Al socaire

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Archivo de 2014

Cuento de primavera: La mancha

25 abril, 2014 By amarias Deja un comentario

Se debería haber dado cuenta que algo no iba bien, ya al salir de casa y cruzarse, cuando caminaba a la sesión de terapia, con el vecino del tercero:

-Perdone. Tiene una mancha en la cara -le indicó, señalándole con un gesto en su propio rostro, aquel tipo, al que siempre había considerado de pocas palabras.

Sin detenerse, pues llevaba prisa, se restregó ligeramente la mejilla con la mano, creyendo que se trataría de una mota de hollín; se equivocó incluso en el lado en donde estaba la mancha: simétrico respecto a su ademán.

Llegó a la consulta, bastante alterado. A medida que avanzaba, iba advirtiendo cómo la atención de los que se atravesaban en su trayecto se centraba más y más en el. Le miraban a la cara, no tenía duda.

En la sala de espera, tres pacientes aguardaban, haciendo como que leían revistas atrasadas. Le dirigieron una mirada que le pareció atroz. Se llevó la mano al rostro, y se lo frotó, esta vez, en el lado correcto.

-¿Qué habrán hecho del espejo que había en este cuarto? -se preguntó, para sus adentros.

Tomó un semanario del montón de publicaciones que estaban sobre la mesa, todas ellas manoseadas, sucias. Apenas la había separado de las otras, cuando le entró sensación de asco, y sufrió un escalofrío. La volvió a dejar donde estaba, procurando alinear la pila, al menos, haciendo que coincidieran dos de los bordes de las publicaciones.

-¿Están ustedes esperando a que les atiendan? – Su pregunta resultaba una completa obviedad, pero echaba en falta a la recepcionista, la muchacha simpática que le llamaba por su nombre de pila y le respondía a sus piropos con una sonrisa indescriptible. Se había olvidado de traerle la caja de bombones que le había prometido. Qué memoria.

-Sí -fue la respuesta que emitieron, al unísono, las tres personas. Habían vuelto a hojear la revista que tenían entre sus manos, repasando obsesivamente sus páginas como si tuvieran por objetivo descubrir al duende escondido en ellas.

-Llevamos aquí bastante rato -completó la información una señora de unos setenta años, que no podía contener un terrible tic en el ojo derecho, lo que la hacía muy vulnerable.

-El doctor se está entreteniendo demasiado con esa paciente -amplió el más joven, quien no dejaba de mover convulsivamente las piernas: ahora la izquierda, luego la derecha; la izquierda, la derecha.

-¿Viene usted por la mancha? -se interesó, con respeto no exento de un tono de lástima, el tercero, un hombre en su plenitud, con la nariz y el rostro sonrosados por el alcohol, como suelen tener los paisanos del norte.

Se tocó. Tenía que haberse dado cuenta, puesto que ya al salir de casa le habían advertido. Era una mancha abominable, aparatosa, terrible. Una mancha que le acompañaba desde la adolescencia, una lacra muy visible, y que solo podía limpiar acudiendo a la consulta de aquel siquiatra excepcional.

Esperó, con lágrimas en los ojos, a que el doctor abriese la puerta. Al cabo de un rato, salió la joven recepcionista, arreglándose la bata blanca. No dijo nada.

FIN

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Cuento de primavera: Una cápsula del tiempo

24 abril, 2014 By amarias Deja un comentario

Cuando las excavadoras apenas habían comenzado a hacer el hueco en donde se habría de cimentar el magnífico edificio que serviría de sede a General Provisions for Vital Purposes  Inc., el palista que manejaba una de las máquinas se encontró con que el balde levantó una caja metálica.

Detuvo el motor y se bajó de la cabina, observando la caja durante varios minutos. Cubierta por la tierra húmeda, abollada en una de sus caras, estaba herméticamente cerrada. Era demasiado grande para ocultarla, así que llamó al encargado.

-No tengo ni idea de lo que puede ser -fue el primer comentario de Sergio Percoláñez, el oficial responsable del turno de mañana.

-Es una caja, eso sí -se aclaró a sí mismo, de forma innecesaria, el palista, del que no recuerdo su nombre.

-Mejor avisamos al ingeniero -decidió Percoláñez, que siempre había demostrado una capacidad excepcional para no plantearse problemas innecesarios.

Acudí tan pronto como pude, pues me encontraba en una reunión para decidir la empresa a la que subcontrataríamos los cristales antivandálicos del edificio.

-¿Por una caja me habéis llamado? -les recriminé. Y, sin dudarlo, les di una aclaración al suceso y les ofrecí la solución, como corresponde a un buen mando intermedio:

-Tiene que ser una cápsula del tiempo, de esas que se colocan para que se abran dentro de cien años, o así. Pero como su existencia no figura en la memoria que me han dado, vamos a abrirla.

-Buena idea -aplaudió el encargado, que no desaprovechaba ocasiones de hacerme la pelota-. Además, ya está casi abierta.

En efecto, debido al golpe de la pala excavadora, la caja estaba parcialmente reventada.

Cuando la abrimos, dentro había un canuto metálico, parecido a un tubo grande de pastillas efervescentes, con su rosca de encaje. En la superficie, tallado con precisión, podía leerse: «I Jornadas de Sicogenética. 1980″. Y algo más abajo, en letra bastante más pequeña: » No abrir hasta 2080″.

Era ya tarde para detener nuestra curiosidad. Así que no le dimos importancia alguna al hecho circunstancial de que faltaban unos cuantos años para llegar a la fecha prevista y volver a poner de manifiesto ante la luz solar el legado para la posteridad de aquellos asistentes a unas sesiones de sicogenética de las que no habíamos tenido la menor noticia.

-Hay solo un papel -dijo Percoláñez, decepcionado.

-Déjame ver -fue lo que se me ocurrió, mientras se lo arrebataba de las manos, algo nervioso. Tal vez pensaba en la maldición de algún espíritu que pudiera acusarnos de haber incumplido sus normas y castigarnos por ello.

Era solo una poesía. Una poesía dirigida a una dama, cuyo nombre figuraba en el encabezamiento.

Imaginé, de pronto, que el responsable de cerrar la cápsula del tiempo con la que los responsables de la organización de las Primeras Jornadas de Sicogenética habían deseado enviar un mensaje a los que la abrieran al cabo de cien años, les había gastado una broma, sin que lo supieran.

Y la reseña de las Jornadas, las fotos de los asistentes, los discursos de las autoridades, tal vez, los deseos de paz y prosperidad para las generaciones venideras, con las que se suelen llenar los canutos que se dejan a merced del tiempo futuro, habían sido sustituidos por un poema lírico.

Un bello poema de amor.

FIN

 

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Cuento de primavera: Tierra de profetas

23 abril, 2014 By amarias 1 comentario

Erase que se era una tierra de profetas.

Una tierra de profetas no tiene razón de ser sino es, al mismo tiempo, un reducto en donde proliferan los crédulos.

Esa  misteriosa afición a creerse lo que te dicen, siempre que coincida con lo que deseas, crecía paralela con los aventureros que se especializaban, no en detectar lo que ha de venir, sino lo que te apetecería que suceda.

Como el negocio se construye con base en la demanda, había maestros en alentar su perspicacia en predecir futuros. Unos, a lo grande, analizando las tabas en nombre de la economía y la política. Otros, a la chica, allí donde anidan las desventuras y los deseos más íntimos, echando las cartas del Tarot o la española.

El futuro, sin embargo, andaba a lo suyo, que es jugar a las escondidas. Como, cualquiera que sea su campo de especialidad, los profetas no tienen capacidad probada alguna para influir sobre él -facultad que queda reservada a los dioses, entre los que incluyo (de forma excepcional) a algunos contados empresarios-, resultaba divertido analizar a los profetas, desde la perspectiva del pasado.

Pero el pasado exige apelar a la memoria, y en la tierra de los profetas, escasea el interés por la Historia.

-Hemos superado la época de desventuras -había pronosticado el muy afamado profeta Veoncio Positivilo, asesor del gobierno de turno-, gracias a las medidas adoptadas. Estamos en el buen camino. Se está generando actividad, que traerá consigo multitud de puestos de trabajo, y en pocos años gozaremos otra vez de la prosperidad que venimos añorando.

-Veo ante nosotros un túnel aún más negro -era la predicción del renombrado profeta Recontragio Opóstulo, que estaba subvencionado por las oposiciones circunstanciales-, porque las decisiones que se están tomando desde la autoridad incompetente no tendrán efecto alguno para corregir la tendencia, ya que es imprescindible cambiar de paradigma.

Ha de aclararse que el objeto de las adivinanzas no era solo el escenario macroeconómico, en el que los actores desempeñan su papel como les pete, de acuerdo a sus intereses propios. También los aspectos más diminutos de la vida común brindaban ocasiones para que los agoreros hicieran alardes de su perspicacia.

Esos profetas de menor empaque, asumían, sin embargo, trabajos de no poca envegadura. Había uno, Persifundo de la Omnisciencia, que, apostado en la calle de la Máxima Credulidad, tenía un éxito mayor que un infalible crecepelo, gracias a un rótulo aparente en el que podía leerse (copio literalmente): «Vidente competente soluciona todos los problemas. Especialista en retornos, quitar mal de ojo, mejora de salud, impotencias sexuales, exámenes, suerte en el juego. Total garantía y confianza».

Llegó al lugar un extranjero, y viendo tanta parafernalia de adivinos y cuentos, se maravillaba de lo que pasaba.

-Si todos los que se afanan en elucubrar sobre lo que ha de pasar, se concentraran en hacer bien lo que está pasando, mejor les iría.

Lo dijo en voz alta, aunque, con el ruido de tanto vocinglero, su sabia dicción pasó completamente desapercibida.

FIN

 

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Cuento de primavera: Paseos desde el amor a la muerte

22 abril, 2014 By amarias Deja un comentario

En primavera, las carreteras son el escenario de inmolación de algunos animales, que sucumben por amor: erizos, sapos, musarañas, zorros, … se cuentan a millares entre las víctimas de nuestra civilización, sometida a las prisas y al deseo de cambiar de lugar para buscar satisfacción fuera de lo que nos ocupa a diario.

Erizo Parsimonioso, Sapo Partero y Musaraña Calamitosa eran tres amigos circunstanciales que habían alcanzado la madurez sexual al mismo tiempo. Vivían en una zona agradable, pero en la que no había hembras a las que aparearse: las pocas que se encontraban en las proximidades, estaban todas ya comprometidas. Al otro lado de una autopista de mucho tráfico, sin embargo, presentían -era una mezcla indefinible de olores, sonidos y agradables sospechas- que encontrarían respuesta a la llamada persistente de su naturaleza, que les impulsaba a satisfacer el instinto de procrear, una fuerza poderosa, incontenible y, por el momento, no saciada.

-Tenemos que cruzar -comunicó Parsimonioso a Calamitosa.. Estoy seguro que allá, al otro lado, hay quien responderá a nuestra llamada.

-No te digo que no -replicó Calamitosa, moviendo sus bigotes con honda preocupación-. Solo que, cada vez que me asomo al borde de esa carretera, me deslumbra un tropel de luces que me aturden, y me da mucho miedo que los veloces animales que circulan por ella no se detengan a nuestro paso.

-Es cierto -se incorporó Partero a la conversación-. Mi amigo Gato Montaraz falleció el otro día, al intentar atravesar ese río de maldición. Su cadáver, convertido en mojama lamentable, puede verse desde aquí. Y él era veloz como un rayo, por lo que no es difícil deducir que nosotros, siendo menos ágiles, seremos pasto fácil de la horda veloz.

-¿Vamos a quedarnos solteros? -argumentó Parsimonioso- No será ese mi destino. Tengo ganas irrefrenables de transmitir mis genes y está claro que a este lado de la vorágine me quedaré virgen, lo que no me satisface en absoluto.

-¿Qué podemos hacer? -se preguntó Partero-. Yo también siento el mismo deseo, o aún superior. Cuando oigo que mi croar es respondido con fruición desde lo que imagino es una charca al otro lado, mis carnes se me abren y si me he contenido hasta ahora es a fuerza de hincharme hasta casi reventar, y temo que cualquier día explote de deseo no satisfecho.

Sopesando pros y contras, incapaces de solucionar por otras vías la inquietud que dominaba todos sus pensamientos primaverales, tomaron la decisión de hacer de tripas, corazón, y lanzarse a la aventura de cruzar al otro lado.

El momento elegido fue una noche clara, con una luna esplendorosa. Estuvieron aguardando un rato, contando mentalmente la frecuencia con la que pasaban, veloces, lo que creían animales superiores, bramando con sus ojos fulgentes, siguiendo un destino que, suponían, también les conduciría a aquellos por impulso de la llamada del amor, hacia otras regiones en las que morarían las hembras de su especie.

-¡Ya! -gritó Partero, y fue el primero en dar un salto, tan grande como pudo con sus ancas encogidas al máximo.

Un monstruo de gran envergadura le pasó rozando, pero pudo dar un segundo salto, y un tercero. Se encontraba ya a uno o dos metros de donde había partido.

-¡Voy! -exclamó Parsimonioso, arrastrando sus patas lo más rápido que pudo, encrespando su cuerpo para dejar ver sus aguzadas espinas, en la confianza -inocente- de que provocara algún temor entre los que surgían de las sombras.

-¡No seré menos! -se animó a sí mismo, Calamitosa, empezando un periplo en zigzag con el que creía tener más opciones de salir indemne de aquel bombardeo de bólidos fugaces.

A la mañana siguiente, dos cuervos encontraron los cuerpos de los tres amigos, despanzurrados sin piedad. Mientras se alimentaban de los despojos, sin temor ante los vehículos que pasaban, a los que esquivaban sin problemas con ligeros aleteos, comentaron entre sí:

-Tenemos que agradecer a la primavera que haya alterado el sentido común de tantas especies, haciéndolas creer que al otro lado de esta carretera hay consuelo para sus deseos. Mi camada crece fuerte y robusta.

-Sí, así también la mía -contestó el otro, algo más negro de pelaje-. Gracias a estos animales veloces que tienen un caminar tan previsible, nuestra especie mejora con los años, y se extiende hasta poblar todo el orbe, tal como han predicho nuestros libros sagrados.

Y se fueron, tan campantes, llevando en sus picos algunos trozos de Calamitosa, Parsimoniosa y Partero, realmente complacidos de lo bien que les iban las cosas.

FIN

 

 

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Cuento de primavera: Cuestiones de perspectiva

22 abril, 2014 By amarias Deja un comentario

Debería de resultar evidente para todos que la representación en un plano de las formas tridimensionales apela a un convencionalismo y, por tanto, es una llamada a nuestra capacidad de suplir una deficiencia con imaginación. La perspectiva es un engaño ingenioso porque, a poco que meditemos al respecto, caeremos en la cuenta que no vemos los objetos así como nos lo representan pintores, arquitectos, ingenieros o delineantes.

De esa falsedad han surgido otras: los difuminados, las sombras, los claroscuros. Cuando decimos de un retrato de alguien «parece como que está vivo», estamos, en realidad, afirmando, que «sabemos que está muerto», o que «no es él, es un dibujo».

Nuestro cerebro se acostumbra a ver las cosas de una determinada manera, que vamos educando con el paso del tiempo, y que tiene su centro en el yo. Vemos lo que queremos, como lo queremos o nos apetece y, si tenemos suficiente práctica, acabamos creando nuestro sentido estético, la idea de la proporción o de la desmesura, de lo correcto y lo incorrecto, en…todas las cosas de la vida.

Claro, claro. Estoy refiriéndome a la subjetividad, al relativismo, a la falta de objetividad individual que, en algunos casos, la sociedad, dominando al individuo, ha conseguido doblegar con ideas estereotipadas respecto a lo que es bello, incluso respecto a lo que es ético. Matar a otra persona debería ser abominable, pero algunos regímenes y estructuras legales lo han visto -y ven- como solución a ciertos conflictos: las guerras santas, las condenas a muerte, los exterminios de etnias, los conflictos por un quítame allá esas pajas. Hasta las revelaciones de la divinidad a algunos bienaventurados han tenido que venir a recordar ese principio, como prueba de que todo se olvida cuando apetece o conviene.

Me gusta el cuento ése de cuatro íntimos amigos que se encuentran a la entrada de un hotel. Con emoción y disgusto, ven que no van, sin embargo, con la pareja que les corresponde según el registro civil, sino con la del otro. Uno de los caballeros, haciéndose cargo de inmediato de la situación, echando mano de su condición de hábil negociador, toma rápido la iniciativa y propone la mejor solución:

-Vale, -dice- nos equivocamos. Pero somos amigos y no tiene sentido que nos liemos a discutir y a afearnos nuestra conducta. Sucedió, y ya está. Lo que razonable es que olvidemos el asunto y actuemos, desde ahora, con firme propósito de la enmienda. Aquí no ha pasado nada, y sigamos tan amigos como siempre».

El otro caballero -las mujeres no tienen protagonismo en este cuento, reflexiona unos instantes y, finalmente, expresa sus razones:

-No veo mal tu propuesta. Pero hay un inconveniente. Vosotros estáis saliendo, y nosotros, estábamos entrando.»

¡Ah, la perspectiva!

FIN

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Cuento de primavera: Políglota

19 abril, 2014 By amarias Deja un comentario

Su padre, español superdotado, era diplomático de carrera y había tenido destinos en las cuatro esquinas del planeta. Su madre, irlandesa. Por ahí, desde luego, le venían los primeros aires de las lenguas. Desde la tierna infancia, tuvo siempre dos institutrices: una alemana, que siguió al matrimonio en su andadura mundial, hasta que se cansó de tanto hacer maletas.

-Perdona la señora, pero mi se va de vuelta a Deutschland -le espetó, tan fresca, a su empleadora, una tarde que se le cruzaron por la cabeza los aires del Palatinado.

Pidió la cuenta, caló el sombrero hasta las cejas, y se fue en el primer tren que le llevara más al Norte. Estaban, a la sazón en Adis Abeba, de cónsules plenipotenciarios.

La otra institutriz era variante, pues siempre resultaba contratada entre las lugareñas. Cuando sucedió lo de Adis Abeba, la institutriz era una abisinia de ojos bellísimos, esbelta y ebúrnea como una escultura hecha por los dioses. Se llamaba Aznal-ló, que quiere decir «Lo siento», aunque nunca explicó el porqué de ese nombre singular. Cuando entró al servicio de la casa, debía tener unos doce años; manifestó ser de religión cristiana ortodoxa, aunque pronto la sagacidad de la señora descubrió que era musulmana, porque solo comía pescado, que traían al mercado desde las costas de Eritrea. Estuvo los dos años del servicio consular con la familia, y tuvo tiempo de enseñarle al pequeño, amárico.

Con seis años, Tomás (también llamado Thomas), conocía a la perfección el español, el inglés, el irlandés, el ruso, el amárico, el árabe egipcio y el alemán (este último, con acento y expresiones hoch-deutsch).  Cuando a su padre lo trasladaron a Canton, como paso previo a hacerlo, por fin, embajador en Corea del Sur, la alegría que sintió fue inmensa:

-Así el pequeño Thomas aprenderá chino cantonés, lo que habrá de servirle en la vida de maravilla.

Lo aprendió, en efecto. Y también, el coreano, que no llegó, sin embargo, a dominar del todo, porque se le produjo una interferencia inexcusable con algunas vocales del mandarín. Pero se defendía perfectamente, en una conversación normal.

Su papá estaba orgulloso de la habilidad de su subproducto, para entonces, un muchachote regordete de trece años, aficionado en demasía a los dulces.

-Dí algo en amárico, Thomas -le sugería, por ejemplo, el ilusionado prócer, ante unos visitantes ilustres cualesquiera.

Y el jovencito, decía, obediente, Buenos días, Buenas tardes, Cómo está usted, o, si el respetable público sugería una frase compleja, la traducía sin tapujos, entre las sonrisas y aplausos, complacientes, -los de su padre-, y variables, -aunque casi nunca expresados con total sinceridad, los de los estupefactos asistentes a tal exhibición de logorrea-.

Siguió así la cosa y, ya imparable, a lo sabido se añadieron el italiano, el portugués, el francés y algo de griego. Cuando Thomas cumplió los diecinueve, era un diccionario viviente. Tenía la cabeza atiborrada con tantos vocablos, interconectados como las entradas de un glosario con múltiples entradas, que daba gusto verlo lanzarse por las equivalencias, como un campeón, salta que salta de la shi a la tsi, de la hache a la zseta.

-Que me pregunten, papá. Diles que me pregunten lo que quieran, porfa -apremiaba, como los équidos piafantes antes de la batalla, deslumbrados por el fulgor de lanzas y parapetos.

Entre tantas virtuosidades idiomáticas, tenía Thomas un problema. Al haber empleado inmenso tiempo en aprender cómo decir las cosas en más lenguas que las que pudieron coexistir entre los artesanos frustrados que huyeron de Babel, no tuvo instantes suficientes para dotar a la máquina de pensar con ideas que le sirvieran para expresarse de forma autónoma.

Era excelente para traducir, pero no se le ocurría nada de valor. Estaba, por así decirlo, hueco. Mondo y lirondo por dentro, aunque piloso por fuera. (Había adelgazado, sin embargo, físicamente, pues la mamá irlandesa lo había puesto a dieta rigurosa).

Si le faltaba quién le alimentara la tolva del magín con las frases que se le encargara verter a algún idioma, se atoraba. Hacía, puf, decía chorradas. Era, es obvio, un intérprete perfecto. Solo que su cerebro carecía de todo mobiliario interior, salvo las estanterías en donde se le almacenaban los diccionarios de las once lenguas que dominaba como los ángeles custodios.

Sí, ya se que el lector socarrón va a sugerirme que oriente a Thomas a la política, en donde no tendrá problemas. Pero esto es un cuento, no una historia veraz. Todo habría acabado mal, en éste, si no fuera porque encontró, casi al comienzo de la madurez física, su media naranja ideal.

Una joven ingeniosa, ilustrada en las cosas del hoy, ágil en la mente como una ardilla en sus árboles, que, por la gracia de Dios y el empeño de sus padres, había nacido en Aluche y estudiado periodismo; no sabía -aparte de cuatro cosas en inglés, mal pronunciadas- más que un magnífico español, no exento, eso sí, de giros burlescos, tonos coloquiales y modismos de calleja.

Formaron una pareja tan exquisita, estaban tan enamorados, que daba gusto verlos. Eran cosa de circo. Ella, que se llamaba Rosa, le aportaba pensamientos sutiles, le espetaba al oído retruécanos sugerentes como fontanas de Trevi o procesiones de encapuchados de Toledo, ideas aupadas sobre lo divino y lo humano, historias inventadas o pútridas alegorías urbanas, y el Thomas, obediente, los traducía de inmediato al italiano, al rumano, al chino mandarín, o al eritreo.

FIN

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Cuento de primavera: Fugas

18 abril, 2014 By amarias Deja un comentario

«Estamos en lo que nos faltamos», escribió Juan Gelman (Mundar, Visor Poesía, 2008) en uno de esos poemas casi ininteligibles que solo se despliegan cuando se leen una y otra vez, hasta sacarles brillo con la imaginación.

No es posible saber en qué momento quedó la puerta abierta y si nosotros fuimos los descuidados.

Pero se escapó el amor. Cuando fuimos a darle de comer, como habíamos hecho los días anteriores, poniendo el chorrito de esperanza en el cuenco de beber y un buen montón del compost de ilusión -que tanto le gustaba-, en el comedero, y cambiamos la cama de sepiolita y pequeñas frustraciones para que todo lo encontrara limpio y a su gusto, lo llamamos luego con el suave ronroneo que lo imitaba, pronunciando su nombre.

-¡Amor! -porque no habíamos creído conveniente ponerle otro nombre. ¿Cuál mejor?

Recorrimos toda la casa, mirando debajo de las sillas, moviendo piezas en el cuarto de los trastos, manoteando detrás de las cortinas del baño. No estaba a los pies de la cama revuelta, ni junto a la bañera en donde acostumbraba a sentarse para contemplar nuestro desnudo, ni se había acercado aquella noche a la mesa de la cocina para compartir con nosotros la cena que preparamos con los guisos que tanto había alabado.

Ya era muy tarde cuando comprendimos que no estaba. Nos ha dejado su ausencia, su vacío, así, como al descuido. Y aquí estamos, esperando que vuelva, acurrucados en lo que nos faltamos, aferrados a esa fantasía.

FIN

(Ayer, 17 de abril de 2014, falleció Gabriel García Márquez. Yo lo conocí cuando tenía diecisiete o dieciocho años, de casualidad, y me enseñó el calor de las palabras; luego, nos vimos muchas otras veces, en Cien años de soledad -¡tantos!-, encontrándonos sin preaviso o citándonos en mis sitios preferidos, bajo páginas abiertas que yo releía siempre con deleite, incluso en voz alta, sin importarme que él, desde la distancia inalcanzable, no me escuchara.

No me avergüenza reconocer que yo imitaba sus pasos, sus giros y retruécanos, buscando el calor de sus frases, la sensualidad de sus párrafos calientes. Lo seguía a riesgo de convertirme en una caricatura suya, pintarrajeado con tintes y betunes que  eran de otra galaxia y, por tanto, no me correspondían.

García Márquez (yo nunca me atreví a llamarlo Gabo) siempre guardaba sorpresas, y también me engañaba, como hacía -supongo- con todos los que le amábamos. Cuando me habló, por ejemplo, de aquel coronel que no tenía quién le escribía, me tuvo buscando toda una tarde a ese hijo perdido con la obsesión de un poseso, habiéndome animado antes a elucubrar que yo -infeliz- lo encontraría. En los Funerales de la mamá grande, allí me tuvo, de pie, toda una tarde, esperando ni sé que cosa, y estuve a punto de suspender  Cristalografía.

Ahora me dicen que ha muerto, pero no me lo creo. En la imaginación no se muere jamás, como tampoco el amor. Perviven en lo que nos falta)

(P.S. Y hoy, 18 de abril de 2014, se nos ha muerto el tío Alfonso, un hombre tenaz; también de esa misma generación de titanes, premios nobel y cupletistas a la que perteneció Gabriel, también un luchador muy bien vivido, que desarrolló, en este su caso, la andadura entre aventuras de machos de caballerías y sobremesas en ventas gallegas,  capitán de una abadía de foros redimidos que pertenecieron a quién sabe qué iglesias, amado como el que más entre sus paisanos, ágil entre los atletas, a pesar del ataque de una polio sin respeto infantil que debió haberle dejado baldado para siempre , y que no consiguió -qué va- doblegarle ni la sonrisa.

El fue principal culpable, de que a mí, advenedizo, me gustara el sabor del campo más rudo, y asturiano de los Oviedines del alma, procedente de cepas variadas, de su mano, se me abrieran de par en par las puertas de las casas de Pontenova, de Meira, o Vegadeo, y llegara a  entender el gallego que hablan los lucenses, y aprendiera, de una vez, que los que son sencillos no tienen nada de simples, y que quienes viven sus soledades con parsimonia, -deshojando maíces bajo los cabozos, contando pacientes los inviernos- aman a quien les haga buena compañía.

Descanse en su paz; como el decía: «Con la edad, el cuerpo va buscando nicho», y se dormía)

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Cuento de primavera: El quark de la felicidad

17 abril, 2014 By amarias Deja un comentario

En ese lugar de la fantasía que solo se encuentra en los cuentos, se habían congregado varios miles de seres de variadas procedencias y naturalezas, atraídos por un tema sustancial pero escurridizo: Analizar la esencia de la felicidad.

Los conferenciantes que habían anunciado ponencias en esa especie de Congreso Universal de la Satisfacción eran, casi todos, conocidos y apreciados por su dominio de la cuestión.

Allí estaba El príncipe feliz, proveniente de las gélidas tierras rusas, deseoso de explicar que la felicidad no se debe valorar con la medida de cómo te ven los demás, sino  cómo te sientes tú mismo, y, en consecuencia, presentar el camino que, gracias a haber realizado obras de caridad con sus semejantes, repartiendo lo poco que tenía, acabó dotándole de un gran corazón,  indestructible, a pesar de ser una estatua de metal y haber tenido que utilizar a una golondrina como su mensajero, a la que mató con tanto ir y venir.

Por supuesto, entre los de mayor poder de convocatoria, estaba el hombre que no tenía camisa -en verdad, habría que precisar «que no la había tenido», pues gracias a su habilidad para contar una y otra vez su historia, y el dinero que obtuvo de ella, ahora se cubría con trajes de prestigiosos sastres y camisillas de fina seda-. Su defensa de que la felicidad consiste en estar satisfecho con lo que se tiene, sin añorar nada, era un clásico que se estudiaba en las escuelas de formación empresarial y en las de religión asistida.

¿Cómo iba a faltar «la ratita presumida»? Bajo ese seudónimo se escondía una damita de los arrabales, vestida pobremente pero limpia a más no poder, que había ejercido de criada en una casa de alcurnia, conocedora de varios cuplés y otras canciones muy pegadizas, que entonaba con discutible calidad mientras hacia las labores del hogar ajeno, las cuales hacía con dedicación y primor inigualables. Ella contaría al auditorio cómo también se puede ser inmensamente feliz cuando se consigue hacer refulgir las bandejas de plata, los suelos de la cocina y los cacharros de freir, como los chorros del oro.

No quiero ser exhaustivo, ni puedo. Estaban allí El gato con botas, El sastrecillo valiente, La bella durmiente y varios Príncipes encantados (y mucho), quienes estaban por la labor de defender que hay que ser feliz con lo que se tiene, sobre todo, si son cosas relacionadas con el bien comer y gozar, o se puede cambiar por ellas.

Cuando comenzó la Asamblea, amenizada, -mientras el público ocupaba sus asientos en la explanada adecuada al efecto, bajo un sol algo fuerte-, por varios conjuntos musicales que interpretaban diferentes versiones del Himno a la Alegría, Soy feliz porque el mundo me ha hecho así y Macarena, tomó la palabra el Presidente Honorario de la Asociación de Felices Mundiales, P.C. (1)

-Se ha dicho muchas veces -comenzó su alocución- que «la felicidad no consiste en lo que se tiene, sino en lo que se tuvo, y, posiblemente, en lo que se tendrá». Aquí escucharemos ejemplos de todas esas opciones. -dijo, guiñando un ojo a La lechera del cuento, de la que estaba secretamente prendado, pues tenía querencia hacia las sonrosadas turgencias-

-Mi caso desmiente esta frase, que es, desde luego, muy aparente, pero puramente literaria y, por tanto, carente de fundamento científico. -prosiguió-. Yo soy feliz con lo que no tengo, como lo era el publicano de los Evangelios; me hace muy feliz, en concreto, ver la desgracia de algunos de los que me rodean, y comprobar que yo no soy como ellos, no tengo enfermedades, no soy feo, no me pone los cuernos mi mujer, no me han despedido, no…».

La multitud gritaba, enardecida por las drogas y el alcohol ingeridos, que habían circulado gratis desde horas antes.

-¡Eso, eso! -se oía corear- ¡Dános ejemplos de quienes lo están pasando peor, para que nos sintamos mejor!

-No quiero adelantar conclusiones -prosiguió el orador, quien, seguramente, había oído el griterío-. Pero las últimas conclusiones científicas sobre las razones de la felicidad, apuntan a que esa entidad no es incorpórea o inmaterial, como se creía, sino que es corpuscular, y está formada por pequeñas partículas, de tamaño submicroscópico, que se encuentran preferentemente en algunas zonas del espacio, y que se multiplican febrilmente en ciertas circunstancias favorables, especialmente en nuestro cerebro humano. La felicidad se transmite, como la luz, a velocidades fantásticas por todo el cuerpo, produciendo un estado de excitación o entontecimiento que no tiene que ver con lo logrado: pongo el ejemplo de haber conseguido liberarse de lo que nos causa estreñimiento…

Era de ver cómo las gentes sorbían aquellas palabras, en especial, los de las primeras filas, que eran los únicos que las oían con claridad, pues la acústica dejaba mucho que desear.

-Entre esas circunstancias, cabe destacar…

En ese momento, varias explosiones provocaron el pánico entre la multitud, que se dispersó a la carrera en todas las direcciones (salvo la vertical). Aunque desde la organización se reclamó calma a voz en grito, fueron muchos los que se dirigieron a la estampida hacia los vehículos en los que habían acudido a la convocatoria, y se volvieron cagando leches por donde habían venido.

En el suelo, muy malheridos, quedaron algunos de los ponentes de la sesión, afectados por la metralla.

Quizá el peor parado fue El masoquista de Fuentetuna, que no paraba de reírse mientras se moría, desangrado.

FIN

(1) No se sabe exactamente que significan las siglas P.C.; se ha especulado mucho; el Partido Comunista ha negado, en una nota oficial redactada en tono bastante agrio, que se refiera a ellos; son ya muchos los que creen que las siglas responden a las iniciales de «por cojones», lo que no sería demasiado sorprendente.

 

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Cuento de primavera: La obra perfecta

16 abril, 2014 By amarias Deja un comentario

Por otra narración, hemos conocido cómo un artesano genial, capaz de realizar obras de relojería de encomiable mérito, no había, sin embargo, conseguido el anhelado premio en un Concurso celebrado en su localidad para distinguir el mejor trabajo, debido a que las bases del Certamen se habían confeccionado a la ligera.

En aquella ocasión, el Jurado tuvo que dar el premio a un joven que tenía perturbadas sus facultades mentales, y que, enarbolando un martillo, destruyó completamente la obra maestra del esforzado artista, puesto que se había decidido otorgar el galardón a «aquel que produjese en la concurrencia el mayor grado de asombro» y, desde luego, el mozalbete los había dejado a todos estupefactos.

También hemos podido enterarnos, por un relato posterior, que el mismo relojero volvió a presentarse al año siguiente al Concurso, en el que se habían revisado las Bases, y tampoco obtuvo el premio, que fue a parar a un familiar del presidente del Jurado.

Pues bien, voy a referir ahora lo que sucedió en una tercera ocasión.

El relojero, escarmentado, no dijo a nadie, ni siquiera a su mujer, lo que iba a hacer. Estuvo días y días imaginando planos y complejos artilugios destinados a servir de base para fabricar las piezas del reloj y los mecanismos que le harían funcionar con la mayor exactitud que la tecnología del momento podía garantizar, e incluso, un poco mejor. Para evitar que nadie le copiara, destruía sistemáticamente, después de memorizarlos, todos los croquis y dibujos, quemándolos, hasta hacerlos ceniza impalpable, que aventaba con un fuelle en un bosque alejado del pueblo.

-Estoy absolutamente seguro -pensaba el genial artífice- que nadie podrá copiar el fruto de mis ideas. Las Bases se han corregido para que el premio no se de al que produzca asombro, sino a la obra que tenga la máxima utilidad; y, desde luego, para evitar nepotismos y favoritismos, se tiene expresado que el Jurado calificador estará formado por tres personas, cuyos nombres serán obtenidos por insaculación, el día antes de cerrar el plazo de admisión del Concurso, de cada una de tres relaciones de expertos, respectivamente, en investigación, ciencia y tecnología, que provengan de Universidades de prestigio de tres regiones distintas de Valgamediós, igualmente desconocidas a priori.

Era imposible que pudieran estar de acuerdo esas personas, porque nadie sabía, antes de que se hubieran presentado las obras al certamen, quienes iban a ser, y ni siquiera de dónde provendrían.

¿Qué decir de la obra que, en la soledad de su taller, sin contar con el auxilio de aprendiz ni suboficial, iba realizando el maestro? Era magnífica, incalificable en su perfección, casi divina si se consideraba lo acabado y definido de sus líneas, lo preciso del funcionamiento de las ruedas dentadas, los balancines, las figuritas que alegraban el paso de las horas que señalaba, con precisión inalcanzable, las agujas; no ya los minuteros y secunderos: el aparato apreciaba hasta las centésimas de segundo, lo que para la época era un avance descomunal.

El maestro esperó hasta el último día y, dentro de él, a la última hora antes del cierre de la admisión, para presentar su pieza. Llegó el momento de ir a recogerla a su taller, desde debajo de la mesa del último aprendiz, donde, envuelta en papeles sucios y restos de guata, la había dejado la tarde anterior. Estaba emocionado y nervioso y, como era día de fiesta, el taller se encontraba vacío.

Miró bajo la mesa y no encontró nada. Miró alrededor y vio que todo el taller estaba inmaculadamente limpio. Palideció y, entrándole pánico, sin imaginar lo que podía haber pasado, se fue corriendo hacia la casa del suboficial del taller.

-¿Qué has hecho de un paquete que había bajo la mesa de Gumersindo, el aprendiz? -le preguntó, demudado.

-¿Un paquete? No tenía ni idea que allí se guardaba algo. En cualquier caso, allí nunca tenemos nada de valor -le contestó el suboficial.

El maestro relojero volvió, a todo el ritmo que le permitían sus piernas, ya algo afectadas por la artritis, a su casa. Su mujer estaba preparando garbanzos con costillas de cerdo, que era su comida preferida.

-¿A quién han dado el premio? -preguntó la eficiente mujer, con una sonrisa que expresaba el gran cariño que sentía hacia su marido.-Es una lástima que este año no hayas querido presentarte

-No, no. Si quiero presentarme. Es una sorpresa. Pero no encuentro el paquete en el que guardé mi obra perfecta, la que quiero presentar al Concurso. Y el tiempo límite está a punto de acabarse -casi gritó, lleno de angustia y tensión, el genial artífice.

-¡Ah, qué bien! Piensa dónde estuviste trabajando en él la última vez. Ya imagino que era algo muy pequeño, pero será fácil recordar dónde lo dejaste si repasas tus movimientos.  -Se interesó por conocer la gentil compañera, como siempre dispuesta a ayudarle, convencida de que, ya desmemoriado por el principio de demencia senil, el relojero habría olvidado el sitio-.

-En el taller no está -prosiguió-, porque ayer por la noche lo he limpiado a conciencia, para darte una sorpresa. Estaba por cierto hecho un asco, pero no lo encontré. Entregué hasta tres sacos con basura a un buhonero que, por suerte, pasó por el pueblo.

El relojero se desmayó.

FIN

Publicado en: Cuentos y otras creaciones literarias, Sin categoría Etiquetado como: buhonero, certamen, concurso, cuento, cuento de primavera, obra perfecta, premio, relojero

Cuento de primavera: La orden de la Vejiga y el castigo del perjuro

15 abril, 2014 By amarias Deja un comentario

Una de las órdenes caballerescas más antiguas, incluso más que la de la Liga y el Pellejo (conocidas vulgarmente como la de La Jarretera y el Vellocino dorado) es la de La Vejiga.

Esta prestigiosa cofradía, fundada en el siglo III d.C. por el jefe de la tribu de los Upemba, que se había instalado en lo que es actualmente la provincia de Katanga, surgió de manera fortuita. Cuenta la leyenda que el cacique Sotán Kalamú, apremiado por una urgente necesidad de orinar, mientras se estaba celebrando una espléndida ceremonia sacrificial -quince jóvenes vírgenes estaban siendo ofrecidas al dios del desierto, supuesto padre de aquél-, y no queriendo abandonar el sitial en el que estaba, por no dar a conocer a sus súbditos su origen humano, se meó por encima.

Resultó, sin embargo, que, hábil con las palabras, convenció a los próximos que aquellas aguas naturales, por intercesión de las alturas, se habían transformado en un estampado de colores sobre sus calzones principescos, adquiriendo fragancias que él mismo definió, incluso, como embriagadoras.

Ante tamaña actuación sobrenatural, Sotán Kalamú se decidió a montar la orden de la Vejiga Henchida (Después se perdió el adjetivo, difícil de pronunciar y hasta de entender en el dialecto local). Los requisitos para entrar en ella eran descomunales. Solamente podían permanecer a esta orden aquellos guerreros que hubieran demostrado capacidad de sobrevivir después de haber sido arrojados a una sima sita en la comarca -conocida hoy como la Gruta de los Desaparecidos- o, en su defecto, aquellos a los que a Kalamú le diese la real gana de nombrarlos miembros.

En realidad, nadie pudo entrar por la primera vía, a pesar de que muchos lo intentaron.

Pertenecen en la actualidad a esta orden de la Vejiga, cuyo Gran Maestre es el dictador Gustón Pachanga, solamente veintidós mandatarios mundiales, todos ellos sátrapas, déspotas o dictadores reconocidos por el orden mundial, a los que Pachanga concede tal distinción, en una ceremonia muy vistosa, en la que se les entrega la insignia característica, con forma de globo de oro y pedrería, de la que penden dos hilos de finísima hechura plateresca, simulando los uréteres del fundador.

La orden de la Vejiga mereció recientemente atención mediática, debido al castigo propiciado a uno de sus miembros, que había cometido el terrible acto de faltar al juramento prestado, incurriendo, pues, en el deshonor del perjurio. Porque los guerreros de la orden deben, en el momento de ser distinguidos con el globo henchido de los filamentos argénteos, jurar ante el dios del desierto que se protegerán sin fisuras en todas sus felonías y desmanes, disimulándolos con inmediatez, tal como hizo el gran Kalamú con sus naturales fluencias, ocultando a los demás mortales y, sobre todo, a sus leales súbditos, su condición de iguales en lo físico y su morbosa afición al latrocinio y a la corrupción en lo tocante a los dineros y bienes públicos.

Pues bien: El Gran Sultán del País de Chochonia, país que ocupa el penúltimo lugar en las rentas per cápita -contando hombres y ganados-, cuando estaba veraneando con su séquito en la Costa Blue, fue conducido con añagazas ante el Tribunal de la Justicia Incontrovertible Internacional (renovada), que dirige el ex-juez español Maese Pedro del Canto del Cisne Pérez, con sede en La Calla. Allí admitió haber mentido a sus súbditos, y que, en realidad, ni era hijo de un dios ni nada parecido, si bien no se le pudo juzgar ya que este comportamiento no está reconocido como infracción por los países firmantes del Convenio de La Calla.

En la actualidad, el ex Gran Sultán de Chochonia reside en Suiza y, al parecer, ha entregado una ínfima parte de sus posesiones en Chochonia a la ONG para el Desarrollo Lento de Africa (Africa´s Smooth Development Non Profit Organitation), dirigida desde Peijing por un grupo budista.

El Sanedrín, Capítulo o Concilio de los cofrades vejigueros, lamentando la traición al juramento del ex Gran Sultán de Chochonia.  le ha condenado a devolver la medalla que le acredita como miembro de la Cofradía. Este es el mayor castigo que se puede imponer a un perjuro, según las normas internas de la Vejiga. Lamentablemente, se ha negado hasta ahora a cumplir la terrible sanción, que suele seguir luciendo en la pechera.

FIN

Publicado en: Cuentos y otras creaciones literarias, Sin categoría Etiquetado como: castigo, cuentos, cuentos de primavera, jarretera, juramente, orden, perjuro, sultán, vejiga, vellocino

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