Al socaire

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Cómico o ridículo (7)

22 enero, 2017 By amarias 3 comentarios

Cuando contamos lo que nos sucedió, lo normal es que nos presentemos con los colores del triunfo, Solo los cómicos profesionales suelen imaginar historietas en las que aparecen como perdedores. La exposición personal a la irrisión es fuente segura de risas entre los asistentes al espectáculo.

Los técnicos de los departamentos de metalurgia en la vieja Ensidesa éramos llamados como refuerzo de los comerciales cuando había que responder a una reclamación de entidad. Por aquel entonces, yo me encargaba de la investigación de laminados en caliente, y andábamos ocupados en encontrar la mejora de las características mecánicas de las bobinas y chapas gruesas, añadiendo pequeñas dosis de microaleantes.

Sucedió que una empresa italiana, Maraldi, a la que se había vendido un lote importante de bobina laminada en caliente, reclamaba que los tubos se abrían por el cordón de soldadura, y exigía la retirada de la remesa o una fuerte indemnización. Allá que nos fuimos un grupo de heroicos defensores de la calidad de nuestra siderúrgica, dispuestos a batirnos el cobre como correspondía.

No me pregunte nadie por qué, antes o después de recalar en Ravena, hicimos escala técnica en París, en  donde se nos reunió un importante director comercial de Pemex, que figuraba como destinatario final de aquellos tubos. Y tampoco contestaré si hay alguna pregunta acerca de porqué fuimos todos, directivos y este nindungui que redacta estas notas, a Pigalle, a ver ese espectáculo que puso de moda Toulouse-Lautrec, en Le Moulin Rouge.

La noche avanzó un tanto, y cuando ya no había más razones para estar en el sitio, cogimos un taxi para volver al hotel. Los expedicionarios, nos apretujamos en el vehículo y yo, que siempre presumí de saber idiomas, indiqué al conductor a dónde íbamos: «A l´Hotel Crillon, s´il vous plaît». El tipo resultó ser un pied noir de pura cepa, con un concepto mejorable de los parisinos en general, y yo, que estaba sentado en el asiento de al lado del conductor, hilvané una larga conversación en la que repasé toda nuestra guerra de la Independencia.

Llegamos, pagué la carrera, y descendimos todos. Nuestro Hotel Crillon parecía haber disminuído como Alicia en el País de las Maravillas. Había un cartel pequeñito, con el nombre, sí, pero nada nos recordaba la magnificencia de aquel fastuoso hotel, en el que, dada la hora, no habría tiempo más que para tomar una ducha helada y el desayuno bufé.

«¡Nos ha tomado el pelo, tu argelino del c…!» , me espetó uno de mis jefes, mientras yo me acerqué a la puerta. Debajo del nombre del Hotel había otro letrero en el que podía leerse: «Entrée du personnel». Sin perder la formación, corridos y congelados por el frío de la mañana, dimos la vuelta a la manzana hasta encontrar la puerta principal, donde un uniformado disfrazado de capitán general nos saludó con «Bon jour, messieurs les clients». «En media hora, abajo, cambiados de traje y duchados, para desayunar», ordenó un jefe. «Y no se hable más «.

Hasta hoy. Bueno, no exactamente. En mi novela «Un mensaje para Elías», me refiero también a este episodio.

Uno de los momentos más ridículos de mi existencia como avezado comercial, me lo brindó un taxista de La Paz, en Bolivia. Debía tomar un avión a Santa Cruz a última hora, después de una jornada intensa, pero me resultaba difícil encontrar un vehículo libre, hasta que por fin, un coche se paró a mi altura. «¿Le llevo, patroncito?» Tenía claro que no era un taxi oficial, pero llevaba ya tanto tiempo yendo y viviendo a Bolivia, que no me importó. «Voy al aeropuerto. Al Alto», le dije, con inevitables aires de conquistador español.

El coche era una tartana, y el tráfico -merced a cientos de guaguas que recogían pasajeros a cada poco, gentes que retornaban a sus casas después del trabajo-, intenso. Cuando estábamos a medio ascenso de la montaña (La Paz está a 3,6 km de altura, pero El Alto está a 4 km), vi que el avión que debía tomar se elevaba ya por el aire.

-«Dé la vuelta, no tiene sentido que subamos más, Mi avión se fue» -le ordené al improvisado taxista.

-«No se preocupe, doctor, le digo que ese es otro. El suyo está esperando por Vd.» -y siguió, sin hacerme caso, hasta arriba.

Como podía haber imaginado, y siendo mi vuelo el último del día, el aeropuerto estaba cerrado. Las luces, apagadas, y ni un solo taxi a la vista.

-¿Ve Vd? -le grité al voluntarioso e imaginativo conductor- ¡Mi avión se fue, aquí no queda nadie, y tenemos que volver! ¡He perdido casi dos horas por su culpa!

-Ah, no señor. -me replicó el otro-. Vd. no fue enérgico para decirme que volviera. Si me lo hubiera dicho con otra voluntad, yo me habría vuelto. Pero me lo dijo como sin razón.

Me da cierta vergüenza escribir que volví en el mismo vehículo (no había otro a la vista), y aunque el tipo pretendía cobrarme doble («ida por vuelta, doctor»), tuve que amenazarle con llamar a la policía local, y, por lástima, le pagué lo habitual de una carrera al aeropuerto. Estaba, sin embargo, escrito, que aquella noche en el hotel, en donde era al parecer el único huésped, la cocinera me sirvió unos pastelillos de quinoa que me supieron a gloria.


Los días finales de este enero de 2017 vienen fríos, y lo pájaros concentran su actividad en las horas en que el sol más calienta. Al mismo tiempo, la primavera ya se asoma en algunos temperamentos, y se ven a algunas aves, más ansiosas, buscando pareja. El hueco de la rejilla de ventilación de nuestra cocina, desde hace años, viene siendo ocupado por un nido de gorriones. El año pasado fotografié a la pareja.

Desde hace días, vengo comprobando como el macho de la pareja del año pasado, trata de hacer migas con una hermosa representante del sexo femenino gorrionil, a la que acerca a su nidal, indicándole lo confortable y calentito que puede estar.

No sé lo que pudo ser de la anterior ocupante del nido, y espero que no le haya ocurrido nada malo. En todo caso, y en su memoria, sirva esta congénere que, en acrobática postura, saciaba su sed esta mañana en uno de los estanques de El Retiro madrileño.

 

Publicado en: Actualidad, Sociedad Etiquetado como: cómico, Crillon, Ensidesa, le Moulin Rouge, Maraldi, Pigalle, ridículo, Toulousse-Latrec

Trump, la película: Se rueda en directo sin guión

21 enero, 2017 By amarias Deja un comentario

Cuando la Sra. Trump (Melania) le encasquetó un misterioso paquete plano, envuelto en papel azul clarito, en el que se adivinaba la pegatina de Tiffany&Associates, a una sorprendida Michelle Obama, justo cuando empezaba la ceremonia oficial del traspaso de poderes en la Casa Blanca, recordé que hacía algunos años, en una librería de Washington, había tenido un libro del nuevo Presidente en mis manos.

Estaba haciendo tiempo antes de dirigirme al aeropuerto, y ví que en uno de los expositores se presentaba un libro: «How to Get Rich» («Cómo hacerse rico») y estaba escrito por Donald Trump, un tipo con un tupé ridículo. Curioseé algunas páginas, y lo volví a dejar en el mismo lugar. No me pareció interesante y el pretencioso título estaba solo destinado a llamar la atención de ingenuos que no tienen la más remota idea de cómo funciona ésto. «Esto» es/era, por supuesto, el mundo de los negocios, lo que sostiene la estructura del capitalismo.

Por supuesto, nadie en su sano juicio podría pretender hacerse rico con aquellos consejos de chicha y nabo -que no tenían nada que ver, a buen seguro, con las trampas, acuerdos y tropelías que habían permitido al autor amasar su fortuna, presentados ahora en formato de autoayuda para crédulos sin suficiente dinero o ganas para pagar al psicoanalista. La cuestión, además, no estaba para mí en el cómo, sino en el para qué.

Los Trump no solamente habían pasado por alto el protocolo oficial del acto, sino que la entrega pública de un regalo de presunto alto valor (¿dos mil euros?) a la aún primera dama, implicaba la propuesta de una vulneración inexplicable de la rígida normativa sobre la aceptación de regalos por parte de funcionarios del Gobierno de los Estados.

Me sumergí, pues, en internet, aún con la imagen mental de la desconcertada Michelle no sabiendo qué hacer con el paquetito, que le acabó siendo delicadamente arrebatado por Barak, con rostro de contrariedad, para entregárselo a algún funcionario emergido de las sombras de la White House. Buscaba información sobre el libro, sobre el que habrían pasado más de diez años.

Entre muchas, me quedo ahora con una frase: «I am the creator of my own comic book, and I love living in it. If you’re going to think, think big. If you’re going to live, live large.» («Soy el creativo de mi propio libro de historietas, y me gusta vivir en él. Si tienes que pensar, piensa en grande. Si tienes que vivir, vive a lo grande») (1)

Esta confesión de Trump la detecto como sincera y sigue, por tanto, vigente para aproximarnos a su personalidad.

Como Presidente de los Estados Unidos, garantiza cuatro años de incoherencia verbal externa, pero no me dejo engañar. No tengo la menor duda de que el entramado de capital e intereses que se mueve detrás (y delante) del presidente del país más poderoso (aún) de la Tierra, se esforzarán en hacer las cosas bien… para ellos. Las sospechas se concretarán, por tanto. Se potenciarán las empresas de fabricación de armas, los beneficios a costa de proteccionismo y mejora de productividad sin que el ambiente sea un hándicap, se tratará de controlar el expansionismo chino con aranceles y limitaciones al libre comercio).

No quiero parecer acomodaticio ni, aún menos, estúpido, si afirmo que, para el mundo occidental no será malo, si deja que el juego se lo hagan otros: porque si el armamento fabricado en USA no se compra por los Europeos (por ejemplo) y se utilizan en países miserables cuyos dirigentes se empeñan en matarse, o acaban siendo destruidas en un crematorio o enterradas a kilómetros de profundidad, es cierto que las empresas del sector norteamericanas serán más ricas y los países pobres, más pobres, pero aquí podríamos seguir dedicándonos a mejorar nuestra educación y nuestra tecnología pacífica. Que también suponga poner en marcha un sistema autónomo de defensa común, más independiente de la OTAN.

Ni siquiera me preocuparía porque los chinos se ocuparan de mejorar su propio nivel de vida explotando sus recursos sin empeñarse en vendernos mercancías deterioradas o fabricadas con la técnica del tente mientras cobro, y aprovecháramos para mejorar nuestra competitividad entre europeos, defendiendo la calidad, la fiabilidad y la durabilidad, y renegociando el Brexit con solvencia y visión de futuro, no con lamentos de cocodrilo.

Y, ya puesto a ser pragmático: ¿de qué nos ha valido defender el cuidado ambiental, reduciendo el consumo de hidrocarburos y pagando más por las energías limpias, salvo para reducir nuestra capacidad de exportación y eliminar la viabilidad de empresas y provocar desempleo? ¡Seguimos necesitando un modelo propio de crecimiento para Europa!

Obama, aunque desde la perspectiva europea (bienintencionada) lo estaba haciendo bien, había reducido el desempleo norteamericano, mejorado a límites no alcanzados la imagen exterior de Estados Unidos, aumentado las prestaciones sociales, etc., en realidad, estaba siendo criticado duramente por el sistema. Había ido demasiado lejos.

Era necesario impulsar a un cómico al puesto de primer mandatario, para que el público se entretuviera, los media hablaran de él, todos especuláramos sobre sus planteamientos. Pero el Gran Cuco canta en un lado y pone sus huevos en otro sitio. Y no tiene corazón, solo devora. Apartémonos, please.

——-

(1) Hay otras muchas, igualmente reflejo del escaso poder que su autor da a la coherencia. Parece Trump estar divertido sumergido en la ironía burda y en la desfachatez insolente. Más que un libro de consejos, se diría que se trata de un libro de pasatiempos, escrito por un cómico: «If You Have Them by the Balls, Their Hearts and Minds Will Follow. Most negotiations should proceed calmly, rather than in a hostile manner. However, sometimes a negotiation works best after a few screams and some table pounding.»(«Si los tienes cogidos por los güebos, les seguirán sus corazones y mentes. La mayoría de las negociaciones se deberían desarrollar de forma tranquila, en lugar de hostil. Sin embargo, a veces, una negociación va mejor después de algunos gritos y puñetazos sobre la mesa»)

Tampoco está mal esta confesión: «Era una joya alemana, una joya alemana suertuda, que estaba de liquidación con algunos banqueros comprensivos que se empeñaban en hacer conmigo en trato justo. ¿Quién necesita saber detalles concretos si puedes explicar salirte de una deuda de 9,2 mil millones de dólares con  elocuencia? «( «I was a schmuck, but I was a lucky schmuck, and I wound up dealing with some understanding bankers who worked out a fair deal.» Who needs exact details when you can explain getting out of a $9.2 billion debt with such simple eloquence?». )

Publicado en: Actualidad, Sin categoría Etiquetado como: presidente, Trump

Jisei de la democracia representativa

19 enero, 2017 By amarias Deja un comentario

Democracia, sí,
pero esa impostora
que ya se vaya.

Para quienes no estén impuestos en el apasionante mundo de los haiku (que, en español, está admitido que son breves poemas de tres versos, con cinco, siete y cinco silabas), les ilustraré que un jisei es el ultimo haiku, el que se ha escrito antes de que allegue la muerte. Aquí me refiero a la democracia representativa, que, como es un ente inanimado y no posee capacidad para escribir, le pongo yo la voz y lo explico.

Tengo varias razones para defender que debíamos reflexionar sobre las formas en las que tomamos decisiones relevantes en las colectividades humanas. En las Asociaciones, en los Colegios profesionales, en los sindicatos, en los Comités de empresa,…pero, y sobre todo, en los partidos políticos y, aún más grave, en las elecciones generales para designar a nuestros  representantes en los Parlamentos y, en consecuencia, en el Gobierno.

Los procedimientos ideados son diversos, según entidades y Estados. Todos pretenden conducir, en los países que se definen como regidos por la democracia, a instrumentalizar un ente oscuro, por su carácter acomodaticio a las veleidades de los que tienen la sartén por el mango, al que se llama «democracia representativa».

Sobre el papel, el procedimiento tipo es atractivo. Consiste en la voluntad de selección de los más idóneos para los cargos que deben cubrirse, aunque, admitiendo que el número de electores es excesivo, se prefiere ofrecerles una lista, abierta o cerrada (en el fondo, da casi lo mismo), para que manifiesten, sobre ella, sus preferencias. Estos elegidos se convertirán en electores de quienes representarán, concluido el proceso, a la totalidad de los que se verán afectados.

Las interferencias sobre la bondad del procedimiento aparecen en un doble o triple sentido. Ante todo, debe considerarse el factor tiempo, trascurrido desde que los electores de primer nivel han votado a sus representantes, y estos eligen, normalmente entre ellos (aunque no siempre), a quienes asumirán los cargos de responsabilidad, y, por fin, el que corresponda a la asunción por estos últimos de sus puestos de gobierno.

Las interferencias mayores se encuentran en el proceso mismo. Por una parte, no todos los electores van a votar, y la abstención cumple, por tanto, una función determinante. Un número no despreciable de votantes, harán, voluntaria o inconscientemente, que su voto sea nulo o votarán en blanco. Y una mayoría indetectable de votantes, votarán con insuficiente conocimiento de lo que votan, de a quienes votan y, para colmo, no tendrán control posterior sobre el cumplimiento de los programas y de los objetivos, en caso de que éstos se hayan puesto de manifiesto en el proceso electoral,

Pero es que, por parte de los postulantes a electores «representativos», las deformaciones del proceso son tremendas. En múltiples casos, se desconoce cómo postularse para elector; en otros, en no menor en número, los electores son nombrados por los órganos preexistentes de las asociaciones, corporaciones o partidos, (que puede hayan llegado hasta allí por fórmulas nada democráticas) de forma caprichosa, misteriosa o nepótica.

Que no hemos encontrado la fórmula ideal, es evidente, Los ejemplos llueven y nos limitamos a echarnos las manos a la cabeza. Los lindes entre una democracia orgánica -que es abominada en todos los libros de texto- y una representativa, son muy confusos. Como es sabido, la orgánica, de la que en España hemos sufrido un modelo paradigmático durante la dictadura franquista, la representación del pueblo llano se realiza por medio de órganos de decisión delegada, sin que se consulte a la población en ningún caso de forma directa.

Sin embargo, ¿qué añade de nuevo el parlamentarismo o los partidos políticos, si su formación está viciada de origen, o si ese pueblo llano se desvincula mayoritaria o significativamente del proceso? ¿Cómo detectar los vicios en la selección si los votantes carecen de información o conocimientos suficientes sobre lo que votan y sus efectos?

La designación del presidente del país con mayor poder -económico y militar- del mundo, ha conducido en el momento en que esto escribo, a la selección de una personalidad, Donald Trump, que parece surgida de una pesadilla. Fruto de una campaña mediática, pero aberrante, en favor de una personalidad bullanguera y provocadora, hecha popular, pero desligada de la defensa de los valores que el núcleo sensible de la sociedad concienciada y abierta viene defendiendo.

En España, la actual situación, tanto en el Gobierno del país, como en el interior de sus partidos más relevantes, plantea también serias dudas acerca de cómo estamos eligiendo a nuestros representantes y, por ende, a nuestros gobiernos. Las formaciones políticas, incluso las más recientemente constituidas, padecen crisis que provienen, no de la discusión de sus propuestas de mejora de la generalidad, sino, por lo visto y oído, de personalismos y tensiones de poder surgidas en su seno.

La falta de interés general por la política tiene consecuencias deplorables. Una gran mayoría vota sin atención a los programas, sin vocación ideológica, basándose en cuestiones irrelevantes, como puede ser el aspecto físico de los candidatos a presidente de gobierno, la costumbre, la improvisación. El votante medio, como han evidenciado las encuestas, está mejor enterado de los pormenores de la vida de un cantante, un futbolista o un actor distinguido por los media, que de lo que cree necesario para mejorar el empleo, el bienestar o la igualdad social.

Traslademos esta penosa apreciación a casi todos los ámbitos. La inmensa mayoría de los puestos en los sindicatos, colegios profesionales, comités, se designan porque solo se ha presentado un candidato, o por designación digital, sin programa de actuación alguno. Se eligen por aclamación, esto es, por ausencia de alternativa. Los equipos de gobierno y asesores de las Administraciones -locales, regionales o centrales- se nombran, en esa tónica de comportamientos viciosos, siguiendo misteriosos procedimientos, en los que no priman los conocimientos, sino las amistades, las relaciones con terceros, la oportunidad, la posibilidad de lucro o beneficio de grupos.

Vuelvo al principio. Hay que replantearse la democracia representativa, para que se aumente de forma clave la participación de los electores y el compromiso de los elegidos. Para que resulten elegidos, en fin, los mejores. Para que todos los que voten sepan qué votan y por qué. Y para que todos los que deban votar, lo hagan, con la consciencia de que están ejerciendo un derecho sustancial para la comunidad, no un trámite sin consecuencias para ellos.


El dibujo con el que ilustro este Comentario es una interpretación libre de una de mis nietas de lo que entiende por «democracia representativa». Tenía tres años su autora cuando plasmó el reto de su abuelo, no explicado con detalle adicional alguno (si hubiera sido necesario), de que dibujara lo que le sugerían esas, para ella, como para muchos, enigmáticas palabras.

Publicado en: Actualidad, Cuentos y otras creaciones literarias, Sin categoría Etiquetado como: democracia, Donald Trump, electores, gobierno parlamento, orgánica, partidos, presidente, representativa, votación

Cómico o ridículo (3)

12 enero, 2017 By amarias Deja un comentario

carbonero comiendo loncha de chorizo

Tenemos una capacidad excepcional para olvidar aquellas situaciones en las que hicimos el ridículo. Esta acción de borrado actúa como una protección de nuestro ego, de la autoestima. Nos viene bien, para convivir con nuestra pequeñez.

Sin embargo, «haber hecho el ridículo» es una apreciación básicamente subjetiva que nos lleva a imaginar (y casi siempre, de manera equivocada) que una actuación, voluntaria o involuntaria, nuestra indumentaria o una circunstancia tenida por anómala,  es sancionada por los demás menoscabando la consideración que tienen de nosotros.

Los adolescentes sufren mucho al pasar ese campo sembrado de inseguridades. El termómetro interior es el sonrojo. Ningún adulto está libre de ese temor, sin embargo, aunque, como siempre que opera el consciente, no todos tenemos la misma sensibilidad al respecto (algunos simulan no tener ninguna).

La experiencia demuestra que no solo nosotros olvidamos nuestros actos ridículos, sino que, por fortuna, los demás también los entregan rápidamente al olvido, e incluso lo hacen antes que nosotros, y puede que ni los detecten. En caso de que alguien mantenga presentes, y difunda nuestras actuaciones ridículas, debemos sospechar que tiene razones personales para ello,  no necesariamente negativas.

En el tiempo que estuve como delegado de Ensidesa en Alemania, viví ciertamente momentos peligrosos para mi ego. Al inicio, ni sabía suficiente alemán, ni tenía experiencia alguna como vendedor (venía de la investigación pura y dura). Disponía de un antídoto contra cualquier depresión: una esposa infatigable. Con dos hijos que aún estaban en su primer lustro y la ilusión de mis 31 años, tenía aún, como se suele decir, el mundo por delante.

Aprendí a convivir con mis limitaciones y a reirme con ellas. Al hacer balance cada día, sentía haber hecho varias veces el ridículo. Tenía una grabadora asociada al teléfono con la que repasaba, estudiándolas, las conversaciones que mantenía con los clientes. Mis «wiederholen Sie, bite» y mis «Entschuldigen, aber ich habe nicht verstanden» se repartían a partes iguales las primeras semanas.

Mi primera secretaria, Thirza, alemana, me adoptó como hijo. Hacía de Dante y de Pigmalión, y de lo que fuera. En Zum Schiffchen (la catedral del codillo y la cerveza negra), hice amistad con uno de los camareros (se llaman allí Kobe), que cam paba por el local con su particular campechanería, no exenta de insolencia. Me servía el Schweine haxe más grande y  la alt en jarra doble. Una vez que ella llevaba un abrigo de pieles para proteger del frío exterior su cuerpo más bien rollizo (yo me mantenía delgado tendiendo a demacrado) nos llevó a la mesa con un saludo general: «Hier kommen die Löwin und ihr Junge!.» (aquí vienen la leona y su retoño)

Como país tercero que era España entonces, las huestes de Eurofer estaban ávidas a obtener tajada de los precios de nuestros productos siderúrgicos y de la situación económica española. Apenas llegado al país, la dirección de Carl Spaeter, que veía con recelo que tuviéramos una delegación en el país, propuso a la dirección de Ensidesa mantener una reunión en un lugar adecuado en el que se pudiera pactar el documento de cooperación futura (la palabra cooperación, que se magnifica en alemán, es una de las más utilizadas comercialmente).

Muy posiblemente en el programa secreto de la reunión figuraba mi inmolación.

El lugar previsto era Frankfurt, y yo, que aún vivía de hotel,  me desplacé desde Dusseldorf el día anterior con lo puesto. No fui advertido, o si hubo intención, como era fin de semana, nadie cogió el teléfono en mi oficina, de que se decidió cambiar a última hora el sitio de concentración de fuerzas a un recoleto Hotel en Baden Baden, en la Selva Negra. Allí aparecí, pues, impecablemente vestido de traje, corbata a tono y mis zapatos con suela de cuero, en un áspero día de febrero en el que la temperatura exterior se mantuvo algunos grados bajo cero.

Al dar los primeros pasos sobre el hielo, resbalé y pude matarme. «¡Herr Arias! ¿Viene Vd. para enrolarse a la División Azul?¡¡El equipamiento es inadecuado!» -me saludó, enfatizando las palabras, con su rostro impenetrable (que, más tarde, descubriría que protegía a un tipo estupendo), el Sr. Stachelhaus.

La reunión no cumplió sus objetivos previstos, y yo me aferré al Jägermeister para sobrevivir. A pesar de la medicina, estuve varios días con fiebre alta.

Unas semanas más tarde, cumpliendo con el rito de llevar a los clientes distinguidos a conocer la factoría de Avilés, acompañé en su periplo hispano a los directores de una empresa naval, y, como no sabía qué hacer con ellos luego de la visita a la fábrica, la comida, el paseo por la ciudad y la cena, queriendo sacar nota en mi inmersión como comercial, en lugar de llevarlos al hotel, había preguntado a un experto en la cuestión comercial sobre lo que sería lo más top.

«Llévalos de cachondeo; les gustará», me aconsejó (no exactamente con estas palabras, que el lector avezado sabrá sustituir, si le apetece).

Oviedo no es precisamente la ciudad más alegre del mundo (no le era entonces), pero en la zona de Los Monumentos (prerománicos) del Naranco había (y creo que sigue habiendo) concentración de Night Clubs y otros lugares de los llamados de alterne. Nunca había estado allí, y le pedí al taxista que nos llevase a uno que tuviera animación.

Cuando bajamos del taxi, llamé decidido al timbre del que me fue recomendado, poniendo aire de experto. Me abrió un tipo raro (todos me lo hubieran parecido, desde luego) y me pareció que se encendían algunas luces. Estuvimos más solos que la una hasta que aparecieron, por fin, unas mujeres, que nos pidieron, como corresponde, que las invitáramos a beber.

Resultaba un lugar deprimente y una situación auténticamente ridícula, aunque mis clientes eran gente de buen humor y, para mi tranquilidad, no deseaban más que tomar una copa (o dos) sin  mayores complicaciones ni excesos.

Si el lector/lectora tiene otras sospechas, ruego que se me respete la presunción de inocencia. De pronto, miré el reloj, y entendí que se estaba haciendo tarde y que debía avisar a casa. Cogió el teléfono mi suegra. «Dígale a María Jesús que estoy en Los Monumentos con unos clientes y que ya nos vamos».

Mi mamá política, que era una mujer encantadora y más buena que el pan -aunque no inocente-, cuando le trasladó el mensaje a mi esposa, que estaba dando la papilla a Miguel, mi hijo menor, no pudo refrenar una curiosidad: «Hija, esto de los Monumentos donde está Angel, ¿no será ese sitio dónde dicen que hay mujeres de mala fama? ¿Vais bien?»

Mi mujer tuvo una salida inteligente: «Mamá, ya sabes cómo es Angel de bromista. Está con unos amigos de la Universidad cenando en el Reconquista».

Aún me suenan hoy los oídos al recordar el discurso que tuve que escuchar cuando llegué a casa.


Reconozco que sentí emoción cuando me topé con este carbonero común que llevaba una loncha de chorizo en el pico. Era pesada para él, así que le cayó después de un corto vuelo. Viendo que volvía sobre ella, me acerqué, y lo fotografié varias veces, mientras le daba frenéticos picotazos al embutido, con evidente deleite.

Los libros de aves de los que dispongo en mi biblioteca (y tengo algunas decenas), coinciden en afirmar que los «parus major» se alimentan, fundamentalmente, de semillas e insectos, aunque no dudan, llegado el caso, en atacar a polluelos de los pequeños herrerillo común o agateador.

Lo que no leí en ninguna parte es que les gustase el chorizo. Queda registrado.

 

 

 

 

(1) Se que teutón y alemán no son sinónimos, e incluso que a los alemanes no les agrada la identificación, pero a los españoles esta distinción nos suele importar un carajo.

 

 

Publicado en: Actualidad, Sociedad Etiquetado como: Alemania, cómico, Kobe, Monumentos, ridículo, Schiffchen, sociedad, Stachelhaus, Thirza

Cómico o ridículo (2)

10 enero, 2017 By amarias Deja un comentario

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Uno de mis penosos ridículos lo protagonicé, aunque por fortuna para mi ego, de forma anónima, con ocasión de los exámenes médicos que debíamos sufrir los varones cuando nos llamaban a filas, es decir, para confirmar nuestra aptitud para el servicio militar.

Muchos de los aspirantes se hacían acompañar por novias y familiares, que aguardaban en la antesala de los servicios médicos del Cuartel de Rubín, en Oviedo. Los jóvenes, en certera premonición de la disciplina que nos aguardaba, éramos mantenidos en fila, en calzoncillos, con la ropa de calle en la mano, y desfilábamos por la secuencia de tallaje, auscultación, y una operación cuyo alcance no estaba tan clara para muchos, por la que se nos pedía que enseñáramos los genitales, y un oficial médico nos tocaba ambos testículos.

Después de la auscultación, recibí la orden liberatoria: «Vale, vístase». Aliviado, pero confuso, salía ya por la puerta de la calle, de aquella guisa, hasta que la voz del comandante me paralizó: «¡Pero dónde va, hombre!¿Se cree Vd. que estamos en un programa de varietés?»

Una de las anécdotas más graciosas me la proporcionó mi sustituto en Dusseldorf, que había tenido una institutriz alemana y se jactaba de amplios conocimientos de alemán. Cuando paseábamos con las familias por la orilla del Rin -el selecto linken Seite- dio, tajante, una instrucción a sus revoltosos hijos. «No se os ocurra jugar al balón aquí, y menos aún dar balonazos». Cuando le pregunté por qué les limitaba de esa forma, me dijo, señalando un letrero: «¿No lo ves? ¡Está prohibido chutar!».

Miré y le aclaré: «Dice Schutten abladen verboten, que significa Prohibido tirar basuras». No replicó, pero los niños no recibieron (al menos, en aquel momento) contraorden, y siguieron dando pataditas y pasitos cortos por la amplia explanada ribereña.

La enseñanza que recibimos en el Auseva, regido por los Hermanos Maristas, tenía calidad, aunque no estaba exenta de inefables curiosidades. En quinto curso, con alumnos de catorce y más años, el fraile que nos daba francés, y a quien apodábamos El Capotas, por la forma de su calvicie, se tomó la molestia de recortar, del Selecciones del Reader Digest en ese idioma, que utilizaba como texto de apoyo, absolutamente todas las fotos en donde aparecían mujeres. Puede imaginarse sin problemas que la lectura de los artículos tenía, a veces, tales claros, que resultaban absolutamente ininteligibles.

Era, eso sí, divertido, cuando algunos hacíamos esfuerzos por imaginar lo que se nos había hurtado, y utilizábamos, para ello, la sorna que nos parecía adecuada. Para castigar esa malicia, recibí una vez un deficiente en Conducta.

Se que a los adolescentes de hoy, ilustrados desde edad temprana en los misterios del sexo (ahora llamado género), cualquier referencia a la forma en que se cuidaba nuestra pureza, resulta extravagante. Yo era (y sigo siéndolo) aficionado al cine, y los domingos por la tarde, no me perdía ninguna de las películas que proyectaban en el Auseva en su Salón de Actos. Una vez, con ocasión de no sé qué festividad, se invitó a las niñas de las teresianas (que eran vecinas) a ver una película con nosotros. Recuerdo que era Mon oncle, de Jacques Tati. No pude entender nada, porque cada cinco minutos, más o menos, se encendían las luces y un encargado de inspeccionar el recato se paseaba por la sala, entre jolgorio y carraspeos.


La pareja de patos azulones que ilustra mi Comentario (o lo desvirtúa) refleja el contraste entre el vigilante macho y la hembra, que sumerge su cabeza para pastar las hierbas acuáticas del estanque en donde tienen su morada.

No se crea, sin embargo, que lo que preocupa al diligente machito es la protección de su pareja de depredadores. No. La atención del ave está puesta en otros machos que rondan al acecho y, al menor descuido, se aproximan a su pareja, para cubrirla.

 

 

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Cómico o ridículo (1)

10 enero, 2017 By amarias Deja un comentario

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Me gusta utilizar la ironía, arma de fogueo que solo debe emplearse entre gente inteligente y distendida, y siempre bajo la condición no escrita de que te pueden devolver el disparo. Como en todo deporte con armas, se corre el riesgo de que, si no calibras bien, el tiro te salga por la culata. La ironía tiene un pariente lejano muy desagradable, que es el escarnio, que no es deporte de salón, sino de taberna inmunda.

No comprendo al chistoso, y aún menos entiendo la supuesta relación del chiste con el subconsciente, por mucho que haya teorizado Freud sobre el asunto (salvo como guía para detectar algún posible desvío mental en quien se cree gracioso). En las sobremesas con grupo, siempre hay alguien que aprovecha los instantes de sopor que siguen a las libaciones para lanzar una retahila de chistes verdes -no solamente groseros, sino, por lo general, machistas, racistas o, por agruparlos en una categoría única, infumables-.

Un momento especialmente peligroso, que yo suelo aprovechar (si tengo esa libertad) para marcharme, aduciendo que voy al baño, es cuando otros de la cofradía se animan al reto de contar los suyos.

Nunca comprenderé porqué la mayoría se ríe tanto más si el chascarrillo es archiconocido y tampoco, qué mueve a los chistosos a contar variantes, tan pronto el primero del club de la comedia acabó con lo suyo.

Con estos antecedentes de seriedad más bien palurda, se comprenderá que pocas ocasiones han atravesado mi vida por las que pueda, con sinceridad, afirmar que me sucedió algo digno de ser calificado de gracioso.

Mi padre me recordaba de vez en cuando que, al poco de nacer, puesto encima de la mesa del comedor de la abuela, oriné. «Fue muy gracioso», apostillaba. Ninguna gracia me hizo, por supuesto, que el primer día en que me incorporé como gerente de aguas de Vigo, después de llevar a mis jefes al aeropuerto de Peinador, tuve que empujar el vehículo que andaba flojo de batería y me rompí los gemelos cruzados. Al día siguiente, aparecí con una pierna escayolada y muletas y, al pasar entre las limpiadoras de la entrada, resbalé y dí con las posaderas en el suelo húmedo y brillante. «Fue muy divertido», me dijeron más tarde.

El ridículo sí que soy consciente de haberlo hecho muchas veces. Recuerdo, con bastante sonrojo, mi introducción al exquisito Comité de Laminoirs a Froid, en el París de la Francia, a la que Javier Millán (q.e.p.d.) que era Jefe de Laminación en frío de Ensidesa había sido gentilmente invitado. Le acompañaba yo, como más experto en el idioma de Molière. Llegamos cuando ya estaba muy avanzada una de sus reuniones ordinarias. La puerta no se abría, y tuve que darle un golpecito (quizá una leve patada).

Se produjo un silencio y las miradas se concentraron en los intrusos. Sentí la necesidad de presentarnos: «Nous sommes ici par première fois. Je suis Angel Arias d´Espagne, acompagnant au chief de Laminoirs à Froid d´Ensidesa, Javier Millán»

El que parecía jefe de la erudita reunión se levantó y, en perfecto español, mientras nos ofrecía sendos asientos a su lado, y antes de hacer la presentación oficial, me aclaró: «Sr. Arias, es usted el primero de España, pero habría sido el quinto de Alemania.»

Los idiomas siempre han estado revoloteando sobre mis anécdotas. En casa de los Acuña, con los que me unía una buena amistad, después de una exhibición de ballet del profesor con la hermana pequeña de las hijas de la familia, realizada con riesgo indudable en el salón, y en la que a cada evolución temíamos que la lámpara se nos cayera encima de la cabeza, el danzarín, que era francés y dominaba el español, nos contaba que, recién llegado a nuestro país y estando aquejado de gripe, entró una farmacia para solicitar remedio.

No estaba seguro de cómo decir pastilla, aunque, dada la proximidad entre ambas lenguas, imaginó que debía ser parecido a pilule. Como era alérgico a la aspirina, precisó a la joven dependienta, señalando su destacable nariz: «Quiero una pirula, pero no vale la normal, tiene que ser especial. La otra me hace daño».

(continuará)


El jilguero es un fringílido, como el pinzón vulgar. Era un ave preferida para jaula, puesto que, los machos, tienen un trino bastante variado y melodioso, que sacan a relucir, de forma agradecida, a poco que les de el sol de la mañana.  Tiene más variaciones su voz que la del pinzón, aunque éste suele terminar su canto de pocas notas con un floreo muy vistoso.

Su pasado de esclavitud, debió forzar a los jilgueros a ser muy cautos con la especie depredadora máxima, aunque a finales de otoño se les ve agrupados en bandadas, donde se mezclan los nacidos en el año con los más avezados, que son quienes les guiarán a tierras más cálidas, atravesando el estrecho de Gibraltar.

Durante bastante tiempo creí que a los machos se les distinguía por tener el rostro de un conspicuo rojo sangre, en tanto que las hembras y los juveniles tenían la cara limpia. No es así, sin embargo, y los adultos tienen casi idénticos colores, incluso, por supuesto, las alas de plumas negras y amarillas que les dan un porte muy vistoso.

En mi época de adolescente, tuve un jilguero al que llamé Sirjós -no recuerdo por qué-. Era muy cantarín y vivaz. Parecía casi domesticado: cuando ponía un grano en el dedo, y lo acercaba a los barrotes, me lo arrebataba con delicadeza y parecía agradecido. Un buen día, cuando estaba limpiando su jaula, se escapó.

Me dijeron en el pueblo que, si mantenía abierta la puerta de la jaula, seguro que volvía, pues estaba acostumbrado a encontrar allí el grano que le servía de fácil alimento.

Pero nanay del Paraguay. Nunca volvió. Consulté con mi madre sobre la conveniencia de poner un cartel con la foto del pájaro y la leyenda: «Se extravió. Agradezco a quien pueda informar de su paradero». Me hizo desistir. Fue hace casi sesenta años.

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Seguridad frente amenazas (y 3)

8 enero, 2017 By amarias 2 comentarios

agateadorcomun

Según apreciación certera de Zygmunt Bauman, «parece que miedo y modernidad sean hermanos gemelos. o incluso gemelos siameses, y de una especie que ningún cirujano (…) podrá separar sin poner en riesgo la supervivencia de ambos hermanos» (1).

En otro momento de la interesante conversación-entrevista a la que le somete Leonidas Donskis, expresa que «vivimos en un estado de alerta permanente derivado de múltiples peligros». Esta multiplicidad de amenazas y su puesta en evidencia, de forma que todos seamos conscientes de su presencia entre nosotros, es alimentada por intereses muy diversos y aparentemente inconexos. El punto de unión entre todas ellas es nuestra debilidad, la confirmación de la vulnerabilidad de nuestra precaria satisfacción, y, como consecuencia, la generación de la angustia especial que mezcla sentimientos de desconfianza y necesidad de protección.

He empezado esta serie de reflexiones apuntando a la importancia tradicional de los Ejércitos en relación con la protección frente a las amenazas de otros Estados. Estado implica reconocimiento de un orden internacional, asumido como base para la convivencia, pacífica o beligerante, y con órganos reglados que toman decisiones respecto a él y a los ciudadanos de su territorio.

Este orden se ha visto deshecho en múltiples pedazos, desde el mismo momento en que una parte creciente de la ciudadanía desconfía de sus dirigentes, duda del valor de la democracia, los valores tradicionales, la religión, el honor, la Patria. Todo parece haberse vuelto hacia la individualidad, a la necesidad de proteger, no lo que es ajeno a nosotros, sino el círculo más personal, más íntimo: lo mío, mi familia, mi propiedad, mi entorno más cercano.

No solo eso: la información con la que se nos bombardea a diario nos ayuda a creer, confirmando la validez de la creencia, que lo demás no importa, y cuando más alejado, menos aún. Manejamos la información con despego singular; cierto que tenemos mucha, pero la consumimos de inmediato -buena o mala, especialmente si tiene esta última categoría-. Solo cuando la amenaza se ha hecho realidad en nuestro círculo, la afrontamos por unos instantes, incluso magnificándola, hasta que la «autoridad oficial» nos tranquiliza con medidas desproporcionadas, costosísimas, y, con seguridad, inútiles, porque no han sido meditadas, ni tienen otro objetivo que hacernos pasar rápidamente la página de nuestro miedo concreto, para que vuelva a ser difuso.

Tengo que volver a alguna de las ideas expresadas al comienzo de mis reflexiones, para expresar que nuestro sistema de actuaciones no aborda la solución a las amenazas más importantes. Si se tratara de realizar una aproximación sistemática de los riesgos con los que se ve confrontado el habitante de clase media de los países más ricos del Planeta, habría que enumerar, no ya entre los principales,  sino como sustanciales, la amenaza del inminente cambio climático, y la inestabilidad derivada de una economía en crisis que no es cíclica, sino estructural, con generación de desempleos y desajustes laborales de magnitudes tremendas.

No hay debate real ante estas amenazas, ni existe verdadera intención de paliarlas ni atender a sus consecuencias. El incremento de temperaturas del Planeta se estima, por algunos serios científicos, ya imparable -porque no se tomaron medidas a tiempo- y se especula, con fundamento, que el nivel del mar superará un metro respecto al actual antes de final de siglo.

Los desequilibrios frente a la producción y el empleo, alimentados por la fiebre obsesiva del consumo, no han servido para analizar las consecuencias de la globalización de los mercados, la mano de obra barata en algunos países y la visión cortoplacista de la creación de empleos con única base en el sostenimiento ficticio de la sociedad de bienestar, cuya quiebra es inminente.

Lejos de abordar de inmediato medidas correctoras, se sigue dando pábulo a argumentos simplemente negacionistas o recalcitrantemente optimistas, situándolos al mismo nivel que los críticos, a los que se califica de pesimistas -«la Tierra atravesó períodos de glaciación en el pasado en los que el hombre no tuvo influencia alguna» o «la economía está mejorando y se crearán millones de empleos»-. No importa que la realidad se concrete en cambios estacionales insólitos y  que la generación de empleos no alcance, ni de lejos, a igualar ni en cantidad ni en calidad a los perdidos por la tecnificación y la globalización.

En todo caso, afrontar éstas y otras amenazas implica adoptar medidas y organización de medios y recursos que, además de cuantiosos, tienen que ver con nuevos centros de decisión: ya sean económicos, industriales, sociales,…Ni siquiera hace falta que tengan cara y ojos ni posean el refrende de la autoridad ética, técnica o humanística. Internet lo iguala todo, y ayuda a difundir un miedo nuevo, que afecta a nuestra propia identidad, aunque, al mismo tiempo, ofrece el caramelo de compartirla, exhibiéndola, con desconocidos. Las redes terroristas, los círculos infractores, la delincuencia internacional, saben utilizar esta herramienta, tan bien o mejor que quienes la utilizan para «fines legítimos»…alimentar nuestra ansia de consumo.

La seguridad ciudadana está afectada en múltiples frentes y su protección sugiere la necesidad de nuevos mecanismos. Poco que ver con el pasado. Las fuerzas denominadas del orden -uno aquí, por conveniencia de mi relato, Ejército, policía, inteligencia, en cierta medida, la diplomacia…- son llamadas, con frecuencia alarmante, no a resolver los conflictos (que no sería en ningún caso su función), sino a sofocar las manifestaciones del descontento, mejor dicho, de las consecuencias de las amenazas no cubiertas: paros masivos, cierres de empresas, ausencia de protección de desfavorecidos, etc., exacerbados, legítimamente, porque el individuo, ahora, ya no tiene confianza en resolver la situación de precariedad de forma aislada. Tiene miedo, y su miedo convierte a sus manifestaciones en amenaza para otros sectores de la población que, mientras tengan el poder, pretenden ejercerlo ordenando actuaciones de las «fuerzas del orden».

Hay amenazas que parecen más fáciles de cubrir, porque se presentan de forma externa al territorio. La creciente presión de la migración provocada por el hambre, guerras y conflictos ha provocado medidas muy elementales: erección de barreras (comerciales y físicas), muros con o sin cuchillas, sirgas, y la concentración en las fronteras de agentes represores.

No se resuelve así el problema de fondo, quiá -la terrible desigualdad de información, medios y tecnologías, que ha puesto de manifiesto la globalización y la difusión de la información que presenta el bienestar del que disfrutan otras sociedades- . Solo se pretende abortar las manifestaciones, antes de que afecten al propio territorio, intentando salvaguardarlo. Inútil actuación, puesto que el problema de fondo permanece inatacado y, por tanto, crece. Por una parte, se generan nuevas formas de violencia y de sofisticado rechazo a esas invasiones «pacíficas». Por otra, la debilidad y la explotación de la misma por nuevos agentes en el territorio de los migrantes, se exacerba. La «ayuda al desarrollo» se dedica a levantar muros más altos, o a enviar fuerzas de pacificación entre tribus enemigas en Estados sin ley, sin orden.

Hénos aquí en la base de la cuestión. Cualquier riesgo, precisa medidas para eliminarlo o reducirlo, pero esas medidas han de ser adecuadas. En la esfera de las decisiones individuales, el ámbito se ha visto muy restringido; no vale como garantía educarse bien, aplicarse mucho, ser disciplinado con el sistema.  ¿Quién sabe a qué situación se enfrentarán nuestros hijos, no digamos ya nuestros nietos? ¿Cómo orientarlos? ¡Los grandes centros de decisión se han hecho herméticos, la inteligencia colectiva, más torpe! ¡La Universidad no sabe qué enseñar, en realidad, y repite viejos esquemas inútiles, pero emponzoñados de nepotismo y autofagocitación!

Podemos, en principio, reducir mucho el riesgo de que alguien no deseado penetre en nuestro domicilio: alarmas, puertas blindadas, cámaras de vídeo, vigilantes armados. Podemos creer que las tediosas revisiones de equipaje garantizarán que nuestro avión no saldrá disparado por los aires por una bomba que algún descerebrado colocó en su maleta. Tal vez, si suprimimos el tránsito de todo vehículo pesado y amontonamos bloques de hormigón frente a los paseos, eliminaremos la cruel posibilidad de que un fanático enajenado al que prometieron un cielo con huríes no lance un camión contra la multitud en fiestas.

Lamentablemente, acabaremos descubriendo que eliminar totalmente la manifestación de una amenaza es imposible. Nuestra única opción es acotar significativamente las que detectemos y tratar de enfocar las acciones al fondo, al núcleo donde se generan.

La antes enunciada, y bien detectada, amenaza de un cambio climático global, implica decisiones que trascienden de los Estados y, para que resulten efectivas, deberían ser asumidas y satisfechas por la colectividad internacional en su conjunto. Difícil situación, sin antecedentes históricos. La necesidad de modificar de forma drástica y urgente el empleo de hidrocarburos, tanto para la producción de energía eléctrica como combustible preferente para los vehículos, es un reto inmenso. Solo que no caben medidas parciales: serían ineficientes y, en el mejor de los casos, genuinamente egoístas: salve quien pueda.

La normalidad aparente no puede servir de placebo para la tranquilidad. Hay amenazas que están creciendo y estallarán. La desigual distribución de los recursos hídricos, en relación con la población demandante, es ya fuente de conflictos, puesto que el agua es elemento sustancial para la vida y el desarrollo de casi la totalidad de las actividades productivas. Solo que, aún con mayor virulencia que en el pasado, los conflictos por el agua trascenderán de la escala local para alcanzar dimensiones muy graves en ciertas zonas. La disponibilidad del agua ocasiona ya, incluso en países avanzados (véase, España), conflictos serios entre consumidores, y la fijación de un precio justo al recurso está permanentemente sujeto a polémica.

¿Cuál es, en fin, el papel que cabe reservar a los Ejércitos ante nuevas amenazas, en las que no se puede hablar genuinamente ni de la necesidad de defender el propio territorio ante una fuerza organizada, ni aún menos, atacar el de un Estado para sojuzgarlo?

La respuesta es compleja y delicada, y solo puedo apuntar aquí -para no extralimitarme en mi conocimiento de la cuestión- que exige un cambio sustancial de posiciones. Se están empleando recursos militares como fuerzas de paz o como refuerzo (más o menos solapado) a una de las facciones en litigio en países terceros.

No veo futuro a estas actuaciones (en medio-largo plazo). Las decisiones eficientes han de pasar por la ayuda económica y tecnológica y por la implantación (no forzada, asumida por la población residente) de la democracia, que suponga eliminar los focos dictatoriales, reducir desigualdades, favorecer la explotación de recursos propios, elevar fuertemente los niveles educativos y técnicos. Tendrá que eliminarse, por supuesto, cualquier sospecha de injerencia espuria por parte de potencias militares que se sientan autorizadas para participar en conflictos ajenos. Habrá que ser contundente con el control de venta de armas a países terceros. Y, en fin, tendremos que asumir colectivamente que, ya que no se ha sabido actuar de otra manera, vivimos bajo la amenaza constante de una Destrucción Mutua Asegurada.

Termino, pues, con la apelación a la recuperación de los ámbitos de libertad que garanticen el desarrollo de la sociedad y del individuo. La necesidad de seguridad no debe coartar nuestro deseo de libertad consciente, plena. Debemos poner en orden las amenazas y confrontarlas con los medios puestos a disposición para sofocarlas.

El papel de los Ejércitos, de la industria de Defensa, de la diplomacia, de la inteligencia, de las telecomunicaciones, y las múltiples interrelaciones entre los estamentos que tienen que ver con la seguridad, debe ser revisado. No es cuestión de escuchar una sola opinión (y, menos, tan poco cualificada en el tema como la mía), pero el abordaje del tema es urgente, e imprescindible.

Los nanodrones están ya en avanzada gestación y nosotros no podemos seguir con estos pelos.

(1)»Ceguera moral. La pérdida de sensibilidad de la sociedad líquida», Zygmunt Bauman y Lenidas Dnskis, Wd. Paídos, 2015

FIN

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El ave que hoy utilizo como complemento ornitológico (excéntrico) a mi Comentario principal es un agateador común (Certhia brachydactyla). Es una suerte encontrarlo, tanto por u relativa escasez en nuestros predios como por su capacidad mimética, a la que añade su pequeñez. Pesa alrededor de 10 g y mide poco más de 12 cm. Por el plumaje moteado diría que es un joven, a la busca de insectos xilófagos en el jardín comunitario. Su pico, fuertemente curvado hacia abajo, pone de manifiesto su especialización en hurgar bajo la corteza suelta.

Si se tiene ocasión de oir al macho de estas aves singulares en momento de flirteo, sorprenderá por sus floreos argumentales, que pretenden resultar, como propio de todo seductor, irresistibles para el objeto de su adoración.

Cuando me encontraba haciendo las prácticas de alférez en Mallorca, estando de jefe del retén de incendios, fuimos advertidos de un incendio que se había presentado en una zona montañosa de la isla, y a la que se nos ordenó acudir a sofocarlo. Me dirigí hacia allá, con la rapidez que nos concedieron los vehículos todo terreno que tenía a mi disposición, con el equipo de soldados de reemplazo que se encontraban en el cuartel. Pronto me convencí que la principal función que me correspondía era la de conseguir que ninguno de aquellos jóvenes resultara lesionado. Así que, manteniendo una prudente distancia respecto al frente de fuego, ordené que se talaran algunos árboles, para improvisar un cortafuego.

Lo hicimos con ardor, disciplina y dedicación insuperables.

Sofocado el fuego, por la intervención experta del cuerpo de bomberos y varios vecinos voluntarios, me sentí profundamente afectado cuando el propietario del terreno, reclamó mi presencia. Me dio un abrazo y me felicitó efusivamente: «Mi sincero agradecimiento a Vd. y a su compañía, alférez. Me han librado de esos árboles que me impedían la vista del mar desde mi chalet y que el alcalde se empeñaba en prohibirme cortar».

 

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Seguridad frente amenazas (2)

31 diciembre, 2016 By amarias Deja un comentario

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Salvo para aquellos genuinamente pacifistas, si es que existe alguno, no habrá dudas que la seguridad exterior precisa, -junto a otras actuaciones, desde luego-, del mantenimiento de una fuerza organizada, con personal dispuesto a matar y morir, y equipos adecuados para esa función letal. Aquí se encuentra la característica diferenciadora, indiscutible, de los Ejércitos.

Un Ejército no es un grupo de personas armadas, sino una «fuerza» sometida a una disciplina, con un código de actuación. Existen magníficos documentos que ilustran significativamente sobre el desarrollo de este concepto; En España, las Reales Ordenanzas para las Fuerzas Armadas vigentes cuando escribo estas notas datan de 2009, y suponen una renovación parcial -por algunos comentaristas, sin embargo, tenida, por sustancial- de las promulgadas en 1978 (Ley 85/1978).

Con previsión de un baño de sangre o no -así en la paz como en la guerra-, hay una premisa incómoda a la que responden los Ejércitos, que son consecuencia de la experiencia histórica: «el enemigo existe siempre».  Esta certeza implica que los Ejércitos deben estar dotados para defenderse, sino de cualquier ataque, al menos, del que pudiera provenir de sus adversarios diferenciados, a los que conviene tener identificados. Esta posición preventiva obliga a mantener una dotación, equipamiento y preparación similares o superiores al suyo, capaz de disuadir y de ofrecer, en otro caso, una respuesta autónoma rápida.

La exhibición de la potencialidad propia no es un juego de niños. Tiene dos destinatarios: la población civil del propio Estado, transmitiendo un mensaje de potencia y preparación (y, subsidiariamente, de prestigio y profesionalidad a los componentes militares); el otro destinatario es el potencial enemigo, que también procurará disponer de otras fuentes de información, claro está.

Quede así recordada, tanto para los que tienen respeto, y hasta devoción, por la profesión militar (entre los que me cuento, sin perjuicio de ser pacifista), como para los que apoyarían, por desconocimiento o por voluntad martirológica, su supresión, que los Ejércitos poseen una genuina ambivalencia causal: pueden adoptar tanto una posición agresora como defensiva. Esta última adquiere una importancia capital para mantener la paz, pues tiene una clara connotación disuasoria, autónoma, y en ese campo de lo que se desea evitar, principal.

Sería ridículo, amén de peligroso, mantener la ingenuidad de que la paz no implica la preparación para la guerra. Las armas, además, están para ser usadas algún día y se perfeccionan continuamente. Los misiles de ataque de largo alcance implican el desarrollo de los de interceptación; los tanques acorazados alentaron la fabricación de lanza torpedos penetrantes. No hay muchas acémilas actualmente en el arma de Caballería y se prefieren los drones teledirigidos a los aviones tripulados de reconocimiento.

Ni siquiera los Estados que se autodenominan «neutrales» renuncian a armarse. Suiza, uno de los Estados europeos que dedica más recursos a su Ejército, atiende con la popular «guardia suiza» la custodia del Estado más espiritual y más pequeño del mundo, la Ciudad del Vaticano; fundada en 1505 por el Papa Julio II para proteger al Papa, mantiene actualmente unos cien efectivos, adiestrados para manejar armamento moderno, no espingardas ni falconetes.

El arte de la guerra (léase, de la defensa), genera comportamientos que han inspirado los económicos-empresariales. No en vano, los libros de estrategia militar y los expertos militares tienen buena acogida en los Institutos de Empresa. La selección de líneas de investigación y desarrollo preferentes, la formación de cárteles, la utilización de lobbies, etc., están en la base común de lo militar y lo empresarial.

Como pocos Estados pueden ofrecer una garantía adecuada de forma autónoma, son imprescindibles alianzas estratégicas, y la formación de bloques que complementen y refuercen las Fuerzas Armadas propias. Dentro del concepto de Defensa, se agrupan muchas actividades indirecta o directamente relacionadas: formación propia y ajena, diplomacia, espionaje, cooperación, desarrollo y prueba de armamento sofisticado, preparación para el combate, procedimientos sanitarios, de comunicaciones, informáticos, etc.

Por eso, la totalidad de los Estados dedican una parte importante de sus presupuestos a sus Ejércitos. Puede verse, en mi opinión, el estado de desarrollo de cada uno, en relación con el porcentaje que dedican a la dotación de personal o a los equipos materiales y a la investigación; en efecto, un alto porcentaje del presupuesto destinado a la partida de personal, es propio de un país atrasado. Aún más, me atrevería a afirmar, que un alto porcentaje del PIB dedicado a Defensa, puede significar que se está apoyando la investigación tecnológica de uso civil, conjuntamente.

Concluyo, pues, este apartado. Desde la tribu al Estado-nación/naciones a los Estados Unidos y Comunidades internacionales, todas esas unidades de convivencia tensa con otras han asumido la necesidad de mantener un Ejército propio, adecuado a los riesgos presumidos y han buscado alianzas con Estados afines para defenderse de posibles amenazas y ataques. La OTAN (Organización del Tratado del Atlántico Norte) surgió en 1949 como perfeccionamiento de un acuerdo político entre algunos países europeos, a la que la incorporación de Estados Unidos (y Canadá), dotó de la potencia bélica deseada, como contrapunto a la creciente tensión proveniente del bloque comunista, que en 1955 organizó una alianza similar (fuerzas militares para mantenimiento de la paz) llamada Pacto de Varsovia. Los aliados en la segunda guerra mundial pronto redescubrieron sus sustanciales diferencias de planteamiento económico (1).

Otra cuestión que es conveniente analizar, aunque sea a este nivel elemental, apela a la característica de las misiones en el extranjero, actualmente con capital interés mediático, que oculta otros aspectos mucho más relevantes, en mi opinión.

Los componentes de los Ejércitos, no son ONGs, ni educadores, ni agentes del desarrollo. Tampoco son policías. Y, sin embargo, la versatilidad de las funciones vinculadas a la defensa del territorio propio y de ciertos valores (básicamente, éticos) tenidos por irrenunciables, provoca que, cuando les son atribuidas algunas de ellas, los Ejércitos participen, solos o en compañía de otros funcionarios y civiles, en misiones de las llamadas de paz.

Delicada cuestión, en suma, porque exige la coordinación entre muy diversos estamentos, con dependencias funcionales naturales diversas, tanto de las organizaciones administrativas de un Estado como de los aliados y, según la índole de la función atribuida, puede suponer, incluso, que esos aliados sean diferentes. La perfecta identificación de los objetivos y, naturalmente, de la cadena de mando y de las responsabilidades distribuidas, es una dificultad añadida para que la misión tenga éxito.

Cuando los equipos integrantes de una misión de un Estado que se autodefine «en tiempo de paz»,  se lleva a cabo en el extranjero -en territorios en guerra, o que hubieran sido ocupados contraviniendo disposiciones internacionales, o  en donde actúen grupos terroristas, o aún no plenamente pacificados – la combinación de elementos militares y civiles añade dificultades de coordinación. En esos casos, además, la posibilidad de ser víctimas de un ataque con armas, implica que todos los componentes del equipo deban asumir el riesgo de morir o ser heridos, es decir, se deben considerar integrados en la disciplina y normas propias del Ejército.

En la cartilla que se entregaba a los reclutas españoles al terminar el servicio militar de la postguerra, cuando éste era obligatorio, aparecía un sello en el que figuraba un apartado destinado al Valor, en el que se indicaba el «concepto que había merecido a sus jefes» él recién licenciado. «SS» significaba que «se le supone», porque no cabía hacer otra elucubración cuando no se había entrado en batalla.

En los Ejércitos profesionales -en donde los aspirantes a formar parte de ellos, (y hay que suponer que, especialmente, a los que se integran como tropa)  pueden estar inicialmente guiados por la obtención de un salario, más que por la defensa de valores que la desacralización pretende convertir en filosofía añeja, como la Patria, el Honor o la Bandera-, la posibilidad de morir en el curso de una acción, incluso en la preparación de la misma, no siempre será puesta de manifiesto por los mandos. La realidad la pondrá presente, a poco que asome la peligrosidad intrínseca al manejo de armas; y no es necesario que sean manipuladas por el enemigo: el número de militares fallecidos en maniobras, exhibiciones aéreas o navales, pruebas de material, desactivación de explosivos, etc., lo prueba.

(continuará)

(1) La exhibición de cariño personal (que no institucional) entre D. Trump, presidente electo de Estados Unidos de Norteamérica y V. Putin, presidente de la Federación Rusa, no presagia un pacto anti-natura entre bloques enfrentados. Más bien, implica el reflejo de un tanteo previo, en el tablero del ajedrez mundial, ante el avance vertiginoso de la República Popular China.

—–

La fotografía recoge la imagen de tres gorriones en una aparente sesión de ballet, en vuelo que podría ser interpretado como acrobático para quienes desconozca la tremenda agilidad de las aves -en particular, de estos paseriformes- para girar, sostenerse en el aire, sortear obstáculos, cambiar de rumbo brusco.

He tenido ocasión, desde una privilegiada atalaya, de observar los movimientos de los grupúsculos de gorriones en torno a la comida, bien sea en campo abierto o en un recinto limitado.

Dependiendo de la edad de las aves, de la disponibilidad de alimento, de la posible relación genética entre ellos, he constatado que se pueden dar actitudes de ignorancia total, cooperación, de cesión de derechos, etc. La más común, si la comida es escasa o está dispuesta en un recipiente de acceso reducido, es de agresividad. No se matan, desde luego, pero un par de picotazos al vuelo bastan para disuadir a quien, vulnerando la escala de poder, se acerca al grano o a la masa nutricia, antes de que los poderosos hayan saciado su hambre.

Los más débiles o más jóvenes esperan, impacientes, a que los fuertes se vayan y, entonces, apuran las migajas.

 

 

 

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Amenazados por la seguridad

26 diciembre, 2016 By amarias Deja un comentario

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La probabilidad de que seamos víctimas de un atentado perpetrado por un fanático islamista conduciendo el camión que acaba de robar a punta de pistola, ha aumentado en los últimos años. Sigue siendo, desde luego, muy pequeña (sin necesidad de calcularla con exactitud, intuyo que será del orden de trillonésimas) (1).

Sin embargo, y especialmente a los que vivimos en la inopia occidental, nos preocupa muchísimo. Por supuesto, muchísimo más que los atentados mortíferos que se producen casi a diario en aquellos países en donde el credo musulmán ha estallado en facciones irreconciliables y a los que no hace mucho tiempo aún, los Estados más ricos de la desunida Europa consideraban colonias.

No quiero minimizar el tema, sino que trato de ponerlo en su dimensión, si es que podemos realizar ese ejercicio de ponderación.

Es lógico que nos preocupe la seguridad, aunque lo es menos que identifiquemos seguridad con la necesidad de protegernos frente a los ataques indiscriminados, que son, por consenso, aquellos que se producen contra la «sociedad civil». Esta construcción sesgada del concepto ha desarrollado en nuestro entorno la desagradable sensación de que corremos riesgo en cualquier sitio, y de que cualquiera puede vulnerar nuestra paz individual. Desde el de las Torres Gemelas, cada nuevo atentado se apoya sobre la escalera de los precedentes, y la inquietud sube peldaños, a pesar de los mensajes estereotipados que apelan a mantener la calma, e incluso antes de que se investigue la autoría y sus perversas razones.

La amenaza de la seguridad es, paradójicamente, el reflejo irónico de la situación. Con el mismo título que ahora utilizo, un profesor de la National Law School of India University, Chandan Gowda, escribía en 2007, un lúcido artículo sobre el tema, que rememoraba una escena de la película Milana, de la productora Kannada, en la que, el protagonista, al atisbar un mendigo ante el complejo residencial de Bangalore, en donde tenía un apartamento, gritaba, angustiado: «¡Seguridad!».

La tensión entre la sensación de poder y la ansiedad por sentirla amenazada, crece, no solo por las amenazas reales sino, también, aunque no me atrevería a exponer taxativamente que como razón principal,  porque los «encargados de la seguridad» se encargan de potenciarla, generando pro doquier la necesidad de protección, porque todos tenemos algo que perder, desde propiedades a la vida.

Animados por esta corriente alcista de inseguridades, en todas partes -grandes centros comerciales como pequeños comercios del ramo, vagones de metro y entradas de discotecas tanto como de restaurantes, entidades financieras como filantrópicas, estadios deportivos de la capital del reino como ferias de pueblo de chicha y nabo- se ven personas uniformadas, ataviadas con porras, pistolas, esposas y walkietalkies,  dispuestos, «a defendernos».

Solo que hemos perdido la referencia, y no sabemos ya bien de qué nos defienden.

En realidad, deberíamos saberlo, pues la respuesta se encuentra en la formulación de la propia pregunta. Reconozcámoslo: nos defienden de nosotros mismos. Porque todos nos hemos convertido en sospechosos, y aceptamos el ser observados como tal por cualquier agente, sin importarnos su cualificación, formación e intención, la mayor parte como detentadores improvisados de una autoridad de procedencia difusa.

Como el enemigo potencial es genérico, así lo son los supuestos medios de defensa y, en consecuencia, adquiere una complejidad y diversidad indefinida el elenco de quienes se arrogan tanto la decisión de protegernos como la de protegerse ellos. Hemos convenido, en un apriori ridículo, que nuestro mundo está poblado por presuntos delincuentes. Puede ser el vecino, el colega de empresa, un miembro de nuestra familia, o el mismo ministro de Interior. Nos parece ahora imposible  discernir qué circunstancias o móviles transformarán al inocuo prójimo en un estafador, un ladrón o un asesino.

Para salvar nuestra honestidad puesta en entredicho, dóciles hasta extremos indescriptibles, dejamos, con rostro impávido, que el billete de cincuenta euros que entregamos a la cajera para pagar la compra del supermercado, recién salido de la máquina expendedora de la entidad bancaria que especula con nuestro dinero, sea paseado una o diez veces por la máquina detectora de falsificaciones. Haremos cola, sumisos como borregos camino del esquileo, para pasar por un arco de la vergüenza antes de entrar en el recinto de exposiciones o conferencias, prestos para vaciar de los bolsillos el llavero, la billetera y depositarlos junto al cinturón y el móvil en una bandeja. Por supuesto, casi nos desnudaremos, después de despedirnos de la colonia y el botellín de agua mineral, antes de abordar el avión que nos deberá conducir hasta cualquier destino, porque nos han convencido de que así disminuye el riesgo de que la máquina voladora no explotará a medio camino.

La desconfianza se habrá generalizado, pero los resultados prácticos son mínimos frente a la versatilidad del mal que nos acecha, atento a descubrir agujeros en la malla protectora. Vigilaremos, sí, al vecino, pero solo para enclaustrarnos más en nuestro  miedo al otro, aislándonos. Nos protegeremos en el anonimato, en la masa impersonal, renunciamos a nuestra individualidad, para no ser detectados.

Y, para colmo, ni siquiera sabríamos qué hacer, si nos aventuráramos a actuar como miembros voluntarios de una Stasi descabezada,  con el resultado de nuestra improvisada investigación. ¿Denunciarlo a la policía? ¿A qué policía, si admitimos que es inoperante, y que se limitará a rellenar un formulario cuyo desarrollo posterior nos causará solo molestias? ¡Si, cuando somos víctimas de un robo, nos llenan la casa de polvo en busca de huellas que no conducen a ningún resultado!

Mejor no actuar, no saber, no querer, mantener un perfil bajo con el que pretender pasar desapercibido. No hay que fiarse de nadie y, en especial, de aquellos que tienen otro color de piel, hablan otra lengua, manifiestan otra forma de pensar, tienen afinidades culturales, sociales, sexuales o patológicas que no compartimos, pertenecen a una agrupación social o deportiva distinta a la de nuestra devoción, profesan o se confiesan próximos a una religión diferente, vienen de otro pueblo, ciudad, provincia o nación…

—

(1) Si alguien quiere tomar la molestia de estimarla con más exactitud, -reto tipo de las aplicaciones del teorema de Bayes para calcular la probabilidad de sucesos condicionados-, tenga en cuenta que la población mundial se acerca a los 7 mil millones de individuos, de los que no más de un 15% son devotos, en variados niveles, de la religión musulmana. De entre éstos, habiendo incluido como seguidores del Alá de Mahoma a algunos a los que no habría que calificar, sensu strictu,  de tales, no parece razonable  admitir que más de cien mil estén fuertemente radicalizados. En elucubración aún más exigente, no deberíamos admitir que más del tres o cuatro por ciento de entre ellos estuvieran dispuestos a inmolarse, al mismo tiempo o después (abatidos por la policía en un control posterior) de haber cometido un atentado. Si, además, imponemos la condición de que ese estúpido fanático suicida tenga la oportunidad de asaltar a un camionero, apropiarse de su vehículo, conducirlo a toda velocidad por el paseo de una ciudad en la que se esté celebrando una fiesta o una ceremonia multitudinaria, y que nosotros nos encontremos casualmente en ella, las opciones de que seamos utilizados como bucos emisarios de su hiperdevota imbecilidad, son realmente escasísimas. De trillonésimas.; es decir, de 1 entre un trillón, que es 1 millón de billones, la unidad seguida de 18 ceros.

(2) Las lavanderas son aves que señalan el fin del otoño entre nosotros, y nos llegan, en buena parte migrantes, para ocupar durante el invierno espacios próximos a los tíos y aguazales (bellísima palabra, que sirve para significar los charcos de lluvia), pero también parques y jardines, en donde se consagran a una búsqueda incesante de insectos, con pasos acelerados y vuelos cortos, moviendo su cola como una agachadiza.  A diferencia de la mayoría de las paseriformes, y a pesar de estar casi todo el tiempo moviéndose a ras de suelo, no parecen tenernos miedo, y se dejan aproximar por niños y adultos curiosos, para moverse súbitamente, con un aletear rápido, posándose un par de metros más allá, lanzando ocasionalmente un grito suena como «tsii», mas bien metálico.

Las lavanderas son, como su nombre sugiere, más fáciles de encontrar junto a las corrientes fluviales relativamente tranquilas, en donde encuentran más fácil alimento. En algunos sitios, se las llama pajaritas de las nieves, pititas. Entre aficionados a la ornitología, se distingue a las dos especies más comunes, según el color de su plumaje, como motacilla alba o cinerea (esta última, llamada popularmente lavandera cascadeña, es menos abundante, con obispillo y vientre amarillos)

Publicado en: Actualidad, Política, Seguridad, Sociedad Etiquetado como: atentado, cinerea, lavandera, miembro, motacilla alba, plumaje, seguridad, trillón

Bufetes fríos o calientes a tutiplén

23 diciembre, 2016 By amarias Deja un comentario

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Llevo ya suficientes años ejerciendo la abogacía, (por cierto, casi siempre desde el lado de la defensa), para que sienta animado para hacer un repaso personal de mi experiencia sobre algunos de los cauces tormentosos por los que se precipita actualmente esta profesión.

En el camino, me resulta imprescindible referirse a los legisladores y a los jueces, ya que -pido disculpas por ser tan obvio- la voluntad social de poner orden ante los múltiples problemas generados por la convivencia, involucra, como un triángulo virtuoso, a todas estas categorías de letrados.

Esta trinidad no es tan antigua como pudiera parecer, pues, como registró la Biblia, en el principio de los tiempos humanos, el mismo Dios asumía los papeles de legislador y juez, y le bastaban para administrar justicia. Según la sacra leyenda, el Supremo hacedor generó la primera Ley («no comer del árbol del bien y del mal») y la aplicó, en la doble función de juez instructor y penal (interrogando a los investigados y al único testigo, la serpiente, que había sido, en realidad, el inductor-asesor de la infracción). No tuvieron nuestros primeros padres abogado defensor que, sin duda, hubiera basado su alegato, más que en pretender demostrar la inocencia de los encausados, en poner de manifiesto las terribles deficiencias procesales.

Si me meto en este berenjenal, es porque está perfectamente detectado, para quienes nos esforzamos en ganarnos la vida (o parte de ella) como abogados, que los intereses que se ventilan en cualquier litigio, se tienen que batir, -más que en el terreno de los hechos-, en el de los impedimentos procesales.

Esta deformación tiene su miga. Para quien defiende los intereses y, en su caso, los derechos del demandado o del investigado/imputado, incluso aunque pueda tener objetivamente razones para hacerlos triunfar, la incertidumbre del resultado judicial está conduciendo los procesos hacia la mayor dilación posible. El mayor hándicap de la Justicia española es que es lenta, y no debe achacarse la razón a la torpeza, lentitud de razón o carga de trabajo de los jueces, aunque tengan todas esas causas algo que ver.  No hay porqué desviar la cuestión ni hacia la falta de experiencia vital de los jueces fuera de las salas en donde asientan sus posaderas, o a que tengan sobrecarga de legajos , o a que haya demasiados litigios porque son demasiados los abogados, y siendo mucha la competencia, y el hambre a paliar, se les hacen pronto a todos los colmillos retorcidos.

El derecho procesal se ha convertido, en razón de este (des)propósito, en un elemento vital en el que fundamentar y argumentar todos los impedimentos posibles e imaginables que dificulten, y si es posible, hasta impidan, que llegue a emitirse alguna vez sentencia, esto es, finalice el juicio en su forma jurídica prístina. Se favorece también, de refilón, por aquellos abogados que pertenecen a la cofradía del prefiero un mal arreglo que un buen juicio, que se prefiera alcanzar arreglos extraprocesales, para que no sucumba de desesperación quien tiene alegado su mejor derecho y no ve la forma de que se le otorgue justicia en este mundo.

Desentrañar los entresijos de la situación nos lleva, por una parte, a entender por qué, cuando pueden pagárselo, y especialmente en las causas penales, se recurre por  quienes tienen más crudo el defender sus posiciones,  a los llamados «prestigiosos bufetes», en detrimento de los abogados que actúan por libre. Esos bufetes se han construido en torno a abejas reinas -una o varias- que provienen de las catacumbas del Estado, tienen prestigiosos currícula conseguidos en su vida pública, y pueden, al sacar pecho, hacer pensárselo dos veces a los jueces y magistrados que osen llevarles la contraria.

Lejos de mi intención expresar que los jueces no actúan con total independencia, aunque no me faltarían ocasiones en las que se me dieron pistas para pensar que así no ha sido. Pero lo que no entenderé jamás, si, en teoría, quienes actuamos de abogados en un proceso, hemos de limitarnos a poner en evidencia y defender los hechos, por qué nos tomamos tanto esfuerzo y dedicamos tantas páginas, en expresar los fundamentos de derecho en que basamos nuestras alegaciones, y en recordar la jurisprudencia que entendemos aplicable. Esa labor correspondería a los jueces, a tenor de la aplicación de ese bello brocardo que resumía su función y, con ello, cuando éramos estudiantes, nos parecía que resumía casi toda la magia del Derecho: da mihi factum, dabo tibi ius.

¿O habrá que modernizar el latinajo para ajustarlo a los tiempos que ahora corren?

—

La fotografía con la que acompaño mi Comentario de hoy, no es la de un pájaro (un modesto gorrión), sino la de su sombra. Bien definida, contrastada, proyectada sobre la superficie plana de una de las torres del castillo de Olite, refleja. por la posición encogida de las patas del ave, el movimiento de impulso para emprender  el vuelo. En verdad, como hacen prácticamente todos los pájaros cuando se sienten inquietos por la atención que despiertan en los humanos, no es una huida hacia delante, sino en desplazamiento lateral, antes de desaparecer del ángulo de la vista o de esconderse entre el follaje.

En esta toma, la sombra sigue obediente a la forma real, y se convierte, estando ésta parcialmente cortada, en protagonista principal. Hubiera podido recortar la foto para presentar solo la sombra, y hacerla así más efectiva para reforzar el mensaje, pero me ha parecido que sería injusto descartar totalmente la razón que la ha generado. Porque, claro, algunos de los bufetes fríos o calientes más preciados a los que me refiero en el Comentario principal, no se encuentran en los restaurantes más que por casualidad, y con representantes de otros componentes de la trinidad jurídica.

Publicado en: Actualidad, Derecho Etiquetado como: abogados, bufete, buffet, Dios, frío, gorrión, jueces, letrado, leyes, Olite, sombra, trinidad

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