Al socaire

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País torístico

20 julio, 2014 By amarias Deja un comentario

España es un país torístico, lo que le confiere muchas cualidades adicionales. Por ejemplo: La fiesta nacional se llama corrida, que es una de las pocas palabras del idioma español -que catalanes y otros amigos de llamar a pan, panceta y al vino, clarete, entienden que debe renombrarse como castellano- que, junto a torero, Messi y sangría conocen la mayor parte de los ingleses que no saben  hablar nuestra lengua a la perfección (que existen, desde luego).

A muchos españoles, especialmente si han nacido en una población lindante con el País Vasco llamada Pamplona, les gusta ver correr a los toros por las calles. No todos los días, a veces. Esta manifestación de algo que no tiene nombre definido, aunque se han propuesto muchos, (no del todo elogiosos la mayoría), sucede todos los años, con ocasión de la festividad del santo Patrón de la ciudad, llamado Fermín, que, según parece, era mayoral de una ganadería.

La velocidad que alcanza un animal de aproximadamente media tonelada de peso, cuando se lanza a la carrera, puede ser aumentada algo si delante del mismo se ponen a correr también unos cuantos miles de personas con un pañuelo rojo al cuello. Según ensayos no científicos, llegarían a alcanzar hasta los 40 y los 45 km/h, en trechos cortos y en descenso; mayor velocidad de la que puede evidenciar un humano en llano (los atletas especializados en correr los 100 m lisos, pueden bajar algo de los 10 s; es decir, podrían jactarse de correr en ese corto tramo a 36 km/h)

En general, se trata, pues, de plantear las bases de un espectáculo divertido -al decir de los fanáticos-, sobre todo cuando alguno de los astados empitona a cualquiera de los humanos -suelen ser, por razones ignotas, australianos o sudafricanos-, y le da unas cuantas volteretas, lo que llega a provocarle terribles contusiones e incluso heridas profundas de las denominadas, en atención a su origen, producidas por asta de toro -que deberían renombrarse «causadas por estupidez manifiesta»-. De todo ello se informa oportunamente en un parte médico, que se difunde al acabar la carrera mixta, y que se difunde por una cadena de televisión nacional en riguroso directo.

No es el único espectáculo en el que gente no profesional se pone en peligro porque sí. Hay toros embolados, bous con teas, cornúpetas lanceados a caballo, juegos que tienen por fin hacer caer al bicho al agua, etc.

Como no solo de torismo vive un país, España ha apostado de forma decidida por poner en valor el sol, particularmente, combinado con arena, agua de mar y barra libre. Los ensayos iniciales de esta idea se llevaron a cabo en Ibiza y fueron un completo éxito, consiguiendo poner el nombre de San Antonio -otra manifestación de la devoción católica que es signo identificador del país- de moda en todo el mundo, en especial, en Inglaterra y Suecia. Hoy, Magaluf ha recogido la antorcha, y otras poblaciones de la costa rivalizan por poner el escenario al espectáculo lamentable de jóvenes drogados,  borrachos o, simplemente, desquiciados.

Se está estudiando, aunque con prudencia, para evitar la contaminación con las fuentes del torismo más seguras, introducir en la oferta el conocimiento de la historia y la cultura hispañas, pues aún se conservan algunos monumentos y piezas artísticas, algunos ya en deplorable estado.

Sin embargo, como se ha comprobado que la inmensa mayoría de los visitantes de cualquier lugar -tanto los alóctonos como los autóctonos- cuando viajan, solo están interesados en comer pizzas o hamburguesas y beber cerveza y, según su edad, dar un recorrido rápido por la ciudad o no hacer ninguno, de momento, se descarta la posibilidad de ampliar la oferta, pues siempre se podrán ver tranquilamente en casa las fotografías tomadas a la carrera, en las que la exacta identificación del vestigio de lo que antes se denominada cultura, carece de interés propiamente dicho.

Obviamente, el torismo impide analizar vías para impulsar actividades de otro tipo, ya que, según se ha difundido, el estudio en profundidad, la investigación científica o el reconocimiento del mérito -por ejemplo- exige un cambio de mentalidades para las que, ni en este país, ni en los países desde donde se contempla con admiración nuestra incapacidad para sacar mejor partido a lo que tenemos, no estamos preparados.

(Publicado el julio 18, 2014 como angelmanuelarias)

Publicado en: Actualidad, España, Sociedad Etiquetado como: conclusiones, España. torístico, Navarra, Pamplona, San Fermín, toro de la vega, turístico

I would prefer to fight

16 julio, 2014 By amarias Deja un comentario

En un Acto aceptablemente concurrido, a pesar de la hora incómoda (10h 30m de la mañana), el Instituto de la Ingeniería de España (IIE) celebró una rueda de prensa en la que responsables de diversas Asociaciones expusieron su malestar, bajo la fórmula de un Manifiesto, por una situación realmente increíble: cientos de miles de titulados españoles no tienen reconocida la cualificación universitaria que les acredita, teóricamente, el diploma que han conseguido.

Y no la tienen, ni en el extranjero, ni en España.

Manuel Moreu, (Presidente del IIE), Elena de Vicente (Presidenta de FEDECA), Carlos del Alamo (Presidente de AIPE) y Jesús Rodríguez Cortezo (Presidente de AIPE), desgranaron los detalles de una cuestión que quedó ya perfectamente expresada en la intervención del primero: «El objetivo de los acuerdos de Bolonia era facilitar la movilidad de los profesionales dentro de la Unión Europea. El resultado, para España, ha sido justamente lo contrario. Antes no existía ninguna traba y ahora, existen todas porque no se equipara nuestra titulación al master».

El documento, que puede encontrarse en la web del IIE, ha sido ya suscrito por varias Asociaciones y, según confesó Moreu, «pretendemos que esto sea un clamor». Por su parte, de Vicente subrayó que «coincidimos en este planteamiento tanto el sector privado como el público. Con la estructura anterior se reconocía que una titulación superior (3+2, en su abreviatura, que hace referencia al número mínimo de años lectivos) era la base para el acceso a la categoría de funcionarios A1» (la más alta de la función pública). Ahora, «al no haberse tenido la precaución de establecer una equivalencia», «estamos materialmente en el limbo».

«Para puestos en los que se exige en la EQF (Marco Europeo de Cualificaciones) el nivel 7, ya estamos siendo afectados. Para los cuerpos superiores de la Administración Pública, antes de la aplicación de los acuerdos de Bolonia, se exigía el nivel superior. Actualmente, por la vía de hecho, se está equiparando al ingeniero o licenciado con el grado», explicitó Elena de Vicente.

Carlos del Alamo, se refirió, glosando lo anterior, a «la situación real injusta», creada, que «afecta gravemente a la economía española». La ingeniería española, que «estaba reconocida como de calidad, con prestigio internacional», se encuentra ahora sin la validación en el Marco Europeo de competencias profesionales. Gran contraste, por ejemplo, con Francia, que por un sencillo Decreto ya publicado en 1999, resolvió la homologación de las antiguas enseñanzas y su continuidad en el nuevo escenario. Más de 200.000 profesionales se encuentran afectados -en el coloquio se matizaría que la cifra ha de ser mucho más alta, dado que gran número de ingenieros y licenciados no están colegiados- y las pérdidas por esta situación, considerando solamente los contratos perdidos por las empresas, debido al no reconocimiento internacional de los títulos de ingeniería anteriores a Bolonia (y la mayoría de los nuevos, igualmente faltos de refrendo legal específico), fueron evaluadas por el Decano del Colegio de Ingenieros de Caminos, y en su demarcación concreta, en más de 10.000 millones de euros.

Jesús Rodríguez Cortezo, cuya Asociación «certifica profesionales», expuso que «el problema no es nuevo. Venimos pidiendo desde hace años que se resuelva. La Comisión Europea era consciente del tema, y propuso la solución, al diseñar el EQF, que era la maqueta a la que había que acomodar las calificaciones. Todos los países lo hicieron, menos…España». Apuntó más concreto: «No quiero que me llamen master, sino ingeniero industrial».

En el coloquio, intervine para plantear una pregunta: ¿Quiénes son los culpables de esta dejación de responsabilidades que afecta aun colectivo tan numeroso y que está causando a empresas y particulares, un perjuicio concreto? Apuntaba, con ello, a una propuesta que ya tuve ocasión de exponer ampliamente en el Editorial de la revista ENTIBA, del Colegio de Ingenieros de Minas del Noroeste del último número. «Es necesario, más que aumentar el clamor, analizar las vías de demanda penal, administrativa o de responsabilidad civil».

Mi propuesta, que abrió la opción a otras intervenciones, fue analizada por Elena de Vicente, que estimó que «no hay un responsable concreto. Es cuestión de un planteamiento político. No es prioritario para este Gobierno (y el anterior) el asunto. Falta interés por resolver el tema, y buena prueba de ello es el borrador de la Ley de Servicios Profesionales, por la que se pretende que, al margen de su titulación, todo el mundo pueda servir para todo, siendo lo determinante el desempeño de la profesión, lo que puede desembocar en un totum revolutum, si a ello añadimos la falta de calidad de la enseñanza universitaria actual en España».

En fin, apremiado por otras obligaciones profesionales, tuve que abandonar el salón de Actos, en donde, supongo, siguió debatiéndose la cuestión. Pero, al menos por mi parte, mi opinión había quedado expuesta y el camino a seguir, según mi propuesta, y que he resumido, y en inglés (para que se me entienda mejor), en el título de este Comentario: Yo prefería luchar, y no solamente exponer, educada y sobriamente, nuestras legítimas exigencias en un Manifiesto.

Hace, ni más ni menos que 15 años, que Francia resolvió la cuestión. No es cuestión de política, es un agravio consciente a un colectivo profesional, injustificable, incumplidor de los compromisos a que se obligó el Ejecutivo ante Bruselas y perfectamente cuantificable, en pérdida de oportunidades, perjuicios económicos concretos y negación persistente de un derecho adquirido. Por asuntos menos importantes para la economía se ha llevado ante los tribunales de justicia, españoles y europeos, al Gobierno de España, a titulares de Ministerios y a funcionarios concretos que, a sabiendas, han ignorado su obligación de proteger, con la diligencia debida, el interés público y el de colectivos afectados por su negligencia.

http://www.change.org/es/peticiones/min-de-educaci%C3%B3n-regular-la-categor%C3%ADa-profesional-de-los-ingenieros-anteriores-a-plan-bolonia-al-nivel-7-en-el-marco-europeo?share_id=cECVlpMhDU&utm_campaign=friend_inviter_chat&utm_medium=facebook&utm_source=share_petition&utm_term=permissions_dialog_true

Publicado en: Actualidad, Política, Sociedad, Universidad Etiquetado como: Administración, Bolonia, Carlos del Alamo, demanda, denuncia penal, Elena de Vicente, EQF, homologación, IIE, ingenieros, Jesús Rodriguez Cortezo, licenciados, Manifiesto, Manuel Moreu, master, nivel 7, perjuicio, profesionales

Regeneración o trasplante

15 julio, 2014 By amarias Deja un comentario

Empiezo este Comentario felicitando a Pedro Sánchez Pérez-Castejón, aunque me apresuro a puntualizar que él sabrá porqué, porque yo no estoy tan seguro de que su nueva andadura política le vaya a deparar satisfacciones.

El aún considerado partido mayoritario de la oposición al Gobierno del aún tenido por partido representante de la mayoría del pueblo español, lo tiene crudo. En la deslucida «campaña» para hacerse con el puesto de Secretario General del PSOE, luego de la renuncia del profesor Alfredo Pérez Rubalcaba, tanto Pedro Sánchez -la eliminación del apellido materno dota a su nombre de una connotación más popular, casi anónima-, tanto él como los otros candidatos han puesto el énfasis en la «regeneración» del partido.

Con casi 200.000 afiliados, de los que aproximadamente un 30% manifestaron su apoyo al nuevo responsable de fijar la estrategia electoral del partido que fundó Pablo Iglesias («¡el bueno, el nuestro!», en la desafortunada, pero espontánea innecesaria matización de Sánchez en declaraciones surgidas cuando defendía su postulación), el PSOE está necesitado, como nunca de un cambio de rumbo.

Lo demandan sus actuales miembros con carné, lo exigen los que aún se consideran simpatizantes y lo proclaman a gritos, desde su hipotética mayoría silenciosa, quienes están convencidos de que hay que encontrar una nueva vía para la social democracia, porque el paquebote en el que se refugiaban los ideales de cambiar, «moderadamente», la sociedad española, hace agua por tantos sitios que ha sido abandonado masivamente por quienes en algún momento confiaron en que su ideario, cada vez más imaginario que plasmado en hechos, pudiera servir para mejorar la situación del país.

Si estuviera en la piel de Sánchez -lo que hago como simple ejercicio de no buscada complicidad- me preocuparían, ante todo, dos cosas: robustecer el partido poniendo en primera línea a los miembros más activos en sostener una recuperación de principios ideológicos y, aún más importante, lanzar un mensaje muy claro de comprensión y complicidad hacia quienes no militan, pero son imprescindibles para que su voto otorgue la mayoría con la que gobernar el país.

Son dos operaciones muy difíciles aunque, por fortuna, encajables la una en la otra, como un par de matriescas rusas. Son difíciles porque surgen de la necesidad de revisar un esquema agotado, estéril para la actual socio-economía. Los viejos postulados socialistas -ya tantas veces revisados desde la cúpula- no son atractivos para la inmensa mayoría, al menos, no para que movilicen un voto favorable.

El sostenimiento de un estado de bienestar, como el que sirvió para encandilar a quienes no hicieron bien lo números ni supieron apretar las clavijas a los más beneficiados por una economía de mercado desbocada, resulta ahora imposible, por lo que hay que detectar muy bien los ajustes que tienen que ser, circunstancialmente, asumidos desde la izquierda, y plantear, aún mejor, los sacrificios que deben ser soportados, no por los que menos poseen, sino por los que siguen acumulando plusvalías.

Regeneración no puede significar, por ello, confiar en que baste plantar un esqueje extraído del tronco vegetal, y regarlo con nuevos rostros y el ardor que se supone en la juventud no mancillada ni por la corrupción ni por el desánimo. Hay que trasplantar lo que parezca más consistente y sano, y fertilizarlo con ideas que solo pueden surgir de un debate amplio, en el que participen -¡ay!- no solo los militantes, sino los simpatizantes, e incluso (tal vez, sobre todo) los que han dado la espalda al partido que aún confía en su fuerza para ganar la mayoría.

Es un momento interesante, desde luego, aunque no me parece todavía apasionante. Encuentro que la edulcorada campaña no ha conseguido despertar emociones y que al elegido por esa minoría de militantes -insuficiente para evidenciar el arrebato de satisfacción ante una nueva etapa- le falta concreción en lo que está decidido a proponer como programa.

Lo tiene difícil. El trasplante es imprescindible. Si no consigue que el Partido Socialista Obrero Español encaje con los Partidos Socialistas europeos más eficientes -desprendiéndose de obrerismos sin razón de ser y trascendiendo de españolismos para universalizarse-, seremos testigos de una hecatombe de lo que Pablo Iglesias (¡ni el bueno, ni el nuestro!) pergeñó para otro momento de la Historia de España, arrumbado, confiemos, para siempre.

 

Publicado en: Actualidad, Política, Sociedad Etiquetado como: elecciones, europeo, Pablo Inglesias, Pedro Sánchez. PSOE, Rubalcaba, Secretario General, socialismo

Técnica y filosofía

14 julio, 2014 By amarias Deja un comentario

Desde hace varios (malos) planes de estudio, los ingenieros no estudian filosofía, por lo que se están quedando in albis sobre una cuestión, para mí, fundamental: técnica y filosofía forman parte de un tronco común, y no uno cualquiera: aquel por el que discurre la savia que justifica nuestra existencia.

Al referirme, de forma tan genérica, a «técnica» y «filosofía», debiera matizar de inmediato que me refiero a la historia que registra la evolución de estas dos maneras de avanzar en el saber. Desde allá donde tenemos noticia de la presencia de alguien identificable como «ser humano», ha quedado constancia de que unos pocos miles de congéneres se han preocupado, tanto de aprovechar la capacidad de descubrir métodos de hacer cosas -algunas se revelaron muy útiles para mejorar las condiciones de vida-, como la capacidad de imaginar que existían relaciones lógicas o, por lo menos, estadísticamente predecibles, entre los seres y los objetos.

Pues bien: nada me resulta más satisfactorio, a nivel intelectual, que encontrarme identificado -con las comprensibles distancias de calidad y resultados- con aquellos excelsos científicos que hicieron del método filosófico su mejor instrumento de trabajo, ya fuera en el laboratorio, en el taller o en la obra que se encontraron dirigiendo.

Recuperar el ansia de saber algo de lo que aún no se sabe, y conocer mejor lo que ya se cree saber, enlazando las piezas del rompecabezas revuelto que tenemos extendido ante nosotros, y en el que seguramente se nos han hurtado varias piezas esenciales -pero, ¿y i no fuera así?- es inexcusable. Para toda sociedad y, en particular, para el entorno que tenemos más próximo, y que se auto considera parte del mundo desarrollado.

Los técnicos, en especial, quienes se dedican a la investigación -no le pongo ningún adjetivo, ni siquiera la de «aplicada»- tienen en el análisis de la materia, un inmenso y atractivo campo de trabajo: desde la nanotecnología -y más adentro-  hasta el gran espacio fuera de la Tierra -y más allá-, en el que concretar las elucubraciones filosóficas sobre el cosmos y su fundamento.

Los filósofos más fecundos en aportar ideas de la formación de la razón y el ser, han tratado -no diría que por su parte. sino, junto a esos otros que consideramos investigadores de la materia- de explicar mejor por qué somos y de esta manera, y para qué somos y cómo podríamos aumentar nuestra sensación de conocer mejor lo que pasa por nosotros.

Hay, en efecto, una mística en este proceso de hacer evolucionar el saber, del que la mayor parte de la Humanidad, por obvias limitaciones, podemos ser únicamente aprendices de lo que otros descubran, seguidores de lo que los más sagaces propongan, devotos de quienes pongan más énfasis o más intensidad en participarnos sus credos.

No me cansaré jamás de estudiar lo que dicen los filósofos, ni dejaré de admirar lo que consiguen los que consiguen transmitir, con la técnica que se va dominando, que avanzamos en el camino de penetrar en el misterio de lo que estaba al margen de nosotros, para hacerlo nuestro.

Es una historia fascinante, que a veces parece estar solo en sus comienzos y otras, que se está a punto de alcanzar el instante mágico, solemne en que todo se nos desvele, descorriendo la cortina que nos haga entender, a un tiempo, lo que somos y lo que podemos ser si nos desprendemos del nosotros.

Publicado en: Filosofía, Sociedad Etiquetado como: filosofía, técnica

No me abstengo

13 julio, 2014 By amarias Deja un comentario

Me parece preocupante que crezca el número de los que se abstienen. En las votaciones para decidir sobre cuestiones políticas o económicas, incluso muy relevantes, me he preguntado siempre qué significado exacto reside detrás de la abstención ante un tema de importancia.

Entiendo que no puede ser interpretado como «no me interesa en absoluto lo que se debate» y sería pernicioso igualmente identificarlo con «me da lo mismo que se haga lo que se haga, todo me parece bien». Particularmente demoledor sería atribuir al que se abstiene la opinión de que «como el sistema está corrupto y dominado por intereses que no comparto, ni siquiera con los que están en contra de la propuesta, me declaro al margen».

Sospecho que una buena parte de los que se abstienen, al menos en las votaciones normales de nuestra vida corriente y moliente, lo hacen para no enseñar su posición, esto es, para no comprometerse. Si la votación es a cara descubierta, y puede identificarse al autor de la opinión o juicio, el número de los que se abstienen, crece.

Me ha intrigado, desde que era niño, el silencio de los que callan su opinión sobre lo que se debate. ¿Por qué están allí, si aparentemente, no les interesa lo que se dice? ¿Para aprender, para vigilar a otros? ¿Tal vez para informar a alguien que no quiere aparecer visible, actuando como sus confidentes o espías, dispuestos a proporcionar munición a un poderoso ausente contra el que se ha expuesto, al decir lo que piensa?

En las reuniones, cuando me tocó y toca dirigirlas, procuro animar, especialmente a los que parecen más retraídos, a que se manifiesten. Generalmente, me encuentro con un regalo producto de ese empeño: los que guardaban silencio, son quienes tienen las opiniones más interesantes, las ideas más novedosas.

En cambio, los que hablan mucho, acaparando los espacios, raras veces tienen algo nuevo que aportar o decir.

No te abstengas. Habla. Y, después y en todo momento, escucha. Sobre todo, a los que callan. Y desentraña las causas de su silencio.

Publicado en: Cultura, Sociedad Etiquetado como: abstención, debate, discusión, reunión, silencio

Bien común, males corrientes

12 julio, 2014 By amarias Deja un comentario

Voy a empezar mal: no se lo que es el bien común. Tengo, sí, una idea genérica de que el término debe relacionarse con aquello que no puede ser legítimamente apropiado por nadie y su explotación y rentabilidad solo debería servir para mejorar la situación del conjunto de los seres humanos, y no de unos pocos. Pero si quiero avanzar algo más, precisar lo nuevos elementos que aparecen en la hipotética definición, me voy complicando cada vez más.

Su plasmación concreta como objetivo universal entremezclaría la negación de la propiedad particular de las materias primas, incluida la tierra, y de los sistemas de producción de bienes y servicios, cuando su utilidad pública fuera superior a la conseguida con la explotación privada.

Implicaría, por supuesto, el reconocimiento de una serie de derechos inalienables para individuos y grupos, que situasen en claro régimen de igualdad a todos los seres humanos y que no precisasen ser reclamados para ser ejercidos. Y, como contrapartida natural, supondría la satisfacción de varios deberes que tampoco necesitarían expresarse, pues descansarían en universales fundamentos deontológicos, sin discusión ni réplica admisibles, siendo su prestación, en sí misma, motivo de satisfacción.

Recurro a la ética, a la filosofía, a la economía o a la sociología, y encuentro múltiples intentos de definición de lo que es el «bien común», de los que no me convence ninguno. Demasiadas peticiones de principio, gran confusión de términos y conceptos abstractos para un fin tan preciso, limitación de aplicaciones a sectores y, por tanto, faltos de orientación general. Concluyo que nadie sabe qué es concretamente el bien común o, en caso de que lo supieran, no han sido hasta ahora capaces de expresarlo de forma clara y concluyente.

En cualquier caso, constato que el bien común, como objetivo, no es una preocupación universal, por lo que cabría negar su existencia física y, posiblemente, hasta su atractivo metafísico. La Historia no refleja que «lo común» haya sido preocupación de los pueblos y personajes dominantes (al contrario: ha sido «lo local» o «lo particular» lo que primó y prima).

El menosprecio generalizado a filósofos, místicos e investigadores científicos, que son vistos -fuera de ciertos pináculos- como una singularidad de la especie, más bien estrambótica, y no como recurso genético al que potenciar sin límites, confirmaría también que el discurrir ideológico de la Humanidad no considera siquiera de interés detectar o fijar un objetivo universal, aquello que, de ser alcanzado, supondría, por excelencia, la generación sistemática del «bien común».

Por eso, cuando lei que Christian Felber, el laureado fundador del movimiento Attac, tenía publicado un libro sobre «La economía del bien común» (Edit. Deusto, 2012) me apresuré a comprarlo. El modelo económico propuesto por el autor, según la portada de la edición, «supera la dicotomía entre capitalismo y comunismo para maximizar el bienestar de nuestra sociedad».

Voy a seguir peor de como empecé este comentario: no entendí casi nada de los consejos que ofrecía Felber para que la sociedad global (así me obligué a entender el apelativo de lo que llama «nuestra») diera un salto categorial sobre los dos sistemas económicos más conocidos, que, hasta el momento, solo han probado su persistente intención de conducirla hacia su extinción, por la vía de una guerra universal de todos contra todos.

Si fuera por el capitalismo, del que el ilustrativo juego del Monopole es su modelo en miniatura fidedigno, el objetivo a perseguir sería que, al final, sobre el tablero de los recursos e intereses, uno solo o unos pocos se hayan hecho con todo, y los demás, se apañen con las ganas. La búsqueda del máximo beneficio individual, a la largo de la Historia, consolida élites cada vez más poderosas.

Si fuera por el comunismo, del que el cristianismo primitivo es su doctrinario ideal y la dictadura soviética o el chavesianismo bolivariano simples aberraciones populacheras, se llegaría, por métodos ni más ni menos deplorables si los juzgamos por sus efectos conocidos, a que, a la postre, unos pocos se quedasen con todo, y los demás, con las ganas. Los que juzgan, nunca se sancionarán a sí mismos y los que se benefician de su actuación, jamás se rebelarán contra ellos y, si alguno lo intentara, será rápidamente represaliado.

Que la primera fórmula haya probado mayor habilidad en alcanzar su culminación, dilatando el momento de su triunfo final y enmascarando los logros parciales con reparto de limosnas a los más agradecidos, no debería contar a su favor: el «bien común» no puede identificarse con el deseo de acumular, sin límite, poderes y bienes para ponerlos al servicio y administración de unos pocos egos.

En ambos sistemas, sin embargo, la falacia brutal que es el bien común es el objetivo perseguido teóricamente. Está en los idearios, porque mentarlo supone tranquilizar a los que son avasallados y salvar las apariencias. Las democracias capitalistas y las neoliberales lo persiguen. Los fascismos, dictaduras, gobiernos despóticos, democracias orgánicas e inorgánicas, teocracias y aristocracias, también. Los regímenes comunistas, socialistas, comunas, etc. por supuesto. Todas las organizaciones conocidas entronizan el bien común y dicen respetarlos. Como no se sabe lo que es, no hay riesgo en que alguien objete que lo que se pretende sea una quimera. En todo caso, a nadie preocupa que el «bien común» no sea sinónimo de «bien universal».

Felber, en su librito, presenta varias opciones de lo que podemos entender, lisa y llanamente, como simples fórmulas cooperativas. En España tenemos una experiencia reciente, muy documentada y prácticamente exhaustiva de cómo acaban, tarde o temprano, las cooperativas: con sus miembros a la greña, las subvenciones perdidas, las naves que se construyeron con dineros públicos y la maquinaria y equipos que sirvieron a la ilusión de los primeros momentos, abandonadas o, en los mejores casos, arrendados o cedidos a un ex-miembro.

Hay características comunes a las propuestas del filósofo-sociólogo austríaco: su elementariedad. Se centran en el sector agropecuario, en los servicios básicos o en la fabricación de productos de primera necesidad. Deja al margen el sostenimiento de sistemas complejos y pretende crear islas de producción y consumo, comunas o guetos a los que aglutinaría una excepcional capacidad de sacrificio y la autolimitación para obtener beneficios del mercado.

Nada nuevo bajo nuestro sol hispano. Las cooperativas han tenido mucho predicamento entre nosotros.

¿Por qué no funcionan, cabe preguntarse? ¿Por qué estoy petulantemente convencido de que no funcionarán? Por algo muy sencillo: los que reciben aquello que no tienen, aceptan encantados el modelo, sea el que sea y, mientras mantengan el estado de necesidad, serán exigentes con el cumplimiento de lo que se previó. Los que aportan más -más trabajo, mayor formación, más capacidad, quizá, incluso, más capital o más bienes- desearán recibir más y, salvo que estén optando a figurar en el santuario o en el martirologio, lo reclamarán, o dejarán de rendir como se esperaba de ellos. Puede que la relación de 1:6 o 1:10 en los salarios sea la adecuada para señalar y recompensar las diferencias, pero mientras no se resuelva qué pueden hacer con los excedentes, la cuestión capital quedará sin resolver: ¿cuánto estarían autorizados a vivir mejor? ¿se toleraría la transmisión hereditaria? ¿quién califica la calidad de las aportaciones, y con qué  baremos?

No sé definir satisfactoriamente lo que es el bien común, pero no soy un descreído, ni me rindo tan fácil. Bienes comunes son, desde luego, la biodiversidad, el medio ambiente, … están vinculados a derechos individuales e inalienables, pero no solo: saber leer y escribir y poder situarse en el sendero del saber más y mejor, libertad de desplazamiento y ubicación en un territorio, tener alguna descendencia y que crezca sana y a la que se pueda dar la seguridad de que su futuro será mejor que el presente, disponer de acceso a alimento, agua potable y satisfacciones que justifiquen la calidad de la propia vida, contar con fuentes de energía y calor para protegerse del frío o de las temperaturas extremas, acceso libre y gratuito a los fármacos que hayan supuesto la erradicación de cualquier tipo de enfermedad contagiosa o epidemia, contar con un mínimo de trabajo y de forma regular, que garantice, no solo la existencia, sostenimiento y goce de toda familia, sino la satisfacción de sentirse útil frente a los demás y, en particular, la colectividad más próxima, vivir en paz, sin riesgo de ser atacado en la intimidad ni forzado a actuar contra otras colectividades ni a infringir cualesquiera derechos universales…

¿Sigo? Christian Felber apela a la solidaridad universal, a la eliminación de la competencia con el objetivo de acaparar, a la creación de Bancas (rehúye el término entidades financieras) que presten dinero sin interés -conseguido por ahorros cedidos por bienaventurados- y midan su eficacia en términos de ética, a la implantación de una renta básica universal…Bastantes de esas ideas las hemos visto replicadas en las intervenciones de los portavoces de ese movimiento con bases libertarias, elegantemente utópico y de incuestionable atractivo para descontentos, que es Podemos.

Si fuera bastante más joven y estuviera menos escaldado en mis sensibilidades, seguramente escribiría que me encantan las ideas de Felber, poyadas por Stéphane Hessel por Jean Ziegler, por Juan Carlos Cubeiro (que escribe el Prólogo de la primera Edición española)…Me siguen gustando, pero no me seducen. Frente a la perspectiva del bien común, difusa e imperfecta en sus contornos, están los males corrientes. A esos, los distingo claramente.

Habrá que seguir investigando. De la teoría a la práctica, sigue habiendo mucho trecho. Demasiado para saltarlo de golpe y, menos, alardeando de «mostrar el camino hacia una economía en la que el dinero y los mercados vuelvan a servir a las personas y no al revés» (Jakob von Uexküll). Por eso, con respeto, pero con escepticismo crítico formulo mi respuesta actual:

No entiendo lo que me dice, pero por si, debido al ruido ensordecedor, el problema es acústico y no de lenguaje, ¿me lo repite?

Publicado en: Ambiente, Empresa Etiquetado como: Attac, bien común, Cubeiro, Felber, mal corriente, Podemos

El encanto melancólico del deterioro

11 julio, 2014 By amarias Deja un comentario

Quiero empezar con una, posiblemente, innecesaria puntualización. Por deterioro, recupero su significado genuino: progresiva degradación de algo, menoscabando su categoría, para situarla en inferior condición. La distingo, por ello, de la ruptura del objeto, de la destrucción que lo hace inservible para cumplir su función. Lo deteriorado aún sirve, solo que cumple con peor rendimiento el fin para el que fue imaginado, trampeándolo.

La ausencia de reposición de lo dañado, como consecuencia de la disminución del poder económico de quien es propietario, o, puede ser, de su desidia o conformismo, sostiene la situación de servicio deficiente hasta que, finalmente, el asunto se rompe de cuajo y ya no se puede continuar con su uso, ni siquiera utilizando el mejor de los pegamentos.

Los técnicos hablamos de la vida útil de una instalación o equipo, que es una manera elegante de fijar un tope a la obsolescencia admisible, producida por el envejecimiento y el uso. Se podría seguir empleándolo un tiempo, pero cambia su fiabilidad y rendimiento: las características son otras.

El responsable del menaje casero aguanta, en el hogar, con los cacharros escachados hasta que, por fin, puede renovar la vajilla, mandando las tazas y platos fisurados al cubo de la basura (léase, para tranquilizar la conciencia de reciclantes, al punto limpio más cercano). Es otro ejemplo.

Genéricamente hablando, nos encontramos viviendo una situación de deterioro global. Al moral, al político, al económico y social, se nos añade, como una pátina, el deterioro del ánimo, que paliamos ingenuamente con la presunción de que, aunque nada es como solía, aún podríamos aguantar con la carga un tiempo más. Como en el cuento del caballo percherón, vamos poniéndole encima más y más peso, confiados, hasta que el soporte se nos desfonde.

Tenemos cinco o seis millones de parados -no los he contado, y tampoco sé bien cómo otros hacen el cómputo-. Es preocupante, pero lo vemos como un deterioro. Nos preocuparía más si los hubiéramos provocado de golpe, pero la crisis anduvo creciendo al disimulo, socavando entre palabrerías y falsos arreglos, con tipos muy serios alardeando de que todo estaba controlado, convenciéndonos de que las estructuras seguían sólidas.

En el sendero del deterioro, tenemos una juventud desorientada, ayuna de perspectivas de futuro feliz. Pretendemos ser capaces de controlar el desaliento colectivo ofreciéndoles títulos de papel, mini trabajos basura y abriéndoles puertas para que se vayan con el petate a otros lugares («os esperaremos al volver», les mentimos). Para preservar el menaje, mandamos (mandan) cada vez más policías, armados con porras y escudos anti-sensibilidad, para que contengan a los más rebeldes que, sin menos razón porque la expresen a gritos, exigen cambios drásticos, agrupándose en los lugares donde se cuecen las habas colectivas.

Tal vez en las altas instancias -no voy a detallar: el deterioro cunde por doquier- haya quienes crean que la degradación es asumible, que  los instrumentos pueden aún cumplir su función, y que solo es cuestión de aguantar, sirviendo en los mismos platos hoy despanzurrados, el cocinado cada vez menos sápido, empeñados en darle los mismos nombres que tenía.

No lo creo así. La falta de renovación, el conformismo ante lo que ya no sirve para cumplir bien con lo que antes nos valía, el empecinamiento en sostener viejas ideas vistiéndolas con oropel para disimular su decadencia, alimenta otra cosa: el melancólico recuerdo que mantenemos algunos de los tiempos en que estrenábamos vajilla, ilusión colectiva, ganas frescas, explorando lugares en donde desarrollar la capacidad para dedicarnos a una tarea cuyo propósito era lograr que no faltase a nadie vituallas en su mesa.

Pero del recuerdo no se vive; la añoranza, entorpece y, al que no lo vivió, le desconcierta e irrita.

Si la crisis nos ha dejado sin posibilidad de recambiar la vajilla, no hagamos culpable al menaje del deterioro, sino al mucho o mal uso que tuvo.

Como hacían las amas de casa en la postguerra, si no hay dinero para dispendios, aprovechemos bien lo que tenemos. Ocupen los lugares en cocina quienes no duden en recorrer de cabo a rabo y a diario los mercados, compren con lo que haya en la faltriquera común de forma tal que llegue y alimente a toda la familia. Sacando valores al condumio a base de poner tiempo y destreza en los fogones, suplan con imaginación la forzosamente reducida variedad de los menús, incorporando los ingredientes calóricos que sirviendo de sustento, sean a la par más sustanciosos, y que lo hagan de forma trasparente, rindiendo cuentas, sin hurtarnos dineros.

Poniendo, claro está, para potenciar el sabor del potaje, sal, especias, cariños, devociones. Que no valdrán para alimentar el cuerpo, pero qué caramba, dan consuelo.

Publicado en: Actualidad Etiquetado como: cambio, cocina, cocinero, deterioro, ilusión, ingredientes, melancolía

Me gusta

10 julio, 2014 By amarias 2 comentarios

Nos estamos idiotizando a pasos agigantados, y, lo que es más singular, no parecemos ser conscientes de ello.

Nos hemos hecho capaces de manifestar con un «me gusta» (un simple teclear instantáneo en ese lugar que nos ofrece Facebook para calificar sin compromiso el comentario de ese amigo virtual al que quizá no conocemos ni de vista y que, desde su soledad, nos ametralla en el ipad con los disparos de su no diagnosticada psicopatía), nuestra confusa impresión personal ante cualquier noticia. Ya sea la muerte de setenta iraquíes por una bomba suicida, la frase teóricamente genial y falsamente atribuida por las redes a un personaje cuyo nombre nos suena de algo o una disquisición razonada sobre la conveniencia de utilizar un lenitivo para aligerar el vientre colapsado, por poner ejemplos a lo que circula a rienda suelta, por las redes

Esa dejación de interés no tendría, después de todo, mayor importancia, si no se correspondiera coherentemente, con otros síntomas terribles. No somos capaces de concentrarnos en la lectura de ninguna información que no sea intrascendente, hace años que no leemos un libro desde la primera página a la última, y, siguiendo en esa línea, de los vecinos no nos interesa más que el que no causen ruidos por las noches. y nos hemos hecho tan insensibles que solo lloramos cuando nuestro ídolo futbolero falla un disparo a puerta que era gol cantado.

Me produce estupor, pero me encaja con el tono vital de nuestra sociedad en estado de colapso catatónico, el que un flamante secretario de la OCDE -Angel Gurría, «diplomático» mexicano con un título en Economía por la Autónoma de México- afirme, sin que nadie le haga tragarse sus palabras a gorrazos (1), que nuestros titulados universitarios están al mismo nivel formativo que un estudiante de segunda enseñanza de Japón.

Debe tener que ver con la dejación con la que contemplamos, impertérritos, que nuestras instituciones más preciadas se han emponzoñado hasta las corvas con los males apocalípticos de la corrupción, la incompetencia feroz y la desidia. Puede que esté relacionado ese mal con este otro, que nos hace sentir incapacidad al tiempo que apatía, mientras apartamos al paso pedigüeños y parados, y oímos expresar, con los mismos argumentos, que estamos saliendo de la crisis o profundizando en ella. Puesto que faltan soluciones, los alibis sirven a ambos lados.

En fin, que no me gusta, para entendernos. Y, adelantándome a que el lector, descartando llegar hasta aquí y haciendo como que me sigue, me regale con un su «me gusta» lo que he escrito, quiero que sepa que lo interpreto como es debido: está atrapado también por la indiferencia con la que nos hemos acostumbrado a mirar, sin ver, lo que tenemos enfrente y a los lados.

—

(1) Lo hizo en un Foro conscecuente: estaban presentes el Presidente del Consejo de Rectores de la Universidad española (CRUE), Manuel López, el Rector de la Politécnica de Madrid, Carlos Conde, el Secretario de Estado de Universidades, Federico Morán, con ocasión del demoledor Informe Anual (2013)  de la Fundación Conocimiento y Desarrollo, dirigido por Martín Parellada y patrocinado por el Banco de Santander. Fue el 6 de julio de 2014.

Publicado en: Actualidad, Sociedad Etiquetado como: desgana, Facebook, Gurría, ignorancia, indiferencia, líquida, me gusta, México, opinión, sociedad

¡Por Dios!

9 julio, 2014 By amarias Deja un comentario

Israelíes y palestinos se encuentran de nuevo enzarzados en una escalada de violencia de un conflicto que no tiene solución, porque no es cuestión de diálogo, sino de principios. Y cuando los principios son inamovibles, de poco vale que los que asisten a la exhibición de intransigencia exhorten a que se pongan de acuerdo los que se confrontan.

El antiguo responsable de Asuntos Exteriores de la Unión Europea, Javier Solana, actualmente Presidente de EsadeGeo (Center for Global Economy and Geopolitics), ha expresado que ese nuevo incidente en las estériles relaciones de ambas colectividades, «no conducirá a nada», lo que ha de interpretarse, no como una frase diplomática, sino como una conclusión nacida de su amplia experiencia en asistir a empecinamientos políticos, tratando de mediar entre quienes tienen clara su voluntad de no entenderse.

¿Por qué ha de ser así? Existen, como un análisis elemental puede poner de manifiesto, discrepancias religiosas, que solo pueden servir a los que creen todavía que la religión es un fundamento y no una excusa. Los judíos se creen descendientes de Isaac y los musulmanes pretenden serlo de Ismael, los hijos mitológicos de Abraham, habidos, respectivamente, con su esclava Agar y con su esposa Sara, y a los que Jehová, o Alá, en tiempos en los que los dioses hablaban con los humanos, encomendó de manera suficientemente oscura la construcción de la genealogía para su futura encarnación en el descabellado propósito de darse un paseo por nuestras miserias, sellando ese pacto con una acción realmente singular, es decir, estrambótica: ordenando que se cortara el prepucio a los descendientes varones.

No voy a adentrarme más en la narración bíblica, salvo para recordar sin mayor énfasis que uno de los hijos de Isaac fue Jacob (Israel), que tenía un hermano gemelo, Esaú, al que le gustaban mucho las lentejas y con el que compartía, al menos, un exagerado carácter pendenciero, pues peleaban ya desde el seno materno.

Poco que ver el cuento divertido con la complicada historia geopolítica que se tejió en torno a Palestina, aunque se podría adivinar por él, pero no justificar, los cientos de años de esclavitud y persecución que sufrieron los judíos, ni se encontrarán atisbos del juego descarado al que se sometió por las llamadas potencias occidentales, el territorio del cercano Oriente, ni hay preludios del genocidio nazi durante la segunda guerra mundial y, mucho menos, del estrambótico reconocimiento como nación de Israel, dándole un trozo de la tierra prometida, fabricando un parche sin futuro en una zona rodeada por musulmanes. Hay tanto escrito sobre la cuestión que es imposible resumirlo y no menos difícil, comprenderlo.

Los israelíes han conseguido, con la ayuda de los Estados Unidos, convertirse en una potencia militar, capaz de mantener a raya a los países árabes que la circundan y, no solo eso, apta para aventurarse en incursiones bélicas gracias a las cuales ha ido ampliando el espacio de su asentamiento. Los palestinos, empujados a una mísera dependencia económica del próspero estado israelí, -adobados también, por su parte, pero en mucha menor cuantía, con circunstanciales ayudas norteamericanas y subvenciones de subsistencia surgidas de aquí y de acullá-, se han convertido en un pueblo empobrecido, dividido y aislado: sus razones se ven como apestosas, su resistencia, inútil, las discrepancias entre sus líderes forman parte del folclore mundial, y, lo que es gravísimo, sus derechos -a la libertad, a la tranquilidad, a la construcción de una economía autosuficiente-, son ignorados sin despertar el menor sentimiento de culpabilidad ajena.

Los hechos recientes no son más que una consecuencia de algo que, en 1938!, la clarividente pensadora judía Simone Weil, inteligente cosmopolita renegada de sus raíces semíticas, ya veía como la prolongación de la sempiterna conflagración por hincar banderas en ese territorio estratégico.

Para Israel, atento a cualquier excusa, el asesinato de tres adolescentes judíos atribuido -de forma poco creíble- a miembros de Hamás, justifica hoy las represalias, el lanzamiento de misiles sobre Gaza, e incluso la movilización de 40.000 reservistas «dispuestos a defenderse» de quien no tiene capacidad de ofensa suficiente. Es decir, los dirigentes israelíes se declaran dispuestos a invadir otra vez las tierras que añoran como expansión de su Estado consentido.

David esgrimiendo la honda frente a otro David armado con torpedos de cabeza atómica y cohetes antimisiles.

¡Por Dios! ¿No seremos capaces nunca de contener los impulsos destructivos de la especie humana contra sí misma, allí donde afloren? ¿A qué necesitamos apelar, no para entendernos -en Israel y Palestina como en cualquiera de los múltiples lugares del planeta Tierra en donde la Humanidad se está destruyendo a sí misma, apelando a la religión, es decir, a la economía y a la ambición de unos pocos, escudada en designios de Aquel que, cuando le hacen hablar, los que no estamos en la procesión no sabemos interpretar lo que quiere decir?

¿O es que no hay quien, como yo -y otros que tienen más elementos que yo para analizar lo que nos pasa- entienda que hay que dejarse de una vez por todas de hacer atribuciones fuera de nuestra capacidad de actuación, y reconocer que mientras los que dirigen lo sustancial de lo que nos tiene que pasar sigan, en realidad, adorando a Belcebú-dinero, no tenemos solución?

Aunque momentáneamente parezca a los que las promueven y a los que creen obtener beneficio de aplastar a otros, tantas guerras y guerras, …no conducen a nada.

Porque nada es destruir lo creado por nosotros, una y otra vez, hasta que sea la última.

 

Publicado en: Actualidad, Internacional, Sociedad Etiquetado como: conflicto, guerra, Hamás, historia, Israel, judíos, palestinos, Solana

Start-puff a la española

8 julio, 2014 By amarias Deja un comentario

La indignación ante la lectura de los múltiples comentarios relativos a la caída de Icaro Jenaro García, ex- CEO de Gowex y modelo hasta hace pocos días de emprendedor de éxito hispano, llevado de aquí para allá como atleta de la invención por los teatrillos de las vanidades públicas, no debería impedir controlar un riesgo mayor: la posible pérdida de credibilidad de los datos que se manejan de las empresas innovadoras españolas y de las auditorías que, teóricamente, servirían para controlarlos.

Explotada la burbuja made- in-Jenaro García, es urgente mirar, no hacia el fuego en donde desaparecen los trastos del ídolo tumbado, sino hacia el milagroso campo de cultivo tecnológico en donde se afanan centenares de honestos empresarios y trabajadores, en la dura labor de poner en pie proyectos novedosos en el pedregal científico, financiero y asociativo de esta España del siglo XXI que arrastra formas y modos malignos del pasado.

Porque el nombre de start-ups no está contaminado por ese presunto acto delictivo protagonizado por los gestores de Gowex y, posiblemente, sus auditores. Sigue formando parte de la solución. La indignación por la desfachatez y la falta de honradez de quienes han peinado las cifras de negocio, ocultado información de cómo iban las cosas, multiplicado por diez la facturación real y por infinito los beneficios inexistentes, imaginando un negocio ejemplar donde había una estafa piramidal, no debe perturbar la mirada alentadora hacia un amplio grupo de inocentes, que corren, sin embargo, el riesgo de ser juzgados y condenados a la trágala como consecuencia de la caza de brujas que se ha levantado contra las start ups españolas.

Dicen ahora algunos que lo de la trampa se intuía, que los que habían hurgado en el misterio de su éxito sospechaban que los pies eran de barro y las alas de fantasía, y que no se puede hacer negocio ofreciendo todo gratis, aunque sea en el caprichoso mundo virtual de las ciudades inteligentes pobladas de gentes, por lo que se va sabiendo, cada vez más estúpidas. Aventuran incluso, puestos a elucubrar, que Jenaro es un mentiroso convulsivo, que se inventó la mayor parte de su existencia. No sé. Como no me creo que una estafa monumental se construya en solitario, veo detrás, y al lado, y quién sabe si por encima, más rostros sin nombre todavía, tejiendo la red para cazar inversores incautos con la carnada de las subvenciones y diplomas públicos.

En todo caso, el perjuicio al rebaño de start-ups españolas, en el que se habrá colado, por qué no, como en todo redil, alguna otra oveja negra, no tardará en conocerse. El Informe de Gotham, del que sorprende la simplicidad de la investigación en relación con la contundencia de la conclusión, pone de manifiesto que es posible combinar mentiras, ambición y credulidad para generar un monstruo sin pies ni cabeza y que no sea descubierto por los que no miran más allá de sus narices complacientes.

La credibilidad de las empresas españolas que están centradas en poner en marcha aplicaciones en las nuevas tecnologías es la que tiene que defenderse con todas las herramientas al alcance. A Jenaro García y los que confiaron en su palabrería, o la alentaron, que los defiendan sus abogados en los Tribunales de Justicia.

Publicado en: Actualidad, Economía Etiquetado como: estafa, Gotham, Gowex, Jenaro García, puff

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