Al socaire

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Prioridades

17 mayo, 2017 By amarias 8 comentarios

Si los postulantes a convertirse en el secretario general del PSOE que perderá las próximas elecciones (Díaz, Sánchez y López) han creído que el tema de debate que interesaba a sus posibles votantes era saber quién tenía mejor carisma entre los actuales militantes del deshecho partido, se equivocaron.

No está la cuestión en dilucidar quién será capaz de arrancar los aplausos más enfebrecidos en los mítines que se celebren hasta el domingo 21 de mayo, fecha que marcará el punto de escisión en, al menos, dos facciones, del partido, hasta ahora, más añejo de nuestro maltrecho país.

Para los que analizamos -más o menos-, desde la independencia y el pragmatismo, qué agrupación política será más capaz que otras -sola o en coalición- para impulsarnos colectivamente hacia delante, no nos importan los nombres del cabeza de lista , sino los programas de actuación en los que nos tenemos que involucrar todos. Esto es, las prioridades.

Puede que los independientes y pragmáticos de España seamos un grupo reducido. No hay forma de contabilizarnos.

No somos los mismos que asistimos a partidos de fútbol para entusiasmarnos, o sufrir una decepción, según el resultado del equipo con cuyos colores hemos dejado crecer una identificación que podría analizarse incluso desde las patologías infantiles.

Tampoco somos quienes están persuadidos, con una obsesión que puede bascular entre lo ignorante y lo enfermizo, de que las decisiones económicas o son blanco o son negro. La experiencia reciente ha puesto de manifiesto las burbujas explosivas que se favorecen con la libre circulación de capitales y dejando que la iniciativa e intereses privados se adueñen de la economía. Pero, sensu contrario, tampoco creo que las continuas protestas reivindicativas, el desprecio hacia todos los emprendimientos, el empecinamiento en exprimir la solvencia de los propietarios o la difusión perniciosa de la idea de que todos somos iguales sin distinguir entre actitudes y capacidades,  tengan detrás a un mago con varita y equipo mágicos que nos vayan a solucionar los problemas de la crisis, del paro, los brotes secesionistas o la ruptura del estado social.

Ser independiente y pragmático tiene sus servidumbres, pero, en compensación, presenta notables ventajas para la tranquilidad del espíritu. No nos mueve del asiento si un candidato es más simpático, o tiene mejor vocabulario, o ha nacido cerca de nuestro pueblo. No nos importa que esté o haya estado dispuesto a asociar su coalición con otro partido del espectro político democrático, siempre que nos lo haya explicado desde la perspectiva de lo que es mejor, en ese momento y circunstancia. Ni siquiera nos importa si le están apoyando o no, personas con una determinada trayectoria anterior.

Nos importa saber cuáles son sus prioridades, y lo que van a hacer y proponer hacer, él y su equipo, para resolver los puntos de conflicto económico y social. Si no  son capaces de presentárnoslas, si les preocupan cuestiones internas de sus partidos o facciones, los independientes y pragmáticos nos quedaremos en casa cuando nos llamen a votar, o lo haremos en blanco.

Porque no debemos olvidar que el país se encuentra en una situación concreta, administrada de una manera determinada. Nos puede parecer muy mejorable, estaremos convencidos de que la corrupción es un desastre ético impresentable en una sociedad democrática, que el paro actual es infumable, que faltan medidas activas para corregirlo, que la enseñanza deficiente, que el proyecto europeo precisa una redefinición y un nuevo empuje, o que el proyecto secesionista del actual gobierno catalán exige claridad, diálogo y convicciones, no amenazas…

Los independientes y pragmáticos tenemos bien detectadas las carencias del actual gobierno. También, sus virtudes, porque no nos guiamos por apriorismos, ciegos axiomas, ni pactismos de oportunidad. Por eso, no vamos a impresionarnos por las exhibiciones de tiros al aire, al pie o a la cabeza de un contrincante, sea desde la izquierda o desde la derecha.

A mi, en particular, no me importa quién gobierne, y si cómo lo hace, siempre que (lo he escrito muchas veces) estemos seguros de avanzar hacia el progreso, disminuyendo las desigualdades y garantizando que a nadie le falte trabajo y medios para cumplir con su objetivo vital personal.

El Partido Popular, con Mariano Rajoy a la cabeza, lo está haciendo, en mi opinión, bastante mal. Oculta información, utiliza recursos del Estado para aumentar su influencia, despilfarra otros, le falta capacidad de convicción y credibilidad.

Pero la oposición, ya sea de Podemos, como del PSOE dividido, les está mejorando la calificación, con sus incongruencias, la emisión de mensajes trapaceros con destino a la galería y una exhibición permanente de sus ignorancias de cómo se cuecen las habas por el mundo. Que algunos somos muy mayores, vaya, para conmovernos con frases de manuales revisionistas o revolucionarios.

Prioridades, y a trabajar en ello, compañeros.


Me gusta traer aquí estas fotos de una bandada de avutardas hembras. Están estas aves majestuosas, de las que en España tenemos una de las mayores colonias de Europa, en celo. Son asustadizas y, cuando levantan el vuelo -pesado como el de las águilas, con un aletear audible en la distancia- ofrecen un espectáculo difícil de olvidar.

Publicado en: Actualidad Etiquetado como: gobierno, Podemos, política, PP, prioridades, PSOE, Rajoy

Impulsos migratorios

29 octubre, 2016 By amarias 1 comentario

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Será avanzada la tarde cuando el Gobierno en funciones de Mariano Rajoy, que se ha prolongado durante más de 300 días, adquiera carácter de estable naturaleza. Lo será, en principio, para los próximos cuatro años, que es lo que la Constitución prevé que dure una legislatura completa.

No hay indicios de que el renovado en su cargo, pero impávido presidente, sustituya más allá de un par de ministros de quienes aún conservan, si bien vacías de contenidos, sus carteras. Incluso, si me aventuro a leer las primeras líneas del manual que sustenta los principios de quien ha conseguido, contra cualquier pronóstico sensible, mantenerse en el poder político, supongo que su intención real sería no mover a ninguno. Aparentar continuidad, ofrecer resistencia a todo cambio, seguir haciendo lo mismo, aunque sin hacer ascos a afirmar, si se le presiona, que tiene la voluntad de hacer algo distinto.

El potingue de continuismo será explicado cada viernes, con la labia grandilocuente de Sáenz de Santamaría, que seguirá dando clases de liberalismo económico para inocentes, utilizando como forzados intermediarios a los periodistas a quienes su profesión obliga a trasladar al pueblo llano las decisiones de los gobiernos.

Mientras los conservadores y retrasadores lo celebran, se habrá consumado un acto más de la escisión del PSOE. Se romperá, y no tanto por la razonable expulsión de los diputados que no se atendrán -escribo en la mañana del 29 de octubre- al mandato de abstenerse en bloque, emitido por la Comisión Gestora, del Comité General y muchas voces de militantes, todos ellos reclamando la imposible unidad. La escisión tendrá raíces más hondas, sociológicas, pragmáticas, menos visibles y, por ello, más terribles. No es lógico que el partido socialista prescinda de algunos diputados indisciplinados en la votación de investidura, enviándolos con la espada flamígera, al grupo mixto, con el efecto doble de perder las ventajas -económicas y estratégicas- de ser el primer partido de la oposición y consolidar exteriormente la ruptura.

No. El tema no va por ahí, por una decena de diputados más o menos. Es mucho más grave. Se trata de entender primero y transmitir después, cuáles son los objetivos migratorios de un partido descabezado y desnortado.

No será posible mantener a machamartillo la postura de manifestarse contrario a cualquier decisión del Gobierno, y para negociar pactos puntuales hay que tener las ideas claras y saber transmitirlas, no ya a los que tienen ahora nuevamente el mango de la sartén del poder, sino a la ciudadanía, y más en particular, a los antiguos votantes, los desaparecidos en la batalla de la confusión ideológica de las últimas elecciones, en las que todos pudimos ver al partido, en secuencia dramática, abrazarse a Ciudadanos, descolgarse de cuanto olía a PP, enzarzarse a porrazo limpio con Podemos, para disputarse el colmenar de la izquierda clásica, y declararse vencido ante la realidad de no encontrar aliados fiables y suficientes para gobernar solo o en compañía de otros.

No me hagan caso, señores dirigentes socialistas, si no quieren, pero me parece fundamental acercarse a aquellos votantes de Unidos Podemos que, con su repulsa a las posiciones socialdemócratas, han venido a soportar la expresión de un descontento destructivo, o, por lo menos, revolucionario contra las instituciones y el propio Parlamento. Al actual partido de Iglesias le espera una escisión aún mayor que la que se barrunta en el PSOE, y no es de extrañar que se forme una nueva oferta, superando los límites de la socialdemocracia agotada, para encandilar a los votantes en la que, si todo sucede como es de vaticinar, serán las nuevas elecciones dentro de un año, más  o menos.

Mucha labor por delante, para el Gobierno y para los líderes de los partidos. Cruzo mis dedos para que la economía occidental mejore algo, y podamos recoger las migajas caídas de la mesa, para poder vivir el señuelo de una recuperación desde el capitalismo liberal pasado por las aguas de una débil oposición. Y me acuerdo, cómo no, de Keynes, del que siempre se puede encontrar una frase al pelo: «la avaricia es un vicio, la práctica de la usura es un delito, y el amor al dinero es detestable…Debemos una vez más valorar los fines por encima de los medios y preferir lo que es bueno a lo que es útil» (1945-1946). La cita la tomo del libro de Zygmunt Bauman, «¿La riqueza de unos pocos nos beneficia a todos?».

La respuesta de Bauman, como la de cualquiera que conozca la economía real, es «No.» Ténganlo presente los aspirantes a líderes de conducirnos a alguna parte más tranquila.


P.S. Mi foto para este Comentario corresponde a una migración de estorninos. Miles de aves forman como un cardumen celeste, moviéndose de un lado para otro en sincronía prácticamente perfecta. No puedo entender cómo no chocan algunos entre sí, qué les hace intuir los movimientos de los que vuelan al lado. Cierto, también me sorprende la manera compacta en que ruedan los ciclistas en pelotón, aunque alguna vez les he visto caerse, al atravesarse en la carrera un necio aficionado, o encontrar un obstáculo imprevisto.

Esta bandada de estorninos surcaba, impecable, los cielos de la laguna de Pinillas, en Navarra. De pronto, se posaron en tropel sobre el camino que tenía ante mí, en donde había unos cuantos charcos de agua. Me temblaba la mano, de solo pensar en la fotografía que podía hacer, pero cuando me lancé hacia el coche, en el que acababa de guardar la cámara, levantaron el vuelo y tornaron a dar vueltas sobre mi cabeza, en círculos cada vez más amplios, sin volver a posarse en el buen rato que permanecí observándolos.

Publicado en: Actualidad, Política, Sociedad Etiquetado como: abstención, bandadas, Bauman, cardumen, estabilidad, estorninos, gobierno, izquierda, Navarra, Pinillas, Podemos, política, PSOE, Rajoy, renovación, socialdemocracia, Unidos

Viaje circular

17 septiembre, 2016 By amarias 1 comentario

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La señora que ocupaba el asiento de al lado en el autobús que nos conducía a la Plaza de Castilla, aprovechó que yo había levantado los ojos de los papeles que estaba leyendo, y me preguntó, con educada dicción: «¿Va Vd. a alguna parte?»

Estaba aún bajo los efectos de asimilar la insólita cuestión, cuando mi acompañante circunstancial me dio una explicación acerca de su propio viaje: «Yo no voy a ningún sitio. Por la mañana, como tengo tarifa de la tercera edad y no me cuestan los viajes, cojo el primer autobús que pasa por mi parada y me voy cambiando de uno en otro hasta la hora de la comida. Así paso el día entretenida y conozco gente».

Supongo que el propósito principal del «viaje a ninguna parte conocida» que vienen haciendo nuestros representantes en Cortes desde diciembre de 2015, es el de pasar una temporada entretenida y conocer gente. Su exposición pública nos ha ayudado, también, a conocerlos a ellos mejor lo que, lamentablemente, y hablando en general, no significa que hayamos incrementado nuestro aprecio hacia sus personas, capacidades y actitudes.

Está claro que han confundido la trascendencia del momento. No se está negociando un cambio de las posiciones astrales, ni siquiera del paradigma tecnológico (si es que esta combinación de palabras significa algo para el lector), ni la solución global y definitiva a los problemas de la Humanidad. No. Lo que se pretende es que alcancen un mínimo consenso para que un equipo de gentes asuman el Gobierno de los temas de este país, y se conforme una oposición leal y constructiva que actúe de acicate y vigilancia de aquél.

Vamos ya. A mi no me parece que haya que rasgar las vestiduras del templo para aceptar que se abstenga el PSOE, en todo o parte de su bancada, y que siga gobernando el PP, incluso con Rajoy a la cabeza, unos meses más. No veo opciones para un acuerdo precario de coalición Unidos Podemos, Ciudadanos y PSOE que haga a Sánchez presidente por algunos días. Y no me parece serio abocar a la ciudadanía a que repita la manifestación de sus preferencias.

Es deplorable el espectáculo de corrupción y amiguismo que, durante años, han estado representando el PP y el PSOE allí donde les correspondió gobernar. Nos avergüenza a todos. No ha sido tan grave como el contubernio de muchos alemanes con los nazis o de no pocos españoles con el franquismo, ni nuestra sensibilidad colectiva se ha vuelto tan casposa como la de esa mitad de norteamericanos que dicen apoyarán a Donald Trump hacia la presidencia de su país. Seguramente lo que nos pasa, como otras veces, es que nuestros delincuentes, nuestros listillos, nuestros paniaguados y tramposos son menos hábiles, más confiados, más cutres, que los de los países que nos aventajan en defender su civilización y su orden establecido, y le sacan colectivamente mejor provecho.

Sea por lo que fuere, tenemos el país patas arriba, el empleo por los suelos, la economía a la deriva, las instituciones a la greña o en hibernación placentera. Aquí y allá, observamos cómo se abren nuevos casos judiciales que se acumulan a los existentes-incluso algunos afectando a personas próximas a la Jefatura del Estado-. Tanto desorden ha conseguido trasladar al pueblo llano la certeza de que España es/era un cortijo en el que unos pocos se repartían/reparten las prebendas principales. Claro que los demás, por aquello de la subsistencia, procuraban/procurábamos/procuramos hacerse/hacernos con algunas migajas. Qué le vamos a hacer, la crisis económica ha hecho inocultables nuestras profundas deficiencias colectivas.

Si tuviera la solución definitiva para los problemas de nuestro microcosmos hispano, prometo que la aportaría de inmediato. No la tengo y, por más que leo y escucho, no conozco a nadie que la tenga. A veces contemplo con cierta envidia a los que manejan el martillo. Qué gusto tiene que dar, machacar desde el suelo una estatua caída por vencimiento de sus pies de barro, quemar una bandera convencido de que alguien se sentirá ofendido, romper un escaparate y saquear su contenido o plantear una batalla a las fuerzas del orden, con piedras, barras y botellas incendiarias, amparados en un grupo que ha sido convencido de que ha llegado el momento de reivindicar su derecho pacíficamente.

Solo que yo vengo con mi mochila a cuestas, curado de espantos, escéptico como la tabla de lavar. Mi vida, ya larga, me ha enseñado que para conseguir modificar las cosas hay que combinar habilidad, inteligencia y sentido de la oportunidad. He visto caer -sí, también en las garras de la corrupción que previamente habían vituperado con ardor- a unos cuantos que parecían puros, acomodarse a no pocos que habían prometido no cejar, sufrir y padecer a los mejores, abandonados a su suerte por los que los jaleaban.

Jóvenes, verdaderos jóvenes, y aquellos ancianos que los hostigáis, animándolos a que se lancen a una opción de acuerdos contra historia y natura en el deseo de cambiarlo todo, atentos. Aunque no le sepáis expresar bien, lo que intuís es correcto. Tenéis razón, el mundo está corrupto, las instituciones tienen en sí la semilla de la autoreproducción, los controles no funcionan como deberían, las mejores opciones no salen al mercado, etc., pero… por doquier las trampas proliferan  para los ingenuos e incautos.

Es muy lógico que creáis  imprescindible actuar con decisión, romper las cadenas, cambiar modos y métodos. Incluso entiendo que deseéis probar un antídoto fuerte, y apetezcáis lanzaros por el camino de la revolución. Ha de ser agradable -me repito- destruir cuanto apetezca destruir. Salirse del mercado, del orden, de cualquier doctrina.

Por ese instante de sumo placer algunos visionarios han entregado sus vidas en el pasado. Aunque, si os fijáis bien, la mayoría de los que encendieron las mechas fallecieron en sus lechos, tan campantes.

Y hoy, porque aprecio su trayectoria y su inteligencia, quiero invocar a un asturiano que fue víctima de una conspiración combinada de los que le envidiaban, los que le temían, los que no supieron o no quisieron protegerlo teniendo la fuerza para hacerlo, y aquellos no sabían nada de su vida y talante, pero creyeron que matándolo se libraban de un enemigo: Melquíades Alvarez. No es una calle, no. Fue todo un personaje, un intelectual sensato, un político sincero, un caído en la vorágine de una contrarevolución sin objetivos, y la ponzoña de un levantamiento militar con santo y seña.


La foto que ilustra este reportaje es la de un papamoscas cerrojillo. Está inspeccionando la posibilidad de instalar su nido en el agujero de un tronco de árbol. En otras fotos, he captado a su pareja. Imagino la ilusión con la que se asentaron en lo que creían el adecuado lugar. La proximidad a mi ventana me permitió vivir su tragedia completa. Unos días más tarde, cornejas y urracas tomaron posesión del sitio, deshicieron el emprendimiento, desbarataron la previsión de nidada. No volví a verlos.

 

 

 

 

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Línea sabor

10 julio, 2016 By amarias Deja un comentario

Hace unos días, en el supermercado donde me provisiono de legumbres y frutas, me percaté de que ofrecen una «línea sabor», cuyo propósito, según me confesó una dependiente, era ofrecer una mercancía con el mejor gusto disponible. «Está funcionando muy bien», me reconoció.

Como el tratamiento oncológico al que estoy siendo sometido me reduce la capacidad de percepción y, por lo tanto, el disfrute, de las características organolépticas de los alimentos, me decidí, sin mayores reflexiones, por cargar el carro de la compra con melocotones, albaricoques, melones y otras vituallas, que tenían un aspecto aceptable pero que carecían de calificación, lo que les hacía notablemente más baratos.

Mi disgusto fue, que, llegado a casa y puesto a cotejar con la exigente controladora de la calidad alimentaria con la que comparto mi vida, descubrimos que los melocotones y albaricoques estaban «duros como peñas», no pocos tenían el hueso mohoso o con gusano, y los melones eran un híbrido de calabacín. Así que deduje que la «línea sabor» no era sino una engañifla para protegerse de la mala calidad de otros productos, sorteando la clasificación reglamentariamente obligatoria.

Podía continuar este Comentario recordando los múltiples engaños y triquiñuelas con las que el comercio trata de engatusar al comprador acerca de lo que ofrecen: patatas de Galicia que provienen, según la etiqueta, de Francia; quesos de Cabrales que no han pasado jamás por Asturias, o fresones y espárragos de Aranjuez que han crecido con el agua del Tajo, pero en Almería.

Pero, cambiando de rumbo, quiero referirme a la macroeconomía, y hacerlo con un disparo de calado.

Resumo el argumento así: Sospecho que la economía mundial está basada en la alimentación de una estafa piramidal, en la que los beneficios de los países más avanzados se producen por las aportaciones de los menos desarrollados.

La sospecha se alimenta de que se ha construido una «línea sabor» por parte de los centros que recogen los datos de crecimiento de la economía, que tiene en cuenta, desde luego, el coste de los factores de producción, las entradas y salidas de bienes y servicios en cada país, pero que ignora que una parte, y seguramente, una gran parte, de la economía mundial, no se produce por la vía del mercado, ni de los datos oficiales, ni, en su caso, tiene en cuenta -porque es imposible preverlo o calcularlo- que el valor de muchos productos que afloran al mercado -todos los basados en nuevas tecnologías o en el aprovechamiento de recursos naturales que antes no tenían aplicación-, es ficticio .

Por supuesto, la tecnología, el trabajo y los flujos monetarios cumplen una función central en ese trasiego, pero, lo que corresponde preguntarse es: ¿qué tipo de plusvalías, y cómo se calculan en los diferentes países, hace que el crecimiento del PIB mundial, sea positivo? ¿cómo se reinvierten las que se generan en los empresas que concentran la producción de bienes y servicios cuyo precio se realiza al margen del mercado, por carecer de competencia? Y, en fin, ¿en qué condiciones se está realizando la aportación al crecimiento de la mano de obra y recursos de los países con menor PIB de la Tierra?

Son muchos los coetáneos que ignoran la existencia de la «línea sabor» de la economía mundial, y muchos de los que la conocen, no pueden  permitírsela, porque no pueden pagársela o por estar a tratamiento especial de suspensión o restricción de crédito.

He cambiado de supermercado y, en el nuevo, más que en hipotéticas «líneas sabor», me fijo en el precio y en el aspecto del producto: si me dejan probarlo, lo compro. En cuanto a mi presunción de burbuja mundial, basada en el temor a una versión a gran escala del timo de pirámide, en la que los que están cobrando los beneficios de su inversión, lo hacen porque lo soportan los que entran nuevos en el mercado, con sus productos y su mano de obra barata, tendré que darle otra vuelta, a ver si se me escapa algo de ese trío que se presenta como apetitoso, que forman: la globalización, el desarrollo sostenible y la defensa contra el cambio climático global.

 

Publicado en: Actualidad, Política Etiquetado como: burbuja, cambio climático global, desarrollo sostenible, estafa piramidal, globalización, lìnea sabor, pib mundial, pirámide, política, producto

La jaula hispánica tiene puesto el pestillo por dentro

9 mayo, 2016 By amarias 2 comentarios

(Hamlet: Do you see yonder cloud that,s almost in shape of a camel?
Polonius: By th´mass, and it,s like a camel indeed.
Hamlet: Methinks it is like a weasel.
Polonius: It is backed like a weasel.
Hamlet: Or like a whale?
Polonius: Very like a whale. (*)
(Hamlet, William Shakespeare)

En la jaula hispánica se escribe mucho, pero se lee menos y se profundiza apenas. Se debate continuamente, pero no se escucha o muy poco. Cuando se eligen personas para un cargo, puesto o prebenda, no importa si público o privado, se atiende más a las recomendaciones y al amiguismo que a otras virtudes.

No es sencillo cambiar esa inercia, porque viene de muy antiguo y está enquistada en el comportamiento popular, admitida como principio para conseguir algo con mayores opciones. Por supuesto, no todo se mueve en el nepotismo ni se enmarca en la designación interesada, pero el mal está ahí, bien arraigado, y el tiempo acaba disimulando los orígenes, legitimándolos.

Solo sería necesario observar la rudeza con la que los que tienen un puesto de prestigio o valor defienden la necesidad de duros requisitos para que otros accedan a su misma condición, para deducir que hay gatos encerrados. Cuanto más duros sean los niveles exigidos para una oposición, deberían crecer las sospechas de que la designación no será leal. No han de buscarse, al fin y al cabo, genios, sino solo gentes capaces para desempeñar el cometido que el puesto demanda.

Cuando escribo estas líneas, en la jaula hispánica se van a repetir las elecciones políticas para designar un Presidente de Gobierno. Las anteriores fueron en diciembre. No ha habido acuerdo entre los partidos respecto al candidato, y cuatro de las facciones que se repartieron los votos ciudadanos casi por igual, consumieron el tiempo en conversaciones baldías, mareando las perdices hasta la asfixia.

Salvo el presidente de Gobierno saliente, Mariano Rajoy, -y no pretendo que en él sea mérito- los cabezas de lista de las distintas polladas son gente muy joven, que, por tanto, han vivido poco. Eso no les impide alardear, quien más quien menos, con petulancia culposa, de saber cómo solucionar los problemas de la jaula.

No lo saben, sin embargo; no demuestran saberlo. Se olvidan de que estamos en una jaula pequeña, con mayores necesidades que recursos y que es imprescindible contar con ayudas externas para que toda la población avícola sobreviva manteniendo el actual nivel de vida. La cuestión de fondo, muy preocupante, tiene una exposición muy simple: no existe perspectiva creíble para sostener el actual nivel del estado de bienestar, sin que la línea más simple, aumentar los impuestos de los que más tienen, arriesgue hundir aún más la economía.

El capital fluye sin fronteras, es cobarde, se esconde a la primera señal de peligro, y lo hará con destreza, porque siempre encontrará cómplices y pagará bien a los que más sepan de agujeros (preferiblemente, si ellos mismos los han creado). Los «papeles de Panamá» son solo una minucia, una engañifla para entretenimiento de periodismo diletante y asombro de ignorantes de cómo funcionan las cosas, en esta jaula y en toda la Granja.

Si preferimos ir al núcleo que interesa y no dar palos de ciego entre los matorrales de los bordes, debemos conocer que el problema que tenemos que resolver, en lo que nos es propio, es otro. Ni la corrupción, con ser aparatosa; ni las castas, con ser lamentables; ni la incapacidad de los políticos para entender de economía real, tecnología y humanidades.

La estructura económica española, con escasez notoria de centros de actividad e insuficiente dinamismo, no permite garantizar la generación de los puestos de trabajo suficientes, y desde luego, no lo serán de la calidad necesaria para que el reparto de las plusvalías que la estructura de actividad sea capaz de producir, y cuya manera eficiente es hacerlo por la vía de los salarios y no de los subsidios, permita recuperar la situación de bonanza que se ha vivido antes de la crisis inmobiliaria.

No es necesario repetir un análisis ya perfectamente trazado y bastarán un par de pinceladas para ponerlo en contexto. Por culpa del boom inmobiliario, una parte sustancial de la población se decidió al dinero fácil que proporcionaban los empleos en el sector de la construcción y servicios derivados, que no exigían cualificación previa. Diez años más tarde, la mayoría siguen indecisos ante la necesidad de adquirir una formación útil, inmersos en la frustración del desempleo e incapaces de entender las claves de una sociedad que creen les ha traicionado.

Tampoco la Universidad ha sabido adaptarse. Aunque las estructuras universitarias se vanaglorian de que los egresados han aguantado mejor  la crisis, la realidad descubre que una mayoría están subempleados, y que no pocos han debido emigrar. El modelo no ha funcionado, ni por arriba, ni por abajo; no ha generado alternativas a la amenaza de crisis, y sigue sin encontrarlas.

La falta de crítica objetiva en la jaula es manifiesta, y los que critican, son menospreciados. La versión oficial apoya el optimismo convulsivo y los planteamientos desde la oposición son maximalistas, destructivos, rancios. La cruel realidad es que el sistema se ha deteriorado con fuerza, desde hace, al menos, una década, y no debe atribuirse el problema a la política, al menos, no en exclusiva y ni siquiera de forma prioritaria.

Todos los sectores económicos y sociales tienen parte de culpa. Unos más, otros menos: no será igual la culpa de los que retiraron las ganancias a paraísos fiscales, en lugar de reinvertirlas en nuevos emprendimientos, que la de quienes alimentan la economía sumergida mientras cobran el subsidio de desempleo; pero ambos, son culpables de deteriorar el sistema legal.

Ni la Universidad ha sabido adaptarse o prever los cambios, enfrascada en un nepotismo y amiguismo lamentable; ni las organizaciones del Estado, empeñadas en una ineficaz carrera de emulación que condujo a un despilfarro mayúsculo; tampoco las grandes empresas han sabido diversificarse ni apoyar las líneas de desarrollo más prometedoras, obsesionadas con ofrecer valor para el accionista, lo que, aunque no se conseguía, no excluía la obtención de beneficios para los consejos de administración, en donde se sientan consejeros independientes muy bien adoctrinados.

No hay por qué ocultar que ni la Administración pública -jueces, secretarios, interventores, funcionarios de toda condición- ni los, ministros, alcaldes, concejales, representantes político tampoco han estado a la altura.

La jaula hispánica, después de un momento de intenso fulgor (con combustible en gran parte, ajeno), ha perdido peso en el contexto internacional, consumido su credibilidad, falta de empuje. Los culpables de ese descalabro no son tanto las personas (al fin y al cabo, las personas son fáciles de sustituir), sino el deterioro de las infraestructuras, que hay que revisar, apuntalar y corregir de inmediato si se quiere conseguir su funcionamiento eficiente. Es divertido, sin duda, criticar a las personas, sacar de sus cuevas a corruptos e ineptos (qué difícil será llegar a lo más profundo, a los más contaminados), apuntar con la más genuina mala baba a objetivos seleccionados -sospecho que abandonados primero por sus propios comilitones-, aunque esto no soluciona el fondo del asunto.

No funciona correctamente la justicia, no los jueces; no actúan bien las empresas, no los empleados; no consigue sus objetivos la política, no los políticos. No culpemos a los sanitarios, sino a la estructura sanitaria; no nos preocupemos tanto de los docentes (y menos aún de los discentes), y sí de la formación que se imparte por decisión de programas confeccionados sin visión.

El deterioro de la jaula se manifiesta, desde luego, en los comportamientos individuales. Todo el mundo parece feliz de no respetar el espacio común, de contribuir a la suciedad de la jaula, como si el asunto no fuera con él.

Sin acudir a la metáfora, vayan ejemplos: el propietario de perros, dejará que las necesidades de sus chuchos queden abandonadas en la calle cuando nadie le observe; cigarrillos, papeles, plásticos, aceites, se arrojan en cualquier sitio; los contenedores separativos no cumplen  su función, porque son utilizados sin miramientos respecto a su destino previsto; los coches son aparcados en doble fila, o en lugares expresamente prohibidos, y no hay más que ver la cara de satisfacción del infractor, que toma aires de que la norma no va con él; los productores de ruido no se controlan, se enmascaran; hay vertederos en cada esquina de la jaula, en los montes protegidos, en las tierras de labor y algunos, que han crecido a la vista de todos, arden espontáneos.

Los inspectores, los policías, los designados para efectuar la vigilancia y proponer la sanción a los infractores, tienen una escusa: son pocos, cobran poco, están superados, no tienen motivación.

En general, la calidad de la oferta ha disminuido, favoreciendo la sustitución en los mercados de la competencia en precios por la brusca caída de la calidad de los productos. Se nos han colado los chinos, en las tiendas de cercanía y en sustitución de los productos artesanos propios: así lo hemos querido.

Entre los pocos libros interesantes que tratan de las posibles soluciones, selecciono el de alguien que tuvo responsabilidades en el Estado y que, vuelto a su posición académica de docente de Derecho constitucional, se ha decidido a contar ciertas verdades y propone medidas que, al menos, convendría discutir.

Me refiero a Diego López Garrido, quien publicó en 2014  un análisis sobre los problemas de fondo que  han conducido a la «Edad de Hielo» (1). Concreta tres posibles actuaciones de alcance:

  1. Abandono del ajuste presupuestario rígido, recomendando un giro en la política del Banco Central Europeo hacia la expansión inflacionista. Es decir, más inversiones desde el Estado, más gasto público. Postkeynessiano en ésto, yo estoy básicamente de acuerdo, aunque con la premisa de un férreo control y la selección consensuada e inteligente de los proyectos y sectores que conviene activar.
  2.  Detener la tendencia, que califica de suicida, que ha venido sustituyendo los impuestos directos por el incremento sin fin de la deuda, volviendo a los impopulares impuestos progresivos. Paralelamente, propone atajar el mal endémico del Estado contemporáneo: la «industria de la evasión fiscal», y perseguir sin miramientos la evasión fiscal de las multinacionales. Aquí caben matices, puesto que una cosa es la inspección fiscal de quienes evaden, su detección y sanción, y otra, reordenar el sistema impositivo. Hay que saber bien para qué, puesto que la simple recaudación para mantener el estado de bienestar no solucionará los desequilibrios estructurales, sino que los agudizará.
  3. Implantar el control político del sistema financiero, que es quien creó la crisis y que se protege de ella con medidas destinadas a su propio beneficio. Entiendo que no será fácil, porque la Banca es especialmente escurridiza y los altos salarios con los que compensa a sus altos ejecutivos permite seleccionar a profesionales muy eficientes en los tinglados financieros, bastante opacos o misteriosos para quienes no provienen del sector y no pueden analizar las cifras desde dentro. Las auditorías de las grandes entidades financieras, como la Historia ha demostrado, son demasiadas veces, apaños de estómagos agradecidos.

En consecuencia con su argumentación (que yo dejé algo mancillada con mis puntualizaciones) López Garrido defiende el que tanto en la jaula hispana como en la Unión Europea, se de un giro progresista al timón político, abandonado el rumbo seguido en tres décadas de (r)evolución conservadora, que considera la culpable de haber establecido los pilares para la Edad de Hielo,» de la cual vemos solo la punta del iceberg».

Al contraponer ideológicamente las posiciones de la derecha y la izquierda, con una visión más bien reduccionista, atribuye a la primera el argumento de que el Estado de bienestar es ya insostenible, porque no hay medios económicos suficientes para la sanidad y la educación universales y gratuitas, la dependencia, las pensiones, el seguro de desempleo, etcétera.

Según L. Garrido, la izquierda defiende justamente lo contrario: el modelo social europeo forma parte de nuestra identidad y hemos de proponernos luchar por la desaparición del desempleo y del subempleo, la pobreza y la exclusión social, que afecta particularmente a la infancia, y la desigualdad, el gran desafío de nuestro tiempo. En España, la crisis habría provocado el aumento de los  hipermillonarios.

La reforma fiscal progresiva es la solución propuesta, con aumento de impuesto a las grandes fortunas y salarios, y la subida de otros impuestos directos como el impuesto de sociedades, con descenso de impuestos indirectos y de los que recaen sobre las clases medias y la clase trabajadora.

Por atractiva que parezca la propuesta desde las posiciones de izquierda, no puedo sino manifestar la insuficiencia del planteamiento, desde mi conocimiento de la realidad. Porque, además de recaudar, el Estado debe fomentar y apoyar las iniciativas generadoras de actividad y empleo.

Demonizar a los empresarios -especialmente, a los propietarios de las grandes empresas- es un (grave) error, porque no existen alternativas que puedan propiciarse, ni desde el Estado ni desde la iniciativa privada emergente, no ya en el corto, ni siquiera en el medio plazo. La colaboración con el capital es imprescindible, apretando lo justo, sin ahogar.

La puerta de la jaula está abierta -se abre por dentro- y el dinero, como siempre se dijo, no tiene más amigos que los que lo hacen crecer y multiplicarse, y los candidatos a acoger a un gallo despechado, salido de una quintana, son numerosos.

(continuará)

—-

(*) Ofrezco aquí la traducción de este diálogo entre Hamlet (ya fingiéndose loco) y Polonius (Lord Chamberlain, consejero real) :(Hamlet: ¿Ves aquella nube que tiene casi la forma de un camello?; Polonius: Por supuesto, y es, en verdad, como un camello; Hamlet: Aunque, si lo pienso mejor, quizá se parezca más a una comadreja;Polonius: Sí, tiene el lomo como una comadreja;Hamlet: ¿O…tal vez como una ballena?; Polonius: En efecto, se parece mucho a una ballena. (Hamlet, William Shakespeare)

(1) «La edad de hielo. Europa y Estados Unidos ante la Gran crisis: el rescate del Estado de bienestar» (RBA, 2014). En su blog, López Garrido ha puesto de manifiesto que «la crisis —la impotencia de la política ante ella y sus efectos— ha traído una bipolarización nueva (…). Es la oposición entre la “gente” (sin distinciones) y la “casta”, que estaría constituida por todo aquel dirigente que forme parte de los partidos políticos tradicionales. Este enfoque es, por ejemplo, el sustento ideológico de Podemos, cuyo éxito electoral se basa en plantear ese binomio como un mantra. Así ha logrado captar votos de todos los partidos. En ciencia política se le ha llamado a un grupo de esa naturaleza catch-all party (“partido atrapatodo”)».

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¿De quién la prisa?

18 junio, 2015 By amarias Deja un comentario

Un proverbio clásico que, al parecer, se convirtió en principio de actuación para los emperadores Augusto y Vespasiano, aconsejaba «Festina lente». Es decir, sin prisa, pero sin pausa. En lenguaje más elaborado: antes de actuar, piensa lo que vas a hacer; y una vez que has decidido lo más conveniente, hazlo.

Los acuerdos postelectorales entre los partidos y agrupaciones políticas que consiguieron representantes en las elecciones locales (municipales y autonómicas), en mayo de 2015, que resultaron obligados en muchas circunscripciones por la dispersión del voto, han traído como consecuencia que algunas de las listas más votadas no alcanzaron mayoría suficiente para conseguir vencer a otras coaliciones.

En la ciudad de Madrid, por ejemplo, el apoyo del PSOE (limitado a la investidura) a Manuela Carmena , independiente que figuraba en las listas de Ahora Madrid, la condujo a la alcaldía y, por tanto, a repartir los cargos principales del Ayuntamiento entre los concejales de su agrupación. En la Comunidad madrileña, el acuerdo entre el PP y Ciudadanos, ha aupado a Cristina Cifuentes a la posición de presidenta de esta corporación.

El panorama que se ha construido en Madrid, en la ceremonia postelectoral, es complejo, por su inestabilidad. Los partidos que apoyan a la investidura no gobernarán, convirtiéndose, por  tanto, en una primera policía que pretende garantizar determinados pactos que se han negociado después de las elecciones. La posición del PSOE, con el candidato Carmona actuando de consejero aúlico de la alcaldesa Carmena ha tomado ya tintes cómicos con el tratamiento dado a los cadáveres de animalillos asilvestrados que algunos concejales de Podemos guardaban en sus armarios curriculares.

Yo le oí decir a Esperanza Aguirre, Presidenta entonces de la Comunidad de Madrid, que «a los arquitectos había que matarlos a todos», y todos lo tomaron a broma simpática (salvo el decano del Colegio de Madrid, que pidió, y obtuvo, una disculpa).

No había leído hasta su feroz difusión mediática el tuit de Zapata -aficionado, parece, al humor negro, que es ese tipo de chascarrillo pestilente en que te mofas de gente con algún hándicap o de asociaciones y colectivos dignos de todo respeto, con el que se consigue despertar la carcajada estentórea de individuos que tienen algún trastorno mental-. Menos aún sabía del contexto en que difundió en la red su graciosidad respecto al Holocausto, que no sirve de disculpa, pero que es necesario considerar si se quiere enjuiciar el asunto con justicia.

Pero no es lo que me mueve a escribir estas líneas. Ni Zapata, ni Maestre, ni los casos que puedan surgir de comportamientos infantiles, puntualmente criticables o impropios de futuros líderes, me preocupan. Doy por admitido que, en cualquier trayectoria vital suficientemente extensa, si se buscan con ardor, y no digamos con saña, se encontrarán puntos oscuros, agujeros negros criticables, amistades peligrosas y comportamientos sospechosos.

¿Nos vamos a detener en eso, o vamos a dejarles tiempo a las nuevas corporaciones, sean del signo que sean, -todas ellas, democráticamente elegidas y acordadas- para que desempeñen su labor de la mejor manera posible?

Me gustó la respuesta de la recién elegida alcaldesa Carmena a una pregunta de la periodista Ana Pastor, apremiada sicológicamente a sonsacar algún titular para la entrevista que estaba haciendo en El objetivo (La Sexta), y que estaba siendo realizada justo el día en que había tomado posesión la regidora: «Ana, te doy un consejo: si quieres obtener buenas respuestas, espera a hacer las preguntas cuando te puedan responder.»

 

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Pongamos que hablo de Madrid (7)

25 abril, 2015 By amarias Deja un comentario

Madrid es una ciudad dinámica, no cabe duda. Como en toda gran ciudad, y máxime siendo la capital de un Estado de los llamados desarrollados, múltiples factores interactúan continuamente, configurando una realidad con múltiples facetas.

Madrid es también una ciudad deforme. Su crecimiento  ha sido desmedido, y en él,  ha predominado la especulación sobre el suelo -el agotamiento de un suelo definido como urbanizable a capricho de una normativa dirigida por voluntades avariciosas- frente a la planificación (que, en una metrópolis, significa, sobre todo, contención y limitación al desarrollo indiscriminado).

La ciudad y el Area Metropolitana han pasado por los arcos del triunfo de intereses particulares, muchos de ellos, ocultos en las oscuridades de la toma de decisiones, todos los planes de urbanismo que en su mundo han sido.

¿Este crecimiento en el número de los habitáculos está justificado por el aumento paralelo de las fuentes económicas que permitirían garantizar el nivel adquisitivo de sus pobladores? En mi respuesta rápida, no tanto. El desequilibrio urbanístico, con la aparición y crecimiento de barrios marginales, ý áreas de asentamiento del «lumpen proletariat» que vive en una cuarta dimensión de la ciudad,   ha provocado también la acumulación de viviendas vacías -¿a la espera de una reactivación del mercado inmobiliario?-  en zonas incluso de supuesto alto standing… encuentra su reflejo en la precariedad de no pocas de sus fuentes de vitalidad económica, que se han destruido para siempre.

En este análisis informal de la identidad de Madrid y su problemática, es necesario abordar la cuestión de los elementos que configuran su economía. ¿De qué vive Madrid y, hasta donde sea posible preverlos (en mi modesta y particular apreciación), cuál es la capacidad de adaptación, innovación y resistencia de sus soportes principales?

7. Respecto al sostenimiento económico de la ciudad.- En el momento en que escribo estas reflexiones, España está aún inmersa en una grave crisis de actividad y empleo, que ha generado una pérdida de más de cinco millones de empleos declarados (es decir, respecto a la población activa registrada en su momento álgido);

El empleo total en la Comunidad de Madrid gira en torno a los 3,2 millones de personas, siendo el número de desempleados de unos 700.000. Indico los órdenes de magnitud, no porque carezca -en absoluto- de sensibilidad respecto a las situaciones individuales, sino por ayudar a que el lector se sitúe en el paisaje laboral. En la capital, desde 2006 (enero) hasta 2015 (marzo) el número de parados se ha duplicado (pasó de 113.000 a 230.000).

El crecimiento del número de parados ha venido paralelo, sin duda, aunque no lo reflejen las cifras oficiales, con el aumento de la economía sumergida. Basta darse un paseo crítico por los interiores de la ciudad para detectar el creciente número de acompañantes (latinoamericanos, fundamentalmente) de ancianos con avanzados grados de demencia senil, domésticas acarreando niños a los colegios y escuelas, obreros de la miniconstrucción (rumanos, rusos, marroquíes, principalmente) asumiendo trabajos de pintura y retabicado en viviendas particulares y reparando averías o tapando grietas en las calles y aceras, ayudantes ocasionales en bares y comercios, etc….

La mayor parte de los que tienen empleo en la Comunidad están censados en Madrid capital (2,8 millones), y de ellos, más de 420.000 son funcionarios (el 15%). Respecto al total de la población,  como se suele repetir con énfasis, hay 1 funcionario por cada 15 habitantes, aproximadamente (6% de la población). Teniendo en cuenta que hablamos de la capital de un Estado y que allí reside teóricamente el núcleo duro de las decisiones económicas y políticas, no parecen muchos. Al contrario, reflejan que el país se ha perdido en una descentralización, que ha generado muchas duplicidades e ineficiencias.

Lo que ya no puedo garantizar es que todos esos funcionarios tengan algo que hacer, aunque sí proclamo que todos deberían estar muy ocupados si tuvieran quién les dirigiera adecuadamente.

Pero esa es otra historia.

Madrid construyó la base su crecimiento desmesurado entre los años 40 y 70 del siglo XX, actuando como foco de atracción de la inmigración interior y de la internacionalización parcial de la economía, en las que las multinacionales intuyeron las perspectivas de aprovechar el impulso consumista latente en el español. Vivir en Madrid era más caro, pero había mejor nivel.

Todo eso ha pasado a ser pura fantasía en la segunda década del siglo XXI.

Madrid es ahora bastante más barato (al menos, para los que saben comprar y se molestan en patear la ciudad) que muchas ciudades de provincias, pero se vive bastante peor, agobiados los habitantes por la lejanía entre los centros de trabajo y los lugares de residencia, la ausencia de tiempos libres, la escasez de espacios de relax, la falta de lugares de auténtico encuentro y participación colectiva. Las variaciones de precios entre comercios son exageradas, pues los comerciantes se aprovechan del escaso tiempo que tiene el comprador para comparar, y, en ciertos casos, también cuenta el abono a la pijería de querer comprar en ciertos comercios «porque tienen garantía de calidad».

No me engaño con las cifras de la hipotética recuperación económica de España y de Madrid. No la veo. Una cosa es que las grandes empresas consigan beneficios, que los ejecutivos que cobran sus buenos sueldos (¿les pagan también también por ello?) difundan optimismo, y otra muy distinta es el pulso que se percibe en la calle. Hay más pobres, (pedigüeños visibles como vergonzantes), se ven más comercios cerrados, existen permanentes stocks en liquidación por supuesto cierre de negocio «por jubilación de su dueño», proliferan locales vacíos que ofrecen acumulan suciedad a sus puertas que antesdeayer eran sucursales bancarias, delegaciones de empresas.

Eso sí, cada dos por tres se encontrará una parafarmacia, un bareto-restaurante con tufillo a aceite de girasol quemado, una franquicia de un supermercado de cercanías, una peluquería bi-sex (?), un comercio regentado por una familia china (ahora, también, de marroquíes), …en muchos de ellos, no faltará el amigo de raza negra y procedencia desconocida que nos abrirá la puerta en solicitud de alguna ayuda para subsistir. En el centro, la calidad de los productos mejora: tiendas de los múltiples nombres comerciales de Zara, o del Corte Inglés, Sánchez Romero y delicatesen, farmacia 24 horas, Rodillas, cafeterías con mesa de mármol y café a tres euros, y…pedigüeños a la entrada y cada diez metros, flanqueando el itinerario de la complacencia.

Las telecomunicaciones han reducido y siguen reduciendo ferozmente los puestos de trabajo disponibles. Se puede comunicar más rápido, mejor, con menos intermediarios  cualquier decisión o adoptarla. Y esos puestos de trabajo que formaban secretarias, administrativos, bancarios, bedeles, carteros, conductores, mecanógrafos, agentes de viajes, comerciales, etc., etc., se han perdido para siempre.

Y no se van a recuperar por muchos programas informáticos que queramos enseñar a los jóvenes, ni mucha adaptabilidad o iniciativa privada que se preconice o pretenda estimular desde arriba.

Hace falta un nuevo modelo de ciudad para Madrid, y no será fácil construirlo. Tendremos Madrid convertida en una Smart city, es obvio, cualquier cosa que sea eso, y como les gusta denominar a los políticos que están a la última en poner nombre a las añagazas del desarrollo. Habrá, por impulso de la necesidad y de los hechos ajenos, más coches eléctricos (y menos coches), más trabajo a realizar en el hogar (y menos trabajo) , más geriátricos (y más caros), una atención sanitaria pública despersonalizada (y…¿menos eficiente?), hospitales privados muy buenos (para quienes puedan pagárselo), nuevos planes educativos selectivos (unos formarán élites; los más, a desorientados o incluso, a desgraciados), etc.

Tendremos una sociedad aún más dual. Puede que, incluso, con varias capas: con sedimentos económicos muy rígidos, anquilosados por la presión de los que se encuentren arriba. Madrid sufrirá de esa dicotomía muy especialmente, porque es una ciudad desconectada socialmente, en la que el anonimato impera. Eso era una ventaja hace décadas; hoy, ser un animal que pasa desapercibido entre otros semejantes que van a  lo suyo, preocupados con lo que les compete, es una rémora.

No se si estamos a tiempo de corregirlo. Como en el caso de la amenaza del calentamiento global, estamos muy avanzados en el diagnóstico, pero no parece que nos preocupe colectivamente el hallazgo de las soluciones.

(Continuará)

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De políticos y canciones

1 abril, 2015 By amarias 1 comentario

Una de las obras maestras de la literatura, de esas pocas creaciones de las que se puede disfrutar aunque por ellas hayan pasado siglos, guerras, pueblos y costumbres, es la Canción de Rolando (La chanson de Roland). (1) Sin detenerme a detallar el argumento -que los jóvenes bachilleres de mi generación recordarán, al menos, a grandes rasgos- apunto aquí solamente, para los que se contentan ahora con un par de brochazos, que el anónimo cronista detalla una traición y una proeza.

El héroe Rolando muere, junto a sus seguidores, tras sostener una imposible batalla contra un enemigo (no importa hoy al caso que allí sean seguidores de Mahoma), muy superior en número y que, además, por la felonía de un alto noble, familiar envidioso del elogiado, cuenta con la ventaja de la sorpresa.

Rolando se resiste valerosamente, vende cara su segura derrota y, solo cuando conoce que su muerte, herido ya mil veces, es inmediata, accede a la súplica de los suyos de pedir ayuda a Carlomagno, que está volviendo con el grueso del Ejército a sus palacios, y cuya retaguardia estaba protegiendo. Toca el olifante; el emperador acude y venga su muerte, consiguiendo una victoria total.

La Canción que aquí se escucha más en esta época no es la de Rolando, sino la de Robando. No es, por supuesto, ésta última, un episodio épico, ni arrastrará gloria alguna para sus protagonistas, que no son héroes, sino villanos.   No hay gesta, sino malicia. Se baten, sí, utilizando artilugios y artimañas, pero contra las mesnadas de la verdad y la justicia. Sus recursos son la esperanza en la superación de los plazos, la prescripción de sus delitos, la confianza en una artificiosa defensa legal, el beneficio del preciado indulto y, a no desdeñar, el cansancio colectivo, el olvido de los pecados, la redención por la expiación singular del tú-también.

En esta batalla trapacera, constituida en ceremonia de la confusión, en la que casi nada es como parece, y las promesas de ayer no son más que espejismos, y es imposible conocer si la solución está al alcance y si los que están al mando han tocado el cuerno para pedir más auxilios para ellos o para todos, se precisa que alguien ponga serenidad, ofrezca calma.  Ya está bien de mensajes en que los buenos son siempre los nuestros y los malos, los que militan con los otros.

Las elecciones de mayo, al menos en Madrid, ofrecen una oportunidad excelente para probar la capacidad de ciertas personas, a despecho de partidos, e incluso de ideologías.

Se trata de poner fin a la Canción de Robando, y recuperar, sino a los héroes, al menos, a los honestos y serios. Con su ejemplo, los demás ciudadanos, volveremos a las tareas propias despojándonos de la obsesión por criticar las ajenas. Necesitamos obtener la tranquilidad de que al mando del sistema tenemos personas creíbles, capaces de controlar la presumible presión de sus partidos, eficaces coordinadores de sus equipos, geniales impulsores de las ganas de todos, empeñados en hacer las cosas bien, y en obligarnos a todos a que hagamos lo que nos corresponda lo mejor que sepamos.

Hay una remota posibilidad de que Angel Gabilondo (cabeza de lista por el PSOE para la presidencia de la Comunidad de Madrid) y  Manuela Carmena (encabezando la variopinta relación de inquietudes que aglutina Podemos/Ganemos Madrid/Etc.), resulten ganadores en las elecciones de mayo.

No hago propaganda de partidos, que no me interesan. Tampoco me prodigo en el elogio de personas, aunque la vida me ha proporcionado la oportunidad de conocer a muchas, varios miles.

Me refiero a los dos citados porque son gente culta, y dan una imagen tolerante, inteligente, pacífica. Resultan ser gente experimentada, abierta, tranquila. No los veo fanáticos, sino aficionados al arte de pensar qué será mejor, y tratar de llevarlo a término.

Si no tuvieran un partido detrás, los votaría sin dudar. Supongo que bastante gente los votaría también. El que sean cabeza de lista de una agrupación política, me obliga a analizar con sumo cuidado el resto de los que la forman, sus tensiones internas, su homogeneidad ideológica, la trayectoria de sus miembros, sus declaraciones y experiencia concretas; por no hablar, de la coherencia de sus postulados con lo que yo entiendo que es practicable, razonable, oportuno…Muy complicado.

Y ahora viene la mayor carga de arena. Temo que, si los que indico más arriba fueran elegidos en las urnas, no duren en sus puestos mucho tiempo. Intuyo que, cansados de no poder hacer aquello que pensaban, desanimados por la tensión que provoca tener que avanzar entre zancadillas más que contando con apoyos, acabarán dimitiendo. Mayor probabilidad de tal posibilidad de abandono atribuyo, claro está a Carmena que a Gabilondo. No en vano este último ha sufrido ya en sus carnes la desilusión de no llevar a cabo lo que le parecía sensato, y le creo, por ello, más curtido en aguantar las heridas de la falta de acuerdos.

¿Conseguirán resistir los embates? ¿Seguirán fieles, como Rolando, al mantenimiento de su posición (que no de su puesto), sosteniendo su credibilidad? ¿Aguantarán traiciones, felonías, deserciones? ¿Elegirán a sus equipos de entre aquellos que estén dispuestos a luchar hasta el fin, o sucumbirán a presiones? ¿Tocarán el cuerno para pedir ayuda demasiado pronto, demasiado tarde, nunca?

Si se produce ese imposible de tener a dos personas de ese peculiar talante a la cabeza de las  instituciones más próximas a los madrileños, se abrirá un período muy interesante.  También por su edad (que otros juzgarán provecta), debe venir la enseñanza de serenidad que echamos de menos en la caldera de la crispación que otros alimentan.

—

(1) Rolando es, en la adaptación habitual al castellano, Roldán. Pero a mí me gusta recordar el original más fielmente.

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Una yunta díscola (8): La gestión de la incertidumbre

18 marzo, 2015 By amarias Deja un comentario

(Este Comentario es continuación de los siete anteriores, que llevan el mismo título genérico: «Una yunta díscola» -es decir, crear empleo en el actual contexto tecnológico-)

8. La gestión de la incertidumbre: la coordinación eficaz de los agentes socioeconómicos

Escribe Tácito en «Los anales»: «Tiberio, acostumbrado aún sin necesidad, por naturaleza o por uso, a decir siempre palabras ambiguas y oscuras, entonces que lo procuraba con artificio eran tanto más inciertas y escondidas» (Libro Primero, pag. 22 Colección Austral, Ed. Espasa Calpe).

Pues bien: ante la compleja situación generada en el siglo XXI, caracterizada, entre otros protagonistas, por la combinación de globalización, consciencia endógena de la existencia de desigualdades graves en los desarrollos económicos en los países y áreas, control supranacional de los avances tecnológicos, alto nivel de exigencia popular en el mantenimiento de las situaciones de bienestar en los Estados más desarrollados, y agotamiento relativo de los recursos naturales, junto a la consciencia de un deterioro ambiental galopante y la alta probabilidad de un calentamiento de la superficie terrestre, …la proliferación de líderes con la mentalidad de Tiberio es un serio hándicap para canalizar la ejecución de las posibles soluciones.

A nivel general, el fracaso de las cumbres mundiales para tratar de analizar objetivamente los problemas es evidente. Falta un liderazgo claro, es cierto, pero también se echa de menos la consciencia de la problemática. Los informes del Panel del Cambio Climático no encuentran respuesta práctica, y el tiempo pasa, jugando en contra. Las conclusiones de las reuniones de los jefes de Estado, ya sean al nivel de los C-7, C-20 o en los numerosos Congresos y Asambleas propiciados por las Organizaciones supra-gubernamentales, evidencian un gusto por las declaraciones ambiguas, que incorporan promesas atemporales y especulan con la fijación de objetivos irrealizables y, por tanto, persistentemente incumplidos, lo que no debería tranquilizar a quienes tienen preocupación por el futuro, que va mucho más allá de los horizontes electoralistas en cada país.

En esta situación, deberían separarse los mensajes genéricos, voluntaristas, de lo pragmático. Es una lástima reconocerlo, pero la evidencia es cruel. Los encomiables esfuerzos en tratar de impulsar Unión de civilizaciones, Ayudar al desarrollo de los países más atrasados, contener el amenazador fantasma del Cambio climático, concienciar a las grandes empresas multinacionales en la responsabilidad social, etc., se han convertido en «palabras ambiguas y oscuras», revestidas de un artificio dialéctico que las hace «tanto más inciertas y escondidas».

España debe impulsar la investigación aplicada, retener a sus licenciados (que tanto ha costado formar), trazar un plan creíble de generación de empleo, e impulsar, fundamentalmente en solitario, la creación de actividad nueva, consolidando las líneas ya existentes. No se puede perder ninguno de los sectores existentes, y la incorporación de las nuevas tecnologías – generadoras netas de un déficit de empleo, que presiona sobre los menos cualificados-, ha de ser, cuando se emplean recursos públicos para favorecer su implantación, cuidadosamente analizada.

Lo digo desde mi posición de observador tecnológico, y, si me permite el lector la aparente petulancia, experto en alguno de sus campos. No se puede animar a las personas sin otra cualificación que su necesidad de encontrar un modus vivendi, a que creen su propia empresa: tenemos demasiadas peluquerías, mercerías, tiendas de ropa infantil, bares, restaurantes, cafeterías, bollerías, tiendas de la esquina; nos sobran, también, bufetes unipersonales, oficinas bancarias, estudiantes sin vocación, empresarios con escaso conocimiento de la evolución previsible de los mercados para sus actuales productos, etc.

Invito al lector, si no lo ha hecho aún, a que lea mi reflexión sobre «La rebelión de las élites».  El título de ese trabajo podría mover a confusión, al ser evidente la referencia semántica al trabajo de Ortega y Gasset sobre «La rebelión de las masas», escrito en un contexto sociológico muy diferente.

Lo que pretendo poner de manifiesto es que los políticos deben atender, hoy más que nunca, a incorporar a sus programas y propuestas, actuaciones concretas vinculadas al desarrollo de los sectores preferentes. La amenaza de burbujas existe por doquier y, por eso, hay que detectar a tiempo cuando la presión que las haría estallar es ya muy intensa.

Parece que hemos olvidado la explosión de la burbuja tecnológica de Terra, y vivimos aún obsesionados por la burbuja de la edificación que, como se ha dicho con preclara seriedad, no tiene que ver con ninguna burbuja de la construcción y, en cambio, ha afectado a las empresas constructoras, por la paralización de la obra pública.

(cotinuará)

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La rebelión de las élites

15 marzo, 2015 By amarias Deja un comentario

La decadencia en credibilidad de los dos partidos que habían resucitado la ilusión popular por la reconstrucción de un bipartidismo pacífico (es decir, por su misma esencia, engañoso), ha puesto el acento político sobre la incertidumbre que se nos avecina respecto a la gestión de la cosa pública.

No tengo la menor intención de entrometerme en la interesada pugna de los representantes de los diferentes partidos políticos que optan ahora (elecciones de mayo de 2015) por hacerse con una parte del pastel de los presupuestos de las Administraciones. Mi desconfianza espontánea respecto a los móviles particulares cuando se erigen en representantes de los intereses de aquellos a quienes, precisamente, han solicitado que depositen en ellos su confianza, viene de antiguo -tanto casi como mi mayoría de edad, y no quiero alardear de perspicacia temprana-.

No creo en la genialidad política, e identifico casi sin matices liderazgo con ambición personal, en ese terreno resbaladizo en el que algunos pretenden tener la solución al jeroglífico de la mejora del bienestar colectivo. Creo en el trabajo conjunto de los mejores, de aquellos que poseen las claves para avanzar en las soluciones, de quienes tienen mucho que perder y, sin embargo, se arriesgan a defender a los que nada tienen, para auparlos a situaciones de igualdad.

Es decir, creo en lo que la Historia y, en particular, la de España, se ha revelado como una rareza y en la que han sucumbido -incluso físicamente, asesinados, desterrados, marginados- una buena parte de los mejores individuos (intelectual y humanamente hablando) de los hijos de esta tierra que, en algún momento, hemos llamado Patria.

La fórmula para avanzar en la mejora colectiva es tan simple que hasta produce reparo pretender identificarla: hay que mover la situación, y de forma permanente, hacia la generación de riqueza y atender a su mejor distribución entre los que menos poseen. No tengo tampoco dudas de que la única manera de conseguir ese propósito es mediante una combinación de la economía de mercado (con mínimas restricciones, pero con vigilante control) y la gestión desde el Estado de los elementos básicos que impulsarán ese desarrollo: la educación, la sanidad, y la gestión impositiva.

La experiencia como observador me ha hecho desconfiar de algo que se suele utilizar como axioma: la separación de los poderes, judicial, legislativo y de gobierno. La teoría suena magnífica, pero en la práctica es irrealizable. Todo poder debe tener la servidumbre de ser supervisado, y la única forma de revisar algo creado por conveniencia de una colectividad es arbitrando mecanismos desde la propia colectividad, que los mantengan como independientes de esos poderes y, para lograr esa independencia, han de ser periódicamente renovados.

Sé que la palabra élite suena horrible a una mayoría de ciudadanos, que han sido, desgraciadamente, mal educados respecto al significado que debería darse a la autoridad. Hoy todos se creen con el derecho (a veces, incluso, con el deber) de opinar o poder opinar sobre todo. Y esto de la vida pública no es como el fútbol: no se trata de meter goles, de ganar partidos, de tener atletas bien pagados y con característica casi sobrehumanas en la formación a la que veneramos como macho cabrío expiatorio de nuestras limitaciones.

Me importa un comino si alguien alardea de ser honesto. Claro que tiene que serlo, pero, además, debe tener la seguridad y la tensión de que analizaremos su comportamiento. Me vale lo mismo (nada) que se presente como quien tiene la solución para sacarnos de cualquier encrucijada, con fórmulas de catecismo ideológico: menos impuestos, o más, o apoyar a los autónomos, o nacionalizar a algunas entidades, o defender la paridad de sexos en los comités, o crear mini trabajos, o reducir el salario, o presionar sobre los beneficios de los grandes grupos empresariales.

El movimiento se demuestra andando, y en esto, los españoles somos muy torpes. Copiamos del éxito de otros sin analizar si nos conviene esa medicina, despreciamos las propuestas del vecino porque conocemos a su familia desde siempre (es un decir), queremos tener hijos universitarios pero ridiculizamos cualquier opinión que provenga del saber, estamos perfectamente capacitados (alardeamos) para opinar de energía, minería, tecnología, globalización, cambio climático, labor del funcionario, capacidad para gestionar, nivel de prestaciones públicas, etc. Atendemos con vehemencia a juzgar los resultados de lo que nos interesa pero no somos capaces de analizar con objetividad lo que hace falta sacrificar para conseguirlo.

Por eso, estaremos siempre empezando, alucinados por la exhibición de cambio que prometen iluminados que no saben de Historia, ni de Tecnología, ni de Economía, ni de Sanidad, ni de Educación. Solo parecen haberse especializado en levantar la voz, chillar que son los mejores, los que pueden, los que más crédito merecen.

Me gustaría que escucháramos a las élites. No, por supuesto que no son la casta. No suelen hablar, aunque no quiere decir que estén callados. Trabajan, muchas veces en la soledad o en equipos reducidos, por conseguir mejoras. Investigan, razonan, argumentan, estudian, actúan en sus ámbitos. Son nuestros mejores.

No se dedican a la política. No están, muy posiblemente, entre los jueces, al menos, no entre los que llamamos mediáticos. No tienen renombre como médicos o ingenieros ilustres. Puede que nunca hayan alcanzado una cátedra. Es muy probable que vivan modestamente, con los dineros que su labor reposada y digna les ha permitido conseguir, a despecho de los empujones para subir de otros más hábiles para moverse entre las tinieblas.

España, por lo que parece, va a encontrarse en la situación de repartir nuevamente las cartas políticas que darán resultado a una situación de pluripartidismo, en la que el entendimiento respecto a lo que hay que hacer se hará, por momentos, confuso. Es una lástima. Porque la idea que habría perseguir, desde mi modesta posición de observador al margen de los partidos, con la mochila personal repleta de experiencias y de conocimiento de currícula ajenos, es la misma que tuve hace muchos años: solo avanzaremos colectivamente si atendemos a los mejores y solo hay una manera de avanzar con resultados: mejorando día a día, tramo a tramo, lo que tenemos para que nuestra sociedad sea más solidaria, más receptiva a las necesidades de los que menos tienen, más atenta a aupar a los mejores, a los que más saben, en las tareas de responsabilidad colectiva.

 

 

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