El 23 de marzo de 2014, a comienzos de una primavera, ha muerto Adolfo Suárez, ex-presidente de Gobierno de España, premio Príncipe de Asturias de la Concordia.
Todos hablan bien de este personaje de nuestra historia reciente, calificado de hábil negociador, político de resistencia, seductor de multitudes, genio de la concordia. Son tantos los elogios que se amontonan sobre su féretro, se han movilizado tantos afectos sobre su cadáver, están siendo tantos los abrazos a sus hijos -representados estoicamente por el mayor de sus descendientes, un ya canoso político frustrado que se le parece en físico y talante-, que la ocasión parece propicia para olvidar los desprecios, las desconfianzas e incluso los insultos que llovieron sobre Adolfo Suárez cuando solamente él (y tal vez algunos visionarios) parecía saber a dónde había que dirigir el rumbo de un país lleno de interrogantes.
Han pasado treinta y cinco años y la Historia de España nos ha recorrido con tanta intensidad que parecería que hemos sido testigos -y algunos, hasta se sentirán protagonistas- de muchos momentos cruciales; seguramente, dentro de unas cuantas generaciones, poco quedará para el recuerdo meritorio y, pasados algunos siglos, lo que hoy nos obsesiona se habrá sepultado en el olvido.
Sería injusto, incluso desde la perspectiva del ahora, recordar que el primero de marzo de 1979, cuando este país buscaba nuevas señas de identidad, este hombre que nos ha dejado físicamente (síquicamente, llevaba más de una década apartado de nosotros), era llamado «tahúr del Mississippi con chaleco floreado» por un beligerante Alfonso Guerra, tenido entonces por cerebro gris de un socialismo que estaba cambiando de piel, con el objetivo de hacerse con la vacante de poder que se vislumbraba como resultado evidente de una dictadura que era la única forma que muchos conocíamos como caldo de existencia política.
No teníamos, entonces, los que éramos jóvenes y confiábamos que el mundo nos daría más razones, ni idea de lo que iba a pasar. Pocos meses antes del marzo de 1979, ni siquiera podríamos ser plenamente conscientes de que la democracia, o las libertades habrían de ganarse en un pulso diario, que ni siquiera quedaba garantizado bajo el hipotético cerrojo y siete llaves que algunos decían haber echado sobre el franquismo, con el argumento de disponer de una Constitución fabricada de recortes y consenso, surgida de un pacto de salón y a la que muchos sabihondos auguraban poco futuro.
Adolfo Suárez aportó su contribución al futuro en el que nos instalamos desde entonces, como solo lo pueden hacer los iluminados. A despecho de zancadillas, ignorando dificultades, concentrándose en lo posible, pactando con los enemigos, desconfiando de los que se decían más fieles. En solitario.
Así se convirtió en el héroe que hoy veneramos. Siempre tarde, y, por tanto, de forma injusta con él. Porque, vencido su talento por el Alzheimer, rendida su resistencia de coloso solitario por las enfermedades de su mujer y de una de sus hijas, abandonado de los que le habían utilizado para tomar su carrerilla apoyándose en su virtud, Alfonso Suárez se mantuvo iluminando el camino que se iba recorriendo, gracias a las puertas y ventanas de la concordia entre los españoles que había sabido abrir, aunque no nos dimos cuenta hasta que él abandonó la escena.
Tenemos que pedirle perdón a Adolfo Suárez, ahora que está muerto y es solo un personaje para la Historia. Le hemos tratado mal, no le hemos entendido a tiempo y cuando supimos lo que había significado en nuestras vidas, el ya no podía escucharnos.
Dános la paz, Adolfo Suárez. Devuélvenos la paz que teníamos cuando, al conocer que te retirabas de la política, después de más de cuatro años de aguantar tarascadas de los que creían saber mejor que tú lo que había que hacer, sufrimos de pronto el espejismo de pensar que teníamos claro lo que nos quedaba por recorrer. Y apareció Tejero, y apareció el socialismo que nos encandiló unos años, y pensamos que a lo mejor el centro derecha podría servir para atraer al gran capital a nuestro empeño, y estuvimos a punto de dejarnos seducir por un nuevo talante con tintes de universalidad, y caímos en el engaño de un programa de fantasía y estamos ahora pateando por un fangal lleno de decepciones y desconfianzas.
Haznos, como tú, resistentes a la adversidad, inmunes a los que ladran, sordos ante los que adulan, y enséñanos, como un nuevo Mesías, el camino para salir de los atolladeros. Sin ideologías, pero con determinación y firmeza. Avanzando entre la oposición hasta donde tendríamos que llegar si deseamos estar mejor situados para alcanzar a ese sitio que, desde luego, no será el final del camino, pero, por lo menos, nos abra nuevas posibilidades.
