Al socaire

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Cuento de primavera: El albacea

8 mayo, 2014 By amarias Deja un comentario

Hace algunos años, en una localidad enclavada en un paraje de tierras áridas, vivían dos hermanos, que se habían quedado huérfanos de sus padres cuando solo tenían cuatro y cinco años, respectivamente. Se llamaban Teodofrosia y Cucusfato, nombres que sus progenitores, devotos del Santoral extravagante, les habían impuesto en la ceremonia del bautismo, con la intención disculpable de dotarles de un nombre singular, ya que sus apellidos eran los de Fernández, González y García, por mucho que se ascendiera hasta la enésima rama de su árbol genealógico.

Al morir los papás en un desgraciado accidente, -fue general la conmoción en la comarca cuando el autobús que los conducía de vuelta al pueblo, tras haber ido a la ciudad por un asunto judicial, se salió de la calzada, encontrando ambos su muerte instantánea-, y con el fin de evitar que fueran entregados en adopción a desconocidos, los niños habían sido encomendados al único familiar que les quedaba, Sor María del Amor Dichoso, monja de clausura en un convento de las Agustinas Adoradoras, en el mismo pueblo de Guadalatejo, obtenida que fue la correspondiente dispensa del Sr. Obispo de la diócesis.

La educación que recibieron en tan singular escuela, fue, por decirlo de forma sencilla, incalificable. A Teodofrosia, se la orientó deliberadamente hacia la vocación religiosa, adquiriendo su alma la convicción de que había venido a este mundo para salvar, con su personal sacrificio, de la condena eterna al mayor número posible de descarriados, a base de apretarse más y más el cilicio, rezar de continuo y flagelarse a ratos en la soledad de su celda con un latiguillo de cuero.

A Cucusfato, hecho de otro pelaje, la continuada presencia entre mujeres, ciertamente de variadas edades entre las que predominaban las muy ancianas, pero en donde no faltaban algunas mozas de buen ver a las que sus variadas circunstancias habían conducido al claustro, la permanencia en el convento le llevó a desequilibrios sexuales y sensoriales, que el adolescente aliviaba como podía, con crecientes exigencias a medida que sus impulsos se concretaban.

Consciente de la situación, como la tensión iba in crescendo, la permanencia del joven Cucusfato en las paredes claustrales, fue valorada por las más añejas de las venerables monjas, como de todo punto insostenible. Y un cierto día, la madre superiora, ante la presencia de Sor María del Amor Dichoso, comunicó al muchacho, que tenía por entonces diecisiete años, que no era grata su presencia allí y que debía ganarse la vida fuera de aquellas paredes sacras.

-Nada podemos darte más de lo que ya recibiste de este lugar de pobreza y oración -le dijo la superiora, en tono adusto-. Es cierto que no pudimos darte un oficio, porque está claro que no tienes vocación al sacerdocio, pues tus impulsos hacia la carne te dominan.

Su tía, que padecía de juanetes y tenía muy mala circulación sanguínea, asentía. La priora, continuó su discurso de despedida:

-Debes irte de aquí, antes que tengamos que lamentar una desgracia. Pero, antes, debes saber algo. Aunque no has cumplido todavía la mayoría de edad legal, aquí está el sobre que el Sr. Notario de la capital del municipio, nos ha dejado para ti, cuando nos fuiste confiado, con la condición de que se te entregara cuando cumplieras los dieciocho años. Es cierto que aún no los tienes, pues te falta  un año aproximadamente. Solo que, no siendo tolerable para la tranquilidad de este convento, en donde más de una novicia  me viene manifestando que tu presencia le perturba su vocación, no es posible que permanezcas con nosotras ni un día más.

Ahorrémonos, pues, las súplicas del joven, lo prolijo de los argumentos de la Sor directora y las concordancias silenciosas con las que las corroboraba su tía, defendiendo ambas lo mismo, y tengamos, como así sucedió, a Cucusfato con aquel sobre abultado en la mano, los pies fríos y la cabeza caliente, abandonado a las puertas del Convento, que se le cerraban para siempre.

Hubo lágrimas, desde luego, propósitos de enmienda, balbuceos. Nada impidió que la hermana portera fuera la encargada de conducirlo hasta el umbral del caserón, advirtiendo que no volviera por allí más que de tarde en tarde, y solo para ver a su hermana y a su tía a través del torno o platicar con ellas breves frases al otro lado de las rejas de clausura.

¿Qué podía hacer el muchacho, cuando, se halló deambulando en una calle desierta a cal y canto, en un pueblo del que no conocía más que el trozo de acera que había atisbado desde la ojiva que daba escasa luz a su minúscula celda? ¿Cómo habría de enfrentarse a un mundo con el solo bagaje de lo que había deducido por los cantares monótonos de los jilgueros y mirlos que, de tarde en tarde, venían a posarse en los naranjos del patio del convento en donde habían transcurrido los últimos trece años de su corta vida? ¿Le servirían de algo los relatos, plagados de incongruencias, dogmas y elucubraciones con las que las monjas dejaban transcurrir los escasos momentos en que se les permitía hablar en los recreos?

Lo que hizo, ante todo, fue abrir el sobre. No entendió todo su contenido a la primera, y lo leyó, por tanto, varias veces. Comprendía el involuto varias hojas, todas ellas con membrete de la Notaría, de las que vino a entender que sus padres habían dejado este mundo siendo muy recientes poseedores de una considerable fortuna. Un montante, en dinero y propiedades, que estaba siendo administrado por un albacea, cuyo nombre también figuraba en el escrito, y que le sería entregado al cumplir los dieciocho años.

En el escrito se dejaba expreso, por otra parte, que su hermana mayor, que, por lo dicho, acababa apenas de cumplir los dieciocho, habría sido destinataria de un sobre similar, por el que se la declaraba propietaria de un patrimonio idéntico al que él recibiría, llegado su momento. Teodofrosia, pues, coligió Cucusfato, tenía que haber sido a estas alturas ya conocedora de su riqueza y, a no dudar, habría tomado posesión de la misma.

-¡Ah, la muy taimada! -reflexionó el muchacho, argumentando para su coleto-. Nada me dijo de esos bienes de los que mi hermana habrá tomado posesión. Sospecho, pues, que los ha donado al propio Convento, o, tal vez, los habrá entregado a los pobres, aconsejada por mujeres que no tienen ojos más que para lo que no sea de este mundo.

La tarde se le echaba encima, y no teniendo previsto, claro está, dónde y con qué pasar la noche, consciente de que la ciudad estaba lejos -un indicador de carretera expresaba que había setenta y tres kilómetros hasta ella desde Guadalatejo- se puso a meditar la actuación que correspondía, sentado en un banco del parquecillo local.

-Puedo ir al Notario y, en el supuesto de que aún viva, contarle la situación a él o a su sucesor, y pedirle a ese albacea cuyo nombre figura en el papel, que me adelante algunos dineros a cuenta de lo que me corresponderá cuando cumpla los dieciocho.

Sin embargo, no le parecía del todo pertinente hacer tal descubierta. Con sus perspicaces entendederas, cimentadas a base de leer pasajes bíblicos, concluía: «Lo más seguro es que me digan, obstinados estos funcionarios en cumplir estrictamente con lo que se les tiene mandado, que la condición no está cumplida, y me den largas hasta que tenga los dieciocho».

-Otra opción es que vuelva al Convento, le pida a mi hermana y a la superiora que reconsideren la situación, por caridad,  y que me dejen estar unos cuantos meses más, comprometiéndome a no mover ni una ceja ni, mucho menos, a volver a levantar faldón alguno, hasta que me venga la mayoría de edad que estos legales documentos quieren para mí.

Con todo, descartaba también esta posibilidad, pues, dado el comportamiento que habían tenido su tía, la madre Superiora, y hasta su propia hermana, con él – a todas las cuales suponía conocedoras de las estipulaciones-, se obsesionó en deducir que le habrían de negar la entrada en el Convento, dándole, de nuevo, con el portón en las narices, y aún con más saña.

Estos y otros pensamientos le embargaban la sesera, con tanto desorden y tal fuerza, que, ya con las primeras oscuridades de la noche, estando en ayunas de la cena, consumido el bocadillo de queso que le habían metido en un hatillo, con la cartilla de nacimiento y un bizcocho de almendras, se quedó dormido.

Allá, amortiguados, pero, siendo para él del todo conocidos, le llegaban los rezos y cánticos de las monjas, ocupadas entonces en las oraciones vespertinas que, excepcionalmente, le sirvieron aquella vez de nana arrulladora.

Despertó al alba, sobresaltado, con el toque a maitines. Tenía los músculos doloridos por la cruel postura, ya que las maderas del banco se le habían encajado en la espalda juvenil. En un acto reflejo, se levantó de un salto, y aún medio dormido, hacía como que se disponía para acompañar al séquito de adoradoras a la capilla, cuando se dio cuenta que no había ya que cumplir con esa obligación de las internas, pues era libre, y potencialmente rico, aunque en futurible.

-Daría cualquier cosa -expresó en voz alta- por tener un año más. Si todos los años de rezos y plegarias me han servido de algo, quisiera pedir a Quien todo lo puede que, si no le es molestia, me ponga encima los más de trescientos días que me faltan.

En aquel momento, se desató una terrible tormenta. Las nubes se vaciaron con ganas sobre el pueblo y, acompañado el aguacero con estrépito de truenos, un rayo cayó justamente en el árbol más alto del parquecillo, partiéndolo en dos como si fuera mantequilla.

-Entiendo que esa es la respuesta que pedí -dijo, cayendo de rodillas, y poniendo los brazos en cruz-. Se me ha concedido lo que pido.

Y así, mojado como estaba hasta los tuétanos, fue directo al autobús que había en la plaza y que, en efecto, tenía por destino la capital del municipio, donde se sentó en uno de los asientos libres.

-Debes sacar el billete, muchacho -le exigió el conductor del vehículo, acercándose a él.

-Perdone, Vd. Pero no tengo dinero. Aunque le advierto: Dios está conmigo y acabo de cumplir los dieciocho años, por su divina intercesión.

-¡Ah! -le espetó el cobrador, que era el mismo que conducía el vehículo, y que era agnóstico- En ese caso, han de ser dos los billetes. Y, por si no lo sabes, solo los niños acompañados de sus padres no pagan billete. Así que, o pagas, o tendrás que bajarte.

El muchacho se le quedó mirando y, aturdido, acertó a explicar:

-Me llamo Cucusfato García, y mis padres eran ambos de este pueblo. Soy huérfano y he estado hasta ahora viviendo en el Convento de clausura, con mi hermana y mi tía.

Fue, en verdad, providencial. El vecino de al lado, un anciano de testa venerable, le tendió la mano, con una sonrisa.

-Yo pago el billete de este joven.

Cucusfato vio cómo su vecino sacaba la cartera y, sorprendido por su gesto, le preguntó, tratando de hilvanar todos los hilos que se acumulaban en su juvenil cabeza:

-¿No será Vd., por casualidad, el albacea de la herencia de mis padres?

El anciano negó con la cabeza.

-¿El albacea? No, no, qué va. Solo que he reconocido, en el traje que llevas, el que yo mismo entregué al convento hace unos meses, que perteneció a mi hijo, que falleció de unas fiebres el verano pasado.

Cucusfato se sonrojó, apretándose mejor, de forma instintiva, la chaqueta con la aparente pretensión de ajustarse los botones, con manos temblorosas y sabiéndose mojado hasta los tuétanos. Estaba todavía convencido de que le había pasado el año en un pispás, si bien lo que sucedió después es mejor contarlo en otro cuento, si nos quedan ganas de continuar con la historia.

FIN

 

 

Publicado en: Cuentos y otras creaciones literarias Etiquetado como: albacea, clausura, convento, cuento, cuento de primavera, heerncia, hermana, mayoría de edad, notario, reparto, tía

Cuento de primavera: La raya

7 mayo, 2014 By amarias Deja un comentario

Cuando el ratón de campo, merodeando por las cercanías, buscando bayas y raíces tiernas, vio la raya en el suelo, le preguntó a la comadreja, que asomaba las narices desde su covacha:

-¿Qué significa esta raya?

Era una raya blanca, trazada con exquisito cuidado, que rodeaba un roble centenario del bosque de Cornshall, en la húmeda región de los lagos de Shadowgrey. La cueva de la comadreja estaba, justamente, en una hendidura de ese árbol respetable.

-Esa raya, querido pero ignorante ratoncillo, significa que nadie puede pasar a este lado sin mi permiso -le contestó, tan fresca, la comadreja.

El ratón de campo no daba crédito a lo que estaba oyendo.

-¿Qué me estás diciendo? Hasta donde me es conocido, y así me lo transmitieron mis padres, y hasta los padres de los padres de mis abuelos, a los que conocí cuando ya estaban en las últimas, todo el territorio de este bosque y sus aledaños es comunal. Es decir -el ratoncillo, que dudaba de la perspicacia de la comadreja, a la que había confundido, en un primer momento, con la musaraña, con la que tampoco guardaba buenas migas, puntualizó en lenguaje más asequible-, nos pertenece por igual a todos.

Pero la comadreja estaba determinada a explicar su actuación, erre que erre.

-Pues, atiende tú, ridículo personaje de estos andurriales. A partir de ayer por la noche, momento en que he trazado esta señal, este terreno es mío, de mi uso particular y restrictivo. Y punto pelota.

El ratoncillo de campo, convencido de que a la comadreja se le había ido la olla, se fue a otro sitio, porque calibró que no estaba el horno para bollos. Como tenía más cosas en las que pensar, se olvidó del incidente en un quítame allá esas pajas.

Por su parte, el bosque seguía dando sus frutos, la lluvia caía cuando correspondía, y la atmósfera estaba limpia como una patena.

Un par de días más tarde, el roedor campestre se topó con una raya en torno a la fuente a donde solía acudir a beber después de sus caminatas, pues el agua, debido a las sustancias minerales que tenía disueltas en ella, le sabía mejor y le parecía, en su evaluadora apreciación ratonil, más fresca que muchas otras.

Aquella nueva raya en el suelo le impresionó, pero aún más le dejó patidifuso -como suele decirse- que un oso pardo le pusiera, de forma amistosa aunque resuelta, la zarpa encima de la cocorota:

-¡Alto ahí, joven amigo! Esta fuente es de mi propiedad. Si quieres beber de sus aguas, deberás abonarme un cuenco de moras maduras. Y debes estar agradecido de que no te imponga un precio más alto, lo que hago solo en consideración a tu ridículo tamaño.

El ratoncito casi se cae de espaldas:

-P…pero esta fuente siempre fue pública. Los padres de los abuelos de mis bisab… -empezó a decir.

-Menos monsergas, renacuajo -le interrumpió el plantígrado-. Lo tomas o lo dejas, que son lentejas. Las cosas están cambiando de paradigma, jovencito. No tienes más que mirar a tu alrededor para darte cuenta de que aquí, el que no corre, vuela.

El pequeño roedor, que no estaba dispuesto a darle lo que le pedía el oso, si bien, atendiendo a la diferencia de tamaño entre ambos animales, comprendía que tenía todas las de perder en caso de confrontación, se fue con viento fresco, saciando su sed junto al arroyo que fluía algo más abajo.

-La gente se está volviendo loca -murmuró para sus adentros, porque no tenía a nadie con quien comentar la extraña sensación que se estaba apoderando de él.

Había avanzado varios metros, cuando, al pasar por delante del roble en torno al cual la comadreja había trazado hacía un par de lunas la raya que le había salido de sus pilosas ocurrencias, observó que se alzaba ahora un murete de barro y ramas secas, por encima del cual asomaba el morro del mustélido, tan campante:

-¿Qué diablos has querido decir ahora con esta edificación, que parece más propia de castores que de comadrejas? -osó preguntarle nuestro azorado amigo, sin acercarse mucho, ya que recordó, de pronto, que las comadrejas se comen a los ratones  cuando les acucia el apetito, incluso aunque les doblen de tamaño (lo que era el caso).

-Ya ves. Nadie puede atravesar, al menos, por tierra, este territorio, que ha pasado a ser de mi exclusiva propiedad, por arte de birlibirloque -fue la increíble contestación que surgió de entre los bigotes de la comadreja.

El ratón de campo se llevó las patas a la cabeza. Esto no impidió, con todo, que se quedase pensativo, que era la cualidad que más le apetecía desarrollar cuando se encontraba con algo que no entendía.

En el camino hacia su madriguera, se encontró con que el corzo, el urogallo, la nutria el topo, el gavilán,…bueno, prácticamente todos los animales del bosque, también habían establecido, y de muy diferentes maneras, los límites a su territorio particular.

-Esto es el fin -dijo a su pareja, cuando llegó al agujero que les servía de refugio, apartando, como cada día, el pegajoso abrazo de las dos decenas de retoños que se empeñaban en babearle con sus carantoñas juguetonas- ¿Te has fijado en la fiebre que está asolando el bosque? ¡Todos están obsesionados con señalar alguna propiedad, segregándola de lo que hasta ahora era bien común!.

La hembra del ratoncillo de campo, le hizo pasar, con algo de misterio, adentro del agujero, y cerró la puerta, una de esas puertas de chicha y nabo que duran el tiempo justo para el tente mientras cobro, y que se encuentran en los comercios que hacen los suecos.

-Chiss…-le confesó- He comprado esta madriguera al taimado zorro a cambio de llevarle dos huevos de gallina al mes durante un año. Así que ahora es nuestra. Aquí está la escritura, firmada por el zorro y por mí, a la espera solamente de que añadas tus huellas dactilares en esa esquina de la hoja, para darle validez de toda validez.

El ratoncillo de campo se sintió más solo que nunca, pero, como la cosa le parecía que no tenía remedio, puso su pata, impregnada de barro y ceniza en el lugar que le indicaba su ratoncita querida.

-No quiero problemas, pero algo me dice que, de ahora en adelante, los tendremos a mares.

Fue el comienzo, según las crónicas, de una época llena de sobresaltos en el mundo de los animales del bosque, cuya tranquilidad quedó quebrada como el cántaro de la lechera.

FIN

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Cuento de primavera: La niña que miraba las cosas del revés

6 mayo, 2014 By amarias Deja un comentario

Hay cualidades innatas y otras que se desarrollan. Entre las primeras, puede citarse la forma en que uno cruza los brazos (el derecho sobre el izquierdo, o viceversa), que es el resultado de un gen de lo más curioso que, en realidad, aún no se ha descubierto cuál puede ser su utilidad práctica, pues los norteamericanos no han decidido analizarlo, por el momento.

De las cualidades adquiridas, una de las más curiosas con la que me he encontrado, era la de una niña que miraba las cosas del revés.

Si tengo que ser preciso con la máxima precisión, debería aclarar que la niña en cuestión tiene, en la actualidad, casi sesenta años. Lo que no obsta para que ella se considere, en lo referente a esa forma de contemplar el mundo, anclada en su etapa infantil; y no seré yo quien la contradiga. Al contrario, me parece una habilidad muy útil.

La historia de cómo se animó a cultivar la destreza de mirar las situaciones, en determinados momentos, al revés que los demás, es tan pertinente que, como no descarto que pueda ser de utilidad para otros niños -no importa de qué edad- me animo a contarla aquí.

Cuando a Benjamina Portelosa, que era una niña muy lista y aplicada, le dijeron sus padres que iba a vivir en otra ciudad, que era, por si viene al caso, la capital de la región en donde ella misma había nacido, pero de la que la familia había tenido que salir cuando era un bebé, se puso muy contenta. Imaginó, por lo mucho que le habían contado de ella, que sería incluso más bonita que aquella otra en la que había desarrollado su existencia hasta entonces.

Una ciudad ésa, por cierto, en la que se encontraba muy a gusto. Se había hecho amigas de otras niñas con las que había conseguido una complicidad a prueba de bombas, carros y carretas. Y no solo eso: muchas tardes, antes de la oscurecida, siempre que les daban permiso, le gustaba acercarse a la orilla del mar y dar estupendos paseos mientras las olas le mojaban los pies.

Era una ciudad muy luminosa.

La ciudad a la que las circunstancias de la vida condujeron a la niña, cuando ya tenía unos diez u once años, se le presentó, desde el principio, muy distinta a cómo se la había imaginado. Desde luego, no parecía que hubiera sabido representarla correctamente a partir de las descripciones entusiastas que le habían hecho sus padres, y los amigos de sus padres, y todos aquellos que, viniendo de allí, habían tenido la gentileza de visitarles en la ciudad de la luz.

¿Os podéis suponer lo que significa más y mejor para una niña de diez años que ya cree vivir en el Paraíso? ¡Una ciudad con mucha más luz todavía que la ciudad de la luz! ¡Habría de ser deslumbrante!.

Recordaba perfectamente las encomiásticas palabras que los viajeros había dedicado a la ciudad a la que acababan de llegar, cuando observaba con estupor cómo la lluvia repicaba insolente, sin ninguna intención de cesar, en las ventanas de la nueva casa.

Aún estaban las maletas por deshacer y, con curiosidad infantil, había corrido hasta el mirador para contemplar la nueva luz. Pero, por más que se esforzaba, no veía más que gentes apresuradas, vestidas en tonos grises, pertrechadas con paraguas negros, procurando no resbalar sobre las aceras escurridizas:

-La ciudad a donde vas a ir es maravillosa- eso le habían dicho-. Es cierto que llueve, y te podrá parecer gris, pero solo al principio. Los habitantes son reticentes y muy suyos, sí. Es solo una primera impresión, porque, una vez que se abren al forastero, son como las flores que se despliegan en primavera. La ciudad no tiene playa, es cierto, pero las montañas que la rodean tienen todos los verdes imaginables, desde el azul turquesa al amarillo limón. Los árboles, en grupos frondosos,, dan cobijo a miles de pájaros multicolores y hay parajes insólitos en donde se puede cazar, pescar o, simplemente, saltar y correr sobre la tierra húmeda sin que nadie te perturbe.

Nada de eso estaba allí, en lo que veía. Así que le dijo a su madre:

-Quiero volver a la ciudad de donde venimos. No me gusta ésta.

Pero su madre, que era maestra vocacional -aunque no ejercía- y sabía cómo manejar a los niños, le cerró el camino de vuelta, y, al mismo tiempo, le dio un consejo:

-No podemos volver, porque aquí es donde tu padre tiene trabajo. Acostúmbrate a mirar las cosas del revés.

La niña era muy obediente, así que torció cuanto pudo la cabeza, y, como no le pareció bastante, apoyó las manos en el suelo, dando una media voltereta, hasta que consiguió colocarse con los pies en lo alto.

Vio entonces el cielo, que, aunque cubierto de nubes, le pareció muy bonito. Las nubes, algodonosas, desgarradas o compactas, tenían, porque empezaba a atardecer, colores diferentes y, sobre todo, adoptaban formas muy caprichosas. Estuvo un buen rato contemplando el panorama celeste, y, echando a volar la imaginación, no tardó en encontrar innumerables ocasiones en lo que veía para disfrutar.

Cuando la llamaron para la cena, estaba algo mareada, pero contenta.

-De ahora en adelante, cuando algo no me guste, lo miraré del revés -anunció a sus padres.

No perdió esa costumbre. Con los años, adquirió incluso la facultad de no necesitar ponerse boca abajo. Podía imaginar que se encontraba exactamente donde quería estar, sin más que cerrar los ojos.

Pasado algún tiempo, ni siquiera le era preciso cerrar los ojos. Se abstraía, y le bastaba. Y, lo que es aún mejor, cuando alguien decía algo que no le gustaba, o pretendía convencerle de algo que no tenía pies ni cabeza, lo miraba del revés con los solos ojos de la imaginación.

Fue bastante feliz, gracias a esa facultad que, como queda expresado, consiguió desarrollar a base de repetir, una y otra vez, la manera de mirar las cosas del revés.

FIN

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Cuento de primavera: La faja pirítica, el yelmo romano y el gurumelo

4 mayo, 2014 By amarias Deja un comentario

Mi amigo Ignacio Pausanio sacó nuevamente el teodolito de la funda de cuero, desplegó el trípode, y pidió a su ayudante improvisado -un lugareño que nos acompañaba como guía por aquellos lugares de los que a Ignacio se le había solicitado un levantamiento topográfico y la evaluación de la riqueza mineralógica- que se alejara más o menos cien pasos, sosteniendo un extremo de la cinta métrica que el sujetaba por el otro.

-En línea recta -le apremió, como si se tratara de la primera vez que le daba la instrucción aquel día-. Mientras tanto, yo ajustaré el aparato.

La mañana había amanecido bastante fresca. Cuando metimos los cachivaches de trabajo en el viejo automóvil, yo daba por supuesto que, como el día anterior, en un par de horas estaríamos de vuelta a Valterroso tomando el aperitivo.

Ahora, aparcado el vehículo en algún lugar de aquellos parajes de la Sierra del Cuerno que, al menos yo, no sería capaz de volver a encontrar sin la ayuda de la casualidad,  y tras haber recortado a pie, -cargados ellos con  los bártulos y las libretas, y yo con mi colección de piedras-, más crestas que un sexador de pollos (la frase no es mía), estábamos sedientos, sofocados y cansados.

Empeñado en recoger pedazos sin método de aquella naturaleza para meterlos en una bolsa de tela que llevaba -una especie de zurrón-, yo no resultaba a Ignacio de mucha ayuda.

Tampoco me lo había pedido, prudente como él era, metódico hasta lo inimaginable. Sus muestras estaban rigurosamente identificadas, introducidas cada una en su correspondiente bolsita de plástico, en la que también colocaba un papel con la descripción del lugar, sus coordenadas geográficas, la profundidad de la toma (no dudaba en bajar por algunas simas abiertas) y quién sabe qué otras características misteriosas para mí.

Por mi parte, llevado por una afición neófita a las piedras, seguramente surgida de lo más visceral y atávico, a diferencia de lo que para Ignacio representaban, yo había hecho su mismo camino acumulando trozos de minerales y rocas, solo por el hecho de ser más relucientes que otros, o porque sus formas me parecían caprichosas o extraordinariamente regulares.

Ignacio les ponía nombres estrambóticos para mí, que para él resultaban de la identificación que surgía de su cerebro como lanzada por resortes: melaconitas, tetraedritas, erubescitas o marcasitas, eran palabras que atribuía a lo que yo depositaba en su mano, sin que distrajera su atención inquebrantable.

-¿Qué vas a hacer con ellas? -me preguntó, por fin.

-Tengo una idea aproximada. Cuando vuelva a Madrid, las pondré todas juntas en mi mesita de noche y les pediré su intercesión providencial -le había contestado, con insolencia improvisada.

Sin embargo, cuando el bolso cargado de piedras empezó a pesarme y noté que las aristas de algunas de aquellas muestras pétreas me marcaban la espalda, fui volviéndome cada vez más exigente con la recolección y, vencido, acabé vaciando todo el contenido, junto a un aladierno solitario, despidiéndome de ellas para siempre.

-He perdido la ocasión de comprobar si lo que me has venido diciendo es o no correcto -le dije a Ignacio, feliz con el alivio tan fácilmente conseguido.

-No te preocupes, puedes recoger tu colección a la vuelta, si es que encuentras solo el camino, porque hoy ya no pasaremos de nuevo por aquí. Eso sí, no me pidas que te diga nuevamente su nombre: volverán a ser para ti solamente piedras -me replicó, simulando despecho, concentrado, como siempre parecía, en hacer bien un trabajo que para mí, por entonces preparando por tercera vez las oposiciones a secretario de Ayuntamiento, rozaba lo ininteligible.

-¡Ingeniero, ingeniero, aquí hay algo! -gritó, de repente, el mozo, alborozado, señalando un lugar en la tierra.

-Voy, voy. Pero, por favor, no tires al suelo la mira, que es de la empresa, no mía -le calmó Ignacio.

Yo mismo, que estaba en aquel momento sosteniendo la otra mira, por indicación amable del director de aquellos especiales trabajos, no pude contener la curiosidad, y, abandonando también en el suelo el listón de madera pintarrajeado de singular manera, me acerqué a donde apuntaba el muchacho.

Cuando llegué al sitio que había llamado la atención del mozo, no vi nada especial.

-¿Qué hay? -pregunté, después de deslizar la vista varias veces por la tierra algo húmeda, en donde sí advertí que la gran masa verdosa que Ignacio llamaba diabasa, aparecía más fértil, dentro de un paraje bastante yermo.

-Aquí, bajo ese montoncito que sobresale, empujado por él. Un gurumelo.

Y, con las manos, ayudándose de una navaja que sacó del bolsillo, desplegó un huevo blanco, del tamaño algo mayor que una pelota de tenis.

-En este sitio hay amanitas, ingenieros. Menuda riqueza -expresaba, alborozado, el muchacho.

Ignacio cogió el ejemplar de amanita ponderosa que se le tendía, y lo limpió con la mano del resto de tierra.

-Bien, bien -afirmó, persuasivo-. Las setas son interesantes, pero la razón por la que hemos venido hasta aquí no son estos hongos, sino que estamos a la busca y captura de la franja pirítica.

Después se dirigió, sucesivamente, a mí y al joven lugareño:

-¿No es verdad, leguleyo? Porque mi amigo no es ingeniero, muchacho. Es licenciado en derecho, honrada profesión, sí, pero alejada de piedras y metalurgias.

-Eso, eso -suscribí yo-. Y cuando la encontremos, la tal faja, la conduciremos a  la autoridad competente, para que la juzgue como es debido.

A la caída de la tarde, ya de vuelta a la posada, llamé a mi novia de entonces, una muchacha encantadora que estudiaba en la Escuela de Turismo, y que se llamaba Rolena, como su madre.

-Te quiero -le dije, mintiéndola, como pensaba hacer cada día de aquellas vacaciones que me estaba tomando por el Sur, y que deberían haberme servido para hacerme reflexionar sobre nuestros verdaderos sentimientos, muy alterados; quiero decir, erosionados.

-Tengo que decirte algo -me contestó, con una voz que resultaba áspera y no lo melosa que hubiera deseado; había un trasfondo de risas y jolgorio impropio del reposo domiciliario en el que la imaginaba, una residencia de señoritas universitarias.

-Ha sido un día inolvidable -proseguí, disimulando la inquietud que había empezado a aflorar por la cresta mis sentimientos falseados- Ignacio cree haber encontrado la montera de la faja pirítica, en una zona hoy abandonada, pero en la que, con seguridad, estuvieron los romanos hace casi veintidós siglos. Hemos encontrado un pocillo, de los que utilizaban para ventilación de sus minas, en el que descubrimos un trozo de yelmo y, tal vez, un resto de pica abandonado por algún esclavo.

-Me alegra por ti, que paséis el día entre fajas y sostenes – oí decir al otro lado del hilo telefónico, por una voz que carecía de  emoción -. Así podrás asimilar mejor lo que tengo que decirte. Que te lo voy a expresar sin reservas ni medias palabras.

-¿Has suspendido? -se me ocurrió preguntar, para aliviar presión. Porque no necesitaba escuchar lo que deseaba decirme Rolena. Conocía el contenido, la ley y el exacto valor de mi franja afectiva.

-Siempre tan gracioso -casi deletreó ella-. Sabes que no me examino hasta finales de junio. Voy al grano. Lo nuestro está agotado. Te dejo con tu amigo pirómano.

En la casa de huéspedes, advertí, en el mismo lugar que la noche anterior, una salamanquesa gigantesca, adherida como una lapa a la pared del cuarto, junto a una fotografía ajada de lo que habrían sido antepasados de la patrona.

Sin venir a cuento, me puse a reir, convulsa, estúpidamente.

-¿Agotado? ¿Sin reservas? Ignacio asegura que aquí hay mineral para, por lo menos, cien años. Y que lo sepas: si fallan las piedras, están los gurumelos, y si se agotan los gurumelos, en el pueblo dicen que se pondrán a recoger los yelmos, las cadenas y las picas que sembraron en su época, los romanos.

Fue ella la que me colgó.

Han pasado treinta años y, al volver a recorrer estos lugares, siguiendo un impulso inexplicable, guiado por el mismo mozo que nos había acompañado entonces, convertido en propietario del restaurante de Valterroso,  me pareció que un montón de piedras que encontramos junto a un aladierno, era el mismo que yo había dejado abandonado. Solo que, sin Ignacio a mi lado, resultaban piedras anónimas, tierra sin sentido.

Eso sí, el pote de gurumelos y espárragos trigueros me trajo aromas a la juventud  perdida y tuve un momento de paz, anclado a esa memoria.

FIN

 

 

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Cuento de primavera: Obra inacabada

3 mayo, 2014 By amarias 1 comentario

Carmen G. volvía a su casa, luego de asistir a la reunión semanal de damas adoradoras del santo recogimiento, cuando alguien la abordó por detrás, cogiéndola por un codo:

-Perdone, señora, mi atrevimiento. Quisiera pedirle algo.

La mujer, sobresaltada, contestó de inmediato como corresponde:

-Tengo mucha prisa.

Había, sin embargo, paz en el rostro del desconocido, lo que sirvió como antídoto al momento de desagrado que Carmen G. había padecido.

El hombre, extranjero por su aspecto -tenía los ojos azules, casi grises; pero, sobre todo, lo que destacaba era su atuendo, demasiado abrigado para el tiempo que hacía-, se colocó frente a la joven y, con un tono entrecortado que ella atribuyó a la larga frase que pronunció, demasiado compleja para su conocimiento del idioma, explicó:

-Me llamo Vassili Grigorieviz Zaitsev. Soy ruso, y mi oficio es el de pintor de iconos. Estoy preparando mi nueva exposición. La he visto e inmediatamente sentí una fuerza interior que me decía: «Esta mujer es la viva imagen de Nuestra Sra. Kazanskaia», la bendita virgen de Kazan.

Carmen G. no sabría decir si estaba complacida por lo que era, evidentemente, un elogio a su belleza, o si, al observar mejor el rostro del desconocido, apreció inconscientemente su atractivo físico y lo asumió como valor de cambio.

No era un impulso sensual, sino el fruto de la curiosidad sobrevenida hacia quien había tenido el arrojo (¿la desfachatez?) para asaltarla con una propuesta insólita, en la mañana templada de final de primavera de aquella anodina ciudad de provincias, regalándole los oídos. Se sintió adulada, y nadie desprecia ese sabor dulce que el espíritu apetece y paladea, tanto estando ahíto como en ayunas.

Guardó silencio, que el llamado Vassili aprovechó para completar su mensaje:

-Me gustaría pintar su rostro. ¿Me concedería ese honor? No tardaré mucho en realizar mi apunte, porque soy maestro en pintura rápida.

Carmen G. repitió algo, con menor convicción, respecto a la prisa que llevaba; habló de las dificultades por las que entendía que no sería sencillo encontrar abierto un café adecuado a aquella hora del día; indicó que, en efecto, su casa estaba cerca, pero que no parecía conveniente utilizarla como estudio de pintura circunstancial, ya que se marido estaba fuera, trabajando; admitió, finalmente, que, si no era posible otra opción y, puesto que Vassili se comprometió a estar de vuelta en media hora con su canvás y los tubos de pintura al óleo, ella tendría tiempo para cambiarse de ropa y avisar a una vecina para que estuviera presente durante la sesión.

–Porque no quiero estar sola, ¿sabe Vd.? No porque le tenga a Vd. ningún miedo, sino por el qué dirán.

No estaría completamente segura de si llegó a pronunciar la frase, aunque podría jurar que lo había pensado y si no la dijo, fue porque algo la distrajo.

Al cabo de media hora exacta, Vassili Grigorieviz Zaitsev apareció en la dirección que Carmen G. le había indicado, portando un caballete de viaje, un lienzo de tamaño más bien reducido, y un maletín muy coloreado con los inequívocos pegotes de pasta de material repetidamente usado.

La joven casada no había llamado a ninguna vecina, pero se había cambiado de ropa. Llevaba una blusa verde, estampada, que resaltaba su mirada de gacela, y que, con el cuello entreabierto, dejaba asomar la cadena con la medalla de la virgen de Guadalupe, elegida como amuleto de su virtud.

Vassili buscó el lugar con la mejor luz, recorriendo, con discreción y profesionalidad, toda la casa. Decidió que el ángulo solar más adecuado para resaltar la pureza del rostro de Carmen G. era el saloncito contiguo a la habitación principal (el dormitorio del matrimonio propietario), y allí desplegó sus útiles, rogando a la bella mujer que se sentara enfrente, con la mirada volcada hacia la ventana, que abrió, con su permiso.

Un golpe de aire algo fresco provocó un escalofrío en la joven, cuya piel se crispó, erizándose los pelillos de sus brazos torneados por los ángeles (así se expresó el artista).

-Le ruego que se esté quieta, en lo posible, para que pueda captar la esencia, el espíritu de su divina belleza -decía el ruso, moviéndose del caballete a la silla en donde se encontraba la mujer, a la que tomaba delicadamente por la barbilla, orientando milimétricamente el ángulo de su rostro hacia la luz o, alcanzada mayor y más serena confianza, abrirle un poco más -unas centésimas de micra, una nadería- los bordes de la blusa que encerraba el misterio de los senos turgentes.

Carmen G. se sentía algo más azorada, un si es no es más nerviosa, a medida que pasaba el tiempo, deseando intensamente que todo terminara en cualquier dirección imaginable.

De pronto, alguien abrió la puerta de la calle, y unos pasos decididos se oyeron, pasillo adelante. Vassili, en cuestión de segundos, recogió el lienzo y el caballete. El esposo de la joven entró en el salón de la vivienda, llamándola:

-¡Carmen! ¿Estás en casa? ¡La luz del recibidor está encendida!.

Carmen G. se levantó de la silla, nerviosa sin poder explicar exactamente la razón, y fue al encuentro de su esposo. Vassili la siguió, como un cordero. Carmen G. besó al esposo de Carmen G., como cada día; tal vez, de forma algo más fría que de costumbre.

-El famoso pintor ruso Vassili Grigorieviz Zaitsev me ha pedido que posara un momento para un icono. Dice que me parezco a la virgen de Kazanskaia -explicó a su querido esposo, que se sorprendió muchísimo de encontrar a otro hombre en la casa.

-¿Vassili Grigorieviz?¿Como el famoso tirador ruso de la batalla de Stalingrado? ¿Zaitsev, el que no fallaba un disparo? ¿Exactamente se llama Vd. como él, con su mismo apellido? -fue lo que se le vino a la mente.

La batería de preguntas debió resultar suficiente para que el desconocido, el supuesto pintor de iconos, se escabullera, abandonando precipitadamente el lienzo en el que había estado, teóricamente, pintando a la hermosa dama.

El esposo recogió el lienzo, un bastidor rústico en el que había una tela sin encolar, imposible soporte para ninguna pintura, pues no era impermeable. Estaba blanco como una sábana de lino recién lavada, como el papel de una resma apenas abierta, como las nubes que emergen de una batería de hornos de coque durante el apagado.

Carmen G. se quedó pensando, mientras su esposo la reconvenía por su credulidad, aunque había más razones.

FIN

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Cuento de primavera: La mujer y la serpiente

2 mayo, 2014 By amarias Deja un comentario

Cuando la mujer, especie única, -como todas las demás que se encontraban en el jardín de las delicias-, estuvo segura de que el hombre se había marchado de paseo con el león y la elefanta, llamó a la serpiente, con la que tenía particular confianza, al descubrirla, solazándose sobre unas piedras, como acostumbraba.

-¡Ven aquí, criatura, que tengo que contarte algo!

El ofidio restregó, de forma voluptuosa, su piel escamosa contra los trozos del conglomerado al que estaba aupado.

-¿Por qué no vienes tú a mi lado, preciosa, ya que eres tú la que tiene el interés? -replicó, con su voz aflautada, pues el invierno había sido, como siempre, crudo.

La mujer, condescendiente con la insolencia, habitual en la serpiente, lo que la hacía ser objeto de regulares críticas en el delicioso jardín, se acercó al bicho, sin el menor recelo ni asco, y le confesó al oído con misterioso empaque:

-Creo que estoy embarazada.

La serpiente no pudo menos que expresar su incredulidad con una ruidosa carcajada. Una lagartija que se encontraba cerca quedó tan petrificada por la estentórea manifestación, que se empapizó con el aire del que sorbía su mágica dosis alimentaria.

-¡Embarazada! ¿Tienes idea de lo que eso significa? ¡Estamos en el Paraíso, donde todo lo que existe es eterno! Somos los que somos, y punto. Ni uno más, ni uno menos. Y aquello que no es, no tiene realidad, porque el territorio de la imaginación no pertenece a nuestro alcance.

-Ya, ya se que lo que planteo es imposible de toda imposibilidad. Pero no me expresaría de esta forma, si no fuera porque tengo determinados síntomas. Lo que siento es nuevo, y, como no tengo forma de referirme a ello de otro modo, lo llamo embarazo, que es la palabra que, sin saber por qué, se me ha ocurrido como apropiada.

En el jardín de las delicias, el rumor de los riachuelos y fuentes naturales proporcionaba una agradable sensación de orden, a la que contribuía, sin duda alguna, el que las cosas sucedían siempre de forma predecible, siguiendo una secuencia lógica inmutable.

-¿Síntomas? ¿Determinados síntomas? -el escamoso animal puso énfasis en el adjetivo- ¿Te refieres a sensaciones nuevas? ¿Como cuales? -preguntó, retorciéndose de risa, regodeándose de lo que entendía como simpleza de la mujer.

-Te lo cuento, con el ruego de que mantengas toda discreción y reservas -dijo la bípedo, que se sentó al  lado de la serpiente, con cuidado de no rozarla, y continuó su plática:

-Ayer, cuando el hombre llegó de su habitual paseo de cada tarde, me pidió que escuchara lo que tenía que decirme. Me dijo: «Es importante». ¡Fíjate! ¡Importante, otra palabra extraña!

Una suave brisa movió los cabellos de la mujer, que eran de un color entre castaño, rubio y pelirrojo, según la evolución de la luz que incidiera sobre ellos. Desde que había aparecido en el jardín, era conocido a todos los demás seres que lo habitaban, que el hombre había puesto sus ojos en ella.

-Me solicitó luego, con hermosas palabras elegidas entre las más raras de las que forman nuestro lenguaje, que me sentara sobre su regazo, y, con extremo cuidado, manoseó mis pechos y mis muslos, lo que me provocó una sensación que nunca había sentido antes. Luego, me susurró esto al oído, a lo que doy vueltas desde entonces, sin poder quitármelo de encima: «Cuando no te veo, siento que te imagino; y cuando te imagino, tengo celos de todo aquel que te esté viendo».

La serpiente observó a la mujer. Como era el animal más antiguo del jardín y, por su agilidad y destreza para ocultarse, también era reputado como el más sagaz, tenía una amplia capacidad para detectar el mínimo cambio que no correspondiera al orden regular, perfectamente sincronizado y establecido por el regulador del ritmo eterno.

-Aunque de aspecto rudimentario, me atrevería a afirmar que eso que te ha comunicado el hombre es una poesía. Es, sin duda, un elemento ajeno a nuestro mundo. El hombre te ha metido en el cuerpo una aberración procedente del jardín vecino, llamado de la Imaginación o la Sensibilidad. No se cómo pudo llegar hasta él esa especie tan peligrosa, y sospecho que el hombre ha cometido el error de adentrarse en ese otro jardín. Te lo digo muy en serio: aléjate del hombre. Está contagiado por el mal de la sensibilidad, que es extremadamente dañino para nosotros. Échalo de ti, porque te traerá desgracia.

-No me asustes, que no te creo. La sensación que tuve no fue de desagrado, sino de placer, algo diferente completamente a lo que había sentido antes, en toda la anterioridad, en este jardín de las delicias -puntualizó la mujer, que no deseaba perderse en disquisiciones, pues empezaba a desarrollar, de forma natural, el antídoto contra la dosis de sensibilidad que el hombre le había introducido en la cabeza-. Pero lo que, en realidad, me importa ahora es saber si estoy  o no embarazada. Porque, después de haberme dicho esto que te cuento, el hombre…

La serpiente lanzó un silbido penetrante y se escabulló en una grieta. Antes de desaparecer, la mujer le oyó decir:

-Nos vemos mañana junto al manzano, el árbol que está en medio del jardín. Te aseguro que no estás embarazada, desde luego, porque aquí somos todos estériles. La especie a la que pertenece el hombre y la tuya son tan diferentes como lo soy yo de un cocodrilo. Pero, o mucho me equivoco, el hombre y tú habéis encontrado la intranquilidad, y seréis expulsados en cualquier momento de este Paraíso. Se acabó el recreo, que es frase que se me acaba de ocurrir, y que no se lo que significa.

Por la noche de aquel día, cayeron, no se supo nunca si de forma natural o forzada, las barreras que separaban el jardín de las delicias del de la imaginación, y hubo bastante confusión, que persiste todavía. Y si no fue por aquella noche, por alguna de las inmediatas siguientes, resultó que la mujer quedó embarazada, esta vez, sin acudir a la poesía.

FIN

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Cuento de primavera: Una celebración singular

1 mayo, 2014 By amarias Deja un comentario

En el reino de Valgamediós se celebraba la Fiesta del Trabajo. Había sido una conmemoración muy importante, equivalente a la del día de la Inmaculada, el Corpus o el Jueves Santo. Con el transcurso del tiempo, sin embargo, esas fiestas seguían siendo motivo de jolgorios, aunque ya nadie recordaba el motivo.

Especialmente curioso era la situación generada en relación con esa Fiesta del Trabajo. Se la llamaba así porque, de acuerdo con la costumbre ancestral, se exaltaba el hecho -aunque surgían dudas acerca de su verdadera existencia histórica- del día, perdido en la memoria colectiva, en que a todos los valgamediosinos en edad de trabajar, y con ganas de hacerlo, les había sido posible encontrar un puesto de trabajo «digno, adecuado a su formación y sus necesidades».

Ese logro se atribuía a siglos de lucha sindical, durante los cuales, según rezaba el imaginario, se había estado presionado con contundencia, unidad y juego de cintura, a la «clase empresarial». Se presentó, durante muchos años, como demostración de la fuerza, el poder y la efectividad que conseguían quienes dependían de su trabajo para poder vivir, si estaban unidos.

¿Frente a quién?. El dilema parecía resuelto. La inmensa mayoría debería defender sus intereses (trabajo a cambio de remuneración, remuneración a cambio de bienestar) frente a un grupo minúsculo, pero potentísimo, formado por los empresarios, también conocidos como  capitalistas, a los que solo preocupaba la obtención del máximo beneficio, mezquino objetivo en el que estaban auxiliados por algunos de los más listos y capacitados, que habían estudiado en centros de formación y sectas misteriosas cómo conseguirlo.

Si bien muchos habitantes de Valgamediós no conocían los orígenes de lo que celebraban, lo más preocupante ya no era eso. Tenían un grave problema: no había, prácticamente, trabajo. Tal vez algunos creían que si se trataba de un dios, Trabajo volvería si lo invocaban con fuerza.

¿Cómo se había llegado a esta situación? Al principio, evolucionó suavemente. Durante algunos años, las mejoras tecnológicas fueron reduciendo sustancialmente la cantidad de trabajo disponible; las máquinas venían a reforzar el trabajo de operarios y oficinistas, que se sintieron muy satisfechos porque su actividad era más descansada y de mayor calidad.

De pronto, un día, miles y miles de valgamediosinos se encontraron con que fueron despedidos. Las máquinas y los que se encargaban de su correcto funcionamiento -que eran muy pocos- ocuparon su sitio, y a ellos se les consideró amortizados.

-No hay problema -se les tranquilizó, de forma anónima- os facilitaremos conseguir otra formación y os seguiremos pagando algún tiempo.

Así fue como muchos aprendieron a ser cocineros, camareros, peluqueros, modistos, programadores y delineantes de chichas y nabos, etc. Algunos se hicieron emprendedores con el dinero que habían recibido como indemnización

Demasiado tarde, advirtieron que esas tareas, que se consideraban «auxiliares», eran pan para hoy y hambre para mañana. Muchas de ellas, además, habían sido declaradas anteriormente indignas y abandonadas en manos de inmigrantes, mujeres y desnortados, como las de cuidar ancianos, atender a infantes, limpiar cacas y cristales, pasear al perro y a la abuela, etc.-

Para los que habían abierto una peluquería, pronto resultó evidente que la competencia era feroz y que el negocio no existía.

Las actividades denominadas «cualificadas» exigían, por otra parte, una especialización y formación continua y, además, al crecer la oferta, por la ley de la demanda, su remuneración disminuía.  Había que estar poniéndose continuamente al día para entender el manejo de los equipos, máquinas y programas que mentes privilegiadas de países donde se concentraban las mejores Universidades e Institutos Tecnológicos, estaban desarrollando sin parar.

Muchos fueron los que sucumbieron, física y mentalmente: por desánimo, por desorientación, por ignorancia, por despecho. Las causas fueron tan variadas, que resultaba imposible enumerarlas a todas.

Los debates para analizar posibles soluciones no daban el resultado apetecido, pero proporcionaban una visión sociológica muy interesante.

-No puedo más. He aprendido ya catorce lenguajes informáticos, asistido a diez cursos de robótica, y ampliado mi formación con tres diplomas de gestión óptima de recursos físicos, y me he vuelto a quedar sin empleo. Me dicen siempre oficialmente que mi puesto está amortizado y que tengo que reconvertirme-comentaba, en la reunión semanal de Intercomunicación de Perspectivas con Propósitos Permanentes de Encontrar Soluciones Proactivas y Protopragmáticas (IPPESPP), una mujer de treinta y tres años, que se había presentado a los asistentes como madre soltera de un bebé de cuatro meses.

-Mi caso es peor -hablaba un hombre de cuarenta y siete años, divorciado, ingeniero nuclear, que expresó haber estado residiendo los últimos cuatro años en Ghuanzou, en la China meridional-. Me quedé sin trabajo, junto con todo mi equipo, porque la multinacional que me empleaba estima ahora que los ingenieros locales, a los que yo formé, pueden hacer lo mismo o mejor, pero con la mitad del salario. Y no tengo derecho a subsidio de paro, porque la empresa dejó de pagar la contribución que correspondía.

-Nada de lo vuestro es comparable a lo mío -se levantó el que, aunque confesó tener sesenta y siete años, aparentaba casi ochenta-. No tengo pensión.  Recibo treinta vales de pan, dos kilos de sardinilla y sesenta frascos de cola azucarada de una institución benéfica. La residencia geriátrica en la que está mi mujer, enferma de Alzheimer, carece de servicio regular de agua y su ocupación es del 300 por ciento. Cultivo de tapadillo patatas, acelgas y zanahorias en una parcela del parque del Mediodía, y recojo restos de comida de los contenedores de basura. Perdonadme si hiero vuestra sensibilidad, pero desearía morirme -concluyó.

-¿A qué te dedicabas? -preguntó uno de los asistentes, que llevaba un libro de poemas de Rainer Marie Rilke en una mano.

-La pregunta importante no es esa -le contestó el anciano-, sino ¿para qué estamos haciendo todo esto?

A unas cuantas decenas de metros de allí, los representantes sindicales de Valgamediós habían conseguido reunir a algunos cientos de personas, y repetían, con voces tonantes, el mismo discurso que los años anteriores. Había banderolas de colorines, y varias pancartas con leyendas en las que podía leerse: «Agrupación Sindical Renovada de Carbuncos de Abajo», «Sindicalistas por la Unidad Definitiva» y «Parados del Mundo, jodéos» (Esta última había sido retirada por la organización).

-Hemos hablado con la clase empresarial y nos ha prometido que es probable que no haya más reducciones de puestos de trabajo, o que las que sea forzoso realizar, debido a la coyuntura, sean de empresas en donde no haya miembros de los sindicatos mayoritarios. Podemos afirmar rotundamente que tenemos garantizado nuestros puestos de trabajo. No debemos temer que la crisis nos afecte a nosotros. Incluso estamos negociando un acuerdo específico para conservación indefinida de los derechos de los representantes sindicales.

Una mujer que estaba siguiendo desde una terracita el despliegue de discursos y banderas, gritó, y su pregunta resonó, hecha ecos, en la plaza:

-¿Para qué estamos haciendo todo esto?

No había, como quedó escrito, muchos empresarios en Valgamediós. Era muy difícil organizar una actividad partiendo de cero, y las posibilidades de perder el dinero y el trabajo resultaban tan altas, que muy pocos valgamediosinos se habían atrevido a crear una empresa propia.

Si lo hacían, no importa se tratara de un bar, una mercería, una peluquería o un taller de artesanía local, desde ese mismo momento, pasaban a ser considerados capitalistas por los demás, y, como en un acto reflejo, no dudaban en ponerles todo tipo de zancadillas, para hundirles lo que llamaban «el negocio»: compraban los productos que aquellos ofrecían en las grandes cadenas, o en comercios orientales o los recuperaban del armario de la abuela, alegando que eran de mejor calidad, más atractivos o más baratos, o la excusa que se les ocurriera de repente.

No todo era negativo: había jóvenes que habían conseguido, gracias a su creatividad e ingenio, inventar algo. Se les podía ver, con su mercancía expuesta a la luz del sol, en el Valle de los Inventores, esperando que acudiera algún comprador, como quien vende baratijas. Cuando llegaba la noche, muchos se emborrachaban y, con la fuerza del alcohol y de los dopantes, seguían creando y alimentando ilusiones.

A la entrada del Valle de los Inventores, alguien había colocado una cinta con esta leyenda:

Why are we doing all these things?

Los propietarios de los grupos multinacionales, integrantes del cártel Biggest World Tycons (BWT) se encontraban celebrando también el Día del Trabajo en un lugar no determinado de un paraíso fiscal.

-Levanto mi copa -expresó, al final de la comida anual, su Presidente, Theo Lattim, con evidente satisfacción- porque los próximos años sigan en este camino emprendido, ya imparable, de incremento exponencial de beneficios. Estamos a punto de conseguir que la mano de obra se haya reducido a carácter testimonial en los países antes desarrollados, ahora concentrados en el consumo. Conseguiremos captar todos sus ahorros y los seguiremos invirtiendo en crear empresas en los países emergentes, donde sus trabajadores son dóciles a pesar de sus bajos salarios.

Resultó un momento desagradable para la concurrencia, -que su hija, Patricia Kolomoski, atribuyó a la mezcla explosiva de senectud y alcohol- cuando su padre, que seguía siendo presidente honorario de un imperio comercial que extendía sus redes por toda Africa, Asia centroccidental, Estados Reunidos Americanos y Restos Nucleares de la Vieja Europa, se levantó de su silla, tambaleante, vertió el contenido de su copa sobre el impoluto mantel, y preguntó en voz alta:

-¿Sabe alguno de Vds. para qué hacemos todo esto?

La Fiesta del Trabajo siguió celebrándose un año más.

FIN

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Cuento de primavera: Reivindicando al Lobo

30 abril, 2014 By amarias Deja un comentario

En esta hora de reparaciones y perdones, reivindiquemos al Lobo.

Escribo su nombre con mayúsculas, para distinguirlo de lobos, lobeznos y perros salvajes.

La especie lobuna ha sido elegida como malvado protagonista sistemático de los cuentos infantiles, presentándolo, ora como astuto embaucador de borregos, ora como obstinado perseguidor de puercos. Incluso se han dramatizado sus aullidos, tildándolos de melodías infernales, sobrecogedoras, recortando la silueta del animal a la luz de la luna, para hacerlo aparecer, no ya como depredador, sino como licántropo chupasangres.

Aquí no pretendo defender a todos los lobos, y menos a los lobos de carne y hueso de su natural especie, porque a ésos ya los defienden los naturalistas, con argumentos suficientes y, por lo general, bastante sólidos y desinteresados .

El Lobo al que me corresponde rescatar de la infamia, es el de la Caperucita Roja de Charles Perrault. Puntualizo, con ello, que no me preocupa el destino de los lobos imaginarios de cualesquiera de las múltiples versiones de los cuentos de lobos y caperucitas que circulan por ahí, que son adulteraciones ridículas de la historia primigenia, urdidas con el deleznable propósito de provocar pavor en los infantes de cortísima edad y, de paso, servir de lucimiento a sus familiares aficionados a la teatralización, empeñados en poner sus voces engoladas a los personajes del cuento.

Recuerdo, para abrir boca, las circunstancias históricas. Tenemos, por un lado, a Charles Perrault, funcionario marginado después de años de fiel servicio, viudo desde los treinta, que escribe Le Chaperon Rouge a sus cincuenta y cinco años, tomando prestados varios de los elementos principales de la tradición oral, adaptándolos a sus propósitos.

¿Se trataba de advertir a los niños del peligro de entretenerse a charlar con un lobo en el bosque? Evidentemente, no. La probabilidad de que un niño de ciudad, incluso en el siglo XVII, se pudiera tropezar con un lobo empecinado en entablar con él amigable conversación, era entonces como hoy, nula.

Lo que Perrault deseaba era poner en guardia a las tiernas jovencitas, que, impulsadas por sus ardores adolescentes, corrían grave peligro de perder su virginidad si prestaban atención a las trampas de seducción que les pudieran tender, en el camino de virtud hacia el santo matrimonio, taimados depredadores de pelo en pecho, sueltos por ahí, atentos a lo que salta.

No viene al caso que el objetivo pretendido por Perrault parezca, hoy por hoy, incomprensible a muchas madres que impulsan a sus hijas adolescentes a recorrer el camino boscoso que a ellas les estuvo vetado. Los hechos, como es sabido, hay que juzgarlos en su contexto histórico, no a la luz de los profundos cambios socio-psico-sexuales que se han producido desde entonces.

Volvamos, pues, a los hechos, y hagámoslo con rigor: un lobo nunca pudo comerse a Caperucita y a su abuelita. Por imposibilidad fisiológica: estos animales no engullen sino pequeños trozos desgarrados, ni son capaces de devorar a otros seres sin antes haberlos degollado, ni en su estómago hay capacidad para conservar, -no importa si incólumes o cuarteados-, los cuerpos de dos personas, por mínima que fuera su envergadura, que resultaría siempre mayor que la del propio animal.

Departamentos de investigación de la disciplina académica de Cuentos y Chismes, procedentes de innúmeras Facultades, coinciden: la historia se ha adulterado. O bien Caperucita y su abuelita jamás fueron devoradas o, si lo fueron, no pudieron ser halladas vivas en el estómago de un animal, salvo que el asunto formara parte de los mitos bíblicos o las leyendas orientales, lo que no es el caso.

Perrault termina su narración abandonando los restos de ambas mujeres dentro del estómago del Lobo, y poniendo, con ello, su punto final, para añadir una moraleja rimada que no deja lugar a dudas de su pretensión: prevenir a las bellas jóvenes adolescentes frente a los melosos aduladores. Esos son las fieras, a las que el abuelo Perrault, presenta embutidos en la piel de su Lobo imaginario.

Versiones posteriores, pretendiendo cambiar el relato y esa moraleja, afirman con rotundidad que fueron encontradas vivas, ya fuera por un cazador, un leñador, o ambos, y, como más importante, cambian al Lobo con mayúsculas por un lobo minúsculo que, aunque estirado, no supera el tamaño de la abuelita.

Ninguno de estos personajes tiene protagonismo en la historia del buen Charles, que solo se refiere genéricamente, y de pasada, a «los leñadores», pero no les concede la palabra.

Perrault hace hablar, si, al Lobo, y lo convierte en capaz de mantener largas conversaciones con Caperucita, tanto en su primer encuentro como cuando, -ya metidos ambos, desnudos, en la cama, y desaparecida de la escena la abuelita-, satisface la curiosidad anatómica de la joven con insuperables metáforas que sirven al cuento.

¿Quién y por qué se adulteró la historia?. La Universidad de Compustrola ha publicado recientemente una interesante tesis doctoral, calificada cum laude, según la cual, no pudo ser un Cazador quien, con el propósito de atribuirse posteriormente el mérito de haberlas salvado, hubiera imputado al lobo el desaguisado e inventado la trola del festín lopero.

Copio literalmente: «Cualquiera que conozca un poco de animales y depredadores, sabe que la obsesión por la caza actúa en el ser humano de antídoto o sustituto de la lujuria, y ningún practicante de este arte ancestral  se pondría en riesgo a sí mismo, si pudiera resolver la cuestión con un tiro desde la distancia.»

Añado yo: Los cazadores, como los pescadores, acostumbran a inventarse el tamaño de sus capturas, pero no puedo imaginar a ningún aficionado a tales mañas, que, habiendo capturado a una pieza digna de medalla de honor, alardee de haberla dejado suelta por el mundo, renunciando con ello a rescatar su credibilidad ante los escépticos.

Queda pues, como único malvado de la historia, el Leñador. Algunos pretendieron atribuir al propio Charles Perrault ese papel. Estoy en total desacuerdo. Perrault era, cuando escribió el cuento, ya un venerable anciano para la esperanza de vida que se estilaba entonces, se le apreciaba como autor de libros serios-había`publicado decenas de libros ilegibles-, y, como culmen argumental, es inverosímil que hubiera deseado escribir su propia inmolación, presentándose como rijoso seductor de jovencitas, Lobo de su cuento.

Todo apunta al Leñador. Fue el Leñador, – es decir, alguien que utilizaba ese heterónimo-, el autor de las versiones que acabaron por dar crédito a la artificiosa excusa, con la que pretendió ocultar sus despreciables deseos, sus infames propósitos y disimular su destrozo sobre la virtuosa Caperucita, despejando el camino para sus posteriores desmanes, eliminando cualquier huella creíble de la advertencia que Perrault había dejado tan claramente expresada.

¿Y en qué se convirtió la abuela?  En una tierna anciana que quería a Caperucita más que a su propia vida, y que habría sucumbido la primera en las fauces del Lobo?  Pero no era así, para Perrault. Era una Celestina, una villana, que habría cobrado sus buenos dineros por mantener sin cerrar el portón de la casa y facilitar el acceso a las dependencias donde dormía la adolescente.

Todo habría cambiado en este análisis si Perrault nos hubiera hablado de un Cocodrilo, y no de un Lobo. Se habrían obviado las elucubraciones posteriores.  Porque hasta los más incompetentes de fisiología animal, saben que dos personas que hubieran sido devoradas por un saurio, de ser rescatadas de su estómago, habrían sido encontradas convertidas en una pasta irreconocible, pues  todo el mundo ha oído hablar del poder destructor de sus jugos gástricos y de su capacidad para tragarse enteras, vacas y hasta elefantes.

Reivindiquemos al Lobo. Era solo un álibi, un trasunto literario, un travestido imaginativo, en el que Perrault embutió a todos aquellos que se aprovechan de la credulidad de las adolescentes.

Una última advertencia. Dicen por ahí que los tiempos han cambiado y que ahora las caperucitas saben muy bien a qué atenerse. Por lo que observo a mi alrededor, tengo mis dudas. Llamemos a los lobos por sus nombres, desenmascarándolos y pongamos al Lobo, puesto que ya no sirve para el cuento, con alcanfores y papel celofán, en su legítimo armario.

FIN

 

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Cuento de primavera: Todo en orden

29 abril, 2014 By amarias Deja un comentario

Amalia Carabel se despidió con un beso apasionado de René Ternero, el hombre con el que había pasado la noche. Aunque se atraían físicamente, habían dedicado la mayor parte del tiempo a hablar, a comentar detalles, a recordar otros tiempos; solo cuando ya amanecía, se habían entregado a la efusión del sexo, que los había dejado finalmente rendidos.

Pero la obligación resultaba implacable.

-¿Volveremos a vernos? -preguntó la mujer, aunque debía haber imaginado la respuesta.

-No lo creo. Sería una casualidad imposible.-contestó Ternero, mientras se ajustaba la corbata ante el espejo, recogiendo su maletín de instrumentación. La ropa limpia le quedaba algo justa; había engordado. Introdujo su tarjeta personal  para tareas y ocupaciones en el módem de lectura: «A las cinco tienes manicura y peluquería», le recordó una voz metálica »

Amalia Carabel era técnico en operaciones financieras de alto riesgo sistémico. Con una brillante carrera universitaria -tres títulos de master, uno de ellos por la prestigiosa E-learning Panamerican University- trabajaba para la Agrupación E.A.B. El significado de las siglas le era desconocido.

Había sido una mujer muy hermosa, aunque, ahora, a los cuarenta y dos años y dadas las circunstancias, había descuidado su físico. Se limitaba a realizar diariamente la media hora de ejercicios programados y, dos veces al mes, se había apuntado a la opción de visita virtual a Países Exóticos.

René leyó en su móvil las coordenadas gps del lugar a donde debía dirigirse, así como la combinación de transporte idónea, que siguió sin dudar. Tomó en primer lugar el tren interurbano de la J136, se sentó en el asiento asignado y cuando llegó a la estación prevista, se subió al conector colectivo que ya le estaba esperando.

Había otras treinta personas a las que no saludó. Hubiera resultado improcedente.

Para qué. No volverían a verse y si lo hicieran, era seguro que no se habrían reconocido, porque no tenían el menor interés en retener sus rasgos y, por supuesto, desconocían sus respectivas aficiones, si es que las tuvieran. En tal caso, lo mejor era compartirlas con las redes sociales, con identidades falsas; seguro que cada uno pertenecería a varios cientos, de acuerdo con sus apetencias.

El edificio de la Agrupación E.A.B. era una torre prismática de ochenta pisos, sólida e inteligente. Amalia colocó su dedo índice en el detector de huella, y conoció que aquel día le habían asignado el puesto 25 en el piso 72. Todos los demás de su categoría estaban ocupados, porque eran distribuidos por estricto orden de llegada, sin que nadie pudiera alardear -salvo en los tres pisos inferiores, ocupados por los estamentos superiores- de poseer un despacho fijo.

El superelevador le dejó en el piso 72 en unos segundos. La vista desde allí tenía que ser magnífica -pensó, sin advertir que se repetía- aunque los cristales de las ventanas habían sido recubiertos con pigmentos traslúcidos que simulaban, aquel día (el paisaje cambiaba cada semana), una selva tropical estándar.

Cuando llegó a su lugar de trabajo -una mesa, una silla, unos auriculares, todos ellos esterilizados, lo que se certificaba por una empresa de desparasitación y registro microbiológico -, retiró las películas plásticas , conectó su monitor y analizó las operaciones cuyo control de supervisión le había asignado el megaordenador central.

Era una tarea que reclamaba gran atención, equivalente a la selección de plásticos aprovechables sobre la cinta transportadora de una estación de reciclaje de residuos. Equivocarse por encima de un ratio medio, determinado estadísticamente, estaba penalizado con la reducción de expectativas.

René era ingeniero, graduado por la Escuela Popular de Singmorning en sensores tipo A256 a B667. Con el cambio de normativa, debería reciclarse en dos meses, pues un 35% de esos sensores habían sido declarados obsoletos. No tendría problemas, sin embargo, porque le gustaba la telemetamecánica; ya desde niño jugaba con drones y robots, que su padre, oficial del Estado Mayor de la Guerra Por Otros Medios, le traía a casa para que los despedazara.

No pudo dejar de pensar en Amalia en toda la mañana. Se confundió varias veces, y el monitor de pantalla le advirtió de que estaba a punto de superar el valor dos-sigma del fallo promedio.

A la tarde, después del trabajo, Amalia se acomodó en el apartamento del periurbano que le habían asignado. Había indicado que quería pasar la noche sola, por lo que el espacio era reducido, aunque la televisión por plasma le aseguraría diversión y la cama de hidrogel, descanso. Masticó sin ganas la cena, un policombinado energético, adecuado para su inicio de diabetes, sin esencia de tomate.

René entró en el adosado que le había correspondido, y una mujer joven le esperaba a la puerta. Tenía un niño de pocos años agarrado de la mano.

-Hola -le saludó la mujer.

-Hola -dijo René- ¿Y ese niño?

La joven miró hacia la calle, en donde estaban llegando decenas de trabajadores, hombres y mujeres, para ocupar las casas que serían su hogar aquella noche, para construir las familias que serían las suyas por unas horas.

-Me lo he encontrado vagando por ahí. Debió de haberse escapado del Kindergarten, y no se que hacer con él.

René llamó a la Centralita de Incidencias Urbanas y se metió con la mujer y el niño en la casa. Era un adosado como todos los que ya conocía, sin gracia.

FIN

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Cuento de primavera: Entre caballeros

28 abril, 2014 By amarias Deja un comentario

-Me parece que necesito tomar algo -dijo el juez Pertuncho. El Secretario en funciones le había agarrado por el brazo izquierdo y le había hecho daño.

-Me parece estupendo. Así, conocerás a los demás. -oyó decir al Secretario, que volvía a tutearle, como al principio, cuando le había interrumpido en sus pensamientos de satisfacción por el poder que creía recién consolidado. Los oídos le zumbaban. «Me ha subido la tensión», pensó.

No hubiera sido capaz de recordar si la puerta del Juzgado quedó cerrada, si el olor a potaje se había disipado, si el bar estaba a pocos metros o habían utilizado la furgoneta y hasta qué punto Al notar que algo caliente se le deslizaba por la comisura, el juez Pertuncho tomó conciencia de que estaba sangrando por la nariz, lo que hacía tiempo no le sucedía.

-Estás sangrando por la nariz -le advirtió el Secretario-.

-Me pasa con frecuencia -mintió Pertuncho, quitándole importancia, mientras buscaba un pañuelo, que no encontró, en el bolsillo del pantalón.

-Siéntate en ese murete y echa la cabeza hacia atrás; se te pasará pronto -aconsejó el subordinado-. A mi mujer le sucedía también al principio de los embarazos.

La comparación de situaciones tuvo un efecto revitalizador sobre el ánimo del juez, quien, taponándose fuertemente las fosas nasales con los dedos pulgar e índice de la mano derecha, expresó -con voz gangosa- su voluntad de seguir andando hasta el local en donde le esperaban, según le había anunciado el Secretario, «los demás».

Estaba, en verdad, o así le pareció al Juez, reunido para la ocasión, todo el pueblo. Al abrirse la puerta batiente -una lejana rememoranza de los salones de las películas de vaqueros, a las que había sido aficionado cuando estudiaba la licenciatura de Derecho- comprobó que el bar estaba abarrotado; incluso en el exterior se habían cruzado con grupos de personas conversando animadamente.

Cuando la pareja desigual entró en el local,  se produjo un silencio profundo, expectante, y los corrillos iban abriendo un pasillo respetuoso. El aire era de solemnidad.

-Bienvenido, señor juez -pronunció un anciano, al que Pertuncho calculó no menos de ochenta años, con voz teatral-. Soy el oficial del Juzgado.

El juez aceptó la mano tendida, sin dejar de observar que la otra se apoyaba en un bastón con empuñadura metálica, lo que le recordó otros momentos, sin que pudiera precisar cuáles.

-Permítame que le presente a los dos letrados de los que ya le hablé -dijo el Secretario, tomando nuevamente el protagonismo-. El honorable Sr. Gastón Palaciegos, y el no menos honorable Sr. Patrocinio del Corbo.

Pertuncho se descubrió a sí mismo dando la mano a aquellos dos venerables, quienes podían rivalizar con el oficial en cuanto a la antigüedad de su placa de matrícula de inscripción en este mundo de mortales; ambos estaban sentados en torno a una de las mesas, que, a pesar de la aglomeración, no compartían con nadie más. Había restos de café con leche en sus tazas y sendas copas de coñac, casi rebosantes, las flanqueaban.

Los designados como honorables por el Secretario, le habían tendido su mano, simultáneamente, pero no se levantaron de los asientos.

-Encantado de conocerles -empezó Pertuncho, quien, aún sin tener claro el discurso de lo que debía decir, tenía la convicción de que no podía consentir que se le arrebataran las riendas del momento-. El Sr. Secretario me ha puesto al corriente de las graves irregularidades que se han estado cometiendo en el Juzgado que ha pasado a ser de mi jurisdicción. Vds., como letrados, deben ser conscientes de la gravedad de los hechos. Aunque no tenga nada que objetar respecto a las actividades de mediación o arbitraje voluntarios que, al parecer, Vds. han venido ejerciendo, por el contrario…

El otro anciano le interrumpió, con un tono no menos teatral:

-Siéntese con nosotros, joven, y escuche, antes de hacer elucubraciones que no vienen al caso.

Pertuncho, superado por la situación incontrolable, se sentó en una de las sillas vacías; el Secretario hizo lo propio.

-En primer lugar, no somos abogados. -continuó el que había hablado primero-. Por lo menos, no en ejercicio. Yo hace quince años que me dí de baja en el Ilustre Colegio de Robertillos, Cobaleda y Guadalatara como ejerciente, y Patro, nunca estuvo colegiado, porque no consiguió aprobar Derecho canónico, y al agotar todas las convocatorias  hubo de dedicarse a la quiromancia. Fue…¿cuándo fue Patro? ¡Hace, por lo menos cincuenta y cinco años!

-¿Qué está pasando aquí? -fue lo único que se le ocurrió al juez Pertuncho. La tensión que depositaban sobre su nuca decenas de miradas le estaba pesando como una losa; además, aunque a ratos se tocaba la nariz para comprobar que ya no goteaba, no estaba seguro de que la fuga estuviera controlada del todo. ¿Y ese tono teatral, esa solemnidad en la dicción, a qué diablos se debía?

El oficial se acercó con una botella de coñac peleón y una copa de balón, que llenó hasta el borde, poniéndola al alcance de Pertuncho.

-Beba, le hará falta.

El llamado Patro tomó la palabra, sin esperar la venia.

-En realidad, Vd. cree ser juez de esta jurisdicción, querido amigo, pero no lo es, porque tampoco existe este Juzgado de Robertillos, al que Vd. está asignado. Desde hace siete años, cuando se decidió la drástica reducción de gastos en la Administración pública, fue suprimido. Solo que en el Boletín Oficial, por razones que ignoramos, apareció en la relación de vacantes a cubrir en la última convocatoria.

-Es un error, sin duda, solo imputable al grave desorden que impera en este país. Por eso que Vd., aunque haya sido nombrado juez, no puede serlo en realidad, pues el Juzgado que se le adjudicó, no existe -completó Gastón, con una sonrisa que no tenía nada de condescendiente. Sus ojillos, agrandados por unas gafas de culo de vaso, chispeaban. «Estos tipos están borrachos», pensó Pertuncho. «Cuando se aclare este galimatías, llamaré al alguacil, para que los prenda…si es que este poblachón de pandereta dispone de tal figura»

El juez Pertucho tomó un trago largo de la copa de coñac; lo notó fuerte, denso y rasposo como lija en el gañote. Estaba a punto de llorar, actitud deplorable que solo su dignidad sostenía.

De pronto, se encendieron unas potentes luces, que iluminaron todo el local y los asistentes comenzaron a aplaudir, sin venir a cuento.

Del fondo, un individuo con chaqueta de lentejuelas se aproximó a la mesa en donde estaban sentados los cuatro protagonistas de esta historia, mientras Pertuncho, corrido a rabiar y enrojeciendo a más no poder, le oía decir:

-¡Ha sido todo una broma! ¡Es todo ficción, cuya realización agradecemos a todos estos magníficos actores y actrices, que han ayudado a convertir en apariencia este momento inolvidable!.

El juez Pertuncho hubiera disparado una ametralladora de haberla tenido a mano, pero no habría estado seguro de a quién disparar primero hasta que el locutor de las lentejuelas, con una locuacidad sin tapujos, anunció:

-¡Es una fantasía, juez Pertuncho!. Nada de esto hubiera sido posible sin la información proporcionada por tu padre, el prestigioso magistrado del Tribunal Supremo, D. Rodomiro Pertuncho, que ha querido, de esta manera singular, trasladar a su querido hijo la evidencia de que un juez ha de ser, ante todo, humilde, y que la vida es la mejor fuente de sabiduría, y que depara sorpresas a las que hay que saber hacer frente con juego de cintura!

El magistrado Rodomiro Pertuncho se dispuso a fundirse en un abrazo con su querido hijo, que se quedó quieto, sin saber qué decir todavía.

FIN

 

 

 

Publicado en: Cuentos y otras creaciones literarias, Sin categoría Etiquetado como: abogado, cuento, cuento de primavero, ficción, juez, justicia, Secretario

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