Al socaire

Blog personal de Angel Arias. La mayor parte de los contenidos son copy@left, aunque los dibujos, poemas y relatos tienen el copy@right del autor

  • Inicio
  • Sobre mí

Copyright © 2026

Usted está aquí: Inicio / 2014 / Archivo de enero 2014

Archivo de enero 2014

Cuento de invierno: El optimista insomne

14 enero, 2014 By amarias2013 Deja un comentario

Es bien sabido que los insomnes tienen propensión al pesimismo. Según los más eruditos manuales, aquellos que duermen menos, tienen un carácter agrio, son proclives a ver las cosas por su lado más dramático y disponen de menores defensas para responder a las dificultades de la vida.

Aunque seguramente a la gente le gusta fanfarronear sobre lo poco que duerme, se sabe de algunos personajes que prácticamente no se ponían nunca el pijama, como Napoleón Bonaparte, Wiston Churchill y Margaret Thatcher, lo que justificaría su mal carácter y su inclinación al pesimismo, que tantas consecuencias acarrearía para los demás.

El protagonista de este cuento disfrutaba, en efecto, de esas dos cualidades contrapuestas: era optimista y, sin embargo, se pasaba las noches contando ovejas. Señalo este aspecto para marcar la diferencia con ser, por ejemplo, jardinero fiel o americano impasible, que no solamente no son términos contradictorios sino que puede estimarse que lo normal es que los jardineros y los americanos, si tienen que ser algo en la vida (aunque no les proporcione muchas satisfacciones), sean, respectivamente, fieles o impasibles.

Pocospero Melomerezco, el optimista insomne de esta historia, se había quedado en paro hacía un par de años. La empresa en la que trabajaba dejó de recibir subvenciones (fabricaban perolas gigantes para ranchos en las acciones tipo tormenta del desierto) y tuvo que cerrar. A pesar de que ya había agotado la percepción por el paro, y de que carecía de ahorros para aguantar algo cuando vienen mal dadas, nunca abandonó su buen humor.

Era un gozo oírle cantar, por las mañanas o por las tardes, con las ventanas abiertas de par en par, mientras limpiaba su casita, de la que, por cierto, le habían anunciado el desahucio, pues llevaba ocho meses sin pagar la renta. «Soy minero» y «La virgen del Pilar dice» eran sus canciones preferidas.

En esas estábamos, cuando llegó a sus manos, en el trozo de papel del periódico con el que el propietario del bar de la esquina le envolvía el bocadillo de tortilla de patatas que le daba, por pura lástima, de vez en cuando, un anuncio que le encajaba perfectamente.

Decía: «Necesítase optimista insomne. Presentarse en calle del Paraguas, 13».

La faltó tiempo para acudir al lugar. Se encontró la puerta del local cerrada, y las paredes de lo que podría haber sido un lugar de lenocinio, totalmente cubiertas con carteles anunciadores de espectáculos de variedades, películas de barrio, y marcas de ropa interior. Llamó al timbre, si bien pronto advirtió que la corriente debía estar desconectada. Nadie aparecía; nadie abrió.

Pocospero no por ello se amilanó ni apesadumbró. Llamó a todos los pisos del portal vecino, y preguntó por el telefonillo exterior si sabían, por casualidad o conocimiento cierto, a qué hora se abriría el local comercial.

-Hace un año que cerró -le contestó una vecina-. Desde entonces, nadie viene por aquí.

-¡Ah! -exclamó el optimista insomne- Eso lo explica todo. El periódico en el que encontré el anuncio debía ser de una edición muy atrasada, y el dueño ya habrá encontrado lo que buscaban.

Cuando estaba ya dispuesto a marcharse, observó que el candado de la puerta tenía la llave puesta. Llevado por la más absoluta curiosidad, lo abrió, empujando con discreción la puerta del local. Todo estaba muy oscuro, y cuando los ojos trataban de acostumbrarse a la profunda oscuridad, se oyeron, provenientes del fondo, unos pasos cansinos, que anunciaban que alguien avanzaba, sin prisas, hacia él.

Poco a poco se perfiló la silueta de un hombre de unos cuarenta años, que llevaba en una mano una lámpara de aceite, de luz mortecina. Recortado contra las tiniebles del fondo, su visión era casi fantasmagórica, pero no por ello Pocospero se amedrentó.

-¿Es usted el dueño del local? -preguntó Pocospero, que asimiló de inmediato la sorpresa.

-No, no. Yo trabajo aquí -aclaró el hombre.

Pocospero miró al individuo, con admiración. Estaba claro -pensó- que se me ha adelantado, y ha conseguido aquel puesto de trabajo que tanto le convenía, el de optimista insomne. Lástima, pues estaba seguro de encajar perfectamente en sus facultades.

Su curiosidad, sin embargo, le llevó a interesarse por algo que le pareció muy pertinente:

-Me puede decir, buen hombre, ¿en qué consiste su trabajo?

El interlocutor de la lámpara sonrió, con esa amplia sonrisa que solo se vislumbra en momentos de excepcional felicidad y en rostros cercanos a la estulticia, y confesó:

-Mi trabajo es recibir a los que se interesan por el anuncio. El del optimista insomne.

-¡Ah! ¡Luego el puesto está aún libre! ¿Y sabe qué se demanda para ese otro puesto, por el que, desde luego, me intereso? -formuló Pocospero, aunque se contestó a sí mismo de inmediato- Ya supongo, sin embargo. Se confía en localizar a la mayor cantidad posible de de optimistas insomnes. Para organizar con ellos alguna actividad adecuada.

-Eso es -completó el tipo del quinqué-. Cada uno debe indicar qué pretende hacer. Por ejemplo, mi idea sería transformar el mundo, contando con la ayuda y colaboración de todos sin excepción.

-¡Magnífica, magnífica idea! -exclamó Pocospero-. Algo así es absolutamente necesario. La mía sería conseguir que todos colaborásemos en hacer un mundo más justo y más feliz, en el que cada uno pusiera lo mejor de sí mismo. -y, lleno de repentino entusiasmo, inquirió- ¿Cuántos somos ya?

El otro optimista insomne le cedió la lámpara, sin esperar respuesta.

-¿Le importa sostenerla?.

Luego, prosiguió:

-De momento, por aquí solo ha aparecido usted…Bueno, en realidad, usted y yo. Le comunico, por ello, que le estoy muy agradecido, porque, de acuerdo con las reglas que se transmiten oralmente, ha venido a liberarme.

Y con un extraño movimiento de cintura, y dando un brinco, se trasladó al otro lado de la puerta, empujando a Pocospero al interior, y cerrando rauda la cancela con el candado, cuya llave quedó fuera, colgando.

-Si tienes hambre, echa los dientes al culo y come carne -fueron sus siguientes palabras, acompañadas con una feroz risotada. Pocospero le oyó correr, calle abajo, y supuso, en su profundo e inatacable optimismo, que iría dando cabriolas e improvisando volatines.

-Me alegra tanto haber sido causa de felicidad para alguien…-razonó, mientras, con el quinqué en la mano, avanzaba hacia el interior tenebroso.

-En algún sitio tiene que haber aceite para este artilugio, así que, entre unas cosas y otras, no me faltará comida -murmuró, mientras elegía si ponerse a cantar Yo soy minero o La Virgen del Pilar dice.

FIN

(PS.- Este Cuento está inspirado, en realidad, en otro del que también soy autor, que titulé La piedra, y que alcanzó gran difusión en los años 80 del pasado siglo. No tiene, sin embargo, nada que ver, como comprobará el lector interesado, con el publicado en este mismo blog, titulado el Crédulo y la pitonisa)

Publicado en: Cuentos y otras creaciones literarias Etiquetado como: cabriolas, cuento, cuento de invierno, lenocinio, local, optimista insomne, quinqué, remedio, volantines

Cuento de invierno: La pesadilla de la princesa

13 enero, 2014 By amarias2013 Deja un comentario

La reunión se había previsto celebrar en el pabellón de caza, y, más concretamente, en la sala de Elefantes, que estaba habilitada como museo. El monarca ocupaba uno de los sillones de piel de oso, y aguardaba ya, sentado, a que entrasen los demás convocados, que eran pocos.

Sobre la mesa de disección, que servía habitualmente al propósito del maestro de taxidermistas para realizar los cortes, muy precisos, que proporcionaban a los animales disecados un aspecto casi real, había varios pergaminos enrollados, algunas gomas de borrar, un casco de motorista y un par de navajas barberas, con el corte afilado.

-¿Cómo ha podido suceder? -bramó su majestad serenísma, tan pronto como apareció, por la puerta, la princesa, muy pálida, que venía acompañada del camarlengo o camarero mayor, en el que se apoyaba. El séquito se completaba de dos malabaristas, un palafrenero y una doncella llevando una bandeja con soldaditos de Pavía, recién hechos.

El camarlengo mayor hizo una profunda reverencia, pidió la venia, y habló de esta manera:

-Hemos estado analizándolo, majestad serenísima, con el cuidado y atención que son del caso. La princesa lamenta lo sucedido, y espera que el deshacedor de entuertos encuentre la manera de volver las cosas a su sitio, como estaban antes.

La voz le temblaba algo, aunque pudiera deberse a la edad, pues el camarlengo mayor había superado ampliamente la edad de la jubilación, siendo solo la profunda lealtad que profesaba a la casa real lo que le mantenía firme en su puesto, haciéndolo insustituible por cualquier otra persona, como es normal.

-Dí, pues, lo que has descubierto -expresó el Rey, invitándolo a que siguiera de pie, con un gesto de lo más austero; al mismo tiempo, sacando de la manga otro gesto, más liviano, sugirió a la princesa que se sentara sobre sus rodillas, como cuando era una infanta.

El noble mercenario, prosiguió, ajustándose el bisoñé que, por efecto del sudor, se le estaba deslizando desairadamente sobre el ojo izquierdo, impidiéndole la visión.

-Lo que está sucediendo es producto, consecuencia o resultado, por así decirlo, de la introducción en la corte de un peligrosísimo personaje. Un ser abyecto, ajeno a la real naturaleza, que ha penetrado por algunos resquicios al palacio, mordiendo con sus mandíbulas feroces el sitial sobre el que se levanta la fortaleza consuetudinaria de la realeza. Un espíritu traidor, desequilibrante, en fin. Plebeyo, por más señas.

El monarca se revolvió, inquieto, empezando a sentirse molesto por la perorata, que le parecía de todo punto ininteligible.

-¿Quieres vomitar de una vez, desgraciado, el nombre de ese malnacido, ese tipo salido de quién sabe donde que está poniendo en peligro mi corona, que nos deja en ridículo y que tanto malestar causa a esta familia? ¿Dónde se halla? -y, así diciendo, apartaba a su robusta hija del regazo, intentando levantarse como podía.

-¡Que lo prendan de inmediato y le corten ipso facto la cabeza, para que aprenda a no hacer nunca jamás un mal como el que hizo! -bramó, dando un puñetazo sobre la mesa de disecar, con tal efecto, que una de las cabezas de elefante, que estaba mal ajustada por sus clavos a la pared del fondo, se vino abajo, con fatal estrépito, rompiéndose de paso uno de sus colmillos: el izquierdo.

-Desgraciadamente, castigarlo será imposible. -Se lamentó el camarlengo, abriendo de par en par las manos, en gesto claro de impotencia.

-Pues …¿quién es? ¿Quién lo defiende?… ¿Alguna potencia poderosa? -dudó el monarca, pensando en enemigos extranjeros y volviendo a caer sobre la silla, de donde la princesa se había puntualmente escurrido.

-Ese enemigo, del dicho plebeyo origen, que se ha colado en las alcobas reales, revoltoso, y que está en el centro de los nuevos males que agarrotan esta monarquía, es…

-¡No me digas más, lo mato, lo mato! -gritaba el Rey, fuera de sí, desaforado.

-Se llama Amor, majestad.

-¿Amor? -deslizó, asombrado, como quien menta la cuerda en casa del ahorcado, el Rey.

-Amor se llama -prosiguió el camarero real- Y, aunque hemos consultado a todos los físicos del Reino, para el que padece sus efectos, no hay remedio. Le hace creer cosas imposibles, firmar como certezas las más mentirosas causas, olvidar obligaciones, omitir consejos. Y en este caso peor, se ha aliado con Codicia, la joven que tenían adoptada como servidora en Palacio, y han parido hijos. Hemos descubierto toda una nidada de despropósitos alojados en el oropel de las coronas, difícil de arrancar sin hacer mucho daño a la pintura.

El Rey miró de hito en hito al camarlengo, y algo debió intuir, porque montó en un caballo bayo que tenía preparado y, al galope, desapareció en la espesura. Estuvo todo el resto de sus días cazando perdices y codornices, que comía a hurtadillas.

Por su parte, la princesa, como si no fuera con ella la cosa, primorosa, cortaba lirios y rosas y astros, y cosas así en el jardín de las delicias.

Pasaron unos días, y en el salón de los Elefantes, apareció un tipo con aspecto bastante zaparrastroso, diciendo que tenía nuevas instrucciones. Pero era ya demasiado tarde. No encontraron en todo el palacio real, ni siquiera en las mazmorras bajo la torre del homenaje, títere con cabeza.

FIN

Publicado en: Cuentos y otras creaciones literarias Etiquetado como: amor, infanta, instrucciones, pabellón de caza, princesa, sala de los elefantes, títere con cabeza

Cuento de invierno: Tres formas de ver el mundo

12 enero, 2014 By amarias2013 Deja un comentario

Una larva de efímera, otra de anfibio anuro y una cría de piscardo se encontraron habitando una charca y, por esas raras circunstancias de sus vidas, se hicieron muy amigos.

Sus dispares naturalezas no impidieron que se cayeran recíprocamente simpáticos. La efímera y el renacuajo habían profundizado en sus analogías mientras disfrutaban rebuscando diatomeas y otras algas cuasimicroscópicas en el barrillo que se levantaba en la charca debido a la brisa de la mañana. El alevín y la efímera pasaban largas horas tratando de recordar sus atávicos instintos, elucubrando si sus querencias compartidas eran fruto de su pasado común o de un futuro previsible. El anfibio y el piscardo se regodeaban ante la perspectiva de disfrutar, algún día, de una mejor y más compleja naturaleza, cuyo concreto alcance ignoraban.

Los tres jóvenes, que estaban llegando a la edad madura, soñaban con recorrer el mundo. Las lluvias de primavera habían engordado la charca y la pródiga existencia de alimentos hacía que sus cuerpos rebosaran de vitalidad y energía. Tan felices se hallaban que decidieron, al unísono, explorar al máximo sus posibilidades, reuniéndose bajo una lasca, al abrigo de miradas indiscretas.

-Propongo -dijo el piscardo- que, utilizando cada uno las capacidades propias de nuestra naturaleza, recorramos el mundo a nuestro alcance. Yo me adentraré por el río que conecta con esta charca, recogiendo toda la información sobre lo que halle a mi paso. Dentro de un par de semanas, volveré a este mismo lugar, que encontraré guiándome por mi línea lateral, para contaros lo que sea menester.

-Magnífica idea -corroboró el anuro, que ya sentía crecidas las patas que le permitirían dar saltos por las húmedas praderas-. Yo, por mi parte, avanzaré por los campos y me atiborraré de documentación sobre lo que sucede más allá de las aguas turbias.

-No menos aplauso merece para mí la propuesta -aseveró la efímera, que estaba a punto de perder su caparazón y buscaba ya una caña de ribazo en donde desplegar sus alas-. En dos semanas volveremos a encontrarnos aquí, y yo aportaré lo que deduzca del aire que estoy dispuesta a surcar con mis delicados apéndices.

Para sellar el pacto, entrechocaron su mandíbula masticadora, las flexibles aletas caudales y la viscosa lengua desplegada, y se fueron, cada uno por su lado.

No volvieron a encontrarse jamás, aunque el sapo partero cumplió su palabra.

FIN

Publicado en: Cuentos y otras creaciones literarias Etiquetado como: anuro, cuento de invierno, efímera, formas, mundo, pez, piscardo, sapo partero, ver

Cuento de invierno: El referéndum

11 enero, 2014 By amarias2013 Deja un comentario

Un buen día, los habitantes de la industriosa, fiel y también leal, población de Catatonia -títulos que le habían sido concedidos en el mercado de las banalidades-, se despertaron con la incalificable sorpresa de que el regidor-comendador del Reino de Uishbatcant, Vizconde de Menosumos, había tomado la inesperada decisión de convocar un referéndum.

Era un acontecimiento insólito para todos, pero especialmente para los jóvenes de menos de cincuenta años, que ni siquiera conocían la palabra. A los mayores de cincuenta años, que habían subsistido a multitud de crisis y problemáticas y, por tanto, venían de vuelta de todo, se les había pedido una sola vez que expresaran su acuerdo con una cuestión muy importante (que no recordaban, dado el tiempo transcurrido). Lo que sí recordaban es que no habían tenido más remedio que estar de acuerdo.

Fuera de esa situación de la que no se guardaba memoria, nunca jamás se había preguntado al pueblo, tanto llano como picudo, su opinión sobre nada. Las autoridades y los representantes de ellas mismas suponían, sin que nadie osara llevarles la contraria, que, si se hicieran consultas sobre aquello que, siendo posible, resultara más conveniente para el pueblo, para distinguirlo de lo superfluo o equivocado, se abrirían inútiles debates en los que surgirían todo tipo de análisis y discrepancias, perdiéndose un tiempo precioso para empezar a hacer de inmediato lo que fuera más conveniente para ellos. Por eso, hacían lo que les venía en gana cuando les parecía bien.

No se debe, sin embargo, minimizar el contexto de esta historia que, siendo inventada, tiene muchos visos de ser verdadera. Debido a los malos tiempos, la situación económica de Catatonia se había deteriorado bastante, y resultaba imprescindible poder echarle la culpa a alguien para que no se la echaran a los que la tenían. Por añadidura, no era tolerable que desde varias comarcas del país de Uishbatcant, de razas e historias inequívocamente inferiores, y con culturas obsoletas que no habían podido resistir el paso implacable del tiempo, se mirase a los catatonenses de tú a tú.

La historia local de Catatonia, escrita por expertos que solo bebían en las fuentes propias, para no contaminarse, dejaba muy claro del lado de quién se había manifestado, en su momento, la voluntad de los dioses y otros seres sobrenaturales.

En fin. Después de un tan intenso como escaso debate, el vizconde de Menosumos, auxiliado por sus consejeros expertos en reírle las gracias, dorarle las píldoras y hacerle las pelotas, se había quedado profundamente convencido de que un referéndum era la medida adecuada para que la población expresara su descontento y, así, no tener necesidad de tomar ninguna otra medida.

Convenientemente orientada la consulta, serviría para demostrar, sin necesidad de demostración, que si la calificación de Catatonia había caído desde la categoría de totalmente envidiable a la de quejica vergonzante, no era por culpa del vigoroso impulso centrífugo del vizconde, sino por la meliflua obstinación centrípeta del país de Uishbatcant.

Como los hechos naturales deben reforzarse con espejismos sobrenaturales, se difundió por los voceros de la comarca de Catatonia que el vizconde de Menosumos había tenido una revelación. En esa visión sorprendente, habían intervenido los tres jinetes de la Apocalipsis, el pajarillo de Chaves, una imagen desmontada de Santiago Matamoros, las vírgenes de Níger y Sudán del Sur y San Raimundo, descubridor de un sucedáneo del queso de Gruyere, que se habían aunado para decirle:

-Hay que romper amarras con Ushbatcant. Es la única forma de que el buque de Catatonia pueda cumplir con su destino, y Taberlona, su capital, sea admirada por el orbe como legítima heredera de Utopia, Bizancio y la Roma de los viejos césares, terminándose, de paso, la torre de Babel, gracias a la adopción del catatonense como lenguaje universal.

Quedaba mucha tela que cortar, sin embargo. Las élites empresariales de Catatonia, especializadas en extraer el zumo de las piedras de otras regiones del país de Uishbatcant, no estaban para nada de acuerdo:

-Es como separar una pierna del tronco. Peor aún: es como plantar el dedo gordo en un tiesto de estiércol creyendo que va a crecerle la pierna. -fue lo mejor que se le ocurrió decir al presidente de la Unión de Emprendedores Catatonenses (CEU, en inglés).

El resto de la nobleza del país de Ushbatcant y, por supuesto, los comendadores reales y hasta el mismo Rey, habían puesto el grito en el cielo, exponiendo a las claras que jamás autorizarían un referéndum. Había muchas razones, pero la más importante era que no iban a consentir que se perdieran los papeles, ni se arrumbaran sus encomiendas, ni se eliminaran sus prebendas, conseguidas por los cauces legalmente establecidos, según las leyes que ellos mismos habían promulgado.

-Al fin y al cabo, lo que la Historia Universal ha unido, no lo separe el vizconde -era la versión oficial.

De la vecina república de Metredimón, con la que algunos catatoneses se consideraban muy emparentados, los emisarios enviados al efecto habían retornado con el mensaje de que ni fu ni fa, pasando por alto que compartían muchas palabras, como pormoné, sambla, encara y, en otras, se podía encontrar algún parecido, como en veste’n a tomar per cul y va te faire enculer. De la mayoría de las otras repúblicas, reinos y principados, a las que se habían enviado peticiones de apoyo, se habían devuelto, sin abrir, los sobres y telegramas.

Por hacer aún más breve el cuento, la pregunta que el Vizconde de Menosumos había previsto realizar en el referéndum, eran, exactamente dos preguntas: «Estimado catatonés, ¿deseas que Catatonia sea un estado independiente del Reino de Uishbatcant, sí o no?» y : «En caso de que hayas contestado que no a la pregunta anterior, ya puedes ir preparando las maletas; pero, si has contestado que sí, mi muy querido amigo, ¿deseas que el Vizconde de Menosumos pase a denominarse Rey de Catatonia, con los atributos propios de su alta dignidad?

Entre los muchos inmigrantes que procedían de las más variadas comarcas de Uishbatcant, y que, por residir en Catatonia eran considerados, en principio, catatoneses, por pagar allí sus impuestos y levas, había uno, de nombre Tinín Avlano, proveniente del viejo Reino de los Bravucones, sito en el ala centroizquierda del mapa de Uishbatcant, titulado en telecomunicaciones esporádicas.

Avlano, que era serio, industrioso, fiel y también leal, había encontrado en Catatonia su seguro hogar, estando casado desde hacía tiempo con una catatonesa de árbol genealógico intachable, proveniente, según se creía, del mismísimo pi de las tres ramas. De aquella unión, demostrando la viabilidad de la mezcla de sangres, habían conseguido engendrar dos catatoneses de pura cepa, uno moreno como Abderramán y la otra rubia como el hada de Blancanieves.

Tinín Avlano había conseguido, hasta entonces, disimular su oscura procedencia, haciéndose pasar por catatonés, y llamando al pan, pá, al vino, ví, e incorporando, cuando había lugar, a las pertinentes conversaciones, las palabras de portmoné, sambla, encara y veste,n a tomar per cul.

Tinín Avlano, cuando se convocó el referéndum, estaba decidido a votar «sí a todo», porque no quería problemas y no deseaba por nada del mundo que le devolvieran al reino de los Bravucones, en donde lo estaban pasando, por las noticias que le llegaban de allá, mucho peor aún, y, en donde, por más que le daban vueltas a la pirinola, las opciones válidas para salir del bache eran solo tres: emigrar, vivir de la pensión de jubilación o darse a la bebida.

Sin embargo, antes de depositar su voto en la urna, cuando se encontraba haciendo la cola, le dio por telefonear a su esposa, que se había quedado cuidando los niños.

-Aunque el voto es secreto, me muero de curiosidad: Tú, catatonense de pro, ¿qué vas a votar, corazón? -le preguntó, con el acento que le salía cuando le chupaba la oreja.

-¿Yo? -le contestó su esposa, mientras se oía el ruido de fondo de una sartén en donde estaba friendo pimientos rellenos de butifarra y berenjenas embutidas de chocolate-. Los catatonenses de toda la vida siempre hemos sabido lo que nos conviene. Por eso, yo no pienso votar. Este referéndum no va con nosotros. Es solo para vosotros, los inmigrantes,

Tinín Avlano se quedó mirando la papeleta. Llevado por una súbita decisión, la rompió en pedazos y se salió, raudo, de la cola.

-¡Anda la porra! -pensó, lúcido, para sí- ¡Así que era una trampa para saber si estábamos integrados!

Al salir por la puerta del edificio en donde estaban situadas las urnas, con carteles que separaban, por letras, los apellidos de los votantes, advirtió, en efecto, que las colas de la F, la G, la L y la P, en donde se apiñaban los Fernández, los García, los González, los López y los Pérez, daban varias vueltas a la manzana.

Sin que supiera explicarlo, le espetó al guarda de la entrada, que se estaba limpiando de residuos una caries con un palillo o mondadientes:

-¡Pormoné, sambla y ancara! ¡Viva por siempre el Reino de Uishbatcant!

Aunque esa será otra historia, lo que no había considerado Tinín Avlano era que en el Reino de Uishbatcant, por razones que no son del caso, se estaba cocinando otro referéndum, y a muy alta temperatura.

FIN

Publicado en: Cuentos y otras creaciones literarias Etiquetado como: Catatonia, cuento de invierno, referéndum, Uishbatcant

Cuento de invierno: Revuelo en el Reino de las chotacabras

10 enero, 2014 By amarias2013 Deja un comentario

En el Reino de las chotacabras, reinaba una gran excitación.

La Historia de los sucesos relevantes del Reino de las chotacabras, que se conservaba, cubierta de polvo y comida en parte por las termitas y la carcoma, en la Biblioteca Nacional de Hechos Significativos, no dejaba dudar a dudas: el país había superado épocas peores, pero ésta que estaban viviendo, diagnosticada como de gran dificultad, se distinguía de todas las anteriores, en que sucedía en el momento presente.

Si bien nadie podía explicar exactamente cómo se había llegado a tal circunstancia, era absolutamente cierto que se encontraban en ella. Por exponerlo con pocas palabras: el Reino de las chotacabras se encontraba patas arriba. Es decir, hecho unos zorros, convertido en un pingajo, abocado al apaga y vámonos, Juana, con aspecto de no me toques que me desmorono.

Oliéndose la tostada, las fuerzas oscuras estaban ya repartiéndose los despojos -tú te quedas con el castillo del dragón dorado, el fuerte de los rapalcuartos para mí, la maleta de la señorita Pompis para una subasta benéfica, etc.-. Para abrir boca, le habían cambiado en los mapas mundiales el nombre por el de Topsy-turvy, y cada día abrían la ventana del calendario del tiempo que les quedaba para el adviento y se comían una chocolatina.

Los consejeros del Reino de las chotacabras (1) se habían reunido en el Palacio Real para estudiar la situación. El Comendador mayor centró rápidamente la cuestión:

-Tenemos tres problemas principales. Primero, no hay actividades bastantes para que todos los siervos de la gleba tengan pan, bizcochos o galletas que llevarse a la boca, lo que está causando un malestar de intensidad dos con tres al cuarto entre los revoltosos descontentos y un placer de grado ocho me como un bizcocho en la escala de satisfacción de los pacíficos acomodados…

El Comendador, comisionado jefe de todos los encomendados, continuó:

-Segundo, los alguaciles justicieros han levantado por encima de lo que sería prudente el velo de las encomiendas y emprendimientos palaciegos, dejando al aire sus verdades pudendas antes celosamente ocultas y, en su estúpido celo, amenazan con llenar las mazmorras palaciegas con príncipes, nobles y leales, mientras los caminos se llenan de revoltosos, salteadores de diligencias, ladronzuelos de bolsillos y cuatreros de palomos, conejos y otros animales de poca monta.

Los comendadores menores empezaban a revolverse en sus asientos: «¡Eso es lo que digo yo!», exclamó uno de ellos. Los demás le pidieron silencio, para que el máximo Comendador, jefe óptimo de todos los Organismos de múltiples convergencias, acabara su perorata:

-Y tercero, y no menos importante, los alquimistas reales están convencidos de que hemos llegado a, e incluso, sobrepasado, el temido cambio de ciclo, y, coherentes con su propio diagnóstico, que nadie discute, porque no sabríamos cómo hacerlo, piden que se acuñen más dineros para financiar matraces, probetas y hornos de mufla electrotécnicos que permitan desplazar los equipos de búsqueda de la piedra filosofal al extranjero, donde hay, según parece de amplios pareceres, demanda de los mismos.

-Con la venia. Yo añadiría, -dijo uno de los consejeros, que provenía de la región de los hurones, en donde los chotacabras estaban casi extintos, hasta el punto que en muchos de los biotopos solo se podían ver sus símiles fabricados en madera-, un cuarto problema: Nuestro Reino ha dejado de serlo, para convertirse en una República hecha y derecha. Nadie en su sano juicio se cree que la Familia Real tenga sangre azul y, lo que es peor, salvo el propio Rey -que tiene mermadas sus facultades, según toda apariencia- , el resto de la Casa Real -hasta donde alcance el eufemismo- se consideran gente normal y corriente, con los mismos vicios, defectos, capacidades y virtudes, que el campesino o la hortera que tienen al lado.

Se armó un gran revuelo. Algunos consejeros opinaron que, de todas maneras, reconocer oficialmente que el Reino no era tal, sino República, no solucionaba ningún problema, sino más bien añadiría muchos otros, pues se avivaría la ambición de numerosas familias que, aunque no se sintieran de sangre azul, sí pretenderían tener otras cualidades mismamente equivalentes, y tratarían, a la chita callando y con el mazo dando, hacerse con el control del país, lo que provocaría un coste adicional tanto o más inasumible.

En todo caso, después de una discusión interminable que parecía no tener fin, prevaleció la idea de que ese problema, de serlo, debería ser postpuesto, pues era más urgente atender a los otros tres temas principales, que eran acuciantes.

-Tengo una idea -proclamó uno de los consejeros del Reino, del grupo de denominado de los ingratos, que, por cierto, solía tenerlas-. Lo mejor que podemos hacer para resolver las dificultades es hacer lo que siempre hemos venido haciendo en el país de las chotacabras cuando teníamos problemas parecidos.

Todos le miraron con máximo interés.

-¿Y qué es lo que hemos venido haciendo, querido o no tan querido colega consejero?

El interpelado sorbió del carajillo que les habían distribuido, elevó los ojos al cielo, como implorando clemencia y conmiseración ante la ignorancia ajena, y dijo con voz alta y clara, que era una de sus virtudes:

-Ignorarlos.

Los consejeros del Reino de las chotacabras se miraron unos a otros, asintieron complacidos, y comprendieron que, por mucho que rebuscaran otras alternativas, esa era la única solución que podría ocurrírseles, por mucho tiempo que dedicaran a tratar de encontrar formas de salir del paso.

Así que levantaron acta de la reunión y volvieron a sus ocupaciones habituales, aliviados.

Mientras tanto, en las profundidades del Reino de las chotacabras algo se estaba cociendo, y la cosa no olía nada, pero que nada bien.

FIN
—–

(1) Ave de hábitos nocturnos de un plumaje y comportamiento tales que logra un perfecto camuflaje con su entorno, de tanta calidad que recibe el nombre especial de cripsis, para distinguirlo de otras formas animales de pasar desapercibido.

Publicado en: Cuentos y otras creaciones literarias Etiquetado como: chotacabra, cuento de invierno, desapercibido, fuerzas oscuras, hecho relevante

Cuento de invierno: Confusión disculpable

8 enero, 2014 By amarias2013 Deja un comentario

El autor entró en el salón en donde se le iba a rendir un homenaje, llevando una carpeta en la que había introducido una selección de sus mejores poemas. Se había acicalado para la ocasión con especial esmero, recortándose la barba y el bigote y eliminando, con unas pinzas de depilar, algunos pelos de la nariz y las orejas.

Con íntima satisfacción, recorrió el camino que conducía al estrado, recibiendo abrazos, apretones de manos (y algún empujón), y un par de besos femeninos. Allí estaban muchos de sus amigos, la mayor parte de sus rivales, miembros de su familia, varias de sus musas.

El director de la Academia de las Artes Poéticas y Otras Inutilidades Literarias, que le esperaba ya sobre la tarima, se adelantó para darle la bienvenida, con la mala fortuna que trastabilló, al no apercibirse de que había dos escalones desiguales, y cayó sobre el autor, en lo que podía parecer un abrazo de oso. Ambos habrían rodado por el suelo, sino hubiera sido porque, en la caída, la palmeta del respaldo de una silla de la fila delantera, prevista en el proscenio como asiento para autoridades e invitados especiales, se clavó en la cadera del poeta, causándole un intenso dolor del que no se libraría el resto de la velada.

Cuando empezó el acto, que tenía como duración prevista e inaplazable la de una hora, pues el bedel de la Academia había advertido que el local se cerraría a las ocho en punto, el director de la magna institución se deshizo en elogios hacia el vate, como acostumbra a decirse en las crónicas periodísticas que se confeccionan con posterioridad, para hacer la reseña de un acontecimiento literario al que no se ha acudido.

En realidad, si hubiera necesidad de ser precisos, cabría decir que el director de la Academia (propuesto para presidente honorario perpetuo de la misma) consumió casi media hora en elogiarse a sí mismo, pues resaltó, con ínfimos detalles, cómo había conocido al magno poeta, laureado ahora en tantos certámenes extranjeros, con premios dignamente merecidos, cuando no era nadie, o por decirlo con dulzura, era solo un joven inexperto incapaz para descubrir por sí mismo las complejas modalidades y desarrollar las innúmeras virtudes que son precisas para deambular por los jardines de la mejore literatura, terrenos donde imperan los caprichos de Calíope y Apolo, vecinos puerta con puerta de Afrodita y Aquiles y otros dioses de fausta memoria.

-Yo, que entonces ya era director de la Academia, -proseguía, inagotable, quien se creía poseedor de privilegiado cacumen- acogí a aquel muchacho inexperto, al que hoy ciertamente homenajeamos, y le dí de beber en mi viril pecho, ya hecho y derecho (y perdonen ustedes las rimas, pero me salen así de natural), las nutricias leches del mejor saber poético …

Todo eso, y más, expresó, con rimbombante verbo, el monitor del acto, después de haber advertido que sería breve, pues tenía la seguridad, sin asomo de duda, de que todos los presentes habían venido para escuchar al poeta y no a él mismo.

Nadie oyó la voz del autor, musitando para sus adentros: «Me aconsejaste, oh cabrío, que me dedicara a la agricultura, pues, según tú, todo estaba inventado en la lírica y yo no tenía imaginación más que para destripar terruños».

A las palabras del director, siguieron las del miembro más antiguo y a las del miembro más antiguo, las del primer maestro de esgrima que tuvo en poeta, y al experto en floretes y estocadas, la del fabricante de una estilográfica, patrocinador del acto, y al de la pluma hubiera seguido la intervención de la profesora de latín del Instituto que enseñó al entonces discípulo a distinguir a Sócrates de Aquino, sino fuera porque asomó entre bastidores la torva cabeza del bedel, advirtiendo:

-Quedan cinco minutos, y cierro la puerta. Y el que no haya salido para entonces, tendrá que quedarse aquí hasta mañana a las diez y media, en que la reabro, cuando empiece mi jornada.

Y aún precisó razones:

-Para lo que me pagan…

Ante la amenaza de pasar la noche en el frío salón de ceremonias, el director de la Academia tomó la decisión de prescindir de las palabras del autor, justificando la omisión en que las obras del mismo estaban disponibles en las librerías y, en todo caso, podrían bajarse gratis de internet, y cedió al público presente la oportunidad de proponer una sola cuestión al homenajeado, con lo que se cerraría brillantemente el acto.

Venciendo el estupor que inundó la sala, una joven alzó la mano y, autorizada que fue por el maestro de la ceremonia, con voz dulcísima y pulquérrima, expresó lo siguiente:

-A mí, que soy gran admiradora suya, me han causado honda emoción unos versos de los que, ahora que tengo la oportunidad, me gustaría nos explicara su sentido.

Los cuellos se volvieron hacia el fondo de la sala, en donde se hallaba la joven de la voz, quien recitó, con prodigiosa entonación, como quien declama a Shakespeare:

-«Por el amor, vencido, aboco/siguiendo a los demás, derecho al pozo/por senderos que hollaron pies que quiero/y que otros, fornidos, persiguiendo/pusieron antes debajo estando por encima».

El autor la miró, con rostro que dejaba entrever su ánimo atónito.

-¿Qué quiso decir, apreciado maestro? -repitió la muchacha, como un martillo pilón manejado por una ninfa.

-No tengo ni pajolera idea -contestó el poeta, haciendo ademán de levantarse, con el dolor claveteándole los ijares, frotándose la nalga con la izquierda-. Porque no son míos. Pero si quieres que te escriba algo personal, llámame a casa.

Fue uno de los mejores actos ceremoniosos al que recuerdo haber asistido jamás. La gente salía a la calle, aplaudiendo a rabiar, si bien el frío intenso que se había impuesto en la ciudad tenía mucho que ver.

El poeta se marchó a vivir a Nueva York, en donde me parece que aún vive, si no se ha muerto a estas alturas.

FIN

Publicado en: Cuentos y otras creaciones literarias Etiquetado como: academia, bedel, confusión, cuento de invierno, director, explicación, homenaje, joven, poeta

Cuento de invierno: Lecciones de supervivencia

7 enero, 2014 By amarias2013 Deja un comentario

El muy ilustre profesor Dr. Alvarodejo, prestigioso especialista de fama mundial en el apasionante campo de la Etiología, completaba el curso de conferencias magistrales que impartía en la Universidad de Prestóme , obligando a sus alumnos, en la última práctica obligatoria para aprobar su asignatura, a acudir al Laboratorio de Supervivencia de la cátedra, en donde tenía instalado un simulador complejísimo.

Se trataba de una situación muy temida por los aspirantes al título de Master en Apropincuación de Comportamientos Sutiles (Sc. Mr. in Subtle Behaviour Perception), prestigiosa cualificación que garantizaba puesto de trabajo como funcionario en la Secretaría de Estado de Supervivencia en el Mundo Hostil (Survival in an Unfrienly World). Era, con todo, un trámite imprescindible, puesto que no se podía conseguir la titulación sin superar esa prueba.

Eran pocos quienes obtenían el aprobado que les abría el paso hacia el título o certificado, ya que la mayor parte de los alumnos, sucumbían, -dicho sea, al menos teóricamente-, a las exigencias planteadas por el simulador.

Las pruebas se desarrollaban en dos días, sin que el alumno sometido a las mismas, pudiera salir del Laboratorio, pedir ayuda, alimentarse de otra cosa que preparados energéticos, ni fueran autorizados a consultar documentos, apuntes, o la Wikipedia. Solamente les estaba permitido evacuar sus necesidades fisiológicas a través de sendos canutos, que conducían, unidireccionalmente, a las redes de saneamiento generales del recinto.

No existe constancia fehaciente acerca de la forma concreta en que se desarrollaba esa singular práctica de Laboratorio y en qué consistían, con total exactitud, los ejercicios. Sin embargo, merced a diversas deducciones imaginativas, la filtración conseguida gracias a confesiones de algunos alumnos suspensos y la declaración, arrancada mediante una sustanciosa compensación económica y una paliza, a uno de los maestros del Laboratorio, ya jubilado, se ha podido inferir una parte del método de selección.

Parece ser que, en la primera fase, los alumnos deberían comportarse durante cuatro horas como un hembra de ciempiés, quilópodo o escolopendra, del orden anomorpha, en fase adulta, procurando alimentarse de los animales que correspondieran a su capacidad digestiva, y, al mismo tiempo, defendiéndose con éxito de sus enemigos naturales, utilizando correspondientemente el órgano de Tömösvary y aquello que estimaran pertinente, siéndoles propio. La prueba parcial se consideraba superada si conseguían efectuar una cópula, para lo que, además, deberían poner de manifiesto el esternito mediante masaje de esa zona contra las hierbas húmedas que se les proporcionaban para lograr la estimulación.

En el ejercicio siguiente, el examinando se veía transportado a la singular naturaleza de un macho de conejo de Lemuria, (el único carnivorous rabbit del que se guarda reseña) cuya primera actuación habría de ser la de devorar el quilópodo que había conformado su anterior existencia. Como en el caso previo, la superación de la fase implicaba soportar airosamente un par de horas de existencia, salvando el pelaje del singular roedor de aquellos enemigos, naturales como artificiales, que, de manera tan imprevisible como insaciable, aparecerían por su entorno: humanos incrédulos, hobbits y habitantes de la saga de Zelda. Como es bien sabido, esa criatura, de tamaño superior al de un perro mediano, de apariencia inocente pero provista de afilados dientes, podía despedazar en unos instantes a cualquier animal más pequeño, y devorarlo sin pausa, destrozándole las entrañas después de desgarrarle la piel o la coraza con sus caninos; aunque su hábitat inicial era Australia, donde fue primeramente detectada, la especie se hallaba en la actualidad extendida por todo el orbe, como reseñan los anales de la estultogeografía, que suelen advertir del peligro de encontrarse con ellas y confiar en su apacible aspecto.

Seguían así, a lo que parece, otros ejercicios, en los que el alumno habría de defenderse también de enemigos de su propia especie, superando las dificultades sin pestañear -o hacerlo poco- y sin dudar en el empleo de todo tipo de argucias, armas, mentiras, empujones y zancadillas. En la etapa final, cuando ya se avistaba el final de la prueba y, por consiguiente, los alumnos veían segura la obtención del preciado galardón, el infeliz egresando se veía confrontado a la actuación más difícil, pues debía, como nuevo Lacoonte, devorarse: esta vez, a sí mismo.

Solo entonces se abrían las compuertas del simulador y el alumno recibía, de su maestro, la corona de laurel y el ósculo en la frente que le suponían el anhelado aprobado. Para obtener una nota más alta, era preciso no salir del simulador, y que el educando se estacionara, embelesado, en la fase penúltima. El profesor solo concedió una matrícula de honor, a un estudiante que confundió la entrada al aparato con su salida; desgraciadamente, el quilópodo anomorpha no concedíó ningún valor al diploma, y se cagó encima.

FIN

Publicado en: Cuentos y otras creaciones literarias Etiquetado como: anomorpha, conejo de Liguria, cuento de invierno, etiología, master, prueba, quilóforo, simulador, supervivencia

Cuento de invierno: Reunión cósmica de sabios

6 enero, 2014 By amarias2013 Deja un comentario

Por fin había podido celebrarse, después de múltiples ajustes en las agendas intergalácticas, la primera reunión cósmica de sabios.

Se trataba, por supuesto, de un encuentro sin desplazamiento real, ya que no hubiera sido posible conseguir reunir a las más privilegiadas mentes del universo, físicamente y en un tiempo dado, dadas las tremendas distancias que les separaban entre sí. Baste decir que, considerando únicamente el espacio tridimensional, los dos asteroides, -de entre aquellos en los que se habían manifestado seres inteligentes-, que se hallaban más alejados entre sí, lo estaban a varios miles de millones de siglos luz uno de otro.

Los problemas de conexión que habían tenido que resolverse eran, por decirlo con una palabra, aún reconociendo la limitación del lenguaje humano, inconmensurables. Por fortuna, los seres de la quinta dimensión habían accedido a poner a disposición del curioso encuentro toda (o una parte) de su conocimiento de comunicaciones, si bien, de empleo limitado a esa sola vez. Habían hecho jurar ante su propia potestad pentadimensional, a todos los seres dominadores de los espacios de tres y cuatro dimensiones (los de dos y una dimensión no habían sido invitados), que no copiarían o imitarían esa tecnología durante los próximos cien billones de siglos luz, so riesgo de destrucción inmediata de la viabilidad de las naturalezas infractoras.

Resultaba curioso, analizado con la imprescindible perspectiva, que entidades de tan diferente naturaleza (reales y fantásticas), ocupantes de espacios con dimensiones de las que unos resultaban englobables en otros, participaran en una reunión, que, sin necesidad de profundizar mucho, se debía estimar como totalmente desequilibrada. El cónclave se celebraba a instancias de la especie humana, que se jactaba de haber llevado su desarrollo a un nivel tal que le hacía merecedora de ser considerada, según su peculiar criterio, centro del cosmos, capaz para dirigir sus propios destinos -fuesen los que fueran-, desprendiéndose, por tanto, de cualquier vinculación anterior y con la consecuencia de no tener que pagar en lo sucesivo peaje intelectual alguno.

Llegado el momento preciso para la confluencia, los representantes más cualificados ocuparon sus espacios virtuales en el escenario hiperdimensional, y el sabio representante de la especie humana comenzó su disertación, que fue absorbida instantáneamente por una gran parte de la concurrencia, dándose el caso de que aún no sabía lo que iba a decir -aunque llevaba su intervención, obviamente, muy preparada- y ya muchos de los que atendían a la misma, habían sacado sus conclusiones hacía siglos.

-Hemos conseguido delimitar el margen de lo desconocido en nuestro Universo -decía el sabio humano- al mínimo. Podemos generar energía, liberándola de los enlaces de numerosos compuestos, e incluso de los mismos átomos. Somos capaces de calcular y construir estructuras resistentes a la mayor parte de los fenómenos naturales que se producen en la Tierra. Hemos puesto en valor la práctica totalidad de los recursos de nuestro planeta y de algunos otros a los que hemos accedido, y si no hemos llegado más lejos, no es por nuestra cortedad, sino por la limitación natural de nuestra Galaxia, cuyo momento inicial y parámetros de evolución creemos haber detectado. Incluso, estamos en condiciones de prolongar nuestras vidas al límite máximo admisible por nuestra composición química, siendo ahora posible imaginar que para el 87% de los humanos se conseguirá superar la edad de 125,3 años. No solo eso: hemos fabricado robots que superan ampliamente nuestra esperanza de vida, con capacidades de actuación incluso superiores a las nuestras. Somos, por tanto, a nuestro nivel, equivalentes a los dioses, y exigimos, con el debido respeto pero inconmovible firmeza, que nos sea reconocida esa calificación entre las categorías cósmicas.

El representante de la cuarta dimensión soltó una carcajada cósmica, que resonó en las oquedades terrestres como un terremoto de intensidad 9,3, medida en la escala de Richter.

-¡No seas iluso, humano! Esas fuerzas de la naturaleza que decís poder controlar son provocadas por los caprichos y divertimentos de mis colegas del espacio tetradimensional. A veces, según los viene en gana, descendiendo de la escala de tiempos a la física, generan un pequeño movimiento tridimensional que vosotros calificáis como tsunami o terremoto de gran intensidad y que os provoca, claro, daños terribles. Otras, movilizan con idéntico empeño, las nubes de vuestro entorno y lo hacen con el mismo gozo con el que los niños humanos hacen pompas de jabón, por el puro placer de hacer figuritas con ellas, lo que no evita, sino causa, tormentas y ciclones. Y no te quepa duda alguna de que cualquiera de esos descubrimientos que vuestra especie juzga producto de la genialidad de algunos o del trabajo continuado de investigación de equipos, son aportaciones graciosas que alguno de los seres de mi dimensión o de las superiores os hacen, con el solo fin de hacer más entretenido contemplar vuestra lentísima, y por su propio impulso, hasta negativa, evolución. Algo parecido, aunque obviamente a otro nivel, a la forma como vosotros, los que os creéis más listos de entre los humanos, y a vuestra reducida escala, cedéis -por supuesto, en vuestro caso, de forma egoísta- algunos avances tecnológicos a los países menos desarrollados.

-Abundando en ello, -iluminó como un relámpago de trillones de fotones, una eminencia de la quinta dimensión- has de saber, enano cósmico, que aunque te creas superior a otros seres de tu escala, incluso invisibles para ti con tus medios de análisis, la situación es solo fruto de tu ignorancia, que no puedes suplir con tu limitada imaginación y tus equipos de pacotilla.

En la Tierra, la población se maravilló de un resplandor tan fulminante que creyeron llegado el fin del mundo, y se pusieron a orar, sin saber a quién.

El sabio terrestre guardó silencio, confundido. Su silencio duró una nada inmensa, y fue percibido en la Tierra como varios siglos de inconcebible vacío. A partir de entonces los cielos se oscurecieron, los hielos se derritieron en una parte y en otra aumentaron varios metros su espesor y, lo que fue peor, todas las creencias se tambalearon, cayendo muchas estrepitosamente y arrastrando en su caída próceres, papas, ayatolás, reyes, iconos, gurús, empresarios, emprendedores, fieles y galardonados (entre otros).

Entonces, y solo entonces, un ser ínfimo que estaba alojado, al parecer, en uno de los lugares más recónditos de la epidermis de la calva del sabio, tal vez colindante con alguna zona del hipotálamo, que no hemos sido capaces de precisar, expuso este pensamiento sorprendente:

-¡Eh! Yo también he venido a esta reunión de sabios, y habito, como la especie humana, en el espacio tridimensional, aunque mi ámbito de desarrollo es varios múltiplos superior al espacio terrestre. No tenemos pretensiones de ser los más sabios del cosmos, ni mucho menos, anhelamos ser independientes, pero quiero expresar que nuestro nivel de inteligencia, como las criaturas superiores sabéis bien, es muy superior al del hombre, al que conducimos como nos da la gana. Los humanos son nuestros robots, en el ámbito que vosotros, los entes superiores, nos permitís actuar.

El sabio humano se quedó de piedra. Lo que anhelaba un instante de gozo se había tornado en una pesadilla terrible. Un ámbito de dolor y desambiguación de máxima crudeza, que, por fortuna, terminó cuando alguien movió su brazo.

-¡Poeta!¡Poeta!

Era su mujer, que le observaba, angustiada.

-¡Despierta, despierta! ¿Qué te pasaba, con qué soñabas? ¡Te movías con terrible angustia y no hacías más que repetir, «no tengo la culpa, no me castiguéis»? ¿Quién te iba a castigar?

El poeta, ya despierto, guardó silencio, se levantó presto, y mientras se aliviaba de los líquidos que se le habían acumulado durante la noche, pensó: «Qué complicado resulta todo esto».

Pero se guardó, muy mucho, de comunicar a nadie, ni siquiera a su esposa, sus presentimientos y, naturalmente, tampoco le contó su sueño, porque no deseaba escuchar ninguna interpretación.

FIN

Publicado en: Cuentos y otras creaciones literarias Etiquetado como: cósmica, cuento de invierno, éspecie, hombre, humanidad, importancia, reunión, sabios

Cuento de invierno: Carta de los Reyes Magos

4 enero, 2014 By amarias2013 Deja un comentario

Aquel 6 de enero del año nosecuántos, todos los niños de la Tierra recibieron, escrita en un idioma que comprendieran, la siguiente carta:

«Nosotros, los Reyes Magos de la Tierra, los de las coronas de papel y manto de alfombra vieja como los subidos en carrozas aparatosas con el logotipo de una Galería Comercial, los de las pelucas pelirrojas como los de las barbas blancas, los tiznados de betún como los encarnados en emigrantes del Sahel a cambio de solo un bocadillo, los varones como las hembras, los de los barrios más humildes como los de las casas de postín, os decimos a todos los niños de la Tierra:

«No os dejéis engañar nunca más. Los Reyes Magos no existieron, ni existen ni existirán. Son un invento de ricos para señalar las diferencias con los que menos tienen, y, en especial, con los que nada tienen. En el mantenimiento de esa mentira, han colaborado, como cómplices, muchos padres, abuelos, tíos y amigos de los anteriores. Pero no creáis que el resultado es haceros felices a vosotros y a los niños que os han precedido en la infancia. Los beneficiarios principales han sido siempre los comerciantes, en especial, los propietarios de los grandes establecimientos, que han conseguido con el pretexto de vuestra felicidad vender a precios carísimos millones de hipotéticos juguetes que, como acabáis sabiendo por vuestra cuenta, no sirven para nada, ni siquiera para jugar.

«Nosotros, los Reyes Magos de la Tierra, reunidos de urgencia ante la situación que está viviendo el mundo, con tensiones sin resolver que parecen desgraciadamente enfocadas a una nueva guerra mundial, hemos tomado la decisión de no colaborar más con ese engaño. No participaremos en cabalgatas, no pondremos nuestro rostro para mantener una ficción que, en nuestra opinión, no causa más que falsas expectativas, disgustos, despilfarros de medios y, aumenta la basura mundial en miles de toneladas, porque los juguetes que se regalan cada año a los niños, acaban siempre, y al cabo de muy poco tiempo, rotos, inservibles e inútiles.

«Animamos a todos los niños ricos a que se fabriquen ellos mismos los juguetes, como hacen los niños pobres. A que encuentren en cada trozo de madera, en un alambre, en una piedra, en las hojas de los árboles, en las madejas viejas, un motivo para desarrollar su creatividad. Os animamos, niños, de familias pobres como de familias ricas, a que juguéis juntos.

«Sabemos que habrá fabricantes de juguetes que pongan el grito en el cielo si leen esto, afirmando que con eso se les esfumará el negocio que sostiene a muchas familias. En todo caso, creemos qué lo harán en el idioma chino, pues de allí vienen la inmensa mayoría de los juguetes, gracias a la mano de obra barata de las fábricas orientales.

«No estamos en contra de que se regalen juguetes a los niños, sino de que se nos invoque a nosotros para sostener la ficción de que hay unos seres celestiales que premian a unos y castigan a otros, en una fecha concreta, lo que ha permitido durante siglos alimentar la hipótesis de que los niños cuyos padres tienen más medios son los que resultan más queridos por los dioses, lo que ni nos consta ni nos parece, en cualquier caso, ético.

«No seremos tampoco nosotros quienes os digamos cómo hacer juguetes, de esos que ahora llaman educativos. Para contar hasta diez, meter piezas geométricas en agujeros o poder decir árbol en inglés, no hace falta llenar de plásticos y cartones de colorines una caja muy aparente con cuatro pilas de cadmio. Para aprender a andar en bicicleta no hace falta, desde luego, disponer de una máquina con cambio de marchas que acabará en el desván. Para jugar a las muñecas no necesitáis un clon de un bebé satisfecho que diga cuatro frases grabadas y eche agua por un agujerito cuando se le apriete la barriga.

«Vosotros sabéis, niños del mundo, sin que os lo hayan impuesto, lo divertido que resulta llenar con pinturas y colores sencillos hojas y hojas de papel reciclado, recortar con tijeras vuestras propias marionetas, participar en carreras, incluso a la pata coja, hacer competiciones de pelota con porterías marcadas en el suelo, organizar lecturas de poesía, representaciones de teatrillo, salir de excursión, que se os explique cómo funcionan las cosas, que se os enseñe el nombre y las costumbres de los animales, que se os presenten más y más amigos con los que descubráis intereses comunes. Todo depende de vuestra edad y está limitado solo por vuestra imaginación.

«Os animamos, queridos niños ricos de cualquier lugar del mundo, a que digáis a vuestros padres que no queréis que os entretengan con ningún juguete comprado, que no gasten el dinero en generaros una ilusión efímera. Decidles que lo que deseáis es que se esfuercen, y rápidamente, en hacer un mundo mejor, sin guerras, sin disputas sin sentido, sin emigraciones forzadas, sin diferencias provocadas por la ambición, el odio y la explotación de los más débiles.

«Nosotros, los Reyes Magos de la Tierra, nunca hemos sido quienes os traeremos los regalos, porque solo somos un grupo de hombres y mujeres que se disfrazan para participar en una cabalgata. Por ello, probablemente, vuestros padres, tíos, abuelos y sus amigos, puede que incluso algunas empresas y asociaciones benéficas, os sigan regalando juguetes en esta fecha y en los años siguientes. Es más, creemos que no leerán esta carta.

«Pero vosotros, sí. Vosotros, sí que conoceréis el mensaje. Más tarde o más temprano, lo entenderéis.

«Es por eso que a vosotros va dirigida, en la confianza de que no caeréis en la trampa de comprar juguetes en una fecha como ésta a vuestros hijos y, puesto que para entonces ya seréis adultos y responsables, no lo haréis porque no necesitaréis de ningún día en el calendario para demostrar a vuestros hijos lo mucho que los queréis, y, sobre todo, de lo orgullosos que os sentís al saber que disfrutan de las mismas oportunidades de ser felices que los niños del vecino, aunque ese vecino esté situado en el lugar más alejado de la Tierra.

«Un beso de despedida de los Reyes Magos que, a partir de ahora, dejamos ya de serlo. Nos difundiremos en el mundo real, hasta hacernos invisibles».

FIN

Publicado en: Cuentos y otras creaciones literarias Etiquetado como: carta, cómplices, cuento de invierno, falsedad, galería comercial, niños, reyes magos, tierra

Cuento de invierno: El niño que cogía truchas con las manos

3 enero, 2014 By amarias2013 Deja un comentario

Por los veranos, la casa grande se llenaba de actividad. A final de cada primavera, se abrían de par en par sus puertas y ventanas, para airearla de la humedad acumulada durante el invierno. Se revisaban las filtraciones de las paredes y, si hacía falta, se pintaba alguna pared, se reponían las tejas que se habían roto para controlar las goteras y se sacaban los sillones de mimbre y sus correspondientes cojines de hierba seca a la azotea.

A través de las rejas del portillo que cerraba el alto muro de piedra coronado por hileras de cristales de botellas con peligrosos bordes, yo podía ver el ajetreo. Dos mozas de las del pueblo, contratadas como criadas de temporada, sacudían frenéticamente las alfombras, quitaban las colchas que habían cubierto los muebles y limpiaban el polvo acumulado sobre los libros de las estanterías. Finalmente, fregaban hasta dejarlos como los chorros del oro, los suelos de madera de castaño del comedor y los pasillos, haciendo que todo oliera a limpio, es decir, a jabón Lagarto y a lejía.

Era siempre domingo cuando llegaban los inquilinos de la casa grande. Venían en dos coches. En el que iba delante, viajaban los señores y algunas maletas. El era magistrado de la Audiencia, un tipo muy importante, que hablaba poco y jamás se mezclaba con nadie, pienso que para no contaminarse. Conducía. Ella, había heredado la casa de un medio hermano que había hecho las américas y al que unas fiebres reumáticas le habían dejado para siempre por allá; tampoco era precisamente alegre como unas pascuas.

En el segundo coche, que manejaba «un propio», venían los niños (un varón y una hembra), el perro pekinés, y atado a la baca, bien ajustado con cuerdas recias de calabrote, un colchón doblado.

Aquel año en concreto del que más me acuerdo, vino también una joven francesa que había sido contratada como institutriz o algo similar. También recuerdo una frase que pronunciaba frecuentemente, con su voz cantarina, aquella joven empleada. Lo hacía, supongo, no tanto por reprender a los pequeños como por justificar su sueldo como asistenta au pair: comportévú lesanfán.

Era una mujer muy simpática, que me daba caramelos y algún bocadillo con una onza de chocolate y manteca, bailaba con mucha gracia en el salón cuando hacían fiestas y no tenía problema en enseñarnos las piernas a los muchachos, haciendo ágiles volatines de su propio cuerpo, que muy bien podría estar compuesto de alambres sino fuera porque era evidente que su composición era de carne.

Yo me hice desde el principio amigo del chico, que tenía más o menos mi misma edad y se llamaba Gasparín. La niña era algo más joven y no me caía nada bien; había heredado los palos de escoba de sus padres, miraba por encima del hombro a todos los del pueblo. Lo juro, no recuerdo su nombre.

Fue la nuestra una amistad singular, de íntimos amigos, aunque tengo la impresión de que mi amigo nunca supo que lo fuéramos tanto. No le dejaban salir fuera del cercado de piedra de la casa grande. El alto muro de piedra la convertía para los ajenos en una fortaleza, pero también era para él, su cárcel.

Pasábamos muchas horas juntos, porque yo acompañaba a mi padre, que era el jornalero para todo en la casa grande. Mientras mi padre se encargaba de atender el jardín y la huerta, podaba los setos, injertaba los árboles, picaba leña, alimentaba los mastines, regaba los frutales, recogía la fruta, o llevaba los desperdicios de la casa al estercolero con la carretilla, nosotros, los niños, jugábamos.

Enseñé a mi amigo a hacer trampas para pájaros, a distinguir un nido de malvís de otros de urraca, a coger avispas y abejas por las alas, a sacar grillos de sus agujeros, distinguiendo los machos de las hembras, y a predecir el tiempo del día siguiente mirando las nubes rojas de poniente.

El me enseñó, sobre todo, a entender que no era diferente.

Una noche, nos escapamos al río, y le enseñé a coger truchas con las manos, haciéndoles cosquillas mientras dormían, buscándolas bajo las piedras con una linterna que yo llevaba. Regresamos ateridos, pero muy contentos. El estaba encantado de quedarse con todo lo que habíamos pescado-una media docena de peces, y una de ellas de casi medio kilo-, porque deseaba enseñárselas a su padre, y hacerle sentirse orgulloso.

-Las dejaré sobre la mesa de la cocina, para que mamá las vea cuando se despierte; se pondrá muy contenta -fue su despedida.

Al día siguiente, mi padre me levantó de la cama a trompicones y me riñó muchísimo. Me prohibieron volver a ir a la casa grande.

-¡A quién se le ocurre llevar a un chico de ciudad al pozo Verdugo! ¡Podía haberse ahogado! -gritaba, mientras me sacudía. Pero no me hizo daño.

De todo esto hace ya bastantes años. Quizá cuarenta, puede que incluso alguno más. Mi amigo y yo no volvimos a vernos. La casa grande estuvo cerrada mucho tiempo, y a través de las rejas del portillo apenas se veía ya nada, porque la yedra cubría la entrada. Nadie la cuidaba; no había perros mastines que la guardasen, los frutales se secaron y las urracas anidaron en las ramas más altas y en la chimenea.

Yo tuve pronto que ganarme la vida, y me fui a buscar trabajo fuera, al extranjero, que era donde lo había. Tuve poco contacto con el pueblo.

Hace poco tiempo que regresé definitivamente al pueblo, a la casa que había sido de mis padres, ya fallecidos, y que también había sido abandonada. Me encontraba muy cansado, con el ánimo de quien ha sufrido una derrota definitiva. Estaba convencido de que mi vida había sido un fracaso, porque, sintiéndola ya casi en su final, no tenía hijos que me cuidaran, me encontraba divorciado pos segunda vez, sin trabajo ni ganas de buscarlo y la mayor parte del dinero que tenía ahorrado se lo habían devorado los abogados.

Con cariño y nostalgia, sabiendo que no tenía nada mejor que hacer en el resto de mi tiempo, restañé las grietas y desconchados de la fachada, reparé el tejado y vi con emoción que el naranjo que había sido mi confidente en las noches en vela, aún se mantenía en pie, apoyándose tal vez en el mar de zarzamoras que dominaba la pequeña huerta.

Esta misma tarde, una persona mayor, con profundas entradas y el rostro de aspecto cansado, se me acercó mientras estaba repasando con pintura blanca la puerta de la casa que me pertenecía.

-¿Será usted, por casualidad, el niño que cogía truchas con las manos? -me preguntó.
-¿Gasparín? -fue lo que salió de mis labios, mirando con sorpresa desbordada al desconocido.

Nos analizamos mejor, nos reconocimos sin dudas, y me fundí con aquel hombre que venía de la casa grande, hecha una ruina, en un abrazo. Sí, yo era el niño que cogía truchas con las manos. Algo quedaba de nosotros todavía.

Era solo cuestión de descubrirlo.

FIN

Publicado en: Cuentos y otras creaciones literarias Etiquetado como: amistad, casa grande, cuento de invierno, institutriz, jornalero, muro, pueblo, tejado, verano

  • « Página anterior
  • 1
  • 2
  • 3
  • Página siguiente »

Entradas recientes

  • Homilía y lecturas del funeral de Angel Arias – Viernes 14 abril
  • Cuentos para Preadolescentes (12)
  • Cuentos para preadolescentes (11)
  • Cuentos para preadolescentes (10)
  • Cuentos para Preadolescentes (9)
  • Cuentos para preadolescentes (7 y 8)
  • Por unos cuidados más justos
  • Quincuagésima Segunda (y última) Crónica desde Gaigé
  • Quincuagésima primera Crónica desde el País de Gaigé
  • Cuentos para Preadolescentes (6)
  • Cuentos para preadolescentes (5)
  • Cuentos para preadolescentes (4)
  • Cuentos para Preadolescentes (3)
  • Quincuagésima Crónica desde el País de Gaigé
  • Cuentos para preadolescentes (2)

Categorías

  • Actualidad
  • Administraciones públcias
  • Administraciones públicas
  • Ambiente
  • Arte
  • Asturias
  • Aves
  • Cáncer
  • Cartas filípicas
  • Cataluña
  • China
  • Cuentos y otras creaciones literarias
  • Cultura
  • Defensa
  • Deporte
  • Derecho
  • Dibujos y pinturas
  • Diccionario desvergonzado
  • Economía
  • Educación
  • Ejército
  • Empleo
  • Empresa
  • Energía
  • España
  • Europa
  • Filosofía
  • Fisica
  • Geología
  • Guerra en Ucrania
  • Industria
  • Ingeniería
  • Internacional
  • Investigación
  • Linkweak
  • Literatura
  • Madrid
  • Medicina
  • mineria
  • Monarquía
  • Mujer
  • País de Gaigé
  • Personal
  • Poesía
  • Política
  • Religión
  • Restauración
  • Rusia
  • Sanidad
  • Seguridad
  • Sin categoría
  • Sindicatos
  • Sociedad
  • Tecnologías
  • Transporte
  • Turismo
  • Ucrania
  • Uncategorized
  • Universidad
  • Urbanismo
  • Venezuela

Archivos

  • mayo 2023 (1)
  • marzo 2023 (1)
  • febrero 2023 (5)
  • enero 2023 (12)
  • diciembre 2022 (6)
  • noviembre 2022 (8)
  • octubre 2022 (8)
  • septiembre 2022 (6)
  • agosto 2022 (7)
  • julio 2022 (10)
  • junio 2022 (14)
  • mayo 2022 (10)
  • abril 2022 (15)
  • marzo 2022 (27)
  • febrero 2022 (15)
  • enero 2022 (7)
  • diciembre 2021 (13)
  • noviembre 2021 (12)
  • octubre 2021 (5)
  • septiembre 2021 (4)
  • agosto 2021 (6)
  • julio 2021 (7)
  • junio 2021 (6)
  • mayo 2021 (13)
  • abril 2021 (8)
  • marzo 2021 (11)
  • febrero 2021 (6)
  • enero 2021 (6)
  • diciembre 2020 (17)
  • noviembre 2020 (9)
  • octubre 2020 (5)
  • septiembre 2020 (5)
  • agosto 2020 (6)
  • julio 2020 (8)
  • junio 2020 (15)
  • mayo 2020 (26)
  • abril 2020 (35)
  • marzo 2020 (31)
  • febrero 2020 (9)
  • enero 2020 (3)
  • diciembre 2019 (11)
  • noviembre 2019 (8)
  • octubre 2019 (7)
  • septiembre 2019 (8)
  • agosto 2019 (4)
  • julio 2019 (9)
  • junio 2019 (6)
  • mayo 2019 (9)
  • abril 2019 (8)
  • marzo 2019 (11)
  • febrero 2019 (8)
  • enero 2019 (7)
  • diciembre 2018 (8)
  • noviembre 2018 (6)
  • octubre 2018 (5)
  • septiembre 2018 (2)
  • agosto 2018 (3)
  • julio 2018 (5)
  • junio 2018 (9)
  • mayo 2018 (4)
  • abril 2018 (2)
  • marzo 2018 (8)
  • febrero 2018 (5)
  • enero 2018 (10)
  • diciembre 2017 (14)
  • noviembre 2017 (4)
  • octubre 2017 (12)
  • septiembre 2017 (10)
  • agosto 2017 (5)
  • julio 2017 (7)
  • junio 2017 (8)
  • mayo 2017 (11)
  • abril 2017 (3)
  • marzo 2017 (12)
  • febrero 2017 (13)
  • enero 2017 (12)
  • diciembre 2016 (14)
  • noviembre 2016 (8)
  • octubre 2016 (11)
  • septiembre 2016 (3)
  • agosto 2016 (5)
  • julio 2016 (5)
  • junio 2016 (10)
  • mayo 2016 (7)
  • abril 2016 (13)
  • marzo 2016 (25)
  • febrero 2016 (13)
  • enero 2016 (12)
  • diciembre 2015 (15)
  • noviembre 2015 (5)
  • octubre 2015 (5)
  • septiembre 2015 (12)
  • agosto 2015 (1)
  • julio 2015 (6)
  • junio 2015 (9)
  • mayo 2015 (16)
  • abril 2015 (14)
  • marzo 2015 (16)
  • febrero 2015 (10)
  • enero 2015 (16)
  • diciembre 2014 (24)
  • noviembre 2014 (6)
  • octubre 2014 (14)
  • septiembre 2014 (15)
  • agosto 2014 (7)
  • julio 2014 (28)
  • junio 2014 (23)
  • mayo 2014 (27)
  • abril 2014 (28)
  • marzo 2014 (21)
  • febrero 2014 (20)
  • enero 2014 (22)
  • diciembre 2013 (20)
  • noviembre 2013 (24)
  • octubre 2013 (29)
  • septiembre 2013 (28)
  • agosto 2013 (3)
  • julio 2013 (36)
  • junio 2013 (35)
  • mayo 2013 (28)
  • abril 2013 (32)
  • marzo 2013 (30)
  • febrero 2013 (28)
  • enero 2013 (35)
  • diciembre 2012 (3)
enero 2014
L M X J V S D
 12345
6789101112
13141516171819
20212223242526
2728293031  
« Dic   Feb »