Al socaire

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Cuento de invierno: Confusión disculpable

8 enero, 2014 By amarias2013 Deja un comentario

El autor entró en el salón en donde se le iba a rendir un homenaje, llevando una carpeta en la que había introducido una selección de sus mejores poemas. Se había acicalado para la ocasión con especial esmero, recortándose la barba y el bigote y eliminando, con unas pinzas de depilar, algunos pelos de la nariz y las orejas.

Con íntima satisfacción, recorrió el camino que conducía al estrado, recibiendo abrazos, apretones de manos (y algún empujón), y un par de besos femeninos. Allí estaban muchos de sus amigos, la mayor parte de sus rivales, miembros de su familia, varias de sus musas.

El director de la Academia de las Artes Poéticas y Otras Inutilidades Literarias, que le esperaba ya sobre la tarima, se adelantó para darle la bienvenida, con la mala fortuna que trastabilló, al no apercibirse de que había dos escalones desiguales, y cayó sobre el autor, en lo que podía parecer un abrazo de oso. Ambos habrían rodado por el suelo, sino hubiera sido porque, en la caída, la palmeta del respaldo de una silla de la fila delantera, prevista en el proscenio como asiento para autoridades e invitados especiales, se clavó en la cadera del poeta, causándole un intenso dolor del que no se libraría el resto de la velada.

Cuando empezó el acto, que tenía como duración prevista e inaplazable la de una hora, pues el bedel de la Academia había advertido que el local se cerraría a las ocho en punto, el director de la magna institución se deshizo en elogios hacia el vate, como acostumbra a decirse en las crónicas periodísticas que se confeccionan con posterioridad, para hacer la reseña de un acontecimiento literario al que no se ha acudido.

En realidad, si hubiera necesidad de ser precisos, cabría decir que el director de la Academia (propuesto para presidente honorario perpetuo de la misma) consumió casi media hora en elogiarse a sí mismo, pues resaltó, con ínfimos detalles, cómo había conocido al magno poeta, laureado ahora en tantos certámenes extranjeros, con premios dignamente merecidos, cuando no era nadie, o por decirlo con dulzura, era solo un joven inexperto incapaz para descubrir por sí mismo las complejas modalidades y desarrollar las innúmeras virtudes que son precisas para deambular por los jardines de la mejore literatura, terrenos donde imperan los caprichos de Calíope y Apolo, vecinos puerta con puerta de Afrodita y Aquiles y otros dioses de fausta memoria.

-Yo, que entonces ya era director de la Academia, -proseguía, inagotable, quien se creía poseedor de privilegiado cacumen- acogí a aquel muchacho inexperto, al que hoy ciertamente homenajeamos, y le dí de beber en mi viril pecho, ya hecho y derecho (y perdonen ustedes las rimas, pero me salen así de natural), las nutricias leches del mejor saber poético …

Todo eso, y más, expresó, con rimbombante verbo, el monitor del acto, después de haber advertido que sería breve, pues tenía la seguridad, sin asomo de duda, de que todos los presentes habían venido para escuchar al poeta y no a él mismo.

Nadie oyó la voz del autor, musitando para sus adentros: «Me aconsejaste, oh cabrío, que me dedicara a la agricultura, pues, según tú, todo estaba inventado en la lírica y yo no tenía imaginación más que para destripar terruños».

A las palabras del director, siguieron las del miembro más antiguo y a las del miembro más antiguo, las del primer maestro de esgrima que tuvo en poeta, y al experto en floretes y estocadas, la del fabricante de una estilográfica, patrocinador del acto, y al de la pluma hubiera seguido la intervención de la profesora de latín del Instituto que enseñó al entonces discípulo a distinguir a Sócrates de Aquino, sino fuera porque asomó entre bastidores la torva cabeza del bedel, advirtiendo:

-Quedan cinco minutos, y cierro la puerta. Y el que no haya salido para entonces, tendrá que quedarse aquí hasta mañana a las diez y media, en que la reabro, cuando empiece mi jornada.

Y aún precisó razones:

-Para lo que me pagan…

Ante la amenaza de pasar la noche en el frío salón de ceremonias, el director de la Academia tomó la decisión de prescindir de las palabras del autor, justificando la omisión en que las obras del mismo estaban disponibles en las librerías y, en todo caso, podrían bajarse gratis de internet, y cedió al público presente la oportunidad de proponer una sola cuestión al homenajeado, con lo que se cerraría brillantemente el acto.

Venciendo el estupor que inundó la sala, una joven alzó la mano y, autorizada que fue por el maestro de la ceremonia, con voz dulcísima y pulquérrima, expresó lo siguiente:

-A mí, que soy gran admiradora suya, me han causado honda emoción unos versos de los que, ahora que tengo la oportunidad, me gustaría nos explicara su sentido.

Los cuellos se volvieron hacia el fondo de la sala, en donde se hallaba la joven de la voz, quien recitó, con prodigiosa entonación, como quien declama a Shakespeare:

-«Por el amor, vencido, aboco/siguiendo a los demás, derecho al pozo/por senderos que hollaron pies que quiero/y que otros, fornidos, persiguiendo/pusieron antes debajo estando por encima».

El autor la miró, con rostro que dejaba entrever su ánimo atónito.

-¿Qué quiso decir, apreciado maestro? -repitió la muchacha, como un martillo pilón manejado por una ninfa.

-No tengo ni pajolera idea -contestó el poeta, haciendo ademán de levantarse, con el dolor claveteándole los ijares, frotándose la nalga con la izquierda-. Porque no son míos. Pero si quieres que te escriba algo personal, llámame a casa.

Fue uno de los mejores actos ceremoniosos al que recuerdo haber asistido jamás. La gente salía a la calle, aplaudiendo a rabiar, si bien el frío intenso que se había impuesto en la ciudad tenía mucho que ver.

El poeta se marchó a vivir a Nueva York, en donde me parece que aún vive, si no se ha muerto a estas alturas.

FIN

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Cuento de invierno: Lecciones de supervivencia

7 enero, 2014 By amarias2013 Deja un comentario

El muy ilustre profesor Dr. Alvarodejo, prestigioso especialista de fama mundial en el apasionante campo de la Etiología, completaba el curso de conferencias magistrales que impartía en la Universidad de Prestóme , obligando a sus alumnos, en la última práctica obligatoria para aprobar su asignatura, a acudir al Laboratorio de Supervivencia de la cátedra, en donde tenía instalado un simulador complejísimo.

Se trataba de una situación muy temida por los aspirantes al título de Master en Apropincuación de Comportamientos Sutiles (Sc. Mr. in Subtle Behaviour Perception), prestigiosa cualificación que garantizaba puesto de trabajo como funcionario en la Secretaría de Estado de Supervivencia en el Mundo Hostil (Survival in an Unfrienly World). Era, con todo, un trámite imprescindible, puesto que no se podía conseguir la titulación sin superar esa prueba.

Eran pocos quienes obtenían el aprobado que les abría el paso hacia el título o certificado, ya que la mayor parte de los alumnos, sucumbían, -dicho sea, al menos teóricamente-, a las exigencias planteadas por el simulador.

Las pruebas se desarrollaban en dos días, sin que el alumno sometido a las mismas, pudiera salir del Laboratorio, pedir ayuda, alimentarse de otra cosa que preparados energéticos, ni fueran autorizados a consultar documentos, apuntes, o la Wikipedia. Solamente les estaba permitido evacuar sus necesidades fisiológicas a través de sendos canutos, que conducían, unidireccionalmente, a las redes de saneamiento generales del recinto.

No existe constancia fehaciente acerca de la forma concreta en que se desarrollaba esa singular práctica de Laboratorio y en qué consistían, con total exactitud, los ejercicios. Sin embargo, merced a diversas deducciones imaginativas, la filtración conseguida gracias a confesiones de algunos alumnos suspensos y la declaración, arrancada mediante una sustanciosa compensación económica y una paliza, a uno de los maestros del Laboratorio, ya jubilado, se ha podido inferir una parte del método de selección.

Parece ser que, en la primera fase, los alumnos deberían comportarse durante cuatro horas como un hembra de ciempiés, quilópodo o escolopendra, del orden anomorpha, en fase adulta, procurando alimentarse de los animales que correspondieran a su capacidad digestiva, y, al mismo tiempo, defendiéndose con éxito de sus enemigos naturales, utilizando correspondientemente el órgano de Tömösvary y aquello que estimaran pertinente, siéndoles propio. La prueba parcial se consideraba superada si conseguían efectuar una cópula, para lo que, además, deberían poner de manifiesto el esternito mediante masaje de esa zona contra las hierbas húmedas que se les proporcionaban para lograr la estimulación.

En el ejercicio siguiente, el examinando se veía transportado a la singular naturaleza de un macho de conejo de Lemuria, (el único carnivorous rabbit del que se guarda reseña) cuya primera actuación habría de ser la de devorar el quilópodo que había conformado su anterior existencia. Como en el caso previo, la superación de la fase implicaba soportar airosamente un par de horas de existencia, salvando el pelaje del singular roedor de aquellos enemigos, naturales como artificiales, que, de manera tan imprevisible como insaciable, aparecerían por su entorno: humanos incrédulos, hobbits y habitantes de la saga de Zelda. Como es bien sabido, esa criatura, de tamaño superior al de un perro mediano, de apariencia inocente pero provista de afilados dientes, podía despedazar en unos instantes a cualquier animal más pequeño, y devorarlo sin pausa, destrozándole las entrañas después de desgarrarle la piel o la coraza con sus caninos; aunque su hábitat inicial era Australia, donde fue primeramente detectada, la especie se hallaba en la actualidad extendida por todo el orbe, como reseñan los anales de la estultogeografía, que suelen advertir del peligro de encontrarse con ellas y confiar en su apacible aspecto.

Seguían así, a lo que parece, otros ejercicios, en los que el alumno habría de defenderse también de enemigos de su propia especie, superando las dificultades sin pestañear -o hacerlo poco- y sin dudar en el empleo de todo tipo de argucias, armas, mentiras, empujones y zancadillas. En la etapa final, cuando ya se avistaba el final de la prueba y, por consiguiente, los alumnos veían segura la obtención del preciado galardón, el infeliz egresando se veía confrontado a la actuación más difícil, pues debía, como nuevo Lacoonte, devorarse: esta vez, a sí mismo.

Solo entonces se abrían las compuertas del simulador y el alumno recibía, de su maestro, la corona de laurel y el ósculo en la frente que le suponían el anhelado aprobado. Para obtener una nota más alta, era preciso no salir del simulador, y que el educando se estacionara, embelesado, en la fase penúltima. El profesor solo concedió una matrícula de honor, a un estudiante que confundió la entrada al aparato con su salida; desgraciadamente, el quilópodo anomorpha no concedíó ningún valor al diploma, y se cagó encima.

FIN

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Cuento de invierno: Reunión cósmica de sabios

6 enero, 2014 By amarias2013 Deja un comentario

Por fin había podido celebrarse, después de múltiples ajustes en las agendas intergalácticas, la primera reunión cósmica de sabios.

Se trataba, por supuesto, de un encuentro sin desplazamiento real, ya que no hubiera sido posible conseguir reunir a las más privilegiadas mentes del universo, físicamente y en un tiempo dado, dadas las tremendas distancias que les separaban entre sí. Baste decir que, considerando únicamente el espacio tridimensional, los dos asteroides, -de entre aquellos en los que se habían manifestado seres inteligentes-, que se hallaban más alejados entre sí, lo estaban a varios miles de millones de siglos luz uno de otro.

Los problemas de conexión que habían tenido que resolverse eran, por decirlo con una palabra, aún reconociendo la limitación del lenguaje humano, inconmensurables. Por fortuna, los seres de la quinta dimensión habían accedido a poner a disposición del curioso encuentro toda (o una parte) de su conocimiento de comunicaciones, si bien, de empleo limitado a esa sola vez. Habían hecho jurar ante su propia potestad pentadimensional, a todos los seres dominadores de los espacios de tres y cuatro dimensiones (los de dos y una dimensión no habían sido invitados), que no copiarían o imitarían esa tecnología durante los próximos cien billones de siglos luz, so riesgo de destrucción inmediata de la viabilidad de las naturalezas infractoras.

Resultaba curioso, analizado con la imprescindible perspectiva, que entidades de tan diferente naturaleza (reales y fantásticas), ocupantes de espacios con dimensiones de las que unos resultaban englobables en otros, participaran en una reunión, que, sin necesidad de profundizar mucho, se debía estimar como totalmente desequilibrada. El cónclave se celebraba a instancias de la especie humana, que se jactaba de haber llevado su desarrollo a un nivel tal que le hacía merecedora de ser considerada, según su peculiar criterio, centro del cosmos, capaz para dirigir sus propios destinos -fuesen los que fueran-, desprendiéndose, por tanto, de cualquier vinculación anterior y con la consecuencia de no tener que pagar en lo sucesivo peaje intelectual alguno.

Llegado el momento preciso para la confluencia, los representantes más cualificados ocuparon sus espacios virtuales en el escenario hiperdimensional, y el sabio representante de la especie humana comenzó su disertación, que fue absorbida instantáneamente por una gran parte de la concurrencia, dándose el caso de que aún no sabía lo que iba a decir -aunque llevaba su intervención, obviamente, muy preparada- y ya muchos de los que atendían a la misma, habían sacado sus conclusiones hacía siglos.

-Hemos conseguido delimitar el margen de lo desconocido en nuestro Universo -decía el sabio humano- al mínimo. Podemos generar energía, liberándola de los enlaces de numerosos compuestos, e incluso de los mismos átomos. Somos capaces de calcular y construir estructuras resistentes a la mayor parte de los fenómenos naturales que se producen en la Tierra. Hemos puesto en valor la práctica totalidad de los recursos de nuestro planeta y de algunos otros a los que hemos accedido, y si no hemos llegado más lejos, no es por nuestra cortedad, sino por la limitación natural de nuestra Galaxia, cuyo momento inicial y parámetros de evolución creemos haber detectado. Incluso, estamos en condiciones de prolongar nuestras vidas al límite máximo admisible por nuestra composición química, siendo ahora posible imaginar que para el 87% de los humanos se conseguirá superar la edad de 125,3 años. No solo eso: hemos fabricado robots que superan ampliamente nuestra esperanza de vida, con capacidades de actuación incluso superiores a las nuestras. Somos, por tanto, a nuestro nivel, equivalentes a los dioses, y exigimos, con el debido respeto pero inconmovible firmeza, que nos sea reconocida esa calificación entre las categorías cósmicas.

El representante de la cuarta dimensión soltó una carcajada cósmica, que resonó en las oquedades terrestres como un terremoto de intensidad 9,3, medida en la escala de Richter.

-¡No seas iluso, humano! Esas fuerzas de la naturaleza que decís poder controlar son provocadas por los caprichos y divertimentos de mis colegas del espacio tetradimensional. A veces, según los viene en gana, descendiendo de la escala de tiempos a la física, generan un pequeño movimiento tridimensional que vosotros calificáis como tsunami o terremoto de gran intensidad y que os provoca, claro, daños terribles. Otras, movilizan con idéntico empeño, las nubes de vuestro entorno y lo hacen con el mismo gozo con el que los niños humanos hacen pompas de jabón, por el puro placer de hacer figuritas con ellas, lo que no evita, sino causa, tormentas y ciclones. Y no te quepa duda alguna de que cualquiera de esos descubrimientos que vuestra especie juzga producto de la genialidad de algunos o del trabajo continuado de investigación de equipos, son aportaciones graciosas que alguno de los seres de mi dimensión o de las superiores os hacen, con el solo fin de hacer más entretenido contemplar vuestra lentísima, y por su propio impulso, hasta negativa, evolución. Algo parecido, aunque obviamente a otro nivel, a la forma como vosotros, los que os creéis más listos de entre los humanos, y a vuestra reducida escala, cedéis -por supuesto, en vuestro caso, de forma egoísta- algunos avances tecnológicos a los países menos desarrollados.

-Abundando en ello, -iluminó como un relámpago de trillones de fotones, una eminencia de la quinta dimensión- has de saber, enano cósmico, que aunque te creas superior a otros seres de tu escala, incluso invisibles para ti con tus medios de análisis, la situación es solo fruto de tu ignorancia, que no puedes suplir con tu limitada imaginación y tus equipos de pacotilla.

En la Tierra, la población se maravilló de un resplandor tan fulminante que creyeron llegado el fin del mundo, y se pusieron a orar, sin saber a quién.

El sabio terrestre guardó silencio, confundido. Su silencio duró una nada inmensa, y fue percibido en la Tierra como varios siglos de inconcebible vacío. A partir de entonces los cielos se oscurecieron, los hielos se derritieron en una parte y en otra aumentaron varios metros su espesor y, lo que fue peor, todas las creencias se tambalearon, cayendo muchas estrepitosamente y arrastrando en su caída próceres, papas, ayatolás, reyes, iconos, gurús, empresarios, emprendedores, fieles y galardonados (entre otros).

Entonces, y solo entonces, un ser ínfimo que estaba alojado, al parecer, en uno de los lugares más recónditos de la epidermis de la calva del sabio, tal vez colindante con alguna zona del hipotálamo, que no hemos sido capaces de precisar, expuso este pensamiento sorprendente:

-¡Eh! Yo también he venido a esta reunión de sabios, y habito, como la especie humana, en el espacio tridimensional, aunque mi ámbito de desarrollo es varios múltiplos superior al espacio terrestre. No tenemos pretensiones de ser los más sabios del cosmos, ni mucho menos, anhelamos ser independientes, pero quiero expresar que nuestro nivel de inteligencia, como las criaturas superiores sabéis bien, es muy superior al del hombre, al que conducimos como nos da la gana. Los humanos son nuestros robots, en el ámbito que vosotros, los entes superiores, nos permitís actuar.

El sabio humano se quedó de piedra. Lo que anhelaba un instante de gozo se había tornado en una pesadilla terrible. Un ámbito de dolor y desambiguación de máxima crudeza, que, por fortuna, terminó cuando alguien movió su brazo.

-¡Poeta!¡Poeta!

Era su mujer, que le observaba, angustiada.

-¡Despierta, despierta! ¿Qué te pasaba, con qué soñabas? ¡Te movías con terrible angustia y no hacías más que repetir, «no tengo la culpa, no me castiguéis»? ¿Quién te iba a castigar?

El poeta, ya despierto, guardó silencio, se levantó presto, y mientras se aliviaba de los líquidos que se le habían acumulado durante la noche, pensó: «Qué complicado resulta todo esto».

Pero se guardó, muy mucho, de comunicar a nadie, ni siquiera a su esposa, sus presentimientos y, naturalmente, tampoco le contó su sueño, porque no deseaba escuchar ninguna interpretación.

FIN

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Cuento de invierno: Carta de los Reyes Magos

4 enero, 2014 By amarias2013 Deja un comentario

Aquel 6 de enero del año nosecuántos, todos los niños de la Tierra recibieron, escrita en un idioma que comprendieran, la siguiente carta:

«Nosotros, los Reyes Magos de la Tierra, los de las coronas de papel y manto de alfombra vieja como los subidos en carrozas aparatosas con el logotipo de una Galería Comercial, los de las pelucas pelirrojas como los de las barbas blancas, los tiznados de betún como los encarnados en emigrantes del Sahel a cambio de solo un bocadillo, los varones como las hembras, los de los barrios más humildes como los de las casas de postín, os decimos a todos los niños de la Tierra:

«No os dejéis engañar nunca más. Los Reyes Magos no existieron, ni existen ni existirán. Son un invento de ricos para señalar las diferencias con los que menos tienen, y, en especial, con los que nada tienen. En el mantenimiento de esa mentira, han colaborado, como cómplices, muchos padres, abuelos, tíos y amigos de los anteriores. Pero no creáis que el resultado es haceros felices a vosotros y a los niños que os han precedido en la infancia. Los beneficiarios principales han sido siempre los comerciantes, en especial, los propietarios de los grandes establecimientos, que han conseguido con el pretexto de vuestra felicidad vender a precios carísimos millones de hipotéticos juguetes que, como acabáis sabiendo por vuestra cuenta, no sirven para nada, ni siquiera para jugar.

«Nosotros, los Reyes Magos de la Tierra, reunidos de urgencia ante la situación que está viviendo el mundo, con tensiones sin resolver que parecen desgraciadamente enfocadas a una nueva guerra mundial, hemos tomado la decisión de no colaborar más con ese engaño. No participaremos en cabalgatas, no pondremos nuestro rostro para mantener una ficción que, en nuestra opinión, no causa más que falsas expectativas, disgustos, despilfarros de medios y, aumenta la basura mundial en miles de toneladas, porque los juguetes que se regalan cada año a los niños, acaban siempre, y al cabo de muy poco tiempo, rotos, inservibles e inútiles.

«Animamos a todos los niños ricos a que se fabriquen ellos mismos los juguetes, como hacen los niños pobres. A que encuentren en cada trozo de madera, en un alambre, en una piedra, en las hojas de los árboles, en las madejas viejas, un motivo para desarrollar su creatividad. Os animamos, niños, de familias pobres como de familias ricas, a que juguéis juntos.

«Sabemos que habrá fabricantes de juguetes que pongan el grito en el cielo si leen esto, afirmando que con eso se les esfumará el negocio que sostiene a muchas familias. En todo caso, creemos qué lo harán en el idioma chino, pues de allí vienen la inmensa mayoría de los juguetes, gracias a la mano de obra barata de las fábricas orientales.

«No estamos en contra de que se regalen juguetes a los niños, sino de que se nos invoque a nosotros para sostener la ficción de que hay unos seres celestiales que premian a unos y castigan a otros, en una fecha concreta, lo que ha permitido durante siglos alimentar la hipótesis de que los niños cuyos padres tienen más medios son los que resultan más queridos por los dioses, lo que ni nos consta ni nos parece, en cualquier caso, ético.

«No seremos tampoco nosotros quienes os digamos cómo hacer juguetes, de esos que ahora llaman educativos. Para contar hasta diez, meter piezas geométricas en agujeros o poder decir árbol en inglés, no hace falta llenar de plásticos y cartones de colorines una caja muy aparente con cuatro pilas de cadmio. Para aprender a andar en bicicleta no hace falta, desde luego, disponer de una máquina con cambio de marchas que acabará en el desván. Para jugar a las muñecas no necesitáis un clon de un bebé satisfecho que diga cuatro frases grabadas y eche agua por un agujerito cuando se le apriete la barriga.

«Vosotros sabéis, niños del mundo, sin que os lo hayan impuesto, lo divertido que resulta llenar con pinturas y colores sencillos hojas y hojas de papel reciclado, recortar con tijeras vuestras propias marionetas, participar en carreras, incluso a la pata coja, hacer competiciones de pelota con porterías marcadas en el suelo, organizar lecturas de poesía, representaciones de teatrillo, salir de excursión, que se os explique cómo funcionan las cosas, que se os enseñe el nombre y las costumbres de los animales, que se os presenten más y más amigos con los que descubráis intereses comunes. Todo depende de vuestra edad y está limitado solo por vuestra imaginación.

«Os animamos, queridos niños ricos de cualquier lugar del mundo, a que digáis a vuestros padres que no queréis que os entretengan con ningún juguete comprado, que no gasten el dinero en generaros una ilusión efímera. Decidles que lo que deseáis es que se esfuercen, y rápidamente, en hacer un mundo mejor, sin guerras, sin disputas sin sentido, sin emigraciones forzadas, sin diferencias provocadas por la ambición, el odio y la explotación de los más débiles.

«Nosotros, los Reyes Magos de la Tierra, nunca hemos sido quienes os traeremos los regalos, porque solo somos un grupo de hombres y mujeres que se disfrazan para participar en una cabalgata. Por ello, probablemente, vuestros padres, tíos, abuelos y sus amigos, puede que incluso algunas empresas y asociaciones benéficas, os sigan regalando juguetes en esta fecha y en los años siguientes. Es más, creemos que no leerán esta carta.

«Pero vosotros, sí. Vosotros, sí que conoceréis el mensaje. Más tarde o más temprano, lo entenderéis.

«Es por eso que a vosotros va dirigida, en la confianza de que no caeréis en la trampa de comprar juguetes en una fecha como ésta a vuestros hijos y, puesto que para entonces ya seréis adultos y responsables, no lo haréis porque no necesitaréis de ningún día en el calendario para demostrar a vuestros hijos lo mucho que los queréis, y, sobre todo, de lo orgullosos que os sentís al saber que disfrutan de las mismas oportunidades de ser felices que los niños del vecino, aunque ese vecino esté situado en el lugar más alejado de la Tierra.

«Un beso de despedida de los Reyes Magos que, a partir de ahora, dejamos ya de serlo. Nos difundiremos en el mundo real, hasta hacernos invisibles».

FIN

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Cuento de invierno: El niño que cogía truchas con las manos

3 enero, 2014 By amarias2013 Deja un comentario

Por los veranos, la casa grande se llenaba de actividad. A final de cada primavera, se abrían de par en par sus puertas y ventanas, para airearla de la humedad acumulada durante el invierno. Se revisaban las filtraciones de las paredes y, si hacía falta, se pintaba alguna pared, se reponían las tejas que se habían roto para controlar las goteras y se sacaban los sillones de mimbre y sus correspondientes cojines de hierba seca a la azotea.

A través de las rejas del portillo que cerraba el alto muro de piedra coronado por hileras de cristales de botellas con peligrosos bordes, yo podía ver el ajetreo. Dos mozas de las del pueblo, contratadas como criadas de temporada, sacudían frenéticamente las alfombras, quitaban las colchas que habían cubierto los muebles y limpiaban el polvo acumulado sobre los libros de las estanterías. Finalmente, fregaban hasta dejarlos como los chorros del oro, los suelos de madera de castaño del comedor y los pasillos, haciendo que todo oliera a limpio, es decir, a jabón Lagarto y a lejía.

Era siempre domingo cuando llegaban los inquilinos de la casa grande. Venían en dos coches. En el que iba delante, viajaban los señores y algunas maletas. El era magistrado de la Audiencia, un tipo muy importante, que hablaba poco y jamás se mezclaba con nadie, pienso que para no contaminarse. Conducía. Ella, había heredado la casa de un medio hermano que había hecho las américas y al que unas fiebres reumáticas le habían dejado para siempre por allá; tampoco era precisamente alegre como unas pascuas.

En el segundo coche, que manejaba «un propio», venían los niños (un varón y una hembra), el perro pekinés, y atado a la baca, bien ajustado con cuerdas recias de calabrote, un colchón doblado.

Aquel año en concreto del que más me acuerdo, vino también una joven francesa que había sido contratada como institutriz o algo similar. También recuerdo una frase que pronunciaba frecuentemente, con su voz cantarina, aquella joven empleada. Lo hacía, supongo, no tanto por reprender a los pequeños como por justificar su sueldo como asistenta au pair: comportévú lesanfán.

Era una mujer muy simpática, que me daba caramelos y algún bocadillo con una onza de chocolate y manteca, bailaba con mucha gracia en el salón cuando hacían fiestas y no tenía problema en enseñarnos las piernas a los muchachos, haciendo ágiles volatines de su propio cuerpo, que muy bien podría estar compuesto de alambres sino fuera porque era evidente que su composición era de carne.

Yo me hice desde el principio amigo del chico, que tenía más o menos mi misma edad y se llamaba Gasparín. La niña era algo más joven y no me caía nada bien; había heredado los palos de escoba de sus padres, miraba por encima del hombro a todos los del pueblo. Lo juro, no recuerdo su nombre.

Fue la nuestra una amistad singular, de íntimos amigos, aunque tengo la impresión de que mi amigo nunca supo que lo fuéramos tanto. No le dejaban salir fuera del cercado de piedra de la casa grande. El alto muro de piedra la convertía para los ajenos en una fortaleza, pero también era para él, su cárcel.

Pasábamos muchas horas juntos, porque yo acompañaba a mi padre, que era el jornalero para todo en la casa grande. Mientras mi padre se encargaba de atender el jardín y la huerta, podaba los setos, injertaba los árboles, picaba leña, alimentaba los mastines, regaba los frutales, recogía la fruta, o llevaba los desperdicios de la casa al estercolero con la carretilla, nosotros, los niños, jugábamos.

Enseñé a mi amigo a hacer trampas para pájaros, a distinguir un nido de malvís de otros de urraca, a coger avispas y abejas por las alas, a sacar grillos de sus agujeros, distinguiendo los machos de las hembras, y a predecir el tiempo del día siguiente mirando las nubes rojas de poniente.

El me enseñó, sobre todo, a entender que no era diferente.

Una noche, nos escapamos al río, y le enseñé a coger truchas con las manos, haciéndoles cosquillas mientras dormían, buscándolas bajo las piedras con una linterna que yo llevaba. Regresamos ateridos, pero muy contentos. El estaba encantado de quedarse con todo lo que habíamos pescado-una media docena de peces, y una de ellas de casi medio kilo-, porque deseaba enseñárselas a su padre, y hacerle sentirse orgulloso.

-Las dejaré sobre la mesa de la cocina, para que mamá las vea cuando se despierte; se pondrá muy contenta -fue su despedida.

Al día siguiente, mi padre me levantó de la cama a trompicones y me riñó muchísimo. Me prohibieron volver a ir a la casa grande.

-¡A quién se le ocurre llevar a un chico de ciudad al pozo Verdugo! ¡Podía haberse ahogado! -gritaba, mientras me sacudía. Pero no me hizo daño.

De todo esto hace ya bastantes años. Quizá cuarenta, puede que incluso alguno más. Mi amigo y yo no volvimos a vernos. La casa grande estuvo cerrada mucho tiempo, y a través de las rejas del portillo apenas se veía ya nada, porque la yedra cubría la entrada. Nadie la cuidaba; no había perros mastines que la guardasen, los frutales se secaron y las urracas anidaron en las ramas más altas y en la chimenea.

Yo tuve pronto que ganarme la vida, y me fui a buscar trabajo fuera, al extranjero, que era donde lo había. Tuve poco contacto con el pueblo.

Hace poco tiempo que regresé definitivamente al pueblo, a la casa que había sido de mis padres, ya fallecidos, y que también había sido abandonada. Me encontraba muy cansado, con el ánimo de quien ha sufrido una derrota definitiva. Estaba convencido de que mi vida había sido un fracaso, porque, sintiéndola ya casi en su final, no tenía hijos que me cuidaran, me encontraba divorciado pos segunda vez, sin trabajo ni ganas de buscarlo y la mayor parte del dinero que tenía ahorrado se lo habían devorado los abogados.

Con cariño y nostalgia, sabiendo que no tenía nada mejor que hacer en el resto de mi tiempo, restañé las grietas y desconchados de la fachada, reparé el tejado y vi con emoción que el naranjo que había sido mi confidente en las noches en vela, aún se mantenía en pie, apoyándose tal vez en el mar de zarzamoras que dominaba la pequeña huerta.

Esta misma tarde, una persona mayor, con profundas entradas y el rostro de aspecto cansado, se me acercó mientras estaba repasando con pintura blanca la puerta de la casa que me pertenecía.

-¿Será usted, por casualidad, el niño que cogía truchas con las manos? -me preguntó.
-¿Gasparín? -fue lo que salió de mis labios, mirando con sorpresa desbordada al desconocido.

Nos analizamos mejor, nos reconocimos sin dudas, y me fundí con aquel hombre que venía de la casa grande, hecha una ruina, en un abrazo. Sí, yo era el niño que cogía truchas con las manos. Algo quedaba de nosotros todavía.

Era solo cuestión de descubrirlo.

FIN

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Cuento de invierno: Las calzas de Doña Presunta

26 diciembre, 2013 By amarias2013 Deja un comentario

Se acercaba el cumpleaños de Doña Presunta, y su esposo, Don Precavido de Melindres, no tenía claro qué podría regalarle para tan singular ocasión. Los señores de Melindres disfrutaban, hasta ahora, de una posición desahogada (él era Pagador habilitado de clases pasivas). Para mayor abundamiento del bienestar de que gozaban, Doña Presunta era (había sido) hija única de los condes del Real Puente de la Carta Magna, y, aunque el título se había perdido, la dilecta señora había heredado un torreón vigía en los Monegros, que aún tenía vestigios de unas piedras que muy bien podían haber sido parte del escudo nobiliario de algún antepasado.

Don Precavido llevaba ya treinta y dos años teniendo un detalle con Doña Presunta, que fuera, al mismo tiempo, testimonio de imperecedero afecto hacia su cónyuge y alibi o tapadera de una afición que no estaba dispuesto a confesarle más que en su lecho de muerte. Porque, como tantos mentirosos, el Pagador habilitado cantaba en el sitio bendecido y ponía los jueves por la tarde sus huevos en otro diferente, actividad salutífera que le proporcionaba distracción en su aburrida existencia, a la que esta travesura dotaba de emoción y frescura.

Como Doña Presunta no era coleccionista ni aficionada a la ópera, los treinta y dos regalos de cumpleaños que jalonaban la vida en común con su farsante esposo, eran todos diferentes. Como Don Precavido concedía máximo valor a lo que perdura, no había llevado al hogar en tales momentos, tartas o bizcochos, o ramos florales, sino materia prácticamente imperecedera. Un año, fueron figuras de porcelana; otro, unos colgantes de oreja con las iniciales de ambos; aquel, un libro de recetas de cocina; para el décimo cumpleaños, una sortija con una falsa esmeralda, prácticamente verdadera. Y así, siguiendo.

Pero aquel año a Don Precavido se le agotaron las ideas. Por más que discurría, no se le antojaba nada conveniente. Y cuando estaba ya a punto de vencer el plazo, preguntó por una sugerencia a su amante de tantos años, a quien, para respetar la intimidad de la señora, viuda en la actualidad y, cómo no, respetabilísima, llamaremos por el seudónimo de Doña Agraciada.

-Regálale unas medias -fue la escueta orientación.
-¿No será poco? Piensa que Presunta es exigente -replicó Precavido.
-No hablo de unas medias cualesquiera, sino de unas que tengan dibujos atrevidos y de esas que se ajustan con liga en los muslámenes.- siguió Agraciada, dándole a la rueda.

Don Precavido se quedaba ya a punto de convencer mientras se ajustaba el cinturón. Y, recogiendo el maletín con las notificaciones de pensiones y nóminas que le habían quedado por repartir, habló desde la puerta, dando un beso a Agraciada en el pómulo derecho.

-No tengo yo gusto para esas cosas. Comprámelas tú, que ya te las pagaré. Y haz que te las envuelvan para regalo.

Todo sucedió como estaba acordado. Y el día del cumpleaños, Don Precavido entregó a Doña Presunta un paquete primorosamente adornado con una cinta de colorines, en cuya cima se había pegado una etiqueta que rezaba: Felicidades.

Doña Presunta recibió el paquete con alborozo, pues, como a todo quisque, le gustaban los regalos. Lo abrió sobre la marcha, y dejó al descubierto unas calzas de las que llegan hasta la parte más alta del muslo, con sus ligas propias, de puntillas, y hechuras tales que componían un entramado o dibujo que se podía considerar damasquinado.

-¡Qué preciosidad, Preca! ¡Qué gusto tienes! -decía la buena señora, dándole ósculos a diestro y siniestro al cornachuelo.
-Pues póntelas, nena -apuntilló el gaznápiro- Y salgamos prestos a lucir esas piernas de corista. Que te las vean, mi pelandusquina, que te vean.

Cuando Doña Presunta empezó a meterse las gambas en las calzas, una tarjeta de esas que dicen de visita se cayó de una de las medias, en donde, al parecer, estaba oculta. Sin necesidad de ponerse las gafas, pues Dios le había conservado buena vista para las cosas en donde no se precisan imaginación ni entendederas, la buena mujer pudo leer en voz alta lo que creía que era una expresa felicitación para su cumple:

«Donde terminan estas medias empieza, entera, mi dicha. Tu palomo procaz.»

Y, entonces, solo entonces, Precavido se dio cuenta que aquellas mismas medias habían sido, años ha, uno de sus regalos de amante encelado a su Agraciada.

Aguantó, impávido, el empuje desatado en Doña Presunta, que les llevó a ambos a caer, abrazados como una madeja, sobre la cama. Y mientras se debatía, azorado, entre las sábanas, se preguntaba el infeliz qué demonios le habría querido significar, creando aquel entuerto, la que había sido, al menos hasta entonces, su más querida.

Porque tuvo claro que aquellas calzas a Agraciada no le habían gustado, o no entendía porqué, si no, las tenía que haber puesto a circular por la tranquilidad de su hogar de tan aviesa manera.

FIN

Publicado en: Cuentos y otras creaciones literarias Etiquetado como: Agraciada, calzas, cama, clases pasivas, cuento de invierno, cuernos, cumplaños, medias, mensaje, nobiliario, pagador habilitado, pasión, Precavido, Presunta, regalo, sex appeal

Cuento de otoño: El clavo, la mariposa y la niña que festejó el solsticio de invierno

22 diciembre, 2013 By amarias2013 Deja un comentario

Todos hemos oído historias en las que una actuación de apariencia intrascendente acaba provocando efectos muy importantes. Es el caso del clavo mal encajado por el que se soltó una herradura, lo que dejó manco a un caballo que montaba el general que mandaba los ejércitos en la batalla que decidió el destino de un país.

Hay un proverbio chino que sostiene que el aleteo de una mariposa puede llegar a provocar un huracán en la otra esquina del mundo, y se ha realizado una película de éxito que lo demuestra o, por lo menos, lo intentó.

El caos está siempre acechando, y hasta existen leyes de la termodinámica que le han dado carta de naturaleza intelectual. Lo que no quiere decir que, por su parte, los amantes del orden estén desprotegidos: existe una probabilidad, aunque obviamente muy pequeña, de que todos los átomos de la materia con los que está fabricada la mesa sobre la que ahora escribo, coincidan en ponerse a danzar en la misma dirección, lo que me permitiría vivir la inolvidable experiencia de verla levitar unos palmos sobre el suelo.

El escenario de este cuento es un mundo en desorden, por lo que se podía suponer que había sido pasto de aplicación simultánea de las teorías del clavo y de la mariposa. Para que el lector no tenga que utilizar la imaginación, que es aconsejable la reserve para otros momentos, basta con que mire a su alrededor.

En consecuencia del desorden imperante, los habitantes no perdían ocasión, tanto a escala doméstica como a nivel global, de enzarzarse en peleas y discrepancias por cualquier motivo, desde un quítame allá esas pajas a yo lo vi primero. Por supuesto, los motivos variaban según las zonas de la Tierra, las etnias, las castas, las naciones o los intereses particulares o generales. Lo que era común a todos eran las ganas de pelear.

Quiso la casualidad que, en vísperas del solsticio de invierno, una niña de diez años, que vivía en un poblado del centro de Africa, mientras volvía a la choza con un cántaro de agua sobre la cabeza, tuvo una revelación y, como resultado, tomó una decisión que no le correspondía. La pequeña se llamaba Maisha Niara, que significa en swahili Vida con Máximas Aspiraciones. Por cierto que era la única persona de la tribu que tenía dos nombres, pero, cuando murió al poco de nacer su hermana gemela, Maisha, como consecuencia de una patada de una cabra, su padre decidió que se llamaría así en adelante.

Maisha Niara había tenido mucha suerte. A pocos kilómetros de su poblado había una escuela y, desde que aprendió que había garabatos con significados, le encantaba escribir. Se pasaba mucho tiempo imaginando historias que podían suceder de verdad.

Después de dejar el cántaro a la sombra, la niña, tomó un bolígrafo y una hoja del calendario de hace tres o cuatro años que colgaba de una pared de la choza, y escribió, con su letra menuda y líneas bastante rectas, una carta dirigida al Presidente del país más importante de la Tierra.

Al día siguiente, apenas llegó a la escuela, le pidió a su maestra que le tradujera la carta al inglés.

-¿Una carta al Presidente más importante de la Tierra? -le preguntó, curiosa, la profesora a la niña.- ¿Qué puede decirle a una persona de ese rango, una niña de un poblado perdido en el corazón de África?.

Maisha Niara no contestó, sino que le repitió, por favor, que la leyera y, si le parecía bien, que la tradujera al inglés, la copiara en un papel lo más limpio posible, la metiera en un sobre con los sellos que fueran necesarios y se la entregara al buhonero que venía los jueves al pueblo con vituallas y conservas de salazón y pescado, para que le diera el curso conveniente.

La maestra leyó en voz alta, luego de ordenar a todos los niños, incluso los mayores, que se sentaran alrededor.

«Querido Presidente del país más importante de la Tierra: Me llamo Maisha Niara y vivo en África. No pude verte por la televisión porque en mi poblado no tenemos electricidad, pero me dijeron que tienes cara de buena persona. Soy una niña de diez años y estudio mucho porque me han dicho que es la forma de tener futuro. Verás, he pensado que como tú tienes tanto trabajo con cosas muy urgentes no debes tener nada tiempo para pensar en el futuro de los niños como yo. Cuando yo tenga treinta años, tú serás un anciano achacoso o te habrás muerto, y si la gente como tú, preocupada por solucionar el presente, no ha tenido tiempo para crear nuestro futuro, nos encontraremos con que no existe cuando lleguemos a él. Por eso, se me ha ocurrido que si todos los habitantes de la Tierra dedicásemos, por ejemplo, diez minutos cada día para hacer un poco del trabajo de otra persona, sin dejar por ello de hacer el que nos corresponde, tendríamos todos los días cien mil millones de minutos libres que te podíamos dar para que tú los distribuyeras de la mejor manera posible. A mí se me ocurren algunas cosas que podría hacer, pero creo que es mejor que te envíe un vale por mis diez minutos, para que, si te parece, pidas a todo el mundo que te envíe también un vale por diez minutos y, cuando los tengas todos, ordenes a cada uno que haga en ellos lo que te parezca mejor, y así también tú tendrás mucho más tiempo para pensar en el futuro de los niños.
No se me ocurre nada más. Te mando un beso desde el corazón de África. Disculpa las manchas de la carta, pero mi hermano ha tirado la papilla cuando estaba escribiéndola».

-Eso último puedes quitarlo, dijo Maisha Niara.

Cuando el buhonero recogió la carta que iba dirigida al Presidente del País más importante del mundo, prometió darle el curso que correspondía. Pasaron los días, y en el poblado, una niña espera, ansiosa, la llegada del cartero.

FIN

Publicado en: Cuentos y otras creaciones literarias Etiquetado como: Africa, carta, clavo, corazón, cuento de invierno, efecto, escuela, importante, inglés, Maisha Niara, mariposa, máximas aspiraciones, minutos, país, poblado, presidente, proverbio chino, swahili, tribu, vale, vida

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