Al socaire

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Sexta Crónica desde el País del Gaigé o del Huangmiú

17 marzo, 2022 By amarias Deja un comentario

Iniciando la tercera semana de marzo de 2022, mientras los responsables de la política exterior europea se debaten en la incertidumbre de cómo actuar -sin que parezca que se están involucrando de pleno- ante la agresión rusa a Ucrania, (que ha provocado una guerra de desgaste versus resistencia que parece propia del siglo pasado, quizá incluso una guerra civil), el Pais del Gaigé sigue a su bola, es decir, en mejor lenguaje español, pervive como si lo que sucede fuera de sus reducidos dominios no le afectara demasiado.

No de otra manera puede explicarse la ausencia de un debate sólido -ya que no constructivo- entre los dos principales partidos políticos, que, como se va sabiendo, y a pesar de los esfuerzos del mago Tezanos de edulcorar las encuestas con jarabe de intenciones para su patrocinado, el PSOE, van cediendo espacio.

Es cierto que la desmembración del Estado soberano en múltiples feudos locales ha hecho muy difícil adivinar si existe una estrategia global desde el Estado y, en caso de que existiera, hasta qué punto sirve para marcar directrices que debieran ser asumidas por las Comunidades Autónomas, pero la pobreza del debate en el Parlamento debería de preocupar, incluso en el País de los Despropósitos.

El cambio del Presidente del Partido Popular, después del suicidio político en público de Casado (Pablo) ha traído a la palestra como interino hasta el inmediato Congreso de esta facción, arrancándolo de su plácido feudo, al Presidente de la autonomía gallega, Núñez Feijoo (Alberto). Pero no ha modificado las formas ni el fondo del debate.

El último episodio de la «comparecencia de los viernes «, en la que se producen interpelaciones  al Presidente de Gobierno y, eventualmente, a algunos ministros, vino a demostrar que no existe la menor voluntad de modificar la costumbre parlamentaria: crítica frontal al Presidente y falsa contestación del interpelado, cuya tendencia a irse por las ramas de la ridiculización o el descrédito de los portavoces del PP y de Vox, es ya un clásico del diálogo nacional de sordos. Se trata, pues, en realidad, de un concierto desafinado de egos, con el que pretenden explicarnos a los ciudadanos que estén dispuestos a hacer novillos en sus tareas y perder un par de horas antes de iniciar el fin de semana, que habrá vida después de la muerte parlamentaria.

El Gobierno de coalición está, en la práctica, roto. En política interior las disensiones son sonoras, entre los ministros del área podemita (Belarra, Montero, Garzón) y los socialistas, a los que se arrima ahora, en busca del calor que la pueda catapultar, Díaz (Yolanda). El próximo domingo habrá manifestación de los representantes agrarios, hay huelga del transporte, no se consigue consenso en las medidas para paliar la escalada de los precios de electricidad o cambiar el mix energético.

Los apoyos a la estrategia del Presidente de Gobierno de unirse a la Unión Europea para que resista Ucrania- en un momento en que se le ve excepcionalmente activo, consciente de la proyección mediática que significa para Sánchez (Pedro) figurar entre los políticos relevantes de la Unión Europea -ahora, desde luego, con un elenco capiti disminuído-, vienen incluso del PP, Vox y Ciudadanos.

Solo los populistas del predicador Iglesias (Pablo júnior) defienden alejarse del conflicto y rezar -o lo que sea más silente- para que la paz vuelva pronto, y así  resplandezcan las peregrinas ideas sobre el poder alimenticio de la carne roja, cómo guardar los huevos en la nevera, la criminalización del varón, o la potenciación del juego (desde el mismo Ministerio que se comprometió a perseguir a los devotos del azar). Sería injusto no indicar también que los populistas, izquierdosos de salón, quieren aumentar impuestos, generar más empleo público y manifestarse en las calles para que suban los salarios por encima de lo que garantiza la rentabilidad (siempre problemática) de las pymes españolas.

En Castilla- León, Mañueco (Fernández, Alfonso), yendo por libre, ha echado la última paleta de ceniza sobre el aún Presidente del Partido Popular (en disfunciones), Casado, que aprovechó el último viaje pagado a Bruselas para hacerse una foto con Tusk (Donald) y abominar de la ultraderecha europea. Para Mañueco, el acuerdo con Vox que le permitió mantener la Presidencia de la región a costa de aupar a la vicepresidencia al candidato de ese partido antes aborrecido (Gallardo, Juan), no es ilógica ni oportunista. Es cosa de apoyarse en la recíproca sintonía: «bajar impuestos, crear empleo, cohesión territorial, gestión seria de los servicios públicos, política coherente de la familia, compromiso con el campo, apuesta por la investigación, defensa de una enseñanza del Bachillerato única,…»

No parece mal programa, así puesto en teoría. Mientras tanto, en el mismo partido en el que aún milita Mañueco, el culebrón de la familia Ayuso (Isabel) fue conducido bajo palio del sinsentido a los Tribunales, lugar de previsibles consecuencias jurídicas (el archivo de las demandas) a donde son conducidos todos los rencores, inquinas, peleas de barrio y envidias de salón, tanto de los amigos como de los enemigos del circo en el que actúan los políticos del País del Gaigé.

 

Publicado en: Actualidad, Economía, País de Gaigé Etiquetado como: Alfonso Fernández Mañueco, Baltasar Garzón, Casado, Castilla y León, Donald Tusk, Ione Belarra, Juan Gallardo, rey emérito, Yolanda Díaz

Me equivoqué. No volverá a suceder

16 marzo, 2022 By amarias Deja un comentario

Mientras Vladimir Putin sigue manteniendo la presión sobre Ucrania, con bombardeos en varias de sus ciudades, en un escenario donde crece la desinformación y el exceso de interpretaciones interesadas, ha ido aumentando sin embargo la corriente de solidaridad y simpatía con el país invadido. Las siempre curiosas -una cóctel de lo interesante, lo emotivo y lo estrambótico- declaraciones del forzado antagonista en tales circunstancias, Volodomir Zelenski, son celebradas con la misma devoción que si se tratara de un demiurgo, convertido en un lider mundial del pensamiento positivo, revelado como orate genial que solo tuviera la visión volcada hacia el interior de sus deseos, dispuesto a inmolarse en la hoguera de su resistencia heroica.

Nadie cree, por supuesto, que el presidente ucraniano y sus esforzadas milicias de chicha y nabo sean capaces de ganar la guerra, aunque están demostrando ser capaces de resistir y ponérselo difícil al expansionista ruso. Nadie puede explicarse que el poderoso Ejército ruso, al que recordamos de exhibiciones armamentísticas llenas de equipos, lanzamisiles de cabeza nuclear y aviones hipersónicos con carga destructiva sin parangón, -si de veras hubiera querido involucrarse con plenitud en una guerra contra un enemigo tan menor-, no hubiera conseguido poner de rodillas cualquier resistencia del país invadido en cuestión de un par de días.

O bien Putin está conteniendo el uso pleno de su fuerza, reservándola para ocasiones más duras, si surgieran en la deriva de los acontecimientos, o calculó mal el tiro en esta ocasión.

He estado analizando, pues ha sido ampliamente difundida, la justificación ofrecida por los dos generales -Serggiy Knyazev y Andriy Kryschendo-, encargados de la defensa de la capital del porqué a los rusos les está costando tanto apuntillar al toro ucraniano, en el supuesto que (valga el símil) esto haya pretendido ser un remedo hiperbólico de una corrida de toros con el torero Putin dispuesto a cortar las dos orejas del Miura Zelensky y dar cvon ellas la vuelta al ruedo internacional.

Kiev es una ciudad extensa, abrazada por el río Dnieper y centenares de arroyos y afluentes, que provocan que existan muchas zonas pantanosas, de turba infranqueable. Los ucranianos han destruído los puentes que daban acceso a la ciudad y para los noveles soldados invasores, construir nuevos pasos sobre esas ciénagas no es sencillo, pues los francotiradores apostados en lugares estratégicos están allí y en cualquier parte, para abatirlos sin piedad.

Ucrania necesita, dice y repite Zelenski, fuerza aérea para desnivelar la guerra y apurar la victoria hacia su lado, el de los buenos. La OTAN no está por la labor de dárselA y solo le suministra, al principio a cuentagotas y ahora se diría que a tutiplén, armas defensivas (concepto que, dicho sea de paso, se me escapa, pues ignoro por qué la cualidad de un arma no es intrínseca sin depnder del criterio de quién la maneje).

Voces autorizadas de la Corte Penal Internacional apuntan a que, dado el conocimiento que se tiene de que los invasores han bombardeado hospitales y lugares donde se resguardaban niños y mujeres, llevarán a varios de los mandamases de este despropósiro bélico a juicio por crímenes de lesa humanidad.  Macron, siempre optimista, reclama que las conversaciones que  mantiene con Putin -telefónicas, lástima, pues nos vendría bien aprovechar un acercamiento físico de fuerza amiga para contaminar con plutonio el lado de la mesa en donde se sentara el dictador-van consiguiendo, casi en su sola opinión autorizada, efectos positivos.

El prestigioso diario norteamericano Washington Post, deseando contribuir a la consecución de la paz, ha publicado que existen quince puntos que, si fueran aceptados por el presidente ucraniano, provocarían el inmediato cese del hostigamiento. No ha trascendido el contenido de ese memorial de posible entendimiento, pero sí el desmentido tanto por parte rusa como ucraniana de que tal documento exista, aunque parece que las negociaciones por la paz sí que son ciertas, misteriosas, con interlocutores de ambos bandos no identificados y mediadores desde varios lados del interés porque esto pare.

Incluso algún erudito en estos temas delicados, después de analizar varias opciones, ha apuntado que Putin se contentaría con que se declarara´independiente al Donbass y que la Ucrania reducida se comprometiera a no entrar jamás en la Alianza Atlántica.

Siguen muriendo soldados rusos y ucranianos en suelo de Ucrania. Las fuerzas invasoras  siguen asesinando civiles, destruyendo edificios, bombardeando fábricas, amenazando con cortes de energía. Siguen huyendo personas de los desastres de la guerra. Más de tres millones han buscado refugio en Polonia, Turquía, Hungría,…hasta en Bielorusia. Una columna de necesidad llega hasta España donde se movilizan miles de voluntarios para recoger víveres, enseres, medicinas, ropas de abrigo y tratar de acercárselas a los que, de golpe, han sido desposeídos de lo más elemental.

Ojalá mi crónica de mañana sea para escribir que la guerra ha terminado. Presumo que no será así, sin embargo. Y, como tuve ocasión de comentar en un grupo de amigos interesados en polemizar sobre la guerra, la tercera guerra mundial empezó hace bastantes años. Es hija de la globalización, y heredera de la ambición por el dominio económico que rige los destinos de la Humanidad desde que el mundo es mundo.

No tengo ninguna esperanza de que Putin, imitando con descaro a nuestro Emérito cuando volvía -roto- de cazar elefantes con su concubina, nos obsequie con una muestra de autoflagelación, interpretada aquí como el más calamitoso de los ridículos: «Me equivoqué. No volvera a suceder».

El Rey de antes quiso hacerlo mejor, abdicó cuando no se lo pedía nada y se metió en un pozo de equivocaciones aún más profundo y ya sin la protección del cargo impune. Puede que Putin llegue a la convicción de que, esta vez, se equivocó al calibrar las fuerzas de Ucrania y creer que el mundo occidental dejaría solo a la doncella desdichada, facilitándole así repetir la historia de Crimea. Lo volvió a intentar.

Si no se le hace asumir plenamente la derrota, lo volverá a intentar. Puede que mejor.

Publicado en: Actualidad, Guerra en Ucrania Etiquetado como: Andriy Kryschenko, Guerra en Ucrania, Kiev, Miura, Sergiy Knyazev, turberas, Vladimir Putin, Volodomir Zelenski

¿Qué quiere Vladimir Putin?

15 marzo, 2022 By amarias Deja un comentario

A los veinte días de esta guerra provocada por un infiel a las leyes de convivencia internacional, quizá ya algo cansados los improvisados comentaristas que se han convertido a alta velocidad en expertos en Ucrania, en armamento y hasta en interpretar las órdenes del infractor sobre el tablero de ajedrez en que convirtió un país hace un par de semanas, fértil y pacífico, seguimos preguntándonos cuánto va a durar esta guerra, cómo va a terminar, y con qué gravedad y por cuanto tiempo afectará a nuestras economías.

El escenario bélico, para quienes tenemos acceso diario y casi continuo sobre los desastres que está provocando esta barbarie, se va cubriendo de desolación, muertos, heridos, fugitivos y miles de millones de euros en edificios destruidos, pérdidas de terreno agrario, la ruina de empresas y familias ucranianas. No sabemos, o muy poco, cómo está afectando en verdad la presión internacional (me refiero, la del mundo occidental) sobre Rusia y, en concreto, sobre los bienes del propio Putin y los oligarcas que le rodean. Parece ser que la población rusa apoya mayoritariamente al sátrapa y permanece ignorante de la tremenda desolación que la pertinaz estrategia de tierra quemada del Kremlin está produciendo en el vecino pueblo eslavo, culpable únicamente de haber manifestado (por boca de su Presidente legítimo) que desearía incorporarse a la Unión Europea y, por qué no, disponer del abrigo antiainvasió de la OTAN.

El avance de la guerra permite tomar consciencia del resultado final previsible de esta contienda descomunal entre un perverso Goliat contra un enclenque David, provisto de una honda con una china que no llega a guijarro. Un David-Zelenski, al que, con una actitud que podría juzgarse de perversa, hemos estados animando desde la grada con aplausos y vítores.  No puede decirse lo mismo ahora, después de casi tres semanas de invasión, en la que la Unión Europea, a nivel colectivo e individual de los países miembros, ha comprendido que Putin-Goliat no va a detenerse hasta conseguir el rendimiento incondicional del Gobierno de Ucrania y que, aproximándose a la frontera de Polonia, en una maniobra de matón de barrio exhibiendo su fortaleza física mientras vapulea a un inocente estudiante de primario, parece indicar que está dispuesto a continuar la pelea con todo el que se acerque para separar a los contendientes o pretenda auxiliar al que, caído en el suelo, cubierto de tamaños moratones, con pundonor, rabia y fuerzas extraídas de su impotencia, tiene arrestos para reclamar del abusón, «¡Sigue pegándome, que te vas a enterar cuando me levante del suelo!»

Los comentaristas de este hecho singular que está marcando definitivamente la Historia coetánea, porque es capaz de señalar el final a muchos paradigmas, ponen de manifiesto, con esfuerzo inventivo, lo que quiere Putin: Apropiarse de una parte sustancial de Ucrania, e irse de rositas después de haber esquilmado el resto del país invadido y obligar, en un armisticio desleal, a que ese país mutilado jamás vuelva a intentar acercarse a la Unión Europea. La realidad es que la situación parece aún descontrolada -resiste Ucrania, persiste Rusia, observa Estados Unidos, teme el contagio la Unión Europea, y China se perfila como imposible tercero para mediar ante el loco de la badalaika y sus secuaces. Porque si existe un beneficiario claro de la guerra contra Ucrania es Xi JinPing, o sea, la capacidad expansiva de China para asumir el liderazgo económico y militar del mundo.

En verdad, no me interesa lo que piensa Putin. Me interesaría, y mucho, conocer lo que piensa la Unión Europea y, desde luego, nuestro chico de ZumoSol (perdón por la frivolidad) sobre cómo parar la guerra. Mientras -supongo- los thinktank occidentales se devanan los sesos sobre las opciones, debemos dar por seguro que, aunque se consiga detener mañana mismo la masacre ucraniana, por más que sea factible llegar en un plazo muy corto a contar exactamente los muertos, heridos y forzados expatriados del país de la bandera azul y amarilla, aunque se empeñen los amigos occidentales del Estado oprimido por el garfio del terror en recuperar la mayor parte de los edificios y la actividad destruída por la inicua guerra, los daños colaterales para la Unión Europea serán brutales. Estamos en vísperas de una recesión brutal.

¿Qué quiere la Unión Europea? ¿Va a dejar que sea un solitario Macron, en conversaciones telefónicas muy confidenciales con el sátrapa, quien pida clemencia sobre Ucrania? ¿Se atreverán todos los líderes del mundo occidental -todos, unidos. solidarios- a decir alto y claro, a Putin y sus secuaces, que no van a consentir que ni por un minuto más se siga machacando un país libre y que, nobleza obliga, vale más morir con honra que vivir con vilipendio?

No se si el lector duerme tranquilo, puede disfrutar sin sobresaltos de su hasta hace veinte días merecida sensación de bienestar. No oigo aún el clamor que llegue, por todos los medios al alcance occidental (ya que no parece que se pueda contar con esa otra mitad del mundo percibido como oriental y proclive a juzgar las cosas con sus propias anteojeras), hacia la población rusa.

La periodista Marina Ovsiannikova, detenida el libes al irrumpir durante la emisión de los informativos en la Primera cadena rusa, exponiéndose conscientemente a perder su libertad y se juzgada por terrorismo, marca un camino. Lo presentó en un cartel improvisado, con letras desiguales y aspecto cutre, en inglés y ruso. Sobre todo en ruso: No a la guerra. Os están mintiendo» Que pare ya este despropósito. No oigo el clamor. El morbo de contar noticias sobre refugiados, muertos en las calles, destrucción y centrales nucleares que se apagan, unido a la subida de precios constante, disparada en nuestros mercados, debe quedar sepultado, cuanto antes, por una posición sólida, inmensa, única, contra la guerra. No quiero que se nos juzgue desde el vilipendio, la complacencia, el mirar hacia otro lado. No va solo por mí, viejo y enfermo. Va por todos.

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Tsunamis de desolación y olas de solidaridad en Ucrania

14 marzo, 2022 By amarias Deja un comentario

A los diecisiete días de la invasión rusa de Ucrania, son muchas las derivas de este conflicto iniciado por el sátrapa Vladimir Putin y su equipo del Kremlin, Desde luego, el elemento sustancial de este baldón en la Historia de la Humanidad, es la agresión criminal de un Estado con ambiciones imperialistas a un Estado soberano, libre y con una calidad democrática muy superior a la del invasor.

Esta inconcecible vuelta a la barbarie esclavista sucede cuando creíamos -al menos, desde nuestras gafas de visión limitada occidental- que estábamos avanzando velozmente en un mundo globalizado, tecnológicamente muy capaz y en el que los derechos más básicos, aunque con algunas deficiencias, resultaban respetados por todas las naciones. Hoy lamentamos que ese juguete de autocomplacencia se nos ha ido por los aires.

La guerra en Ucrania sigue, porque la invasión no solo no cede, sino que la defensa de los ucranianos de su país se ha consolidado a niveles heroicos. La ayuda internacional en armamento y apoyo logístico ha aumentado, desde unos primeros momentos de indecisión y, aunque siguen existiendo graves reticencias para proporcionar desde los países de la OTAN dispositivos bélicos que puedan permitir un mejor equilibrio de fuerzas, el desequilibrio entre los dos bandos combatientes es notorio.

Es casi inexplicable, salvo por la intención perversa de machacar sistemáticamente cualquier oposición y dejar tierra quemada en Ucrania, que Rusia no se haya hecho ya con el control. Los avances de las fuerzas armadas rusas, cuando se observan sobre el terreno como una mancha de sangre, destrucción y dolor que se propaga por Ucrania, son tan angustiosamente lentos, tan devastadores, que no me atrevo a asignárselos (aunque quisiera) solo a la capacidad de resistencia, sacrificio y valor de los ucranianos; porque no puedo ignorar que el Estado asolado carecía de un Ejército de entidad y la inmensa mayoría de los que luchan del lado del invadido, hace un mes no sabían manejar un arma.

Una consecuencia tremenda del conflicto, que nos afecta a todos, y que, en olas de solidaridad y afecto, surgidas de forma espontánea, han avanzado por la Unión Europea, es la acogida a refugiados. Son ya más de tres millones de personas, básicamente mujeres, ancianos y niños, porque los hombres se han quedado en los frentes. A España también están llegando algunas de estas familias, que han perdido absolutamente todo. Polonia es, con distancia, el país que más refugiados ucranianos ha acogido, por proximidad al conflicto. Un conflicto que, por ese calculado incremento de presión sobre la OTAN del megalómano director de la invasión, está ya muy cerca de activar el  compromiso de defensa de la OTAN si se amenaza a un Estado de la Alianza.

El entusiasmo por ayudar, de dar salida al deseo de ofrecer cooperación desde el burladero de la guerra a los ucranianos, mezclada con la indignación y la rabia, no debería hacer olvidar que esa colaboración tiene que realizarse de forma ordenada. Muchos españoles han llevado víveres, ropa, material de primera necesidad y farmacos, a centros de recogida para Ucrania y no son pocos los ucranianos residentes aquí que, acompañados con frecuencia de españoles, han hecho o están haciendo los más de dos mil kilómetros (casi tres mil desde los puntos más distantes de la frontera polaca), para llevar esa ayuda a centros próximos a la zona de guerra para que se los hagan llegar directamente a los desplazados a la frontera de Polonia o a puntos del conflicto.

Han empezado a llegar familias rotas ucranias que lo han dejado todo atrás, salvo el dolor de haber sufrido el arranque brusco de la tranquilidad y tal vez de forma definitiva. Hay mucho frío en este invierno en la zona. Los desplazados han tenido que soportar, con las prendas de abrigo recogidas de manera veloz y el impulso desgarrado de su dolor, condiciones durísimas, inimaginables desde nuestros asientos de confort.

Las ONGs especializadas en ayuda humanitaria y, también, portavoces del Ministerio responsable de Migración y ayuda a refugiados, advierten de la necesidad de poner orden a estas entradas, de momento realizadas de manera no reglada, espontánea y con riesgo de entrar en caos. Los trabajadores sociales están tratando de dar cobertura afectiva, pero también orientación válidad a esos recién llegados.

Toman sus datos básicos, les dan el primer apoyo, se interesan sobre si cuentan con redes aquí en España y tratan de concretar sus necesidades. Tienen autorización para estar tres meses sin permiso de residencia, pero precisarán al cabo de ese tiempo, saber si cuentan con un trabajo con garantías de estabilidad, si los niños que les acompañan pueden ser escolarizados y, por supuesto, dónde residir. Si valoramos además que la gran mayoría no conocen el idioma, podemos darnos alguna cuenta de la dimensión del problema.

No son refugiados, tienen el Estatuto de protección temporal, porque oficialmente se cree que la guera terminará pronto. Lo que no terminará en años, aunque la demencial agresión finalice, es el dolor y la desolación causados. Ni la necesidad de reflexionar con absoluta seriedad y profundidad por qué nos ha explotado esta bomba en nuestras manos.

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Saber más de la guerra

12 marzo, 2022 By amarias Deja un comentario

España tiene Embajada en Ucrania y la actual embajadora es Silvia Josefina Cortés Martín, que fue nombrada por el gobierno de Mariano Rajoy el 15 de septiembre de 2017.  Pocas personas como ella conocen el país, la evolución de la situación, los efectos en la población de la invasión de Crimea. el crecimiento de la tensión cuando se inició la invasión, el peligro de vivir en un edificio en el centro de una ciudad amenazada por el presidente de uno de los Estados con mayor Ejército y armamente del mundo, y poseedor de un juguete nefasto: la bomba atomica.

Silvia Cortés es vallisoletana, licenciada en Historia Moderna  y, por supuesto, diplomática por la Escuela de Madrid. Fue embajadora en Albania y ocupó cargos importantes en Organismos internacionales y llevo a cabo misiones internacionales que, seguro, le permitieron adquirir una visión muy correcta de por dónde discurren los intereses de algunos de quienes se empeñan en hacer la historia de los demás.

Evacuada  de Kiev el pasado 27 de febrero, en un convoy militar junto a un centenar de españoles, tomó la decisión de pertenecer cerca del país de su misión, en suelo polaco, en Cracovia. Hasta muy recientemente, pues, ella y los miembros de la embajada se arriesgaron a permanecer en el edificio de la calle Khoriyva. ayudando a españoles y colaborando con los ucranianos en labores humanitarias.

Me la supongo en contacto permanente con el ministro José Manuel Albares, informando de lo que entendía que estaba pasando, hablando con su familia vallisoletana (su madre y hermanos cada vez más inquietos por lo que oían y veían; ella, tranquila, porque sabía que su misión se había convertidfo en muy importante) mirando por las ventanas de la Embajada hacia la calle, saliendo de vez en cuando con el lógico temor, a visitar a algunos conocidos y amigos, tratando de enterarse de lo que podría suceder al día siguiente. Preguntando, claro, una vez decidida la evacuación, si el personal de la embajada había cumplido la orden de destruir todo documento comprometedor, cualquier información confidencial y cerrar, el último día, sin disimular una profunda tristeza, su despacho en la Embajada, recogiendo la bandera para depositarla con cuidado en el coche oficial. Porque no sabía cuándo podría volver y en qué condiciones.

Enhorabuena, Silvia Josefina Cortés. Valiente. Sabemos poco de tí, embajadora. Quisiera saber más, poder contarlo.

 

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El ansia de destrucción como razón para la última guerra

11 marzo, 2022 By amarias Deja un comentario

No sabemos aún cómo terminará esta guerra, la guerra de nuestra generación -aunque a algunos nos coge ya talluditos-, pero es hora de que analicemos cómo empezó. Por supuesto, la respuesta simple a esa cuestión tan relevante, apuntaría a un único culpable, el invasor Vladimir Putin, líder necrófago por excelencia en este momento de la Historia, cuya ansia de poder y relevancia desató su megalomanía, encontrando en la pieza deseada, Ucrania, que creía presa fácil, el objetivo perfecto para calmar, momentáneamente su psicosis. La anomia de la Unión Europea y la falta de interés inicial de los presidentes norteamericanos (y de su sociedad) para entender los entresijos del patio de vecindad del viejo continente habría hecho el resto.

Muy respetables historiadores e inmensos eruditos se han encargado de espurgar en los restos de las dos guerras mundiales precedentes, para sacar brillantes consecuencias. La mística nacionalista, el sonambulismo europeo, el crecimiento de las enfermedades de los neurópatas del momento (el más conocido Adolf Hitler, pero no faltaron ejemplos de la misma ralea entre las élites dirigentes que condujeron a la primera), la concepción mesiánica de algunos líderes de su pretendido papel en el mundo o la confrontación entre imperios caducos (el astrohúngaro o el de la gran Rusia) y un Estado que vivía en una persistente adolescencia (el alemán, siempre Alemania) son citados como motivadores, tanto de una guerra como de otra.

De todas las opciones de análisis de lo que motivó el comienzo de esta tercera guerra -que quieran los dioses que no tenga jamás lugar-, me quedaría con una maravillosa conjunción de palabras que apelarían a la «sensación de decadencia moral». En ese término genérico incluyo: la percepción del ocaso, y la necesidad de catarsis purificadora, redentora, que, con persistente regularidad y llevada por un impulso al parecer incontenible, prende simultáneamente en varios sitios en el mismo momento de la Historia.

Intoxicados como estamos, metidos de lleno en la harina espesa del miedo y la pererza, ya no podemos analizar con tino si las amenazas que nos llegan son reales o resultan simples añagazas para cubrir un expediente de guerra que lleve al contrario la convicción de que aún se es fuerte, de que la victoria es posible del bando en el que milita el mentiroso, porque, en esta etapa inicial, se trata de conseguir adeptos que hagan más sólida nuestra posición.

En esta guerra, como en las anteriores, hubo un agresor y un ofendido. Pronto, ya no importará eso, si no se consigue poner coto a tanto desatino del invasor Putin y la heroicidad del defensor, ahora juzgada heroica (con razón) acabará empañándose de matices, de disensiones. de juicios que acabarán metiendo al agredido en la misma hoguera del agresor, especialmente si (los dioses no lo quieran) el bloque que conformará su equipo gana la batalla, auque sea unos milisegundos antes del Gran Armageddón.

Ya no me apetece imaginarme al héroe  Zelenski con camiseta de gimnasia militar en su búnker situado en un lugar tal vez irreal, con la imagen de la plaza de la Independencia (Maidán  Nezalezhnosti), y al malvado Putin sentado en un extremo de una mesa que se va haciendo cada vez más larga, agarrado como si fuera un juguete a una caja de plástico con un muy aparente botón rojo. Tiene que ser de ese color, así lo mandan los cánones de todas las películas que hemos visto sobre el final nuclear. Y la mesa tiene que aparecer cada vez más larga y, al otro lado del sátrapa, cada vez más poblada, porque tenemos que caber todos nosotroos.

Va entrando mucha más gente en la trama, cn papeles muy relevantes. Un tercero en esa discordia de egos -Vladimir lo tiene gigantesco, pero Volodomir también tiene el suyo- en la que nos vamos convirtiendo aceleradamente en víctimas propiciatorias (sí, el buco emisario, el macho cabrío expiatorio de la redención), es Joe Biden, quien anuncia hoy, viernes, once de enero del año cero, para que no quepan dudas, que si el cacique toca un solo pelo a cualquier país de la OTAN, la tercera guerra mundial está garantizada. Ergo, ya podemos poner nuestros miedos a remojar. Y están también Boris Johnson y JiPing, y Macron (s´il vous plaît) y Ursula von der Leyen, y …

Si yo fuera ministro, pongo por ejemplo, de Energía, de Agricultura, o de Industria o de Defensa (estoy citando al azar, porque ninguna de estas opciones me resulta apetecible en lo más mínimo) de cualquier país europeo, no me preocuparía en este momento crítico ni por la posibilidad de que la Temperatura media de la Tierra suba dos grados antes de terminar el siglo, ni por aprobar inversiones en generación nuclear o en plataformas flotantes eólicas que garanticen el suministro eléctrico dentro de dos lustros, o si la carne de vacuno podrá ser sustituida definitivamente por la soja transgénica, o si las innovaciones tecnológicas de la era digital destruirán tanto empleo convencional que tendríamos que subvencionar desde los presupuestos de los Estados más de la mitad de la población en edad de trabajar y el cien por cien de los que ni se lo plantean.

Tampoco estaría preocupado por dedicar el dos o el diecisiete por ciento del Presupuesto a Defensa, ni aparecería entregado a dotar a mis Ejércitos de más tanques, muchos más drones, millones de cascos de visión nocturna y chalecos antibalas o, de forma aparentemente más brillante, llenar el país de escudos protectores contra misiles nucleares inteligentes.

Si yo fuera ministro (por favor, ponga el lector la música del If I were a rich man, la canción de Chaim Topol) pasaría todo el día pidiendo a todo el que quisiera escucharme que alguien pare a Vladimir Putin, y hagamos todos un ejercicio de catarsis frente al impulso destructivo que se ha vuelto a adueñar de la Humanidad. Yo he vivido ya bastante. Pero mis nietas, no. Una de ellas, a sus nueve años, lo expresó claramente, en representación no esperada de todos los niños del mundo – «mi vida, abuelo, aún no la viví y yo también quiero tenerla».

Miro las fotos de las decenas de niños ucranianos que han muerto en esta guerra -pero también las de todos los niños que son asesinados cada día en las decenas de guerras que florecen en el mundo como la peste, que son muchos más- y se me encoge el corazón. Esos pobres cretinos teledirigidos que entraron en la central nuclear de Zaporiyia gritando que si los funcionarios que estaban trabajando en ella no les cedían el control, apretarían el botón rojo, no sabían que estaban siendo víctimas del síndrome de la decadencia el ansia de la autodestrucción.

Hagamos todos un esfuerzo por generar un período de distensión, otra Guerra Fría, y esta vez ha de ser muy gélida, porque tiene que durar siglos. Paren esta guerra, que yo me apeo. No quiero vivir cómo se desarrolla la última. Son ustedes unos imbéciles, sonámbulos del siglo XXI.

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Maríupol, Kiev, Járkov, Dnipro, Chernóbil, Odesa…

10 marzo, 2022 By amarias 1 comentario

Hace quince días viviamos en un mundo con apariencia normal. Cierto que había guerras en diversos lugares del Planeta, que millones de personas padecían de la hambruna o parecían condenados a sufrirla, que existían amenazas naturales y provocadas por el hombre que comprometían nuestra tranquilidad futura (cambio climático, desertización, catástrofes de diversa índole,…) pero, al menos en nuestro entorno occidental y particularmente en esa unión comercial con pretensiones de ser modelo de comportamiento mundial que llamamos Unión Europea, nos sentíamos poseedores de manejar las claves fundamentales del futuro.

Hoy, 10 de marzo de 2022, toda esa estabilidad se ha desmoronado. Un personaje de cuento malvado, Vladimir Putin, después de semanas de mentir sobre sus intenciones reales y de años de almacenar armamento y capacidad destructiva, decidió pasar a la Historia, escribiendo páginas principales según un guión demencial.

Seguro que en su mente enferma de planificador, ese objetivo no pretendía colocar a Rusia y al mundo al borde de un desastre global. Sería demasiado. Solo querría, allá en sus momentos de visión de autocomplacencia, conquistar en un par de días a la vecina Ucrania, que juzgaba como un Estado fallido, inerme, desestructurado y falto de conciencia nacional. En una guerra relámpago -una Blitz Krieg- de apoderamiento de las estructuras del país por donde discurría el fértil Dniéper, podría incorporar ese territorio para confirmar, en un magnífico paso hacia delante, su idea de una Gran Rusia.

Ese sueño de falócrata, de demente sin reparos para realizar su megalomanía, se rompió por muchos costados. Los cientos de tanques que había dispuesto en la frontera rusa con Ucrania y en el Estado satélite de Buelorusia, simulando estar realizando prácticas militares sin intención invasora alguna, cuando se les dio la orden de penetrar en terreno ajeno, se encontraron con una resistencia sólida, heroica, por parte de un Ejército que se creía poco profesional y desmoralizado. La población del país invadido se movilizó, atendiendo a la llamada a todo reservista, y se comportó como un bloque valiente contra el agresor y en un abrir y cerrar de ojos, suplió con arrojo la falta de preparación militar y consiguió paralizar la invasión, atascando las líneas de ataque de los blindados, que vieron inutilizada su capacidad de sorpresa.

Hélos ahí, luchando con armas de todo tipo, mal equipados, poco protegidos, aunque sintiéndose cada vez más invencibles. También, sabiendo que no están solos, ni abandonados. Entre tanta valentía y capacidad de resistencia, surgió un líder, un antagonista del malvado, un capitán sin miedo, que aglutinó la capacidad defensiva internamente y consiguió involucrar en su apoyo, y ya no solo moral, a la OTAN y a la Unión Europea. Volodomir Zelenski.

Está claro que Estados Unidos, en concreto, está compartiendo datos de inteligencia con las autoridades militares ucranianas y que, con su excelsa capacidad cibernética y de localización, tiene perfectamente situados a todos y cada uno de los tanques y de los grupos de tropas tanto de invasores como de defensores. No se está participando físicamente en la guerra, con botas militares de la OTAN sobre el terreno ni con armamento ni aviones manejados o pilotados por personal no ucraniano, pero el compromiso de apoyar la defensa del país invadido con medidas económicas y de aportación de medios es actualmente claro y firme. Como la propia embajadora de Estados Unidos en España, Julissa Reynoso Pantaleón ha declarado en entrevista con Antena 3. el Gobierno norteamericano no tiene la intención de entrar en conflicto con Rusia, pero está firmemente involucrado para conseguir que la guerra termine cuanto antes.

He situado en el título de este Comentario los nombres de algunas de las ciudades ucranias que están soportando una intolerable tensión bélica, algunas, como el caso de Mariupol o Jarkov, ya en poder de los ilegales invasores. Los daños a la población civil y la destrucción de edificios administrativos y privados son dolorosos y, claro está, intolerables desde posiciones del derecho internacional y el respeto a la independencia de los pueblos para decidir sus aliados y su destino colectivo.

Putin está perdiendo la guerra, aunque esté convencido que la va a ganar. Aunque la gane. La defensa de los ucranianos por mantener su independencia es tan notable, contagiosa, ejemplar, que ha movilizado a su favor la inmensa mayoría de las capacidades de simpatía. Por eso, jamás se entregarán a la derrota. El sueño de Putin se sepultará, y muy pronto, por el desprecio general y habrá convertido su ideal de grandeza recuperada en una Corea del Norte, en un lugar apestoso. Y habrá guerra de guerrillas contra el invasor mientras ese espíritu de independencia ucraniano siga infundiendo el ánimo de uno solo de esos héroes que están determinados a no dejarse vencer.

Quisiera que la embajada de Rusia en España, con su embajador a la cabeza, Yuri Korchagi,  junto con todas las embajadas rusas en los países de la Unión Europea, tomasen la decisión de desmarcarse de la invasión. Hasta ahora, y pienso especialmente en la de España, la mentira inicial y el silencio después de inciado el ataque, han señalado con su estigma la actuación de los diplomáticos y del personal relevante de las embajadas. Su posición de descuelgue respecto a la agresión a Ucrania reivindicaría su honestidad, su credibilidad, su obligación de respeto a las leyes internacionales y a los compromisos expresos que rigen y deben regir las actuaciones de la diplomacia.

¡Viva Ucrania Libre!, хай живе вільна Україна!

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«Z»: La ignominia rusa busca sus símbolos

9 marzo, 2022 By amarias Deja un comentario

Rusia aumenta su presión bélica sobre Ucrania, que se resiste a rendirse. Ejemplos de heroicidad se encuentran por todas partes, pero también vemos imágenes que producen dolor en la sensibilidad de cuantos nos informamos de la guerra sin capacidad de respuesta y sin evitar poner un acento distante, genuinamente estúpido, sobre las noticias que nos llegan a raudales. Muertos en las calles, bombardeos sobre hospitales materno-infantiles, edificios públicos y privados, grupos familiares que huyen sin saber dónde les acogerán,  Centrales nucleares que pasan a manos de soldados sin ninguna preparación, armas y ayuda humanitaria que no llega a sus destinos, desolación, muerte.

Hemos sabido que hay un increíble movimiento de solidaridad con Putin y con su tremenda barbarie, y que son muchos (en todo caso, cifras no despreciables) los rusos que esgrimen una «Z» blanca sobre sus vestimentas, que es el símbolo que llevan los tanques y uniformes de los atacantes, para distinguirse. Inicialmente previsto para identificar a las fuerzas que entraron en territorio ucraniano como «fuerzas de paz».

Los crímenes de guerra cometidos por el sátrapa ruso y sus secuaces son incontables y las muestras de la falta de ética, honor y principios humanitarios que esgrimen sobre el terreno los militares rusos alcanzan cotas impensables, pudiendo definirse como barbarie y monstruosidad sin ninguna reserva. Puede que no se consiga llevar nunca a Vladimir Putin ante una Corte Penal Internacional, pero no existe ningún sátrapa contemporáneo con dimensión tan despreciable.

La información que llega desde Ucrania es confusa. La caída de Kiev parece inminente desde hace días, y Leópolis se prepara para convertirse en la capital de facto. Se difunden también imágenes donde prisioneros de guerra por las tropas ucranias, declarando bajo presión evidente y después de haber sufrido torturas, aclaran sin convicción que han llegado engañados a la invasión, que no estaban convenientemente equipados y que piden perdón al pueblo ucranio. Algunos medios ponen de relieve que Ucrania está incumpliendo las normas de la guerra que son precisas respecto al trato que debe darse a los prisioneros enemigos. ¿A quién importa cumplir normas internacionales si el invasor no ha respetado ninguna?

La resistencia ucrania es meritoria y la solución diplomática no parece cercana, e incluso ni posible. Los Estados Europeos se mantienen con extrema prudencia, pretendiendo evitar que la guerra escale a dimensión internacional, lo que desembocaría -según ha reconocido Josep Borrell en declaraciones a la Sexta de hoy miércoles- en la tercera guerra mundial. Polonia, que tenía preparados para poner a disposición de los Ejercitos ucranios su flota de aviones de combate, ha retirado la propuesta, exigiendo que sea Estados Unidos el país que autorice la entrega. Con ello, se ha desestimado esa posible ayuda.

La guerra se mantiene, pues, por cauces convencionales. La amenaza del propio Putin de utilizar el botón nuclear (en caso de que la OTAN entre en liza) contiene los deseos de ayuda a los combatientes ucranianos. Las medidas económicas, aunque intensas, no parecen suficientes para doblegar, al menos de inmediato, al sátrapa. Se ha comprendido, además, y muy rápidamente, que el efecto boomerang es superior al esperado; las economías occidentales están padeciendo las consecuencias en sus carnes, con escalada de los precios de la energia y, también, de bienes de consumo y de primera necesidad. Los problemas actuales son, al menos en España, solo de precios, pero otros países -como Alemania y el resto de Europa, en general- tendrán problemas de abastecimiento a corto plazo, pues dependen del gas ruso.

El mundo no será igual a partir de esta guerra. Las relaciones con Rusia no podrán ser reconstruídas por los cauces anteriores. Las mentiras utilizadas por el presidente ruso y todos los representantes de su Administración (incluso, embajadores y agregados militares y comerciales en Europa) permiten cuestionar toda credibilidad que puedan pretender.

Todos debemos estar con Ucrania. La actitud de algunos miembros del gobierno español poniendo en cuestión el apoyo que se está otorgando a Ucrania es vergonzosa. No puede consentirse la falta de homogeneidad en nuestro Gobierno ante un tema que afecta de manera directa a la valoración que merece el respeto al orden internacional, a los más elementales derechos a la libertad de los pueblos. La violacion de normas internacionales y de la ética que debe ser principio basico de actuación de los seres humanos, no permite ser indulgentes. No caben contradicciones.

Ucrania debe resistir sola, parece el mensaje uniforme desde la OTAN y la Unión Europea (que juega aquí, penosamente para nuestra dignidad, el papel de chico de los recados). El temor a la tercera guerra mundial nos está obligando a ser inconsistentes y hace que Putin y sus colegas genocidas tengan la sartén del desastre por el mango de sus garfios apestosos.

 

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Estamos en un punto de no retorno

7 marzo, 2022 By amarias Deja un comentario

Cuando miro, una y otra vez, la fotografía de esa familia ucraniana masacrada en el momento en que se disponía a huir de la zona de mayor peligro, utilizando el señuelo del corredor humanitario, -un término equívoco en sí mismo que se transformó en mortal para ellos-, mis ojos se fijan obsesivamente en la maleta que quedó en pie, junto a los cuerpos inertes de la pareja y sus hijos. ¿Qué podían haber amontonado, sin duda apresuradamente, en ella? ¿Qué esperanzas de salvación se les quebraron cuando el misil de un soldado sanguinario los eligió a ellos como símbolo del aumento de la barabarie?

Hay muchos testimonios desgarradores, imposibles de entender desde la calma que aún vivimos, de personas que nos cuentan sobre sus miedos, sus esperanzas, sus ilusiones, desde la frialdad de una pantalla de plasma a través de lo cual podemos correr el riesgo de pensar que no son reales, de que nada es real,ni verdadero ni cierto.

Putin es un canalla de película, pero cierto; sus secuaces del Kremlin son un hatajo de asesinos cobardes, letales por acción y omisión; los soldados rusos que han invadido una tierra de paz respondiendo a designios criminales que nadie les habrá explicado, pero que ahora seguro que lo entienden muy bien, son una pandilla de asalteadores dotados de armas preparadas para matar inocentes. Nada les salvará de su ignominia.

Una niña ucraniana, Amelia, que parece tener la edad de mis nietas, canta en un refugio, con una voz bien timbrada, melódica, cautivadora, la canción Let it go de la película Frozen que habla de libertad y que parece escrita para proclamar la gran verdad, que nadie podrá vencer jamás la decisión de ser uno mismo, de romper las amarras con la tiranía y la mentira. Me uno a los aplausos que cierran la interpretación genial, desde el silencio del búnker, roto por esa manfestación de entusiasmo espontáneo.

Me gustaría ser optimista, necesito serlo, aunque todo está conjurándose para que el final sea, no solo triste, sino caótico. Dicen que el presidente chino, Ji-Ping y el turco, Erdogan, pedirán o han pedido a Vladimir Putin que cesen las hostilidades. La presión internacional y, en la medida en que puede expresarse sin riesgo a terribles represalias, debiera ser insostenible para el tirano. El sátrapa insiste que solo se detendrá si Ucrania se rinde y acepta que los territorios del Dombás y Crimea se incorporen a Rusia y que el país invadido renuncie a su libertad de decisión, apartándose de la Unión Europea y de la OTAN.

No puedo entender, ni consentir por tanto como postura digna, que en el Gobierno de España se sienten individuos que no apoyen el envío de armas a Ucrania, que es lo que ha solicitado el héroe Zelenski (junto con medicinas, alimento y ayuda humanitaria). Esta disensión en el Gobierno, que por ley, debe tomar decisiones colegiadas y tener una sola voz, es la representación de la ruptura de la coalición y la mejor muestra de la incapacidad para asumir la complejidad de la situación, actuando en consecuencia. Ucrania, país libre,ha sido invadida y se está resistiendo ante la agresión con un orgullo y una unidad dignos de todo respeto y apoyo. Incluso, en mi opinión, aunque los países de la OTAN están mostrando una prudencia y un temor a la escalada que no se corresponde con los principios éticos y jurídicos que deben regir las actuaciones de los países democráticos, la aplicación del art. 2 del Acuerdo debería ser suficiente para justificar involucrarse en el conflicto en la defensa de la libertad de Ucrania,

Querámoslo o no, ya estamos metidos en la guerra. De momento, España solo lo ha hecho mediante el envío de armas en un segundo nivel. Se dice que son para incrementar la capacidad de defensa individual y se pretende que no nos involucra…demasiado. No dejo de pensar que un combatiente sin experiencia en el manejo de material militar al que se envía al frente de guerra y a combatir con un enemigo sin escrúpulos y mejor alimento, se convierte en blanco fácil.

La heroicidad de los ucranianos, sosteniendo la situación con valor, entereza y capacidad de respuesta improvisada pero efectiva (hasta ahora) es acreedora, no solo de palabras de ánimo, aplausos y oraciones, sino de apoyo sin reservas. Si las medidas que pretenden el colapso económico de Rusia (a costa de provocar acercarnos nosotros también a la pérdida sustancial de nuestro bienestar) no tienen el efecto de detener la barbarie, si los desvelos negociadores de Macron (en campaña electoral en Francia), o de los presidentes chino y turco, no sirven más que para que Putin eleve su apuesta destructora, la OTAN debe tomar una decisión difícil, honrosa y legítima: o Putin se retira de Ucrania o entraremos en guerra directa con Rusia.

Quién nos iba a decir hace apenas unas semanas que nos tendríamos que confrontar con un porvenir tan sombrío. Putin no puede vencer en esta guerra.

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¿Es la tercera guerra mundial evitable?

6 marzo, 2022 By amarias Deja un comentario

El 6 de marzo de 2022 la guerra en Ucrania no se detiene. Ni se amortigua el impulso destructor de las fuerzas invasoras, que ahora ya no parece dirigido a objetivos seleccionados, sino encaminado a la destrucción o arrasamiento del país. El déspota Putin manda atacar incluso los pasillos con intencionalidad humanitaria que se habían pactado entre beligerantes para permitir que mujeres y niños pudieran abandonar Kiev y las zonas más amenazadas, ofreciendo una vía de escape hacia Polonia, fundamentalmente.

Sus amenazas de matón de barrio elevado a la categoría de líder mundial del despropósto alcanzan también a países de la Unión Europea, a los que advierte que los considerará enemigos si ofrecen apoyo bélico a los defensores ucranios. Mantiene, además, la imagen -nada retórica, dada su neuropatía- de tener preparado el «botón nuclear» ante cualquier propósito intervencionista de la OTAN en su guerra «privada»-

¿Cómo podría terminar esta guerra? Resultan lamentables las voces -entre timoratas, insolidarias y falsamente buenistas- que defienden que debe dejarse sola a Ucrania en su defensa, absteniéndose de envar armas e, incluso, ayuda humanitara; algunos culpan incluso a la mafia ucrania (o ucranio-rusa) del conflicto, por su supuesta intención de controlar la independencia del país, convirtiéndolo en foco de nazis, dinero de las mafias y mercado de la droga.

Entiendo que la negociación directa que conduzca a cualquier tipo de acuerdos entre Volodomir Zelenski y Vladimir Putin es imposible, pues, en su posición de dictador con toda la superioridad respecto a Ucrania, solo cederá ante el presidente del país invadido, si se atiende completamente a sus deseos. Ha manifestado que la única vía de salida al conflicto sería que Ucrania abandone cualquier intención de incorporarse a la Unión Europea. La independencia de Ucrania pasa, para él, por la subordinación a Rusia como un país satélite, al modo de Bielorusia. Por supuesto, además, exigirá la integración a Rusia de las regiones del Dombás y, dado que se considera vencedor en la guerra, un pasillo fronterizo que llegue a Odesa y conecte con Crimea.

Al no parecer factible la rendición de Ucrania, pues la nación invadida ha puesto de manifiesto que no se rendirá, si no se produce la intervención de presión del único Estado al que puede atender (la China de JiPing) Putin no parará hasta arrasar este Estado soberano, causando cientos de miles de muertos y una masiva destrucción de edificios, lugares protegidos por su interés cultural y artístico y, por añadidura, provocando una gran hambruna que afectará también, por la dependencia agrícola que tenemos muchos países con el granero de Europa, a la economía de la Unión Europea. La presión de la opinión pública occidental, el desapego de una parte significativa de la población rusa respecto a la intencionalidad invasora (con la disidencia controlada y perseguida), un hipotético clamor que, exigiendo la paz, llegase hasta la fortaleza del Kremlin, no parecen capaces de causar mella alguna en la mente enferma del hijo de la KGB,

La situación está generando y generará aún con mayor intensidad, el aislamiento de Rusia (si es que ya no puede hablarse de ello en el momento actual), y traerá como consecuencia una división en dos bloques que tardarán décadas en superarse, causando la ruptura de los sueños de globalización y teniendo como consecuencia en el aspecto armamentistico, la preparación para repetir el esquema en otros países que puedan ser apetecibles por sus recursos naturales y que no tengan capacidad de defensa propia ni alianzas eficaces. China ha aumentado más del 7% su presupuesto anterior en Armamento (Defensa, eufemísticamente) y la Unión Europea considera cumplir definitivamente con el número mágico del 2% del PIB en en robustecer sus presupuestos para Defensa y conformar, al fin, un Ejército Europea. Esto se debería calificar como camino firme hacia la guerra total.

Una tercera opción, que puede venir provocada por las actuaciones de Putin y los jerarcas del Kremlin, si se decide a agredir a algún Estado vinculado a la OTAN, es la entrada en guerra de Estados Unidos y la Unión Europea contra Rusia. La posición de China en este punto sería determinante para llegar a la guerra total, aunque no cabe descartar que, por virtud de acuerdos no conocidos y simpatías largamente expresadas, el país controlado por Jinping no sostenga su neutralidad. Ergo, el camino de la tercera guerra mundial aparecería expedito.

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