Al socaire

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Cuento de primavera: El argumento de la cotorra

7 abril, 2014 By amarias Deja un comentario

Aunque no estaban especificadas de forma muy clara las condiciones para participar en lo que se anunciaba como un crucero inolvidable, la cola de animales que pretendían ser admitidos al viaje era bastante numerosa.

-¡Solamente una pareja por especie! -gritaba, tratando de poner orden en el tumulto, un onagro, comisionado especialmente  por Set, el mayor de los hijos del capitán de la nave, que lucía, espléndida, de momento en dique seco-.

-Perdón, señor asno -expresó de forma muy educada una avestruz con demasiada pluma, para lo que se estila entre esas aves gigantescas- ¿Las parejas deben ser del mismo sexo?

El interpelado se revolvió, hecho un basilisco. La jornada estaba siendo agotadora y el calor atenazaba los ánimos.

-¡Por supuesto! ¡Y ha de ser una pareja en edad reproductora, o sea fértil, es decir, en edad de procreación, para que lo entiendas! …¡Y, por cierto, no soy asno, sino un onagro, como se podría constatar si algunos no escondiérais la cabeza bajo tierra, por vergüenza o para no enteraros de lo que os rodea -precisó el cuadrúpedo, que, además de las del carácter, tenía otras malas pulgas, que le estaban abrasando a picaduras el trasero.

-Ya tenemos leones – señaló a un par de felinos, sacándolos de la fila, siguiendo con su estricta inspección, y jugándose el bigote, pues algunos de los bichos le doblaban en tamaño y le cuadriplicaban en fiereza-. Por cierto, -apuntilló, crecido- además, de mucho mejor aspecto y color. Rubios.

-Es que nosotros somos albinos -se justificó la leona, retirándose, disciplinada, dando un rugido y dedicándose, de inmediato, aprovechando la concentración de proteínas,  a perseguir una manada de gacelas a los que también se le había negado formar parte del pasaje.

De pronto, saltándose olímpicamente la cola, una pareja de cotorras se colocó a la cabeza, pretendiendo entrar, así, sin más ni más.

-¡Alto ahí! -los detuvo Set- El pasaje ha de ser totalmente autóctono. No están admitidos animales de importación procedentes de otras regiones.

-¿Cómo así? -replicó una de las cotorras, sin que fuera posible para un observador no avezado en la determinación de los sexos de tales animales, deducir si se trataba de la hembra o del macho de la pareja.-¿Es que acaso no nos asiste el derecho a los inmigrantes en esta tierra? ¿No contribuimos a darle diversidad?

-Son órdenes de mi padre, y el sabrá lo que hace -le contestó el muchacho. (Iba a decir «órdenes del de arriba», pero se contuvo justo a tiempo). –

-¡Como si son de la mismísima paloma! -revoloteó, dando chirridos escalofriantes, el cotorro- Además, he observado que han entrado en el barco varios corderos que, evidentemente, son todos de la misma especie! ¿Hay preferencias? ¡Injusticia manifiesta! ¡Exijo el libro de reclamaciones!

Se organizó un pequeño tumulto, al que, rápidamente se adhirieron las urracas, los unicornios y los osos pardos. Los camellos se retiraron, asustados por el alboroto, a beber agua de una charca.

-En efecto, hay varios corderos, y también unas cuantas vacas, y hasta doscientas gallinas. Pero su presencia tiene que ver con la intendencia, no con el pasaje -puntualizó Cam, que estaba conduciendo al arca unas decenas de carros cargados con avena, arrastrados por sumisas parejas de bueyes castrados.

-¡Que salga Noé! -fue la demanda que cobró fuerza creciente entre los rechazados- ¡Que nos lo explique!

Noé observaba, con preocupación creciente, el cielo encapotado, pues temía que la maniobra de embarque se dilatara demasiado. Asomó por el puente de mando, sin dejar de consultar su cuaderno de notas. El tiempo apremiaba.

Empezaban a caer algunas gotas.

-Habrá más viajes -explicó-. Este es solo el primero de una serie. Es mi primer barco, los planos no eran míos, así que no garantizo la flotabilidad. Más que un premio, subir a este barco es una aventura. En todo caso, habrá lista de espera, por si algunos de los que están apuntados no aparecen a última hora.

La cotorra no se contentó, ni mucho menos, con la respuesta.

-¡Lo que faltaba! ¡Hay clases y clases, no ya entre los humanos, sino hasta entre los animales! -gritó- ¡Aquí hay privilegiados y el resto somos para ti, gandalla!

El jabalí, que tenía hambre y no veía claro el sentido de aquel viaje, y que, en realidad, no le apetecía lo más mínimo, aprovechó el momento para ofrecer su solución:

-Vale, nosotros nos quedamos en Palestina. Que ocupen nuestro sitio las cotorras, y no se hable más. Por otra parte, hemos visto que en el barco ha entrado ya una pareja de cerdos, y no querríamos mezclarnos con animales tan inmundos como rijosos. MI querida jabalina está en celo y no quiero problemas.

Fue así como la pareja de cotorras se introdujo en el arca, ocupando el sitio que correspondía a los jabalíes, en uno de los camarotes de segunda clase, donde ya estaban instaladas las liebres, las codornices y las musarañas.

Terminado por fin el embarque, empezó a llover y a llover, durante varios días, sin parar. El barco resistió, aunque fue necesario achicar agua un par de veces, por culpa de las termitas y las carcomas, que se volvieron muy voraces por el nerviosismo, y agujerearon el casco. Nada grave, por fortuna.

No resultó un viaje de placer, desde luego, y las vituallas estuvieron  a punto de agotarse, aunque, milagrosamente, las despensas se llenaban de víveres, y de lo más variado, por las noches. Los corderos sobrantes y las gallinas, sin embargo, desaparecieron, convertidos en sustento para la marinería.

Pero lo que marcó el curso de los acontecimientos fue que las cotorras, se reprodujeron frenéticamente durante la estadía, molestando a los de primera clase en su descanso. Devoraban los huevos de casi todas las demás aves menores, a las que hicieron el viaje no solo imposible sino inútil pues fueron muchas las que se vieron viudas. Las parejas de páridos, gorriones, mirlos, fringílidos, muchas especies de mariposas y casi todos los escarabajos, sufrieron graves pérdidas.

Llegaron a ser tantas las cotorras y tanta su habilidad para imitar los lenguajes de otros animales confundiéndolos en lo que querían y no querían, que donde quiera que aparecían se armaba un guirigay. Era una plaga aún peor que las de las langostas (los saltamontes, no las de cetárea). Noé, después de pedir asesoría, las maldijo, autorizando a Jafet a que les disparara, , utilizando la escopeta de perdigones que le había regalado por la Pascua anterior.

Y, por cierto no fueron palomas, sino cotorras, los primeros pájaros que se enviaron al exterior del arca para comprobar si había dejado de llover. Cuando Noé estuvo seguro, fue cuando soltó a la paloma.

FIN

 

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Cuento de primavera: El extraño caso del escritor desaparecido

6 abril, 2014 By amarias 1 comentario

Se sabía poco de el, tan poco que, si lo analizamos con serenidad, no se sabía casi nada. Hacía una vida normal, es decir, era posible cruzarse con el en las calles de la ciudad, suponemos que de camino hacia casa o volviendo de ella.

-No estoy seguro de en qué trabajaba; creo haber oído una vez que era funcionario, o algo así. -reconoció mi primer entrevistado, cuando me encomendaron el caso.

¿Estaba casado? Debió haberlo estado, porque una vecina recuerda -sin ofrecer total seguridad- que llevaba dos anillos, uno en el dedo anular y otro en el meñique de su mano derecha. Pero, aclara, en los últimos años, no se veía a su lado a ninguna mujer. La única del sexo femenino que entraba en su casa era la asistenta, dos o tres veces al mes.

-Es una señora muy mayor; limpia también la escalera y también hace horas para varios vecinos -me había indicado, cambiando su recelo inicial por extrema amabilidad, Da. Carmelina.

No tenía amigos, al menos, de esos con los que juegas la partida al dominó o a las cartas a la hora del café, vas al fútbol, al teatro o a la ópera de vez en cuando. Sin embargo, tenía muchos alumnos, que iban a su casa a recibir no se sabía bien qué lecciones.

-¿Alumnos? Primera noticia -se sorprendió la recepcionista del Bufete Portaroles, que ocupaba el primero y segundo pisos del edificio.

El vecino puerta con puerta sospecha, me reconoce en voz baja, que era homosexual. Porque le parece haber detectado -«¿por casualidad, eh? que yo no me dedico a fisgar tras la mirilla»- que un par de esos jóvenes que lo visitaban se quedaba hasta muy tarde. Demasiado tiempo, y ya caída la noche.

-Debió de ser atractivo en su juventud, aunque ahora, con la barba descuidada y la pérdida de pelo, más bien parecía un mendigo. Limpio, eso sí, pero calvo, como un pordiosero. -me dijo el quiosquero, en donde acostumbraba a comprar el billete de metro-bus, mezclando características físicas con deficiencias pecunarias.

Ninguno de quienes tan mal lo conocían, hubieran imaginado que era escritor, y que resultara el autor de algunas de las novelas de más éxito en estos tiempos. «Orangutanes y rapaces en Wall Street», «Amores metálicos bajo sospecha», «Pasión por ganar sin argumentos «… ¿Este tipo educado, que te saludaba con un Buenos días, buenas tardes o Adiós, como si te conociera de toda la vida, escritor? Hubiéramos creído más bien que era profesor jubilado de matemáticas, o física, una profesión de esas sin mucha chicha.

-Si me dijeran que daba clases de latín o griego, hasta lo hubiera creído. -nos reconoció el camarero de la cafetería situada en la misma acera, en la que, según recuerda (¿era un fulano de barba, dice usted, con un pelo negro y crespo?) , tomaba casi todos los días su café cortado con dos churros.

-Era una lata, porque la ración tiene tres churros, así que no sabíamos qué cobrarle. Bueno, en realidad, le cobraba la ración entera.

-¿Así que era profesor de retórica? ¿Y eso, qué es? -fue la pregunta de la joven que, cuando se enteró que había venido la televisión para realizar unas tomas de la casa, afirmó conocerlo y se ofreció para una entrevista como testigo capaz de contar pormenores.

En fin, que desde hace un par de días, ese escritor afamado, especialista en gramática y dialéctica, del que se conoce su seudónimo -Ejazid Nerpa-, pero no su nombre verdadero, figura como desaparecido.

-Me di cuenta que algo raro pasaba, porque no utilizaba las camisas que le planchaba, y se iban amontonando sobre la mesita de noche y, al final, se las dejaba sobre la cama -confesó la asistenta, que, como acabó reconociendo ella misma, hacía dos meses que no aparecía por la casa.

-Le escribí en una nota que no me interesaba, para lo poco que me pagaba -explicó.

Sus alumnos solo conocían su nombre, Ejazid, y afirman que no le pagaban, porque las clases eran gratuitas, aunque limitadas a una presencia de cuatro educandos por cada hora. Daba dos horas diarias de clase, incluso los sábados. A veces, se ofrecía para corregir los escritos de aquellos que consideraba más dotados para la literatura, que se quedaban una media hora más.

-Nos recomendaba que escribiéramos cuentos, porque los cuentos, si son cortos, tienen más posibilidades de ser leídos hasta el final.

En la editorial han respondido que los derechos de autor de Ejazid Nerpa habían sido cedidos, desde el principio, a la ONG Helping Sahel, a la que se enviaban regularmente remesas de dinero con las liquidaciones.

-Puede que haya habido algunos retrasos, pero involuntarios -explicó el director, que había temido una inspección fiscal, cuando le abordé el pasado jueves.

Al pasar a limpio mis notas, en el curso de la investigación, me di cuenta de pronto que Ejazid Nerpa es exactamente Aprendizaje, al revés. Pero soy incapaz de encontrar en ello alguna pista, ni el menor significado.

Hago la última llamada a quien puede darme información.

-¿Contrato de alquiler? No, no; ya sabe cómo son esas cosas. Me dejaba el importe del arrendamiento metido en un sobre bajo el felpudo. Puntual. Siempre el día tres de cada mes, por adelantado. Pero, no, no coincidíamos. ¿Para qué?

Era el arrendador del piso que habitaba el verdadero Nerpa, o como quiera que se llamara el desaparecido.

FIN

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Cuento de primavera: Asno encuentra gallina

5 abril, 2014 By amarias Deja un comentario

Cuando la gallina de los huevos de oro respondió a aquel anuncio -radiado por Maese Cuervo en la emisión matutina-,  que expresaba, de forma un tanto enigmática, » Asno con facultades especiales busca pareja para amistad o lo que resulte», no podía imaginar que la virtud de aquel asno era convertir en pepitas de oro el producto de su digestión.

La gallina que ponía huevos de oro había llevado, hasta entonces, una existencia miserable. Explotada por un granjero que, cuando descubrió su habilidad, la presionaba para obtener de ella el máximo de rentabilidad, no recibía la menor recompensa por su dedicación. Al contrario, mediante un artilugio, su ambicioso propietario había modificado la duración aparente de los días para el animal que, engañado por falsas albas y atardeceres, ponía el doble de huevos de lo que correspondería al ritmo natural.

La carta que le había hecho llegar el Mirlo del Boj, contenía una oferta irresistible del asno de los cagallones de oro, que vivía una existencia también muy desgraciada, a pocas cuadras de allí. Estaba redactada en un estilo que evidenciaba su espléndido nivel cultural: «Escapémonos de nuestros cochinos explotadores y, juntando nuestras habilidades, seguro que encontraremos un lugar en el que podamos vivir felices, a pesar de nuestra desigual apariencia externa».

La gallina de los huevos de oro y el asno de oro (permítaseme la abreviatura) consiguieron, milagrosamente, reunirse en una tarde inolvidable. El burro estaba comiendo la ración de cebada y trigo candeal que su avieso cuidador le proporcionaba, a la espera de la producción áurea, cuando advirtió que el ronzal estaba mal ajustado a la argolla, por lo que pudo escaparse.

Cuando llegó a la granja de la gallina que poseía la habilidad reseñada, se encontró con que la puerta del gallinero estaba cerrada, aunque tenía la llave puesta.

Ambas circunstancias eran debidas a que era la fiesta del Bocholé Primér, y todo el pueblo había bebido en demasía, invitados por los respectivos propietarios del asno y la gallina, quienes eran, por aquello de que el ojo del amo engorda el caballo, lo que más habían gustado de las delicias de aquel brebaje embriagador.

-¡Gallina! -gritó, pues no sabía el nombre del ave de corral-Voy a abrir la puerta del gallinero de una coz y así quedarás libre para viajar conmigo.

Dicho y hecho, el asno lanzó una terrible patada sobre el portón, y lo rompió en mil pedazos; la llave quedó, colgando, de uno de los maderos, aunque aún incrustada en la cerradura. La gallina quedó libre y, consciente de que era posible una gran aventura, se subió a lomos del asno, que, a todo el galopar de sus ágiles piernas, se lanzó a recorrer el mundo, seguros ambos de que no iba a faltarles nada.

-Pon uno de tus huevos -solicitó el asno, cuando creyeron estar suficientemente alejados del pueblo del que provenían- y lo cambiaremos en la plaza de este lugar por comida para ambos y un establo en el que pasar la noche.

-¿Por qué no haces tú de lo tuyo, si no te importa? -replicó la gallina, que había sacado adelante su ánimo contestatario.

-Desgraciadamente, mi habilidad no es, como la tuya, infalible. En realidad, solo una de cada trescientas veces alcanzo a producir oro de lo que como, aunque, eso sí, lo hago en tal caso de forma abundantísima -se justificó el asno.

-Vale por esta vez -dijo la gallina, en tono condescendiente-. Pero no esperes que yo ponga trescientos huevos, con el esfuerzo y dolor que me causa, para que tú, de una sola vez, y por conducto mucho más natural, cumplas tu parte.

El asno la miró con preocupación:

-¿Qué esperas, pues qué hagamos? Yo no puedo acelerar mi proceso ni aumentar mi ritmo, a diferencia de lo que en ti sucede. Y, por cierto, tampoco creo necesario que todos los días vayamos al mercado a vender tu huevo de oro, pues, si el precio que alcanza es el que me imagino, con un par de ellos al mes tendremos bastante, y el resto, lo guardaremos por si vienen tiempos peores.

Así fue que ambos animales con tan portentosas cualidades, se dirigieron al mercado, con el huevo de oro, que habían envuelto primorosamente con papel de celofán que encontraron abandonado en un estercolero junto al que pasaron.

Resultó que era Domingo de Pascua y un padrino que estaba buscando algo original para regalárselo, en tan señalado día, a su ahijada, se sintió muy interesado en conocer el precio de aquél huevo que brillaba de manera especial.

Fue entonces cuando cayeron en la cuenta de que no tenían idea de lo que podían pedir por un huevo de oro.

-Dános la voluntad -dijo el asno de los cagallones áureos.

Y el padrino, encantado, les dio la mano y se llevó el huevo envuelto en el celofán. La niña lo recibió ilusionada, pero, cuando vio que no era de chocolate ni de otra materia comestible, lo olvidó pronto y, a los pocos días, no encontrándole utilidad, su madre o su padre lo tiraron a la basura.

En cuanto al asno y la gallina, escarmentados con el fracaso de su primera operación comercial, cuenta la leyenda que aquella noche durmieron al raso, pero nunca más volverían a pedir la voluntad, sino que se orientaron por las cotizaciones de la Bolsa de Metales de Londres, que el asno -que tenía buena vista- se acostumbró a consultar en las páginas salmón con la que les envolvían las vitaminas de base hierro en la farmacia.

Y vivieron con bastante holgura, hasta que las autoridades monetarias cambiaron el patrón oro por papel moneda.

Gran decepción supuso para la gallina que, al preguntarle al asno por el destino de lo que tenían ahorrado, creyendo que, como habían convenido, habría invertido los sobrantes con cabeza,  se encontró con que el muy burro había guardado los huevos y cagallones amontonados bajo un olmo y, descubierto que había sido el lugar por una urraca, se los había birlado de allí, tomándolos por puros abalorios.

Presa de repentina frustración, el ave se quedó clueca de pronto, y, falta de razón, se empeñó en incubar su puesta de varios días, pero por mucho que calentó el oro, no obtuvo descendencia, al no estar los huevos fecundados.

De lo que le pasó al asno, se sabe que buscó consuelo en su desánimo dedicándose a rebuznar por las esquinas lo mal organizado que estaba el mundo, en tanto la capacidad de decisión permaneciese en manos de los humanos, lo que causaba gran hilaridad a cuantos le escuchaban. Por fin, un cómico que tenía un circo con elefantes, saltimbanquis y enanos, se lo llevó con él como animal de carga, acabando sus días bastante desquiciado.

FIN

 

 

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Cuento de primavera: Reproducción asistida

3 abril, 2014 By amarias Deja un comentario

«Cuando los recién llegados, utilizando su gigantesca  capacidad de asimilación, absorbieron toda la información disponible, en los circuitos de generación del conocimiento, quedó una sola interrogante sin respuesta:

-¿Por qué no se habían dado cuenta aquellos seres de que habían sido víctimas de unos mutantes que estaban acabando con ellos?

Quizá sea necesario para entender cabalmente lo que había pasado, retroceder algunas decenas de años atrás, midiendo el tiempo con los procedimientos que se habían implantado en el planeta al que los visitantes acababan de acceder.

En ese planeta, -al que numerosa documentación encontrada se refería, una vez descifrada, como Tierra-, se habían alcanzado muy altos niveles de desequilibrio, en realidad, en poco tiempo. La población de aquellos seres extraños -es decir: los humanos- había aumentado de manera exponencial, brutal, aproximándose a los 7.ooo millones, según constaba en estimaciones de sus elementales equipos de tratamiento de datos.

La presión que ejercían esos alienígenas sobre los recursos que su planeta era capaz de generar era tan alta, que varios de sus centros de análisis de coyuntura (terminología que los visitantes no habían conseguido interpretar aún) habían estimado que serían necesarios 3 espacios equivalentes a la Tierra para lograr el equilibrio entre producción y consumo.

Incluso, -y eso lo valoraron los extraterrestres como demostración de que algunos humanos tenían atisbos de inteligencia por la que podían predecir, si bien de manera básica, el futuro-, habían detectado que, si no se tomaban medidas drásticas para reducir y corregir la generación de gases que producían un efecto identificado como «fenómeno invernadero», su planeta se sobrecalentaría, dando lugar a desastrosas consecuencias para aquellos.

Pero lo más curioso, según deducían los circuitos de conocimiento de los visitantes, similares a billones de neuronas capaces de interconectarse en nanosegundos, era que una parte de la población de humanos había conseguido hacerse con los núcleos sustanciales de toma de decisiones, y eran ellos quienes lo habían conducido hacia el caos.

Esta hipótesis resultaba, confirmada por la observación empírica de que, en un momento de la evolución de la especie humana, se había producido una mutación terrible.

Sin que el cambio fuera genéticamente apreciable por los procedimientos -relativamente elementales, de los centros de investigación humanos- los poseedores de una determinada característica se había introducido en ciertas ramas genealógicas. Y gracias a ella, se habían constituido en la clase dominante, e inexorablemente, habían conseguido ocupar, en ritmo exponencial, todos los lugares relevantes, en donde se ejercían poderes desde los que se tomaban decisiones clave .

Esos lugares clave habían sido detectados e, incluso, en algunos casos, producidos artificialmente, por los mutantes: el control de los medios de producción de bienes, tanto los llamados de ocio como los de negocio; los centros de información y mensajes, a los que fueron dotando progresivamente de la capacidad para crear y difundir falsas noticias; la capacidad para controlar y hasta definir, lo que se debería identificar con los conceptos de felicidad, solidaridad y otras ideas relacionadas con la metafísica.

Nada había sido más importante, sin embargo, según detectaron los circuitos neuronales de los recién llegados, como la ausencia de deontología que suponía la existencia de esa mutación. La aplicación, sistemáticamente adulterada de los principios éticos (que se llegó a llamar en algunos lugares Justicia y en otros religión, dogma o doctrina), forzó el desplazamiento de las mayorías humanas, que quedaron sin protección, ya que, sin el gen mutado, seguían creyendo en que la ética era universal y su aplicación, inexcusable.

Como colofón, la representación de las mayorías, que se había conseguido incardinar a través de unas figuras complejas en las que se mezclaban conceptos como votaciones, democracia, partidos, sectas, mafias, programas y memorias de gestión, se acabó concentrando en los mutantes, que se encargaban sin problemas, -dada su ausencia de ética-, en la selección de los candidatos idóneos, que eran, invariablemente, quienes tenían el gen. Al parecer, paralelamente, marginaban pisoteaban, despreciaban o incluso mataban a cualquiera que no perteneciera a sus clanes, haciendo las sociedades que formaban cada vez más secreta, y sus reglas de control, más y más precisas.

Cuando los circuitos neuronales de los visitantes repitieron la secuencia lógica de lo que había pasado a los humanos, descubrieron la explicación más probables:

La técnica de selección y reproducción endogámica de los mutantes les había ido proporcionando, de generación en generación, posiciones cada vez mayores de dominio y control sobre los demás humanos. Incluso sus retoños no tenía dificultades en fingir, momentáneamente, ser defensores y seguidores de ideas de destrucción de los sectores controlados por los mutantes, pero, en la realidad, las robustecían, proporcionando valiosa información al clan sobre los secretos, las debilidades y las ideas de quienes no pertenecía a la familia, emponzoñando sus actuaciones con trabas burocráticas, despidos, embargos, negaciones de créditos y, en fin, confusión, corrupción y miseria.

Es a este procedimiento de reproducción con el objetivo de controlarlo todo, al que los alienígenas llamaron reproducción asistida. y fue el éxito de esta situación la que llevó a la humanidad a su desastre: los mutantes, que apenas suponían el 1% de la población humana mundial, ejercían un dominio absoluto, disfrutando, como casta superior que se consideraban, del trabajo del 99% restante, al que explotaban a su gusto.

Pero no se dieron cuenta que esa concentración de satisfacción, obtenida con base en la explotación sin límites de los recursos del planeta Tierra y el desprecio a las necesidades de una inmensa mayoría, acabaría provocando el desastre fina, su exterminio como especie.»

Noé Forterius se despertó, sudando. Creyó que se había quedado dormido a la sombra de un árbol. La claridad de la tarde era cegadora.

-¡Menuda pesadilla que acabo de tener! -dijo, en voz alta- ¡Terrible! ¡Qué tranquilidad pensar que todo fue un sueño!.

Un ser de extraña apariencia asomó en su campo visual, y entendió lo que trasmitía sin palabras.

-No, Noé Forterius, te equivocas. No tuviste un sueño. La narración que acabas de escuchar es real. Tú eres el único superviviente de tu especie en la Tierra.

Noé sintió un escalofrío. Miró alrededor, y no vio más que desolación, silencio y muerte, y se echó a llorar como un niño. En la confusión interior que sintió, no estuvo seguro de haber entendido el mensaje del alienígena, que reflejaba una curiosidad precursora de quién sabe qué consecuencias.

-Estamos comprobando si tienes el gen mutante.

FIN

 

 

 

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Cuento de primavera: The discouraging Behaviours

2 abril, 2014 By amarias Deja un comentario

Como en los Certámenes oficiales en los que se exponen los cuadros admitidos a la exposición, y los rechazados o contestatarios, organizan una exhibición alternativa en los aledaños, la importante concentración de optimistas que convocó la capital de Valgamediós en su Convocatoria anual bajo el título The Encouraging Behaviors (Los comportamientos estimulantes) contó con una réplica.

En un tendejón improvisado, situado a pocos metros del Centro de Convenciones en donde se celebraba el Congreso organizado por la Administración de Valgamediós,  en el que fueron ponentes -además de tres ministros relacionados con la Promoción de Actividades Lucrativas, destacados emprendedores y responsables de organismos públicos y privados, tenia lugar el encuentro The Discouraging Behaviours, en la que exponían sus experiencias, oscuros fracasados del país  y algunos ivitados foráneos. (1)

Como la reunión oficial ha contado con divulgación suficiente, creemos conveniente en este medio (que, por supuesto, no goza de ninguna subvención), recoger lo fundamental de la charla de uno de los intervinientes en The Discouraging Behaviours, Demorte Convetiel, Ingeniero en Mecánica de Confluidos y con un quasi Master obtenido en el IET, que tuvo que abandonar al perder la beca. Su título fue: «El ADN de los emprendedores fracasados».

Expuso Convetiel los hallazgos de la Universidad Alternativa Popular, ubicada en Calcedonia, en donde es actualmente profesor en la cátedra La Globalización como Alibi, acerca de las características que, según parece, deben reunir los emprendedores para perder su dinero en un mundo global, comparado con las de los que han tenido éxito notorio.

Para el profesor Convetiel, es fundamental para fracasar en una empresa tener un importante bagaje intelectual. El ADN de los que pierden todo su dinero, coincide en haber asimilado a la perfección lo que se les ha enseñado en las Escuelas de Negocio y Universidades oficiales, y pretender ponerlo en práctica en Valgamediós. Las verdaderas oportunidades surgen fuera del mundo académico.

En segundo lugar, opina Conventiel (con base en su trabajo de campo) que, si para tener éxito hay que tener una ética lasa y amigos influyentes, para carecer de él, hay que estar convencido del valor deontológico y confiar en que quienes están necesitados como tú podrán ayudarte en el negocio. La experiencia viene a demostrar lo pernicioso de este tipo de ADN, pues las personas que emplees haciéndoles un favor, harán lo posible por hundirlo, sin que se conozca, hasta el momento, las concretas razones.

Un aspecto igualmente interesante del estudio de la Cátedra de la Globalización como Alibi es la conclusión de que los términos Responsabilidad Social Corporativa, Respeto Medioambiental y Ayuda al Desarrollo, no figuran en el ADN de los emprendedores de éxito y sí, en cambio, de los fracasados convulsivos (término que pretende recoger la idea de que los ilusos no suelen contentarse con un único fracaso).

La conferencia de Conventiel no pudo difundirse en las redes sociales, porque su hashtag #worstexperiencesinbusiness fue boicoteado por un hacker desconocido, que sustituyó la emisión prevista por Canciones Populares, como Soy feliz porque el mundo me ha hecho así, Creo en el más allá, y Tómate las cosas como vienen.

FIN

—

(1) Desconocemos la razón por la que el título del Congreso -digamos, oficial- figuraba en inglés americano, en tanto que el Congreso alternativo se convocaba en inglés universal (N.B. Behavior vs. behaviour, véase Diccionarios ad hoc)

 

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Cuento de primavera: Baile de máscaras

31 marzo, 2014 By amarias Deja un comentario

No habían coincidido hasta entonces, pero la casualidad los reunió en aquella mesa. Eran, más o menos, de la misma edad, ya avanzada la cincuentena. Gumersindo Centeno, bigote y barba algo descuidados, traje brillante por el uso, una corbata a cuadros demasiado ancha para lo que ahora se estila, parecía fuera de sitio.

Petronilo Maldotado, cabello ya entrecano dominado por un toque preciso de brillantina, terno caro de mezclilla, corbata firmada por la casa Carmani, también.

Su proximidad física en la mesa 16, junto a otros invitados a un desayuno al que asistía el Presidente del País de Maravalla, Dr. Corcovondo Inflado de los Ijares, que tenía lugar en el prestigioso Hotel Palace de la Putain, era producto, en efecto, del azar. Maldotado había llegado tarde a la convocatoria, cuando el conferenciante ya había empezado a hablar y se encontró con que no tenía sitio en la mesa que le habían designado previamente.

-Me temo, Sr. Maldotado, que las demás autoridades, creyendo que no vendría, han movido algo sus asientos, para estar más cómodos y no queda sitio en su mesa -le explicó la azafata, una atractiva joven de casi metro ochenta, que le sacaba la cabeza y a la que siguió, con la mirada fija en sus rotundas posaderas.

-La culpa la tuvo mi chófer. Creyó que el desayuno era, como otras veces, en el Hotel Pritz, y, cuando me dí cuenta, habíamos perdido un tiempo precioso -dijo Petronilo, aceptando que se le ubicara en la mesa 16, en un sitio de espaldas al estrado y con vistas a una columna.

Maldotado, empresario de éxito, estaba destinado a ocupar la mesa 2, el lugar preferente, justo enfrente del conferenciante, el Presidente del Círculo de Empresarios, y con la oportunidad de compartir espacio y mantel con el Presidente del País, los Ministros de Industria y Finanzas, y la Secretaria General de Inversiones Inespecíficas (amante del segundo), además de con el Rector Magnificiente de la Universidad de Maravalla capital, el cardenal Primario, el director del periódico de mayor difusión (La Gaceta Pertinente) y el Jefe Superior de la Policía Para-Científica.

Centeno, por su parte, estaba en ese desayuno por necesidad. Llevaba varios meses en paro, tenía hambre, y se le había ocurrido apuntarse a aquel acto, inventándose una ocupación que no tenía: Director ejecutivo del Club de Defensores Ambientados.

Maldotado, mientras un camarero le servía un té con hierbabuena, entregó a los dos inmediatos vecinos que tenía en la mesa 16, una tarjeta en la que figuraba su nombre impreso en huecograbado y el logo de su grupo, diseñado por Jacinto Maroscal. La vecina de la derecha, sacó del bolso un cartoncito que la acreditaba como ayudante del ayudante de la Secretaria de Inversiones Inespecíficas. Petronilo se disculpó, murmurando en voz ininteligible que se había olvidado las identidades en casa.

Había devorado casi todos los canapés de la mesa y lo que estaba escuchando en aquel acto no le interesaba, pero era quizás el único que había cumplido aquel día su objetivo.

FIN

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Cuento de primavera: Discusión en las alturas

30 marzo, 2014 By amarias Deja un comentario

Hubo un tiempo en que el Olimpo estaba densamente poblado. A estas alturas, no se trata de buscar culpables, aunque, como en todas las cosas, incluso las de los dioses, la situación tenía varios responsables.

El principal, desde luego, era el propio Zeus, que había explotado su capacidad de seducción hasta límites que resultaban inimaginables, protagonizando actos que, si no fuera por su potestad y que, a la postre, era él quien confeccionaba los códigos de conducta y juzgaba las trasgresiones, merecerían las más duras calificaciones éticas y penales.

En un crimen pasional sin precedentes celestiales, había devorado a Metis, que estaba encinta de Atenea, que nació, por eso, dentro del estómago de su padre, y a la que la pobre niña no sabía si llamar papá o mamá; se casó luego con Temis, con la que tuvo las doce Horas, tal para cual; conquistó a Eurínome, que parió las tres Gracias, a cual más hermosa, pero no por ello libres del gen licencioso…Siguieron otras víctimas en su haber rijoso, las pobres Leto y Mnemosina, que, siendo fértiles y sin que les fuera permitido abortar ni utilizar anticonceptivos, le hicieron también padre; la segunda, de las nueve Musas, y la primera, de Apolo y Artemisa.

Sin complejos, Zeus no encontró tabúes para aparearse incluso con su propia hermana, Deméter, y de aquel incesto nació Perséfone. Próximo ya a sus últimos días, vivía con Hera, aunque la hipotética decadencia senil no le impidió, seguramente con estimulación artificial, seducir a Alcmene y engendrar con ella a Hércules, fuerte como Sansón y bastante bien mandado para los recados.

Si a tantos devaneos del primer causante, se suman los de hijos y nietos, derivados de su propia fogosidad, y habida cuenta que todos ellos heredaron la misma afición a gozar de los placeres tanto de carnes como de espíritus, apareándose los de arriba, perdidos los remilgos, tanto entre sí como con los que moraban más abajo, resulta obvio que en el Panteón faltaba sitio, entre hijos legítimos, naturales, adoptados, putativos y adjudicados.

La explosión demográfica de tantos seres, todas con sus bocas que alimentar, con sus moradas propias, con gineceos, vírgenes, y mancebos que sustentar, deseos que satisfacer, objetivos por cumplir, fue tan terrible, que se planteaban de continuo disputas entre ellos, los que, dadas las alcurnias, no se limitaban a un quítame allá esas pajas o nos vamos de veraneo al campo o a la playa. Deseosos de gloria y trascendencia, obsesionados por acumular cuantas más hazañas y méritos, pugnaban por interceder incluso en los menores asuntos de los terrenales súbditos y adoradores, que eran, como es natural, los más necesitados.

La búsqueda de glorias en la Gloria era frenética y el hedor de la concentración de residuos mágicos, insoportable para narices elegidas.

Así fue que tanto griegos como advenedizos, devotos como escépticos, tirios como troyanos,  aqueos junto a dorios, ilustrados lo mismo que paganos, disfrutaban de un bienestar que no les correspondía, pues con solo apelar al auxilio de cualquier divinidad, ya al comienzo mismo de sus rezos y plegarias, aparecían, diligentes, decenas de endiosados, fueran o no convocados por el demandante, a hacer como que solucionaban el problema.

No consta en qué momento exacto, ni por quién en concreto, se suscitó la urgente necesidad de repartir entre los dioses, demiurgos y hasta los seres menos divinizados del atiborrado escalafón celestial, las peticiones de intercesión de los humanos, que, para mayor presión, iban siendo cada vez menos, ya que éstos incorporaban a su acervo cultural, y lo hacían de forma exponencial,  nuevas tecnologías, escepticismos y más dudas. Así que las demandas de auxilio que llegaban a lo alto, eran claramente insuficientes para tener ocupados a todos los habitantes del Olimpo, causándoles una frustración incontinente, y constantes peleas por este devoto es mío, yo lo ví primero.

-Hay que poner orden en el caos, que perjudica a nuestro prestigio, y nos provoca tantos desasosiegos y rencillas. No voy a culpar a nadie, pero pienso que la culpa es de las deidades femeninas y, en general, de todas las hembras procreadoras, Con tanto parir a cada rato nuevos dioses y héroes, somos hoy por hoy demasiados los que tenemos o creemos tener poderes y, en paralelo, cada vez son más escasas, atrabiliarias y raras, las peticiones que nos llegan desde abajo. -expresó Hércules, que tenía gran facilidad de palabra, como todos los atletas-. ¿Qué decir a los que nos piden que hagamos porque gane su campeón local en unas justas, ya sea cojo de solemnidad o borracho empedernido? ¿Cómo habría de juzgarse la incalificable ligereza de los que conceden a un devoto, con solo ver que les han encendido un par de velas u ofrecido el sacrificio de alguna oveja enferma que la hizo incomestible, tener la suerte de verse sanado desde un forúnculo en el ano, a conseguir un puesto en el Gobierno de su polis?

No quedaba ahí, para Hércules, la cosa:

-Nos atropellamos para ejecutar cualquier trabajo, y hay dioses de primera fila que incluso asumen labores que corresponderían claramente a otros de calidades inferiores, y lo hacen solo por mantenerse ocupados, para no aburrirse. Nos quitamos trabajo unos a otros. A nosotros mismos, los héroes, se nos encomiendan nimiedades por las que no merece la pena ni agacharse. Tomo mi propio ejemplo, sin que esto signifique crítica ante tamaña aberración: ¿qué sentido tiene que yo tenga que encargarme de robar manzanas del jardín de las Hespérides? ¿No sería labor más propia de un centauro?

Zeus, que empezaba a sufrir ataques de Alzheimer (que, como se sabe, no era héroe ni personaje de esa constelación, pues aún no había nacido), pidió consejo a Hera, que, sentada en su regazo, se estaba haciendo la manicura con unas tijeras de podar flores del maná, abundantes en la época (aproximadamente año 4.000 previo a nuestra era cristiana):

-Tiene  razón el muchacho -habló Hera, la taimada deidad, que había sido elevada recientemente a la categoría de reina del Olimpo por el vetusto Zeus,  y que se consideraba, gracias a sus afeites y conjuros,  más bella incluso que Afrodita, a la que algunas versiones modernas se refieren como Blanca Nieves, por utilizar un dentífrico de marca-. La idea es buena. Habría que matar a todas las hembras en edad de parir, empezando por Alcmene y Afrodita. Eso solucionará el núcleo del problema, y aquí paz y después, gloria.

Pero, como siempre que se organizaba un intercambio de pareceres, y estando minada la autoridad del que antes había dirigido, surgieron muchas otras opiniones, abierta la caja de Pandora:

-Oye, Zeus, el Olimpo está en lucha. Reconoce que tu tiempo ha llegado al final, a salvo de lo que Cronos opine, que en este concreto asunto tiene más autoridad -dijo Plutón, surgiendo, tridente en mano, de las cavernas profundas de las pelágicas aguas-.  Manda al destierro o al infierno a los héroes. Cede poder a los que tenemos más futuro. Confíame sin tapujos a los dioses menores, que los confinaré en un Panteón especial en los avernos, a donde no se pueda llegar sino en barca de remos y allí los retendré hasta que se mueran por aburrimiento e inacción.

-Querrás decir, colega, de inanición, aunque algunos dioses, ya sabes, son de poco comer -le puntualizó Dédalo, que era muy quisquilloso, lo que no le impedía ser prolijo en sus argumentos. Pero antes de que iniciara sus laberínticos razonamientos, se oyó una voz muy  femenina, aunque tonante.

-¿Qué insensatez es ésa? Pongamos a cada cual en su sitio, como siempre debió ser. Que los centauros retornen a su naturaleza animal, que nunca debieron abandonar. Que los dioses menores se encarguen del servicio celestial, que está muy descuidado, y que se contenten con nuestra contemplación. Y que los héroes vayan a la Tierra, como simples humanos, desprovistos de toda capacidad,  y que se apañen con lo que yo les dé.-dijo Gea, que aprovechó un tic convulsivo que le producía hablar en público para tirarle los tejos a Urano, aunque de momento éste no le hacía puñetero caso.

El debate se prolongaba, por lo que Cronos se adelantó unos pasos, y sentenció de esta manera:

-Por alusiones de Plutón, pero también porque me da la real gana. Yo tengo la clave de todo y, en resumidas cuentas, de lo que discutimos, es ésta: que cada poco tiempo, se retrasen los relojes de los humanos, volviéndolas a un punto anterior. Así, se encontrarán haciendo, sin saberlo, una y otra vez lo mismo. Sísifo se encargará, y lo hará de buen grado, ya que tiene experiencia, de repartirles los inútiles trabajos, de manera que nada den jamás por terminado. Que haya guerras, corrupción, nepotismo, acumulación de despropósitos, mercados…

-Calla, calla…Me gusta esa idea -dijo la Poesía-. Que haya incluso compasión, inocencia y que Amor los visite de vez en cuando. Pero, ¿qué pasará con nosotros, los de arriba?

-No tenemos por qué preocuparnos -replicó Cronos, que se había dado cuenta de que a Zeus le había vencido el sueño, y roncaba profundamente-. Yo me ocuparé de sacar del Olimpo a todos los dioses. Os guiaré a un sitio recogido que conozco, en el que nada tendréis que hacer en adelante, más que ocuparos de vosotros mismos.

Todos estuvieron de acuerdo, por aclamación, aunque, por un momento, la Música pidió el voto a mano alzada.

Y de inmediato, Cronos, cumpliendo su palabra, los condujo a todos al Olvido, de donde no volvieron.

En cuanto a los humanos, la leyenda dice que algunos consiguen escaparse del control de Sísifo y se resguardan en el oasis de Fantasía, cuyos propietarios son Eros y Tanatos (Amor y Muerte).

FIN

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Cuento de primavera: El integrado

29 marzo, 2014 By amarias Deja un comentario

No era muy negro, pero era negro; tampoco podría decirse que fuera excesivamente alto, pero era más alto que la mayoría. Tenía algunas ventajas, aunque eran mucho mayores las desventajas respecto al resto de la población con la que tenía que competir. Era bastante más joven que la media, estaba acostumbrado a soportar cientos horas de calor y de sed y no eran pocas las veces que se había tenido que acostar sin haber probado bocado.

¿Competir, he escrito competir? Esa no es la palabra que expresaría su actitud. Qué va. Sin conocer una sola palabra del idioma de aquellos otros con los que se cruzaba, después de tres días rebuscando entre sus desperdicios, temeroso de que, mientras separaba de las bolsas de basura algo comestible o una prenda de abrigo que fuera algo mejor que la harapienta que llevaba, alguno de esos perros que le ladraban desde detrás de las verjas y muros descubriera en ellos una rendija y se lanzara contra él, lo único que deseaba era poder encontrarse con alguien que le tratara de forma amistosa. Que le entendiera, al menos.

-¿Qué haces, tú? ¿Por qué rompes las bolsas? -le preguntó alguien que surgió de las sombras de la noche. Llevaba una linterna.

Se escabulló como lo haría cualquier animal. Por suerte, había encontrado en sus pesquisas entre los residuos, dos  naranjas solo ligeramente enmohecidas por un lado, de cuyo zumo disfrutó por unos instantes. Tuvo sensación de felicidad.

Aquella noche durmió también a la intemperie, sobre un banco del parque, protegido del ligero relente por unos cartones. Soñó que estaba en el Paraíso.

Le despertó un zarandeo.

-No se puede estar aquí.

No entendió.

-Está prohibido dormir en la calle.

No entendió nada. Se incorporó, dejó a un lado el material que le había servido de somera manta, y huyó.

Estaba empezando un nuevo día, y la mañana se ofrecía como un sendero de promesas. Caminó entre olores a café recién hecho, a bollos calientes. Sorteó autos que conducían gentes que iban, con prisa, hacia ninguna parte. Vio mujeres hermosas, blancas y, seguramente, de piel suave y de olor a flores de lavanda. Algunos de los que se cruzaban con él le miraban con curiosidad; la mayoría, no le veían o le ignoraban.

No tenía ninguna dirección a dónde ir, carecía de móvil -se lo había robado en el Centro de Inmigración en donde estuvo retenido seis días- y, falto de toda información, ni siquiera sabía dónde estaba. Cuando levantó la mano para recoger el billete de autobús que le ofrecieron para ir a un lugar del que nunca había oído hablar, no tenía la menor idea de si en él se encontraría con otros como él, ni de qué iba a vivir, o porqué tendría que luchar o contra quién.

Lo que no le impedía, al contrario, desde hacía un par de semanas, disfrutar de la sensación de libertad. Además, estaba seguro de encontrarse en racha de suerte. Apretó el amuleto que llevaba al cuello, colgando de una cuerda mugrosa.

Tuvo esa suerte. A la puerta de una tienda de ultramarinos, impávido como un cazador de impalas al acecho, se encontró con un semejante. Era Tamuk, su vecino. su compañero de juegos infantiles. Ahora Tamuk estaba jugando a otra cosa, a un juego de adultos, sonriendo a cuantos entraban y salían del local -le pareció que decía algo así como «Hola»-, y recogiendo de cuando en cuando algunas monedas, a cuyo gesto correspondía con otra palabra, «Gracias».

-¡Tamuk! -gritó de alegría.

El otro le miró. La sonrisa se le heló en los labios.

-No te acerques, Hamel. No es bueno que nos vean juntos. -le advirtió el interpelado, sin responder al cálido abrazo de saludo.

-¿Por qué? ¿Qué pasa? -se extrañó Hamel, que no podía disimular la alegría de verse, por fin, con un amigo.

-¿No te das cuenta? Yo ya estoy integrado -explicó Tamuk.

Hamel se hubiera quedado convertido en estatua pétrea, pero, cuando hacía ademán de marcharse con viento fresco, oyó que su amigo le decía en voz baja, en el dialecto swahili que compartían:

-Hay un barracón abandonado junto al cementerio. Allí nos reunimos todos los días para cenar, contarnos las aventuras del día y dormir. Ya somos cinco, y, por suerte, estamos todos integrados. Serás bien venido.

Esa noche se enteró, en una conversación de máxima cordialidad, mientras saboreaba las sardinas de una lata que le había ofrecido un negro tan negro como él, que la clave para integrarse estaba en dos palabras: «Hola» y «Gracias». Y había, por fortuna, aún un par de sitios en donde sacarles rentabilidad.

FIN

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Cuento de primavera: La oportunidad

28 marzo, 2014 By amarias 1 comentario

Como todas mañanas, hiciera frío o calor, fuera el tiempo ventoso o lloviera a cántaros, nevara o tronara, montó su caballete, mezcló en la paleta las combinaciones de colores salidos de los retorcidos tubos al óleo que atiborraban su maletín de madera de fresno, manchado por los residuos de múltiples jornadas, y se puso a pintar.

Hacía tiempo que había dejado de pintar lo que veía, para expresar otra cosa: su deseo de intervenir sobre el paisaje, modificar en el lienzo la apariencia de aquella naturaleza, mintiéndola -pero también, recreándola-. Su ideal sería que aquel conjunto de árboles, rocas, praderas, con caminos de tierra, iglesias y casuchas, desapareciera y solo quedara constancia, para un hipotético visitante de otro planeta, de lo que él había reconstruido, vertiendo sobre el lienzo su propia creación.

Porque allí, sobre pedazos de tela, en las urdimbres apelmazadas por el engrudo, había construido, día tras día, año tras año, miles de elucubraciones que sustituían, dándole otras dimensiones, el mundo que tenía ante sus ojos.

Lo vemos ahí, saliendo del umbral de lo que parece su casa, con los pantalones sucios y arrugados, y los zapatos convertidos en parte del polvo de los caminos que, tenaz y aplicadamente, siguiendo el mandato de su dueño, recorrieron -a diario -en realidad, siempre el mismo camino, que no conducía a ninguna parte, porque acababa siempre en un recodo que jamás había traspasado.  Hay un bastón apoyado en la pared, y una libreta cerrada, seguramente con más apuntes, sobre uno de los escalones.

Ese hombre, ya vencido por el tiempo, consciente de le que quedan pocos años de repetirse a sí mismo en la búsqueda de su propio paisaje, sonríe.

Acaba de atisbar su oportunidad. No es distinta de la de ayer y puede que no sea diferente de la de mañana. Pero la va a utilizar, como siempre, introduciendo en las líneas de ese paisaje que volcará sobre el lienzo, desmintiéndolo, sus ideas respecto a lo que, si hubiera sido Dios, habría sido su creación.

Cientos de visitantes pasan hoy, en el hoy del ahora, por el museo en donde se cobra una entrada por la oportunidad de ser testigos de su esfuerzo. Comentan, insensibles, pisoteando entre los vestigios de la destrucción de la serenidad de su autor. Una locura que ha dejado múltiples huellas, una introspección convertida en ariete contra la creación de Otro, superior, ajeno, magnífico.

La guía, sin que parezca percatarse de que camina entre cadáveres, de que se dirige a fantasmas, propaga un mensaje ininteligible que resbala sin piedad entre cerebros que están pensando en otras cosas:

-Aquí podemos observar como Cezánne entremezcla árboles, cielo, estanques y figuras humanas, haciéndolas participar de un mismo espacio, sin preocuparse por delimitar las zonas que corresponderían al aire, a la tierra, al agua o a los propios bañistas, de manera que todos parecen formar una unidad, integrados en una única naturaleza…

Uno de los oyentes, enarbolando su entrada, a la que no quiere abandonar, con los auriculares bien ajustados a las sienes, se cree de pronto iluminado para preguntar en voz demasiado alta:

-¿Por qué la mayor parte de estos cuadros no están acabados? ¿Se sabe por qué  este pintor no se tomaba la molestia de rematar lo que estaba haciendo?

Al salir a la calle, estaba, como siempre, la realidad externa, tan apetecible para quienes no tienen preocupaciones que ocultar. Recuerdo que el 22 de octubre de 1906, después de haber estado pintando bajo un aguacero, Paul moría de neumonía. Fue su última oportunidad de destruir un paisaje para crear el suyo.

FIN

–

FIN

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Cuento de primavera: El bello y la bestia

27 marzo, 2014 By amarias 1 comentario

Había una vez, en un lejano país, -alejado de cualquiera de las fronteras conocidas-, una joven virtuosa que vivía preparándose para el día de mañana, que, como es sabido, se corresponde más o menos con el momento de la vida de cada persona en el que la sociedad te reconoce como adulto y te ofrece la posibilidad de trabajar con una remuneración que te permita vivir con la dignidad propia de los cuentos de hadas.

Esta joven tenía un padre ya bastante anciano, que se había quedado viudo cuando era niña de pocos años, y, consciente del poco tiempo que tenía libre para dedicárselo a su querida hija, había confiado su educación a una vecina que, por cochina casualidad, era una bruja piruja de lo más retorcido.

Cuando la hechicera comprendió que sus enseñanzas -consistentes en la confección de infectos brebajes y malévolos conjuros- no eran asimilados por la adolescente, montó en su escoba al mismo tiempo que en una cólera terrible, y convirtió al padre en un adefesio (un jarrón de imitación de porcelana china, con forma más bien de vaso de noche) y a la joven en una loba de tamaño descomunal, a la que obligó a vagar por el bosque, y, dada su nueva naturaleza, se vio constreñida a alimentarse de los animales que pudiera cazar.

Por fortuna, los maleficios brujeriles tienen sus limitaciones y la condición que iba implícita en éste, en concreto, fue que, la joven-loba se mantendría indefinidamente como tal si antes de los veintiún años no encontraba a alguien que la amase en su propia condición de bestia maléfica. Cuestión de solución realmente muy complicada, ya que en aquella comarca todos consideraban a los lobos seres abominables, condenados a la extinción, pues diezmaban los rebaños de ovejas, mataban sin piedad a las gallinas e, incluso, atacaban a los seres humanos cuando se encontraban a solas con ellos en un descampado y los hallaban desarmados.

Cuando en la comarca fue conocido que, además de las manadas lobunas habituales (que habían sido monitorizadas con microchips instalados en sus orejas), se había asentado una loba de magnitud descomunal a la que, por la sola razón de su tamaño, habría de inferirse ostentaría una inusual capacidad devoradora, organizaron de inmediato una batida, con el propósito concreto de matarla y disecar su piel para hacerla alfombra. Todo ello, contando con la licencia correspondiente.

El falso jarrón chino había sido, entre tanto, recogido por un buhonero, que lo había descubierto husmeando entre los enseres de la destartalada casa, vencida por el abandono, en que se había convertido la otrora apacible vivienda del anciano padre. Estaba puesto a la venta en la plaza del pueblo, junto con otros inútiles cachivaches de variada procedencia, y, no habiendo perdido su capacidad de escuchar, allí mismo se enteró de lo que pretendían sus antiguos paisanos.

Lleno de dolor, sintió el deseo de estallar en lágrimas, aunque solo consiguió que se abrieran unas cuantas grietas en el recubrimiento porcelanoso, lo que lo afeó aún más. Su aspecto llegó a ser tan deplorable, que cuando un joven le preguntó al mercachifle por el precio, ya que tenía intención de ofrecérselo a su sufrida madre como regalo de cumpleaños, éste se lo regaló.

-Quítamelo de la vista y con esto ya te estaré agradecido, -dijo el buhonero-. Su presencia disminuye el valor del resto de mi mercancía, porque todos me preguntan si no lo extraje de un yacimiento etrusco, pues exuda a veces limo por las grietas.

Cuando los cazadores de la comarca se alistaron para formar el grupo que tenía el objetivo de dar fin a la gran loba, el citado joven, que resplandecía por su belleza y bondad  entre los demás,- ya que no había sido atacado por la viruela y había leído la Historia de San Pascual Bailón y Santa Nicasia del Palomar,  y se las había creído, decidió incorporarse al mismo, con la intención de boicotear la caza.

No tenía, en realidad, ese deseo anticinegético nada que ver con su bondad, sino que provenía del hecho constatable de que estudiaba etiología y pertenecía a un colectivo harto estrambótico, ya que se presentaba como empecinado en la defensa de la fauna salvaje que aún subsistía por aquella época. Incluso se jactaba en su currículum de haber participado con su opinión en ciertos foros, tomando ideas prestadas de insignes naturalistas, expresando que los lobos no eran dañinos por su naturaleza, sino inocentes contribuyentes al equilibrio ecológico, y que, además, podían servir de un atractivo turístico, siendo mayores los beneficios que podrían derivarse de su conservación que los producidos por su exterminio.

-Haré mucho ruido para espantar a los lobos y conseguiré que se vayan o escondan. En particular, me gustaría que esa loba gigantesca pudiera escapar con vida, tener hijos y que sean todos de gran tamaño.

Así había escrito en un diario que mantenía abierto, y en el que cada día escribía una impresión, un hauki  o una poesía en rima asonante.

Quiso su suerte que el día de la batida, mientras los demás se afanaban en cubrir las muchas hectáreas de bosque tratando de avistar a la dañina fiera, el meritado joven, que estaba muy bien dotado (para las luengas caminatas), tomó un hatajo para llegar a donde suponía, por la espesura imperante y dado su conocimiento de las costumbres de los salvajes cánidos, que podría ocultarse la bestia.

Grande fue su sorpresa cuando, habiendo llegado a ese punto, desde el que se oían a lo lejos los ladridos de los perros y el trajinar entre los matos de las armadas huestes, se topó en efecto con la loba, que estaba lamiéndose la pata derecha, despreocupadamente. Al mirar aquella escena, contrastada al trasluz por los rayos solares del espléndido amanecer, quedó deslumbrado por el halo que circundaba el pelirrojo pelaje del gigantesco animal, resplandeciente en sus hermosas guedejas, y se sintió algo traspuesto. Le pareció que, en su interior, se despertaba un desconocido ardor, que no era de lástima o compasión, sino cercano al amor, aún sin poder precisar si era tensión natural o licenciosa inclinación.

Más fuerte fue, sin embargo, la impresión, cuando le pareció escuchar que la loba se quejaba de esta manera:

-Pobre de mí, sujeta a los avatares de una naturaleza que me es impropia, destinada a vagar por estos umbríos bosques, a alimentarme de sangre y de carroña, en lugar de vivir apaciblemente con los míos y, además, sin poder ejercer las artes para las que me inclinación me guiaría en mi provecho y el de otros semejantes bípedos.

Esta quejumbrosa reflexión avivó la curiosidad del hermoso joven que, creyendo estar en presencia de un ser angélico -si bien convertido en una apariencia monstruosa, por quién sabe qué oscuras razones de esos seres que actúan sobre la voluntad y desvaríos de los humanos-, se acercó aún más a la loba, perdido el miedo, para preguntarle:

-Dime, oh hermoso animal que estás entre los más dotados de tu naturaleza lobuna. ¿Qué pensamientos sombríos son ésos? ¿No estás contento, infiero, de ser lobo?¿Te rebelas contra tu naturaleza, siendo ésta esplendorosa, según veo?

A lo que, por no haber perdido la capacidad del habla de los humanos, contestó la loba:

-No soy lobo, sino loba. Esto, para empezar. Y, además, para mayor precisión, te diré que fui no hace muchos años, Merceditas, la hija de Pedro Ligares, el porquero.

-¿Cómo has llegado a esta condición, criatura? -le espetó el hermoso doncel, mirando a todos los lados, porque temía ser objeto de una broma de mal gusto. Merceditas era, según creía, una moza que había dejado el pueblo para dedicarse a ser chica de alterne en un lupanar de centro Europa.

-He sido encantada por una bruja, malvada vecina que me condenó a esta desventura por no hacer caso de sus torcidas propuestas, consistentes en preparar brebajes con los que engatusar a los jóvenes para que cayeran rendidos en los brazos de mujeres sin corazón, o potajes con los que convencer a los humildes de que los poderosos están haciendo las cosas por su bien, o … -continuó la bestia, abriendo unas terribles fauces con las que pretendía modular mejor las palabras, y en la que ya faltaba un incisivo.

-Calla, calla, por Dios -le atajó el bello muchacho, sin darse respiro -No sigas, que el ánimo se me encoje. Te conozco, Merceditas, aunque bajo ese pelaje jamás te hubiera reconocido. Lo que cuentas es abominable. ¿Dónde está tu padre, que no te ha defendido de ese maleficio?

-La malvada bruja lo ha convertido en un jarrón chino y, además, falso -fue la terrible respuesta que oyó el bello de la bestia.

Y el joven comprendió que aquel jarrón no era si no el que tenía su madre sobre la mesa de la cocina, sosteniendo un ramo de flores artificiales que simulaban dalias.

-Oir para ver y ver para creer -fue lo único que se le ocurrió al muchacho.

Y, en ese momento mismo, los tipos de la batida, divisaron a la bestia, y apuntando al bulto, allí mismo la acribillaron a balazos. Justo en el instante en que, vendido el maleficio por el amor del bello, la loba se había transformado en la hermosa joven que había sido, aunque, por las graves heridas inferidas, nada se pudo hacer para salvarla.

Todos se quedaron atónitos, y el bello, consternado. Aún hoy el caso sigue abierto en las instancias judiciales, sean éstas cuales fueren, pues estas cuestiones de competencia entre licantropía, magia y cuestiones de familia, no encuentran atribución sencilla en los órdenes correspondientes de los tribunales de Justicia.

P.S. Si le interesa al lector saber qué pasó con el jarrón, encuentro justificada su curiosidad. Vuelto de pronto a la forma humana, se encontró desnudo en casa de la madre del joven sobre la mesa de la cocina, causándole buena impresión. Cuando se recuperó del luto, se casó con la hacendosa viuda, de la que en su época cerámica había podido constatar cuán seria, diligente y ordenada era para las cosas del hogar. No consta que haya trabajado posteriormente de porquero ni tampoco que le correspondiera jubilación, al haber pasado los últimos años sin cotizar. Vivió posiblemente del cuento (y de la viuda).

FIN

Publicado en: Cuentos y otras creaciones literarias, Sin categoría Etiquetado como: bello, bestia, cazadores, cuento, cuento de primavera, ecologista, loba, lobo

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