Al socaire

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Cuento de invierno: Tambores y silbatos

13 febrero, 2014 By amarias Deja un comentario

Dándole el enfoque de una anécdota personal, cuenta Benjamin Franklin que, cuando era un niño de siete años, seducido por el estridente sonido de un silbato que llevaba otro muchacho, le ofreció todo el dinero que llevaba encima, a cambio de él.

Cuando volvió a casa, estuvo tocando el pito, complacido, molestando con ello a toda la familia y convencido de haber hecho una compra fantástica. Sin embargo, cuando confesó lo que había pagado por él, todos se burlaron de que hubiera pagado tanto por una bagatela de ese calibre; y, confuso y cansado de tocar aquel adminículo de tan escasas posibilidades, se pasó mucho tiempo añorando todo lo que hubiera podido comprar con el dinero que había malgastado en el silbato.

Benjamin Franklin saca una consecuencia algo amarga: «I believed that a great part of the miseries of mankind were brought upon them by the false estimates they han made of the value of things, and by their giving too much for their whistles.»

Podemos hablar de silbatos, o de tambores, o de griterío, sin más. Puede los que pitan, tamborilean o vociferan no nos quieran vender el silbato, sino que, haciéndolo sonar, pretendan ensordecernos para que compremos cualquier otra mercancía, a un precio que no corresponde a su valor.

Los trucos son múltiples; anuncios de televisión en los que famosetes de todo pelaje, convenientemente pagados por poner su careto de credibilidad, alardean de las ventajas que han obtenido por abrir determinadas cuentas bancarias, suscribir ciertos seguros, comprar no sé que vehículos, aparatos, yogures o colonias que, nos aseguran, nos aportarán bienestar, mayor capacidad de seducción o alivio para los intestinos colapsados, que es el efecto que, al parecer, han tenido para ellos.

Tengo en casa un tambor de juguete y algunos silbatos (que me entregaron como recurso sonoro en una manifestación que se convocó por el Colegio de Ingenieros para protestar sobre el proyecto de Ley de Servicios Profesionales, y que no tuve ánimos para utilizar). A mis nietas -a las cuatro-, de entre todos los juguetes que tenemos a su disposición, son los que más les atraen, al menos, inicialmente.

Cuando abrimos el «armario de los juguetes», se abalanzan sobre ellos y empiezan a hacerlos sonar con fruición. Pero se cansan muy pronto, especialmente las más pequeñas -un año escaso- sin necesidad de que les advirtamos los mayores de que nos están molestando; las mayores -en su tercer año-, aguantan un poco más, un par de minutos, hasta que les hacemos ver la disponibilidad de otras opciones mejores que hacer ruido.

Es sorprendente que en el mundo de los adultos, tengamos a tanta gente tocando tambores y silbatos. Y aún más, que no sepamos, en muchos casos, qué es lo que quieren vendernos: si el silbato o algo de verdadero interés para nuestra sociedad, tan necesitada de objetivos compartidos.

FIN

 

 

Publicado en: Cuentos y otras creaciones literarias Etiquetado como: anuncios, Benjamin Franklin, cuento, cuento de invierno, objetivos, precio, silbatos, tambores

Cuento de invierno: Juegos peligrosos

12 febrero, 2014 By amarias Deja un comentario

No ha trascendido, por quién sabe qué razones, pero Blancanieves y Cenicienta se hicieron muy amigas. Por una parte, resultaba comprensible, ya que eran de edades parecidas y muy hermosas. Cuando sus ocupaciones en el País de las Hadas les dejaban algo de tiempo libre,  abandonaban sus respectivos territorios para verse, echar unas risas juntas y contarse cómo les iban.

Se querían con locura.

Sus caracteres diferentes estaban, con seguridad, en la clave del misterio de su profundo afecto. Blancanieves era temperamental, espontánea, irreflexiva. Cenicienta era lo contrario: cerebral, calculadora, incluso algo fría; las malas lenguas del País de las Hadas (que nunca faltan en todos los sitios, porque son como el pimentón picante al chorizo) se referían a ella como «La Cenicienta», insinuando turbios manejos entre ambas y quién era la dominadora.

Ambas vivían como lo que eran, como princesas.  Tal vez estaban algo hartas de comer perdices (y eso que los cocineros reales procuraban aderezarlas de las maneras más variadas: en pepitoria, al ali-oli, escabechadas, rebozadas en pan rallado, al chocolate, al chilindrón, con pipas de girasol, etc.). Tal vez recordaban, respectivamente, en sus momentos bajos de ánimo, los paseos con los pequeñitos y los descansos relajantes en la urna de cristal …pero, fuera de ellas mismas y sus íntimas confesiones, nada trascendía.

Parecían felices con sus príncipes, que, por cierto, tenían aficiones comunes: cazar, recorrer el mundo, tener aventuras -confesables e inconfesables- e ir de acá para allá saludando a las buenas gentes que ocupaban sus dominios, quienes les correspondían levantando los tridentes y las azadas en signo inequívoco de respeto.

Un día, el buhonero del País de las Hadas, que iba de un sitio a otro vendiendo casigalinas producidas en Taiwan y difundiendo chismes locales, contó que había visto a Cenicienta y a Blancanieves en una cabaña abandonada del bosque desencantado, y que, por lo que había podido atisbar, lo estaban pasando bien junto a una tercera persona.

-¿Cómo era? -le preguntaban, obviamente intrigados, varias clientes de su batiburrillo, mientras guardaban cola.

-Yo quiero unos botones que me hagan juego con esta tela de tul turquesa -decía la que estaba siendo atendida.

-No pude verla bien -reconocía el vendedor ambulante.

-¿Era hombre o mujer? ¿De alcurnia principesca o de ralea piojosa? -inquiría uno de los paisanos.

-Nada soy capaz de afirmar con certeza. Solo puedo jurar que de la cabaña salían gritos de alegría y que, atado en uno de los árboles cercanos, estaba un tercer caballo, que no era blanco ni bermejo, sino bayo. -aderezaba, con su verborrea, el vagabundo de las baratijas.

-!Vaya! -concluían todos.

El rumor de que algo raro estaba pasando en el bosque desencantado del País de las Hadas corrió como la pólvora, y llegó a los palacios de los príncipes y, más concretamente, al despacho principesco del esposo de Blancanieves y al no menos respetable escritorio del marido de Cenicienta.

-Sospecho que te la están dando con queso -bramó, con furia real, el primero en enterarse, a quien le faltó tiempo para ajustarle los cuernos a su amigo.

-Pues a ti se te ven las prominencias calcáreas hasta desde la casita de los tres cerditos -replicó el segundo, que era de talante algo más reposado.

Conviniendo que algo debían hacer y deseando, ante todo, descubrir la tostada, enjaezaron los caballos, tomaron en ristre las lanzas de vencer dragones y se fueron al galope hasta el bosque desencantado, en donde, con su perspicacia y el auxilio de los pajarillos, confiaban en descubrir la cabaña en donde el trío tenía sus reuniones.

Efectivamente, la encontraron. Estaba vacía de gentes, y casi también de mobiliario y enseres: una mesa, varias sillas, una alacena con chocolates y otras golosinas, un tapete verde, dos botellas mediadas de aguamiel y pocas cosas más. No repararon en que una de las paredes estaba recubierta de un tafetán harto andrajoso.

Como atardecía, decidieron quedarse a pasar la noche por allí cerca y, como tenían algo de hambre, se atiborraron de chocolatinas que, como es sabido, en especial si están rellenas de avellanas o almendras, cuando empiezas a comer no hay forma de parar. No les preocupaba que les echaran de menos en sus palacios, puesto que el trabajo de los príncipes, particularmente los de cuentos, no es ni intenso ni continuado.

Por otra parte, aunque los cuentos no están escritos siempre para niños, no suelen detenerse en las actividades de los mayores antes de dormir, que solo interesan en las películas. Digamos, para cerrar este apartado, que tampoco Cenicienta y Blancanieves les echaron de menos, ya que dormían en alcobas separadas de sus esposos.

A la mañana siguiente, les despertaron unas risas cantarinas. No les fue difícil reconocer en ellas a sus emisoras, las princesas Blancanieves y Cenicienta que, en efecto, aparecían acompañadas de una tercera persona, embozada. Todas ellas estaban a punto de entrar en la cabaña.

-¡Alto ahí! ¡Sois descubiertas! ¡Confesad vuestro lascivo pecado! -dijeron, casi al unísono, o algo parecido.

Las jóvenes se sintieron desoladas.

-No es lo que os imagináis -explicaron.

Pero los príncipes no se arredraron y, con decidido ademán, se abalanzaron sobre el bulto cubierto, al que hicieron rodar por el suelo.

Les extrañó su frágil contextura y, más aún, lo delicado de sus hechuras. Su rostro era bello, incluso les pareció (por efecto de la novedad) más bello que el de sus esposas.

-¿Quién sois? -quiso saber el príncipe que se había casado con la del complejo de Edipo superado.

-Soy La Bella Durmiente -murmuró la joven caída, esbozando una mueca de dolor, pues temía que le hubieran roto la muñeca.

Mientras le ayudaban a levantarse y pedían, como les parecía oportuno para la delicada situación, disculpas a las tres por un comportamiento tan poco reverencial, los príncipes no se recataron en preguntar:

-Pero, ¿se puede saber qué hacías aquí,  lejos de vuestros palacios?

La respuesta aclaró muchas dudas.

-Somos ludópatas vergonzantes. Nos reuníamos para jugar al julepe, al abrigo de miradas curiosas, según creíamos, en esta cabaña que hemos alquilado a la bruja Piruli -dijo Blancanieves.

-¡Ah! -exclamaron los príncipes, a los que se les cayó la venda simbólica que llevaban puesta.

Después de las excusas, la petición de múltiples perdones y todo eso que se ofrece cuando se nos ha corrido de vergüenza propia, los jóvenes varones se volvieron a sus palacios, en donde, según sus agendas, tenían previstas un par de recepciones y dos o tres conciliábulos.

Cuando se despedían, en la encrucijada que les conduciría a sus respectivos palacios, el príncipe que estaba casado con la que había sido tratada -con éxito- por el síndrome de trastorno obsesivo convulsivo, expuso una reflexión inesperada:

-Colega, vengo dándole vueltas desde que cabalgamos, habiendo dejado a las tres princesas en la cabaña, sentadas en torno a la mesa del tapete. Para ese juego del julepe, ¿no son necesarios por lo menos cinco jugadores? ¿Viste que hubiera más sillas? Tras el tafetán piojoso, ¿no habría una habitación con camas en las que solazarse en juegos rijosos?

-Son muchas preguntas y no tengo ahora la cabeza para ocuparme de ellas -contestó el otro, clavando las espuelas en los ijares de su cabalgadura, que salió por los aires.

Como no era cosa de volver sobre las andadas,  lo dejaron estar, y nunca les faltaron otras preocupaciones, por lo que, con esa mala memoria de los personajes de los cuentos, olvidaron la anécdota de los presuntos juegos peligrosos en los que la maledicencia y el buhonero habían metido a sus princesas y a la Bella Durmiente que, como simple comentario adicional, era tan bella como las otras.

FIN

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Cuento de invierno: Aprendiendo a no competir

11 febrero, 2014 By amarias Deja un comentario

coctelimposibleDibujo AngelArias

Todas las escuelas de negocios pretenden enseñar a sus alumnos a ganar. En la convicción  de que nos encontramos en un mundo competitivo, se asume que para tener éxito hay que disponer de determinadas habilidades no naturales que, cuando las aprendemos, nos sitúan en el camino de los triunfadores.

Los centros comerciales disponen en la sección de librerías de un pedestal especial en el que, bajo la advocación mágica de «Libros de empresa», sabios en el arte de convencer ofrecen consejos para liderar, mandar, y obviar el fracaso -o, por lo menos, aprender de él-. La fórmula consiste, en suma, en expresar con ejemplos sencillos, extraídos de la imaginación y de los animalarios, como mantras, que existe una estrategia para el éxito y que, si se dispone de ella, el mercado nos brindará sus oportunidades, como una sandía abierta por la mitad.

Torquibando Loguarde, diplomado por la escuela de negocios NOSSABE, es el autor de un manual singular, en el que ha pergeñado una estrategia para perdedores. Publicado en enero de este año, su libro, que gozó de una subvención de la ONG Lostintheway, mereció críticas  feroces de algunos gurús del mercado que lo acusaron de terrorismo empresarial, siendo retirado a los pocos días de los estantes.

La idea de Torquibando, según reconoció en una entrevista que no llegó a ser publicada, a un redactor del Semanario The Economissing, le sobrevino cuando estaba buscando desesperadamente un lugar en donde solucionar una repentina apretura de vientre (había desayunado mermelada de grosellas), y se encontró con que todos las cafeterías, bares, restaurantes y comercios que hallaba, esgrimían el letrero de «Aseos solo para uso de nuestros clientes». Apremiado por la necesidad, tuvo que comprar una pirinola en un hipermercado (que, según confiesa, no necesitaba para nada) y, para colmo, tampoco le sirvió para lo que precisaba pues, en el colmo de la mala suerte, se fue por los pantalones antes de llegar al lugar de servicio.

He conseguido el  texto de aquella entrevista de publicación frustrada, gracias a la amistad con un miembro del Consejo Editorial de The Economissing. En las propias palabras de Torquibando, su propuesta consistía en lo siguiente:

«Se trata de aprender a no competir, dejando a un lado la tendencia natural a ser considerado como perteneciente a la élite de nuestras complejas y desquiciadas tribus. Enfrentarse en peleas con el resto de nuestros coetáneos para destacar sobre ellos y así poder gestionar una parcela mayor de poder y ganar, por esta razón, más dinero y más poder, no mejora la productividad general. Al contrario, la reduce, porque en combatir a los que creemos más capaces que nosotros, se pierden, inútilmente energías, se desanima a muchos que no cuentan con apoyos y se incrementa la corrupción de las estructuras».

Torquibando no estaba, según aclaró, en realidad, apoyando el abandono de la batalla por la supervivencia. Más bien, apoyaba «reservar las fuerzas para utilizarlas en el momento adecuado, pues es imposible luchar contra los corruptos». Al igual que en el dominó, en el que el jugador que dispone de muchas fichas de un mismo palo, debe saber conservarlas para ponerlas sobre la mesa en el momento más tardío del juego, cerrando así la posibilidad de acceso a la pareja contraria, quien disponga de habilidades o virtudes o esté dotado de una inteligencia especial, y no quiera que sus naves queden destruidas por el fuego granado de quienes defienden sus posiciones de privilegio, debe aparentar ser imbécil.

En su libro, del que tengo un ejemplar dedicado, indica que «la estrategia de perdedor ha de mantenerse en tanto sea posible, adornándola con equivocaciones y errores controlados que harán pensar a quienes nos rodeen que se encuentran ante alguien al que no han de temer en absoluto, despertando el sentimiento de lástima hacia nosotros, que, como es sabido, es vecino al de aprovechamiento de la debilidad del prójimo.»

Torquibando fue contrario a las estrategias encaminadas simplemente a ganar, y que se basan en aprovechar las oportunidades en las que poder desarrollar nuestras teóricas habilidades o ventajas comparativas. Al no encontrarnos en un mercado perfecto, en el que lo que más falta es la honestidad, creyó un error entrar en competencia con nuestros congéneres, ya que todos los que se consideren iguales tendrán, exactamente el mismo deseo y, lo que es peor, constataremos, si somos sinceros, que habrá muchos superiores a nosotros, a los que nos enfrentaríamos sin tener ninguna opción, salvo que faltáramos a la ética, lo que Torquibando descarta.

«Si en el año 1750 después de Cristo, cuando la Humanidad contaba con menos de 800 millones de personas, ya se habían generado miles de cerebros superdotados que causan nuestro asombro, podemos imaginar, sin réplica, que hoy en día, con más de 6.000 millones de habitantes, la Tierra tendrá 16 o más  Leonardos de Vinci,  otros tantos Maquiavelo,  diez Laplace, una decena y media de Poincaré, siete Huanchu Doaren, etc., etc. »

Si no competimos,  podremos dedicar nuestro tiempo a realizar las tareas sencillas que se nos encomendarán por quienes se crean superiores a nosotros, reservando la energía para colaborar, fuera de mercado, en hacer que la sociedad funcione algo mejor.

Reconozco que, si los escritos de Zygmunt Bauman ya me habían abierto algunas esperanzas de que la Humanidad abandonase la lucha biológica por la supervivencia y se dedicara a cooperar por el bienestar del conjunto , las ideas de Torquibando me emocionaron.

Enterarme de que había fallecido, víctima de un ataque de caspa, fue una dura sorpresa, de la que me cuesta reponerme. No estuvimos muchos en su sepelio; apenas la familia -estaba divorciado, no tenía hijos, y vivía solo, con la única compañía animal de una pareja de periquitos machos-, su casero,  unos cuantos amigos que, según me pareció, no se conocían entre sí y un desconocido de todos, que era yo, deambulando perdidos por la sala del tanatorio en donde su cadáver era exhibido como en una pecera.

Había ordenado que su cuerpo fuera incinerado, junto al manuscrito y los ejemplares de su libro que habían sido retirados por la censura y que alguien trajo en una furgoneta, deseo específico que fue aceptado a regañadientes por el tipo del crematorio.

Volví a casa y me agarré al ejemplar de «Aprendiendo a no competir», como a un tesoro.

FIN

 

 

 

 

 

 

Publicado en: Cuentos y otras creaciones literarias Etiquetado como: Aprendiendo, bienestar, competir, corrupción, cuento, cuento de invierno, estrategia, fracaso., gurú, libro de empresa, triunfar

Cuento de invierno: Razones de dragones y Princesas

8 febrero, 2014 By amarias2013 Deja un comentario

Las Princesas son, como los Reyes, los centauros o dragones, creaciones imaginarias, que solo tienen su razón de ser en los cuentos. Todo el mundo es consciente, cuando está sobrio, que no pueden existir personajes de sangre azul, ni cuadrúpedos con cabeza humana ni serpientes aladas que echen fuegos por las fauces.

Como criaturas irreales, de las que no es posible conocer con la más benévola certeza, qué piensan, hacen o destruyen, la imaginación de las gentes, a lo largo de los siglos, ha ido tejiendo en torno a esos seres un entramado mitológico. Lo curioso es que, olvidando los orígenes, muchos creen -o son obligados a creer- que tales construcciones mentales existen.

En el país de Valgamediós, en la zona limítrofe entre la imaginación y la certeza, vivía una familia real. Su inexistencia era pacífica, puesto que se limitaban a ocupar la zona encantada en la que nadie osaba penetrar, pues la amenaza de graves calamidades y desgracias a cuantos se aventurasen en esa tierra desconocida a los mortales, era suficiente para mantener a raya a los curiosos.

Como en todos los cuentos, había en la corte imaginaria, privilegios, lacayos, carrozas, fiestas, pleitesías y admiración fantasiosa respecto a lo que se suponía podía ser la vida de los habitantes del castillo encantado. A veces, alguien se jactaba de haber penetrado -echándole mucha imaginación-, como furtivo, en el territorio onírico, y contaba historias fabulosas del carácter campechano del Rey, de la inteligencia sobrenatural de la Reina y de la gracia y donosura de los Príncipes y Princesas que poblaban las páginas del cuento.

Un día, sin embargo, sucedió algo increíble. Los personajes del cuento empezaron a aparecer en la vida real, es decir, en la vida normal y aburrida, de los habitantes de Valgamediós.

Primero, alguien dijo que el Rey había sido visto con una plebeya, de la que, se elucubró de inmediato, estaba enamorado. Luego, fueron varios los que afirmaron haber conocido, de muy buena tinta -esto es, tinta indeleble-, aventuras reales con pastoras, artistas de cabaré y esposas de capitanes de su guardia real, aquellos que velaban para que la frontera no se traspasara.

El asunto empezó a ser muy serio, cuando el Príncipe heredero se enamoró perdidamente de una persona de carne y hueso y decidió casarse con ella.

Todos los encargados de mantener la fantasía se opusieron al desatino.

-Me caso -explicó el Príncipe ilusionado- y no me importaría perder mi condición inmortal para dar cumplida satisfacción a mi deseo. El Rey le explicó que no había ninguna necesidad de dar ese paso, pues los privilegios de los habitantes de la fantasía implicaban que sus deseos podían ser satisfechos sin tener que perder prerrogativa alguna.

-¿No puede ser que, dada nuestra condición inmortal, contagiemos al menos a una persona real de nuestra esencia? ¿No dicen los libros de cuentos, que son nuestra guía, que todo lo puede el amor? ¿No será esa unión que pretendo, la forma de convencer a quienes creen en nuestra existencia, que nuestro mundo y el de ellos tienen puntos de encuentro?-argumentaba el Príncipe, contemplando con melancolía inusitada lo que, en su terquedad -lanzada desde lo imaginario a lo real- pretendía eran caminos de felicidad que no podría alcanzar mientras se mantuviera preso en los límites de lo onírico.

Fue imposible convencerlo. Y, lo que es aún peor, sus hermanas, las Princesas, siguieron por ese camino.
Abandonaron, para consternación de quienes los habían creado y disgusto de quienes formaban parte de la irrealidad de la Realeza, los terrenos que les estaban destinados, y se confiaron en los brazos del amor.

Nadie les dijo que el amor era un antídoto muy útil para los mortales, que les hacía -al menos, por momentos- olvidar su condición perecedera, pero resultaba una pócima destructiva para quienes procedían del mundo de los cuentos.

Esa vulnerabilidad fue aprovechada por un dragón, que, echando fuego por sus bocas, se dedicó con todo su ahínco a hacer lo que es propio de tales seres mitológicos, que es seducir a Princesas y Príncipes incautos y consiguió atrapar a una de las Princesas.

El dragón de este cuento no tiene torre de marfil, sino mazmorras, y, llevado por otra imaginación, ha sometido a la cautiva a la más exhaustiva observación, exponiendo sus intimidades sin pudor. Las páginas del cuento se han poblado de cántaros rotos, secretos descubiertos del campo de la imaginación.

No hay en la realidad, como sucede en los cuentos, un Príncipe encantador que corte con su espada invencible la cabeza de los seres mitológicos que se pongan en su camino. Los procedimientos son tediosos, imprevisibles por el resultado, amargos en su naturaleza.

Los Reyes y las Princesas no pueden utilizar en ese espacio sus virtudes imaginarias, sino que, al ser iguales a los demás son, por ello, muy vulnerables. En el territorio del dragón, el destino de los miembros de sangre azul es ser devorados sin piedad.

FIN

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Cuento de invierno: El cuervo y el huevo

6 febrero, 2014 By amarias2013 Deja un comentario

Érase una vez que se era, un país dominado por las alimañas. Sin que se supiera muy bien la razón, las tierras, las aguas de mares y ríos y hasta el aire de ese país, estaban controlados por los animales depredadores más abominables.

Para fijar las ideas, y que el lector no caiga en confusiones que pudiera hacerle malentender el sentido de esta historia, sucedía que en los prados y los bosques, y en todo el terreno firme que pudiera abarcarse con la vista, dominaban las hienas, los coyotes, los lobos carroñeros y las víboras de todo pelaje, coexistiendo con las tarántulas y otros bichos venenosos; en las aguas dulces, los lucios y los cocodrilos campaban por sus respetos y en las saladas, vibraban los tiburones y otros escualos, junto a los cangrejos, los gobios y las medusas, y lo hacían con todo su maligno esplendor y máxima desfachatez; y en el aire, los cuervos, las urracas y los buitres se habían constituido en los controladores, en su propio beneficio, de cuanto pretendieran los demás animales alados, a los que avasallaban sin piedad.

Es cierto que había leones, tigres, elefantes e hipopótamos (por ejemplo) que, por su tamaño y natural destreza, podrían haber mantenido a raya a animales que, en la escala de fuerzas comparadas, hubieran podido establecer su ley. Nada cabría objetar, teóricamente, a que, si se librara una batalla de igual a igual, los cachalotes y las ballenas hubieran podido ahuyentar a los escualos, los córvidos se sintieran amedrentados por las águilas o los lucios por los manatíes, …

Pero no era así, sino al contrario. En el país de esta historia, reinaba la calma, a pesar de la patente injusticia.

Podía calibrarse la cuestión como producto de la dejación de los más poderosos y del omnímodo poder reproductor de lo que se había dado por conocer como El Sistema, un complejo entramado de favores y dádivas, acogidas al principio de do ut des, que se enseñaba en las escuelas de Derecho, y que la práctica había adulterado. También podría alegarse, buscando entre las cenizas y los despojos, que la falta de unión y la torcida representatividad, en las pirámides sociales y en los estamentos de poder, de quienes detentaban, de lejos, las mayorías, les había conducido a ese penoso y desaforado extremo, en el que el voto de muchos no valía más que para limpiarse las heces de los que anidaban arriba.

Pero no es cosa ahora de profundizar en las razones históricas, sino de atenernos a la real situación que se había implantado en aquel territorio, alejado de las sanas reglas de la naturaleza, que rigen la convivencia y el respeto común.

En lo que interesa contar ahora, y ciñéndonos a lo que pasaba en el aire, los buitres y los córvidos, como quedó expresado, hacían lo que les parecía mejor a sus intereses y, lo que es ciertamente lamentable, contaban con la aquiescencia de los poderes fácticos del reino alado, que se doblegaban a lo que aquellos querían, cuando no por apoyo explícito, por dejación excrable.

Sucedió que a un cuervo muy plumoso se le antojó el nido que había construido una pareja de jilgueros, en la que una pacífica familia de fringílidos, venía, año tras año, alimentando a su prole. Era, en verdad, un hermoso nido, fabricado con paciencia, imaginación y cariño por los trabajadores pajarillos, que, además, con sus floridos cantos, alegraban las mañanas de cuantos pasaban por allí, que se hacían lenguas de tanta armonía como habían sido capaces de crear en un paraje, por demás, desolado.

Una mañana, aprovechando que ambos progenitores estaban a la búsqueda de insectos con los que atender a sus polluelos, llegó el taimado cuervo, acompañado de otros de su banda, tiró por la borda a los indefensos hijuelos, y se instaló tan pancho en el nido ajeno, dispuesto a disfrutar de la casa que no era suya, de las vistas cuyo disfrute no le pertenecía, y, por supuesto, sin tener el menor remordimiento por haber sacrificado víctimas inocentes para satisfacer su cruel intención.

Los desolados padres, tan pronto se percataron del desaguisado -que aún no había sido consumado, pues volvieron de su tarea a tiempo de ver a la pandilla de cuervos sacrificando a su familia – después de enjugar sus lágrimas como bien pudieron, acudieron a las instancias jurídicas que funcionaban en el territorio, cuya función y no otra era, obviamente, mantener oficialmente el orden y hacer cumplir las leyes.

Hagamos un paréntesis. Era notable, y actuaba este extremo como barrera de humildes, que los órdenes jurisdiccionales se movían con gran lentitud, acumulando las peticiones de restablecimiento de la justicia, lo que servía, por supuesto, a los intereses de los depredadores y no al cumplimiento de las disposiciones que, con resultados inquietantes, habían sido promulgadas en teoría para defender lo que, aún entre animales, se entendía como estado social y de derecho.

En primera instancia, a pesar de lo fundamentado de la petición de los mancillados jilgueros, el juez animal -una lechuza corta de vista- dio la razón al cuervo. Puede ser que tuviera intereses espurios para actuar de esa manera, aunque no había forma de probar tal sospecha. En aplicación de esa sentencia judicial, el cuervo se asentó en el nido, y, ejecución provisional de ese derecho que se le otorgaba, amplió la casa ajena a su conveniencia y, llamando a su pareja, se disponía, siguiendo las leyes de su propia naturaleza, a poner los huevos que correspondían a su calaña, consumando así la expropiación. Pues dice el refrán, cuando no exista el fuero, pon el huevo.

No contaba el cuervo con que en segunda instancia y aún en tercera, la sentencia que le había autorizado al despojo, resultó revocada. El consejo de estorninos y pájaros carpintero, les quitó la fuerza de las razones. Los jilgueros se sintieron en buena parte recompensados por el hacer de los órganos superiores y solicitaron, respetuosos, que se cumpliera la sanción definitiva, y se ordenase el desalojo de los cuervos, restituyéndoles su propiedad perdida y resarciéndoles, al menos económicamente, de las pérdidas sufridas.

Pero si la cuestión parecía resuelta, no lo fue por la habilidad de los cuervos para abrir un nuevo capítulo inesperado en la historia. Cuando supieron de la condena, subarrendaron de inmediato el nido a un córvido cojo y demandaron de la justicia que, en amparo del derecho de los animales minusválidos a disponer de una vivienda digna, se autorizara al handicapado a ocupar la casa.

El juez de las aves que entendió del caso en primera instancia -un inteligente ejemplar de oropéndola, ejemplar que ya escaseaba en aquellos predios-, no se dejó engañar por la añagaza, y falló en contra de la pretensión, que estimó completamente falsaria. Los jilgueros tuvieron, con ello, un soplo de aire fresco, que les imbuyó de redoblada confianza en la justicia.

Ah, pero no acabó aquí la historia, que va camino de ser larga. El córvido cojo y los córvidos sagaces, gente esta última con poderosas influencias entre los animales superiores, actuando éstos -decían- en apoyo del incuestionable derecho del inválido a tener su nido, apelaron a instancias más altas.

Para consternación de los sufridores fringílidos, que ya habían perdido en lo que iba de pleitos, todos sus ahorros en granos y falsas esperanzas, los tribunales más altos -esta vez, formados por cuervos disfrazados de halcones y urracas con pintas (de pájaros bobos)- fallaron en contra, acreditando el derecho del córvido cojo a habitar una casa digna, sin entrar a considerar la forma en que había sido obtenida, ni los nidos que estaban desocupados capaces para ese uso, ni los reales intereses que se movían por detrás, que eran las cuerdas de los córvidos orondos.

Nos encontramos así frente a una aparente paradoja. El nido de jilgueros expropiado no puede ser morada para córvidos sanos que desplazaron a sus legítimos dueños, como decretaron los altos tribunales pero sí puede ser expropiada, por decisión de otra sala de los mismos altos tribunales, vivienda de un córvido cojo.

Muy contentos, los córvidos sagaces, con la sentencia en la mano, dieron unos dineros al córvido cojo, estéril, agradeciéndole sus servicios, y se instalaron, tranquilamente, en el nido de jilgueros, en donde pusieron varios huevos, garantizando así su descendencia. Por lo que fue antes el huevo que la gallina, quiero decir, el cuervo.

Esa es la justicia imperante en el país donde las leyes se distorsionan al gusto de las alimañas. Al menos, por lo que vamos viendo.

FIN

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Cuento de invierno: Verdades de sabios y barqueros

5 febrero, 2014 By amarias2013 Deja un comentario

De vez en cuando, llegaban incluso a la calle las explosiones de risotadas de los asistentes al espectáculo. En las paredes, carteles en colores anunciaban, señuelos irresistibles, que «La diversión está garantizada» y, como refuerzo argumental, junto al nombre de actores, cabareteras, cupletistas y hasta el de un supuesto cómico -con letras aún mayores-, otra frase contundente: «Olvide por un momento sus preocupaciones».

La función llevaba algún tiempo empezada. Habían actuado, danzando con sus cuerpos semidesnudos, una decena de jóvenes muchachas, a las que un petimetre interrumpía la cadencia de vez en cuando, empujándolas hasta hacerlas perder el equilibrio.

La sala se encontraba abarrotada de un público entregado, jovial, distendido. En el centro del escenario, fuertemente iluminado por los focos, un actor, que aparentaba no tener más de treinta y pocos años, subido a una especie de púlpito, contaba chistes e historias, nuevas y viejas, divertidas algunas, vulgares las más.

La calidad de los chascarrillos y anécdotas no parecía afectar en absoluto el ánimo de la concurrencia, que aplaudía sin reservas, riendo a placer, e incluso, de cuando en cuando, lanzaba exclamaciones y gritos de admiración y complacencia.

-¡Olé tu gracia! -llegó a decir una señora, levantándose del asiento, con una dedicación tan enfervorecida que cabría sospechar que se trataba de la madre del artista.

En esas se estaba, cuando entró en la sala una pareja de mediana edad, con las cabezas cubiertas por sendos sombreros que a todos parecieron estrafalarios. Avanzaron por el pasillo central y, guiados por el acomodador, acabaron sentándose con estrépito en la primera fila, justo delante del cómico-payaso. Tal vez provocados, recogieron algunos murmullos de desaprobación, e incluso llegaron a sus oídos un par de improperios:

-¡Fuera esos gorros! -gritó un tipo de la tercera fila.

-No se desmelene, joven. Somos los propietarios del local y aquí hacemos lo que nos venga en gana. Podríamos ordenar la evacuación si nos apeteciera, y quedarnos solos con el espectáculo -expresó la mujer, encarándose con quien así había hablado.

-¡Lo que faltaba por oir! ¡Este local es público, pertenece al Ayuntamiento! -apremió otra vez.

-Pues eso. Por si no lo sabía, mi esposo es el mismísmimo alcalde. Así que, compórtese -reincidió la señora, tan pizpireta.

El cómico reclamó orden y silencio, los ánimos se calmaron al poco y los recién llegados se acomodaron en los asientos que les correspondían. El espectáculo continuó.

-Esta pequeña circunstancia que acaba de suceder me recuerda una historia de un barquero que fue contratado por un banquero para cruzar un río.

El contador de cuentos se paró, y optó por corregirse de inmediato.

-No, no. Me corrijo. No era un barquero, era un sabio. Un sabio bastante petulante que contrató a un banquero. Tal vez, ahora que lo pienso, el asunto tenga algo que ver con la economía sumergida, ahora que ha salido a flote.

Risas en la sala.

-¡Ah, no! Perdonen. Me estaba confundiendo completamente.(Hizo ademán de manejar un catalejo). Bis veo, qué veo. En realidad, ahora lo veo mejor, si me ajusto los lentes de mirar el pasado. Veo a un sabio que está en la misma barca que un barquero. Se encuentran en medio de un lago muy grande. (Parecía estar describiendo lo que observaba, en medio de una sesión de siquiatría). Si fuera el banquero de antes, diría que estaba pescando oportunidades. Aquí una vivienda desahuciada, allá una empresa agobiada por las deudas…Pero, no, éste sabio está pescando peces.

Se hizo un silencio. El cómico siguió gesticulando.

-De pronto, se desató una tormenta. No una tormenta de ideas, de las que están ahora tan de moda, sino una más clásica, terrible, a medio camino entre la tormenta del diluvio universal y la que hundió el Titanic: con truenos, relámpagos, y granizo. Daba mucho, mucho miedo. Especialmente si no estabas en tu casa, calentito, viéndolas venir, sino en medio de un lago, sobre una pequeña barca.

Silencio en la sala.

-El barquero, que era prudente y experimentado, propuso volver de inmediato a la orilla, pero el sabio, que era petulante y engreído, quiso quedarse. Estaba teniendo mucha suerte con la pesca. «Yo he pagado tres horas de barca, y tres horas quiero. Además, cuando el agua está revuelta es cuando más pican», decía. El barquero, por su parte, opinaba que los peces no iban a salir del agua por sí mismos y estarías allí al día siguiente, así que lo mejor era largarse para estar no correr el peligro de que un rayo cayese sobre sus cabezas y las convirtiera en material de recuerdo, como las figuras de Pompeya.

Silencio.

-«Es matemáticamente imposible» explicó el sabio, poseído de sí y, sobre todo, del no, mirando su reloj, en el que contó los segundos que transcurrían desde que se veía el relámpago hasta que se oía el ruido del trueno. «Veinte segundos, cuatro kilómetros. -dijo- La tormenta está aún muy lejos. Además, es de todos sabido que la probabilidad de que un rayo caiga sobre una barca en un lago es infinitesimal».

Silencio.

-No bien acababa de pronunciar la palabra «infinitesimal» cuando un rayo terrorífico cayó, con estruendo, en la caña que sostenía el sabio, que tenía, según parece, algún elemento de grafito y de la que el erudito no había leído la advertencia de que no se debía usar en caso de tormenta. El intelectual no se carbonizó, ni se murió, ni perdió nada más que la caña. Porque la caña se le soltó de inmediato de su mano, cayendo al agua. Sin embargo, el pobre barquero cayó de espaldas y se rompió un brazo por el golpe. (El actor se tiró al suelo y se levantó, inmediatamente, doliéndose del brazo).

Algunas risas.

-«Tendrá que remar usted, porque yo no puedo», expresó el pobre barquero, retorciéndose de dolor. «Me ha estropeado la pesca», le reprochó el sabio engreído, que era también petulante y apestoso. «Ahora estaban picando como nunca», continuó, quejándose a rabiar. «No se remar, pero puedo aprender si me dice donde guarda el libro de instrucciones». Por cierto, debo precisar que los dos hombres no podían utilizar los teléfonos móviles, porque se habían encharcado con el agua de lluvia y no tenían granos de arroz para secarlos ni otros de repuesto, a poder ser, insumergibles.

Risas y silencio, a partes iguales.

-El barquero, entre gritos y ayes, explicó que no había ningún libro de instrucciones en el que se pudiera aprender a remar, porque a remar se aprende solo con la práctica. Así que rogó al sabio, que era engreído, petulante, egoísta y, además, bastante apestoso, que se aplicara a los remos, y probase a manejarlos correctamente. Pin, pan, pin, pan, así lo hizo. En efecto, la barca avanzó algo, dando unas vueltas sobre sí misma, aunque, con la tormenta, que no solo no había terminado sino que estaba en su apogeo, es decir, en la misma picorota, se levantaron unas olas terribles, como tsunamis en miniatura, que consiguieron volcarla a la de tres. El sabio, el barquero, los aparejos y la pesca, todo, cayó al agua en un santiamén, quiero decir, en el lago.

Silencio.

-«¿Sabe usted nadar», le preguntó el barquero al sabio apestoso y egoísta. «-No muy bien», contestó éste. «-Pues a mí de nada me ha de servir, con este brazo roto», se lamentó el barquero. «Así que no tenemos otra solución que ponernos a rezar y esperar a que se cumpla nuestro destino», dedujo, de forma pragmática, el buen hombre.

Silencio. Una voz desde lo profundo de la sala: «¡Esa historia no tiene ni pizca de gracia!». La pareja de la primera fila, los dos que habían llegado tarde, se miraron. Sin inmutarse, el cómico-actor, prosiguió con su cuento:

-«Soy agnóstico», expresó el sabio, y continuó. «Pero, en este cuento, a diferencia de ese otro en el que el sabio no sabía nadar y el barquero, que no sabía nada, se salvó, aquí el que sabe nadar soy yo, así que usted será el que cumpla su destino, rezando, y yo quien me salvaré». Y así diciendo, se alejó de la barca, mal que bien, nadando, una mano delante y otra atrás, hacia la orilla.

El cómico avanzó cuanto pudo al borde del proscenio, y, levantando un brazo, explicó:

-Yo era el barquero, y, como ven, me salvé. El sabihondo apestoso que me dejó en medio de la tormenta, con el brazo roto, era, en realidad, el que hoy tienen ustedes como alcalde, aquí presente, y al que he tenido el gusto de invitar a esta función. Como ven, el se salvó también, pero no volvimos a vernos hasta hoy, ya que yo me dedico desde entonces a contar historias.

Se inclinó hacia la pareja de la primera fila, y en tono educado, pero firme, preguntó:

-¿Me quiere usted, por fin, devolver el flotador sobre el que está sentada su señora, señor alcalde?

Risas sin sentido. Se oyó un bufido, como el desinflar de un globo.

FIN

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Cuento de invierno: Homo Inutilis

4 febrero, 2014 By amarias2013 Deja un comentario

Vio al encargado-jefe avanzar, tan rígido e inexpresivo como siempre, hasta su despacho, un reducto con mamparas que apenas le concedía algo de intimidad. Entró sin llamar, como un autómata, y notó, en un instante, que su frialdad contagiaba a la atmósfera; sintió un escalofrío.

-Buenos días, -dijo Meguelindo, levantándose del asiento, con indisimulado respeto.

Pero no esperaba respuesta. Meguelindo Doctorato conocía por experiencia de bastantes años que los buenos modales no formaban parte del ideario de AISCO (Advanced Integrated Solutions Co.). En todo caso, podría admitir que había sido una especial deferencia, que el encargado-jefe no hubiera utilizado, como era preceptivo según la normativa interna, intranet para enviarle un mensaje o una instrucción de trabajo.

Pero esa excepcionalidad solo revelaba que la comunicación que iba a hacerle le afectaría de forma personal, directa y terrible.

El encargado-jefe puso sobre la mesa, moviendo su brazo articulado, una caja negra.

-A partir del próximo mes, este aparato será su sustituto.

Meguelindo miró desolado la caja, comprendiendo de inmediato que, fuera lo que fuese lo que tenía enfrente, su vida estaba a punto de cambiar. En una película rápida, pasaron por su mente los muchos años de Universidad, las estancias de perfeccionamiento en Estados Unidos y Alemania, la incorporación a aquella empresa de alta tecnología como premio a tanto esfuerzo, las sucesivas reestructuraciones, la crisis sistémica, la crisis total, la reducción de empleo en aras de la automatización, la búsqueda obsesiva de rentabilidad de la que él mismo había sido uno de los principales artífices.

Por supuesto que no el único responsable. Había más involucrados, pero no conocía cómo funcionaba exactamente el Sistema. Hacía tiempo que había perdido contacto con quienes fijaban los objetivos del grupo. El se limitaba a hacer bien su trabajo, y punto. Cobraba puntualmente su salario, y punto. Le importaba su familia, no lo que pasara con los demás, porque cada uno es responsable de enderezar su vida y orientarla de acuerdo con los intereses propios.

-¿Estoy despedido? -preguntó, quitándose las gafas con las que ya compensaba su incipiente presbicia, y apagando, instintivamente, el ordenador en el que acababa de cargar el nuevo programa mixto de mantenimiento preventivo, optimizado con algoritmos paliativos complejos (OMPMACM), que le habían enviado desde el departamento de Recursos Robóticos.

-El Sistema no pretende causar daño, no está programado para el daño. La optimización global con máximo beneficio es el único objetivo. La sustitución permitirá que Vd. pueda dedicarse a trabajos más acordes con su naturaleza.

El encargado-jefe construía sus frases siempre ordenadas de la misma forma: sujeto, predicado verbal y complemento que les confería un tono aún más distante. Su cerebro estaba construida para que sus mensajes resultaran claros, inteligibles, directos para cualquiera.

Meguelindo Doctorato podía haber preguntado cuáles serían esos trabajos más acordes con su naturaleza. No lo hizo, porque, cualquiera que fuera la respuesta que el encargado-jefe le hubiera dado, no le hubiera servido para nada.

¿Sentir emociones y evasión sin moverse de casa? ¿Conectarse a dosificadores que le proporcionarían placeres sensuales, gustativos, deportivos,…? ¿Recuperar del sótano viejos libros impresos, ya comidos por las carcomas y las ratas?…No, no. Sabía bien, porque había visto en resultado en el deterioro de anteriores colegas, que, una vez se abandonaba el mundo del trabajo -siempre a disgusto, siempre forzados-, al homo inutilis le esperaba el gélido abrazo de la desidia, el desánimo, la apatía, que le iría cercando como una yedra se enhebra sobre el árbol herido.

El encargado-jefe se fue, dejando la puerta abierta y la caja sobre la mesa. En el inmenso taller, el ruido de las máquinas que, durante tantos años, había sido para Meguelindo apenas un sonido de fondo instrumental, se le convirtió en algo ensordecedor. Miró las decenas de autómatas, perfectamente alineados, ocupando el espacio con aprovechamiento imposible de mejorar, todos ellos realizando su trabajo con una eficiencia insultante. Mucho mejor, desde luego, que las miles de personas a las que, a lo largo de los años, habían ido sustituyendo.

Sin fallos.

De la caja negra surgió una voz metálica:

-En los próximos tres días, estaré a su lado, para terminar la captación de toda su experiencia práctica. Desde hace meses, vengo absorbiendo todos sus conocimientos, por observación telemática continuada. Estoy programado para resolver las más complejas cuestiones con máxima optimización. En memoria tengo ya incorporados todos los trabajos e informes realizados por Vd. en su vida laboral en esta empresa. Usted no tiene que prestar atención, solo seguir haciendo su trabajo normal y seleccionaré lo que resulte pertinente.

Meguelindo Doctorato hubiera querido quejarse ante el representante del sindicato. Pero no había. Hubiera querido gritar que era injusto el tratamiento que se le estaba haciendo, después de tantos años de servicio. Pero nadie le hubiera atendido.

Hubiera deseado hablar con algún compañero sensible acerca de las más elementales reivindicaciones laborales.

Pero era el único ser humano que quedaba en plantilla en aquella empresa. Es decir, hasta ahora, hasta dentro de tres días, para ser exactos.

Tuvo el deseo de romper la caja, abrirla para descubrir su contenido. No lo hizo, porque estaba seguro de que se trataba de una muestra sin valor, una añagaza más del Sistema para desorientar, y que estaría vacía, como todas las demás.

FIN

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Cuento de invierno: Un pájaro de cuento

31 enero, 2014 By amarias2013 Deja un comentario

No había amanecido aún y ya se oía el gorjeo y trinar de un pájaro, tan cerca de la casa, que el sonido del canto parecía inundar la habitación como si se estuviera en medio de un concierto. Parcelino Leondoiro estuvo un rato escuchando, manteniendo la luz del cuarto apagada hasta que, sin poder contener la curiosidad de saber quién era el autor de tal despliegue cantor, abrió suavemente la ventana.

El frío de la noche entró de pronto en la habitación. Por efecto del brusco cambio de temperatura ambiente, Parcelino, que estaba solo protegido por un somero pijama, sintió un escalofrío.

Allí lo vió. En un arbusto cercano a la casa, recortado su perfil contra las tenues luces del día que apenas comenzaba, descubrió su silueta. La ausencia de claridad no permitía distinguir los colores del plumaje; solo advirtió que se trataba de un ave muy grande. Demasiado grande para ser un tordo malvís; demasiado grande para asemejarse a una oropéndola, que, además, no dispone de un canto tan variado; más grande, incluso, que un cuervo, cuyo graznido le hubiera resultado inconfundible.

El pájaro no se movió de donde estaba, aunque, interrumpió su canto.

A Parcelino Leondorio le pareció que le miraba. Lo que ya no estaba tan seguro era de haber escuchado con nitidez lo que creyó haber escuchado:

-Hola.

La primera intención de Parcelino fue cerrar, asustado, la ventana. ¿Habría entendido bien?. Como tampoco estaba seguro de lo que estaba viendo, con curiosidad que superpuso al temor, retrocedió sigilosamente, para no asustar al animal, y recogió las gafas de la mesita de noche, poniéndoselas con la misma discreción y lentitud de movimientos que tendría quien estuviera al acecho de una valiosa pieza de caza.

Puede que este sea el preciso momento de indicar que Parcelino Leondorio se encontraba en un caserón que acababa de heredar de un pariente, emigrante en La Martinica, en donde había conseguido hacer, al menos, dinero suficiente para comprar el terreno y mandar edificar un curioso edificio en aquel preciso lugar.

Ese lugar debía haber tenido para ese pariente de Parcelino una importancia especial, que, sin embargo, nunca le llegó a explicar a él ni, por lo que llevaba investigado desde que se instaló en la casa, a ningún otro lugareño. Porque, siguiendo con la verdad de la historia, la única persona de su familia a la que Parcelino conoció había sido a su madre, quien lo había traído al mundo, como se suele decir «de soltera» y no se había casado con nadie -también en sentido figurado-, aunque no le habían faltado pretendientes.

No tuvo Parcelino oportunidad de preguntarle a su santa quién era ese pariente sobrevenido, pues solo conoció de su existencia por ese testamento que se le comunicó cuando ella ya había fallecido, años antes. Y lo que puede resultar aún más sorprendente, el emigrante tampoco llegó a habitar la casa que había mandado construir en un sitio cuya importancia, sentido o valor sentimental, se había llevado con él a la tumba.

No era, en efecto, el apellido Leondorio el que correspondía a su desconocido progenitor, sino el de su venerada mamá, que había sido echada de casa de sus padres cuando se manifestó embarazada de un estudiante de veterinaria, rico en imaginaciones calenturientas, al que no volvió a ver, escapado de su aventura sentimental. Tampoco la Sra. Lendoiro había tenido mayor relación con sus mayores, luego de aquel despido improcedente. Y en cuanto a lo de no casarse, si el lector tuviera curiosidad por qué no había caído en esa tentación, sírvale esta frase:

-Mejor tira la yegua sola que mal acompañada por cabestro en una yunta –era su respuesta a los que se acercaban a requerirla o le preguntaban por qué seguía, siendo de buen ver, sin tener pareja.

Tanto desconocimiento de sus razones genealógicas, le había causado a Parcelino, cuando era niño, una severa reprimenda en clase de Historia Sagrada, por una metedura de pata inocente que aún era recordada por los compañeros de escuela. ¡Pues no había comparado a su madre con María Santísima!

-¿Qué quiere decir que la Virgen tuvo a Jesús sin concurso de varón? –había preguntado al maestro Don Jeremías, en clase de Historia Sagrada.

-Quiere decir que tuvo a su Hijo por obra y gracia del Espíritu Santo, que la mantuvo como doncella sin mácula –le explicó el venerado maestro. Y, para mayor aclaración del curioso discípulo, había añadido:

-Todo ello fue posible porque Jesús era Hijo de Dios.

A lo que el niño Parcelino, atando cabos, añadió su convencimiento:

-Como yo. Mi madre también me dice que soy hijo de Dios.

Así que la vida de Parcelino estaba rodeada de misterio, de silencios, de ignorancias supinas. Un mundo de oscuridad respecto a sus orígenes que le había llevado, en busca de una expiación por un pecado que, desde luego, no había cometido, a seguir un camino que se le había revelado equivocado. Porque Parcelino Lendoiro era sacerdote. Un sacerdote sin fe, renegado de las enseñanzas que le habían inculcado. Un hombre sin rumbo, sin afectos, ahora sin aquella madre que, durante tantos años, fue único sostén de su virtud, una santa que le exhortaba a difundir la verdad entre los feligreses, y amarlos con el cariño que solo los devotos pueden cualificar certeramente.

Hacía dos semanas que había recibido una carta desde La Martinica, firmada por el cónsul francés en la isla, y que, por las anotaciones del sobre, había seguido un largo camino hasta llegar a él, cuando le fue entregada por un agente del Registro Civil Central.

Por esa carta se le comunicaba que D. Sebastián Dosegado Carbonero, fallecido en tierras tan alejadas, le reconocía como su único heredero, por ser hijo de D. Sebastián Dosegado Carpentier, fallecido soltero, sin hermanos ni más parentela.

Miraba ahora Parcelino aquel ave parlante que le había saludado, y, con mayor temor que el que antes había manifestado, la oyó decir, claramente:

-En este lugar, para expiación de mis pecados, he pedido a mi abuelo que haga construir esta casa en la que estás, y que, a su fallecimiento, te la donara en herencia.

Parcelino se persignó, arrodillándose.

-Hay, sin embargo, una condición, que debes cumplir.

Parcelino no pudo, sin embargo, escuchar esa condición. Había, por la emoción, fallecido.

He pasado, por casualidad, por el lugar, y comprobado que el caserón estaba abandonado. La yedra cubría, densa e indómita, las paredes y ocultaba parcialmente las ventanas, muchos de cuyos cristales se hallaban rotos. Sobre un árbol descuidado y bastante frondoso, había un gran nido de una especie desconocida.

FIN

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Cuento de invierno: El especialista en entuertos

30 enero, 2014 By amarias2013 Deja un comentario

Jorgesindo Hortihuela era un joven despierto, de natural dicharachero y cuyo carácter jovial y, más especialmente, su disposición para pagar las consumiciones de los parroquianos en los bares, le hacía muy querido en toda la comarca.

A decir verdad, Jorgesindo no había conseguido superar el Bachillerato elemental, aunque todos quienes le conocían, -admirados por su florida labia y el dosificado empleo de términos jurídicos, que aderezaba con impertinentes latinajos-, le atribuían estudios de Derecho. Incluso había quien comentaba que sus versátiles conocimientos estaban afianzados por la concienzuda preparación de oposiciones a judicatura, que el susodicho había tenido que abandonar, dolorosamente, al acaecer el fallecimiento de una tía suya que, con su pensión, se los venía sufragando.

En cualquier caso, tanto entre los que estaban seguros como entre quienes se permitieran abrigar la menor duda acerca de si había terminado o no la carrera, le sobraban a Jorgesindo encargos para acometer, ejecutar y conducir a buen término, las delicadas gestiones que, por culpa del complejo entramado administrativo y jurídico que arrastra la vida moderna, sus paisanos se veían ocasionalmente impelidos a desarrollar en la capital.

Como muchos otros que emplean su natural lucidez en iluminar espacios sombríos de sus semejantes, se aprovechaba Jorgesindo de la creencia generalizada de que la Administración Pública es inabarcablemente compleja, esféricamente incompetente y desmesuradamente cara para quienes se aventuran en sus recovecos. Por tanto, el infeliz que acudiera a esa cueva laberíntica, sin la asesoría de un experto capaz de guiarlo por sus intrincados vericuetos, perdería su tiempo y muchos dineros, volviendo a su casa sin haber resuelto lo que le llevó a entrometerse en ella.

Y aunque se discrepe personalmente -lo que no contradigo, porque no deseo ahora polemizar sobre ese punto- en que la Administración Pública esté cerca o lejos de ser sencilla, competente y gratuita, admítaseme de que son muchos, en especial los que viven alejados de los citadinos ruidos y pesares, los que cuando reciben un papel timbrado, un certificado o una citación ante una autoridad de cualquier pelaje, se azoran, inquietan y apesadumbran, sin saber qué hacer.

Lo que no está en contradicción, por cierto, con que, cuando el vecino, un familiar o alguien ajeno les pretende arrebatar el menor trozo de tierra o la sombra de un alero, se empecinarán en llevar el caso a los Tribunales y estarán dispuestos a gastarse en el pleito cien veces lo que valdría la minucia.

Jorgesindo había consolidado la fama de hacer creer que sabía perfectamente a qué puerta tocar y a qué fulano convencer, de todos los despachos de la Corte. Fuera de su Eminencia el Arzobispo de la Diócesis, Gobernador Civil o Militar, magistrado del Supremo o Juez de la más infima instancia, todos los pasillos y cualquiera de las autoridades los tenía andados, medidos y sabidos.

Ya fueran temas laborales o civiles, el sagaz muchacho se jactaba de solucionar todas las cuestiones, porque, allí donde no pudiera llegar él con pies y manos, por razones que se podían imaginar pero que no confesaría -decía- ni en su lecho mortal, sabía quién era el experto y cuál su gracia.

Todos los que habían tenido algún problema se hacían lenguas de la habilidad de Jorgesindo para ir al meollo del asunto, de su perspicacia para seguir el tema, sin perderle la cara al embrollo, informando puntualmente del estado de la cosa aunque, como es natural, pocas se resolvían con presteza.

-A mí me está resolviendo el tema de cobrar la pensión de jubilación –reconocía Melandra Estiperdida-. Hace un año que cumplí la edad, y tengo cotizados diez años como empleada de hogar a tiempo parcial. Cuando me den la pensión, además de los mil euros que le llevo dados, tengo que entregarle los seis primeros meses por adelantado.

No era la única en estar agradecida.

-¡Qué puedo decir yo!. Jorgesindo me está tramitando el cobro de la invalidez de los últimos dos años, en los Juzgados, y llevamos ya tres juicios, porque los médicos de la Seguridad Social hicieron mal los informes, pero me dice que el tema está a punto de resolverse.

Los quinientos euros que Petronilo Gómez había entregado al muchacho gestor, los daba por bien empleados.

-En mi caso, Gracias a un abogado que me recomendó Jorgesindo, estamos en camino de resolver la herencia de mis suegros, que estaba muy envenenada. Mandó una carta a mis cuñadas que les metió el miedo en el cuerpo –exponía Roque Credulancio, mientras apuraba un vaso de vino en Casa Cartonero.

A veces, la cuestión era aún más compleja, dadas las teclas que había que tocar.

-Me consiguió, hablando con el Cardenal de la catedral, que no vendieran la sepultura de mi padre, que estaba caducada.

Todos quienes habían confiado en Jorgesindo habían vivido historias, en el fondo, parecidas, claramente demostrativas de las dificultades que el hábil gestor había tenido que resolver:

-Me llevó al Juzgado, y en el juicio, firmé unos papeles. Un ayudante del juez me pidió trescientos euros y me perdonaron no sé qué impuestos atrasados.

-Algo así nos pasó a nosotros. Ahora estamos pendientes del tercer juicio que es ya, por lo que me dice Jorgesindo, el definitivo. Si ganamos tenemos que darle otros mil euros por el papeleo, y arreglado -confesaba Melandra Pelardilla en el colmado.

-Aunque no vi al cardenal, Jorgesindo fue directo a la Catedral y habló con uno de los sacerdotes que están con él y lo resolvió por quinientos euros en un momento.

Y así siguiendo, hasta la saciedad del que quiera escuchar la relación de los casos resueltos y, sobre todo, en vías de serlo.

Sucedió que un día apareció por la comarca el nieto de uno de esos campesinos, que había estado fuera varios años y se enteró de lo que Jorgesindo había resuelto para los suyos. Montó en cólera al descubrir, tan a las claras para él, el tejemaneje que el tal experto había urdido con la ignorancia y credulidad de aquellas gentes, y, yendo casa por casa de los que consideraba afectados, les explicó cómo veía el las cosas.

-No hay cardenales en esa Catedral y, en todo caso, las sepulturas lo son a perpetuidad o, al menos, por noventa y nueve años -dijo a unos.

-Los juicios civiles necesitan de procurador y abogado y el juez no sale a los pasillos para recibir dineros -explicaba a otros.

-El cálculo de la pensión es inmediato y gratuito, y, si hay derecho, se empieza a cobrar desde que se cumplen las condiciones -argumentaba aquí o allá.

Consumió en las aclaraciones todo el tiempo que tenía de sus cortas vacaciones, resolvió dudas, leyó cientos de papeles, comprobando, en la mayor parte de los casos, que eran ociosos, inútiles, falsarios.

Cuando se despidió de todos, creyó que había desenmarañado las madejas. Estaba contento de haber resultado útil, sacando a aquellos campesinos ingenuos de los atolladeros. Por su suerte, no pudo escuchar lo que, ya ido, comentaron los afectados en la cantina.

-¿Vamos a hacer algo? -preguntó Pazcuato López, el abuelo del tipo de la ciudad.-¿Qué se opina?

-Dejemos las cosas como están. Jorgesindo nos ha sido útil hasta ahora. No tenemos problemas con él. Y tu nieto parece buen chaval, pero, la verdad, aquí ha venido como engorrinador. A tocarnos las pelotas, vamos.

Todos estuvieron de acuerdo en no hacer nada. Siguieron en la cuerda de Jorgesindo, el especialista en resolver entuertos, complacidos.

FIN

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Cuento de invierno: La odisea del general poeta

22 enero, 2014 By amarias2013 Deja un comentario

Un buen militar debe estar preparado para morir por su Patria, defendiendo los ideales, cuando el enemigo los ataca.

Ese principio, diríamos que sagrado, se hace especialmente presente en el campo de batalla. Es un deber superior, que ha de guiar, con fe ciega, las actuaciones de cada soldado, que cumplirá con inquebrantable disciplina las instrucciones y órdenes que le transmitan los jefes de su Ejército, por intermedio de la cadena de mando.

Un buen militar debe esforzarse en que el enemigo muera por su Patria, en la defensa de sus otros ideales, otorgándole así la oportunidad de cubrirse del honor y la gloria que, en otro caso, le correspondería a él mismo.

Cuando Carmelo Rospiciano se enteró de la historia de Hiroo Onoda, el soldado japonés que se negó a admitir que su país se había rendido hasta que el hecho le fue comunicado por su mando natural, lo que no sucedió hasta 30 años después de terminada la Segunda Guerra mundial, lloró de emoción.

-Quiero ser como Onoda -formuló para su coleto, secándose las lágrimas.

Carmelo era soldado vocacional. Se había alistado en el Ejército apuntándose a una convocatoria por la que se captaban jóvenes decididos a formarse en alguna de las múltiples posibilidades de formación que ofrecen a los militares las situaciones de paz, y que les serán útiles, presuntamente, en caso de hipotéticas guerras.

Si quieres paz, prepárate para la guerra, como escribiera Vegecio, si bien, en latín clásico.

Pero Carmelo no quería zanganear en la paz; quería luchar. Anhelaba ser un perfecto profesional de los Ejércitos, un prototipo, y para ello, necesitaba hacer carrera venciendo en batallas, ganando guerras, haciendo, a diestro y siniestro, a troche y moche, que los enemigos cumplieran con su sagrado deber de morir por sus ideales y los de sus Patrias, viviendo él para satisfacer su destino de alcanzar el suyo: ser el Julio César de los tiempos nuevos.

No hay por qué dudar de que los sistemas de detección de desequilibrados para selección de personal del Ejército hubieran fracasado, porque ningún sistema sicoanalítico para analizar esféricamente las personalidades es perfecto.

Carmelo Rospiciano había superado todas las pruebas, y era considerado un soldado normal.

Solo que el quería llegar a ser general. Y para llegar a lo más alto, necesitaba vencer enemigos, destruir ideales ajenos.

Fue una gran decepción conocer que, al menos de momento, el país no tenía enemigos.

-¿Cómo puede ser así? ¿Para qué se quiere un Ejército si no hay contra quién luchar? -fue la pregunta que se le ocurrió formular, con el debido respecto, cuando e oficial instructor expresó que lo que no había ninguna misión bélica en perspectiva.

-Nuestra función principal es disuadir a los potenciales enemigos, haciéndoles ver claramente que estamos preparados, para que no se atrevan a molestarnos -le contestó el instructor, quien siguió explicando los métodos de ocultación y supervivencia en la selva tropical, que era la materia del día.

Carmelo, además de creerse poseedor de un buen espíritu militar (diríamos nosotros: algo peculiar), era poeta. No es que hubiera ganado certámenes poéticos o que se hubiera leído a Elliot y a Whitman, ni pulido sus artes con análisis semánticos de odas de Homero y Garcilaso, pero sí le gustaba construir rimas, consonantes o asonantes, según las veleidades de su inspiración.

Quizá por esa relación interna entre guerra y poesía, tal como el la sentía -del mismo tipo, quizá, que la que algunos hallan entre el amor y la muerte, o entre el tomate y la berenjena-, concibió una idea perfecta para satisfacer sus objetivos, y que puso inmediatamente en práctica.

Lo expresó a su manera, en versos asonantes algo forzadas.

-Encontrar con quien luchar/es, para un militar, imprescindible./De otra forma es imposible/llegar a tiempo a general.

Dicho y hecho, pues. Habiendo asimilado las enseñanzas de que el enemigo no se decidiría a atacar, si no se le mostraba debilidad, se dedicó a difundir a troche y moche que el Ejército al que el potencialmente indómito Carmelo pertenecía, como soldado raso ya con posibilidades de ascenso a cabo de línea por su aplicación en la cocina, tenía múltiples carencias.

Lo hacía en internet, que es el medio más cómodo e inmediato para propiciar la rápida expansión a cualquier idea, por inconsistente, descabellada o estúpida que parezca; qué digo, especialmente si se trata de ideas inconsistentes, descabelladas o estúpidas.

No tenía Carmelo grandes conocimientos de informática y criptografía -aún no se había llegado a impartir esas enseñanzas, que correspondían al segundo semestre-, por lo que resultó detectado, con nombres y apellido, a la primera de cambio.

Le hicieron un consejo de guerra, pero el tribunal militar, que le estaba juzgando por revelación de secretos, encontró que, en realidad, no había habido ninguna, y encontró a Carmelo únicamente débil mental, expulsándolo de la milicia.

Carmelo Rospiciano no se rindió. Convencido de su inquebrantable vocación, ahogado en bélico pero sano espíritu, y, sobre todo, deseoso de hacer carrera como fuera, se declaró en guerra contra el mundo.

Quería, a base de ganar batallas, ir ascendiendo, paso a paso, a cabo primero, a subteniente, a capitán general. Si no lo querían en otro, lo sería de su propio Ejército.

¿Cuáles serían esas batallas? Tras somero análisis, encontró que no le faltarían jamás.

Carmelo, tan convencido poeta como militar, se concentró en objetivos que estuvieran al alcance de su reducido ejército, ya que era muy consciente de que solo contaba con un elemento y que su capacidad armamentística era harto limitada.

Se dedicó, por ello, con esforzado empeño y persistente ánimo, a detectar cuantas infracciones que veía en su ciudad, y, si viajaba, en cualquiera de sus desplazamientos. Ejemplos: Automóviles conducidos por egoístas que no respetaban las señales de tráfico ni los pasos de peatones y bicicletas, comunidades de vecinos y particulares abyectos que no hacían correctamente la recogida separativa, tipos ayunos de dotes artísticas que ensuciaban con sus estúpidos grafiti las paredes de edificios y hasta monumentos, construcciones irregulares de cerramientos, terrazas, vallados, casetones…

Había millares de casos, por lo que en poco tiempo confeccionó un dossier de acciones bélicas que, por su extensión, podría estimarse, a su escala, prácticamente inconmensurable.

Preparaba Carmelo sus actuaciones concienzudamente y, luego, amparándose en su astucia y en sus conocimientos de ocultación, felizmente aprendidos en el primer semestre en el que había pertenecido al Ejército del país, pinchaba las ruedas -tres o cuatro, según la magnitud que apreciaba en el daño o la culpa- de los automóviles de los infractores, esparcía más o menos porquería en los portales y descansillos de las comunidades incumplidoras, adornaba con pintura indeleble las propiedades de los grafiteros pillados in fragante y, si no las tenían, los ponía perdidos de amarillo con la brocha.

No se quedó ahí. A medida que se ascendía, encontraba más y más motivos para guerrear, ampliaba su campo de batalla, con más enemigos -del orden, de la ética, de la cultura, del respeto, de la naturaleza, del aire, de los animales, de…-y se encumbraba, vencedor, más y más en la escala de gradación.

Llegó a capitán general, vaya si llegó. Con una estupenda hoja de servicios.

Poco más se sabe de él, salvo que anda por ahí, siempre dispuesto a declarar la guerra, aunque ya no pueda ascender más, pero sí otorgarse medallas, bandas de méritos, laureadas y poemas épicos que se auto-dedica, hasta que decida retirarse.

FIN

Publicado en: Cuentos y otras creaciones literarias Etiquetado como: actos bélicos, cuento de invierno, ejército, general poeta, Hiroo Onoda, ideales, odisea, soldado vocacional

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