Al socaire

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Archivo de 2014

Técnica y filosofía

14 julio, 2014 By amarias Deja un comentario

Desde hace varios (malos) planes de estudio, los ingenieros no estudian filosofía, por lo que se están quedando in albis sobre una cuestión, para mí, fundamental: técnica y filosofía forman parte de un tronco común, y no uno cualquiera: aquel por el que discurre la savia que justifica nuestra existencia.

Al referirme, de forma tan genérica, a «técnica» y «filosofía», debiera matizar de inmediato que me refiero a la historia que registra la evolución de estas dos maneras de avanzar en el saber. Desde allá donde tenemos noticia de la presencia de alguien identificable como «ser humano», ha quedado constancia de que unos pocos miles de congéneres se han preocupado, tanto de aprovechar la capacidad de descubrir métodos de hacer cosas -algunas se revelaron muy útiles para mejorar las condiciones de vida-, como la capacidad de imaginar que existían relaciones lógicas o, por lo menos, estadísticamente predecibles, entre los seres y los objetos.

Pues bien: nada me resulta más satisfactorio, a nivel intelectual, que encontrarme identificado -con las comprensibles distancias de calidad y resultados- con aquellos excelsos científicos que hicieron del método filosófico su mejor instrumento de trabajo, ya fuera en el laboratorio, en el taller o en la obra que se encontraron dirigiendo.

Recuperar el ansia de saber algo de lo que aún no se sabe, y conocer mejor lo que ya se cree saber, enlazando las piezas del rompecabezas revuelto que tenemos extendido ante nosotros, y en el que seguramente se nos han hurtado varias piezas esenciales -pero, ¿y i no fuera así?- es inexcusable. Para toda sociedad y, en particular, para el entorno que tenemos más próximo, y que se auto considera parte del mundo desarrollado.

Los técnicos, en especial, quienes se dedican a la investigación -no le pongo ningún adjetivo, ni siquiera la de «aplicada»- tienen en el análisis de la materia, un inmenso y atractivo campo de trabajo: desde la nanotecnología -y más adentro-  hasta el gran espacio fuera de la Tierra -y más allá-, en el que concretar las elucubraciones filosóficas sobre el cosmos y su fundamento.

Los filósofos más fecundos en aportar ideas de la formación de la razón y el ser, han tratado -no diría que por su parte. sino, junto a esos otros que consideramos investigadores de la materia- de explicar mejor por qué somos y de esta manera, y para qué somos y cómo podríamos aumentar nuestra sensación de conocer mejor lo que pasa por nosotros.

Hay, en efecto, una mística en este proceso de hacer evolucionar el saber, del que la mayor parte de la Humanidad, por obvias limitaciones, podemos ser únicamente aprendices de lo que otros descubran, seguidores de lo que los más sagaces propongan, devotos de quienes pongan más énfasis o más intensidad en participarnos sus credos.

No me cansaré jamás de estudiar lo que dicen los filósofos, ni dejaré de admirar lo que consiguen los que consiguen transmitir, con la técnica que se va dominando, que avanzamos en el camino de penetrar en el misterio de lo que estaba al margen de nosotros, para hacerlo nuestro.

Es una historia fascinante, que a veces parece estar solo en sus comienzos y otras, que se está a punto de alcanzar el instante mágico, solemne en que todo se nos desvele, descorriendo la cortina que nos haga entender, a un tiempo, lo que somos y lo que podemos ser si nos desprendemos del nosotros.

Publicado en: Filosofía, Sociedad Etiquetado como: filosofía, técnica

No me abstengo

13 julio, 2014 By amarias Deja un comentario

Me parece preocupante que crezca el número de los que se abstienen. En las votaciones para decidir sobre cuestiones políticas o económicas, incluso muy relevantes, me he preguntado siempre qué significado exacto reside detrás de la abstención ante un tema de importancia.

Entiendo que no puede ser interpretado como «no me interesa en absoluto lo que se debate» y sería pernicioso igualmente identificarlo con «me da lo mismo que se haga lo que se haga, todo me parece bien». Particularmente demoledor sería atribuir al que se abstiene la opinión de que «como el sistema está corrupto y dominado por intereses que no comparto, ni siquiera con los que están en contra de la propuesta, me declaro al margen».

Sospecho que una buena parte de los que se abstienen, al menos en las votaciones normales de nuestra vida corriente y moliente, lo hacen para no enseñar su posición, esto es, para no comprometerse. Si la votación es a cara descubierta, y puede identificarse al autor de la opinión o juicio, el número de los que se abstienen, crece.

Me ha intrigado, desde que era niño, el silencio de los que callan su opinión sobre lo que se debate. ¿Por qué están allí, si aparentemente, no les interesa lo que se dice? ¿Para aprender, para vigilar a otros? ¿Tal vez para informar a alguien que no quiere aparecer visible, actuando como sus confidentes o espías, dispuestos a proporcionar munición a un poderoso ausente contra el que se ha expuesto, al decir lo que piensa?

En las reuniones, cuando me tocó y toca dirigirlas, procuro animar, especialmente a los que parecen más retraídos, a que se manifiesten. Generalmente, me encuentro con un regalo producto de ese empeño: los que guardaban silencio, son quienes tienen las opiniones más interesantes, las ideas más novedosas.

En cambio, los que hablan mucho, acaparando los espacios, raras veces tienen algo nuevo que aportar o decir.

No te abstengas. Habla. Y, después y en todo momento, escucha. Sobre todo, a los que callan. Y desentraña las causas de su silencio.

Publicado en: Cultura, Sociedad Etiquetado como: abstención, debate, discusión, reunión, silencio

Bien común, males corrientes

12 julio, 2014 By amarias Deja un comentario

Voy a empezar mal: no se lo que es el bien común. Tengo, sí, una idea genérica de que el término debe relacionarse con aquello que no puede ser legítimamente apropiado por nadie y su explotación y rentabilidad solo debería servir para mejorar la situación del conjunto de los seres humanos, y no de unos pocos. Pero si quiero avanzar algo más, precisar lo nuevos elementos que aparecen en la hipotética definición, me voy complicando cada vez más.

Su plasmación concreta como objetivo universal entremezclaría la negación de la propiedad particular de las materias primas, incluida la tierra, y de los sistemas de producción de bienes y servicios, cuando su utilidad pública fuera superior a la conseguida con la explotación privada.

Implicaría, por supuesto, el reconocimiento de una serie de derechos inalienables para individuos y grupos, que situasen en claro régimen de igualdad a todos los seres humanos y que no precisasen ser reclamados para ser ejercidos. Y, como contrapartida natural, supondría la satisfacción de varios deberes que tampoco necesitarían expresarse, pues descansarían en universales fundamentos deontológicos, sin discusión ni réplica admisibles, siendo su prestación, en sí misma, motivo de satisfacción.

Recurro a la ética, a la filosofía, a la economía o a la sociología, y encuentro múltiples intentos de definición de lo que es el «bien común», de los que no me convence ninguno. Demasiadas peticiones de principio, gran confusión de términos y conceptos abstractos para un fin tan preciso, limitación de aplicaciones a sectores y, por tanto, faltos de orientación general. Concluyo que nadie sabe qué es concretamente el bien común o, en caso de que lo supieran, no han sido hasta ahora capaces de expresarlo de forma clara y concluyente.

En cualquier caso, constato que el bien común, como objetivo, no es una preocupación universal, por lo que cabría negar su existencia física y, posiblemente, hasta su atractivo metafísico. La Historia no refleja que «lo común» haya sido preocupación de los pueblos y personajes dominantes (al contrario: ha sido «lo local» o «lo particular» lo que primó y prima).

El menosprecio generalizado a filósofos, místicos e investigadores científicos, que son vistos -fuera de ciertos pináculos- como una singularidad de la especie, más bien estrambótica, y no como recurso genético al que potenciar sin límites, confirmaría también que el discurrir ideológico de la Humanidad no considera siquiera de interés detectar o fijar un objetivo universal, aquello que, de ser alcanzado, supondría, por excelencia, la generación sistemática del «bien común».

Por eso, cuando lei que Christian Felber, el laureado fundador del movimiento Attac, tenía publicado un libro sobre «La economía del bien común» (Edit. Deusto, 2012) me apresuré a comprarlo. El modelo económico propuesto por el autor, según la portada de la edición, «supera la dicotomía entre capitalismo y comunismo para maximizar el bienestar de nuestra sociedad».

Voy a seguir peor de como empecé este comentario: no entendí casi nada de los consejos que ofrecía Felber para que la sociedad global (así me obligué a entender el apelativo de lo que llama «nuestra») diera un salto categorial sobre los dos sistemas económicos más conocidos, que, hasta el momento, solo han probado su persistente intención de conducirla hacia su extinción, por la vía de una guerra universal de todos contra todos.

Si fuera por el capitalismo, del que el ilustrativo juego del Monopole es su modelo en miniatura fidedigno, el objetivo a perseguir sería que, al final, sobre el tablero de los recursos e intereses, uno solo o unos pocos se hayan hecho con todo, y los demás, se apañen con las ganas. La búsqueda del máximo beneficio individual, a la largo de la Historia, consolida élites cada vez más poderosas.

Si fuera por el comunismo, del que el cristianismo primitivo es su doctrinario ideal y la dictadura soviética o el chavesianismo bolivariano simples aberraciones populacheras, se llegaría, por métodos ni más ni menos deplorables si los juzgamos por sus efectos conocidos, a que, a la postre, unos pocos se quedasen con todo, y los demás, con las ganas. Los que juzgan, nunca se sancionarán a sí mismos y los que se benefician de su actuación, jamás se rebelarán contra ellos y, si alguno lo intentara, será rápidamente represaliado.

Que la primera fórmula haya probado mayor habilidad en alcanzar su culminación, dilatando el momento de su triunfo final y enmascarando los logros parciales con reparto de limosnas a los más agradecidos, no debería contar a su favor: el «bien común» no puede identificarse con el deseo de acumular, sin límite, poderes y bienes para ponerlos al servicio y administración de unos pocos egos.

En ambos sistemas, sin embargo, la falacia brutal que es el bien común es el objetivo perseguido teóricamente. Está en los idearios, porque mentarlo supone tranquilizar a los que son avasallados y salvar las apariencias. Las democracias capitalistas y las neoliberales lo persiguen. Los fascismos, dictaduras, gobiernos despóticos, democracias orgánicas e inorgánicas, teocracias y aristocracias, también. Los regímenes comunistas, socialistas, comunas, etc. por supuesto. Todas las organizaciones conocidas entronizan el bien común y dicen respetarlos. Como no se sabe lo que es, no hay riesgo en que alguien objete que lo que se pretende sea una quimera. En todo caso, a nadie preocupa que el «bien común» no sea sinónimo de «bien universal».

Felber, en su librito, presenta varias opciones de lo que podemos entender, lisa y llanamente, como simples fórmulas cooperativas. En España tenemos una experiencia reciente, muy documentada y prácticamente exhaustiva de cómo acaban, tarde o temprano, las cooperativas: con sus miembros a la greña, las subvenciones perdidas, las naves que se construyeron con dineros públicos y la maquinaria y equipos que sirvieron a la ilusión de los primeros momentos, abandonadas o, en los mejores casos, arrendados o cedidos a un ex-miembro.

Hay características comunes a las propuestas del filósofo-sociólogo austríaco: su elementariedad. Se centran en el sector agropecuario, en los servicios básicos o en la fabricación de productos de primera necesidad. Deja al margen el sostenimiento de sistemas complejos y pretende crear islas de producción y consumo, comunas o guetos a los que aglutinaría una excepcional capacidad de sacrificio y la autolimitación para obtener beneficios del mercado.

Nada nuevo bajo nuestro sol hispano. Las cooperativas han tenido mucho predicamento entre nosotros.

¿Por qué no funcionan, cabe preguntarse? ¿Por qué estoy petulantemente convencido de que no funcionarán? Por algo muy sencillo: los que reciben aquello que no tienen, aceptan encantados el modelo, sea el que sea y, mientras mantengan el estado de necesidad, serán exigentes con el cumplimiento de lo que se previó. Los que aportan más -más trabajo, mayor formación, más capacidad, quizá, incluso, más capital o más bienes- desearán recibir más y, salvo que estén optando a figurar en el santuario o en el martirologio, lo reclamarán, o dejarán de rendir como se esperaba de ellos. Puede que la relación de 1:6 o 1:10 en los salarios sea la adecuada para señalar y recompensar las diferencias, pero mientras no se resuelva qué pueden hacer con los excedentes, la cuestión capital quedará sin resolver: ¿cuánto estarían autorizados a vivir mejor? ¿se toleraría la transmisión hereditaria? ¿quién califica la calidad de las aportaciones, y con qué  baremos?

No sé definir satisfactoriamente lo que es el bien común, pero no soy un descreído, ni me rindo tan fácil. Bienes comunes son, desde luego, la biodiversidad, el medio ambiente, … están vinculados a derechos individuales e inalienables, pero no solo: saber leer y escribir y poder situarse en el sendero del saber más y mejor, libertad de desplazamiento y ubicación en un territorio, tener alguna descendencia y que crezca sana y a la que se pueda dar la seguridad de que su futuro será mejor que el presente, disponer de acceso a alimento, agua potable y satisfacciones que justifiquen la calidad de la propia vida, contar con fuentes de energía y calor para protegerse del frío o de las temperaturas extremas, acceso libre y gratuito a los fármacos que hayan supuesto la erradicación de cualquier tipo de enfermedad contagiosa o epidemia, contar con un mínimo de trabajo y de forma regular, que garantice, no solo la existencia, sostenimiento y goce de toda familia, sino la satisfacción de sentirse útil frente a los demás y, en particular, la colectividad más próxima, vivir en paz, sin riesgo de ser atacado en la intimidad ni forzado a actuar contra otras colectividades ni a infringir cualesquiera derechos universales…

¿Sigo? Christian Felber apela a la solidaridad universal, a la eliminación de la competencia con el objetivo de acaparar, a la creación de Bancas (rehúye el término entidades financieras) que presten dinero sin interés -conseguido por ahorros cedidos por bienaventurados- y midan su eficacia en términos de ética, a la implantación de una renta básica universal…Bastantes de esas ideas las hemos visto replicadas en las intervenciones de los portavoces de ese movimiento con bases libertarias, elegantemente utópico y de incuestionable atractivo para descontentos, que es Podemos.

Si fuera bastante más joven y estuviera menos escaldado en mis sensibilidades, seguramente escribiría que me encantan las ideas de Felber, poyadas por Stéphane Hessel por Jean Ziegler, por Juan Carlos Cubeiro (que escribe el Prólogo de la primera Edición española)…Me siguen gustando, pero no me seducen. Frente a la perspectiva del bien común, difusa e imperfecta en sus contornos, están los males corrientes. A esos, los distingo claramente.

Habrá que seguir investigando. De la teoría a la práctica, sigue habiendo mucho trecho. Demasiado para saltarlo de golpe y, menos, alardeando de «mostrar el camino hacia una economía en la que el dinero y los mercados vuelvan a servir a las personas y no al revés» (Jakob von Uexküll). Por eso, con respeto, pero con escepticismo crítico formulo mi respuesta actual:

No entiendo lo que me dice, pero por si, debido al ruido ensordecedor, el problema es acústico y no de lenguaje, ¿me lo repite?

Publicado en: Ambiente, Empresa Etiquetado como: Attac, bien común, Cubeiro, Felber, mal corriente, Podemos

El encanto melancólico del deterioro

11 julio, 2014 By amarias Deja un comentario

Quiero empezar con una, posiblemente, innecesaria puntualización. Por deterioro, recupero su significado genuino: progresiva degradación de algo, menoscabando su categoría, para situarla en inferior condición. La distingo, por ello, de la ruptura del objeto, de la destrucción que lo hace inservible para cumplir su función. Lo deteriorado aún sirve, solo que cumple con peor rendimiento el fin para el que fue imaginado, trampeándolo.

La ausencia de reposición de lo dañado, como consecuencia de la disminución del poder económico de quien es propietario, o, puede ser, de su desidia o conformismo, sostiene la situación de servicio deficiente hasta que, finalmente, el asunto se rompe de cuajo y ya no se puede continuar con su uso, ni siquiera utilizando el mejor de los pegamentos.

Los técnicos hablamos de la vida útil de una instalación o equipo, que es una manera elegante de fijar un tope a la obsolescencia admisible, producida por el envejecimiento y el uso. Se podría seguir empleándolo un tiempo, pero cambia su fiabilidad y rendimiento: las características son otras.

El responsable del menaje casero aguanta, en el hogar, con los cacharros escachados hasta que, por fin, puede renovar la vajilla, mandando las tazas y platos fisurados al cubo de la basura (léase, para tranquilizar la conciencia de reciclantes, al punto limpio más cercano). Es otro ejemplo.

Genéricamente hablando, nos encontramos viviendo una situación de deterioro global. Al moral, al político, al económico y social, se nos añade, como una pátina, el deterioro del ánimo, que paliamos ingenuamente con la presunción de que, aunque nada es como solía, aún podríamos aguantar con la carga un tiempo más. Como en el cuento del caballo percherón, vamos poniéndole encima más y más peso, confiados, hasta que el soporte se nos desfonde.

Tenemos cinco o seis millones de parados -no los he contado, y tampoco sé bien cómo otros hacen el cómputo-. Es preocupante, pero lo vemos como un deterioro. Nos preocuparía más si los hubiéramos provocado de golpe, pero la crisis anduvo creciendo al disimulo, socavando entre palabrerías y falsos arreglos, con tipos muy serios alardeando de que todo estaba controlado, convenciéndonos de que las estructuras seguían sólidas.

En el sendero del deterioro, tenemos una juventud desorientada, ayuna de perspectivas de futuro feliz. Pretendemos ser capaces de controlar el desaliento colectivo ofreciéndoles títulos de papel, mini trabajos basura y abriéndoles puertas para que se vayan con el petate a otros lugares («os esperaremos al volver», les mentimos). Para preservar el menaje, mandamos (mandan) cada vez más policías, armados con porras y escudos anti-sensibilidad, para que contengan a los más rebeldes que, sin menos razón porque la expresen a gritos, exigen cambios drásticos, agrupándose en los lugares donde se cuecen las habas colectivas.

Tal vez en las altas instancias -no voy a detallar: el deterioro cunde por doquier- haya quienes crean que la degradación es asumible, que  los instrumentos pueden aún cumplir su función, y que solo es cuestión de aguantar, sirviendo en los mismos platos hoy despanzurrados, el cocinado cada vez menos sápido, empeñados en darle los mismos nombres que tenía.

No lo creo así. La falta de renovación, el conformismo ante lo que ya no sirve para cumplir bien con lo que antes nos valía, el empecinamiento en sostener viejas ideas vistiéndolas con oropel para disimular su decadencia, alimenta otra cosa: el melancólico recuerdo que mantenemos algunos de los tiempos en que estrenábamos vajilla, ilusión colectiva, ganas frescas, explorando lugares en donde desarrollar la capacidad para dedicarnos a una tarea cuyo propósito era lograr que no faltase a nadie vituallas en su mesa.

Pero del recuerdo no se vive; la añoranza, entorpece y, al que no lo vivió, le desconcierta e irrita.

Si la crisis nos ha dejado sin posibilidad de recambiar la vajilla, no hagamos culpable al menaje del deterioro, sino al mucho o mal uso que tuvo.

Como hacían las amas de casa en la postguerra, si no hay dinero para dispendios, aprovechemos bien lo que tenemos. Ocupen los lugares en cocina quienes no duden en recorrer de cabo a rabo y a diario los mercados, compren con lo que haya en la faltriquera común de forma tal que llegue y alimente a toda la familia. Sacando valores al condumio a base de poner tiempo y destreza en los fogones, suplan con imaginación la forzosamente reducida variedad de los menús, incorporando los ingredientes calóricos que sirviendo de sustento, sean a la par más sustanciosos, y que lo hagan de forma trasparente, rindiendo cuentas, sin hurtarnos dineros.

Poniendo, claro está, para potenciar el sabor del potaje, sal, especias, cariños, devociones. Que no valdrán para alimentar el cuerpo, pero qué caramba, dan consuelo.

Publicado en: Actualidad Etiquetado como: cambio, cocina, cocinero, deterioro, ilusión, ingredientes, melancolía

Me gusta

10 julio, 2014 By amarias 2 comentarios

Nos estamos idiotizando a pasos agigantados, y, lo que es más singular, no parecemos ser conscientes de ello.

Nos hemos hecho capaces de manifestar con un «me gusta» (un simple teclear instantáneo en ese lugar que nos ofrece Facebook para calificar sin compromiso el comentario de ese amigo virtual al que quizá no conocemos ni de vista y que, desde su soledad, nos ametralla en el ipad con los disparos de su no diagnosticada psicopatía), nuestra confusa impresión personal ante cualquier noticia. Ya sea la muerte de setenta iraquíes por una bomba suicida, la frase teóricamente genial y falsamente atribuida por las redes a un personaje cuyo nombre nos suena de algo o una disquisición razonada sobre la conveniencia de utilizar un lenitivo para aligerar el vientre colapsado, por poner ejemplos a lo que circula a rienda suelta, por las redes

Esa dejación de interés no tendría, después de todo, mayor importancia, si no se correspondiera coherentemente, con otros síntomas terribles. No somos capaces de concentrarnos en la lectura de ninguna información que no sea intrascendente, hace años que no leemos un libro desde la primera página a la última, y, siguiendo en esa línea, de los vecinos no nos interesa más que el que no causen ruidos por las noches. y nos hemos hecho tan insensibles que solo lloramos cuando nuestro ídolo futbolero falla un disparo a puerta que era gol cantado.

Me produce estupor, pero me encaja con el tono vital de nuestra sociedad en estado de colapso catatónico, el que un flamante secretario de la OCDE -Angel Gurría, «diplomático» mexicano con un título en Economía por la Autónoma de México- afirme, sin que nadie le haga tragarse sus palabras a gorrazos (1), que nuestros titulados universitarios están al mismo nivel formativo que un estudiante de segunda enseñanza de Japón.

Debe tener que ver con la dejación con la que contemplamos, impertérritos, que nuestras instituciones más preciadas se han emponzoñado hasta las corvas con los males apocalípticos de la corrupción, la incompetencia feroz y la desidia. Puede que esté relacionado ese mal con este otro, que nos hace sentir incapacidad al tiempo que apatía, mientras apartamos al paso pedigüeños y parados, y oímos expresar, con los mismos argumentos, que estamos saliendo de la crisis o profundizando en ella. Puesto que faltan soluciones, los alibis sirven a ambos lados.

En fin, que no me gusta, para entendernos. Y, adelantándome a que el lector, descartando llegar hasta aquí y haciendo como que me sigue, me regale con un su «me gusta» lo que he escrito, quiero que sepa que lo interpreto como es debido: está atrapado también por la indiferencia con la que nos hemos acostumbrado a mirar, sin ver, lo que tenemos enfrente y a los lados.

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(1) Lo hizo en un Foro conscecuente: estaban presentes el Presidente del Consejo de Rectores de la Universidad española (CRUE), Manuel López, el Rector de la Politécnica de Madrid, Carlos Conde, el Secretario de Estado de Universidades, Federico Morán, con ocasión del demoledor Informe Anual (2013)  de la Fundación Conocimiento y Desarrollo, dirigido por Martín Parellada y patrocinado por el Banco de Santander. Fue el 6 de julio de 2014.

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¡Por Dios!

9 julio, 2014 By amarias Deja un comentario

Israelíes y palestinos se encuentran de nuevo enzarzados en una escalada de violencia de un conflicto que no tiene solución, porque no es cuestión de diálogo, sino de principios. Y cuando los principios son inamovibles, de poco vale que los que asisten a la exhibición de intransigencia exhorten a que se pongan de acuerdo los que se confrontan.

El antiguo responsable de Asuntos Exteriores de la Unión Europea, Javier Solana, actualmente Presidente de EsadeGeo (Center for Global Economy and Geopolitics), ha expresado que ese nuevo incidente en las estériles relaciones de ambas colectividades, «no conducirá a nada», lo que ha de interpretarse, no como una frase diplomática, sino como una conclusión nacida de su amplia experiencia en asistir a empecinamientos políticos, tratando de mediar entre quienes tienen clara su voluntad de no entenderse.

¿Por qué ha de ser así? Existen, como un análisis elemental puede poner de manifiesto, discrepancias religiosas, que solo pueden servir a los que creen todavía que la religión es un fundamento y no una excusa. Los judíos se creen descendientes de Isaac y los musulmanes pretenden serlo de Ismael, los hijos mitológicos de Abraham, habidos, respectivamente, con su esclava Agar y con su esposa Sara, y a los que Jehová, o Alá, en tiempos en los que los dioses hablaban con los humanos, encomendó de manera suficientemente oscura la construcción de la genealogía para su futura encarnación en el descabellado propósito de darse un paseo por nuestras miserias, sellando ese pacto con una acción realmente singular, es decir, estrambótica: ordenando que se cortara el prepucio a los descendientes varones.

No voy a adentrarme más en la narración bíblica, salvo para recordar sin mayor énfasis que uno de los hijos de Isaac fue Jacob (Israel), que tenía un hermano gemelo, Esaú, al que le gustaban mucho las lentejas y con el que compartía, al menos, un exagerado carácter pendenciero, pues peleaban ya desde el seno materno.

Poco que ver el cuento divertido con la complicada historia geopolítica que se tejió en torno a Palestina, aunque se podría adivinar por él, pero no justificar, los cientos de años de esclavitud y persecución que sufrieron los judíos, ni se encontrarán atisbos del juego descarado al que se sometió por las llamadas potencias occidentales, el territorio del cercano Oriente, ni hay preludios del genocidio nazi durante la segunda guerra mundial y, mucho menos, del estrambótico reconocimiento como nación de Israel, dándole un trozo de la tierra prometida, fabricando un parche sin futuro en una zona rodeada por musulmanes. Hay tanto escrito sobre la cuestión que es imposible resumirlo y no menos difícil, comprenderlo.

Los israelíes han conseguido, con la ayuda de los Estados Unidos, convertirse en una potencia militar, capaz de mantener a raya a los países árabes que la circundan y, no solo eso, apta para aventurarse en incursiones bélicas gracias a las cuales ha ido ampliando el espacio de su asentamiento. Los palestinos, empujados a una mísera dependencia económica del próspero estado israelí, -adobados también, por su parte, pero en mucha menor cuantía, con circunstanciales ayudas norteamericanas y subvenciones de subsistencia surgidas de aquí y de acullá-, se han convertido en un pueblo empobrecido, dividido y aislado: sus razones se ven como apestosas, su resistencia, inútil, las discrepancias entre sus líderes forman parte del folclore mundial, y, lo que es gravísimo, sus derechos -a la libertad, a la tranquilidad, a la construcción de una economía autosuficiente-, son ignorados sin despertar el menor sentimiento de culpabilidad ajena.

Los hechos recientes no son más que una consecuencia de algo que, en 1938!, la clarividente pensadora judía Simone Weil, inteligente cosmopolita renegada de sus raíces semíticas, ya veía como la prolongación de la sempiterna conflagración por hincar banderas en ese territorio estratégico.

Para Israel, atento a cualquier excusa, el asesinato de tres adolescentes judíos atribuido -de forma poco creíble- a miembros de Hamás, justifica hoy las represalias, el lanzamiento de misiles sobre Gaza, e incluso la movilización de 40.000 reservistas «dispuestos a defenderse» de quien no tiene capacidad de ofensa suficiente. Es decir, los dirigentes israelíes se declaran dispuestos a invadir otra vez las tierras que añoran como expansión de su Estado consentido.

David esgrimiendo la honda frente a otro David armado con torpedos de cabeza atómica y cohetes antimisiles.

¡Por Dios! ¿No seremos capaces nunca de contener los impulsos destructivos de la especie humana contra sí misma, allí donde afloren? ¿A qué necesitamos apelar, no para entendernos -en Israel y Palestina como en cualquiera de los múltiples lugares del planeta Tierra en donde la Humanidad se está destruyendo a sí misma, apelando a la religión, es decir, a la economía y a la ambición de unos pocos, escudada en designios de Aquel que, cuando le hacen hablar, los que no estamos en la procesión no sabemos interpretar lo que quiere decir?

¿O es que no hay quien, como yo -y otros que tienen más elementos que yo para analizar lo que nos pasa- entienda que hay que dejarse de una vez por todas de hacer atribuciones fuera de nuestra capacidad de actuación, y reconocer que mientras los que dirigen lo sustancial de lo que nos tiene que pasar sigan, en realidad, adorando a Belcebú-dinero, no tenemos solución?

Aunque momentáneamente parezca a los que las promueven y a los que creen obtener beneficio de aplastar a otros, tantas guerras y guerras, …no conducen a nada.

Porque nada es destruir lo creado por nosotros, una y otra vez, hasta que sea la última.

 

Publicado en: Actualidad, Internacional, Sociedad Etiquetado como: conflicto, guerra, Hamás, historia, Israel, judíos, palestinos, Solana

Start-puff a la española

8 julio, 2014 By amarias Deja un comentario

La indignación ante la lectura de los múltiples comentarios relativos a la caída de Icaro Jenaro García, ex- CEO de Gowex y modelo hasta hace pocos días de emprendedor de éxito hispano, llevado de aquí para allá como atleta de la invención por los teatrillos de las vanidades públicas, no debería impedir controlar un riesgo mayor: la posible pérdida de credibilidad de los datos que se manejan de las empresas innovadoras españolas y de las auditorías que, teóricamente, servirían para controlarlos.

Explotada la burbuja made- in-Jenaro García, es urgente mirar, no hacia el fuego en donde desaparecen los trastos del ídolo tumbado, sino hacia el milagroso campo de cultivo tecnológico en donde se afanan centenares de honestos empresarios y trabajadores, en la dura labor de poner en pie proyectos novedosos en el pedregal científico, financiero y asociativo de esta España del siglo XXI que arrastra formas y modos malignos del pasado.

Porque el nombre de start-ups no está contaminado por ese presunto acto delictivo protagonizado por los gestores de Gowex y, posiblemente, sus auditores. Sigue formando parte de la solución. La indignación por la desfachatez y la falta de honradez de quienes han peinado las cifras de negocio, ocultado información de cómo iban las cosas, multiplicado por diez la facturación real y por infinito los beneficios inexistentes, imaginando un negocio ejemplar donde había una estafa piramidal, no debe perturbar la mirada alentadora hacia un amplio grupo de inocentes, que corren, sin embargo, el riesgo de ser juzgados y condenados a la trágala como consecuencia de la caza de brujas que se ha levantado contra las start ups españolas.

Dicen ahora algunos que lo de la trampa se intuía, que los que habían hurgado en el misterio de su éxito sospechaban que los pies eran de barro y las alas de fantasía, y que no se puede hacer negocio ofreciendo todo gratis, aunque sea en el caprichoso mundo virtual de las ciudades inteligentes pobladas de gentes, por lo que se va sabiendo, cada vez más estúpidas. Aventuran incluso, puestos a elucubrar, que Jenaro es un mentiroso convulsivo, que se inventó la mayor parte de su existencia. No sé. Como no me creo que una estafa monumental se construya en solitario, veo detrás, y al lado, y quién sabe si por encima, más rostros sin nombre todavía, tejiendo la red para cazar inversores incautos con la carnada de las subvenciones y diplomas públicos.

En todo caso, el perjuicio al rebaño de start-ups españolas, en el que se habrá colado, por qué no, como en todo redil, alguna otra oveja negra, no tardará en conocerse. El Informe de Gotham, del que sorprende la simplicidad de la investigación en relación con la contundencia de la conclusión, pone de manifiesto que es posible combinar mentiras, ambición y credulidad para generar un monstruo sin pies ni cabeza y que no sea descubierto por los que no miran más allá de sus narices complacientes.

La credibilidad de las empresas españolas que están centradas en poner en marcha aplicaciones en las nuevas tecnologías es la que tiene que defenderse con todas las herramientas al alcance. A Jenaro García y los que confiaron en su palabrería, o la alentaron, que los defiendan sus abogados en los Tribunales de Justicia.

Publicado en: Actualidad, Economía Etiquetado como: estafa, Gotham, Gowex, Jenaro García, puff

Caben más días

7 julio, 2014 By amarias 1 comentario

Hoy, siete de julio, cumplo años. A mi edad, mis abuelos varones habían muerto; mi bisabuelo Vicente, que falleció con ochenta y ocho, andaba por estas sus fechas en La Habana, y su yerno, Manuel, que acababa de volver allá para enderezar los asuntos y, tal vez, evitar que lo mataran sus compatriotas, lo encontró «acriollado».

A mi padre le quedarían todavía doce años de su cuenta particular, antes de caerse al pie de la cama, diciendo a su viuda Isabel que «no era nada». Mi madre haría ya décadas que se había muerto, dejándome cambiado.

El escribano del libro de Job, después de poner en boca de Jehová unas poéticas palabras sobre la fortaleza del hipopótamo (Behemot) y del cocodrilo (Leviathan), que habrían de servir como prueba, si fueren creídas, de que además de su simpatía contrastada por coleccionar escarabajos, Dios nos tiene a los humanos por seres debiluchos, concluye que el virtuoso varón «después de esto, vivió ciento cuarenta años y vio a sus hijos, y a los hijos de sus hijos, hasta la cuarta generación. Murió, pues, Job, viejo, y lleno de días». (1)

Haré como que no me doy cuenta del tiempo que me pasa. Como suelo hacer desde que los encierros de Pamplona se corren por la tele, he conectado el aparato, para ponerme en conexión con la estupidez humana, de la que formo parte alícuota.

Ver a miles de individuos acelerarse delante de seis toros (hoy fueron cinco, porque uno se rompió una pata en el encierrillo de ayer), exponiéndose a que en la carrera les pisoteen los bravos o los cabestros, sufran magulladuras por efecto de la pasada de la manada cornúpeta o la bípeda, e incluso se lleven un puntazo de recuerdo a la enfermería o al otro mundo, me encandila. Manera segura y barata de ponerme a tono con la naturaleza de la que formo parte: Polvo soy, y, desde luego, nihil me alienum puto.

Si me hago yo el currículum, lo puedo llenar de fechas, episodios, diplomas y menciones y hasta podría sentirme tentado a incluir, ocultando fracasos, ciertos logros. No me impide esa fatuidad carente de escenario, reconocer que, a salvo a algunos de la familia más directa, y puede que también a un par de amigos de cuidado, a nadie más le llevaría más de un segundo despacharme.

En fin, repito la misma historia particular, con el empeño de quien se piensa un héroe. No queriendo ser consciente (qué remedio) de que lo que tendré vivido, bien resumido, serán dos meras fechas escritas sobre el viento, caídas junto a millones de hojas de otros tantos que también se empeñaron en contarse. Incluso sospecho, escéptico ilustrado, que lo que nos cuentan de los cuatro personajes que han pasado a la Historia, son inventos, leyendas, mitos que mienten más que corroboran su existencia: pudieron no haber nacido.

Caben más días. No me veo con el vaso colmado, tengo ganas de más. Quiero saber mejor, recibir de los que amo, ver crecer, poder contar. Por eso, mientras le doy cuerda al reloj, me esfuerzo en disimular, tratando de pasar desapercibido, no a ti que me lees, sino al que siega los propósitos.

—–

(1) En otras traducciones, «colmado de días».

Publicado en: Sociedad Etiquetado como: cumpleaños

Cuatro vidas convergentes

6 julio, 2014 By amarias Deja un comentario

Mientras redacto estas líneas, tengo a la vista la portada del libro «Edith Stein en compañía», de Jesús Moreno Sanz (Ed. Plaza y Valdés, presentado en la reciente Feria del Libro de Madrid, 2014). El volumen, de 556 páginas -excluidas la Introducción y el Índice onomástico, lleva el subtítulo: «Vidas filosóficas entrecruzadas de María Zambrano, Hannah Arendt y Simone Weil», que permite aventurar el esquema del tratamiento que el autor se ha propuesto para su trabajo.

La portada, en fondo blanco, incorpora con un diseño en cruz las fotografías en blanco y negro con los rostros de las cuatro pensadoras (bastante mayor la de la santa copatrona de Europa), insinuando, con manchas solapadas que discurren de arriba abajo (de Arendt a Stein) y de izquierda a derecha (de Zambrano a Weil), el martirio de la protagonista principal de la hagiografía y el final asimilable de la fonéticamente homónima de la diputada que presidió el Parlamento Europeo -casada con Antoine Veil, del que tomó el apellido-,  subrayando en rojo sangre las palabras «en compañía».

He leído el libro constatando en mi ánimo varias fases de un proceso de acercamiento a la obra, que no me resisto a expresar: escepticismo, desánimo, interés, entrega y curiosidad renovada. La razón de este periplo ha de encontrarse, ante todo, en la portentosa erudición de Moreno Sánz, que, a quienes hemos desarrollado el maligno vicio de tratar de apurar las conclusiones sin pasar por el calvario de la construcción metodológica, nos conduce a empezar a leer un escrito de terceros empezando por el final y, tras hojear a salto de mata el denso precipitado en el crisol del alquimista poliédrico, nos vemos acometidos por la sensación de que nos encontramos ante un producto indigerible.

Sería un error, y nos privaría de la satisfacción de saber más y mejor, guiados por un enseñante profesional, a veces, como corresponde a un maestro, reiterativo, en ocasiones, como es de esperar en un investigador académico, prolijo por minucioso y respetuoso con las fuentes, pero nunca lejano, como debe serlo un amigo.

Jesús Moreno es, a estas alturas de su vida -somos coetáneos- un filósofo maduro y en ese libro que cabría calificar de monumental, destila, junto a las de sus biografiadas, las razones de su propio pensamiento, perfectamente incardinado en un iter metodológico que tiene sus raíces en la savia fructífera de Spinoza, en los místicos españoles (san Juan de la Cruz y santa Teresa de Jesús) y en la asimilación constructiva de los planteamientos de Husserl, Heidegger y, entre otros muchos, de las elucubraciones con raíces sufíes y resultados ecuménicos, de ese pensador menos conocido, que el prolífico autor ha traducido en un texto memorable, el gran islamólogo Massignon, admirado por María Zambrano.

Y al citar a Zambrano es de inexcusable justicia indicar que, a su interpretación, a la difusión de su pensamiento, a detallar su biografía y al titánico propósito de realizar el desmenuzamiento de su trayectoria vital enlazándola con su discurso filosófico, ha entregado buena parte de sus desvelos intelectuales, ese legatario y albacea impagable que es Jesús Moreno.

El libro de Moreno admite varia lecturas, y la menos provechosa -aunque la más divertida- es la que se detenga exclusivamente en los pormenores biográficos de las cuatro pensadoras. Los paralelismos en la tetralogía, que Moreno pormenoriza, con citas innúmeras y una rigurosidad implacable, permiten descubrir, sin fisuras, el pathos que conduce, al menos a tres de ellas, a su inmolación intelectual y física.

En este sentido, la incorporación al grupo de Zambrano, la mejor conocida, sin duda, por Moreno, tanto en sus vivencias como en su obra, resulta algo forzada. No veo en ello un hándicap ni un descuido, sino, por el contrario, la evidencia de la asimilación  por el glosador del pensamiento y trayectoria vital de la singular discípula de Ortega y Gasset, lo que, en pura recreación intelectual, le permite ya a Moreno un cierto distanciamiento, al profundidar en su singularidad, domeñándola desde dentro del personaje, como suele ser la meta de un biógrafo encandilado con el sujeto de su estudio.

El periplo personal de Zambrano aparece como especial, distinguible, y su martirio interior, construido, como en las demás -mujeres e inteligentes y, salvo la citada, judías-, desde luego, por la sinrazón del menosprecio de la intelectualidad oficial,  incluidos quienes fueron sus admirados maestros, y la reafirmación continuada de sus ansias de ser reconocidas, tiene menos relación en ella con lo externamente vivido, puesto que la longevidad de la pensadora española le ha permitido alcanzar, antes de su muerte, un reconocimiento importante, al que todas ellas hubieran sido, y legítimamente, acreedoras, y sin los altibajos de aprecio que tuvo que sufrir Arendt.

He creído observar en el tratamiento de lo que afecta a la vida y filosofía de Simone Weil que hace Moreno, a pesar de ser un personaje secundario en esta laudatio dedicada a Stein, un cariño más natural, una complicidad más fresca que la que le ha permitido glosar, con rigor pero sin tanta pasión, la trayectoria filosófico-vital de la, para mí, mejor conocida con anterioridad, Hannah Arendt

Pero es en la lectura como un manual de filosofía práctica en donde el libro de Moreno, en mi modesta apreciación, alcanza su máximo valor. Las múltiples referencias a la concreción del pensamiento de Stein, así como, en menor medida pero paralela intensidad, del de las demás, permiten hacerse una idea perfecta, muy sólida, excepcionalmente sugerente, de cómo han llegado a una conclusión luminosa: la búsqueda de la verdad es una trayectoria personal, construida con base en la propia introspección, en la que las experiencias vitales, las lecturas ajenas, son solo un elemento más, incluso accesorio. «Lo mío, es solo mío/ lo tuyo es solo tuyo», como recoge la Sharia al Islamiya (la vía de perfección del Islam)

He disfrutado con el libro, y me propongo, una vez recorrido todo él en una primera lectura -en absoluto sosegada, pues Moreno reclama atención casi en cada página- a sacarle aún más beneficio intelectual. Me permito extraer aquí, sin la pretensión de resumir en una recensión imposible, una obra tan singular, la anécdota del encuentro entre dos Simone, Weil y De Beauvoir, en el patio de la Sorbona, que recuerda Moreno (pág. 138). «En aquella ocasión Weil afirmó que lo único importante era una revolución que diera de comer a todos, ante lo que de Beauvoir replicó que el problema no era proporcionar felicidad a los hombres, sino el encontrar sentido a la existencia. Simone Weil la miró de arriba abajo de modo implacable y le dijo: «Cómo se nota que usted nunca ha tenido hambre».

Desde esta posición crítica, podrá entenderse muy bien (extraigo, con omisiones que el autor debería disculparme, el tuétano de una de las muchas frases que Moreno, didácticamente, dedica -pág, 321- a explicar la «convergencia» más que el «paralelismo» de sus analizadas), aplicándosela a Stein: «Las ciencias del espíritu (…) han de tomar como objeto de investigación al individuo en su individualidad. Y para ello es indispensable delimitar bien la relación entre la conciencia -como el lugar del puro vivenciar (…)- y el espíritu -en el que los actos espirituales son vivencias intencionales- (…).»

Moreno ha escrito una nueva tesis doctoral, trabada, literariamente muy bien escrita, y filosóficamente encantadora. No será fácil leerlo, pero el problema, si existe, está, en mucha mayor medida, del lado de la responsabilidad del lector.

 

 

 

 

Publicado en: Filosofía Etiquetado como: Arendt, Editorial, fenomenología, Hannah, Heidegger, Husserl, Jesús Moreno Sanz, judias, Massignon, Plaza y Valdés, Simone, Stein, Weil, Zambrano

Creo en la resurrección de los sueños y en un mundo mejor, amén

5 julio, 2014 By amarias 1 comentario

(Con este Comentario termino la serie de seis a los que he dedicado la confección de mi Credo tecnológico)

6. A modo de conclusiones

Las evidencias apuntan a que el conocimiento tecnológico más avanzado se concentrará (en realidad, se concentra) en pocas instituciones, en tanto que, a los niveles inferiores, las telecomunicaciones contribuirán a una rápida expansión y homogeneización de los conocimientos científicos, haciendo irrelevante su posesión, premiándose, en cambio, la disponibilidad de materias primas.

El papel de la mano de obra no cualificada será de manera creciente, irrelevante, generándose graves tensiones, a nivel global como local, respecto a la distribución de la riqueza y su disfrute. Las necesidades de ayuda social, incluso existencial, crecerán, y los Estados, de forma independiente, no podrán hacer frente a la resolución de los problemas generados por la combinación de desarrollo tecnológico, insuficiencia de trabajo disponible y presión reivindicativa sobre lo que se conoce como nivel de vida deseable.

La valoración de la situación es diferente por países, pues no cabe hablar de convergencia. En Alemania, por ejemplo, se advierte un crecimiento en la creación de empleo de muy alta cualificación (hasta un 25% de la población activa), en tanto que los empleos auxiliares (que no demandan especiales habilidades) se han reducido hasta un 15%. Muy diferente a lo que sucede en China, India, Pakistán, etc. Y bastante diferente a lo que se observa en España, empeñada en consolidarse como un país a remolque de las circunstancias.

Admitiendo que la celeridad en la asimilación de los conocimientos tecnológicos y la redistribución de los mercados, obligará a una adaptación constante, tanto de las estructuras como de aquellos que tengan empleo, no puede pretenderse que esa «versatilidad», invocada continuamente por los políticos y analistas, sea posible para la gran mayoría. No depende tanto de la formación previa, ni siquiera de la actitud personal, sino de la orientación recibida. Deberíamos sacar consecuencias del exceso de peluqueros, cocineros, camareros, expertos en lenguajes informáticos obsoletos, empresarios de bares y mercerías arruinados, etc. Se les ha impulsado a un fracaso personal y económico, porque se les ha hecho abrigar esperanzas en lo que estaba vacío.

Es imprescindible que los empresarios, las representaciones sindicales y las instituciones políticas de todo orden se pongan de acuerdo en objetivos comunes. No los tenemos en la actualidad: ¿despido libre? ¿mini trabajos? ¿formación continuada? ¿ruptura definitiva entre la Universidad y el mundo real? ¿disminución de las prestaciones sociales a golpe de martillazos en el modelo existente? ¿incremento de impuestos a las clases medias para sostener el estado «social y de derechos»?…

Tenemos un tejido industrial con múltiples deficiencias, pero lo tenemos y tiene elementos muy aprovechables, que hay que poner en valor y saber potenciar. Se han de promover constantes reuniones (la palabra «reunión» está adulterada por el uso, pero no tengo otra forma de referirme  a encuentros dinámicos de trabajo), en las que se pueda plasmar el intercambio de información, la voluntad de coordinación, la transparencia en los objetivos y en la detección de dificultades y las conclusiones para apoyo recíproco.

La Administración no tiene por qué participar en ellas con voto, y ni siquiera con voz, pero debe de estar, y saber estar. Me produce sonrojo cuando, en un Congreso o Sesión en las que representantes de empresas exponen sus planes en ponencias por lo general muy bien preparadas, contando lo que hacen, sus sugerencias de solución a los problemas, etc., veo que los políticos que han realizado la inauguración de la Jornada se han marchado todos (principal y séquito), después de la intervención del Ministro o Secretario de Estado. ¿Tanto tienen que hacer? ¿Cómo se enteran de lo que pasa? ¿Por los periódicos?.

Habrá cada vez menos trabajo disponible, las cualificaciones cambiarán y las empresas no podrán garantizar el empleo indefinidamente. Los demandantes de empleo y la población actualmente activa ha de organizarse, y de manera diferente a como lo ha venido haciendo hasta ahora. El fracaso de las organizaciones sindicales en la detección del problema es notorio: se han preocupado de mantener el empleo y no por la creación, con lo que han sido testigos ineficientes de la corrosión de los fundamentos del sistema socio-laboral.

Es necesario, por tanto, la organización desde la oferta de trabajo, teniendo en cuenta la formación requerida, y las necesidades familiares y personales. Puesto que las empresas -las grandes empresas- no pueden garantizar los puestos de trabajo, los que lo necesitan para vivir han de plantear propuestas colectivas nuevas. Si la demanda de trabajo ha de ser a tiempo parcial, temporal y no indefinido y remunerado con criterios no transparentes, no se puede permanecer inactivo o con obsoletos esquemas desde la oferta, y hay que recuperar olvidados elementos de solidaridad, forzando a que el Estado se alinee en la defensa de los más débiles, no para argumentar junto a los que ya poseen.

No pretendo la originalidad de esta propuesta. La sustitución progresiva del tipo de empleado contratado laboralmente por la de un ofertante de prestaciones que negocia con las empresas o con la Administración el precio de las mismas, está cobrando creciente interés sociológico. Existen ya, como es bien sabido, empresas que se ocupan de la externalización de trabajos y servicios, franquicias, subcontratistas a precio inferior al que fue contratado el principal y otras que ofrecen una cartera de trabajadores a tiempo parcial. La modalidad de empresas que ofrecen solo trabajo y capacidad ha de crecer exponencialmente, y muchos de los actuales autónomos, deben organizarse para una oferta colectiva.

Y si se asumen todos los riesgos de los períodos en los que no se disponga de empleo (es decir, los no cubiertos por las prestaciones públicas), ese ofertante de disponibilidades tiene que organizarse y pensar como un empresario, no como un empleado… con todas las consecuencias: fijación del precio de sus servicios, potenciación de su capacidad, interconexión gremial, creación y selección de oportunidades, creación de oligopolios y soporte de estrategias, concreción de los espacios en los que se realiza la publicidad de las ofertas, modos de interconexión física y virtual de los miembros que forman las empresas de la oferta.

Creo, en definitiva, en un mundo mejor, reforzado por la puesta en valor de la versatilidad de ese tradicionalmente menospreciado factor de producción que es el trabajo. No me refiero al trabajo físico (al menos, no solo), sino, y sobre todo, al trabajo de alta cualificación, aquel que caracteriza la genialidad de la especie humana, que se ha de convertir en el eje de reconstrucción de las relaciones entre capital y empleo en el mundo global, si queremos que sea sustentable y no una fantasía de papel.

Así sea en España como en toda la Tierra, así en los países intermedios como en el cielo de la más alta tecnología. En defensa de la honesta distribución de las plusvalías generadas entre todos, de acuerdo con el trabajo, capacidades y oportunidades de cada uno.

(No hay por qué ocultar que esa defensa de posiciones es, por sí misma, revolucionaria. La superación de las ventajas circunstanciales que derivan del poder irregularmente adquirido, de la herencia descomunal de origen injusto, de las acumulaciones desorbitadas de beneficios obtenidas por razón de las ineficiencias del mercado o sus trampas, y, en fin, de todas esas espurias razones derivadas del azar, la corrupción histórica y no de los méritos propios, es revolucionaria. La forma de llegar al objetivo puede ser pacífica o violenta. Depende de la capacidad de liderazgo y convicción de los que se encuentren a ambos lados del conflicto)

Por la inteligencia. Amén.

FIN

Publicado en: Actualidad, Cultura, Economía, Empresa, Ingeniería, Internacional Etiquetado como: conflicto, cooperación, desarrollo, empleo, intenacional, mini-jobs, organización, tiempo, trabajo

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