Al socaire

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Una yunta díscola (4): Filosofía de la tecnología

21 febrero, 2015 By amarias Deja un comentario

(Esta entrada es continuación de las tres anteriores, con el mismo título, y le seguirán otras).

4. Los recursos naturales y el desarrollo tecnológico

Considerar que la satisfacción individual, y a ser posible, conseguida de forma inmediata, es el principal objetivo del ser humano, me parece una reducción miserable de la especial sensibilidad para plantearse preguntas y abordar posibles soluciones, con la que la evolución ha dotado a nuestra especie.

Concretar en el máximo disfrute personal, mientras se pueda y en cuanto se pueda, la perspectiva de la existencia, desvinculándola del interés por asumir un propósito colectivo, supondría admitir que la vida en sociedad únicamente sirve para generar un magma de oportunidades,  -una creación utilitaria-, en el que cada uno , para tener éxito, debe ser lo suficientemente sagaz para encontrarle un rendimiento personal.

Me cuento entre quienes defienden que debe existir un objetivo superior para la evolución del ser humano en la historia del cosmos, y que no viene fijado de forma ajena a la especie, sino que resulta intrínseco a la capacidad intelectual y a la facultad de interactuar sobre la naturaleza física. Somos individualmente inteligentes, pero cuando ponemos a trabajar juntos las potencialidades de todos, se alcanzan logros muy superiores.

Es cierto, en fin, que alcanzar el mayor grado de satisfacción o bienestar en la propia generación, en el tiempo de una vida humana, es un propósito que, hasta donde existe registro de la Historia de la especie, ha servido como guía de acción para numerosos grupos de seres humanos (las invasiones, los pactos, las guerras, las esclavitudes, las conspiraciones, las rapiñas,  etc.). Se han desplazado así, de una mano a otra, de un Estado a otro, fortunas importantes.

Pero el aumento neto de la proporción de bienes y servicios disponibles, lo que ha mejorado las opciones de reparto en épocas de paz, ha estado siempre ligado al mejor aprovechamiento de los recursos naturales y a los avances tecnológicos. No hay otra fórmula: explotar mejor lo que la naturaleza pone a disposición, o generar nuevas vías para combinar de manera eficaz esos recursos, a veces, ocultos en el fondo de la materia, anteriormente inaccesibles o inutilizables.

La generación de plusvalías es importante, pero resolver con eficacia la cuestión implica también, por supuesto, decidir cómo distribuirlas. Ejemplos antiguos y recientes avalan que aristocracias, plutocracias, junto a desvergonzados, tramposos, arribistas y esbirros, han sabido aprovecharse de la mayoría de los beneficios, acaparándolos, u ocultando su generación a los ojos de los demás, desplazando, casi de forma sistemática, a los creativos, laboriosos, intelectuales, solidarios, honestos.

Poco se ha avanzado en hacer las cosas mejor. Sorprende que en el siglo XXI subsistan tan sustanciales diferencias en el existir, según los  grupos humanos, a pesar de la continua apelación a la unidad de la especie y a la igualdad básica del intelecto. No se ha sido capaz de resolver la paradoja de que no pocas colectividades se encuentren en guerra o empecinadas en disputas violentas, haciendo que el poder de las armas se sobreponga al raciocinio.

Aunque se encuentran ejemplos de extraordinaria claridad intelectual, para detectar las incongruencias de multitud de creencias, mitos y falsedades introducidas en los discursos oficiales, subsisten, incluso con dedicación preferente, inconsistentes teorías sobre el origen del hombre, su destino supremo o la superioridad de unas divinidades sobre otras, poniendo en su boca imaginaria las elucubraciones más  variopintas.

En consecuencia de tales tensiones contradictorias, producto de la ausencia del reconocimiento de un mínimo objetivo común, las disparidades en bienestar, educación, sanidad, conocimiento y desarrollo tecnológico, son tan grandes entre Estados y pueblos, e incluso en un mismo territorio, que se puede deducir, con énfasis digno de deplorar, que la esclavitud, el servilismo, el mercantilismo de capacidades y, en suma, la explotación de unos seres humanos por otros es consustancial a nuestra especie: se avanza sin rumbo colectivo, solo por  impulsos particulares.

He expresado en otras ocasiones que la filosofía de la tecnología no puede ser otra que la de perfeccionar la eficiencia del uso de los recursos disponibles, y que la aplicación de nuevas tecnologías a muchos procesos está reconfigurando sectores enteros. Los Estados no dominan la generación tecnológica y, con suerte, únicamente pueden poner limitaciones u ofrecer acicates a la explotación de ciertos recursos del territorio: minerales y rocas, agua, calificación de la tierra, como más importantes, con medios como tasas, impuestos, normas  y leyes ambientales, precios mínimos, etc.

Lamentablemente, los medios de que disponen los Estados no son decisivos, y los acuerdos entre ellos, frágiles, por la presión de los ciudadanos sobre sus Gobiernos, manifestación de la primacía de los intereses grupales sobre los generales. Se puede pretender mantener los empleos actuales en un territorio, compensando con subvenciones las pérdidas de competitividad, pero la medida es ineficiente a corto plazo: los centros de producción se desplazarán allí donde los costes sean menores, y las tecnologías reducen continuamente las necesidades de mano de obra.

(continuará)

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La UICM en el CONAMA

1 diciembre, 2014 By amarias Deja un comentario

Los acrónimos que utilizo en el título de este Comentario no dirán mucho a los que no estén en esos ajos, por eso, en el espacio más amplio que proporcionan las interioridades del mismo, lo despliego: La Unión Interprofesional de la Comunidad de Madrid, en el Congreso Nacional de Medio Ambiente.

El Conama, el Congreso ambiental más importante de cuantos se celebran en España, es creación particular de Gonzalo Echagüe, decano del Colegio de Físicos y presidente de la Fundación que lleva ese nombre. Lleva ya doce convocatorias, con ritmo bienal; es decir, cumplió 22 años de andadura, desde 1992.

La UICM nació hace años con la intención de agrupar a todos los Colegios de Madrid, aunque, con el declinar económico y la reducción del músculo de la sociedad civil, en este momento el número de miembros ha quedado reducido a la treintena.

Tantos pormenores no tendrían cabida en este blog personal, sino fuera porque el 27 de noviembre de 2014, la UICM, como viene haciendo desde que yo guardo memoria de esta colaboración, ha vuelto a participar en el Conama, y lo ha hecho en esta ocasión con una actividad relacionada con la Creación de Empleo y la Sostenibilidad. El acto fue inaugurado conjuntamente por la presidenta de la UICM -Sonia Gumpert Melgosa- (que es decana del Colegio de Abogados de Madrid)  y el viceconsejero de Medio Ambiente y Ordenación del Territorio de la Comunidad matritense, Enrique Ruiz Escudero.

Fue un acto con múltiples actores. Se entregaron los premios a las tres mejores propuestas de proyectos relacionados con sostenibilidad y creación de empleo y sus autores los resumieron en una corta intervención (1): Marta García Benito leyó el Acta. El coordinador general de Sostenibilidad y Movilidad del Ayuntamiento de Madrid, Javier Rubio de Urquía, presentó la iniciativa Madrid Subterra, que pretende el aprovechamiento de las energías del subsuelo de la capital. José Manuel González Estévez, del colegio de Químicos, hizo un resumen de las actividades desarrolladas por la Comisión de Medio Ambiente de la UICM desde su creación.

Ah, y quien esto escribe, hizo de presentador y conductor del Acto. Que resultó, por lo que tengo oído, entretenido. Así también me lo pareció a mí, y le doy el mérito a todos cuantos intervinieron, sin olvidar a Nuria Salou y a Miriam Aragonés que se encargaron, con profesionalidad y entrega, de toda la intendencia.

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(1)

Los premiados, ex aequo, fueron éstos:

1) Proyecto “R3F. SUELO RADIANTE REMOVIBLE” (Removable Radiant Floor, con especial aplicación a catedrales y otros recintos abiertos al público), presentado por dos integrantes de LYCEA ARQUITECTURA E INGENIERÍA, por su originalidad, concreción, capacidad generadora de empleo y aplicabilidad inmediata.

2) Proyecto  “APLICACIÓN DE UNA RED ELÉCTRICA INTELIGENTE (SMART-GRID) A LA RED ELÉCTRICA FERROVIARIA ESPAÑOLA”, presentado por D. Israel Herrero Sánchez, por su propuesta novedosa en España, y las perspectivas positivas respecto a la reducción de gasto energético y mejora de las prestaciones ferroviarias.

3) Proyecto de “UNA PLANTA DE VALORIZACIÓN DE RESÍDUOS LÍQUIDOS CON ALTA CARGA ORGÁNICA”, presentado por D. Carlos Alberto Romero Batallán, por su carácter original, el trabajo de laboratorio realizado y las posibilidades de desarrollo ulterior que presenta.

 

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Renuevo generacional

27 noviembre, 2014 By amarias Deja un comentario

En nuestro pequeño país se está hablando mucho, otra vez, de renovación generacional. Nuevas caras, en efecto, de jóvenes que están en su treintena -e incluso no la alcanzaron todavía- han ocupado algunos puestos de relevancia.

Sobre todo en política. Porque, la verdad sea dicha, en las empresas -especialmente en los grupos de cierta entidad- las modificaciones en los lugares donde se toman decisiones no son tan importantes.

Si nos ceñimos a analizar lo que está sucediendo en España en el marco político, deduciríamos sin problemas que la razón principal por la que personas sin experiencia significativa anterior ocupan los lugares de mayor proyección mediática es por abandono de sus mayores, conscientes de pronto del desgaste que produce a la imagen de los partidos un rostro muy visto y, especialmente, si la formación política -o sindical- está contaminada por casos de corrupción.

Claro que el ejemplo de lo que pasa en el Partido Popular es excepcional, puesto que, aunque en segundas líneas destacan (es un decir) cabezas más juveniles, el tono cansino del Presidente Rajoy y sus mensajes pontificales inanes dotan a esta formación de un gusto a rancio que quizá es solo reflejo del alcanfor con que se conservan las esencias propias de la derecha patria.

Entre los nuevos partidos, Podemos y Ciudadanos tienen de momento, según las encuestas, las mejores posibilidades de seguir ganando votos. Las pieles tersas y las meninges ilusionadas y frescachonas han introducido un nuevo hacer política, más orientado a los modos que a los fondos.

Vox me huele a viejuno, y, sobre todo, suena a hueco. El PSOE e Izquierda Unida (plural o no) están en una fase de reconstrucción interna de tal magnitud que me hace temer que, de tanto querer cambiar mensajes, los pintores se queden con las brochas en la mano.

Por eso, llamo la atención del riesgo de abandonar a los que tienen experiencia, reduciéndolos al ostracismo injusto. Vale para todos. No se vea en los mayores, porque sería un error imperdonable, solo las manchas de corrupción, agotamiento o incapacidad. Hay muchos que peinan canas que son, no ya aprovechables, sino imprescindibles, si se quiere avanzar sin equivocarse o corregir sin despropósitos.

Tampoco se vea en los jóvenes, porque sería un desliz muy grave, solo la capacidad de cambiar, trastocándolo todo. La Humanidad es vieja en intentos fallidos y en ilusiones despilfarradas. No por ser joven se es mejor ni más honesto, y no por ser joven, desde luego, se es más inteligente ni -claro está- se puede alardear de tener más conocimiento.

Consigamos que, en esta hora de reflexión renovadora, los equipos del buen querer hacer se conformen combinando personas de todas las generaciones útiles, siempre que evidencien su honestidad, su cordura, sus ganas de trabajar por mejorar las cosas. Y, sobre todo, no permitamos que, por exceso de empuje y cortedad de experiencia, las ilusiones se estrellen contra las paredes de lo imposible.

 

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Espatuxando (y 3)

26 octubre, 2014 By amarias Deja un comentario

Las disputas por el agua pocas veces surgen en relación con el agua para beber. Quienes no tienen acceso a esa cantidad mínima que necesitamos para la vida propia, o la ingieren en mal estado, sencillamente, se mueren. No hay grandes movimientos económicos en torno a ese agua para consumo vital que, como expresé, supondría disponer de la ridícula cantidad de 12.000 Millones de litros al día (12 Hm3 diarios, menos de la mitad de la que se capta anualmente para abastecimiento de una ciudad como Gijón).

Los beneficios económicos derivados del empleo del agua provienen de la agricultura. Disponer de agua para regar los campos supone alcanzar cifras muy altas de rentabilidad, si se elige el tipo de producto adecuado a cada suelo, se utilizan abonos y pesticidas y se dispone de las horas de insolación precisas. También algunas industrias consumen o necesitan mucha agua (en los sectores siderometalúrgico y en aquellos procesos en donde se trabaja a altas temperaturas con equipos refrigerados por ese líquido), en particular), o la contaminan gravemente (empresas lácteas, mataderos, granjas porcinas, químicas, etc.)

Estamos asistiendo, con una tranquilidad impropia de la gravedad del momento, a cambios intensos respecto al control del agua. Es intolerable, por supuesto, que hoy existan seres humanos que mueran de sed o por no disponer de agua potable de calidad, o carezcan de los sistemas mínimos de alcantarillado -no digamos ya de depuración- que impidan que sus recursos hídricos se deterioren irreversiblemente. Es intolerable que la tierra agraria se haya convertido en un elemento de especulación a nivel de países, y que existan compras de grandes extensiones de terreno por parte de agencias extranjeras en zonas social y económicamente deprimidas.

Es urgente un compromiso internacional respecto al agua, que solucione el abastecimiento del recurso a toda la población mundial, y debe hacerse con infraestructuras que tengan en cuenta la necesidad de vertebrar los países, deslocalizando en lo posible las grandes urbes y generando nuevos focos de asentamiento que sean viables.

Como parte de ese compromiso internacional debe figurar el análisis de los rendimientos de la tierra agraria, la regulación más rentable de la producción agrícola, atendiendo a su variedad y al abastecimiento suficiente de las poblaciones. La cuestión del precio del agua puede parecer importante, pero no lo es. Lo importante es difundir la correcta gestión global del recurso, extraer al agua del campo de la especulación interesada, y considerarla un bien esencial para la solidaridad y la cohesión internacional, regulando según normas de derecho compartido el uso y cuidado de los acuíferos transfronterizos, los cursos de agua que discurran por más de un país, los lagos y humedales de interestatales, etc.

Ya, ya sé. No se va a hacer nada. Los expertos seguirán reuniéndose para hablar de cómo ajustar los precios a los costes, debatir sobre si las concesiones hídricas son o no regulares, argumentar sobre la viabilidad o improcedencia de los cánones, y acerca de si la gestión pública es mejor que la privada, o al revés.

Pero debería hacerse mucho. Y pronto.

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Los límites de Sobornópolis

23 octubre, 2014 By amarias Deja un comentario

¿Cuántas veces hemos oído o leído en los últimos años que en España tenemos una Tangentopolis, similar hasta en los andares lascivos al estallido de la burbuja de la corrupción que conmovió Italia en 1992? Muchas.

¿Y cuántas hemos leído u oído que lo que hay en España en este 2014 no es comparable a aquello, porque los límites de la corrupción están bien acotados, y lo que está saliendo al descubierto son los resultados puntuales de la ambición desmedida de unos cuantos -pocos-, que han actuado al margen de las instituciones, ya sean partidos políticos, empresas, representantes de la judicatura o presidentes de clubes deportivos? Muchas.

No tengo, por supuesto, la bola de cristal ni soy amigo del Diablo Cojuelo (aquel que podía ver a través de los tejados que encubrían la hipocresía), pero muevo ficha para aventurar que no son pocos los que se han dejado llevar por la vorágine de poner la mano en los dineros públicos, recoger porcentajes por la adjudicación de obras y servicios destinados al uso colectivo, asignarse comanditariamente salarios de fantasía para protegerse en masa de sus desmanes, o arrimarse al tráfico de influencias para envolver, arrollándolos, a jueces, profesores, seleccionadores, fiscales, amigos y enemigos…

Puede que esto se acabe aquí con un par de miles de encausados, algún suicidio (raro en estos lares), nuevas confesiones de arrepentidos o despechados (más de lo segundo que de lo primero), tres o cuatro jueces expedientados por salirse del guión y otros amenazados de muerte por atenerse a lo que han jurado o prometido…Si la historia se repite, los partidos actualmente mayoritarios perderán influencia, habrá unas cuantas sacudidas al árbol pétreo de la democracia, con mayor o menor ímpetu, y, entre cumplimiento de períodos de prescripción, caducidad y hastío, quedarán solo un par de docenas enjaulados, que, con el pasar del tiempo, olvidaremos hasta cómo se llamaban y, por supuesto, qué pasó con ellos.

Puede incluso que algunos vaguen convencidos de que nuestro Berlusconi -aquí sí que seríamos originales, salvando las distancias ideológicas-, apoyado como él en el dominio de los media, (aunque sin ser propietario de ninguno), sería ese líder de hastiados, míseros, marginados y descontentos en que se ha constituido el segundo Pablo Iglesias.

No lo veo así, sin embargo.

No será Pablo Iglesias el libertador de Sobornopólis, sino el profeta que sirve de revulsivo para volver a la senda. Su verbo florido, ágil en la dialéctica para repetir verdades que duelen como puños, su imagen mesiánica, reforzada con el apoyo juvenil y descarado de su grupo de sociólogos universitarios y cuidadores de imagen a lo artista de Holliwood, intuyo que solo llevará a la convicción mayoritaria de que, desde luego, es necesario pasar página, pero no de la manera que Podemos nos va revelando: rompiendo la baraja.

Mientras las televisiones más rentables lo presentan, una y otra vez, repartiendo latigazos sobre los mercaderes del templo de los dineros, tanto a diestra y siniestra, gritando algo así como «¿Qué habéis hecho con los dineros de mis padres?», siento la necesidad creciente de acotar los terrenos de Sobornopolis o Corruptopolis, y robustecer urgentemente las ramas sanas sobre las que está apoyada nuestra sociedad. Porque no es la corrupción la que nos sostiene, sino la seriedad y el trabajo honesto, continuado, leal, de la inmensa mayoría.

Esto es lo que Podemos y Debemos poner en valor. No nos obsesionemos con detectar y destruir los focos de corrupción que se han colado en nuestro país. Así consumiremos las energías en una dirección equivocada. Pongamos en primera línea lo mucho que tenemos de positivo. Los jóvenes de Podemos y quienes los siguen en su discurso, son parte de la solución, sin duda, pero no son la Solución. Cabría aplicarles el dicho gallego: Podemos tiene razón, mas la razón que tiene es poca, y la poca que tiene, no nos vale.

Al menos, no nos vale como solución definitiva, sino como elemento de la fase de catarsis.

 

 

 

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Mi diccionario desvergonzado: Colutorio, descomposición, examen, folleto, monja, percance, sentencia

21 julio, 2014 By amarias Deja un comentario

(Retomo aquí, aprovechando el tiempo veraniego y el relax intelectual, Mi diccionario desvergonzado, cuya primera edición creo que está agotada en alguna parte)

colutorio.- 1. Agua con sal y algunos edulcorantes que se vende, en los comercios de ultramarinos, como bebida refrescante que no suele ingerirse. 2. Lugar con cabinas desde donde se puede llamar a Lanitoamérica por poco direno.

descomposición. 1. Reacción típica del organismo en período de vacaciones  después de comer moluscos o crustáceos en un chiringuito  playero. 2. Dícese de un procedimiento de elaboración de alimentos cocinados, por el que al producto así maltratado se le llama desestructurado, y para el que se necesitan aparatos de laboratorio. Fue muy utilizado en restaurantes caros -hoy, casi todos, cerrados-, y por este recurso extra culinario se intentaba convencer al comensal de que había merecido la pena pagar tanto dinero por engullir pequeñas cantidades de algo que recordaba vagamente a la cocina tradicional. Véase chiringuito, desestructurar, laboratorio.

monja.- 1. Persona de avanzada edad, vestida a la antigua usanza medieval, que sufre de flebitis, y que va normalmente acompañada de otra mucho más joven, de tez oscura y rostro sonriente, llamada novicia, que lleva similares ropajes y avíos, aunque de color más blanco los primeros y más pesados los segundos. 2. Dícese, por exageración, de la joven que está preparando oposiciones, para indicar que no tiene contacto carnal, más que con los libros que subraya, con los que incluso se acuesta.

percance.- Situación inesperada, de origen y naturaleza muy variadas, considerada de poca entidad salvo que la sufra uno mismo.

examen.- 1. Prueba o evaluación muy difícil de superar, a no ser que se conozcan previamente los resultados. 2. Operación por la que se trata de descubrir los menores defectos de un producto, con el fin de rebajar su precio; si se le añade algún adjetivo, como, por ejemplo, cuidadoso, escrupuloso, ginecológico o rectal, puede llegar a ser muy desagradable.

folleto.- 1. Conjunto de hojas de colorines en donde se pretende explicar, en lenguaje ininteligible, cómo funciona un aparato, al que se acude una vez que se ha estropeado o roto por razón de su erróneo manejo. 2. Presentación escrita de las bondades de una empresa o corporación, a la que conviene no hacer mucho caso, y exigir una prueba fehaciente.

sentencia.- 1. Expresión que quien la emite considera afortunada, y por la que se pone fin aparente a una pendencia. 2. En los foros jurídicos, conclusión a la que llega un magistrado, después de cierto tiempo de tener encima de su mesa, sin haberlo mirado, un montón de papeles. Estos legajos, que crecen de forma desmesurada por poseer vida propia, alimentados por manuales denominados Leyes procesales,  son llamados, sin que se conozca la verdadera razón, autos, ya que en raras ocasiones conducen a quienes los han puesto en circulación al resultado deseado por ellos y, desde luego, correr, lo que se dice correr, no corren.

(continuará)

 

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Demócratas e Hipócritas

10 junio, 2014 By amarias Deja un comentario

«Marchaban los troyanos, semejantes/a ovejas de un rebaño numeroso/que en establo de rico ganadero/mientras de su blanca leche las ordeñan/balan y balan sin cesar si escuchan/la angustiada voz de sus corderos.»(1)

El asunto es tan viejo como el hombre en el mundo. Aquí tiene que haber, como en todo gremio, manada, rebaño o situación, alguien que dirija. Podrá ser el mejor, el más sabio, el más osado, o alguien que pasaba por ahí y fue confundido con enviado de los dioses. Lo importante es que sea aceptado por el grupo como el conductor de la grey.

Porque de esa forma, si el tropel de seguidores, dirigido de forma equivocada o por producto del azar, se despeña, cae en manos de las fieras, o se pierde en las selvas del acontecer, los que sobrevivan tendrán a quien echarle la culpa y, enterrando su memoria con anatemas y odios, no tardarán en olvidarse de lo que les pasó y cómo se les indujo a tal descalabro.

Por el contrario, si por haber acertado en la guía, o por producto del azar, las huestes encuentran la salida a sus males, venerarán al caudillo como un dios, le atribuirán aún más historias, batallas y victorias, y generarán con el paso del tiempo la leyenda que, trasmitida de padres a hijos por generaciones, acabará desdibujándose de tal modo, que no la reconocería ni el más avispado de los exégetas.

¿Tiene esto que ver con la democracia? Entiendo que sí, en especial para los que no creemos en ella. Ahora que está tan de moda confesarse como demócrata, por haber atribuido a la democracia la solución a todas las encrucijadas, reconocer que no se es de ese pelaje, merecerá la condena por perjuro, canalla, idólatra y egoísta pendenciero.

No me veo así, y por ello, me permito acusar, por mi parte, a los hipócritas que defienden la democracia en todos los momentos en que se deben tomar decisiones. Creo que el aforismo de «un hombre, un voto», debe ser terriblemente matizado. No creo siquiera en esa apelación, de signo mágico, al supuesto de que «el pueblo nunca se equivoca».

Podría citar miles de ejemplos en los que no sometería a referéndum una situación y otros cuantos en los que, si me aventurara a hacerlo, lo haría entre pertenecientes a grupos muy selectos. En técnica, en medicina, en economía, en sociología y… sí, incluso en política.

Pero este comentario es ya demasiado largo. Además, tenemos experiencia muy reciente del para qué nos ha servido. Y, o mucho me equivoco (y así lo desearía), o la aumentaremos a la vuelta de la esquina.

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(1) La Iliada, Homero, Libro IV, versión libre de este aprendiz, utilizando como base la estupenda traducción del griego de José Gómez Hermosilla, Librería de Perlado, Páez y C (1913)

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Cuento de primavera: La merienda

25 mayo, 2014 By amarias 1 comentario

Creían conocerse, porque eran amigos y se reunían de vez en cuando. Tenían mucho en común: un alto nivel de vida, salud aceptable, un interés razonable por lo que les afectaba o podía afectar y un conocimiento somero de lo que creían que no les afectaría jamás.

Con ocasión del cumpleaños de uno de ellos, Balisondio, éste les había invitado a su casa, un chalet en la zona residencial de Caraleja. Al llegar, un camarero les ofrecía bebidas de la bandeja que sostenía, y la pareja anfitriona los saludaba con  las habituales palabras de bienvenida.

Lloviznaba. Hacía un poco de frío.

Cuando llegaron Sacarindo y su nueva amante, la esposa de Balisondio, Maicosenda, no pudo ocultar una mueca de disgusto. Había invitado también a Covelanta, la primera mujer de Sacarindo, con la que le unía un especial cariño, pues se había imaginado la posibilidad de una reconciliación.

Aunque Sacarindo le había advertido de que vendría acompañado, había malinterpretado que lo sería de un hombre. Por eso le había pedido a Covelanta que trajera, por su parte, a otra mujer.

-¿Dónde habéis dejado el coche? -preguntó Maicosenda, por decir algo, recogiendo la gabardina de Sacarindo, con el vestigio húmedo de haber cubierto con ella a su acompañante, protegiéndola de la llovizna, en el trayecto hasta la casa.

-Hemos venido en taxi, para no tener problemas a la vuelta, ya sabes -contestó el interpelado, al que le habían retirado el carnet en una ocasión anterior por superar la tasa de alcohol admisible.

Sacarindo entregó el regalo que traía, una colección de litografías eróticas de un pintor de moda, envueltas en un papel de estraza, y presentó a su acompañante. Los anfitriones la observaron con intensidad. Podría ser su hija por la edad, y, acentuado el sonrosado de sus mejillas por la carrera que había hecho para escapar de la lluvia, les pareció al mismo tiempo hermosa, sensual y coqueta.

El cumpleañero agradeció el presente y, después de un rápido pasar por las láminas, con mirada descuidada («Cosas de Sacarindo» pareció pensar) lo dejó sobre la mesa donde se encontraban los otros regalos: el último libro de Whalton West sobre la Dependencia global, un abrelatas que era también conector de wifi, y varias botellas de Tempranillo.

-No os importará que haya venido con Susiela, ¿verdad? Es estudiante de sicología y, como veréis, muy guapa.

-He leído casi todo lo que has escrito -dijo la estudiante, quizá algo nerviosa, dirigiéndose a Balisondio-. Me parecen muy atractivas tus ideas sobre el instinto gregario, y todo eso. Solo que…no estoy de acuerdo.

-Nena, no hemos venido de invitados a esta cena a hablar de temas serios. Deja la cuestión para otro momento -intentó cortar Sacarindo, jovial y algo incisivo, como siempre.

-Al contrario, al contrario. Me parece bien tener temas de controversia -dijo Balisondio-. Pero te corrijo, Sacarindo. Esto no va a ser una cena, sino una merienda. Maicosenda prefirió encargar un catering, y así tendremos más tiempo para hablar entre nosotros, moviéndonos libremente.

Sacarindo dirigió entonces una mirada al salón y advirtió que solo estaban en él seis personas.

-¡Qué alivio! ¡Pensé que llegábamos los últimos, pero veo que somos de los primeros!

-No. Ya estamos todos. Solo seremos diez, esta vez -le aclaró Maicosenda, indicándoles que tomasen asiento.

Había, en efecto, otros tantos sillones como invitados, dispuestos en círculo. Susiela se sentó al lado de Covelanta, en el lugar que estaba libre, entre ésta y Carminolina, la esposa de Urgiondo, que era médico estomatólogo.

Carminolina, más o menos de la edad de su marido, tenía cuarenta y cinco años, era catedrática de química física en la Universidad Universal y era menuda, no muy agraciada. Sospechaba que su marido se entendía, al margen de lo profesional, con una de las enfermeras de la clínica dental donde atendía lunes y jueves, lo que era, desde luego, cierto.

Balisondo, colocándose en el centro del espacio que ocupaban sus amigos, reclamó atención.

-Os agradezco vuestros regalos, pero deberías haberme hecho caso, cuando os adelanté, al invitaros a este encuentro, que el regalo que necesitaba ya lo tenía preparado, y me lo ibais a entregar en el transcurso de la merienda -afirmó, en tono bastante grandilocuente.

-Porque lo que desearía que, en esta reunión, en lugar de hacer como acostumbramos, tomar unas copas y hablar de cuestiones bastante intrascendentes, conversáramos sobre un tema concreto. -Respiró, dando énfasis a sus palabras-. Quisiera que habláramos, mejor dicho que discutiéramos, sobre el amor. Sobre lo que cada uno entiende que es el amor.

-Qué interesante -dijo Susiela-. Como en El Banquete de Sócrates.

-El Banquete lo escribió Platón -corrigió Covelanta, que era profesora de Filosofía Básica en el Bachillerato-. Aunque si te refieres a quién era el anfitrión, según el relato, era Agatón.

Balisondo se sentó en el único sillón que aún estaba vacío.

-Ya podéis empezar -solicitó.

-¿Cómo empezar? ¿No hay preguntas para responder? ¿No nos das un guión previo? -se interesó Carminolina, que aparecía preocupada por la propuesta.

-Yo puedo ayudar, ya que el tema me interesa. -habló Sacarindo, cuya mirada se cruzó, por unos instantes, con la de quien había sido su esposa- Por qué no tratamos de responder a esta cuestión. Enfoquémoslo desde la perspectiva de la utilidad. ¿En qué me beneficia estar enamorado de otra persona?

Todos parecieron meditar la respuesta. Todos, menos Covelanta, que se levantó, y mientras se dirigía a la amplia mesa, situada en un lateral del salón, en donde se habían dispuesto las vituallas, afirmó, sin que le importara encontrarse de espaldas a los demás.

-¿Y por qué no respondemos a la pregunta contrarecíproca? Si no estamos enamorados, ¿qué nos perdemos?

Susiela abrió su boquita de fresa para decir algo, aún sin tener seguro qué podría ser. Se había convencido, instintivamente, de que la merienda iba a resultar de lo más interesante y, llevada por su ingenuo temperamento, pensó que era una oportunidad estupenda de demostrar a los amigos de Sacarindo que no se había equivocado eligiéndola a ella como amante.

(continuará)

 

 

 

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Cuento de primavera: Férula

23 mayo, 2014 By amarias Deja un comentario

Se llamaba Férula, que rima con Úrsula, pústula y Régula, la madre de la niña chica.

Se llamaba Férula porque su padre, unos pocos días antes de que ella naciera, se rompió el peroné al dar un mal paso, volviendo de tomar unas copas con unos amigos, por las que celebraban no se qué cosa. Sintió un dolor intenso y el pie se le puso rápidamente hinchado, como un ceporro. En el ambulatorio de Castropinar, a donde le condujo Fiducio, que era el único que tenia coche, había quedado solo de guardia una comadrona, muy simpática, y no pudieron localizar a ningún médico, por que era ya la madrugada del sábado y tocaba puente largo.

-Uy, esto es cosa de ponerle una férula -diagnosticó la sanitaria, que, por cierto, había sido, en una temporada anterior, cortejada por el accidentado.

-¿Férula? ¿Qué coño es eso? ¿La antitetánica? -preguntó el que iba para padre de Férula, que se llamaba Provincio, como su padre, viendo que el pie se le estaba poniendo casi como el vientre de su preñada esposa.

-No, no. Férula es una escayola. Tienes el hueso roto, y hay que inmovilizarlo, para que suelde bien-dijo la mujer.

-Pues venga férula -indicó, decidido, Provincio, mordiéndose los labios, que aún tenían el regusto al último cubata.

-Hay un problema, Provincio. Yo nunca he puesto una escayola en mi vida -se explicó la de la bata blanca.

-Vayamos a la capital, a que te atiendan como es debido -sugirió Fiducio, con la boca pequeña del que entiende que ya ha cumplido, entremezclada con vestigios de porqué me habrá tocado a mi esta china.

-Ni hablar, que eso está a ochenta kilómetros y no merece la pena-espetó Provincio, mirándose la extremidad dañada, y dirigiéndose a la comadrona, resolvió su caso, con la decisión que le pareció más acertada-. Tú has estudiado enfermería y sabrás la teoría de cómo poner una férula de esas. Enyésame la pierna, y ya veremos.

La mujer se negaba, pero no pudo aguantar la presión, y allá se arregló con la venda y la escayola. Apretó los vendajes cuanto pudo, echó la mezcla, y, a la opinión de todos, quedó una obra perfecta. Incluso había unas muletas en el dispensario, de las que tomó posesión el recién enyesado, dispuesto ya para largarse.

Entonces sonó el teléfono del ambulatorio. La esposa de Provincio había roto aguas y reclamaba, con urgencia, ayuda de la que sabía cómo atenderla, que era, en realidad, para lo que estaba más preparada.

Así que allá fueron todos, el escayolado Provincio, el conductor Fiducio y la diligente comdrona, a atender a la parturienta, que, cuando llegaron, estaba ya en el trance de alumbrar a la niña, dando los gritos con los que se acompaña, en general, el momento.

Era una nena rechoncha, negruzca de tez, de buen peso, y sana como una manzana de las tratadas con fitosanitarios. El padre, que esperaba fuera de la habitación, apoyado en las muletas, cuando vio aparecer a la comadrona con la niña en brazos, no pudo resistir el tomarla en los suyos, abandonado las muletas, Lo hizo con emoción tanta, que no oyó un chasquido, con el que su naturaleza le anunciaba que había roto también la tibia, lo que no interpretó, de momento.

-¡Férula del alma! -exclamó, con lágrimas en los ojos, creyendo que lo que había cascado era la escayola.

-¡Qué nombre tan bonito! -se escuchó decir, a la aliviada, desde la cama, pues no había podido distinguir aún, ocupada con lo suyo, las consecuencias del percance de su marido.

Así que fue llamada Férula. Para ser exactos, María de la Férula, pues, cuando fue bautizada, un mes más tarde, el sacerdote que ofició el Bautismo se negó a ponerle un nombre tan poco cristiano, salvo que fuera acompañado de otro venerado en los altares.

Cuando le diagnosticaron a Provincio, pasado mes y medio, al quitarle la escayola, lo que le estaba pasando por el cuerpo, le hablaron de que le había quedado afectado el nervio ciático poplíteo externo, ni más ni menos. Arreglar el asunto era cuestión, según le explicaron, de meterse en cirugía.

Férula crecía sana, regordeta, inocente de la carga del nombre y, por supuesto, ajena a la desventura de su padre.

-Me dicen ahora que hay que operar si quiero recuperar el juego completo de la pierna, que me ha quedado chula -comentó a su gentil esposa, que estaba amamantando a la pequeña.

-¿Por qué no le pedimos una intersección a un santo? Si lo pedimos con devoción, hará un milagro -sugirió la madre, que era devota de las cosas sacras y tenía plena confianza en el poder de la fe sobre las cosas razonables.

-¿Y a quién se puede pedir tal cosa? ¿Cuál es el santo que tiene poder sobre los poplíteos ésos? -se preguntaba Provincio, que era, como todos los mozos de su edad, agnóstico.

-Pidámoselo a Santa Férula -reclamó su esposa-. Ella es santa poco conocida, y seguro que no tiene peticiones que atender, como los otros.

-¿Santa Férula? ¿Pero no te ha dicho el cura que esa Santa no existe? -le espetó el marido, desconcertado.

Pero su mujer tenía soluciones.

-No veo en eso problema alguno. He leído que muchos de los santos que se veneran, y de los más milagreros, no existieron tampoco. Mira a Santa Bárbara, patrona de los mineros y artificieros. Se sabe que no existió. Ni Santa Verónica, ni San Nicolás, ni San Valentín,…y todos han hecho y siguen haciendo multitud de milagros.

Fue así como se encomendaron a Santa Férula, rezándole todos los días, tres rosarios. La mujer de Provincio, incluso, de rodillas, y él, siguiéndole el coro, de pie, y apoyado en el quicio de la puerta. Y, se podrá creer o no, pero cuando el bueno de Provincio fue a la consulta, al cabo de un mes, para que le dijeran lo que le estaba pasando, lo encontraron tan sano, tan recuperado de la pierna, que hasta creyeron que, si no fuera porque conocían el historial del caso, les estaba tomando el pelo.

No se tiene constancia de que Santa Férula obrara más milagros, ni se solicitó registro del acontecimiento inexplicable en los anales pontificios. Pero seguramente resulta explicable, al menos en el ámbito familiar, que la niña de ese nombre, mientras crecía sana, diligente y ordenada, era tenida en casa como llamada a la santidad, para cubrir el hueco que, según la información disponible, existía en el santoral.

Hasta que, seguramente por la presión en la que se desarrollaba su vida, y las atenciones desmesuradas que recibía para orientar su vocación en este mundo hacia el convento de clausura, Férula decidió marcharse de la casa de sus padres, e irse a trabajar de asistenta en la capital, en donde se le perdió la pista.

FIN

 

 

 

 

Publicado en: Cuentos y otras creaciones literarias, Sin categoría Etiquetado como: cuento, cuento de primavera, férula, inexistentes, nervio peoneal, peroné, poplíteo, rotura, santoral, santos, tibia

Cuento de primavera: El amorcillo despistado

21 mayo, 2014 By amarias Deja un comentario

Poco el mundo sabe que los amorcillos, que han sido representados no pocas veces en frescos y pinturas, existen. Esos niños imbuidos de una infancia eterna, que juguetean, inconscientes de su desnudez voluptuosa, con flechas, mariposas, racimos de uva o copas de vino, tienen la misma realidad que faunos, náyades, dioses, sátiros o bacantes, por nombrar solo algunos de los innumerables seres que pueblan el universo de la Mitología.

Entre los amorcillos, los hay más hermosos o más feos, más o menos atrevidos, poco o nada sensatos. Sus mentes infantiles al fin y al cabo, no han podido ni podrán madurar ni adquirir vicios o malicias, y, por tanto, son, en su capacidad de improvisar sin valorar las consecuencias de sus actos, imprevisibles.

No existen, hasta donde se conoce, guarderías celestiales, por lo que los amorcillos campan libremente por todo lo largo y ancho del espacio disponible. Siendo éste, ene-dimensional e infinito, y a pesar de ser ellos muchos, sería una rareza improbable encontrarse con alguna de estas criaturas, sino fuera porque, como moscas a la miel o granos a la cara de la adolescente, tienden a juntarse en tropeles allí donde se reúnen los humanos, teniendo especial predilección en aplicar sus juguetones ardides a hombres y mujeres jóvenes, a los que hacen perder fácilmente la razón por los vericuetos de las delicias del sexo, obnubilando incluso a algunos -sin importarles edad ni condición ni género- para escalar los riscos imponentes de la lujuria, en donde los exploradores carentes de preparación se arriesgan a morir por falta de oxígeno o exceso de capricho.

Como quedó expresado, estos celestiales niños no son responsables ni conscientes del resultado de sus triquiñuelas, pues ellos, puros como el agua del deshielo polar, no sienten ni padecen de lo que provocan en sus víctimas, que de esta forma puede cabalmente denominarse a aquellos humanos en los que se ceban con sus gracias y artilugios, pues si unos causan placer, otros dan lástima.

Uno de estos amorcillos, llamado Pistus, se fijó en una joven, ayudante de peluquería, y la tomó con ella, para disfrute de sí.

Puede que fuera por el color de su pelo -de un verde intenso veteado de rayas rojas y azules-, por los complicados tatuajes de su espalda y brazos (en lo que tenía visible, pues había más), que asemejaban dragones y extrañas flores, o, simplemente, porque, cuando dejaba de trabajar en el sitio de trasquilar y hacer las uñas, y, en llegando a la casa de huéspedes en donde compartía habitación con dos gatos que tenía recogidos de la calle, se metía por la nariz una dosis de polvos misteriosos, para luego hacer el recorrido, con ánimo despendolado, y hasta altas horas de la noche, por los más oscuros garitos de la ciudad.

Pistus la siguió toda una noche, y no encontró en ese periplo el menor motivo para reírse, quedando muy decepcionado.

La muchacha aceptaba invitaciones a troche y moche para beber cualquier brebaje, se abrazaba, alzando risotadas, con desconocidos de aspecto sospechoso, danzaba a su ritmo sin guardar la compostura, reñía a voces con quien se interponía poniendo paz entre las grescas, recibía amenazas de muerte junto a palmadas al trasero, trastabillaba cuando no caía y se arrastraba si no se tenía en pie. De madrugada, volvió, tropezando con todo, a la casa de mala muerte en donde tenía habitación y sus dos gatos, y se dejó caer, desfallecida, sobre el catre revuelto, vomitando en las sábanas.

Pistus, como cualquier amorcillo, no entendía de los comportamientos humanos adultos, pues solo le interesaban los efectos que provocaba en ellos con sus trucos, con los que aquello que vio no guardaba semejanza. Convencido de que los polvos que la joven se introducía por las napias estaban caducados, y suponiendo que habían sido dejados allí por algún otro amor olvidadizo, se fue tan campante al cajón en donde guardaba la infeliz su ración de droga de aquel día, y se la cambió por polvos del amor frescos, que tenían los mismos aspecto y textura que los que creía viejos.

Llegó la peluquera, respiró hondo aquellos polvos, y salió, como cada día, a su aventura. Pistus, invisible, pero teniéndose al lado, con plena confianza en los efectos de su pócima, se preguntaba quién sería el destinatario de la fuerza mágica del amor que despedía a raudales la peluquera y que en la más alta dosis imaginable, se había metido sin saberlo por la pituitaria.

Apenas había andado varios pasos por la acera, se encontró con alguien que le preguntó, sin ocultar la urgencia, si conocía de una farmacia por las cercanías.

-Se de una que abre las veinticuatro horas del día, pero queda algo lejos -le contestó la joven, que es momento ya que digamos se llamaba Guriela-.

Y se sorprendió a sí misma, diciendo:

-Pero no te preocupes, que yo te acompaño, pues no tengo nada que hacer mejor en este momento.

Pistus, revoloteando entre ambos, hacía cosquillas a uno y otro de aquellos humanos, ya entre los sobaquillos, ya donde los muslos cambian de nombre y de lisura.

-Es usted muy amable. Y se lo agradezco especialmente, pues he tenido que dejar a mi hijita sola en casa. Está ya próxima la hora en que debe tomar su medicina, que, por imperdonable despiste, he dejado que se agotara. Los efectos, si no le proporciono la dosis, serán terribles.

-¿Qué puede pasarle? -preguntó, con invencible curiosidad, Guriela, que, al lado, hacía de guía por las enrevesadas callejuelas hasta la farmacia de guardia. Se notaba extraordinariamente receptiva a cuanto pudiera provenir de aquella persona a la que aún no conocía.

Ella era una mujer tal vez de cuarenta años, vestida con gusto y hasta cierta elegancia; de su rostro, destacaban unos ojos grandes, de mirada intensa. No se podría decir que fuera hermosa, pero todo en ella aparecía cuidado. Con mirada profesional, Guriela no dejó de advertir que su acompañante tenía las uñas pintadas con una laca en un tono que acababa de salir al mercado, y que su cabello, a pesar de lo avanzado del día, se mantenía con unas deliciosas ondas suaves, muy atractivas.

Se llamaba Colidia.

Pistus, cuando se cansó de lanzar flechas embriagadas de amor y soltar mariposas y fragancias de ternuras convulsas, volvió con los otros amorcillos, a hacer, como solían, la recapitulación de sus aventuras. Cuando contó lo que había hecho, uno de aquellos niños eternos, se echó las manos a la cabeza.

-¡Te has confundido de medio a medio! ¡Has hecho que dos humanos del mismo sexo, dos mujeres, se enamoren perdidamente! ¡Eso va contra las leyes naturales de las especies!

-¿Qué me dices? -inquirió Pistus- ¿Crees que con solo unos polvos y un par de flechas podríamos cambiar las inclinaciones sexuales de los humanos?

-Pues no lo se -reconoció el amorcillo que había hablado primero, cruzándose de piernecitas sobre una nube-. ¿Por qué no se lo preguntamos a Afrodita Pandemos, que es la más enterada de todas estas cosas?

Allá fueron todos, en confuso tropel, en la idea de preguntarle a Afrodita Pandemos, que acababa de separarse de Hefesto, y jugueteaba en su lecho con Eros, entre un revolotear de palomas y un olor a mirtos y rosas bastante empalagoso.

-Afrodita, perdona la interrupción -dijo uno de los amorcillos más osados- queremos preguntarte algo. ¿Crees posible que, con el poder que nos ha sido dado, consigamos que dos mujeres o dos hombres…

De pronto, se interrumpió. De entre las sábanas, algo bulló y asomó la cabeza de Hera, muy sonriente, aunque algo colorada, si bien no tanto como la manzana que estaba mordisqueando.

Los amorcillos se alejaron discretamente, comentando, entre risas nerviosas, lo que creían haber visto o intuido, y, como son seres que existen al margen del tiempo, reconstruyeron sus ideas sobre las inclinaciones de sus víctimas pasadas, recuperando escenas que habían interpretado, en su momento, de otra manera.

Pistus, azorado, volvió al lugar en donde había visto por última vez a las dos mujeres, seguido por unos cuantos amorcillos.

No encontraron rastro de su anterior presencia en aquel sitio y, como eran incapaces de retener los rostros de los humanos, no fueron capaces de volver a identificarlas, jamás, entre tantas situaciones que, ahora, les resultaron todas parecidas.

FIN

Publicado en: Cuentos y otras creaciones literarias, Sin categoría Etiquetado como: amor, amorcillo, cuento, cuento de primavera, dosis, peluquera, pituitaria

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