En el día de la mujer trabajadora
No habrá manifestaciones en Madrid en apoyo del 8 de marzo, día de la mujer trabajadora. No las habrá, al menos, autorizadas por el Gobierno, para evitar aglomeraciones que puedan provocar la activación de nuevos focos de la pandemia.
Esta situación no impide que diversos representantes de colectivos ocupados en glosar el papel de la mujer, saquen a relucir sus argumentos. Por supuesto, la cuestión de fondo principal es la dificultad de la mujer, en un mundo aún dominado por el varón, para acceder a puestos de responsabilidad, para conseguir globalmente cifras de empleo similares a las de los varones o ser remuneradas de forma equivalente por trabajos equivalentes.
Hay aún bastante espacio para conseguir ese objetivo de igualdad socioeconómica y, posiblemente, no será nunca factible llegar a la plena equiparación, limitada por sensibilidades personales, familiares y sociales, que no está siendo fácil desterrar. Pero, para quienes hemos vivido desde épocas no tan pretéritas, casos de marginación y desigualdad que hoy calificaríamos sin reparos de deplorables, el camino andado parece mucho. Si se compara con el estado de la cuestión en muchos otros países, podíamos decir con orgullo que estamos a la cabeza de los logros igualitarios.
Lo que ya no me resulta fácil, es entender, ni conseguir moverme con comodidad, por ese camino tortuoso, en toda esa parafernalia argumental que se asocia a la igualdad de la mujer, a las manifestaciones de género y al movimiento feminista con base populista. Se han colado en esa marmita de intenciones, cuestiones destinadas a causar ruido y barullo, como la legalización de la prostitución (no puedo comprender que haya nadie que apoye esa lacra social y, menos, con el argumento de la libertad de la mujer para el uso que quiera dar a su cuerpo), la libre elección de género o sexo (me pierdo en la distinción semántica) y, ya rizando el rizo, la discusión sobre la edad mínima en que pueda ejercerse ese hipotético derecho, o la cuestión de la carga de la prueba del consentimiento, que se queire vincular al acusado por la víctima como agresor, para los actos ligados a la sexualidad.
Mucho me temo que mi formación de base, las enseñanzas recibidas desde la tierna infancia y, también, obviamente, mi educación católica (no me avergüenzo de ella; al contrario), condicionen la libertad de mi pensamiento en esos temas que considero marginales al propósito fundamental del posicionamiento de la mujer en el podio de la igualdad con el varón. No veo posible un debate sereno, equilibrado, científico, desprovisto del barro mediático o de las vocinglerías de quienes quieren, con la defensa de un argumento o su contrario, asumir protagonismos.
No veo libertad alguna ni derecho defendible al admitir que un niño de doce años pueda elegir cambiar su sexo natural de forma irreversible. No entiendo, y pido perdón de antemano por mi obcecación, las razones que puedan llevar a la transexualidad, aunque defiendo -y reconozco que me ha costado admitirlo- la homosexualidad como una manifestación de la naturaleza, sin que vea en ello aberración alguna, sino carga emocional para quien tiene esa condición, que merece, por ello, protección, lo que no quiere decir que comprenda ni admita la exhibición pública de la misma, a la que algunos conceden autorización para la impudicia.
En fin, en el día de la mujer trabajadora, mi respeto y aplauso hacia todas aquellas mujeres que demuestran, día a día, que son acreedoras a la igualdad con el varón, que desarrollan actividades de todo tipo, en igualdad de condiciones y que, no pocas veces. superan en eficacia e inteligencia a sus competidores del género opuesto. Mi cariño y admiración hacia todas las mujeres a las que he conocido en mi ya larga vida, unas como jefas, otras como subordinadas o colegas y que me han demostrado eficacia, comprensión, capacidad de liderazgo o de emprendimiento y eficacia.
Mi respeto, amistad y reconocimiento a cuantas mujeres, en variados cometidos, circunstancias y momentos, me han mostrado su generosidad, su calidad como personas, su afecto, apoyo o han sabido disculpar mis errores y ayudarme a mejorar como persona. Solicito comprensión si a muchas las he encontrado, además de eficaces, hermosas. No quiero aparecer como un asqueroso machista, sino como un respetuoso admirador de lo que la naturaleza ha dispuesto como ejemplo de belleza.
Y hoy, que es el día de mi aniversario de boda, celebrada en tiempos en que no se conmemoraba ninguna festividad por la mujer trabajadora, rindo también homenaje público a la mujer que ha compartido conmigo, hasta el día de hoy, cuarenta y siete años de su vida, derrochando comprensión, eficacia, inteligencia y capacidad para dirigir con buen rumbo nuestro proyecto de pareja. Porque lo tuvimos y lo tenemos.
Nací con vocación de emigrante (Poema)
Temo que este poema no me generará simpatías entre algunos ovetenses de pura cepa y, desde luego, no ayudará al proceso irreal que me pudiera significar el ser hijo predilecto de Oviedo, pero está escrito con el corazón. Lo que nadie podrá quitarme, incluso desde el más profundo y radical de los desacuerdos con lo que no deja de ser mi historia particular, es que nací en Oviedo. Que siento la decadencia de la ciudad, que atribuyo en buena medida a las tensiones locales viejas, pero persistentes, entre algunos personajes que no han viajado o no han asimilado lo que vieron fuera.
Y, por encima de cualquier consideración y matiz, me siento muy orgulloso de ser asturiano. Un aldeano.
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Nací con vocación de emigrante, en Oviedo,
de un tronco con profundas raíces asturianas,
sin cobijo en la Historia escrita por los vencedores.
Fui un niño aplicado, empeñado en hacer de mi capacidad
un estandarte para escapar.
En mitad de la adolescencia,
al morir mi madre,
el sueño de estudiar en Madrid se frustró
y puse ojos
a conocer mejor la ciudad,
descubriendo que, junto a los barrios
oliendo a brillantina, a Ducados y a incienso,
había prostitutas y chulos en el Naranco,
cenáculos aptos para conspirar en locas aventuras imposibles,
agentes de la brigada especial sentados a tu lado en los bancos de la Universidad,
y letrados de oficio y pasantes haciendo sus dientes con rateros, impagados y coimas.
Entretuve la horas que no dedicaba a estudiar
enredando piruetas con aficionados al teatro
y dedicando versos apasionados a ninfas esquivas.
Cuando, ya casado y con hijos,
estando mi futuro sosegado y escrito,
tuve la verdadera oportunidad de marcharme
a un trabajo que nadie quería;
no lo dudé, hicimos el petate
y nos fuimos a la conquista de un espacio al hierro español en Alemania,
donde aprendimos a controlar las prisas,
elegir bien las palabras si vas a comprar o vender,
distinguir el pepino holandés del más sabroso, cambiar la apetencia a pescado por codillo,
desconfiar de los negocios propuestos por amigos italianos
y saber mirar detrás de las fotos familiares alemanas
en busca del hueco de la esvástica.
En fin, entendimos que nadie espera
la vuelta del emigrante, porque han ocupado tu sitio y borrado tus huellas.
Pero me llamó un Presidente que no conocía
para ofrecerme un puesto en la Administración y no supe resistir, provocando
una polvareda de envidia y recelos
de la parte de algunos parvularios de mi patio de colegio.
Me salvé por los pelos de un oprobio orquestado,
pero no pude ver un pozo más profundo
en el que habían anidado
sabandijas y cuélebres.
La ciudad languidecía,
mercando el ritmo a una región
en la que se apagaba el fulgor
de los cubiletes de acero y el chisporroteo
de las centrales de carbón,
Emigré otra vez, entre el silencio
de colegas y los aplausos de quienes festejaban
mi patada en el culo.
Po el retrovisor,
mientras rehacía mi vida entre descon0cidos,
pude ver cómo algunos de quienes habían hecho de la voluntad de quedarse
la razón de sus vidas
se despellejaban por ser el primero de las clases vacías.
Tuve éxitos, triunfé varias veces, me rehice de algunas heridas
y, para mi sorpresa, cuando volvía a la ciudad donde nací,
siempre me cruzo con gentes cuyo rosto no identifico
que me saludan con un «hasta luego»,
como si no fuera cierto que llevo treinta años ausente.
Oviedo se ha poblado de incógnitos,
aunque cuando cae en mis mandos
algún períódico con noticias de su prevalencia,
encuentro nombres sabidos en una esquela, la foto de un viejo
teorizando sobre cuanto debió hacerse,
y la reseña de grupos de eméritos
celebrando sus bodas de oro con la decadencia,
entre asados de cordero y cachopos de merluza.
Desde una cama del Hospital de Madrid
en donde recibo la sesión de quimio
que han pautado unos seres miríficos:
sonrío mientras esto escribo,
dudando si ser ovetense no fuera conmigo,
al menos ese Oviedín del alma que late en algunos,
con núcleo duro en la calle de Uría
en donde se cuecen los límites
de lo que sebe ser considerado la pauta, lo esencial de esta región,
y que tanto me ayuda a volverme aldeano, sentirme, ante todo,
asturiano. De pueblo, de los sitios donde plantaron sus árboles
mis antepasados anónimos.
12 de enero de 2021
(«La advenidad debería haberme hecho fuerte», @angelmanuelarias)
Del Diario de un Hombre Educado (Poemas)
Entre 2017 y 2018 -sobre todo, en este último año) escribí los 100 Poemas que forman parte del Libro «Diario de un Hombre Educado (para subsistir)». Forman, dentro de mi producción poética, un universo singular. La mayor parte están escritos, contradiciendo lo expresado en el título, en muy pocos días. Aquí recojo algunos:
1
No escribo para alcanzar la posteridad
sino para convencerme de que existo.
Casi todos los días
se me ocurre una nueva paradoja
aunque la más recurrente
me empuja a retornar a casa con las manos vacías.
Necesito cerciorarme
del interés de alguien desconocido
por mi obsesión,
para intercambiarla con la suya.
Si también es un náufrago,
compartiré la tabla que lleva mi nombre,
y confío que resulte suficiente
para mantenernos a flote
hasta el último maremoto.
2
Todos los atardeceres señalan
el final de alguna oportunidad,
En la playa de Santa Ponsa
-a la que no he vuelto
desde hace más de cuarenta años-
contemplo cómo se va el día,
engullido por el horizonte,
Después, caminando por el paseo marítimo
trato de encontrar alguna huella
que me conecte con nuestro pasado.
No reconozco nada.
Puede que solo permanezca
la ficción de haber estado aquí.
27
El musical
ofrecía una tragedia espantosa.
Celos, miseria, asesinato alevoso,
un desahucio
y amor no correspondido.
Los actores
bailaban y cantaban
poniendo énfasis fatal
sobre las desgracias.
El público
disfrutaba de lo lindo
porque desconocía
que a la salida de teatro
la realidad les aguardaba
con una sorpresa.
(1 de junio de 2018)
43
He llegado el primero
y antes de la cita programada
a la consulta del ambulatorio.
Así me da tiempo
para preparar lo que voy a decir
al facultativo,
Duermo mal, me encuentro cansado,
polifágico, neurótico, miasténico,
hipertenso, hipopotasémico,
irritable…
Mientras consultaba mis notas,
la sala de espera
se fue llenando de pacientes.
Me pareció
que todos se encontraban
en peor estado que yo.
Cuando la doctora me preguntó
cómo me sentía
con el nuevo tratamiento,
gané su sonrisa de satisfacción
al mentirle
que estaba curado,
(10 de junio de 2018)
68
Si llego tarde, si llego temprano,
que esperen, espero yo.
Un macho de oropéndola
me provoca
con su silbo inconfundible,
camuflado entre las hojas tiernas
de un abedul.
Me visto de paciencia,
enfocando hacia el ramaje,
sin verlo aún,
sin distinguir su plumaje
-amarillo dorado, vibrante-,
preparado
para el momento (¿mágico?)
en que cambie de sitio
y lo detecte al fin.
Me llaman, han llegado;
será mañana
otra ocasión nacida.
(15 de junio de 2018)
Si os gustan mis poemas, recuerdo que tengo centenares publicados en este blog, que se pueden encontrar agrupados en la Categoría «Poesía».
@angelmanuelarias
No hay mejor momento (Poema)
Son muchos los poemas que tengo escritos, en decenas de libretas y hojas sueltas, que se asemejan a un extraño diario. Para terminar este año fatídico, recupero al azar dos poemas que, según refleja la fecha, están escritos el mismo día. El título de la colección (más de cien poemas) abre todo un escenario de opciones a la fantasía: «Poemas de encargo».
66
No hay mejor momento
que yacer, rendido en tu regazo,
después de haber vencido
a cuanto no merece la pena.
Nada importa después de construir
entre mis brazos con tus hilos más recios
la coraza infranqueable
que nos protege de promesas verosímiles
y otras peligrosas bienaventuranzas.
Estas horas reunidas
no las cambio por todo lo demás.
4 nov, 2009 («Poemas de encargo», @angelmanuelarias)
65
Apenas fue ayer cuando me parecía que me iba
y hoy me noto de vuelta.
Era un niño jugando a darnos trompicones
y peino con mimo las canas con que tapo los huecos en mi calva.
Hénos aquí creyendo cumplido el cometido
habiéndolo hecho lo mejor que supimos, destrozándolo.
Resumiendo mi vida, le encuentro tantos parecidos
a otras de las que nadie ha escrito antes
que desisto al momento de empezar a decir.
Fui como todos. Un genio al tiempo de nacer,
el prodigio de capacidad que envidiaba mi padre,
el mejor hijo que soñara mi madre,
antes que nacieran para sustituirme todos mis hermanos.
Un buen amante allí donde no tuve competencia
y un necio impaciente en no dar mi brazo a torcer;
fui perspicaz incomprendido; padre ilusionado,
me tildaron de pusilánime quienes y donde nunca imaginé.
Fui un escéptico lleno de finuras, sobreviví ahogando penas en alcohol,
creyéndolo el método seguro de recuperarme de algunos infortunios;
aconsejé renunciar, prometí inseguridades,
aceché oportunidades imposibles, resistiéndome a ser el viejo triste
al que conduce en su silla de inválido a un lugar junto al sol,
un joven valido ecuatoriano que soñará a mi costa
en el tiempo que queda para rescatar a su familia
del pozo profundo de miseria
en el que sus antepasados, ambos, o los míos,
los tiraron en sabe Dios qué época,
argumentando sin precisión qué incómodas razones.
(4 de noviembre de 2009 «Poemas de encargo» @angelmanuelarias)
Un soneto tempranero
Como ya comenté en otras ocasiones, el fallecimiento de mi madre en 1966 señaló un hito especial en mi vida, que afectó, también, al tono de mi producción poética, que se tiñó con tonos grises. Aunque el paseo entre el amor y la muerte no deja de ser una constante de los temas líricos, tardé en desprenderme de ese barniz tremendista acerca de la vida.
Tengo pocos Sonetos de «aquella época» (digamos, antes de cumplir los veinte/veintiún años), y este es uno de ellos. Está escrito el 3 de enero de 1968… Hace casi, justamente, 52 años. Yo tenia 19.
Están tocando a muerto por mi culpa
en todas las iglesias de la tierra.
Tocando van, haciendo irá la sierra
mi cajón. Avisad a alguien que esculpa
mi rostro con ceniza y, hecho pulpa,
dejadme cara a cara con la tierra.
No interpongáis labores de una sierra
entre su cuerpo y el mío. Sin disculpa,
sin disculpa y en paz, llevadme la emoción
(¡cuánta gallardía! ¡Qué íntima riqueza!).
Con paz, sin pena, buscadme el corazón
(aún estará preñado de tristeza).
Sin pena ni gloria, por última ocasión,
y sin respeto, apartad a la belleza.
(3 de enero 1968, Poemas inéditos sin clasificar)
De la misma época es este otro Soneto que publiqué en «Absueltos de todo don (Diversas intimaciones a las formas)», Edición KRK 1991, con el número 7. Este sería, por tanto, uno de los que Carlos Bousoño, a quien le pedí temerariamente que prologara mi libro en 1970, juzgó como «inmaduros». Por supuesto, no le guardo el menor rencor. Como poeta, sigo siendo un valor por descubrir.
7
Me está creciendo el alma, una riada
de hacerme más y más humanitario
se esfuerza dejándome sin nada,
dejándome dolor de escapulario. (1)
Alma en almenas, alma destinada
a trenzar penas. Apenas un rosario
que no te da consuelo, no me agrada
pero aumenta en surtido mi muestrario.
Alma a punto de pena, ésta es la mía.
Se me hace impotente el alma para tanto,
se me desborda de tanto pan para este cesto.
Tallo de alma que crece, ¡qué manía!
Como las plantas buscando el sol, yo el llanto,
no acertando a aguantarme con lo puesto.
(aprox. 1969)
(1) En otra versión: «dejándome dolor por el contrario»
—
He querido unir a este «viejo poema», un dibujo mucho más reciente, que refleja la imagen de la melancolía juvenil. «Tarde de domingo con pequeñas percepciones de futuro», realizado a lápiz y acuarela (en tamaño DIN A3, en junio de 1999. Las «percepciones de futuro» de ese joven que lleva una camiseta con la frase «Save the saver» (salve al salvador, aunque puede tener otros sentidos), están borrosas, aunque se adivinan túneles que horadan una mole pétrea.
Si no me conocéis, este es mi nombre (Poema)
Tengo escritos numerosos poemas entre 1965 y 1970 que corresponden a un período muy singular, doloroso, de mi vida. En octubre de 1966, después de una larga enfermedad, fallecía mi madre, lo que marcó una línea de emociones de la que tardé en desprenderme. El poema más significativo de esa época debe ser el que empieza «Señor, Señor, que te la llevas…» que, por el momento, tengo perdido. Me hubiera gustado ofrecerlo aquí.
Valga, en su sustitución, este otro, que tiene fecha precisa -como muchos de los que escribí entonces- «5 de mayo de 1967». Yo tenía, pues, dieciocho años.
Si no me conocéis, este es mi nombre
Angel Manuel, un hombre
joven todavía.
Como se aprende en la escuela de la vida,
aprendí padeciendo. Conocida
situación la mía.
Amé, no más que ninguno, cuando pude-
Y si alguien dice cuando plugue
es mentira.
A los decires altos, siempre llegué tarde,
que yo nunca hice alarde
de bravía.
Fui tranquilo, soleado y más bien parco
en palabrerías. Recio marco
de mi filosofía.
De mi, poco tengo más. Junto a los otros sigo
y con los demás persigo
cada día.
Si alguna vez por la calle, vas y me saludas,
puedo contar contigo. O eres Judas
o alegría.
Estas líneas te entrego. Guárdalas si quieres.
Si no te gustan, puedes
romperme la cartilla.
Pero si al ahondar estas hileras,
la calma te adentra, te conmueve
y la voz evocas de quien llenó este verso,
gracias te digo y me siento jubiloso
de tenerte, compañero.
(5 de mayo 1967, Versos inéditos sin agrupar)
Es el tiempo de amor (varios poemas)
Extraigo varios poemas, de diferente temática, ocasión y ánimo creativo, como muestra singular de mi amplio quehacer poético.
Es algo que no debería hacerse, porque una falsa selección, como ésta, sin otro criterio que el azar, perjudica al autor y al mensaje. Pero tal vez con ello atraiga la curiosidad de algún lector para entender porqué, desde los ocho años, recojo e imagino mi vida en versos.
Como la mayoría de mis poemas se mantienen inéditos, esta exhibición de particular impudicia, a mis años, que podría ser interpretada como inmolación de mi credo poético, merecería tal vez un análisis sicológico que no estoy dispuesto a hacer.
Los números que figuran antes de cada poema, corresponden al orden correlativo de los mismos en el Libro al que pertenecen, cuyo título figura al final, entre paréntesis, junto al día y año en que fueron escritos.
43
Es el tiempo de amor,
de contemplar estrellas,
acercarse a la orilla de un mar
y acurrucarse en el hueco
que dejan libres las olas.
Es momento de empeñar
nuevos propósitos, sentirse
que con muy poco esfuerzo
alcanzaremos la luna.
Tómate un respiro,
camarada amada,
y desde esa sensación de poder
efímero, volveremos allí
e imaginaremos el pasado
que pudo ser
(12 de septiembre de 2019, «Tiempo de prórroga», @angelmanuel arias)
30
La vejez es hermosa
si la miramos desde la plataforma
de la vigorosa juventud.
A medida que se acerca
nos damos cuenta
de su horrible trivialidad,
del destino fatal
que nos aguarda
como patético colofón.
Se que ya no es época
para vino, amores y proezas,
pero la pesadumbre
me empuja como un toro
hacia el lado más lúdico.
(11 de noviembre de 2019, “Tiempo de prórroga”, @angelmanuelarias)
29
El primer regalo importante,
la ocasión de tus besos.
Luego,
una persecución implacable
para la llamar la intención
de momentos mejores;
con el protagonismo
de tu perfecta asimetría:
Construimos,
con muy pocos enseres,
con el escaso bagaje
de una huida improvisada,
un castillo de naipes
que aguantó tempestades.
(15 de diciembre de 2019, “Abanico de recordatorios”, @angelmanuelarias)
7
Esta tarde abierta
de domingo
hemos estado dibujando
sillas. Altas, bajas,
con y sin respaldo.
Algunas, tumbadas;
las más, de pie
y, aquellas, rotas.
Cuando teníamos la página
convertida
en una exposición de mobiliario,
Claudia, la pequeña,
apuntó:
“Abuelo, ¿sabes qué?
Nos falta un trono.
Las hadas y los reyes
se sientan en tronos”.
“Si es por eso, -replicó Sofía-
también deberíamos
pintar un suelo
para que se sienten
a pedir los pobres”.
(2 de febrero de 2017, “No nos engaña a nosotros”, @angelmanuelarias)
Poemas de última hornada
Para relajarme, pero también por pura necesidad de comunicar sentimientos, sigo escribiendo poemas. Soy un poeta prolífico: más de catorce libros escritos, de entre ellos Absueltos de todo don (1989) y Sonetos desde el Hospital (2019) como aquellos que han tenido mayor repercusión, al haber alcanzado ediciones de más de mil ejemplares. Sonetos desde la Crisis (2020) está pendiente de publicación impresa, aunque la mayoría de sus poemas se pueden encontrar en este blog, en la sección de Poesía.
Incorporo aquí dos de mis últimos poemas:
18
Abro la ventana
para que el aroma fresco de la noche
inunde la habitación donde yago.
Cogido de tu mano caliente
me viene el recuerdo de aquel tiempo
en el que construimos castillos en el aire.
Algo queda todavía
de la ilusión con la que imaginamos
un mundo mejor, hecho a la medida
de lo mucho que pensábamos hacer.
Cierro los ojos
y siento que todo está igual que entonces,
que seguimos siendo esos jóvenes
para lo que ninguna hazaña
parecía irrealizable.
Estoy agotado,
pero tu presencia es la misma
que me condujo hasta aquí
sorteando peligros.
(19 de noviembre 2020, «La advenidad debería haberme hecho fuerte»)
19
Van cayendo las hojas
sobre el camino de rosas
y el otoño me encuentra descuidado.
Paseo entre la hierba húmeda
con mis zapatos de tela
mientras la lluvia cubre de olvido
las alegrías que fueron del verano.
Temo al invierno
porque siempre ignoro
si traerá consigo otra primavera.
Pero me aferro al recuerdo borroso
que me asegura que siempre
-hasta donde guardo memoria-
al frío de la nieve sucede el deshielo
y florecerán prímulas, narcisos y violetas
en las veredas umbrías.
(19 de noviembre de 2020, «La advenidad debería haberme hecho fuerte»)
Nota.- Advenidad no figura como entrada en el diccionario de la RAE, aunque si es empleado en algunos textos. Yo lo utilizo en el sentido de situación o categoría de advenir, es decir, lo que sobreviene sin preparación, inadvertidamente.
¿A las puertas del infierno?
El Ministro Illa, responsable de la cartera de Sanidad en el todavía Reino de España, acaba de anunciar -en una corta entrevista radiofónica en Onda Cero, a las nueve de la mañana del 22 de octubre de 2020- que estamos a «las puertas del invierno» y que, según los expertos que le asesoran (propios y de ajenos), serán necesarios por lo menos seis meses, para que alguna de las vacunas que se investigan contra el coronavirus, superados los controles que demuestren su carácter eficaz y, al mismo tiempo, inofensivo, pueda ser distribuida entre la población en número suficiente.
Muy optimistas me parecen, dentro de su dramático contexto, esas previsiones, cuando no tenemos, ni de lejos, controlado el avance del virus estamos asistiendo a la imposición de confinamientos cada vez más severos. Y me parecen terriblemente precursoras de una crisis económica aún más profunda, de la que no van a salvarnos unos miles de millones de euros europeos, cuyo destino aún desconocemos y cuyo coste real ignoramos.
Me resulta fácil hacer el juego de palabras con las palabras de Illa y poner de manifiesto que nos esperan períodos aún más difíciles de lo previsto. Con más de un millón de personas ya contagiadas en España (un 2% de la población total) y en el grupo de cabeza de afectados, junto a países que nos superan ampliamente en población, seguimos preguntándonos, en realidad, porqué hemos sido distinguidos por la pandemia.
Nuestros sabios y políticos (desde a Luis Enjuanes a Margarita Del Val y desde Pedro Sánchez a Alberto Núñez Feijoo) ponen el énfasis en que parte de la población no respeta distancias, organiza fiestas multitudinarias sin llevar mascarilla y tenemos muchas más unidades familiares que agrupan a jóvenes y ancianos que el resto de países europeos, como consecuencia del alto paro juvenil y del carácter salvador de las pensiones a las maltrechas economías, que hace de aglutinador de entidades familiares con más miembros que la media europea.
No quiero que se me juzgue de conspiranoico ni escéptico integral, pero mis escasos conocimientos de sociología comparada me sugieren que deben existir más factores que nos empujan a los españoles al lado feo de la pandemia. La sobrecarga de la asistencia primaria (afición desmedida a visitar el centro de salud por ancianos) y de los servicios de urgencias (por catarros, luxaciones, otitis, fiebres infantiles y heridas superficiales), la escasez de facultativos de calidad por cada mil habitantes (no pocos de los mejores se han ido a los países ricos y ya no podemos convencerles de que vuelvan) han de contar entre los factores, supongo. (1)
Pero ni siquiera esa enumeración, bastante obvia de factores de culpabilidad no individuales, me satisface la inquietud por saber qué nos está pasando.
Y como no tengo perro que me ladre ni lazo que me sujete, echo a volar mi imaginación y atribuyo como causa principal de nuestra desgracia colectiva, esa que nos está sumiendo en la peor crisis económica y social desde la postguerra civil, el que somos un país desorganizado, desestructurado, inconsistente, falto de liderazgo y ayuno de ilusión colectiva.
Esto en estos momentos siguiendo (con una atención disminuida, desde luego) el Debate de la moción de censura de Vox. Oigo, sobre todo, insultos, descalificaciones, improperios. Falsedades. Distribuidas entre los intervinientes de todos los grupos, más concentrados, sí, en unos portavoces que en otros, aunque me parece detectar que, más que corresponder a un programa ideológico, a una coherencia, descansan en las habilidades dialécticas y en la capacidad para improvisar insultos.
Estamos a las puertas del infierno. Estoy mirando una reproducción del maravilloso complejo escultórico de August Rodin con ese nombre. Una obra inacabada, aunque nadie lo diría observando su fuerza. Una amalgama de cuerpos que se precipitan al vacío, arrojadas desde el Paraíso.
Me apetecería que los políticos a los que hemos tenido que votar para que nos guiasen a un mundo mejor, nos ofrecieran soluciones constructivas, hicieran desaparecer la crispación, impulsaran la creatividad y la formación de empleo, cumplieran con los propósitos de aumentar los esfuerzos en investigación y formación. Todos, en sus programas, defienden aparentemente lo mismo, aunque, por la experiencia ya amplia de su comportamiento, sabemos que muchos de ellos, desgraciadamente, solo pretendían su bienestar personal.
Me resisto a pensar que estemos a las puertas del Infierno. No podemos, no debemos estarlo. Que este Invierno nos saque a todos a una primavera radiante, solidaria, prometedora de una España seria, pujante, respetada internacionalmente, sin extremismos ni experimentos secesionistas ni comunistoides, más propios de paranoicos sociales que de experimentados e instruidos hombres y mujeres que, independientemente de sus profesiones y trabajos, de su formación y base ideológico, quieren avanzar unidos.
Me esperan a mi, personalmente, varios meses de duro tratamiento oncológico. Ignoro si podré superarlo, pero me aplicaré, con buen ánimo, a salir a flote de mi particular invierno. Espero encontrar, a la salida de este proceso, una España mejor, más unida, valorada internacionalmente, libre de todos los virus que ahora nos afectan y emponzoñan.
(1) Hago una precisión a posteriori, a las nueve del día 22.10.2020. Tenemos en España buenos facultativos, con una dedicación vocacional que, en especial en las dotaciones de la Sanidad Pública, se puede calificar de sacrificada hasta más allá de lo deseable, ya no solo por ellos mismos, sino por la atención que se ven obligados a proporcionar a los pacientes. Faltan profesionales, no andamos sobrados de medios ni los actualizamos en la medida deseable y, desde luego, necesitamos elevar sus salarios. No podemos sostener una Sanidad a base de sacrificios personales, presumir de su alta capacitación sin realizar suficiente investigación y sin darles tiempo y oportunidad para la continua formación que demanda el continuo incremento de la tecnología sanitaria. Creo que, dentro de las prioridades, aumentar los honorarios, eliminar su precariedad laboral y reducir su jornada de trabajo es imprescindible. Estamos invitando a médicos, enfermeras y ayudantes de enfermería a que, una vez que adquieran experiencia en la Sanidad Pública, se vayan a la empresa privada, emigren o disminuyan su dedicación y empatía con el paciente tratando de aplacar su malestar.










