Al socaire

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Cuento de verano: La cadena humana

13 septiembre, 2013 By amarias2013 Deja un comentario

En el reino de Valgamedios las infraestructuras eran muy modernas y formaban una red de calzadas reales, principescas, nobiliarias y plebeyas que era considerada la más completa del orbe. De haber sido considerado un país atrasado, el país podía recorrerse ahora de cabo a rabo en un periquete, utilizando las más variadas alternativas, tanto por tierra como surcando las aguas e incluso, si se me permite tal licencia respecto a la época en la que sitúo esta historia, por aire.

¿Cómo habían llegado a tal situación? Gracias a que algunos de los reinos vecinos, más desarrollados tecnológicamente, propietarios de sofisticados procedimientos para dar palos al agua, y que no es cuestión ahora de desarrollar, les habían convencido de su gran capacidad de endeudamiento.

-No os preocupéis de pagarnos ahora. Ya lo haréis más tarde. Lo importante es que os pongáis a nuestro nivel y, por supuesto, que utilicéis nuestra técnica, que ponemos a vuestra disposición si pagáis los correspondientes royalties.

Así lo hicieron. Se endeudaron hasta las cejas, presos del gusto inenarrable de ver crecer los caminos, aumentar los puentes, proliferar las edificaciones, los estadios para juegos, los centros de investigación y hospitales mejor dotados de equipos del mundo, (y de uso tan complejo que muy pocos sabían para qué servían), las zonas de recreo infantiles y, a la espera de que se utilizaran, terrenos destinados a parques industriales, ocupando las zonas más fértiles del reino.

Picapedreros, albañiles, maestros, oficiales, arquitectos e ingenieros reales, mesoneros y palafreneros, cualquiera de las múltiples profesiones que ha imaginado el superior ingenio humano para mantener a la población ocupada, incluso los filósofos y los políticos, estaban felices mientras veían medrar sus economías con pingües salarios y jugosos préstamos.

Los que podían y los que no, compraban y mantenían caballos, bueyes, coches de postas, carros, barcas y aparatos voladores, todo alimentado por el placer de viajar de un lado a otro, de mejorar la condición, presos del ya se pagará, disfrutando de una inmensa felicidad, que creían duradera.

Desgraciadamente, aquello que habían construido con créditos y que tanto orgullo les proporcionó, al presentarlo como modelo, y animados por los tecnólogos y prestamistas que les habían generado la fantasía, no tenía rentabilidad o muy poca y, para mayor inri, llevados por la inercia, cuando ya no tenía sentido seguir haciendo más de aquellas inútiles estructuras, o la prudencia debía haberles aconsejado gastar menos, mantuvieron el error de seguir por bastante tiempo el mismo ritmo, profundizando en el pozo de su endeudamiento.

Cuando se destapó lo que en realidad había detrás de lo que había hecho, se encontraron con un inmenso agujero.

El trabajo escaseó de pronto. Los gremios despidieron a casi todos sus miembros, cerraron los comercios a asgalla, disminuyeron al mínimo las oportunidades, no hubo medios más que para los que no los necesitaban. Como no sabían qué hacer, y escaseaban las tareas, algunos habitantes del reino de Valgamedios se dedicaron a confeccionar cadenas.

Cadenas para perros y osos, pero sobre todo, cadenas para seres humanos. Cadenas para adornos de cuellos y manos. Agotado rápidamente el mercado interior, fabricaron cadenas con la intención de exportarlas a otros mercados o venderlas en los mercadillos locales, a los extranjeros que les visitaran, pues el reino, aunque algo deteriorados por el frenesí del ladrillo, conservaba algunos lugares bastante apreciados por los pueblos del norte, antaño beligerantes y actualmente pacíficos.

Pero a los extranjeros no valoraban las cadenas. Solo apetecían aprovechar el sol del reino de Valgamediós y la facilidad de llegar a los sitios para calentarse y cobrar energías, antes de volver a sus residencias habituales. No se interesaron lo más mínimo por las cadenas. Y, lo que resultó muy desconcertante, cuando se detenían a ver los escaparates y puestos en que se mostraban, hacían creer que las hubieran adquirido, de haber sido fabricadas en otro material diferente al que se les ofrecía.

-¿No tienen vuesas mercedes cadenas de pegmatita o pechblenda? -preguntaba, dando ejemplo, una extranjera rubicunda al vendedor de cadenas de bronce, manoseando algunas de ellas, lo que solo hacía, en verdad, por ocupar el rato.

-No ahora, pero podemos fabricárselas en un par de semanas -podía ser la respuesta diligente y honesta, que, con mucha probabilidad, era contrarrestada de inmediato con un:

-Lo siento, pero mañana nos marchamos ya a la tierra de Baratijalandia. Otra vez será.

Esa otra vez no llegaba nunca, y el encargado de actividades productivas de Valgamedios proponía, un día sí y otro también, a la vista de los resultados de las encuestas que ordenaba realizar periódicamente, nuevos y más sofisticados materiales y formas para las cadenas, animando a que cada habitante del reino se constituyera en fabricante autónomo de cadenas, utilizando su propia imaginación y pidiendo dinero a sus padres, si vivían.

Se vendían solo algunas cadenas, pero a bajo precio y, desde luego, no en la cuantía que se necesitaba para sostener la otrora boyante economía de Valgamedios. El stock de productos invendidos se almacenaba en todas las dependencias, el endeudamiento de los fabricantes, de los intermediarios y de los comerciantes, crecía y, lo que es mucho peor, las arcas del reino de Valgamedios estaban vacías y ningún reino vecino quería ahora concederles crédito para fabricar cadenas.

-Habéis despilfarrado el dinero que os hemos prestado en hacer infraestructuras innecesarias y comprar carros y habitáculos por encima de vuestras posibilidades, y ahora tenéis que devolverlo y, como castigo, lo haréis con creces.

-¿Y cómo vamos a devolver lo que nos habéis prestado, si no compráis nuestras cadenas ni sabemos hacer otra cosa? -inquirían, los que creían ser escuchados.

¡Terrible momento! En Valgamedios había que apelar a la solidaridad, a la creatividad, al empuje de todos, sin que nadie escurriera el bulto. Era preciso superar el bache con ilusión, tocar a rebato. Dejar de fabricar cadenas y planificar actividades en las que todos participaran y de las que todos obtuvieran el beneficio que les permitiera salir adelante.

Por eso, una gran decepción, rayana en la desolación, asaltó a la mayoría de los habitantes de Valgamedios cuando, un día, vieron que en una de las comarcas del reino, allí donde la naturaleza había colocado las mejores cualidades, se había formado una gran cadena humana.

Una cadena formada por hombres, mujeres y niños, que ocupaba la mayor parte de las carreteras y podía verse desde el cielo. La mayoría de los que formaban la cadena se habían unido a ella sin saber lo que significaba, pero los que estaban al cabo de la calle, le dieron un significado. Pedían su independencia del reino de Valgamedios.

No, no eran la mayoría, pero eran muchos. Tampoco se podía decir que eran todos nacidos en la comarca, e incluso se podría interpretar que los que más gritaban diciendo que querían ser independientes de las garras explotadoras del resto de los habitantes de Valgamedios no habían nacido allí, provenían de esos sitios que criticaban, pero repetían, ciegamente, lo que les decían por los altavoces:

-Pertenecer al reino de Valgamedios siempre nos ha perjudicado. Nos han explotado, porque hemos dado siempre más de lo que recibimos. Por eso, queremos ser un país independiente, y estamos dispuestos a lo que haga falta. Nos avergüenza que nos llamen valgamediosanos y nos confundan con ellos, porque, siendo seres superiores, como nuestra historia ha demostrado, iguales a los países del norte, no queremos sostener por más tiempo la ineficiencia de quienes no forman parte de esta cadena.

A la vista de la gigantesca cadena humana, la mayor que se había formado jamás en el mundo, los restantes habitantes del reino de Valgamedios dudaron si formar su propia cadena -que, posiblemente, habría alcanzado unas dimensiones desorbitadas-; incluso, otras comarcas pretendieron formar también las suyas, señalando las peculiaridades de sus territorios.

Con todo, predominó la razón. Y, uniendo sus manos con las de las que formaban la cadena humana de los disidentes, los que estaban de acuerdo con seguir como estaban, y los que pertenecían a las demás regiones de Valgamediós generaron una cadena inmensa. Y, tendiendo sus manos hacia fuera, se unieron más y más gentes de muchos otros lugares, y la cadena humana crecía y crecía. Imparable.

Así, por fin, encontraron la solución que les satisfizo a todos, uniendo esfuerzos, encontrando la fuerza en lo que les unía y hacía semejantes, no en lo que les separaba, que tenía mucha menos importancia.

FIN

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Cuentos de verano: Parábola del Despilfarrador y la buena Samaritana

13 septiembre, 2013 By amarias2013 Deja un comentario

Cuentan que un día de finales de una época, a la orilla del mar, estando ya avanzada la tarde, un hombre de mediana edad contemplaba absorto el subir de la marea:

-Héme aquí -decía para sí -, ya en el último tercio de mi vida y sin poder ofrecer la menor realización digna de mérito.

En realidad, este individuo, a quien llamaremos Sérgulo, advirtiendo de inmediato al lector que su verdadero nombre era otro, no había estado, ni mucho menos, inactivo, en la trayectoria vital que había dejado atrás.

En lugar de ser sumiso a la autoridad, sin ser rebelde, no dejaba por ello de ser crítico. En vez de ser crédulo con cuanto le habían inculcado, analizaba las razones por las que pretendían instruirlo de ese modo. Y, por mayor abundamiento, siempre que le habían presentado algo o alguien como importante, no aflojaba la ocasión para verlo por detrás o por debajo, en las posturas que resultaban menos favorecedoras al objeto o sujeto.

Si sus trabajos habían servido para algo, no le habían servido para granjearse plácemes ajenos. Por eso, cuando repasaba los logros de quienes habían sido sus compañeros de promoción, las distinciones y galardones de aquellos a los que, en algún momento, había tenido por colegas, encontraba, en contraposición a los de los otros, su currículum estaba vacío como una cáscara de nuez abandonada.

-Cierto que he colaborado en múltiples temas, propuesto infinidad de otros, avanzado teorías y resuelto dificultades. No dudará nadie que estoy ilustrado en una variedad de disciplinas. Pero quienes conceden los títulos que se cotizan en la feria de los valores, los que evalúan los méritos que cuentan, los que conceden las medallas del prestigio y del dinero, jamás han llamado a mi puerta para darme el menor reconocimiento.

Mientras así proseguía, devanándose los sesos para encontrar la razón de lo que entendía como una injusticia ante su diligencia, el agua le rozaba los pies y empezaba a mojarle los pantalones de fibra sintética que, despreocupado, no se había subido hasta las pantorrillas, como hacen los que se acercan al agua para refrescarse las varices.

-He despilfarrado, sin duda, las cualidades que la naturaleza puso en mí. No he conseguido convencer de mi capacidad a mis coetáneos. Y no, por supuesto, a los que estaban en lo alto, a quien no dudé en criticar si me pareció que así lo merecían, sino a los que estaban a mi altura o por debajo en la escala de las decisiones. Todo me sucedió, al contrario de a esos otros a los que, en mi petulancia, consideré menos dotados y que han llegado más alto.

Como suele suceder, el pensamiento del desolado filósofo -no muy profundo, como se advierte, sino más bien de andar por su casa-, volaba también hacia los que tenía más próximos físicamente, repasando las actitudes que mantenían con él. Sin encontrar causas para recriminar, sino reforzando cuanto argumentaba, estaba a punto de sacar alguna conclusión al ya tan largo discernir para su coleto:

-Mi esposa, en fin, que me recuerda casi a diario que no saco rendimiento a cuanto hago, es la voz de la verdad. Soy un inepto, y no por lo que hice, sino por lo que no hice.

Con estos pesarosos discurrires, harto tristes, atormentaba su ánimo, mientras las olas, alborotadas por un viento de poniente que era propio de la época del año, redoblaban en su ímpeto, mojándole ya a veces hasta las rodillas.

Quiso la casualidad, que es colaboradora de todas las historias, tanto verdaderas como inventadas, que en aquel momento se hallaba paseando por el mismo arenal, una joven de buen ver, acompañada de un perro de lanas de cierto tamaño, con el que la muchacha jugaba a lanzar, lo más lejos posible, un platillo de plástico, y que el animal recogía con presteza, volviendo, una y otra vez, a depositárselo a sus pies.

Esta actitud del animal era premiada, ocasionalmente, por la joven con una palmadita o una trozo de galleta que sacaba de una bolsa que llevaba.

Justo en el instante en que la reflexión de Sérgulo estaba concretando de la manera indicada el diagnóstico de las razones por las que se consideraba despilfarrador de dones y ayuno de oficiales méritos, el perro que pertenecía a la joven, en una de sus cabriolas atropelladas, buscando el plástico, tropezó con el filósofo, lo hizo trastabillar, y dio con él de bruces en la marea.

-¡C…! -fue la expresión, casi inaudible, que pronunció Sérgulo, mientras se debatía con su azoramiento para volver a ponerse en pie, con las ropas totalmente empapadas, siendo las olas, desde luego, poco cooperadoras para hacer que recuperara el equilibrio.

Cuando, después de varios intentos, consiguió levantarse, miró alrededor -tal vez sin haberse percatado exactamente de lo que le había pasado- y vió, alejándose, a la joven que, sin manifestar el menor interés, respeto o preocupación por lo sucedido a Sérgulo, seguía con su juego, venga a tirar una y otra vez el adminículo a su animal de compañía.

-En verdad -dijo Sérgulo, hablando esta vez en voz alta- esta joven es mi buena Samaritana. Ha conseguido, con su total desprecio hacia la caída que me provocó, hacerme ver lo errado que estaba con mis reflexiones.

Volvía a la zona que aún no había alcanzado la marea, y advirtió que sus zapatos -por fortuna, no muy caros-, habían sido llevados por el agua, mar adentro. Siguió, impertérrito, razonando.

-La marea estaba subiendo y yo creía que podría evitar mojarme más allá de las rodillas, porque vigilaba su ritmo. Pero un elemento ajeno al mar y a mi propósito, me ha tirado de bruces al agua, en donde estuve, si quiero llevar la idea a su extremo fatal, a punto de ahogarme.

La mojadura de Sérgulo y el frío que estaba empezando a notar en las zonas íntimas de su cuerpo, haciéndole tiritar, no le impidió expresar, también en alta voz, -aunque nadie lo oyó, al estar desierta la playa, a salvo de la Samaritana y su perro, ya a punto de abandonarla-:

-Los seres humanos, en realidad, no somos tan ajenos al comportamiento que esa joven provoca en su perro. Recoger el plato de plástico que ella arroja no tiene, desde una perspectiva objetiva, mérito alguno, pero ella le premia con un trozo de galleta, llevando al corto conocimiento del animal la creencia de que es lo que se pretende de él y que, con ello, recogiendo el plástico, está haciendo algo útil, cuando, en realidad, solo se pretende mantenerlo ocupado.

Seguía andando, descalzo y mojado, hasta la escalera que conducía al paseo marítimo.

-Y ahora que lo veo tan claro, prefiero haber hecho toda mi vida lo que me pareció que correspondía a mi cualidad de ser libre, sin andar persiguiendo los plásticos que lanzan, atentos a lo suyo, quienes solo pretenden mantener ocupados a sus animales de compañía y les premian con dulces cuando alcanzan objetivos que no sirven para nada ni nadie absolutamente.

Y, mucho más contento que cuando empezó a subir la marea, ya casi a oscuras, volvió a su casa y siguió haciendo lo mismo que solía.

FIN

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Cuentos de verano: Opúsculo y Exordio

9 septiembre, 2013 By amarias2013 Deja un comentario

Se llamaban Opúsculo y Exordio, como podían haberse llamado Rómulo y Remo, Pancracio y La legión tebana o Rinconete y Cortadillo. Eran mellizos y aunque no se parecían físicamente en nada, sicológicamente eran siameses. De tal forma estaban coordinados en todo lo que se les ocurría, de manera que se estimulaban, complementaban y continuaban el hilo, en cuanto pasaba por la imaginación de uno u otro.

Opúsculo, que era el mayor, por haber nacido el último; de aspecto recio, feo -y aún más por una cicatriz que le provocaron los fórceps con los que fue arrastrado a este mundo-, resultaba más bien corto de estatura, debido a la exigua dimensión que le habían alcanzado las piernas, ya que su torso y cabeza aparecían perfectamente proporcionados. Cuando se le encontraba sentado, parecía de contextura normal, y aún podría suponerse más alto que la media, pero cuando se ponía en pie, quedaba puesta de manifiesto su cortedad física, siendo habitual motivo de bromas a sus espaldas.

¡Ay, sin embargo, de aquellos a quienes Opúsculo sorprendiese mofándose de su apariencia! Porque de inmediato conocerían que su fortaleza era descomunal, capaz de doblegar a gigantes mediante una combinación de movimientos de las cortas piernas y los desiguales brazos, junto a llaves y trucos extraídos de las artes marciales y de los libros de caballería, que solía leer.

Exordio, el legalmente menor de los dos, era, en atendiendo al físico, como quedó apuntado, todo lo contrario a su hermano. Era hermoso de rostro, adecuado de formas, tal vez algo amanerado, todo según gustos y colores. Tenía apariencia de actor, ademanes de tribuno, la elegancia de movimientos de un cortesano. Pero era enfermizo, de débiles entresijos, propicio a enfermedades y males, que le obligaban a pasar largos períodos encamado, atiborrándose de medicinas, placebos y pócimas.

Con todo, la niñez y primera adolescencia de ambos transcurrieron felices, pues tenían todo lo que podían desear y, en tocando a lo que deseaban expresar, lo que empezaba uno, lo terminaba el otro, y cuando querían reforzarlo, lo contaban los dos al unísono.

Cuando les llegó la edad de la aventura por su cuenta, su padre, que era Talabartero Mayor del Reino, les echó de casa, no por crueldad, sino como parte de su formación.

-Es necesario, hijos míos, que conozcáis por vuestra cuenta las maldades y verdades del mundo. Tomad estos bastones, adecuados a vuestra envergadura, que os servirán para apoyaros en el camino y, si llegara la necesidad, también pueden hacer de cañas, para pescar con ellas en los ríos y de lanzas, y, pues acaban en punta por uno de sus lados, os permitirán permitiros cazar liebres o ciervos, según os parezca y el hambre que tengáis.

-¿Verdad, padre, que también nos pueden servir de instrumento con el que defendernos de quienes pretendan hacernos daño? -Preguntó Opúsculo, blandiendo el bastón más corto, que le iba como un guante.

-En efecto, -contestó el progenitor.

-¿Y no es menos cierto, padre, que nos servirán, en caso necesario, como vara de medir para comprar géneros, y, conociendo su verdadera longitud, aplicando las relaciones de Euclides, para calcular alturas de árboles, edificios y montes? -inquirió el otro de los mellizos, no sin advertir, como ligero contratiempo, que su bastón era un pelín demasiado largo.

-Por supuesto, Exordio; también para eso valen. Y aún para más cosas, que iréis descubriendo con el tiempo.

Se abrazaron los tres y los hermanos se fueron con viento fresco, dejando a la madre de los mellizos, como puede suponerse, compungida.

Sería prolijo relatar las innumerables aventuras por las que los dos hermanos comprobaron, en efecto, el buen ojo que tenía su padre para adivinar el destino que podrían darle a los bastones: con ellos, vapulearon y se defendieron; midieron paños, calcularon alturas de árboles y, por tanto, los cubicaron con acierto; los bastones les sirvieron de apoyo e instrumento para cazar y pescar. También descubrieron que se podían apoyar en ellos para saltar sobre precipicios o como referencia de la profundidad de los ríos y arroyos, antes de vadearlos; utilizaron el más largo como palo mesana y el menor, como trinquete, para fabricar un artilugio de navegar; acompañándolos de otros maderos como travesaños, hicieron de ellos base de escaleras para subir más alto, alcanzando ventanas por donde acceder a dormitorios de doncellas y dueñas; etc.

-Parece increíble que un simple bastón pueda tener tantos usos -comentó Exordio a su hermano, mientras bebían sendas cervezas con aceitunas, en un hostal del País de las Maravillas y los Pescozones, en donde habían, finalmente, recalado.

-Y, seguramente, aún no hemos descubierto todas las opciones, tal como nos adelantó nuestro querido padre -completó, como solía, el pensamiento del otro, Opúsculo.

En estas y otras sensibles meditaciones se hallaban, cuando les llegó la noticia de que su padre se encontraba muy enfermo y que, antes de morir, deseaba verlos para darles el último consejo. Se apresuraron, pues, a desandar lo andado, llegando, justo a tiempo de encontrarse ante la cabecera del moribundo para recoger sus últimos suspiros, refiriéndole, entre ayes y lágrimas, lo que habían hecho y conseguido con los bastones, entre otras minucias y verdaderas proezas.

-Un último consejo quiero daros, hijos míos. Por una razón especial que conseguí convertir en líquido prodigioso, esos bastones conservan su fuerza germinativa. Veo, por lo que me referís, que no se os ocurrió plantarlos. Hacedlo así, y descubriréis, en realidad, la verdadera naturaleza milagrosa de mi regalo vital, y cuyos frutos servirán de gran consuelo en los años que queden de vida a vuestra madre, y de no menos gozo para vosotros y vuestras futuras esposas e hijos, que, por cierto, es hora de que empecéis a preocuparos por ese asunto de la descendencia.

Muerto y llorado el padre, estando aún con el luto, plantaron los bastones en una parte del jardín, y procuraron abonarlos, regarlos y cuidarlos con esmero. Y, como había predicho su señor padre, con el paso de los años, el más pequeño de los dos palos evidenció tratarse de un peral que producía muy jugosas peras, de la clase o variedad que llaman mantecosa y el mayor de ellos, de una acacia que dio una sombra tan espesa que les refrescaba en los tórridos días del verano, más que cualquier abanico de mano.

Lo que les hizo felices, y les animaba a trabajar con ahínco, manteniéndose unidos, día tras día, mientras pudieron, resultando tan uña y carne que, a menudo, sobre todo si se encontraban sentados, resultaba difícil deducir donde empezaba uno y acababa el otro, entiéndase bien, si solo se guiara el observador por el oído.

FIN

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Cuentos de verano: El tránsito hacia la Ciudad encantada

8 septiembre, 2013 By amarias2013 Deja un comentario

Quizá, por falta de información, algunos imaginen que si una historia comienza con las palabras «Había una vez, en un país remoto», se está refiriendo a algo que sucedió en el Lejano Oriente o en el África profunda. Eso no es así, pues con los avances de las telecomunicaciones, la lejanía o proximidad en el espacio no sirve ya como referencia para nada.

Lo importante es el tiempo. Cuando un acontecimiento en una región con frontera, gentes que mandan y obedecen, y un objetivo común, tuvo lugar hace mucho tiempo, se puede perfectamente decir que sucedió en un país remoto.

En este relato, el país del que hablamos tenía casi de todo. Había unas líneas trazadas sobre el terreno, que lo delimitaban de los países vecinos. Había, por supuesto, un grupo pequeño de hombres y mujeres (sobre todo de los primeros) que ordenaban lo que había que hacer y mangoneaban el resto de lo que no había que hacer, y un grupo muy grande de personas que hacían lo posible para pasar desapercibidos de los anteriores, por aquello de que «del que manda, cuanto más lejos, mejor».

Pero a ese conjunto de territorio y personas le faltaba algo muy importante: tener un objetivo, algo que ilusionara a todos.

Se habían hecho muchas investigaciones y propuestas, por parte de eruditos, profesores y artistas. Todas habían sido rechazadas o, apenas iniciada la búsqueda o plasmación del objetivo, abandonadas por imposibles o inútiles.

Cuando ya se daba por perdido que pudieran convencerse, colectivamente, de admitir un objetivo común, surgió la idea de transformarse en una Ciudad Encantada. La trajeron unos observadores que, por casualidad, habían estado en otras Ciudades que habían tenido el mismo problema y que lo habían superado, según parecía.

-Lo que tenemos que hacer -dijeron a los capitostes y a la Junta de Principales y Secundarios- es iniciar cuanto antes el tránsito a la Ciudad Encantada.

Presentaron también muchos dibujos que pretendían reflejar las cualidades de las Ciudades Encantadas.

-¿Pero qué es una Ciudad Encantada? -preguntó el inquisidor general. -Suena a cuento chino.

-Pues no es así, -le contestó Avezado, un observador que había perdido un ojo en una refriega -. Las ciudades normales en los que los elfos y las hadas organizan sus juegos florales cada cuatro años, se convierten, por una temporada larguísima posterior, en Ciudades Encantadas, en las que los ríos manan leche y miel y se generan miles de puestos de trabajo para recoger esos productos deliciosos y venderlos en los mercados de las ilusiones.

-¿Y cómo se consigue ese tránsito? -les preguntaron.

-Exactamente, no lo sabemos. Habrá que contratar a especialistas de alguna Ciudad Encantada para que nos ilustren. Sin embargo, algo ya nos han dicho: Debemos prepararnos con las infraestructuras adecuadas para vencer todos los obstáculos y conseguir que los guardianes de las Ciudades Encantadas nos seleccionen como el escenario idóneo para acoger su espectáculo de variedades.

-Y lo más importante -añadió, a lo que había dicho Avezado, Escarmentado, otro de los observadores- es que hay que convencer a una Comisión heterogénea de individuos de que podemos ser una Ciudad Encantada, haciendo como que lo somos.

-Eso está chupado, -expresó la Alguacil Dilecta del país, que tendía a subestimar todas las cosas, por una deformación que tenía, de nacimiento-. Fingir lo que no somos es mi especialidad.

Tomada la decisión de realizar el tránsito, los ciudadanos y ciudadanas del país remoto, se aplicaron al objetivo de conseguir superar las dificultades que, imaginaban de lo que iban deduciendo, les propondrían la Comisión Heterogénea.

-Seguro que nos preguntarán cómo superaremos las añagazas de la Engañifla y del Truco del Almendruco -especulaba, el Presidente del Comité del Objetivo Ciudad Encantada Novísima Acción (COCINA), constituído al efecto.
-Chupado -decía Enchufado Perenne-. Les convenceremos de que tenemos un especialista en analizar todos los puntos flacos.
-P…pero eso es mentira – replicaba Honradete, un muchacho no muy largo de luces que había sido incorporado al COCINA por Pasado de Listillo, tipo de confianza de la Alguacil Dilecta.
-¿Y quién se va a enterar si iremos de farol o con la verdad por delante? -zanjó el Presidente-. Ahogaremos en simpatía a los miembros de la Comisión Heterogénea y no podrán resistirse a considerarnos la más encantada de las Ciudades.

Los siguientes meses fueron, en verdad, magníficos. Prácticamente toda la población se empeñó en conseguir el objetivo, lo que resultó muy esperanzador y estimulante. El país, que estaba ya muy endeudado, se endeudó aún más, porque las autoridades convencían, con su labia, a las entidades financieras locales de que devolverían el dinero con creces, ya que tenían asegurado el diploma de los encantos.

Algunos se especializaron en juegos malabares, otros en generar fantasías, aquellos idearon infraestructuras que podían llegar muy cerca de la luna y otras que pretendían alcanzar (sin lograrlo, pero casi), el centro de la Tierra. Toda esa actividad, inversión y esfuerzo, tendría su fruto cuando se realizara la confirmación del título de Ciudad Encantada.

Estaban convencidos, cuando llegó el momento de iniciar el tránsito definitivo por el Pasadizo de las dificultades, de que les darían ese título. Incluso empezaron a utilizar el nombre de Ciudad Encantada, sin serlo, porque daban por seguro que la Comisión Heterogénea apreciaría las excepcionales cualidades del tinglado real que habían montado para poder llevar a cabo, la farsa que les convertiría en una Ciudad Encantada de verdad.

Hubo un pequeño detalle que les faltó controlar, y que resultó definitivo. Cuando, a la hora de la verdad, tuvieron que explicar con sus mejores palabras, que era lo que habían hecho para pretender ser la Ciudad Encantada, los que tenían la responsabilidad del país remoto, se dieron cuenta de pronto de que hablaban diferentes lenguas.

-No se entiende -murmuraban los miembros de la Comisión Heterogénea, tanto los que venían de Trigo Limpio como los trapaceros que procedían de Zancadilla de la Ribera.

Aunque lo que seguramente dio la peor imagen, fue que la Alguacil Dilecta, que tenía que responder a los pormenores más importantes, enmudeció. Se puso muy nerviosa, porque recordó que había dejado la sartén al fuego con las salchichas para la cena.

-¿Alguien puede enterarse si he dejado el gas encendido? -fue lo único que acertó a expresar, cuando le urgieron a que dijese algo; cualquier cosa.

Así que volvieron al país remoto del que procedían, desazonados después de conocer que el título de Ciudad Encantada se la llevaron otros. El gran espectáculo que tenían preparado para la celebración del otorgamiento que habían dado por chupado, no tuvo lugar, convirtiéndose en algo similar al Entierro de la Sardina.

Pero también es cierto que se consolaron pronto, admitiendo la versión oficial de que esa distinción no hubiera servido para nada y que, además, les hubiera costado dineros.

-Lo importante -dijo el Capitoste Máximo del pueblo remoto- es habernos creído que éramos una Ciudad Encantada y que los demás estuvieron a punto de creérselo.

Y volvieron a andar por donde solían, desorientados.

FIN

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Cuentos de verano: Insólitas parejas

7 septiembre, 2013 By amarias2013 Deja un comentario

Cuando el niño que asó la manteca anunció que se casaba con la lechera que llevaba el cántaro al mercado, -ambos ya, adultos y con plena capacidad jurídica- pocos hubieran dado un penique por la continuidad de su matrimonio. Lo cierto es, sin embargo, que fueron, hasta determinado momento, razonablemente felices, y todo ello sin necesidad de cambiar sus hábitos y tendencias.

El afán explorador, inquisitivo, del primero le llevó a solicitar una beca Ramón y Cajal, después de haber terminado brillantemente sus estudios de ingeniero de telecomunicaciones. Como no le concedieron prórroga a la misma, ni se cumplió el compromiso oficial de hacerlo plantilla fija del Consejo Superior de Investigaciones Científicas y Otras Menudencias (CESICOMO), decidió marcharse a Estados Unidos, donde se incorporó a un equipo relevante que ensayaba los efectos de los rayos gamma sobre las margarinas.

Pero la chica del cántaro, -la que había visto rotas sus ilusiones de mejorar a poquitos con el producto de la venta de la leche que, antes de la entrada del País de Todo lo Ignoro en el Mercado Común de los Hábiles Comerciantes, pretendía haber vendido por unos buenos dineros-, tenía un escaño de diputada en el Congreso Nacional, como representante de un partido minoritario, y se negó a acompañarle en su periplo norteamericano.

-Tengo el propósito firme de conseguir cambiar el país -le ratificó al hombre de la manteca- Y, por eso, mi puesto, está aquí.

-Pues yo tengo el mismo propósito, como sabes -replicó a la de la leche el de la manteca-. Por eso mismo, me marcho, para aumentar mis conocimientos.

Lamento tener que decir que se divorciaron, pues sus caminos se ratificaron como divergentes, y un gran charco de por medio era demasiada agua para mantener vivo su amor, que languideció a la postre. Se siguieron escribiendo cartas (que deberían haberse conservado para guardarlas en la hemeroteca de relaciones frustradas), con una frecuencia cada vez menos intensa y, finalmente, dejaron de escribirse para dedicarse a otros menesteres más tangibles.

La chica del cántaro encontró su nuevo amor en el soldadito de plomo, quien, aunque le faltaba una pierna -perdida en uno de los cursos de formación en la academia de artillería, como es sabido- conservaba indómito su espíritu revolucionario, siempre dispuesto, decía, a hacer cumplir la Constitución, cayera quien cayera, pero que, en verdad, tenía dentro de sí espíritu de eterno conspirador, producto de sus resabios por las batallas que decía haber librado en aguas turbulentas, contra ratas de cloaca, peces fagocitadores, mozalbetes desvergonzados y feroces corrientes de las ventanas abiertas.

El de la manteca se topó en las Américas con la mamá de Pulgarcito, viuda, que era inmensamente rica gracias a los negocios de su hijo, y que, según parece, estaba aún de buen ver. Con su ayuda económica, este joven investigador, ya más talludito, no tuvo problemas para comprar el Centro de Investigación de las Margarinas en el que trabajaba de limpiaprobetas (Margarine Research Center «Marlon Brando») y orientarlo hacia lo que más le angustiaba desde niño, que era la recuperación de las grasas mezcladas con los suelos terrosos, en los que alcanzó un éxito sin precedentes, obteniendo el Premio Príncipe de Asturias de las Casigalinas.

No tuvo la misma suerte la nena de la manteca -ya hecha una mujer más hecha y lo mismo de derecha, y tan guapa como siempre-, porque el soldadito de plomo se metió en una conspiración para intentar que la República bananera en que se había convertido su país, volviera por sus fueros. Detectado el movimiento cuando apenas se estaba esbozando la estrategia, por un equipo de contraespionaje dirigido por Mortadelo y Filemón, fue llevado a un tribunal militar, junto a otros compañeros, dirigido por el general Dormilón (uno de los siete enanitos que cuidaron de Cenicienta) y, tras un juicio sumarísimo, resultó pasado por las armas; es decir, en su caso, metido en un crisol de fundición.

Antes de ser fundido en plomo para material de bisutería dijo algo así como: «Sic transit gloriae mundi», lo que tenía su gracia. El de la manteca, cuando se enteró, envió un telegrama de condolencia a la del cántaro -sin sabe si intentando recuperar la relación-, pero se lo devolvieron por «dirección desconocida».

Ignoro si de esta historia podrá sacarse alguna enseñanza, pero así queda escrita, para pasmo de las futuras generaciones, si tienen ocasión de leerla.

FIN

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Cuento de verano: Ricardo Corazón de Melón

6 septiembre, 2013 By amarias2013 Deja un comentario

Seguro que al leer el título de esta historia, se os ha venido a muchos a la cabeza el nombre de Ricardo Corazón de León, imaginando que voy a referirme a este héroe casi legendario que protagonizó una de aquellas magníficas expediciones, llamadas Cruzadas, que pretendieron conseguir de una forma directa y definitiva la Alianza entre las civilizaciones cristiana y musulmana.

Pues no. El protagonista de este relato didáctico es otro Ricardo, al que, desde niño, apodaron Corazón de Melón sus compañeros de Escuela, por su carácter con tendencia al enternecimiento, esto es, a dejarse conmover por las desgracias y malestares ajenos.

Por supuesto, como siempre que se produce un desvío de la naturaleza humana, sus padres fueron los primeros que le advirtieron, tan pronto como descubrieron esa debilidad.

-Ricardito, deja de preocuparte por los demás. Atiende a lo tuyo, que ya es bastante.

Pero el infante Ricardo no hacía caso. No porque fuera desobediente, sino porque algo más fuerte que él le impulsaba a una sensibilidad exacerbada. Por ejemplo, si veía que otro escolar, a la hora del recreo, no estaba disfrutando del correspondiente bocata, se acercaba para preguntarle si no tenía hambre.

-¿No te ha preparado tu mamá ni siquiera un donut como tentempié?

Si el otro niño le contestaba que no tenía apetito o que ya había engullido el contenido de su fiambrera, Ricardito respiraba tranquilo. Si, por el contrario, expresaba que se había olvidado el sándwich sobre la cimera de la cocina o, peor aún, que sus papás estaban en paro y no tenían dinero para comprarle suplementos dietéticos, Corazón de Melón, le ofrecía sin dudar la mitad de su bocadillo y, si le parecía un caso extremo, todo él entero.

Cuando Ricardo Corazón de Melón era un adolescente, una gran crisis se apoderó del país. Como estamos hablando de una época relativamente moderna, y en un país relativamente desarrollado, la crisis no se detectó porque se hubieran agotado las reservas de trigo, o las aguas se hubieran teñido de rojo o, ni siquiera, una plaga de langostas hambrientas hubiera destruido la cosecha de remolacha azucarera. Los altos Consejos del Estado diagnosticaron que la crisis era producto de la coyuntura, lo que tranquilizó a todos los que tenían medios adecuados para aguantar el chaparrón.

Ricardito Corazón de Melón no tardó en advertir que algo malo estaba pasando en el mundo, sin necesidad de leer los periódicos ni salir al extranjero. Con solo realizar el trayecto de su casa al Instituto, y viceversa, al que estaba obligado un par de veces al día (salvo sábados y festivos), se percató que la densidad de pedigüeños en la Calle Real, que debía atravesar forzosamente, aumentaba terriblemente.

-He contado un pobre cada veinte pasos -comentó con un compañero, con el que tenía confianza-. Hace una semana había un pobre cada veinticinco. Y hace apenas un año, en la Calle Real solo había tres pordioseros, uno a la puerta de la iglesia, y los otros dos, ante El Corte Inglés.

-¿Y qué nos va a ti y a mí? -respondió el otro, a tan acertada observación experimental, utilizando una frase extraída, sin que fuera consciente, de los materiales bíblicos.

A Corazón de Melón, sí le fue. Consciente de que, por mucho que subdividiera en alícuotas partes relevantes la cantidad que, para atender a sus teóricas necesidades de compra de chuches, sus papás le daban semanalmente, no conseguiría detener aquél flujo creciente de necesitados, pensó en alternativas. Por cierto, también advirtió, con conmovedora perspicacia, que, en su mayor parte, ya no provenían fundamentalmente de otras nacionalidades, y que, los que pedían, no parecían ser drogadictos, ni vagos, ni pertenecer a la obsoleta categoría de maleantes, sino que eran del mismo pelaje y color que el suyo y, en sus cartelones, escritos con mayúsculas -pero que nadie leía- se presentaban como padres o madres de familia, parados sin remedio, desahuciados, o gentes así. Tenían unas caras terribles.

Pidió a sus padres el adelanto de todo un año de paga y, con ese dinero, compró sobres y sellos. Escribió cartas al representante del distrito, al alcalde de la ciudad, al ministro de Complacencias Interiores, al Monarca de aquí y a los de allá y al Jefe Mundial de Todos los Países civilizados.

Era un método tradicional, pero quería estar seguro de que esas personas le leerían. Por supuesto, también publicó el contenido de la carta, en su blog, en el perfil de Facebook, en Tuenti, y en otros sitios y foros de internet. Sabía que en esos sitios, los amigos -él tenía 1.500 amigos virtuales- se limitarían a poner «Me gusta» o «Chanchi Piruli» (por ejemplo), sin tomar ninguna medida más. Qué se le iba a hacer. Pero, ¿qué harían los personajes importantes, los que tienen las sartenes cogidas por el mango?

El contenido de la carta, en lo sustancial, era el siguiente (después de los educados encabezamientos y la fecha):

«Me parece que no se han dado cuenta Vds. de que el número de pobres que piden limosna en nuestras calles, en el suburbano o en los locales comerciales, ha aumentado exponencialmente.

«Puede que crean que solo con la caridad de los transeúntes se podrá solucionar el problema. No lo veo así. He estado observando durante varias semanas, en distintos puntos de la ciudad, incluído el suburbano, lo que la gente entrega a estos necesitados, y estoy convencido de que solo les daría para subsistir malamente, y que, dado que la mayoría están enfermos y no tienen, según les he preguntado, ninguna ayuda médica, corren riesgo de que sus males empeoren rápidamente, contagien a otros, sean o no de los que piden limosna, y puede que mueran en la calle sin atención alguna, como si fueran animales, lo que sería especialmente lamentable, ¿no?.

«Observo que la mayor parte de los transeúntes pasan de largo junto a estas personas, sentadas, echadas o de rodillas en las calles, ignorándolas. Incluso he podido constatar que no les contestan una sola palabra cuando se acercan, salvando la vigilancia, a la mesa del restaurante en donde los que pueden, están comiendo, o cuando explican su situación en los vagones de metro o a la salida de los comercios e iglesias.

«Me he permitido contar también el número de perros en la Calle Real, siempre conducidos por sus dueños con preciosas correas y cadenitas, y, en un alto porcentaje, fabricantes de bolitas de excrementos que sus amos recogen con unas bolsitas, delicadamente, aunque también pueden ignorarlas si creen que nadie les observa. La cantidad ha aumentado también, y está superando – levemente, de momento-, al de pordioseros.

«Las escenas de afectividad que despiertan estos animales, llamados de compañía, me resultan vergonzantes. Una vecina a la que se le murió su perrito de aguas hace unos días, en el que había gastado miles de euros para curarle de un cáncer de piel, me reconoció que había llorado su pérdida durante días, porque era su mejor amigo, después de la separación de su esposo.

«Creo que la crisis que tenemos no es coyuntural, sino estructural. No tenemos ninguna solidaridad con los demás seres humanos, sean de nuestra nacionalidad como de otras. Les propongo que tomen medidas urgentemente. Aquí les ofrezco algunas:

«Propongo que todo aquel que sea propietario de un perro o animal doméstico, se haga cargo también de uno de estos necesitados, obligándose a darle comida, pago de la asistencia sanitaria y cobijo durante un año.

«Propongo que…»

Era una carta muy larga. Y aunque Corazón de Melón la había enviado a tantos sitios, hasta el momento, nadie le contestó. El número de pedigüeños de la ciudad siguió aumentando, los consejeros reales permanecían en sus trece de que la crisis era pasajera, y, si se atendía a lo que decían las noticias del extranjero, se estaba preparando una guerra preventiva, que nadie estaba seguro de lo que significaría, pero no sonaba nada, pero que nada bien.

-No te desesperes -le aconsejaba el amigo íntimo de Corazón de Melón-. Tú ya has hecho bastante. La solución de lo que pasa en todo el mundo no está en tu mano.

Por cierto, una compañía de alimento para pets, utilizó su idea, y lanzó una campaña con el lema: «Adopta a un pobre». Alcanzaba ya 40.000 simpatizantes, aunque, como expresé, el número de pobres no cesaba de aumentar. Como el de perritos de compañía.

Corazón de Melón estaba, cada día, que pasaba, más desorientado.

FIN

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Cuento de verano: El tercer vuelo de la paloma

5 septiembre, 2013 By amarias2013 Deja un comentario

Para la completa comprensión de la historia, este cronista deberá empezar recordando que, cuando Hänsel y Gretel se perdieron en el bosque en el que, mientras su padre talaba árboles, habían sido autorizados para recoger fresas para su madre, una paloma tuvo una intervención muy, pero que muy singular.

Ella fue la que, cuando salió la luna en la noche oscura de la desesperación de los infelices, habiendo prometido que les guiaría a la casa de sus padres, les condujo por el contrario hasta la casita de chocolate en la que moraba una anciana que, después de permitir que los niños se pusieran morados de productos azucarados, desenmascaró su aviesa naturaleza: explotadora del trabajo infantil -ordenó a Gretel que limpiara la casa y cocinara sin parar para su hermano- y canibalismo. (Este último, por cierto, desinformado, ya que la pérfida utilizó el supuesto engrosamiento del dedo meñique de Hänsel como índice general de su engorde, error inexcusable, ya que, en opinión técnicamente fundada, esos tejidos musculares tienen escasa grasa, situación que, por lo demás, hubiera hecho innecesario que el pequeño le presentara huesos de pollo para desanimarla del avance del régimen de engrosamiento que tenía como objetivo conducirlo a la olla con mayor sustancia).

La misma paloma, después de que los niños consiguieron liberarse de su secuestro (de aquella manera tan traumática para sus tiernas mentes infantiles), apareció una segunda vez, indicándoles que «Ahora, sí os guiaré a la casa de vuestros padres», lo que, en efecto, hizo en esta ocasión, auxiliada por el cisne de otra historia excelente, que conocemos como El Patito Feo.

Curioso por conocer lo que había sido de los niños, he investigado algo. Después de un período de tratamiento sicológico, Hänsel y Gretel, obtuvieron una beca del Estado bávaro, y obtuvieron ambos, con honores, el título de bachiller superior. Hänsel terminó la carrera de medicina, y se especializó en geriatría en Estados Unidos, y, más concretamente, en los tipos de demencia senil que derivan hacia formas malévolas de la personalidad. Es propietario en la actualidad una clínica concertada en Madrid, junto a otros personajes de cuento, toma y daca.

Gretel pertenece al grupo de los verdes (Die Grünen), del que fue uno de sus líderes hasta hace poco, en que tuvo que abandonar las actividades públicas debido a su diabetes, ya muy avanzada. Tiene una diplomatura en alimentación natural, que nunca ha ejercido. Vive en Alemania, en pareja con una compañera; no han adoptado hijos.

Los dos hermanos no se han visto desde hace años. Creo haber detectado que han surgido algunas desavenencias entre ambos, derivadas del reparto de los derechos de autor de su truculenta historia, en el que no se han puesto de acuerdo, pues cada uno reclama la parte protagonista.

Cuando contacté con Hänsel, ofreciéndole la posibilidad de un reencuentro ante las cámaras del Programa de TV «Restañando heridas del pasado», declinó, alegando que su prestigio como galeno no le permitía propiciar tales mascaradas, amén que el distanciamiento con Gretel era solo aparente.

Estaba ya cerrando el capítulo de mi investigación, cuando se me apareció la paloma. Reconocí, por su forma de volar, que era la misma que ilustraba el cuento que tantas veces había leído.

-Me equivoqué. Se equivocó la paloma -dijo, utilizando una forma impersonal, que me recordó unos versos de Rafael Alberti que popularizó en su momento Juan Pardo, y que tenía olvidados-. Por ir al norte fui al sur, por el trigo fui al agua; creyendo ir a casa de los padres de los niños, les conduje por error a la casa de la anciana del bosque. Pero no fue por mala intención. Eso debes dejarlo claro en tu relato. Yo no soy una paloma mensajera, no tengo sentido de la orientación. Soy como me ves, blanca. Soy la paloma de la paz.

La vi tan sincera, tan arrepentida de aquel error, que le propuse, como compensación para todo lo que nos había hecho sufrir a los niños de todo el mundo, y, en especial, a las especialmente sensibles criaturas españolas de mi época, que, dadas sus virtudes maravillosas, nos dedicase, como amigos desde la infancia de Hänsel y Gretel, un tercer vuelo:

-Sácanos de aquí. Sácanos de este pozo en el que estamos. Guíanos sobre cómo salir.

La paloma de la paz me miró fijamente y se fue, por supuesto, volando.

-Veré lo que se puede hacer.

Eso dijo. Espero con los dedos cruzados que esta vez no se eqivoque.

FIN

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Cuento de verano: La niña sabihonda y el hipopótamo locuaz

4 septiembre, 2013 By amarias2013 Deja un comentario

Como es seguramente conocido, muchas personas, cuando encuentran a alguien dispuesto a escucharles, le largan un interminable discurso, sin importarles que no tenga el más mínimo interés para su forzado interlocutor, que se limita, por lo general, a asentir de vez en cuando con la cabeza y a mirar a todos los lados, confiando en que suceda algo, aparezca otra persona o se produzca una explosión devastadora, que les libere del suplicio.

Margarita Sabihondilla ertenecía a ese grupo de personas, sino, más bien, al del lado contrario. Esto era así, porque siempre que alguien intentaba darle un consejo, contarle una anécdota, ofrecerle cualquier información, ella le cortaba diciendo:

-Eso ya me lo se.

Y otras veces, sin abundar en más explicaciones, se expresaba tajante con un:

-Eso no es así.

Si se atiende a tales manifestaciones, podría suponerse que Sabihondilla era un prodigio de sabiduría. Porque daba igual que se hablase del tiempo que posiblemente iría a hacer mañana, de la formación orogénica del cuaternario o de las dificultades para encontrar productos para diabéticos en el barrio, su comentario era siempre uno de estos dos:

-Eso ya me lo se/Eso no es así.

Con tales antecedentes, es comprensible de inmediato que los que la conocían se abstuvieran, salvo contadas excepciones, de darle información relevante alguna, pues, después de haberle comunicado la novedad de la que la querían hacer partícipes, era muy fastidioso encontrarse con que, por mucha ilusión que hubieran puesto en la comunicación de tal noticia, Sabihondilla la descabalgara con lo que parecía un desprecio absoluto.

-Eso ya me lo sabía.

Obviamente, Margarita Sabihondilla estaba lejos de ser ninguna capitana de entre los sabios y se acercaba, más bien, al lado de la necedad donde habitan los ignorantes supinos. Sus dos frases estereotipadas correspondían a una mezcla implosiva de timidez convulsiva y exacerbada petulancia, que le mantenía agarrotada desde muy niña la inteligencia emocional, como producto -casi con seguridad- de una educación ineficiente, que no se había esforzado en corregirle ese deformante vicio de la personalidad cuando había opciones de enderezarle la estrambótica chulería.

Un día del pasado otoño, encontrándose en el Africa subsahariana por mor de un safari fotográfico que había sido organizado por la Agrupación de Devotos de los Dogmas, a la que pertenecía como socia protectora de esta especie en extinción, el vehículo todoterreno que portaba a su grupo se estropeó y hubo de detenerse a punto de embocar un paso donde se podrían contemplar varios paquidermos, amén de algunos cocodrilos.

El conductor, que era también el guía del asunto, aconsejó vivamente a los turistas que se mantuvieran dentro del coche, y esperasen hasta que llegase el equipo de rescate con un nuevo vehículo, porque la zona era peligrosa debida a que era lugar de asentamiento de hipopótamos, que no toleraban intrusos.

Sabihondilla, que escuchó la advertencia, como los demás, no evitó comentar de inmediato la misma con una de sus dos frases favoritas: «Eso no es así» (lo pronunció, para ser exactos, en inglés: «That´s not true»). Pero, como estaba de vacaciones, se sintió cómoda para ser algo más explícita, apostillando:

-Lo se, porque en un cuento que me leía mi mamá cuando era niña, se contaba una historia muy tierna en la que un hipopótamo locuaz era su mejor amigo. (Esto ya lo dijo en español, porque sus conocimientos del idioma extranjero no le permitían grandes malabarismos idiomáticos).

De los otros siete turistas que ocupaban el coche, molestos como estaban por el inconveniente, cuando no, medio muertos de miedo, cuatro parecieron no entenderla, y otros dos, el que había estado dos veranos de vacaciones en España y la que había hecho un curso de Erasmus en Salamanca, la miraron estupefactos. Pero el séptimo de los integrantes de la expedición, catedrático de Metafísica Aplicada a las Artes Sutiles, que era natural colombiano, increpó a Sabihondilla con estas palabras.

-¿Qué tiene que ver un cuento infantil con la realidad? Lo que nos dice el guía es fruto de su propia experiencia y la de gentes entendidas como él, y lo que te leían de niña era solo el producto de la imaginación de quien lo escribió, contado para divertir.

-Eso no es así, -fue la réplica de Sabihondilla, la cual, por hallarse de vacaciones, completó con otras palabras-. Porque no se trataba de un cuento, sino de una historia verdadera. Recuerdo muy bien lo que mi madre me decía cuando me lo leyó, a los seis años de mi existencia: «Si alguna vez te encuentras con un grupo de hipopótamos, pregunta si alguno de ellos es el hipopótamo locuaz».

Tales cosas decía, mientras abría la puerta del todoterreno, y avanzaba, contra todo pronóstico, corriendo, hacia el grupo de hipopótamos que se divisaba en lontananza.

-¿Alguno de vosotros es el hipopótamo locuaz? ¿Podéis sacarnos de aquí?

El guía trató de detenerla, pero fue mala suerte que, al salir atropelladamente del vehículo, pisara mal con el pie izquierdo y se rompiera un hueso que llaman calcáneo, que además de lo mucho que duele, para el caso que aquí se refiere, le impidió caminar.

Los obedientes turistas, a pesar de reconocer que la situación era delicada, prefirieron no intervenir, pues nada bueno podría venirles de ello, pasara lo que pasara. Entre «era ya tarde para reaccionar» o «no había forma de detenerla en su loca determinación», discurrieron sus posteriores argumentos justificativos de la inacción.

Consultado el guía como testigo principal del posterior suceso, jura que Margarita Sabihondilla, mientras se alejaba, no cesaba de repetir, incluso en inglés, estas palabras:

-Are you there, Hypo Loquacious? ¿Estás ahí, hipopótamo locuaz? Do you undestand my language? ¿Entiendes mi idioma?

Fueron tales frases, seguidas de varios gritos desgarradores, las últimas señales audibles de aquella mujer singular. Afortunadamente, la lontananza a que nos hemos referido algo más arriba de este relato, estaba suficientemente alejada para que los extranjeros cazaimágenes selváticas que formaban la expedición no vieran exactamente lo que sucedió, aunque, intuyeron los resultantes efectos.

Fue una historia triste, que les amargó bastante el resto de las vacaciones. Y lo más lamentable es que Margarita Sabihondilla no tuvo ocasión de poner en práctica la enseñanza recibida de que todos los cuentos que, cuando niña, le refería su mamá para entretenerla, no eran ciencia. Alguien debería haber dicho a las claras que le quedaba mucho por aprender y que una forma segura de disminuir la ignorancia es tener en cuenta la experiencia de los demás.

FIN

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Cuento de verano: Juanelo Valiente contra el sistema

3 septiembre, 2013 By amarias2013 Deja un comentario

Cuando Juanelo Valiente retornó de sus merecidas vacaciones en la tierra de sus ancestros, por buen nombre, Siempreverde, no tardó en apreciar que, en su ausencia, las cosas habían vuelto a empeorar.

En realidad, es principio general y comúnmente aceptado, que lo que, siendo propio, no se vigila, se deteriora por sí mismo, y si no se está atento a limpiar, adecentar y eliminar adherencias, de forma continua, al cabo de poco tiempo, en donde había algo de valor, se encontrará un pingajo.

Lo que ya no es tan sabido o, por lo menos, rara vez se tiene en cuenta, es que, en tratándose de lo común, esto es, de lo que pertenece a todos, la falta de vigilancia produce un deterioro aún más rápido, y por ser el bien que ha de mantenerse mucho más valioso que lo de uno solo, resulta -en principio- tanto más doloroso el avance de su miseria.

Los síntomas aparecieron ya desde el primer día. El Cartero real, habitual portador de misivas sin la menor importancia, le comunicaba en una Notificación del Ministerio de Velocidades que había sido multado con cien maravedís por superar en cuatro micromillas a la hora la velocidad máxima admitida para los cabriolés con pescante de ébano, regla exótica que había sido aprobada en el último Consejo de Ministros antes de las vacaciones de verano.

La exacción le había sido deducida ya de su cuenta bancaria, correspondiéndole ahora, según decía el boleto en letra autoborrativa, alegar lo que a su derecho correspondiera en los tribunales competentes, siendo circunstancia que solo parecía conocer Juanelo, el que su vehículo no había sido cabriolé, sino charriot, y que, a la sazón, se debería hallar dado de baja y en situación de desguace, misión que había confiado, como entendía corresponde, a un competente taller autorizado para minucias vitales.

Disgustado por el mal pie con el que se celebraba su retorno, se dirigió a la sede del gremio de Profesionales Libres, al que pertenecía, para anunciar que se encontraba nuevamente a disposición de lo que se le ordenara, encontrándose con que un cartel, en la misma puerta, adherido con cinta de embalar, indicaba que el gremio había sido disuelto, por orden del Ministerio de Libertades Vigiladas, de reciente creación, y se invitaba a los socios a que defendieran sus reivindicaciones, en el caso hipotético de que las tuvieran, de acuerdo con su leal saber y entender individual.

Barruntando ya que las vacaciones de la plebe habrían sido aprovechadas por los controladores del Sistema para hacer otros cambios, aún más profundos, fue, con el corazón más contrito, al Palacio de Comunicaciones Generales, lugar en donde, en multitud de paneles llamados informativos, se disponían, sin orden ni concierto, las muy variadas disposiciones que modificaban, con igual criterio, las anteriores, nacidas, en general, bajo idénticos auspicios.

Sus peores sospechas quedaron confirmadas de inmediato. Multitud de normas, reglamentos, leyes, adenda, edictos, eukases, diligencias, providencias, autos, directivas, sentencias y revocaciones habían sido dictadas o aprobadas durante los treinta días en que había estado de vacaciones.

Había cambiado tanto todo, que resultaba imposible saber cuál era la norma última que correspondía seguir. Juanelo Valiente, armado solo de su perspicacia, retiró de un manotazo varias de aquellas notificaciones, y las estrujó con sus propias manos, mientras gritaba:

-¡Cómo puede ser que lo que está creado para ayudar y proteger al individuo se haya convertido en un monstruo incontrolable!

Parecía, en verdad, fuera de sí. Los pocos ciudadanos que se encontraban en el inmenso espacio de la planta baja del Palacio de Comunicaciones Generales -las zonas altas eran inaccesibles para el común- le miraron, sin decir nada, aunque alguno le aconsejó, con un leve movimiento de los labios, que se callara.

En aquel momento, aparecieron varios funcionarios, cuyos rostros estaban ocultos por material antidisturbios que, con dureza, golpearon a Juanelo Valiente, tirándolo al suelo, y luego lo esposaron y lo condujeron hacia los sótanos.

-El sistema tiene siempre razón y los que están contra él, están contra todos -explicó, para quien pudiera oírle, quien parecía el jefe de aquel equipo.

Así resultó engullido Juanelo por el sistema. Cuando sus amigos advirtieron que faltaba a los habituales encuentros, en donde se entretenían en resolver complicados Sudokus y otros acertijos que estimulan la imaginación -según se creía-se interesaron por él, para lo que fue imprescindible rellenar el formulario informático previsto al efecto. Al cabo de unos días, recibieron la notificación, enviada contra reembolso, de que faltaban datos para la completa identificación del Expediente del asunto, y que, por ello, no había podido ser procesada.

Cada una de sus peticiones de información, encontró similar respuesta. «No es posible procesar su consulta por datos incompletos». Pidieron ver al responsable físico del Departamento de Errores del Sistema, pero el programa informático les contestó, en un tono que juzgaron impertinente, que, antes, deberían agotar los procedimientos automáticos, que no sabían ni consiguieron saber cuáles son exactamente.

Escribieron, exhaustos, esta frase sobre una sábana: «Juanelo, ¿dónde estás?. Tus amigos nos te olvidan», y se apostaron nos apostamos ante el mecanismo de control de acceso al Gran Palacio del Sistema. Así estuvieron varios días. Para su asombro y definitiva desesperación, por allí no entró ninguna persona. Aquella entrada no era utilizada por nadie. Todo el recinto, hasta donde alcanzaba la vista, parecía abandonado, si bien, aunque alejados como se encontraban del complejo central de edificios, llegaban extraños sonidos de actividad.

Decidieron, al cabo, abandonar la búsqueda de Juanelo. Los que conocían su coraje, se manifestaban seguros de que Juanelo Valiente sería capaz de hacer algo para evadirse, y se tranquilizaron de que sabría cómo salir del problema por sus propias fuerzas.

Así fue. Cuando ya nadie recordaba el caso, emergió Juanelo Valiente, desmejorado, pálido, pero vivo. Contó que había conseguido zafarse de su reclusión, aprovechando que aquel día, el mecanismo que le proporcionaba papilla de arroz sintético y agua reciclada por un conducto minúsculo, se atoró, y la puerta de su celda quedó circunstancialmente abierta.

Dijo también que había recorrido todas las dependencias, buscando la salida, y no había encontrado a nadie. Tenía la seguridad de que no había nadie detrás del funcionamiento del Sistema, que se estaba alimentando por inercia.

Es verdad que no le creyeron, porque todos tenían miedo a las represalias, ya que las Notificaciones no paraban de llegar, lo que parecía probar que alguien controlaba todo, aunque fuera para mal. Multas, subidas de impuestos, limitaciones de prestaciones…

Pero Juanelo Valiente no hizo caso, en adelante, de ninguna de ellas. Vació sus cuentas bancarias, pidió la liquidación en su empresa, no contestaba correos, cambió de lugar de residencia, pagaba al contado, cobraba en negro, repudió a sus amigos, no leía periódicos, y, lo que es más importante, dejó que se olvidara el nombre de Juanelo Valiente, pasando al más absoluto anonimato para el Sistema, del que vive completamente al margen, desde entonces.

Por lo que le va muy bien, según se puede inferir.

FIN

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Cuento de verano: El crédulo y la pitonisa

2 septiembre, 2013 By amarias2013 Deja un comentario

Erase una vez que se era, un hombre crédulo. No se trataba de una característica en grado superlativo, sino sustancial, es decir, sin fisuras. Sencillamente, era incapaz de imaginar que nada de lo que se le pudiera contar por otro ser humano pudiera estar basado en la falsedad o la mentira, por lo que le daba la máxima credibilidad. esto es, toda.

Las razones por las que había desarrollado tan extraña capacidad resultaban, en verdad, desconocidas. No existían antecedentes familiares; ni en la colectividad donde desarrollaba su existencia, las crónicas oficiales o los más antiguos del lugar registraban o recordaban comportamiento similar.

Ni siquiera la experiencia vivida personalmente por el crédulo había minado la más mínimo lo que, en puridad, nadie consideraba virtud, sino defecto.

-¿No puedes entender que mentir, especialmente en las cuestiones esenciales, es una manera de defensa? Cubriendo la realidad con mentiras bien urdidas, se protege la intimidad, la hacienda, los propios intereses -le decía uno de los pocos amigos que tenía, porque para la mayoría resultaba aburrido compartir vivencias con alguien que no veía en ellas doblez ni maldad alguna.

-No. -Fue la respuesta escueta del crédulo supino.

Seguramente por curiosidad, un buen día, nuestro crédulo se encontró frente a la consulta de una pitonisa. El lector debe saber de inmediato que no se trataba de una de esas personas que, con palabras, silencios y otros subterfugios, pretenden adivinar el pasado de quienes les visitan, para que ellos mismos deduzcan el futuro que, por su mala cabeza, les espera.

Aquella vidente había desarrollado una habilidad especial, como consecuencia de haber seguido estudios muy cualificados de análisis de series, estadística cuántica y economía aplicada. En su consecuencia, podía ser capaz -así se jactaba de ello en los anuncios con los que se publicitaba- de «deducir, por métodos científicos, el ámbito más probable en el que se desarrollará cualquier actividad humana».

El crédulo preguntó, ante todo, al ser conducido al cuarto, lleno de ordenadores y otros cachivaches informáticos, en donde la adivina desarrollaba su actividad, cuánto había de costarle la consulta.

-Esto dependerá de la complejidad de la pregunta, -fue la respuesta.

-Pues bien, -no se arredró el inocente-, ya que estamos, aquello que con más interés desearía saber es si alguna vez la Humanidad en su integridad llegará a tener un solo objetivo.

Esa consulta es gratuita, -dijo la pitonisa, esbozando una sonrisa-. Porque ese momento hace tiempo que ha llegado, y todos los hombres y mujeres del planeta se esfuerzan desde entonces por alcanzarlo.

Solo al salir de nuevo a la calle, rumiando, entre sorprendido y satisfecho, el valor de aquella simple respuesta que borraba las dudas que de vez en cuando le atormentaban, comprendió el crédulo que debía haber pedido mayor precisión, y se lamentó de no haber preguntado a la pitonisa cuál era, en verdad, ese objetivo que la Humanidad perseguía con ahínco.

Pero, confiado en que, siendo tan común, cualquiera de sus contemporáneos podría informarle acerca del mismo, abordó al primer transeúnte con aspecto de respetabilidad que se cruzó en su camino, y le preguntó si conocía cual era el objetivo de la Humanidad.

El interpelado, que era un clérigo, le miró con curiosidad, tratando de descubrir si el crédulo le estaba tomando el pelo, y, creyéndolo algo alienado, aunque sin faltar a sus principios, le respondió con lo primero que se le vino a la cabeza:

-El objetivo de la Humanidad es vivir dignamente de acuerdo con los designios que Dios tiene marcados para el hombre.

(Ah, -pensó nuestro hombre, mientras daba las gracias al gentil entrevistado-, ¿cómo no se me ocurrió antes?. Lógico que así fuera).

Apenas había andado unos pasos, sintiendo que la respuesta que había obtenido precisaba mayor concreción, asaltó a una joven que llevaba un carrito con un bebé.

-¿Sería tan amable de aclararme una duda? ¿Cuáles son los designios que la divinidad tiene señalados para la Humanidad?

La joven, que pertenecía a uno de los grupos que se tienen por alternativos, entendió de inmediato que debía estar siendo filmada para uno de esos programas que deleitan a los desocupados ofreciendo a sus audiencias la muestra de su vacuidad cerebral, y quiso aprovechar la oportunidad para lanzar una reivindicación.

-No creo que a ninguna divinidad le preocupe lo que hagamos. Lo que debemos hacer es vivir conforme a las reglas de la naturaleza.

Magnífica observación, se dijo el crédulo para su coleto, y soy muy torpe para no haberme percatado de tan obvia solución a mis inquietudes. Sin embargo, comprendió pronto que, para ser efectivo, el consejo debería completarse aún, por lo que, atravesando la calle, detuvo a un individuo bien trajeado que se acababa de apear de una lujosa berlina, y, conforme a lo que llevaba deducido, tuvo arrestos para encajarle esta cuestión:

-¿Cuáles son las reglas de la naturaleza?

El asaltado, que era un alto ejecutivo de una multinacional polivalente, estaba, justo en aquel momento, repasando las notas fundamentales del discurso de presentación de los resultados de la compañía a la Asamblea de accionistas que tendría lugar en unos instantes. Así que, para quitárselo de encima, tomándolo por un pordiosero, le contestó:

-La naturaleza no tiene reglas. La única fórmula es trabajar duro, siguiendo la propia intuición y con la seguridad de que cada hombre acabará encontrando el sitio que le corresponde.

Increíble -rumió el crédulo, encantado con la facilidad en que había conseguido concretar la solución a la preocupación que hasta entonces le había consumido tantos momentos obsesivos-. No hay respuesta más pertinente que la que este hombre me ha dado. El objetivo de la Humanidad es poner a cada uno en su sitio, ¿qué otro podría ser, sino ése?.

Y, distraído por tan profundo pensamiento, no se percató en que un autobús de línea avanzaba despendolado por el carril preferente que momentáneamente ocupaba, siendo arrollado por el vehículo, que le proporcionó muy graves heridas.

Mientras yacía en el suelo, ensangrentado, rodeado de curiosos espectadores que demandaban con urgencia un médico, dicen los testigos que estaban más cerca del moribundo que musitó estas palabras: Humanidad, mi sitio queda libre.

Nadie entendió a qué podría referirse.

FIN

Publicado en: Cuentos y otras creaciones literarias Etiquetado como: adivinanza, Arias, crédulo, cuentos de verano, pitonisa

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