Al socaire

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Archivo de abril 2014

Cuento de primavera: Cuestiones de perspectiva

22 abril, 2014 By amarias Deja un comentario

Debería de resultar evidente para todos que la representación en un plano de las formas tridimensionales apela a un convencionalismo y, por tanto, es una llamada a nuestra capacidad de suplir una deficiencia con imaginación. La perspectiva es un engaño ingenioso porque, a poco que meditemos al respecto, caeremos en la cuenta que no vemos los objetos así como nos lo representan pintores, arquitectos, ingenieros o delineantes.

De esa falsedad han surgido otras: los difuminados, las sombras, los claroscuros. Cuando decimos de un retrato de alguien «parece como que está vivo», estamos, en realidad, afirmando, que «sabemos que está muerto», o que «no es él, es un dibujo».

Nuestro cerebro se acostumbra a ver las cosas de una determinada manera, que vamos educando con el paso del tiempo, y que tiene su centro en el yo. Vemos lo que queremos, como lo queremos o nos apetece y, si tenemos suficiente práctica, acabamos creando nuestro sentido estético, la idea de la proporción o de la desmesura, de lo correcto y lo incorrecto, en…todas las cosas de la vida.

Claro, claro. Estoy refiriéndome a la subjetividad, al relativismo, a la falta de objetividad individual que, en algunos casos, la sociedad, dominando al individuo, ha conseguido doblegar con ideas estereotipadas respecto a lo que es bello, incluso respecto a lo que es ético. Matar a otra persona debería ser abominable, pero algunos regímenes y estructuras legales lo han visto -y ven- como solución a ciertos conflictos: las guerras santas, las condenas a muerte, los exterminios de etnias, los conflictos por un quítame allá esas pajas. Hasta las revelaciones de la divinidad a algunos bienaventurados han tenido que venir a recordar ese principio, como prueba de que todo se olvida cuando apetece o conviene.

Me gusta el cuento ése de cuatro íntimos amigos que se encuentran a la entrada de un hotel. Con emoción y disgusto, ven que no van, sin embargo, con la pareja que les corresponde según el registro civil, sino con la del otro. Uno de los caballeros, haciéndose cargo de inmediato de la situación, echando mano de su condición de hábil negociador, toma rápido la iniciativa y propone la mejor solución:

-Vale, -dice- nos equivocamos. Pero somos amigos y no tiene sentido que nos liemos a discutir y a afearnos nuestra conducta. Sucedió, y ya está. Lo que razonable es que olvidemos el asunto y actuemos, desde ahora, con firme propósito de la enmienda. Aquí no ha pasado nada, y sigamos tan amigos como siempre».

El otro caballero -las mujeres no tienen protagonismo en este cuento, reflexiona unos instantes y, finalmente, expresa sus razones:

-No veo mal tu propuesta. Pero hay un inconveniente. Vosotros estáis saliendo, y nosotros, estábamos entrando.»

¡Ah, la perspectiva!

FIN

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Cuento de primavera: Políglota

19 abril, 2014 By amarias Deja un comentario

Su padre, español superdotado, era diplomático de carrera y había tenido destinos en las cuatro esquinas del planeta. Su madre, irlandesa. Por ahí, desde luego, le venían los primeros aires de las lenguas. Desde la tierna infancia, tuvo siempre dos institutrices: una alemana, que siguió al matrimonio en su andadura mundial, hasta que se cansó de tanto hacer maletas.

-Perdona la señora, pero mi se va de vuelta a Deutschland -le espetó, tan fresca, a su empleadora, una tarde que se le cruzaron por la cabeza los aires del Palatinado.

Pidió la cuenta, caló el sombrero hasta las cejas, y se fue en el primer tren que le llevara más al Norte. Estaban, a la sazón en Adis Abeba, de cónsules plenipotenciarios.

La otra institutriz era variante, pues siempre resultaba contratada entre las lugareñas. Cuando sucedió lo de Adis Abeba, la institutriz era una abisinia de ojos bellísimos, esbelta y ebúrnea como una escultura hecha por los dioses. Se llamaba Aznal-ló, que quiere decir «Lo siento», aunque nunca explicó el porqué de ese nombre singular. Cuando entró al servicio de la casa, debía tener unos doce años; manifestó ser de religión cristiana ortodoxa, aunque pronto la sagacidad de la señora descubrió que era musulmana, porque solo comía pescado, que traían al mercado desde las costas de Eritrea. Estuvo los dos años del servicio consular con la familia, y tuvo tiempo de enseñarle al pequeño, amárico.

Con seis años, Tomás (también llamado Thomas), conocía a la perfección el español, el inglés, el irlandés, el ruso, el amárico, el árabe egipcio y el alemán (este último, con acento y expresiones hoch-deutsch).  Cuando a su padre lo trasladaron a Canton, como paso previo a hacerlo, por fin, embajador en Corea del Sur, la alegría que sintió fue inmensa:

-Así el pequeño Thomas aprenderá chino cantonés, lo que habrá de servirle en la vida de maravilla.

Lo aprendió, en efecto. Y también, el coreano, que no llegó, sin embargo, a dominar del todo, porque se le produjo una interferencia inexcusable con algunas vocales del mandarín. Pero se defendía perfectamente, en una conversación normal.

Su papá estaba orgulloso de la habilidad de su subproducto, para entonces, un muchachote regordete de trece años, aficionado en demasía a los dulces.

-Dí algo en amárico, Thomas -le sugería, por ejemplo, el ilusionado prócer, ante unos visitantes ilustres cualesquiera.

Y el jovencito, decía, obediente, Buenos días, Buenas tardes, Cómo está usted, o, si el respetable público sugería una frase compleja, la traducía sin tapujos, entre las sonrisas y aplausos, complacientes, -los de su padre-, y variables, -aunque casi nunca expresados con total sinceridad, los de los estupefactos asistentes a tal exhibición de logorrea-.

Siguió así la cosa y, ya imparable, a lo sabido se añadieron el italiano, el portugués, el francés y algo de griego. Cuando Thomas cumplió los diecinueve, era un diccionario viviente. Tenía la cabeza atiborrada con tantos vocablos, interconectados como las entradas de un glosario con múltiples entradas, que daba gusto verlo lanzarse por las equivalencias, como un campeón, salta que salta de la shi a la tsi, de la hache a la zseta.

-Que me pregunten, papá. Diles que me pregunten lo que quieran, porfa -apremiaba, como los équidos piafantes antes de la batalla, deslumbrados por el fulgor de lanzas y parapetos.

Entre tantas virtuosidades idiomáticas, tenía Thomas un problema. Al haber empleado inmenso tiempo en aprender cómo decir las cosas en más lenguas que las que pudieron coexistir entre los artesanos frustrados que huyeron de Babel, no tuvo instantes suficientes para dotar a la máquina de pensar con ideas que le sirvieran para expresarse de forma autónoma.

Era excelente para traducir, pero no se le ocurría nada de valor. Estaba, por así decirlo, hueco. Mondo y lirondo por dentro, aunque piloso por fuera. (Había adelgazado, sin embargo, físicamente, pues la mamá irlandesa lo había puesto a dieta rigurosa).

Si le faltaba quién le alimentara la tolva del magín con las frases que se le encargara verter a algún idioma, se atoraba. Hacía, puf, decía chorradas. Era, es obvio, un intérprete perfecto. Solo que su cerebro carecía de todo mobiliario interior, salvo las estanterías en donde se le almacenaban los diccionarios de las once lenguas que dominaba como los ángeles custodios.

Sí, ya se que el lector socarrón va a sugerirme que oriente a Thomas a la política, en donde no tendrá problemas. Pero esto es un cuento, no una historia veraz. Todo habría acabado mal, en éste, si no fuera porque encontró, casi al comienzo de la madurez física, su media naranja ideal.

Una joven ingeniosa, ilustrada en las cosas del hoy, ágil en la mente como una ardilla en sus árboles, que, por la gracia de Dios y el empeño de sus padres, había nacido en Aluche y estudiado periodismo; no sabía -aparte de cuatro cosas en inglés, mal pronunciadas- más que un magnífico español, no exento, eso sí, de giros burlescos, tonos coloquiales y modismos de calleja.

Formaron una pareja tan exquisita, estaban tan enamorados, que daba gusto verlos. Eran cosa de circo. Ella, que se llamaba Rosa, le aportaba pensamientos sutiles, le espetaba al oído retruécanos sugerentes como fontanas de Trevi o procesiones de encapuchados de Toledo, ideas aupadas sobre lo divino y lo humano, historias inventadas o pútridas alegorías urbanas, y el Thomas, obediente, los traducía de inmediato al italiano, al rumano, al chino mandarín, o al eritreo.

FIN

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Cuento de primavera: Fugas

18 abril, 2014 By amarias Deja un comentario

«Estamos en lo que nos faltamos», escribió Juan Gelman (Mundar, Visor Poesía, 2008) en uno de esos poemas casi ininteligibles que solo se despliegan cuando se leen una y otra vez, hasta sacarles brillo con la imaginación.

No es posible saber en qué momento quedó la puerta abierta y si nosotros fuimos los descuidados.

Pero se escapó el amor. Cuando fuimos a darle de comer, como habíamos hecho los días anteriores, poniendo el chorrito de esperanza en el cuenco de beber y un buen montón del compost de ilusión -que tanto le gustaba-, en el comedero, y cambiamos la cama de sepiolita y pequeñas frustraciones para que todo lo encontrara limpio y a su gusto, lo llamamos luego con el suave ronroneo que lo imitaba, pronunciando su nombre.

-¡Amor! -porque no habíamos creído conveniente ponerle otro nombre. ¿Cuál mejor?

Recorrimos toda la casa, mirando debajo de las sillas, moviendo piezas en el cuarto de los trastos, manoteando detrás de las cortinas del baño. No estaba a los pies de la cama revuelta, ni junto a la bañera en donde acostumbraba a sentarse para contemplar nuestro desnudo, ni se había acercado aquella noche a la mesa de la cocina para compartir con nosotros la cena que preparamos con los guisos que tanto había alabado.

Ya era muy tarde cuando comprendimos que no estaba. Nos ha dejado su ausencia, su vacío, así, como al descuido. Y aquí estamos, esperando que vuelva, acurrucados en lo que nos faltamos, aferrados a esa fantasía.

FIN

(Ayer, 17 de abril de 2014, falleció Gabriel García Márquez. Yo lo conocí cuando tenía diecisiete o dieciocho años, de casualidad, y me enseñó el calor de las palabras; luego, nos vimos muchas otras veces, en Cien años de soledad -¡tantos!-, encontrándonos sin preaviso o citándonos en mis sitios preferidos, bajo páginas abiertas que yo releía siempre con deleite, incluso en voz alta, sin importarme que él, desde la distancia inalcanzable, no me escuchara.

No me avergüenza reconocer que yo imitaba sus pasos, sus giros y retruécanos, buscando el calor de sus frases, la sensualidad de sus párrafos calientes. Lo seguía a riesgo de convertirme en una caricatura suya, pintarrajeado con tintes y betunes que  eran de otra galaxia y, por tanto, no me correspondían.

García Márquez (yo nunca me atreví a llamarlo Gabo) siempre guardaba sorpresas, y también me engañaba, como hacía -supongo- con todos los que le amábamos. Cuando me habló, por ejemplo, de aquel coronel que no tenía quién le escribía, me tuvo buscando toda una tarde a ese hijo perdido con la obsesión de un poseso, habiéndome animado antes a elucubrar que yo -infeliz- lo encontraría. En los Funerales de la mamá grande, allí me tuvo, de pie, toda una tarde, esperando ni sé que cosa, y estuve a punto de suspender  Cristalografía.

Ahora me dicen que ha muerto, pero no me lo creo. En la imaginación no se muere jamás, como tampoco el amor. Perviven en lo que nos falta)

(P.S. Y hoy, 18 de abril de 2014, se nos ha muerto el tío Alfonso, un hombre tenaz; también de esa misma generación de titanes, premios nobel y cupletistas a la que perteneció Gabriel, también un luchador muy bien vivido, que desarrolló, en este su caso, la andadura entre aventuras de machos de caballerías y sobremesas en ventas gallegas,  capitán de una abadía de foros redimidos que pertenecieron a quién sabe qué iglesias, amado como el que más entre sus paisanos, ágil entre los atletas, a pesar del ataque de una polio sin respeto infantil que debió haberle dejado baldado para siempre , y que no consiguió -qué va- doblegarle ni la sonrisa.

El fue principal culpable, de que a mí, advenedizo, me gustara el sabor del campo más rudo, y asturiano de los Oviedines del alma, procedente de cepas variadas, de su mano, se me abrieran de par en par las puertas de las casas de Pontenova, de Meira, o Vegadeo, y llegara a  entender el gallego que hablan los lucenses, y aprendiera, de una vez, que los que son sencillos no tienen nada de simples, y que quienes viven sus soledades con parsimonia, -deshojando maíces bajo los cabozos, contando pacientes los inviernos- aman a quien les haga buena compañía.

Descanse en su paz; como el decía: «Con la edad, el cuerpo va buscando nicho», y se dormía)

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Cuento de primavera: El quark de la felicidad

17 abril, 2014 By amarias Deja un comentario

En ese lugar de la fantasía que solo se encuentra en los cuentos, se habían congregado varios miles de seres de variadas procedencias y naturalezas, atraídos por un tema sustancial pero escurridizo: Analizar la esencia de la felicidad.

Los conferenciantes que habían anunciado ponencias en esa especie de Congreso Universal de la Satisfacción eran, casi todos, conocidos y apreciados por su dominio de la cuestión.

Allí estaba El príncipe feliz, proveniente de las gélidas tierras rusas, deseoso de explicar que la felicidad no se debe valorar con la medida de cómo te ven los demás, sino  cómo te sientes tú mismo, y, en consecuencia, presentar el camino que, gracias a haber realizado obras de caridad con sus semejantes, repartiendo lo poco que tenía, acabó dotándole de un gran corazón,  indestructible, a pesar de ser una estatua de metal y haber tenido que utilizar a una golondrina como su mensajero, a la que mató con tanto ir y venir.

Por supuesto, entre los de mayor poder de convocatoria, estaba el hombre que no tenía camisa -en verdad, habría que precisar «que no la había tenido», pues gracias a su habilidad para contar una y otra vez su historia, y el dinero que obtuvo de ella, ahora se cubría con trajes de prestigiosos sastres y camisillas de fina seda-. Su defensa de que la felicidad consiste en estar satisfecho con lo que se tiene, sin añorar nada, era un clásico que se estudiaba en las escuelas de formación empresarial y en las de religión asistida.

¿Cómo iba a faltar «la ratita presumida»? Bajo ese seudónimo se escondía una damita de los arrabales, vestida pobremente pero limpia a más no poder, que había ejercido de criada en una casa de alcurnia, conocedora de varios cuplés y otras canciones muy pegadizas, que entonaba con discutible calidad mientras hacia las labores del hogar ajeno, las cuales hacía con dedicación y primor inigualables. Ella contaría al auditorio cómo también se puede ser inmensamente feliz cuando se consigue hacer refulgir las bandejas de plata, los suelos de la cocina y los cacharros de freir, como los chorros del oro.

No quiero ser exhaustivo, ni puedo. Estaban allí El gato con botas, El sastrecillo valiente, La bella durmiente y varios Príncipes encantados (y mucho), quienes estaban por la labor de defender que hay que ser feliz con lo que se tiene, sobre todo, si son cosas relacionadas con el bien comer y gozar, o se puede cambiar por ellas.

Cuando comenzó la Asamblea, amenizada, -mientras el público ocupaba sus asientos en la explanada adecuada al efecto, bajo un sol algo fuerte-, por varios conjuntos musicales que interpretaban diferentes versiones del Himno a la Alegría, Soy feliz porque el mundo me ha hecho así y Macarena, tomó la palabra el Presidente Honorario de la Asociación de Felices Mundiales, P.C. (1)

-Se ha dicho muchas veces -comenzó su alocución- que «la felicidad no consiste en lo que se tiene, sino en lo que se tuvo, y, posiblemente, en lo que se tendrá». Aquí escucharemos ejemplos de todas esas opciones. -dijo, guiñando un ojo a La lechera del cuento, de la que estaba secretamente prendado, pues tenía querencia hacia las sonrosadas turgencias-

-Mi caso desmiente esta frase, que es, desde luego, muy aparente, pero puramente literaria y, por tanto, carente de fundamento científico. -prosiguió-. Yo soy feliz con lo que no tengo, como lo era el publicano de los Evangelios; me hace muy feliz, en concreto, ver la desgracia de algunos de los que me rodean, y comprobar que yo no soy como ellos, no tengo enfermedades, no soy feo, no me pone los cuernos mi mujer, no me han despedido, no…».

La multitud gritaba, enardecida por las drogas y el alcohol ingeridos, que habían circulado gratis desde horas antes.

-¡Eso, eso! -se oía corear- ¡Dános ejemplos de quienes lo están pasando peor, para que nos sintamos mejor!

-No quiero adelantar conclusiones -prosiguió el orador, quien, seguramente, había oído el griterío-. Pero las últimas conclusiones científicas sobre las razones de la felicidad, apuntan a que esa entidad no es incorpórea o inmaterial, como se creía, sino que es corpuscular, y está formada por pequeñas partículas, de tamaño submicroscópico, que se encuentran preferentemente en algunas zonas del espacio, y que se multiplican febrilmente en ciertas circunstancias favorables, especialmente en nuestro cerebro humano. La felicidad se transmite, como la luz, a velocidades fantásticas por todo el cuerpo, produciendo un estado de excitación o entontecimiento que no tiene que ver con lo logrado: pongo el ejemplo de haber conseguido liberarse de lo que nos causa estreñimiento…

Era de ver cómo las gentes sorbían aquellas palabras, en especial, los de las primeras filas, que eran los únicos que las oían con claridad, pues la acústica dejaba mucho que desear.

-Entre esas circunstancias, cabe destacar…

En ese momento, varias explosiones provocaron el pánico entre la multitud, que se dispersó a la carrera en todas las direcciones (salvo la vertical). Aunque desde la organización se reclamó calma a voz en grito, fueron muchos los que se dirigieron a la estampida hacia los vehículos en los que habían acudido a la convocatoria, y se volvieron cagando leches por donde habían venido.

En el suelo, muy malheridos, quedaron algunos de los ponentes de la sesión, afectados por la metralla.

Quizá el peor parado fue El masoquista de Fuentetuna, que no paraba de reírse mientras se moría, desangrado.

FIN

(1) No se sabe exactamente que significan las siglas P.C.; se ha especulado mucho; el Partido Comunista ha negado, en una nota oficial redactada en tono bastante agrio, que se refiera a ellos; son ya muchos los que creen que las siglas responden a las iniciales de «por cojones», lo que no sería demasiado sorprendente.

 

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Cuento de primavera: La obra perfecta

16 abril, 2014 By amarias Deja un comentario

Por otra narración, hemos conocido cómo un artesano genial, capaz de realizar obras de relojería de encomiable mérito, no había, sin embargo, conseguido el anhelado premio en un Concurso celebrado en su localidad para distinguir el mejor trabajo, debido a que las bases del Certamen se habían confeccionado a la ligera.

En aquella ocasión, el Jurado tuvo que dar el premio a un joven que tenía perturbadas sus facultades mentales, y que, enarbolando un martillo, destruyó completamente la obra maestra del esforzado artista, puesto que se había decidido otorgar el galardón a «aquel que produjese en la concurrencia el mayor grado de asombro» y, desde luego, el mozalbete los había dejado a todos estupefactos.

También hemos podido enterarnos, por un relato posterior, que el mismo relojero volvió a presentarse al año siguiente al Concurso, en el que se habían revisado las Bases, y tampoco obtuvo el premio, que fue a parar a un familiar del presidente del Jurado.

Pues bien, voy a referir ahora lo que sucedió en una tercera ocasión.

El relojero, escarmentado, no dijo a nadie, ni siquiera a su mujer, lo que iba a hacer. Estuvo días y días imaginando planos y complejos artilugios destinados a servir de base para fabricar las piezas del reloj y los mecanismos que le harían funcionar con la mayor exactitud que la tecnología del momento podía garantizar, e incluso, un poco mejor. Para evitar que nadie le copiara, destruía sistemáticamente, después de memorizarlos, todos los croquis y dibujos, quemándolos, hasta hacerlos ceniza impalpable, que aventaba con un fuelle en un bosque alejado del pueblo.

-Estoy absolutamente seguro -pensaba el genial artífice- que nadie podrá copiar el fruto de mis ideas. Las Bases se han corregido para que el premio no se de al que produzca asombro, sino a la obra que tenga la máxima utilidad; y, desde luego, para evitar nepotismos y favoritismos, se tiene expresado que el Jurado calificador estará formado por tres personas, cuyos nombres serán obtenidos por insaculación, el día antes de cerrar el plazo de admisión del Concurso, de cada una de tres relaciones de expertos, respectivamente, en investigación, ciencia y tecnología, que provengan de Universidades de prestigio de tres regiones distintas de Valgamediós, igualmente desconocidas a priori.

Era imposible que pudieran estar de acuerdo esas personas, porque nadie sabía, antes de que se hubieran presentado las obras al certamen, quienes iban a ser, y ni siquiera de dónde provendrían.

¿Qué decir de la obra que, en la soledad de su taller, sin contar con el auxilio de aprendiz ni suboficial, iba realizando el maestro? Era magnífica, incalificable en su perfección, casi divina si se consideraba lo acabado y definido de sus líneas, lo preciso del funcionamiento de las ruedas dentadas, los balancines, las figuritas que alegraban el paso de las horas que señalaba, con precisión inalcanzable, las agujas; no ya los minuteros y secunderos: el aparato apreciaba hasta las centésimas de segundo, lo que para la época era un avance descomunal.

El maestro esperó hasta el último día y, dentro de él, a la última hora antes del cierre de la admisión, para presentar su pieza. Llegó el momento de ir a recogerla a su taller, desde debajo de la mesa del último aprendiz, donde, envuelta en papeles sucios y restos de guata, la había dejado la tarde anterior. Estaba emocionado y nervioso y, como era día de fiesta, el taller se encontraba vacío.

Miró bajo la mesa y no encontró nada. Miró alrededor y vio que todo el taller estaba inmaculadamente limpio. Palideció y, entrándole pánico, sin imaginar lo que podía haber pasado, se fue corriendo hacia la casa del suboficial del taller.

-¿Qué has hecho de un paquete que había bajo la mesa de Gumersindo, el aprendiz? -le preguntó, demudado.

-¿Un paquete? No tenía ni idea que allí se guardaba algo. En cualquier caso, allí nunca tenemos nada de valor -le contestó el suboficial.

El maestro relojero volvió, a todo el ritmo que le permitían sus piernas, ya algo afectadas por la artritis, a su casa. Su mujer estaba preparando garbanzos con costillas de cerdo, que era su comida preferida.

-¿A quién han dado el premio? -preguntó la eficiente mujer, con una sonrisa que expresaba el gran cariño que sentía hacia su marido.-Es una lástima que este año no hayas querido presentarte

-No, no. Si quiero presentarme. Es una sorpresa. Pero no encuentro el paquete en el que guardé mi obra perfecta, la que quiero presentar al Concurso. Y el tiempo límite está a punto de acabarse -casi gritó, lleno de angustia y tensión, el genial artífice.

-¡Ah, qué bien! Piensa dónde estuviste trabajando en él la última vez. Ya imagino que era algo muy pequeño, pero será fácil recordar dónde lo dejaste si repasas tus movimientos.  -Se interesó por conocer la gentil compañera, como siempre dispuesta a ayudarle, convencida de que, ya desmemoriado por el principio de demencia senil, el relojero habría olvidado el sitio-.

-En el taller no está -prosiguió-, porque ayer por la noche lo he limpiado a conciencia, para darte una sorpresa. Estaba por cierto hecho un asco, pero no lo encontré. Entregué hasta tres sacos con basura a un buhonero que, por suerte, pasó por el pueblo.

El relojero se desmayó.

FIN

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Cuento de primavera: La orden de la Vejiga y el castigo del perjuro

15 abril, 2014 By amarias Deja un comentario

Una de las órdenes caballerescas más antiguas, incluso más que la de la Liga y el Pellejo (conocidas vulgarmente como la de La Jarretera y el Vellocino dorado) es la de La Vejiga.

Esta prestigiosa cofradía, fundada en el siglo III d.C. por el jefe de la tribu de los Upemba, que se había instalado en lo que es actualmente la provincia de Katanga, surgió de manera fortuita. Cuenta la leyenda que el cacique Sotán Kalamú, apremiado por una urgente necesidad de orinar, mientras se estaba celebrando una espléndida ceremonia sacrificial -quince jóvenes vírgenes estaban siendo ofrecidas al dios del desierto, supuesto padre de aquél-, y no queriendo abandonar el sitial en el que estaba, por no dar a conocer a sus súbditos su origen humano, se meó por encima.

Resultó, sin embargo, que, hábil con las palabras, convenció a los próximos que aquellas aguas naturales, por intercesión de las alturas, se habían transformado en un estampado de colores sobre sus calzones principescos, adquiriendo fragancias que él mismo definió, incluso, como embriagadoras.

Ante tamaña actuación sobrenatural, Sotán Kalamú se decidió a montar la orden de la Vejiga Henchida (Después se perdió el adjetivo, difícil de pronunciar y hasta de entender en el dialecto local). Los requisitos para entrar en ella eran descomunales. Solamente podían permanecer a esta orden aquellos guerreros que hubieran demostrado capacidad de sobrevivir después de haber sido arrojados a una sima sita en la comarca -conocida hoy como la Gruta de los Desaparecidos- o, en su defecto, aquellos a los que a Kalamú le diese la real gana de nombrarlos miembros.

En realidad, nadie pudo entrar por la primera vía, a pesar de que muchos lo intentaron.

Pertenecen en la actualidad a esta orden de la Vejiga, cuyo Gran Maestre es el dictador Gustón Pachanga, solamente veintidós mandatarios mundiales, todos ellos sátrapas, déspotas o dictadores reconocidos por el orden mundial, a los que Pachanga concede tal distinción, en una ceremonia muy vistosa, en la que se les entrega la insignia característica, con forma de globo de oro y pedrería, de la que penden dos hilos de finísima hechura plateresca, simulando los uréteres del fundador.

La orden de la Vejiga mereció recientemente atención mediática, debido al castigo propiciado a uno de sus miembros, que había cometido el terrible acto de faltar al juramento prestado, incurriendo, pues, en el deshonor del perjurio. Porque los guerreros de la orden deben, en el momento de ser distinguidos con el globo henchido de los filamentos argénteos, jurar ante el dios del desierto que se protegerán sin fisuras en todas sus felonías y desmanes, disimulándolos con inmediatez, tal como hizo el gran Kalamú con sus naturales fluencias, ocultando a los demás mortales y, sobre todo, a sus leales súbditos, su condición de iguales en lo físico y su morbosa afición al latrocinio y a la corrupción en lo tocante a los dineros y bienes públicos.

Pues bien: El Gran Sultán del País de Chochonia, país que ocupa el penúltimo lugar en las rentas per cápita -contando hombres y ganados-, cuando estaba veraneando con su séquito en la Costa Blue, fue conducido con añagazas ante el Tribunal de la Justicia Incontrovertible Internacional (renovada), que dirige el ex-juez español Maese Pedro del Canto del Cisne Pérez, con sede en La Calla. Allí admitió haber mentido a sus súbditos, y que, en realidad, ni era hijo de un dios ni nada parecido, si bien no se le pudo juzgar ya que este comportamiento no está reconocido como infracción por los países firmantes del Convenio de La Calla.

En la actualidad, el ex Gran Sultán de Chochonia reside en Suiza y, al parecer, ha entregado una ínfima parte de sus posesiones en Chochonia a la ONG para el Desarrollo Lento de Africa (Africa´s Smooth Development Non Profit Organitation), dirigida desde Peijing por un grupo budista.

El Sanedrín, Capítulo o Concilio de los cofrades vejigueros, lamentando la traición al juramento del ex Gran Sultán de Chochonia.  le ha condenado a devolver la medalla que le acredita como miembro de la Cofradía. Este es el mayor castigo que se puede imponer a un perjuro, según las normas internas de la Vejiga. Lamentablemente, se ha negado hasta ahora a cumplir la terrible sanción, que suele seguir luciendo en la pechera.

FIN

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Cuento de primavera: El plazo

14 abril, 2014 By amarias 1 comentario

Había en el lugar varios empleados, afanándose por tallar las inscripciones en las placas de mármol. Lo hacían a mano, con martillo y cincel, guiándose con unos modelos que situaban sobre la superficie blanca. Luego, pintaban las letras de negro.

El recién llegado los estuvo mirando, más bien con atención que con curiosidad. Al cabo de unos minutos de su entrada en el taller, el encargado se le acercó:

-¿En qué puedo servirle? -le preguntó, mientras se frotaba las manos con un trapo sucio.

-Desearía encargarle un trabajo. Pero, antes que nada, quiero saber si Vds. cumplen los plazos -dijo aquel tipo.

El encargado afirma que tenía un porte elegante, distinguido. La mirada, franca, con ojos de color castaño, sin nada singular en ellos («Bueno, sí -se corregiría-, tal vez uno de color más oscuro que otro»); el traje, casi nuevo, y limpio. Tez blanca, manos grandes («Tenía la mano más grande que la mía, porque cuando cogió una pieza de mármol en la suya, parecía mucho más pequeña»)

-Eso depende de la fecha del encargo -le explicó el responsable-. Por el invierno y la primavera tenemos más trabajo. También por Difuntos.

-Yo se lo quiero ordenar ahora -siguió el cliente, sin conceder más importancia a la información-. Vendrán a recogerlo dentro de dos días; mejor dicho, dentro de 48 horas exactamente. Le pagaré por adelantado.

El responsable de la marmolería no tenía tanta prisa.

-Me tiene que explicar qué quiere exactamente. Tenemos diversos modelos de lápidas, y también deberá comprender que el plazo de entrega depende de lo que desee escribir en ella.

-No, no, no me está entendiendo -replicó el extraño-. No quiero una lápida. Quiero que me tallen una cruz.

-En ese caso, no hay problema -indicó el encargado, que deseaba terminar la conversación cuanto antes, porque, en verdad, tenía trabajo-. Incluso, si espera un poco, podría llevársela ahora mismo. Solo tengo que buscar dos restos de mármol apropiados.

Entonces el encargado advirtió que el visitante había dejado un maletín en el suelo, del que sacó un paquete, que le entregó sin abrir.

-El material se lo traigo yo aquí. Y no tengo tanta prisa. Tómese los dos días. Pero ahora debo marcharme. Dígame lo que le debo, porque quiero pagarle por adelantado.

El maestro del taller estaba algo aturdido por el porte elegante del cliente y su voz, clara y convincente. Le dijo un precio más alto del que debería corresponder, y tomó el paquete y el dinero. Le pareció que el bulto pesaba poco para ser de mármol, pero no le dio mayor importancia.

-Recuerde que debe estar lista la cruz en 48 horas. Mejor dicho: en 47 horas y 45 minutos -oyó decir al elegante personaje, mientras salía del local («Con demasiada rapidez, ahora que me lo hace notar», comentó el encargado).

No sabría concretar por qué, pero el encargado explica que se olvidó del encargo durante varios días. Había pasado más de una semana cuando recordó, repentinamente, la obra que estaba pendiente.

Llamó a un operario y, sobre una mesa del taller de marmolería, abrió el paquete, mientras se preparaba mentalmente para darle algunas someras explicaciones. Primorosamente embalados, de forma separada, y recubiertos de papel de celofán, como un regalo de Pascua, había dos huesos, uno bastante más largo que otro.

-Supongo que el cliente vendrá en cualquier momento, porque me había explicado que debería estar lista la cruz en dos días exactamente. A mí se me pasó, aunque, por lo que parece, a él también.

Los dos huesos lucían refulgentes, y hasta parecían de oro, por la lámina de ese metal que, como comprobó el tallista, pasando la mano por su superficie, los abarcaba por entero.

-¿Qué diablos…? No habrá forma de tallar estos huesos, ni entiendo por qué ese interés en hacerlo. Estoy seguro de que al tratar de hacer la muesca en uno de ellos para incrustarlo en el otro, romperá. -fue el comentario del operario.

-Haz cualquier cosa para formar la cruz. Después de todo, no me ha dado ninguna instrucción, así que si algo sale mal, la culpa será del cliente, no nuestra. Pero no rompas los huesos ni estropees la lámina de oro, no vaya a ser que…

El marmolista cogió un punzón y, con cuidado, dio un golpe con el martillo al hueso más largo, tratando de abrir un hueco para encajar el otro.

-Tal vez sería mejor utilizar la fresa -iba a decir el encargado.

Pero no terminó la frase. Un chorro de sangre le saltó a la cara al operario, como si proviniera de una herida que estuviera recién abierta. Del brusco movimiento, realizado con lógico pavor, el otro hueso cayó al suelo, rompiéndose por la mitad.

La sangre quemaba como fuego y el líquido le desfiguraba la cara. El operario gritó, con un profundo dolor, llevándose las manos a la zona afectada. No se imaginaba lo que había pasado.

-Ya le tengo dicho que me pareció que en el otro hueso había algo dentro, parecido a un animal con forma humana, que se escapó en silencio. Era el demonio, estoy seguro de que era el demonio. -repetía el encargado.

-¿Dice usted que nadie acudió a recoger el encargo? ¿No apareció nadie? -preguntó el inspector, mientras tomaba notas.

La respuesta que dio el encargado al inspector tenía sentido:

-No lo se. Llevamos al compañero a urgencias, y dejamos el taller vacío. Lo que puedo decirle es que, cuando volví para cerrar el local, los huesos no estaban y las manchas de sangre de la mesa y del suelo, también habían desaparecido.

-Es decir, que lo único que queda como testimonio de esa historia es la marca en el rostro del operario -dijo el policía.

-Sí. Esa cruz. Una cicatriz terrible -murmuró, moviendo la cabeza- Pero aún es más lamentable la inscripción: «Dies sunt servanda», qué a saber qué coño quiere decir.

El inspector sonrió tristemente y murmuró:

-Eso sí lo se, porque para algo me tiene que servir haber estudiado Derecho: «Los plazos están para cumplirlos».

Y se metió un par de pastillas de chicle en la boca, por aquello de evitar el mal aliento, porque había comido ajos.

FIN

Publicado en: Cuentos y otras creaciones literarias Etiquetado como: cruz, cuento de primavera, diablo, encargado, marca, marmolería, operario, plazo, señal

Cuento de primavera: Trascendente y Trascendido

13 abril, 2014 By amarias 2 comentarios

Se parecían como dos gotas de agua, hasta el punto que, observados de lejos, se podían tomar por fotocopia el uno del otro. No eran, sin embargo hermanos gemelos, ni siquiera familia, al menos, que se supiera oficialmente.

Si en el aspecto exterior resultaban idénticos, en el carácter, es decir, en lo que corresponde al interior de su naturaleza, eran tan distintos como pudieran serlo los huevos de las castañas.

Trascendente era un optimista crónico, de ese tipo de personas que no solo ven los vasos medio llenos cuando  se han bebido la mitad, sino que los ven llenos del todo para entregárselos al siguiente. A resultas de aplicar, una y otra vez, esa actitud, se había forjado una estructura mental muy suficiente, confiada y tenaz. Estaba continuamente imaginando proyectos, modelos, intenciones, que imponía a los demás.

Trascendido era, por el contrario, un pesimista fastidioso, de esos que siempre descubren en las cosas su lado peor y, encima, tienen razón, por lo que levantan la sospecha de que son gafes, despiertan mal fario, y se les atribuye la facultad de atraer la desgracia como los pararrayos a las urracas. Por razón de esa repetida manera de entender el mundo, había acabado tomando la decisión de que lo mejor que podía hacer era estarse quietecito, aguantar los chaparrones y aprovecharse de lo que había, sin aventurarse en tierras inhóspitas. Guardaba silencios, aprovechaba oportunidades, pero no creaba ninguna.

Para alguien que los viera por primera vez, la única característica que los diferenciaba era la forma en que se vestían. Trascendente iba a la última, encantado de llevar ropa de marca y de la más moderna tendencia: se podía decir de él, si es que la expresión tuviera un significado, que era un «it boy». Trascendido iba hecho un zaparrastroso, con la camisa, los pantalones y los zapatos tan raídos, que podría parecer que se los había encontrado en un contenedor de Humano o tirados en el aparcamiento de un recinto universitario el día después de un botellón masivo.

Seleccionados gracias a un concurso de televisión que trataba de confrontar a personas que se parecieran físicamente como hermanos gemelos, para que vivieran juntos durante un mes y contrastaran así sus diferencias de carácter para gozo de los teleespectadores, Trascendente y Trascendido se conocieron por primera vez en el mismo plató.

El presentador hizo, como corresponde a su profesión, las presentaciones:

-Hasta ahora, nunca antes en este programa, «¡Toma castaña!»que es, como Vds. saben, la versión española del éxito americano «Find your Alter Ego», nunca jamás, -enfatizó- habíamos presentado a dos tipos tan iguales.

-Aquí están -prosiguió- a mi diestra, Trascendente, y a mi siniestra, Trascendido. Nacidos a más de mil kilómetros de distancia uno del otro, educados en ambientes distintos, sin haberse conocido hasta ahora, van a convivir durante un mes en el desierto de Tutía, entre serpientes de cascabel y leones de cola negra. Aprenderán así a descubrir lo que les hace diferentes…si es que hay otras diferencias, además de lo que es evidente, que es su manera de vestir…Por cierto, irán desnudos, únicamente provistos de un utensilio, que podrán, eso sí, escoger a su voluntad.

El presentador no paraba de hablar, mientras la cámara reflejaba lo que estaban haciendo Trascendente y Trascendido. El segundo, papaba moscas; el primero, se movía en el asiento, preso de convulsiones nerviosas.

-Trascendente, ya lo ven los espectadores, a los que recuerdo que lo mejor para curarse las almorranas es la pomada Hemorroidina, es lo más parecido a un niño pijo crecido en el barrio rico de Bancherí y Trascendido, por lo mismo, tiene el aspecto de pertenecer a una banda dedicada al alunizaje que hubiera hecho un curso acelerado en la Escuela de la vida de Llavecas.

Mientras se difundían los habituales diez minutos de publicidad, Trascendente y Trascendido tuvieron ocasión de intercambiar unas palabras:

-¿Qué sabes hacer? -preguntó Trascendente, que era más rápido para la investigación.

-Nada -respondió, después de pensárselo un rato, Trascendido.

-Algo sabrás -matizó, prudente, Trascendente.

-Hago nada, pero de puta madre -fue la posterior matización.

-No me puedo creer, que siendo más o menos de mi edad, no te hayan enseñado a sacarle el máximo partido a las cosas -persistió Trascendido.

-¿Cómo que no les saco partido? -se enfadó el otro, molesto- Hasta aquí he llegado, y no me quejo.

-Yo tampoco me quejo. Solo que veo que todo se puede mejorar, y me empeño en encontrar el lado bueno.

-Yo no necesito plantearme lo que se pueda mejorar, simplemente, disfruto con lo que hay.

-Pero…eso implica que te aprovechas de lo que han creado otras personas como yo, que nos preocupamos por avanzar.

-Puede. Solo que si dedicas todo tu tiempo a trabajar en nuevas cosas, no tienes ni un minuto para disfrutarlas. La gente como yo, encontramos sentido a lo que hacéis, disfrutando con ello.

-Me resulta asqueroso que te aproveches de la voluntad de gentes activas como yo por mejorar el mundo. Es mezquino.

-Si no hubiera gentes como yo, vuestro trabajo no tendría sentido, sería inútil, por falta de destinatario.

-No tengo ninguna confianza en que me vayas a ser útil en el desierto al que nos mandan. ¿Por qué te apuntaste a este concurso?

-El que no tiene confianza ninguna, soy yo. No me apunté, me apuntaron.

-Eres un cretino.

-El cretino me pareces tú.

Estaban en ésas, cuando el presentador les advirtió que volvían a estar en antena, y les explicó las reglas del programa, que no eran muchas. Cuando tuvieron que decir qué desearían llevar al desierto, Trascendente pidió una escopeta de repetición con diez cajas de cartuchos de balines de gran calibre.

Trascendido pidió que le trajeran un sombrero para que no se le calentara mucho la cabeza.

FIN

 

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Cuento de primavera: Jaulas para pájaros y otros animales

12 abril, 2014 By amarias Deja un comentario

El conferenciante, un hombre de unos cincuenta años, con camisa a cuadros, talante deportivo, pantalón con color haciendo juego con los zapatos, tomó un sorbo del vaso de agua mineral que se había servido de una botella, y continuó su plática ante un auditorio variopinto, en el que algunos incluso tomaban notas en carpetas escolares:

– Un gran avance en el maltrato animal ha sido la prohibición de que algunas especies no puedan comercializarse si no han nacido en cautividad.

-Perdone -le interrumpió una joven, que había acudido a la sesión, porque le encantaban los animales (tenía dos gatos sin pedigree y un galgo recogido en la calle con una pata rota-. No estoy segura de haberme aclarado bien, ¿qué quiere decir con eso?

El ponente no pareció disgustarse por la pregunta.

-Es muy sencillo: si el animal ha nacido en una jaula o procedente de padres que ya estaban privados de la libertad, no tendrá conocimiento previo de lo que es estar libre, por lo que no sufrirá si el resto de su vida permanece enjaulado.

En realidad, se lamentaba internamente de no haber utilizado palabras más cuidadas; pero se trata de ser didáctico, pensó.

-Perdone otra vez -la joven se había levantado de su asiento, y se apoyaba, ligera, sobre el respaldo-. ¿Significa eso que un animal que no sabe lo que es ser libre no tiene derecho a serlo nunca, salvo que pueda escaparse? ¿Y qué le pasaría, si logra huir?

El conferenciante pareció entender, de pronto, que aquella mujer debía ser una activista infiltrada de los defensores de los derechos de los animales. Tragó saliva, y preparó mejor su respuesta, después de meditarla un instante.

-En absoluto -replicó, sin estar aún plenamente convencido de lo que iba a decir exactamente-. Piense que no podemos hablar, sensu stricto,  de derechos de los animales, como algo que ellos estén en situación de exigirnos. Somos nosotros, los humanos, en cuanto a seres superiores, como poseedores de reglas jurídicas y éticas, los que se los otorgamos, asumiendo sobre nuestras propias espaldas el deber adicional de que se cumplan estas precisas normas.

Casi no había terminado de hablar, y se encontró con otra pregunta; mejor dicho, con la repetición de parte de la anterior:

-No me contestó a la cuestión de qué sucedería si un animal, que ha nacido y vivido hasta entonces en una jaula, se escapa: ¿es cierto, como dicen, que se moriría, porque no sabría dónde encontrar comida o cobijo?

La joven se había puesto algo colorada. El rubor, que se expandía por sus mejillas, la hacía parecer más hermosa. No estaba dispuesta, según entendieron todos los presentes, a dejarse convencer con facilidad. Algunos de los que habían torcido el cuello para mirar hacia dónde ella se encontraba, curiosos por conocer quién había intervenido,  empezaban a murmurar.

-Los estudios conocidos hasta ahora sobre animales que han obtenido su libertad, demuestran que, por falta de práctica de cómo conseguir alimento, mueren rápido, caen fácilmente en trampas, o son devorados por depredadores salvajes -explicó el orador, ya más molesto. Y, sin solución de continuidad, preguntó en tono burlón:

-¿Me deja continuar, señorita?…He venido a dar una conferencia, no a un debate. Pero le contesto. Los animales no son solidarios como lo somos los seres humanos. Por eso corren peligro, estas especies que nacieron cautivas, cuando alcanzan la libertad. Son los más débiles del ecosistema, y perecen, porque el sistema las expulsa, sin miramientos.

La sala respiró, aliviada. No así la joven, quien salió de su fila y ocupó el centro del pasillo.

-Le voy a decir algo -expresó la muchacha, con voz alta y clara-. El mundo de los animales no racionales me interesa bastante, pero me interesa mucho más el de los seres humanos. En lo que ahora estamos viviendo, por lo menos, no comparto su idea de que los seres humanos seamos solidarios. En absoluto. Y, en cualquier caso, no lo somos más que lo puedan ser los animales irracionales, me parece. De acuerdo con su razonamiento, por tanto, si una persona ha vivido ignorante, pobre, o marginado toda su vida, sería mejor que siga así hasta que muera.

La muchacha se tomó un respiro, para continuar en tono aún más enfático:

-¿Cree entonces que a los pueblos subdesarrollados, a los que faltan medicinas, trabajo, alimentos, cultura, …sería mejor mantenerlos en sus jaulas, en sus guetos, en sus fronteras, impidiéndoles salir, para evitar que conozcan otros Estados que viven en mucho mejores condiciones, en situación de riqueza y bienestar mucho mejor, o… sería partidario de ofrecerles la libertad para que puedan volar? ¿Les prohibimos ver la televisión, tener móviles, estudiar en el extranjero, viajar…?

La sala guardó, por unos momentos, un silencio respetuoso. Alguna voz clamó, sin embargo: «¡Seguridad!» Otros pidieron: «¡Calma!». «Esto no es un debate político, ¿qué se habrá creído?» -comentó, en un susurro, una mujer de edad, sentada en las primeras filas, a su vecina de asiento, pareciendo muy contrariada.

-No se qué contestarle -expresó el conferenciante-. No es mi especialidad, el ser humano. Yo he venido aquí solo a hablar de los animales y, en especial, de los pájaros. De los pájaros cantores, para ser exactos.

La sesión prosiguió, aunque el conferenciante no dejó de advertir que varios asistentes de las últimas filas, entre ellos, la joven interesada, la que había hecho las preguntas incómodas, habían abandonado la sala.

FIN

 

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Cuento de primavera: El tejo

11 abril, 2014 By amarias Deja un comentario

En las montañas de los ásperos montes cántabros, allá donde se forjaron los rudos caracteres de sus indómitos pobladores, gentes aguerridas que desafiaban los más incómodos peligros con la sonrisa en los labios, hacía tiempo que no vivía nadie.

Todos sus habitantes habían ido abandonando progresivamente las casas que habían servido, durante generaciones, de cobijo a los antepasados de aquellas remotas comarcas. Las dificultades para arar los empinados campos, se hicieron inmensas para los pocos pobladores que fueron quedando, faltos de la ayuda que se prestaban mutuamente los vecinos.

En los últimos años, no se recogía la castaña, ni se limpiaban de helechos los bosques de robles y hayas, ni se carretaban astillas recogidas de las suertes comunales para completar la leña que calentaba los fogones, ni había vacas que ordeñar, conejos que alimentar de la hierba más fresca, ni cerdos cebados durante el año que sacrificar, ni esfollaza de maíz o habas que compartir mientras se cuentan historias, ni siega, ni pastoreo, ni bar ni colmado.

Junto a una iglesia cuya espadaña aún se sostenía, airosa, en pie, a pesar del total abandono, dejando ver los muñones de un antiguo campanario, había un tejo. Un árbol centenario, grande, majestuoso, que había servido hasta no hacía mucho como lugar de reunión de los vecinos de uno de esos pueblos cuyo nombre estaba a punto de ser borrado de los mapas, convertidas en ruinas sin valor las que habían sido cobijos alegres de gentes hoy muertas, desaparecidas en la vorágine de la ciudad o emigradas para siempre.

El excursionista había llegado hasta allí, quién sabe si perdido, miró aquel árbol magnífico, recorrió los alrededores, pisoteó algunas zarzas que impedían el paso al cementerio, ya saqueado por quién sabe quiénes,  y, finalmente, cansado por la caminata, animado por el frescor que emanaba bajo sus tupidas ramas, se echó a  descansar bajo su protección umbría.

Sin darse cuenta, se quedó profundamente dormido.

Aquel tejo era justamente el lugar en donde, dado lo solitarios que habían quedado esos lugares a los que aquí me refiero, era utilizado por ninfas, gnomos, sátiros, brujas, trasgos, ogros y otros seres de natural huidizo, para reunirse y hacer sus aquelarres, organizar sus fiestas demoníacas o mágicas y preparar brebajes y conjuros con los que gozar de su propia existencia y, en ocasiones especiales, seducir o espantar a los humanos.

Cuando al llegar al lugar de concurrencia vieron al hombre dormido, se asustaron, pues no esperaban ver nuevamente invadido el territorio que creían abandonado para siempre. Pensaron en marcharse de inmediato de allí y volver a esconderse en lo más tenebroso del bosque, pues los seres maléficos como los benefactores temen encontrarse cara a cara con los humanos, pero una de la brujas, que se jactaba de tener soluciones para casi todo, dijo:

-No os vayáis. Con mi poder, haré que este humano permanezca dormido el tiempo que dure la reunión, por lo que no debemos temer de que nuestras conversaciones sean descubiertas  y nuestros acuerdos conocidos de antemano.

Y acercándose al dormido, pronunció unas palabras irreproducibles. Viendo, al poco, todos los seres miríficos que el visitante inesperado seguía profundamente entregado a los brazos de Morfeo, se tranquilizaron, se sentaron complacidos en torno al tejo, y sostuvieron su animada reunión, ignorando al yacente.

No sucedió, sin embargo, tal como había anunciado la bruja. El viejo tejo tenía también sus poderes, acrecentados por la edad, y su carácter sagrado se había incluso robustecido en la soledad. Al ver a aquel hombre recogido a su sombra, complacido, deseoso como estaba de que los humanos volvieran al pueblo, pensó que sería bueno y provechoso para su propósito que el recién llegado conociera lo que estaba pasando en el lugar desde que los habitantes lo habían abandonado.

Haciendo un esfuerzo de concentración, el tejo, agitando las hoja aciculares y exprimiendo las semillas de sus frutos, dejó caer algunos jugos venenosos, con lo que consiguió compensar las artes brujeriles, de manera que, el que dormía, se despertó, sintiéndose recuperado de su cansancio.

Los trasgos, ninfas, gnomos, ogros, trasgos, diaños, nereidas, machos cabríos, malandrines y brujas no advirtieron, sin embargo, que el hombre estaba escuchando lo que decían a partir de ese momento.

El excursionista, cuando se vió rodeado por aquellos innumerables seres de tan extraña apariencia, creyó encontrarse en un sueño más profundo del que venía, pues no podía imaginar que se había despertado y lo que veía era la realidad.

Sin mover una pestaña, cerró los ojos aún más fuerte, que le escocían,  y, entre tanto, pudo enterarse de cuanto se decía alrededor.

Cuando, al cabo de lo que le pareció un tiempo infinito, los seres maléficos y mágicos se marcharon, se dispuso a irse el también. Comprobó entonces que, desgraciadamente, se había quedado ciego.

No fue capaz de encontrar el camino de vuelta y vagó por el monte, dando tumbos entre falsos caminos y senderos, fabricados por jabalíes, corzos, lobos y quién sabe si por los propios trasgos, que no conducían ya a ninguna parte.

Pasó quién sabe cuánto tiempo, en todo caso, varios días. Quiso su suerte que yo me lo encontrara, exhausto, sediento y hambriento, cuando me hallaba haciendo, con otros dos compañeros, el levantamiento topográfico y geológico de una zona en la que se proyectaba asentar las bases de decenas de aerogeneradores sobre las crestas de la cordillera que une Calastarias y Paquemondo, y para lo que me habían contratado.

-El bosque está embrujado, he visto seres -fueron las únicas palabras que, machaconamente, repetía, con los ojos cerrados, y que estaban rodeados por una resina de color rojo sangre.

Dejé a mis colegas en el sitio,  ordenándoles que prosiguieran con el trabajo, y, aunque se resistía, metimos al infeliz en mi coche, con la intención de conducirlo al hospital comarcal más cercano.  Yo conducía el vehículo, con cuidado de que el todoterreno no derrapase por las peligrosas pendientes, ya que los viejos caminos vecinales, como indiqué, se habían perdido en su mayor parte y las grietas del asfalto, cuando podía detectar el antiguo trayecto, eran tremendas y repentinas.

En un momento dado,  mi acompañante, que iba en el asiento de atrás, echado de mala manera, doliéndose a rato con gemidos patéticos, pronunció una sola palabra: «Tejo». Lo hizo, me pareció, con gran esfuerzo. Su voz sonó a sobrehumana.

-¿Tejo? ¿Qué quiere decir? -le solicité, aunque me corregí de inmediato, consciente de su lamentable estado-. Pero, descanse,  buen hombre, ya tendrá tiempo de hablar, cuando se recupere.

De pronto, el tipo abrió bruscamente la puerta del vehículo, huyendo con tanta prisa y tan notable vehemencia, que, aunque detuve de inmediato el motor y traté de seguirlo, no fui capaz de alcanzarlo.

No volví a verlo. La espesura del bosque lo hacía impenetrable; solo aquel individuo parecía disponer de la facultad de descubrir entre los huecos que dejaban los árboles y la maleza -hasta diría que era capaz de perforar los troncos, sino fuera imposible-. Yo no pude seguirlo.

Retorné, pues, con el coche a donde había dejado a mis ayudantes, y les conté lo que había pasado. No supieron qué decirme.

-Terminemos el trabajo, que es para lo que nos pagan -apremiaron.

He meditado muchas veces sobre la extraña anécdota. Aquella tarde, de vuelta para casa, habíamos preguntado por un enajenado o un excursionista perdido por los parajes de la cordillera. Pregunté a varias personas. Nada sabían.

Les pregunté, también, si sabían de algún tejo en el lugar.

Nadie había oído hablar de un tejo.

Por eso me he inventado la historia, para dar alguna coherencia a lo que he vivido, porque ahí está mi verdad.

FIN

Publicado en: Cuentos y otras creaciones literarias, Sin categoría Etiquetado como: bruja, cántabro, cuento, cuento de primavera, embrujado, excursionista, gnomo, ninfa. monte, pueblo abandonado, tejo, trasgo

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