Al socaire

Blog personal de Angel Arias. La mayor parte de los contenidos son copy@left, aunque los dibujos, poemas y relatos tienen el copy@right del autor

  • Inicio
  • Sobre mí

Copyright © 2026

Usted está aquí: Inicio / Archivo de Sin categoría

Cuento de primavera: Reivindicando al Lobo

30 abril, 2014 By amarias Deja un comentario

En esta hora de reparaciones y perdones, reivindiquemos al Lobo.

Escribo su nombre con mayúsculas, para distinguirlo de lobos, lobeznos y perros salvajes.

La especie lobuna ha sido elegida como malvado protagonista sistemático de los cuentos infantiles, presentándolo, ora como astuto embaucador de borregos, ora como obstinado perseguidor de puercos. Incluso se han dramatizado sus aullidos, tildándolos de melodías infernales, sobrecogedoras, recortando la silueta del animal a la luz de la luna, para hacerlo aparecer, no ya como depredador, sino como licántropo chupasangres.

Aquí no pretendo defender a todos los lobos, y menos a los lobos de carne y hueso de su natural especie, porque a ésos ya los defienden los naturalistas, con argumentos suficientes y, por lo general, bastante sólidos y desinteresados .

El Lobo al que me corresponde rescatar de la infamia, es el de la Caperucita Roja de Charles Perrault. Puntualizo, con ello, que no me preocupa el destino de los lobos imaginarios de cualesquiera de las múltiples versiones de los cuentos de lobos y caperucitas que circulan por ahí, que son adulteraciones ridículas de la historia primigenia, urdidas con el deleznable propósito de provocar pavor en los infantes de cortísima edad y, de paso, servir de lucimiento a sus familiares aficionados a la teatralización, empeñados en poner sus voces engoladas a los personajes del cuento.

Recuerdo, para abrir boca, las circunstancias históricas. Tenemos, por un lado, a Charles Perrault, funcionario marginado después de años de fiel servicio, viudo desde los treinta, que escribe Le Chaperon Rouge a sus cincuenta y cinco años, tomando prestados varios de los elementos principales de la tradición oral, adaptándolos a sus propósitos.

¿Se trataba de advertir a los niños del peligro de entretenerse a charlar con un lobo en el bosque? Evidentemente, no. La probabilidad de que un niño de ciudad, incluso en el siglo XVII, se pudiera tropezar con un lobo empecinado en entablar con él amigable conversación, era entonces como hoy, nula.

Lo que Perrault deseaba era poner en guardia a las tiernas jovencitas, que, impulsadas por sus ardores adolescentes, corrían grave peligro de perder su virginidad si prestaban atención a las trampas de seducción que les pudieran tender, en el camino de virtud hacia el santo matrimonio, taimados depredadores de pelo en pecho, sueltos por ahí, atentos a lo que salta.

No viene al caso que el objetivo pretendido por Perrault parezca, hoy por hoy, incomprensible a muchas madres que impulsan a sus hijas adolescentes a recorrer el camino boscoso que a ellas les estuvo vetado. Los hechos, como es sabido, hay que juzgarlos en su contexto histórico, no a la luz de los profundos cambios socio-psico-sexuales que se han producido desde entonces.

Volvamos, pues, a los hechos, y hagámoslo con rigor: un lobo nunca pudo comerse a Caperucita y a su abuelita. Por imposibilidad fisiológica: estos animales no engullen sino pequeños trozos desgarrados, ni son capaces de devorar a otros seres sin antes haberlos degollado, ni en su estómago hay capacidad para conservar, -no importa si incólumes o cuarteados-, los cuerpos de dos personas, por mínima que fuera su envergadura, que resultaría siempre mayor que la del propio animal.

Departamentos de investigación de la disciplina académica de Cuentos y Chismes, procedentes de innúmeras Facultades, coinciden: la historia se ha adulterado. O bien Caperucita y su abuelita jamás fueron devoradas o, si lo fueron, no pudieron ser halladas vivas en el estómago de un animal, salvo que el asunto formara parte de los mitos bíblicos o las leyendas orientales, lo que no es el caso.

Perrault termina su narración abandonando los restos de ambas mujeres dentro del estómago del Lobo, y poniendo, con ello, su punto final, para añadir una moraleja rimada que no deja lugar a dudas de su pretensión: prevenir a las bellas jóvenes adolescentes frente a los melosos aduladores. Esos son las fieras, a las que el abuelo Perrault, presenta embutidos en la piel de su Lobo imaginario.

Versiones posteriores, pretendiendo cambiar el relato y esa moraleja, afirman con rotundidad que fueron encontradas vivas, ya fuera por un cazador, un leñador, o ambos, y, como más importante, cambian al Lobo con mayúsculas por un lobo minúsculo que, aunque estirado, no supera el tamaño de la abuelita.

Ninguno de estos personajes tiene protagonismo en la historia del buen Charles, que solo se refiere genéricamente, y de pasada, a «los leñadores», pero no les concede la palabra.

Perrault hace hablar, si, al Lobo, y lo convierte en capaz de mantener largas conversaciones con Caperucita, tanto en su primer encuentro como cuando, -ya metidos ambos, desnudos, en la cama, y desaparecida de la escena la abuelita-, satisface la curiosidad anatómica de la joven con insuperables metáforas que sirven al cuento.

¿Quién y por qué se adulteró la historia?. La Universidad de Compustrola ha publicado recientemente una interesante tesis doctoral, calificada cum laude, según la cual, no pudo ser un Cazador quien, con el propósito de atribuirse posteriormente el mérito de haberlas salvado, hubiera imputado al lobo el desaguisado e inventado la trola del festín lopero.

Copio literalmente: «Cualquiera que conozca un poco de animales y depredadores, sabe que la obsesión por la caza actúa en el ser humano de antídoto o sustituto de la lujuria, y ningún practicante de este arte ancestral  se pondría en riesgo a sí mismo, si pudiera resolver la cuestión con un tiro desde la distancia.»

Añado yo: Los cazadores, como los pescadores, acostumbran a inventarse el tamaño de sus capturas, pero no puedo imaginar a ningún aficionado a tales mañas, que, habiendo capturado a una pieza digna de medalla de honor, alardee de haberla dejado suelta por el mundo, renunciando con ello a rescatar su credibilidad ante los escépticos.

Queda pues, como único malvado de la historia, el Leñador. Algunos pretendieron atribuir al propio Charles Perrault ese papel. Estoy en total desacuerdo. Perrault era, cuando escribió el cuento, ya un venerable anciano para la esperanza de vida que se estilaba entonces, se le apreciaba como autor de libros serios-había`publicado decenas de libros ilegibles-, y, como culmen argumental, es inverosímil que hubiera deseado escribir su propia inmolación, presentándose como rijoso seductor de jovencitas, Lobo de su cuento.

Todo apunta al Leñador. Fue el Leñador, – es decir, alguien que utilizaba ese heterónimo-, el autor de las versiones que acabaron por dar crédito a la artificiosa excusa, con la que pretendió ocultar sus despreciables deseos, sus infames propósitos y disimular su destrozo sobre la virtuosa Caperucita, despejando el camino para sus posteriores desmanes, eliminando cualquier huella creíble de la advertencia que Perrault había dejado tan claramente expresada.

¿Y en qué se convirtió la abuela?  En una tierna anciana que quería a Caperucita más que a su propia vida, y que habría sucumbido la primera en las fauces del Lobo?  Pero no era así, para Perrault. Era una Celestina, una villana, que habría cobrado sus buenos dineros por mantener sin cerrar el portón de la casa y facilitar el acceso a las dependencias donde dormía la adolescente.

Todo habría cambiado en este análisis si Perrault nos hubiera hablado de un Cocodrilo, y no de un Lobo. Se habrían obviado las elucubraciones posteriores.  Porque hasta los más incompetentes de fisiología animal, saben que dos personas que hubieran sido devoradas por un saurio, de ser rescatadas de su estómago, habrían sido encontradas convertidas en una pasta irreconocible, pues  todo el mundo ha oído hablar del poder destructor de sus jugos gástricos y de su capacidad para tragarse enteras, vacas y hasta elefantes.

Reivindiquemos al Lobo. Era solo un álibi, un trasunto literario, un travestido imaginativo, en el que Perrault embutió a todos aquellos que se aprovechan de la credulidad de las adolescentes.

Una última advertencia. Dicen por ahí que los tiempos han cambiado y que ahora las caperucitas saben muy bien a qué atenerse. Por lo que observo a mi alrededor, tengo mis dudas. Llamemos a los lobos por sus nombres, desenmascarándolos y pongamos al Lobo, puesto que ya no sirve para el cuento, con alcanfores y papel celofán, en su legítimo armario.

FIN

 

Publicado en: Cuentos y otras creaciones literarias, Sin categoría Etiquetado como: abuelita, Caperucita Rojaa, cazador, Chaperon Rouge, cuento, cuento de primavera, depredador, lobo, moraleja, Perrault, rijoso

Cuento de primavera: Entre caballeros

28 abril, 2014 By amarias Deja un comentario

-Me parece que necesito tomar algo -dijo el juez Pertuncho. El Secretario en funciones le había agarrado por el brazo izquierdo y le había hecho daño.

-Me parece estupendo. Así, conocerás a los demás. -oyó decir al Secretario, que volvía a tutearle, como al principio, cuando le había interrumpido en sus pensamientos de satisfacción por el poder que creía recién consolidado. Los oídos le zumbaban. «Me ha subido la tensión», pensó.

No hubiera sido capaz de recordar si la puerta del Juzgado quedó cerrada, si el olor a potaje se había disipado, si el bar estaba a pocos metros o habían utilizado la furgoneta y hasta qué punto Al notar que algo caliente se le deslizaba por la comisura, el juez Pertuncho tomó conciencia de que estaba sangrando por la nariz, lo que hacía tiempo no le sucedía.

-Estás sangrando por la nariz -le advirtió el Secretario-.

-Me pasa con frecuencia -mintió Pertuncho, quitándole importancia, mientras buscaba un pañuelo, que no encontró, en el bolsillo del pantalón.

-Siéntate en ese murete y echa la cabeza hacia atrás; se te pasará pronto -aconsejó el subordinado-. A mi mujer le sucedía también al principio de los embarazos.

La comparación de situaciones tuvo un efecto revitalizador sobre el ánimo del juez, quien, taponándose fuertemente las fosas nasales con los dedos pulgar e índice de la mano derecha, expresó -con voz gangosa- su voluntad de seguir andando hasta el local en donde le esperaban, según le había anunciado el Secretario, «los demás».

Estaba, en verdad, o así le pareció al Juez, reunido para la ocasión, todo el pueblo. Al abrirse la puerta batiente -una lejana rememoranza de los salones de las películas de vaqueros, a las que había sido aficionado cuando estudiaba la licenciatura de Derecho- comprobó que el bar estaba abarrotado; incluso en el exterior se habían cruzado con grupos de personas conversando animadamente.

Cuando la pareja desigual entró en el local,  se produjo un silencio profundo, expectante, y los corrillos iban abriendo un pasillo respetuoso. El aire era de solemnidad.

-Bienvenido, señor juez -pronunció un anciano, al que Pertuncho calculó no menos de ochenta años, con voz teatral-. Soy el oficial del Juzgado.

El juez aceptó la mano tendida, sin dejar de observar que la otra se apoyaba en un bastón con empuñadura metálica, lo que le recordó otros momentos, sin que pudiera precisar cuáles.

-Permítame que le presente a los dos letrados de los que ya le hablé -dijo el Secretario, tomando nuevamente el protagonismo-. El honorable Sr. Gastón Palaciegos, y el no menos honorable Sr. Patrocinio del Corbo.

Pertuncho se descubrió a sí mismo dando la mano a aquellos dos venerables, quienes podían rivalizar con el oficial en cuanto a la antigüedad de su placa de matrícula de inscripción en este mundo de mortales; ambos estaban sentados en torno a una de las mesas, que, a pesar de la aglomeración, no compartían con nadie más. Había restos de café con leche en sus tazas y sendas copas de coñac, casi rebosantes, las flanqueaban.

Los designados como honorables por el Secretario, le habían tendido su mano, simultáneamente, pero no se levantaron de los asientos.

-Encantado de conocerles -empezó Pertuncho, quien, aún sin tener claro el discurso de lo que debía decir, tenía la convicción de que no podía consentir que se le arrebataran las riendas del momento-. El Sr. Secretario me ha puesto al corriente de las graves irregularidades que se han estado cometiendo en el Juzgado que ha pasado a ser de mi jurisdicción. Vds., como letrados, deben ser conscientes de la gravedad de los hechos. Aunque no tenga nada que objetar respecto a las actividades de mediación o arbitraje voluntarios que, al parecer, Vds. han venido ejerciendo, por el contrario…

El otro anciano le interrumpió, con un tono no menos teatral:

-Siéntese con nosotros, joven, y escuche, antes de hacer elucubraciones que no vienen al caso.

Pertuncho, superado por la situación incontrolable, se sentó en una de las sillas vacías; el Secretario hizo lo propio.

-En primer lugar, no somos abogados. -continuó el que había hablado primero-. Por lo menos, no en ejercicio. Yo hace quince años que me dí de baja en el Ilustre Colegio de Robertillos, Cobaleda y Guadalatara como ejerciente, y Patro, nunca estuvo colegiado, porque no consiguió aprobar Derecho canónico, y al agotar todas las convocatorias  hubo de dedicarse a la quiromancia. Fue…¿cuándo fue Patro? ¡Hace, por lo menos cincuenta y cinco años!

-¿Qué está pasando aquí? -fue lo único que se le ocurrió al juez Pertuncho. La tensión que depositaban sobre su nuca decenas de miradas le estaba pesando como una losa; además, aunque a ratos se tocaba la nariz para comprobar que ya no goteaba, no estaba seguro de que la fuga estuviera controlada del todo. ¿Y ese tono teatral, esa solemnidad en la dicción, a qué diablos se debía?

El oficial se acercó con una botella de coñac peleón y una copa de balón, que llenó hasta el borde, poniéndola al alcance de Pertuncho.

-Beba, le hará falta.

El llamado Patro tomó la palabra, sin esperar la venia.

-En realidad, Vd. cree ser juez de esta jurisdicción, querido amigo, pero no lo es, porque tampoco existe este Juzgado de Robertillos, al que Vd. está asignado. Desde hace siete años, cuando se decidió la drástica reducción de gastos en la Administración pública, fue suprimido. Solo que en el Boletín Oficial, por razones que ignoramos, apareció en la relación de vacantes a cubrir en la última convocatoria.

-Es un error, sin duda, solo imputable al grave desorden que impera en este país. Por eso que Vd., aunque haya sido nombrado juez, no puede serlo en realidad, pues el Juzgado que se le adjudicó, no existe -completó Gastón, con una sonrisa que no tenía nada de condescendiente. Sus ojillos, agrandados por unas gafas de culo de vaso, chispeaban. «Estos tipos están borrachos», pensó Pertuncho. «Cuando se aclare este galimatías, llamaré al alguacil, para que los prenda…si es que este poblachón de pandereta dispone de tal figura»

El juez Pertucho tomó un trago largo de la copa de coñac; lo notó fuerte, denso y rasposo como lija en el gañote. Estaba a punto de llorar, actitud deplorable que solo su dignidad sostenía.

De pronto, se encendieron unas potentes luces, que iluminaron todo el local y los asistentes comenzaron a aplaudir, sin venir a cuento.

Del fondo, un individuo con chaqueta de lentejuelas se aproximó a la mesa en donde estaban sentados los cuatro protagonistas de esta historia, mientras Pertuncho, corrido a rabiar y enrojeciendo a más no poder, le oía decir:

-¡Ha sido todo una broma! ¡Es todo ficción, cuya realización agradecemos a todos estos magníficos actores y actrices, que han ayudado a convertir en apariencia este momento inolvidable!.

El juez Pertuncho hubiera disparado una ametralladora de haberla tenido a mano, pero no habría estado seguro de a quién disparar primero hasta que el locutor de las lentejuelas, con una locuacidad sin tapujos, anunció:

-¡Es una fantasía, juez Pertuncho!. Nada de esto hubiera sido posible sin la información proporcionada por tu padre, el prestigioso magistrado del Tribunal Supremo, D. Rodomiro Pertuncho, que ha querido, de esta manera singular, trasladar a su querido hijo la evidencia de que un juez ha de ser, ante todo, humilde, y que la vida es la mejor fuente de sabiduría, y que depara sorpresas a las que hay que saber hacer frente con juego de cintura!

El magistrado Rodomiro Pertuncho se dispuso a fundirse en un abrazo con su querido hijo, que se quedó quieto, sin saber qué decir todavía.

FIN

 

 

 

Publicado en: Cuentos y otras creaciones literarias, Sin categoría Etiquetado como: abogado, cuento, cuento de primavero, ficción, juez, justicia, Secretario

Cuento de primavera: La mancha

25 abril, 2014 By amarias Deja un comentario

Se debería haber dado cuenta que algo no iba bien, ya al salir de casa y cruzarse, cuando caminaba a la sesión de terapia, con el vecino del tercero:

-Perdone. Tiene una mancha en la cara -le indicó, señalándole con un gesto en su propio rostro, aquel tipo, al que siempre había considerado de pocas palabras.

Sin detenerse, pues llevaba prisa, se restregó ligeramente la mejilla con la mano, creyendo que se trataría de una mota de hollín; se equivocó incluso en el lado en donde estaba la mancha: simétrico respecto a su ademán.

Llegó a la consulta, bastante alterado. A medida que avanzaba, iba advirtiendo cómo la atención de los que se atravesaban en su trayecto se centraba más y más en el. Le miraban a la cara, no tenía duda.

En la sala de espera, tres pacientes aguardaban, haciendo como que leían revistas atrasadas. Le dirigieron una mirada que le pareció atroz. Se llevó la mano al rostro, y se lo frotó, esta vez, en el lado correcto.

-¿Qué habrán hecho del espejo que había en este cuarto? -se preguntó, para sus adentros.

Tomó un semanario del montón de publicaciones que estaban sobre la mesa, todas ellas manoseadas, sucias. Apenas la había separado de las otras, cuando le entró sensación de asco, y sufrió un escalofrío. La volvió a dejar donde estaba, procurando alinear la pila, al menos, haciendo que coincidieran dos de los bordes de las publicaciones.

-¿Están ustedes esperando a que les atiendan? – Su pregunta resultaba una completa obviedad, pero echaba en falta a la recepcionista, la muchacha simpática que le llamaba por su nombre de pila y le respondía a sus piropos con una sonrisa indescriptible. Se había olvidado de traerle la caja de bombones que le había prometido. Qué memoria.

-Sí -fue la respuesta que emitieron, al unísono, las tres personas. Habían vuelto a hojear la revista que tenían entre sus manos, repasando obsesivamente sus páginas como si tuvieran por objetivo descubrir al duende escondido en ellas.

-Llevamos aquí bastante rato -completó la información una señora de unos setenta años, que no podía contener un terrible tic en el ojo derecho, lo que la hacía muy vulnerable.

-El doctor se está entreteniendo demasiado con esa paciente -amplió el más joven, quien no dejaba de mover convulsivamente las piernas: ahora la izquierda, luego la derecha; la izquierda, la derecha.

-¿Viene usted por la mancha? -se interesó, con respeto no exento de un tono de lástima, el tercero, un hombre en su plenitud, con la nariz y el rostro sonrosados por el alcohol, como suelen tener los paisanos del norte.

Se tocó. Tenía que haberse dado cuenta, puesto que ya al salir de casa le habían advertido. Era una mancha abominable, aparatosa, terrible. Una mancha que le acompañaba desde la adolescencia, una lacra muy visible, y que solo podía limpiar acudiendo a la consulta de aquel siquiatra excepcional.

Esperó, con lágrimas en los ojos, a que el doctor abriese la puerta. Al cabo de un rato, salió la joven recepcionista, arreglándose la bata blanca. No dijo nada.

FIN

Publicado en: Cuentos y otras creaciones literarias, Sin categoría Etiquetado como: bata, cuento, cuento de primavera, enfermo, mancha, siquiatra, terapia

Cuento de primavera: Paseos desde el amor a la muerte

22 abril, 2014 By amarias Deja un comentario

En primavera, las carreteras son el escenario de inmolación de algunos animales, que sucumben por amor: erizos, sapos, musarañas, zorros, … se cuentan a millares entre las víctimas de nuestra civilización, sometida a las prisas y al deseo de cambiar de lugar para buscar satisfacción fuera de lo que nos ocupa a diario.

Erizo Parsimonioso, Sapo Partero y Musaraña Calamitosa eran tres amigos circunstanciales que habían alcanzado la madurez sexual al mismo tiempo. Vivían en una zona agradable, pero en la que no había hembras a las que aparearse: las pocas que se encontraban en las proximidades, estaban todas ya comprometidas. Al otro lado de una autopista de mucho tráfico, sin embargo, presentían -era una mezcla indefinible de olores, sonidos y agradables sospechas- que encontrarían respuesta a la llamada persistente de su naturaleza, que les impulsaba a satisfacer el instinto de procrear, una fuerza poderosa, incontenible y, por el momento, no saciada.

-Tenemos que cruzar -comunicó Parsimonioso a Calamitosa.. Estoy seguro que allá, al otro lado, hay quien responderá a nuestra llamada.

-No te digo que no -replicó Calamitosa, moviendo sus bigotes con honda preocupación-. Solo que, cada vez que me asomo al borde de esa carretera, me deslumbra un tropel de luces que me aturden, y me da mucho miedo que los veloces animales que circulan por ella no se detengan a nuestro paso.

-Es cierto -se incorporó Partero a la conversación-. Mi amigo Gato Montaraz falleció el otro día, al intentar atravesar ese río de maldición. Su cadáver, convertido en mojama lamentable, puede verse desde aquí. Y él era veloz como un rayo, por lo que no es difícil deducir que nosotros, siendo menos ágiles, seremos pasto fácil de la horda veloz.

-¿Vamos a quedarnos solteros? -argumentó Parsimonioso- No será ese mi destino. Tengo ganas irrefrenables de transmitir mis genes y está claro que a este lado de la vorágine me quedaré virgen, lo que no me satisface en absoluto.

-¿Qué podemos hacer? -se preguntó Partero-. Yo también siento el mismo deseo, o aún superior. Cuando oigo que mi croar es respondido con fruición desde lo que imagino es una charca al otro lado, mis carnes se me abren y si me he contenido hasta ahora es a fuerza de hincharme hasta casi reventar, y temo que cualquier día explote de deseo no satisfecho.

Sopesando pros y contras, incapaces de solucionar por otras vías la inquietud que dominaba todos sus pensamientos primaverales, tomaron la decisión de hacer de tripas, corazón, y lanzarse a la aventura de cruzar al otro lado.

El momento elegido fue una noche clara, con una luna esplendorosa. Estuvieron aguardando un rato, contando mentalmente la frecuencia con la que pasaban, veloces, lo que creían animales superiores, bramando con sus ojos fulgentes, siguiendo un destino que, suponían, también les conduciría a aquellos por impulso de la llamada del amor, hacia otras regiones en las que morarían las hembras de su especie.

-¡Ya! -gritó Partero, y fue el primero en dar un salto, tan grande como pudo con sus ancas encogidas al máximo.

Un monstruo de gran envergadura le pasó rozando, pero pudo dar un segundo salto, y un tercero. Se encontraba ya a uno o dos metros de donde había partido.

-¡Voy! -exclamó Parsimonioso, arrastrando sus patas lo más rápido que pudo, encrespando su cuerpo para dejar ver sus aguzadas espinas, en la confianza -inocente- de que provocara algún temor entre los que surgían de las sombras.

-¡No seré menos! -se animó a sí mismo, Calamitosa, empezando un periplo en zigzag con el que creía tener más opciones de salir indemne de aquel bombardeo de bólidos fugaces.

A la mañana siguiente, dos cuervos encontraron los cuerpos de los tres amigos, despanzurrados sin piedad. Mientras se alimentaban de los despojos, sin temor ante los vehículos que pasaban, a los que esquivaban sin problemas con ligeros aleteos, comentaron entre sí:

-Tenemos que agradecer a la primavera que haya alterado el sentido común de tantas especies, haciéndolas creer que al otro lado de esta carretera hay consuelo para sus deseos. Mi camada crece fuerte y robusta.

-Sí, así también la mía -contestó el otro, algo más negro de pelaje-. Gracias a estos animales veloces que tienen un caminar tan previsible, nuestra especie mejora con los años, y se extiende hasta poblar todo el orbe, tal como han predicho nuestros libros sagrados.

Y se fueron, tan campantes, llevando en sus picos algunos trozos de Calamitosa, Parsimoniosa y Partero, realmente complacidos de lo bien que les iban las cosas.

FIN

 

 

Publicado en: Cuentos y otras creaciones literarias, Sin categoría Etiquetado como: cuento, cuento de primavera, cuervo, destino, erizo, éspecie, gato, musaraña, naturaleza, sapo

Cuento de primavera: Cuestiones de perspectiva

22 abril, 2014 By amarias Deja un comentario

Debería de resultar evidente para todos que la representación en un plano de las formas tridimensionales apela a un convencionalismo y, por tanto, es una llamada a nuestra capacidad de suplir una deficiencia con imaginación. La perspectiva es un engaño ingenioso porque, a poco que meditemos al respecto, caeremos en la cuenta que no vemos los objetos así como nos lo representan pintores, arquitectos, ingenieros o delineantes.

De esa falsedad han surgido otras: los difuminados, las sombras, los claroscuros. Cuando decimos de un retrato de alguien «parece como que está vivo», estamos, en realidad, afirmando, que «sabemos que está muerto», o que «no es él, es un dibujo».

Nuestro cerebro se acostumbra a ver las cosas de una determinada manera, que vamos educando con el paso del tiempo, y que tiene su centro en el yo. Vemos lo que queremos, como lo queremos o nos apetece y, si tenemos suficiente práctica, acabamos creando nuestro sentido estético, la idea de la proporción o de la desmesura, de lo correcto y lo incorrecto, en…todas las cosas de la vida.

Claro, claro. Estoy refiriéndome a la subjetividad, al relativismo, a la falta de objetividad individual que, en algunos casos, la sociedad, dominando al individuo, ha conseguido doblegar con ideas estereotipadas respecto a lo que es bello, incluso respecto a lo que es ético. Matar a otra persona debería ser abominable, pero algunos regímenes y estructuras legales lo han visto -y ven- como solución a ciertos conflictos: las guerras santas, las condenas a muerte, los exterminios de etnias, los conflictos por un quítame allá esas pajas. Hasta las revelaciones de la divinidad a algunos bienaventurados han tenido que venir a recordar ese principio, como prueba de que todo se olvida cuando apetece o conviene.

Me gusta el cuento ése de cuatro íntimos amigos que se encuentran a la entrada de un hotel. Con emoción y disgusto, ven que no van, sin embargo, con la pareja que les corresponde según el registro civil, sino con la del otro. Uno de los caballeros, haciéndose cargo de inmediato de la situación, echando mano de su condición de hábil negociador, toma rápido la iniciativa y propone la mejor solución:

-Vale, -dice- nos equivocamos. Pero somos amigos y no tiene sentido que nos liemos a discutir y a afearnos nuestra conducta. Sucedió, y ya está. Lo que razonable es que olvidemos el asunto y actuemos, desde ahora, con firme propósito de la enmienda. Aquí no ha pasado nada, y sigamos tan amigos como siempre».

El otro caballero -las mujeres no tienen protagonismo en este cuento, reflexiona unos instantes y, finalmente, expresa sus razones:

-No veo mal tu propuesta. Pero hay un inconveniente. Vosotros estáis saliendo, y nosotros, estábamos entrando.»

¡Ah, la perspectiva!

FIN

Publicado en: Cuentos y otras creaciones literarias, Sin categoría Etiquetado como: amigos, cuento, cuento de primavera, hotel, perspectiva

Cuento de primavera: Políglota

19 abril, 2014 By amarias Deja un comentario

Su padre, español superdotado, era diplomático de carrera y había tenido destinos en las cuatro esquinas del planeta. Su madre, irlandesa. Por ahí, desde luego, le venían los primeros aires de las lenguas. Desde la tierna infancia, tuvo siempre dos institutrices: una alemana, que siguió al matrimonio en su andadura mundial, hasta que se cansó de tanto hacer maletas.

-Perdona la señora, pero mi se va de vuelta a Deutschland -le espetó, tan fresca, a su empleadora, una tarde que se le cruzaron por la cabeza los aires del Palatinado.

Pidió la cuenta, caló el sombrero hasta las cejas, y se fue en el primer tren que le llevara más al Norte. Estaban, a la sazón en Adis Abeba, de cónsules plenipotenciarios.

La otra institutriz era variante, pues siempre resultaba contratada entre las lugareñas. Cuando sucedió lo de Adis Abeba, la institutriz era una abisinia de ojos bellísimos, esbelta y ebúrnea como una escultura hecha por los dioses. Se llamaba Aznal-ló, que quiere decir «Lo siento», aunque nunca explicó el porqué de ese nombre singular. Cuando entró al servicio de la casa, debía tener unos doce años; manifestó ser de religión cristiana ortodoxa, aunque pronto la sagacidad de la señora descubrió que era musulmana, porque solo comía pescado, que traían al mercado desde las costas de Eritrea. Estuvo los dos años del servicio consular con la familia, y tuvo tiempo de enseñarle al pequeño, amárico.

Con seis años, Tomás (también llamado Thomas), conocía a la perfección el español, el inglés, el irlandés, el ruso, el amárico, el árabe egipcio y el alemán (este último, con acento y expresiones hoch-deutsch).  Cuando a su padre lo trasladaron a Canton, como paso previo a hacerlo, por fin, embajador en Corea del Sur, la alegría que sintió fue inmensa:

-Así el pequeño Thomas aprenderá chino cantonés, lo que habrá de servirle en la vida de maravilla.

Lo aprendió, en efecto. Y también, el coreano, que no llegó, sin embargo, a dominar del todo, porque se le produjo una interferencia inexcusable con algunas vocales del mandarín. Pero se defendía perfectamente, en una conversación normal.

Su papá estaba orgulloso de la habilidad de su subproducto, para entonces, un muchachote regordete de trece años, aficionado en demasía a los dulces.

-Dí algo en amárico, Thomas -le sugería, por ejemplo, el ilusionado prócer, ante unos visitantes ilustres cualesquiera.

Y el jovencito, decía, obediente, Buenos días, Buenas tardes, Cómo está usted, o, si el respetable público sugería una frase compleja, la traducía sin tapujos, entre las sonrisas y aplausos, complacientes, -los de su padre-, y variables, -aunque casi nunca expresados con total sinceridad, los de los estupefactos asistentes a tal exhibición de logorrea-.

Siguió así la cosa y, ya imparable, a lo sabido se añadieron el italiano, el portugués, el francés y algo de griego. Cuando Thomas cumplió los diecinueve, era un diccionario viviente. Tenía la cabeza atiborrada con tantos vocablos, interconectados como las entradas de un glosario con múltiples entradas, que daba gusto verlo lanzarse por las equivalencias, como un campeón, salta que salta de la shi a la tsi, de la hache a la zseta.

-Que me pregunten, papá. Diles que me pregunten lo que quieran, porfa -apremiaba, como los équidos piafantes antes de la batalla, deslumbrados por el fulgor de lanzas y parapetos.

Entre tantas virtuosidades idiomáticas, tenía Thomas un problema. Al haber empleado inmenso tiempo en aprender cómo decir las cosas en más lenguas que las que pudieron coexistir entre los artesanos frustrados que huyeron de Babel, no tuvo instantes suficientes para dotar a la máquina de pensar con ideas que le sirvieran para expresarse de forma autónoma.

Era excelente para traducir, pero no se le ocurría nada de valor. Estaba, por así decirlo, hueco. Mondo y lirondo por dentro, aunque piloso por fuera. (Había adelgazado, sin embargo, físicamente, pues la mamá irlandesa lo había puesto a dieta rigurosa).

Si le faltaba quién le alimentara la tolva del magín con las frases que se le encargara verter a algún idioma, se atoraba. Hacía, puf, decía chorradas. Era, es obvio, un intérprete perfecto. Solo que su cerebro carecía de todo mobiliario interior, salvo las estanterías en donde se le almacenaban los diccionarios de las once lenguas que dominaba como los ángeles custodios.

Sí, ya se que el lector socarrón va a sugerirme que oriente a Thomas a la política, en donde no tendrá problemas. Pero esto es un cuento, no una historia veraz. Todo habría acabado mal, en éste, si no fuera porque encontró, casi al comienzo de la madurez física, su media naranja ideal.

Una joven ingeniosa, ilustrada en las cosas del hoy, ágil en la mente como una ardilla en sus árboles, que, por la gracia de Dios y el empeño de sus padres, había nacido en Aluche y estudiado periodismo; no sabía -aparte de cuatro cosas en inglés, mal pronunciadas- más que un magnífico español, no exento, eso sí, de giros burlescos, tonos coloquiales y modismos de calleja.

Formaron una pareja tan exquisita, estaban tan enamorados, que daba gusto verlos. Eran cosa de circo. Ella, que se llamaba Rosa, le aportaba pensamientos sutiles, le espetaba al oído retruécanos sugerentes como fontanas de Trevi o procesiones de encapuchados de Toledo, ideas aupadas sobre lo divino y lo humano, historias inventadas o pútridas alegorías urbanas, y el Thomas, obediente, los traducía de inmediato al italiano, al rumano, al chino mandarín, o al eritreo.

FIN

Publicado en: Cuentos y otras creaciones literarias, Sin categoría Etiquetado como: Abisinia, alemán, amárico, cuento, cuento de primavera, eritreo, Etiopía, francés, idiomas, políglota

Cuento de primavera: El quark de la felicidad

17 abril, 2014 By amarias Deja un comentario

En ese lugar de la fantasía que solo se encuentra en los cuentos, se habían congregado varios miles de seres de variadas procedencias y naturalezas, atraídos por un tema sustancial pero escurridizo: Analizar la esencia de la felicidad.

Los conferenciantes que habían anunciado ponencias en esa especie de Congreso Universal de la Satisfacción eran, casi todos, conocidos y apreciados por su dominio de la cuestión.

Allí estaba El príncipe feliz, proveniente de las gélidas tierras rusas, deseoso de explicar que la felicidad no se debe valorar con la medida de cómo te ven los demás, sino  cómo te sientes tú mismo, y, en consecuencia, presentar el camino que, gracias a haber realizado obras de caridad con sus semejantes, repartiendo lo poco que tenía, acabó dotándole de un gran corazón,  indestructible, a pesar de ser una estatua de metal y haber tenido que utilizar a una golondrina como su mensajero, a la que mató con tanto ir y venir.

Por supuesto, entre los de mayor poder de convocatoria, estaba el hombre que no tenía camisa -en verdad, habría que precisar «que no la había tenido», pues gracias a su habilidad para contar una y otra vez su historia, y el dinero que obtuvo de ella, ahora se cubría con trajes de prestigiosos sastres y camisillas de fina seda-. Su defensa de que la felicidad consiste en estar satisfecho con lo que se tiene, sin añorar nada, era un clásico que se estudiaba en las escuelas de formación empresarial y en las de religión asistida.

¿Cómo iba a faltar «la ratita presumida»? Bajo ese seudónimo se escondía una damita de los arrabales, vestida pobremente pero limpia a más no poder, que había ejercido de criada en una casa de alcurnia, conocedora de varios cuplés y otras canciones muy pegadizas, que entonaba con discutible calidad mientras hacia las labores del hogar ajeno, las cuales hacía con dedicación y primor inigualables. Ella contaría al auditorio cómo también se puede ser inmensamente feliz cuando se consigue hacer refulgir las bandejas de plata, los suelos de la cocina y los cacharros de freir, como los chorros del oro.

No quiero ser exhaustivo, ni puedo. Estaban allí El gato con botas, El sastrecillo valiente, La bella durmiente y varios Príncipes encantados (y mucho), quienes estaban por la labor de defender que hay que ser feliz con lo que se tiene, sobre todo, si son cosas relacionadas con el bien comer y gozar, o se puede cambiar por ellas.

Cuando comenzó la Asamblea, amenizada, -mientras el público ocupaba sus asientos en la explanada adecuada al efecto, bajo un sol algo fuerte-, por varios conjuntos musicales que interpretaban diferentes versiones del Himno a la Alegría, Soy feliz porque el mundo me ha hecho así y Macarena, tomó la palabra el Presidente Honorario de la Asociación de Felices Mundiales, P.C. (1)

-Se ha dicho muchas veces -comenzó su alocución- que «la felicidad no consiste en lo que se tiene, sino en lo que se tuvo, y, posiblemente, en lo que se tendrá». Aquí escucharemos ejemplos de todas esas opciones. -dijo, guiñando un ojo a La lechera del cuento, de la que estaba secretamente prendado, pues tenía querencia hacia las sonrosadas turgencias-

-Mi caso desmiente esta frase, que es, desde luego, muy aparente, pero puramente literaria y, por tanto, carente de fundamento científico. -prosiguió-. Yo soy feliz con lo que no tengo, como lo era el publicano de los Evangelios; me hace muy feliz, en concreto, ver la desgracia de algunos de los que me rodean, y comprobar que yo no soy como ellos, no tengo enfermedades, no soy feo, no me pone los cuernos mi mujer, no me han despedido, no…».

La multitud gritaba, enardecida por las drogas y el alcohol ingeridos, que habían circulado gratis desde horas antes.

-¡Eso, eso! -se oía corear- ¡Dános ejemplos de quienes lo están pasando peor, para que nos sintamos mejor!

-No quiero adelantar conclusiones -prosiguió el orador, quien, seguramente, había oído el griterío-. Pero las últimas conclusiones científicas sobre las razones de la felicidad, apuntan a que esa entidad no es incorpórea o inmaterial, como se creía, sino que es corpuscular, y está formada por pequeñas partículas, de tamaño submicroscópico, que se encuentran preferentemente en algunas zonas del espacio, y que se multiplican febrilmente en ciertas circunstancias favorables, especialmente en nuestro cerebro humano. La felicidad se transmite, como la luz, a velocidades fantásticas por todo el cuerpo, produciendo un estado de excitación o entontecimiento que no tiene que ver con lo logrado: pongo el ejemplo de haber conseguido liberarse de lo que nos causa estreñimiento…

Era de ver cómo las gentes sorbían aquellas palabras, en especial, los de las primeras filas, que eran los únicos que las oían con claridad, pues la acústica dejaba mucho que desear.

-Entre esas circunstancias, cabe destacar…

En ese momento, varias explosiones provocaron el pánico entre la multitud, que se dispersó a la carrera en todas las direcciones (salvo la vertical). Aunque desde la organización se reclamó calma a voz en grito, fueron muchos los que se dirigieron a la estampida hacia los vehículos en los que habían acudido a la convocatoria, y se volvieron cagando leches por donde habían venido.

En el suelo, muy malheridos, quedaron algunos de los ponentes de la sesión, afectados por la metralla.

Quizá el peor parado fue El masoquista de Fuentetuna, que no paraba de reírse mientras se moría, desangrado.

FIN

(1) No se sabe exactamente que significan las siglas P.C.; se ha especulado mucho; el Partido Comunista ha negado, en una nota oficial redactada en tono bastante agrio, que se refiera a ellos; son ya muchos los que creen que las siglas responden a las iniciales de «por cojones», lo que no sería demasiado sorprendente.

 

Publicado en: Cuentos y otras creaciones literarias, Sin categoría Etiquetado como: cuento, cuentos de primavera, golondrina, hombre sin camisa, masoquista, príncipe feliz, ratita presumida

Cuento de primavera: La obra perfecta

16 abril, 2014 By amarias Deja un comentario

Por otra narración, hemos conocido cómo un artesano genial, capaz de realizar obras de relojería de encomiable mérito, no había, sin embargo, conseguido el anhelado premio en un Concurso celebrado en su localidad para distinguir el mejor trabajo, debido a que las bases del Certamen se habían confeccionado a la ligera.

En aquella ocasión, el Jurado tuvo que dar el premio a un joven que tenía perturbadas sus facultades mentales, y que, enarbolando un martillo, destruyó completamente la obra maestra del esforzado artista, puesto que se había decidido otorgar el galardón a «aquel que produjese en la concurrencia el mayor grado de asombro» y, desde luego, el mozalbete los había dejado a todos estupefactos.

También hemos podido enterarnos, por un relato posterior, que el mismo relojero volvió a presentarse al año siguiente al Concurso, en el que se habían revisado las Bases, y tampoco obtuvo el premio, que fue a parar a un familiar del presidente del Jurado.

Pues bien, voy a referir ahora lo que sucedió en una tercera ocasión.

El relojero, escarmentado, no dijo a nadie, ni siquiera a su mujer, lo que iba a hacer. Estuvo días y días imaginando planos y complejos artilugios destinados a servir de base para fabricar las piezas del reloj y los mecanismos que le harían funcionar con la mayor exactitud que la tecnología del momento podía garantizar, e incluso, un poco mejor. Para evitar que nadie le copiara, destruía sistemáticamente, después de memorizarlos, todos los croquis y dibujos, quemándolos, hasta hacerlos ceniza impalpable, que aventaba con un fuelle en un bosque alejado del pueblo.

-Estoy absolutamente seguro -pensaba el genial artífice- que nadie podrá copiar el fruto de mis ideas. Las Bases se han corregido para que el premio no se de al que produzca asombro, sino a la obra que tenga la máxima utilidad; y, desde luego, para evitar nepotismos y favoritismos, se tiene expresado que el Jurado calificador estará formado por tres personas, cuyos nombres serán obtenidos por insaculación, el día antes de cerrar el plazo de admisión del Concurso, de cada una de tres relaciones de expertos, respectivamente, en investigación, ciencia y tecnología, que provengan de Universidades de prestigio de tres regiones distintas de Valgamediós, igualmente desconocidas a priori.

Era imposible que pudieran estar de acuerdo esas personas, porque nadie sabía, antes de que se hubieran presentado las obras al certamen, quienes iban a ser, y ni siquiera de dónde provendrían.

¿Qué decir de la obra que, en la soledad de su taller, sin contar con el auxilio de aprendiz ni suboficial, iba realizando el maestro? Era magnífica, incalificable en su perfección, casi divina si se consideraba lo acabado y definido de sus líneas, lo preciso del funcionamiento de las ruedas dentadas, los balancines, las figuritas que alegraban el paso de las horas que señalaba, con precisión inalcanzable, las agujas; no ya los minuteros y secunderos: el aparato apreciaba hasta las centésimas de segundo, lo que para la época era un avance descomunal.

El maestro esperó hasta el último día y, dentro de él, a la última hora antes del cierre de la admisión, para presentar su pieza. Llegó el momento de ir a recogerla a su taller, desde debajo de la mesa del último aprendiz, donde, envuelta en papeles sucios y restos de guata, la había dejado la tarde anterior. Estaba emocionado y nervioso y, como era día de fiesta, el taller se encontraba vacío.

Miró bajo la mesa y no encontró nada. Miró alrededor y vio que todo el taller estaba inmaculadamente limpio. Palideció y, entrándole pánico, sin imaginar lo que podía haber pasado, se fue corriendo hacia la casa del suboficial del taller.

-¿Qué has hecho de un paquete que había bajo la mesa de Gumersindo, el aprendiz? -le preguntó, demudado.

-¿Un paquete? No tenía ni idea que allí se guardaba algo. En cualquier caso, allí nunca tenemos nada de valor -le contestó el suboficial.

El maestro relojero volvió, a todo el ritmo que le permitían sus piernas, ya algo afectadas por la artritis, a su casa. Su mujer estaba preparando garbanzos con costillas de cerdo, que era su comida preferida.

-¿A quién han dado el premio? -preguntó la eficiente mujer, con una sonrisa que expresaba el gran cariño que sentía hacia su marido.-Es una lástima que este año no hayas querido presentarte

-No, no. Si quiero presentarme. Es una sorpresa. Pero no encuentro el paquete en el que guardé mi obra perfecta, la que quiero presentar al Concurso. Y el tiempo límite está a punto de acabarse -casi gritó, lleno de angustia y tensión, el genial artífice.

-¡Ah, qué bien! Piensa dónde estuviste trabajando en él la última vez. Ya imagino que era algo muy pequeño, pero será fácil recordar dónde lo dejaste si repasas tus movimientos.  -Se interesó por conocer la gentil compañera, como siempre dispuesta a ayudarle, convencida de que, ya desmemoriado por el principio de demencia senil, el relojero habría olvidado el sitio-.

-En el taller no está -prosiguió-, porque ayer por la noche lo he limpiado a conciencia, para darte una sorpresa. Estaba por cierto hecho un asco, pero no lo encontré. Entregué hasta tres sacos con basura a un buhonero que, por suerte, pasó por el pueblo.

El relojero se desmayó.

FIN

Publicado en: Cuentos y otras creaciones literarias, Sin categoría Etiquetado como: buhonero, certamen, concurso, cuento, cuento de primavera, obra perfecta, premio, relojero

Cuento de primavera: La orden de la Vejiga y el castigo del perjuro

15 abril, 2014 By amarias Deja un comentario

Una de las órdenes caballerescas más antiguas, incluso más que la de la Liga y el Pellejo (conocidas vulgarmente como la de La Jarretera y el Vellocino dorado) es la de La Vejiga.

Esta prestigiosa cofradía, fundada en el siglo III d.C. por el jefe de la tribu de los Upemba, que se había instalado en lo que es actualmente la provincia de Katanga, surgió de manera fortuita. Cuenta la leyenda que el cacique Sotán Kalamú, apremiado por una urgente necesidad de orinar, mientras se estaba celebrando una espléndida ceremonia sacrificial -quince jóvenes vírgenes estaban siendo ofrecidas al dios del desierto, supuesto padre de aquél-, y no queriendo abandonar el sitial en el que estaba, por no dar a conocer a sus súbditos su origen humano, se meó por encima.

Resultó, sin embargo, que, hábil con las palabras, convenció a los próximos que aquellas aguas naturales, por intercesión de las alturas, se habían transformado en un estampado de colores sobre sus calzones principescos, adquiriendo fragancias que él mismo definió, incluso, como embriagadoras.

Ante tamaña actuación sobrenatural, Sotán Kalamú se decidió a montar la orden de la Vejiga Henchida (Después se perdió el adjetivo, difícil de pronunciar y hasta de entender en el dialecto local). Los requisitos para entrar en ella eran descomunales. Solamente podían permanecer a esta orden aquellos guerreros que hubieran demostrado capacidad de sobrevivir después de haber sido arrojados a una sima sita en la comarca -conocida hoy como la Gruta de los Desaparecidos- o, en su defecto, aquellos a los que a Kalamú le diese la real gana de nombrarlos miembros.

En realidad, nadie pudo entrar por la primera vía, a pesar de que muchos lo intentaron.

Pertenecen en la actualidad a esta orden de la Vejiga, cuyo Gran Maestre es el dictador Gustón Pachanga, solamente veintidós mandatarios mundiales, todos ellos sátrapas, déspotas o dictadores reconocidos por el orden mundial, a los que Pachanga concede tal distinción, en una ceremonia muy vistosa, en la que se les entrega la insignia característica, con forma de globo de oro y pedrería, de la que penden dos hilos de finísima hechura plateresca, simulando los uréteres del fundador.

La orden de la Vejiga mereció recientemente atención mediática, debido al castigo propiciado a uno de sus miembros, que había cometido el terrible acto de faltar al juramento prestado, incurriendo, pues, en el deshonor del perjurio. Porque los guerreros de la orden deben, en el momento de ser distinguidos con el globo henchido de los filamentos argénteos, jurar ante el dios del desierto que se protegerán sin fisuras en todas sus felonías y desmanes, disimulándolos con inmediatez, tal como hizo el gran Kalamú con sus naturales fluencias, ocultando a los demás mortales y, sobre todo, a sus leales súbditos, su condición de iguales en lo físico y su morbosa afición al latrocinio y a la corrupción en lo tocante a los dineros y bienes públicos.

Pues bien: El Gran Sultán del País de Chochonia, país que ocupa el penúltimo lugar en las rentas per cápita -contando hombres y ganados-, cuando estaba veraneando con su séquito en la Costa Blue, fue conducido con añagazas ante el Tribunal de la Justicia Incontrovertible Internacional (renovada), que dirige el ex-juez español Maese Pedro del Canto del Cisne Pérez, con sede en La Calla. Allí admitió haber mentido a sus súbditos, y que, en realidad, ni era hijo de un dios ni nada parecido, si bien no se le pudo juzgar ya que este comportamiento no está reconocido como infracción por los países firmantes del Convenio de La Calla.

En la actualidad, el ex Gran Sultán de Chochonia reside en Suiza y, al parecer, ha entregado una ínfima parte de sus posesiones en Chochonia a la ONG para el Desarrollo Lento de Africa (Africa´s Smooth Development Non Profit Organitation), dirigida desde Peijing por un grupo budista.

El Sanedrín, Capítulo o Concilio de los cofrades vejigueros, lamentando la traición al juramento del ex Gran Sultán de Chochonia.  le ha condenado a devolver la medalla que le acredita como miembro de la Cofradía. Este es el mayor castigo que se puede imponer a un perjuro, según las normas internas de la Vejiga. Lamentablemente, se ha negado hasta ahora a cumplir la terrible sanción, que suele seguir luciendo en la pechera.

FIN

Publicado en: Cuentos y otras creaciones literarias, Sin categoría Etiquetado como: castigo, cuentos, cuentos de primavera, jarretera, juramente, orden, perjuro, sultán, vejiga, vellocino

Cuento de primavera: El tejo

11 abril, 2014 By amarias Deja un comentario

En las montañas de los ásperos montes cántabros, allá donde se forjaron los rudos caracteres de sus indómitos pobladores, gentes aguerridas que desafiaban los más incómodos peligros con la sonrisa en los labios, hacía tiempo que no vivía nadie.

Todos sus habitantes habían ido abandonando progresivamente las casas que habían servido, durante generaciones, de cobijo a los antepasados de aquellas remotas comarcas. Las dificultades para arar los empinados campos, se hicieron inmensas para los pocos pobladores que fueron quedando, faltos de la ayuda que se prestaban mutuamente los vecinos.

En los últimos años, no se recogía la castaña, ni se limpiaban de helechos los bosques de robles y hayas, ni se carretaban astillas recogidas de las suertes comunales para completar la leña que calentaba los fogones, ni había vacas que ordeñar, conejos que alimentar de la hierba más fresca, ni cerdos cebados durante el año que sacrificar, ni esfollaza de maíz o habas que compartir mientras se cuentan historias, ni siega, ni pastoreo, ni bar ni colmado.

Junto a una iglesia cuya espadaña aún se sostenía, airosa, en pie, a pesar del total abandono, dejando ver los muñones de un antiguo campanario, había un tejo. Un árbol centenario, grande, majestuoso, que había servido hasta no hacía mucho como lugar de reunión de los vecinos de uno de esos pueblos cuyo nombre estaba a punto de ser borrado de los mapas, convertidas en ruinas sin valor las que habían sido cobijos alegres de gentes hoy muertas, desaparecidas en la vorágine de la ciudad o emigradas para siempre.

El excursionista había llegado hasta allí, quién sabe si perdido, miró aquel árbol magnífico, recorrió los alrededores, pisoteó algunas zarzas que impedían el paso al cementerio, ya saqueado por quién sabe quiénes,  y, finalmente, cansado por la caminata, animado por el frescor que emanaba bajo sus tupidas ramas, se echó a  descansar bajo su protección umbría.

Sin darse cuenta, se quedó profundamente dormido.

Aquel tejo era justamente el lugar en donde, dado lo solitarios que habían quedado esos lugares a los que aquí me refiero, era utilizado por ninfas, gnomos, sátiros, brujas, trasgos, ogros y otros seres de natural huidizo, para reunirse y hacer sus aquelarres, organizar sus fiestas demoníacas o mágicas y preparar brebajes y conjuros con los que gozar de su propia existencia y, en ocasiones especiales, seducir o espantar a los humanos.

Cuando al llegar al lugar de concurrencia vieron al hombre dormido, se asustaron, pues no esperaban ver nuevamente invadido el territorio que creían abandonado para siempre. Pensaron en marcharse de inmediato de allí y volver a esconderse en lo más tenebroso del bosque, pues los seres maléficos como los benefactores temen encontrarse cara a cara con los humanos, pero una de la brujas, que se jactaba de tener soluciones para casi todo, dijo:

-No os vayáis. Con mi poder, haré que este humano permanezca dormido el tiempo que dure la reunión, por lo que no debemos temer de que nuestras conversaciones sean descubiertas  y nuestros acuerdos conocidos de antemano.

Y acercándose al dormido, pronunció unas palabras irreproducibles. Viendo, al poco, todos los seres miríficos que el visitante inesperado seguía profundamente entregado a los brazos de Morfeo, se tranquilizaron, se sentaron complacidos en torno al tejo, y sostuvieron su animada reunión, ignorando al yacente.

No sucedió, sin embargo, tal como había anunciado la bruja. El viejo tejo tenía también sus poderes, acrecentados por la edad, y su carácter sagrado se había incluso robustecido en la soledad. Al ver a aquel hombre recogido a su sombra, complacido, deseoso como estaba de que los humanos volvieran al pueblo, pensó que sería bueno y provechoso para su propósito que el recién llegado conociera lo que estaba pasando en el lugar desde que los habitantes lo habían abandonado.

Haciendo un esfuerzo de concentración, el tejo, agitando las hoja aciculares y exprimiendo las semillas de sus frutos, dejó caer algunos jugos venenosos, con lo que consiguió compensar las artes brujeriles, de manera que, el que dormía, se despertó, sintiéndose recuperado de su cansancio.

Los trasgos, ninfas, gnomos, ogros, trasgos, diaños, nereidas, machos cabríos, malandrines y brujas no advirtieron, sin embargo, que el hombre estaba escuchando lo que decían a partir de ese momento.

El excursionista, cuando se vió rodeado por aquellos innumerables seres de tan extraña apariencia, creyó encontrarse en un sueño más profundo del que venía, pues no podía imaginar que se había despertado y lo que veía era la realidad.

Sin mover una pestaña, cerró los ojos aún más fuerte, que le escocían,  y, entre tanto, pudo enterarse de cuanto se decía alrededor.

Cuando, al cabo de lo que le pareció un tiempo infinito, los seres maléficos y mágicos se marcharon, se dispuso a irse el también. Comprobó entonces que, desgraciadamente, se había quedado ciego.

No fue capaz de encontrar el camino de vuelta y vagó por el monte, dando tumbos entre falsos caminos y senderos, fabricados por jabalíes, corzos, lobos y quién sabe si por los propios trasgos, que no conducían ya a ninguna parte.

Pasó quién sabe cuánto tiempo, en todo caso, varios días. Quiso su suerte que yo me lo encontrara, exhausto, sediento y hambriento, cuando me hallaba haciendo, con otros dos compañeros, el levantamiento topográfico y geológico de una zona en la que se proyectaba asentar las bases de decenas de aerogeneradores sobre las crestas de la cordillera que une Calastarias y Paquemondo, y para lo que me habían contratado.

-El bosque está embrujado, he visto seres -fueron las únicas palabras que, machaconamente, repetía, con los ojos cerrados, y que estaban rodeados por una resina de color rojo sangre.

Dejé a mis colegas en el sitio,  ordenándoles que prosiguieran con el trabajo, y, aunque se resistía, metimos al infeliz en mi coche, con la intención de conducirlo al hospital comarcal más cercano.  Yo conducía el vehículo, con cuidado de que el todoterreno no derrapase por las peligrosas pendientes, ya que los viejos caminos vecinales, como indiqué, se habían perdido en su mayor parte y las grietas del asfalto, cuando podía detectar el antiguo trayecto, eran tremendas y repentinas.

En un momento dado,  mi acompañante, que iba en el asiento de atrás, echado de mala manera, doliéndose a rato con gemidos patéticos, pronunció una sola palabra: «Tejo». Lo hizo, me pareció, con gran esfuerzo. Su voz sonó a sobrehumana.

-¿Tejo? ¿Qué quiere decir? -le solicité, aunque me corregí de inmediato, consciente de su lamentable estado-. Pero, descanse,  buen hombre, ya tendrá tiempo de hablar, cuando se recupere.

De pronto, el tipo abrió bruscamente la puerta del vehículo, huyendo con tanta prisa y tan notable vehemencia, que, aunque detuve de inmediato el motor y traté de seguirlo, no fui capaz de alcanzarlo.

No volví a verlo. La espesura del bosque lo hacía impenetrable; solo aquel individuo parecía disponer de la facultad de descubrir entre los huecos que dejaban los árboles y la maleza -hasta diría que era capaz de perforar los troncos, sino fuera imposible-. Yo no pude seguirlo.

Retorné, pues, con el coche a donde había dejado a mis ayudantes, y les conté lo que había pasado. No supieron qué decirme.

-Terminemos el trabajo, que es para lo que nos pagan -apremiaron.

He meditado muchas veces sobre la extraña anécdota. Aquella tarde, de vuelta para casa, habíamos preguntado por un enajenado o un excursionista perdido por los parajes de la cordillera. Pregunté a varias personas. Nada sabían.

Les pregunté, también, si sabían de algún tejo en el lugar.

Nadie había oído hablar de un tejo.

Por eso me he inventado la historia, para dar alguna coherencia a lo que he vivido, porque ahí está mi verdad.

FIN

Publicado en: Cuentos y otras creaciones literarias, Sin categoría Etiquetado como: bruja, cántabro, cuento, cuento de primavera, embrujado, excursionista, gnomo, ninfa. monte, pueblo abandonado, tejo, trasgo

  • « Página anterior
  • 1
  • …
  • 11
  • 12
  • 13
  • 14
  • 15
  • Página siguiente »

Entradas recientes

  • Homilía y lecturas del funeral de Angel Arias – Viernes 14 abril
  • Cuentos para Preadolescentes (12)
  • Cuentos para preadolescentes (11)
  • Cuentos para preadolescentes (10)
  • Cuentos para Preadolescentes (9)
  • Cuentos para preadolescentes (7 y 8)
  • Por unos cuidados más justos
  • Quincuagésima Segunda (y última) Crónica desde Gaigé
  • Quincuagésima primera Crónica desde el País de Gaigé
  • Cuentos para Preadolescentes (6)
  • Cuentos para preadolescentes (5)
  • Cuentos para preadolescentes (4)
  • Cuentos para Preadolescentes (3)
  • Quincuagésima Crónica desde el País de Gaigé
  • Cuentos para preadolescentes (2)

Categorías

  • Actualidad
  • Administraciones públcias
  • Administraciones públicas
  • Ambiente
  • Arte
  • Asturias
  • Aves
  • Cáncer
  • Cartas filípicas
  • Cataluña
  • China
  • Cuentos y otras creaciones literarias
  • Cultura
  • Defensa
  • Deporte
  • Derecho
  • Dibujos y pinturas
  • Diccionario desvergonzado
  • Economía
  • Educación
  • Ejército
  • Empleo
  • Empresa
  • Energía
  • España
  • Europa
  • Filosofía
  • Fisica
  • Geología
  • Guerra en Ucrania
  • Industria
  • Ingeniería
  • Internacional
  • Investigación
  • Linkweak
  • Literatura
  • Madrid
  • Medicina
  • mineria
  • Monarquía
  • Mujer
  • País de Gaigé
  • Personal
  • Poesía
  • Política
  • Religión
  • Restauración
  • Rusia
  • Sanidad
  • Seguridad
  • Sin categoría
  • Sindicatos
  • Sociedad
  • Tecnologías
  • Transporte
  • Turismo
  • Ucrania
  • Uncategorized
  • Universidad
  • Urbanismo
  • Venezuela

Archivos

  • mayo 2023 (1)
  • marzo 2023 (1)
  • febrero 2023 (5)
  • enero 2023 (12)
  • diciembre 2022 (6)
  • noviembre 2022 (8)
  • octubre 2022 (8)
  • septiembre 2022 (6)
  • agosto 2022 (7)
  • julio 2022 (10)
  • junio 2022 (14)
  • mayo 2022 (10)
  • abril 2022 (15)
  • marzo 2022 (27)
  • febrero 2022 (15)
  • enero 2022 (7)
  • diciembre 2021 (13)
  • noviembre 2021 (12)
  • octubre 2021 (5)
  • septiembre 2021 (4)
  • agosto 2021 (6)
  • julio 2021 (7)
  • junio 2021 (6)
  • mayo 2021 (13)
  • abril 2021 (8)
  • marzo 2021 (11)
  • febrero 2021 (6)
  • enero 2021 (6)
  • diciembre 2020 (17)
  • noviembre 2020 (9)
  • octubre 2020 (5)
  • septiembre 2020 (5)
  • agosto 2020 (6)
  • julio 2020 (8)
  • junio 2020 (15)
  • mayo 2020 (26)
  • abril 2020 (35)
  • marzo 2020 (31)
  • febrero 2020 (9)
  • enero 2020 (3)
  • diciembre 2019 (11)
  • noviembre 2019 (8)
  • octubre 2019 (7)
  • septiembre 2019 (8)
  • agosto 2019 (4)
  • julio 2019 (9)
  • junio 2019 (6)
  • mayo 2019 (9)
  • abril 2019 (8)
  • marzo 2019 (11)
  • febrero 2019 (8)
  • enero 2019 (7)
  • diciembre 2018 (8)
  • noviembre 2018 (6)
  • octubre 2018 (5)
  • septiembre 2018 (2)
  • agosto 2018 (3)
  • julio 2018 (5)
  • junio 2018 (9)
  • mayo 2018 (4)
  • abril 2018 (2)
  • marzo 2018 (8)
  • febrero 2018 (5)
  • enero 2018 (10)
  • diciembre 2017 (14)
  • noviembre 2017 (4)
  • octubre 2017 (12)
  • septiembre 2017 (10)
  • agosto 2017 (5)
  • julio 2017 (7)
  • junio 2017 (8)
  • mayo 2017 (11)
  • abril 2017 (3)
  • marzo 2017 (12)
  • febrero 2017 (13)
  • enero 2017 (12)
  • diciembre 2016 (14)
  • noviembre 2016 (8)
  • octubre 2016 (11)
  • septiembre 2016 (3)
  • agosto 2016 (5)
  • julio 2016 (5)
  • junio 2016 (10)
  • mayo 2016 (7)
  • abril 2016 (13)
  • marzo 2016 (25)
  • febrero 2016 (13)
  • enero 2016 (12)
  • diciembre 2015 (15)
  • noviembre 2015 (5)
  • octubre 2015 (5)
  • septiembre 2015 (12)
  • agosto 2015 (1)
  • julio 2015 (6)
  • junio 2015 (9)
  • mayo 2015 (16)
  • abril 2015 (14)
  • marzo 2015 (16)
  • febrero 2015 (10)
  • enero 2015 (16)
  • diciembre 2014 (24)
  • noviembre 2014 (6)
  • octubre 2014 (14)
  • septiembre 2014 (15)
  • agosto 2014 (7)
  • julio 2014 (28)
  • junio 2014 (23)
  • mayo 2014 (27)
  • abril 2014 (28)
  • marzo 2014 (21)
  • febrero 2014 (20)
  • enero 2014 (22)
  • diciembre 2013 (20)
  • noviembre 2013 (24)
  • octubre 2013 (29)
  • septiembre 2013 (28)
  • agosto 2013 (3)
  • julio 2013 (36)
  • junio 2013 (35)
  • mayo 2013 (28)
  • abril 2013 (32)
  • marzo 2013 (30)
  • febrero 2013 (28)
  • enero 2013 (35)
  • diciembre 2012 (3)
julio 2026
L M X J V S D
 12345
6789101112
13141516171819
20212223242526
2728293031  
« May