Al socaire

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Cuento de invierno: Confusión disculpable

8 enero, 2014 By amarias2013 Deja un comentario

El autor entró en el salón en donde se le iba a rendir un homenaje, llevando una carpeta en la que había introducido una selección de sus mejores poemas. Se había acicalado para la ocasión con especial esmero, recortándose la barba y el bigote y eliminando, con unas pinzas de depilar, algunos pelos de la nariz y las orejas.

Con íntima satisfacción, recorrió el camino que conducía al estrado, recibiendo abrazos, apretones de manos (y algún empujón), y un par de besos femeninos. Allí estaban muchos de sus amigos, la mayor parte de sus rivales, miembros de su familia, varias de sus musas.

El director de la Academia de las Artes Poéticas y Otras Inutilidades Literarias, que le esperaba ya sobre la tarima, se adelantó para darle la bienvenida, con la mala fortuna que trastabilló, al no apercibirse de que había dos escalones desiguales, y cayó sobre el autor, en lo que podía parecer un abrazo de oso. Ambos habrían rodado por el suelo, sino hubiera sido porque, en la caída, la palmeta del respaldo de una silla de la fila delantera, prevista en el proscenio como asiento para autoridades e invitados especiales, se clavó en la cadera del poeta, causándole un intenso dolor del que no se libraría el resto de la velada.

Cuando empezó el acto, que tenía como duración prevista e inaplazable la de una hora, pues el bedel de la Academia había advertido que el local se cerraría a las ocho en punto, el director de la magna institución se deshizo en elogios hacia el vate, como acostumbra a decirse en las crónicas periodísticas que se confeccionan con posterioridad, para hacer la reseña de un acontecimiento literario al que no se ha acudido.

En realidad, si hubiera necesidad de ser precisos, cabría decir que el director de la Academia (propuesto para presidente honorario perpetuo de la misma) consumió casi media hora en elogiarse a sí mismo, pues resaltó, con ínfimos detalles, cómo había conocido al magno poeta, laureado ahora en tantos certámenes extranjeros, con premios dignamente merecidos, cuando no era nadie, o por decirlo con dulzura, era solo un joven inexperto incapaz para descubrir por sí mismo las complejas modalidades y desarrollar las innúmeras virtudes que son precisas para deambular por los jardines de la mejore literatura, terrenos donde imperan los caprichos de Calíope y Apolo, vecinos puerta con puerta de Afrodita y Aquiles y otros dioses de fausta memoria.

-Yo, que entonces ya era director de la Academia, -proseguía, inagotable, quien se creía poseedor de privilegiado cacumen- acogí a aquel muchacho inexperto, al que hoy ciertamente homenajeamos, y le dí de beber en mi viril pecho, ya hecho y derecho (y perdonen ustedes las rimas, pero me salen así de natural), las nutricias leches del mejor saber poético …

Todo eso, y más, expresó, con rimbombante verbo, el monitor del acto, después de haber advertido que sería breve, pues tenía la seguridad, sin asomo de duda, de que todos los presentes habían venido para escuchar al poeta y no a él mismo.

Nadie oyó la voz del autor, musitando para sus adentros: «Me aconsejaste, oh cabrío, que me dedicara a la agricultura, pues, según tú, todo estaba inventado en la lírica y yo no tenía imaginación más que para destripar terruños».

A las palabras del director, siguieron las del miembro más antiguo y a las del miembro más antiguo, las del primer maestro de esgrima que tuvo en poeta, y al experto en floretes y estocadas, la del fabricante de una estilográfica, patrocinador del acto, y al de la pluma hubiera seguido la intervención de la profesora de latín del Instituto que enseñó al entonces discípulo a distinguir a Sócrates de Aquino, sino fuera porque asomó entre bastidores la torva cabeza del bedel, advirtiendo:

-Quedan cinco minutos, y cierro la puerta. Y el que no haya salido para entonces, tendrá que quedarse aquí hasta mañana a las diez y media, en que la reabro, cuando empiece mi jornada.

Y aún precisó razones:

-Para lo que me pagan…

Ante la amenaza de pasar la noche en el frío salón de ceremonias, el director de la Academia tomó la decisión de prescindir de las palabras del autor, justificando la omisión en que las obras del mismo estaban disponibles en las librerías y, en todo caso, podrían bajarse gratis de internet, y cedió al público presente la oportunidad de proponer una sola cuestión al homenajeado, con lo que se cerraría brillantemente el acto.

Venciendo el estupor que inundó la sala, una joven alzó la mano y, autorizada que fue por el maestro de la ceremonia, con voz dulcísima y pulquérrima, expresó lo siguiente:

-A mí, que soy gran admiradora suya, me han causado honda emoción unos versos de los que, ahora que tengo la oportunidad, me gustaría nos explicara su sentido.

Los cuellos se volvieron hacia el fondo de la sala, en donde se hallaba la joven de la voz, quien recitó, con prodigiosa entonación, como quien declama a Shakespeare:

-«Por el amor, vencido, aboco/siguiendo a los demás, derecho al pozo/por senderos que hollaron pies que quiero/y que otros, fornidos, persiguiendo/pusieron antes debajo estando por encima».

El autor la miró, con rostro que dejaba entrever su ánimo atónito.

-¿Qué quiso decir, apreciado maestro? -repitió la muchacha, como un martillo pilón manejado por una ninfa.

-No tengo ni pajolera idea -contestó el poeta, haciendo ademán de levantarse, con el dolor claveteándole los ijares, frotándose la nalga con la izquierda-. Porque no son míos. Pero si quieres que te escriba algo personal, llámame a casa.

Fue uno de los mejores actos ceremoniosos al que recuerdo haber asistido jamás. La gente salía a la calle, aplaudiendo a rabiar, si bien el frío intenso que se había impuesto en la ciudad tenía mucho que ver.

El poeta se marchó a vivir a Nueva York, en donde me parece que aún vive, si no se ha muerto a estas alturas.

FIN

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Cuento de invierno: Lecciones de supervivencia

7 enero, 2014 By amarias2013 Deja un comentario

El muy ilustre profesor Dr. Alvarodejo, prestigioso especialista de fama mundial en el apasionante campo de la Etiología, completaba el curso de conferencias magistrales que impartía en la Universidad de Prestóme , obligando a sus alumnos, en la última práctica obligatoria para aprobar su asignatura, a acudir al Laboratorio de Supervivencia de la cátedra, en donde tenía instalado un simulador complejísimo.

Se trataba de una situación muy temida por los aspirantes al título de Master en Apropincuación de Comportamientos Sutiles (Sc. Mr. in Subtle Behaviour Perception), prestigiosa cualificación que garantizaba puesto de trabajo como funcionario en la Secretaría de Estado de Supervivencia en el Mundo Hostil (Survival in an Unfrienly World). Era, con todo, un trámite imprescindible, puesto que no se podía conseguir la titulación sin superar esa prueba.

Eran pocos quienes obtenían el aprobado que les abría el paso hacia el título o certificado, ya que la mayor parte de los alumnos, sucumbían, -dicho sea, al menos teóricamente-, a las exigencias planteadas por el simulador.

Las pruebas se desarrollaban en dos días, sin que el alumno sometido a las mismas, pudiera salir del Laboratorio, pedir ayuda, alimentarse de otra cosa que preparados energéticos, ni fueran autorizados a consultar documentos, apuntes, o la Wikipedia. Solamente les estaba permitido evacuar sus necesidades fisiológicas a través de sendos canutos, que conducían, unidireccionalmente, a las redes de saneamiento generales del recinto.

No existe constancia fehaciente acerca de la forma concreta en que se desarrollaba esa singular práctica de Laboratorio y en qué consistían, con total exactitud, los ejercicios. Sin embargo, merced a diversas deducciones imaginativas, la filtración conseguida gracias a confesiones de algunos alumnos suspensos y la declaración, arrancada mediante una sustanciosa compensación económica y una paliza, a uno de los maestros del Laboratorio, ya jubilado, se ha podido inferir una parte del método de selección.

Parece ser que, en la primera fase, los alumnos deberían comportarse durante cuatro horas como un hembra de ciempiés, quilópodo o escolopendra, del orden anomorpha, en fase adulta, procurando alimentarse de los animales que correspondieran a su capacidad digestiva, y, al mismo tiempo, defendiéndose con éxito de sus enemigos naturales, utilizando correspondientemente el órgano de Tömösvary y aquello que estimaran pertinente, siéndoles propio. La prueba parcial se consideraba superada si conseguían efectuar una cópula, para lo que, además, deberían poner de manifiesto el esternito mediante masaje de esa zona contra las hierbas húmedas que se les proporcionaban para lograr la estimulación.

En el ejercicio siguiente, el examinando se veía transportado a la singular naturaleza de un macho de conejo de Lemuria, (el único carnivorous rabbit del que se guarda reseña) cuya primera actuación habría de ser la de devorar el quilópodo que había conformado su anterior existencia. Como en el caso previo, la superación de la fase implicaba soportar airosamente un par de horas de existencia, salvando el pelaje del singular roedor de aquellos enemigos, naturales como artificiales, que, de manera tan imprevisible como insaciable, aparecerían por su entorno: humanos incrédulos, hobbits y habitantes de la saga de Zelda. Como es bien sabido, esa criatura, de tamaño superior al de un perro mediano, de apariencia inocente pero provista de afilados dientes, podía despedazar en unos instantes a cualquier animal más pequeño, y devorarlo sin pausa, destrozándole las entrañas después de desgarrarle la piel o la coraza con sus caninos; aunque su hábitat inicial era Australia, donde fue primeramente detectada, la especie se hallaba en la actualidad extendida por todo el orbe, como reseñan los anales de la estultogeografía, que suelen advertir del peligro de encontrarse con ellas y confiar en su apacible aspecto.

Seguían así, a lo que parece, otros ejercicios, en los que el alumno habría de defenderse también de enemigos de su propia especie, superando las dificultades sin pestañear -o hacerlo poco- y sin dudar en el empleo de todo tipo de argucias, armas, mentiras, empujones y zancadillas. En la etapa final, cuando ya se avistaba el final de la prueba y, por consiguiente, los alumnos veían segura la obtención del preciado galardón, el infeliz egresando se veía confrontado a la actuación más difícil, pues debía, como nuevo Lacoonte, devorarse: esta vez, a sí mismo.

Solo entonces se abrían las compuertas del simulador y el alumno recibía, de su maestro, la corona de laurel y el ósculo en la frente que le suponían el anhelado aprobado. Para obtener una nota más alta, era preciso no salir del simulador, y que el educando se estacionara, embelesado, en la fase penúltima. El profesor solo concedió una matrícula de honor, a un estudiante que confundió la entrada al aparato con su salida; desgraciadamente, el quilópodo anomorpha no concedíó ningún valor al diploma, y se cagó encima.

FIN

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Cuento de invierno: Reunión cósmica de sabios

6 enero, 2014 By amarias2013 Deja un comentario

Por fin había podido celebrarse, después de múltiples ajustes en las agendas intergalácticas, la primera reunión cósmica de sabios.

Se trataba, por supuesto, de un encuentro sin desplazamiento real, ya que no hubiera sido posible conseguir reunir a las más privilegiadas mentes del universo, físicamente y en un tiempo dado, dadas las tremendas distancias que les separaban entre sí. Baste decir que, considerando únicamente el espacio tridimensional, los dos asteroides, -de entre aquellos en los que se habían manifestado seres inteligentes-, que se hallaban más alejados entre sí, lo estaban a varios miles de millones de siglos luz uno de otro.

Los problemas de conexión que habían tenido que resolverse eran, por decirlo con una palabra, aún reconociendo la limitación del lenguaje humano, inconmensurables. Por fortuna, los seres de la quinta dimensión habían accedido a poner a disposición del curioso encuentro toda (o una parte) de su conocimiento de comunicaciones, si bien, de empleo limitado a esa sola vez. Habían hecho jurar ante su propia potestad pentadimensional, a todos los seres dominadores de los espacios de tres y cuatro dimensiones (los de dos y una dimensión no habían sido invitados), que no copiarían o imitarían esa tecnología durante los próximos cien billones de siglos luz, so riesgo de destrucción inmediata de la viabilidad de las naturalezas infractoras.

Resultaba curioso, analizado con la imprescindible perspectiva, que entidades de tan diferente naturaleza (reales y fantásticas), ocupantes de espacios con dimensiones de las que unos resultaban englobables en otros, participaran en una reunión, que, sin necesidad de profundizar mucho, se debía estimar como totalmente desequilibrada. El cónclave se celebraba a instancias de la especie humana, que se jactaba de haber llevado su desarrollo a un nivel tal que le hacía merecedora de ser considerada, según su peculiar criterio, centro del cosmos, capaz para dirigir sus propios destinos -fuesen los que fueran-, desprendiéndose, por tanto, de cualquier vinculación anterior y con la consecuencia de no tener que pagar en lo sucesivo peaje intelectual alguno.

Llegado el momento preciso para la confluencia, los representantes más cualificados ocuparon sus espacios virtuales en el escenario hiperdimensional, y el sabio representante de la especie humana comenzó su disertación, que fue absorbida instantáneamente por una gran parte de la concurrencia, dándose el caso de que aún no sabía lo que iba a decir -aunque llevaba su intervención, obviamente, muy preparada- y ya muchos de los que atendían a la misma, habían sacado sus conclusiones hacía siglos.

-Hemos conseguido delimitar el margen de lo desconocido en nuestro Universo -decía el sabio humano- al mínimo. Podemos generar energía, liberándola de los enlaces de numerosos compuestos, e incluso de los mismos átomos. Somos capaces de calcular y construir estructuras resistentes a la mayor parte de los fenómenos naturales que se producen en la Tierra. Hemos puesto en valor la práctica totalidad de los recursos de nuestro planeta y de algunos otros a los que hemos accedido, y si no hemos llegado más lejos, no es por nuestra cortedad, sino por la limitación natural de nuestra Galaxia, cuyo momento inicial y parámetros de evolución creemos haber detectado. Incluso, estamos en condiciones de prolongar nuestras vidas al límite máximo admisible por nuestra composición química, siendo ahora posible imaginar que para el 87% de los humanos se conseguirá superar la edad de 125,3 años. No solo eso: hemos fabricado robots que superan ampliamente nuestra esperanza de vida, con capacidades de actuación incluso superiores a las nuestras. Somos, por tanto, a nuestro nivel, equivalentes a los dioses, y exigimos, con el debido respeto pero inconmovible firmeza, que nos sea reconocida esa calificación entre las categorías cósmicas.

El representante de la cuarta dimensión soltó una carcajada cósmica, que resonó en las oquedades terrestres como un terremoto de intensidad 9,3, medida en la escala de Richter.

-¡No seas iluso, humano! Esas fuerzas de la naturaleza que decís poder controlar son provocadas por los caprichos y divertimentos de mis colegas del espacio tetradimensional. A veces, según los viene en gana, descendiendo de la escala de tiempos a la física, generan un pequeño movimiento tridimensional que vosotros calificáis como tsunami o terremoto de gran intensidad y que os provoca, claro, daños terribles. Otras, movilizan con idéntico empeño, las nubes de vuestro entorno y lo hacen con el mismo gozo con el que los niños humanos hacen pompas de jabón, por el puro placer de hacer figuritas con ellas, lo que no evita, sino causa, tormentas y ciclones. Y no te quepa duda alguna de que cualquiera de esos descubrimientos que vuestra especie juzga producto de la genialidad de algunos o del trabajo continuado de investigación de equipos, son aportaciones graciosas que alguno de los seres de mi dimensión o de las superiores os hacen, con el solo fin de hacer más entretenido contemplar vuestra lentísima, y por su propio impulso, hasta negativa, evolución. Algo parecido, aunque obviamente a otro nivel, a la forma como vosotros, los que os creéis más listos de entre los humanos, y a vuestra reducida escala, cedéis -por supuesto, en vuestro caso, de forma egoísta- algunos avances tecnológicos a los países menos desarrollados.

-Abundando en ello, -iluminó como un relámpago de trillones de fotones, una eminencia de la quinta dimensión- has de saber, enano cósmico, que aunque te creas superior a otros seres de tu escala, incluso invisibles para ti con tus medios de análisis, la situación es solo fruto de tu ignorancia, que no puedes suplir con tu limitada imaginación y tus equipos de pacotilla.

En la Tierra, la población se maravilló de un resplandor tan fulminante que creyeron llegado el fin del mundo, y se pusieron a orar, sin saber a quién.

El sabio terrestre guardó silencio, confundido. Su silencio duró una nada inmensa, y fue percibido en la Tierra como varios siglos de inconcebible vacío. A partir de entonces los cielos se oscurecieron, los hielos se derritieron en una parte y en otra aumentaron varios metros su espesor y, lo que fue peor, todas las creencias se tambalearon, cayendo muchas estrepitosamente y arrastrando en su caída próceres, papas, ayatolás, reyes, iconos, gurús, empresarios, emprendedores, fieles y galardonados (entre otros).

Entonces, y solo entonces, un ser ínfimo que estaba alojado, al parecer, en uno de los lugares más recónditos de la epidermis de la calva del sabio, tal vez colindante con alguna zona del hipotálamo, que no hemos sido capaces de precisar, expuso este pensamiento sorprendente:

-¡Eh! Yo también he venido a esta reunión de sabios, y habito, como la especie humana, en el espacio tridimensional, aunque mi ámbito de desarrollo es varios múltiplos superior al espacio terrestre. No tenemos pretensiones de ser los más sabios del cosmos, ni mucho menos, anhelamos ser independientes, pero quiero expresar que nuestro nivel de inteligencia, como las criaturas superiores sabéis bien, es muy superior al del hombre, al que conducimos como nos da la gana. Los humanos son nuestros robots, en el ámbito que vosotros, los entes superiores, nos permitís actuar.

El sabio humano se quedó de piedra. Lo que anhelaba un instante de gozo se había tornado en una pesadilla terrible. Un ámbito de dolor y desambiguación de máxima crudeza, que, por fortuna, terminó cuando alguien movió su brazo.

-¡Poeta!¡Poeta!

Era su mujer, que le observaba, angustiada.

-¡Despierta, despierta! ¿Qué te pasaba, con qué soñabas? ¡Te movías con terrible angustia y no hacías más que repetir, «no tengo la culpa, no me castiguéis»? ¿Quién te iba a castigar?

El poeta, ya despierto, guardó silencio, se levantó presto, y mientras se aliviaba de los líquidos que se le habían acumulado durante la noche, pensó: «Qué complicado resulta todo esto».

Pero se guardó, muy mucho, de comunicar a nadie, ni siquiera a su esposa, sus presentimientos y, naturalmente, tampoco le contó su sueño, porque no deseaba escuchar ninguna interpretación.

FIN

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Cuento de invierno: Carta de los Reyes Magos

4 enero, 2014 By amarias2013 Deja un comentario

Aquel 6 de enero del año nosecuántos, todos los niños de la Tierra recibieron, escrita en un idioma que comprendieran, la siguiente carta:

«Nosotros, los Reyes Magos de la Tierra, los de las coronas de papel y manto de alfombra vieja como los subidos en carrozas aparatosas con el logotipo de una Galería Comercial, los de las pelucas pelirrojas como los de las barbas blancas, los tiznados de betún como los encarnados en emigrantes del Sahel a cambio de solo un bocadillo, los varones como las hembras, los de los barrios más humildes como los de las casas de postín, os decimos a todos los niños de la Tierra:

«No os dejéis engañar nunca más. Los Reyes Magos no existieron, ni existen ni existirán. Son un invento de ricos para señalar las diferencias con los que menos tienen, y, en especial, con los que nada tienen. En el mantenimiento de esa mentira, han colaborado, como cómplices, muchos padres, abuelos, tíos y amigos de los anteriores. Pero no creáis que el resultado es haceros felices a vosotros y a los niños que os han precedido en la infancia. Los beneficiarios principales han sido siempre los comerciantes, en especial, los propietarios de los grandes establecimientos, que han conseguido con el pretexto de vuestra felicidad vender a precios carísimos millones de hipotéticos juguetes que, como acabáis sabiendo por vuestra cuenta, no sirven para nada, ni siquiera para jugar.

«Nosotros, los Reyes Magos de la Tierra, reunidos de urgencia ante la situación que está viviendo el mundo, con tensiones sin resolver que parecen desgraciadamente enfocadas a una nueva guerra mundial, hemos tomado la decisión de no colaborar más con ese engaño. No participaremos en cabalgatas, no pondremos nuestro rostro para mantener una ficción que, en nuestra opinión, no causa más que falsas expectativas, disgustos, despilfarros de medios y, aumenta la basura mundial en miles de toneladas, porque los juguetes que se regalan cada año a los niños, acaban siempre, y al cabo de muy poco tiempo, rotos, inservibles e inútiles.

«Animamos a todos los niños ricos a que se fabriquen ellos mismos los juguetes, como hacen los niños pobres. A que encuentren en cada trozo de madera, en un alambre, en una piedra, en las hojas de los árboles, en las madejas viejas, un motivo para desarrollar su creatividad. Os animamos, niños, de familias pobres como de familias ricas, a que juguéis juntos.

«Sabemos que habrá fabricantes de juguetes que pongan el grito en el cielo si leen esto, afirmando que con eso se les esfumará el negocio que sostiene a muchas familias. En todo caso, creemos qué lo harán en el idioma chino, pues de allí vienen la inmensa mayoría de los juguetes, gracias a la mano de obra barata de las fábricas orientales.

«No estamos en contra de que se regalen juguetes a los niños, sino de que se nos invoque a nosotros para sostener la ficción de que hay unos seres celestiales que premian a unos y castigan a otros, en una fecha concreta, lo que ha permitido durante siglos alimentar la hipótesis de que los niños cuyos padres tienen más medios son los que resultan más queridos por los dioses, lo que ni nos consta ni nos parece, en cualquier caso, ético.

«No seremos tampoco nosotros quienes os digamos cómo hacer juguetes, de esos que ahora llaman educativos. Para contar hasta diez, meter piezas geométricas en agujeros o poder decir árbol en inglés, no hace falta llenar de plásticos y cartones de colorines una caja muy aparente con cuatro pilas de cadmio. Para aprender a andar en bicicleta no hace falta, desde luego, disponer de una máquina con cambio de marchas que acabará en el desván. Para jugar a las muñecas no necesitáis un clon de un bebé satisfecho que diga cuatro frases grabadas y eche agua por un agujerito cuando se le apriete la barriga.

«Vosotros sabéis, niños del mundo, sin que os lo hayan impuesto, lo divertido que resulta llenar con pinturas y colores sencillos hojas y hojas de papel reciclado, recortar con tijeras vuestras propias marionetas, participar en carreras, incluso a la pata coja, hacer competiciones de pelota con porterías marcadas en el suelo, organizar lecturas de poesía, representaciones de teatrillo, salir de excursión, que se os explique cómo funcionan las cosas, que se os enseñe el nombre y las costumbres de los animales, que se os presenten más y más amigos con los que descubráis intereses comunes. Todo depende de vuestra edad y está limitado solo por vuestra imaginación.

«Os animamos, queridos niños ricos de cualquier lugar del mundo, a que digáis a vuestros padres que no queréis que os entretengan con ningún juguete comprado, que no gasten el dinero en generaros una ilusión efímera. Decidles que lo que deseáis es que se esfuercen, y rápidamente, en hacer un mundo mejor, sin guerras, sin disputas sin sentido, sin emigraciones forzadas, sin diferencias provocadas por la ambición, el odio y la explotación de los más débiles.

«Nosotros, los Reyes Magos de la Tierra, nunca hemos sido quienes os traeremos los regalos, porque solo somos un grupo de hombres y mujeres que se disfrazan para participar en una cabalgata. Por ello, probablemente, vuestros padres, tíos, abuelos y sus amigos, puede que incluso algunas empresas y asociaciones benéficas, os sigan regalando juguetes en esta fecha y en los años siguientes. Es más, creemos que no leerán esta carta.

«Pero vosotros, sí. Vosotros, sí que conoceréis el mensaje. Más tarde o más temprano, lo entenderéis.

«Es por eso que a vosotros va dirigida, en la confianza de que no caeréis en la trampa de comprar juguetes en una fecha como ésta a vuestros hijos y, puesto que para entonces ya seréis adultos y responsables, no lo haréis porque no necesitaréis de ningún día en el calendario para demostrar a vuestros hijos lo mucho que los queréis, y, sobre todo, de lo orgullosos que os sentís al saber que disfrutan de las mismas oportunidades de ser felices que los niños del vecino, aunque ese vecino esté situado en el lugar más alejado de la Tierra.

«Un beso de despedida de los Reyes Magos que, a partir de ahora, dejamos ya de serlo. Nos difundiremos en el mundo real, hasta hacernos invisibles».

FIN

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Cuento de invierno: El niño que cogía truchas con las manos

3 enero, 2014 By amarias2013 Deja un comentario

Por los veranos, la casa grande se llenaba de actividad. A final de cada primavera, se abrían de par en par sus puertas y ventanas, para airearla de la humedad acumulada durante el invierno. Se revisaban las filtraciones de las paredes y, si hacía falta, se pintaba alguna pared, se reponían las tejas que se habían roto para controlar las goteras y se sacaban los sillones de mimbre y sus correspondientes cojines de hierba seca a la azotea.

A través de las rejas del portillo que cerraba el alto muro de piedra coronado por hileras de cristales de botellas con peligrosos bordes, yo podía ver el ajetreo. Dos mozas de las del pueblo, contratadas como criadas de temporada, sacudían frenéticamente las alfombras, quitaban las colchas que habían cubierto los muebles y limpiaban el polvo acumulado sobre los libros de las estanterías. Finalmente, fregaban hasta dejarlos como los chorros del oro, los suelos de madera de castaño del comedor y los pasillos, haciendo que todo oliera a limpio, es decir, a jabón Lagarto y a lejía.

Era siempre domingo cuando llegaban los inquilinos de la casa grande. Venían en dos coches. En el que iba delante, viajaban los señores y algunas maletas. El era magistrado de la Audiencia, un tipo muy importante, que hablaba poco y jamás se mezclaba con nadie, pienso que para no contaminarse. Conducía. Ella, había heredado la casa de un medio hermano que había hecho las américas y al que unas fiebres reumáticas le habían dejado para siempre por allá; tampoco era precisamente alegre como unas pascuas.

En el segundo coche, que manejaba «un propio», venían los niños (un varón y una hembra), el perro pekinés, y atado a la baca, bien ajustado con cuerdas recias de calabrote, un colchón doblado.

Aquel año en concreto del que más me acuerdo, vino también una joven francesa que había sido contratada como institutriz o algo similar. También recuerdo una frase que pronunciaba frecuentemente, con su voz cantarina, aquella joven empleada. Lo hacía, supongo, no tanto por reprender a los pequeños como por justificar su sueldo como asistenta au pair: comportévú lesanfán.

Era una mujer muy simpática, que me daba caramelos y algún bocadillo con una onza de chocolate y manteca, bailaba con mucha gracia en el salón cuando hacían fiestas y no tenía problema en enseñarnos las piernas a los muchachos, haciendo ágiles volatines de su propio cuerpo, que muy bien podría estar compuesto de alambres sino fuera porque era evidente que su composición era de carne.

Yo me hice desde el principio amigo del chico, que tenía más o menos mi misma edad y se llamaba Gasparín. La niña era algo más joven y no me caía nada bien; había heredado los palos de escoba de sus padres, miraba por encima del hombro a todos los del pueblo. Lo juro, no recuerdo su nombre.

Fue la nuestra una amistad singular, de íntimos amigos, aunque tengo la impresión de que mi amigo nunca supo que lo fuéramos tanto. No le dejaban salir fuera del cercado de piedra de la casa grande. El alto muro de piedra la convertía para los ajenos en una fortaleza, pero también era para él, su cárcel.

Pasábamos muchas horas juntos, porque yo acompañaba a mi padre, que era el jornalero para todo en la casa grande. Mientras mi padre se encargaba de atender el jardín y la huerta, podaba los setos, injertaba los árboles, picaba leña, alimentaba los mastines, regaba los frutales, recogía la fruta, o llevaba los desperdicios de la casa al estercolero con la carretilla, nosotros, los niños, jugábamos.

Enseñé a mi amigo a hacer trampas para pájaros, a distinguir un nido de malvís de otros de urraca, a coger avispas y abejas por las alas, a sacar grillos de sus agujeros, distinguiendo los machos de las hembras, y a predecir el tiempo del día siguiente mirando las nubes rojas de poniente.

El me enseñó, sobre todo, a entender que no era diferente.

Una noche, nos escapamos al río, y le enseñé a coger truchas con las manos, haciéndoles cosquillas mientras dormían, buscándolas bajo las piedras con una linterna que yo llevaba. Regresamos ateridos, pero muy contentos. El estaba encantado de quedarse con todo lo que habíamos pescado-una media docena de peces, y una de ellas de casi medio kilo-, porque deseaba enseñárselas a su padre, y hacerle sentirse orgulloso.

-Las dejaré sobre la mesa de la cocina, para que mamá las vea cuando se despierte; se pondrá muy contenta -fue su despedida.

Al día siguiente, mi padre me levantó de la cama a trompicones y me riñó muchísimo. Me prohibieron volver a ir a la casa grande.

-¡A quién se le ocurre llevar a un chico de ciudad al pozo Verdugo! ¡Podía haberse ahogado! -gritaba, mientras me sacudía. Pero no me hizo daño.

De todo esto hace ya bastantes años. Quizá cuarenta, puede que incluso alguno más. Mi amigo y yo no volvimos a vernos. La casa grande estuvo cerrada mucho tiempo, y a través de las rejas del portillo apenas se veía ya nada, porque la yedra cubría la entrada. Nadie la cuidaba; no había perros mastines que la guardasen, los frutales se secaron y las urracas anidaron en las ramas más altas y en la chimenea.

Yo tuve pronto que ganarme la vida, y me fui a buscar trabajo fuera, al extranjero, que era donde lo había. Tuve poco contacto con el pueblo.

Hace poco tiempo que regresé definitivamente al pueblo, a la casa que había sido de mis padres, ya fallecidos, y que también había sido abandonada. Me encontraba muy cansado, con el ánimo de quien ha sufrido una derrota definitiva. Estaba convencido de que mi vida había sido un fracaso, porque, sintiéndola ya casi en su final, no tenía hijos que me cuidaran, me encontraba divorciado pos segunda vez, sin trabajo ni ganas de buscarlo y la mayor parte del dinero que tenía ahorrado se lo habían devorado los abogados.

Con cariño y nostalgia, sabiendo que no tenía nada mejor que hacer en el resto de mi tiempo, restañé las grietas y desconchados de la fachada, reparé el tejado y vi con emoción que el naranjo que había sido mi confidente en las noches en vela, aún se mantenía en pie, apoyándose tal vez en el mar de zarzamoras que dominaba la pequeña huerta.

Esta misma tarde, una persona mayor, con profundas entradas y el rostro de aspecto cansado, se me acercó mientras estaba repasando con pintura blanca la puerta de la casa que me pertenecía.

-¿Será usted, por casualidad, el niño que cogía truchas con las manos? -me preguntó.
-¿Gasparín? -fue lo que salió de mis labios, mirando con sorpresa desbordada al desconocido.

Nos analizamos mejor, nos reconocimos sin dudas, y me fundí con aquel hombre que venía de la casa grande, hecha una ruina, en un abrazo. Sí, yo era el niño que cogía truchas con las manos. Algo quedaba de nosotros todavía.

Era solo cuestión de descubrirlo.

FIN

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Cuento de invierno: Encuentro entre el joven innovador y un empresario retirado

2 enero, 2014 By amarias2013 Deja un comentario

Todo empezó con un sueño de los que se recuerdan al despertar, como si hubiera quedado adherido para siempre a la realidad del día anterior o se esforzara en formar parte de la del día siguiente.

El caso es que el joven innovador no había podido dormirse hasta avanzada la noche. La oportunidad que se le presentaba ante sí, era merecedora de tal vigilia. Por fin, tendría la ocasión de presentar su original invento a alguien con posibilidades económicas para financiarle su desarrollo y posterior comercialización.

A quien iba a ver, era un empresario retirado, de apellido Arnau, que había hecho una considerable fortuna en el campo de la construcción y que, inesperadamente, -hacía apenas un par de meses-, había decidido liquidar su boyante complejo.

Los diarios económicos se habían hecho amplio eco de la noticia, y el mundo de los negocios estaba muy alterado, puesto que eran varios los grupos internacionales que pretendían hacerse con el apetitoso bocado. Todo hubiera hecho pronosticar una drástica disminución de la facturación, mientras se concretaban los términos de la operación. La decisión había sido tan precipitada que los directivos de la firma desconocían con anterioridad el propósito del capitalista y la improvisación había sido tal que ni siquiera se había redactado el cuaderno de ventas.

La conmoción mayor, sin embargo, llegó cuando el magnate indicó, en una entrevista corta concedida a una televisión autonómica, que su hija se haría cargo del emporio de inmediato.

La cosa resultaba realmente sorprendente, puesto que la designada como sucesora carecía de la menor experiencia en el mundo de los negocios. Verdaderamente, no tenía ninguna en ningún campo conocido, salvo, eventualmente, en el de la adoración a los espíritus y en los ejercicios de contemplación mística. Había estado recluida en un convento de madres clarisas, en donde habían transcurrido, como monja de clausura, sus últimos diez años, desde que cumpliera los diecisiete.

Por especial dispensa, se le había autorizado a renunciar a sus votos y dejar los hábitos, hasta que la operación financiera de liquidación de los negocios paternos se ultimara, ya que la mitad de lo que se obtuviera se destinaría a engrosar los maltrechos fondos conventuales. La otra mitad se habría de destinar a obras pías, sostenimiento del progenitor, que pensaba retirarse al monasterio de Yuste (en memoria de Carlos Primero, de quien se declaraba admirador) y, en lo que resultara remanente, a misas por su alma, cuando el óbito sucediera, lo que no había razón alguna para imaginar como evento próximo.

Nadie conocía el rostro de la joven exclaustrada, que pasaba la mayor parte del tiempo junto a su padre, curándole de las molestas jaquecas y revisando cifras y más cifras de los informes de evaluación de los expertos. Cuando era imprescindible que se presentara en público, bien ante los empleados o los asesores financieros, aparecía cubierta con un antifaz, más bien, una careta, pues le ocultaba hasta casi el labio superior.

Se podría deducir algo de su belleza por su voz cálida y el cuerpo esbelto, que se entreveía (el segundo) por los ropajes, a modo de sotana de hilo finísimo, que ocultaba sus formas. Lo que verdaderamente resultaba sorprendente era advertir su poderoso carácter y fuerte temperamento, pues ponía gran énfasis en sus opiniones, que, a los que las escuchaban, aparecían, por lo general, ponderadas y atinadísimas.

El joven innovador había soñado que la hija del empresario al que iría a ver a la mañana siguiente era, en realidad, una artista circense. Su número consistía, en realizar operaciones de telequinesia, combinadas con cambios vertiginosos de vestuario. En su sueño y como colofón de la visión fantasmagórica, la monja clarisa se le aparecía en lo alto de la carpa, suspendida de unas a modo de jarcias, portando unas unas alas angélicas y un mantón de color celeste que le tapaba hasta los pies; pero, en otro periquete, la descubrió a lomos de un elefante, luciendo unas mallas muy apretadas, que encubrían someramente unas piernas tan hermosas como las de una corista.

A punto de despertar había visto que la joven, Bárbara Arnau, anunciaba su número como La monja transformista.

El joven innovador, Mariano Calandre, había estado investigando profusamente sobre la manera de hacer proyecciones fundamentadas sobre el destino de las almas. Estaba convencido de que su invento, si contaba con la comercialización adecuada, podría cambiar el fin del mundo. Aportando a la máquina la fecha del nacimiento, una huella digital completa de la mano izquierda y una foto de alta resolución del iris, permitía, siguiendo complejos algoritmos, adivinar la fecha de fallecimiento de cada persona.

Lo había probado ya con algunas personas, y había funcionado a la perfección. El mismo había sido sujeto de su propio invento; podía estar tranquilo: aún le quedaban cincuenta y tres años de vida, dos meses y veintiún días. Para completar el cuadro, llevaba en el bolsillo una carta de recomendación de su mentor, admirador de Juan Benet, y, entre otras coincidencias notables, se decía conciudadano de Región.

El empresario retirado lo recibió fumando un puro, en el último piso del rascacielos en donde tenía instalado su despacho, y que daba acceso directo al helipuerto instalado en la terraza del edificio.

-Habla, joven. Tengo solo cinco minutos para dedicarlos a tu propuesta, pues debo irme a jugar a la petanca con varios caballeros jubilados. -expresó, ofreciéndole asiento en una de las sillas de querencia, el prócer.

El joven, sacó de la cartera que llevaba algo parecido a un estuche de colorines, al que estaban incorporados, unos a modo de escáneres y una pantalla de cristal líquido.

-Mi máquina de calcular permite saber, sin error, la fecha de nacimiento de una persona, por lo que será posible a cada cual programar lo que va a poder realizar el resto de sus días. -explicó, poniendo el estuche sobre la mesa, y, después de pedir educadamente permiso, enchufar la máquina en una de las tomas eléctricas del despacho, acoplándole un alargador.

-¿Y qué pretendes hacer para demostrar su funcionamiento? -preguntó el empresario.

-Pues no se me ocurre cosa mejor que, con el debido respeto, aplicárselo a Vd. -contestó el decidido joven.

Y dicho y hecho, sin mediar más palabras, y superando el efecto sorpresa del más anciano, le aplicó la mano sobre uno de los escáneres.

-La fecha de su nacimiento no hace falta que me la proporcione, pues la he tomado de la Wikipedia -aclaró el muchacho inventor.

Un terrible fogonazo sacudió la escena y, entre convulsiones, el empresario, fallecía, electrocutado. Algo había fallado, seguramente. El joven se inclinó sobre la pantalla, que, después de un ligero parpadeo, señaló la fecha del día de hoy.

-¿Ve? -fue lo que se le ocurrió decir al joven, arrimándole el monitor al cadáver- No ha fallado.

La monja clarisa exclaustrada sufrió un ataque de nervios cuando se enteró de lo que había pasado. Al joven inventor le acusaron de homicidio involuntario, pero pudo demostrarse que la máquina había funcionado correctamente. Y se cumplió, como era de esperar, lo dispuesto en la Declaración de Últimas voluntades

Lo que no me quedó claro es si hubo alguien dispuesto a financiar el desarrollo ulterior del invento ese que permite, tan certeramente, pronosticar la fecha de la muerte de un ser humano. Podría tener interés, aunque me pregunto para qué.

FIN

(Este cuento de apariencia estrambótica es mi homenaje particular a uno de mis autores preferidos, el insigne ingeniero Juan Benet, de quien he tomado prestadas algunas ideas, tan someras que ni siquiera llegaron por él a ser expuestas, inspirándome, entre otras, en su obra «El preparado esencial», obra teatral compuesta en 1965 para ser representada en petit comité. Juan Benet, Teatro Completo, Siglo XXI, 2010)
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Cuento de invierno: El Catálogo

1 enero, 2014 By amarias2013 Deja un comentario

Habían llamado varias veces a la puerta, incluso aporreándola. Pascual Manzano dormía apaciblemente, porque la noche anterior había sido ajetreada.

-¡Señor Manzano, señor Manzano, tengo un paquete urgente para usted! -era la voz del cartero, que se desgañitaba, cansado de esperar.

Por fin, Pascual Manzano despertó, se puso la bata y las zapatillas, fue al baño, se miró en el espejo, y, arrastrando los pies y frotándose los ojos, se acercó a la entrada, abriendo la puerta.

El cartero le alargó un sobre voluminoso.

-Tiene que firmarme aquí. Y aquí. Y aquí. -le dijo el empleado, señalando un lugar en varios papeles.
Pascual Manzano firmó donde le indicaban, cerró la puerta empujándola con el pie hasta que oyó el chasquido de cierre del pasador, dejó el paquete encima de la mesa del comedor y se volvió a la cama.

Ya eran las tres de la tarde, cuando se despertó por segunda vez en aquel día. Entonces descubrió el paquete, al que no había concedido ninguna importancia. Leyó su nombre en el sobre, y le extrañó la dirección: «Donde quiera que esté».

De pronto, se acordó de quién había escrito aquel sobre y por qué. Había sido él mismo, hacía cuarenta años.
Y lo que contenía el sobre era un Catálogo. Con letra de escolar de bachillerato, podía leerse: «Catálogo de las cosas que considera más importantes y que más me preocupan en este momento a Pascual Manzano».

Recordó también que, hacía justamente cuarenta años, había confiado a su buen amigo de entonces, Samuel Perogrullo, una encomienda singular:

-Prométeme que, cuando pasen cuarenta años justos, me enviarás este Catálogo, donde quiera que esté. Quiero saber si, para entonces, habré cambiado o seré el mismo de hoy.
-Te lo prometo -le había dicho Samuel, guardando el paquete.- Yo te daré también una lista de lo que me parece importante, para que me la envíes dentro de cuarenta años.

Había perdido de vista a Samuel poco después de la singular promesa, y, desde luego, no se había acordado en absoluto de enviarle a su amigo de entonces el sobre con lo que el otro consideraba importante. Ni siquiera estaba seguro de que hubiera habido tal entrega. ¿Dónde estaría ahora Samuel Perogrullo, qué hacía, qué había hecho?

Estaba manoseando el Catálogo que el adolescente que había sido Pascual había redactado con tanto cuidado, con las gafas algo empañadas por un repentino acceso de sentimentalismo. En una de las páginas, encontró una tarjeta de visita.

No tenía impreso nombre alguno, pero sí unas frases. Tardó en descifrarlas, porque la letra era casi ilegible. Rasgos picudos, firmes, muy personales.

Decía: «Mi marido, que en paz descanse, me encareció que cuando llegase el uno de enero de 2014 le enviara a Vd. este sobre, porque contiene información que, al parecer, le será de máxima utilidad». Seguía una firma, unas iniciales.

Entonces comprendió que no se encontraba con ganas, ni ánimos, ni curiosidad, para leer lo que decía aquel Catálogo. Tenía, eso sí, la seguridad, de que ninguna de las preocupaciones que hace cuarenta años le habían ocupado los sentimientos permanecería vigente. No se acordaba de nada, de ninguna.

Se fue a la nevera, arrastrando los pies, y tomó un tetrabrik de leche desnatada, sirviéndose un vaso colmado, que tomó con galletas. No tenía idea de cómo pasaría aquel día.

FIN

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Cuento de invierno: El año que se perdió

31 diciembre, 2013 By amarias2013 Deja un comentario

Algunos de los habitantes de aquel lugar no sabían aún lo que pasaba -quiero decir, exactamente-, pero todos estaban seguros de que estaba sucediendo algo muy lamentable.

-Hemos perdido un año -fue, por fin, lo que acertó a expresar el portavoz oficial de la Academia de Sucesos y Hechos Consignables, que estaba realizando, como era normal desde que el tiempo es tiempo, la historia del lugar.

-¿Cómo pudo haber sido eso? -era la voz generalizada.

Buscaron entre las decisiones baldías, las discusiones sin objetivo, las protestas injustificadas, los descalabros manifiestos. Pero no encontraron el año. En el mejor de los casos, descubrían restos de otros años, que habían pasado desapercibidos.

-¡Mira qué curioso! -decía a su compañera de despacho en el Ministerio de Asuntos Urgentes, una funcionaria de nivel 27- Ordenando viejos archivos, he encontrado esta medida perentoria de hace diez años, que se me había traspapelado.
-Si yo te contara…-fue el comentario que obtuvo de su colega-. ¿Te acuerdas del expediente macrocefálico por el que se ordenó la demolición inmediata de un hotel totalmente ilegal en la Costa Placentera que pertenecía a la familia Porbolas?
-Algo me viene a la mente, sí. Se había armado mucho alboroto, y las asociaciones ecologistas estaban revueltas. Pero desapareció todo el mamotreto en un incendio, según me parece, y no se pudieron reconstruir más que las disculpas eximentes -expuso la primera, aprovechando el momento para arreglarse el moño con un prendedor de hojalata.
-Pues apareció ayer sobre mi mesa. Completito. Lástima que ya hayan caducado las acciones pertinentes y el hotel sea ahora propiedad de la mafia rusa, en donde tiene instalado un casino ilegal -concluyó la funcionaria segunda, lanzando un penetrante suspiro, que no trascendió más allá de la puerta blindada.
-Tiempos difíciles. Pero qué se le va a hacer. No es nuestra responsabilidad mejorar el mundo.
-No.

Los recovecos de la Administración Pública no eran los únicos lugares en donde se había estado buscando desesperadamente el año perdido. También la iniciativa privada había realizado una exhaustiva pesquisa, con idéntico resultado aparente. Los matices eran casi imperceptibles, pero existían para quien quisiera profundizar en ellos.

-Parece mentira que haya todavía gente que defienda que la gestión pública es mejor que la privada -expresaba el general director asociado de una empresa multinacional encargada de explotar eficientemente un servicio de primera necesidad, tomando el aperitivo de media mañana con su secretaria.
-Es típico de la izquierda irredenta -apostillaba la mujer, que aún estaba de buen ver y que se sabía, por supuesto, la lección estupendamente-. Quieren hacernos ignorar que los que se encargan de la gestión de las empresas públicas son incompetentes y corruptos y que el personal no está motivado, como en las empresas privadas.
-En efecto, en efecto. La gestión privada es la única que puede conseguir beneficios de los servicios de primera como de cualquier necesidad. Mira cómo les va a las pocas empresas públicas que aún quedan por privatizar.
-Ya.
-El bien común, como ya dice el Catecismo del Mercado, es la suma de los intereses individuales, y no se puede construir la casa por el tejado. Amén -y mientras tanto, desaparecían como por ensalmo las aceitunas y el guiski escocés-. Ponnos unas anchoas, Persuadido, ¡pero que sean de Bermeo, no de Borneo!, ¿eh?

Sin embargo, a pesar de los pesares, el año perdido no aparecía por ninguna parte.

Lo peor fue descubrir que no se había ido solo, que se había llevado muchas cosas.
-¿Dónde está la revisión de mi pensión de jubilación, que no la veo entre las promesas de hace dos años? -preguntó, asomándose a la ventana, un anciano que se había estado descornando durante más de cuarenta años descargando paquetes de chapa y fleje en una siderúrgica del norte del país, hoy en manos indias.
-¡No encuentro la ayuda para estudiar que me es imprescindible! -se lamentó una joven, después de revisar, inútilmente, su cartapacio con buenas notas y darse cuenta de su carencia de medios para seguir en el empeño.
-¿Alguien sabe dónde puedo encontrar mi empleo, que me dijeron que estaba garantizado? -inquiría, angustiado, un muchacho con aspecto de haber estado toda su vida formándose para tenerlo. Una mano extraña le señalaba, con gestos, la salida.

El año perdido se había llevado muchos de los logros sociales que se creían afianzados en la sociedad del bienestar, pero también, había conseguido arrancar con él la ilusión y la confianza de muchos corazones, dejando un poso de amargura muy molesto como contrapunto.

-¿Qué podemos hacer? -era la pregunta generalizada, salvo en unos pocos reductos en los que no había necesidad de hacerse preguntas, porque solo les interesaban las respuestas que les complacían.

Estaban en esas, cuando apareció un tipo tan campante, con muy buen aspecto. Parecía que la crisis no contaba con él.

-Yo lo solucionaré -dijo, decidido, quitándose el sombrero y arremangándose la camisa.
-¿Quién eres tú? -le cercaron, atónitos por el desparpajo, las gentes del lugar.
-Soy el año nuevo -fue la respuesta sonriente-. Y, mi fórmula es muy sencilla. Solo miro hacia el futuro. Así que dejar de preocuparos por lo que pasó, y trabajad con ahínco por lo que queda por venir.

Resultó una magnífica propuesta. Y los lugareños (la mayoría) se olvidaron de seguir buscando el año perdido, pero no por ello dejaron de hacer la mayor parte de aquellas cosas que no habían podido o querido, realizar con anterioridad. Aunque lo que más les satisfizo es encontrar que el año nuevo tenía muchas, pero que muchas, oportunidades. Solo tenían que estar atentos a descubrirlas, sin dejarse engañar por los que solo miraban lo que a ellos únicamente convenía.

FIN

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Cuento de invierno: El inconfesado privilegio de la cantante calva

30 diciembre, 2013 By amarias2013 Deja un comentario

El Sr. y la Sra. Pérez están sentados en torno a la mesa de la cocina, mientras el reloj de la Plaza del Sol emite las primeras veintisiete campanadas.
Sr. Pérez: ¡Vaya, hace solo unas horas que ha terminado 2013 y aún estamos esperando a que llegue!
Sra. Pérez: Ha sido un año terrible, y si no ha acabado, es normal que se retrase su comienzo. Lo mejor sería que no llegara nunca, porque entonces seríamos tan felices como si no hubiera existido jamás.
Sr. Pérez: (Se limpia con la servilleta los restos de confeti) El pavo estaba exquisito, mucho mejor que el del año pasado, aunque no recuerdo si el año pasado tuvimos pavo para cenar. Debe ser porque esta vez no lo has rellenado de orejones ni pasas.
Sra. Pérez: No lo creo. El año pasado tuvimos a tu madre por estas fechas, Y este año no le he puesto pavo al pavo, lo que le da un gusto especial.
Sr. Pérez: Sí, lo he notado. Un sabor a pavo muy característico, como el que no comimos el Día de Acción de Gracias. (Se produce un pequeño silencio, que puede durar entre diez o solo unos pocos minutos. Cuando está a punto de terminar el enojoso paréntesis, el Sr. Pérez se levanta, parsimonioso, y hace como que mira por una ventana inexistente un paisaje inexistente. Está así, de espaldas al público, durante varios minutos, que parecen un siglo. El reloj de la Plaza del Sol emite tres campanadas y media). Vuelven a ser las doce por segunda vez en esta noche, y la cantante calva sigue sin aparecer. Vamos a tener que celebrar, otra vez, el fin de año sin ella.
Sra. Pérez: Me ha dicho la vecina que está de viaje en Londres, para abortar. Ha tenido la mala suerte de quedar embarazada otra vez en el pasillo. Un embarazo claramente no deseado.
Sr. Pérez: ¿Otra vez? No deberían hacer pasillos tan largos en las casas… Luego dicen que no hay dinero. Ganas de fastidiar, es lo que hay. (El Sr. Pérez pronuncia «fastidiar» como si se refiriera a un acto pecaminoso)
Sra. Pérez: Parece que se encontró con un calzoncillo del bombero mientras quitaba el filtro del polvo al aspirador. Estaba agachada, en una postura muy incómoda.
Sr. Pérez: Es intolerable que hagan bomberos tan largos. Deberían ser más exigentes en las pruebas de admisión, como antes.
Sra. Pérez: Me pregunto si lo sabrá su marido. A él le gustan mucho los niños.
Sr. Pérez: No lo creo. Es un hombre la mar de despistado. El otro día se olvidó sus modales como si tal cosa, y salió a la calle con un humor de perros caniches.
Sra. Pérez: En todo caso, habrá que decírselo algún día. La ignorancia es la madre de todos los vicios.
Sr. Pérez: ¿Decirle, qué?¿Qué su esposa ha ido a abortar a Londres o que su pasillo es demasiado largo para un bombero?
Sra. Pérez: (Se sienta sobre la mesa de la cocina, levantándose la falda hasta la altura de los calcetines, que lleva anudados al muslo izquierdo). ¡Qué tonto eres! Seguro que el le ha pagado el viaje y está de vuelta de todo. Es ex-Ministro del gobierno y, gracias a Dios, no le faltan recomendaciones para hacer lo que le venga en gana. Trabaja para una multinacional desde que fracasó como Ministro.
Sr. Pérez: Pero…¿lo sabe, no lo sabe? Me muero de curiosidad.
Sra. Pérez: Se lo preguntaremos al bombero, él suele estar bastante enterado de lo que pasa por ahí, y, sobre todo, por aquí. (Suenan las últimas veinte campanadas. La Sra. Pérez trata de seguir el ritmo comiendo uvas, pero se atraganta y las escupe). ¡Cómo pasa el tiempo, parece que fue ayer cuando éramos terriblemente felices! Y eso que, en aquel tiempo, no teníamos nada. Ni reloj.
Sr. Pérez: Sí, como no teníamos nada, cualquier cosa que hiciéramos nos bastaba para creer que hacíamos algo (Se queda pensativo). Este reloj retrasa continuamente. Así no hay quien se ponga de acuerdo sobre el momento en que hay que decidirse a ser feliz.
Sra. Pérez: Piensa en positivo. Por lo menos, nosotros no tendremos que ir a Londres a abortar.
Sr. Pérez: (Se mira los pantalones, y hace un gesto de impotencia). No, ya no nos hace falta. Desde hace años no vamos a ninguna parte. De la cama a la mesa, de la mesa a la cama. Un día, y otro, y otro.
(Llaman al timbre. Aparece la cantante calva, luciendo un moño estrambótico y el bombero, que se distinguirá porque lleva un casco de motorista. La Sra. Pérez se va hacia la falsa ventana y hace como que mira por ella, sin mirar).
Sra. Pérez: ¡Adelante! La puerta está abierta, Como no tenemos llave, tampoco tenemos puerta.
(Entran los recién llegados, y el Sr. y la Sra. Pérez se disponen para salir).
Cantante calva (con un tono algo cantarín, pero no demasiado, como de haber bebido unas sidras): Venimos de alborotar en Torrelodones.
Sra. Pérez: Había entendido que se habían ido a disfrutar de Londres este fin de semana.
Bombero: Era solo para despertar sospechas y presumir. En realidad, no hemos salido del país.
Sr. Pérez: Qué decepción. Es una broma intolerable, impropia de gente decente. No lo toleraré. No es propio.
Cantante calva: Pero, piense, Sr. Pérez, que ha tenido el mismo efecto. Todo quedará en casa. Eso sí, para que no vuelva a suceder, he mandado que reduzcan mi pasillo a la cuarta parte. Una couloirtomía, creo que se llama. De esas que hacen gratis en las clínicas de inseminación in vitro.
Sr. Pérez: (para sí) Hasta que no reduzcan el cuerpo de los bomberos no dejará de haber incendios en las casas. Sin contar con que los niños que nacen en una probeta no creo que tengan el alma como los demás. Al menos, no todos. Tal vez, uno de cada seis o siete. La Iglesia de Madrid no consentiría tamaño despilfarro.
Sra. Pérez: (Intenta marcharse del escenario, arrastrando durante un rato, sin darse cuenta, la mesa; la vuelve a poner en su sitio, cuando advierte que se está quedando con el culo al aire) ¿Se lo ha dicho alguien al marido de la cantante calva, antes de que se entere por otra persona que no sea de su confianza? Y todavía más importante: ¿No habrá nadie que explique a la gente que la fecundación artificial es una estafa, y que los niños que nacen de una probeta no tienen alma hasta que son niños?
Bombero: Imposible. Está de viaje de negocios en Londres. Ha ido a abortar con su único amor de toda la vida. Dicen que solo te hacen una pregunta, algo así como cuánto dinero tienes. Aunque es necesario jurar que no eres católico ni nada de eso.
Cantante calva: Es porque abortar allí es legal si puedes permitírtelo. Yo prefiero ir a alborotar a Torrelodones, que es lo que yo he hecho. Me gusta, porque sigue siendo ilegal y es mucho más barato, porque todo queda en casa. (Avanza hacia el frente del proscenio). ¿Les canto algo, o les vale igual que guarde silencio durante el mismo rato? ¿Les gustaría que callara el aria Glitter and be gay?
(Hay un largo y apestoso silencio. El bombero y la cantante calva ocupan exactamente los mismos sitios que el Sr. y la Sra. Pérez. El reloj de la Plaza/Puerta del Sol emite veintisiete campanadas)
Bombero: ¡Vaya, hace solo unas horas que ha terminado 2013 y aún estamos esperando a que llegue!
Cantante calva: Ha sido un año terrible, y si no ha acabado…
(Cae el telón. Un tipo, que se parece mucho al Presidente de Gobierno o al Ministro de Justicia, pero que lleva un cartel al cuello en el que se lee Eugene Ionesco -o algo parecido- invita a la gente a que se marche, pues la función está a punto de empezar y deben dejar la sala vacía. La cantante calva sigue exactamente el libreto, aunque ahora lo va cantando con su voz de contralto de coloratura).

FIN

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Cuento de invierno: Ego

29 diciembre, 2013 By amarias2013 Deja un comentario

Al nacer, lo primero que hizo fue mirarse el ombligo. Con todo, nadie advirtió el menor problema que aventurase su peculiar desarrollo posterior. El parto había sido normal, siguiendo los protocolos y cauces naturales; el peso de la criatura se situaba en el percentil coincidente con la moda; la longitud resultaba ni desmesurada ni corta, acorde.

Como cualquier naciente, no bien le habían puesto sobre la mesa camilla para limpiarle de los mocos, se lanzó a berrear, destemplado, y, como si quisiera tomar posesión de un territorio, lanzó al aire lo que se consideró -por los suyos- salutífera meada.

-Le llamaremos Evo, porque el parto ha sido largo -dijo el padre, que era afamado filólogo, cuando lo tuvo ante sí, contándole de memoria los dedos de las manos y los pies, al tiempo de levantarle con discreción la camisuela.
-¡Qué nombre tan raro! ¿Por qué no lo llamamos Casiopeo, como mi difunto padre? -musitó la madre, que empezaba a sentir los primeros entuertos y no estaba para discusiones baladíes.
-Sea como quisieres. Le pondremos de nombre Evo Casiopeo. Como Evo, indicaremos al mundo que está destinado a perdurar; y si quieres llamarlo Casiopeo, sea porque a ti te da la gana.

No acabó aquí el asunto, pues, cuando el funcionario del Registro Civil anotó la inscripción que correspondía por el nacimiento, por incomprensible alteración fonética -que no por defecto de dicción imputable al progenitor de la criatura-, anotó Ego y no Evo como nombre del nacido, y el error pasó inadvertido hasta que nuestro protagonista recogió el certificado con el que se le acreditaba oficialmente como bachiller.

No hubo vuelta atrás, porque el Registro era inmutable y por no repetir los años del periplo estudiantil, Evo pasó a ser desde entonces, Ego, a lo que, por la proximidad acústica, nadie prestó importancia, pues el progenitor filólogo había fallecido un año antes, víctima de un discusión fatal con los colegas de la Academia, que su corazón no había resistido. (No trascendió el asunto de la controversia, aunque el conserje asegura que se estaba tratando en Sesión plenaria la incorporación a la próxima edición del Diccionario de una nueva acepción al verbo tremolar).

La única que podía haber puesto el grito en el cielo, su madre, siempre lo había llamado Casiopeo.

Si el hábito hace al monje, no digamos el nombre. Ego recubrió de honores y méritos al mismo de inmediato. En realidad, fue como si hubiera tomado consciencia repentina de la dimensión de su yo interior. Aunque en el aspecto exterior no llegó a adquirir gran contextura, resultando quedar más bien canijo, cuando se trataba de valorar sus cualidades ocultas, Ego se veía poseedor de las mismas en tales proporciones que su pretensión era claramente desproporcionada, lo que, como a todo presuntuosos, solo a él pasaba inadvertido.

Ego, que ya se creía listo de raíz, pasó a considerarse el más capaz en todo. Si antes se juzgaba el más adecuado para algunos concretos asuntos, al poco, con o sin razón, empezó a ponerse medallas en los más variados y por cualquier ocasión, ya fueran por su propio mérito o de otros, resultaran derivadas de hechos reales o de historias inventadas. Era el mejor en saltar obstáculos a la pata coja, memorizar versos sueltos de Rilke, y enhebrar agujas sin ojo con los suyos cerrados. Apostaba con los pocos amigos que le iban quedando, ser el más diestro en las materias más insólitas, tanto las pertinentes como las inútiles. Cuando acertaba, su propia estimación crecía peldaños; si fallaba, olvidaba de inmediato su fracaso.

-¿A que te gano a decir palabras que empiecen por Orto? -parece que le preguntó a una compañera de la Enseñanza Secundaria, que le gustaba algo, a la salida de un cine en donde acababan de ver una reliquia en versión original.
-Solo conozco Ortopedia y ortorrinolagingólogo -fue la respuesta que obtuvo de la muchacha, a la que no volvió a ver.

Ego acumulaba aficiones, y en todas estaba dispuesto a triunfar, sin que tolerase la menor oposición a su impenitente liderazgo. Cuando iba de pesca, no le importaba volver a casa con las manos vacías (que era lo habitual, pues los peces que pudiera haber en los ríos nadaban ya en el otro mundo); al cabo del tiempo, Ego se apuntaba mentalmente a un nuevo éxito, del que alardeaba ante quienes no habían ido con él, ni, por supuesto, interesaba el tema.

-¡Pescata la de aquél día de hace tres años, en los albores de mayo! Cogí un mogorro tan grande que tuve que cortarle la cola para que cupiera en el maletero del coche… -explicaba a los colegas de la Asociación de Cazadores de Muflones, a los que había invitado a pinchos de tortilla.
-¡Abatí un macho de doscientos puntos a medio kilómetro de distancia! -presumía en la Tertulia de Amigos del Salmón Noruego, mientras degustaban unas aceitunas rellenas de sucedáneo de anchoa y vermut de garrafa, que él había pagado.

Ego, que no tenía abuelas, engordaba su yo en la medida en que su empatía enflaquecía. Sacando el hilo a su madeja de virtudes soñadas, la bufanda de su egolatría le daba cada año varias vueltas al cerebro.

Se hizo insoportable. Se tenía, sin tapujos ni límites, por el más ingenioso, el mejor, el único que valía. Estaba siempre presto a detectar defectos ajenos y ensalzarse a sí mismo; encontraba giros vergonzantes y retruécanos lastimosos para las frases de otros, apretándoles en su humildad, discreción o bonhomía, y se aficionó a contar chistes y chascarrillos que el solo reía, a carcajadas.

El comienzo de la vejez, no le impidió seguir encontrándose tan guapo. Al contrario, para resaltar las canas, se hizo confeccionar una colección vaporosa de sombreros de ala corta. Usaba varias capas españolas para ocultar su incipiente cojera (artritis del trigémino), ardides con los que creía despertar pasiones de ambos sexos, las que, en todo caso, despreciaba.

Murió en olor de egolatría. Nadie acudió a su funeral, ni siquiera él mismo. No encontraron su cuerpo cuando, al cabo de unos meses, advirtieron su ausencia y, yendo los del club de Regatas a su casa acompañados de la policía, se toparon con el piso vacío y una nota manuscrita en la que Ego afirmaba que un carro de fuego tirado por caballos de idéntico fulgor había venido a buscarlo para llevarlo, indemne, al Paraíso, en donde volvería a llamarse Evo, para siempre incorrupto.

El conserje (el mismo de antes) cree que todo este manejo no es sino un truco de Ego para llamar la atención, pero lo cierto es que no se supo más de él y, pasados los años pertinentes, un sobrino segundo, para cobrar algo de la herencia, solicitó que le expidieran el certificado de ausente y, por dispensa papal, el obispado accedió a que se le dedicaran unas misas in corpore svanito.

No me fío. Cuando noto que, cerca de mí, alguien empieza a enaltecerse, temo que Evo Casiopeo se haya reencarnado en su pellejo y huyo de él como de la peste. No estoy para mediocres sublimados, ni para aguantar egos de personajillos de opereta.

FIN

Publicado en: Cuentos y otras creaciones literarias Etiquetado como: ego, egolatría, empatía, sublimado

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