Al socaire

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Archivo de 2015

Homenajes

12 junio, 2015 By amarias Deja un comentario

Las épocas de incertidumbre  son pródigas en homenajes. Aunque podría pensarse que estos actos están destinados a manifestar el aprecio de los asistentes a una persona viva, lo habitual es que se trate de convocatorias póstumas.

En realidad, un homenaje es una ceremonia de necrofagia. No necesariamente la persona -o grupo- que es centro de atención debe estar físicamente muerto. Lo sustancial es que haya suficiente seguridad de que se le está despidiendo para siempre, y que puedan ser enterrados, lo más hondo bajo la tierra del olvido, las relaciones, los trabajos, los propósitos, y, por supuesto, el poder de los que disfrutó el homenajeado con anterioridad.

Mucha gente cree que el homenaje es un reconocimiento a una valía. No lo veo así. Quienes convocan los homenajes piensan, fundamentalmente, en el beneficio que pueden extraer para sí mismos.

Hay muchos ejemplos similares en los que el valor no guarda relación con el precio, ni el precio con lo razonable. Pensemos en el salmón que se vende como «campanu» al abrirse la veda de este cebo para pescadores; el pobre bicho es el homenajeado.

Un homenaje ha de servir de garantía de que la persona que recibe la bandejita de plata, la medalla de servicios, los epitafios labrados, los abrazos y palmadas, se retire al agujero de la indiferencia colectiva para siempre. El sello que cierra tal alianza serán las lágrimas del vivo cuando reconozca que tanta parafernalia es inmerecida, o las de su pareja viuda al afirmar que al difunto le hubiera gustado (cómo no) estar presente.

En Mi Diccionario desvergonzado (2013), atribuyo al término «homenaje» dos acepciones, una prueba más de la versatilidad de nuestra lengua: «1. Ruptura ocasional del régimen de adelgazamiento. 2. Reunión de personas para comer o cenar, para celebrar que no volverán a ver a la persona que tendrá que decir al final unas palabras de agradecimiento por una tarjeta con comentarios estúpidos de casi todos ellos.»

«Darse un homenaje» es una expresión, relativamente moderna, por la que se refleja que una sola persona es, a la vez, convocante y destinatario de la circunstancia por la que se hace pasar por los sentidos (generalmente, el gusto o el oído) la consecuencia del gasto excepcional.

Esos selfies, se producen con la intención de elevar el propio ánimo contrito, y no para celebrar algo. Su propósito es, a un tiempo, servir de placebo para conculcar un mal trago de fortuna y atender a una función exculpatoria. Cuando nos expresamos de ese modo ante un amigo o familiar que es testigo del despilfarro o despropósito, lo que deseamos es que se convierta en cómplice y nos ayude a eliminar vestigios de remordimiento.

En el polo opuesto, se encuentra la opción de dar a otro un homenaje. Ahí sí que no cabe remordimiento. Los rostros traducen la exultación de cuantos asisten a la ceremonia pública, verdaderos beneficiarios del mismo.

Cuantos más acudan a la convocatoria, mejor; mayor será el éxito. No importa que falte el salmón, …digo: el homenajeado presunto, aunque será de agradecer que esté presente de cuerpo o espíritu, particularmente en aquellos casos en que su función sea la de convertirse en buco emisario de la ignorancia y el desprecio colectivos anteriores con el mismo.

Ninguno de los presentes pretendería estar realizando un despilfarro, sino que habrá medido muy bien el alcance y resultado del dispendio: si se ha de pagar el cubierto del ágape, lo compensará en especie, con más libaciones de la cuenta.

Pero no es lo económico lo que más importa. Un homenaje bien urdido tiene que servir para profundizar las relaciones entre los asistentes, hacer negocios, decidir quién o quienes ocuparán el sitio que deja libre el desgraciado al que se le dedicarán encendidos elogios, de los que nadie se ocupará de medir la desmesura.

Luego del homenaje, ya dice el refrán, el vivo, al bollo, y mientras se apagan las luces del espectáculo mundano, queda el muerto -enfundado en traje de fiesta o en caja de madera-, encajado en su hoyo.

Publicado en: Actualidad, Cultura

Phoenix de Petzold

11 junio, 2015 By amarias Deja un comentario

La capacidad del cine para desarrollar nuestra innata afición al voyerismo está reconocida. Somos curiosos, y nos gusta observar a los demás sin ser descubiertos. ¡Difícil sustraerse a atisbar por el rabillo del ojo lo que está leyendo el desconocido que está a nuestro lado en la consulta del médico, en el metro! ¿Qué decir de la atracción de un cuerpo desnudo, mojigatos aprisionados por un pudor que nos impone con recato falsario la cubrición del nuestro?

Tiene, tiene que ver ésto que escribo con el cine. Al menos, para mí. Una película ha de pretender presentar en menos de dos horas una historia con suficiente intensidad para conmovernos, enseñar o distraer, y, para ello, tiene que apelar a la curiosidad de cada espectador. No a todos nos gusta lo mismo, ni con la misma intensidad, pero lo que ninguno de nosotros dejará de tomar en consideración es la presentación de algo que ha sido concebido para seducir nuestra atención, si la selección de materiales está hecha por un maestro.

En el cine, pocos directores lo consiguen. No debe ser cosa solamente de haberlo estudiado, porque circulan por ahí bodrios notables y hay genios que no han pasado por las aulas. Supongo que es cuestión de presentar los hechos de forma sincopada, orquestal, combinando lo sustancial y lo superfluo, y tratar una red para que el subconsciente también perciba algunos mensajes.

Tampoco hay muchos actores y actrices que nos conduzcan con seguridad por el juego sublime de incorporar realidad a la ficción, dotando a sus papeles de tal convicción, que nos permita olvidar que lo que estamos viendo fue creado o recreado para ser recogido por las cámaras.

Y no quiero olvidarme, en este repaso nada erudito por los recovecos del lenguaje cinematográfico, de todos aquellos profesionales que contribuyen a la credibilidad de las imágenes, generando paisajes, vestimentas, escenarios, y seleccionado enfoques, luces, sonidos, engañándonos, haciéndonos vivir como cosa propia lo que no pertenece a nuestra existencia más que por culpa del celuloide.

Christian Petzold es un maestro en dotar con mensajes sutiles a historias que, si se hubieran seleccionado con criterios menos poderosos y poéticos, no tendrían más poder de conmovernos que las noticias del telediario.

¿Cuántas veces lo hemos visto antes?. Es cierto que cuenta, en Phoenix (como también en Barbara), con una pareja de actores excepcionales: Nina Hoss y Ronald Zehrfeld -en este caso, para mi gusto, especialmente inspirado el segundo, aunque Nina Hoss siempre brillará a niveles de inmensa actriz-.

Pero la historia se transforma por la manera en que nos la cuenta. Phoenix (sí, la referencia al ave que resurge de las cenizas, apunta ya desde el título de la película en una dirección específica, que el desarrollo de las escenas acabará matizando, y de qué manera), es una película muy buena. No vale solo lo que cuenta, y cómo lo hace, sino que también -y aquí brilla el genio cinematográfico de Christian Petzold como contador de historias- por lo que estimula y sugiere al espectador.

Phoenix es una historia de amor, en la que se confrontan el amor por la persona y la ambición por el dinero. Los protagonistas tienden sus deseos personales en el reducido escenario de un Berlín de postguerra, que se nos presenta esquemáticamente. Hay más: una sociedad que quiere sepultar las heridas de un pasado reciente, ocultar sus miserias, mentirse.

Lo que parece abocado a desembocar en tragedia -el contexto es, en efecto, trágico-, se resuelve en lo que está al alcance de la víctima-creador como venganza perfecta, en la que el engañado toma el control de la situación, para recrearla como le apetece. Y, como en un juego de artificios, asistimos encantados a un final en el que somos cómplices de la inteligencia desplegada, vencedores de los villanos que solo se ocupaban de sus mezquinos intereses.

Echo de menos películas sobre la postguerra española que nos presenten comportamientos relacionados con las verdades humanas, en las que no haya solo buenos y malos, sino seres que están sobreviviendo a sus pasados, con su carga a cuestas, renaciendo de unas cenizas en las que no se reconocen. Pero para contar eso bien, es imprescindible que tengamos directores con la sensibilidad de Petzold y actores conscientes de que la interpretación de lo que está siendo contado debe dejar mucho espacio abierto al espectador inteligente.

Publicado en: Actualidad, Cultura

Pónganse a los mandos en lugar de dar guantazos

9 junio, 2015 By amarias 2 comentarios

Allá en la Prehistoria de nuestra democracia, cuando bastantes inquietos olfatos juveniles percibían con mayor claridad que las narices adormecidas de sus mayores que el régimen franquista olía a podredumbre y que los brotes verdes que personificaban los tecnócratas opusinos no eran más que una parte insuficiente para el imprescindible recambio, las manifestaciones de estudiantes universitarios eran el pan de cada día.

Aquellas asambleas y agrupaciones callejeras pidiendo libertades, solían terminar con carreras alocadas de jóvenes perseguidos por las fuerzas del orden, -llamadas grises por el color de sus ternos y avíos-, en las que menudeaban los mamporros, que era y es la manera de expresar el poder de la sinrazón a los que piden cambios, utilizando como correa de transmisión a asalariados «que cumplen con su deber» provistos de anteojeras.

Manuel Represa del Prado, profesor a la sazón de entonces, de Productividad y Organización de Empresa en la Escuela de Ingenieros de Minas de Oviedo, (cuyo director era Francisco Pintado Fe, ejemplo de elegancia personal, notable investigador y apreciable docente), nos decía a sus alumnos de último curso, pretendiendo disuadirnos de participar en aquellas algaradas: «Tenéis que daros cuenta que los guardias civiles os protegen a vosotros contra esos revolucionarios, porque vais a ser pronto la élite de este país.»

No traigo la frase aquí con la menor intención de ridiculizarla, sino al contrario. Manuel Represa fue uno de los mejores profesores que tuve (y uno de los que me distinguieron con su aprecio). Puntualizo: en lo suyo, que era algo así como «docimasia de la sociología práctica».

La observación de este ingeniero de minas, tempranamente fallecido, recoge muy bien un contrasentido vital que me ha inspirado en buena parte de lo que he hecho profesionalmente. Porque, consciente de que soy, por formación y por oportunidades aprovechadas en la vida, parte de la élite de este país, he procurado estar del lado de los que querían cambiar las cosas.

Es una posición peligrosa, y, en la que, afortunadamente, no siempre estuve solo, aunque sufrí muchos reveses, de arriba y de abajo. Porque es una situación de riesgo, y lo normal es que no sea comprendida, ni por los que están dirigiendo los resortes claves de la sociedad (que te consideran como un traidor  o un despechado), ni tampoco, por quienes pretenden cambiarla de golpe (que te ven con recelo de falso desclasado o como un palo en la carreta que conducen los iluminados).

Si hay una clave de éxito para cambiar las cosas que estén mal, es tratando de forzar la evolución, desde el pragmatismo y aprovechando las menores oportunidades de mejorarlas, y resistiéndose, con argumentos y  experimentos localizados (tipo pruebas de laboratorio o explosiones controladas) a la fogosidad de quienes pretenden liderar una revolución que, sin duda, conduciría a la destrucción de lo conseguido y a la insatisfacción más general.

Hoy, 9 de junio de 2015, en la ceremonia de autoexaltación de Fujitsu (Feria de Madrid), que celebra con una Exhibición tecnológica admirable su poder de investigación y desarrollo, tuve ocasión de oir a un colega prestigioso, Javier Vega de Seoane (del grupo de Asturias Patria Querida al que pertenecen también otros dos coetáneos de raza asturiana, Javier Targhetta y Matías Rodríguez Inciarte) y analizar la habilidad con la que se maneja entre la coyuntura.

Vega de Seoane alabó la labor del gobierno del PP de Soraya Saez de Santamaría (vicepresidenta con estrella ascendente), a la que presentó, como Presidente del Consejo Asesor de Fujitsu.  Un día antes, en la Fundación Rafael del Pino, junto a María del Pino, intervino junto a Josep Piqué para glosar el Informe sobre el Balance de coyuntura al 2015 que auspicia el Círculo de empresarios.

En sus dos intervenciones, ante públicos diferentes, no pude por menos de recordar  también lo que Javier respondió hace un par de días a un periodista de El Comercio (el mejor periódico de Asturias), cuando le preguntó si temía por la irrupción de partidos como Podemos en la gestión política. Copio literalmente:

«Nos preocupa la demagogia, la frivolidad y la falta de experiencia y de oficio, pero buena parte de esto se arreglará con el tiempo. Lo que decía el PSOE en el año 1976 también nos preocupaba, pero cuando se pusieron al mando y tuvieron el volante entre las manos se volvieron mucho más realistas. Esta gente de Podemos es nueva, no tiene experiencia, no conoce la realidad, pero lo que están haciendo es de personas inteligentes y capaces y, por tanto, yo creo que irán aprendiendo, se irán moderando e irán valorando lo importante. Estos chicos son jóvenes y no valoran lo que hemos conseguido porque han nacido ya en una situación de democracia y de bienestar, pero van a evolucionar y, lógicamente, lo harán en positivo. Europa también va a ser un estabilizador fundamental para que las cosas se hagan de forma racional.»

No me consta que Vega de Seoane haya sido alumno de Represa (tampoco Targhetta y Rodríguez Inciarte lo fueron), pero me pongo en pie para aplaudir su capacidad para situarse simbólicamente entre la élite -a la que, sin duda, pertenece- y los que aguantan los guantazos de la fortuna, y, en lugar de ridiculizarlos con argumentos de pie de banco, lanzarles guiños desde la inteligencia comprensiva.

Publicado en: Actualidad

Rusia ha vuelto

30 mayo, 2015 By amarias 1 comentario

Con ocasión de la visita de Felipe VI al centro de la OTAN en Torrejón (un búnker subterráneo en el que operan 180 militares de varias nacionalidades), el teniente coronel del CAOC (Centro de Operaciones Aéreas Combinadas), Velázquez Gaztel,  expresó que Rusia ha emitido el mensaje de que «está de vuelta» (1).  Matizó luego que no creía que nos encontráramos en el albor de una nueva guerra fría, aunque se desconocía la intención con la que ese vecino pródigo nos hacía la visita.

Las radiaciones recogidas por el sensor militar con ocasión de la reunión de estrellas de alto rango, coincidieron en el tiempo con la emisión de una señal paranormal que afirmó haber detectado Esperanza Aguirre, estrella de gran magnitud ella misma, y que fue la candidata más votada -por los pelos- en las recientes elecciones de mayo de 2015.  La frustrada proto-alcaldesa, asentada en territorio post electoral, denunció la intención de la juez retirada Manuela Carmona, alcaldesa in pectore de una coalición que no acaba de cuajarse, de implantar los soviets en los barrios.

Fue una casualidad. Pero el azar también lanza sus mensajes, y, tratándose de una política avezadas en jugar con las palabras,  identificar la idea de las asambleas participativas, herencia yacente de las plataformas del 15-M,  con la creación, allá por 1905, en la Rusia precomunista, de unas agrupaciones mixtas de obreros, militares y campesinos, que tenían por objetivo derrocar al zar, confirma el fino olfato de la condesa para detectar olor a ruso en un cocido aunque no figure en la receta.

Para los militares que gustan de tener claro el enemigo -alguno ha de quedar-, la vuelta de Rusia a la confrontación potencial, significaría volver a soñar con hacer carrera triunfando en batallas campales y no con cursos de ascenso al generalato impartidos en aulas en donde las clases prácticas se realizan con simuladores. ¡Qué tiempos aquellos en los que la población civil se desayunaba cada dos por tres con la vista puesta en el cielo, temiendo atisbar un misil de cabeza atómica dirigido hacia un «objetivo estratégico» situado en la manzana de al lado.

Para los políticos que se habían acostumbrado a tener solo una alternativa a la que desmontar, el que el enemigo sea ahora difuso, debe provocar inquietud, y encuentro lógico (poniéndome en su piel) que atribuyan a las nuevas especies políticas cualidades que pertenecieron a poderes extintos, a formaciones de viejos manuales de campaña, en la ingenua obsesión de creer que el antídoto será insultar la inteligencia de la ciudadanía.

No estoy en condiciones (ni tengo la formación necesaria) para negar taxativamente que Rusia y el comunismo no vayan a volver, aunque mi conocimiento de la Historia me indica que son dos entidades de diferente naturaleza, y con objetivos diferentes.

Además, como ciudadano pacífico y de talante posibilista, quiero ver, sobre todo, oportunidades de cooperación entre países, grupos y personas. Prefiero situarme al lado de los que analizan el terreno para tender puentes y avanzar, en un mundo que está, al menos en lo que respecta a las comunicaciones,  globalizado.

Estupenda ocasión  para que los Estados se esfuercen en mejorar el producto interior bruto mundial y lograr, de una vez por todas, repartir mejor las plusvalías, para aliviar con urgencia la situación de los más desfavorecidos, no importa allí donde se encuentren.

Me encantaría oir hablar de la existencia de un Centro de Operaciones de Cooperación Combinadas, en el que personal con amplios conocimientos tecnológicos y datos fidedignos sobre los flujos de riqueza y la óptima rentabilización de los recursos naturales del planeta (además del óptimo aprovechamiento de las fuentes de energía accesibles con nuestros actuales conocimientos), se encargase sin desmayo de proponer actuaciones de mejora.

Y en cuanto a la puesta en solfa del bipartidismo PP-PSOE, que ya había mostrado su agotamiento y, aún peor, la inclusión en el esquema del virus de la corrupción galopante, veo motivos para estar de enhorabuena, porque toda nueva expectativa, significa ilusión. Y, tal como se presenta el panorama político en la mayor parte de los municipios y autonomías españolas, no nos vendrá mal dedicar un tiempo a tratar de entendernos sobre las prioridades, sin recelos ni ideas preconcebidas, ni clichés que pertenecen a otras épocas, otros países, y a temores desfasados.

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(1) La noticia la recojo del blog de Carlos Penedo en Estrella Digital.

 

Publicado en: Actualidad, Economía, Política

Faldas y falderos por faldudos

29 mayo, 2015 By amarias Deja un comentario

Obviamente, han sido muchos los usos y costumbres que nos acercan a nuestros hermanos de lengua en Iberoamérica, y -al menos así lo tenía por admitido hasta años recientes- se creía que era España, como metrópoli, la que marcaba la pauta. Esta situación ha cambiado y, en la actualidad, nuestro país parece ir a remolque de lo que nos señalan al otro lado del charco: a veces, por directo influjo criollo; otras, actuando los de allá como intermediarios de la digestión de lo norteamericano que nos tragamos acá.

El asunto podría dar para escribir un librito sobre los influjos adaptativos, pero hoy quiero detenerme en una cuestión aparentemente trivial: la drástica disminución de la longitud de la falda en los uniformes femeninos de segunda enseñanza.

Hubo un tiempo, que se prolongó incluso más allá de la España tardofranquista, en que rigieron severas normativas de que las faldas de las educandas -eso sí, ya sin pololos- debían cubrir hasta la rodilla. El cumplimiento de esas instrucciones, que estaban incluso puestas por escrito, era especialmente controlado por sus mayores, con atención focalizada en ese período de efervescencia hormonal que la adolescencia introduce en las aulas (y que puede ser virulento si no se ha producido la segregación previa que en las granjas de animales de pico y pluma se conoce técnicamente como sexado).

Mientras en España se tapaban las piernas a las mozas, quienes viajábamos por ahí, constatábamos que las nenas de los colegios de pago latinoamericanos enseñaban sus muslos sin atender a hipotéticos decoros. Será por la calor imperante en esos predios, imaginábamos por causa última de la exhibición de carnes tiernas.

Los años avanzaron por el calendario, vinieron aperturas, y como en el hiposur de Europa también estamos en tierra de calor -agravada por un cambio climático que asoma solo la puntita- aparecería justificado que, si se añade la que está cayendo, se recortasen telas. La crisis obliga a acudir con la tijera a los rincones en donde calor o penuria aprietan.

Los viejos del lugar sabemos, sin embargo, que la corriente cisoria no empezó acortando faldas, sino por decisión de algunas de las mozas más atrevidas de la actual generación de madres, de ajustárselas más arriba al salir de las aulas, subiéndoselas hasta llevarlas casi al borde de los pezones; incluso, otras, cosían jaretones provisionales a las prendas, de un decímetro o más largos, que volvían a descoser cuando se sometían a la mirada escrutadora de sus progenitores, hoy ya en su inmensa mayoría criando malvas o hechos polvo.

Pasó más tiempo, y aquellas hijas se tornaron madres, y hoy muchas, por ley natural,  son abuelas y, por ende, las más retrasadas en esa condición genealógica aún siguen pendientes de tejer camisetillas y gorritos de lana que irán a parar a las Misiones. Pero las hijas más precoces en haber engendrado de aquellas madres que amé tanto y que luego, -unas y otras-, me miraron como si fuera un santo (Campoamor dixit), tienen hoy hijos adolescentes.

En mi memoria guardo lo que, hace cosa de un lustro, varios docentes me contaron en relación con telas escolares. Cuando la moda se propagó y las faldas se convirtieron masivamente en faldillas, algún profesor o profesora de los cursos de Bachillerato llamó la atención en el Consejo Escolar de que esa falta de tela era también asimilable a otra de decoro, y distraía en los aprendizajes de teorías diferentes de la que enciende las líbidos, y que era por los que, en esencia, se acudía a las aulas.

No solo madres, también padres varones pusieron el grito en el cielo contra esa pretensión dictatorial de atentar contra la libertad de sus hijas, ya maduras lo bastante -argumentaron- para vestirse como les petara o petase.

Hétenos, pues, hoy, asimilados en esa moda o costumbre de inspiración transoceánica, de que las nenas núbiles de colegios concertados, (en especial, por aquello de ser portadoras de uniformes) enseñen de lo suyo cuanto quieran, sin faltar al decoro que empieza ahora, al parecer, donde terminan sus prendas más interiores.  No van solas. Las acompañan, en sus grupúsculos en donde cuecen risas y charletas, según constato en las veces en que coincide mi paso con la salida de las aulas, uno o dos de sus colegas varones, convertidos, por ello, en falderos de las que las llevan de reducidas dimensiones, y, por lo que veo, a tenor de cómo ellos se visten, sin que les afecten tanto en sus atuendos externos los calores de la primavera.

No me parece que haya hoy más que una exigüa minoría capaz de escandalizarse por este ir de venir de faldas y falderos, incluso en aquellos momentos en que los faldudos (típicamente, las escaleras empinadas del subterráneo) dejen al descubierto el máximo de muslo de estas uniformadas mal vestidas. Al fin y al cabo, los viernes y sábados, estas mismas jovencitas salen a disfrutar de su noche ataviadas con trapos que les permiten idénticos desplantes corporales y, además, con el adendo de sus caritas pintadas a destajo, para disimular lo que quede de sus facciones infantiles.

¿Provocan a los adultos que las miran? No se equivoquen estos tales. No van provocando, las chiquillas, a los más viejos que ellas, y por eso, se equivocó de medio a medio el obispo de Tenerife, Benigno Alvarez, cuando se metió en el berenjenal de enjuiciar, con la doctrina más reaccionaria al alcance de su ministerial cerebro, el comportamiento de niñas y niños, allá por 2007, lo que despertó tanto fervor crítico mediático que aún perdura la cola del cometa. Porque a nadie que esté bien informado, impresionará, llamándola provocación para mayores, la exhibición masiva de muslos de féminas adolescentes, en época en la que incluso las imágenes de desnudos integrales en aparente posición coital se catalogan como aptas a partir de siete años.

Hay que mirar las cosas desde otra perspectiva. Se trata de una importación más que nos ha llegado de la zona actualmente dominante entre hispanos, que antes llamábamos colonias, y hoy marcan la pauta, porque los colonizados residen en Europa. Y están aquí, para quedarse. Así que vayan haciéndose a la idea de que el centro de gravedad de lo hispánico está en algún lugar de Centroamérica, y las cortas faldas responden al deseo de gustar a falderos de la misma edad adolescente, y no para dejar al descubierto de miradas adultas las bragas en faldudos.

 

 

Publicado en: Actualidad, Internacional, Mujer Etiquetado como: adolescencia, bragas, escolar, falda, faldero, faldudos, infantil, moda

Hubo varios big bang

28 mayo, 2015 By amarias Deja un comentario

Con el argumento de que «no hay reloj sin relojero» y su adaptación más comercial de que «la prueba de la existencia de Dios la llevo en el bolsillo», Blaise Pascal (1623-1662) se ganó un sitio junto a Tomás de Aquino y otros ilustres especuladores cristianos, en los libros de Religión que estudiábamos en la asignatura de Religión, allá por la Edad de Piedra del agnosticismo, que sería la posición intelectual dominante en el siglo XXI.

Desde que comprendí que el análisis tensorial no estaba hecho para mis entendederas de filósofo aficionado, sigo con atención las conclusiones de los físicos teóricos respecto al origen del Universo, admirando su capacidad imaginativa para traducir al papel, con ininteligibles fórmulas y ecuaciones, los misterios que encierra tanto el complejo escenario que está al alcance -«con la puntita de los dedos»- de nuestros aparatos más sofisticados, como el que ni siquiera seríamos capaces de intuir.

Como nada me impide sacar mis propias elucubraciones de lo que ignoro, a base de mirar al cielo estrellado varias noches, cargado con decenas de cartas estelares y un telescopio para aficionados, he hecho a mi medida un traje empírico sobre la percepción del Cosmos, suponiendo que existieron varios big bang, en diferentes momentos, y que sus efectos han interferido y lo siguen haciendo, sobre lo que tenemos en nuestro marco de observación.

Me resulta duro admitir, sin esta hipótesis, que un solo desarrollo de energía hacia la materia, por muchos miles de millones de años que le pongamos por delante, desemboque en la complejidad de formas -constelaciones, nebulosas, agujeros negros- que abren millones de interrogantes por cada puerta de comprensión que intentamos cerrar.

Pero no es el universo físico, sea cual fuera su dimensión, lo que más me obsesiona (sin llegar, de momento, a la paranoia): es el universo metafísico, de una complejidad perceptible muy superior, a pesar de tener un campo de observación mucho más limitado que el otro. Me refiero al mundo de las ideas, de los pensamientos y especulaciones de que somos capaces los seres humanos, y que conforman, tanto en lo que expresamos como en lo que ocultamos en nuestra intimidad, y no digamos ya en lo que apenas si es esbozado por la mente en etapas subconscientes, un cosmos metafísico del que los filósofos más eminentes y los sicólogos más capaces no han conseguido siquiera localizar el equivalente a la estrella polar o a la cruz del sur.

En esos momentos de tranquilidad personal, sorbiendo a ratos de la taza de café que mantengo al alcance de la mano, y mientras escucho las cadencias creadas por alguno de los compositores que admiro, me pregunto si no han existido varios big bang metafísicos y nosotros, los seres humanos, en esa evolución que nos ha permitido manipular una parte ínfima de la materia y la energía y de la que formamos parte, somos también consecuencia de ello.

Así que la Humanidad, y cada uno de nosotros en particular, estamos sometidos a una doble dependencia. Como portadores de una entidad metafísica, formaríamos una pequeña constelación de inquietudes, en efímero dinamismo y cortísima existencia, a modo de mínima porción de estrellas en el espacio de las ideas, -brillando, apagándose, o ya muertas para la flecha del tiempo, que solo la conocemos yendo hacia lo desconocido.

Aún más, esa aparente exuberancia metafísica, de la que, desde nuestra nadería, podemos sentirnos a veces orgullosos, carece de observadores externos conocidos -que también puede que no existan, y que si existen, carezcan del menor interés hacia nosotros-. No tengo pascalina  que enseñar, ni argumentos que yo mismo pueda creerme para convencerme de que nuestra posición en el maremagnum de big bangs tenga otro sentido que vernos sometidos a cumplir una ecuación que nunca conseguiremos formular, ya que no podremos salir del campo de experimentación que nos proporciona el único material de análisis que escudriñamos con ansiedad, con instrumentos cada vez más complejos y que aderezamos, para digerirlo, con ecuaciones más y más ininteligibles.

 

 

Publicado en: Actualidad, Poesía, Religión Etiquetado como: big bang, cosmos, estrellas, maremagnum, Pascal, Tomás de Aquino

Exámenes

27 mayo, 2015 By amarias Deja un comentario

Estamos en época de exámenes. Para casi todo el mundo, aunque me voy a referir especialmente a aquellos que, atendiendo a esa bella categoría que caracteriza su situación de aprendices de ciencia y conocimientos, denominamos estudiantes.

Para este colectivo, fundamentalmente formado por niños y jóvenes, son momentos importantes, porque los exámenes son aquellas pruebas por las que sus educadores -los docentes- determinan si han alcanzado la suficiencia, es decir, han asimilado los conocimientos suficientes para ser aprobados de una materia.

Esa es la teoría. La práctica ha quedado de tal forma desdibujada que, seguramente consciente del despropósito en que esta sociedad se ha dejado guiar en todo lo que signifique calificar a otros, pocos están enterados de cómo se realiza en la actualidad esa evaluación, y a qué conduce. No pretendo explicarlo en detalle con este sucinto comentario, sino descorrer, desde mi información, algunos velos que ocultan la realidad de la situación y aportar, de paso, mis reflexiones al respecto.

Para empezar, debe el lector ignorante desechar la idea que seguramente pervive en su subconsciente, a partir de su propia experiencia pasada, de que existen exámenes de junio y, para los que han suspendido o no se han presentado a esa primera convocatoria del curso escolar, subsiste la posibilidad de volver a intentarlo en septiembre. Quiá. La mayor parte de las pruebas que se llevaban a cabo en junio, se harán en mayo; y los exámenes de septiembre, no serán tales, sino que los que no superen la prueba de mayo tendrán una segunda opción en junio. Ha leído bien: un mes después.

Es evidente que esta secuencia tan próxima de pruebas no está hecha en beneficio concreto de los alumnos, sino, sobre todo, de dejar un panorama vacacional hasta principios de octubre suficientemente expedito de pruebas académicas a los docentes. No me parece que un mes sea tiempo suficiente para preparar unos exámenes que no se ha conseguido superar -particularmente, si han quedado suspensas varias asignaturas- y, por tanto, el azar juega un papel importante en la posibilidad de que esa segunda prueba permita al alumno encontrarse con la oportunidad de que se le pida responder a alguna de las cuestiones que mejor tenía preparadas, y que no se le propusieron en el examen inmediatamente anterior.

Las opiniones de los docentes -universitarios tanto como de primera o segunda enseñanza- son coincidentes en que los alumnos están peor preparados cada año, tienen menos interés por aprender, y son más contestatarios que nunca ante la perspectiva de ser suspendidos. Por supuesto, los mejores de cada curso destacan mucho, demasiado, en relación con un pelotón cada vez más numeroso, no de torpes, sino de pasotas, de rebeldes en relación con el aprendizaje.

Esta dicotomía creciente entre los que aprecian el saber y los que, despreciándolo, se centran en demandar que se les conceda la superación de las pruebas apelando a la indulgencia del examinador, o, aún mejor, sin ser sometidos a prueba alguna, me lleva de la mano, a otra cuestión.

Me parecen fundamentales los exámenes y las reválidas. Son tanto más importantes, en tanto que la masificación de las aulas no permite diferenciar a los alumnos durante el curso. En cuanto a las reválidas, es decir, los exámenes que permiten apreciar la asimilación de conjunto -lo que antes se llamaba «madurez»- son esenciales para conocer si, después de los estudios, queda un poso duradero suficiente.

Participo con asiduidad en foros de opinión, escucho con atención la forma de expresarse de nuestros estudiantes -y también, ay, de muchos de sus profesores- y puedo constatar que estamos generando una subespecie de indocumentados: una parte nada despreciable de nuestros discentes saben poco, lo poco que saben lo saben muchas veces, mal, y lo que saben mal, creen que es la verdad absoluta.

Si nuestra sociedad quiere reflexionar seriamente acerca de lo que puede esperar del futuro, me parece imprescindible que consiga separar, y con rapidez, la paja del heno formativo. No valen igual todos los títulos, no se exige lo mismo en todos los centros docentes y no cuenta igual un aprobado conseguido con esfuerzo y asimilación personal que el logrado por cansancio, desesperación del examinador (o la necesidad de mejorar su ranking de aceptación para cobrar un plus de docencia). Habría que detectar en los currícula estudiantiles los «aprobados generales», no poco frecuentes.

Me parece necesario que los programas educativos, en lo que respecta a la formación reglada, se realicen por el más amplio consenso. La dirección seguida es la contraria, con desmesurada e indescifrable proliferación de titulaciones, plagadas de imaginativas asignaturas a la medida del gusto de los docentes o de las arbitrarias políticas universitarias (por llamarlas de algún modo) de las Comunidades Autónomas y todo al amparo de un mal entendido derecho a la libertad de cátedra, que tenía otro propósito y no el de dejar con la rienda suelta al que define los programas.

El futuro de un país se construye en la enseñanza de sus jóvenes. Con rigor, con exigencia, con honestidad, con visión de lo que esta sociedad necesita para mejorar lo que tiene hoy y preparar sus opciones -las colectivas junto a las individuales- para acometer los retos venideros. No se está haciendo. Se está de espaldas a que la tecnología es exponencialmente más compleja a cada paso, la necesidad de adaptación a un entorno cambiante y en parte impredecible -pero sobre el que se puede y debe actuar- supone un tipo de enseñanza que se oriente a la resolución de problemas complejos y no a la idea feliz o a la memorización de materias que servirán para poco.

Es muy cómodo corregir exámenes tipo test, hacer pruebas escritas en lugar de orales, juzgar por una sola prueba sin conocer personalmente al alumno, y retirarse a la cueva profesoral lamentando que los alumnos sean cada vez más torpes. Demasiado cómodo. Para la sociedad que consiente este estado de cosas, la responsabilidad es terrible, porque se está propiciando profundizar en la dicotomía del que sabe para qué, y el que no sabe ni para qué, ni tiene ganas de saberlo algún día.

Publicado en: Actualidad, Economía, Universidad Etiquetado como: discente, docencia, enseñanza, estudiantes, exámenes, programa, reválida, Universidad

Protocolos

26 mayo, 2015 By amarias Deja un comentario

Deberíamos estar ya acostumbrados, o, por lo menos, resignados, a que, en esta tierra de improvisaciones, hayan proliferado los protocolos. Tengo claro que la mayor parte de los protocolos cumplen una función importante, que es la de servir de excusa, alibi exculpatorio o algo parecido, del responsable o responsables de cualquier actividad o procedimiento, cuando las cosas salen mal.

«Hemos seguido el protocolo» es, por tanto, la declaración inmediata de intenciones cuando se interpela, en la búsqueda de culpables, a los que estaban a cargo de los mandos, ya sea el presidente de la compañía más importante del mundo o el que cierra el portón de la zona de carga y descarga de una panadería con una manivela.

Por supuesto, existen muchos tipos de protocolos. Dejando aparte los que informan, por ejemplo,  a los anfitriones, de la manera correcta de posicionar a sus invitados en torno a la mesa en donde se servirán las viandas, o del ángulo exacto con el que se debe agachar la cerviz ante un principal, o del orden en el que deben desfilar los cañones y las espingardas en una parada militar, que designaré como Protocolos de etiqueta,  los Protocolos de gaveta se dividen en tres tipos:

a) protocolos propiamente dichos, que indican, con gran exhaustividad, la forma de actuar para el caso de que se produzca un suceso improbable.

b) protocolos contra natura, que expresan las instrucciones que debe seguir un empleado ante un caso de sencilla resolución o de incuestionable realización, y que estarán redactados faltando a la lógica elemental, para conducirse por los terrenos de lo estrambótico.

c) protocolos inexistentes, a los que se recurre como argumento de autoridad, para negar la pretensión, cuando el inferior reclama a un superior una actuación, prebenda o recompensa, a la que cree tener derecho. En estos casos se suele decir «El sistema no lo permite», sin que sea imprescindible aludir al protocolo.

El primer grupo de los citados es, no solo extenso, sino intenso. Detectado un suceso improbable, un equipo de expertos en destripar la realidad ignota, generará cientos de páginas con instrucciones, que casi nadie se tomará la molestia de leer ni consultar (y, en particular, quienes podrían tener la oportunidad de usarlas si llegase el momento). Medidas de evacuación en caso de accidente de inmensurable gravedad, normas de seguridad para acotar los efectos de un desastre natural apocalíptico, procedimientos para detención manual de un complejo mecanismo automático que se encuentre fuera de control, ocuparán preciosos lugares en las estanterías convenientes, acumulando polvo y sucesivas actualizaciones y revisiones, hasta que un mal día, la mala suerte vendrá a demostrar que el suceso improbable era también impredecible, al menos, en su evolución exacta.

El segundo grupo revela la voluntad perversa de ciertas personas de actuar sobre la lógica, imponiendo sus elucubraciones a quienes están obligados a cumplir sus órdenes, o poniendo énfasis innecesario en lo que pertenece, por esencia, a la ética universal. Hay protocolos detallando qué debe hacerse con una billetera encontrada en un establecimiento público, independientemente de que contenga lo datos que permitirían localizar a su legítimo propietario. Hay protocolos exhaustivos para ordenar los análisis y pruebas a los que un «sufrido paciente» (por eso) debe ser sometido antes de emitir un diagnóstico, que la experiencia clínica resolvería con un vistazo a los síntomas.

No faltan protocolos, normas y declaraciones, por los que se anuncia la firme voluntad de perseguir implacables cualquier actuación contraria a la ética de sus directivos y empleados, a la que se vieran obligados a acudir para adornar con unto monetario las adjudicaciones de obra o servicio, en aquellas empresas y corporaciones que manejan sus cajas b con la soltura de quien se ata el cordón de los zapatos, y que se puede perfectamente imaginar destinados a generar nubes de humo en las que ocultar la jeta de los máximos responsables, auténticos receptores del beneficio del acto de soborno, que, a su vez, se regirá por protocolos consentidos por todos los que estén en la trama, sin la menor necesidad de plasmarlos por escrito.

Pero es el tercer grupo el que me encandila, no tanto por su desfachatez, sino porque, como el de la variante que acabo de exponer, tampoco necesita el menor soporte físico, puede ser aplicado a todas las situaciones y  utilizado por cualquiera, al margen de su condición, género o especie,  con tal de que tenga reconocida la mínima autoridad sobre un tema. Esa autoridad queda automáticamente conferida por llevar el sujeto un uniforme, una gorra, o estar parapetado detrás de cualquier mesa, mostrador, púlpito o cimborrio.

La referencia a ese protocolo intangible, etéreo, no nato, se ha convertido en una costumbre social. Lo esgrimirá el conserje de una institución, la secretaria de una oficina, ante el ciudadano o empleado que manifiesta ser recibido por el máximo responsable de un departamento; será el argumento de quien niegue la plaza de un colegio público o privado al hijo de una pareja con menores influencias; no faltará en la boca del que explique porqué no se ha tenido en cuenta una petición razonada y razonable a un educado pretendiente a que no se mancille su derecho.

Por supuesto, los protocolos, escritos o intangibles, presuntos o ciertos, están también para ser incumplidos, saltarse. La facultad de saltarse un protocolo de los dos últimos tipos es, justamente, donde reside la autoridad de quien lo administra sobre el pobre diablo que es obligado a aparecer como instrumento para que otros sean la excepción, habiendo él servido para robustecer la regla.

 

Publicado en: Actualidad Etiquetado como: cimborrio, cumplimiento, etiqueta, gaveta, protocolo, sistema

La teoría del pacto

25 mayo, 2015 By amarias Deja un comentario

Los resultados de las elecciones municipales y autonómicas en España en 2015 han servido para poner de manifiesto varias cosas, que los especialistas en analizar a posteriori -lo que tantas veces no han sido capaces de predecir-, se encargarán de remover una y otra vez, sacándole todo el jugo posible.

Como el mayor interés del presente descansa en producir los hilos que sirven de apoyo para construir un futuro mejor, me gustaría compartir algunas reflexiones sobre las consecuencias de los posibles pactos que supondrían alcanzar las mayorías para garantizar lo que se ha dado en llamar «estabilidad de gobierno».

Desde luego, este análisis debe tener en cuenta la diferente situación que se presenta según se trate de municipios o de autonomías, de acuerdo con la legislación que rige la interpretación de los resultados en los comicios. En los Ayuntamientos, el alcalde electo es el cabeza de la lista más votada, aunque si no tiene la mayoría simple, un pacto entre otros partidos puede suponer que esta coalición post electoral le arrebate la alcaldía, en la votación de investidura.

En Madrid, parece seguro que un pacto entre Ahora Madrid y el PSOE hará a Manuela Carmena alcaldesa de la capital de España, aunque Esperanza Aguirre haya capitaneado la lista más votada, con un concejal más que los conseguidos por esa agrupación controlada por Podemos. El talante conciliador de Carmena, su serenidad como valor personal y los mensajes con irrefutable presunción de sinceridad por los que la candidata expresa su voluntad de tender puentes entre los extremos ideológicos de la ciudad, predisponen a suponer que dará a esta ciudad la dosis de apaciguamiento colectivo que precisa.

Bienvenido sea el pacto, pues, a posteriori de las votaciones, si bien quiero poner de manifiesto que los pactos entre partidos con características ideológicas marcadas no suelen funcionar. No sirven para generar estabilidad persistente durante la legislatura -acaban rompiéndose por los motivos más diversos, incluidos el trasfuguismo de alguno de los representantes- y, sobre todo, tienen el grave riesgo intrínseco de hacer perder la visibilidad de la identidad del partido que ha entrado como minoritario en la coalición, que arriesga por ello el que en las próximas elecciones sea castigado, tanto si las cosas han ido bien como, sobre todo, si han ido mal.

En fin, me apresuro a señalar lo que considero el factor diferencial de Madrid en estas elecciones, y su valor para avanzar en democracia.

Porque creo que el gran mérito de Ahora Madrid y del PSOE en esta jurisdicción no ha sido poner de relieve las diferencias ideológicas, sino el haber hecho pivotar la campaña en dos candidatos de consenso, razonables y serios: Manuela Carmena y Angel Gabilondo.

Ambos serían buenos alcaldes, en cuanto representan el buen sentido plural que debe presidir una sociedad madura y progresista, y en donde el primer regidor, precisamente por vivir el día a día de la ciudad, ha de estar lo más lejos posible de las discrepancias teóricas para atender a la solución de los problemas diarios y la mejora de la población en la que viven.

Como Gabilondo no compite por la alcaldía, ya que figuró en la lista del PSOE para la Presidencia de la autonomía, la posibilidad de que pudiera haber sido ese buen alcalde que Madrid necesita pertenece al terreno de la imaginación. Y en el campo que le compete, no tiene opciones reales de batir a Cristina Cifuentes, a la que, -y lo digo sin solicitar el perdón a mis amigos de la izquierda razonable, ni pretender el aplauso de mis amigos de la derecha liberal-, veo como una potencial buena presidenta de la Comunidad de Madrid, dotada también del sentido conciliador y positivo que necesita esta sociedad vapuleada por la crisis, la corrupción y la incomprensión hacia el que piensa lo contrario, sin saber matizar por qué.

Tendremos en Madrid, pues, si mis previsiones son correctas, dos pactos de signo diferente: PP y Ciudadanos, para aupar a Cifuentes a la Presidencia de la autonomía, y el de Ahora Madrid (con su núcleo en Podemos) y PSOE, para que Carmena sea alcaldesa. Más emoción, casi imposible. La teoría del pacto, puesta a prueba.

 

Publicado en: Actualidad, Política Etiquetado como: Ahora Madrid, alcaldesa, autonomía, carmena, carmona, cifuentes, elecciones, Gabilondo, Madrid, pacto, presidenta, PSOE

Tú y yo que apenas necesitamos las palabras

23 mayo, 2015 By amarias Deja un comentario

Tú y yo que apenas necesitamos las palabras
muchas veces,
porque son insuficientes, lentas, frágiles,
se escurren, introducen nuevos elementos escondidos,
tú y yo que ya tenemos tradición de querer para leernos el silencio,
interpretamos sueños, mezclamos realidad con mentiras,
y al llegar a ese punto en que la conversación prescinde de todo intermediario,
tenemos un acopio
de frases más sencillas, tiernas mensajeras de efectos  retardados,
aves cuyo sentido no se nos oculta, pero duerme.

Esas voces tuyas, mías, ciertas
como nosotros, que exigen existir, quieren vivencia
y no pueden crecer al margen nuestro,
se quedan retenidas no sé donde, ocultas,
y aparecen después llenando los resquicios,
atrasando los trabajos importantes,
los imprescindibles informes donde quemo mi vida,
y al destruir cosas tan inútiles, gatita,
testigos de tiempos más urgentes, me buscan,
me precipitan de nuevo hacia nosotros,
dejando al descubierto mi verdadera desgana antes oculta,
haciéndome perder una energía
que no puedo recuperar más que en tu boca.

@angelmanuelarias, del Libro «Absueltos de todo don», KRK, 1990 (Poema nº 25)

 

Publicado en: Poesía Etiquetado como: Absueltos de todo don, angel manuel arias, poemas

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