Al socaire

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Cuento de invierno: El pacto de las termitas y los yurumíes

13 marzo, 2014 By amarias Deja un comentario

Las termitas y los yurumíes nunca han hecho buenas migas, porque el alimento principal de los yurumíes son las termitas y, por más que éstas traten de morder a sus depredadores, sus dientes no provocan a éstos otra sensación que no sea la de un agradable cosquilleo. Pero la situación cambió de repente, por razones que nadie conoce y que estoy dispuesto a contar.

En una zona no muy bien precisada de la pampa argentina, vivía una floreciente colonia de termitas. La vista exterior de la colonia era impresionante. Estaba formada por varias decenas de pináculos de tierra, espaciados unos cuantos metros uno de otro, con una estructura interior muy semejante.

En el habitáculo más espacioso, moraba la pareja real, donde la reina, rígida por el protocolo, de aspecto orondo y abdomen inflado y seboso, estaba entregada de forma exclusiva a la producción de mano de obra. El rey consorte, carente de cometido oficial, deambulaba por los recovecos de palacio. En cada termitero podían encontrarse dos o tres reinas, que, obsesivamente ocupadas en comer y parir, desconocían la existencia de las otras, mientras los consortes organizaban francachelas con las doncellas de palacio.

La inmensa mayoría de la población la constituían las termitas obrero, que, desde la mañana temprano, debían salir a campo abierto para recoger trozos de dura celulosa que, convenientemente tratada por protozoos adiestrados, inmigrantes en sus estómagos, se convertía en una pasta alimenticia que compartían con sus hermanas y hermanos, bien regurgitándola o expeliéndola, según el conducto utilizado.

Las autoridades locales  de cada termitero correspondían, como en toda organización, a la clásica trilogía: el ejército, que agrupaba a las termitas soldado, cuya función era mantener el orden y defender al termitero de ataques tanto exteriores como interiores; el cuerpo legislativo y jurisdiccional, formado por las termitas aladas, condensación de la sabiduría práctica del termitero, que tenía por objeto producir en su seno, a partir de la formación adecuada -en especial, la sexual, con la prueba de madurez consistente en un vuelo nupcial- nuevos reyes y reinas; y, en fin, un tercer cuerpo de función imprecisa, los pseudoergados, que estaban a la expectativa de asumir una función u otra, según les pareciera y que eran, por ello, enigmáticos y peligrosos.

Tanta erudición sobre las termitas no tendría objeto alguno sino fuera la información precisa para entender que, como consecuencia de una bonanza continuada, en la que florecieron arbustos y plantas en la pampa, se ampliaron los límites de la colonia, llegando hasta donde nunca se pudo imaginar que llegaran.

La noticia sería excelente, sino fuera porque, a la par que el número de termiteros y, por tanto, de termitas, aumentó también el número de yurumíes.

Estos osos hormigueros gigantes estaban especializados en devorar termitas y hormigas, que se había convertido en su alimento exclusivo. Para facilitar su labor depredadora, desarrollaron una boca succionadora en donde se alberga una larga lengua pegajosa y unas garras tridáctilas, todos ellos excelentes adminículos para escarbar en los termiteros.

Cuando las termitas de la colonia advirtieron que los destrozos de sus termiteros eran cada vez más numerosos por los ataques de un grupo insaciable de yurumíes, tomaron la decisión de proponerles un pacto. No era sencilla la misión, puesto que cualquier aguerrido que tuviera el objetivo de dialogar con sus insaciables depredadores, corría el riesgo inmediato de ser devorado sin haber conseguido pronunciar ni la primera parte del mensaje.

-¿Cómo podemos convencer a un yurumí, cuyo único alimento somos justamente nosotras, las termitas, de que nos deje en paz? -era la cuestión principal a debatir, según expresó, con fina dicción, un especialista en Análisis conductual de los yurumíes y especies afines.

-La única forma posible, ya que cambiar sus hábitos nos llevaría un esfuerzo de varios miles de años, es derivar a los yurumíes que nos atacan a nosotras, para que se asienten en territorios alejados y devoren a otras termitas a las que no conozcamos ni de vista -expresó, con sagacidad combinada con erudición, un filósofo experto en Teoría de las compensaciones recíprocas, cuyo estudio empezaba a estar de moda.

-¿Y cómo captaremos la atención de «nuestros» yurumíes? -fue la pregunta que, por su atinada formulación, exigía un estudio profundo antes de responderla.

Después de dar muchas vueltas, consiguieron dar con una fórmula aceptable. Los enemigos más poderosos de los yurumíes son los tigres pamperos, conocidos como jaguares, que -aunque no siempre con éxito- son capaces de enfrentarse en batallas terribles con ellos, y, en una de cada tres veces, logran convertirlos en filetes.

Las termitas de la colonia hicieron llegar al representante de los jaguares, ubicado en las profundidades de la Patagonia, un mensaje, aprovechando la circunstancia de que los termiteros son regularmente utilizados por estos felinos como lugares idóneos desde donde otear y en donde defecar. Se trataba de transmitir, de jaguar en jaguar y termitero en termitero, que en su territorio pampero había carne abundante de yurumí, en especial, apetitosas crías apenas destetadas.

Muchos jaguares se acercaron hasta los territorios de las termitas emprendedoras para ver lo que había de cierto en todo aquello, y comprobaron que, en efecto, la relación de osos hormigueros versus conejos de las praderas era alta, la proporción alimentaria, adecuada, la calidad cárnica jugosa y, en consecuencia, se dedicaron a hacer algunas matanzas que diezmaron la población de osos hormigueros y, de seguir a ese ritmo, aseguraban el peligro de seguir diezmándola hasta reducirla a cero.

Los yurumíes se asustaron bastante y, aunque no disminuyeron su apetito drásticamente, se hicieron mucho más recelosos, lo que facilitó que las termitas, entre succión y ojeada, pudieran introducirles en la mollera este mensaje.

-Sabemos de una tierra en donde no hay jaguares y sí suficientes termitas para que podáis vivir en paz, como merecéis, como especie en extinción pero digna componente del equilibrio cósmico -les susurraban al oído, cuando se libraban de ser devoradas, a cada ocasión propicia, esto es, siempre que un surumí se acercaba a comer a su montículo.

Tanta insistencia tuvo sus frutos.

Por eso, si en sus paseos por la pampa argentina, el lector se tropieza con un grupo de termitas aladas seguidas por uno o varios yurumíes, debe entender que se trata de una expedición de la colonia a la que me he referido en esta historia, formada por voluntarios a la búsqueda de territorios ocupados por termitas con las que no tienen relación familiar alguna, en las que los osos hormigueros puedan vivir tranquilamente, mientras se extinguen de una vez por todas.

FIN

Publicado en: Cuentos y otras creaciones literarias Etiquetado como: agresión, cuento de invierno, cuentos, emigración, hormiga alada, jaguar, pacto, soluciones, termita, termitero, yurumí

Cuento de invierno: La curiosa historia de Lame Duck

12 marzo, 2014 By amarias Deja un comentario

Todos los patos, si se les mira con atención, cojean. Unos más y otros menos, pero al andar fuera del agua se mueven de forma tal que, comparados con los gansos, las ocas, los cisnes y hasta los somormujos, se pone de manifiesto que se inclinan más hacia un lado que al otro, lo que hace su caminar una característica de la especie.

Pero los patos no solo no admiten esa cualidad, a la que consideran un defecto -una deformación abominable de la pureza de la especie-, sino que, desde tiempo inmemorial han venido reprimiendo la manifestación de la cojera.

Las madres pato, los educadores pato, y, con especial virulencia, los padres pato, se han esforzado, salvo rarísimas excepciones, en mantener a raya cualquier desviación de lo que se considera, como norma admitida por la colectividad, la forma adecuada para caminar sobre tierra firme.

-¡No te desvíes! ¡Mantén el culo apretado!¡Mira al frente! -son algunos de los consejos que, día tras día, se difundían en las escuelas, en las ikastolas, en las madrasas y en los corripos para anátidas, desde allí hasta Castelgandolfo.

Si algún pato, ya fuera macho o hembra, se obstinaba en caminar cojeando, era inmediatamente recriminado y, si, después de la amonestación persistía, se le castigaba duramente, con castigos  terribles, que podían llegar desde el escarnio a  la lapidación o a poner al pazguato a los pies de los caballos, que venía a ser equivalente a comérselo con patatas fritas.

-¡No puedo disimular mi cojera! ¡Es consustancial a mi ser y, además, todos los patos cojeamos más o menos! ¡Nací así! -era una excusa que no servía para nada y se enviaba al desviado al correccional de composturas .

En ese mundo lleno de prejuicios, nació un pato como todos los demás, que estaba destinado, por tanto, a ser un pato de lo más vulgar.

Solo que cojeaba ostentosamente, y cuando se le advirtió que cojeaba («lo que no está considerado ni medio bien y te puede acarrear más de una patada», como le previno su hermano mayor, que iba para gallo de la quintana) , no solamente no disimuló tan abominable característica (al decir de los más instruidos patos de aquel lugar, de los que se podía decir que tenían las posaderas peladas de tanto disimular su consustancial cojera), sino que la exacerbó.

Cuando se exacerba una característica, se quiere que decir que se la exagera hasta límites que lindan con el exhibicionismo. Puede ser interpretado como impudicia, haberse pasado varios pueblos o pretender dar la nota, según criterios.

-No me importa que todo el mundo me vea cojear, y no voy a hacer lo más mínimo para disimularlo. Al contrario, me parece que mola. Cuanto más cojo, mejor me siento, más yo -fue su argumento principal.

Andaba por las orillas del lago en el que vivía la colonia de patos, pavoneándose.

-Tiene pluma, la mariposa -era el comentario generalizado.

-Lo que tiene bemoles es que nos toque los pinreles. Ese andar resulta bochornoso y es una patada -era un decir más elaborado.

Por esa razón, y obviando que todos cojeaban de lo mismo, le pusieron al contestatario el mote de Lame Duck, que quiere decir Pato Cojo, solo que en inglés.

Lame Duck era un pato inteligente, así que, aunque cojeaba con un trastabillar que a los puritanos tiraba para atrás, no tuvo problemas en llegar bastante alto en la pirámide de la estimación de la colonia. Al fin y al cabo, no hacía daño a nadie; solo a él mismo, como se comentaba a sus espaldas, en tono algo antipático.

El escándalo surgió cuando, al cabo de unos días, los más observadores advirtieron que los jóvenes, e incluso algunos de los patos adultos, dejaron de disimular su cojera, haciéndola patente. Incluso unos cuantos -al principio, pocos, pero pronto fueron varias decenas- la exageraban también, con aspavientos la mar de aparatosos. Los más osados celebraban anualmente el Día del Orgullo Cojo, que ya eran ganas de llamar la atención y armar la pataleta.

-Es intolerable -se decían, unos a otros, en particular, los que se acostumbraban a escandalizar por lo más mínimo-. Se han perdido las buenas costumbres. Que Lame Duck se haya convertido en ejemplo para algunos es una vergüenza terrible para todos los patos decentes.

Pasó algún tiempo, que es la manera más suave de atemperar el calor de una sopa para que pueda ser tomada a cucharadas sin necesidad de tener que soplar antes de engullirla, y  la mayoría de los patos, tanto de las orillas como del lago de los cisnes, y de otros lagos y lagunas cercanos y apartados, se encontraron, de pronto, confrontados con la sinrazón por la que habían estado disimulando la cojera que vivía con ellos, y que era parte de su naturaleza y no una patología.

-¿Por qué tenemos que ocultar algo que ha nacido con nosotros? Mi hijo mayor es terriblemente cojo y no se atreve a salir del nido-preguntaba una madre a su confesor espiritual, que era, por cierto, aún más cojo.

-No lo sé muy bien -le contestó el sabio- pero está así en nuestros libros sagrados, y alguna razón ha de tener ese mandato de las alturas para que se nos haya ordenado disimularlo.

-Pues, si así fuera o fuese…¿Por qué no se nos hace a los patos andar tiesos desde el principio, como, tal vez, sucede con otros animales que no tienen ese problema? ¿Por qué no volamos como las águilas o las avispas? -replicaba la angustiada pata, con maternal discreción.

-No tengo ni pata idea -fue la forma de terminar la conversación que encontró el especialista en interpretar los designios más sagrados.

No quedó ahí la cosa. Cuando se corrió la voz, empezó a ser considerado normal el cojear más o menos, quien ladeándose a un lado, quién al otro. Los patos que cojeaban de un mismo lado, procuraban andar juntos, al principio, para protegerse de los comentarios y las iras de los demás. Pero no pasó mucho tiempo sin que nadie prestara atención a la cojera de cada uno.

Porque, si se mira bien, y es así como debe hacerse con asuntos que están fuera de lo que se puede controlar con los propios medios, el Consejo Superior de los Grandes Patos, equivalente al Sanedrín de los Cisnes Negros o a la Cofradía de las Ocas Ilustradas, tuvo que admitir que lo que hacen los patos fuera del agua no tiene mayor importancia.

Incluso se rumorea que han aparecido algunos patos que cojean del todo, de las dos patas, lo cual es oficialmente discutido -la patología tiene muchas variantes-, aunque no se conoce la forma de medir la cojera por ningún sistema de pesos y medidas. Al menos, por lo que va del cuento.

FIN

 

Publicado en: Cuentos y otras creaciones literarias Etiquetado como: antipático, característica, cuento, cuento de invierno, defecto, éspecie, homosexualidad, Lame Duck, patifuso, patitieso, Pato cojo, patochada, patología, pureza, sensibilidad, simpático

No es un Cuento de invierno: Minutos de reflexión

11 marzo, 2014 By amarias 1 comentario

Hace diez años, varias bombas controladas a distancia explotaron en cuatro trenes de cercanías de la capital de un país real, que tenía cierto parecido con el de Valgamediós, aunque la principal diferencia era que en aquel país no había mucho lugar para la fantasía.

El atentado terrorista que padeció Madrid cambió muchas cosas. Para algunos, de forma definitiva. Los artefactos explosivos mataron a 191 personas y causaron heridas físicas de diversa consideración a más de dos mil. Hubo también miles de heridos síquicos, quizá millones, porque a éstos sería imposible contarlos, ya que, como es natural, la mayoría no solicitaron tratamiento.

Cuando se propagó la información de que la capital de España había sido elegida por las fuerzas del mal para hacer una exhibición cruel de su minúsculo poder, hubo algunos que pensaron de inmediato que el atentado era obra de los terroristas que tenían instaladas sus tiendas junto a las nuestras, los «asesinos de casa», por así decirlo. ETA, de la que se creía conocerlo todo.

Era el momento de estar más unidos que nunca contra ese enemigo interior que había hecho de la extorsión y el miedo su forma de vida.

No era fácil imaginar, desde la sorpresa inicial, que los atentados tenían como autores a un grupo de fanáticos religiosos que reinterpretaban, manchándolas de sus odios, las voluntades por las que Dios había sido creado, y que querían, por encima de todas las cosas, hacer daño, cuanto más daño, mejor, sin importar a quién. Los yihadistas, de los que se sabía muy poco.

Estos asesinos con talantes medievales y artefactos de hacer daño modernos, no se estrellaron con un avión que ellos mismos conducían. No se inmolaron con sus víctimas. Pudieron disfrutar del momento de gozo de conocer que su operación había tenido el éxito que esperaban: la masacre de centenares de personas a las que no conocían de nada; generar la desesperación y el miedo de miles de desconocidos; abrir las especulaciones de millones de hombres y mujeres que se preguntaban para qué se había asesinado a tantos.

Se han guardado desde entonces, en los lugares más dispares, muchos minutos de reflexión. Como es sabido, en los minutos de reflexión, las gentes se ponen de pie, guardan silencio con la mente generalmente en blanco, y esperan que el tiempo, que parece en esos casos terriblemente lento, pase de una vez. Después, aplauden o gritan, aunque -convencidos a priori de que no pueden hacer nada más-, sencillamente, vuelven por donde solían.

La fecha del once de marzo de 2004, para muchos españoles y, en especial, para quienes han sufrido las consecuencias del atentado directamente, está marcada de rojo en el calendario de sus vidas.

También lo está, por razones muy diferentes, para quienes han instigado y participado o colaborado en el atentado.

Algunos de ellos -no podemos dudarlo- están muertos, o en la cárcel.

Pero, con seguridad, hay decenas, quizá centenares de seres diferentes -no podemos llamarlos semejantes-, para los que este día significa un momento de gozo, de triunfo. Me escalofría saber que, dos años después del atentado, un 16% de los musulmanes que vivían en España simpatizaban con la acción terrorista.

Puede que sean miles quienes, al escuchar que las víctimas y sus familiares y la inmensa mayoría de quienes están a su lado en el dolor y en la memoria, vuelven a vivir aquellos momentos, deseando que nunca hubieran existido, sientan por su parte la sensación de que han conseguido algo, de que han hecho bien.

Para los que aún puedan creer -dentro como fuera de España- que la actuación de tenía fundamento, no tengo más que una combinación de lástima y desprecio.

Que esos minutos de silencio caigan sobre ellos, sobre los asesinos y sus cómplices, sobre los que creen que matar está justificado para que las ideas, cualquiera que sean, se impongan sobre las razones. Que les aplasten las fuerzas de la sensatez.

Y que esta maldición, surgida del respeto al hombre y no del odio, nos libere, a los pacíficos, a los que siempre estaremos junto a las víctimas, de la desgracia de tener que convivir con los criminales, con los asesinos, con sus cómplices, con sus encubridores, con los que nos siguen mintiendo sobre los móviles para superponer sobre las verdades, sus deseos y fantasías.

FIN

 

Publicado en: España Etiquetado como: atentado, conmemoración, islámico, Madrid, once-eme, terrorismo, víctimas

Cuento de invierno: Los cuatro mapaches

4 marzo, 2014 By amarias Deja un comentario

Entre abedules, jarales, juncos, alisos y cañameras, a las orillas del Henares, allí donde este río se emboca hacia el Jarama, vivían cuatro mapaches. Se consideraban hermanos, pero no eran de la misma camada, ya que se habían conocido en una tienda de animales de compañía en donde habían sido importados desde los bosques de Quetzal, en Guatemala, apresados junto con otras crías de mapache cuando eran prácticamente recién nacidos.

La casualidad los había vuelto a reunir cuando fueron abandonados en tierras del Sureste madrileño, ya que los niños a los que habían sido obsequiados como regalo de cumpleaños o de primera comunión se cansaron de ellos, o sus padres fueron convencidos de que los mapaches adultos podrían ser peligrosos cuando se enfadaban.

Lo que distinguía, de verdad, a estos mapaches no era su agresividad ni el estar tan lejos de su lugar de nacimiento ni encontrarse como especie alóctona y, por tanto, indeseable, en una comarca densamente habitada por otros animales superiores, que se llamaban a sí mismos, seres humanos.

No. Por gracia del dios de los mapaches, se les había concedido el don de la palabra. Tenían la propiedad excepcional de poder entenderse entre ellos, y no únicamente con sonidos guturales, expresiones que podían servir para transmitirse estados de ánimo elementales o ser considerados como gritos de alerta. Podían incluso construir sofisticadas elucubraciones, rayanas en los ámbitos de la filosofía más elaborada, privilegio que solo se creía era propio de la especie depredadora y, también, fundamentalmente carnívora, que fue citada en el párrafo precedente.

Los cuatro mapaches respondían, en realidad, a una mutación genética en la evolución de los osos lavadores, que les situaba en el camino de una complejidad creciente, manteniendo ese aspecto  entrañable, sedoso y suave, como podría haber sido el de Platero, que tan admirablemente describió Juan Ramón Jiménez con el objetivo de que le dieran el Premio Nobel de Literatura.

El hábitat en que se encontraban no era precisamente hostil -había, eso sí, guardas forestales, biólogos preocupados, perros feroces, algún zorro caprichoso-, pero la inmensa mayoría de lo que se encontraban era aprovechable: carpas, residuos alimentarios, mofetas, lagartos y lagartijas, petirrojos, huevos de ánade, etc-.

Los cuatro casi-hermanos prometieron estar siempre juntos y utilizar sus fuerzas para conseguir en todo momento y circunstancia, por el tiempo que les quedara de vida, alimentos salutíferos, guaridas acogedoras y protección frente a sus enemigos, tanto naturales como antinaturales. En lo tocante a la diversión, juraron ante el dios de los mapaches compartir los momentos de distracción con el mismo talante que los tres mosqueteros, respetándose las conquistas sexuales, si las hubieran, y gozando del paisaje, que les pareció suficiente, alentador y razonablemente salvaje.

Aunque físicamente resultarían indiscernibles para cualquier observador ajeno a la especie, sus caracteres eran diferentes. Los llamaremos Acaparador, Indolente, Indeciso y Desprendido, para distinguirlos, aunque hay que advertir que no necesariamente el apodo define completamente  la naturaleza del comportamiento de estos mapaches, que era bastante más compleja. Pero servirá para ofrecer una idea de sus inclinaciones conductuales.

El primer año de su nuevo estado había resultado excepcional. Hubo gran profusión de ratas y ratoncillos, meloncillos, escarabajos, cachos, lagartos y huesos de pollo. Hasta Indolente se permitió cazar un par de musarañas, que se acercaron de forma imprudente al alcance de sus garras, en uno de sus paseos por el bosquete de alisos.

Pero el segundo año estaba resultando terrible. Parecía que todos los animales que podían constituir su alimento habían desaparecido. Apenas si se encontraba, y de tarde en tarde, algo que llevarse a la boca y, para mayor fastidio, advirtieron que los laceros se estaban llevando otros mapaches; fue muy doloroso advertir que un par de hembras que habían detectado, y que resultaron consentidoras, habían desaparecido en el furgón de Protección Ecológica.

La situación se convirtió en muy delicada, aunque no todos la apreciaron igual. Acaparador, aunque había visto cómo la carne de anteriores correrías, que había ido almacenando, con la idea de disponer de ella justamente en momentos de escasez, estaba putrefacta y poco apetitosa, era el que mejor lo estaba pasando, sin embargo. Al menor descuido, birlaba a otros mapaches -desprovistos de la excepcional capacidad de que él disponía- lo que habían cazado, simulando ser un humano que se aproximaba.

Desprendido se comportaba como siempre, ignorante al parecer de que el asunto era serio. Traía a sus falsos hermanos las presas que conseguía cazar, para compartirlas con ellos e incluso, a veces, su largueza le provocaba que se acostara con la incómoda sensación de tener el estómago vacío.

-Mañana será otro día, -era su positiva elucubración, mientras veía, con satisfacción que el resto de la circunstancial camada dormía a pierna suelta.

Indeciso, que era, para sus hermanos (y, sobre todo, para él mismo) el más inteligente de los cuatro, perdía mucho tiempo dedicado a meditar sobre la relación entre la disminución del número de musarañas respecto al incremento del de caracoles, y los fines de semana, incluso, se ponía morado de pensar acerca de la manera adecuada de trasladar al resto de los mapaches, no dotados de la capacidad intelectual que ellos atesoraban, las conclusiones  que, en su entendimiento, ellos estaban adquiriendo.

-¿Os dáis cuenta -decía a sus hermanos- que nuestra posibilidad de pensar y expresar ideas no nos hace más felices ni, en general, salvo el caso de Acaparador, más ágiles para encontrar alimento? En mi caso, ser tan inteligente, más bien diría que, al contrario, me genera aún más incertidumbre.

-Chorradas -le cortaba Acaparador, quien, al menor descuido, les arrebataba a Indeciso y Desprendido lo que llevaban entre garras-. Lo que sucede es que la única manera de ser felices es teniendo más. Cuanto más se posee, más se disfruta, y para ello hay que estar continuamente alerta, consiguiendo que los demás, tanto los capaces como los más cortos de sesera, trabajen para nosotros y, si fuera preciso, arrebatándoles lo que nos apetezca, porque, al fin y al cabo, solo nosotros, como seres de mayor inteligencia, podemos decidir lo que conviene y lo que no.

-P…pero -expresaba Desprendido- tú no te contentas con tener lo necesario, quieres siempre más y te guardas para ti mucho más de lo que puedes comer, con lo que se te acaba pudriendo y no sirve para nadie. A mí me parece que si todos compartiéramos lo que podemos obtener de la naturaleza, cazando juntos y todo eso, con los demás mapaches, podríamos tener para todos más que suficiente. Al fin y al cabo, no seremos más de quinientos o seiscientos en este territorio. Es cuestión de organizarse, poner en unión lo que se consiga, y tratar de mejorar lo que hay.

-Pensad lo que queráis -comentaba Indolente, atusándose los bigotes con un resto de brillantina que había descubierto en un bote tirado junto al río-. Mi opinión es que no se puede hacer nada. Las cosas son como son, y lo único que podemos hacer es vivir la vida, disfrutar lo más posible y…el que venga detrás, que arree. Al fin y al cabo, por malas que están viniendo, nuestra posición sigue siendo privilegiada, comparada con la de los demás mapaches…

Estaban en éstas, cuando empezó a llover copiosamente, las aguas del río junto al que estaban (en aquel momento, por cierto, el Alberche) crecieron de pronto desmesuradamente, llevándolos consigo y, aunque  cada uno consiguió, después de luchar denodadamente contra la corriente, llegar a la orilla, nunca más volvieron a encontrarse.

Se desconoce dónde se encuentra actualmente cada uno y, a decir verdad, en tanto que ser humano, me importa poco.

FIN

 

 

 

 

 

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Cuento de invierno: La buena vida

2 marzo, 2014 By amarias Deja un comentario

El discípulo se acercó a visitar, habiendo pasado el tiempo, a su maestro, que se había convertido en un anciano físicamente decrépito. Lo encontró, como se lo imaginaba, sentado en un sencillo taburete de madera, y con la mirada dirigida al horizonte; parecía incapaz de moverse.

-¡Qué alegría, maestro! -dijo el discípulo- Estás igual que siempre. Los años no han dejado huella en ti.

El anciano desvió la vista desde el horizonte para fijarla en el sonriente desconocido. El resto de su cuerpo apenas se movió.

-¿Quién eres? -le preguntó, volviendo a entregarse a lo que parecía ser una profunda meditación.

-Soy Rangú Albalala, que pasé por ser uno de tus alumnos predilectos. Guardo todas tus enseñanzas en lo más profundo de mi corazón. ¿No te acuerdas de mí?

El anciano sacó un pañuelo mugriento de un bolsillo del pantalón y se sonó estrepitosamente. Luego, miró con atención los mocos que habían quedado en el trapo, lo plegó y lo volvió a guardar en el mismo sitio.

-No.

Fue cuanto dijo.

El discípulo empecinado le cogió la mano derecha, y advirtió que estaba cubierta de manchas solares y que tenía las uñas bastante largas y, también, algo sucias. No sabía cómo seguir la conversación, pero no quería marcharse sin expresar lo que sentía por el anciano. Un profundo afecto.

-Gracias a ti he aprendido que la felicidad no está en lo que se posee, sino en lo que se da, ¿verdad, maestro?

-¿Por qué me preguntas? ¿No has encontrado tu propia respuesta? -le preguntó, con repentina curiosidad, el anciano.

Por la puerta abierta de la casita, el discípulo advirtió que una mujer trajinaba en la cocina, y olió el delicioso aroma de lo que estaba guisando, y supuso que eran pimientos con arroz.

-En realidad, tengo una duda que no he conseguido resolver. ¿No sería mejor tratar de aumentar lo que se posee, antes de darlo a los demás? Creo que eso sería lo más acertado para ser profundamente feliz.

El anciano sonrió  con una mirada que al discípulo le pareció pícara.

-Esa es justamente la diferencia entre tener una vida sin interés o una buena vida.

El discípulo se despidió, diciéndole a la mujer -seguramente una hija del anciano maestro- que no podía aceptar la invitación para quedarse a comer con ellos, porque tenía que volver a la ciudad antes de que cerrase el comercio.

Cuando conducía por la autopista, con una suave música de fondo en el reproductor de cedés, pensó que su anciano maestro conservaba la cabeza en perfectas condiciones. Había algo, con todo, que le inquietaba, porque le parecía que no había conseguido obtener una orientación definitiva del viejo maestro.

Por eso, salió de la autopista en la primera desviación que encontró, y volvió hasta la casa del anciano, que seguía mirando, aparentemente, el horizonte, sin haberse movido, aunque ya empezaba a hacer algo de frío. El discípulo observó que en el suelo había una escudilla, con los restos de los pimientos con arroz que habían sobrado.

-Maestro, perdona que te interrumpa nuevamente en tus meditaciones, pero me ha quedado una duda y no quiero desaprovechar la ocasión de haber estado contigo para aclararla.

-Dime, Rangú -expresó, con solicitud el anciano.

-¿Cómo se puede conocer que ha llegado el momento en que lo que se posee hay que compartirlo con los demás? -fue la pregunta que el eterno alumno le hizo.

-Ese momento no llega. Existe desde antes de que nosotros viniéramos a este mundo. -fue la respuesta.

Rangú volvió al coche y, sin ganas de hacer las compras como tenía proyectado, cuando llegó a casa,  contó a su mujer y a su hijo lo que le había dicho el maestro y éstos lo difundieron a sus amigos.

FIN

(P.S. Los Skidelsky (Robert y Edward) son autores de un libro imprescindible: «¿Cuánto es suficiente?», en el que analizan, en lenguaje sencillo pero contundente, lo que proporciona la felicidad, es decir, la naturaleza del concepto de «buena vida». No he pretendido hacer un resumen, sino añadir un elemento -casi trivial- para contribuir a la reflexión sobre aquello para lo que merece la pena entregar nuestra existencia.)

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Cuento de invierno: Metamorfosis sorprendente

1 marzo, 2014 By amarias Deja un comentario

No son pocas las historias de transmutaciones sorprendentes, que han servido de solaz y esparcimiento, cuando no de invitación a la reflexión. ¿Quién no ha sentido cómo su ánimo se encogía ante los relatos de licántropos? Los aullidos de aquellos seres de doble naturaleza que, a la luz de la luna llena, se disponían a devorar alguna víctima propicia, sobrecogen los ánimos más pintados.

De metamorfosis, tal vez algo más lenta, escribió Kafka, y uno no puede por menos, si fuera posible elegir, que desear convertirse en lobo antes que en mosca o cucaracha. El gato con botas, ya en terrenos de literatura para evasión infantil, utilizó con ingenio las posibilidades de transmutación de que hacía gala el temible ogro para invitarle a que se convirtiera en ratoncito, al que no tuvo empacho en devorar. Príncipes que fueron ranas, y otros que salieron a tales hay, también. en los cuentos como en la vida real.

No voy a ser prolijo en la enumeración exhaustiva de los muchos ejemplos de metamorfosis que la literatura, tanto profana como sagrada, ofrece. El lector encontrará sus propias preferencias entre tantos relatos. Pero no me resisto a aportar a tan florido elenco,  una experiencia de transformación, que adelanto ya, me resultaría increíble sino fuera porque la viví personalmente.

Estaba una tarde de invierno paseando tranquilamente por el Parque de los Madroños, en las afueras de Madrid, aprovechando que, anunciándose ya la primavera, el día había transcurrido caluroso, cuando, en uno de los claros del bosquete, percibí unas luces intensas y, para mayor sorpresa, hasta me pareció que, en aquel concreto lugar, nevaba copiosa y cadenciosamente, a diferencia de lo que sucedía en otras zonas del madroñal.

El silencio era total. La luz que descubrí, debía ser, para los que estaban cerca, cegadora, a la manera de lo que debieron sentir los que asistieron a las apariciones de El Escorial, tan comentadas en su momento. Mi temor, por tanto, resultaba explicable.

No vi gentes alrededor, lo que tampoco me parecía extraño, pues es conocido que los madrileños prefieren, últimamente, retirarse pronto a sus casas para entretenerse con el partido de fútbol de cada día o,  si se carece de tal divertimento excepcionalmente, analizar los detalles del precedente o del subsiguiente, contados con una profusión que, si no fuera porque esta sociedad ha perdido  colectivamente el juicio, se podría juzgar como enfermiza.

De pronto, cuando estaba a punto de decidir entre echar a correr o hacer de tripas, corazón y acercarme más, un estrépito como de entrechocar de espadas me hizo sentir aún más lo enigmático el momento.

Había oído, por supuesto, del rumor extendido por esta ciudad y otras, por el que se atribuye a los emigrantes clandestinos, que van llenando todos los espacios sombríos, que en su deseo por sobrevivir en un medio que les presentamos como hostil, una concienzuda preparación para asaltarnos, a la manera que se estilaba en el medioevo, cuando menos lo pensemos, pasando a cuchillo o machete a una parte de los confiados habitantes de este país y rindiendo a los otros para hacérselas pasar canutas, como ellos lo están pasando.

Dicen incluso los más creíbles cómputos oficiosos que, de momento, hay  más de dos millones de jóvenes subsaharianos, eritreos, senegaleses, congoleños, liberianos y chinos animistas, que  son adiestrados por especialistas eslavos, sirios y argelinos en las artes marciales y el manejo del alfanje y la espada y que están dispuestos ya para el ataque, manteniéndose emboscados entre tanto, comiendo de las sobras.

Nunca me pareció para nada verosímil ese cuento, pero quién sabe si no estaba a punto de descubrir parte del misterio, merced a aquel paseo invernal por una zona que nadie pisaba desde los más inmemoriales tiempos.

Avancé, con mucho tiento, hasta donde se concentraba la luz y comprobé que, en efecto, dos fornidos tipos, de la raza negra, altos como catedrales y ágiles como lengua de víbora, estaban entrecruzándose mandobles, manipulando con insólita destreza unos descomunales espadones. Había, enrededor, callados como estatuas, varias decenas de individuos morenos, todos varones, con sus cuerpos semidesnudos tan trabados como lo estaban los de la pareja a la que inicialmente me refería, y, al parecer, inmutables ante la nieve que caía, como sui un fuego interior les hiciera insensibles a las inclemencias atmosféricas.

Estaba ya a pocas decenas de metros de aquel grupo, convencido de que asistía a un aquelarre, cuando, a mi derecha, surgieron dos osos gigantones, avanzando a toda velocidad y con tal obcecación por alcanzar su meta que, aunque pasaron a pocos metros, no parecieron verme, lo cual mucho agradecí.

Di un grito terrible, presa del pánico.

Entonces, y solo entonces, me percibí de un tipo que, desde la altura, subido como estaba a un tenderete, se hallaba vigilando la escena. El también gritó, señalándome como un intruso indeseable ante aquella convocatoria de malignos:

-¡Corten! ¿Qué coño hace este tipo aquí? ¿Cómo lo dejasteis pasar? ¡Nos ha jodido!

Comprendí que aquellos ingratos personajes estaban rodando una película y que les había fastidiado la toma. Debían, como deduje de inmediato, ser aficionados más que expertos en los asuntos del séptimo arte y contar con escaso presupuesto, lo que justificaba lo pobre de los ropajes y lo exiguo de los detalles. Cuando me fijé mejor, advertí que los osos no eran de carne, sino de mentirijillas, que se deslizaban sobre carriles y estaban disecados, por algún taxidermista no muy avezado, en aquella pose que me había parecido tan feroz.

Por eso, cuando me vuelvo a situar en aquella experiencia, me veo transformado en un imbécil.

FIN

 

 

Publicado en: Cuentos y otras creaciones literarias Etiquetado como: cuento, cuento de invierno, Kafka, leones, metamorfosis, película, séptimo arte, temor

Cuento de invierno: La leyenda del estudiante mendaz

28 febrero, 2014 By amarias Deja un comentario

Toledo, como ciudad antigua y mosaico cultural y cosmopolita, alberga múltiples leyendas.

Pasear despreocupadamente por las callejas del casco antiguo, dejarse seducir por los olores de los potajes que se cocinan tras los postigos cerrados, toparse de pronto con adarves y superar codos y recovecos que parecen a primera vista intraspasables, es una aventura a la que todo visitante debería dedicarse, abandonando los caminos trillados por donde guías sin mucho fondo cultural conducen a diario a miles de aborregados turistas de mata en mata, de monumento en tienda de objetos made in China y tiro porque me toca cobrar la comisión.

Lo ideal sería poder penetrar en la quietud misteriosa de los muchos conventos de clausura, en donde cabe  imaginar que, tras los espesos murallares y las rejas de complicada factura, algunas monjas ya muy ancianas cuidadas por jóvenes novicias dejan trascurrir, entre rezos e imágenes que refieren horrores, horas de contemplación en muy profundos misterios, entretejiendo la madeja de su devoción con los hilos de la imaginación que otros, libres y fuera de esas cárceles, les dejaron.

En uno de esos conventos toledanos -hoy  lamentablemente destruido por la falta de vocaciones, el abandono oficial y, mirando desde más lejos, la desamortización y las guerras civiles-, hace unos cuatrocientos o quinientos años, vivía recluida, entregada por ajena voluntad a la mayor gloria de Dios, una hermosa muchacha, de piadoso nombre Lumersinda del Santo Sepulcro.

Su natural belleza, incluso aunque estaba ayuna de cremas y cualesquiera afeites, no podía enmascararse ni mantenerse oculta por más que se amontonaran sobre sus túrgidas carnes velos o ropajes. Así sucedió que un toledano, estudiante a la sazón de leyes en Salamanca, (hijo bastardo, aunque único, de quien fuera uno especial de entre los muchos caballeros principales de Toledo, alcaide de torre con derecho a pontazgo,  y de una modistilla jacarandosa de los arrabales) , olisqueó la apetitosa presa y, como castellano aficionado a la caza y a salirse con la suya, tomó medidas para hacerla suya, por las buenas, o  con artes y engaños de los malos si erraba en las primeras.

Martín Lope de Buenacasa, que así se llamaba el ya no tan joven muchacho, -pues rondaba la treintena-, portador del ilustre apellido que le diera su padre al reconocerle, incorporando a su rama genealógica el fruto del desliz mundano con la costurera, era amigo de juergas y aventuras.  Herencia también de aquel viejo casquivano que, en su lecho de lecho de muerte, al saber por el ama que lo atendía que se mantendrían sus genes vivos en este valle de lágrimas, llamó llamar a Martín, lo sacó de porquerizo, lo cubrió de besos y lo encaminó a Salamanca para que un tutor de los de paciencia infinita lo hiciese digno de llevar levita. toga o caperuzón frailuno.

Pero no resulta fácil mudar de vicios, y Martín, aunque avanzaba en los estudios a trompicones, siguió siendo de natural voluble y, con dineros, más antojadizo.

Cuando cayó en la cuenta del valor venal de lo que en el convento se guardaba, -por una confidencia de uno de los abaceros que suministraban de vituallas a las reclusas del sagrado recinto, que entonces, floreciente, alcanzaban el mágico número de sesenta y nueve-, fingiéndose menestral, especialista en bacalaos y hasta arreglador de monumentos, -unas veces, con bigote, otras embozado, cuando solo, tal vez con cómplices, en horas muertas como en horas santas, pasó como quien lava todas sus vacaciones de Cuaresma, al otro lado de los muros.

Usó tantas argucias que se hizo habitual y parte misma del paisaje pétreo, sin despertar sospechas porque se arrodillaba o santiguaba. fingiendo devoción, en cada esquina. Y el mismo día de Sábado santo, entre melindres y dulces amenazas, usando las manos al tiempo que los pies, mientras procesionaban las cofradías, sedujo a la infeliz, haciéndola encontrar un barrunto del cielo entre las sábanas.

Sería vano, escaso y torpe el cuento si ahí quedara la cosa. El joven de la Buenacasa era en Salamanca, obvio, de todo conocido menos como buen alumno. No se le echó de menos en la celebérrima ciudad universitaria, porque dejó encargado a un criado de contestar por el al pasar lista. Después de aquella Cuaresma, alegando escusas e invenciones de toda calaña, pasó los días dedicado a Toledo más que a Salamanca -fuera por huelga de órdenes menores o mayores, ya por causa del Corpus o del Animus, ya con el tema de celebrar la expulsión de los judíos, o a cuenta de la mayor gloria por la conquista de Granada, etc- . Descuidó de cabo a rabo los estudios de filosofía y derecho, sacrificándolos por los que entendía de más inmediato provecho, a saber, anatomía y enología, haciendo, de paso, más directo el camino para la condena eterna de la novicia, de los abaceros que le encubrían y de él mismo, por los pecados tan graves que unos ejecutaban, otros favorecían y algunos amparaban.

Hora es ya de decir que tenía este tipo enamoradizo, huérfano de ambos progenitores, fallecidos hacía algún tiempo de una de esas pestes que diezmaban Toledo, por única familia sobrevenida, una tía devotísima, hermana de su señor padre, corta de luces, que bebía los vientos celestiales por amor a una santa reciente, Lucía del Meringuete, con fama de milagrera y, en concreto, con especial solvencia para conseguir con la mano de santa que tenía, ante el que Todo lo puede, prebendas en las cosas académicas para aquellos fieles que estuvieran atascados en sus estudios.

Se decía de esa santa local que, como prueba habida en carne propia que, había aprendido de memoria, en las lenguas arameo, román  paladino y caldeo, la mayor parte del Antiguo Testamento (dejando a salvo el Deutoronomio), temerosa de que, cuando los últimos sarracenos invadieron, de vuelta a sus lugares de origen desde Covadonga y otros lugares del norte peninsular, en donde habían sido convencidos, la encomienda o que por gracia real se había concedido a su padre, quemaran  las Biblias del poblado. No lo llegaron a hacer, pasando de largo en su huída en tropel, pero la joven nunca se recuperó de aquel empacho.

La leyenda cuenta que la tía de Martín, conocedora de las dificultades para avanzar en los estudios del sobrino, e ignorante de lo mucho que tenía avanzado en las artes de Ovidio, prometió a esa Santa Lucía una parte de los dineros que guardaba de lo que su hermano dejara al holgazán rijoso con la condición de que se licenciara. Como quería ella misma entrar en el convento, y el tiempo le apremiaba, ofreció incluso los dineros propios a la Santa, si el estudiante conseguía aprobar en Salamanca la única asignatura que, tras muchos años de penar entre tutores,  le quedaba para graduarse.

-Esta Santa Lucía del Meringuete, que te digo tiene el poder de conseguir los aprobados en las más difíciles disciplinas -explicaba a su protegido- pero es menester que se la ayude en algo, poniendo de tu parte el desgaste de los codos.

-Nada quisiera yo más que liberarte de la penosa administración de los bienes de mi difunto padre, al que no tuve mucha oportunidad de conocer, pero al que dices que tanto me parezco. No dudes, tía, de mi aplicación y entrega, pues no tengo la cabeza dedicada a otra cosa más que para repasar, una y otra vez, hasta la extenuación, la asignatura esa que me quedó atravesada -replicaba el mendaz sobrino-.

-¿Y qué asignatura es ésa, querido Martín, para que pueda recomendarte a Santa Lucía del Meringuete como  corresponde, sin confusión alguna? -se interesó en que le precisara la devota anciana.

-Filosofía del derecho canónico en la ciencia de San Isidoro de Sevilla, San Agustín de Cremona, Santa Teresa de Avila y otros padres y  madres de la Iglesia -le contestó Martín.

-Largo nombre para una asignatura, que no se si será conocida en ese detalle allá en el cielo. La rezaré como Filosofía astronómica y la Santa sabrá a quién aplicar y por dónde mis oraciones -concluía la tía.

-Gracias, tía, -y le besaba las manos- y aún te daré más alegrías si me proporcionas, a crédito, algunos dineros más que de habitual de esos que a buen seguro podré disponer ya desde este mismo verano, por herencia justa. Que estando yo dedicado todo el tiempo a ir de la cama al pupitre y del banco de escolar al catre, y teniendo el cerebro lleno a rebosar de cosas aprendidas, se me están desgastando los trajes, jubones, gorros y calzas necesito reponerlos. Y no dudes que, con mi esfuerzo y la ayuda de esa Santa milagrosa, traeré el aprobado a esta digna casa, y aún matrícula y honores, porque cuento con llegar luego a obispo a poco que la divinidad me empuje con su oportuno soplo.

No puso, como es de suponer, nada de su parte el tuno. Juergas, infames borracheras, peleas por el juego y lances de amor, idas y venidas a Toledo, a Esquivias, a Illescas, a patios y almazaras -a veces confesadas, otras ocultas, unas entrando por las puertas, otras escalando muros o violentando rejas, bien con futuras monjas, con doncellas, con casadas, que todas fueron las aportaciones personales que hizo por pasar su tiempo.

Llegado el día de los exámenes, Martín  se sentó en el pupitre con tal resaca que fue incapaz de recordar lo que le habían preguntado y lo que había puesto como respuesta destinada. Así que dio por normal el suspenso, y preparó su escusa para la tía crédula y estaba haciendo los aperos para un viaje a Toledo y al convento para seguir con la aventura aquel verano

La tía devota rezó y rezaba, pidiendo por el aprobado del desgraciado, esperando alguna noticia salmantina.

Cuando recibió la nota de la prueba, Martín Lope de la Buenacasa, que no hubiera apostado por haber obtenido ni un dos sobre los diez,  se sorprendió con ver la papeleta de aprobado y, por ende, poder considerarse flamante licenciado.

Consciente de que nada había puesto de su parte, incapaz de darle otra explicación al suceso, lo atribuyó al poder de Santa Lucía del Meringuete para cambiar el rumbo de las cosas, a un milagro verdadero que le hiciera caer del caballo desbocado al que estaba subido, y, poniéndose de rodillas, temblando de emoción, temeroso de ser sometido a un castigo de rayo celestial o flamígero portento, prometió cambiar, hizo pintar su Víctor en la fachada con sangre propia, y se hizo fiel devoto de la Santa para el resto de sus días, agenciándose de un artista imaginario varias estampas de aquella bienaventurada que, a saber, bien le había cambiado el examen o guiado la mano por los caireles de una sabiduría que no tenía.

Huelga decir, para quienes están al tanto de cómo suceden esas cosas, que una vez que el holgazán monjillero se encontró con el diploma y vio el camino expedito al obispado, dejó de vérselas con la doncella enclaustrada, tomó negros hábitos y pasó a mantener un tono discretísimo en todo, fuera de lo que se atuviera a los oficios.

No pudo enterarse así que la joven fue sacada de su convento toledano, mudada desde las clarisas a las franciscanas o teresianas (o al revés), todo por orden expresa de su padre, y llevada a otro lugar, a una tierra indígena que hoy es llamada Misiones, en Santa Cruz de la Sierra, casi en la frontera entre Bolivia y Brasil.

No le interesaron ya las sábanas crespas del convento, aunque estuvieran enmollecidas con carnes frescas, sino los linos episcopales, que alcanzó rápido, por su seriedad, devoción y respeto y lo encendido de sus discursos y pláticas.

¿Qué había pasado? Aquí viene lo bueno.

Cuenta la leyenda que, en realidad, el no tan joven estudiante, borracho y resacoso como estaba el día del examen, no acertó a dar pie con bola, pero llenó una y hasta varias hojas con lo primero que se le iba viniendo a la cabeza. Como la tenía muy ocupada, en los resquicios que le dejaba el alcohol, con su torpeza y vehemencia sexual, contó, entre majaderías ininteligibles, la aventura concreta que mantenía con una novicia, con detalles bastantes que el corrector de la prueba, que era su  padre, el doctor Furgensido Rodríguez Calvo, descubrió que la seducida era su hija, a quien había destinado a las cuatro paredes para que le sirviera de perdón a sus propìos pecados juveniles.

Por eso, aunque estaba claro que el estudiante merecía un suspenso y aún que le cortaran lo sano con estilete, siendo el doctor Rodríguez hombre sosegado, pero de decisiones solemnes, aprobó al estudiante para perdérselo de vista y sacó a su hija de aquel convento que tan mal la guardaba para embarcarla al otro lado del océano, lo que hizo, por cierto, siguiendo la misma ruta que la que tomó Cristóbal Colón en una de sus últimas expediciones a las Américas.

Esta es la leyenda o tal vez historia verdadera que oí a un canónigo comentar mientras estaba buscando la salida de una calle en lo que fue judería de Toledo y, como tengo por costumbre, sabiendo que lo mejor para superar un embrollo es ir detrás de alguien que parezca conocer el camino, fui siguiendo a un grupo, en el que el que hablaba, que parecía tonsurado, contaba, más o menos, lo que dejo escrito.

Fue el caso, sin embargo, que no me condujeron, como había confiado, fuera de la judería, sino que me encontré plantado, ante un portón abierto en sillarejo toledano, que se abrió par dejar pasar a la comitiva que me precedía y a mi me dejó con un palmo en las narices.

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Cuento de invierno: El pueblo que perdió la cabeza

28 febrero, 2014 By amarias Deja un comentario

Esta Historia que voy a contar es muy peculiar, y, como todos los cuentos, cobra su sentido si se es capaz de extraer la moraleja que, en este caso, voy a confiar a la inteligencia del lector.

Erase una vez un pueblo formado por gentes orgullosas, independientes y excepcionalmente capaces. Por supuesto, no eran esas las cualidades que les eran atribuidas a sus habitantes por los vecinos, que los consideraban, en general, petulantes, calzonazos y bastante brutos.

Pero no estoy escribiendo esto para que enzarzarme en una discusión estéril acerca de quién es el pueblo más digno de atención principal por parte de quienes se dedicarán, pasados unos cuantos siglos, a analizar los móviles por los que las regiones se empeñan en guerrear, como los machos de los caprínidos y otras especies animales se dan, cuando entran en celo, impresionantes testarazos sin importarles las consecuencias;  éstos, con el objetivo de que sus genes se transmitan a las nuevas generaciones, aquellas, pretendiendo, aunque no lo expresen así, llamar la atención de la Historia para dejarla preñada con la semilla de su despreciable egoísmo.

Aquel pueblo con tan loables características, concibió la idea, en principio, plausible, de que todos sus habitantes podrían tener la llave de la caja en donde guardaban los artilugios que proporcionaban el máximo bienestar.  Fue una revolución cultural sin precedentes.  Como el tiempo de la existencia humana es limitado, los maestros, de cualquier disciplina y condición, se afanaban en reducir los mensajes que proporcionaban la sabiduría a su quintaesencia.

-No tenemos tiempo para explicar los fundamentos, por lo que nos atendremos solo a conocer las consecuencias -era la frase más utilizada por los maestros.

Los alumnos aprendían así, rápidamente, a utilizar los aparatos, por complicados que fueran y, en lo tocante a la filosofía, -al menos, los más avanzados de entre ellos- conocían las frases que resumían el saber más atractivo de los grandes pensadores, pero eran incapaces (no se les había enseñado, por falta de tiempo) de deducir el porqué de tales consecuencias.

No importaba si se trataba de las Universidades, las escuelas de grado medio o inferior, los talleres de los más variados oficios y beneficios, los alumnos, atraídos por el sabor de conocer los para qués pero sin ganas de aprender los porqués ni preocupados lo más mínimo por los cómos, obtenían títulos y diplomas de mucho empaque que demostraban su capacitación para manejar los artilugios de la caja del bienestar.

Durante algún tiempo, la felicidad fue máxima. Los jóvenes acudían a los centros que les daban, después de diversas pruebas y exámenes relativamente simples, el carnet de manipuladores de la ciencia. Los mayores, que habían sido educados en otra teoría, podían reparar algunos de los artilugios, porque sabían cómo estaban hechos.

Pero llegó un tiempo en que los mayores murieron o fueron jubilados y los artilugios más atractivos para la población ya no se fabricaban en aquel pueblo, en el que los jóvenes seguían siendo educados para manejarlos, pero no para saber cómo se hacían.

Por fin, un día, alguien se puso a analizar lo que estaba pasando. Había estado viviendo en el extranjero y tenía, por ello, una cierta capacidad para observar las cosas desde fuera, aunque le tocaban muy de cerca, porque conservaba las fibras sensibles suficientes de amor a su tierra.

Y reunió a los que pudo convencer y les explicó su teoría:

-Me parece que en algún momento nuestro pueblo ha perdido la cabeza. Porque aquí todo el mundo está preparado, al menos en teoría, para dirigir y conducir, pero no hay apenas quienes conozcan de forma suficiente cómo hacer las cosas, de qué están hechos los aparatos que utilizamos, cuáles son las razones por las que creemos en unas cosas y despreciamos otras.

Le escucharon con cierta atención, y uno de los que estaban presentes, sin poder contenerse, preguntó:

-Sí, eso está muy bien. Pero , ¿qué podemos hacer?

El que había estado viviendo fuera se le quedó mirando, sin saber qué decir. O, mejor dicho, sin encontrar las palabras adecuadas.

FIN

 

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Cuento de invierno: Un día cualquiera

26 febrero, 2014 By amarias 1 comentario

La mañana se presentó algo neblinosa, aunque estaba seguro de que no haría frío. Paco -pero también podía llamarse Angel, Miguel o Josefina, porque el nombre no importa- se sintió fuerte, internamente reconfortado por las explicaciones que había recibido el día anterior, en un primer momento no recordaba exactamente sobre qué o de quién.

Se preparó un zumo de naranja, y exprimió también unas cuantas frutas más de aquel jugo salutífero, porque dejó un vaso para su pareja, que aún dormía. Descorrió las cortinas de la cocina, deslizando la vista, como cada día, hacia aquel paisaje que conocía tan bien, tanto, que identificaba cada pequeña variación, incluso sin darse cuenta, y la procesaba y asimilaba en su subconsciente.

Se cubrió el tórax -no precisamente atlético, pero sí delgado, sin grasa superflua- con la camiseta del chándal y se puso un pantalón deportivo. Salió al exterior, e inmediatamente, un perro -un animal sin raza específica, cariñoso y fiel, como casi todos los perros- se acercó para lamerle las zapatillas, ansioso por comenzar el paseo de cada día.

Paco -pero quizá no se llamara Paco, sino Jorge, María Antonia o Marichu- empezó a correr a buen ritmo, repasando mentalmente todo lo que tenía proyectado hacer a lo largo de la mañana. Por la tarde, acudiría a una reunión de vecinos, a la que estaba convocado.

No tenía mucha fe en las protestas populares, pero creía en la sociedad civil y en la fuerza de la unidad, contra todos aquellos que solo pensaban en su propio interés, aunque en público manifestaran lo contrario.

Mientras corría sobre la tierra aún húmeda, recordó la razón por la que se encontraba tranquilo y sereno, como quizá nunca lo había estado.

Decidió, sobre la marcha, modificar ligeramente el rumbo de todos los días, porque le llamó la atención, a lo lejos, un destello. Podía ser el reflejo producido por la incidencia del sol mañanero sobre una ventana entreabierta. Podía ser, solo que en aquella zona -claro que la conocía muy bien, formaba parte de su paisaje, es decir, de algo que le pertenecía- estaba seguro de que no vivía nadie.

En un momento dado, se dio cuenta de que no había dado el beso habitual a su pareja, sin importarle que estuviera durmiendo. Se sintió ligeramente molesto consigo mismo, ya que, aunque no era obsesivo con mantener los hábitos, aquel rito de amor también le servía para reconfortarse con la naturaleza, con todo lo que llevaba consigo.

Paco -que también podría llamarse Carmen, David, Violeta o Rafael- notó de pronto que algo le atenazaba, como una mano fortísima que le apretara el corazón, con una violencia inusitada.

Se detuvo, incapaz de seguir adelante. Tal vez observó que el perro le miraba, inquieto, si bien nadie hubiera podido asegurarlo más tarde.

Cayó, muerto, sin que tuviera tiempo para percatarse que aquel día, un día cualquiera, para él había tenido un significado especial. También para los suyos, para los que le habían querido.

Le habrían dicho tantas cosas. Hubiera cantado, reído, llorado con ellos.

FIN

(P.S. Hoy, 26 de febrero de 2014, falleció Paco el de Lucía, artista, mientras hacía footing en una playa mexicana. Nos brindó muchos momentos inolvidables y la grabación de sus magníficas interpretaciones musicales a la guitarra permanecerá con nosotros, y servirá para deleite de quienes vengan después, incluso aunque aún no sepan que ha existido y ellos mismos ni siquiera existan hoy. Porque esa es la fortaleza y el misterio de los que han conseguido que su existencia les trascienda. A todos los que nos afanamos por avanzar en un día cualquiera.)

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Cuento de invierno: El laberinto de la verdad

25 febrero, 2014 By amarias Deja un comentario

Uno de las tareas más emocionantes que puede acometer un espeleólogo es aventurarse en la cueva de la verdad. Es una experiencia arriesgada, por lo que conviene prepararse adecuadamente, hacerlo bien pertrechado y, aunque la tentación de hacer el trayecto solo puede resultar casi irresistible, es de todo punto aconsejable ir acompañado.

Como es sabido, la cueva tiene múltiples entradas, que reciben diversos nombres, todos ellos asociados a la mentira. La más utilizada, que suele encontrarse casi siempre colapsada por curiosos y aficionados, es la entrada de la mentira piadosa.

El trayecto que puede seguirse desde esa entrada es corto, y conduce a una amplia sala, en donde hay múltiples testimonios de gentes con nombres famosos que han estado allí. El tiempo que el visitante pasa en esta dependencia es variable, y hay quien decide quedarse en ella toda su vida. Cuando se sale de vuelta al exterior, no son pocos los que experimentan una sensación de liberación, muy satisfactoria, por lo que cuentan.

Una de las entradas preferidas por los especialistas es la de la mentira a sabiendas, que, en realidad, se va reduciendo a medida que se avanza por ella, hasta llegar a un paso tan angosto que el tránsito a partir de ese momento, se hace imposible.

No se ha conseguido, hasta ahora, trazar el mapa completo de la cueva. Es más, se cree que lo que se conoce de ella es apenas un infinitésimo de su longitud. Las leyendas se superponen, como es lógico, con las realidades, y se cuentan historias terroríficas de personas que se han perdido en el laberinto de las galerías, y ya no salieron jamás. La tradición popular ha recogido esta situación, con su habitual desparpajo, apuntando que quienes no han conseguido volver sobre sus pasos para encontrar la salida que les sirvió de entrada, y han fallecido en el interior de inanición y desesperación, lo que han hecho es salir de la cueva de la verdad por la puerta de la locura.

La cueva es muy famosa y ha animado a algunos oportunistas a montar, en sus alrededores, sucedáneos de la misma, a modo de trenes de la bruja, para que los inocentes, los incautos y los confiados, tengan la impresión de haber estado en la de verdad, sin correr riesgo alguno.

Para ello, estos -diríamos- empresarios de variedades, generan situaciones ficticias, con las que crean la ilusión de verdad, apelando a la credulidad de los espectadores. Utilizan como base hechos bien conocidos, y los tergiversan con su industria, adornándolos con fantasías y oropeles, consiguiendo a menudo importantes efectos dramáticos, que los que han disfrutado del espectáculo suelen luego exagerar, contribuyendo a que se difunda el error de que es más interesante (y menos arriesgado) visitar esas seudocuevas de la verdad que atender a la visita de la cueva verdadera, que tantos peligros comporta.

Una de las entradas a la cueva de la verdad, solo reservada para los elegidos, es la de la mentira institucional. Se sabe muy poco de cómo se discurre por ella, aunque sí se han difundido sus efectos entre el público en general. Dicen los expertos que esa entrada conduce a un tramo excepcionalmente intrincado, que se vuelca sobre sí mismo como una serpiente, de forma que es muy difícil, sino imposible, saber dónde te hallas en cada momento.

Lo relevante es que, aunque la cueva se denomine de la verdad, el nombre es una fantasía, porque nadie ha encontrado la conexión entre las entradas, y no hay más forma de salir de ella que por donde se ha entrado. Al menos, esto es lo poco que se sabe, hasta ahora.

FIN

 

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