Al socaire

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Cuento de primavera: El quark de la felicidad

17 abril, 2014 By amarias Deja un comentario

En ese lugar de la fantasía que solo se encuentra en los cuentos, se habían congregado varios miles de seres de variadas procedencias y naturalezas, atraídos por un tema sustancial pero escurridizo: Analizar la esencia de la felicidad.

Los conferenciantes que habían anunciado ponencias en esa especie de Congreso Universal de la Satisfacción eran, casi todos, conocidos y apreciados por su dominio de la cuestión.

Allí estaba El príncipe feliz, proveniente de las gélidas tierras rusas, deseoso de explicar que la felicidad no se debe valorar con la medida de cómo te ven los demás, sino  cómo te sientes tú mismo, y, en consecuencia, presentar el camino que, gracias a haber realizado obras de caridad con sus semejantes, repartiendo lo poco que tenía, acabó dotándole de un gran corazón,  indestructible, a pesar de ser una estatua de metal y haber tenido que utilizar a una golondrina como su mensajero, a la que mató con tanto ir y venir.

Por supuesto, entre los de mayor poder de convocatoria, estaba el hombre que no tenía camisa -en verdad, habría que precisar «que no la había tenido», pues gracias a su habilidad para contar una y otra vez su historia, y el dinero que obtuvo de ella, ahora se cubría con trajes de prestigiosos sastres y camisillas de fina seda-. Su defensa de que la felicidad consiste en estar satisfecho con lo que se tiene, sin añorar nada, era un clásico que se estudiaba en las escuelas de formación empresarial y en las de religión asistida.

¿Cómo iba a faltar «la ratita presumida»? Bajo ese seudónimo se escondía una damita de los arrabales, vestida pobremente pero limpia a más no poder, que había ejercido de criada en una casa de alcurnia, conocedora de varios cuplés y otras canciones muy pegadizas, que entonaba con discutible calidad mientras hacia las labores del hogar ajeno, las cuales hacía con dedicación y primor inigualables. Ella contaría al auditorio cómo también se puede ser inmensamente feliz cuando se consigue hacer refulgir las bandejas de plata, los suelos de la cocina y los cacharros de freir, como los chorros del oro.

No quiero ser exhaustivo, ni puedo. Estaban allí El gato con botas, El sastrecillo valiente, La bella durmiente y varios Príncipes encantados (y mucho), quienes estaban por la labor de defender que hay que ser feliz con lo que se tiene, sobre todo, si son cosas relacionadas con el bien comer y gozar, o se puede cambiar por ellas.

Cuando comenzó la Asamblea, amenizada, -mientras el público ocupaba sus asientos en la explanada adecuada al efecto, bajo un sol algo fuerte-, por varios conjuntos musicales que interpretaban diferentes versiones del Himno a la Alegría, Soy feliz porque el mundo me ha hecho así y Macarena, tomó la palabra el Presidente Honorario de la Asociación de Felices Mundiales, P.C. (1)

-Se ha dicho muchas veces -comenzó su alocución- que «la felicidad no consiste en lo que se tiene, sino en lo que se tuvo, y, posiblemente, en lo que se tendrá». Aquí escucharemos ejemplos de todas esas opciones. -dijo, guiñando un ojo a La lechera del cuento, de la que estaba secretamente prendado, pues tenía querencia hacia las sonrosadas turgencias-

-Mi caso desmiente esta frase, que es, desde luego, muy aparente, pero puramente literaria y, por tanto, carente de fundamento científico. -prosiguió-. Yo soy feliz con lo que no tengo, como lo era el publicano de los Evangelios; me hace muy feliz, en concreto, ver la desgracia de algunos de los que me rodean, y comprobar que yo no soy como ellos, no tengo enfermedades, no soy feo, no me pone los cuernos mi mujer, no me han despedido, no…».

La multitud gritaba, enardecida por las drogas y el alcohol ingeridos, que habían circulado gratis desde horas antes.

-¡Eso, eso! -se oía corear- ¡Dános ejemplos de quienes lo están pasando peor, para que nos sintamos mejor!

-No quiero adelantar conclusiones -prosiguió el orador, quien, seguramente, había oído el griterío-. Pero las últimas conclusiones científicas sobre las razones de la felicidad, apuntan a que esa entidad no es incorpórea o inmaterial, como se creía, sino que es corpuscular, y está formada por pequeñas partículas, de tamaño submicroscópico, que se encuentran preferentemente en algunas zonas del espacio, y que se multiplican febrilmente en ciertas circunstancias favorables, especialmente en nuestro cerebro humano. La felicidad se transmite, como la luz, a velocidades fantásticas por todo el cuerpo, produciendo un estado de excitación o entontecimiento que no tiene que ver con lo logrado: pongo el ejemplo de haber conseguido liberarse de lo que nos causa estreñimiento…

Era de ver cómo las gentes sorbían aquellas palabras, en especial, los de las primeras filas, que eran los únicos que las oían con claridad, pues la acústica dejaba mucho que desear.

-Entre esas circunstancias, cabe destacar…

En ese momento, varias explosiones provocaron el pánico entre la multitud, que se dispersó a la carrera en todas las direcciones (salvo la vertical). Aunque desde la organización se reclamó calma a voz en grito, fueron muchos los que se dirigieron a la estampida hacia los vehículos en los que habían acudido a la convocatoria, y se volvieron cagando leches por donde habían venido.

En el suelo, muy malheridos, quedaron algunos de los ponentes de la sesión, afectados por la metralla.

Quizá el peor parado fue El masoquista de Fuentetuna, que no paraba de reírse mientras se moría, desangrado.

FIN

(1) No se sabe exactamente que significan las siglas P.C.; se ha especulado mucho; el Partido Comunista ha negado, en una nota oficial redactada en tono bastante agrio, que se refiera a ellos; son ya muchos los que creen que las siglas responden a las iniciales de «por cojones», lo que no sería demasiado sorprendente.

 

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Cuento de primavera: La obra perfecta

16 abril, 2014 By amarias Deja un comentario

Por otra narración, hemos conocido cómo un artesano genial, capaz de realizar obras de relojería de encomiable mérito, no había, sin embargo, conseguido el anhelado premio en un Concurso celebrado en su localidad para distinguir el mejor trabajo, debido a que las bases del Certamen se habían confeccionado a la ligera.

En aquella ocasión, el Jurado tuvo que dar el premio a un joven que tenía perturbadas sus facultades mentales, y que, enarbolando un martillo, destruyó completamente la obra maestra del esforzado artista, puesto que se había decidido otorgar el galardón a «aquel que produjese en la concurrencia el mayor grado de asombro» y, desde luego, el mozalbete los había dejado a todos estupefactos.

También hemos podido enterarnos, por un relato posterior, que el mismo relojero volvió a presentarse al año siguiente al Concurso, en el que se habían revisado las Bases, y tampoco obtuvo el premio, que fue a parar a un familiar del presidente del Jurado.

Pues bien, voy a referir ahora lo que sucedió en una tercera ocasión.

El relojero, escarmentado, no dijo a nadie, ni siquiera a su mujer, lo que iba a hacer. Estuvo días y días imaginando planos y complejos artilugios destinados a servir de base para fabricar las piezas del reloj y los mecanismos que le harían funcionar con la mayor exactitud que la tecnología del momento podía garantizar, e incluso, un poco mejor. Para evitar que nadie le copiara, destruía sistemáticamente, después de memorizarlos, todos los croquis y dibujos, quemándolos, hasta hacerlos ceniza impalpable, que aventaba con un fuelle en un bosque alejado del pueblo.

-Estoy absolutamente seguro -pensaba el genial artífice- que nadie podrá copiar el fruto de mis ideas. Las Bases se han corregido para que el premio no se de al que produzca asombro, sino a la obra que tenga la máxima utilidad; y, desde luego, para evitar nepotismos y favoritismos, se tiene expresado que el Jurado calificador estará formado por tres personas, cuyos nombres serán obtenidos por insaculación, el día antes de cerrar el plazo de admisión del Concurso, de cada una de tres relaciones de expertos, respectivamente, en investigación, ciencia y tecnología, que provengan de Universidades de prestigio de tres regiones distintas de Valgamediós, igualmente desconocidas a priori.

Era imposible que pudieran estar de acuerdo esas personas, porque nadie sabía, antes de que se hubieran presentado las obras al certamen, quienes iban a ser, y ni siquiera de dónde provendrían.

¿Qué decir de la obra que, en la soledad de su taller, sin contar con el auxilio de aprendiz ni suboficial, iba realizando el maestro? Era magnífica, incalificable en su perfección, casi divina si se consideraba lo acabado y definido de sus líneas, lo preciso del funcionamiento de las ruedas dentadas, los balancines, las figuritas que alegraban el paso de las horas que señalaba, con precisión inalcanzable, las agujas; no ya los minuteros y secunderos: el aparato apreciaba hasta las centésimas de segundo, lo que para la época era un avance descomunal.

El maestro esperó hasta el último día y, dentro de él, a la última hora antes del cierre de la admisión, para presentar su pieza. Llegó el momento de ir a recogerla a su taller, desde debajo de la mesa del último aprendiz, donde, envuelta en papeles sucios y restos de guata, la había dejado la tarde anterior. Estaba emocionado y nervioso y, como era día de fiesta, el taller se encontraba vacío.

Miró bajo la mesa y no encontró nada. Miró alrededor y vio que todo el taller estaba inmaculadamente limpio. Palideció y, entrándole pánico, sin imaginar lo que podía haber pasado, se fue corriendo hacia la casa del suboficial del taller.

-¿Qué has hecho de un paquete que había bajo la mesa de Gumersindo, el aprendiz? -le preguntó, demudado.

-¿Un paquete? No tenía ni idea que allí se guardaba algo. En cualquier caso, allí nunca tenemos nada de valor -le contestó el suboficial.

El maestro relojero volvió, a todo el ritmo que le permitían sus piernas, ya algo afectadas por la artritis, a su casa. Su mujer estaba preparando garbanzos con costillas de cerdo, que era su comida preferida.

-¿A quién han dado el premio? -preguntó la eficiente mujer, con una sonrisa que expresaba el gran cariño que sentía hacia su marido.-Es una lástima que este año no hayas querido presentarte

-No, no. Si quiero presentarme. Es una sorpresa. Pero no encuentro el paquete en el que guardé mi obra perfecta, la que quiero presentar al Concurso. Y el tiempo límite está a punto de acabarse -casi gritó, lleno de angustia y tensión, el genial artífice.

-¡Ah, qué bien! Piensa dónde estuviste trabajando en él la última vez. Ya imagino que era algo muy pequeño, pero será fácil recordar dónde lo dejaste si repasas tus movimientos.  -Se interesó por conocer la gentil compañera, como siempre dispuesta a ayudarle, convencida de que, ya desmemoriado por el principio de demencia senil, el relojero habría olvidado el sitio-.

-En el taller no está -prosiguió-, porque ayer por la noche lo he limpiado a conciencia, para darte una sorpresa. Estaba por cierto hecho un asco, pero no lo encontré. Entregué hasta tres sacos con basura a un buhonero que, por suerte, pasó por el pueblo.

El relojero se desmayó.

FIN

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Cuento de primavera: La orden de la Vejiga y el castigo del perjuro

15 abril, 2014 By amarias Deja un comentario

Una de las órdenes caballerescas más antiguas, incluso más que la de la Liga y el Pellejo (conocidas vulgarmente como la de La Jarretera y el Vellocino dorado) es la de La Vejiga.

Esta prestigiosa cofradía, fundada en el siglo III d.C. por el jefe de la tribu de los Upemba, que se había instalado en lo que es actualmente la provincia de Katanga, surgió de manera fortuita. Cuenta la leyenda que el cacique Sotán Kalamú, apremiado por una urgente necesidad de orinar, mientras se estaba celebrando una espléndida ceremonia sacrificial -quince jóvenes vírgenes estaban siendo ofrecidas al dios del desierto, supuesto padre de aquél-, y no queriendo abandonar el sitial en el que estaba, por no dar a conocer a sus súbditos su origen humano, se meó por encima.

Resultó, sin embargo, que, hábil con las palabras, convenció a los próximos que aquellas aguas naturales, por intercesión de las alturas, se habían transformado en un estampado de colores sobre sus calzones principescos, adquiriendo fragancias que él mismo definió, incluso, como embriagadoras.

Ante tamaña actuación sobrenatural, Sotán Kalamú se decidió a montar la orden de la Vejiga Henchida (Después se perdió el adjetivo, difícil de pronunciar y hasta de entender en el dialecto local). Los requisitos para entrar en ella eran descomunales. Solamente podían permanecer a esta orden aquellos guerreros que hubieran demostrado capacidad de sobrevivir después de haber sido arrojados a una sima sita en la comarca -conocida hoy como la Gruta de los Desaparecidos- o, en su defecto, aquellos a los que a Kalamú le diese la real gana de nombrarlos miembros.

En realidad, nadie pudo entrar por la primera vía, a pesar de que muchos lo intentaron.

Pertenecen en la actualidad a esta orden de la Vejiga, cuyo Gran Maestre es el dictador Gustón Pachanga, solamente veintidós mandatarios mundiales, todos ellos sátrapas, déspotas o dictadores reconocidos por el orden mundial, a los que Pachanga concede tal distinción, en una ceremonia muy vistosa, en la que se les entrega la insignia característica, con forma de globo de oro y pedrería, de la que penden dos hilos de finísima hechura plateresca, simulando los uréteres del fundador.

La orden de la Vejiga mereció recientemente atención mediática, debido al castigo propiciado a uno de sus miembros, que había cometido el terrible acto de faltar al juramento prestado, incurriendo, pues, en el deshonor del perjurio. Porque los guerreros de la orden deben, en el momento de ser distinguidos con el globo henchido de los filamentos argénteos, jurar ante el dios del desierto que se protegerán sin fisuras en todas sus felonías y desmanes, disimulándolos con inmediatez, tal como hizo el gran Kalamú con sus naturales fluencias, ocultando a los demás mortales y, sobre todo, a sus leales súbditos, su condición de iguales en lo físico y su morbosa afición al latrocinio y a la corrupción en lo tocante a los dineros y bienes públicos.

Pues bien: El Gran Sultán del País de Chochonia, país que ocupa el penúltimo lugar en las rentas per cápita -contando hombres y ganados-, cuando estaba veraneando con su séquito en la Costa Blue, fue conducido con añagazas ante el Tribunal de la Justicia Incontrovertible Internacional (renovada), que dirige el ex-juez español Maese Pedro del Canto del Cisne Pérez, con sede en La Calla. Allí admitió haber mentido a sus súbditos, y que, en realidad, ni era hijo de un dios ni nada parecido, si bien no se le pudo juzgar ya que este comportamiento no está reconocido como infracción por los países firmantes del Convenio de La Calla.

En la actualidad, el ex Gran Sultán de Chochonia reside en Suiza y, al parecer, ha entregado una ínfima parte de sus posesiones en Chochonia a la ONG para el Desarrollo Lento de Africa (Africa´s Smooth Development Non Profit Organitation), dirigida desde Peijing por un grupo budista.

El Sanedrín, Capítulo o Concilio de los cofrades vejigueros, lamentando la traición al juramento del ex Gran Sultán de Chochonia.  le ha condenado a devolver la medalla que le acredita como miembro de la Cofradía. Este es el mayor castigo que se puede imponer a un perjuro, según las normas internas de la Vejiga. Lamentablemente, se ha negado hasta ahora a cumplir la terrible sanción, que suele seguir luciendo en la pechera.

FIN

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Cuento de primavera: El plazo

14 abril, 2014 By amarias 1 comentario

Había en el lugar varios empleados, afanándose por tallar las inscripciones en las placas de mármol. Lo hacían a mano, con martillo y cincel, guiándose con unos modelos que situaban sobre la superficie blanca. Luego, pintaban las letras de negro.

El recién llegado los estuvo mirando, más bien con atención que con curiosidad. Al cabo de unos minutos de su entrada en el taller, el encargado se le acercó:

-¿En qué puedo servirle? -le preguntó, mientras se frotaba las manos con un trapo sucio.

-Desearía encargarle un trabajo. Pero, antes que nada, quiero saber si Vds. cumplen los plazos -dijo aquel tipo.

El encargado afirma que tenía un porte elegante, distinguido. La mirada, franca, con ojos de color castaño, sin nada singular en ellos («Bueno, sí -se corregiría-, tal vez uno de color más oscuro que otro»); el traje, casi nuevo, y limpio. Tez blanca, manos grandes («Tenía la mano más grande que la mía, porque cuando cogió una pieza de mármol en la suya, parecía mucho más pequeña»)

-Eso depende de la fecha del encargo -le explicó el responsable-. Por el invierno y la primavera tenemos más trabajo. También por Difuntos.

-Yo se lo quiero ordenar ahora -siguió el cliente, sin conceder más importancia a la información-. Vendrán a recogerlo dentro de dos días; mejor dicho, dentro de 48 horas exactamente. Le pagaré por adelantado.

El responsable de la marmolería no tenía tanta prisa.

-Me tiene que explicar qué quiere exactamente. Tenemos diversos modelos de lápidas, y también deberá comprender que el plazo de entrega depende de lo que desee escribir en ella.

-No, no, no me está entendiendo -replicó el extraño-. No quiero una lápida. Quiero que me tallen una cruz.

-En ese caso, no hay problema -indicó el encargado, que deseaba terminar la conversación cuanto antes, porque, en verdad, tenía trabajo-. Incluso, si espera un poco, podría llevársela ahora mismo. Solo tengo que buscar dos restos de mármol apropiados.

Entonces el encargado advirtió que el visitante había dejado un maletín en el suelo, del que sacó un paquete, que le entregó sin abrir.

-El material se lo traigo yo aquí. Y no tengo tanta prisa. Tómese los dos días. Pero ahora debo marcharme. Dígame lo que le debo, porque quiero pagarle por adelantado.

El maestro del taller estaba algo aturdido por el porte elegante del cliente y su voz, clara y convincente. Le dijo un precio más alto del que debería corresponder, y tomó el paquete y el dinero. Le pareció que el bulto pesaba poco para ser de mármol, pero no le dio mayor importancia.

-Recuerde que debe estar lista la cruz en 48 horas. Mejor dicho: en 47 horas y 45 minutos -oyó decir al elegante personaje, mientras salía del local («Con demasiada rapidez, ahora que me lo hace notar», comentó el encargado).

No sabría concretar por qué, pero el encargado explica que se olvidó del encargo durante varios días. Había pasado más de una semana cuando recordó, repentinamente, la obra que estaba pendiente.

Llamó a un operario y, sobre una mesa del taller de marmolería, abrió el paquete, mientras se preparaba mentalmente para darle algunas someras explicaciones. Primorosamente embalados, de forma separada, y recubiertos de papel de celofán, como un regalo de Pascua, había dos huesos, uno bastante más largo que otro.

-Supongo que el cliente vendrá en cualquier momento, porque me había explicado que debería estar lista la cruz en dos días exactamente. A mí se me pasó, aunque, por lo que parece, a él también.

Los dos huesos lucían refulgentes, y hasta parecían de oro, por la lámina de ese metal que, como comprobó el tallista, pasando la mano por su superficie, los abarcaba por entero.

-¿Qué diablos…? No habrá forma de tallar estos huesos, ni entiendo por qué ese interés en hacerlo. Estoy seguro de que al tratar de hacer la muesca en uno de ellos para incrustarlo en el otro, romperá. -fue el comentario del operario.

-Haz cualquier cosa para formar la cruz. Después de todo, no me ha dado ninguna instrucción, así que si algo sale mal, la culpa será del cliente, no nuestra. Pero no rompas los huesos ni estropees la lámina de oro, no vaya a ser que…

El marmolista cogió un punzón y, con cuidado, dio un golpe con el martillo al hueso más largo, tratando de abrir un hueco para encajar el otro.

-Tal vez sería mejor utilizar la fresa -iba a decir el encargado.

Pero no terminó la frase. Un chorro de sangre le saltó a la cara al operario, como si proviniera de una herida que estuviera recién abierta. Del brusco movimiento, realizado con lógico pavor, el otro hueso cayó al suelo, rompiéndose por la mitad.

La sangre quemaba como fuego y el líquido le desfiguraba la cara. El operario gritó, con un profundo dolor, llevándose las manos a la zona afectada. No se imaginaba lo que había pasado.

-Ya le tengo dicho que me pareció que en el otro hueso había algo dentro, parecido a un animal con forma humana, que se escapó en silencio. Era el demonio, estoy seguro de que era el demonio. -repetía el encargado.

-¿Dice usted que nadie acudió a recoger el encargo? ¿No apareció nadie? -preguntó el inspector, mientras tomaba notas.

La respuesta que dio el encargado al inspector tenía sentido:

-No lo se. Llevamos al compañero a urgencias, y dejamos el taller vacío. Lo que puedo decirle es que, cuando volví para cerrar el local, los huesos no estaban y las manchas de sangre de la mesa y del suelo, también habían desaparecido.

-Es decir, que lo único que queda como testimonio de esa historia es la marca en el rostro del operario -dijo el policía.

-Sí. Esa cruz. Una cicatriz terrible -murmuró, moviendo la cabeza- Pero aún es más lamentable la inscripción: «Dies sunt servanda», qué a saber qué coño quiere decir.

El inspector sonrió tristemente y murmuró:

-Eso sí lo se, porque para algo me tiene que servir haber estudiado Derecho: «Los plazos están para cumplirlos».

Y se metió un par de pastillas de chicle en la boca, por aquello de evitar el mal aliento, porque había comido ajos.

FIN

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Cuento de primavera: Trascendente y Trascendido

13 abril, 2014 By amarias 2 comentarios

Se parecían como dos gotas de agua, hasta el punto que, observados de lejos, se podían tomar por fotocopia el uno del otro. No eran, sin embargo hermanos gemelos, ni siquiera familia, al menos, que se supiera oficialmente.

Si en el aspecto exterior resultaban idénticos, en el carácter, es decir, en lo que corresponde al interior de su naturaleza, eran tan distintos como pudieran serlo los huevos de las castañas.

Trascendente era un optimista crónico, de ese tipo de personas que no solo ven los vasos medio llenos cuando  se han bebido la mitad, sino que los ven llenos del todo para entregárselos al siguiente. A resultas de aplicar, una y otra vez, esa actitud, se había forjado una estructura mental muy suficiente, confiada y tenaz. Estaba continuamente imaginando proyectos, modelos, intenciones, que imponía a los demás.

Trascendido era, por el contrario, un pesimista fastidioso, de esos que siempre descubren en las cosas su lado peor y, encima, tienen razón, por lo que levantan la sospecha de que son gafes, despiertan mal fario, y se les atribuye la facultad de atraer la desgracia como los pararrayos a las urracas. Por razón de esa repetida manera de entender el mundo, había acabado tomando la decisión de que lo mejor que podía hacer era estarse quietecito, aguantar los chaparrones y aprovecharse de lo que había, sin aventurarse en tierras inhóspitas. Guardaba silencios, aprovechaba oportunidades, pero no creaba ninguna.

Para alguien que los viera por primera vez, la única característica que los diferenciaba era la forma en que se vestían. Trascendente iba a la última, encantado de llevar ropa de marca y de la más moderna tendencia: se podía decir de él, si es que la expresión tuviera un significado, que era un «it boy». Trascendido iba hecho un zaparrastroso, con la camisa, los pantalones y los zapatos tan raídos, que podría parecer que se los había encontrado en un contenedor de Humano o tirados en el aparcamiento de un recinto universitario el día después de un botellón masivo.

Seleccionados gracias a un concurso de televisión que trataba de confrontar a personas que se parecieran físicamente como hermanos gemelos, para que vivieran juntos durante un mes y contrastaran así sus diferencias de carácter para gozo de los teleespectadores, Trascendente y Trascendido se conocieron por primera vez en el mismo plató.

El presentador hizo, como corresponde a su profesión, las presentaciones:

-Hasta ahora, nunca antes en este programa, «¡Toma castaña!»que es, como Vds. saben, la versión española del éxito americano «Find your Alter Ego», nunca jamás, -enfatizó- habíamos presentado a dos tipos tan iguales.

-Aquí están -prosiguió- a mi diestra, Trascendente, y a mi siniestra, Trascendido. Nacidos a más de mil kilómetros de distancia uno del otro, educados en ambientes distintos, sin haberse conocido hasta ahora, van a convivir durante un mes en el desierto de Tutía, entre serpientes de cascabel y leones de cola negra. Aprenderán así a descubrir lo que les hace diferentes…si es que hay otras diferencias, además de lo que es evidente, que es su manera de vestir…Por cierto, irán desnudos, únicamente provistos de un utensilio, que podrán, eso sí, escoger a su voluntad.

El presentador no paraba de hablar, mientras la cámara reflejaba lo que estaban haciendo Trascendente y Trascendido. El segundo, papaba moscas; el primero, se movía en el asiento, preso de convulsiones nerviosas.

-Trascendente, ya lo ven los espectadores, a los que recuerdo que lo mejor para curarse las almorranas es la pomada Hemorroidina, es lo más parecido a un niño pijo crecido en el barrio rico de Bancherí y Trascendido, por lo mismo, tiene el aspecto de pertenecer a una banda dedicada al alunizaje que hubiera hecho un curso acelerado en la Escuela de la vida de Llavecas.

Mientras se difundían los habituales diez minutos de publicidad, Trascendente y Trascendido tuvieron ocasión de intercambiar unas palabras:

-¿Qué sabes hacer? -preguntó Trascendente, que era más rápido para la investigación.

-Nada -respondió, después de pensárselo un rato, Trascendido.

-Algo sabrás -matizó, prudente, Trascendente.

-Hago nada, pero de puta madre -fue la posterior matización.

-No me puedo creer, que siendo más o menos de mi edad, no te hayan enseñado a sacarle el máximo partido a las cosas -persistió Trascendido.

-¿Cómo que no les saco partido? -se enfadó el otro, molesto- Hasta aquí he llegado, y no me quejo.

-Yo tampoco me quejo. Solo que veo que todo se puede mejorar, y me empeño en encontrar el lado bueno.

-Yo no necesito plantearme lo que se pueda mejorar, simplemente, disfruto con lo que hay.

-Pero…eso implica que te aprovechas de lo que han creado otras personas como yo, que nos preocupamos por avanzar.

-Puede. Solo que si dedicas todo tu tiempo a trabajar en nuevas cosas, no tienes ni un minuto para disfrutarlas. La gente como yo, encontramos sentido a lo que hacéis, disfrutando con ello.

-Me resulta asqueroso que te aproveches de la voluntad de gentes activas como yo por mejorar el mundo. Es mezquino.

-Si no hubiera gentes como yo, vuestro trabajo no tendría sentido, sería inútil, por falta de destinatario.

-No tengo ninguna confianza en que me vayas a ser útil en el desierto al que nos mandan. ¿Por qué te apuntaste a este concurso?

-El que no tiene confianza ninguna, soy yo. No me apunté, me apuntaron.

-Eres un cretino.

-El cretino me pareces tú.

Estaban en ésas, cuando el presentador les advirtió que volvían a estar en antena, y les explicó las reglas del programa, que no eran muchas. Cuando tuvieron que decir qué desearían llevar al desierto, Trascendente pidió una escopeta de repetición con diez cajas de cartuchos de balines de gran calibre.

Trascendido pidió que le trajeran un sombrero para que no se le calentara mucho la cabeza.

FIN

 

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Cuento de primavera: Jaulas para pájaros y otros animales

12 abril, 2014 By amarias Deja un comentario

El conferenciante, un hombre de unos cincuenta años, con camisa a cuadros, talante deportivo, pantalón con color haciendo juego con los zapatos, tomó un sorbo del vaso de agua mineral que se había servido de una botella, y continuó su plática ante un auditorio variopinto, en el que algunos incluso tomaban notas en carpetas escolares:

– Un gran avance en el maltrato animal ha sido la prohibición de que algunas especies no puedan comercializarse si no han nacido en cautividad.

-Perdone -le interrumpió una joven, que había acudido a la sesión, porque le encantaban los animales (tenía dos gatos sin pedigree y un galgo recogido en la calle con una pata rota-. No estoy segura de haberme aclarado bien, ¿qué quiere decir con eso?

El ponente no pareció disgustarse por la pregunta.

-Es muy sencillo: si el animal ha nacido en una jaula o procedente de padres que ya estaban privados de la libertad, no tendrá conocimiento previo de lo que es estar libre, por lo que no sufrirá si el resto de su vida permanece enjaulado.

En realidad, se lamentaba internamente de no haber utilizado palabras más cuidadas; pero se trata de ser didáctico, pensó.

-Perdone otra vez -la joven se había levantado de su asiento, y se apoyaba, ligera, sobre el respaldo-. ¿Significa eso que un animal que no sabe lo que es ser libre no tiene derecho a serlo nunca, salvo que pueda escaparse? ¿Y qué le pasaría, si logra huir?

El conferenciante pareció entender, de pronto, que aquella mujer debía ser una activista infiltrada de los defensores de los derechos de los animales. Tragó saliva, y preparó mejor su respuesta, después de meditarla un instante.

-En absoluto -replicó, sin estar aún plenamente convencido de lo que iba a decir exactamente-. Piense que no podemos hablar, sensu stricto,  de derechos de los animales, como algo que ellos estén en situación de exigirnos. Somos nosotros, los humanos, en cuanto a seres superiores, como poseedores de reglas jurídicas y éticas, los que se los otorgamos, asumiendo sobre nuestras propias espaldas el deber adicional de que se cumplan estas precisas normas.

Casi no había terminado de hablar, y se encontró con otra pregunta; mejor dicho, con la repetición de parte de la anterior:

-No me contestó a la cuestión de qué sucedería si un animal, que ha nacido y vivido hasta entonces en una jaula, se escapa: ¿es cierto, como dicen, que se moriría, porque no sabría dónde encontrar comida o cobijo?

La joven se había puesto algo colorada. El rubor, que se expandía por sus mejillas, la hacía parecer más hermosa. No estaba dispuesta, según entendieron todos los presentes, a dejarse convencer con facilidad. Algunos de los que habían torcido el cuello para mirar hacia dónde ella se encontraba, curiosos por conocer quién había intervenido,  empezaban a murmurar.

-Los estudios conocidos hasta ahora sobre animales que han obtenido su libertad, demuestran que, por falta de práctica de cómo conseguir alimento, mueren rápido, caen fácilmente en trampas, o son devorados por depredadores salvajes -explicó el orador, ya más molesto. Y, sin solución de continuidad, preguntó en tono burlón:

-¿Me deja continuar, señorita?…He venido a dar una conferencia, no a un debate. Pero le contesto. Los animales no son solidarios como lo somos los seres humanos. Por eso corren peligro, estas especies que nacieron cautivas, cuando alcanzan la libertad. Son los más débiles del ecosistema, y perecen, porque el sistema las expulsa, sin miramientos.

La sala respiró, aliviada. No así la joven, quien salió de su fila y ocupó el centro del pasillo.

-Le voy a decir algo -expresó la muchacha, con voz alta y clara-. El mundo de los animales no racionales me interesa bastante, pero me interesa mucho más el de los seres humanos. En lo que ahora estamos viviendo, por lo menos, no comparto su idea de que los seres humanos seamos solidarios. En absoluto. Y, en cualquier caso, no lo somos más que lo puedan ser los animales irracionales, me parece. De acuerdo con su razonamiento, por tanto, si una persona ha vivido ignorante, pobre, o marginado toda su vida, sería mejor que siga así hasta que muera.

La muchacha se tomó un respiro, para continuar en tono aún más enfático:

-¿Cree entonces que a los pueblos subdesarrollados, a los que faltan medicinas, trabajo, alimentos, cultura, …sería mejor mantenerlos en sus jaulas, en sus guetos, en sus fronteras, impidiéndoles salir, para evitar que conozcan otros Estados que viven en mucho mejores condiciones, en situación de riqueza y bienestar mucho mejor, o… sería partidario de ofrecerles la libertad para que puedan volar? ¿Les prohibimos ver la televisión, tener móviles, estudiar en el extranjero, viajar…?

La sala guardó, por unos momentos, un silencio respetuoso. Alguna voz clamó, sin embargo: «¡Seguridad!» Otros pidieron: «¡Calma!». «Esto no es un debate político, ¿qué se habrá creído?» -comentó, en un susurro, una mujer de edad, sentada en las primeras filas, a su vecina de asiento, pareciendo muy contrariada.

-No se qué contestarle -expresó el conferenciante-. No es mi especialidad, el ser humano. Yo he venido aquí solo a hablar de los animales y, en especial, de los pájaros. De los pájaros cantores, para ser exactos.

La sesión prosiguió, aunque el conferenciante no dejó de advertir que varios asistentes de las últimas filas, entre ellos, la joven interesada, la que había hecho las preguntas incómodas, habían abandonado la sala.

FIN

 

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Cuento de primavera: El tejo

11 abril, 2014 By amarias Deja un comentario

En las montañas de los ásperos montes cántabros, allá donde se forjaron los rudos caracteres de sus indómitos pobladores, gentes aguerridas que desafiaban los más incómodos peligros con la sonrisa en los labios, hacía tiempo que no vivía nadie.

Todos sus habitantes habían ido abandonando progresivamente las casas que habían servido, durante generaciones, de cobijo a los antepasados de aquellas remotas comarcas. Las dificultades para arar los empinados campos, se hicieron inmensas para los pocos pobladores que fueron quedando, faltos de la ayuda que se prestaban mutuamente los vecinos.

En los últimos años, no se recogía la castaña, ni se limpiaban de helechos los bosques de robles y hayas, ni se carretaban astillas recogidas de las suertes comunales para completar la leña que calentaba los fogones, ni había vacas que ordeñar, conejos que alimentar de la hierba más fresca, ni cerdos cebados durante el año que sacrificar, ni esfollaza de maíz o habas que compartir mientras se cuentan historias, ni siega, ni pastoreo, ni bar ni colmado.

Junto a una iglesia cuya espadaña aún se sostenía, airosa, en pie, a pesar del total abandono, dejando ver los muñones de un antiguo campanario, había un tejo. Un árbol centenario, grande, majestuoso, que había servido hasta no hacía mucho como lugar de reunión de los vecinos de uno de esos pueblos cuyo nombre estaba a punto de ser borrado de los mapas, convertidas en ruinas sin valor las que habían sido cobijos alegres de gentes hoy muertas, desaparecidas en la vorágine de la ciudad o emigradas para siempre.

El excursionista había llegado hasta allí, quién sabe si perdido, miró aquel árbol magnífico, recorrió los alrededores, pisoteó algunas zarzas que impedían el paso al cementerio, ya saqueado por quién sabe quiénes,  y, finalmente, cansado por la caminata, animado por el frescor que emanaba bajo sus tupidas ramas, se echó a  descansar bajo su protección umbría.

Sin darse cuenta, se quedó profundamente dormido.

Aquel tejo era justamente el lugar en donde, dado lo solitarios que habían quedado esos lugares a los que aquí me refiero, era utilizado por ninfas, gnomos, sátiros, brujas, trasgos, ogros y otros seres de natural huidizo, para reunirse y hacer sus aquelarres, organizar sus fiestas demoníacas o mágicas y preparar brebajes y conjuros con los que gozar de su propia existencia y, en ocasiones especiales, seducir o espantar a los humanos.

Cuando al llegar al lugar de concurrencia vieron al hombre dormido, se asustaron, pues no esperaban ver nuevamente invadido el territorio que creían abandonado para siempre. Pensaron en marcharse de inmediato de allí y volver a esconderse en lo más tenebroso del bosque, pues los seres maléficos como los benefactores temen encontrarse cara a cara con los humanos, pero una de la brujas, que se jactaba de tener soluciones para casi todo, dijo:

-No os vayáis. Con mi poder, haré que este humano permanezca dormido el tiempo que dure la reunión, por lo que no debemos temer de que nuestras conversaciones sean descubiertas  y nuestros acuerdos conocidos de antemano.

Y acercándose al dormido, pronunció unas palabras irreproducibles. Viendo, al poco, todos los seres miríficos que el visitante inesperado seguía profundamente entregado a los brazos de Morfeo, se tranquilizaron, se sentaron complacidos en torno al tejo, y sostuvieron su animada reunión, ignorando al yacente.

No sucedió, sin embargo, tal como había anunciado la bruja. El viejo tejo tenía también sus poderes, acrecentados por la edad, y su carácter sagrado se había incluso robustecido en la soledad. Al ver a aquel hombre recogido a su sombra, complacido, deseoso como estaba de que los humanos volvieran al pueblo, pensó que sería bueno y provechoso para su propósito que el recién llegado conociera lo que estaba pasando en el lugar desde que los habitantes lo habían abandonado.

Haciendo un esfuerzo de concentración, el tejo, agitando las hoja aciculares y exprimiendo las semillas de sus frutos, dejó caer algunos jugos venenosos, con lo que consiguió compensar las artes brujeriles, de manera que, el que dormía, se despertó, sintiéndose recuperado de su cansancio.

Los trasgos, ninfas, gnomos, ogros, trasgos, diaños, nereidas, machos cabríos, malandrines y brujas no advirtieron, sin embargo, que el hombre estaba escuchando lo que decían a partir de ese momento.

El excursionista, cuando se vió rodeado por aquellos innumerables seres de tan extraña apariencia, creyó encontrarse en un sueño más profundo del que venía, pues no podía imaginar que se había despertado y lo que veía era la realidad.

Sin mover una pestaña, cerró los ojos aún más fuerte, que le escocían,  y, entre tanto, pudo enterarse de cuanto se decía alrededor.

Cuando, al cabo de lo que le pareció un tiempo infinito, los seres maléficos y mágicos se marcharon, se dispuso a irse el también. Comprobó entonces que, desgraciadamente, se había quedado ciego.

No fue capaz de encontrar el camino de vuelta y vagó por el monte, dando tumbos entre falsos caminos y senderos, fabricados por jabalíes, corzos, lobos y quién sabe si por los propios trasgos, que no conducían ya a ninguna parte.

Pasó quién sabe cuánto tiempo, en todo caso, varios días. Quiso su suerte que yo me lo encontrara, exhausto, sediento y hambriento, cuando me hallaba haciendo, con otros dos compañeros, el levantamiento topográfico y geológico de una zona en la que se proyectaba asentar las bases de decenas de aerogeneradores sobre las crestas de la cordillera que une Calastarias y Paquemondo, y para lo que me habían contratado.

-El bosque está embrujado, he visto seres -fueron las únicas palabras que, machaconamente, repetía, con los ojos cerrados, y que estaban rodeados por una resina de color rojo sangre.

Dejé a mis colegas en el sitio,  ordenándoles que prosiguieran con el trabajo, y, aunque se resistía, metimos al infeliz en mi coche, con la intención de conducirlo al hospital comarcal más cercano.  Yo conducía el vehículo, con cuidado de que el todoterreno no derrapase por las peligrosas pendientes, ya que los viejos caminos vecinales, como indiqué, se habían perdido en su mayor parte y las grietas del asfalto, cuando podía detectar el antiguo trayecto, eran tremendas y repentinas.

En un momento dado,  mi acompañante, que iba en el asiento de atrás, echado de mala manera, doliéndose a rato con gemidos patéticos, pronunció una sola palabra: «Tejo». Lo hizo, me pareció, con gran esfuerzo. Su voz sonó a sobrehumana.

-¿Tejo? ¿Qué quiere decir? -le solicité, aunque me corregí de inmediato, consciente de su lamentable estado-. Pero, descanse,  buen hombre, ya tendrá tiempo de hablar, cuando se recupere.

De pronto, el tipo abrió bruscamente la puerta del vehículo, huyendo con tanta prisa y tan notable vehemencia, que, aunque detuve de inmediato el motor y traté de seguirlo, no fui capaz de alcanzarlo.

No volví a verlo. La espesura del bosque lo hacía impenetrable; solo aquel individuo parecía disponer de la facultad de descubrir entre los huecos que dejaban los árboles y la maleza -hasta diría que era capaz de perforar los troncos, sino fuera imposible-. Yo no pude seguirlo.

Retorné, pues, con el coche a donde había dejado a mis ayudantes, y les conté lo que había pasado. No supieron qué decirme.

-Terminemos el trabajo, que es para lo que nos pagan -apremiaron.

He meditado muchas veces sobre la extraña anécdota. Aquella tarde, de vuelta para casa, habíamos preguntado por un enajenado o un excursionista perdido por los parajes de la cordillera. Pregunté a varias personas. Nada sabían.

Les pregunté, también, si sabían de algún tejo en el lugar.

Nadie había oído hablar de un tejo.

Por eso me he inventado la historia, para dar alguna coherencia a lo que he vivido, porque ahí está mi verdad.

FIN

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Cuento de primavera: Síndrome y Alergia

10 abril, 2014 By amarias Deja un comentario

Al llegar cada primavera, Alergia salía de su letargo. Los muchos días que había pasado en su guarida invernal, sin apenas comer ni beber, le desarrollaban un feroz apetito, que procuraba saciar como podía. Le gustaban mucho, en especial, algunas partes sensibles de los humanos, siendo las narices, los ojos y la piel de las mujeres y niños, el bocado o exquisitez por antonomasia.

Síndrome era un joven apuesto y versátil -para ser lo que era-, que habitaba también en el Paraje, llamado de Las Molestias, Enfermedades y Catarros Apestosos por los humanos. Contrariamente a lo que pudiera parecer a primera vista, no era un Paraje siniestro -a pesar del nombre- pues había multitud de lugares encantadores, en los que se podía disfrutar de momentos muy apacibles y satisfactorios.

Uno de esos lugares era, sin duda, el Paraíso de la Inocencia, en el que se encontraban habitualmente la inmensa mayoría de los niños humanos. También pasaban por allí, de cuando en vez, algunos adultos, que se olvidaban, chapoteando en las tranquilas aguas de la Ignorancia Supina o de la Laguna de la Buena Fe, de sus problemas y dificultades.

Alergia estaba buscando niños en el Paraíso de la Inocencia, con la intención de tocarles un poco las narices y ponerse morada llenando de granos la cara a unos cuantos infelices, cuando se encontró con Síndrome.

-¡Eh! ¿Qué haces aquí? -le chilló, con su voz bastante desagradable- ¡Esta zona es mía! ¿No me ves que estoy cazando y me estás espantando mis presas?

-Aquí no hay exclusivas -explicó Síndrome, que la miró con desprecio (había oído hablar antes de Alergia y no le caía simpática, y se había hecho a la idea de que era barullera y enredadora)-. Además, no somos incompatibles. Podemos chuparles la sangre y las ideas a los mismos, aunque lo normal sería que tú, que eres casi omnívora, te dedicases a otros animales y me dejases a mí libre el campo de los humanos , que es. en realidad, mi especialidad. Además, he quedado en verme con Tourette, Asperges, Down, West y otros sabios en Estocolmo antes de que caiga el día, y tengo prisa.

-Tururú, corneta. No quiero compartir víctimas contigo , por si te cabían dudas, te diré que  me gustan, como a ti, los humanos más que a una mosca la mierda. Mi fórmula de trabajo es, además, similar a la de las hormigas cuando crían con los pulgones. Cuando me dedico a una víctima, la ordeño. La tengo ya como cliente para toda la vida -se explicó Alergia, que tenía una idea más bien confusa de cómo sucedían las cosas en el Paraje de las Molestias, o había sido contagiada por la Ignorancia Supina, sin saberlo (y, además, como se habrá podido comprobar, era un tanto bruta y mal hablada).

-Mira, Alergia, soy yo quien no quiere discutir -dijo Síndrome-. Al fin y al cabo, somos colegas, si bien cualquier que nos vea de forma objetiva, reconocería que, si fuéramos equipos de fútbol, tú jugarías en regional y yo en primera división -(Alergia torció la cabeza)-. Voy a tomar para mí cuatro o cinco grupos de niños de este Paraje y me dedicaré, el resto de mi tiempo, a alimentarme fundamentalmente de los adultos.

-Haz como quieras -concluyó Alergia-. Después de todo, a mí no me faltan recursos, porque a cada instante se me ocurren nuevas formas de apropiarme de la salud de los humanos, hasta el punto que hoy por hoy casi nadie deja de ser cliente, quiero decir, víctima, mío.

Dicho y hecho, Síndrome se dio un paseo por el Paraíso de la Inocencia y, sin importarle un comino el daño que estaba haciendo, tomó unos cuantos niños y se implantó en ellos, causándoles terribles daños a algunos y a otros, una notable desorientación que se derivó en un gran disgusto para sus papás, cuando fueron a recogerlos.

Y luego de haber clavado su mala uva en aquellos infantes a los que marcó para siempre, se fue tan campante hasta las Marismas de la Mala Suerte, en donde se lió con Complejos, una arpía de finísimo olfato y gran actividad sexual, con la que tuvo una descendencia casi infinita.

Esta es la razón por la que en el Paraje de las Molestias, cada vez hay más variantes de Síndromes, Complejos y Alergias. Aunque los humanos se esfuerzas en poner barreras de tranquilidad en algunos sitios -uno de los más defendidos es el Castillo de las Pastillas y Placebos-, no han conseguido gran cosa, relativamente hablando, pues lo que recortan por un lado, los monstruos malignos amplían con creces por otro. Por cierto, enfrente de ese Castillo está situado la Fortaleza de las Intervenciones Quirúrgicas, y los guardianes de ambas tienen, a veces, unos encontronazos de tomo y lomo, defendiendo cada uno su parcela.

De cualquier manera, más tarde o más temprano, todos los humanos (como los demás seres vivos), llega un momento en el que, al menor descuido, caen en las garras de monstruos mucho más dañinos, de rostros variadísimos, a los que han puesto los nombres de Tumor Maligno, Infarto de Miocardio, Choque Anafiláctico, Septicemia, etc., que les conducen, de manera más o menos acelerada, a los umbrales de La Muerte, que rodea, sin que nadie haya encontrado hasta ahora la salida, todo el Paraje.

FIN

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Cuento de primavera: La cigüeña partera

9 abril, 2014 By amarias Deja un comentario

La inmensa mayoría de los niños de Valgamediós menores de tres años, creen a pies juntillas que los niños vienen de París, y que son traídos de allí por las cigüeñas. No existe, en la actualidad, prácticamente casi ningún adulto  que se crea tal patraña.

En los libros de texto dedicados a la educación sexual,  se explica que es imprescindible, para que se engendre una criatura nueva -en casi todo el mundo animal-, que dos seres de distinto sexo se apliquen a tal fin, realizando lo que se denomina enfáticamente  como»el acto sexual». Con todo, hay una parte relativamente importante de adultos valgamediosinos que imaginan que podría evitarse la concepción de futuros niños, sin faltar a la ejecución de la operación principal, realizando imaginativas modificaciones, algunas de las cuales (como el coitus interruptus) han recibido nombres foráneos y otras, como el uso del preservativo de punt0 lavable, no han merecido la gloria de la exportación.

Pues bien, para entender esta historia, es preciso creerse que, entre los cometidos vigentes de las cigüeñas, se encuentra todavía la de traer niños de París. Y es absolutamente imprescindible admitir, para seguir con el cuento, que una de esas cigüeñas carteras, cansada de realizar, una y otra vez, tal viaje -que puede ser largo y fatigoso, pues basta imaginar el esfuerzo de acercar a una criatura desde la ciudad francesa a Huelva-, decidió emanciparse de esa servidumbre tradicional, a la que venían dedicándose generaciones y generaciones de cigüeñas, y abrir una clínica particular.

Era un negocio claro. Lo publicitó, con rimbombancia, con estas palabras: «Diseño y Fabricación insistida de niños con ordenador». Y, en la propaganda que distribuyó, con hojas volanderas que lanzó desde el aire a los cuatro vientos, completaba la idea con este mensaje: «Evite escribir a París e innecesarias esperas o errores en el suministro. Solicite YA su descendencia al Laboratorio de la Cigüeña Partera (Doctorada en Calemania)». En la placa de entrada al local, puso incluso el cartel «Dr. Especialista en Nueva técnica Conceptual al margen de París», ocultando precisar que la cigüeña era únicamente Doctor en la Escuela de la Vida, y por correspondencia.

La cigüeña partera tenía, al margen de estudios, relativa experiencia. Había seguido un curso rápido en Pananá, con prácticas realizadas con algunos animales, vivos y muertos: rumiantes, gatos de angora, perros pequineses y ratas de alcantarilla. Con éxitos contantes y sonantes.

Para los interesados, era muy cómodo anunciar que se evitaba el viaje de la hembra humana a París, proporcionándole la semilla ya fertilizada o con posibilidad de añadir al huevo el reactivo fertilizante elegido según gustos (fresa, menta, picante, azúcar moreno, etc.). Es más, hasta se podía elegir el huevo puesto por otras hembras, ya fertilizado o por fertilizar.

Qué digo a los límites. Se podía elegir el sexo, el tipo de embrión, el momento exacto de la entrega del retoño, el sitio (clínica particular o domicilio), el embalado, y hasta se podía ejercer el derecho a devolución.

Las semillas y los embriones se guardaban en armarios en los que los frascos de material se conservaban a temperaturas suficientemente gélidas, por tiempo indefinido.

-Mira dónde te metes -le advirtió su madre, que era una cigüeña respetada, con el pico incluso algo curvo de tanto sostener las cestas en donde debía transportar las criaturas que entregaría, a su debido tiempo, a sus legítimos destinatarios.

-Está chupado -replicaba la cigüeña partera (título que se había dado a sí misma)-. He comprobado que la cosa funciona con otros animales, por lo que no veo problema alguno en aplicarlo a los humanos de Valgamediós, con lo que se ahorrarán tiempos de espera y fallos en la entrega. Será incluso posible que, sin conocer varón, una hembra obtenga el fruto deseado. Incluso en parejas estériles, con mi procedimiento, siempre les entregaré un niño, y todos los demás creerán que el retoño es suyo.

La cigüeña partera tenía un grave problema, y era de índole muy personal. Le gustaba excepcionalmente la bebida. Cuando se reunían varias aves de su calado, era ella siempre la que más líquido ingería, y no precisamente agua, sino otros brebajes de alto contenido alcohólico, lo que le proporcionaba pérdidas de memoria, además de un estado de exultación pasajera.

Empezó a ser normal encontrarse a la cigüeña partera agarrada a una farola cantando Valgamediós, Patria querida. Tampoco era raro, desde que su pareja la abandonó -e incluso, antes- verla entrar en locales llamados de placer, pagando porque le hicieran cosquillas bajo la cola, como método alternativo para liberar sus cavidades cloacales de la roña que se estaba formando en ellas.

En esos locales, organizaba escenas muy lastimosas, pegando al personal, negándose a pagar por los servicios o rompiendo material.

El negocio de la reproducción asistida estaba resultando muy bien. Un número creciente de valgamediosinos acudía a la consulta, que cada vez daba empleo a más gentes, todas de bata blanca y título de doctor en ciencias reproductivas, que concedía la cigüeña partera. La mayoría de los clientes resultaban satisfechos y pagaban cantidades muy altas, sin problemas; si se producía un fracaso de cualquier tipo, la cigüeña partera no dudaba en ocultarlo, utilizando diversos procedimientos.

Una noche, sin embargo, ocurrió que la cigüeña partera había bebido mucho, como era habitual, pero, tanto, tanto, que perdió la noción de dónde estaba. Se dirigió al local en donde se guardaban las distintas muestras de su negocio y, sin darse cuenta de lo que hacía, rompió varios de los frascos y los mezcló todos, cambiando las etiquetas de muchos. Se divirtió mucho mientras lo hacía, pero los efectos fueron desastrosos.

A la mañana siguiente, los empleados del negocio -urracas, cuervos, mirlos blancos, sabandijas, sapos parteros y patos mareados- se encontraron con el desaguisado. Probetas rotas, líquido desparramado, embriones danzando por ahí, los armarios de refrigeración abiertos y desordenados.

-¿Qué hacemos? Nuestros clientes nos cortarán el cuello cuando se enteren o nos castrarán con tijeras de podar -dijeron, casi a una, muy afligidos.

La cigüeña partera tuvo una idea, porque era, además de bastante impresentable, terriblemente imaginativa para la mentira.

-No hay más remedio que volver a llenar los frascos con lo que encontremos más a mano. Y no se nos ocurra decir a nadie lo que ha pasado.

Así hicieron. Llenaron los frascos de las más variadas maneras, volvieron a reconstruir las etiquetas, y a ninguno de los clientes confesaron lo que habían hecho para salir del paso. Los resultados no pasaron, sin embargo, desapercibidos: hubo papás blancos que tuvieron niños negros, y al revés; mamás que no resultaron embarazadas ni después de innúmeras intervenciones, todas ellas de pago; hubo malformaciones y abortos en número tal que la inspección valgamediosina, llamada al sitio por las cigüeñas que seguían trayendo los niños de París, levantó acta y cerró el negocio.

La cigüeña partera acabó sus días en un centro de desintoxicación. En el viejo local, ahora han puesto un comercio chino que vende  actualmente conejos, gatos y elefantes de la buena suerte, la que no siempre dan. Y las cigüeñas normales siguen trayendo a los niños de París, que es lo tradicional, lo seguro, lo de toda la vida. Las urracas, mirlos blancos, sabandijas, sapos parteros y patos mareados han pasado mayoritariamente a engrosar las cifras de desempleo o han ingresado en conventos de clausura. Algunos de ellos, sin que se encuentre la razón, se dedican al buzoneo de panfletos, otros realizan sesiones de imposición de manos a crédulos, diciéndose bienaventurados y no faltan dos o tres a los que se ha visto como distribuidores de pizzas y tortillas de patata congelada a los zoos de la periferia.

FIN

Publicado en: Cuentos y otras creaciones literarias, Sin categoría Etiquetado como: cigüeña, cuentos, cuentos de primavera, ordenador, partera, reproducción asistida, reproducción insistida

Cuento de primavera: El loro y el catálogo

8 abril, 2014 By amarias Deja un comentario

Era una vez un loro gris con una habilidad especial: jugar al fútbol. Y lo hacía excepcionalmente bien.

Puede que no fuera el más inteligente de los loros,  aunque tampoco dispongo de estadísticas oficiales sobre los coeficientes intelectuales de estos animales -un grupo numerosísimo que abarca desde las cacatúas hasta  los guacamayos, pasando por los periquitos, pero puedo asegurar que, además de ser buen futbolista, no era feliz.

La causa de su desasosiego la tenía un catálogo. Estaba escrito en un idioma desconocido, aunque las fotografías eran por sí mismas tan expresivas que, con solo mirarlas, uno podía imaginarse fácilmente de qué iba la cosa.

En aquellas páginas impresas a todo color, que el sagaz logo gris había repasado una y otra vez, moviéndolas adelante y atrás con su pico curvo, había decenas de fotografías de loros y, entre ellas, de muchos loros grises africanos, como él. Todos aparecían en una misma pose, sonrientes, mostrando su cola roja brillante. Parecían estar diciendo o pensando: «aquí estoy yo, dichoso; ¿dónde estás tú, pobre diablo?.»

Al lado de cada una de esas aves de aspecto espléndido, había un balón y un número. Una cifra muy alta y que, sin posible error, correspondería a lo que cada uno de sus congéneres, habilidosos como él en el juego de pelota, afortunados en el reconocimiento de su destreza, estarían cobrando como artistas.

El loro se osesionó por culpa de aquel catálogo. No comía, ni bebía ni dormía. Le amargaba pensar que, mientras él apenas disponía de unas pipas de girasol y unos tímidos aplausos en el barrio, había decenas de loros grises, de papagayos de Papúa o caiques sudamericanos, que se estaban forrando las plumas con lo que ganaban.

Para abreviar la historia, diré que, después de un vuelo agotador, el loro gris llegó hasta una tremenda empalizada, formada con alambre de espino retorcido, que le impedía el paso. Es sabido que los loros, aunque excelentes voladores, no pueden levantar su vuelo por encima de unos metros, así que, por más que lo intentó -y los loros grises africanos son muy testarudos y tienen una capacidad saltarina incluso ligeramente superior a, por ejemplo, los pálidos yacos o las blancas cacatúas-, no consiguió más que herirse las patas.

Desalentado, pero no vencido, volvió unos cuantos cientos de metros sobre sus vuelos, recalando en un bosquete en donde se encontró, para su sorpresa, con centenares de loros grises africanos que, como él, había intentado traspasar aquella frontera de espino y parecían dispuestos a volver intentarlo, una y otra vez.

-¿Por qué estáis aquí? -les preguntó.

-Somos futbolistas y hemos visto en un catálogo que al otro lado pagan muy bien a los que, como nosotros, juegan bien al fútbol -le contestaron.

Un loro de la Patagonia, que estaba haciendo una entrevista para la televisión, se interesó por saber a qué catálogo se referían.

-Este catálogo -le mostraron algunos, pues no eran pocos los que lo guardaban bajo las alas.

-P…pero ese catálogo no tiene que ver con el fútbol. Esos loros no son futbolistas -dijo el de la Patagonia.

-¿Cómo así? ¿No ves estos números, no ves el balón que tienen junto a los pies? -le recriminaron varios de los loros grises, incrédulos.

-Si, si. Pero los números no son los salarios de los loros, sino el precio que alcanzan en el mercado de animales cuando son vendidos como esclavos. Y eso que véis ahí, a sus pies, no es un balón, sino la bola en la que termina la cadena a la que están sujetos, para que no se escapen.

Un profundo silencio recorrió el bosquete.

FIN

FIN

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