, pero tampoco parece preciso elucubrar más sobre ella queriendo hacer con ello mala sangre, porque debiera quedar reducto intelectual de la Academia, si en ello encuentra placer que no enseñanza. Ilustres historiadores han detectado opciones por las que ambos bandos lucharon, pero me atrevo a dudar que la mayoría de los que combatieron a sangre y maza, y se mataron a cientos de miles, tuvieran muy claro qué defendían. A los nacidos en la postguerra, y en especial, a los menores de cuarenta y cinco años, no interesa saber qué pasó, sino lo que está pasando. Que no es lo mejor, y, aún peor, que no es lo que podemos hacer que pase.

Pero si alguien quiere sonreir tristemente con lo que algunos, desde su pretendida autoridad moral, pensaban y escribieron, para adoctrinar a otros, valga como desgraciada muestra lo que Enrique Herrea Oria, (hermano del primado), Licenciado en Ciencias Históricas, S.J. con el título meloso de «España es mi madre», decía en el «III Año Triunfal, 1939»: (pág, 283) «Lo malo es que los mismos gobiernos de España se han vendido a los comunistas rusos, porque los gobernantes son malos, muy malos, son masones. ¿Qué es esto de masones? Son unos hombres que reniegan de Dios. No quieren ni curas, ni frailes, ni religiosas, ni iglesias. Dicen que ellos son amigos de hacer el bien. Pero se reúnen ocultamente a media noche, en unas casas que llaman logias. Allí reciben instrucciones secretas de lo que hay que hacer, de sus Jefes, gente malvada que también reciben instrucciones de otros jefes que están en Francia. (…)»

Estoy convencido de que, en tiempo de grave crisis colectiva, ahondar en el pasado tiene escaso interés, salvo para detener a quienes pretenden repetirlo, sin haberlo conocido ni estudiado bien.

No escribo así por petulancia ni por sabiduría. Mi visión de conjunto de esta jaula es propia y, por tanto, la responsabilidad es mía, y no pretendo imponerla, ni tampoco tengo un foro para expresarla ni difundirla, salvo estas páginas. No es fruto de una improvisación ni de una calentura. Proviene de los muchos libros leídos, de no pocos viajes, y, sobre todo, de haber vivido casi hasta el final el período de mi estancia en esta jaula: la experiencia, que comparto con otros que peinamos canas y hemos aprendido a amortiguar vehemencias y a detectar falsas plumas y turbios intereses.

Como sujeto, normalmente paciente y pocas agente (quiero creer que no por mi culpa, zancadillas no faltaron), tuve ocasión de conocer muchas gradaciones de lo que se llama libertad, y, de resultas de haber buscado siempre el acomodo, procurando no herir, aunque sin renunciar a avanzar en la conquista de derechos de los más, he aprendido a amar lo que poseo y a desconfiar de los que ofrecen mejoras como quien vende acémilas de desecho en los mercados.

No acostumbro a citar a otros cuando escribo, porque siempre me pareció que era auparse con ello en la autoridad de otros, pretendiendo parecer igual, pero la ocasión merece aquí algunas ajenas referencias.

Empiezo con una que parecería traída a contrapelo. La tomo de «La selección natural y el apoyo mutuo», de Piotr Kropotkin, un teórico del anarquismo polifacético: «Para dar una idea completa de la respuesta de los animales a su entorno, deberían también analizarse las (…) modificaciones que se producen en el color y las marcas de los animales cuando se transforma su entorno» y más adelante (citando a De Vries): «no nos asombra conocer (…) que cada mutación debe tener no solo una causa interna, sino también una causa externa».

Como postdarwinista, Kropotkin cree que la evolución no viene determinada solo por la genética, sino por lo que sucede alrededor. A veces, nos acomodamos al entorno, para sacar beneficio de él o subsistir, pero también sucede que lo externo nos constriñe, nos limite y entorpezca. En nuestra jaula hispana, siempre ha habido una gran densidad de aves que, sin haber tomado tiempo en analizar qué problema hay que resolver primero, nos hablan de soluciones y prometen glorias.

Por aquí y por allá se han organizado, en todo tiempo, en casi cada lugar, en torno a esos visionarios, verduleros de afición, cantamañanas de oficio, grupos de devotos en los que alternan polluelos, gañanes, gallos, pollastras y tipos de la uña, que se atontan con lo que escuchan, tomando por verdades sacras cualquier cosa que escuchen desde lo alto, con tal de que les suene a beneficio propio, y, en particular, si lo ven factible en corto plazo.

El caso es que nuestra jaula está, de natural, bien orientada: da al sol, tiene buenas vistas, no falta la comida. Pero somos un país pobre, sin recursos naturales salvo los que se pueden enfocar hacia el turismo, que es y será pan para hoy y hambre para mañana.

Tenemos otro valor muy mal aprovechado. Si nos olvidamos de la paja, descubrimos buen percal entre algunos de los que se arriesgan a pensar con independencia -y que no mandan, aunque, para analizar con otra calma, no falta quienes mandaron y vienen ahora con consejas-. Hay tela de valor, en los estantes, de quienes podrían actuar con mérito y valor si estuvieran mejor orientados, se les instruyera mejor, y, en tantos casos, no se les calentara de fantasías la cabeza.

Un problema que no es fácil de resolver mientras estemos dirigidos por gentes incompetentes o con poca experiencia, es el de tomar las decisiones correctas -también lo apuntan César Molinas, Luis Garicano y otros en el libro citado, pero no se me interprete con ello que estoy con pleno acuerdo en sus propuestas, sino que solo escribo ahora desde el análisis-. Ese análisis, convertido en pieza fundamental, de nuestro comportamiento colectivo, podría ser tomado por cierto por aclamación y es el verdadero deporte nacional.

Seguros de la incapacidad del que dirige, de forma intuitiva, si algo apreciamos, en grupo, es ver derrotado al que está encumbrado, aunque lo haya sido por nuestro impulso. Estamos cómodos es no respetar ninguna regla, educados para transgredirlo todo, con permiso que nos autootorgamos con total beneplácito.

¿Para qué una Constitución? ¿Una norma de acción? ¿Unos principios, unas reglas? Como mejor nos sirven es para obviarlas, olvidarnos de ellas cuando se trata del beneficio propio. La tendencia innata nos anima a desear como espacio mejor, el de anarquía. No la de todos, la que consolida nuestra independencia para mirarnos a gusto el propio ombligo.

Esto trae consecuencias funestas. J. K. Galbraith, en su libro «La anatomía del poder», después de analizar las distintas formas de ejercer el poder, expresa: «En una democracia nadie puede dudar de la eficacia real de la oposición organizada al poder concentrado.» Antes había indicado: «(…) la vida se caracteriza por el número de organizaciones que compiten por dominar la mente pública y política…, grupos de presión, comités de acción política, organizaciones de interés público, asociaciones comerciales, sindicatos, empresas de relaciones públicas, asesores políticos y de otro tipo, evangelistas por Radio y Televisión y muchas más»…»si tienen alguna función que cumplir es porque son capaces de influir en el Gobierno y apropiarse de alguna parte de su poder».

Precisamente por no conseguir estar bien organizados, la ventaja la tienen los que lo están para sacar tajada.

Dudo que quienes ejercen el control político más directo de la jaula hispana hayan leído a Galbraith, lo que tampoco sería importante, si tuvieran presente que la mayor parte del poder que ostentan es «poder condicionado», y que la libertad de palabra y expresión es solo una parte de otras libertades cuyo correcto ejercicio debe controlarse desde el Estado, como elemento de «poder compensatorio», protegido por la Ley.

Una sociedad capitalista no puede subordinarse a las grandes empresas o a los intereses del mayor capital, porque no debe abandonar la responsabilidad de garantizar el bienestar a sus ciudadanos, ordenando la redistribución de las plusvalías colectivas.

Hace falta, en esta jaula, un Estado fuerte, convincente, serio. Y con voluntad de actuar para todos. Sí, estoy defendiendo, hoy, un gobierno de concertación, o, al menos, el de más amplio espectro. Ningún partido tiene la verdad completa, y, como idea más fuerte, hay gentes valiosas en todas las grandes opciones. No es momento para ideologías, sino para acciones concretas. Y, si nos quitamos las gafas de no ver al otro, entenderemos que, al margen de partidos, de posiciones de clase, de intereses manifiestos, semienterrados u ocultos, hay personas que saben que pueden, que quieren.

Es la obligación de este instante, ponerlas en valor, sacarlas de donde están, escucharlas y atender a sus propuestas. Ponerlas en marcha es más sencillo.

(continuará)

 

 

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Cuarenta años de El País

4 mayo, 2016 By amarias 1 comentario

Hace 40 años que se publicó, por primera vez, El País. Este comentarista era entonces un joven ingeniero, bastante escorado hacia la izquierda, que, prácticamente cada día, al iniciar su jornada laboral, dibujaba un chiste en la hoja del día de su calendario de sobremesa, Myrga. Muchos de aquellos dibujos se han perdido. Traigo aquí algunos, elegidos al azar, del aproximadamente el centenar que yo conservo. Están realizados entre 1975 y 1977.

chistes 1976

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Tiempo de exposición

10 abril, 2016 By amarias 2 comentarios

Quiero creer que las opacas conversaciones entre partidos políticos para formar gobierno habrán servido, siendo evidente que no han cumplido su objetivo, para facilitar que los ciudadanos independientes lleguemos a alguna conclusión que resulte útil a nuestro país.

Si hay una distinción del carácter que define a un líder es que, cuando el equipo parece aturdido, él propone una solución y saca al grupo del escollo.  Tal vez debo indicar que no me refiero a que el dirigente (o el aspirante a tomar las riendas) tenga «la» solución, sino que sea capaz de ofrecer, lo antes posible, una opción creíble y que movilice a quienes tienen los recursos disponibles, para aliviar a los que estén sufriendo el peso más agotador de la carga. Se consigue, de esa forma y en ese preciso momento, que se salga del bache, y se obtiene la liberación de la tensión, para poder dedicarse, ya con más calma, a mejorar las estructuras y evitar que lo mismo vuelva a suceder.

Puede que todo parezca demasiado teórico, parte de un manual elemental. No niego la menor, pero me acojo a mi derecho intelectual a expresar que las propuestas que provienen de los que alardean tener información y criterios sobre cómo conducirnos a un sitio mejor, carecen de viabilidad.

Los representantes de los cuatro partidos políticos más votados parecen haber confundido el apoyo de sus concretos electores con un mandato para negociar un gobierno de coalición con garantías de estabilidad. No lo veo así, en absoluto. Si no sabemos hacia dónde ir, ¿con qué pertrecharnos? ¿Habrá que atravesar un desierto sin oasis o una selva con serpientes? Puede que, metafóricamente hablando, sean varios y complejos los espacios a atravesar y, en lugar de equiparse para una expedición al polo o con el salacot de excursionista de safari, sea más adecuado pulsar la propia capacidad de resistencia.

La diversidad de opciones presentadas ante los electores-incluso aunque mal o insuficientemente perfiladas- solo han servido para que la ciudadanía exprese su deseo de acabar pronto el período de transición, en el sentido, de momento de desconcierto o desorientación.

Que se nos saque de aquí, vamos, cuanto antes. Porque los períodos de transición, son períodos de exposición. Los que están expuestos, son más vulnerables.

Sin embargo, este período ha sido interpretado como un tiempo de exhibición, como si los portavoces de las preocupaciones de los agentes socioeconómicos, hubieran creído que nos interesaba conocer más al detalle sus diferencias personales, tomar fiel medida de sus distancias mentales o profundizar hasta el vómito en sus elucubraciones de definición ideológica catecumenal. Por eso, teniendo en cuenta que, como más de treinta y cinco millones de potenciales electores, no he tenido la menor participación en esas negociaciones, me siento facultado para expresar mi decepción.

Las exhibiciones percibidas de las débiles musculaturas, la delicadeza de las carnes ofrecidas, tan descoloridas como pegadas al hueso, necesitadas a gritos de un paseo por mayor ejercicio mental,  fueron lamentables. Sobre todo, porque nos han hecho perder bastante bagaje de lo único seguro que teníamos a disposición: tiempo para reaccionar.

Más de un centenar de días consumidos en misteriosos tejemanejes han dejado un poso de excesos verbales, marcas de intolerancia, crispación supurada y líneas rojas pintarrajeadas con tizas y lápiz de labios, que podrían parecer una preparación infantil para marcar el espacio en el que jugar a la rayuela (1). Si me arriesgara a hacer de lector de las borras resultantes en las tazas de los cafés disfrutados durante tantas jornadas, mi interpretación agorera es que hemos ido hacia atrás. Puede que sepamos más de lo que nos separa, -en gran medida, de lo inútil-, y nada nuevo de lo que nos podría unir -en general, imprescindible.

Qué pérdida de oportunidad. Los momentos de transición son fundamentales para que una colectividad consiga tender redes más sólidas que las precedentes para anclar mejor sus bases en el futuro. Ha sido grave la desilusión propagada por la exhibición, por parte del partido de Gobierno (ahora en funciones), de que no está dispuesto a cambiar el rumbo, sino a seguir conduciendo por la misma singladura, cuando está claro -incluso para ellos- que nos había llevado a una vía muerta, un culo de saco. Grave también resulta la obsesión de un partido emergente, que llenó de ilusiones (en gran parte, productos de la fantasía y la enajenación grupal) a más de cinco millones de desencantados, por querer implantar un cambio imposible, estrictamente revolucionario y contrahistórico, en la gobernabilidad de España.

De los otros dos partidos (PSOE y Ciudadanos), corresponde aplaudir su voluntad de entendimiento, aunque parcialmente contra natura, aunque, al ser, desde el origen, una postura insuficiente, su escenificación formó rápidamente parte del teatro, esto es, de la exhibición. (2)

Tendríamos que entender que, en este momento de nuestra historia política, la situación es de reorganización de efectivos, y no de actuación precipitada. Momento para eliminar muchos de los elementos que juzgamos perniciosos y que se han convertido en los síntomas más claros de lo que es imprescindible cambiar. Con la tranquilidad de poder entender que, en un Estado que dispone de una Constitución y leyes pactadas democráticamente, es posible plantearse ese tránsito, no después de una revolución, no acudiendo a una asonada o a un conflicto armado, sino mediante un acuerdo de partidos para impulsar un gobierno.

Los problemas de esta situación de transición están detectados, aunque no se conozcan las soluciones para todos ellos. Hagamos las modificaciones con cabeza, no con imprudencia, porque no estamos solos en el mundo, y pertenecemos a una sociedad, la occidental, industrializada y, sí, capitalista, que forma parte de nuestra esencia. En ella debemos encontrar las respuestas a los factores de preocupación que, aún siendo tan conocidos, no me resigno a enumerarlos, una vez más: paro (especialmente juvenil), desequilibrio en el sostenimiento del estado de bienestar, corrupción en las administraciones públicas, evasión fiscal y falta de control en las cuentas de los grandes grupos, excesivo endeudamiento de las familias, equivocada orientación de una parte sustancial de la transmisión de la enseñanza (en particular, la técnicamente productiva), pérdida de la consciencia de unidad como medida esencial de progreso, entre otras.

Ningún partido ha demostrado tener la solución, solo propuestas cuya viabilidad sería necesario que se demostrara. En una situación así, yo prefiero, por experiencia, actuar con decisión para salir del momento, pero con máxima prudencia para no sostener la misma postura más tiempo del imprescindible.

—

(1) Escribo Rayuela en homenaje solapado a Julio Cortázar, pero en mi pueblo ese juego -más propio de niñas-, se sigue llamando cascayu; y en España, cascallo, tejo o pericojo, entre otros nombres.

(2) No incluyo a Izquierda Unida como quinto partido en la disputa por el poder, porque no lo está siendo. Con un sólido argumentario del que no se ha movido -ni falta que le hacía: es el catecismo de siempre, el de la izquierda conscientemente marginal- ha aprovechado la oportunidad para pasearse luciendo músculo por los escenarios mediáticos. La proximidad a Podemos permitió ver las diferencias entre el modelo y su caricatura, dejando claro que hoy tiene cinco veces más público el docudrama circense que un buen guión.

 

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Estrategias salvajes (Epílogo): Propuesta de estrategia para civilizados. Contexto

24 marzo, 2016 By amarias Deja un comentario

A lo largo de diez capítulos, he presentado, de la prometida manera informal, otras tantas estrategias salvajes. He explicado que entiendo por tales, las realizadas por animales que siguen su instinto natural, sin obedecer a planteamientos organizados previamente, sino ejecutadas como consecuencia de pautas de conductas a las que se ven abocados seres, típicamente semovientes, programados por la naturaleza para actuar como lo hacen, como consecuencia de sus genes y de la evolución que han experimentado sus antepasados.

Satisfacen de forma eficaz, acorde con su hábitat y fisionomía, tres impulsos básicos de todo ser vivo: la fuerte inclinación a seguir viviendo antes que dejarse morir  o matar; la necesidad de alimentarse para proporcionarse energía suficiente con la que satisfacer la primera inclinación y, no en último lugar, esta otra: la tendencia, que puede convertirse en obsesión en determinados momentos de sus vidas, para copular con otros seres de su misma especie, para obtener, principalmente, placer y, subsidiariamente, descendencia.

En esas entregas, con fortuna y oportunidad que el lector habrá tenido ocasión de juzgar, traté, como corolario de cada una, de analizar la posible aplicación de esos comportamientos animales al mundo de la empresa, que se acepta, en una petición de principio que puede discutirse,  regido por directrices emitidas por entes racionales en continua evolución hacia la perfección: los humanos.

El medio en el que se deben desarrollar esas estrategias civilizadas es un magma que se crea por los propios intervinientes: el mercado. Se han hecho múltiples análisis y expuesto formas de predecirlo, y de influir sobre él, al menos, en el corto plazo. Incluso ha habido notabilísimas intenciones programáticas de negarlo, de domeñarlo a la fuerza.

En este Epílogo, con los elementos de que dispongo actualmente, de la observación de lo que veo alrededor, y de mis conocimientos -precarios y discutibles, por supuesto- de los seres humanos, de las empresas, y del mercado, emito, a forma de dictamen, esta

Propuesta de Estrategia para civilizados.

La propuesta tiene tres partes: una presentación del Contexto, una previsión del desarrollo a corto plazo de los elementos sociales, económicos, éticos y filosóficos que considero sustanciales y una formulación de la estrategia propiamente dicha.

Contexto

Hoy es jueves, 24 de marzo de 2016. Jueves Santo, según el calendario de efemérides por el que se rige el país desde donde escribo, España. Un país con unos 46 millones de habitantes, y con un peso relativo en la población humana mundial inferior al 1 % (se estima que en la Tierra viven 6.500 millones de personas).

Pertenezco a una especie que ha desarrollado una capacidad singular: la de analizar situaciones, imaginando las consecuencias de intervenir sobre ellas. Esa propiedad, que podríamos identificar con el raciocinio, no es igual para todos los seres humanos y se puede educar, es decir, desarrollar.

A lo largo del proceso de existencia de la Humanidad como colectivo, se han producido múltiples heterogeneidades en la especie. Las que interesan aquí, afectan a la forma de utilizar ese potencial diferencial de la especie, que alcanza su máxima eficacia si consigue aprovechar o destruir el potencial conseguido por otros.

Aunque el objetivo de los colectivos humanos se ha encubierto o disimulado de muy diversas maneras, existe una mayoritaria coincidencia subyacente, que se plasma a nivel individual de forma muy sencilla: facilitar la mejor existencia posible, utilizando, incluso, grandes esfuerzos. Esa simplicidad en la formulación del objetivo existencial, adquiere connotaciones cada vez más abstractas, justamente siempre que los sujetos humanos pretendemos concretarlo más: apelamos a la felicidad.

El estado de felicidad se ha vinculado recientemente, a la situación económica. Sin embargo, existen ejemplos, y muy posiblemente todo ser humano puede presentar su propia experiencia al respecto, de que hay momentos en cualquier existencia que no tienen nada que ver con lo económico y que se identificarían, -típicamente, a posteriori-, como haber atravesado por un estado de felicidad.

La felicidad por vías económicas es un propósito, en todo caso, que sería inalcanzable para la inmensa mayoría. El acceso a los aparatos tecnológicos que, según la información ampliamente difundida por grupos de interés, la proporcionarían por períodos más o menos largos, puede resultar muy cómodo para algunos, pero es imposible alcanzarla para la gran generalidad de la población humana, está interferido por la puesta en circulación de mercancías con prestaciones (ventajas) cada vez más apetecibles para el consumidor, configurando, irremisiblemente, la sociedad líquida, bien definida y estudiada a partir de las reflexiones de Zygmund Bauman.

El objetivo adquiere todavía mayor diversidad si se analiza el estado económico por países o zonas. Sea como fuera, a  escala de la población mundial, jamás ha tenido una formulación expresa. No existe una estrategia mundial para alcanzar la felicidad.

Creo útil profundizar en los fundamentos de la disparidad. Las diferencias más importantes entre los países y las zonas geográficas, provienen de las desigualdades de su desarrollo económico y tecnológico, y han sido  exacerbadas a lo largo de la Historia de la Humanidad, correspondiendo a impulsos bastante identificables Sobre todo, de forma reciente y, en especial, en relación con los desarrollos tecnológicos.

La secuencia de ese desarrollo se encuentra, actualmente, en crisis muy grave, que ciertos filósofos sociales caracterizan como la necesidad de un cambio de paradigma. La historia del ser humano no está documentada más que en unos pocos cientos de años  y solo de forma bastante deficiente), por diversos hallazgos paleológicos y antropológicos, se especula que nuestra especie o su inmediata antecesora existe desde hace 600.000 años o más. Lo que conocemos de cómo se llevó a cabo esa evolución es, por tanto, mínimo. Resulta curioso que, en una trayectoria tan longeva, algunos se planteen ahora la posibilidad de que la humanidad haya alcanzado un punto de no retorno.

Si fuere así, no habría que conceder excesiva influencia para proponer una estrategia colectiva cara al futuro, al proceso reciente de la especie humana en los últimos 3.000 o 4.000 años, del que puede deducirse que ha tenido una importancia fundamental en el desarrollo de los pueblos, la combinación de la utilización de la guerra y su consecuencia más clara, la usurpación de propiedades del vencido por el vencedor. Tampoco tendría tanta importancia analizar si están agotándose, o se descubrirán otros, los factores vinculados a los recursos naturales (incluida la mano de obra del esclavo, o del sojuzgado) y su rápida explotación, bien para favorecer el disfrute propio o para comerciar con ella, para disfrute de otros a cambio de recompensa.

Interesante sería, desde luego, valorar la influencia en el desarrollo humano de otros elementos no materialistas. Debe admitirse la gran importancia del desarrollo de una conciencia colectiva mayoritaria vinculada a percepciones o deseos de percepción de naturaleza extraterreste.

Dado que durante miles de años no se conocía en absoluto, -incluso se desconoce aún, a pesar de importantes avances-  como funciona la Naturaleza y si existen leyes que la rigen, la capacidad de raciocinio cubrió esa carencia imaginando que deberían existir uno o varios seres superiores, a los que se llamó dioses y a quienes, como medida de prudencia, rápidamente se tomó la decisión colectiva de rendirles pleitesía -sacrificios, tributos, plegarias, etc.-para aplacar sus ánimos o provocar su intercesión benefactora.

La elaboración de esta conciencia ha sido compleja, sofisticada, y, en cierta medida, perversa, pues se ha apoyado solo en suposiciones y, muy pronto, en la declaración de personas que confesaban haber recibido instrucciones y consejos de entes metafísicos e incluso, de fallecidos humanos. Estas personas, si se encontraron favorecidos por el azar, y utilizando sus dotes de convicción, trasladaron a los demás -al menos, por algún tiempo, en cada generación- la idea de que se hallaban en situación de superioridad, por herencia, vocación o juramento, para contactar con el más allá.

La cooperación con quienes disponían de mayor concentración de recursos, mayor fortaleza física, y contaban con el apoyo de quienes poseían mayores conocimientos y experiencias, fue fundamental. Los más beneficiados fueron, precisamente, éstos últimos, que pronto entendieron que deberían apoyarse en la magia para protegerse.

La hipótesis de existencia de organismos superiores a los hombres, y externos al mundo real, a pesar de no haber sido probada jamás, evolucionó a otra hipótesis, de efectos más directos y ventajosos, que implicaría que los dioses (uno o varios) nos han dotado de inteligencia no por azar ni efecto de la evolución, sino con el objetivo de recompensarnos  si cumplimos ciertos requisitos, cuando se produzca un efecto consustancial a todo ser vivo, del que nuestro raciocinio nos hace conscientes de que sucederá irremediablemente: la muerte. Se introdujo así en el proceso ilógico, una entelequia inabordable por la razón, llamada Eternidad,en donde los elegidos disfrutarán de  continuos goces, trasunto de los terrenales.

Las religiones han cumplido y cumplen, por ello, una función sustancial, pues da sentido a la existencia, cuanto menos, para una parte de la Humanidad, la de los creyentes. Son muchas las consecuencias derivadas para los humanos mientras vivan, y  algunos han sabido aprovechar la situación en su beneficio.

España, es hoy, constitucionalmente, aconfesional. Ha sido un país católico por excelencia, pero esto ha dejado de ser así.

En esta Semana, en muchos países, se conmemora la muerte de Jesús, o Jesucristo, (resaltando así que es Hijo de Dios, que es lo que significa Cristo), que acaeció hace unos 2.000 años, por crucifixión, precedida de crueles torturas, y tras un juicio totalmente irregular. Un asesinato con efectos de catarsis colectiva de una parte deplorable de la población, y del que se conservan testimonios.

En unos documentos escritos algunos años después de su muerte, se recogen aspectos de la vida del mártir, y decenas de sucesos portentosos protagonizados por el y por su control de las fuerzas de la Naturaleza que, junto a varias máximas de comportamiento. Esas máximas, deducibles básicamente de la ética universal, han conformado un grupo de religiones, durante algunos siglos identificables como cristianismo, que se han expandido con rapidez. Su perfección ritual se llama catolicismo.

La expansión del cristianismo se apoyó no tanto en la ética defendida, sino en la dominación o conquista de territorios ajenos, y en el enriquecimiento de su aparato de control, la Iglesia, y el perfeccionamiento de los ritos y del dogma.

El dogma cristiano se ha convertido en un elemento complejo. La religión es monoteista -venera un solo Dios, aunque considera que resulta de una combinación trinitaria metafísica-.  Algunas de sus varias ramas difieren de forma bastante exótica del tronco doctrinario original.

Los cristianos son actualmente la segunda religión mundial, con unos 1.400 millones de seguidores. Como colectivo, han perdido influencia política, si bien existen grupos de poder que se inspiran en su dogma.

Por el contrario, la religión musulmana, que puede considerarse una derivada del cristianismo, es la mayoritaria, con más de 1.600 millones de fieles. Surgió en el siglo VII, por reinterpretación del cristianismo y del judaismo, y una nueva revelación de la divinidad, expresada a un pastor analfabeto por medio de un enviado, el arcángel Gabriel. El judaísmo, la creencia esencial de la que derivan las dos religiones mayoritarias sigue siendo practicada por devotos localizados y relativamente influyentes, pero tiene, relativamente, muy pocos seguidores.

En el día de hoy, como consecuencia de la festividad, la ciudad desde donde escribo, Madrid, está prácticamente vacía, aunque están programados procesiones y algunos oficios litúrgicos. En ésta, como en la mayor parte de las ciudades, sus habitantes, aprovechando el asueto y el cierre de las escuelas, se han desplazado a la costa o a otras poblaciones más atractivas. En algunas de ellas, siguiendo una tradición que no se podrá desarraigar fácilmente, se celebra la Pasión de Jesús. Toma la forma de un espectáculo con varias representaciones a lo largo de la semana, con procesiones, cánticos, desfiles de gente encapirotada y señoras con mantillas, pasacalles con músicas paramilitares, y diversos oficios litúrgicos.

Muchos de los comercios cerrarán en la tarde de hoy, pero los restaurantes, en especial los situados en lugares de destino vacacional, harán lo que se llama «buena caja». Se comerá y beberá con fruición: paellas, mariscos, cochinillos, chuletones, corderos, pescados variados; se beberán vinos y licores, … si bien, para los católicos, la Cuaresma es época de ayuno, penitencia, sobriedad.

No señalo estas cuestiones más que como contraste entre las razones y los hechos.

El martes de esta misma Semana, en Bruselas, la capital teórica de la Europa comunitaria, ha sufrido una serie de atentados (cuatro, al menos) en los que han sido asesinadas más de 30 personas y heridas más de trescientas, algunas de extrema gravedad. Han sido reivindicados por islamistas radicales de un Estado fantasma (en realidad, los islamistas son considerados musulmanes radicales, porque el mensaje de Mahoma, revelado por Alá, es contemporizador y, esencialmente pacífico). Así lo fue también el cristianismo, que está en la base de las peores guerras de conquista y destrucción.

La influencia de las religiones en el desarrollo de los pueblos, en la actualidad, ha disminuido de forma muy importante. Aunque existen países que apelan a su condición cristiana (tenida por religión aglutinante de las idiosincrasias occidentales, especialmente en la mitad norte), o a su carácter confesional musulmán (la religión dominante en los países de Africa y Oriente medio), las influencias dominantes hoy son aconfesionales.

Y, en ese contexto, el megapaís con potencia emergente más cualificada, que ya está provocando una modificación profunda de las estrategias de otros países, imponiendo la suya, China, ha puesto sobre la mesa mundial de interrelaciones, nuevos principios de acción. Como se sabe, la mayor parte (más del 70%, desde luego, según las estadísticas más conservadoras) de la población china es agnóstica o atea; solo de un 10 a 15% practica alguna religión; esa «religión» es, en inmensa mayoría el budismo (o un sincretismo de ésta con el taoismo y el confucionismo), que es, más bien, una filosofía de vida.

(seguirá)

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Fábula del hombre, los lobos y las ovejas

3 febrero, 2016 By amarias 3 comentarios

Hace muchos años, pongamos cincuenta o así, los hombres descubrieron que las ovejas estabuladas proporcionaban más beneficios que las que se dejaban libres en el campo.

Eran más fáciles de controlar, producían más y mejor lana, tenían partos dobles viables con mayor frecuencia y, sin que eso signifique enumerar todas las ventajas, la carne de los corderos era más suave y el ordeño resultaba simple, produciendo más leche y más cremosa.

Con el avance tecnológico, las merinas, seleccionadas cuidadosamente,  se mantenían en inmensas naves, sujetas a  aldabas individuales mediante cadenas, con el fin de reducir al máximo su movilidad; así, perdían menos energía, comían más pienso y engordaban rápido y parían con mayor frecuencia, a ritmos de mercado y momentos que se elegían mediante adecuada inseminación artificial, para optimizar el beneficio. Se crearon puestos de trabajo muy cualificados.

Todo ello tenía, además, una ventaja: como ya no necesitaban salir al campo a pastar ni ramonear, no era necesario dejar a los rebaños bajo el cuidado y vigilancia en la montaña de pastores ni ganaderos,  no ya en las gélidas noches, ni siquiera en las suaves amanecidas primaverales. Las dosis simbólicas  de hierba fresca mezclada con hojas de romero, salvia y colorantes alimentarios, se traían a las granjas ovinas, en camiones, y se distribuía a los pesebres, mediante cintas transportadoras, una semana antes del sacrificio, para dar a la carne mejor sabor y un color apetitoso.

Como consecuencia colateral, las ovejas dejaron de caer víctimas ocasionales de sus imaginarios ancestrales enemigos, y los niños, por tanto, dejaron de oir historias de lobos y corderos. No había más lobos, para ellos, que los de los dibujos animados que se comían de un bocado a Caperucita, ni más corderos que los trozos de carne con los que se celebraban en los hogares las ocasiones especiales.

Los campos que proporcionaban praderías jugosas se abandonaron en su mayor parte. Donde los tréboles, las ulmarias, las orquídeas o las potentillas, crecieron espinos, matojos y artos de rosa canina; laureles, acebos y helechos de cien especies; surgieron en, según en qué partes, brezos, alisos; hasta rebrotaron raíces y prendieron bejucos, y hubo, dependiendo de los sitios, no solo eucaliptos que se hicieron gigantes, sino bosquetes de robles,  hayas, serbales y hasta de castaños, que, al crecer sin control, generaron un tapiz de hojas secas y ramas rotas o partidas por el rayo, que como nadie recogía, volvieron el espacio impenetrable.

El cambio -una revolución- fue generalizado y no afectó solo a las ovejas y a los lobos. La propiedad de las naves y de las merinas y la tecnología de muchos productos de consumo y de ocio se concentró en muy pocas manos, que terminaron siendo misteriosas, totalmente desconocidas. Se especulaba incluso, en algunos círculos, si se trataría o no de ser propiamente humanos. En concreto, las fórmulas de combinación de los piensos para las ovejas se hicieron secretos -como las de la Coca Cola y las patatas chips de los Burguer-; para evitar miradas indiscretas, las naves de producción se llevaron a lugares incógnitos, aunque los centros de transformación y distribución, se ubicaron en lo posible muy cerca de las ciudades, es decir, de los mercados, para ahorrar costes de transporte; algunas cantidades menores eran trasladadas a curiosos comercios al por menor, regentados en exclusiva por inmigrantes adaptados.

¿Y los lobos? Pues, crecieron y se multiplicaron con bastante rapidez. Es cierto que ya no tenían ovejas con las que alimentarse, pero el espacio que antes ocupaban las praderas pasó a ser prácticamente suyo. No habían de temer al hombre, que se acercaba raramente por sus andurriales -quizá algún micófago nostálgico a recoger algún rebozuelo en el otoño-. Cuando los humanos prefirieron no asumir riesgos y llamaron sin problemas hongos del bosque a los champiñones cultivados y al shitaki, se tornaron los dueños del espacio, porque carecían, como las urracas, los estorninos y los cuervos, de enemigos naturales.

Sin embargo, cuando la presión demográfica que sufrían los lobos aumentó, empezaron a hacerse visibles cerca de las ciudades, buscando carnes para comer. Desde luego, no podían acercarse a las naves en donde estaban siendo criadas con todos los adelantos científicos sus deseadas ovejas, defendidas con alambradas eléctricas, cuchillas afiladas y púas.

Fue más o menos por entonces cuando empezó a correr la noticia de que los lobos estaban atacando a los humanos. Primero, fue una niña que estaba jugando en un parque infantil, con un perrito de peluche. Un lobo le arrebató el juguete, seguramente creyendo que era comestible. Luego, se denunció que un lobezno había aparecido muerto en una autovía de circunvalación. Hubo más casos. La angustia se instaló y creció primero en una ciudad, y luego, en todas.

Estaban los ciudadanos y ciudadanas tan preocupados con la amenaza de los lobos que prestaron poca atención a que algunos médicos habían descubierto una enfermedad nueva en algunos humanos que les hacía comportarse de manera muy loca, y que, luego de meses de investigación y pedir a los veterinarios que los ayudasen, encontraron que las ovejas llevaban algún tiempo sufriendo de una epidemia causada por unas proteínas patógenas, que se llamaban priones, debido a que se las alimentaba con cadáveres de animales, muy económicos.

Había que tomar una decisión de largo alcance. Los responsables del bienestar de la ciudadanía convocaron a un debate intensísimo. ¿Qué hacer? ¿Matar a todas las ovejas afectadas, que eran muchísimas? ¿Reducir el número de lobos a una quintaesencia simbólica? ¿Volver a los tiempos en los que las ovejas pastaban en los montes?

Cada opción tenía sus inconvenientes. Desde luego, a los propietarios de las ovejas había que indemnizarlos, y no con cuatro dineros. Los lobos estaban protegidos por una ley de conservación de la naturaleza primigenia. Pero lo principal era que el bosque -al menos, el de esta fábula- se había hecho impenetrable.

Después de una reñida votación, en la que los partidarios de cada opción (y de otras que me callo, para no hacer el asunto demasiado largo) expusieron sus razones con vehemencia creciente, salieron empatadas dos posibilidades.

La de los que proponían quemar una parte de los bosques para que, en su lugar, retornaran los prados en los que pastaran las ovejas no afectadas del mal, y recuperar la cabaña. No era sencillo de poner en práctica, pues no había voluntarios que ofrecieran sus parcelas de bosque para quemar, y aunque algunas era de propiedad comunal, no se tenía claro donde empezaba cada una. Entendiendo que el debate se prolongaba demasiado… unos desconocidos empezaron a quemar algunos bosques y, sin control, las llamas estaban provocando graves incendios cuya extinción reclamaba medios mayúsculos.

Por supuesto, la oposición de los propietarios de las naves a esa medida había formado un lobbing poderoso. Tenían contratados expertos muy cualificados que defendían que la situación estaba perfectamente controlada y que, con ayudas públicas, se podría garantizar carne de oveja merina de una nueva subespecie, más sabrosa y resistente. Además, se estaba dispuesto a autorizar inspecciones más severas y frecuentes.

Mientras se celebraban los debates, que se hicieron interminables, un grupo de sabios cansados de no tener nada que hacer ni ser escuchados, se puso en marcha con un macuto, una brújula y un machete cada uno. No trascendió mucho de lo que llevaban en el macuto, pero sí comunicaron su propósito: dar, pian pianito, un rodeo al bosque, hasta llegar a la otra parte.

Fueron muchos los kilómetros y pasaron muchas aventuras. Ellos también discutieron, algunos desistieron, otros amenazaron con volver y no lo hicieron. Por fin, los supervivientes llegaron a unos prados verdes en donde había pastando unos magníficos rebaños de ovejas.

Sentados a la sombra de un castaño, un grupo de pastores estaba comiendo queso entre hogazas de un pan con muy buen aspecto y uno de ellos, tocando un caramillo, servía de guía para que otros dos cantaran una canción de amores frustrados y esperanza, con voces embriagadoras.

Los sabios, que estaban cansados de la caminata, pidieron permiso para sentarse con ellos, lo que se les concedió de buen grado. Y entre la bebida, la comida y los cánticos, no me lo podréis creer, pero se les olvidó para lo que habían llegado hasta allí.

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Libros que hubiéramos debido leer en 2015

28 enero, 2016 By amarias Deja un comentario

KnowSquare 2016 Premios Librosangel alda KN 27enero 16

KnowSquare, la plataforma de conocimiento compartido que creó el ingeniero de minas Juan Fernández Aceytuno hace ya unos cuantos años, presentó el 27 de enero de 2016 la selección de 10 libros de empresa (entiéndase por «libro de empresa», por lo que deduzco, aquel que tiene por fundamento principal dar consejos a gentes interesadas en recibirlos) que fueron publicados en español en 2015.

También se otorgó el premio a la mejor trayectoria divulgadora de los valores empresariales (entiéndase por «valores empresariales» aquellos que proporcionan una visión integral de lo que debería conocerse de quienes piensan igual que nosotros) a la Fundación Rafael del Pino, que recogió -en presencia de su madre, viuda del ilustre ingeniero fundador de Ferrovial-, María del Pino, presidenta de la misma.

El Acto tuvo lugar en el Salón de Actos de Caixa Fórum, que resultó justo para acoger a los más de 250 admiradores del proyecto de la Plaza del Conocimiento, a quienes se regaló, a la entrada, uno de los libros seleccionados, obsequio de Correos, que presentó, en vídeo, su nuevo y atractivo look.

El libro que el jurado seleccionó como ganador -por unanimidad, según consta en el Acta de la Comisión evaluadora, compuesta de 26 miembros, que tuvieron ánimo para leer e enjuiciar los más de 120 candidatos que presentaron las Editoriales- fue: «De Cero A Uno «, de Peter Thiel, traducido por María Maestro Cuadrado y editado hace justamente un año por EDICIONES GESTION 2000, y que se vende por 18,9 euros (aunque también se puede bajar de internet por algo más de 12). (1)

No lei el libro premiado, pero me propongo leerlo, como también leeré Los placeres ocultos de la vida (de Theodore Zeldin) que fue el volumen que me encontré en la bolsa, junto con una tarjeta con una clave para disfrutar de una semana de acceso a KnowSquare, a cuyo Consejo Editorial pertenezco, casi desde el principio de la andadura. Algo me descubrirá, con tan sugerente título, el bueno de Zeldin, que nos regaló a los asistentes uno de sus consejos, en vivo y en directo: dialogad, benditos. Ya tengo en mi biblioteca otros libros del palestino-británico.

Tomé algunas fotografías desde mi asiento en la Sala y, aunque son de pésima calidad, recojo dos aquí: La que sitúo a la derecha pretende ser amistoso homenaje a Angel Alda, glosador de las cualidades del libro premiado, ya que -me reconoció- fue el promotor de su candidatura, y que cumple hoy años, según me ilustra Facebook. Así que, felicidades a todos los que participaron activamente en el éxito del evento con su tiempo, calidad y esfuerzo -muchos y muy buenos- y a él, especiales.

—–

(1) No confundir con el libro de idéntico título, escrito  por Paulen Bom y Marcheld Huber, que trata de pedagogía.

Publicado en: Actualidad, Sin categoría Etiquetado como: Angel Alda, Ediciones Gestión, Fundación Rafael del Pino, Juan Fernández Aceytuno, KnowSquare, María del Pino, Peter Thiel, Premios, Theldin

Echando mano de la hemeroteca particular

27 enero, 2016 By amarias Deja un comentario

Si quiere leerlas todas, haga clic en Cartas filípicasIMG_20160128_125107

 

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El último de otoño

20 diciembre, 2015 By amarias 1 comentario

La joven abrió la ventana, y no tardó en advertir la razón del alboroto. Sobre las ramas del plátano falso que crecía, imponente, en el jardín del edificio de al lado, se habían instalado decenas de urracas. Sus graznidos servían de llamada de atracción para las demás aves de su especie, que aparecían de pronto entre los tejados y, después de posarse junto a las que ya estaban instaladas, se unían al cortejo de chillidos.

-¡Mamá, ven! -gritó la joven- ¡Mira qué curioso!

Era el último día de otoño de un año cualquiera, pongamos que 2015. Era domingo, 20 de diciembre.

La meteorología se empeñaba en advertir que había sido la estación más calurosa que se recordaba, aunque la memoria tiene dificultades para conservar acontecimientos poco importantes.

No llovía, ni se tenían perspectivas de que lloviera en las próximas semanas. Para la inmensa mayoría de los habitantes de la ciudad, un tiempo así era una bendición, un capricho estupendo del azar.  Cuando salían del trabajo, eran muchos los que se reunían en las terrazas al aire libre, para tomar un refresco e intercambiar insinuaciones como si fuera el verano.

Y los que no trabajaban ni tenían exámenes en perspectiva ni estaban enfermos, podían pasear, a pie o en bicicleta, o elegir bañarse en las piscinas municipales que aún permanecían abiertas, o, incluso, nada les impedía -salvo que no tuvieran medios económicos- desplazarse a las zonas de playa o al campo, aunque no fuera fin de semana ni fiesta de guardar, y disfrutar dejando que el sol tostase sus pieles desnudas.

Tal vez algún campesino opinase de forma diferente, preocupado porque los dientes de ajo, las cebollas o las semillas de forraje que, como cada año, había depositado en la tierra confiando en que las lluvias las hicieran arraigar y crecer, se hubieran marchitado, y sus pútridos despojos, sirvieran de comida a los ratones de campo.

Pero quedaban pocos campesinos que sembraran semillas. La inmensa mayoría de quienes habían trabajado en el campo, estaban jubilados y vivían en la ciudad, con alguno de sus hijos, o languidecían en las residencias para ancianos de la comarca, o contemplaban, sentados a la puerta de sus casas necesitadas de mano de pintura y arreglos, cómo las urracas graznando se posaban en los árboles de la huerta, cuyos frutos nadie se había acercado a recoger.

La joven volvió a llamar a su madre, que trajinaba en la cocina. El volumen de la radio estaba puesto casi al máximo, porque la madre había perdido oído con el tiempo.

Fijándose un poco, descubrió o creyó descubrir la razón por la que aquel tropel de córvidos se había agrupado en el plágano del jardín vecino. Había un nido en una de las ramas más altas, y ese nido estaba ocupado.

La muchacha no entendía mucho de pájaros, pero si hubiera tenido algún conocimiento, podría haber puesto un nombre específico a la pareja de fringílidos que, a despecho de la estación y del lugar, había afincado su hogar en un árbol de ciudad y a punto de empezar el invierno.

Ajeno al estruendo, el macho de aquella pareja de esforzados, revoloteaba de aquí para allá, atrapando en su vuelo eficaz, los insectos que llevaba, diligente, para alimentar a su hembra, que, acurrucada en el nido, se encontraba con seguridad empollando los huevos que, tan a destiempo, había depositado en él.

La joven comprendió, de pronto, la razón del interés de tantas aves oportunistas: estaban acechando el momento de lanzarse sobre la puesta, o, tal vez, incluso, de atrapar a alguno de los progenitores que, desde luego, no podían sentirse ajenos a la amenaza.

La joven pensó en lanzar un grito para ahuyentar a las urracas, pero se contuvo, porque estuvo segura de que si hacía tal cosa, también asustaría a los dos verderones. Se limitó a mover los brazos, como una veleta. Alguna de las urracas la vio, lanzó el aviso a las demás, con un graznido diferente, y se fueron todas.

No se si en algún momento he escrito ya que era día de elecciones en aquella ciudad. Se elegían los representantes para formar el nuevo Gobierno de la nación, o algo así. Las dos mujeres fueron, pues, a votar.

Cuando volvieron, la joven miró por la ventana, hacia el árbol. Tenía mucha curiosidad por saber si las urracas habían vuelto, si los pajarillos seguirían cuidando su nido, si todos habrían desaparecido. Incluso temía que cualquiera de los gatos que eran habituales en el barrio se hubiera percatado de que allí también tendrían alguna oportunidad.

FIN

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Cuerpo

20 septiembre, 2015 By amarias Deja un comentario

trozos del yo¿Cuántas veces, al contemplar una antigua fotografía de nosotros mismos -aquella misma con la que no nos sentimos conformes, porque nos creíamos más atractivos, más hermosas- hemos reconocido «Pues no estaba tan mal»? El tiempo nos mejora el pasado, sin duda.

A medida que nuestro cuerpo se debilita, enferma y languidece -nos abandona, «va pidiendo nicho», como expresaba, con ironía gallega, un viejo amigo, nos sentimos más apegados a esa imagen que ya no somos, y que entendemos nos refleja mejor que el rostro y el cuerpo del anciano en el que, por el mero hecho de sobrevivir, nos estamos convirtiendo.

El «autoretrato» que dibujé, en fecha recogida de forma tan exacta -cinco de enero de mil novecientos noventa y ocho-, «Trozos del yo, cayendo de un autoretrato de memoria», me recuerda esa previsión del paso fatal del tiempo que vendrá, deteriorándonos y enajenándonos de la imagen preferida del yo (supongo que en el que piensan los que creen que resucitaremos algún día del más allá, con los mismos cuerpos y almas que tuvimos) .

Y, de manera que podría explicar, si me alcanzaran las ganas en esta mañana de domingo de septiembre en la que me dispongo a dar un paseo por Madrid -día de puertas abiertas del Ayuntamiento-, conecta mi hoy con un poema dedicado al cuerpo, ubicado en la colección de «Primeras precisiones de las formas».

Se trata de una serie de poemas escritos cuando yo tenía diecinueve años, y que, sometidos al juicio del «poeta mayor» Carlos Bousoño, al que unos jovencísimos vates osamos pedir que nos prologara nuestro libro, merecieron un juicio implacable: «Si tú, Arias, tuvieras un grupo de poemas como los mejores de tu libro, te diría: Publica ya» (es decir, no publiques todavía, como cuento en el Prólogo de Absueltos de todo don).

Primera Precisión de nuestra Forma

Más mansión cuanto más permanece con uno,
obediente al deseo de su solo habitante,
esta forma es el perro más fiel pretendido,
nos envuelve, nos limita, nos cierra
y se ajusta a nosotros como un traje perfecto.

Nuestro cuerpo. La forma que nos hace visibles;
la forma palpable que identifica el afecto.

Qué himno escribir adecuado a esta forma,
cuerpo en el que todos creemos, lecho nuestro,
que no quiere dejarnos partir y al fin claudica,
labios tan unidos a nosotros, inconcebibles sin las manos,
cabeza irreductible, olfato ya resuelto,
mentón del rostro con que nos reconocen.

Y tronco, y piernas nuestras, sexo firme,
inseparable abdomen, nalgas mías, forma entera
a la que hemos puesto nuestro propio nombre.

Cuando esta forma nos falte, qué será de nosotros.

(@angelmanuelarias, «Absueltos de todo don», 1989, KRK)

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Hildegardas

17 septiembre, 2015 By amarias Deja un comentario

Malvís en un tejo

Hoy conmemoran las iglesias católica y anglicana a Santa Hildegarda von Bingen, una monja benedictina alemana que vivió en el siglo XII y que evidenció una capacidad intelectual excepcional. Su santidad no fue reconocida hasta época reciente, aunque, según las crónicas, ya fue venerada por muchos de quienes la trataron, por su percepción extrasensorial, que ella misma atribuía al Espíritu Santo.

Se sabe de ella que, como décima hija de una familia, fue entregada a la vida monástica a temprana edad (en calidad de tributo divino, es decir,  como «décima»), aunque antes recibió una educación exquisita, que le permitió conocer varias lenguas, leer muchos libros y, sobre todo, abrir el ánimo a amplias curiosidades.

En una vida que la naturaleza consintió longeva,  y gracias a que las reglas claustrales no eran entonces tan rígidas como lo serían después, pudo cultivar su espíritu viajero, dio clases en centros de prestigio que pusieron a prueba, con gran éxito, su erudición e inteligencia, y hasta se atrevió a combatir con herejías y papas falsos y, apoyada en la intuición y en la imaginación, a interpretar sueños.

Hildegarda escribiría varias obras (o las mandaría escribir a amanuenses de letra más aplicada), de las que se conserva un testimonio excepcional, el Riesencodex, o Código de Wiesbaden, que transcribe sus reflexiones canónicas, místicas y apostólicas, y que le ha hecho merecedora del título de Doctora de la Iglesia, que le otorgó recientemente el Papa Benedicto XVI que de ella sabía un rato.

De sus escritos, llama la atención del curioso impenitente un librito, denominado abreviadamente «Lingua ignota», en la que hay frases que no responden a ningún idioma conocido -aunque la autora les dio traducción-, y que se inventó y hasta le puso signos o letras propias, por lo que Hildegarda es considerada patrona de los esperantistas.

No he investigado si esta Hildegarda fue la que inspiró el nombre de Hildegart  Rodríguez, santa española del siglo XX sin peana,  que -dijeron los que enhebraron la historia a posteriori- fue concebida por su madre soltera con la semilla de un sacerdote elerdense, elegido entre los varios candidatos que barajó para tal oscuro emprendimiento, -se cree que por su gran capacidad intelectual, ya que guiaba a la progenitora el objetivo de que su hija llegara a ser culmen de la inteligencia y la sabiduría, una super-hembra, al mejor estilo del héroe nietschiano-.

El experimento parecía estar teniendo éxito, puesto que antes de los seis años, Hildegart («jardín de vida» era la traducción libérrima con la que su madre explicaba porqué había llamado así a su hija), dominaba varios idiomas y a los diecisete, además de haber terminado la carrera de Derecho, se hacía admirar hasta del mismo Gregorio Marañón, que la tomó por su secretaria y la admiraba por su erudición y buen tino con la filosofía del sexo, de la que, siendo virgen y niña, ya era experta, según parece.

De ambas Hildegardas se ha hecho película. De la que tuvimos más próxima, sabemos, por ello, (al menos), que a los dieciocho años, su madre, recelosa del giro que tomaba su creatura (parece que temió que se estuviera enamorando), la descerrajó cuatro tiros mientras dormía, en 1933.

Este 17 de septiembre, he querido tener un recuerdo para estas dos mujeres. De distinta época, de diferentes circunstancias vitales, con formación y objetivos personales -y ajenos, respecto a ellas-seguramente distantes, pero unidas por una fuerza brutal, misteriosa y, por tanto, mágica: la inteligencia. La suya, una inteligencia excepcional, que dudo resultara o no de un experimento eugenésico en el caso de la Hildegart madrileña, o de la estimulación por estudios y viajes en la Hildegarda alemana.

(La foto que sirve como señuelo visual para este comentario, la tomé hace cuatro años, a finales de agosto, en Asturias. Un malvís muestra su glotonería atrapando dos frutos de un tejo; es conocida la afición de estas simpáticas aves por estos frutos, de sabor dulce, pero cuyas semillas, como el resto del árbol son venenosas.)

 

Publicado en: Sin categoría Etiquetado como: esperantistas, Hildegarde, Hildegart, Marañón, patrona, santa

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