Al socaire

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Cuento de primavera: Obvio y Paradójico

20 mayo, 2014 By amarias Deja un comentario

Como es sabido, a los entes que habitan en ese área de imprecisos contornos que se entiende por metafísica -y que, dicho sea de paso, no debe identificarse, sin más, con la imaginación- les gusta darse un garbeo por los terrenos de lo físico.

Es comprensible tal actitud, pues a todos los seres, en especial, a los más dinámicos, acaba siendo insoportable recorrer eternamente los sitios que corresponden estrictamente a su naturaleza. Es imprescindible cambiar de aires de cuando en vez, porque de esa forma se estimulan reacciones y sensaciones nuevas, produciendo efectos muy agradables.

Pocos entes metafísicos se podrían considerar más activos que Obvio y Paradójico. Estaban presentes en casi todas las conversaciones humanas. Se encontraban, cada uno asumiendo su papel a la perfección, en las reuniones importantes como en los encuentros más intrascendentes.

-Todo el mundo tiene algo que decir; el que sea o no interesante, es otra cuestión., -era una de los pensamientos preferidos de Obvio.

-Son los que callan quienes merecen la mayor atención, porque quien calla, generalmente discrepa -argumentaba Paradójico.

No eran amigos, sino rivales. Paradójico despreciaba a Obvio y Obvio desconfiaba de Paradójico, al que consideraba peligroso, y procuraba mantenerse alejado de él, lo que, por supuesto, no conseguía casi nunca. Incluso en el tratamiento de los asuntos más triviales, como podía ser hablar sobre el tiempo mientras se encontraban dos humanos en el ascensor, Obvio veía, no sin sorpresa y a veces, con disgusto, asomar la pata pilosa de Paradójico.

-Hoy parece que va a llover -decía, por ejemplo, la anciana que vivía sola en el tercero izquierda de un bloque con muchos vecinos, deseosa de entablar conversación con cualquiera sobre no importa qué tema.

-¡Caramba, se me olvidó  felicitar a mi madre ayer, que fue su cumpleaños! -era la incongruente expresión del joven del sexto derecha, que  había asociado, sin aparente explicación, la verruga en el rostro de la señora con la imagen de su mamá preguntándole reiteradamente, si su padre, del que estaba divorciada, habría llamado.

Por razones que no merece la pena explicar, Obvio y Paradójico habían decidido hacer las paces, al menos, por una temporada, que Obvio había identificado como «de higos a brevas» y Paradójico «de tanto en cuanto». Seguían viéndose muy diferentes, aunque estaban dispuestos a admitir, como vía de experimentación, que no eran absolutamente incompatibles.

Cierto es que Paradójico, que se consideraba creativo y estimulante, entendía que esa tregua le resultaría completamente inútil, y hasta contaminante, pero Obvio insistió tanto en que debían concederse un respiro en su sempiterna rivalidad, que acabó accediendo.

-En la variedad está el gusto -dijo Obvio, satisfecho-. Todos los días gallina, amarga la cocina.

-Gallina hablando de plumas -fue el escueto comentario de Paradójico.

En uno de los primeros paseos que hicieron juntos por los terrenos de lo físico, independientes de cualquier contaminación humana, se encontraron con una Ruina. Paradójico obligó a Obvio a detenerse, curioso por saber qué hacía allí aquel montón de piedras.

-Es una simple Ruina -le apremiaba Obvio a seguir el paseo.

-Todas las Ruinas han tenido un momento de Triunfo -replicó Paradójico. Y, acercándose más, preguntó a la Ruina:

-¿Cómo te llamas? ¿Qué has sido?

La Ruina se movió algo, despertando de su letargo. La yedra había había cubierto casi por completo lo que parecían antiguas paredes de un edificio muy amplio, del que solo quedaban en pie unos muñones de piedra.

-Ahora no tengo nombre, pero en mi memoria guardo haber sido el Palacio de los nobles que fueron dueños de esta comarca hace siglos. -dijo, sin ocultar un suspiro -. En mis salones se celebraban fiestas fabulosas, y mis aposentos han sido testigos de amores, devaneos, desvaríos…

-Para el carro, Ruina -le interrumpió Obvio-.  A nadie importa lo que fuiste, sino lo que eres. Hoy por hoy, eres solo una Ruina.

-Te equivocas, como siempre, Obvio -dijo Paradójico, que sentía repentina simpatía hacia la Ruina-. Veo en estas piedras que para ti no tienen valor, el mensaje de un pasado espléndido. Adivino, bajo esa yedra, el trabajo que realizaron los canteros. Puedo sentir la música que llenó estos huecos, y el brillo de los ojos de las damiselas esperando que alguien las saque a bailar…

-Solo percibo piedras, hojas secas, polvo y abandono -replicó Obvio-. Si esto es ahora una Ruina, por algo será.

Paradójico tuvo de repente una inspiración:

-Tienes razón, colega. Las piedras que fueron Palacio y Salón de Baile y testigo de fiestas y de risas, cumplen ahora una función igualmente digna: servir de demostración a la fugacidad de cualquier existencia, y enseñar a los humanos que nada conserva su valor eternamente.

-Eso que dices es obvio -comentó Obvio, con admiración-. Podría haberlo dicho yo, y no mejor.

-No creas, es paradójico -le contrarió Paradójico-. Porque acabo de fijarme en el cartel que está junto a la Ruina y en él he visto escrito: «Palacio de los Condes de Pasidueñas. Siglo XVI». Es decir, le han puesto a la Ruina el mismo nombre que tenía cuando gozaba de todo su esplendor.

Y, despidiéndose de la Ruina, siguieron su paseo, mientras les duró aquel sano entendimiento.

FIN

 

 

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Cuento de primavera: La rueda

14 mayo, 2014 By amarias Deja un comentario

Las historias más entretenidas son aquellas que hablan de amor y lujo, por supuesto. Todos los cuentistas lo saben. Como donde hay amor, florecen la envidia y el odio, y como el lujo se sustenta necesariamente en la escasez y la pobreza, un relato que se precie de realista debe combinar todos esos elementos.

Lo que no es aceptable, siguiendo las normas del buen gusto literario es que, al final, en ese momento en el que se reparten los premios y los castigos a los personajes de la obra, el autor condecorara a los peores, liberara a los asesinos, hiciera amados a los adúlteros, ensalzara a los aviesos, o destinara a gozar en su penuria a los miserables.

Advierto, pues, que esta obra va del revés. A la rueda de fortunas, acaeceres, simplezas y desgracias en la que se generan las vidas de los humanos, le basta con entregar a la publicidad un único ejemplar de cada vez: el nuestro. Y, por las muestras, el principio, el medio y el final, le traen sin cuidado.

Godofrit AlDaminante era jeque, emir o jerifalte de un país muy reducido. Con una tradición de mercachifles en lanas de cachemir y sedas de gusano, todas de regular calidad, ese feudo miserable se había transformado en una factoría de hacer riqueza, gracias a haberse descubierto, en el curso de la preparación de unas prospecciones petroleras, que en los terrenos de aluvión de lo que había sido el cauce del río Kaá, hoy un secarral, existía un depósito de torianita.

Tirando de aquel hilo, se encontró una descomunal madeja rocosa que garantizaba unos royalties tan jugosos que la renta per cápita del país se situó entre las más altas del globo.

AlDaminante tenía todo cuanto se puede desear en este mundo: casas lujosas en múltiples lugares, desde París a Putingrado, manjares deliciosos, incluso a contraépoca y natura, mujeres cariñosas de las que gozar y de todas las razas y pareceres. Tenía, por complementos, un ánimo tan laso como disoluto, adornando una salud aún aceptable.

De todo ello, se debe reconocer, usaba con mesura.

No era, sin embargo, completamente feliz. Su hijo mayor, apodado Godín, y que llevaba sus mismos nombre y apellido, el llamado a heredar el poder total en aquel árido conglomerado generador de riquezas, era un indolente.

-¿Para qué debo preocuparme? -le espetaba a su padre, el desvergonzado, dilapidando a manos llenas, en gozos, sombras y caprichos, cuanto tenía a su disposición-. Nada me falta ni faltará. A tu muerte, tendré todo lo que se puede desear y, aunque viva doscientos años, no seré capaz de gastarme toda la fortuna que heredaré, por lo que todo el mundo me fía con la promesa de que le recompensaré mañana.

Godofrit senior se desesperaba. El hijo no había conseguido terminar los estudios de Economía Universal, a pesar de haber contado con los mejores maestros particulares y del soborno a un par de profesores y la amenaza de dejar castrados a otros tres. No se interesaba por ningún negocio que no fuera de naipes, ruleta o dados. Y, para añadidos, carecía de interés por cuanto no le pudiera pasar por algún sentido, con tal de que le proporcionara goces, placeres o esa relajación viciosa de quien está siendo o ha sido maltratado y sabe que es mentirijilla.

-No quiero dejar a mi hijo expuesto a su simpleza -comentaba el padre con uno de sus consejeros áulicos-. Quiero convertirlo en alguien respetable, en un ser que sea venerado, ya que no por su inteligencia, ni por su destreza, ni por su carácter, que lo sea por haber inventado algo que sea imprescindible para el bienestar de sus súbditos.

-Eso está bien pensado, oh, señor. Pero, ¿qué podrá ser? -le contestaba el sabio, que había sido cabrero en su niñez y, en el tiempo libre, había estudiado los libros sagrados y ahora veía mucha televisión-.Todo está inventado ya. Los científicos de los países más desarrollados han resuelto todo lo que se podría necesitar y no se detienen en proponer cada día, miles de nuevas invenciones, que sustituyen, con éxito a las antiguas.

-Arréglate como puedas -le cortó el jeque-. Mi hijo ha de ser querido por haber resuelto un problema fundamental. Inventa lo que sea. Para estimularte en tu creatividad, que se que es mucha, te doy diez días. Si al cabo de ellos, no me haces una propuesta convincente, te haré cortar la cabeza y daré tu cerebro a mis mastines.

El pobre consejero se quedó pálido. No tenía mucha formación. No sabía de ciencias ni de leyes. Estuvo nueve días y sus noches dándole vueltas al problema. Consultó con los astros, con las tabas, con la sangre de los carneros. Con su mujer. El tiempo pasaba, y no se veía sino con la cabeza hueca enhiesta en un palo y los restos del cerebro en el estómago de los cánidos del tirano.

Al décimo día, cuando iba al Palacio para responder de su inútil meditación ante el jeque, en un carrito empujado por un miembro de la casta más ínfima, tuvo una idea descabellada.

Godofrit senior se quedó estupefacto cuando oyó la propuesta.

-¿La rueda? ¿Inventar la rueda? ¿Quieres que mi hijo vuelva a inventar la rueda? -estaba a punto de estallar de cólera- ¡No he oído tamaña tontería en toda mi vida!

-No te desesperes, señor. -argumentó, con calma, el consejero áulico-. Se trata, ante todo, de retirar de las calles, de los palacios, de las casas, todo lo que sea redondo, todo lo que se parezca, incluso, lejanamente, a una rueda. Perseguiremos a cuantos guarden en sus casas rodetes, cilindros, timones, cajas circulares, roscas, tornos, etc. Hagamos desaparecer todas las ruedas y sus semejantes de este país, cerrando las fronteras a cualquier entrada de ruedas, o elementos con ruedas. Tú mismo, como modelo superior a seguir, utilizarás solo cosas cuadradas, rectangulares, punzantes, con aristas picudas.

Godofrit escuchaba con atención. El consejero seguía.

-Dentro de cinco años, que es el tiempo en que la memoria humana se renueva, nadie recordará lo que es una rueda. Se habrá perdido toda huella, el menor vestigio sobre este elemento, hoy imprescindible. Y entonces, Godín, reaparecerá en escena, y reinventará la rueda.

A Godofrit le gustó la idea, y la pusieron en práctica.

FIN

 

Publicado en: Cuentos y otras creaciones literarias, Sin categoría Etiquetado como: áulico, consejero, cuento, cuentos de primavera, incompetente, invención, jeque, reinvención, rueda

Cuento de primavera: La torre de Papel

13 mayo, 2014 By amarias Deja un comentario

Carciondo Percalio y Palmira Carmano, se habían casado muy enamorados. Desde niños, vivían en el mismo barrio, un conglomerado de insulsos edificios construidos a mediados del siglo pasado, de esos que llamaban de protección oficial. Se conocían a la perfección, hasta el punto de que -habían llegado a decir- podían leerse el pensamiento.

Carciondo era perito industrial; habilidoso e intuitivo para entender el funcionamiento de los mecanismos, había patentado un artilugio salvaescaleras,  ligero de peso, que no solamente se plegaba sobre sí mismo hasta una compacidad inverosímil -permitiendo su ubicación en espacios reducidos-, sino que no precisaba conexión eléctrica ni baterías. La empresa que había creado con esa idea le había hecho multimillonario, si bien le ocupaba mucho tiempo, hurtándoselo  del que sería aconsejable para mantener el equilibrio familiar.

El incremento de fortuna les hubiera permitido,  naturalmente, mudarse a una de las zonas mejores de la ciudad, pero, por comodidad y afecto a los orígenes, permanecían en el mismo sitio que les había visto crecer. Eso sí, habían comprado todos los pisos que daban al mismo descansillo (desde el A a la J), uniéndolos.

Allí vivían los cuatro, pues el matrimonio había tenido por descendencia a un varón y una hembra, en edad aún escolar, en el momento de escribir este relato.

Todo iba tan bien, que forzoso era presagiar alguna tormenta en un clima empalagosamente calmo. Así fue. Con la llegada del climaterio masculino, Carciondo empezó a sentir celos de Palmira. Tal actitud carecía, por supuesto, de motivación. Al menos, al principio.

-¿Dónde estás? -telefoneaba, desde la empresa, a Palmira, con una frecuencia que llegó a ser escandalosa.

Al principio, Palmira, no se sintió molesta, sino, más bien, al contrario. La preocupación del que te ama por tus movimientos, tiene un trasfondo halagador.  Los dos hijos adolescentes ocupaban, además, mucha atención del ama de casa, que la asistente que tenía contratada apenas aliviaba y que no es necesario detallar, pues son de todos conocidos.

Cuando las llamadas de control empezaron a ser insistentes, y las encuestas del marido sobre lo que estaba haciendo la mujer pasaron a ser detalladas y prolijas como las encuestas de opinión, la persecución o seguimiento que se le hacía las sintió tan cercana e insoportable, que, un día, sin poder ya contenerse, la esposa estalló.

-¿Qué te importa lo que hago? ¡Tantas veces me has dicho que vas a venir a cenar y, con la cena preparada, no apareces hasta las dos o tres de la madrugada! ¿Para qué quieres saber dónde estoy? ¿Para vigilarme? ¡No conoces ni a tus hijos! ¡No sabemos nada de ti, desde que te vas a primera hora hasta que reapareces para despertarme, porque ya llevo tiempo metida en la cama!

A pesar de la advertencia, Carciondo no cambió de actitud, como debería haber sido su decisión, si la hubiera querido calificar de sabia.

Por el contrario, sospechando con elaboración enfermiza que Palmira le traicionaba los votos de fidelidad -llegaba a preguntarse, muchos días, repasando los nombres de los vecinos, quién, cuántos, con quiénes, se entendía la buena señora-, contrató a un detective para que la vigilara las veinticuatro horas del día.

El detective le hizo, en el tiempo establecido, un informe completo, que demostraba a las claras la inocencia de la esposa y, de indirecto, lo turbio de los manejos mentales del marido. Pero a Carciondo no le valió. Quiá. Incorporó al investigador de los comportamientos ajenos, a su lista de los potenciales, reales o ficticios seductores de Palmira, y organizó una batalla campal sin parangón con la que era su compañera desde la adolescencia.

-¿Por qué no me cuentas lo que hiciste? ¿Qué me ocultas?¿Te acuestas con el zapatero? ¿Con Marcelio? ¿Con Réntulo? ¿Con todos? -acosaba a su esposa, elevando la voz, en una secuencia incómoda, que se repetía con el mismo libreto muchas noches, incluso delante de los hijos, porque, cambiando de costumbres, aparecía inesperadamente a la hora de la cena, para marcharse luego, dando un portazo solemne.

-¡Me voy con la otra, ya que tú me traicionas como a un perro! -gritaba desde el portal, antes de irse a llorar de soledad a cualquier parte.

Carciondo no bebía, aunque la tensión le había conducido a ser -ocasional primero, regular después- consumidor de cocaína y pastillas de colores, que le proporcionaba un administrativo de la empresa, que tenía amigos colombianos mal relacionados.

En las escenas que organizaba en sus espejismos caprichosos, a veces rompía platos, y otras, empujaba o daba manotazos a quien se le pusiera delante. La situación fue, en fin, insostenible. Palmira, aconsejada por la Asociación Local de Mujeres Maltratadas, pidió la separación y, como no estaba dispuesto a dársela de forma amistosa, la solicitó por escrito en los Juzgados de Familia.

Carciondo, despechado sin porqués, contrató al mejor abogado que le recomendaron, especializado en conflictos matrimoniales, quien preparó una contestación a la demanda muy cuidada, negando pruebas, solicitando otras y, en particular, aportando una propuesta de Convenio Regulador por la que se le negaba a la mujer otra cantidad que no fuera una mínima pensión y unos dineros de pacotilla para los estudios y mantenimiento de los hijos, hasta que alcanzasen la capacidad de tener ingresos propios, además de incorporar referencias gratuitas, y, naturalmente, molestas, a la supuesta ludopatía de Palmira, a sus escarceos en camas ajenas, a sus desvíos en las obligaciones conyugales, fueran las que fuesen.

La Asociación Local propuso a la esposa un bufete matrimonialista que, si no era tan bueno como el de Carciondo, no se le separaba ni dos milímetros en los barremos de la perfección jurídica, si los hubiera. Habida cuenta de que el matrimonio se había acogido al régimen de separación de bienes, (allá cuando el espeso se lanzó a la aventura empresarial), este elenco de letrados preparó una contestación ejemplar, poniendo de relieve la construcción artificial de esa figura -levantando el velo, o la falda de la impostura, como puede decirse-. Su réplica incorporó el detalle de los beneficios que reportaban los salvaescaleras al esposo, reclamando, no ya la mitad, sino los dos tercios de la empresa, el chalet en la sierra y el apartamento en Castellanata y, por supuesto, el usufructo vitalicio de la casa familiar.

En primera instancia, el juez -un excelente muchacho que tenía a su madre inválida por una parálisis impeditiva y que conocía el mérito del salvaescaleras- dio mucha razón a Carciondo. En la Audiencia, le quitaron muchísima. Los montones de papel se acumulaban sobre las mesas, revisando cálculos, aportando nuevos argumentos, con propuestas y contrapropuestas de Acuerdos Regulatorios y Desacuerdos Descompensatorios.

El bufete que defendía las posiciones de Palmira, había denunciado a Carciondo, dicho sea al paso, por malos tratos en el Juzgado de Violencia contra la Mujer. El excelente abogado de Carciondo, no se quedó atrás y, al tiempo que defendía a su cliente negándolo todo y atribuyendo a la enfermedad mental de Palmira las inquinas, presentó, firmada por su hijo -al que convenció de alguna manera- una demanda de incapacitación de la mujer.

Como medida cautelar, Carciondo tuvo que abandonar el domicilio familiar, y pasó a habitar el apartamento en Castellaneta, dejando la empresa en manos de su director de fábrica. Pasaron algunos meses y, un buen día, en un chiringuito junto a la playa, conversando con su abogado, viendo la pirámide formada con los escritos que habían presentado unos y otros, en los variados procesos en que estaban incursos, habiéndose puesto una ralla de droga de buena calidad en la nariz, se preguntó:

-¿Cuál fue el origen de esta torre de Papel?

FIN

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Cuento de primavera: Un excelente fracaso

11 mayo, 2014 By amarias Deja un comentario

Cuando me contaron la Historia, sencillamente, no me la pude creer.

Bartolino Collegato nació en la Toscana, en una población cercana a Florencia (Firenze), famosa por sus almendras garrapiñadas. Aunque la región ha producido músicos e intérpretes de ópera renombrados, nada hacía suponer que Bartolino desarrollara una afición musical, que era ajena a la tradición familiar. Cierto que su madre, perteneciente a los Strazziato, del Véneto, había trabajado como domestica collaboratrice en casa de un director de orquesta afamadísimo, cuyo nombre no me viene a la memoria en este momento, pero, fuera de esa circunstancia, lo normal era que el niño se hubiera dedicado al dolce far niente, que era de lo que vivían secularmente los Collegato, propietarios de varias hectáreas de muy productivos almendros de las variedades Tuono y Cristomorto.

Bartolino, a pesar de su apariencia de niño normal, era poseedor de un oído sutilísimo, capaz de discernir las frecuencias sonantes y disonantes con una exactitud mayor que el más afinado de los diapasones, identificando, sin dudar, todas las que correspondían a un amplio rango espectral: concretamente, entre los 326 y los 488 herzios, -como se llegó a determinar, ya en su madurez, por el Instituto Fonográfico de Bolonia, que lo dejó certificado con todas las de la ley-.

Será preciso, tal vez, para el lector menos introducido en los misterios profundos de lo acústico, indicar, con solo un par de brochazos, no lo que define el «me gusta/no me gusta» de una producción musical para el aficionado normal, sino la deconstrucción técnico-científica de esos disfrutes y apetencias, lo que le permitirá entender la suerte o la desgracia de Bartolino.

Como es sabido, la Naturaleza vibra con una frecuencia específica, denominada base, y a esa referencia universal, señalada como un alelo en el ADN del cosmos, tienden a sintonizarse de forma instintiva, buscando su estado de equilibrio, los ritmos de todos los seres vivos. El cerebro humano encuentra,  cuando llega a su estado de reposo total, ajustando los biorritmos a múltiplos de la frecuencia base, corregida, desde luego, teniendo en cuenta los valores específicos de la presión atmosférica del lugar, la temperatura ambiental y, entre otros, la velocidad del viento soplante, lo que algunos eruditos llaman momento de ataraxis y otros espíritus, más llanos, estado de post-orgasmo o espejismo coital.

La persecución de la altura espiritual máxima del ser, el estado de tranquilidad que identifica al que lo disfruta con el Espíritu Supremo, el Hálito Sublime, que rige el Cosmos con su cadencia mística, es un objetivo lógico de todo intelecto.

Resulta indiferente que en algunas personas se manifieste el acceso a ese nivel con la boca entreabierta, manipulando un palillo desmochado por los dientes o extraviando los ojos extasiados en las órbitas. Se puede confundir, de no estar en el ajo, como estulticia crónica e incluso con profunda somnolencia. Existe y es. Si no fuera por los riesgos cancerígenos, ese estado se pondría en evidencia, como acaecía antes de la caída de Ícaro sufrida por las Tabacaleras, fumando un cigarrillo con el aire de haber descubierto sentido a la paradoja de Poincaré.

Cuando se descubrió la peculiaridad de Bartolino, era ya tarde para tomar medidas. El mal, si lo hubiera, estaba hecho; aunque, según los psico-especialistas que lo trataron, nada se hubiera podido actuar, salvo alabar el don, o compadecerlo por él. El niño venía de fábrica con una singularidad que se desconocía cómo cambiar, y, aunque se especuló si era cuestión de estropearle algo el martillo, perforarle el lenticular o tornearle los acueductos de Falopio con una sonda electrónica, por fortuna, nadie se atrevió a meterle mano ni artificios a sus oídos.

Bartolino se orientó, en fin, como no podía quizá ser de otro modo, hacia la música. Aprendió, con inusitada rapidez, a tocar cualesquiera instrumentos, que, como por arte de ensalmo, rendían en pocas semanas sus misterios ante él, arrancando el virtuoso de los mismos, espontáneamente, los más sutiles sonidos. Ya fuera el clarinete, el óboe, el violín, el trompón, el laúd o la trompeta, por enumerar solo una pequeña parte de cuantos componen las variedades emisoras de notas de las orquestas modernas, no había artilugio de hacer sonar que se le resistiera.

Hubo un tiempo breve en que le atrajo hacer de concertino, pero, dada su extraordinaria habilidad, desesperaba a los músicos que tocaban el óboe o el clarinete, quienes no tardaban en comprobar, con sana envidia profesional (es decir, odio perpetuo), que, por mucho que ajustasen sus instrumentos previamente con el diapasón más exacto, no conseguían superar la condición natural en posición de primer viola que no dudaba en asumir, con su elegancia prístina, el pobre Bartolino.

El director de la insuperable orquesta sinfónica de Brochumfield, Martin Gómez «Falsete», en donde estaba contratado como Tutti resoluto -posición en la troupe que se había creado para él-, le brindó una sugerencia, consciente como todos, del privilegio de Bartolino y, que, de manera poco sorprendente, tantos disgustos le proporcionaba, en vez de serle vía de hondas satisfacciones:

-Creo que tu posición acertada en mi orquesta es la del bombo sinfónico. Ningún instrumento como él exige, para encontrarle todo su desarrollo y expresión, la combinación de un supremo sentido musical, junto a un talante de total control personal en el intérprete.

-¿Es así? -dudaba Bartolino, que, aunque virtuoso, solo tenía por entonces dieciséis años y no entendía de malicias ni de las muchas guadañas que se emplean en la vida para segar la hierba bajo los pies de los que destacan -. Observo que los maestros del bombo sinfónico se pasan la mayor parte del concierto ajustando los múltiples artilugios de que consta su instrumento, para, al fin y al cabo, solo tener unos pocos momentos propios de interpretación en una sinfonía.

-He ahí la virtud y el misterio del bombo sinfónico. Es un instrumento que precisa para desarrollar todo su potencial, que el maestro no solo sea un buen músico, sino un gran ingeniero. Tú, que estás tan bien dotado para descubrir frecuencias, eres el intérprete idóneo, pues, para ti el ajuste ha de ser tan natural como para otros pan comido -le decía el director de la Sinfónica de Brochumfield, número uno de su promoción en Concertino, sobresaliente cum laude en el master de Dirección orquestal, y con experiencia en varias sinfónicas y coros universitarios, currículum imprescindible para llegar a dónde estaba.

Fue todo muy bien. Bartolino Collegato encontró pronto merecida fama como maestro del bombo sinfónico, tocando como nadie, además del triángulo, los platillos, las castañetas y el timbal. Era, por fin, feliz. Con solo diecisiete años, se hablaba ya de él, de su arte, como la consecuencia fortuita de la reencarnación de Rubinstein en Bethoven y Mozart, fruto de la savia confundida de los mismos ilustres D´Arezzo y Le Marie, ajustados con la gracia insuperable de Sor Sonrisas y Stravinski, que en su gloria estén.

-Nos ha llegado una obra maravillosa -le explicó un buen día, en tono inequívocamente confidencial, «Falsete», mientras Bartolino se encontraba ensayando nuevos golpes de baqueta-. Es la última sinfonía del genio Brutz Piarteç, fallecido el año pasado, que reúne todas las exigencias melódicas y rítmicas de la tendencia neoexpresionista de la que fue exponente, y nos han encargado a nosotros que hagamos la presentación de esa perfección musical en el auditorio de Bientbulchwald, con ocasión de la Fiesta del Oso anual, a la que acudirá Su Excelencia Reverendísima con su concubina.

-Oh, Señor. Es una gran responsabilidad -decía Bartolino, leyendo, de corrido, la partitura propia de las violas, cuyos sonidos reproducía mentalmente en su inconmensurable caja acústica- Qué belleza. P…pero -preguntó, con inquietud, avanzando por las hojas- ¿Cuál es el papel que corresponde al bombo sinfónico?

-Ahí está el asunto -contestó el responsable de la Orquesta-. El bombo sinfónico tiene solo un momento. ¡Mas, qué momento!. Es el de máximo clímax. Aquí -le señaló, apuntando casi al final de la partitura, con su dedo meñique, un signo clave-. En este preciso instante, a medio camino exacto entre el re bemol del chelo y un la sostenido de todos los clarinetes, encajado como un rubí en la nota más alta que pueda alcanzar la mezzosoprano, deberá producir un legato singular, completo y sonoro.

Bartolino imaginó, convulso, aquel momento. Se emocionó.

-Dada la dinámica tan fuerte que alcanzará la orquesta, por lo que veo y siento, será imprescindible combinar el desplazamiento del brazo al término justo, utilizar una maza más grande, y acompañar el movimiento de las articulaciones, en la caída in crescendo, de forma que el parche resuene de forma completa y sonora. Un golpe seco, único, expresivo…¡Qué belleza! -se admiraba Bartolino, ajustando mentalmente su vibración sonora a lo que deducía, sin fallos, del libreto.

Bartolino Collegato de la Toscana, becado privilegiado por la Ciudad de Firenze, virtuoso seguido con admiración por una minoría suprema del coro de entendidos mundiales -no, desde luego, de los que esperan a que otros aplaudan para añadir sus sonoros vítores, esperando una repetición gratuita de algún movimiento de la obra, sino de aquellos que saben distinguir las fases intermedias de una sinfonía, de su punto y final- se entrenó para la singular representación, con todo ahínco.

Seleccionó la maza justa, de entre centenares de ejemplares que probó, una y otra vez; ensayó movimientos del brazo -más abiertos, cerrados, ágiles o lentos- y hasta hizo musculación específica, entrenándose en un gimnasio; pidió a un curtidor de Sarajevo que le cambiara varias veces el parche del bombo, hasta dar con el justo; despedazó no menos de doce bombos, usó tres micrómetros ajustados electrónicamente, tomó tiempos tanto con metrónomos digitales y analógicos, guardó reposo y prescindió de carnes y pescados, engendró silencios…

El día del estreno, allí estaba, serio, imperturbable, aunque su procesión iba por dentro. La responsabilidad asumida por Bartolino era inmensa, tal como la entendía. En un solo instante, le llegaría el momento de genial lucimiento, y, con él, se vería consagrado para siempre, como dios entre los intérpretes del más difícil de los instrumentos. Habría conseguido el clímax del bombo sinfónico en la última obra, la producción cumbre y, por tanto, definitiva, del incuestionado Piarteç, el regenerador del neoxpresionismo orquestal.

La orquesta avanzó, impecable, conjuntada, vibrante, melódica, sugerente o apabullante, según los tramos.

Llegaba el punto esperado, acercándose inexorable, inmaculadamente rítmico. El corazón de espectadores y músicos, acompasados todos a una misma frecuencia, se encontraba a punto de alcanzar el clímax, un orgasmo brutal, la intratable ataraxia colectiva. El ajuste bio-rítmico a la mágica esencia del Cosmos.

Bartolino, como tenía ensayado, levantó el brazo derecho, los 43º exactos de inclinación que tenía estudiados a la perfección, ensayados hasta la exasperación de cualquiera menos ilustrado. Tensó, como sabía, los músculos del antebrazo, sintió, encajándose, la vibración del cuello, la respuesta concreta del esternocleidomasteideos. Acarició, con la mano izquierda, abierta en símbolo de paz y respeto, el lateral del bombo, como quien consuela, antes del salto, a su yegua preferida. Su cerebro latía exactamente a múltiplos de 8,01 herzios; notaba las pulsiones en todo su cuerpo.

De pronto, en esa centésima de segundo vital, algo se cruzó. No supo qué. El brazo se le movió quizás algo más rápido, apenas un ligero porcentaje más acelerado de lo que tenía estudiado. Lo que hubiera sido, como un ángel que pasa, no pudo controlarlo. Cayó la maza sobre el bombo una nada antes, un poco poquísimo más fuerte. El amortiguado resultó un si es no es menos cortante,… naderías… aunque, para él, una inmensidad de desconciertos.

Bartolino estuvo a punto de desmayarse. Sintió el fracaso, la responsabilidad cayendo, como una losa, sobre su cuerpo de intérprete.

Había desperdiciado ese momento. Una vergüenza. Tuvo ganas de llorar, vencido.

Sorprendentemente para él, todo el público se puso en pie, de golpe, y rompió en aplausos. Fue la ovación más duradera, más sonora, homogénea y brutal que jamás se había escuchado ni volvió a escucharse otra vez en Bientbulchwach.

-¡Un genio, un genio! -gritaban, enloquecidos, obligándole a saludar una y mil veces, adelantándose al proscenio.

Fue incapaz de repetirlo, aunque lo intentó, desde luego.

Abandonó la música y se dedicó, desde entonces, al negocio familiar, si bien hizo cambiar la variedad de almendras por la marcona, más redonda y carnosa. Su nombre quedó escrito entre los geniales intérpretes del bombo sinfónico, para siempre.

FIN

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Cuento de primavera: El panteón

10 mayo, 2014 By amarias Deja un comentario

La magnificencia del inmenso salón, la seriedad solemne de los ujieres, disfrazados incluso con pelucas dieciochescas, las mórbidas capas de terciopelo adornadas con hilos de oro y plata y los birretes multicolores -según la población de procedencia de los magister, su grado y antigüedad en el cargo- y, en fin, la aparatosidad estudiada con la que el Compadre Mayor de Todos los Estamentos de la región de Gardonia, dando un golpe con el martillo de ceremonias a la vasija representando a la Diosa Ceres, fabricada en cristal de Cartara, abrió la Sesión Extraordinaria del Círculo de Poder Máximo, todos estos elementos, y muchos otros, provocaban en el escaso público asistente, autorizado por un permiso especial a presenciar la reunión, emoción y respeto.

Esa Sesión Extraordinaria había sido convocada por una doble razón: Una, objetiva, que era el hecho de que Gardonia languidecía a pasos agigantados, perdiendo a ojos vistas, incluso para el más ciego de los observadores,  el poder y bienestar del que habían disfrutado hasta hacía apenas dos lustros. La situación estaba controlada, hasta el momento, por la Guardia Pretoriana de Gardonia, que mantenía a raya a los descontentos, pero era cierto que la preocupación crecía en los Estamentos Mayores de la región.

-¿Qué debemos hacer? -había preguntado, en una Notificación Interna Confidencial, el Jefe de la Guardia Pretoriana, a su inmediato superior, el magister de Interiorismo- No parece posible meter en las cárceles a todos los opositores, ya que, me temo son en este momento más de la mitad de la población y no tendríamos sitio más que para un dos o tres por ciento

Otra razón, subjetiva, era nueva, pues se trataba de proponer soluciones. Era una cuestión insólita, y que todos los magister juzgaban elucubrante, caprichosa y, posiblemente, perniciosa.  Se comentaba que la sugerencia que se había presentado era que todos los magister dimitiesen en bloque y se nombrase para sus puestos a gentes jóvenes de Gardonia.

-No tienen experiencia, es cierto, -parece ser que se expresaba en el Informe previo- pero tienen algo que a los magister les falta: Ilusión, empuje, propios de su juventud, para cambiar las cosas y, además, tiempo y ganas, que a los viejos representantes les falta.

La propuesta debería haber sido rechazada in límine (que no se sabía bien lo que era), aunque al haber sido expresada con tanta firmeza por el recién incorporado Magister mínimus -que tenía pendiente su confirmación en esa Sesión Extraordinaria, por cierto-, la mayoría de los representantes de los Estamentos la habían aprobado, bien por confusión, bien por parafernalia.

-¿Qué perdemos, al fin y al cabo? -se habían dicho unos a otros. Aprobemos la moción y, cuando llegue el momento de revalidar el nombramiento del magister mínimus, votamos en contra y proponemos a uno de los nuestros, que será aceptado por aclamación. Mi tío abuelo es un candidato perfecto -decía, incluso, el anciano representante de la población de Perturbancia.

-Perfecto. -aprobaban con aquiescencia incólume los cofrades, babeando-. Que, antes de votar, no se olviden los ujieres de invalidar los botones sobre los escaños que no correspondan a lo deseado, para evitar que haya confusiones -sugería alguno, alardeando experiencia y pragmatismo.

Era de ver la pompa y recogimiento, siguiendo ritos precisos que habían sido transmitidos de generación en generación, con los que que todos los compadres iban ocupando sus asientos en el estrado para la Sesión extraordinaria. Ciertamente, un ojo demasiado crítico hubiera descubierto que las pinturas del salón en donde tenía lugar el acto, presentaban terribles desconchados que, en algunas partes, incluso habían sido retocados impunemente por manos inhábiles, asesinas del arte, que, desde abajo, no eran tan fáciles de detectar.

Esa mirada perspicaz habría también detectado que las telas aterciopeladas, ajadas por el uso reiterado tenían cosidos y recosidos que las afeaban tantísimo, y que las diligentes y présbitas esposas de los magister habían tratado, inútilmente, de disimular, con retales de otras procedencias, mal cosidos y encajados; los hilos metálicos eran, en muchas zonas, simples líneas de pintura trazadas por manos inexpertas, que más parecían trampantojos burlescos que delicias hilanderas.

Había, sin embargo, formando parte de la situación, y dominándola, una circunstancia que era tan sencillo descubrir a primera vista que podía pasar desapercibida.

Prácticamente todos los magister, la generalidad de los compadres, los ujieres y la mayor parte de los presentes, que, embobados, asistían a aquel acto, eran ancianos. Muy ancianos. Ancianísimos. Llegaban a los lugares que les correspondía, arrastrando los pies, apoyados la mayoría en bastones de empuñaduras de marfil y plata; y lo que era peor: casi todos tenían un Alzheimer más o menos avanzado, demencias seniles de caballo, urgencias prostáticas de tapadillo, pérdidas de memoria continuadas, pulsiones temperamentales de inexcusable tenor, todas y cada una, serias rémoras que les incapacitaban para entender casi ningún asunto, ya de continuo como a saltos de mata.

Cuando les tocaba hablar, y por supuesto que no renunciaban jamás, por experiencia, a pedir la palabra, aunque no tuvieren la menor idea de qué decir, se limitaban, salvo mínimas excepciones que no venían sino a confirmar la regla del desastroso proceder, a repetir una y otra vez el mismo discurso, deslavazando temas, con las cuatro tonterías con las que creían, en su nebuloso entender, que habían procurado  una aportación sustancial al caso que se estaba tratando, fuese el que fuera.

-Queda abierta la Sesión Extraordinaria -dijo el Magister Ceremonioso y, se extendió, tras unas palabras de bienvenida que llevaba escritas, en el recordatorio, para quienes no se había leído la convocatoria y acudían solo por las dietas y la comida, del motivo-. Se trata, como sabéis, de debatir el Plan de Futuro de la región de Gardonia. Hay una única propuesta, presentada por el magister mínimus, que se os ha enviado por paloma mensajera, aunque hemos recibido algún comentario de que no a todos ha llegado, lo que importa poco, pues no se recibió ningún comentario o sugerencia hasta el momento, lo que haremos in situ. Después, se votará la reelección o destitución del magister mínimus que está provisionalmente en el puesto, hasta que no sea ratificado.

Uno de los ancianos, el del tupé pelirrojo rizado, que se sentaba dos bancos a la derecha del Gran Magister, y del que se comentaba -sin refrendo-que había sido hacía veinte años un eficiente empresario de pompas, fastos y canastos, y que ahora disfrutaba -decía que merecidamente- de la pensión que le correspondía (y de algunas otras que no), pidió la palabra. Cuando le fue concedida, el indicado, Maese Pepostio de la Parpada Parpada, dijo:

-Propongo que hagamos un ligero cambio en el Orden del Día. Que votemos primero al reelección, y, después el Plan.

El magister mínimus protestó enérgicamente, presintiendo la jugada, y expresó, antes de que le quitasen el sonido del micrófono del estrado, desconectándole los cables de un tirón, su más profunda repulsa a la propuesta.

No fue necesario, con todo, votar la modificación, porque los murmullos de aprobación a lo propuesto por Maese Pepostio de la Parpada y las manifestaciones perfectamente audibles, de profundo desagrado, por extemporáneo, inconveniente e impropio, a lo que defendía el mínimus, fueron interpretados por el Gran Magister como que estaban todos de acuerdo en modificar las tornas, y poner el diego donde decía digo.

-Votaremos, pues, en primer lugar, la destitución o permanencia del magister mínimus provisional, Pobreturato Persistencio. Los que estén a favor de que permanezca en este estrado, que levanten la mano izquierda.

Los provectos y seniles ancianos de la Asamblea dudaban qué hacer; algunos, aturdidos, levantaron la mano derecha, por lo que su voto fue considerado nulo. Otros, siguieron tratando de encontrar un sentido a los sudokus que les había propuesto para pasar el día sus sicólogos de cabecera, dándose su decisión por emitida.

-Queda aprobada, pues, sin necesidad de nueva votación, la destitución del ex magister Persistencio, al que agradecemos los servicios prestados.

Y continuó:

-Al no poder ser presentada, porque no existe en la Asamblea ningún compadre validado para defenderla, la única Propuesta de Plan de Futuro, se levanta la sesión.

Pobreturato Persistencio, que estaba siendo retirado por los ujieres, a lo que ofrecía gran resistencia, gritaba que todo aquello era ignominioso. El público se preguntaba qué estaba pasando, pero, como no entendía gran cosa, aplaudía, porque el espectáculo parecía novedoso.

-Puede ser necesario puntualizar cuál será el Plan que seguiremos -indicó, al oído del Gran Magister, el Secretario, que, disculpándose por el tono de voz, carrasposo, aclaró, seguidamente: -Por una simple cuestión de orden formal, ya sabes.

-Seguiremos utilizando el mismo Plan que tenemos -aclaró, el Gran Magister-.

Para festejar el éxito de la Asamblea, todos se fueron a disfrutar de la comida que estaba preparada para ellos, en un restaurante cercano, que, por casualidad, se llamaba «El Panteón».

Unos pocos cientos de metros más allá, un grupo de jóvenes organizaba una manifestación.

-¿Por qué no tapiamos las puertas del restaurante? -sugirió uno de los cabecillas del grupo que continuaba formándose, a raudales, confluyendo más y más participantes, desde todas las calles y callejuelas que desembocaban en la plaza, anteriormente llamada de La Renovación, y hoy, del Eterno Retorno.

No lo hicieron, desde luego. Tuvieron una idea mejor: crearon estructuras nuevas desde las que dirigir lo importante de Gardonia, a las que invitaron a aportar su consejo y experiencia a aquellos de sus mayores que no tenían intención alguna de dominar, sino de cooperar con sus ideas en mejorar el futuro de los jóvenes, lo que, por cierto, hicieron gustosos.

Y a los viejos prebostes, a aquellos que habían controlado hasta entonces, en su propio provecho, limitando a sabiendas la renovación o eliminación de lo que ya no servía, las organizaciones de desgobierno, les dejaron, abandonados a su suerte, manoseando un Plan de Futuro que les interesaba solo a ellos: el suyo.

Pocos de estos últimos, llegaron a darse cuenta, de la pujanza de lo que creció del otro lado del Panteón -real o ficticio-en el que, por propia voluntad, incompetencia y falta de visión, se habían introducido. Era, en todo caso, tarde, demasiado tarde. Aunque solo para ellos, no para la Historia de Gardonia, que, imparable, irresistible, siguió su curso.

FIN

 

 

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Cuento de primavera: Lo que faltaba

9 mayo, 2014 By amarias Deja un comentario

Cucusfato, agradecido a la par que confuso, no estaba decidido a intercambiar muchas más palabras con el desconocido que le había pagado el billete del autobús, amén de ser el causante indirecto del regalo de la vestimenta que llevaba.

Pero el trayecto entre Guadalatejo y la capital de la comarca, aunque de apenas setenta kilómetros, que hubieran podido cubrirse a buena marcha en poco más de una hora, se alargaba durante dos y media, debido a las paradas que el vehículo se veía obligado a hacer en cada pueblo del recorrido.

-Así que eres un escapado de la clausura -le provocaba el benefactor-. ¿No te gustaba la carne que tenías a disposición? ¿Preferías el pescado?

Cucusfato callaba.

-Mi hijo estaba ya terminando el bachillerato cuando se le presentó una alergia de la que no teníamos ni idea que podía existir. La llaman alergia acuagénica. ¿Sabes lo que es? -Cucusfato negó con la cabeza, viéndose incapaz para evadir la explicación. El otro prosiguió:

-Parece que estaba provocada por un medicamento que le dieron para curarse de las anginas.  Fue a más, cada vez. No podía ni ducharse, ni bañarse. Se hizo sensible hasta sus propias lágrimas o el sudor.  ¿Te imaginas lo que puede ser eso?

Cucusfato no se lo imaginaba, pero sí entreveía al pobre primer poseedor de la chaqueta que portaba, muriéndose de un grave disgusto, que le habría provocado un mar de lágrimas. Así que, curioso y comprensivo por una vez con el caso, expresó, con lástima:

-¡Qué muerte tan terrible!

-No, no. No murió de eso. La alergia estaba controlada, por fortuna. Murió por unas fiebres reumáticas, como te dije, que se complicaron con una afección cardíaca. Padecía del corazón desde niño, el pobre.

Por fin, el autobús de línea llegó a las cocheras de la ciudad, en donde tenía su última parada. Cucusfato se despidió del amable pasajero que le había estado dando tan sutilmente la tabarra, y se encaminó a la dirección que correspondía a la Notaría.

Era cierta la sospecha de que el Notario titular había cambiado. Pero en los protocolos de la Notaría subsistían los archivos que correspondían a las disposiciones testamentarias de sus padres que, previsoramente -y por presagios de lo que podía sucederles que no viene al caso detallar- habían dejado escritas para el momento en que pudiera sucederles algo.

La titular de la Notaría acogió al muchacho con simpatía.

-¿Cucusfato García, dices que te llamas? ¿Tienes algún documento de identidad contigo?

Cucusfato le enseñó el Libro de Familia que llevaba, y la funcionaria lo analizó con detalle profesional.

-¡Ah, sí, está claro¡ -dijo, tendiéndole el documento-. Pero aquí dice que los hijos de tus padres se llamaban Teodofrosio y Cucusfata. Tu no puedes se Cucusfato, sino Teodofrosio, el mayor.

Cucusfato-Teodofrosio se agarró instintivamente a la silla.

-¿Cómo así?

-Aquí puedes verlo, muchacho. Aunque con letra casi ilegible, pone «varón» -bueno, en realidad, solo se distingue la «v» de todos estos signos caligráficos indescifrables. Así que tú tienes que ser Teodofrosio, y tu hermana, la menor, Cucusfata.

-Quiere esto decir…-elucubró el muchacho.

-Es evidente que tú tienes en este momento dieciocho años y siete meses, es decir, estás perfectamente en plazo para tomar posesión de la herencia que te corresponde.

Teodofrosio dio gracias a Dios por haberle concedido la gracia que le había pedido de manera tan singular.

-Llamaré de inmediato al albacea, para que comparezca y te explique las gestiones que ha llevado a cabo en este tiempo con el patrimonio, y puedas tomar posesión de él.

No fue compleja la localización del albacea, que resultó ser un amigo del Notario que había ocupado la plaza anteriormente, hombre de extremada pulcritud en las cuestiones de los negocios,  quien expresó, luego de las presentaciones, un alivio de trasladar el resultado de sus gestiones a quien era legítimo titular de esos desvelos.

-Fue cuestión de suerte, sin duda, más que de perspicacia -explicó al muchacho, que estaba ya repleto de las emociones que la salida del convento le estaba deparando-. He invertido la mayor parte de los dineros y rentas derivadas de las posesiones de tus difuntos padres en acciones de una compañía de tecnología coreana, y, como no deseaba complicaciones, he ido suscribiendo todas las ampliaciones de capital. En este momento, eres propietario mayoritario de la sociedad, que tiene sus tentáculos en todo el mundo y es uno de los líderes mundiales.

Teodofrosio no pudo evitar derramar algunas lágrimas de alegría y, llevado de un impulso repentino, se levantó del asiento y abrazó al albacea, que, igualmente sensible con el afecto manifestado, lo acogió entre sus brazos, conmovido.

Siendo hombre devoto, por otra parte, no olvidó confesar su pecado de haber creído que las monjas y, en particular, su hermana Cucusfata -ahora, de novicia, Hermana María Indulgente de los Desamparados-, le habían hecho una jugada.

FIN

 

 

 

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Cuento de primavera: La raya

7 mayo, 2014 By amarias Deja un comentario

Cuando el ratón de campo, merodeando por las cercanías, buscando bayas y raíces tiernas, vio la raya en el suelo, le preguntó a la comadreja, que asomaba las narices desde su covacha:

-¿Qué significa esta raya?

Era una raya blanca, trazada con exquisito cuidado, que rodeaba un roble centenario del bosque de Cornshall, en la húmeda región de los lagos de Shadowgrey. La cueva de la comadreja estaba, justamente, en una hendidura de ese árbol respetable.

-Esa raya, querido pero ignorante ratoncillo, significa que nadie puede pasar a este lado sin mi permiso -le contestó, tan fresca, la comadreja.

El ratón de campo no daba crédito a lo que estaba oyendo.

-¿Qué me estás diciendo? Hasta donde me es conocido, y así me lo transmitieron mis padres, y hasta los padres de los padres de mis abuelos, a los que conocí cuando ya estaban en las últimas, todo el territorio de este bosque y sus aledaños es comunal. Es decir -el ratoncillo, que dudaba de la perspicacia de la comadreja, a la que había confundido, en un primer momento, con la musaraña, con la que tampoco guardaba buenas migas, puntualizó en lenguaje más asequible-, nos pertenece por igual a todos.

Pero la comadreja estaba determinada a explicar su actuación, erre que erre.

-Pues, atiende tú, ridículo personaje de estos andurriales. A partir de ayer por la noche, momento en que he trazado esta señal, este terreno es mío, de mi uso particular y restrictivo. Y punto pelota.

El ratoncillo de campo, convencido de que a la comadreja se le había ido la olla, se fue a otro sitio, porque calibró que no estaba el horno para bollos. Como tenía más cosas en las que pensar, se olvidó del incidente en un quítame allá esas pajas.

Por su parte, el bosque seguía dando sus frutos, la lluvia caía cuando correspondía, y la atmósfera estaba limpia como una patena.

Un par de días más tarde, el roedor campestre se topó con una raya en torno a la fuente a donde solía acudir a beber después de sus caminatas, pues el agua, debido a las sustancias minerales que tenía disueltas en ella, le sabía mejor y le parecía, en su evaluadora apreciación ratonil, más fresca que muchas otras.

Aquella nueva raya en el suelo le impresionó, pero aún más le dejó patidifuso -como suele decirse- que un oso pardo le pusiera, de forma amistosa aunque resuelta, la zarpa encima de la cocorota:

-¡Alto ahí, joven amigo! Esta fuente es de mi propiedad. Si quieres beber de sus aguas, deberás abonarme un cuenco de moras maduras. Y debes estar agradecido de que no te imponga un precio más alto, lo que hago solo en consideración a tu ridículo tamaño.

El ratoncito casi se cae de espaldas:

-P…pero esta fuente siempre fue pública. Los padres de los abuelos de mis bisab… -empezó a decir.

-Menos monsergas, renacuajo -le interrumpió el plantígrado-. Lo tomas o lo dejas, que son lentejas. Las cosas están cambiando de paradigma, jovencito. No tienes más que mirar a tu alrededor para darte cuenta de que aquí, el que no corre, vuela.

El pequeño roedor, que no estaba dispuesto a darle lo que le pedía el oso, si bien, atendiendo a la diferencia de tamaño entre ambos animales, comprendía que tenía todas las de perder en caso de confrontación, se fue con viento fresco, saciando su sed junto al arroyo que fluía algo más abajo.

-La gente se está volviendo loca -murmuró para sus adentros, porque no tenía a nadie con quien comentar la extraña sensación que se estaba apoderando de él.

Había avanzado varios metros, cuando, al pasar por delante del roble en torno al cual la comadreja había trazado hacía un par de lunas la raya que le había salido de sus pilosas ocurrencias, observó que se alzaba ahora un murete de barro y ramas secas, por encima del cual asomaba el morro del mustélido, tan campante:

-¿Qué diablos has querido decir ahora con esta edificación, que parece más propia de castores que de comadrejas? -osó preguntarle nuestro azorado amigo, sin acercarse mucho, ya que recordó, de pronto, que las comadrejas se comen a los ratones  cuando les acucia el apetito, incluso aunque les doblen de tamaño (lo que era el caso).

-Ya ves. Nadie puede atravesar, al menos, por tierra, este territorio, que ha pasado a ser de mi exclusiva propiedad, por arte de birlibirloque -fue la increíble contestación que surgió de entre los bigotes de la comadreja.

El ratón de campo se llevó las patas a la cabeza. Esto no impidió, con todo, que se quedase pensativo, que era la cualidad que más le apetecía desarrollar cuando se encontraba con algo que no entendía.

En el camino hacia su madriguera, se encontró con que el corzo, el urogallo, la nutria el topo, el gavilán,…bueno, prácticamente todos los animales del bosque, también habían establecido, y de muy diferentes maneras, los límites a su territorio particular.

-Esto es el fin -dijo a su pareja, cuando llegó al agujero que les servía de refugio, apartando, como cada día, el pegajoso abrazo de las dos decenas de retoños que se empeñaban en babearle con sus carantoñas juguetonas- ¿Te has fijado en la fiebre que está asolando el bosque? ¡Todos están obsesionados con señalar alguna propiedad, segregándola de lo que hasta ahora era bien común!.

La hembra del ratoncillo de campo, le hizo pasar, con algo de misterio, adentro del agujero, y cerró la puerta, una de esas puertas de chicha y nabo que duran el tiempo justo para el tente mientras cobro, y que se encuentran en los comercios que hacen los suecos.

-Chiss…-le confesó- He comprado esta madriguera al taimado zorro a cambio de llevarle dos huevos de gallina al mes durante un año. Así que ahora es nuestra. Aquí está la escritura, firmada por el zorro y por mí, a la espera solamente de que añadas tus huellas dactilares en esa esquina de la hoja, para darle validez de toda validez.

El ratoncillo de campo se sintió más solo que nunca, pero, como la cosa le parecía que no tenía remedio, puso su pata, impregnada de barro y ceniza en el lugar que le indicaba su ratoncita querida.

-No quiero problemas, pero algo me dice que, de ahora en adelante, los tendremos a mares.

Fue el comienzo, según las crónicas, de una época llena de sobresaltos en el mundo de los animales del bosque, cuya tranquilidad quedó quebrada como el cántaro de la lechera.

FIN

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Cuento de primavera: La faja pirítica, el yelmo romano y el gurumelo

4 mayo, 2014 By amarias Deja un comentario

Mi amigo Ignacio Pausanio sacó nuevamente el teodolito de la funda de cuero, desplegó el trípode, y pidió a su ayudante improvisado -un lugareño que nos acompañaba como guía por aquellos lugares de los que a Ignacio se le había solicitado un levantamiento topográfico y la evaluación de la riqueza mineralógica- que se alejara más o menos cien pasos, sosteniendo un extremo de la cinta métrica que el sujetaba por el otro.

-En línea recta -le apremió, como si se tratara de la primera vez que le daba la instrucción aquel día-. Mientras tanto, yo ajustaré el aparato.

La mañana había amanecido bastante fresca. Cuando metimos los cachivaches de trabajo en el viejo automóvil, yo daba por supuesto que, como el día anterior, en un par de horas estaríamos de vuelta a Valterroso tomando el aperitivo.

Ahora, aparcado el vehículo en algún lugar de aquellos parajes de la Sierra del Cuerno que, al menos yo, no sería capaz de volver a encontrar sin la ayuda de la casualidad,  y tras haber recortado a pie, -cargados ellos con  los bártulos y las libretas, y yo con mi colección de piedras-, más crestas que un sexador de pollos (la frase no es mía), estábamos sedientos, sofocados y cansados.

Empeñado en recoger pedazos sin método de aquella naturaleza para meterlos en una bolsa de tela que llevaba -una especie de zurrón-, yo no resultaba a Ignacio de mucha ayuda.

Tampoco me lo había pedido, prudente como él era, metódico hasta lo inimaginable. Sus muestras estaban rigurosamente identificadas, introducidas cada una en su correspondiente bolsita de plástico, en la que también colocaba un papel con la descripción del lugar, sus coordenadas geográficas, la profundidad de la toma (no dudaba en bajar por algunas simas abiertas) y quién sabe qué otras características misteriosas para mí.

Por mi parte, llevado por una afición neófita a las piedras, seguramente surgida de lo más visceral y atávico, a diferencia de lo que para Ignacio representaban, yo había hecho su mismo camino acumulando trozos de minerales y rocas, solo por el hecho de ser más relucientes que otros, o porque sus formas me parecían caprichosas o extraordinariamente regulares.

Ignacio les ponía nombres estrambóticos para mí, que para él resultaban de la identificación que surgía de su cerebro como lanzada por resortes: melaconitas, tetraedritas, erubescitas o marcasitas, eran palabras que atribuía a lo que yo depositaba en su mano, sin que distrajera su atención inquebrantable.

-¿Qué vas a hacer con ellas? -me preguntó, por fin.

-Tengo una idea aproximada. Cuando vuelva a Madrid, las pondré todas juntas en mi mesita de noche y les pediré su intercesión providencial -le había contestado, con insolencia improvisada.

Sin embargo, cuando el bolso cargado de piedras empezó a pesarme y noté que las aristas de algunas de aquellas muestras pétreas me marcaban la espalda, fui volviéndome cada vez más exigente con la recolección y, vencido, acabé vaciando todo el contenido, junto a un aladierno solitario, despidiéndome de ellas para siempre.

-He perdido la ocasión de comprobar si lo que me has venido diciendo es o no correcto -le dije a Ignacio, feliz con el alivio tan fácilmente conseguido.

-No te preocupes, puedes recoger tu colección a la vuelta, si es que encuentras solo el camino, porque hoy ya no pasaremos de nuevo por aquí. Eso sí, no me pidas que te diga nuevamente su nombre: volverán a ser para ti solamente piedras -me replicó, simulando despecho, concentrado, como siempre parecía, en hacer bien un trabajo que para mí, por entonces preparando por tercera vez las oposiciones a secretario de Ayuntamiento, rozaba lo ininteligible.

-¡Ingeniero, ingeniero, aquí hay algo! -gritó, de repente, el mozo, alborozado, señalando un lugar en la tierra.

-Voy, voy. Pero, por favor, no tires al suelo la mira, que es de la empresa, no mía -le calmó Ignacio.

Yo mismo, que estaba en aquel momento sosteniendo la otra mira, por indicación amable del director de aquellos especiales trabajos, no pude contener la curiosidad, y, abandonando también en el suelo el listón de madera pintarrajeado de singular manera, me acerqué a donde apuntaba el muchacho.

Cuando llegué al sitio que había llamado la atención del mozo, no vi nada especial.

-¿Qué hay? -pregunté, después de deslizar la vista varias veces por la tierra algo húmeda, en donde sí advertí que la gran masa verdosa que Ignacio llamaba diabasa, aparecía más fértil, dentro de un paraje bastante yermo.

-Aquí, bajo ese montoncito que sobresale, empujado por él. Un gurumelo.

Y, con las manos, ayudándose de una navaja que sacó del bolsillo, desplegó un huevo blanco, del tamaño algo mayor que una pelota de tenis.

-En este sitio hay amanitas, ingenieros. Menuda riqueza -expresaba, alborozado, el muchacho.

Ignacio cogió el ejemplar de amanita ponderosa que se le tendía, y lo limpió con la mano del resto de tierra.

-Bien, bien -afirmó, persuasivo-. Las setas son interesantes, pero la razón por la que hemos venido hasta aquí no son estos hongos, sino que estamos a la busca y captura de la franja pirítica.

Después se dirigió, sucesivamente, a mí y al joven lugareño:

-¿No es verdad, leguleyo? Porque mi amigo no es ingeniero, muchacho. Es licenciado en derecho, honrada profesión, sí, pero alejada de piedras y metalurgias.

-Eso, eso -suscribí yo-. Y cuando la encontremos, la tal faja, la conduciremos a  la autoridad competente, para que la juzgue como es debido.

A la caída de la tarde, ya de vuelta a la posada, llamé a mi novia de entonces, una muchacha encantadora que estudiaba en la Escuela de Turismo, y que se llamaba Rolena, como su madre.

-Te quiero -le dije, mintiéndola, como pensaba hacer cada día de aquellas vacaciones que me estaba tomando por el Sur, y que deberían haberme servido para hacerme reflexionar sobre nuestros verdaderos sentimientos, muy alterados; quiero decir, erosionados.

-Tengo que decirte algo -me contestó, con una voz que resultaba áspera y no lo melosa que hubiera deseado; había un trasfondo de risas y jolgorio impropio del reposo domiciliario en el que la imaginaba, una residencia de señoritas universitarias.

-Ha sido un día inolvidable -proseguí, disimulando la inquietud que había empezado a aflorar por la cresta mis sentimientos falseados- Ignacio cree haber encontrado la montera de la faja pirítica, en una zona hoy abandonada, pero en la que, con seguridad, estuvieron los romanos hace casi veintidós siglos. Hemos encontrado un pocillo, de los que utilizaban para ventilación de sus minas, en el que descubrimos un trozo de yelmo y, tal vez, un resto de pica abandonado por algún esclavo.

-Me alegra por ti, que paséis el día entre fajas y sostenes – oí decir al otro lado del hilo telefónico, por una voz que carecía de  emoción -. Así podrás asimilar mejor lo que tengo que decirte. Que te lo voy a expresar sin reservas ni medias palabras.

-¿Has suspendido? -se me ocurrió preguntar, para aliviar presión. Porque no necesitaba escuchar lo que deseaba decirme Rolena. Conocía el contenido, la ley y el exacto valor de mi franja afectiva.

-Siempre tan gracioso -casi deletreó ella-. Sabes que no me examino hasta finales de junio. Voy al grano. Lo nuestro está agotado. Te dejo con tu amigo pirómano.

En la casa de huéspedes, advertí, en el mismo lugar que la noche anterior, una salamanquesa gigantesca, adherida como una lapa a la pared del cuarto, junto a una fotografía ajada de lo que habrían sido antepasados de la patrona.

Sin venir a cuento, me puse a reir, convulsa, estúpidamente.

-¿Agotado? ¿Sin reservas? Ignacio asegura que aquí hay mineral para, por lo menos, cien años. Y que lo sepas: si fallan las piedras, están los gurumelos, y si se agotan los gurumelos, en el pueblo dicen que se pondrán a recoger los yelmos, las cadenas y las picas que sembraron en su época, los romanos.

Fue ella la que me colgó.

Han pasado treinta años y, al volver a recorrer estos lugares, siguiendo un impulso inexplicable, guiado por el mismo mozo que nos había acompañado entonces, convertido en propietario del restaurante de Valterroso,  me pareció que un montón de piedras que encontramos junto a un aladierno, era el mismo que yo había dejado abandonado. Solo que, sin Ignacio a mi lado, resultaban piedras anónimas, tierra sin sentido.

Eso sí, el pote de gurumelos y espárragos trigueros me trajo aromas a la juventud  perdida y tuve un momento de paz, anclado a esa memoria.

FIN

 

 

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Cuento de primavera: Obra inacabada

3 mayo, 2014 By amarias 1 comentario

Carmen G. volvía a su casa, luego de asistir a la reunión semanal de damas adoradoras del santo recogimiento, cuando alguien la abordó por detrás, cogiéndola por un codo:

-Perdone, señora, mi atrevimiento. Quisiera pedirle algo.

La mujer, sobresaltada, contestó de inmediato como corresponde:

-Tengo mucha prisa.

Había, sin embargo, paz en el rostro del desconocido, lo que sirvió como antídoto al momento de desagrado que Carmen G. había padecido.

El hombre, extranjero por su aspecto -tenía los ojos azules, casi grises; pero, sobre todo, lo que destacaba era su atuendo, demasiado abrigado para el tiempo que hacía-, se colocó frente a la joven y, con un tono entrecortado que ella atribuyó a la larga frase que pronunció, demasiado compleja para su conocimiento del idioma, explicó:

-Me llamo Vassili Grigorieviz Zaitsev. Soy ruso, y mi oficio es el de pintor de iconos. Estoy preparando mi nueva exposición. La he visto e inmediatamente sentí una fuerza interior que me decía: «Esta mujer es la viva imagen de Nuestra Sra. Kazanskaia», la bendita virgen de Kazan.

Carmen G. no sabría decir si estaba complacida por lo que era, evidentemente, un elogio a su belleza, o si, al observar mejor el rostro del desconocido, apreció inconscientemente su atractivo físico y lo asumió como valor de cambio.

No era un impulso sensual, sino el fruto de la curiosidad sobrevenida hacia quien había tenido el arrojo (¿la desfachatez?) para asaltarla con una propuesta insólita, en la mañana templada de final de primavera de aquella anodina ciudad de provincias, regalándole los oídos. Se sintió adulada, y nadie desprecia ese sabor dulce que el espíritu apetece y paladea, tanto estando ahíto como en ayunas.

Guardó silencio, que el llamado Vassili aprovechó para completar su mensaje:

-Me gustaría pintar su rostro. ¿Me concedería ese honor? No tardaré mucho en realizar mi apunte, porque soy maestro en pintura rápida.

Carmen G. repitió algo, con menor convicción, respecto a la prisa que llevaba; habló de las dificultades por las que entendía que no sería sencillo encontrar abierto un café adecuado a aquella hora del día; indicó que, en efecto, su casa estaba cerca, pero que no parecía conveniente utilizarla como estudio de pintura circunstancial, ya que se marido estaba fuera, trabajando; admitió, finalmente, que, si no era posible otra opción y, puesto que Vassili se comprometió a estar de vuelta en media hora con su canvás y los tubos de pintura al óleo, ella tendría tiempo para cambiarse de ropa y avisar a una vecina para que estuviera presente durante la sesión.

–Porque no quiero estar sola, ¿sabe Vd.? No porque le tenga a Vd. ningún miedo, sino por el qué dirán.

No estaría completamente segura de si llegó a pronunciar la frase, aunque podría jurar que lo había pensado y si no la dijo, fue porque algo la distrajo.

Al cabo de media hora exacta, Vassili Grigorieviz Zaitsev apareció en la dirección que Carmen G. le había indicado, portando un caballete de viaje, un lienzo de tamaño más bien reducido, y un maletín muy coloreado con los inequívocos pegotes de pasta de material repetidamente usado.

La joven casada no había llamado a ninguna vecina, pero se había cambiado de ropa. Llevaba una blusa verde, estampada, que resaltaba su mirada de gacela, y que, con el cuello entreabierto, dejaba asomar la cadena con la medalla de la virgen de Guadalupe, elegida como amuleto de su virtud.

Vassili buscó el lugar con la mejor luz, recorriendo, con discreción y profesionalidad, toda la casa. Decidió que el ángulo solar más adecuado para resaltar la pureza del rostro de Carmen G. era el saloncito contiguo a la habitación principal (el dormitorio del matrimonio propietario), y allí desplegó sus útiles, rogando a la bella mujer que se sentara enfrente, con la mirada volcada hacia la ventana, que abrió, con su permiso.

Un golpe de aire algo fresco provocó un escalofrío en la joven, cuya piel se crispó, erizándose los pelillos de sus brazos torneados por los ángeles (así se expresó el artista).

-Le ruego que se esté quieta, en lo posible, para que pueda captar la esencia, el espíritu de su divina belleza -decía el ruso, moviéndose del caballete a la silla en donde se encontraba la mujer, a la que tomaba delicadamente por la barbilla, orientando milimétricamente el ángulo de su rostro hacia la luz o, alcanzada mayor y más serena confianza, abrirle un poco más -unas centésimas de micra, una nadería- los bordes de la blusa que encerraba el misterio de los senos turgentes.

Carmen G. se sentía algo más azorada, un si es no es más nerviosa, a medida que pasaba el tiempo, deseando intensamente que todo terminara en cualquier dirección imaginable.

De pronto, alguien abrió la puerta de la calle, y unos pasos decididos se oyeron, pasillo adelante. Vassili, en cuestión de segundos, recogió el lienzo y el caballete. El esposo de la joven entró en el salón de la vivienda, llamándola:

-¡Carmen! ¿Estás en casa? ¡La luz del recibidor está encendida!.

Carmen G. se levantó de la silla, nerviosa sin poder explicar exactamente la razón, y fue al encuentro de su esposo. Vassili la siguió, como un cordero. Carmen G. besó al esposo de Carmen G., como cada día; tal vez, de forma algo más fría que de costumbre.

-El famoso pintor ruso Vassili Grigorieviz Zaitsev me ha pedido que posara un momento para un icono. Dice que me parezco a la virgen de Kazanskaia -explicó a su querido esposo, que se sorprendió muchísimo de encontrar a otro hombre en la casa.

-¿Vassili Grigorieviz?¿Como el famoso tirador ruso de la batalla de Stalingrado? ¿Zaitsev, el que no fallaba un disparo? ¿Exactamente se llama Vd. como él, con su mismo apellido? -fue lo que se le vino a la mente.

La batería de preguntas debió resultar suficiente para que el desconocido, el supuesto pintor de iconos, se escabullera, abandonando precipitadamente el lienzo en el que había estado, teóricamente, pintando a la hermosa dama.

El esposo recogió el lienzo, un bastidor rústico en el que había una tela sin encolar, imposible soporte para ninguna pintura, pues no era impermeable. Estaba blanco como una sábana de lino recién lavada, como el papel de una resma apenas abierta, como las nubes que emergen de una batería de hornos de coque durante el apagado.

Carmen G. se quedó pensando, mientras su esposo la reconvenía por su credulidad, aunque había más razones.

FIN

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Cuento de primavera: Una celebración singular

1 mayo, 2014 By amarias Deja un comentario

En el reino de Valgamediós se celebraba la Fiesta del Trabajo. Había sido una conmemoración muy importante, equivalente a la del día de la Inmaculada, el Corpus o el Jueves Santo. Con el transcurso del tiempo, sin embargo, esas fiestas seguían siendo motivo de jolgorios, aunque ya nadie recordaba el motivo.

Especialmente curioso era la situación generada en relación con esa Fiesta del Trabajo. Se la llamaba así porque, de acuerdo con la costumbre ancestral, se exaltaba el hecho -aunque surgían dudas acerca de su verdadera existencia histórica- del día, perdido en la memoria colectiva, en que a todos los valgamediosinos en edad de trabajar, y con ganas de hacerlo, les había sido posible encontrar un puesto de trabajo «digno, adecuado a su formación y sus necesidades».

Ese logro se atribuía a siglos de lucha sindical, durante los cuales, según rezaba el imaginario, se había estado presionado con contundencia, unidad y juego de cintura, a la «clase empresarial». Se presentó, durante muchos años, como demostración de la fuerza, el poder y la efectividad que conseguían quienes dependían de su trabajo para poder vivir, si estaban unidos.

¿Frente a quién?. El dilema parecía resuelto. La inmensa mayoría debería defender sus intereses (trabajo a cambio de remuneración, remuneración a cambio de bienestar) frente a un grupo minúsculo, pero potentísimo, formado por los empresarios, también conocidos como  capitalistas, a los que solo preocupaba la obtención del máximo beneficio, mezquino objetivo en el que estaban auxiliados por algunos de los más listos y capacitados, que habían estudiado en centros de formación y sectas misteriosas cómo conseguirlo.

Si bien muchos habitantes de Valgamediós no conocían los orígenes de lo que celebraban, lo más preocupante ya no era eso. Tenían un grave problema: no había, prácticamente, trabajo. Tal vez algunos creían que si se trataba de un dios, Trabajo volvería si lo invocaban con fuerza.

¿Cómo se había llegado a esta situación? Al principio, evolucionó suavemente. Durante algunos años, las mejoras tecnológicas fueron reduciendo sustancialmente la cantidad de trabajo disponible; las máquinas venían a reforzar el trabajo de operarios y oficinistas, que se sintieron muy satisfechos porque su actividad era más descansada y de mayor calidad.

De pronto, un día, miles y miles de valgamediosinos se encontraron con que fueron despedidos. Las máquinas y los que se encargaban de su correcto funcionamiento -que eran muy pocos- ocuparon su sitio, y a ellos se les consideró amortizados.

-No hay problema -se les tranquilizó, de forma anónima- os facilitaremos conseguir otra formación y os seguiremos pagando algún tiempo.

Así fue como muchos aprendieron a ser cocineros, camareros, peluqueros, modistos, programadores y delineantes de chichas y nabos, etc. Algunos se hicieron emprendedores con el dinero que habían recibido como indemnización

Demasiado tarde, advirtieron que esas tareas, que se consideraban «auxiliares», eran pan para hoy y hambre para mañana. Muchas de ellas, además, habían sido declaradas anteriormente indignas y abandonadas en manos de inmigrantes, mujeres y desnortados, como las de cuidar ancianos, atender a infantes, limpiar cacas y cristales, pasear al perro y a la abuela, etc.-

Para los que habían abierto una peluquería, pronto resultó evidente que la competencia era feroz y que el negocio no existía.

Las actividades denominadas «cualificadas» exigían, por otra parte, una especialización y formación continua y, además, al crecer la oferta, por la ley de la demanda, su remuneración disminuía.  Había que estar poniéndose continuamente al día para entender el manejo de los equipos, máquinas y programas que mentes privilegiadas de países donde se concentraban las mejores Universidades e Institutos Tecnológicos, estaban desarrollando sin parar.

Muchos fueron los que sucumbieron, física y mentalmente: por desánimo, por desorientación, por ignorancia, por despecho. Las causas fueron tan variadas, que resultaba imposible enumerarlas a todas.

Los debates para analizar posibles soluciones no daban el resultado apetecido, pero proporcionaban una visión sociológica muy interesante.

-No puedo más. He aprendido ya catorce lenguajes informáticos, asistido a diez cursos de robótica, y ampliado mi formación con tres diplomas de gestión óptima de recursos físicos, y me he vuelto a quedar sin empleo. Me dicen siempre oficialmente que mi puesto está amortizado y que tengo que reconvertirme-comentaba, en la reunión semanal de Intercomunicación de Perspectivas con Propósitos Permanentes de Encontrar Soluciones Proactivas y Protopragmáticas (IPPESPP), una mujer de treinta y tres años, que se había presentado a los asistentes como madre soltera de un bebé de cuatro meses.

-Mi caso es peor -hablaba un hombre de cuarenta y siete años, divorciado, ingeniero nuclear, que expresó haber estado residiendo los últimos cuatro años en Ghuanzou, en la China meridional-. Me quedé sin trabajo, junto con todo mi equipo, porque la multinacional que me empleaba estima ahora que los ingenieros locales, a los que yo formé, pueden hacer lo mismo o mejor, pero con la mitad del salario. Y no tengo derecho a subsidio de paro, porque la empresa dejó de pagar la contribución que correspondía.

-Nada de lo vuestro es comparable a lo mío -se levantó el que, aunque confesó tener sesenta y siete años, aparentaba casi ochenta-. No tengo pensión.  Recibo treinta vales de pan, dos kilos de sardinilla y sesenta frascos de cola azucarada de una institución benéfica. La residencia geriátrica en la que está mi mujer, enferma de Alzheimer, carece de servicio regular de agua y su ocupación es del 300 por ciento. Cultivo de tapadillo patatas, acelgas y zanahorias en una parcela del parque del Mediodía, y recojo restos de comida de los contenedores de basura. Perdonadme si hiero vuestra sensibilidad, pero desearía morirme -concluyó.

-¿A qué te dedicabas? -preguntó uno de los asistentes, que llevaba un libro de poemas de Rainer Marie Rilke en una mano.

-La pregunta importante no es esa -le contestó el anciano-, sino ¿para qué estamos haciendo todo esto?

A unas cuantas decenas de metros de allí, los representantes sindicales de Valgamediós habían conseguido reunir a algunos cientos de personas, y repetían, con voces tonantes, el mismo discurso que los años anteriores. Había banderolas de colorines, y varias pancartas con leyendas en las que podía leerse: «Agrupación Sindical Renovada de Carbuncos de Abajo», «Sindicalistas por la Unidad Definitiva» y «Parados del Mundo, jodéos» (Esta última había sido retirada por la organización).

-Hemos hablado con la clase empresarial y nos ha prometido que es probable que no haya más reducciones de puestos de trabajo, o que las que sea forzoso realizar, debido a la coyuntura, sean de empresas en donde no haya miembros de los sindicatos mayoritarios. Podemos afirmar rotundamente que tenemos garantizado nuestros puestos de trabajo. No debemos temer que la crisis nos afecte a nosotros. Incluso estamos negociando un acuerdo específico para conservación indefinida de los derechos de los representantes sindicales.

Una mujer que estaba siguiendo desde una terracita el despliegue de discursos y banderas, gritó, y su pregunta resonó, hecha ecos, en la plaza:

-¿Para qué estamos haciendo todo esto?

No había, como quedó escrito, muchos empresarios en Valgamediós. Era muy difícil organizar una actividad partiendo de cero, y las posibilidades de perder el dinero y el trabajo resultaban tan altas, que muy pocos valgamediosinos se habían atrevido a crear una empresa propia.

Si lo hacían, no importa se tratara de un bar, una mercería, una peluquería o un taller de artesanía local, desde ese mismo momento, pasaban a ser considerados capitalistas por los demás, y, como en un acto reflejo, no dudaban en ponerles todo tipo de zancadillas, para hundirles lo que llamaban «el negocio»: compraban los productos que aquellos ofrecían en las grandes cadenas, o en comercios orientales o los recuperaban del armario de la abuela, alegando que eran de mejor calidad, más atractivos o más baratos, o la excusa que se les ocurriera de repente.

No todo era negativo: había jóvenes que habían conseguido, gracias a su creatividad e ingenio, inventar algo. Se les podía ver, con su mercancía expuesta a la luz del sol, en el Valle de los Inventores, esperando que acudiera algún comprador, como quien vende baratijas. Cuando llegaba la noche, muchos se emborrachaban y, con la fuerza del alcohol y de los dopantes, seguían creando y alimentando ilusiones.

A la entrada del Valle de los Inventores, alguien había colocado una cinta con esta leyenda:

Why are we doing all these things?

Los propietarios de los grupos multinacionales, integrantes del cártel Biggest World Tycons (BWT) se encontraban celebrando también el Día del Trabajo en un lugar no determinado de un paraíso fiscal.

-Levanto mi copa -expresó, al final de la comida anual, su Presidente, Theo Lattim, con evidente satisfacción- porque los próximos años sigan en este camino emprendido, ya imparable, de incremento exponencial de beneficios. Estamos a punto de conseguir que la mano de obra se haya reducido a carácter testimonial en los países antes desarrollados, ahora concentrados en el consumo. Conseguiremos captar todos sus ahorros y los seguiremos invirtiendo en crear empresas en los países emergentes, donde sus trabajadores son dóciles a pesar de sus bajos salarios.

Resultó un momento desagradable para la concurrencia, -que su hija, Patricia Kolomoski, atribuyó a la mezcla explosiva de senectud y alcohol- cuando su padre, que seguía siendo presidente honorario de un imperio comercial que extendía sus redes por toda Africa, Asia centroccidental, Estados Reunidos Americanos y Restos Nucleares de la Vieja Europa, se levantó de su silla, tambaleante, vertió el contenido de su copa sobre el impoluto mantel, y preguntó en voz alta:

-¿Sabe alguno de Vds. para qué hacemos todo esto?

La Fiesta del Trabajo siguió celebrándose un año más.

FIN

Publicado en: Cuentos y otras creaciones literarias, Sin categoría Etiquetado como: cuento, cuentos de primavera, desempleo, dia, exaltación, sindicatos, trabajo

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