Al socaire

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Pongamos que hablo de Madrid (5)

15 abril, 2015 By amarias Deja un comentario

Continúo con la relación de algunos temas cuya corrección o mejora ayudaría, en mi opinión, a mejorar Madrid (y, seguramente, otras ciudades que hayan identificado similares problemas).

5. Respecto a la sinaléctica. Me he preguntado muchas veces, cuando circulo con mi vehículo por una ciudad que no conozco, si quien ordenó colocar las señales que, teóricamente, deberían servir para facilitarle el tránsito hasta su punto de destino (o circunvalarla con la mayor rapidez, si ese fuera el deseo), se han molestado en valorar la calidad o utilidad real de esas indicaciones.  Podrían hacerlo, por ejemplo, sentados en el puesto de copiloto, de alguien que nunca la haya visitado, y pedirle que se dirija a un Hotel concreto, al Ayuntamiento, a una calle determinada o…al cementerio. Por cierto, no pondría como condición sine qua non que dejen de utilizar su tontón, pues podría contribuir a un mayor desconcierto.

Madrid dispone, por supuesto, de muchos de los déficits de una mala señalización viaria: con la práctica, y a base de prueba y error, cada maestrillo se acaba confeccionando su librillo. Pero hay páginas especialmente difíciles de cubrir, incluso para los insider: encontrar la vía más rápida de trasladarse a Toledo por carretera desde la zona Norte es una de mis predilectas; despejarse entre las diferentes opciones que bordean el aeropuerto de Barajas (especialmente, la terminal T-4), otra de ellas; encontrar un aparcamiento libre en las cercanías del Teatro Real en horario de representación, sin desperdicio igualmente.

Discurrir sin equivocarse por Mirasierra, premio. Aproximarse desde el centro de Madrid, no ya a una calle, sino a alguna concreta localidad de la Comunidad, ya sea Pozuelo, Majadahonda, Las Rozas, Robledo, puede convertirse en una aventura desesperante, ante la barahúnda de autovías que se entrecruzan, sin aparente -ignoro si expreso- sentido, con salidas que conducen, por sus malas indicaciones -resulta malévolo que las direcciones indicadas sean las menos buscadas-, a dar vueltas y más vueltas.

Obviamente, los mismos, o de la misma subespecie, seres malévolos que han pintarrajeado las ciudades con sus aberraciones artísticas, han pasado también su mano por la mayor parte de los indicadores, tachándolos, corrigiéndolos e, incluso, cambiándoles el sentido. Nadie parece preocupado de hacer revisiones sistemáticas de estos carteles cuyo mantenimiento puede que sea, a saber en qué casos, teóricamente responsabilidad de la Dirección General de Carreteras, o del concesionario de las autopistas, pero cuyas deficiencias nos afectan, sobre todo, y en los casos que indico, a los que vivimos en la Comunidad de Madrid.

Capítulo aparte merecen las indicaciones de las calles de Madrid. Las placas con los nombres no están visibles en su mayoría -por inexistentes, muchas; tapadas por árboles y arbustos, no pocas; por situadas en lugares no adecuados para lo pretendido, demasiadas-. No conozco a nadie (desde luego, no los taxistas) que conozcan todas las calles de esta ciudad, ni, al parecer, las rutas más convenientes -la pregunta de tanteo del profesional, al darle una dirección es: ¿por dónde quiere que vayamos?-. Puede que sea un ejercicio memorístico propio de un concurso de los que tanto se estilan, pues muchas, cortas incluso, tienen distintos nombres a ambos lados de la calle principal, además de estar dedicadas a personajes desconocidos.

Ya me he referido al difícil tránsito por las aceras, que no siempre conducen a pasos de peatones, sino, también a la nada: un parterre, una isla en el asfalto. Sus estrechamientos, cuando se va con el carro de la compra, un cochecito de niño, manejando un coche de minusválido de forma autónoma o conduciéndolo como acompañante, son normales; no siempre es la propia acera la que se estrecha, sino la marquesina, el cartel anunciador, la farola…Alguien tomó la decisión, por lo demás, de colocar papeleras a cada paso, cuyo objetivo no es actuar de tales, sino de botelleros, recolectores de bolsas de basura, excrementos cánidos o chicle de transeúnte, entre otros menores, aunque relevantes para la memoria de quienes tienen que vaciarlas. Energúmenos de otras especies, tienen a bien romperlas y quemarlas, supongo que extasiados ante el espectáculo de su estulticia.

(continuará)

Publicado en: Actualidad, Política

Pongamos que hablo de Madrid (3)

12 abril, 2015 By amarias Deja un comentario

Prosigo con mis sugerencias acerca de cómo mejorar Madrid.

3. Respecto a los parques y zonas verdes. Madrid pasa por ser una de las ciudades con mayor número de árboles por habitante.  Si contamos los alcorques vacíos (que alguna vez debieron contener un árbol), y los que se encuentran en los jardines comunitarios privados, supongo que sí. Hace un par de decenas de años, alguien puso en práctica la buena idea de que los niños nacidos en Madrid tuvieran una placa con su nombre junto a uno de los arbolitos de los que se esperaba mejor vida. Parte de esas placas han perdido la referencia y, no pocos, el representante vegetal, que no ha sido sustituido, sirviendo actualmente el alcorque como recogedor de basuras, especialmente en los barrios más humildes.

Mención aparte merecen los parques infantiles, de los que, en efecto, hay profusión. Tienen columpios -los aparatos más utilizados, junto a los toboganes-, además de diversos balancines y unas peligrosas estructuras de cuerdas, que solo sirven para que los mozalbetes hagan en ellos sus equilibrios acrobáticos. Al atardecer, esos parques, ya no utilizados por los niños y sus cuidadores, sirven para que los perros retocen en ellos y, no raramente, los bancos de que disponen, son usados por parejas, vagabundos y drogadictos.

El Parque del Retiro está sobreutilizado los domingos por la mañana, y los festivos. Sobre su césped, se hacen merendolas por grupos étnicos -típicamente, ecuatorianos que los utilizan como punto de encuentro-, así como padres aficionados al fútbol que organizan partidillos con sus hijos y los del vecino. En los alrededores del lago, se disponen cuentacuentos, malabaristas, echadores de cartas y vendedores de ocasión. En zonas determinadas, bien conocidas por los interesados, se vende droga.

Otros parques de Madrid pasan por ser desconocidos y, felizmente para los avisados, poco utilizados. El Capricho, el del dedicado al Papa Juan Pablo II, el de Pradolongo, el de Usera, el de O ´Donnell, el de la Fuente del Berro, el de Rodríguez de la Fuente, el de la Quinta de los Molinos…tienen poco uso, algunos por no tener fácil comunicación, otros por estar poco iluminados al caer la tarde y, en general, porque al habitante de Madrid no le gusta la naturaleza, sino ver la tele en casa o en el bar o sentarse en las terrazas a tomar una cerveza con los compis del trabajo o la familia.

Es muy complejo y exige buen conocimiento forestal y de jardinería, además de dinero, gestionar un número tan grande de árboles, muchos de ellos, inadecuados para un ambiente de ciudad. Unos, de copa muy alta, y ya añosos, con raíces poco profundas, constituyen una amenaza latente, desgraciadamente, manifestada a veces con caída de ramas, e, incluso, del propio árbol. Los más frondosos sirven ahora como nido de esos pajarracos ruidosos, alóctonos, y depredadores, que son las cotorras, que, junto a las urracas y las palomas (las ratas del aire) constituyen, de largo, la población volante de la ciudad.

La ciudad necesita una revisión completa del estado de la población arbórea, acomodar los ejemplares que se repongan a la naturaleza de una ciudad cuyo suelo está muy horadado y tiene poca capa de tierra vegetal y vigilar las plantaciones que se realizan en los jardines privados, con ejemplares que acaban siendo peligrosos, por su proximidad a los edificios y a las aceras, cuando adquieren un cierto porte.

La codicia de algunos ciudadanos, que confunden lo público con lo que es accesible a su afán de llevarse a su casa lo que se adquirió con el dinero de todos, es causa de que, cuando están recién plantadas en primavera, se produzca la rapiña de no pocas de las plantas que se colocan en las zonas verdes de la ciudad. Los comercios que disponen de terraza a la calle son también objetivo predilecto de estos educados amigos de lo ajeno, que acuden por la noche con sus palas a llevarse algunas plantitas con las que decorar, gratis, sus balcones o jardincillos privados. No es, por lo demás, que Madrid se distinga por balcones engalanados con flores, pues son pocos los que están realmente cuidados, y lo más normal (en el sentido, de corriente) es que de los tiestos que dan a la calle cuelguen cadáveres botánicos o restos de mejores épocas florales.

Sería muy de desear que se despertase, o se mejorase, la conciencia ciudadana respecto a lo que es el Madrid común, para que se cuide más, se engalane mejor, y se respete siempre. Pero esta ciudad grande, demasiado anónima, desarrolla un individualismo peculiar, en el que el orgullo de lo colectivo se ha diluido para ceder ante la idea de que lo que debía ser de todos, es res nulius.

No quiero referirme más que de pasada, al hecho adicional de que los tiestos y terrazas que están en aceras y soportales, sirven de punto de evacuación, al menos de aguas menores, de los muchos habitantes flotantes de la ciudad (¡humanos!), lo que hace el paso por algunas zonas, para pituitarias sensibles, poco soportable.

(continuará)

 

Publicado en: Actualidad, Política

Pongamos que hablo de Madrid (2)

11 abril, 2015 By amarias Deja un comentario

Prosigo en este Comentario con mis apreciaciones de lo que debería cambiarse en Madrid, para hacer de ella una ciudad más moderna y agradable.

2. Respecto a la movilidad: transporte público y privado. La ciudad dispone, ciertamente, de un buen servicio de transporte urbano, especialmente en la interconectividad del centro de la ciudad. Basta mirar el mapa del metro para cerciorarse de la concepción centralista, en buena medida elitista, con la que fue concebido originalmente, y que resulta muy difícil de paliar, con la ampliación radial de las líneas, pues parece evidente que el coste elevado de una segunda red circular de metro, que intercomunique las periferias y los asentamientos más modernos, provocados por un crecimiento excesivo y no ordenado de la metrópoli, ha sucumbido ante el atractivo de una M40, o una M50 para los poderosos automóviles que tanto dominan en la moderna, a pesar de su futuro incierto y declinante, sociedad motorizada.

Las horas punta del transporte urbano, que son fundamentalmente aquellas en las que los trabajadores más modestos se dirigen o vuelven a sus puestos de trabajo, provocan la saturación de los vagones de metro, a pesar de la mayor frecuencia de circulación de los trenes. La congestión subterránea tiene su continuación en superficie, en donde miles de automóviles, típicamente con solo un pasajero (el conductor) o dos (el conductor y el directivo o alto funcionario que va a su despacho), colapsan a diario, en esas horas, las avenidas principales.

Es imprescindible analizar, con absoluto rigor, el tráfico de la ciudad, animando al empleo, no ya de horarios flexibles, sino de horarios flexibles coordinados: esto es, asignando intervalos horarios, según qué empresas, comercios, o departamentos públicos. El acceso a los colegios, institutos y universidades es otra causa de congestión, inaceptable y, por supuesto, causante de tremendos extracostes, tanto públicos como privados. Piénsese que 30 minutos perdidos en atascos de tráfico para una media diaria de medio millón de personas (como ejemplo modesto), implica más de  7 millones de jornadas perdidas al año. Un despilfarro insoportable, aunque en su mayoría (supongo) sean de ejecutivos y altos empleados y funcionarios a los que nadie controla la hora a la que llegan, ni lo que hacen, pues no puedo comprender por qué de ocho y media a diez de la mañana en Madrid no se puede circular con fluidez, salvo los fines de semana.

En relación con el transporte en autobús, además de denunciar el despilfarro injustificable de la renovación de marquesinas (las instaladas nuevas son peores, impiden la visión del autobús que llega, tienen bancos con una división que se pretendió justificar para que no sirvan de acomodo a desarraigados que las utilizarían para dormir, etc.), se debe revisar la secuencia con la que se produce la llegada a las paradas de, al menos, los vehículos de algunas líneas. Tengo especial y directamente comprobado que en  la línea 70, como ejemplo, no es inhabitual -más bien, contrario- que lleguen dos y hasta tres! juntos, siendo el intervalo de espera, como puede suponerse, una lotería, a pesar de los paneles que avisan de la llegada, colocados no hace mucho tiempo. Puedo imaginarme por qué sucede eso, pero prefiero que la imaginación del lector también aporte su valoración.

No hay ninguna razón, más que la negligente tolerancia, para que en las proximidades de ciertos restaurantes, discotecas, locales comerciales, hospitales y clínicas, y, además, junto a colegios e institutos, se admitan dobles filas de automóviles, incluso triples, colapsando a veces las calles.

Tampoco es admisible que la carga de depósitos -gases licuados, combustibles, etc.- o el servicio a establecimientos comerciales se haga en horas de mayor tráfico, o obstaculizando las aceras, u obligando a que los vehículos invadan el carril contrario.

No encuentro justificación a la falta de respeto a los pasos cebra, estimando especialmente peligrosos aquellos que se relacionan con un giro en el que los peatones disponen de luz verde y los vehículos solo son regulados por una luz ámbar. He sido testigo de varios sustos, algún atropello y, aunque extremo mi cuidado al tener que utilizar esas trampas para peatones, lo hago siempre con miedo a ser arrollado por conductores que solo van preocupados de sí mismos y sus prisas.

(continuará)

Publicado en: Actualidad, Política

Temible Leviathan

2 abril, 2015 By amarias Deja un comentario

La película titulada Leviathan, que dirigió en 2014 el inspirado Andréi Zviáguintsev, con un guión escrito junto a  Oleg Negin -protagonizada por un elenco de actores encomiable- me llevó a releer uno de mis pasajes preferidos de la Biblia: el libro de Job.

Ese monstruo acuático, identificado con una de las formas del demonio, que comparte muchas de sus características físicas con el cocodrilo y  del que «no hay sobre la tierra su semejante, porque está hecho para no temer nada» (Job, 41,34) es el elemento subyacente de la historia que nos cuenta Zviáguintsev: un hombre serio, sometido a la prueba de perderlo todo y que, efectivamente, es desposeído de cuanto ama (su casa, su pareja, su hijo, su libertad).

Su culpa no es otra que haberse enfrentado, en defensa de su derecho, con el auxilio de un letrado eficiente , al poder. Que la historia tenga como escenario la Rusia de Putin y que el poder triunfante adopte en la película la forma de un sistema político concreto al que los representantes de la judicatura, de la iglesia, de la policía, del empresariado, …rinden pleitesía , no nos impide, al contrario, entender que la historia es universal.

La vivimos aquí, también, en España. Tenemos ejemplos concretos. Yo, también. Poderes corruptos, que no pueden disimular siquiera en la incapacidad o en la ignorancia su desfachatez con los más débiles, que solo pueden esgrimir en su defensa, el valor del derecho.

El libro de Job es, en su conjunto, la narración de un misterioso episodio que, a los niños y a los inocentes se les esquematiza indicando que es la historia de un hombre que soporta con resignación la prueba de Jahvé, hasta el punto de perderlo todo. Sin embargo, la lectura desinhibida del texto nos descubre que el pobre Job se resiste únicamente a reconocer, como le aconsejan sus amigos, que vierten sobre él su propia culpa, que ha pecado. No lo hace por resistencia orgullosa, sino porque ha tratado siempre de ser justo, y, como el propio Jahvé le reconocerá, así ha sido: «¿Cuántas iniquidades y pecados tengo yo?» (Job, 13,23)

En fin: véan, si no lo han hecho, la película. Es magnífica. Y, si puedo aportar un poco de mi erudición de pacotilla, a los que tengan ganas de hacer gozar el espíritu con algo más que los sentidos del cuerpo, arrímense a Garcilaso de la Vega (1501?-1535), por ejemplo. Imagino al pastor Albanio, enamorado de Camila, a la que acaba de descubrir dormida.  Prudente y azorado, se plantea, en hermosos versos, si tendrá fuerza suficiente para despertarla.  Estando en estas elucubraciones, la joven se despierta y llama en su socorro a Diana, lo que obliga a actuar con rapidez al galán, que la sujeta, mientras le solicita: «No te muevas, que no te he de soltar; escucha un poco».

La fuerza de Leviathan parece magnífica, y sus servidores, confiados en ella y en sus ventajas. Los que no le tememos y deseamos que los justos no sean llevados a su ruina, sino al triunfo, nos apropiamos de la frase de Albanio, para sacarla de contexto, pero aplicarla a quienes se jactan de tener el poder de su parte: «No te he de soltar. Escucha un poco».

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Una yunta díscola (8): La gestión de la incertidumbre

18 marzo, 2015 By amarias Deja un comentario

(Este Comentario es continuación de los siete anteriores, que llevan el mismo título genérico: «Una yunta díscola» -es decir, crear empleo en el actual contexto tecnológico-)

8. La gestión de la incertidumbre: la coordinación eficaz de los agentes socioeconómicos

Escribe Tácito en «Los anales»: «Tiberio, acostumbrado aún sin necesidad, por naturaleza o por uso, a decir siempre palabras ambiguas y oscuras, entonces que lo procuraba con artificio eran tanto más inciertas y escondidas» (Libro Primero, pag. 22 Colección Austral, Ed. Espasa Calpe).

Pues bien: ante la compleja situación generada en el siglo XXI, caracterizada, entre otros protagonistas, por la combinación de globalización, consciencia endógena de la existencia de desigualdades graves en los desarrollos económicos en los países y áreas, control supranacional de los avances tecnológicos, alto nivel de exigencia popular en el mantenimiento de las situaciones de bienestar en los Estados más desarrollados, y agotamiento relativo de los recursos naturales, junto a la consciencia de un deterioro ambiental galopante y la alta probabilidad de un calentamiento de la superficie terrestre, …la proliferación de líderes con la mentalidad de Tiberio es un serio hándicap para canalizar la ejecución de las posibles soluciones.

A nivel general, el fracaso de las cumbres mundiales para tratar de analizar objetivamente los problemas es evidente. Falta un liderazgo claro, es cierto, pero también se echa de menos la consciencia de la problemática. Los informes del Panel del Cambio Climático no encuentran respuesta práctica, y el tiempo pasa, jugando en contra. Las conclusiones de las reuniones de los jefes de Estado, ya sean al nivel de los C-7, C-20 o en los numerosos Congresos y Asambleas propiciados por las Organizaciones supra-gubernamentales, evidencian un gusto por las declaraciones ambiguas, que incorporan promesas atemporales y especulan con la fijación de objetivos irrealizables y, por tanto, persistentemente incumplidos, lo que no debería tranquilizar a quienes tienen preocupación por el futuro, que va mucho más allá de los horizontes electoralistas en cada país.

En esta situación, deberían separarse los mensajes genéricos, voluntaristas, de lo pragmático. Es una lástima reconocerlo, pero la evidencia es cruel. Los encomiables esfuerzos en tratar de impulsar Unión de civilizaciones, Ayudar al desarrollo de los países más atrasados, contener el amenazador fantasma del Cambio climático, concienciar a las grandes empresas multinacionales en la responsabilidad social, etc., se han convertido en «palabras ambiguas y oscuras», revestidas de un artificio dialéctico que las hace «tanto más inciertas y escondidas».

España debe impulsar la investigación aplicada, retener a sus licenciados (que tanto ha costado formar), trazar un plan creíble de generación de empleo, e impulsar, fundamentalmente en solitario, la creación de actividad nueva, consolidando las líneas ya existentes. No se puede perder ninguno de los sectores existentes, y la incorporación de las nuevas tecnologías – generadoras netas de un déficit de empleo, que presiona sobre los menos cualificados-, ha de ser, cuando se emplean recursos públicos para favorecer su implantación, cuidadosamente analizada.

Lo digo desde mi posición de observador tecnológico, y, si me permite el lector la aparente petulancia, experto en alguno de sus campos. No se puede animar a las personas sin otra cualificación que su necesidad de encontrar un modus vivendi, a que creen su propia empresa: tenemos demasiadas peluquerías, mercerías, tiendas de ropa infantil, bares, restaurantes, cafeterías, bollerías, tiendas de la esquina; nos sobran, también, bufetes unipersonales, oficinas bancarias, estudiantes sin vocación, empresarios con escaso conocimiento de la evolución previsible de los mercados para sus actuales productos, etc.

Invito al lector, si no lo ha hecho aún, a que lea mi reflexión sobre «La rebelión de las élites».  El título de ese trabajo podría mover a confusión, al ser evidente la referencia semántica al trabajo de Ortega y Gasset sobre «La rebelión de las masas», escrito en un contexto sociológico muy diferente.

Lo que pretendo poner de manifiesto es que los políticos deben atender, hoy más que nunca, a incorporar a sus programas y propuestas, actuaciones concretas vinculadas al desarrollo de los sectores preferentes. La amenaza de burbujas existe por doquier y, por eso, hay que detectar a tiempo cuando la presión que las haría estallar es ya muy intensa.

Parece que hemos olvidado la explosión de la burbuja tecnológica de Terra, y vivimos aún obsesionados por la burbuja de la edificación que, como se ha dicho con preclara seriedad, no tiene que ver con ninguna burbuja de la construcción y, en cambio, ha afectado a las empresas constructoras, por la paralización de la obra pública.

(cotinuará)

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Mensaje apócrifo de Navidad de Felipe VI

24 diciembre, 2014 By amarias Deja un comentario

(En el escenario a semioscuras, se ve la carcasa de un aparato de televisión sobre una mesa con ruedecillas. Por un lateral, aparece, con gesto cansado, el Rey Felipe VI. Se sitúa detrás de la mesita y, moviéndose ligeramente a un lado y a otro, incluso sacando los brazos fuera de la carcasa, ajusta su colocación con parsimonia.

Cuando está satisfecho con el resultado de la operación, Felipe VI extrae unos papeles algo arrugados del bolsillo, se cala las gafas que necesita para compensar su incipiente presbicia, y mira al frente. En ese momento, se encienden más luces, y descubrimos, en el lateral contrario a aquel por donde apareció el Rey, a la Reina Doña Leticia, sentada sobre unas maletas de viaje.

Felipe VI lee con voz timbrada, guardando las pausas; de vez en cuando, utiliza una petaca de la que bebe un líquido no identificado)

-Buenos días a todos. Me corresponde, como hacían mi padre y su antecesor en la Jefatura de Estado, dar un mensaje de Navidad en estas fiestas entrañables. Se trata, como bien sabéis, de ser proactivo y amable, repitiendo cuatro o cinco ideas de esas sin el menor interés, por su obviedad manifiesta. Por ejemplo, animando a que seáis solidarios, a recordar que si estamos juntos podemos superar cualquier dificultad, y expresando que todos somos iguales ante la ley, la democracia y las oportunidades de la vida.

Pues bien. En estos meses que llevo haciendo de Rey, me he dado cuenta de que se estaba mucho mejor haciendo de Príncipe de Asturias. Viajaba mucho, tanto de placer como para asistir a las investiduras de presidentes de antiguas colonias, asistía a fiestas de incógnito o con otros miembros de familias reales, y entregaba una vez año unos premios con mi nombre -con mi nombre- a algunos compatriotas, junto a personajes que habían sido galardonados con el Nobel o estaban a punto de serlo en la próxima convocatoria.

Pero no solo eso, la Reina Doña Leticia también ha sacado sus propias consecuencias de este tiempo. Me dice que estaba muchísimo mejor siendo periodista del montón, nieta de taxista y locutora, e incluso, cuando estaba divorciada y se reunía de vacaciones con sus amigos en Asturias para comer oricios, regarlos con sidra y cantar Patria querida. Ella, que viene de por ahí, de por donde vosotros, me anima a que nos comportemos como tipos normales, sin pasarse, claro, permaneciendo más o menos de buena familia, sin que tengamos que disfrazarnos para tratar de pasar desapercibidos en la calle. Me apetece, incluso, ponerme de vez en cuando la camiseta con la inscripción CR que me regaló Florentino, irme algún fin de semana en tren a Alicante con el taper de tortilla y las niñas, y hasta debe tener su puntillo hacer la cola del paro por las mañanas y una chapucilla, para ir tirando, por las tardes.

La verdad, cuando no puedo dormir por la noche, la idea de mandarlo todo a la porra, me mola cantidad. ¿Qué hice yo para tener que representar la unidad de España? ¿Qué diablos es eso? He asistido a algunas reuniones del Consejo de Ministros y leo todos los días las notas de prensa que me recorta y clasifica la Reina, que de eso sabe un montón, y me doy cuenta de que los problemas que tiene el país son de una complejidad abrumadora. No es que sean superiores a los de otros países, es que hay demasiada gente encargada de complicarlos todo lo posible cada día. Y lo hacen con tanto empeño, con tanta devoción, que el único punto de acuerdo al que es posible que lleguen es que no tienen solución, y solo consiguen calentarse recíprocamente las cabezas.

A esta situación general, se añaden las cuestiones personales. Mi padre, que tiene los achaques propios de su edad, se encuentra en paradero desconocido, negociando no se qué, por lo que me cuentan, con la que fue su amante durante las últimas décadas. Mi madre,  está buscando casa con terreno en la campiña griega, para retirarse a cuidar allí, junto a mis helénicos tíos, los toros de lidia que pueda salvar de su cruel destino en plazas españolas. Mi hermana mayor, separada del padre de sus hijos, con un exigüo peculio, trata de rehacer su vida como puede a la caza de algún candidato con posibles. La pequeña me ha dicho que vendrá a vivir con nosotros, pues su casa va a ser embargada, porque un juez rencoroso con la élite  quiere saber de dónde sacó el dinero su marido, pues no se cree que alguien pueda hacerse rico por el solo hecho de pertenecer a la familia real, como siempre ha sido desde que el mundo es mundo.

Todo esto que ya sabéis por los periódicos, no tiene nada de particular. Si no en todas las familias, pasa en algunas de ellas, y solo basta leer el Hola, para estar de acuerdo en que las familias de la aristocracia y de la farándula en general, andan por los mismos andurriales a cada poco.

Pero lo que ha colmado el vaso de mi paciencia es que, según las encuestas vienen reflejando, soy el más popular de los personajes públicos relacionados con la política -es evidente que hay que sacar fuera de las estadísticas a los que se dedican al fútbol o a la canción melódica-. Hasta ahí, bien. Lo que sucede es que me dicen, también, que la gran mayoría de vosotros sois republicanos.

Esto supondría que, si se os dejara libres, tendríais como forma de gobierno una República, y desearíais que me presentara a las elecciones para la jefatura del estado o del Gobierno. Y eso sí que no. ¿Competir yo, que he sido formado en las mejores Universidades del mundo, que hablo impecablemente cuatro idiomas, que he hecho la carrera militar en todos los ejércitos, que se pilotar aviones y tanques, que mido más de dos metros, etc. con cabezas de lista de los partidos políticos?

No quiero poner ejemplos, para no encrespar los ánimos de nadie. Jamás he ido a una reunión, que no fuera de vacaciones, en camisa; nunca me visteis levantar la voz en una comparecencia pública; jamás he emitido una opinión contra nadie; me tragué lo que pensaba de todo lo que sucedió a mi alrededor; etc.

He releído la historia del Rey Amadeo, y me volvió a impresionar mucho. Tanto que, concluyo, para no cansaros.

Ahí os quedáis. Leticia, las niñas y yo, nos vamos. A un lugar secreto, y para siempre.»

(Se van las luces del escenario. Felipe saca el cuerpo de detrás de la carcasa, se acerca a Leticia y salen con las maletas, mientras suena una música celestial, o algo parecido)

Publicado en: Política Etiquetado como: discurso, Felipe Sexto, Navidad, rey

Catarsis sin tragedia

7 diciembre, 2014 By amarias Deja un comentario

A medida que se van concretando los signos por los que podríamos deducir que nos encontramos en la etapa más interesante de la evolución de la Humanidad, -es decir, de la última-, supongo que no seré el único preocupado porque sea lo más dilatada posible.

No merece la pena detenerse en detallar cuáles son esas señales que me hacen sospechar que la cuerda cósmica que nos compete se nos está acabando. Los ritmos de los cambios se han acelerado exponencialmente, la presión consumista sobre la naturaleza es ya insostenible, el desacuerdo sobre lo que convendría hacer se consolida como insalvable (desigualdades sociales, desprecio a principios éticos, fanatismos contagiosos, contaminación galopante, desequilibrios climáticos asumidos con estulta resignación, modelos económicos en crisis de solvencia, individualismos exacerbados, ausencia de liderazgos solventes, etc.).

Admitiendo que la adopción de medidas globales es imposible, ante la dispersión y heterogeneidad de los centros de decisión, preocupados por mantener a flote sus cuatro dogmas, a los que no participamos en la toma de decisiones pero mantenemos la ilusión de considerarnos capaces para realizar, aunque sea limitado, un análisis de lo que está pasando, solo nos queda escribir a los dioses.

Recuerdo la emoción que me produzco leer por primera vez a Mircea Eliade («El mito del eterno retorno») y la atención con la que me detuve en saborear la idea de que la fe supone la emancipación de la ley natural, y de que la presunción, entendida como un axioma, es decir, un a priori sin justificación, de que existe Dios, es el pilar más sólido de nuestro concepto de libertad.

La existencia de un ser superior a nosotros, que está en el otro lado de nuestro devenir, esperándonos, proporciona, según Eliade, la certeza de que las tragedias que ha soportado la Humanidad, a lo largo de su Historia, tienen un significado que las trasciende. Con palabras más llanas, debieron haber servido para algo: para corregir el rumbo, cuando estaba equivocado, en relación con ese tactismo luminoso hacia quien, deberíamos aceptar, es el autor de esta grandiosa escenografía en la que evolucionamos desde el primer mono-homínido, hasta el homo sapiens superior que creemos ser ahora.

Estoy lejos -aunque no exactamente en el polo opuesto- de la conclusión de Eliade, pero lo que me gustaría, y por ello, a mis lares y penates invoco cada noche, es que esta última catarsis, contradiciendo por una vez a Aristóteles, se realice sin tragedia. Que me pille, a mí y, al menos, a los que quiero, en un dulce sueño.

Publicado en: Actualidad, Política Etiquetado como: Aristóteles, catarsis, Eliade, historia, mito del eterno retorno

Ónde vais?

14 noviembre, 2014 By amarias 2 comentarios

Hace pocos días fue, según me enteré después, «el día del abuelo». No lo sabía cuando, encontrándome a la espera del autobús, un grupito de niños de entre cinco o seis años, dirigido por uno algo más atrevido, me increpó: «¡Abuelo, abuelo!» y el que llevaba la voz campante, incluso se interesaba por un detalle que me dejó perplejo: «¿Cuántos años tienes? ¿Ochenta? ¿Cien?»

Miré al monitor que, cual gos d´atura homínido, trataba de ordenar aquella troupe de descarados para repartirles unos bocadillos que acarreaba en una caja de cartón de fondo desvencijado, esperando de él alguna reconvención al más vociferante, pero desvió la vista, dándome a entender que el asunto no iba con él.

Aunque no pude menos que recordar al pasaje bíblico donde se nos cuenta que los profetas Elías y Eliseo se toparon con unos mozalbetes que insultaban al primero -que sería poco después elevado al cielo en carro flamígero-, gritándole :»¡Sube, viejo calvo!», y que, según el relato, fueron castigados con el envío de dos osos que despedazaron en un momento a varios de aquellos deslenguados, debo reconocer que lo que en realidad me preocupó era sospechar que mi estado físico había sufrido un deterioro repentino y que, de resultas, aparentaba unos cuantos años más de los que ya soporto.

No estoy dispuesto a dejarme intimidar por cómo me vean niñatos que no son aún capaces de distinguir edades de envejecientes con la precisión con la que yo he aprendido a discernir, por tramos de seis meses a los párvulos. Me encuentro físicamente bien, y aunque no me vean tan joven los que incluso sacan un par de años a mis nietas mayores, me creo con capacidad aún bastante para seguir trabajando por mejorar algo lo que me rodea, haciendo lo que pueda dentro de lo que me dejen (1).

Por eso, y porque la madurez me ha dado la visión directa de unas décadas ilustrativas de la historia de España y del mundo, me siento, sino con autoridad, si con la necesidad, de advertir que el momento por el que está atravesando nuestro país es muy interesante, porque es extremadamente peligroso.

Tomando como referencia el tiempo que los media dedican a los temas, sacaríamos la conclusión de que los dos temas que más animan a unos cuantos españoles y preocupan a otros muchos españoles -no quiero ahora cuantificar la dimensión de ambos grupos- son: la propuesta de escisión independentista que ha calado entre muchos residentes en Cataluña y el avance de la agrupación Podemos, con un programa político que se va construyendo, en buena medida, sobre la marcha.

Por supuesto, ambos asuntos no son sino la lengua de la morrena del glaciar que empuja al mar de la inmediatez el hielo de la indiferencia con la que se tratan los problemas de los demás. No es nuevo para la Humanidad, ni para nuestro país, y hasta ahora, la generación de unos años de caos y destrucción le ha venido bien. De las cenizas y la sangre han surgido nuevas esperanzas, entre supervivientes que se han llevado las manos a la cabeza gritando «¿Qué hemos hecho?» (o dejado hacer) y aprovechados que se han aupado sobre las ruinas, para enriquecerse con la reconstrucción más sólida de lo destruido, utilizando la capacidad, no exenta de docilidad y esperanza de la mayoría de los que también sobrevivieron.

La actualidad nos ha puesto sobre la mesa del comedor a dos excelentes charlatanes: Mas e Iglesias, que, además, venden frascos de una medicina que hace un par de años no hubiéramos creído necesitar jamás pero ahora, a no pocos, les parece imprescindible. El nombre del producto es diferente, pero el contenido del frasco es el mismo: un placebo que no soluciona el problema de base, sino que lo complica.

A ambos líderes mediáticos, con la mirada puesta en el después y no en el ahora, creo que les viene de perlas el mensaje de advertencia que recoge esa canción asturiana, convertida en dicho popular muy socorrido: «Ónde vas, Pachín del alma, de alpargates y orbayando, non te metas por los praos, que vas ponéte pingando».

—

(1) Estoy pensando, al escribir esto, en el cuento guaraní que presenta a un diminuto colibrí que, mientras el bosque ardía, y ante la pasividad de los demás animales, volaba una y otra vez de un riachuelo al corazón del fuego, llevando cada vez en su pico una gota de agua. El jaguar, -¿o fue el oso?- que estaba quieto mientras el fuego amenazaba sus pies, justificaba su propia inactividad queriendo hacer ver al pajarillo que sus esfuerzos serían inútiles ante la magnitud de lo que pretendía: «Nada conseguirás», le dijo. A lo que el colibrí replicó. «Yo hago lo que puedo».

Tengo comprometido a mi amigo Rafael Ceballos -que nos lo transmitió cuando recibía, el 14 de noviembre de 2014, la medalla del Club Español de Medio Ambiente- mejorar el previsible final de esta historia de animalario, simulando que los animales del bosque se movilizan todos, recapacitando respecto al poder de que son capaces si actúan conjuntamente, y consiguen apagar el fuego. De momento, solo algunos luchan con las llamas y otros, hasta se diría que las aventan.

Publicado en: Actualidad, Cuentos y otras creaciones literarias, Cultura, Política Etiquetado como: anciano, Artur Mas, Ceballos, CEMA, charco, colibrí, Elías, Eliseo, gos d´atura, movilización, niños, Pablo Iglesias, Podemos, soluciones

Etica para un mundo global

16 octubre, 2014 By amarias Deja un comentario

Puede que aún haya quien no le preste atención, pero la sociedad de las comunicaciones ha levantado la gran piedra en la que se ocultaban buena parte de las contradicciones de la sociedad occidental, y ha dejado al descubierto la desnudez de los dogmas con los que había venido trabajando, en particular, desde ese momento singular que se llamó revolución industrial.

Estamos en un momento que carece de interés sociológico, porque en realidad, lo que debería interesarnos es que nos encontramos ante la evidencia de que se prepara un gran diluvio, que será, esta vez, mucho más universal que los anteriores.

La Biblia, ese libro imaginativo en el que han quedado reflejados, con metáforas y cuentos cortos sin otra aparente relación que la de referirnos el camino de un pueblo elegido hacia su utopía, ya lo tiene reflejado: solamente se salvarán quienes consigan construir un arca en la que hayan introducido, antes de la debacle colectiva, además  de a sí mismos y a unos pocos familiares, algunos ejemplares de otras especies, con lo que conseguirán mantener encendida por algún tiempo más la llama de la fantasía.

La amenaza detectada se llama hoy calentamiento global, y el pecado colectivo consiste en la adoración del dios dinero, sostenido por sacerdotes y profetas que se expresan en conciliábulos de apoyo al mercado libre y animan a la búsqueda sin límites de la satisfacción, a la que nos conduce, ciega de su destino final, la sociedad de consumo.

¿Hay solución? En múltiples foros se aborda, con manifiesta falta de profundidad, el análisis acerca de las posibles soluciones: responsabilidad social corporativa, ayuda al desarrollo, planes para la reducción de las emisiones (incumplidos sistemáticamente), eliminación de barreras al comercio internacional, programas de acceso al agua y energía para todos, protección al medio ambiente en bosques tropicales, humedales y zonas  sensibles, etc.

Entretanto huelen el tufo de la catástrofe, las sociedades teóricamente más avanzadas, se pertrechan para mantener el equilibrio inestable del bienestar de sus mayorías, descuidando aceleradamente los problemas de las minorías cada vez más marginadas en su soledad, condenándolas a su suerte, vendiendo a los fieles que se mantienen en los tabernáculos, la esperanza fatua de una recuperación de los mercados, acumulando medidas y promesas de actuación que la realidad revela, una y otra vez, no ya como insuficientes, sino como equivocadas.

No se habla de la ética, es decir, de los principios éticos universales, que es tanto como decir, de las cuestiones deontológicas más elementales, que se resumen en una: nadie puede arrogarse el derecho a vivir con base en la eliminación de los otros.

Aunque sigue habiendo guerras de usurpación y dominio, las batallas se ganan también en el campo de la ineficiencia, de la falsa dedicación a poner en práctica soluciones que representan engañiflas, de la ocultación de los datos relevantes del problema a los más y, también, del desprecio a la situación de quienes tienen menos recursos (económicos, intelectuales, sanitarios, de información y contactos), imposibilitados de raíz para encontrar por sus propios medios, el camino que podría conducirles a su supervivencia, a construir su arca de salvación para los suyos.

El cristianismo, en cuanto a teoría humanitaria a la que es posible, sin desdoro, suprimir el aspecto teológico para dejarlo en su esencia, reducido al aforismo de todo filósofo honesto, respeta al semejante sin hacerle daño (podíamos llamarlo amor, pero no hace falta apuntar alto para acertar a lo que se tiene al lado) no tiene la varita mágica. Pero sí sería capaz, en este momento de su evolución para aproximarse a términos de doctrina social, y después de siglos de dar tumbos, cometer innúmeros errores y causar mucho daño, de ayudar a un buen diagnóstico.

Porque la cuestión no está en lo que ningún Dios pueda querer de nosotros, sino en lo que el hombre pretende conseguir de sí mismo.

Es imprescindible pensar en soluciones globales, olvidarse de dogmas y egoísmos individuales, nacionalistas o gregarios, y presentar una panoplia de actuaciones globales, en la que la tecnología, la cooperación leal, el trabajo conjunto entre todos los pueblos, ayuden a salvar los muebles de este desequilibrio dramático en el que estamos construyendo un presente precario con un futuro claramente imposible para todos.

No me parece digno que se esté construyendo el arca de la salvación de unos pocos, a costa de sepultar en el diluvio global a las mayorías. La gobernanza total, hoy, como nunca, exige liderazgos y compromisos en muy corto plazo, con la mirada puesta en lo que habrá más allá de esta generación o la siguiente. Menos cifras, digamos no a inútiles promesas, censuremos esa proliferación de conferencias internacionales sin conclusiones efectivas, en donde cientos de representantes de quién sabe intercambian sus tarjetas y palmaditas en la espalda.

Puede que algunos contemporáneos se salven si la temperatura global sube demasiado, los centros económicos cambien bruscamente de Londres y Nueva York a Pekín, Sao Paulo o Nueva Delhi, la hambruna provocada por el desigual reparto de las sobrantes se desplace sin rumbo, las guerras por el poder derivado del agua, la energía o las materias primas se desencadenen como fuegos de artificio. No se si las arcas salvíferas estarán en occidente o en oriente, que hasta ese punto llega mi percepción de la confusión. Lo que es hora de poner de manifiesto es que no se está trabajando por la salvación colectiva, y eso, aquí, y ahora, se llama faltar a la ética, aunque se adorne con mucha palabrería y expresión de voluntades que no se tiene intención de cumplir.

No es necesario apelar a un Dios omnipotente dispuesto a premiar a los justos por haber seguido su designio superior. No hace falta apuntar a las fuerzas etéreas. La humanidad habrá perdido, si se cumplen las peores expectativas, y seguramente no habrá sido la única, sino una vez más, la oportunidad de avanzar colectivamente en el descubrimiento de una respuesta que está en la esencia de cada uno de nosotros, y que parecía estar algo más cercana.

 

 

Publicado en: Economía, Política, Religión, Sociedad Etiquetado como: agua, Biblia, civilización, desarrollo, diluvio universal, energía, ética universal

I would prefer to fight

16 julio, 2014 By amarias Deja un comentario

En un Acto aceptablemente concurrido, a pesar de la hora incómoda (10h 30m de la mañana), el Instituto de la Ingeniería de España (IIE) celebró una rueda de prensa en la que responsables de diversas Asociaciones expusieron su malestar, bajo la fórmula de un Manifiesto, por una situación realmente increíble: cientos de miles de titulados españoles no tienen reconocida la cualificación universitaria que les acredita, teóricamente, el diploma que han conseguido.

Y no la tienen, ni en el extranjero, ni en España.

Manuel Moreu, (Presidente del IIE), Elena de Vicente (Presidenta de FEDECA), Carlos del Alamo (Presidente de AIPE) y Jesús Rodríguez Cortezo (Presidente de AIPE), desgranaron los detalles de una cuestión que quedó ya perfectamente expresada en la intervención del primero: «El objetivo de los acuerdos de Bolonia era facilitar la movilidad de los profesionales dentro de la Unión Europea. El resultado, para España, ha sido justamente lo contrario. Antes no existía ninguna traba y ahora, existen todas porque no se equipara nuestra titulación al master».

El documento, que puede encontrarse en la web del IIE, ha sido ya suscrito por varias Asociaciones y, según confesó Moreu, «pretendemos que esto sea un clamor». Por su parte, de Vicente subrayó que «coincidimos en este planteamiento tanto el sector privado como el público. Con la estructura anterior se reconocía que una titulación superior (3+2, en su abreviatura, que hace referencia al número mínimo de años lectivos) era la base para el acceso a la categoría de funcionarios A1» (la más alta de la función pública). Ahora, «al no haberse tenido la precaución de establecer una equivalencia», «estamos materialmente en el limbo».

«Para puestos en los que se exige en la EQF (Marco Europeo de Cualificaciones) el nivel 7, ya estamos siendo afectados. Para los cuerpos superiores de la Administración Pública, antes de la aplicación de los acuerdos de Bolonia, se exigía el nivel superior. Actualmente, por la vía de hecho, se está equiparando al ingeniero o licenciado con el grado», explicitó Elena de Vicente.

Carlos del Alamo, se refirió, glosando lo anterior, a «la situación real injusta», creada, que «afecta gravemente a la economía española». La ingeniería española, que «estaba reconocida como de calidad, con prestigio internacional», se encuentra ahora sin la validación en el Marco Europeo de competencias profesionales. Gran contraste, por ejemplo, con Francia, que por un sencillo Decreto ya publicado en 1999, resolvió la homologación de las antiguas enseñanzas y su continuidad en el nuevo escenario. Más de 200.000 profesionales se encuentran afectados -en el coloquio se matizaría que la cifra ha de ser mucho más alta, dado que gran número de ingenieros y licenciados no están colegiados- y las pérdidas por esta situación, considerando solamente los contratos perdidos por las empresas, debido al no reconocimiento internacional de los títulos de ingeniería anteriores a Bolonia (y la mayoría de los nuevos, igualmente faltos de refrendo legal específico), fueron evaluadas por el Decano del Colegio de Ingenieros de Caminos, y en su demarcación concreta, en más de 10.000 millones de euros.

Jesús Rodríguez Cortezo, cuya Asociación «certifica profesionales», expuso que «el problema no es nuevo. Venimos pidiendo desde hace años que se resuelva. La Comisión Europea era consciente del tema, y propuso la solución, al diseñar el EQF, que era la maqueta a la que había que acomodar las calificaciones. Todos los países lo hicieron, menos…España». Apuntó más concreto: «No quiero que me llamen master, sino ingeniero industrial».

En el coloquio, intervine para plantear una pregunta: ¿Quiénes son los culpables de esta dejación de responsabilidades que afecta aun colectivo tan numeroso y que está causando a empresas y particulares, un perjuicio concreto? Apuntaba, con ello, a una propuesta que ya tuve ocasión de exponer ampliamente en el Editorial de la revista ENTIBA, del Colegio de Ingenieros de Minas del Noroeste del último número. «Es necesario, más que aumentar el clamor, analizar las vías de demanda penal, administrativa o de responsabilidad civil».

Mi propuesta, que abrió la opción a otras intervenciones, fue analizada por Elena de Vicente, que estimó que «no hay un responsable concreto. Es cuestión de un planteamiento político. No es prioritario para este Gobierno (y el anterior) el asunto. Falta interés por resolver el tema, y buena prueba de ello es el borrador de la Ley de Servicios Profesionales, por la que se pretende que, al margen de su titulación, todo el mundo pueda servir para todo, siendo lo determinante el desempeño de la profesión, lo que puede desembocar en un totum revolutum, si a ello añadimos la falta de calidad de la enseñanza universitaria actual en España».

En fin, apremiado por otras obligaciones profesionales, tuve que abandonar el salón de Actos, en donde, supongo, siguió debatiéndose la cuestión. Pero, al menos por mi parte, mi opinión había quedado expuesta y el camino a seguir, según mi propuesta, y que he resumido, y en inglés (para que se me entienda mejor), en el título de este Comentario: Yo prefería luchar, y no solamente exponer, educada y sobriamente, nuestras legítimas exigencias en un Manifiesto.

Hace, ni más ni menos que 15 años, que Francia resolvió la cuestión. No es cuestión de política, es un agravio consciente a un colectivo profesional, injustificable, incumplidor de los compromisos a que se obligó el Ejecutivo ante Bruselas y perfectamente cuantificable, en pérdida de oportunidades, perjuicios económicos concretos y negación persistente de un derecho adquirido. Por asuntos menos importantes para la economía se ha llevado ante los tribunales de justicia, españoles y europeos, al Gobierno de España, a titulares de Ministerios y a funcionarios concretos que, a sabiendas, han ignorado su obligación de proteger, con la diligencia debida, el interés público y el de colectivos afectados por su negligencia.

http://www.change.org/es/peticiones/min-de-educaci%C3%B3n-regular-la-categor%C3%ADa-profesional-de-los-ingenieros-anteriores-a-plan-bolonia-al-nivel-7-en-el-marco-europeo?share_id=cECVlpMhDU&utm_campaign=friend_inviter_chat&utm_medium=facebook&utm_source=share_petition&utm_term=permissions_dialog_true

Publicado en: Actualidad, Política, Sociedad, Universidad Etiquetado como: Administración, Bolonia, Carlos del Alamo, demanda, denuncia penal, Elena de Vicente, EQF, homologación, IIE, ingenieros, Jesús Rodriguez Cortezo, licenciados, Manifiesto, Manuel Moreu, master, nivel 7, perjuicio, profesionales

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