Al socaire

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Cuento de primavera: Queenie y el zorro petimetre

26 marzo, 2014 By amarias Deja un comentario

Tal vez no se llamase Queenie, pero cuando hizo la Primera Comunión, con aquel vestidito blanco de encajes hechos con bolillos y el lacito de seda uniéndole en lo alto ambas coletas, la abuela María Luisa, que era la única que había sobrevivido de los cuatro mayores, y hacía pocos meses que estaba de vuelta de Miami, le dijo que era una Queenie, una reinecita, y a ella, como que le gustó, y, a partir de entonces a todo el mundo le decía que su nombre era Queenie, y eso le quedó.

-Queenie, ven para aquí, Queenie estáte quieta, Queenie ayúdame con esto.

Era más bien baja que alta, más fea que guapa, más gorda que delgada.  Era inteligente y dispuesta, pero esas cualidades no son de las que se ven o, si se ven, se aprecian. Así que el nombre de Queenie, para quienes se creen que las reinas tienen que ser algo excepcional en todo o casi todo, le empezó a caer, para los maledicentes, como una verruga al lado del ojo.

-Esta no se nos casa, ya verás -dijo la madre, viendo que se hacía mayor y que no se la conocía pretendiente ni al asomo.

-¿No será de esas que tienen el gusto perdido, y solo miran a otras mujeres? -aventuró, con la boca pequeña, el padre de la criatura.

-No lo quiera Dios -fue la petición espontánea de la madre, que era devota.

Había en la ciudad un tipo que se las daba de taimado, atribuyéndose a sí mismo -cuando tenía ocasión- cualidades propias de los zorros, que se dice son capaces de entrar en un gallinero y, por guardados que estén patos y gallinas, tanto con red de alambre como con perro ladrador, siempre birlan alguna pieza, de la que no dejan más que cuatro plumas de testimonio en el comedero.

Es como si dijeran. «Por aquí pasé».

A este fulano, de nombre que le pondremos, el de Bolindres Racimera, no se le conocía más arte ni otro beneficio que el de pasear vestido de petimetre, esto es, de pisaverde, con esa elegancia rancia del que cree estar a la moda y, en realidad, pasa por amanerado. Y cuando el decir general, en una población pequeña, califica a alguien de tipo con modales rebuscados, está atribuyéndole, a la chita callando o a voz cantante, vicios o tendencias que juzga inconfesables, salvo en las iglesias donde se otorga perdón por los pecados.

Racimera era, en realidad, un zorro petimetre, que es tanto como decir que ocultaba sus verdaderas intenciones, como ya habían hecho antes otros avezados en el arte del disimulo, pretendiendo que se le viera como que eran lo que no eran. Unos, son zorros para el negocio, otros, para la política y, no pocos, para los asuntos tocantes a los placeres de la carne que, en lugar de ser servida en el plato, se suele consumir bajo las sábanas y en buena compañía.

Bolindres Racimera era de estos últimos. Simulando cojear de un palo, atraía a las palomas del contrario, que, confiadas, acudían a él, ya fueran solteras como casadas, consultándole las dudas y problemas más variados.

-Tú que tienes gusto, Bolindres, ¿cómo me sentará este corte de pelo?

-¿El color rosa, va bien con el morado metálico?

-¿Dónde se podrá comprar una faja adelgazante?

A todas las cuestiones contestaba con tino, y cuando le parecía que el tiro merecía la pena, las hacía asomar al brocal del pozo en donde, como una hormiga león, entre zalamerías y engaños, las empujaba para hacerlas caer hasta el fondo, en donde él les devoraba la virtud o lo que hubiera en su sitio.

Pareciéndole que se le estaba pasando la edad para casarse, Queenie tocó a rebato, dio un repaso mentalmente a su libreta de contactos y, consciente de sus limitaciones, después no pocas dudas, seleccionó a Racimera.

Era tal su desconocimiento de los andurriales que el otro frecuentaba, que imaginó que le tenía que resultar atractiva la oferta que iba a hacerle, que no era sino casarse con ella. Y si al lector esta historia le está pareciendo bastante antigua,  porque opina que ahora los jóvenes tienden a escabullirse de tales compromisos, envejeciendo sin pasar por los registros civiles, que solo guardan el asiento de su nacimiento, espérese al final, antes de juzgarla.

-Bolindres, no tienes por qué negarlo. La gente juzga por tus vestidos, tu porte, tu andadura,… que eres marica perdido. -le dijo la moza, abriendo el melón por la parte que a ella le convino.

-No es oro todo lo que reluce, ni homosexual quien lleva pluma -fue la respuesta del zorro petimetre.

-Yo se que no lo eres. Te llevo observando desde hace mucho tiempo, y estoy segura de lo que te gusta.

Estaban en el Club de Regatas, en cuya cafetería habían coincidido adrede. Queenie había pedido a Bolindres un tiempo para hacerle una consulta seria y el zorro, aunque no encontraba a la joven atractiva, interpretó, curioso, que en la cosa habría, en fin, tomate. Por eso le sorprendieron los alegatos de principio.

-Voy al grano-siguió Queenie-La gente también murmura de mí que soy lesbiana.

-No había oído nada de lo que me cuentas -mintió Racimera, mientras valoraba que el botín iba a ser nulo o muy exiguo.

Queenie sorbió un trago de la Cola, para humedecer la boca seca.

-Pues lo soy -confesó la moza-.Vamos siendo mayores, quiero vivir aquí y creo haber encontrado la forma de que ambos hagamos lo que nos apetece, de común acuerdo, y sin escándalo.

Bolindres la miró de hito en hito.

-Casémonos -dijo Queenie, sin mover un solo músculo de la cara, salvo los orbiculares de los labios.

Fue una propuesta razonable que, convenientemente sopesada, Bolindres aceptó. Tendría sus razones. Y fueron muy felices desde entonces, cada uno en su corral, callando habladurías.

FIN

 

 

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Cuento de primavera: La víctima y el sicario

25 marzo, 2014 By amarias Deja un comentario

Cuando recibió el encargo de matarlo, contraviniendo las normas jamás escritas que rigen esa actividad reprochable, el sicario se empeñó en conocer detalles de su futura víctima. Había recibido, como pago adelantado, la mitad de lo convenido, y su cliente se había comprometido a abonarle el resto cuando tuviera conocimiento del cumplimiento de la orden.

-No me envíe ningún mensaje. No se le ocurra volver a ponerse en contacto conmigo. Yo me enteraré por mis propios medios de que todo está concluido y le haré llegar el dinero que falta de la manera que tenemos convenida.

No es, desde luego, lo mismo matar a una persona desconocida que a alguien de quien se conoce previamente sus circunstancias, su perfil ideológico, sus relaciones familiares. Pero aquel sicario tenía por norma no matar jamás en vano. Era casi una cuestión religiosa, con la que pretendía tranquilizar los oscuros recovecos de su miserable conciencia.

Tenía que encontrar, pues, fundamentos para asesinar a su víctima, aunque no fueran coincidentes con las de su peculiar cliente y para ello era imprescindible acercarse a ella, y justificar con alguna razón porqué debería estar muerta.

Una vez que lo localizó -las señas eran precisas-, se dedicó a acecharlo. Lo espió día y noche, vigilándolo  desde la calle, a prudente distancia.  Estuvo así tres días completos sin conseguir  información relevante, porque aquel tipo no salió de casa más que para ir a una Farmacia, en donde permanecía dos o tres horas. No había otros movimientos en el domicilio, no entraba ni salía nadie más. La vida de la futura víctima aparecía totalmente anodina, seguramente ocupada por el cuidado de una enfermedad, envuelto en soledad y misterio.

Cuando, en la mañana del tercer día, lo vio salir del edificio, en lo que suponía habría de ser otro paseo hacia la Farmacia, en donde deberían estar preparándole a diario algún brebaje especial de fácil descomposición, se decidió a abordarlo.

Quería conocer, al menos, el tono de voz de la futura víctima, sus inflexiones, desvelar algún misterio de su talante.

-Perdone, ¿me puede decir cómo se llega desde aquí a la Plaza del Comercio? -fue la pregunta que se le ocurrió formular, para entablar una mínima conversación.

La víctima no se mostró extrañeza por la interceptación del paseo, algo forzada. Vertiendo sobre el sicario una mirada inexpresiva, le contestó:

-Queda un poco lejos. Pero, como tengo algo de tiempo, yo mismo le acompañaré hasta allí.

La voz era melodiosa, agradable, con inflexiones en el tono, sugerente.

Caminaron un rato en silencio, avanzando por una calle muy concurrida. El futuro asesino había disimulado su rostro con un bigote postizo y se había puesto unas gafas que no necesitaba. A hurtadillas, para no despertar sospecha, sopesaba cómo adentrarse en el misterio de aquella vida cuyo futuro debería ser frustrada por su mano asesina. ¿Qué cuestiones resultarían más adecuadas para abrir la cancela en donde se guardaban las razones de aquel desconocido al que debería asesinar y que, por tanto, le permitirían descubrir la causa por la que tendría que morir?

-Ya veo por su pregunta y, sobre todo, por su tono de voz que Vd. es forastero y que conoce muy poco de esta ciudad. La Plaza del Comercio es el lugar en donde se concentra la mayor parte de las manifestaciones de quienes protestan por algo que va mal. Y no faltan motivos en este país. Justamente, dentro de una hora está convocada una para denunciar la falta de seguridad ciudadana, y a la que yo pienso asistir. -dijo el desconocido al que correspondía asesinar más bien pronto que tarde-. He estado enfermo y hoy me siento, de pronto, muy bien.

El sicario no dijo nada. Se limitó a observarlo de reojo, advirtiendo en el rostro de su futura víctima una sonrisa quizá algo triste, pero sincera. La voz le resultaba casi embriagadora, y no encontraba tampoco motivos cabales para interrumpirla con preguntas necias. Así que el otro, tomando la delantera de la conversación,continuó.

-Intuyo que Vd. también va asistir, aunque es algo pronto para ocupar la Plaza. Si acepta, le invitaría a tomar algo mientras hacemos tiempo.

El desconocido señaló una cafetería que encontrarían a su paso. Un cafetón con aspecto de tener más de un siglo, que el sicario imaginó con mesas de mármol, sillas de madera muchas veces barnizada y barra con columnas esquineras de hojas labradas.

-No…no se si debo. -se le ocurrió decir, como improvisada excusa.

-Me encantaría charlar un rato con Vd. Al fin y al cabo, aunque Vd. sea extranjero, tenemos ahora un objetivo común: hacer que la tranquilidad vuelva a esta ciudad, limpiándola de delincuentes. -y así diciendo, ambos se encontraron traspasando el umbral del local comercial, que estaba abarrotado.

Tan pronto entraron, uno de los clientes se acercó a la víctima, y lo saludó efusivamente.

-¡Caramba, Servando, cuánto tiempo sin aparecer por aquí! -y se permitió una apostilla que, para el sicario, sonó macabra- Ya te dábamos por muerto.

-Pues ves que no -replicó el futuro asesinado, señalando con un gesto delicado a su acompañante-. Me he animado a salir a la calle hoy, porque quiero participar en la manifestación. Este nuevo amigo, por cierto, también va a asistir.

El sicario se creyó obligado a decir un nombre que le identificara. Lo inventó sobre la marcha.

-Protesio Gómez -y, algo más confuso, prosiguió-. En realidad, solo pretendía hacer un recado en la plaza del Comercio. Quería comprar algo para llevar a mi familia, porque me vuelvo a mi país. No sabía que… habría una manifestación.

-¡Pero si hoy está todo cerrado! La ciudad se encuentra paralizada. Ayer ha habido un asesinato más y la situación se ha hecho insostenible. Esto se ha convertido en una selva -comentó, dinámico, el nuevo interlocutor. Le faltaba un premolar, y por el hueco de la dentadura, se le escaparon unas gotitas de saliva que fueron a parar a la pechera del sicario.

-Sí. ¡Y de qué forma tan cruel! La muerte del pobre Amelio no tiene justificación alguna. Un asesinato por la espalda, por un desconocido que le metió dos balazos en el cuerpo. Le robaron, por lo que se sabe, el reloj y la cartera. Mucho no debía llevar en ella, porque tenía deudas con todo el mundo -apostrofó la futura víctima.

El sicario contuvo un escalofrío, porque algo se le cruzó en el cerebro.

-¿Amelio? -era exactamente ése el nombre con el que se había presentado, dos días antes, quien le había hecho el encargo.

-¿Lo conoce? -oyó decir al cliente amistoso- No me extrañaría. Era un tipo singular, hasta en el nombre. No tenía enemigos. Delicado y sensible, aunque últimamente padecía de manía persecutoria. Estaba, por ello, a tratamiento. En la sanidad pública, claro.

El falso Protesio se fijó mejor en su futura víctima y alimentó una sospecha. Algo en la mirada, que ahora encontró especialmente fría, le pareció indicar que le faltaban muchos datos.

-Dicen incluso que puede ser que él mismo ordenase que lo mataran. Tuvo que ser, en todo caso, obra de un sicario, alguien sin escrúpulos, que seguro que no conocía de nada al pobre Amelio, porque era muy digno: bueno como el pan y pobre como las ratas. -la voz que escuchó le pareció que venía de muy lejos.

Fue todo muy rápido. En el local penetró un tipo con pasamontañas cubriéndole el rostro, y se dirigió sin titubear al sitio en donde se encontraban el sicario y su futura víctima. Sacando un arma de pequeño formato de un bolsillo del pantalón -la policía la identificaría posteriormente como un revólver Smith and Benson de dos pulgadas, por el tamaño y muescas de los proyectiles- disparó dos veces sobre el sicario.

El asesino pudo escapar sin que nadie consiguiera interceptarlo, unos, paralizados por el estupor y los más cercanos a la víctima, por haberse precipitado a auxiliar al herido, que falleció casi instantáneamente. Alguien dice que se le oyó decir algo así como «No puedo creerlo»

-¿Vd. conocía a la víctima? -preguntó el inspector, cuando se interesó por los detalles del triste suceso.

-Era la primera vez que lo veía; no tengo trato con ese tipo de gentes. No se adaptan a nuestro modo de vida, son delincuentes profesionales -fue la respuesta que obtuvo.

-Habrá sido un ajuste entre bandas rivales. Hemos comprobado ya que tenía varios antecedentes por varios intentos de asesinato.

El inductor se alegró de haber descubierto a tiempo, que su vida corría peligro. Amelio era un completo chapuzas; muy diferente, desde luego, a su actitud prevenida, anticipatoria, resuelta. Las deudas de juego se pagan, amigo.

Pagó la consumición y volvió a su casa, con paso tranquilo. En el camino de vuelta se metió, sin embargo, en la Farmacia, en cuya rebotica, esclavo de su ludopatía, estuvo jugando, como casi todos los días, dos o tres horas al póker con el farmacéutico y otros compañeros de timba.

FIN

 

 

 

 

 

Publicado en: Cuentos y otras creaciones literarias, Sin categoría Etiquetado como: asesinato, cuento, cuento de primavera, revólver, sicario, víctima

No es un Cuento de primavera: Lo que va de marzo de 1979 a marzo de 2014

24 marzo, 2014 By amarias Deja un comentario

El 23 de marzo de 2014, a comienzos de una primavera, ha muerto Adolfo Suárez, ex-presidente de Gobierno de España, premio Príncipe de Asturias de la Concordia.

Todos hablan bien de este personaje de nuestra historia reciente, calificado de hábil negociador, político de resistencia, seductor de multitudes, genio de la concordia. Son tantos los elogios que se amontonan sobre su féretro, se han movilizado tantos afectos sobre su cadáver, están siendo tantos los abrazos a sus hijos -representados estoicamente por el mayor de sus descendientes, un ya canoso político frustrado que se le parece en físico y talante-, que la ocasión parece propicia para olvidar los desprecios, las desconfianzas e incluso los insultos que llovieron sobre Adolfo Suárez cuando solamente él (y tal vez algunos visionarios) parecía saber a dónde había que dirigir el rumbo de un país lleno de interrogantes.

Han pasado treinta y cinco años y la Historia de España nos ha recorrido con tanta intensidad que parecería que hemos sido testigos -y algunos, hasta se sentirán protagonistas- de muchos momentos cruciales; seguramente, dentro de unas cuantas generaciones, poco quedará para el recuerdo meritorio y, pasados algunos siglos, lo que hoy nos obsesiona se habrá sepultado en el olvido.

Sería injusto, incluso desde la perspectiva del ahora, recordar que el primero de marzo de 1979, cuando este país buscaba nuevas señas de identidad, este hombre que nos ha dejado físicamente (síquicamente, llevaba más de una década apartado de nosotros), era llamado «tahúr del Mississippi con chaleco floreado» por  un beligerante Alfonso Guerra, tenido entonces por cerebro gris de un socialismo que estaba cambiando de piel, con el objetivo de hacerse con la vacante de poder que se vislumbraba como resultado evidente de una dictadura que era la única forma que muchos conocíamos como caldo de existencia política.

No teníamos, entonces, los que éramos jóvenes y confiábamos que el mundo nos daría más razones, ni idea de lo que iba a pasar.  Pocos meses antes del marzo de 1979, ni siquiera podríamos ser plenamente conscientes de que la democracia, o las libertades habrían de ganarse en un pulso diario, que ni siquiera quedaba garantizado bajo el hipotético cerrojo y siete llaves que algunos decían haber echado sobre el franquismo, con el argumento de disponer de una Constitución fabricada de recortes y consenso, surgida de un pacto de salón y a la que muchos sabihondos auguraban poco futuro.

Adolfo Suárez aportó su contribución al futuro en el que nos instalamos desde entonces, como solo lo pueden hacer los iluminados. A despecho de zancadillas, ignorando dificultades, concentrándose en lo posible, pactando con los enemigos, desconfiando de los que se decían más fieles. En solitario.

Así se convirtió en el héroe que hoy veneramos. Siempre tarde, y, por tanto, de forma injusta con él. Porque, vencido su talento por el Alzheimer, rendida su resistencia de coloso solitario por las enfermedades de su mujer y de una de sus hijas, abandonado de los que le habían utilizado para tomar su carrerilla apoyándose en su virtud, Alfonso Suárez se mantuvo iluminando el camino que se iba recorriendo, gracias a las puertas y ventanas de la concordia entre los españoles que había sabido abrir, aunque no nos dimos cuenta hasta que él abandonó la escena.

Tenemos que pedirle perdón a Adolfo Suárez, ahora que está muerto y es solo un personaje para la Historia. Le hemos tratado mal, no le hemos entendido a tiempo y cuando supimos lo que había significado en nuestras vidas, el ya no podía escucharnos.

Dános la paz, Adolfo Suárez. Devuélvenos la paz que teníamos cuando, al conocer que te retirabas de la política, después de más de cuatro años de aguantar tarascadas de los que creían saber mejor que tú lo que había que hacer, sufrimos de pronto el espejismo de pensar que teníamos claro lo que nos quedaba por recorrer. Y apareció Tejero, y apareció el socialismo que nos encandiló unos años, y pensamos que a lo mejor el centro derecha podría servir para atraer al gran capital a nuestro empeño, y estuvimos a punto de dejarnos seducir por un nuevo talante con tintes de universalidad, y caímos en el engaño de un programa de fantasía y estamos ahora pateando por un fangal lleno de decepciones y desconfianzas.

Haznos, como tú, resistentes a la adversidad, inmunes a los que ladran, sordos ante los que adulan, y enséñanos, como un nuevo Mesías, el camino para salir de los atolladeros. Sin ideologías, pero con determinación y firmeza. Avanzando entre la oposición hasta donde tendríamos que llegar si deseamos estar mejor situados para alcanzar a ese sitio que, desde luego, no será el final del camino, pero, por lo menos, nos abra nuevas posibilidades.

 

 

Publicado en: Política, Sociedad Etiquetado como: Adolfo Suárez, fallecimiento, héroe, político, tahur del Mississippi, talante

Cuento de primavera: Exceptio Veritatis

21 marzo, 2014 By amarias Deja un comentario

Eran tres hermanos, hijos de un esforzado romanista, a los que un colega amigo con tendencia chusca había rebautizado como Grosso Modo, Motu Proprio y Exceptio Veritatis.  Y con tales apodos eran conocidos tanto en familia como en círculos íntimos, por lo que mantendremos aquí esa peculiar manera de nombrar a quienes sus devenires vitales acabaría separando.

Porque si bien la intención paterna había sido que formasen una piña o, cuanto menos, una piñata, a medida que fueron creciendo  sus caminos divergieron, y lo hicieron de tal modo que solo coincidían, y ocasionalmente, en ponerse a caldo.

El primogénito, Grosso Modo, aunque en principio abrazó la profesión paterna, se empeñó en encontrar sentido a las relaciones sistémicas entre el Derecho y la Ética, dedicando gran parte de su vida al estudio de las formas de administrar justicia por espartanos y etruscos,  actividad que, de forma inesperada, abandonó para ingresar en un convento cluniacense.

Motu Proprio, considerado por su padre el más inteligente de los vástagos, se encaminó con paso firme hacia la ingeniería, estudios que culminó algo trastabillado; entre otras obras menores, fue autor del puente colgante sobre el río (antes, truchero; hoy, cloaca infecta) de Cañices-Esvila,  destruido en una crecida primaveral de las que solo ocurren de tarde en tarde. En la actualidad, escribe poesía lírica, que aún no ha publicado.

Para los baremos de sagacidad paterna, Exceptio Veritatis era un puro desastre. Pero el menosprecio parental agudizó las artes de supervivencia de aquel vástago marginado. Pronto, Exceptio descubrió el atractivo del comercio. Desde niño, compraba y vendía cualquier cosa, basándose en una regla intuitiva, pero infalible, de la que nunca se apartó.

-¿Cómo te las arreglas? -se interesó Motu Propio, al ver que la exigua paga semanal que a él no le daba para pipas, a su hermano le proporcionaba ventajas incógnitas, con las que engatusaba a mozas de los colegios para féminas del poblachón.

-Hago dobladas -explicaba Exceptio-. Cuando se que alguien necesita algo, lo busco lejos, se lo compro a un ingenuo por uno y se lo vendo al menesteroso por, al menos, dos. Así me garantizo ganar siempre el dos por ciento.

Motu Proprio se lo contó, escandalizado por la ignorancia matemática de su hermano pequeño, a Grosso Modo, quien confesó que no tenía la cabeza apta para complicados cálculos, pues era hombre de letras.

-No me interesan los números, Motu. Me molan los etruscos.

Así fue, por estas y otras razones, como el menor de Los Latinajos -apodo global con el que eran conocidos con sorna en el Colegio de Santa Castora, en donde Exceptio ganduleaba- iba forjando su carácter.  No hubiera pasado del nivel de mercachifle de tres al cuarto, sino fuera porque, viendo que no podía atarlo corto, su padre decidió darle largas, enviándolo a estudiar un Master de Técnicas para Embaucar con los Mercados que se impartía en la Universidad de Teloconto.

Pudo así Exceptio entablar relaciones duraderas con otros badulaques, enviados también por sus padres a conseguir títulos de lustre emitidos en idiomas extranjeros. De resultas también de aquella estancia, sin abandonar el uso del mote con el que era conocido y que todos creían su nombre verdadero, lo redujo a E. Veritatis,  dándole apariencia respetable. Seguía con su afición mercantil: desde vender preservativos con sabores a alquilar películas porno (que se proyectaban, en sesiones de cine-fórum, en las paredes de su  cuarto en la residencia estudiantil), todo eran causas de ganancias.

Por aquella época, Exceptio anotó en una libreta, quién sabe si como apunte o conclusión de una clase, o como pura reflexión personal, esta frase:

-El cliente siempre tiene razón, aunque la que tenga sea poca, y la poca que tenga no le sirva ni para limpiarse el culo.

Pasados los años oscuros de todo currículum, E. Veritatis emergió como vicepresidente de una de las grandes empresas de Valgamediós, propiedad de su suegro, un multimillonario mexicano que había hecho las Europas vendiendo carcasas vacías de ordenadores de mesa reconvertidas en jaulas trasportín para gatos. Se había casado con Merindonga de la Fealdad Extremada, hija única, a la que cargó de hijos, cumpliendo, sin otra necesidad que ocasionales estímulos, el empeño de su padre político de contribuir en lo posible a dar cumplimiento al designio bíblico de saturar la Tierra con la raza blanca.

Los éxitos de Exceptio alimentaron el crecimiento desmesurado del concepto que tenía de sí mismo. No estaba solo en este desvío de la razonable valoración de las capacidades. Frecuentaba grupos de gentes que se creían destinadas a salvar el mundo, por mandato extraterrestre, y se contagió de tal malicia. Participaban en fiestas, ceremonias cenáculos y francachelas, en donde se comprometían a apoyarse en sus negocios, poniendo por delante, como axioma, que quienes participaban en tales aquelarres eran poseedores de la verdad, cualquiera que esta fuera .

Triunfaban a montones. Había entre ellos, Ministros de Nosequé, Presidentes de las Empresas Nacionales y Privadas de Fabricación de Humos, Magistrados de Audiencias y Vivencias, Tenientes Generales y Particulares, dueños de Prostíbulos y Lugares de Ocio. Cuando tocaba nombrar a alguien para un puesto, siempre se le convencía con las palabras justas:

-Tienes una gran ventaja. Al no tener ni la más remota idea de lo que hay que hacer, no tendrás interferencias de conciencia.

La trayectoria de Exceptio Veritatis quedó vinculada con el florecer de Valgamediós, pero, desgraciadamente, también con una crisis galopante. Porque, ignorando cuando una empresa era irrentable, la manipulación de los mercados desencadenó locas carreras de huída hacia adelante. Cierto que a los que montaban los espectáculos les fue provechoso, pues, al enmascarar los verdaderos resultados, siguieron aumentando su peculio. En los Consejos de Administración se utilizaba con profusión un argumento que parecía irrefutable:

-Aumentémonos el sueldo siguiendo la doblada: subamos el dos por ciento a todos los miembros del Consejo.

Todo estaba bien, hasta que a alguien, como pasó en el cuento aquel en donde el rey que iba desnudo, le dio por levantar el velo, mirando todos debajo de las faldas que servían para ocultar los pelos y señales. Y, tirando de aquellos hilos y avanzando por estas señales, fueron cayendo buena parte de los sombrajos. Fue motivo de generalizada algarabía: penetrando por los resquicios abiertos, las gentes que estaban fuera, destruyeron con ahinco cuanto encontraban, teniéndolo por obra del maligno. Quemaron, rompieron, machacaron, con fruición, creyendo que así se liberaban de cadenas.

Cuando uno de los que pertenecían a los piquetes destructores miró, desde el montón de chatarra, en rededor, tuvo un presentimiento, que manifestó de esta manera:

-¿Dónde están los que forjaron todo este tinglado?

Entonces se dieron cuenta de que habían escapado y estaban, desde hacía ya tiempo, a buen recaudo.

-Para algo nos tenía que servir haber estudiado en otras tierras -podía haber sido lo que, de haber tenido ocasión, hubieran oído de boca de Exceptio Veritatis, solazándose en un yate de su propiedad junto a una jacarandosa señorita en algún lugar de Las Bahamas.

FIN

 

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Cuento de primavera: Empleo encuentra compañía

20 marzo, 2014 By amarias Deja un comentario

El equipo de investigación, formado por una excelente combinación de expertos internacionales y locales, entregó, en el plazo acordado, el informe que se le había encargado. Su título era, por demás, significativo respecto al objetivo que se pretendía y que debería ser convenientemente glosado en la propuesta : «Plan estratégico para generación de empleo en el país de Valgamediós».

Para su presentación pública, habían sido convocados en el Hotel Pritz, en la capital del mirífico país, representantes de los más diversos estamentos. La sala estaba llena.

Junto a ministros, empresarios, profesores universitarios, jueces, banqueros, periodistas, se sentaban, en lo que se había denominado modestamente «desayuno informativo», destacados miembros de la sociedad civil, elegidos por sorteo: amas de casa, parados, jubilados, políticos, religiosos, enfermos  de larga duración, ecologistas, y hasta eran distinguibles, por su color y fachenda, un inmigrante clandestino y un pobre de solemnidad, incorporados en el último momento como nota aún más exótica.

La Dra. Cristopherinda Krubber, PhD. en Sociología y Desarrollo Corporativo (Soziologie und korporative Entwicklung), MSc. en Optimización de Recursos Ociosos por la Universidad de Cowford, se encargó de hacer la exposición del Resumen Ejecutivo del Informe, seguido con el obvio interés por el público asistente. Se había también previsto la trasmisión por internet (hash-tag #Jobcreation), aunque, lamentablemente, la instalación dejó de funcionar a los pocos instantes de iniciada la transmisión, por causas que se están investigando.

«Hemos analizado todas -bueno, casi todas- las posibilidades de creación de empleo para un país de tamaño medio, como Valgamediós, y comparádolas con las de un país de tamaño adecuado, es decir, grande. Desgraciadamente, no se cumplen las condiciones necesarias para emularlos. Valgamediós no tiene la masa crítica ni en empresas, ni en empresarios, ni en capital, ni en técnicos, ni en investigadores, ni en ganas, para poder competir con los países más desarrollados, teniendo en cuenta, además, que la tecnología avanza a un ritmo exponencial. -dijo la Dra. Krubber, mientras en la sala se oía el ruido de las cucharillas de batir el café y del delicado masticar de los pastelillos con crema y bocaditos de jamón york que se habían dispuesto en el centro de cada mesa.

«Lamento no tener un proyector para ilustrarles sobre esta idea -se excusó la dama, que utilizaba gafas de concha y llevaba un collar de perlas artificiales sobre un sueter demasiado apretado para su corpulenta factura.

«El equipo de expertos, que me he honrado en presidir, ha establecido como primera y fundamental conclusión, que, aunque se empezara ahora mismo a tratar de cubrir el gap existente con los países avanzados y el crecimiento fuera exponencial, no se les alcanzaría jamás -al menos, en un tiempo finito-, ya que ellos están a un nivel demasiado alto y como sus descubrimientos también avanzan exponencialmente, la distancia tecnológica con ellos es cada vez mayor.»

Hubo un movimiento de intranquilidad en la sala, debido a que uno de los asistentes recibió una llamada al móvil, que se había olvidado cambiar a «modo avión». Se le oyó decir: «Te llamo luego. Estoy en una reunión», antes de apagarlo.

La Dra. Krubber se quitó las gafas, para enfatizar mejor, y las mantuvo en su mano izquierda como ariete simbólico.

«El comité ha estudiado, por supuesto, las posibilidades de generar empleo verde. Sin embargo, al comparar la creación de empleo que se obtendría en Valgamediós por empresas que se dedicaran al cuidado y protección ambiental, presionando desde la legislación y las multas a infractores ecológicos, así como a la implantación de tecnologías de las llamadas «Green», el efecto conjunto, sería la generación neta de desempleo, pues la incorporación de las externalidades ambientales a los costes internos de las empresas, causaría, en una buena parte de ellas, su inviabilidad. A este fenómeno hemos dedicado el capítulo de «desempleo verde», que es obra personal del experto en paradojas, Dr. Andreas Cipote…perdón, Dr. Capirote.

Los asistentes habían sido invitados a realizar preguntas por escrito a la ponente y algunos -profesores universitarios en especial- garabateaban frenéticamente en las hojas preparadas al efecto, demandando a las azafatas que recogieran sus intervenciones, deseando en secreto que fueran seleccionados por el moderador para exponerlas de viva voz, ya que eso les daría visibilidad posterior para ser convocados a otros debates y mejorar su currículum académico.

«Muy interesante, y con esto ya termino -carraspeó la conferenciante- ha sido el estudio de la opción de generar empleo en el sector armamento. Es, sin duda, la propuesta más esperanzadora. Por una parte, el diseño y fabricación de armas, no importa su nivel de sofisticación, ayudaría a crear empleos en Valgamediós y podrían ser exportadas a países con un nivel de desarrollo aún inferior, y, muy especialmente, a aquellas zonas en las que existen conflictos bélicos, que, dicho sea de paso, no creemos factible provocar desde un país como éste, aunque se puede conseguir ayuda de algún otro más grande, en condiciones a analizar que se salen del marco de este informe.

En la sala se había creado real expectación, pues había entrado un equipo de televisión y estaba enfocando a las mesas sucesivamente

«Por otra parte, si se llegara a participar directamente en un conflicto armado, y hubiera bajas propias, los huecos generados podrían ser cubiertos por los que aún estuvieran vivos, que se incorporarían de esta forma inmediata al mundo laboral.

Se habían acabado los pastelillos de crema y en algunas mesas se reclamó por la escasez de las vituallas, impropias de un hotel de tal categoría. Sin esperar al debate, los asistentes que pertenecían a los principales sectores económicos y sociales de Valgamediós, salieron de la sala, ya que tenían programadas reuniones de trabajo.

«La mesa ha recibido muchas preguntas escritas, y no habrá, por desgracia, tiempo para formularlas a la ponente, pero podrán hacerlo a la dirección de correo electrónico que se les proporcionará a la salida.

Un tipo con cara de estar de vuelta de muchas cosas, y que estaba escuchando de pie la disertación, preguntó con voz potente, como quien hace música a capela:

-¿Alguien de ese grupo de expertos se molestó en analizar a dónde queremos ir en Valgamediós? ¿Solo se puede ser feliz si se tiene trabajo?

El silencio creado pareció a algunos una respuesta.

FIN

 

 

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El último Cuento de invierno: Silencio roto de la selva umbrosa

19 marzo, 2014 By amarias Deja un comentario

Cuando la tierna gacela se acercó a abrevar a lo que parecía plácido río, y apenas sus delicados morros reposó sobre las tranquilas aguas, de las profundidades mal entrevistas, surgió un taimado cocodrilo, que, con el desmesurado abrir de sus tremendas fauces, a punto estuvo de romper para siempre al inocente cuadrúpedo la plácida existencia que hasta entonces llevaba.

-¡Menudo susto me has dado! ¿Es que no se puede beber en este río? -dijo la gacela, dando un brinco hacia atrás, y disponiéndose a salir a la carrera.

-No te vayas -se oyó pronunciar al cocodrilo-. Quiero pedirte algo. Y te ruego que escuches atentamente, porque, dada la posición de mi mandíbula, me es difícil hablar de corrido y, sobre todo, pronunciar las erres.

La gacela, manteniendo ahora una prudente distancia, curiosa como todos los herbívoros, animó al saurio a proseguir su plática.

-Escucho -fue su lacónica frase.

-Por las señales que está dando la naturaleza,  y mi experiencia de muchos años -habló el cocodrilo- intuyo que está próximo el momento de emigración anual de los rumiantes de la pradera.

-No se de qué me hablas -expresó, tomando confianza, la pariente lejana de la cierva.

-Lo comprendo, ya que eres muy nueva, como lo demuestran tus frágiles patas y tus aún enflaquecidos flancos.  No tengo tiempo para explicarte los detalles.

La gacela se estaba impacientando, pues temía que algún felino con menos ganas de parloteo se le acercara por detrás y, a dentelladas,  la convirtiera en el menú del día.

-¿Qué quieres de mí?..,Porque algo quieres -urgió, con ganas ya de escaparse del pesado, al que esperaba no volver a ver, aunque, al mismo tiempo, confiando tener algo que contar a sus compañeros de rebaño.

-Al grano iré. Cuando los ñus, cebras y gacelas se pongan en marcha para la emigración, y llegue el momento de tener que cruzar este río, te ruego -se corrigió-, no: te exijo que los hagas pasar justo por este lugar. Y te prometo que respetaré tu vida y la de todos aquellos que me indiques, devorando únicamente a aquel animal que me señales.

Una apacible brisa meneó con agradable frescor la verde yerba que crecía en los aledaños umbríos del solitario lugar.

-No le veo la gracia -acertó a decir la gacela-. ¿Qué gano yo convirtiéndome en traidor a mi especie, y haciendo más fácil a tu naturaleza el devorar a uno de los míos?

-Medítalo -replicó el cocodrilo-. Te doy la opción de que, en lugar de que, por mi condición devoradora, cause gran dolor entre los tuyos y vuestros amigos, atacando a ciegas a vuestro paso, me selecciones tú aquella pieza que por la condición que sea. por ser vieja, o despreciable, o quejosa -y son solo unos pocos ejemplos- quieras o queráis libraros de ella.

La gacela no quiso escuchar más, porque, además, oyó que sus compañeros de pación la estaban llamando, ya alarmados por su ausencia, y se fue sin despedirse.

Aquella singular tarde, mientras triscaba los mezquinos restos de los con anterioridad jugosos brotes, pensaba en lo que el sagaz cocodrilo le había propuesto. No tenía claras las posibles ventajas de la singular indicación, aunque, con su candor innato quería entender que, al menos, ella misma podría salvar el propio pellejo, siendo eficaz amiga y colaboradora personal del temible saurio.

Nada comentó con sus iguales, ni tuvo reposo aquella noche. Muy de mañana, se acercó al mismo lugar en que el día anterior había sido sorprendida por el cocodrilo, y lo llamó con un balido. Al punto, acudió el acorazado, con su mejor sonrisa, dejando ver los dientes afilados.

-¿Lo has pensado? -preguntó, sin más rodeos.

-Sí -contestó la gacela-. No voy a traicionar a los míos, para satisfacer tu gula ni tu cruel naturaleza. Es más, el descubrimiento que hiciste de tu comportamiento miserable a mis ojos y los de mi especie, me ha puesto en evidencia algo que ignoraba. No puedo soportar la idea de que, mientras nosotros vamos en busca de mejores pastos, tú y los tuyos os aprovechéis de nuestra necesidad.

-Corta el rollo -gritó el cocodrilo-. Si no quieres colaborar, me lo dices, y basta. No tengo por qué escuchar tus mensajes.

El brusco movimiento de la fuerte cola del temible saurio puso en preclara evidencia que estaba perdiendo la escasa paciencia. No hubo muchas más palabras y el bicho mayor, con un rápido alarde de destreza, a pesar de la corpulencia, agarró a la gacela por el pescuezo, y con un par de bruscos movimientos, le desencajó las vértebras.

Su ciego impulso no le permitió escuchar las tímidas palabras con las que la hermosa gacela le ofrecía una templada despedida.

-He estado triscando hierbas venenosas toda la noche y tengo el estómago repleto de sustancias de lo más dañino. Por eso estoy segura de que, al hacer la digestión de mi cuerpo, reventarás para siempre y habré librado a mis congéneres, al menos, de uno de sus naturales enemigos.

Así fue. Y en la selva umbrosa a pesar de los escasos árboles, cuya residual presencia señalaba la existencia anterior de lo que había sido extenso bosque, se oyó el grito desgarrador del cocodrilo envenenado, que de esa sonora manera, confirmaba la predicción certera de la tierna gacela.

En aquel río infestado por carroñeros congéneres, ese silencio roto no obtuvo el esperado eco, y, llegado el pertinente estío, los rebaños ciegos de astados ñúes, listadas cebras y gráciles gacelas, se adentraron con idéntico criterio en lo que, para algunos, sería el predecible final de su forzoso peregrinar.

—

P.S. El título de este estrambótico relato está basado en unos versos de Garcilaso de la Vega: «Por tí el silencio de la selva umbrosa/por ti la esquividad y apartamiento/del solitario monte me agradaba./por ti la verde yerba, el fresco viento,/ el blanco lirio y colorada rosa/ y dulce primavera deseaba…»

 

 

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Cuento de invierno: Seis horas con nadie

18 marzo, 2014 By amarias Deja un comentario

Habían transcurrido aproximadamente dos horas desde el despegue, y los pasajeros se preparaban mentalmente para el aterrizaje, pues calculaban que estaban a punto de llegar a su destino. Para la mayoría, sería el comienzo de sus vacaciones.

El cielo estaba despejado, luminoso, magnífico.

Por los altavoces interiores del avión se escuchó una voz, que hablaba en una lengua que no todos los pasajeros conocían:

-Les habla el comandante de la nave. Mi nombre es Huá Chao Ming y tengo el placer de anunciarles que este será, para todos nosotros, nuestro último vuelo. Contrariamente a lo que estaba anunciado, he decidido enfilar rumbo al océano, hasta que el combustible del avión se agote, en cuyo momento el aparato caerá irremisiblemente al mar. He desconectado todos los localizadores hace ya un rato, por lo que desde tierra nadie podrá saber dónde nos encontramos, ni cómo encontrarnos hasta que nuestro destino se haya cumplido.

Por el pasaje, empezando por quienes entendían el idioma en el que se expresaba el piloto, se extendieron los gritos de estupor y de pánico, cubriéndolo todo de consternación espesa.

-¿Qué ha dicho? -preguntó alguien, quitándose bruscamente los auriculares con los que estaba escuchando canciones de los Beach Boys.

La voz del comandante seguía con sus prolijas explicaciones:

-Calculo que tienen ustedes seis horas hasta que se agote el combustible para poner en orden sus ideas, encomendarse a su Dios, o maldecirme. No importa lo que hagan, no tendrá ningún efecto sobre una decisión que yo he tomado por Vds. La puerta de la cabina está automáticamente cerrada, sin posibilidad de acceso desde el exterior y el copiloto y el mecánico están aquí, a mi lado, inmóviles, pues les he proporcionado un sedante que les ha causado un coma profundo, del que nunca despertarán. Yo me dispongo a beber del mismo líquido, por lo que a partir de ahora solo el piloto automático guiará el avión. Ofrezco el sacrificio de todos ustedes a la única fuerza en la que creo, que es la Fatalidad, y lo hago como mensaje hacia la que fue mi esposa Huó Xeng Shú: Caiga la sangre de estos inocentes sobre tu infidelidad .

El sobrecargo corrió hacia la cabina, y trató de abrir la puerta. En efecto, estaba cerrada herméticamente por dentro. Varios pasajeros se levantaron y, atropellándose por el pasillo del avión, en loca carrera hacia delante, se dedicaron a aporrearla por turnos. Nadie contestó; nada se oía.

Otros, tomando sus teléfonos móviles, se esforzaban en encontrar la mínima cobertura en las ondas por la que poder lanzar una llamada de auxilio. No había respuesta satisfactoria; se habían interceptado o bloqueado todos los canales.

Pasaron varios minutos, y el pánico crecía, incontenible. El aparato seguía una línea recta, imperturbable; los motores quemaban combustible de manera regular, mecánica, impecable. Majestuosa.

Algunas personas gritaban. Otras, aún sin saber qué hacer, buscaban en su equipaje, como si en él pudieran encontrar la solución. Quién, rezaba.

-¿No se puede hacer nada? -preguntó a una de las azafatas, que estaba pálida como una acera después de las lluvias de verano, un tipo gordo y de ojos saltones, al tiempo que la zarandeaba, presa de pánico.

Un tipo con talante místico arrebatado, ocupó el centro del pasillo y, con voz demasiado alta, propuso:

-Aprovechemos este tiempo para rezar. El comandante ha dicho que disponemos de seis horas. Quizá tengamos incluso suerte y el avión caiga en una zona en donde puedan rescatarnos. Seguro que ya se han dado cuenta de que nos hemos desviado de nuestra ruta. Tengamos fe. Algo sucederá.

-¿Quién asegura que tenemos seis horas de combustible? -fue la pregunta irrelevante de un hombre de negocios, que no había dejado ni por un momento de apagar y encender su ordenador portátil, a la espera de no se sabía muy bien qué reacción.

-¿Y qué importa que sean seis horas o dos minutos? ¿Qué duda cabe de lo que nos va a suceder? ¡Lo único cierto es que nos vamos a estrellar!

Los pasajeros que estaban ocupando asientos junto a la ventana observaron el cielo, que era limpio y azul, como cualquier día perfecto.

Una mujer joven, que había estado callada, se dirigió a su vecino de asiento con una tímida sonrisa:

-Me llamo Michelle. No quiero pasar mis últimas seis horas sentada al lado de alguien que no conozco. ¿Le importa contarme algo de su vida?

Mientras el fuel se agotaba, se mantuvieron hablando y hablando, hasta que comprendieron que su tiempo también se acababa. Entonces, gritaron como todos.

FIN

 

 

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Cuento de invierno: Agdar y la presa de Cleopatra

17 marzo, 2014 By amarias Deja un comentario

En el valle de Escol,  los almendros  habían empezado a florecer y los hebronitas varones de más de quince años, incluso los ancianos, una vez que habían podado las viñas y recogido las aceitunas, estaban reunidos en la plaza para pedir al dios sol que no se hiciera notar demasiado, porque  todos eran conscientes de su fortaleza.

Un muchacho se acercó, alborotado, para advertir que en las afueras de la ciudad se estaba instalando un grupo numeroso. Venían con camellos, cabras y esclavos.

-No es la primera vez que tribus nómadas procedentes de los desiertos de Siria o de Farán se acercan a nuestra ciudad, buscando pastos para su ganado -dijo el patriarca mayor de Hebrón, tranquilizando a los suyos-. Les diremos que se vayan hacia Belén o Jerusalén, en donde encontrarán tierras más fértiles.

A la mañana siguiente, Abmadián, acompañado de otros cuatro principales, se dirigió al grupo acampado y preguntó por el que los dirigía. Varias mujeres estaban lavando ropas en el río y decenas de niños jugaban a darse empujones y golpearse con espadas rudimentarias hechas de ramas de acacia.

-Yo soy quien manda -reconoció un individuo de larga barba entrecana-. Me llamo Abraham, que quiere decir padre de un gran pueblo.

Los hebronitas le observaron con atención, y les pareció, aunque no se comunicaron entre sí la percepción, que se trataba de un enajenado. Tenía la mirada fija de los que han bebido demasiado vino, aunque no hacía mucho que había amanecido.

-Yo también soy padre, como habrás podido deducir de mi nombre. Y nosotros también somos un gran pueblo, forastero, y estas tierras son nuestras. No son suficientemente productivas para alimentar a más gente, por lo que te rogamos que, una vez que, por nuestra hospitalidad, tus bestias han saciado su sed y vosotros, vuestras mujeres y vuestros esclavos se han quitado la mugre del desierto, ensuciando nuestro río, os vayáis más hacia el norte, en donde encontraréis terrenos sin dueño y mucho más fértiles que estas tierras ya muy solicitadas.

Así habló Abmadián, con firmeza y poniendo cara de pocos amigos.

-Lo siento, colega -dijo Abraham-, pero he venido para quedarme. Una voz interior a la que no puedo corregir ni contradecir me ha traído hasta aquí, después de hacerme dar casi la vuelta al mundo conocido, con mi familia, riquezas, rebaños y siervos. He nacido en Caldea, he recorrido Mesopotamia y ha llegado la hora de que siente mis reales. Si no estás de acuerdo, no tienes más que decírmelo, y al instante, un fuego destructor caerá sobre tu ciudad, porque Dios me protege.

Abdamián reflexionó unos instantes y, sin preguntar a los que le acompañaban, inquirió:

-¿Has dicho que tienes riquezas, además de los rebaños y los siervos que veo por aquí?

-En efecto -fue la contestación que recibió-. Y como prueba de mis buenas intenciones, te comunico que deseo comprar un sepulcro adecuado para mi mujer, Sara, que ya tiene sus años y no me ha dado hijos y, más adelante, cuando mi tiempo se haya cumplido, también para mí.

-Tenemos sepulcros muy hermosos -reconoció Abdamián, siguiéndole la corriente-, aunque bastante caros. Por el momento, quedáos aquí tranquilamente, que no os importunaremos y, al atardecer, nos gustaría conocer exactamente cuánto dinero estás dispuesto a invertir en nuestra ciudad, para lo que te presentaremos una lista de peticiones.

La expedición de hebronitas se fue, para debatir la relación de condiciones que impondrían a los extraños si pretendían quedarse. Entre ellas, desde luego, una prensa de mayor tamaño para machacar las uvas, varios odres de piel de carnero  bien curada y oro suficiente para recubrir el becerro que tanta prosperidad les estaba otorgando.

Abraham, contento por haber convencido tan fácilmente a los hebronitas de sus intenciones, hizo llamar a Sara y le dijo:

-Mujer, te has hecho clueca y no solamente no has conseguido darme ningún hijo, sino que cada vez que acudo a ti, me haces daño, porque tus entrañas están secas como el desierto de Siria. Como es designio de la voz que me instruye, teniendo en cuenta que a mí también me cuesta cada día más conseguir que mi miembro se endurezca, he dejado preñada a Agdar, tu esclava, para que mis genes no se pierdan.

Sara, que venía sospechando desde hacía algún tiempo que la joven Agdar le estaba birlando el esposo, no se arredró por ello, ni pronunció palabras malsonantes. Por el contrario, dijo a su esposo que no le parecía mal, y que entendía que los designios superiores deberían de cumplirse, aún a costa de la infamia de las mujeres. Después, hizo llamar a Agdar, que había ido a buscar agua al río Escol, y, sin preguntarle la causa por la que su vientre empezaba a crecer, le ofreció una infusión y le pidió que le trenzase el pelo, después de untárselo con gena y ungüentos aromáticos.

-Dime, Agdar -expresó Sara, mientras la esclava le hacía la coleta-. He sabido por Ab-ram (1) que vamos a quedarnos en estas tierras, en donde tiene previsto comprar un sepulcro para ti y lo que has concebido de él, ya que piensa mataros a los dos, pues ese es el mensaje que dice haber recibido de la voz que escucha dentro de sí, como forma de expiar su pecado.

La esclava se mostró aterrada.

-No ha sido por mi seducción, sino por su lascivia. El me prometió que… -comenzó a explicarse, Agdar.

-No quiero justificaciones. Estoy dispuesta a dar mi consentimiento y hacer la vista gorda. Pero me tienes que enseñar una destreza que, según es voz corrida en el campamento, has adquirido con tus entrañas. Creo que de esa manera conseguiré también darle yo un hijo, y así me dejará tranquila.

De esa manera se expresó Sara, que, como mujer educada en las privaciones del desierto, era, no solamente inteligente, sino pragmática.

De aquella enseñanza de la sierva, aprendió Sara una habilidad que, andando el tiempo, se conocería como presa de Cleopatra (sin que se sepa bien por qué) y, para lo que importa de esta historia, tuvo por consecuencia especial el que resultó preñada, de un varón al que llamaron Isaac que, por gran fortuna, a pesar de la avanzada edad de sus padres, resultó sano.

FIN

(1) Sara no llamaba a Abraham por otro nombre que el de Ab-ram, que era como le había conocido.

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Cuento de invierno: La ruta de los peligros

15 marzo, 2014 By amarias Deja un comentario

Tergiverso Mundano veía peligros en todo. El no se consideraba pesimista, ni se encontraba enfermo, sino se creía excepcionalmente perspicaz.

-No soy raro. Solo soy consciente de que la Naturaleza no es la aliada de la Humanidad. Naturaleza y Humanidad son dos entidades antagónicas, como, a su escala, cabe calificar el fuego y el agua, la sal y el azúcar o Peter Pan y el Capitán Garfio.

El último ejemplo venía a poner de manifiesto que Tergiverso Mundano era una persona instruida, como más adelante se evidenciará.

Vástago estéril de una familia de posibles -puede que homosexual, aunque sin pluma-, de cuenta bancaria saneada y posesiones que eran capaces de proporcionarle algunos réditos incluso en estos tiempos, Tergiverso Mundano pudo financiar, pagándolas de su propio peculio, las ediciones  de dos volúmenes en las que recogió lo sustancial de sus creencias, deducciones teóricas y constataciones prácticas.

Al primero, le había dado por título: «Breve introducción a la teoría de los desastres» y al segundo, el de «Diccionario universal de los peligros. Primer tomo: De la A al Arroz»; de ambos había ordenado una tirada de tres mil ejemplares, que no tuvieron exactamente la acogida que esperaba. Aproximadamente dos mil novecientos cincuenta libros de cada edición, después de ser ofrecidos, como última operación de venta liquidadora, por la cadena VIPS en varios establecimientos, al precio simbólico de un euro, le fueron devueltos al autor.

Los acabó regalando a los asistentes a sus conferencias, aunque aún guardaba dos centenares para mejor ocasión en el sótano del chalet de su propiedad en Pantones de Arriba.

El propio editor le había aconsejado que no continuara de momento con la publicación del resto del diccionario, opinión que, aunque el autor no compartía, sí le sirvió de excusa para abordar una revisión de la Enciclopedia, incluyendo términos compuestos, tales como Edición fallida, Ignorancia supina y Desprecio mayúsculo, cuya sola enumeración puede servir para dar una idea de la profundidad y extensión de la tarea que Tergiverso Mundano tenía ante sí.

Según su estimación, siendo el número de vocablos de referencia para su análisis el de 50.000, considerando las permutaciones de la tercera parte de los mismos en grupos de tres, tenía calculado que el Diccionario completo tendría un número de entradas o lemas, tanto simples como compuestos, superior a los 4 billones, por lo que la empresa  habría de ocuparle quinientos veintidós años, al ritmo que se creía capaz de mantener. Motivo suficiente para aparcar, de momento, la impecable intención.

La idea central de su reflexión ya había, sin embargo, quedado expresada pulcramente en los dos volúmenes que habían visto la luz de la imprenta y la oscuridad de los sótanos. En resumen: si la Humanidad estuviera al tanto de todos los detalles e implicaciones de cada asunto, por mínimo o fútil que este fuera, descubriría en cada uno la existencia de peligros potenciales, que, de acuerdo con la teoría científica irrefutable, con base teológica, por la que el tiempo es magnitud eterna y continua, acabará irremediablemente sucediendo.

Por tanto, cualquier suceso que no tenga relación directa y unívoca con la causa que lo provoca, terminaría realizándose de todas las maneras imaginables, aunque apenas posibles, por extrañas, poco probables o meramente descabelladas que pudieran parecer éstas.

-Se que esta idea no es fácil de comprender -había escrito en el Prólogo de su primer libro-. Pero, de la misma manera que si desciendo cada día a la pata coja por la escalera de mi casa, habrá un desgraciado momento en el que resbale en un peldaño y, si no me rompo la pierna o la cabeza a la primera, me la acabaré rompiendo a la tercera o cuarta vez que me trastabille, de igual forma puedo estar seguro que, más tarde o más temprano, un rayo caerá sobre el árbol más alto de mi jardín y, con parecido razonamiento, si tu pareja sale todos los días de paseo, acabará poniéndote los cuernos.

Explicaba a continuación, despertando la admiración o el escepticismo de la audiencia, que solo había encontrado dos mil sucesos, distintos de las simples ecuaciones matemáticas, que eran causa y consecuencia directa, y enumeraba algunos: comer fabada con alubias de baratillo y tener toda la tarde ardor de estómago; decir a tu pareja que la has traicionado y que te deje de hablar, incluso de forma permanente; tener cáncer terminal, pedir a un santo que te cure y perder la fe; prestar tres dvds o el mismo número de libros a tu mejor amigo y que no te devuelva, al menos, uno de ellos; etc.

Como escritor, Tergiverso Mundano era más bien flojo, pero como conversador, resultaba entretenido. Por eso, le llamaban con cierta frecuencia para participar en debates en los que los contertulios rivalizaban en expresar, de forma lo más grandilocuente de que eran capaces, sus respectivas ignorancias, convirtiéndose, por lo marginal de sus ideas, en blanco predilecto de las críticas de los otros, que tenían por obligación ser incoherentes y, por tanto, optimistas.

-El agua supuestamente potable puede estar contaminada por un virus desconocido, un terrorista fanático o un empleado descuidado y causar una epidemia mortal en una población; la lámpara de la nave central de la catedral puede caerse mientras se celebra la misa solemne de Pascua de Resurrección;  un meteorito, asteroide o satélite artificial caerá tarde o temprano sobre la superficie de la Tierra en un lugar habitado y causará más muertos que el tsunami de Fukushima -eran algunos de los ejemplos que, convenientemente adornados con referencia a datos históricos que recuperaba de las hemerotecas o, aún más frecuentemente, inventaba sin el menor rubor, provocaban la perplejidad de los oyentes, que lo citaban junto a las autoridades reconocidas a Perogrullo, Quien asó la Manteca, el profeta Jeremías, Luiso o Pedrín .

Tergiverso Mundano estaba totalmente persuadido de que su concepción del Universo era correcta, y por ello, había fundado la Asociación de Perceptores Perspicaces de los Peligros Potenciales  («la ONG de las Cuatro Pés» como también se la denominaba),  cuyo número de socios aún no era muy alto, pero, desde que pronunció una conferencia en el Círculo de Bellas Artes de Pantones alcanzaba ya varias decenas, favorecidas por no tener que pagar cuota alguna y ser obsequiadas por un ejemplar del Diccionario.

-Desconfiemos de las apariencias. No hay mal que de bien no venga. Un mendrugo o un trozo de hueso de paloma puede provocar el atascamiento de la faringe del presidente de los Estados Unidos o de la Unión Europea en la cena de clausura de las negociaciones para poner fin a una guerra fría, y, al ser expelido con fuerza, caerle en la cara al primer ministro de China, Rusia o Uganda, dejarle un ojo a la birulé y ser interpretado por la misión enemiga como un signo de hostilidad que motive el lanzamiento de un misil de aviso sobre la capital más cercana, y al no ser interceptado por hallarse averiada la placa antimisiles, dar origen a una nueva guerra mundial.

Como todo en esta vida tiene su compensación (teoría que, por el momento, aún no ha sido desarrollada), el mejor amigo de Tergiverso Mundano era Optimo Previsible. Donde uno lo veía todo negro, el otro lo entendía de colores, predominando el rosa. Si para Tergiverso el fin de la Humanidad estaba próximo, atisbándose sobre ella el triunfo de la Naturaleza, para Optimo era la primera la que estaba predestinada a ser la vencedora en todos los frentes.

-A todo hay solución, Tergi. Donde hay un peligro, el hombre, encuentra o acabará encontrando una solución acorde. La ciencia siempre acude, como dijo Terencio. Y aunque es cierto que la Humanidad ha padecido guerras, desastres y catástrofes, la realidad es que aquí estamos tú y yo, tan campantes, mejorando lo presente -era el argumento que habitualmente les servía para enzarzarse en una disputa interminable de pros y contras, de telodije y notecreo.

-Tu ingenuidad es impropia, Opti, de una persona inteligente, como te considero y tus múltiples títulos universitarios acreditan. Los avances de la ciencia no hacen sino crear nuevos y más incontrolables peligros, con su descabellado avance. Hace apenas un par de siglos, una guerra se saldaba con un par de miles de muertos en combate; el diluvio universal del que habla la Biblia no superó con seguridad los límites entre el Tigris y el Éufrates. Hoy, tenemos la energía atómica, el cambio climático, los misiles de cabeza nuclear, el sida, el virus HN1, el terrorismo global, la…

-Calla, calla -le cortaba Optimo- no necesitas recordarme lo obvio. Pero cada uno de esos problemas tiene solución, antídoto, y si no se halló aún,  se está, sin duda, en algún centro de investigación de quién sabe qué país, en el camino veloz para encontrarlos.

En uno de sus paseos por el campo, lo que solían hacer cada sábado, para relajar las piernas y acomodar los ánimos, les sorprendió una tormenta, que venía acompañada de un fuerte aparato eléctrico. Truenos y rayos se sucedían con estrépito y luminaria terroríficos.

Optimo pretendió que se guarecieran bajo un árbol, pero Tergiverso los encontró a todos altos y, por tanto, susceptibles de servir de pararrayos indeseado y convertirlos a ellos en ascuas pertinentes. Corrieron, pues, como demonios, aunque Tergiverso no perdió ocasión de confesarse partidario de tirarse al suelo y dejarse camuflar entre la tierra húmeda del eventual apetito de carne humana que pudieran tener aquellos rayos.

Corrieron campo traviesa. Corrieron al mismo tiempo que, por precaución, iban abandonando en el campo cuantos objetos metálicos portaban.

La probabilidad de que tropezaran en una piedra y de que por el impacto, se rompieran o perjudicaran una pierna, debía ser muy baja, -menor a uno, desde luego, y aún lejos de la «probabilidad cierta» que la juez Alaya utiliza como baremo para imputar a exministras socialistas- aunque ellos la aumentaron aquel día. Porque, de forma inexplicable, se entorpecieron ambos en la carrera y, cayendo al suelo, se torcieron de mala forma sus tobillos. Optimo se baldó el derecho y Tergiverso el izquierdo.

Conteniendo el dolor, apoyándose el uno en el otro, andando a trompicones, avanzaban de tan torpe guisa por la pradera, sin saber aún que era el lugar en donde se criaban toros de una afamada ganadería, ya aptos para la lidia profesional. Uno de los verracos, que estaba en celo y se había asustado por los truenos, cuando vio dos bultos a lo lejos, abandonó la protección del almez en donde se hallaba agrupado con los de su recua, y arrancó a toda mecha hacia ellos, enfilándolos, con la clara intención de ensartarlos por lo sano.

Tergiverso, que se apercibió el primero del movimiento del astado, sugirió de inmediato a Optimo que se quedaran quietos, pues estaba seguro de que no podrían correr más que el torete y recordaba haber leído en alguna parte no sé cuando que estos cornudos no empitonan a quienes imitan, haciéndose el muerto, al monosabio. Pero Optimo no estaba por la labor de probar teorías de las que no tenía previa noticia, y, calculando, pues entre sus méritos estaba el saber de Matemáticas,  la distancia que les quedaba hasta una casa que no se hallaba lejos y la velocidad atribuible al astado, tomando la diferencia de la que podrían acreditar estando ellos lisiados aunque urgidos a correr, dijo que nones, y que debían seguir, y sin desfallecer, hasta aquel sitio que les ofrecía potencial protección.

Llegaron como pudieron, jadeantes, a la casa y llamaron a la puerta, que estaba cerrada, gritando al mismo tiempo que les abrieran, que venían heridos y que un toro les perseguía.

-¡Por el amor de Dios, abran, que o nos caerá un rayo, o nos empitonará un toro, o cogeremos una pulmonía, o se nos engangrenará la pierna que traemos muy perjudicada! -gritaban, más o menos.

Nadie respondió a su llamada, porque, cuando la miraron mejor, se cercioraron de que la casa estaba, no solo deshabitada, sino en ruinas. Solo la pared frontal resistía, adornada, por cierto, con unos grafitti de intención obscena.

Sucedió pues, que fueron embestidos del morlaco, y pisoteados a placer por el cuadrúpedo, aunque no les causó graves heridas. El bicho se cansó después de darles una tunda, dejándolos a ambos, parejos de maltrechos, convertidos en piltrafas en el suelo. Bufó, torció la testuz y se volvió, a paso lento  y luciendo porte de lo más majestuoso, a reunirse con el resto de la manada.

Mojados como estaban, doloridos por el torcimiento y aún más por los golpes del vacuno, con el miedo agarrotándoles  las partes que conservaban sanas en el cuerpo, notaron al finque la tormenta había aflojado, impulsada por un viento fresco.

Tergiverso Mundano soltó una carcajada.

-¿Te das cuenta, Optimo, de lo que nos ha pasado? -farfulló, comiéndose palabras por las risas.

-¡Cómo no! -le contestó el interpelado, con la cara bastante pálida y sin adivinar la razón por la que su amigo estaba, a buenas horas, contento-. Nos hemos salvado por los pelos. Y no de una, sino de varias vicisitudes que eran en extremo peligrosas. Estamos vivos de milagro

-No me estoy riendo exactamente por eso, amigo. Me río porque, dado que, cabalmente, todo cuanto nos ha sucedido hoy es improbable, se lo hemos puesto más crudo a cualquier otro que, encontrándose en las mismas circunstancias, pretenda superar la situación con menos rasguños que nosotros. De lo nuestro, nos curaremos. Pero para los que les caiga un rayo, se rompan la cabeza o les empitone un toro por las ingles, no habrá tanta fortuna, ya que les hemos birlado un buen trozo con la suerte que hemos tenido.

Optimo Previsible, frotándose la pierna retorcida, mirándose las contusiones del pecho, secándose con un pañuelo sucio los manchones del rostro, expresó otra opinión:

-Discrepo, amigo mío. Lo único de que estoy seguro haber aumentado es la probabilidad de que si alguien se aventurase en otro día infernal por estas mismas dehesas, y, creyendo poder disfrutar de un buen paseo, se encontrara con rayos y con toros, no se retorcerá el tobillo como nos sucedió a nosotros, ni le dará una paliza descomunal un toro bravo, ni encontrará paredes caídas donde debía haber una casa habitada por gentes de buen talante, sino que saldrá incólume y tan campante, gracias a que nosotros hemos concentrado hoy en nuestro cuerpo  desgracias que estaban destinadas para ser más repartidas.

Y ambos se encaminaron, cojeando, destrozados los avíos de excursionista, perdidos los piolets y las navajas (y hasta un reloj de pulsera regalo del cuñado de Optimo Previsible) , hasta el borde de un camino, en el que unos excursionistas que bajaban con paraguas, les aconsejaron, ante su petición de ayuda, tomárselo con calma.

FIN

 

Publicado en: Cuentos y otras creaciones literarias Etiquetado como: ánimo, cuento, cuento de invierno, desgracia, diccionario, optimismo, pesimismo, pierna, previsible, probabilidad, retorcido, toro

Cuento de invierno: La hora de los imposibles

14 marzo, 2014 By amarias Deja un comentario

mirando hacia la cumbre

Luis Menéndez Alonso, Lumen, oyó gritos y le pareció que también un disparo. Incapaz ya para sobresaltarse, miró por la ventana de su casa en Avilés y vio avanzar por la calle Rivero a un grupo vociferante. Eran los primeros días de noviembre del año 1937 y dentro de muy poco cumpliría 45 años.

Después, vino un silencio espeso como brea; no, como la sabia cobriza del peral herido, supurando lenta por la grieta. Supuso que sus seis hijos habrían salido con su madre, aprovechando el mínimo calor, húmedo, de aquella mañana. Temió por ellos. No deberían haberse alejado demasiado; sin embargo, se tranquilizó imaginando que estarían dando un corto paseo por el Parque de Ferrera.

Se acercó a otra ventana de la casa y, en efecto, allí descubrió a Luis y María Luisa, y estuvo seguro que los demás andarían cerca.

¿Qué podría pasar ahora en España? Quién lo supiera…Como secretario del Ayuntamiento  al que venía dedicando, a pesar de la guerra, casi todas las mañanas, se preciaba de conocer a sus paisanos.  También como secretario de Izquierda Republicana, como colaborador de La Voz de Avilés o del Amanecer. Los avilesinos son buena gente, de pensamiento liberal, respetuosa y trabajadora. A salvo de ese pequeño contingente de exaltados que solo leen pasquines y soflamas y los interpretan de forma preconcebida, calentándose recíprocamente las seseras, lacra de todas las colectividades.

Pensó también en Higinio Sierra, el alcalde de «la ciudad roja»,  como se conocía a la Avilés republicana.

No sabría decir porqué, pero se le vinieron a la cabeza unos versos, suyos: «Está escrito, está escrito…Hay una voz maldita/que en todos los instantes de la vida nos nombra,/y nos lleva adelante por la ruta precisa/tras su paso de sombra…/.

Había una errata en ese poema, que se le había deslizado en la corrección del libro «Mirando hacia la cumbre», que, con prólogo de José Francés, le había publicado en 1925 la Editorial Mundo Latino. Ponía «ruta precita» en lugar de «ruta precisa». Bueno,.. tal vez nadie se daría cuenta…tal vez se encontrara sentido a esa combinación inusual de palabras, que no sonaba mal.

¿Cuál sería la ruta precisa en estos momentos tan convulsos de la historia de la querida España, de la joven República, amenazada desde dentro? Si pudiera saberse…

Lumen oyó que aporreaban la puerta y aguardó, con semblante tranquilo, a que alguien abriese. Hacía pocos días que los rebeldes habían derrotado a las fuerzas fieles a la República en Avilés, «la villa del Adelantado de La Florida», la tranquila ciudad asturiana que disfrutaba de una actividad cultural, literaria y política excepcional, de la que el era uno de los impulsores.

Hombre serio, discreto, brillante en su humildad fructífera, Luis Menéndez Alonso, si pudiera expresar con un deseo lo que esperaba de la vida, hubiera escrito algo así: «Volverá otra ilusión. Cada instante que avanza/ renovará tu vida perdida en el ayer…»

No, no lo hubiera escrito. Lo tenía escrito ya.

Pasaron en unos instantes muchas cosas,

Mientras lo llevaban esposado, y aquellos fascistas fanáticos, incultos, rencorosos hacia todo lo que destacara por inteligencia y prestigio, le insultaban y  abofeteaban, empujándolo a trompicones, llamándolo «¡Rojo! ¡Comunista!¡Cabrón!», le pareció que merecía la pena dejar de escuchar.

Pensó en su mujer, en sus hijos, en la semilla que había dejado prendida en ellos, en sus alumnos, en sus amigos. Se le ocurrió, de golpe, un buen final para aquella novela que estaba casi terminada, «La hora de los imposibles».

-Cómo no se me habría ocurrido antes -murmuró.

Estaba orgulloso de haber aprovechado su tiempo. Había instaurado un sistema de préstamos de libros en la Biblioteca Municipal interesante, por el que se podían llevar los volúmenes a casa.  Biblioteca Popular Circulante, se llamaba.Había organizado muchas actividades, recitales de poesía, representaciones teatrales, conferencias…y escrito mucho. Aunque si de algo estaba especialmente orgulloso era de sus hijos, que habían heredado su misma afición. El ansia por saber, la voluntad de ser buenos. Porque «en el hogar tranquilo/es fiesta cada día, y un sol nuevo/niño siempre, sonríe con los niños.»

Desconectó por cuatro días.

Cuando volvió a estar en su vida, le habían empujado contra una pared, y una ráfaga le segó la vida. Era el día después de su cumpleaños. Acaba de cumplir cuarenta y cinco años.

Unos cuantos años más tarde, el 18 de marzo de 1956, su hijo mayor, Luis Menéndez Díaz, «Lumen hijo», escribía en la primera página de un ejemplar de «Mirando hacia la cumbre», el que ahora tengo en mis manos, -amarillento, abiertas a cuchillo todas sus hojas, ligeramente manchado de humedad- estas palabras: «Angelín: Mi padre se ha ido hacia donde miraba, más allá aún…Desde allí nos contempla a todos y me encarga te dedique su libro».

Ese Angel era mi padre. Aunque, como licencia literaria y sentimental, pienso hoy que también podría ser yo. ¿Por qué habría de ser imposible? ¿No estamos ya en la hora de los imposibles?

FIN

Publicado en: Cuentos y otras creaciones literarias Etiquetado como: Avilés, cuento, cuento de invierno, josé francés, la hora de los imposible, luis menéndez, lumen, mirando hacia la cumbre

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