Al socaire

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Cuento de invierno: Sociedad supercrítica

19 enero, 2014 By amarias2013 Deja un comentario

El joven sociólogo estaba leyendo el último libro de Zygmunt Bauman, «¿La riqueza de unos pocos nos beneficia a todos?». Era evidente la avidez con la que absorbía lo que aparecía escrito en el volumen. Se había quedado de pie, apoyado en una de las estanterías de la Librería de Novedades, como si se hubiera olvidado del lugar y del tiempo.

-Me estoy aburriendo, Prometio -le apremió una joven, tirándole de la manga del anorak-. ¿Vas a comprar el libro?

-No, no. Creo que ya he captado lo fundamental -le respondió el sociólogo.

La muchacha le miró con menos ternura de la que podría suponerse entre enamorados:

-¿Y qué es lo fundamental?

-Que si los ricos no invierten lo que tienen para que, con el esfuerzo de todos, se mejore el bienestar de la sociedad, la felicidad se concentrará en ese grupo privilegiado y se generará más y más tensión en el resto -dijo el joven Prometio.

Ambos salieron de la Librería, y como llovía fuerte y no llevaban paraguas, al poco rato se introdujeron, en una cafetería.

María de las Encomiendas, que así se llamaba la muchacha, tenía el pelo empapado. Las gotas de lluvia le resbalaban por el hermoso rostro y Prometio contuvo el deseo de besar su boca.

La cafetería estaba llena de gente vociferante, pero encontraron un hueco en una esquina de la barra, limítrofe con la zona de servicio de los camareros.

No importan mucho al relato las concretas circunstancias de la pareja. Baste decir que llevaban varios meses saliendo juntos (es decir, acostándose). Pero no acababa de surgir entre ellos ese fulgor que se extiende en pasión descontrolada. Aparecían solo esporádicos chispazos, como un mechero que estuviera escaso de gas. Sus caracteres eran diferentes, los intereses presuntamente distintos, su forma de analizar las cosas, desigual o confrontada.

Aunque se encontraban cómodos el uno con el otro, crecía en ellos la consciencia de que su historia común estaba a punto de terminar.

-¿Sabes, Encomienda? Se me ha ocurrido que la sociedad en la que estamos no es líquida, como opina Bauman. Es cierto, desde luego, que hay una importante cantidad de personas que están obsesionadas por el consumo, y que, presionados por la publicidad y las modas, se dejan seducir por la supuesta felicidad de comprar, …que les dura muy poco. Eso les produce, bueno, nos produce, una constante insatisfacción. Queremos más, pero no sabemos decir qué; nos lo imponen.

María de la Encomienda pidió un descafeinado con leche. Prometio prefirió un agua sin gas.

-Si tienes sed, no se por qué no pides un vaso de agua del grifo.

-Algo tienen que ganar estas gentes. Después de todo, tienen una empresa; esto es un negocio, no una casa de beneficencia.

El sociólogo no quería perder el hilo de su razonamiento. María de la Encomienda miró en rededor, sin encontrar escapatoria visual.

-Bueno, pues he pensado que esta sociedad no está en estado líquido, sino supercrítico.

María de la Encomienda le pidió al camarero que le pusiera más leche en el café.

-¿Supercrítico? Suena muy pedante. «Lo pasé superguay; la peli estaba superdivertida» -remedó la joven, empostando la voz.

-Es un concepto de la física. Cuando un líquido se encuentra en condiciones de presión y temperatura por encima del punto crítico, se comporta, en parte como líquido, y en parte como gas…

-Prometio, te lo dije. Esa botella está rellenada con agua del grifo. Te la han dado ya destapada. Protesta y di que te den otra cerrada -interrumpió la bella.

-Creo que nuestra sociedad ha alcanzado el punto crítico y no ha perdido su capacidad de reacción, porque ya no tiene identidad colectiva. Da igual que haya un paro que en otras condiciones sería insoportable, o que la corrupción afecte a las instancias que debería garantizar el orden y la justicia, o que la mediocridad se haya instalado en todas las instituciones…Está desestructurada, falta de densidad, sin objetivo.

María de la Encomienda le exigió al camarero que cambiase la botella de su compañero, y que se la abriese delante de ella, para garantizar que no había sido rellenada.

-¿Qué le pasa? ¿Cree que aquí nos dedicamos a rellenar las botellas? ¿No sabe distinguir un agua del grifo de un agua natural? ¿Piensa que los clientes son tontos? -se encaró con ella el profesional de la hostelería.

-Tal vez si escribo a Zygmunt Bauman me haga una valoración de esta idea; puede que merezca la pena seguir investigando este asunto. -murmuró Prometio, abstrayéndose.

FIN

Publicado en: Cuentos y otras creaciones literarias Etiquetado como: abstracción, cuento, cuento de invierno, fluido, gas, Prometio, punto crítico, sociedad hipercrítica, sociedad líquida, Zygmunt Bauman

Cuento de invierno: Fortunato y sus argucias

18 enero, 2014 By amarias2013 Deja un comentario

Fortunato Feliciano se consideró siempre un privilegiado. Nacido en un barrio pobre de las afueras de una población industrial, no acudió a la escuela hasta los once años, en el que, al quedarse huérfano por una grave circunstancia no bien aclarada, los servicios sociales de la ciudad le acogieron.

En el centro de formación profesional destacó pronto por su gran suerte para ganar al parchís y al dominó. No tenía rival a su altura, siendo siempre el primero en meter todas sus fichas a buen recaudo en la casilla central, o en cerrar con el pito doble y hacerse con la partida.

Ciertamente, esa afición a los deportes de mesa no le facilitó el aprobar, pero, gracias a circunstancias afortunadas, hubo un cambio de plan de estudios que le afectó positivamente y consiguió varios aprobados generales y copiar en el resto de las asignaturas.

Cuando salió del instituto, a pesar de la crisis que abotargaba el país, el consiguió un empleo como descargador de mercancías en el muelle, y gracias a su trabajo a destajo pudo alquilar un espacio en una habitación con cama caliente (en la que solo era necesario ponerse de acuerdo con el otro inquilino durmiente en el mismo catre, para no coincidir ambos como yacentes) y vivir con holguras.

-Bendita sea la estrella que me cobija -le confesó a un amigo, mientras tomaban unos vasos de aguardiente en un bar de citas de la zona portuaria-. Todo me sale bien. Solo me hace falta casarme para ser inmensamente feliz.

No resultaría fácil para cualquier otra persona, encontrar una media naranja en un ambiente tan poco propicio, pero para Fortunato el asunto se convirtió en pan comido. Pronto entabló una relación duradera con una de las chicas que trabajaban en el bar que más frecuentaba, de la que nació el amor, y, con él, un primer embarazo no exactamente deseado.

-Alabados sean los pechos que han de amamantar a ese niño -fue lo primero que se le ocurrió cuando su pareja, que se llamaba Perfecta, le indicó que sus relaciones habían fructificado.

-No habrá tal. Pienso abortar mañana mismo -le contestó, sin más preámbulos, la chica.

No se sabe muy bien si por resultas del método seguido para liberarse del embarazo no deseado, o, con mayor posibilidad, que Perfecta se decidió a poner tierra de por medio para no dar más explicaciones, Fortunato se encontró compuesto y sin compañera sentimental.

-La suerte que tengo en todo me ha lanzado su mensaje, una vez más. Esa mujer no me convenía, y aún no debo estar maduro para tener la responsabilidad de sostener una familia -fue su estricto razonamiento.

Fuera el caso así o de otra manera, esa suerte a la que Fortunato continuamente apelaba, quiso que, por no mirar donde pisaba, se torciera un pie en una boca abierta de sumidero, a la que no dio importancia en su momento.

La herida se le infectó, y, aunque no tuvieron que cortarle la pierna (como se temía en un primer momento, pues la herida devino gangrenosa), Fortunato quedó baldado de por vida. El Ayuntamiento, puesto que el accidente adquirió cierto eco en la prensa local, para acallar las quejas de la población que protestaban por el número insoportable de alcantarillas sin tapa, marquesinas interceptando el paso de peatones, y grafitis ocultando o tergiversando las señales, le concedió una compensación de unos dineros, con los que Fortunato Feliciano pudo comprarse un motociclo adaptado a minusválidos.

-Siento el soplo de la diosa de la Fortuna permanentemente en el cogote. Con este vehículo a motor podré desplazarme de aquí para allá, con libertad inusitada -le contó al mismo amigo al que me he referido en uno de los párrafos anteriores. Pues Fortunato se veía con tanto premio en su vida, que solo tenía un amigo, con lo que evitaba disgustos de perderlos.

La fortuna a la que Fortunato Feliciano veneraba le concedió un premio descomunal. Sucedió que, hallándose sin trabajo, renqueante con la pierna chula, después de haber dejado apartado el motociclo en un sitio exprofeso para discapacitados, y mientras buscaba un lugar en la acera en el que asentar su caja petitoria con el cartel que se había preparado, se paró un coche de alta gama y de él bajó, raudo, un para él desconocido, quien lo saludó por su nombre de pila:

-¡Fortunato!

El interpelado no reconoció, así de pronto, el rostro del propietario del automóvil que quedó, mal aparcado, sobre la acera.

-¡Me diga! -fue lo que se le ocurrió decir, respetuoso, por si se trataba de algún representante de los siempre benévolos Siervos de Todos los Desamparados, que acostumbraban a darle un bocata y traerle sopa caliente al bajopuente en el que dormía con otros desgraciados.

-¿No te acuerdas de mí? -preguntó el otro, acercando un poco más su rostro al de Fortunato Feliciano, que sintió el olor a ron viejo que despedía su boca cuidada.- Soy Pascasio Tebano, tu compañero de parchís en el bar de la Formación Profesional.

-Ah, sí. -musitó Fortunato- Ya me ves, tengo prisa porque voy al trabajo.

-Te llevo buscando desde hace años. ¿Recuerdas que un día me pagaste el café con churros porque yo no llevaba dinero y prometí devolverte el préstamo algún día?

Así preguntó el tipo, y Fortunato Feliciano no recordaba nada.

-Pues aquí estoy para devolvértelo. He calculado los intereses que corresponderían a aquellos dineros, y aquí tienes lo que salda mi deuda, con un pequeño complemento.

Y diciendo esto, le entregó unos billetes.

Fortunato pensaba en agradecérselo, pero Pascasio Tebano, se apercibió entonces de que la grúa le estaba llevando el coche, y se fue corriendo tras ella, dando gritos.

Fortunato miró los billetes, y como encontró en su camino hacia la esquina de la ceremonia petitoria un kiosko de la Oncv, cambió los que llevaba en la mano por un número correspondiente de cupones.

-Con la suerte que tengo, me tocará algo, seguro.

Y, efectivamente, le tocó uno de los premios mayores. No pudo cobrarlo, sin embargo, porque, por una mala suerte, cuando estaba comprobando si le habían entregado el número justo de cupones, le cayó encima un trozo de cornisa desprendido del tejado de una casa que estaban rehabilitando y el impacto le resquebrajó las entendederas.

Por culpa del golpe se olvidó de todo, hasta de quién era o había sido. Por eso, nunca se acercó a comprobar si le había tocado, porque no podía recordar ni que había comprado unos billetes ni dónde los había dejado ni por qué motivo había empleado el poco dinero que pudiera tener en lotería.

La enfermera que le atendía, con exquisita profesionalidad, mientras le cambiaba los apósitos por otros nuevos, le hablaba como quien habla a un niño, repitiéndole una y otra vez, sin importarle que el paciente guardara silencio.

-Vaya suerte que ha tenido Vd. La cornisa pudo haberle matado.

Aunque Fortunato Feliciano no estaba para bromas, en su fuero interno reconoció que sí, que era un tipo con suerte.

FIN

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Cuento de invierno: Razones de sexo

17 enero, 2014 By amarias2013 Deja un comentario

No había sido fácil reunirlos, pero allí estaban. La élite de los expertos valgamediosinos en el sexo femenino. Doctores en ginecología y obstetricia, analistas laureados en el carácter y sicología de la mujer, letrados constitucionalistas y abogados penalistas, sociólogos e historiadores, obispos y chamanes de las principales religiones, políticos tanto de las regiones más desarrolladas como de los más miserables,…

La convocatoria había sido realizada a iniciativa de un grupo de expertos multidisciplinar que había conseguido, tras largos y trabajosos estudios, terminar su investigación, co-financiada por la Organización Por la Desigualdad sexual, sobre un tema apasionante: «Análisis de los fundamentos científicos de la inferioridad de las mujeres».

Entre los convocados no había ninguna mujer. Alguno de los asistentes había hecho notar, tímidamente, lo que le parecía una paradoja.

-No encuentro de recibo que en una Asamblea de este tipo, en el que el tema central, por no decir, único, sea la mujer, no se haya invitado, al menos como oyente, a alguna representante femenina, cuya bella presencia, por otra parte, alegraría los debates.

Quien así hablaba era el respetado Dr. Pelele, que había estudiado Técnicas de Reproducción Asistida en el Reino Unido, y tenía un próspero Laboratorio de Inseminación Artificial. Aunque estaba a punto de cumplir los sesenta años, aparentaba algunos menos, gracias a su cuidado acicalamiento y al gusto por llevar trajes de marca demasiado ajustados.

-Obviemos una discusión vacía -cortó el Presidente de la reunión, elegido por ser el de mayor edad, propuesto varias veces, aunque sin haber superado nunca la primera criba, al Premio Nobel de Biología, Dr. Bacon-Ham, que era experto en trasplantar órganos de todo tipo-. Ninguna mujer ha sido invitada para que las conclusiones no se vean mediatizadas. Así podremos discutir más libremente, sin ningún tipo de coacción o presión.

El Informe, que expuso -en Resumen Ejecutivo- el Dr. Florinata, como portavoz del equipo que lo había elaborado, tenía dos mil quinientas páginas y, según se anunciaba en la primera de ellas, resultaba demoledor en sus conclusiones. El Dr. Florinata llevaba el pelo algo engominado, y lucía un bigote que parecía delineado con tiralíneas. Se ajustó el nudo de su corbata de colorines antes de hablar así:

-Los trabajos se han desarrollado en tres contextos. El histórico-sociológico, que analiza las consecuencias de la división consuetudinaria del trabajo entre varones y hembras de la colectividad humana, atendiendo a las cualidades físicas de unos y otras. El sicológico, que profundiza en la práctica incapacidad de la mujer para entender las cuestiones abstractas, ya sean mapas, cuentas bancarias o grifos que gotean. Y finalmente, el fisiológico, por el que se descubre que la razón de que la mujer sea más resistente al dolor y aguante sin desmayarse ni siquiera palidecer que le extraigan sangre o le pongan una inyección, es, justamente, síntoma de su debilidad.

El obispo Dr. Kienleve -orondo bajo la sotana, con un rostro carnal que revelaba sus aficiones mundanas, y que estaba sentado junto al imán Joquechimin, con el que había comentado previamente algún aspecto, interrumpió el discurso, expresándose con su voz engolada:

-Debo denunciar la falta de espiritualidad que se infiere del análisis efectuado. ¿Dónde queda la divinidad? ¿Por qué no se ha tenido en cuenta que la mujer humana es inferior por designio divino? Eso habría acortado notablemente la investigación. Dios creó a la mujer inferior al hombre, para proporcionarle apoyo, gozo y darle realce con su grácil presencia.

El presidente aconsejó que no se cortara la intervención del ponente, y que se aguardara al debate para aportar las opiniones. Habría tiempo y lugar para todos.

-Pues bien -dijo Florinata, que se creyó obligado a abreviar su intervención-, las investigaciones avalan que la diferencia sustancial entre el hombre y la mujer, que señala definitivamente su inferioridad, es que la hembra humana se enamora. Mientras se encuentra en ese estado de enajenación, no es capaz de tomar decisiones cabales.

Se produjo un silencio en la sala, antes de que empezaran a elevarse murmullos, que derivaron en aplausos y gritos de complacencia. Un tipo de barba más bien rala y aspecto enérgico, como de profesor universitario, que, según comentaban en la mesa presidencia, no constaba como invitado, avanzó por el pasillo, hacia el estrado.

-¿Qué tontería es esa? ¡Los hombres también se enamoran! ¡Hay millones de ejemplos en la historia de la Humanidad de varones que han estado perdidamente enamorados de sus mujeres!

Los servicios de seguridad aparecieron de inmediato y llevaron al alborotador fuera del recinto.

El Presidente, restablecido el orden, tomó la palabra:

-Tengo una primera pregunta para abrir el debate. Una vez que hemos admitido como premisa la inferioridad de la mujer, ¿cómo habríamos consentir que la continuidad de nuestra especie esté en sus manos?. Propongo que votemos que los hombres, ya que somos los que tomamos las decisiones, tengamos, en adelante, la descendencia en nuestro propio vientre. Así se podrá decir que «nosotros decidimos, nosotros parimos».

No me quedé al resto de la asamblea, por lo que no estuve presente en la votación. Tampoco estoy seguro de que se haya votado. Los periódicos del día siguiente no recogieron el tema.

FIN

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Cuento de invierno: Paradigma erróneo

16 enero, 2014 By amarias2013 Deja un comentario

Cuando los castores y las comadrejas se pusieron como locos a fabricar casas para los cerditos, los patos, los gallos y gallinas, todos se pusieron muy contentos.

Por una parte, eso significaba trabajo abundante. De una forma u otra, casi una tercera parte de los puercos, anátidas y gallináceas estaban empleados en el sector de la construcción, lo que significaba que tenían dinero para pagar las cuotas de los créditos con los que pagarían, en cómodos plazos durante decenas de años -incluso más allá de su esperanza de vida-, las casas de las que podían considerarse propietarios desde el mismo momento en que se ponía sobre el terreno la primera piedra.

¡A, las casas!. Las había de todas las categorías y diseños imaginables. Se podía elegir, de acuerdo con los gustos, con duernos de piedra, de madera de castaño o de roble; los dormitorios tenían lechos de paja fresca o cemento armado, las corralas comunitarias estaban provistas de agua corriente; incluso las había con vistas al campo o al matadero; con ventilación forzada o calefacción por suelo radiante.

Por supuesto, se construyeron muchas carreteras, puentes, vías férreas y hasta aeropuertos para que todos pudieran visitar cuando quisieran a sus familiares y amigos, pudieran conocer otros mundos y aumentar su felicidad hasta donde la curva de satisfacción alcanza prácticamente su asíntota.

Todo estaba, además, controlado y garantizado. El lema de tan frenética actividad constructora, que no podía ser más encomiable, gozaba con la máxima protección del Estado. Se habían impreso miles de pasquines para difundir el objetivo: Ninguna familia, sea de anátidas, gallináceas o puercos sin un espacio de pocilga propia.

Los injustamente temidos cánidos -ya fueran lobos de bosque abandonado como hienas de dehesa protegida-, se portaron también de forma espléndida. Concedieron, tanto a los castores como a las comadrejas como, por supuesto, a los cerditos, todo tipo de facilidades. No importaba te alimentabas de bellota en la montanera o te contentabas con desperdicios de una cloaca. Aunque no fueras ni comadreja, aún teniendo aspecto de ratoncito de campo o de oveja churra, si tenías un terreno en donde implantar una granja, los depredadores te concedían un crédito de inmediato.

-Ya nos pagaréis después-, decían los lobos de pradera y las hienas de la dehesa, con su mejor sonrisa sardónica.-Lo importante es que tengáis una pocilga o palo de gallinero propios en la que poder crecer como corresponde a vuestra dignidad y naturaleza.

Un día, sin saber por qué, los confiados animales se encontraron con que las tornas cambiaron. Los castores y comadrejas no tuvieron créditos y los cerditos, patos y gallinas, perdieron su trabajo, con lo que no pudieron pagar los recibos que les llegaban de las pocilgas y palos de gallinero que habían comprado, por lo que se encontraron con que no eran propietarios de nada más que de unos papeles pringosos.

Los hechos se aceleraron. Había miles de pocilgas y gallineros que no habían podido venderse, y los castores y comadrejas se encontraron entrampados hasta las cejas. Miles de puercos, patos y gallinas perdieron sus casitas, y se vieron de patitas y pezuñitas en la calle.

El precio de las pocilgas y palos de gallinero cayó por los suelos. Nadie podía pagárselo, a pesar de todo, porque no había dinero…Los únicos que podían permitirse aprovechar la situación eran algunos lobos de pradera, hienas de la dehesa y, sobre todo, los tigres de Bengala y los tiburones de Madagascar, que tenían liquidez para cualquier cosa.

Y vaya si la aprovecharon. Se hicieron rápidamente con casi todas las pocilgas y palos de gallinero que los confiados puercos, gallos, gallinas y patos no habían podido pagar, y que les fueron arrebatados, viendo cómo servían para nada los dineros que habían entregado hasta entonces.

Pasó algún tiempo y uno de los cerditos escribió un artículo muy curioso en el periódico del País de los animales. Decía, más o menos:

Seguimos necesitando lugares donde vivir, comida que llevarnos a la boca y, aún reconociendo la dificultad, nos gustaría intuir mejor nuestro destino como animales de granja, para ser algo más felices hasta que lleguemos a él. Construir pocilgas y palos de gallinero nuevos sigue costando lo mismo, o más, que hace unos años, y, sin embargo, los depredadores están comprando las pocilgas y palos de gallinero que ya están construídas a precios muy inferiores, aprovechándose de la necesidad de los castores y comadrejas y, por supuesto, de nosotros, los animales de la granja. Estoy seguro de que piensan volver a vendérnoslas dentro de poco, otra vez, al mismo precio o superior al que en su momento pagamos. Así nos veremos obligados a comprar la misma cosa dos veces».

Apareció solo en la primera edición del periódico. En las siguientes, fue vilmente censurado.

FIN

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Cuento de invierno: Los inventores de historias

15 enero, 2014 By amarias2013 Deja un comentario

La situación anímica de la mayor parte de la ciudadanía del Reino de Valgamediós (o del país de Uishbatcant, que viene a ser lo mismo) era tan deplorable que, por fin, los controladores de la temperatura social se decidieron a intervenir.

Para quien haya oído por primera vez la expresión «controlador de la temperatura social», puede que esta designación específica, bien conocida por los especialistas en conductismo colectivo, parezca extraña. Para no extenderme mucho, bastará dejar indicado aquí que existen unos complejos aparatos de medida del malestar de una sociedad, por los que se puede saber, con notable precisión, cuándo está a punto de estallar.

Normalmente, los dirigentes públicos se mantienen alejados de la zona de peligro, por la cuenta que les tiene, aunque se han dado casos en que, contrariando las precisas prescripciones de funcionamiento de los equipos, que alertan de las consecuencias graves que pueden derivarse, ha habido gobernantes que, confiados, por ejemplo, por haber obtenido una mayoría en alguna elección o haber resultado airosos por cualquier casualidad, han superado los niveles de seguridad.

Los efectos de superar el índice de resistencia máxima de una población son desastrosos.

La fórmula más utilizada para disminuir la temperatura social, cuando no se dispone de elementos reales, positivos, que aportar al caldo socioeconómico, es construir historias inventadas que, en principio, si están convenientemente enmascaradas, pueden surtir efectos similares por un cierto tiempo.

Es una solución provisional, pero mucho menos costosa que el enderezar una situación compleja tomando medidas eficientes. Este fue el camino adoptado por los dirigentes del cotarro de Valgamediós, y para su cumplimentación se convocó, discretamente, un concurso de ideas (1).

Los participantes en el certamen deberían disponer de experiencia probada en inventar historias creíbles, y su currículum tendría que estar avalado por, al menos, tres dirigentes de talla internacional en cuyos países las invenciones hubieran tenido el deseado efecto.

Realizada la selección de entre los mejores candidatos, que resultaron ser cuatro, se adjudicó a cada uno una zona del país de Valgamediós. A Sigmund Freud (nombre supuesto) se le destinó al noroeste; a Friedrich Nietzsche (igualmente, apodo imaginado), se le encomendó el sur; a Adolf Hitler (obviamente, personalidad ficticia), se le envió al nordeste; y a Ignacio González (por supuesto, no siendo éste su verdadera identidad), aunque no cumplía con los requisitos de la convocatoria, pero venía muy bien recomendado, se le dejó el centro como lugar de actuación.

Pasó algún tiempo y era de ver cómo, demostrando la pericia de todos los seleccionados, el país de Valgamediós recuperó el optimismo y las ganas de vivir, aunque, como los expertos independientes del Banco Multinternacional (Multinternational Bank, en inglés), convocados para realizar la evaluación, rápidamente detectaron, las técnicas seguidas por cada especialista en inventar historias habían sido notablemente diferentes.

El denominado Freud difundió, para cumplir el objetivo, una serie de casos por los que se generó un complejo de auto-responsabilidad, por la que los ciudadanos de su zona se convencieron de que la mala situación por la que atravesaban era culpa suya y de nadie más. En consecuencia, bajaron el nivel de sus aspiraciones, por lo que fueron más felices.

La solución expuesta por el experto Nietzsche consistió en que los habitantes del área que se le había asignado tuvieran por seguro que ellos eran los más capaces y los mejores del mundo para hacer cuanto se propusieran. Seleccionó varias historias en las que se había ganado algún trofeo y, con ese estímulo, extrapolando desde el campo de los deportes al de la ciencia y la tecnología se lanzaron a la fabricación de los más variados artilugios, que exportaron con notable éxito a los países menos desarrollados, que resultaron muchos.

Muy comentada fue la solución del conductista Hitler, que introdujo la idea de que los males de la población provenían de un grupo concreto, que no había cumplido las reglas. Puso muchos ejemplos que, reforzados por los medios de comunicación, convencieron al personal de que las gentes con el defecto de andar cojeando, eran quienes impedían estar a la altura. Obtuvo el deseable éxito cuando los que se quedaron en su área consiguieron expulsar -en algunos casos, incluso, mandándolos a otros mundos- a todos los que cojeaban de alguna manera, incautándoles sus propiedades y todas las riquezas atesoradas, que distribuyeron discretamente entre quienes se quedaron.

Pero el éxito mayor fue el conseguido por las ideas puestas en marcha por Ignacio González. Este experto asumió el papel de atribuir el malestar a una apariencia generada por la persecución internacional. En consecuencia, negó la crisis, negó que se hubieran malversado dineros, negó que la gestión pudiera ser juzgada por nadie en su sano juicio como buena o mala y se dedicó a negar, incluso, la existencia de todo lo que, de puro evidente, nadie se hubiera atrevido a poner en duda. Los ciudadanos del centro de Valgamediós se sintieron tan confundidos, que no eran capaces de distinguir si lo que les estaba sucediendo era real o lo habían soñado.

Ese modelo de gestión fue adoptado, en lo sucesivo, para toda la colectividad de Valgamediós, que pasó a vivir en un mundo imaginario.

FIN
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(1) La discreción es norma obligada para todas las actuaciones de los gobernantes de Valgamediós, siendo de muy mal gusto que se vulnere esta premisa, lo que podría tener incluso consecuencias penales.

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Cuento de invierno: El optimista insomne

14 enero, 2014 By amarias2013 Deja un comentario

Es bien sabido que los insomnes tienen propensión al pesimismo. Según los más eruditos manuales, aquellos que duermen menos, tienen un carácter agrio, son proclives a ver las cosas por su lado más dramático y disponen de menores defensas para responder a las dificultades de la vida.

Aunque seguramente a la gente le gusta fanfarronear sobre lo poco que duerme, se sabe de algunos personajes que prácticamente no se ponían nunca el pijama, como Napoleón Bonaparte, Wiston Churchill y Margaret Thatcher, lo que justificaría su mal carácter y su inclinación al pesimismo, que tantas consecuencias acarrearía para los demás.

El protagonista de este cuento disfrutaba, en efecto, de esas dos cualidades contrapuestas: era optimista y, sin embargo, se pasaba las noches contando ovejas. Señalo este aspecto para marcar la diferencia con ser, por ejemplo, jardinero fiel o americano impasible, que no solamente no son términos contradictorios sino que puede estimarse que lo normal es que los jardineros y los americanos, si tienen que ser algo en la vida (aunque no les proporcione muchas satisfacciones), sean, respectivamente, fieles o impasibles.

Pocospero Melomerezco, el optimista insomne de esta historia, se había quedado en paro hacía un par de años. La empresa en la que trabajaba dejó de recibir subvenciones (fabricaban perolas gigantes para ranchos en las acciones tipo tormenta del desierto) y tuvo que cerrar. A pesar de que ya había agotado la percepción por el paro, y de que carecía de ahorros para aguantar algo cuando vienen mal dadas, nunca abandonó su buen humor.

Era un gozo oírle cantar, por las mañanas o por las tardes, con las ventanas abiertas de par en par, mientras limpiaba su casita, de la que, por cierto, le habían anunciado el desahucio, pues llevaba ocho meses sin pagar la renta. «Soy minero» y «La virgen del Pilar dice» eran sus canciones preferidas.

En esas estábamos, cuando llegó a sus manos, en el trozo de papel del periódico con el que el propietario del bar de la esquina le envolvía el bocadillo de tortilla de patatas que le daba, por pura lástima, de vez en cuando, un anuncio que le encajaba perfectamente.

Decía: «Necesítase optimista insomne. Presentarse en calle del Paraguas, 13».

La faltó tiempo para acudir al lugar. Se encontró la puerta del local cerrada, y las paredes de lo que podría haber sido un lugar de lenocinio, totalmente cubiertas con carteles anunciadores de espectáculos de variedades, películas de barrio, y marcas de ropa interior. Llamó al timbre, si bien pronto advirtió que la corriente debía estar desconectada. Nadie aparecía; nadie abrió.

Pocospero no por ello se amilanó ni apesadumbró. Llamó a todos los pisos del portal vecino, y preguntó por el telefonillo exterior si sabían, por casualidad o conocimiento cierto, a qué hora se abriría el local comercial.

-Hace un año que cerró -le contestó una vecina-. Desde entonces, nadie viene por aquí.

-¡Ah! -exclamó el optimista insomne- Eso lo explica todo. El periódico en el que encontré el anuncio debía ser de una edición muy atrasada, y el dueño ya habrá encontrado lo que buscaban.

Cuando estaba ya dispuesto a marcharse, observó que el candado de la puerta tenía la llave puesta. Llevado por la más absoluta curiosidad, lo abrió, empujando con discreción la puerta del local. Todo estaba muy oscuro, y cuando los ojos trataban de acostumbrarse a la profunda oscuridad, se oyeron, provenientes del fondo, unos pasos cansinos, que anunciaban que alguien avanzaba, sin prisas, hacia él.

Poco a poco se perfiló la silueta de un hombre de unos cuarenta años, que llevaba en una mano una lámpara de aceite, de luz mortecina. Recortado contra las tiniebles del fondo, su visión era casi fantasmagórica, pero no por ello Pocospero se amedrentó.

-¿Es usted el dueño del local? -preguntó Pocospero, que asimiló de inmediato la sorpresa.

-No, no. Yo trabajo aquí -aclaró el hombre.

Pocospero miró al individuo, con admiración. Estaba claro -pensó- que se me ha adelantado, y ha conseguido aquel puesto de trabajo que tanto le convenía, el de optimista insomne. Lástima, pues estaba seguro de encajar perfectamente en sus facultades.

Su curiosidad, sin embargo, le llevó a interesarse por algo que le pareció muy pertinente:

-Me puede decir, buen hombre, ¿en qué consiste su trabajo?

El interlocutor de la lámpara sonrió, con esa amplia sonrisa que solo se vislumbra en momentos de excepcional felicidad y en rostros cercanos a la estulticia, y confesó:

-Mi trabajo es recibir a los que se interesan por el anuncio. El del optimista insomne.

-¡Ah! ¡Luego el puesto está aún libre! ¿Y sabe qué se demanda para ese otro puesto, por el que, desde luego, me intereso? -formuló Pocospero, aunque se contestó a sí mismo de inmediato- Ya supongo, sin embargo. Se confía en localizar a la mayor cantidad posible de de optimistas insomnes. Para organizar con ellos alguna actividad adecuada.

-Eso es -completó el tipo del quinqué-. Cada uno debe indicar qué pretende hacer. Por ejemplo, mi idea sería transformar el mundo, contando con la ayuda y colaboración de todos sin excepción.

-¡Magnífica, magnífica idea! -exclamó Pocospero-. Algo así es absolutamente necesario. La mía sería conseguir que todos colaborásemos en hacer un mundo más justo y más feliz, en el que cada uno pusiera lo mejor de sí mismo. -y, lleno de repentino entusiasmo, inquirió- ¿Cuántos somos ya?

El otro optimista insomne le cedió la lámpara, sin esperar respuesta.

-¿Le importa sostenerla?.

Luego, prosiguió:

-De momento, por aquí solo ha aparecido usted…Bueno, en realidad, usted y yo. Le comunico, por ello, que le estoy muy agradecido, porque, de acuerdo con las reglas que se transmiten oralmente, ha venido a liberarme.

Y con un extraño movimiento de cintura, y dando un brinco, se trasladó al otro lado de la puerta, empujando a Pocospero al interior, y cerrando rauda la cancela con el candado, cuya llave quedó fuera, colgando.

-Si tienes hambre, echa los dientes al culo y come carne -fueron sus siguientes palabras, acompañadas con una feroz risotada. Pocospero le oyó correr, calle abajo, y supuso, en su profundo e inatacable optimismo, que iría dando cabriolas e improvisando volatines.

-Me alegra tanto haber sido causa de felicidad para alguien…-razonó, mientras, con el quinqué en la mano, avanzaba hacia el interior tenebroso.

-En algún sitio tiene que haber aceite para este artilugio, así que, entre unas cosas y otras, no me faltará comida -murmuró, mientras elegía si ponerse a cantar Yo soy minero o La Virgen del Pilar dice.

FIN

(PS.- Este Cuento está inspirado, en realidad, en otro del que también soy autor, que titulé La piedra, y que alcanzó gran difusión en los años 80 del pasado siglo. No tiene, sin embargo, nada que ver, como comprobará el lector interesado, con el publicado en este mismo blog, titulado el Crédulo y la pitonisa)

Publicado en: Cuentos y otras creaciones literarias Etiquetado como: cabriolas, cuento, cuento de invierno, lenocinio, local, optimista insomne, quinqué, remedio, volantines

Cuento de invierno: La pesadilla de la princesa

13 enero, 2014 By amarias2013 Deja un comentario

La reunión se había previsto celebrar en el pabellón de caza, y, más concretamente, en la sala de Elefantes, que estaba habilitada como museo. El monarca ocupaba uno de los sillones de piel de oso, y aguardaba ya, sentado, a que entrasen los demás convocados, que eran pocos.

Sobre la mesa de disección, que servía habitualmente al propósito del maestro de taxidermistas para realizar los cortes, muy precisos, que proporcionaban a los animales disecados un aspecto casi real, había varios pergaminos enrollados, algunas gomas de borrar, un casco de motorista y un par de navajas barberas, con el corte afilado.

-¿Cómo ha podido suceder? -bramó su majestad serenísma, tan pronto como apareció, por la puerta, la princesa, muy pálida, que venía acompañada del camarlengo o camarero mayor, en el que se apoyaba. El séquito se completaba de dos malabaristas, un palafrenero y una doncella llevando una bandeja con soldaditos de Pavía, recién hechos.

El camarlengo mayor hizo una profunda reverencia, pidió la venia, y habló de esta manera:

-Hemos estado analizándolo, majestad serenísima, con el cuidado y atención que son del caso. La princesa lamenta lo sucedido, y espera que el deshacedor de entuertos encuentre la manera de volver las cosas a su sitio, como estaban antes.

La voz le temblaba algo, aunque pudiera deberse a la edad, pues el camarlengo mayor había superado ampliamente la edad de la jubilación, siendo solo la profunda lealtad que profesaba a la casa real lo que le mantenía firme en su puesto, haciéndolo insustituible por cualquier otra persona, como es normal.

-Dí, pues, lo que has descubierto -expresó el Rey, invitándolo a que siguiera de pie, con un gesto de lo más austero; al mismo tiempo, sacando de la manga otro gesto, más liviano, sugirió a la princesa que se sentara sobre sus rodillas, como cuando era una infanta.

El noble mercenario, prosiguió, ajustándose el bisoñé que, por efecto del sudor, se le estaba deslizando desairadamente sobre el ojo izquierdo, impidiéndole la visión.

-Lo que está sucediendo es producto, consecuencia o resultado, por así decirlo, de la introducción en la corte de un peligrosísimo personaje. Un ser abyecto, ajeno a la real naturaleza, que ha penetrado por algunos resquicios al palacio, mordiendo con sus mandíbulas feroces el sitial sobre el que se levanta la fortaleza consuetudinaria de la realeza. Un espíritu traidor, desequilibrante, en fin. Plebeyo, por más señas.

El monarca se revolvió, inquieto, empezando a sentirse molesto por la perorata, que le parecía de todo punto ininteligible.

-¿Quieres vomitar de una vez, desgraciado, el nombre de ese malnacido, ese tipo salido de quién sabe donde que está poniendo en peligro mi corona, que nos deja en ridículo y que tanto malestar causa a esta familia? ¿Dónde se halla? -y, así diciendo, apartaba a su robusta hija del regazo, intentando levantarse como podía.

-¡Que lo prendan de inmediato y le corten ipso facto la cabeza, para que aprenda a no hacer nunca jamás un mal como el que hizo! -bramó, dando un puñetazo sobre la mesa de disecar, con tal efecto, que una de las cabezas de elefante, que estaba mal ajustada por sus clavos a la pared del fondo, se vino abajo, con fatal estrépito, rompiéndose de paso uno de sus colmillos: el izquierdo.

-Desgraciadamente, castigarlo será imposible. -Se lamentó el camarlengo, abriendo de par en par las manos, en gesto claro de impotencia.

-Pues …¿quién es? ¿Quién lo defiende?… ¿Alguna potencia poderosa? -dudó el monarca, pensando en enemigos extranjeros y volviendo a caer sobre la silla, de donde la princesa se había puntualmente escurrido.

-Ese enemigo, del dicho plebeyo origen, que se ha colado en las alcobas reales, revoltoso, y que está en el centro de los nuevos males que agarrotan esta monarquía, es…

-¡No me digas más, lo mato, lo mato! -gritaba el Rey, fuera de sí, desaforado.

-Se llama Amor, majestad.

-¿Amor? -deslizó, asombrado, como quien menta la cuerda en casa del ahorcado, el Rey.

-Amor se llama -prosiguió el camarero real- Y, aunque hemos consultado a todos los físicos del Reino, para el que padece sus efectos, no hay remedio. Le hace creer cosas imposibles, firmar como certezas las más mentirosas causas, olvidar obligaciones, omitir consejos. Y en este caso peor, se ha aliado con Codicia, la joven que tenían adoptada como servidora en Palacio, y han parido hijos. Hemos descubierto toda una nidada de despropósitos alojados en el oropel de las coronas, difícil de arrancar sin hacer mucho daño a la pintura.

El Rey miró de hito en hito al camarlengo, y algo debió intuir, porque montó en un caballo bayo que tenía preparado y, al galope, desapareció en la espesura. Estuvo todo el resto de sus días cazando perdices y codornices, que comía a hurtadillas.

Por su parte, la princesa, como si no fuera con ella la cosa, primorosa, cortaba lirios y rosas y astros, y cosas así en el jardín de las delicias.

Pasaron unos días, y en el salón de los Elefantes, apareció un tipo con aspecto bastante zaparrastroso, diciendo que tenía nuevas instrucciones. Pero era ya demasiado tarde. No encontraron en todo el palacio real, ni siquiera en las mazmorras bajo la torre del homenaje, títere con cabeza.

FIN

Publicado en: Cuentos y otras creaciones literarias Etiquetado como: amor, infanta, instrucciones, pabellón de caza, princesa, sala de los elefantes, títere con cabeza

Cuento de invierno: Tres formas de ver el mundo

12 enero, 2014 By amarias2013 Deja un comentario

Una larva de efímera, otra de anfibio anuro y una cría de piscardo se encontraron habitando una charca y, por esas raras circunstancias de sus vidas, se hicieron muy amigos.

Sus dispares naturalezas no impidieron que se cayeran recíprocamente simpáticos. La efímera y el renacuajo habían profundizado en sus analogías mientras disfrutaban rebuscando diatomeas y otras algas cuasimicroscópicas en el barrillo que se levantaba en la charca debido a la brisa de la mañana. El alevín y la efímera pasaban largas horas tratando de recordar sus atávicos instintos, elucubrando si sus querencias compartidas eran fruto de su pasado común o de un futuro previsible. El anfibio y el piscardo se regodeaban ante la perspectiva de disfrutar, algún día, de una mejor y más compleja naturaleza, cuyo concreto alcance ignoraban.

Los tres jóvenes, que estaban llegando a la edad madura, soñaban con recorrer el mundo. Las lluvias de primavera habían engordado la charca y la pródiga existencia de alimentos hacía que sus cuerpos rebosaran de vitalidad y energía. Tan felices se hallaban que decidieron, al unísono, explorar al máximo sus posibilidades, reuniéndose bajo una lasca, al abrigo de miradas indiscretas.

-Propongo -dijo el piscardo- que, utilizando cada uno las capacidades propias de nuestra naturaleza, recorramos el mundo a nuestro alcance. Yo me adentraré por el río que conecta con esta charca, recogiendo toda la información sobre lo que halle a mi paso. Dentro de un par de semanas, volveré a este mismo lugar, que encontraré guiándome por mi línea lateral, para contaros lo que sea menester.

-Magnífica idea -corroboró el anuro, que ya sentía crecidas las patas que le permitirían dar saltos por las húmedas praderas-. Yo, por mi parte, avanzaré por los campos y me atiborraré de documentación sobre lo que sucede más allá de las aguas turbias.

-No menos aplauso merece para mí la propuesta -aseveró la efímera, que estaba a punto de perder su caparazón y buscaba ya una caña de ribazo en donde desplegar sus alas-. En dos semanas volveremos a encontrarnos aquí, y yo aportaré lo que deduzca del aire que estoy dispuesta a surcar con mis delicados apéndices.

Para sellar el pacto, entrechocaron su mandíbula masticadora, las flexibles aletas caudales y la viscosa lengua desplegada, y se fueron, cada uno por su lado.

No volvieron a encontrarse jamás, aunque el sapo partero cumplió su palabra.

FIN

Publicado en: Cuentos y otras creaciones literarias Etiquetado como: anuro, cuento de invierno, efímera, formas, mundo, pez, piscardo, sapo partero, ver

Cuento de invierno: El referéndum

11 enero, 2014 By amarias2013 Deja un comentario

Un buen día, los habitantes de la industriosa, fiel y también leal, población de Catatonia -títulos que le habían sido concedidos en el mercado de las banalidades-, se despertaron con la incalificable sorpresa de que el regidor-comendador del Reino de Uishbatcant, Vizconde de Menosumos, había tomado la inesperada decisión de convocar un referéndum.

Era un acontecimiento insólito para todos, pero especialmente para los jóvenes de menos de cincuenta años, que ni siquiera conocían la palabra. A los mayores de cincuenta años, que habían subsistido a multitud de crisis y problemáticas y, por tanto, venían de vuelta de todo, se les había pedido una sola vez que expresaran su acuerdo con una cuestión muy importante (que no recordaban, dado el tiempo transcurrido). Lo que sí recordaban es que no habían tenido más remedio que estar de acuerdo.

Fuera de esa situación de la que no se guardaba memoria, nunca jamás se había preguntado al pueblo, tanto llano como picudo, su opinión sobre nada. Las autoridades y los representantes de ellas mismas suponían, sin que nadie osara llevarles la contraria, que, si se hicieran consultas sobre aquello que, siendo posible, resultara más conveniente para el pueblo, para distinguirlo de lo superfluo o equivocado, se abrirían inútiles debates en los que surgirían todo tipo de análisis y discrepancias, perdiéndose un tiempo precioso para empezar a hacer de inmediato lo que fuera más conveniente para ellos. Por eso, hacían lo que les venía en gana cuando les parecía bien.

No se debe, sin embargo, minimizar el contexto de esta historia que, siendo inventada, tiene muchos visos de ser verdadera. Debido a los malos tiempos, la situación económica de Catatonia se había deteriorado bastante, y resultaba imprescindible poder echarle la culpa a alguien para que no se la echaran a los que la tenían. Por añadidura, no era tolerable que desde varias comarcas del país de Uishbatcant, de razas e historias inequívocamente inferiores, y con culturas obsoletas que no habían podido resistir el paso implacable del tiempo, se mirase a los catatonenses de tú a tú.

La historia local de Catatonia, escrita por expertos que solo bebían en las fuentes propias, para no contaminarse, dejaba muy claro del lado de quién se había manifestado, en su momento, la voluntad de los dioses y otros seres sobrenaturales.

En fin. Después de un tan intenso como escaso debate, el vizconde de Menosumos, auxiliado por sus consejeros expertos en reírle las gracias, dorarle las píldoras y hacerle las pelotas, se había quedado profundamente convencido de que un referéndum era la medida adecuada para que la población expresara su descontento y, así, no tener necesidad de tomar ninguna otra medida.

Convenientemente orientada la consulta, serviría para demostrar, sin necesidad de demostración, que si la calificación de Catatonia había caído desde la categoría de totalmente envidiable a la de quejica vergonzante, no era por culpa del vigoroso impulso centrífugo del vizconde, sino por la meliflua obstinación centrípeta del país de Uishbatcant.

Como los hechos naturales deben reforzarse con espejismos sobrenaturales, se difundió por los voceros de la comarca de Catatonia que el vizconde de Menosumos había tenido una revelación. En esa visión sorprendente, habían intervenido los tres jinetes de la Apocalipsis, el pajarillo de Chaves, una imagen desmontada de Santiago Matamoros, las vírgenes de Níger y Sudán del Sur y San Raimundo, descubridor de un sucedáneo del queso de Gruyere, que se habían aunado para decirle:

-Hay que romper amarras con Ushbatcant. Es la única forma de que el buque de Catatonia pueda cumplir con su destino, y Taberlona, su capital, sea admirada por el orbe como legítima heredera de Utopia, Bizancio y la Roma de los viejos césares, terminándose, de paso, la torre de Babel, gracias a la adopción del catatonense como lenguaje universal.

Quedaba mucha tela que cortar, sin embargo. Las élites empresariales de Catatonia, especializadas en extraer el zumo de las piedras de otras regiones del país de Uishbatcant, no estaban para nada de acuerdo:

-Es como separar una pierna del tronco. Peor aún: es como plantar el dedo gordo en un tiesto de estiércol creyendo que va a crecerle la pierna. -fue lo mejor que se le ocurrió decir al presidente de la Unión de Emprendedores Catatonenses (CEU, en inglés).

El resto de la nobleza del país de Ushbatcant y, por supuesto, los comendadores reales y hasta el mismo Rey, habían puesto el grito en el cielo, exponiendo a las claras que jamás autorizarían un referéndum. Había muchas razones, pero la más importante era que no iban a consentir que se perdieran los papeles, ni se arrumbaran sus encomiendas, ni se eliminaran sus prebendas, conseguidas por los cauces legalmente establecidos, según las leyes que ellos mismos habían promulgado.

-Al fin y al cabo, lo que la Historia Universal ha unido, no lo separe el vizconde -era la versión oficial.

De la vecina república de Metredimón, con la que algunos catatoneses se consideraban muy emparentados, los emisarios enviados al efecto habían retornado con el mensaje de que ni fu ni fa, pasando por alto que compartían muchas palabras, como pormoné, sambla, encara y, en otras, se podía encontrar algún parecido, como en veste’n a tomar per cul y va te faire enculer. De la mayoría de las otras repúblicas, reinos y principados, a las que se habían enviado peticiones de apoyo, se habían devuelto, sin abrir, los sobres y telegramas.

Por hacer aún más breve el cuento, la pregunta que el Vizconde de Menosumos había previsto realizar en el referéndum, eran, exactamente dos preguntas: «Estimado catatonés, ¿deseas que Catatonia sea un estado independiente del Reino de Uishbatcant, sí o no?» y : «En caso de que hayas contestado que no a la pregunta anterior, ya puedes ir preparando las maletas; pero, si has contestado que sí, mi muy querido amigo, ¿deseas que el Vizconde de Menosumos pase a denominarse Rey de Catatonia, con los atributos propios de su alta dignidad?

Entre los muchos inmigrantes que procedían de las más variadas comarcas de Uishbatcant, y que, por residir en Catatonia eran considerados, en principio, catatoneses, por pagar allí sus impuestos y levas, había uno, de nombre Tinín Avlano, proveniente del viejo Reino de los Bravucones, sito en el ala centroizquierda del mapa de Uishbatcant, titulado en telecomunicaciones esporádicas.

Avlano, que era serio, industrioso, fiel y también leal, había encontrado en Catatonia su seguro hogar, estando casado desde hacía tiempo con una catatonesa de árbol genealógico intachable, proveniente, según se creía, del mismísimo pi de las tres ramas. De aquella unión, demostrando la viabilidad de la mezcla de sangres, habían conseguido engendrar dos catatoneses de pura cepa, uno moreno como Abderramán y la otra rubia como el hada de Blancanieves.

Tinín Avlano había conseguido, hasta entonces, disimular su oscura procedencia, haciéndose pasar por catatonés, y llamando al pan, pá, al vino, ví, e incorporando, cuando había lugar, a las pertinentes conversaciones, las palabras de portmoné, sambla, encara y veste,n a tomar per cul.

Tinín Avlano, cuando se convocó el referéndum, estaba decidido a votar «sí a todo», porque no quería problemas y no deseaba por nada del mundo que le devolvieran al reino de los Bravucones, en donde lo estaban pasando, por las noticias que le llegaban de allá, mucho peor aún, y, en donde, por más que le daban vueltas a la pirinola, las opciones válidas para salir del bache eran solo tres: emigrar, vivir de la pensión de jubilación o darse a la bebida.

Sin embargo, antes de depositar su voto en la urna, cuando se encontraba haciendo la cola, le dio por telefonear a su esposa, que se había quedado cuidando los niños.

-Aunque el voto es secreto, me muero de curiosidad: Tú, catatonense de pro, ¿qué vas a votar, corazón? -le preguntó, con el acento que le salía cuando le chupaba la oreja.

-¿Yo? -le contestó su esposa, mientras se oía el ruido de fondo de una sartén en donde estaba friendo pimientos rellenos de butifarra y berenjenas embutidas de chocolate-. Los catatonenses de toda la vida siempre hemos sabido lo que nos conviene. Por eso, yo no pienso votar. Este referéndum no va con nosotros. Es solo para vosotros, los inmigrantes,

Tinín Avlano se quedó mirando la papeleta. Llevado por una súbita decisión, la rompió en pedazos y se salió, raudo, de la cola.

-¡Anda la porra! -pensó, lúcido, para sí- ¡Así que era una trampa para saber si estábamos integrados!

Al salir por la puerta del edificio en donde estaban situadas las urnas, con carteles que separaban, por letras, los apellidos de los votantes, advirtió, en efecto, que las colas de la F, la G, la L y la P, en donde se apiñaban los Fernández, los García, los González, los López y los Pérez, daban varias vueltas a la manzana.

Sin que supiera explicarlo, le espetó al guarda de la entrada, que se estaba limpiando de residuos una caries con un palillo o mondadientes:

-¡Pormoné, sambla y ancara! ¡Viva por siempre el Reino de Uishbatcant!

Aunque esa será otra historia, lo que no había considerado Tinín Avlano era que en el Reino de Uishbatcant, por razones que no son del caso, se estaba cocinando otro referéndum, y a muy alta temperatura.

FIN

Publicado en: Cuentos y otras creaciones literarias Etiquetado como: Catatonia, cuento de invierno, referéndum, Uishbatcant

Cuento de invierno: Revuelo en el Reino de las chotacabras

10 enero, 2014 By amarias2013 Deja un comentario

En el Reino de las chotacabras, reinaba una gran excitación.

La Historia de los sucesos relevantes del Reino de las chotacabras, que se conservaba, cubierta de polvo y comida en parte por las termitas y la carcoma, en la Biblioteca Nacional de Hechos Significativos, no dejaba dudar a dudas: el país había superado épocas peores, pero ésta que estaban viviendo, diagnosticada como de gran dificultad, se distinguía de todas las anteriores, en que sucedía en el momento presente.

Si bien nadie podía explicar exactamente cómo se había llegado a tal circunstancia, era absolutamente cierto que se encontraban en ella. Por exponerlo con pocas palabras: el Reino de las chotacabras se encontraba patas arriba. Es decir, hecho unos zorros, convertido en un pingajo, abocado al apaga y vámonos, Juana, con aspecto de no me toques que me desmorono.

Oliéndose la tostada, las fuerzas oscuras estaban ya repartiéndose los despojos -tú te quedas con el castillo del dragón dorado, el fuerte de los rapalcuartos para mí, la maleta de la señorita Pompis para una subasta benéfica, etc.-. Para abrir boca, le habían cambiado en los mapas mundiales el nombre por el de Topsy-turvy, y cada día abrían la ventana del calendario del tiempo que les quedaba para el adviento y se comían una chocolatina.

Los consejeros del Reino de las chotacabras (1) se habían reunido en el Palacio Real para estudiar la situación. El Comendador mayor centró rápidamente la cuestión:

-Tenemos tres problemas principales. Primero, no hay actividades bastantes para que todos los siervos de la gleba tengan pan, bizcochos o galletas que llevarse a la boca, lo que está causando un malestar de intensidad dos con tres al cuarto entre los revoltosos descontentos y un placer de grado ocho me como un bizcocho en la escala de satisfacción de los pacíficos acomodados…

El Comendador, comisionado jefe de todos los encomendados, continuó:

-Segundo, los alguaciles justicieros han levantado por encima de lo que sería prudente el velo de las encomiendas y emprendimientos palaciegos, dejando al aire sus verdades pudendas antes celosamente ocultas y, en su estúpido celo, amenazan con llenar las mazmorras palaciegas con príncipes, nobles y leales, mientras los caminos se llenan de revoltosos, salteadores de diligencias, ladronzuelos de bolsillos y cuatreros de palomos, conejos y otros animales de poca monta.

Los comendadores menores empezaban a revolverse en sus asientos: «¡Eso es lo que digo yo!», exclamó uno de ellos. Los demás le pidieron silencio, para que el máximo Comendador, jefe óptimo de todos los Organismos de múltiples convergencias, acabara su perorata:

-Y tercero, y no menos importante, los alquimistas reales están convencidos de que hemos llegado a, e incluso, sobrepasado, el temido cambio de ciclo, y, coherentes con su propio diagnóstico, que nadie discute, porque no sabríamos cómo hacerlo, piden que se acuñen más dineros para financiar matraces, probetas y hornos de mufla electrotécnicos que permitan desplazar los equipos de búsqueda de la piedra filosofal al extranjero, donde hay, según parece de amplios pareceres, demanda de los mismos.

-Con la venia. Yo añadiría, -dijo uno de los consejeros, que provenía de la región de los hurones, en donde los chotacabras estaban casi extintos, hasta el punto que en muchos de los biotopos solo se podían ver sus símiles fabricados en madera-, un cuarto problema: Nuestro Reino ha dejado de serlo, para convertirse en una República hecha y derecha. Nadie en su sano juicio se cree que la Familia Real tenga sangre azul y, lo que es peor, salvo el propio Rey -que tiene mermadas sus facultades, según toda apariencia- , el resto de la Casa Real -hasta donde alcance el eufemismo- se consideran gente normal y corriente, con los mismos vicios, defectos, capacidades y virtudes, que el campesino o la hortera que tienen al lado.

Se armó un gran revuelo. Algunos consejeros opinaron que, de todas maneras, reconocer oficialmente que el Reino no era tal, sino República, no solucionaba ningún problema, sino más bien añadiría muchos otros, pues se avivaría la ambición de numerosas familias que, aunque no se sintieran de sangre azul, sí pretenderían tener otras cualidades mismamente equivalentes, y tratarían, a la chita callando y con el mazo dando, hacerse con el control del país, lo que provocaría un coste adicional tanto o más inasumible.

En todo caso, después de una discusión interminable que parecía no tener fin, prevaleció la idea de que ese problema, de serlo, debería ser postpuesto, pues era más urgente atender a los otros tres temas principales, que eran acuciantes.

-Tengo una idea -proclamó uno de los consejeros del Reino, del grupo de denominado de los ingratos, que, por cierto, solía tenerlas-. Lo mejor que podemos hacer para resolver las dificultades es hacer lo que siempre hemos venido haciendo en el país de las chotacabras cuando teníamos problemas parecidos.

Todos le miraron con máximo interés.

-¿Y qué es lo que hemos venido haciendo, querido o no tan querido colega consejero?

El interpelado sorbió del carajillo que les habían distribuido, elevó los ojos al cielo, como implorando clemencia y conmiseración ante la ignorancia ajena, y dijo con voz alta y clara, que era una de sus virtudes:

-Ignorarlos.

Los consejeros del Reino de las chotacabras se miraron unos a otros, asintieron complacidos, y comprendieron que, por mucho que rebuscaran otras alternativas, esa era la única solución que podría ocurrírseles, por mucho tiempo que dedicaran a tratar de encontrar formas de salir del paso.

Así que levantaron acta de la reunión y volvieron a sus ocupaciones habituales, aliviados.

Mientras tanto, en las profundidades del Reino de las chotacabras algo se estaba cociendo, y la cosa no olía nada, pero que nada bien.

FIN
—–

(1) Ave de hábitos nocturnos de un plumaje y comportamiento tales que logra un perfecto camuflaje con su entorno, de tanta calidad que recibe el nombre especial de cripsis, para distinguirlo de otras formas animales de pasar desapercibido.

Publicado en: Cuentos y otras creaciones literarias Etiquetado como: chotacabra, cuento de invierno, desapercibido, fuerzas oscuras, hecho relevante

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