Al socaire

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Archivo de 2016

La granja en cuarentena

18 abril, 2016 By amarias Deja un comentario

Reconozco que me atraen las teorías conspirativas. Utilizadas como cliché preconcebido, se adaptan, cual una fórmula magistral, para explicar casi cualquier actuación dentro de una colectividad humana, en la que un pequeño grupo, convertido en muñidor o factor creador de situaciones, influye decisivamente sobre el comportamiento de la mayoría.

Cuando George Orwell (Erich Arthur Blair) escribió «Rebelión en la granja» (1945) acababa de editarse «Camino de servidumbre» (1944), que se convertiría en el libro más citado de Friedrich von Hayek. Pocas ocasiones ofrece la literatura de encontrar en una obra aparentemente de evasión, una crítica solapada -es decir, inteligente- a la pieza clave de los defensores del capitalismo liberal como doctrina económica.

Hayek, como es bien sabido, propone abrir de par en par las puertas del campo de la economía a la iniciativa privada, limitando las intervenciones del Estado de derecho a lo imprescindible: fijar el marco regulador, de forma previa y transparente.

Paladín intelectual de la escuela vienesa, Hayek se convirtió con rapidez en el contrapunto a la doctrina macroeconómica de John Maynard Keynes, quien en 1936 había publicado «La teoría general del empleo, el interés y el dinero», en la que abogaba porque los gobiernos deberían aumentar el gasto público para impulsar la inversión. Los keynesianos apoyaban el intervencionismo del Estado en las actividades económicas, convirtiéndolo en un competidor privilegiado, que podría aparecer aquí y allá para subsanar déficits o desviaciones de la iniciativa privada, estimular determinados sectores o dirigir el desarrollo en otros, de acuerdo con el interés general.

No pretendo contribuir, desde mi reconocible limitación intelectual, al debate académico que, desde entonces, permanece abierto entre quienes defienden el «dejad hacer» y los que creen a pies juntillas que no hay nada mejor que la economía centralizada.

Porque, entre tanto, hasta los macroeconomistas prácticos occidentales que no estén dañados por las actitudes más reaccionarias han ido admitiendo, a la chita callando, que no se traiciona a Hayek cuando se mueve el fiel de la balanza hacia la posición de «haz lo que quieras, pero no abandones al Estado en la necesitad de mantener un equilibrio social imprescindible para evitar la debacle del sistema».

La clave de la teoría orwelliana  no estaría en definir la doctrina a seguir, sino en la utilidad que extraigan de ella quienes se ven obligados a vivir con ella. Frente a los maximalistas que aún se esfuerzan en resaltar las ventajas o las abominaciones tanto del sistema puramente capitalista como de las economías centralizadas, según de dónde les provenga el plato de lentejas, los orwellianos, escépticos de cuanto huela a doctrina precocinada, abogamos por utilizar los márgenes de libertad que la situación en la granja animal conceda a sus moradores, para acomodar nuestra existencia de la mejor manera posible.

Orwell no era economista, pero sí un atento observador de la realidad, que se esforzó en palpar, no desde los despachos, sino en los campos de batalla. Participó en la guerra incivil española, con el propósito inicial de «matar fascistas»para salvar el mundo (según su propio testimonio), que morigeró  en la más pragmática y pacífica posición de «defensor del socialismo democrático».

En próximos comentarios me propongo, si tengo salud, comentar mi opinión sobre la actual situación en la granja colectiva, tanto a la escala global como a la particular del pequeño país desde el que escribo (España). Y, aunque parezca que desvelo las cartas del razonamiento posterior, adelanto que la granja y sus dependencias están afectadas por diversos virus y males de cabeza, lo que obligaría, a fuer de sensatos -que supongo quedan-, a poner muchas de las jaulas en cuarentena, convenientemente separadas, para evitar una contaminación generalizada que nos haga volver a las cavernas.

(continuará)

 

Publicado en: Actualidad Etiquetado como: cuarentena, globalización, granja, Hayek, Keynes, Orwell

Cuidado con los ladrones

17 abril, 2016 By amarias Deja un comentario

El otro día llamaron a la puerta dos agentes del Cuerpo Nacional de Policía para entregarme unas fotocopias en las que, según me explicaron, ante el incremento de estas actuaciones delictivas, se ofrecen «Consejos para evitar robos en interior de viviendas».

De momento, no tengo información sobre la posibilidad de que los órganos centrales de algún cuerpo de seguridad del Estado estén preparando un folleto, puede que también un tríptico, con indicaciones para que nos protejamos de que nos roben también en el exterior de las viviendas, puesto que allí parece igualmente detectarse un aumento de actos contra la propiedad ajena.

Bien es cierto, sin embargo, que la casa donde uno vive es un recinto acotado y los delincuentes que podrían apetecer lo que tenemos en ella se mueven con ganzúas, sprays adormecedores y sacos para esconder el producto variopinto de sus asaltos, en tanto que los amigos de lo ajeno que dedican sus afanes al exterior de las viviendas, manejan cuentas bancarias opacas, emplean testaferros, se sirven de bufetes especializados y, desde luego, no usan saquitos, sino maletines con claves de cuatro dígitos.

En fin, se trata de dos tipos de delincuentes y organizaciones delictivas muy diferentes. Unos -sin que esto sirva de prueba excluyente, sino solo orientadora-, son oriundos de países de la periferia comunitaria, y, referidos a nuestros cacos locales, guardan, en modo y artes, la misma relación que el gato montés con un minino castrado; no roban para comer, sino como negocio y disfrutan de medios muy sofisticados, incluida su falta de escrúpulos para dar un buen golpe a quien se resista a decirles la combinación de la caja fuerte o el escondite de las joyas familiares.

La eclosión de estas bandas de ladrones y peristas, que, con razón, preocupan a nuestra policía, coincide en el tiempo con el descubrimiento alarmante, de que no solo nos están robando en casa, sino que nos estaban saqueando fuera de ella, y que éstos no se habían molestado en ocultarse, sino que lo hacían a plena luz del día y, encima, había algunos que nos daban consejos sobre cómo gobernar mejor los bienes públicos.

En los papeles que el CNP está repartiendo, se dan consejos que pueden parecer triviales, junto a otros que más parecen destinados a instaurar un estado de sospecha generalizada. Al lado de «mantenga su dinero y objetos valiosos en lugar seguro» -con el recordatorio de que «existen entidades de crédito que se hacen cargo de esos objetos» por poco dinero,  o «instale una buena puerta de seguridad», que puede impulsen el negocio bancario y el de carpintería, leo mensajes de interpretación más problemática: «manténgase siempre alerta» o «si ve gente extraña merodeando en su calle, avise a la Policía».

Si el Cuerpo de Policía o algún otro de los que se encargan de tutelar el estado de derecho que tan maltrecho se nos va quedando, se deciden a buscar en el ciudadano presunta víctima el apoyo para evitar y detectar los robos de guante blanco, espero poder leer algún día consejos del tipo: «Desconfíe de cualquiera que viaje de vacaciones a un paraíso fiscal (lista adjunta) y, en general, de quien aproveche cualquier ocasión para presentarse en público como una persona intachable»; «anote la ubicación de todas las mansiones que observe en sus recorridos en bicicleta por la periferia de su ciudad y, si le es posible, el nombre de sus propietarios»; «denuncie a la inspección fiscal a quien posea varios coches de alta gama, sea propietario de un yate, una finca de caza o lleve el pelo engominado»; aún mejor: «avise de cualquier caso en que ambos miembros de una pareja tengan cargos públicos -ministro y secretari@ de estado, presidente de empresa pública y jefe de inspección de Hacienda, magistrado de lo penal y alcaldesa, por ejemplo- y colabore en descubrir familias en que muchos de sus miembros ocupen puestos de responsabilidad en empresas, cargos políticos y administraciones públicas».

Desde luego, no basta ser decente, ni con parecerlo. El Estado de derecho quiere que le echemos una mano, falto de medios incluso para imprimir ejemplares de un tríptico en el que manifiesta que está desbordado por la proliferación de delincuentes.

 

Publicado en: Actualidad Etiquetado como: consejos, ladrones, paraísos fiscales, policía nacional, tríptico

Tiempo de exposición

10 abril, 2016 By amarias 2 comentarios

Quiero creer que las opacas conversaciones entre partidos políticos para formar gobierno habrán servido, siendo evidente que no han cumplido su objetivo, para facilitar que los ciudadanos independientes lleguemos a alguna conclusión que resulte útil a nuestro país.

Si hay una distinción del carácter que define a un líder es que, cuando el equipo parece aturdido, él propone una solución y saca al grupo del escollo.  Tal vez debo indicar que no me refiero a que el dirigente (o el aspirante a tomar las riendas) tenga «la» solución, sino que sea capaz de ofrecer, lo antes posible, una opción creíble y que movilice a quienes tienen los recursos disponibles, para aliviar a los que estén sufriendo el peso más agotador de la carga. Se consigue, de esa forma y en ese preciso momento, que se salga del bache, y se obtiene la liberación de la tensión, para poder dedicarse, ya con más calma, a mejorar las estructuras y evitar que lo mismo vuelva a suceder.

Puede que todo parezca demasiado teórico, parte de un manual elemental. No niego la menor, pero me acojo a mi derecho intelectual a expresar que las propuestas que provienen de los que alardean tener información y criterios sobre cómo conducirnos a un sitio mejor, carecen de viabilidad.

Los representantes de los cuatro partidos políticos más votados parecen haber confundido el apoyo de sus concretos electores con un mandato para negociar un gobierno de coalición con garantías de estabilidad. No lo veo así, en absoluto. Si no sabemos hacia dónde ir, ¿con qué pertrecharnos? ¿Habrá que atravesar un desierto sin oasis o una selva con serpientes? Puede que, metafóricamente hablando, sean varios y complejos los espacios a atravesar y, en lugar de equiparse para una expedición al polo o con el salacot de excursionista de safari, sea más adecuado pulsar la propia capacidad de resistencia.

La diversidad de opciones presentadas ante los electores-incluso aunque mal o insuficientemente perfiladas- solo han servido para que la ciudadanía exprese su deseo de acabar pronto el período de transición, en el sentido, de momento de desconcierto o desorientación.

Que se nos saque de aquí, vamos, cuanto antes. Porque los períodos de transición, son períodos de exposición. Los que están expuestos, son más vulnerables.

Sin embargo, este período ha sido interpretado como un tiempo de exhibición, como si los portavoces de las preocupaciones de los agentes socioeconómicos, hubieran creído que nos interesaba conocer más al detalle sus diferencias personales, tomar fiel medida de sus distancias mentales o profundizar hasta el vómito en sus elucubraciones de definición ideológica catecumenal. Por eso, teniendo en cuenta que, como más de treinta y cinco millones de potenciales electores, no he tenido la menor participación en esas negociaciones, me siento facultado para expresar mi decepción.

Las exhibiciones percibidas de las débiles musculaturas, la delicadeza de las carnes ofrecidas, tan descoloridas como pegadas al hueso, necesitadas a gritos de un paseo por mayor ejercicio mental,  fueron lamentables. Sobre todo, porque nos han hecho perder bastante bagaje de lo único seguro que teníamos a disposición: tiempo para reaccionar.

Más de un centenar de días consumidos en misteriosos tejemanejes han dejado un poso de excesos verbales, marcas de intolerancia, crispación supurada y líneas rojas pintarrajeadas con tizas y lápiz de labios, que podrían parecer una preparación infantil para marcar el espacio en el que jugar a la rayuela (1). Si me arriesgara a hacer de lector de las borras resultantes en las tazas de los cafés disfrutados durante tantas jornadas, mi interpretación agorera es que hemos ido hacia atrás. Puede que sepamos más de lo que nos separa, -en gran medida, de lo inútil-, y nada nuevo de lo que nos podría unir -en general, imprescindible.

Qué pérdida de oportunidad. Los momentos de transición son fundamentales para que una colectividad consiga tender redes más sólidas que las precedentes para anclar mejor sus bases en el futuro. Ha sido grave la desilusión propagada por la exhibición, por parte del partido de Gobierno (ahora en funciones), de que no está dispuesto a cambiar el rumbo, sino a seguir conduciendo por la misma singladura, cuando está claro -incluso para ellos- que nos había llevado a una vía muerta, un culo de saco. Grave también resulta la obsesión de un partido emergente, que llenó de ilusiones (en gran parte, productos de la fantasía y la enajenación grupal) a más de cinco millones de desencantados, por querer implantar un cambio imposible, estrictamente revolucionario y contrahistórico, en la gobernabilidad de España.

De los otros dos partidos (PSOE y Ciudadanos), corresponde aplaudir su voluntad de entendimiento, aunque parcialmente contra natura, aunque, al ser, desde el origen, una postura insuficiente, su escenificación formó rápidamente parte del teatro, esto es, de la exhibición. (2)

Tendríamos que entender que, en este momento de nuestra historia política, la situación es de reorganización de efectivos, y no de actuación precipitada. Momento para eliminar muchos de los elementos que juzgamos perniciosos y que se han convertido en los síntomas más claros de lo que es imprescindible cambiar. Con la tranquilidad de poder entender que, en un Estado que dispone de una Constitución y leyes pactadas democráticamente, es posible plantearse ese tránsito, no después de una revolución, no acudiendo a una asonada o a un conflicto armado, sino mediante un acuerdo de partidos para impulsar un gobierno.

Los problemas de esta situación de transición están detectados, aunque no se conozcan las soluciones para todos ellos. Hagamos las modificaciones con cabeza, no con imprudencia, porque no estamos solos en el mundo, y pertenecemos a una sociedad, la occidental, industrializada y, sí, capitalista, que forma parte de nuestra esencia. En ella debemos encontrar las respuestas a los factores de preocupación que, aún siendo tan conocidos, no me resigno a enumerarlos, una vez más: paro (especialmente juvenil), desequilibrio en el sostenimiento del estado de bienestar, corrupción en las administraciones públicas, evasión fiscal y falta de control en las cuentas de los grandes grupos, excesivo endeudamiento de las familias, equivocada orientación de una parte sustancial de la transmisión de la enseñanza (en particular, la técnicamente productiva), pérdida de la consciencia de unidad como medida esencial de progreso, entre otras.

Ningún partido ha demostrado tener la solución, solo propuestas cuya viabilidad sería necesario que se demostrara. En una situación así, yo prefiero, por experiencia, actuar con decisión para salir del momento, pero con máxima prudencia para no sostener la misma postura más tiempo del imprescindible.

—

(1) Escribo Rayuela en homenaje solapado a Julio Cortázar, pero en mi pueblo ese juego -más propio de niñas-, se sigue llamando cascayu; y en España, cascallo, tejo o pericojo, entre otros nombres.

(2) No incluyo a Izquierda Unida como quinto partido en la disputa por el poder, porque no lo está siendo. Con un sólido argumentario del que no se ha movido -ni falta que le hacía: es el catecismo de siempre, el de la izquierda conscientemente marginal- ha aprovechado la oportunidad para pasearse luciendo músculo por los escenarios mediáticos. La proximidad a Podemos permitió ver las diferencias entre el modelo y su caricatura, dejando claro que hoy tiene cinco veces más público el docudrama circense que un buen guión.

 

Publicado en: Sin categoría Etiquetado como: elecciones, fracaso., negociación, partidos, programa, tiempo

Guía para enfermos de cáncer

7 abril, 2016 By amarias 9 comentarios

El 4 de febrero de 2016, con ocasión del Día Mundial del Cáncer, publiqué en este mismo blog una «Guía para acompañantes». Aquí encontrará el lector la «Guía para enfermos de cáncer», dedicada a todos aquellos, especialmente a los que empiezan su personal periplo por esta enfermedad que, siendo tan común, aún muchos no se atreven a nombrar y pretenden enmascararla con una palabra de apariencia más inocente, como es»tumor». Pero un cáncer es un tumor maligno, es decir, la manera de denominar ese crecimiento de células anómalas que, por razones en gran parte aún desconocidas, se expanden por el organismo, parasitándolo. Y, según parece, la mitad de la población mundial vivirá un episodio de este tipo a lo largo de su vida, y quizá de uno de estos dos tipos más comunes: cáncer de próstata (solo los hombres, en este caso) y cáncer de mama (fundamentalmente, las mujeres).

Este Comentario no pretende disertar sobre el cáncer, ni sus diferentes tipologías -se conocen más de doscientas-, ni sus gradaciones ni, mucho menos, sobre las modalidades de tratamiento. Es, sencillamente, una modesta Guía Básica para enfermos de cáncer.

Guía Básica para enfermos de cáncer

Recomendaciones.

Primera.- Por grave que sea el diagnóstico -y seguramente, no lo sabrá con exactitud, si no pregunta específicamente, porque los oncólogos tienden a disminuir la gravedad o a contestar con evasivas-, no caiga en la desesperanza. Por dos razones, al menos: porque los tratamientos para todos los tipos de cáncer, y especialmente los más frecuentes o comunes, han avanzado y avanzan con gran rapidez, debido a la cantidad de equipos de investigación concentrados en analizar la forma de atacar el crecimiento de las células que provocan los tumores malignos, y, en particular, probando medios para reducir su propagación; y, en segundo lugar, porque, por grave que sea su diagnóstico, se trata de su vida, y -parece una obviedad- su vida le corresponde vivirla solo a Vd., y de la mejor manera posible y dando ejemplo de comportamiento a quienes le quieren y están dispuestos a ayudarle.

Segunda. Interactúe con los médicos que le atienden. Piense en algo importante: ellos están aprendiendo con los enfermos. Cuénteles cómo se siente, las reacciones que ha tenido -de cualquier tipo que sean-. Cumpla exactamente con el tratamiento que se le esté pautando, pero no por ello deje de indicarles, con claridad, los efectos -especialmente, los negativos- que pueda estar sufriendo, aunque no hayan revestido el carácter de atención urgente, como pudiera ser una hemorragia o una retención agua de orina: cansancio, náuseas, vómitos, estreñimiento o diarreas, picores, manchas en la piel, escalofríos, etc-. Los más visibles, desde luego, en caso de quimio y otros tratamientos no necesita pregonarlos, ni siquiera a sus amigos: caída del pelo (no solo el de la cabeza), ennegrecimiento de las uñas de manos y pies. Escriba o hágase escribir las reacciones y su tiempo de aparición que el médico le ha indicado como más probables después de la ingesta de pastillas, la inyección o la quimio y compárelas con las suyas y, desde luego, no se las guarde para sí: cuénteselas a él (o a ella, porque lo más probable es que la cabeza visible con la que tendrá que entenderse en las consultas, será una oncóloga en sus primeros treinta.).

Tercera. Por supuesto, tenga la seguridad de que todo el personal médico que le atiende desea su curación, y si no es posible alcanzar ésta de forma total, su vocación y su profesionalidad le conducirán a que tenga una buena calidad de vida. (1) Pero tampoco se engañe, de la misma manera que ningún cáncer es exactamente igual a otro, ni su evolución es perfectamente previsible (depende de los antecedentes del paciente, de su fortaleza física, de sus hábitos alimentarios, del cuidado que se dispense y le dispensen, del azar, de una mecánica que otros profesionales conocemos bien y que se llama «prueba y error» etc.), ningún médico ha nacido genio (en el supuesto de que, además, llegara a serlo). No debería preocuparle a Vd. (ya que, le repito, es su vida la que está en juego), completar su propio expediente oncológico con los resultados de las pruebas, la analítica, el tratamiento, hacerse un dossier con él y consultarlo con otros médicos. Se sorprenderá, tal vez, de que esa ayuda que solicita se la darán de buen grado -el análisis de su caso es información también para ellos-, y, dependiendo de cómo la retransmita a su oncólogo o equipo de oncólogos, será también bien recibida, en especial, si proviene de alguien conocido o al que respeten por su autoridad y experiencia. Al fin y al cabo, los buenos equipos profesionales están -deberían estarlo- en contacto entre ellos, para perfeccionar de ese modo sus conocimientos y agilizar la acumulación de experiencias.

Cuarta.– Cada paciente es un mundo, (2) aunque nadie le pide a Vd, que sea un sufrido seguidor, sin rechistar, de todo lo que le diga u ordene su médico. Desde luego, hay quien se coloca delante del oncólogo como quien asiste a un acto de adoración diurna, considerándolo un demiurgo, reencarnación infalible del dios de la sanidad. Pregunte el porqué, pida claridad en el diagnóstico y en las reacciones previsibles como consecuencia de los fármacos, de las inyecciones o de las dosis de quimio que se le pauten. Le dará tranquilidad -saber satisface más que la ignorancia- y, además, el conocer de antemano (más o menos) lo que se producirá -para bien o para su sufrimiento- en su organismo, le ayudará a soportarlo, pues le servirá para no asustarse más de lo necesario.

Quinta.- La experiencia es la madre de la ciencia y, si los médicos tienen experiencia -proveniente, en general, no en carne propia, sino como observación asimilada científicamente de la ajena- en el tratamiento que marcan a sus pacientes (al menos, es de desear que la tenga, y mucha, el director del equipo), también la tiene el personal auxiliar. Y, además, no solo en lo que es accesorio. En especial, ellos podrán ser de máxima utilidad para consejos prácticos, desde cómo ponerse correctamente las vendas, qué trucos son los mejores para ducharse sin problemas, limpiar el reservorio o el catéter en casa, ponerse la heparina, cuando se deben tomar las medicinas recetadas exactamente, …incluso sobre cuál es el camino más directo, en un gran Centro Hospitalario, información imprescindible, para ir desde  la sala de analítica, al Hospital de día o a la sección de instalación del picc (3).

Sexta.- Será difícil que se resista a mirar en internet – a poca posibilidad de acceso que tenga a un ordenador y por torpe que sea su maña con lo informático- sobre su enfermedad y los tratamientos que expertos teóricos desde todos los lados del planeta exhibirán para su tumor. No faltan indicaciones de terapia derivada de la llamada medicina natural y tampoco echará de menos consejos apocalípticos y experiencias milagrosas. La medicina natural, siempre adornada de bellas palabras y prometedores resultados, cercanos al milagro, debe ser mirada con toda reserva y nunca como el único tratamiento. Nada puede sustituir a las dosis de sustancias químicas provenientes de Laboratorios farmaceúticos, y supongo que el lector sabe que la mayor parte de esos concentrados químicos que se nos ofrecen en forma de pastillas y nombres ininteligibles para el profano, provienen de plantas y extractos de la naturaleza; solo que, además de estar cuidadosamente seleccionados, para eliminar todo elemento nocivo o contradictorio al tratamiento, sus dosis están perfectamente calculadas en el proceso de fabricación.

Séptima.- Si se anima a profundizar en internet respecto a tratamientos y resultados para su enfermedad, en lugar de masticar los resultados de su investigación para sí mismo, pida a su médico que los interprete y le haga la valoración respecto al equipo médico que los ha publicado. Normalmente, los resultados de la investigación son publicados por los equipos que están trabajando en una línea, para su acceso público, con dos o tres años de diferencia. En el caso del cáncer, este período pudo haber tenido por consecuencia un avance tal vez espectacular por parte de algunos equipos, que se deberá traducir, bien en publicación especializada (con una prelectura por especialistas) o, más deseable, por congresos de especialistas, o por la intercomunicación -por vía correo electrónico, incluso conversaciones telefónicas- , a los que un particular fuera del gremio de oncólogos, y de un tumor específico. no suele tener fácil acceso. No renuncie, sin embargo, a informarse y, con lo que obtenga, contraste la opinión de su oncólogo; le ayudará a Vd, para contrastar cuánto sabe y en qué medida está informado y al día, como sin duda será así (hasta que no pueda demostrar lo contrario, lo que dudo), su oncólogo de cabecera.

Octava.- Prepárese para responder a la curiosidad y no solo a las manifestaciones de afecto, de familia y amigos. La pregunta es sencilla: «¿Cómo te encuentras?», pero la respuesta será siempre compleja (si se quiere ser suficientemente exhaustivo) y, repetida un par de veces al día, y durante meses, ante una colección de interesados, acabará siendo muy fatigosa. Puede optar por dos soluciones: Contesta de manera escueta, sea cual sea su estado real, con un: «Pues muy esperanzado, y sin mayores contratiempos», lo que debiera tranquilizar a quien formula la pregunta sin la intención de que Vd. explicite todo un panorama sobre su estado. La otra opción es la de tener a alguien muy próximo (su cuidador predilecto) para que conteste a las llamadas telefónicas o a los mensajes. Para los sufridos acompañantes diarios de los enfermos de cáncer, dar explicaciones sobre su estado (el suyo, el del enfermo), suele ser un ejercicio de compensación por sus desvelos. Cédaselo con elegancia; son un respiro para Vd.

Novena.- Sea indulgente con las historias que gentes bien intencionadas se empeñaran en contarle. Los enfermos de cáncer de próstata escucharán, no pocas veces, la «noticia esperanzadora » de que una amiga o una persona próxima de la familia, o una conocida de alguien, ha vencido un cáncer parecido. Los casos de supervivientes longevos de los más terribles cánceres que habían sido pronosticados como marca de desahucio de este mundo para el paciente, proliferan como típicas leyendas urbanas. Puede que esas magníficas noticias de resistencia ajena le hagan pensar en que no le apetecería ser quien estropee, con su resultado propio, las estadísticas de buenos resultados. (4). Tómeselo con filosofía, e incluso con sentido del humor. Imagine un monologuista del Club de la Comedia que empezara su alocución así: «Tengo cáncer de próstata. Por fortuna, mi vecina, que ha tenido lo mismo que yo, me ha convencido de que de esto se cura. Le han quitado un pecho hace ya diez años, y le han puesto una prótesis que incluso le mejora el aspecto. Así que estoy esperando ver a mi oncólogo para que me operen, y le diré que me ponga como a Schwarzenegger . »

Décima.- Dése de vez en cuando un homenaje. Invite a algunos de sus mejores amigos, organice alguna reunión familiar, déjese también invitar por ellos. Trate de que el tema de su enfermedad ocupe el menor espacio posible de las conversaciones. Es una ocasión estupenda de mostrarse más libremente y para que ellos disminuyan sus reservas, si las tuvieron: después de todo, le verán a Vd. con fecha de caducidad. Esta situación también le proporciona un as en la manga, para ser comprendido de inmediato cuando manifieste que está cansado, o que le duele la cabeza, o… Utilice este arma propia del enfermo de cáncer con discreción, pero siempre que se vea en una situación poco interesante. Además, es cierto que Vd. necesita descanso. También para poner en orden sus ideas, para redactar sus últimas voluntades (aunque no sean utilizadas en los próximos  años, es cierto que, más tarde o temprano, todos moriremos), tal vez para pensar en cómo desea que sea su última despedida. Pero no tiene por qué entristecerse dándole vueltas a la idea de la muerte. Haber pensado en que, en efecto, de eso nadie se escapa. le da a Vd. un aire de autoridad frente a los que pasan de puntillas por esa certeza irremediable (aunque aplazable con buena suerte y médicos solventes) y…hasta puede ser divertido.

—

(1) Una joven oncóloga le comentaba a un paciente, que se quejaba de lo mal que se sentía: «Esta semana se me han muerto cuatro pacientes, imagínese Vd. cómo me siento yo». Puede que la frase de la médico no sea, a primera lectura, fácil de entender, pero pone de manifiesto la tremenda tensión que viven los médicos con pacientes delicados o terminales.

(2) Oirá muchas veces que una parte sustancial del éxito del tratamiento depende de Vd., de su ánimo. Generalmente, provendrá de profanos, pero también se la oirá a algún médico. No sabría qué decir, por mi parte, a esta expresión que viene a desplazar buena dosis del énfasis de la terapia sobre el paciente. El enfermo de cáncer recibirá cientos de veces ese escueto desideratum, de cuantos se crucen con él: «¡Animo!» o «¡Tú sí puedes!». Si se tratara de una carrera de maratón, por ejemplo, comprenderíamos el efecto de los gritos de apoyo de los espectadores sobre los que van en  cabeza, discurren en el pelotón, están a punto de abandonar, o serán descalificados por llegar cuando ya está cerrado el control.

(3) Picc son las iniciales de Peripherally Inserted Central Catéter, una sonda larga y delgada que se introduce por una vena en el brazo hasta cerca del corazón. No tiene que ver con la dosis, como algún aficionado a la interpretación de términos médicos cree. Por cierto, si quiere saber algo de la jerga que emplean los especialistas, que le sirva para analizar detalles de su analítica o desentrañar las siglas que encubren a profanos su diagnóstico, le sugiero que se zambulla en alguno de los diccionarios médicos que recogen la mayoría de esos acrónimos.

(4) No me consta que los médicos sean expertos en analizar la diferencia entre una media, una moda, una mediana o, más en particular, la influencia de la desviación típica para detectar los individuos muestrales que han evidenciado posibilidad de supervivencia más allá de la media de una función de densidad normal (en la que los tres parámetros que cité en primer lugar, coinciden).

 

Publicado en: Actualidad, Medicina Etiquetado como: acrónimo, cáncer, consejos, enfermo, médico, médicos, oncólogo, picc, siglas, supervivencia, terapia, tratamiento

El cielo y el infierno está aquí

5 abril, 2016 By amarias Deja un comentario

El título de este comentario lo tomo prestado de un poema de Blas de Otero, en el que, al referirse a una conversación escuchada entre dos humildes mujeres, subraya cómo la elipsis de la «n» que hubiera debido servir  para concordar el plural de ambos sujetos -cielo e infierno- con el verbo, nos pone frente a una verdad: es el infierno el que está aquí. El cielo, ni se sabe.

Hay revuelo en los media -virtuales y reales- porque se divulgó la  existencia de unas decenas de miles de cuentas bancarias en Panamá. Más revuelo, por cierto, en Argentina, España, Islandia y otros pequeños países -Marruecos, emiratos, Siria,…- o en la órbita de las economías de Estado. Silencio respecto a Estados Unidos de América (1), incluso Alemania o Francia, grandes feudos de la evasión institucionalizada. Parecería que se trata, en cierto modo, de una filtración cuidadosamente dirigida para hacer explosiones controladas.

Acabo de escuchar a Joaquín Estefanía recordar en la cadena Ser, que el libro La edad de Hielo, de Diego López Garrido -magnífico libro, de un excelente profesor-, ya había contado de pé a pa, el mecanismo de la evasión fiscal en los paraísos fiscales. Lo suscribo. Y aún existen otros, más antiguos, que hablan de lo mismo.

En realidad, ya lo sabemos todo, sin necesidad de esperar a que ningún periodismo de investigación nos desvele verdades como puños que deberían formar parte del acervo colectivo. Me parece que fue en «La gran crisis: cambios y consecuencias», de Martin Wolf  (en otra galaxia ideológica a la de Diego), en donde aparece la constatación inquietante de que muy pocos superan la lectura de la página 28 de un libro serio. (Lo hace con referencia al registro estadístico de las páginas leídas de la versión digital del libro de Thomas Picketty -«El capital en el siglo XXI»- best seller indiscutible de los últimos años.)

El lector tiene a la disposición de su curiosidad suficiente información para parecer informado desde los tiempos de Maricastaña del «escándalo de los Panamá-leaks» que ahora aflora. ¿No lo sabía, no lo había imaginado? ¿Tuvo que esperar a que alguien le pusiera el lápiz rojo sobre la noticia de que familiares con vínculos más o menos directos con magnatarios y gentes de relumbrón tenían cuentas con cantidades importantes de pasta en Suiza, Panamá, Luxemburgo y otros cuantos paraísos?.

No hacía falta, santo dios, que aparecieran en las listas caídas de los mal custodiados protocolos de un bufete panameño que disfrutaba, hasta ahora, de un prestigio que se les fue por las cañerías de internet.

No se conoce, -ni se sabrá, que a tanto llega mi perspicacia- un dato esencial: cuánto dinero guardaban en sus cuentas bancarias los titulares de ese cielo fiscal que habían encontrado en Panamá. Algunas declaraciones de guardianes del tabernáculo de la desfachatez ya indican que no hay por qué suponer ni que las cuentas estaban vivas ni tampoco que no estuvieran perfectamente regularizadas. Los palafreneros hacen lo imposible para que el leak se vaya cerrando, pues.

Me he leído suficientes libros de cómo funciona el mundo, y de cabo a rabo. Por eso, no me creo que aquellos que piden a sus hermanos, familiares o íntimos colaboradores -mejor que ellos mismos, por pudor insano-, que abran una cuenta en un paraíso fiscal, lo hagan para dejar allí unos dinerillos ahorrados con mucho sudor o surgidos de una herencia de un pariente (como en las novelas rosa). Cuatro perrillas para poder disfrutar sin agobios de unas vacaciones en beatíficas playas, en los pocos días que tienen de vacaciones. Pero ese saber no ocupa lugar, porque está más allá de la página 28.

Hablemos claro, si así os parece. Lo han hecho porque desconfían de las gentes de ese país al que, en apariencia, se esfuerzan en dedicar sus desvelos desde un puesto de la mayor relevancia, ya sea como mandamases del Estado, como magnates de los negocios, como artistas de relumbrón. Temen que la estabilidad de su status se resquebraje y la inmensa mayoría que los aplaude y venera, acaben descubriendo que les hacen trampas, que les roban.

Desconfían de nosotros, de nuestra fidelidad. Por eso, evaden nuestras plusvalías y las ponen a lo que creen el mejor recaudo. Lejos de nosotros, a salvo de nuestro infierno.

Para saber cómo acaba la historia, hay que leer más allá de la página 28. Algunos, ya lo sabemos.

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(1) Como mi amigo Angel Alda me hace notar, los Estados Unidos de Norteamérica, tienen en Delaware su propio paraíso. La concentración de sociedades unipersonales en ese pequeño Estado es asombrosa: casi un millón de imaginativos nombres para florecientes empresas que no tienen empleados. Muchas de las grandes corporaciones españolas -la mayoría de las que cotizan en el IBEX, en particular- han encontrado allí un buen lugar en el que depositar parte de sus elucubraciones corporativas, para evadirse de las tensiones fiscales que generan a los altos ejecutivos insoportables dolores de cabeza.

Publicado en: Actualidad, Economía, Empresa Etiquetado como: capital, Delaware, Edad de Hielo, evasión, fiscal, fisco, IBEX, impuesto, Lópz garrido, Panamá, panamá-leaks, paraíso, Picketty, Wolf

¡Ay, Carmena!

1 abril, 2016 By amarias 1 comentario

Como en mi casa no caben ya más libros, pero las bibliotecas públicas están cada vez más surtidas, sigo leyendo mucho y rápido, pero compro pocos. Uno de los últimos es «Por qué las cosas pueden ser diferentes (Reflexiones de una jueza)» (Ed. Clave Intelectual, 2014). Autora: Manuela Carmena. El ejemplar que tengo corresponde a su 6ª Edición.

La portada es una foto de la alcaldesa actual de Madrid, de pie, con las manos sobre el manillar de una bicicleta que, si la vista y Google no me engañan, es un artefacto de la marca y subespecie Specialized Expedition Sport FR Mujer 2014, accesible por 529 euros. La magistrada-jueza lleva zapatos de tacón, lo que indicaría que no viene precisamente de un paseo por el bosque, y la instantánea está tomada, seguramente, en su casa -se ve el arranque de una escalera de caracol, y hay un cuadro de una joven Manuela, pensativa, con una mirada algo melancólica.

En la imagen más actual, la agarrada a la bicicleta, Manuela mira a la cámara desde arriba, con la inconfundible expresión del que piensa: «A ver si terminas de una vez, que tengo otras cosas que hacer».

Me apresuro a decir que me cae bien esta señora. La defiendo siempre que ha lugar -y no faltan- porque siento que es de los míos: no hemos hecho nada de relumblón, de eso que el stablishment considera importante (yo, por lo menos, hasta ahora; ella, hasta mayo de 2015), pero lo tenemos currado, y bien curriculado. Manuela Carmena lo cuenta en su libro, con detalles que, si no se tienen puestas las gafas de entender, podrán parecer un tanto triviales, acaso, ñoños. Tal vez, presuntuosos.

Ni hablar. Su vida es una vida muy seria, consistente, coherente de principios a fines. Así me parece, y no la conocía de nada, ni la conozco más que de lo que he leído y visto, de ella y sobre ella. En parte, su vida es la de una pulpesa en sempiternos garajes. Salir viva, incluso de atentados mortales, es un milagro.

La que sería alcaldesa -la primera edición de este libro data de abril de 2014- nos cuenta, al final de sus páginas, que en 2013 constituyó la sociedad «Yayos Emprendedores S.L.» Por si me lee un marciano, yayos son los abuelos, porque la autora quería «transmitir la idea de que los abuelos, los viejos, tenemos una enorme capacidad de emprender, de idear y de inventar». Y más adelante: «Los viejos emprendedores podemos ser como una especie de puente de todo el causal de nuestras vivencias para los que ahora están comenzando sus propias vidas personales o sociales» (pág, 285).

El libro no tiene desperdicio, y entiendo bien que lleve muchas ediciones. Es una confesión de una campaña persistente, personal, en algunos momentos, íntima, en un campo de batalla. Puede ser tenido por la labor de una mezcla de dama de la Cruz Roja con uniforme de coronela de intendencias. Lo leí con fruición, que es un antídoto estupendo contra la vulgaridad que nos rodea.

Manuela Carmena es de mi partido político. En él militan muchas gentes independientes -no pocos de entre ellos, se consideran centro, pero que no saben lo que son en realidad-,  algunos pertenecen a las derechas prudentes, no pocos vienen de la izquierda consecuente, quedan unos pocos de la izquierda irredenta.

No me importa lo que piensan, sino lo que hacen. No se ponen a discutir lo que hay que hacer, ni se pasan días perfilando puntos de coincidencia que no encuentran en los programas, no se preocupan de colocar a la familia o amigos en los lugares para los que tienen alguna mano. Tratan de agrupar, reunir, sacar lo mejor de los equipos que tienen a sus órdenes; y, aún más curioso, dan pocas órdenes; señalan las rutas con el ejemplo.

Me llamó la atención, en especial, el tratamiento que la jueza-magistrada hace de la observación de la corrupción en la Justicia. Si hay algo más antagónico, supongo, es Justicia-Corrupción.

Hace Carmena un buen análisis de las oposiciones a juez, que compartimos muchos. El esfuerzo por la memorización de temas jurídicos sin conexión con la sociedad, la dura preparación para la oposición como meta y no como salida (el retruécano es mío), la falta de experiencia en la vida real para juzgar, justamente, casos reales, etapas que jalonan un currículum tempranero que superan jóvenes de menos de 30 años para «adquirir seguridad» y que, desde entonces, se ven encumbrados al poder de decidir sobre la vida de los demás.

Pero donde lleva la cesta llena de sembrar asombros a ignorantes es cuando nos cuenta lo que descubrió en su paso por los Juzgados. La tasa PSC (Por si cuela), las ayudas a algunos funcionarios para que se pierda algún expediente, las dietas  oscuras, el reparto «aleatorio» de los asuntos. la asignación de interventores concursales por complicidad.

Es una lástima que no haya pasado por el mundo de la empresa, porque nos hubiera ilustrado, con su desparpajo -el del que está de vuelta y ha sobrevivido- sobre lo que ha tenido que suceder en las relaciones entre las administraciones públicas y los contratistas. Nos ahorraríamos así muchos ayes y manos a la cabeza.

La abuela Carmena está ahora en una nueva batalla, de la que no sé si saldrá un nuevo libro, pero de la que sí deseo que salga, no solo incólume, sino reforzada. No se cuánto lleva analizado de ese Ayuntamiento de Madrid en el que no le faltarán capítulos para llenar con anécdotas. Si tiene tiempo para invitarme a un café con pastas, yo puedo contarle algunas historias enjundiosas.

Y, por favor, que en la próxima portada, se haga fotografiar con zapatillas de deporte, chándal y bicicleta de montaña. No hace falta que sean de marca, basta con que le funcionen dos o tres marchas, que hay mucha oferta de segunda mano.

 

 

 

Publicado en: Actualidad, Administraciones públcias, Administraciones públicas, Cultura, Derecho, Economía Etiquetado como: alcaldesa, clave intelectual, corrupción, cosas, diferentes, libro, Madrid, Manuela Carmena

Solo, sola, solos

31 marzo, 2016 By amarias Deja un comentario

La sensación de sentirse solo, desanimado, inapetente para buscar relación con los demás o frustrado por su comportamiento es una cosa y estar solo, otra.

Para lo primero, los psicólogos y siquiatras se aprestarán a proponer soluciones. Seguro que habrá consejos y pastillas. Además, en la inmensa mayoría de los casos, al cabo de un tiempo, con o sin tratamiento, la sensación desaparecerá.

Lo segundo, estar solo, es un estado. Es la realidad a la que nos conduce, sin que pongamos remedio, nuestro comportamiento colectivo.

Las causas son, posiblemente, múltiples. En primer lugar, nos hemos acostumbrado a no ver al otro. Tenemos puestas las gafas de no distinguir prácticamente, a nadie. Al caminar por cualquier calle de la ciudad, acudir a no importa qué acto o espectáculo, nos cruzaremos o compartiremos algún tiempo con cientos y hasta puede que miles de individuos a los que, cierto, con alta probabilidad no conocemos de nada, pero, con aún mayor certeza, no tendrán la menor curiosidad hacia nosotros. Ni nosotros por ellos. Pasaremos de largo sin mirarnos.

En segundo lugar, porque nuestro subconsciente tiene colocadas alarmas para protegernos de la convicción de que el conocimiento del otro es una molestia. Porque, a priori, es aburrido, inane, o seguramente estará enfermo, o nos presentará alguna necesidad o, aún peor, nos causará un problema. Salvo que sea presentado por alguien superior o busquemos egoistamente interesarlo para nuestra causa, la experiencia nos dicta que si no pertenece a nuestro círculo, tiene al menos nuestro poder adquisitivo, viste y calza como nosotros y si no se comporta o actúa como tenemos establecido grupalmente que debe ser correcto, ignoraremos su existencia. Lo que no quiere decir tampoco que, si cumple con tales condiciones, lo apreciemos por ello y le abramos la puerta. Es, en cualquier caso, un competidor -por el espacio, la mercancía, el posible afecto- y, lo mejor que se puede hacer frente a él, es mantenerlo a raya en el incógnito.

En tercer lugar, porque hemos llegado a la convicción interna de que ni siquiera nuestros iguales merecen atención, sino dosis de recelo. La proximidad al otro permitirá que descubra nuestras debilidades y nos hará más vulnerables. Incluso nos rodeamos de gases y parapetos de ocultación frente a la familia, los amigos, y, desde luego, así nos cuidamos de los compañeros de trabajo. Pocos detalles del yo, y lo más frívolos y triviales posible. Férrea cerrazón, para que nadie pueda comprometer nuestra intimidad y puerta de atrás abierta para escapar a la primera.

En cuarto lugar, porque ni buscamos ni se nos presentan ocasiones para romper el estado de soledad, y, si suceden, no sabríamos cómo interactuar. Ya podemos encontrarnos en el espectáculo más concurrido del mundo, con decenas de miles de individuos que, como nosotros, saltarán, vocearán, verán, oirán y, al final, aplaudirán, pero solo estaríamos actuando dentro del estado común de soledad. Incluso, después de ver la película, asistido a la representación política, finalizado el partido de fútbol o acabada la ceremonia religiosa, y aunque hayamos ido con amigos, nos despediremos, tal vez después de tomar una copa o el aperitivo, pero sin intercambiar más que unas pocas palabras. Ya se sabe, nos conocemos desde chiquillos, ¿qué más se puede decir?.

Las redes sociales no solo no son un escape a ese estar en soledad, sino que agudizan el diagnóstico. Podemos disponer de cientos de amigos, incluso miles, en las redes sociales. Es fácil atiborrar la cartera de perfiles ajenos. En consecuencia, nuestro ámbito virtual puede aparentar una intensa actividad, y ocupar gran parte de nuestro estado de soledad.

No negaré que cada día se pueda sentir el destello efímero de satisfacción o la somera felicidad sin consecuencias al cosechar varios decenas de «megusta» e inexpresivos emoticones convencionales de simpatía y cariño. Será aún más emocionante que algunos de nuestros contactos se hayan esforzado al escribirnos que les parece Guay, Magnífico, o Comomola,  cualquier paparrucha ajena que hayamos compartido o el Buenos días de primera hora. Ese será todo el poso de las manifestaciones de complicidad, la esencia de los deseos de compartir felicidad que podemos encontrar, tan pródigamente, en el mundo virtual.

Estamos, pues, solos. Queremos estar solos. Como la hormiga león en su covacha, esperamos que alguien se ponga a nuestro alcance, pero no salimos de ella. Nos quejamos del aislamiento en que vive la sociedad, pero no hacemos nada por abrir la ventana.

No es fácil romper el estado de soledad. Es sólido y generalizado. No hay fármacos, ni leyes, ni recomendaciones, ni consejos. Habrá que difundir actitudes.

Quiero que me mires, que te intereses de verdad por mí, que me atiendas y escuches. Por eso, ante todo, quiero saber cómo eres, qué te preocupa, qué quieres.

Quiero que dialoguemos, que interactuemos, que construyamos juntos, que nos conozcamos. Quiero que tú, como yo, como él, no estemos solos. Haz tuyo y difunde este deseo, porque son necesarios muchos estados de ánimo para cambiar el estado de soledad en que esta sociedad nos tiene situados.

Publicado en: Actualidad, Sociedad Etiquetado como: aislamiento, desánimo, deseo, Diálogo, emoticón, estado, interactuación, interés, me gusta, psicología, red social, siquiatría, soledad

Somos fútbol

30 marzo, 2016 By amarias 1 comentario

Parafraseando al antropólogo Ludwig Feuerbach, que en 1850 escribió «Der Mensh is, wast er isst» -«un hombre, es lo que come»-, con la intención de ilustrar a los políticos sobre que es preferible tener un pueblo bien alimentado antes que atormentado con amenazas, me parece adivinar la clara intención de los que nos dirigen (sean quienes sean) de que, en lo intelectual, quieren que seamos, sobre todo, fútbol.

Ese es el paradigma cosmogónico, el modelo que expresa a la perfección los impulsos que dominan el magma sociológico. Alentado por fuerzas muy potentes -económicas, periodísticas, etológicas, etc.,- avanza arrasando a su paso cuanto encuentra. No se detiene ante estructuras filosóficas, sobrepasa conceptos económicos, hace irrisión de baluartes intelectuales. La sostenibilidad de nuestro edificio de racionalidad descansa, hoy por hoy, fundamentalmente, en el fútbol y sus valores.

Somos, porque quieren que seamos, fútbol.

El fútbol no es un deporte, ni un espectáculo de masas, sino un modelo de comportamiento social, que, con un doctrinario bien trabado, genera sutilmente un sólido armazón que aprisiona, cual alienígena aletargante, y de manera creciente, el cerebro de los afectados por el virus y regula los ritmos de un número ingente de nuestros contemporáneos.

Para muchos de ellos, ya todo gira en torno al fútbol. No habrá otro noticiero que les interese más que las «confrontaciones» previstas en el calendario de alguno de los quasi infinitos Torneos. Su estado de humor frente a las realidades sustanciales de la vida (trabajo, familia, salud, etc.) dependerá de la situación en la Tabla clasificatoria del «equipo de sus amores». Palpitarán sus emociones al ritmo del estado físico de las plantillas, con los detalles de la vida privada de sus atletas idolatrados, hurgados y difundidos hasta alcanzar niveles de minucia propios de aberración sexosicológica.

Avanzando como terminator destructivo, el fútbol consigue que los modelos de comportamiento se tomen de él, las figuras de veneración en los altares de la ética y de la estética sean extraídas prácticamente sin excepción de entre sus figuras relevante. Los negocios y planteamientos empresariales se organizan crecientemente en torno al fútbol y forman parte de su espectáculo. En los encuentros entre equipos que puedan significar difusión mediática, allá serán convocados a las tribunas, presidentes de Estado, jefes de gobierno, ministros, gentes de empresa, tipos de todo relumbre, que se apretujarán para manifestar que son fútbol.

El deporte del balón señala las preocupaciones, es guía para las conversaciones relevantes, doctrina para la enseñanza de los alevines de la raza humana, nuestra tribu. Los entrenadores nacionales y de los principales equipos nos darán instrucciones a todos, los mejores futbolistas, nos indicarán lo que debemos hacer para triunfar en la vida.

No desaprovechan tampoco los sacerdotes del fútbol, ninguna ocasión para hacerlo más fuerte.

Hace un par de días falleció Johan Cruyff, un neerlandés afincado en Barcelona, vinculado a este deporte desde la niñez. Rompiendo el cascarón de un origen humilde, ha sido considerado por los expertos en ese arte, el mejor jugador del balón-pié después de Pelé, otra figura mítica premuerta. En su despedida, se organizaron actos multitudinarios que convocaron a más cincuenta mil personas, según las crónicas. Hubo discursos, regados con lágrimas de cocodrilo, sentidos homenajes propios a costa del finado y claras explotaciones del dolor ajeno en beneficio del que vive su gracia. Devociones inquebrantables, ahora que el santo está ya muerto.

Pues bien. En este mismo mes de marzo de 2016, junto a miles de ciudadanos del mundo que no han podido realizar actuaciones relevantes para ser rescatados por unos instantes al menos de las garras del olvido, han fallecido también Enrique Loewe, Beatriz Ocaña, Antoni Asunción, Francisco García Salve, José Luis López Sangil, Javier Bustinduy, Miguel Rodríguez Ruis, Jaime Valdivieso de Cué, Santiago Foncillas, Diego de lso Santos, Domingo Goás, José María Blázquez Martínez,…

Me paro aquí en la enumeración, que no es exhaustiva, por supuesto, sino solo provocativa. Pocos de entre ellos han merecido siquiera un par de líneas en los obituarios. De ninguno me consta que su despedida haya concitado especiales emociones públicas. Dudo que, incluso los más renombrados de los citados, consigan que más de un par de decenas de ciudadanos españoles recuerden algo de su trayectoria..

Hace un par de meses (Jot Down, EP, diciembre 2015), Nacho Carretero, en un estupendo artículo sobre la descomposición de Yugoslavia, nos recordaba que los principales equipos de fútbol de las capitales locales de la República Federativa,  representaban la confrontación existente entre nacionalismos internos, desde bastante antes de que empezara la guerra. El K Partizan y el Estrella Roja, ambos de Belgrado; el FK Sarajevo y el FK Zeljezniçar en Bosnia; el Hajduk Split y el Dinamo, de Zagreb, en Croacia.

El día 13 de octubre de 1990, iba a disputarse un partido entre el Dinamo y el Estrella Roja en Zagreb, que jamás se celebró, porque se organizó una batalla campal entre los hinchas de ambos, que duraría 70 minutos y causaría cien heridos; la patada del número 10 del Dinamo, Boban, a uno de los agentes serbios, se convertiría en símbolo. Allí empezó la guerra, en el Stadium.

Puedo poner muchos más ejemplos, más recientes, hablar de hooligans, de hinchas del Madrid o del Barça, del Atleti o del Coruña, de estadios de cualquier lugar del mundo, en donde los partidarios de un equipo y otro se lían a mamporros, navajazos, lanzamiento de sillas, bengalas y objetos. Puedo darle muchas más vueltas al tema, para reforzar un mensaje alarmante, en mi opinión.

Somos lo que quieren los que mandan sobre el fútbol, vemos lo que nos dejan ver. Hablamos con la información que nos proporcionan para hablar. Nadie parece preocupado.

Publicado en: Actualidad Etiquetado como: Antoni Asunción, Boban, Camp Nou, Cruyff, Dinamo, Enrique Loewe, estadio, Estrella, funeral, fútbol, hooligan, Nacho Carretero, Yugoslavia

Software libre con restricciones

29 marzo, 2016 By amarias Deja un comentario

Cuando me trataron, hace años, de explicar la filosofía que existe tanto detrás de las ideas de Código Fuente Abierto como de Software libre (Open Source, Free Software), creí entender el trasfondo del mensaje -ético o práctico-, pero, sobre todo, vislumbré las ventajas para los destinatarios del regalo -la colectividad internacional de usuarios de productos informáticos- pero reconozco que no acerté a ver qué podía reportar para el equipo creador de la herramienta.

La práctica, que es madre de casi todas las ciencias, ha ido perfilando las características de esos productos, provocando, en realidad, su escisión en varios trozos. Porque, salvo casos de altruismo dignos de peana, en la inmensa mayoría de los casos, en el think tank del desarrollo existe un grupo de personas a los que preocupa la forma de rentabilizar su trabajo.

Tratar de sistematizar las posibles situaciones, dada la complejidad que puede presentarse en la práctica en el uso de ambas figuras, no es sencillo. El sector ha aceptado que el perfil básico del «software libre» no implica la gratuidad, contrariamente a lo que parece indicar su nombre, sino que el usuario puede modificar el código fuente para adaptarlo a sus necesidades. Por su parte, el concepto «código abierto» supone que se permite el acceso al código fuente, sin coste, para que el usuario pueda encontrar la solución a su concreto problema.

La rápida evolución de los productos informáticos, con una tendencia detectable hacia la búsqueda de soluciones genéricas, abstractas, que posibiliten una amplia adaptabilidad a las necesidades de un gran número de usuarios, ha venido a señalar la ambigüedad de ambas definiciones y su convergencia en muchas ocasiones. Quizá son mayoría los casos en los que una parte del producto -del código fuente- es ofrecido, no solo de forma abierta, sino también gratuita, y se presenten varios opciones de tratamiento de la disponibilidad de acceso al programa fuente básico, y perfeccionarlo o modificarlo.

Si el equipo desarrollador mantiene en control de esas mejoras sobre el código fuente, el equipo tendrá la ventaja de disponer de un amplio grupo de usuarios que actuarán como células de ensayo y perfeccionamiento de esa unidad central, recogiendo la cosecha de sus avances, y mejorando el producto.

Para la mayoría de los trabajos académicos, o aquellos otros que no revistan complejidad, el programa básico brindará soluciones inmediatas, Pero  aquellos usuarios de un programa de código abierto básico, que pretendan resolver problemas específicos más complejos con la herramienta, tendrán que resolverlos creando equipos propios de especialistas para que completen el desarrollo. Es más efectivo, en esos casos, acudir al desarrollo de quienes crearon y controlan el programa básico, contratándolos para que lo adapten a las condiciones requeridas para esa aplicación. Los interesados por la aplicación «a medida», tendrán, entonces, que pagar por ella.

Podrá seguramente entenderse de inmediato que la fijación del precio de esos desarrollos del programa fuente está relacionado con la necesidad de sostener toda la estructura técnica y comercial de la empresa de software. En lo técnico, es posible que el código fuente que se aplique no sea ya el programa fuente originario. que sigue ofreciéndose gratuito, sino otro más eleabroado (pues habrá incorporado a él las modificaciones y perfeccionamientos que les parecieron convenientes a los desarrolladores, partir de las experiencias de los free riders y, por supuesto, de su propio trabajo).

Cuando la empresa en cuestión es una start-up, como el precio del producto no está regido por el mercado -es más, está afectado por la disponibilidad gratuita del código fuente-, la estrategia de fijación del precio de las aplicaciones a medida es, en mi opinión, una de las cuestiones más delicadas para la supervivencia de estas sociedades.

En España no se han planteado cuestiones legales relativas al copyright del software libre o el código fuente. En realidad, la idea del copyleft no deja de estar sometida a aquellas condiciones que fija, como imposición unilateral, en un contrato tipo de adhesión, quien hace la dadivosa oferta de disponibilidad. Cuando el futuro usuario teclea desde su ordenador la opción de aceptación, está, conscientemente o no,  imponiéndose una obligación propia, que equivale a su contraprestación. El contrato, pues, podrá ser gratuito, pero adquirirá la naturaleza de bilateral.

Esta reflexión, desordenada por lo rápido y, no lo niego, por mi relativa ignorancia sobre un tema tan complejo, tiene su origen en el análisis de una reciente decisión del Tribunal de Apelación de California que, en un litigio sobre la propiedad de un software libre, recogía la interpretación singular de que «El código de fuente abierta es problemático porque lo diseña gente anónima en Internet, y los «agujeros» no están solucionados por actualizaciones del vendedor».

Este error del juzgador norteamericano, es preocupante -aunque, al parecer, no tuvo efectos prácticos sobre el tema litigioso-, pues parece hacer derivar las cuestiones legales que dimanen del código fuente abierto de la inexistencia de una propiedad intelectual, que es, sin embargo, una cuestión totalmente independiente.

Las licencias de uso de software libre o de código abierto son solo una manera más de licenciar un producto, y están sometidas a las mismas obligaciones jurídicas que las demás formas de software. No suponen, en absoluto, la renuncia a la propiedad intelectual: están soportadas por el derecho de patentes, suponen restricciones de uso, implican la precisión del alcance de cesión de derechos, etc.

El único elemento quizá, exótico, por extrañol a lo habitual, pero que resulta consustancial al trasfondo que ha animado a la apertura de los códigos o del software a los usuarios, es filosófico, incluso ético. Normalmente, se expresa por los cesionarios con términos más o menos ambigüos, como, por ejemplo, no podrá ser utilizado para aplicaciones militares, o contrarias al medio ambiente, o contra el derecho de personas, pero el elemento común es la voluntad de impulsar el desarrollo del mundo de la creatividad en las tics, la alimentación del karma de la «comunidad de creadores y usuarios de la informática y las comunicaciones avanzadas».

La variedad de participantes en la comunidad de software libre permite detectar, sin embargo, algunas tipologías concretas.

Existen quienes aceptan cualquier versión ofrecida en la red sin plantearse problemas, con tal de que funcione, des preocuparse de la solvencia del autor o de las responsabilidades que adquiere.

Entre los creadores, no faltarán quienes desarrollen subprogramas o aplicaciones que corran sobre el programa fuente y permitan su diferenciación como soluciones adaptadas, derivadas de aquél. Si no existe condicionando por parte de los que crearon el programa fuente de uso libre, pueden fijar un precio para sus desarrollos, y venderlos como paquetes independientes, si bien su existencia como solución dependerá de que el programa fuente en el que se han basado siga teniendo soporte y mantenimiento.

La situación de tranquilidad y satisfacción recíproca en la que se mueven las colectividades de software libre -una comunidad de bonhomía teórica en la que se están manejando cantidades económicas con crecimiento exponencial- puede no durar mucho tiempo.

No tardará, por ello, mucho tiempo en ser objeto de litigios agudos ante los Tribunales de Justicia, y llegará a las instancias superiores. Mientras llega ese momento inevitable, no estaría de más que los expertos ayudasen a los juristas a perfilar los pros y contras de esas figuras tan atractivas como heterogéneas, y quienes ofrecen el producto, lo modifican o lo comercializan, clarifiquen las condiciones de uso, tratamiento, adaptación y perfeccionamiento del mismo que quieren sean respetadas por los usuarios.

 

 

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Estrategias salvajes (Epílogo): Propuesta de estrategia para civilizados. Conclusión (y 2)

27 marzo, 2016 By amarias Deja un comentario

En el tablero mundial, el gobierno chino ha movido ficha. Hace apenas unos años, se consideraba a China como un país con gran capacidad de crecimiento, pero dormido. Se resaltaban sus grandes disparidades internas, su déficit de infraestructuras, su oscurantismo; después de los Mundiales de Atletismo de 2015 en Beiging, el mundo quizá entendió mejor, por fin, que el gigante tenía una fortaleza potencial que no estaba utilizando.

Con un Indice de Desarrollo Humano que la situaba en el lugar 80 del mundo y una huella ecológica de 1,6 Ha/persona, China se sitúa por debajo de la media en todas las valoraciones, oculto en la masa del pelotón. Sus 13.000 dólares/año de renta per cápita y su indice de progreso social de 47 sobre los 60-65 de Estados Unidos, Canadá, Suecia y algunos otros países europeos, parecían aventurar que aún le quedaba mucho tiempo de maduración.

Cabe plantearse ahora si las cifras son correctas, si la información occidental disponible es fiel. Incluso si las variaciones casi sicopáticas de las agencias de calificación de riesgos no padecen del síndrome del peligro amarillo, aún anclados en el fervor a la recuperación japonesa después de la segunda guerra mundial.

No se me malinterprete, sin embargo. Este trabajo no concluye con un arrebato de devoción hacia China y su política, sino con una seria llamada de atención. El modelo de desarrollo chino no reproduce, a sabiendas, el esquema de desarrollo simplista seguido hasta aquí por los países más avanzados, y es imprescindible analizar los fundamentos de la propuesta y recoger ese guante, dándole réplica o prestándole apoyo.

El mundo occidental, capitaneado por Estados Unidos, desde los atentados de las Torres Gemelas (11 de septiembre de 2001) se encuentra desorientado en su estrategia internacional. Los gobiernos norteamericanos -y se han sucedido republicanos y demócratas- han experimentado una involución en sus prioridades: han puesto en primer lugar del panel la quimera, convertida en obsesión general, de alcanzar total seguridad interna -en un país en donde prácticamente toda la población tiene armas, – y, en segundo lugar, vinculado a ese propósito, lograr una mayor autonomía en los sectores reputados clave; energía, tecnología, financiación, con paralela restricción de las posiciones de riesgo internacional.

La estrategia estadounidense ha derivado en perjuicio de los países del llamado Tercer Mundo, cuyos recursos han sido explotados durante décadas. Si el papel que había asumido Estados Unidos era el de líder del mundo libre, y garante de la paz y la seguridad global, esta posición se ha visto comprometida, fundamentalmente, por la pérdida de credibilidad interior sobre las ventajas para la ciudadanía norteamericana de soportar un coste económico y político tan alto.

El Acuerdo Transpacífico de Cooperación Económica (Trans-Pacific Partnership, TPP), firmado tras un largo período de negociación entre varios países de la Cuenca del Pacífico, no es otra cosa que un tratado comercial. Estados Unidos lo considera complementario a la Asociación Transatlántica para el Comercio y la Inversión (TTIP), que no ha funcionado conforme a lo previsto, según opinión mayoritaria. En todo caso, se trata de acuerdos entre comerciantes, al estilo de los inicios del Mercado Común Europeo, que -no será preciso apuntarlo- ha derivado en una Unión Europea en grave crisis identitaria.

El mayor error de ese Acuerdo TPP es tratar de aislar a China que no figura como miembro del mismo, en tanto sí lo han suscrito Japón y otros países de la Cuenca con los que el nuevo coloso mundial tiene conflictos pendientes. Beijing ha enfatizado que con su estrategia solo pretende el despliegue de un «poder blando», con la generación de Zonas Económicas Especiales incluso en zonas sensibles al terrorismo. La estrategia china aparece así como respuesta (rápida) a las presiones económicas de Estados Unidos en el Pacífico. Como ha puesto de manifiesto E. Lincot (Fundador de la Cátedra de estudios chinos contemporáneos, CECC), » las rutas de la seda» -los nuevos ejes de la estrategia china- representan la confrontación entre dos visiones del comercio internacional.

Por un lado, el modelo neoliberal del Fondo Monetario Internacional y el esquema ideológico de fondo tan querido por los gobiernos estadounidenses, que se apoya en la libre competencia, el control financiero y las normas del derecho internacional (y, si no las hay, las norteamericanas). Por otro lado, los chinos presentan un fuerte intervencionismo desde el Estado que, en términos de diplomacia internacional, pretende la no injerencia, pero busca la colaboración, y también el compromiso con las causas de los países tercermundistas.

La intromisión de un terrorismo islámico, con actuaciones indiscriminadas que, cuando se han ejercido contra ciudadanos occidentales han provocado reacciones desaforadas por parte de los gobiernos directamente afectados, arriesga convertir las acciones contra el terrorismo en una guerra de civilizaciones, aumentando la sensación de conflicto global. Es imprescindible que los gobiernos no dejen que la ignorancia de la población propenda a la confusión entre terrorismo islámico y religión musulmana. Una forma importante de centrar el problema en sus justos términos es la alianza, desde la solidaridad y el apoyo económico espléndido, con los países en los que la religión musulmana es mayoritaria, y dar importancia justa a los atentados, mucho más numerosos y aún más cruentos, que sufren en sus localidades.

Hay mucha tarea por delante, para conseguir plasmar una estrategia civilizada  occidental. Exige la superación de barreras étnicas, no solo económicas y culturales. Será necesario no solamente expresar con bonitas palabras la explotación que algunos de esos pueblos, y sus recursos, han sufrido históricamente, sino arbitrar compensaciones que habrán de venir por la vía de nuevas rutas para el desarrollo. La Unión Europea no puede asumir el liderazgo de una tarea tan compleja, en su actual situación de penuria ideológica y económica;ni siquiera planteárselo con solvencia y credibilidad.

Más delicado resulta la sensación de que Estados Unidos, como si se trata de un juego posicional, prefiere iniciar una estrategia propia -menos ambiciosa que la china, más predecible en sus intenciones-, en lugar de ir -con más o menos ímpetu y claridad, eso ya será cuestión de diplomacia- al encuentro de lo propuesto por el gobierno de Xi Jinping.

Pero en este territorio o se es herbívoro o carnívoro. Y ya está bien de devorarse unos a otros, debemos cambiar la dieta.

Domingo de Pascua de Resurrección, 27 de marzo de 2016.

 

Publicado en: Actualidad

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