Al socaire

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Cuento de invierno: Poderes fácticos

21 febrero, 2014 By amarias Deja un comentario

En el país de Valgamediós, algunos de sus habitantes se empezaron a dar cuenta de que estaba sucediendo algo muy curioso. Uno de los ancianos de la tribu, mientras estaba recortándose las uñas de los pies en la cocina de la casa de su hija mayor, murmuró:

-Esta sociedad no tiene idea de quiénes son los poderes fácticos.

Seguramente no era la primera vez que hacía esta observación, y lo normal era que nadie estuviera lo suficientemente próximo para prestarle la menor atención, pero en aquella ocasión, uno de sus nietos, que no había ido a la escuela porque sus profesores se encontraban en huelga reivindicativa, le preguntó, pretendiendo preparar el camino para pedirle cincuenta euros para comprar una entrada para el concierto de Los Nuevos Polla Records:

-¿Quiénes son los poderes fácticos?

El abuelo le miró y estaba dispuesto a ofrecer una explicación comprehensiva, cuando el adolescente le atajó el propósito antes de que pudiera abrir la boca:

-Pero no te enrolles, abuelo, que te veo venir y tengo una prisa que te cagas.

Por eso, el anciano se vio en la obligación de abreviar, porque no quería dejar que su nieto tuviera, al menos, alguna referencia.

-No son ni el Gobierno, ni el Parlamento, ni los jueces, ni siquiera la sociedad civil. Los poderes fácticos son todos aquellos grupos que influyen sobre nuestras vidas sin que seamos conscientes de que nos condicionan la existencia.

El chaval se quedó in albis, si bien, como quería ganarse méritos para los cincuenta euros, puso cara de haber entendido lo suficiente:

-Así que, por ejemplo, un poder fáctico es el sexo.

El anciano miró al adolescente, sosteniendo el cortaúñas.

-No lo niego, aunque ese poder fáctico tiene fecha de caducidad para cada persona y, puestos a elucubrar, está presente de forma difusa, como parte del magma social. Es el instrumento que utilizan grupos de poder organizados para influir y controlar, en particular, a los más jóvenes, haciéndoles creer que es un objetivo importante en sí mismo, cuando, en realidad, es un recurso sin valor venal.

-Ya te has liado, abuelo. Por cierto, ¿me prestas sesenta euros, que tengo que comprar un libro recomendado para la asignatura de Historia de los Eunucos? -dijo el muchacho, exponiendo su mejor sonrisa e improvisando lo que le apeteció.

El abuelo sacó la cartera, en la que guardaba dos billetes de cincuenta euros, y le entregó el dinero.

-Extraña asignatura ésa, que no se estudiaba en mi época, aunque, ahora que citas esa categoría artificial de seres humanos, a los que se les privó de una cualidad física, me viene a la cabeza la sugerente idea de que la sociedad actual se ha poblado de eunucos mentales, a los que se les ha desposeído de la facultad de pensar.

El adolescente recogió los dos billetes, dio al anciano un beso en la mejilla izquierda, y se despidió con rapidez.

-No pienses tanto, abuelo, que a tu edad ya no merece la pena. Para la cuerda que tienes…

En la cocina, iluminada por la claridad de la mañana, se quedó el anciano, recortándose, con sumo cuidado, las uñas de los dedos gordos de los pies, en donde se estaban acumulando, por la incipiente gota, las excrecencias de la queratina, que pueden convertirse en algo muy molesto, sino se las ataja a tiempo.

FIN

 

 

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Cuento de otoño: Optimo y Posible

19 noviembre, 2013 By amarias2013 1 comentario

Esta es la historia de dos amigos, que se llamaron Optimo y Posible. Estaban siempre juntos, lo que no se debe interpretar como que estuvieran siempre de acuerdo. Optimo era, como su propio nombre indica, exigente, perfeccionista, severo y un tanto plasta. Posible era pragmático, intuitivo, hedonista y bastante descuidado.

En realidad, para qué vamos a ocultar la verdad: Optimo y Posible solo estaban de acuerdo en sentarse a analizar las opciones de hacer cualquier cosa. Llegado el momento de ponerlas en práctica, cada uno seguía su camino. Lo habían hecho siempre así, desde niños: había que ver a Posible jugando con un taco de madera, y convenciéndose de que tenía un coche entre las manos y a Optimo, afanado en sacar lascas con una navajita de las que regalaban para la Primera Comunión a varios pedazos de roble, en la pretensión de fabricar un Alfa Romeo como los de la tienda de Maese Trillo, propósito que, como se puede suponer, no conseguía culminar.

Cuando se hicieron mayores, ambos, que habían terminado brillantemente la carrera de ingeniería (opción superior), se emplearon en sendas empresas energéticas y, como eran brillantes como centellas, no tardaron en llegar a jefes de departamento. A Optimo se le encomendó la dirección del departamento de Máxima Rentabilidad y Responsabilidad Social Corporativa, en una empresa de energía eólica.

A Posible le asignaron el departamento de Opciones Inmediatas y Seguridad Garantizada en una empresa de energía nuclear.

Si el lector está preocupado algo, aunque sea muy poco, por las cuestiones energéticas, podrá deducir que los altos ejecutivos de las empresas habían acertado bastante bien al nombrar a cada uno de nuestros protagonistas guardando atención a sus cualidades sicológicas más aparentes, lo que permitía atisbar el éxito de sus respectivas gestiones futuras.

Sin duda, los test de respuesta a situaciones simuladas que debería encontrarse posteriormente en la vida real (seguir una secuencia numérica, adivinar hacia qué lado se orienta la próxima figura en una serie de polígonos, deducir quién es el más simpático de una relación de delincuentes, etc.) había permitido detectar lo más relevante de sus personalidades.

Como se conocían tan bien, sin embargo, y eran tan brillantes, dedicaron mucho tiempo a analizar el trabajo del otro, poniendo serias objeciones. Cuando se reunían en la Comisión Mixta para tomar decisiones respecto al futuro, Optimo no solo defendía lo buena que era la energía eólica, la necesidad de aumentar las subvenciones hasta que fuera rentable y la vinculación social de su empresa con los animales vertebrados, sino que expresaba, sin venir a cuento, que la energía nuclear era peligrosa, productora de residuos altamente contaminantes y, a pesar de lo que se creía por el vulgar de los mortales, obsoleta.

Por su parte, el ingeniero Posible, metiéndose a su vez en el terreno de su amigo el ingeniero Optimo, dedicaba algo de tiempo a expresar que las centrales nucleares eran inversión de utilización probada, inmediata y segura, incluso por los importantes estudios que se estaban realizando en centros de investigación confidenciales sobre el control de los residuos de alta radioactividad. La mayor parte de su intervención, cuando tenía público, la concentraba en opinar que la energía eólica era una tecnología trivial («de chicha y nabo», era su expresión concreta, junto a «conocida desde los tiempos de Carracuca»), cara a rabiar y de producción caprichosa e impredecible como la propia naturaleza, por lo que no es que necesitase una energía de apoyo, sino que si alguna fuente energética debería ser marginal, era la de los molinillos de acción ventosa.

El Presidente de la Comisión Mixta, que era licenciado en derecho y economía con matrícula de honor en todas las asignaturas, pero no entendía mucho de tecnologías (aunque algo había aprendido en los seis meses que le habían encargado tan importante posición), se desesperaba con las interminables discusiones. No conseguía que se pusieran de acuerdo y tampoco se encontraba con conocimientos para tomar una decisión, habida cuenta, además, de que los intereses que había detrás de cada una de las empresas que representaban Optimo y Posible eran de lo más complejo, que es lo mismo que decir, delicado.

Los dos parecían tener razón, porque los argumentos que ponían sobre la mesa (mucho más elaborados que lo que reflejamos aquí, pues esto es solo un relato resumido, como una especie de Resumen Ejecutivo de esos que nadie lee, porque son obvios), estaban bien construidos y eran convincentes como puñetazos de campeón de los pesos welter al de los pluma, o pellizcos de monja teresiana a la niña de ojos verdes, por poner solo dos metáforas que no vendrán a cuento, pero encajan de maravilla, literariamente hablando.

Así que, como ambos defendían bien sus parcelas, razones y elucubraciones, y nadie estaba dispuesto a quitárselas ni a ponérselas por capirote o saltárselas por encima o por debajo de los ijares, el País de los Propósitos Bien Intencionados, desarrolló una estructura energética duplicada. Redundante, como es su nombre técnico más preciso. Excesiva o desproporcionada, como se indicaría si fuera el caso de hablar para andar por casa.

Llevados de la mano de Optimo, llenaron el país de aerogeneradores, allí donde había la menor brizna de viento, artefactos de dudoso valor estético que ventilaban con sus aspas los campos y las dehesas (cuando hacía viento), pero pocas veces podía aprovecharse tanta energía como proporcionaba la madre de todos los vientos, pues no se necesitaba.

Por supuesto, conducidos por Posible hacia las bondades de la energía nuclear, mantuvieron en actividad las centrales existentes, perfeccionaron las técnicas de tratamiento y, en su caso, ocultación en las profundidades abisales, de los residuos más contaminantes, y, por supuesto, aunque no se consiguió vencer el parón nuclear decretado in illo tempore, exportaron la tecnología (utilizando simuladores avanzados) a países mucho menos desarrollados, lo que creó algunos puestos de trabajo temporal de alta especialización en el extranjero. Sin embargo, como la producción de energía era excesiva para las necesidades del país, que se encontraba (debíamos haberlo dicho al principio, pero va ahora) en una isla y estaba sumido en una depresión sicológica, la mayor parte del tiempo las instalaciones estaban paradas o casi, aunque por motivos de garantía de seguridad, las inversiones de mantenimiento alcanzaban cifras muy elevadas.

Pasaron unos años, y Optimo y Posible se hicieron algo mayores, por lo que, llegada la edad de cincuenta y cinco años (o así), ambos pasaron a la situación de pensionistas, siendo sustituidos por gente más joven que tenía mucho que aprender. Habían conocido a varios Presidentes de las Comisiones Mixtas y podían estar contentos de haber defendido, cada uno, su parcela, y conseguido creación de valor para los accionistas de sus respectivas empresas.

Coincidían frecuentemente en el Centro de Mayores, donde aprendían a bailar chotis y a freir un huevo, leían los periódicos del día y hacían sudokus y mandalas cada vez más complicados.

Era una tarde de otoño y todo invitaba a la filosofía.

-Debemos estar satisfechos de haber cumplido con nuestro deber -dijo, de repente, Optimo, que parecía haber estado meditando sobre la influencia de la sustitución del cangrejo de río autóctono por el americano en el gusto de la paella valenciana.

-¿Qué deber teníamos, Optimo? -preguntó Posible a su íntimo amigo, levantando los ojos de la máquina tragaperras en la que había conseguido cien mil puntos y dos corazones. Preparaba automáticamente su contraataque, guiado por la costumbre.

-¿Y tú me lo preguntas, Posible? -Optimo se había quedado por un momento con la mente en blanco, porque empezaba a afectarle el Alzheimer, y tardó en encontrar una respuesta-. Defender, con toda nuestra ilusión y conocimientos, que sabíamos hacia dónde íbamos.

-Pues aquí estamos -dijo en voz casi inaudible el otro, ocupado en obtener el tercer corazón, que suponía un premio de diez euros-. Así que nos equivocamos.

La lluvia, que repicaba en los cristales, recordaba algo al poema de Antonio Machado, ese de la monotonía. Y aunque era otoño, parecía una tarde parda y fría de invierno.

(Nota.- Este Cuento no refleja necesariamente mi opinión personal al respecto, limitándose a ofrecer un motivo de distracción; si el lector encuentra en el mismo motivos para la reflexión, debe considerarse el único culpable de tener tan buen criterio).

(FIN)

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Cuento de Otoño: El Viaje al centro de Facebook

13 noviembre, 2013 By amarias2013 Deja un comentario

Sobre las aventuras resultantes del carácter intrépido de Amalio Mentiría se podrían escribir enciclopedias. Apenas gateaba, y ya introdujo sus delicados deditos en un enchufe, pretendiendo comprobar de dónde provenía aquella fuerza que iluminaba las habitaciones (esa, al menos, fue la explicación que dio su madre a la ATS cuando le trataron las quemaduras).

Recién incorporado a la guardería, fue él y no otro, quien dejó en evidencia a la cuidadora que había sido contratada para cubrir una suplencia, levantándole las faldas en un descuido, y permitiendo así comprobar al padre Emeterio que no llevaba ropa interior, lo que en un invierno tan crudo resultaba, cuanto menos, sorprendente.

Tendría Amalio quince años cuando se propuso una aventura insólita: viajar al centro de Facebook, emulando -como se podría haber deducido- el viaje ideado por Julio Verne al Centro de la Tierra (libro que, por supuesto, el chico no había leído, pues estaba especializado en la técnica de los mensajes de un máximo de 125 caracteres).

Lo comentó con su mejor amigo real, Porfirio Resentido.

-¿Por qué no me acompañas? -le animó, mientras se fumaban la clase de Matemáticas.
-No le veo la gracia. Con Tuenti tenemos suficiente. Además, no veo para qué queremos más amigos- Fue la respuesta de Porfirio, que pasaba por sensato.
-Ahí está el tema. Se trata de tener el número máximo de amigos. El objetivo sería llegar a tener a toda la población mundial como amigos.
-Pero -objetó Porfirio-. Habrá algunos que no tengan perfil en Facebook, quizá ni siquiera ordenador.
-No importa -replicó Amalio-. No creo que haya nadie que no esté en alguna red social. Estaría muerto.

La idea, aunque descabellada, atrajo a Porfirio. Se trataba, en esencia, de avanzar, como en el truco de la pirámide, incrementando amigos y amigos, hasta cubrir el orbe (ya se sabe: esa fórmula perversa por la que una persona con la que hace años que no te ves te comunica en letras mayúsculas que hay que salvar a un niño en Bangla-Desh, aquejado con lepra percolante y que, para ello, es necesario llegar a 5 millones de peticiones al Director del Instituto Médico de Kuala Lumpur, por lo que debes enviar el mensaje a veinte amigos o un rayo vengador caerá sobre tu cabeza).

Necesitaban herramental, y trabajaron en conseguirlo: traductores del español a todas las lenguas, un método para ordenar nombres de acuerdo con los alfabetos de cada una, mensajes convincentes, melifluos o amenazantes, para que todo el mundo, absolutamente todo, todito el mundo, se sintiera en la obligación de ser amigo de Amalio y Porfirio.

Porque, en los perfiles ficticios que ambos habían tenido la picardía o la desfachatez de crear -empezaron con una docena, y llegaron a alcanzar la cifra de 4.275- se presentaban de todas las maneras que se les ocurrían, tratando siempre de seducir o de amedrentar. Eran, en unos, adolescentes buscando emociones fuertes; en otros, padres de familia angustiados porque sus hijos estaban enganchados a la droga; en alguno, eran escritores buscando la publicación de sus primeros versos; llegaron a crearse un personaje que era un sacerdote de cierta religión que había apostatado; su imaginación no tenía límites, y el número de amigos crecía.

Llegaron a tener doscientos cincuenta millones trescientos veinte mil ciento tres amigos. Suspendieron todas las asignaturas de primero de ESO, pero un día de noviembre apareció en su vida un tipo con aspecto de celador de discoteca, acompañado de cuatro miembros de la embajada norteamericana, y, esgrimiendo una orden de registro, les confiscó los ordenadores, bloqueando el acceso a las nubes con las que trabajaban.

-Las hijas del presidente han filtrado información de alta sensibilidad a sus amigos en Facebook y su hijo, utilizando la red social, la ha difundido a millones de personas, generando alarma social en el mundo musulmán -Más o menos, así dijeron a los papás de Amalio, al que habían encontrado los visitantes del más allá, encerrado, como siempre, con Porfirio, pretendiendo que lo que estaban haciendo era resolviendo ecuaciones diferenciales por el método tensorial -abreviado- de las relaciones de base finita.
-¡Horror! -Fue lo único que atinó a decir la mamá de Amalio, que estaba segura de que se le iba a quemar la quiche de calabacín en el horno, con tanta conversación.
-P…pero, ¿qué han hecho los niños, en realidad? -preguntó el padre, algo más repuesto del susto preliminar, doblando la Gaceta deportiva.
-Han llegado al centro de Facebook, y, por fortuna, el problema ha sido detectado por la Defensa Nacional, pues estuvieron a punto de generar un conflicto intergaláctico.

El papá de Amalio, que había trabajado algún tiempo en el centro de investigaciones de la Consejería de Sanidad, sonrió. Así que habían llegado al centro de Facebook, tirándose el pegote desde España. Era para estar orgullosos. Y…los de la NASA aún seguían discutiendo cómo llegar a Marte, los muy torpes.

-No van a castigar por eso a unos chiquillos, ¿verdad? Como todos los centros, estaría vacío, supongo -fue lo poco que acertó a pronunciar.

(Amalio y Porfirio fueron a parar con sus huesos a un correccional para superadictos a las telecomunicaciones, en donde solo les estaba permitido usar libretas de anilla y lápices de grafito. Allí estuvieron hasta cumplir los dieciocho años, edad en la que sintieron la vocación de alistarse al Ejército de Salvación Internacional, y por ahí andan, vendiendo pulseras de plástico, pegatinas y chapas.

Desde el reformatorio, escribieron un libro que tuvo un éxito arrollador de ventas, aunque los derechos de autor nunca les llegaron. Su título era algo así como: «El poder espiritual de la sangre menstrual mezclada con vino de Rioja» (The ingestion of menstrual blood mixed with red wine increase spiritual power). Y como no lo he comprado, no voy a especular acerca de su contenido. En las redes sociales fue trend topic hasta hace muy poco)

FIN

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Cuento de otoño: Un hongo irresistible

4 noviembre, 2013 By amarias2013 Deja un comentario

La excepcional afición de Diodoro por desentrañar los misterios de la naturaleza, que se manifestara desde la temprana niñez en tantas facetas, se concretó relativamente pronto en la micología.

Todo micólogo que se precie debe ser también un micófago aceptable, pues se puede decir que, en este arte como en todos, la satisfacción ha de compartirse entre la totalidad de los sentidos.

Diodoro no era, en el campo de las setas, una excepción. Seccionado o desprendido el carpóforo, con el cuidado que es de suponer, de sus hifas o micorrizas, escudriñaba entre las láminas y capelos, confirmando escotaduras, decurrencias, situaciones glabras, vulvosas o pilosas.

Si así le aparecía necesario, reforzaba la investigación con un cristal de aumento o unos frascos con sustancias colorantes que llevaba en un pequeño maletín, colgado de un cinto, para que no le estorbase el fácil acceso al cesto de mimbre en el que acababa depositando, en dos montones, separados convenientemente, los hongos comestibles de los que no lo eran.

Era tanta la ciencia de Diodoro, tanta la información que, con el transcurso de los años había asimilado sobre hongos, que raras veces faltaba a ese proceso identificatorio, la satisfacción intelectual de poner un nombre exacto a la seta recolectada. Cinco nombres, para ser más precisos: el vulgar, en cada una de las cuatro lenguas vernáculas y el que correspondía a la clasificación de Linneo que, como es sabido, admite incluso variantes y, a su vez, se compone de dos y hasta tres palabras.

La intelectual era rematada con la satisfacción de la ingesta del hongo. Cierto que, a base de primaveras y otoños, Diodoro no sentía ya el mismo placer de comerse sus múltiples raciones de setas, preparadas de las más variadas maneras, salteadas, asadas, rellenas, crudas o cocidas al vapor; solas o acompañando guisos; en bechamel o en rodajitas.

No era ya así. La ingesta se había convertido más bien en una obligación, un deber. Incluso alguna de las variedades que figuraban como comestibles en los múltiples manuales que abarrotaban su biblioteca monocromática, le llegó a provocar diarreas y hasta vómitos, seguramente por incómoda saturación del estómago o del intestino por constituyentes potencialmente indigestos.

Por supuesto, con las que aparecían como dudosas en los manuales o como venenosas o peligrosas para la salud, incluso las que podían resultar alucinógenas, no entraban en el cuerpo de Diodoro, que se limitaba a fotografiarlas, si era el caso, y las dejaba, llamándolas por su nombre, en el lugar en donde las había hallado, respetuoso como era de los misterios de la madre naturaleza.

La historia hubiera sido simple y sin interés, sino fuera porque el tal Diodoro, un otoño, paseando con su cesta y abalorios por parajes de la sierra de Aizkorri, se encontró con un corro de setas, de notable porte, que habían crecido aparentemente en campo abierto, aunque a cierta distancia de un alerce.

Tenían el sombrero parcialmente umbelonado, pero no eran cabezas de fraile, porque aún se veían, en los ejemplares más jóvenes, restos de lo que debía haber sido vulva o volva, aunque, al desenterrarlas, no encontró vestigios. En la parte baja del sombrero, no había láminas, sino unos como tubos, pero que más bien se aproximaban a púas, aunque, por la época y lugar, no podrían ser hydnum repandum, sino, más bien, ¿de la subespecie pantherina?.

¿Y qué decir del pie, ventrudo, adelgazado en la base, con unas manchas ferruginosas, no imputables a la esporada, casi blanca, sino, tal vez, al roce con el mero aire?

Diodoro seleccionó los ejemplares que le parecieron mejores, por más representativos y, abandonando la búsqueda de más boletos, hongos o carpóforos, estuvo escaso de tiempo en volver a su casa, y sumergir la testa entre las decenas de libros en las que creyó encontrar ayuda para identificar su hallazgo.

Pasó la noche, y nada avanzó. Cuando le parecía que tenía ya puesta al descubierto la identidad de aquellas setas, una observación más pertinaz, daba un vuelco a la hipótesis. La esporada a veces see le antojaba blaco ocrácea y otras, rojo pardusca, la carne era por momentos consistente y por situaciones, cedente a la presión digital. El olor, a rábano, pero, bien mirado (es decir, olido) podría ser también a almendras o incluso a membrillos revenidos.

Fuera como fuese, sin aguantar ya más la incertidumbre, y aún manteniendo el misterio de la identidad de aquellas setas, el alba encontró a Diodoro preparándose un guiso con ellas. Hizo, en fin, lo que tantas veces el mismo había desaconsejado hacer.

Era aquella la que se apoderó de él, como hubiera reconocido más tarde, de haber tenido ocasión, una tentación irresistible, el deseo de penetrar gustativamente en el misterio del ser y no ser de aquella muestra rebelde de la naturaleza, que se defendía de ser catalogada. Al menos, para él, Diosdoro, tocado en su orgullo fibroso de micólogo.

Tenía que probarla.

Como no quería enmascarar el sabor, apenas si puso una base de aceite en la sartén, añadió una pizca de sal, y, sentándose a la mesa, probó un poco. Excelente. La carne era sólida, el sabor fúngico con un regusto a asado de cordero, el olor que se desprendía al masticar, propio de un manjar solemne.

Comió todo el contenido de la sartén, sintiéndose feliz. Muy feliz.

Cuando, a mediodía, como acostumbraba, la chica de la limpieza, que disponía de una llave, entró para arreglar el apartamento de Diodoro, lo descubrió volcado sobre la mesa del comedor, con un lápiz agarrado en la mano, junto a una hoja de papel, en la que había escrito, con letras gigantescas:

«NO COMER. ESPECIE VENENOSA.»

Pero no había logrado identificarla, parece.

FIN

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Cuento de otoño: La empresa más rentable

26 octubre, 2013 By amarias2013 Deja un comentario

Cuando consiguió la licenciatura en Economía empresarial aplicable, Jorge Policarpo Méndez de Poliedro y Otrasierbas, lo festejó mucho. Al disipársele el dolor de cabeza de las prolijas libaciones, se propuso aplicar todo lo que sabía, montando una empresa de inmediato.

Como no estaba para dispendios inútiles, Méndez de Poliedro, se autoimpuso tres condiciones: debía ser una empresa con óptima rentabilidad, precisar de una inversión mínima y contar con el menor número de empleados posible.

Poliedro era imaginativo, pero tampoco era cuestión de reinventar la rueda, así que, con la inestimable ayuda de internet y una impresora, se hizo con la relación de todas las empresas que se habían creado en los últimos diez años en su país. Las separó por objetos sociales, empleando las palabras clave que tuvo a bien, y, finalmente, en lugar de ordenarlas siguiendo el alfabeto, las clasificó (automáticamente, por supuesto), según la cuantía del capital social declarado.

No tuvo tan claro cómo podría deducir la rentabilidad de los emprendimientos, por lo que se contentó -de momento- con recoger del registro informático las empresas que se habían disuelto en los últimos diez años, y las ordenó, igualmente, por objetos sociales y capitales comprometidos.

Para su confusión y horror, encontró que eran tremendamente coincidentes. Cumpliendo con el principio de la energía que indica que todo lo que se crea, se destruye, las empresas morían masivamente en períodos máximos de diez años y dejaban el sitio a otras que, cambiando alguna que otra palabra, o perspectiva, hacían lo mismo.

Puede que mejor o más rápido, o con menos personal y más rentables, pero el registro mercantil nada expresaba que permitiera aclarar esos supuestos. Las empresas nacían, crecían, languidecían y morían, como salmones que acuden, ya cumplido su ciclo vital, a desovar al río en donde se criaron de alevines, sirviendo de alimento para que osos, zorros y zancudas se entiendan con el suyo.

Descorazonado al ver que su idea original se desvanecía en cuanto a sus pretendidos propósitos, elucubró acerca de lo que podría ser su objetivo empresarial si tuviera que resolverlo matemáticamente. Máxima rentabilidad, mínimo riesgo, una dotación de personal en nada redundante.

Como Poli era ingenioso, plasmó esas condiciones en un software bastante sofisticado que, a la manera de esos programas de generación de poemas que combinan al azar palabras (sujeto, verbo y predicado) entre las que suponen rima (consonante o asonante, según gustos), permitía obtener como resultado (output) varias opciones válidas, de acuerdo con el problema de contorno planteado (1).

Por eso, Po, siguiendo fielmente lo propuesto por el software, creó una empresa de fabricación de humo. Y, según me ha contado, le va bastante bien.

No ha invertido un euro, ha generado su puesto de trabajo y, por lo que parece, le van a dar el premio a mejor empresario del año, como mejor idea para salir zumbando de la crisis.

Como Po es conocido desde los tiempos del parchís, quise satisfacer mi curiosidad preguntándole en directo:

-¿Fabricar humo? ¡Tío! ¿Y quién es tu clientela?

Jorge Policarpo Méndez de Poliedro y Otrasierbas me miró de hito en hito:

-Clientes somos todos -me espetó.

Y se fue tan campante.

—-
(1) Es decir, Boundary values in complex connected domains.

FIN

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Cuento de otoño: Pura filosofía

18 octubre, 2013 By amarias2013 Deja un comentario

Si destacaba a simple vista por algo de entre sus compañeros, era por ser el más feo. Corto de estatura, demasiado gordo y fofo, pelo largo grasiento (con permanente aspecto sucio). Además, olía mal: sus glándulas sebáceas mantenían una secreción incontrolable, apestosa.

Se llamaba Anastasio Plínton, pero en la Universidad lo conocían como Platonín, por su afición a elucubrar.

Todas estas características negativas no le impedían sostener un interés general por todo el sexo femenino, ofreciendo un espectáculo más bien lamentable. Perseguía a sus colegas de clase de Filosofía con un encono admirable, tratando de seducirlas con la única arma que controlaba: su capacidad intelectual.

Se consideraba sin duda, el más inteligente de su grupo.

Aunque no los conocía a todos, estaba persuadido de ser el más listo de toda la Facultad. Puede que incluso fuera una de las personas más inteligentes de su generación, si es que se pudiera realizar una prueba comparada de los coeficientes intelectuales que resultara objetivamente neutral.

-He estado pensando toda la noche en mi teoría general -era, por ejemplo, la manera que había elegido aquel día para acercarse a Lolita Preciosa, una morena jacarandosa, que tomaba apuntes de Historia de los Pensamientos Frustrados en una libreta con las tapas ilustradas con fotos de Ricky Mortesten, el capitán de la selección de rugby de Malagascar.

-¿Y? ¿Has conseguido con ello aliviar tu tensión sexual? -podía ser la observación pertinente/impertinente de la señorita Preciosa, mientras se cambiaba de sitio, sentándose en un banco varias filas atrás, dejando tras sí un hálito a agua de colonia bendecida por sus hormonas.

Por esta razón y otras similares, conducido de la mano por su obsesión de desechar las opciones menores, dado el escaso tiempo disponible en una vida humana para llegar a conclusiones, Platonín no perdía el tiempo entablando conversación con sus colegas masculinos.

En verdad, lo perdía pretendiendo captar la atención de sus jóvenes compañeras, porque estaba convencido de que para la excitación intelectual de las terminaciones neurológicas que discurren por el cerebro, se precisa contar con estímulos sexuales, y, cuanto más intensos sean éstos, mejor.

Poco a poco, sin embargo, Platonín parecía estar consiguiendo perfeccionar su teoría general del orbe, a pesar de las antedichas limitaciones conductuales. Así lo había anunciado varias veces a lo largo del curso, a sus admiradas, sin que ninguna le prestara la menor atención.

A Marisa Tabernáculo le contó que estaba poniendo por escrito sus conclusiones, blanco sobre negro, pé sobre pá, como suele decirse, para que sirviera de guía con la que encontrar la salida del cosmos, el agujero de la eterna sabiduría.

-He descubierto algo muy curioso. Cuanto más avanzo en el saber, menos ideas necesitaba para expresarlo. Por eso, las quinientas páginas de que constaba mi teoría, en este momento, las tengo reducidas a cientoventisiete.

Si la señorita Tabernáculo le hubiera dedicado un minuto, solo un minuto, durante las semanas siguientes, habría podido enterarse de que el número de páginas con las que Platonín trataba de expresar su teoría se reducía a pasos agigantados.

-En este momento, trabajo en solo diez páginas -contó un orgulloso Anastasio Plínton a una displicente Merche Parodontosia, algunas quincenas más tarde.

Nadie pudo contrastar la poderosa construcción intelectual, porque no hubo ocasión de conocer ese documento que tan velozmente adelgazaba su espesor, mientras (todo hay que decirlo) Platonín engordaba.

Para sorpresa de algunos, Platonín no pudo terminar la carrera de Filosofía, que tan brillantemente había comenzado (había obtenido dos Matrícula de Honor, sin necesidad de examinarse, por asistencias, preguntas pertinentes y puntos de buena conducta, respectivamente, en Las Construcciones Subliminales Espinocianas y en Pensamiento Colateral Restringido).

Cuando se estaba ya a punto de convocar los exámenes finales, entró en una profunda depresión, desapareciendo de las aulas. El rumor era que su tensión por saberlo todo lo había conducido a La Cadellada, manicomio local del que, como se conoció años más tarde, no consiguió salir más que con los pies por delante.

Nadie pudo valorar, pues, las conclusiones del pobre recluído (diagnosticado, como tantos otros que confiaron excesivamente en sus propias posibilidades, del mal de «haberse pasado» -pasóse, como dicen en Asturias-; en este caso, por su extema dedicación a las redes de la filosofía).

Por casualidad, hojeando el otro día los libros más polvorientos de la Biblioteca de la Facultad (cuyo nombre actual es, para ser exactos, Universidad del Pensamiento Unico Polivalente), con la intención de preparar unas lecciones sobre La Autosuperación de los Déficit Cognoscitivos, que estoy invitado a pronunciar en la Universidad Internacional de Sama de Langreo, encontré en uno de ellos una hoja plegada por su mitad.

Estaba escrita a máquina, y en los caracteres tipográficos reconocí, sin posibilidad de confusión, la manufactura de Anastasio Plínton, porque todas las eñes tenían la tilde primorosamente superpuesta a mano, debido a que el frustrado filósofo todo lo escribía con una máquina alemana que perteneciera a su abuelo, y que éste había comprado en Leipzig a un violinista.

Sin que nadie lo advirtiera, asombrado de la intensidad que me provocó su lectura, bastante asustado, recogí el papel, y lo introduje al desgaire en mi mochila campera, ahí junto a la fiambrera con el sándwich de queso y anchoas y la manzana reineta que llevaba aquella mañana para el almuerzo, que suelo tomar en los bancos del Paseo de los Patos, en el Campo de San Francisco.

Lo guardo, como oro en paño, entre mis documentos más preciados: las cartas de amor que intercambié con Lolita Preciosa, el recorte de un periódico en el que se reseñó mi primera conferencia sobre las Cosas que Verdaderamente Interesan Y Las Que Tampoco, y una colección de noticias curiosas, que espero poder ordenar algún día.

Quién lo hubiera dicho de Platonín. Todos hubiéramos jurado que estaba loco.

FIN

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Cuento de otoño: Guillermo de vacaciones en Spain

17 octubre, 2013 By amarias2013 Deja un comentario

Sería en Inglaterra la hora del té, aproximadamente, cuando la Sra. Fernández de Litio (emparentada, por línea materna, con los González de la Buena Mesa), se lo comunicó a su hijo, Fernandito, al que todos llamaban Nito.

-Mañana vendrá a pasar unos días con nosotros el hijo de los Brown, Guillermo. Es decir, Willy.

Nito, que estaba preparándose un bocata con dos lonchas de jamón serrano que acababa de coger de la alacena, no disimuló su disgusto.

-No conozco a ningún Willy, -dijo, dando un mordisco descomunal al bocadillo, por lo que apenas se le entendía. Pero su madre sabía leer incluso su pensamiento.

-No hables con la boca llena -le recriminó su madre-. Yo tampoco lo conozco. Tu padre hizo amistad con el suyo, que es un hombre de negocios, y han decidido que paséis una temporada con cada familia.

La cuestión era no solamente no conocía a ningún Willy, Guillermo, o como quiera que se llamara el hijo de los Brown, sino que, además, como se creyó en la obligación de recordar, por si hacía falta, era justamente pasado mañana cuando se iría de campamento de verano con los compas del colegio al bosque de Muniellos.

-No te preocupes, por eso. Papá ya habló con el Hermano Pablo y Guillermo puede ir con vosotros. Haréis muy buenas migas, seguro.

Al día siguiente, Nito, su mamá y el chófer de la fábrica del papá, fueron a recoger a Guillermo a la estación de autobuses de Gascona. Por unos instantes, creyeron que el niño habría perdido la conexión, porque no aparecía por ningún lado.

Bajó gente muy seria con sombrero de ala redonda y bigote recortado, una señora mayor que, al parecer, vivía en Santa Susana, porque eso dijo cuando cogió el único taxi que había en la parada, varios estudiantes que festejaban haber aprobado el primer examen para ingreso en la Escuela de Ingenieros Industriales (no todos, quizá solo uno de ellos, aunque todos parecían igual de contentos), dos jóvenes amigas que trabajaban de enfermeras en la clínica de la Concepción y venían de permiso,…

Por fin, una señora de cierta edad, puso pie en tierra, tirando, bien agarrado a su mano, de un jovenzuelo de pelo negro alborotado, vestido como para ir al polo norte. Así de abrigado estaba.

Era, sin duda, Guillermo Brown. Zapatos sucios de barro seco, medias caídas, señales de viejas cicatrices de peleas libradas con monstruos imaginarios en piernas y rodillas… Y una locuacidad imparable. Parecía estar discutiendo de algo muy importante, vital, con la señora que lo acompañaba, aunque, como hablaban en inglés, los que esperaban en el andén no entendían ni papa.

Guillermo gesticulaba y señalaba, con la mano libre, hacia el interior del autobús.

-¿Es Ud. la señora Fernández? -preguntó a la señora Fernández la recién llegada, sin soltar su presa de la mano. Y sin esperar respuesta, continuó:

-Este es el niño, Guillermo. No sabe hablar español, y ha perdido o le han robado la maleta en el aeropuerto de Barajas. Está convencido que ha sido un tal Emilio Salgari.

Guillermo tenía entonces once o doce años, los mismos que Nito. Los dos niños se miraron, sin intercambiar una sola palabra.

En un descuido, Guillermo volvió a entrar en el autobús, y volvió con un libro. El pequeño inglés no traería equipaje, pero ahora mantenía un libro en la mano, que alargó, acompañado de una larga perorata en su idioma, a su colega infantil.

El libro estaba escrito en español, editado por la Editorial Molino. Su título era «Guillermo el salvaje» y su autor (después se supo que era, en realidad, una señora) era Richmal Crompton.

Las vacaciones en Muniellos resultaron inolvidables. Por aquel entonces, no había problemas en hacer una acampada en aquellos parajes, en donde la naturaleza guardaba montones de secretos, que los mayores nos trataban de desvelar, pero que los niños mezclábamos con buenas dosis de fantasía, haciéndolos más interesantes.

Los pequeños excursionistas pescaron truchas dejando anzuelos durmientes en los arroyos, aprendieron a distinguir acebos, serbales y alisos, descubrieron que había plantas con raíces comestibles (y, mucho más interesante, dos o tres muy venenosas, según fueron advertidos) y un par de ellos, cuando se perdieron, creyeron haber visto un urogallo.

Por las noches, en torno al fuego que hacían los monitores, Guillermo Brown contaba alguna de sus muchas aventuras, que uno de ellos, Perico Trullo (el hijo de un panadero del Fontán), que estaba estudiando filología inglesa, traducía con soltura.

Se hizo muy popular entre los escolares, especialmente cuando, utilizando su facilidad para imitar sonidos, le hizo creer al Hermano Pablo que un oso se le había colado en la tienda de campaña. Fue divertido ver correr al fraile en calzoncillos marianos, rezando padrenuestros como un poseso.

¿O es que esto no sucedió, y nos lo imaginamos también?

Encontré por casualidad a Nito el otro día y, cuando le pregunté, me dijo que conservaba el libro. Había perdido una de sus tapas rojas, pero en todo lo demás, se mantenía en buen estado.

-¿Tienes los demás libros de la colección? -le pregunté.

-¡Ah! ¿Pero había más libros? -me contestó, en tono distraído. Sin esperar respuesta, dándome una palmada en la espalda, me apartó a un lado, con una brusquedad que me molestó-. Perdona, pero llevo prisa. Ya hablaremos con calma otro día, y recordaremos viejos tiempos. ¿Nos llamamos, eh?

No tengo idea de dónde localizarlo, después de tanto tiempo. Pero tenía que haberle dicho que conservo los 38 libros de la colección.

Incluso, de tarde en tarde, abro uno al azar y releo cualquiera de los relatos. Puede que, en mi fuero interno, tenga la ilusión de beber en las fuentes de la juventud, esa que tanto Nito como yo, como todos cuantos crecimos y nos hicimos mayores, y envejecimos, mientras Guillermo permanecía inalterable, hemos perdido para siempre.

FIN

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Cuento de otoño: La verdadera historia del pueblo que se volvió invisible

16 octubre, 2013 By amarias2013 Deja un comentario

En las secciones de Historia Universal y Particular de las Bibliotecas y Hemerotecas se pueden encontrar montones de verdaderas historias que, cuando se las rasca para comprobar su verosimilitud, se transforman en cuentos chinos.

Lo que voy a contar es justamente, lo contrario. Un aparente cuento chino tan verdadero como la vida misma; vamos, súper, súper-real.

Para empezar por algún lado, debo aclarar que en la época en la que se sitúa este relato, hacía ya mucho tiempo que se habían erradicado o controlado todas las formas de epidemia que, en la antigüedad, habían provocado cientos de miles de víctimas. No había ni peste, ni mal español o francés, ni tuberculosis, ni viruela, ni, mucho menos, hambre.

Podíamos decir que, salvo ligerísimas excepciones, los que morían lo hacían porque habían agotado el fluido vital que cada uno lleva dentro de sí o decidían irse a conocer el otro mundo de forma acelerada, quitándose de en medio.

Hecho este más bien largo prolegómeno, indicaré de inmediato que así estaban las cosas cuando en la ciudad de Opulencia, allá en la región de La Desgana, famosa por sus habichuelas de ojo amarillo, una mujer muy observadora le comentó a su esposo, muy agotado de tanto aventar humos y pajas, en el descanso publicitario de un programa de variedades que ofrecían por la televisión nacional.

-Hoy, cuando volvía en el metropolitano de la clase de aeróbic, entró en el vagón un tipo al que le faltaban una pierna y un ojo, pidiendo ayuda para subsistir.

-¿Y? ¿En qué nos afecta a nosotros? ¡Ya sabes que esos tipos que piden son ladrones o drogadictos!- razonó el esposo, que aprovechaba el momento para cambiar de canal y enterarse así de los resultados de la Fase Previa de la Copa Federaciones.

-Solo te lo comentaba porque el hombre atravesó el vagón, que estaba lleno, y nadie lo miró. Pasó entre la gente como si fuera invisible. -dijo la mujer, al tiempo que advirtió- Vuelve a la Uno, que seguro que ya empieza Enterados.

El programa Enterados estaba aquella noche especialmente interesante, porque reflejaba la historia de una modelo muy cotizada (la que salía con aquel locutor de pelo pincho) que había sido fotografiada con el hermano pequeño de un futbolista, ese del anuncio de agua de colonia que tiene un tatuaje en el muslo izquierdo.

La constatación de la esposa observadora, que llamaré, Perspica Lopersigo, no tenía porqué haber sido casual. En las calles de Opulencia (nombre que estaba ligado a la Edad de Oro de la ciudad, y que la Corporación había decidido mantener, aunque se había propuesto por el sector crítico cambiarlo por el de Decadencia, quizá más apropiado), se podían encontrar con creciente intensidad, nuevos moradores.

Eran hombres, mujeres y niños, venidos de muchas partes, pero sobre todo, del sur y del oriente, que se afanaban en buscar el vellocino dorado, el oligofante pétreo o la piedra filosofal, que alguien les había convencido previamente que se encontraría por aquellos lugares.

Como pronto se les hacía evidente que, de eso, nada, todos cuantos llegaban desaparecían, procurando no dejar rastro, y los que quedaban en la calle, parecían disponer de la extraña cualidad de hacerse invisibles.

Pespica lo comentó con sus mejores amigas.

-¿Os habéis dado cuenta de que todos pasamos entre estas gentes, que están tiradas en el suelo, ocupan las cabinas vacías de los bancos, pretenden limpiar el parabrisas del coche o se acercan para ofrecernos toallitas, sin verlos?

-Hay que acostumbrarse. Si les prestas atención, son unos pesados de agárrate. Además, casi todos son drogadictos -le explicó su amiga Condolen.

-Por no decir, extranjeros, que no se lo que es peor -apuntó Sincerita, que estaba casada con un jefe de protocolo.

Pasó algún tiempo y Perspica notó que los habitantes de Opulencia, cuando pasaban unos al lado de otros, tampoco se miraban. Se habían contagiado. Hacían como si fueran invisibles. Ponían los ojos en el horizonte o la mirada extraviada y aparentaban tener mucha prisa en ir hacia cualquier parte.

-Creo que me he hecho invisible yo también -se lamentó Perspica, mientras veía con su marido una nueva temporada de Enterados-. Ayer me crucé con Condolen y no me vio.

No obtuvo respuesta.

-Me parece que me he hecho invisible incluso para ti -continuó Perspica.

Se dirigía hacia el sofá, creyendo que su esposo estaba allí, pero él se había levantado por una cerveza.

FIN

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Cuento de otoño: Castores y ratas de agua

15 octubre, 2013 By amarias2013 Deja un comentario

Hace muchos años, en lo que, andando el tiempo, sería conocido como País de los Despropósitos, había lugares en los que la vegetación era exuberante, junto a los ríos, arroyos y riachuelos, si bien el resto del territorio era desértico, por falta de agua.

En esos biotopos especiales, las ratas de agua vivían felices. Comían plantas y frutos frescos, babosas, caracoles y gusanos y los pocos depredadores que podían intimidarles -zorros, fundamentalmente- no tenían especial interés por ellas, porque sus carnes les sabían a fango; preferían los topillos de pradera, que se alimentaban de alacranes, saltamontes y bayas secas, y eran, por ello, más sabrosos.

Sucedió que un día, una nueva especie apareció en aquel hábitat. Que, desde más allá de las montañas y las tierras de fuego, empujados por el hambre o la curiosidad, vinieran desconocidos, no era tan extraño. Lo normal es que no pudieran aclimatarse y murieran o se volvieran por donde habían venido, al cabo de poco tiempo.

Eran castores y, por lo que dijeron a quienes se molestaron en escucharlos, habían llegado para quedarse.

Los recién llegados, eran solo tres o cuatro parejas, y pocas ratas de agua les prestaron atención especial, al menos al principio. Los desconocidos eran, en cierto modo, incluso parecidos a las ratas de agua, aunque más voluminosos, y parecían bastante simpáticos.

-Solo venimos a trabajar y nos agenciaremos para conseguir alimento sin molestar a nadie. -dijo el que parecía llevar la voz cantante.-Decidnos solo un lugar en el que podamos estar tranquilamente.

La autoridad competente de las ratas de agua les asignó un lugar en una de las zonas más alejadas de los núcleos de población principal de las ratas acuáticas, corriente arriba de uno de los regatos menos caudalosos.

Era el peor sitio de los imaginables para las ratas de agua, que no habían llegado tan arriba, porque preferían las desembocaduras de los ríos, donde, en los deltas, las aguas discurrían muy tranquilas, y la vegetación se componía, sobre todo, de plantas que crecían en el fango, muy jugosas y tiernas, por lo que no necesitaban realizar exploraciones que podían resultar peligrosas.

-Procurad no hacer mucho ruido por las mañanas -fue la única advertencia que se les ocurrió a las ratas-. Aunque estaréis lejos de las zonas habitadas por nosotras, nuestros pequeños y a nosotros nos gusta dormir a esas horas, después de una noche de frenética actividad llenando nuestros estómagos.

Las tres o cuatro parejas de castores se instalaron río arriba, muy, pero que muy arriba, en lo alto de las montañas casi donde se encontraban las fuentes y los manantiales. De inmediato, empezaron a fabricar, cada familia por su lado, los diques que les parecieron adecuados para crear el hábitat en el que poder criar a sus retoños ciegos a salvo de la intemperie y, por supuesto, almacenar bajo el agua reservas para el invierno, porque en las alturas hacía tanto frío que todas las superficies se helaban.

Derribaron algunos árboles muy grandes con sus poderosos y afilados dientes, y arrastraron las pesadas ramas hasta los lugares que les parecieron adecuados para embalsar el agua.

Unos aquí, otros acullá. Trabajaban día y noche, porque su voluntad era transformar la naturaleza para adaptarla a lo que necesitaban.

Eran construcciones, de verdad, muy interesantes, compactas y resistentes, y que, para hacerlas razonablemente estancas, guiados por la experiencia y el instinto, reforzaban con barro.

El agua quedaba retenida en ellas, formando remansos de un alto valor estético y en huecos de las presas los castores mantenían a sus retoños o guardaban ramas tiernas.

Seguramente era de lamentar que ningún animal pudiera valorar tanta belleza de aquellas creaciones, pues todos quienes vivían en lo que luego sería llamado el País de los Despropósitos -desde las ratas de agua a los topillos de pradera, por no hablar de caracoles, peces y zorros- carecían de la inteligencia o formación adecuadas para dejarse impresionar por lo que resultaba tan claramente inútil para su especie.

Las ratas de agua que estaban río abajo no tardaron, sin embargo, en darse cuenta de que las aguas no fluían con la misma intensidad que antes. Los caracolillos y las babosas (en especial, las desprovistas de concha, muy apetecibles) escaseaban.

Pero lo más alarmante era que algunos meandros del delta estaban empezando a cambiar su curso.

-Venid río arriba -les dijeron las ratas de agua que ya se había desplazado a vivir en las zonas altas-. Allí el trabajo de los amigos castores ha conseguido inundar áreas que antes estaban secas, y hay ahora alimento suficiente, en donde hace poco tiempo solo se encontraba el desierto.

Sucedió, sin embargo, que, cuando llegó la temporada de lluvias, las aguas torrenciales se llevaron por delante los diques de los castores. Aunque estaban hechos para resistir las corrientes normales, no aguantaron las crecidas impetuosas provocadas por escorrentías y torrenteras que aparecieron por todos los lados.

El colapso de los diques, arrastró también árboles y ramajes. Los castores, guiados por su instinto, presagiaron el momento y pudieron salvar a sus crías. Pero muchas ratas de agua, que carecían de esa experiencia, se encontraron de bruces con el cambio de condiciones de vida. Perdieron a muchas de sus crías. Confiadas en lo que creían saber del entorno en el que siempre habían vivido, generación tras generación, no consideraron la posibilidad de que el nivel de los ríos pudiera variar tan bruscamente.

Fue una catástrofe para las ratas de agua, tanto las que vivían río arriba como las que se habían quedado en el delta. Las plantas de ribera resultaron arrancadas en muchos puntos y, en otros, se cubrieron de piedras y un loes que las hacía, al menos momentáneamente, incomestibles.

Realmente alarmadas, convocaron a una reunión de urgencia. Habían encargado a expertos en deltas y meandros que emitieran sus informes, lo que hicieron prestamente, utilizando los conocimientos acumulados en sus genes durante siglos.

Obligaron también a los castores a que asistieran a la convocatoria, para que expusieran sus argumentos, aunque ya se habían confabulado de antemano para no escucharlos.

El encuentro resultó áspero. Una rata de agua experimentada, que decía haber vivido en los deltas del que luego sería llamado por los humanos río Misisipi, afirmó estar rotundamente convencida de que los diques habían provocado desequilibrios insoportables en las corrientes de agua, y que, en consecuencia, los castores deberían ser expulsados del territorio.

Fue aplaudida por todas las ratas de agua.

El portavoz de los castores hizo ver que ellos no habían provocado las lluvias torrenciales y que, en realidad, la construcción de los diques había sido beneficiosa, mientras estuvieron en pie, para la existencia de las ratas de agua, pues se habían podido colonizar nuevos territorios y disponer de más alimento que antes.

Fue silbado por todas las ratas de agua.

No hubo, pues, acuerdo. Las ratas eran mucho más numerosas, incomparablemente superiores en número, y a dentelladas y empujones, echaron a los castores de aquel que consideraban su territorio, y de ellos, nunca más se supo.

Fue más o menos por aquellas fechas cuando se instalaron algunos humanos en ese lugar, y encontraron a las ratas de agua bastante sabrosas, exterminándolas prácticamente.

Los castores, que habían seguido creciendo en número, volvieron a ocupar las áreas del País de los Despropósitos de las que habían sido expulsados. Cuando su número creció, los humanos los declararon objetivo de caza para sus escopetas.

No serían aprovechables como alimento, pero sus pieles, utilizadas como pellizas y abrigos, a los humanos se les antojó que los hacían muy elegantes.

Claro que la historia no había hecho, en realidad, más que empezar.

FIN

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Cuento de otoño: Señales engañosas

14 octubre, 2013 By amarias2013 Deja un comentario

La joven tomaba notas en un cuaderno, sentada en la primera fila. Hacía varios meses que se había licenciado en Geología y aún no había conseguido su primer empleo. Acababa de volver de Londres, en donde había estado perfeccionando su inglés, y el profesor australiano le había dado un consejo para aumentar sus posibilidades:

-Apúntate a un Congreso relacionado con tus estudios al que vaya mucha gente, y haz el mayor número de contactos posible.

Por eso estaba allí. Entre todas aquellas personas de edad madura, la mayor parte, varones, encorbatados y serios, su delicada compostura sobresalía. Se había puesto su mejor falda y una blusa algo escotada. Sin conseguir vencer su timidez, echando miradas de reojo a los demás asistentes, esperaba la oportunidad de presentarse a alguien, y contarle su historia.

Algo así como: «Soy geóloga y busco empleo. Me gustaría algo relacionado con lo que he estudiado. Sobre todo, me encantaría trabajar en un laboratorio».

El conferenciante estaba presentando sus elucubraciones acerca de la repercusión de los ensayos sísmicos sobre algunos animales marinos. No hacía muchos días, habían aparecido decenas de cetáceos desorientados en la costa, y la mayoría, a pesar de los esfuerzos por devolverlos al mar, girándolos hacia la dirección correcta, habían muerto varados en la playa.

La joven leía en los labios del ponente, con avidez, y no cesaba de tomar apuntes. Había sido una alumna aplicada, y conservaba sus costumbres.

-Algunos creen que la desorientación proviene de las explosiones producidas desde barcos especiales que recogen información del subsuelo marino. Estas embarcaciones recorren sistemáticamente una zona elegida, peinándola, y provocan múltiples ondas sonoras a intervalos regulares. Como pequeños seísmos. Estas emisiones sónicas rebotan en el fondo del mar, y son recogidas e interpretadas por sensores adecuados y un programa de ordenador que reconstruye la orografía de esa parte del océano -explicaba el técnico, y su vocalización era, por fortuna, muy clara.

-Saber cómo afectan estas ondas a los animales que encuentren a su paso, será siempre una especulación, porque no es posible entrar en comunicación con ellos. Puede que algunos, en especial, los que pertenecen a las categorías superiores, más sensibles, capten también estas señales o resulten aturdidos por el ruido, y se desorienten, malinterpretándolas -continuaba.

Después, se volvió de espaldas, sin dejar de hablar, y dibujó en la pizarra algo parecido a un cerebro bastante deformado, y lo señaló con varias flechas. La joven, dejó de tomar notas, y mordió el bolígrafo.

-Si se pudiera mantener en cautividad un cachalote o una ballena para probar sobre él el efecto de esas ondas, se habría avanzado bastante. De momento, solo se conoce que a las focas y a los delfines sí parece afectarles, aunque no dejan de comer por ello. Se comportan como lo harían los humanos: pierden oído, se inquietan, en algún caso, tienen comportamientos erráticos…

El presidente de la mesa advirtió al conferenciante que había llegado la hora del café y que, por tanto, la sesión quedaba interrumpida.

Todos se levantaron apresuradamente. La joven geóloga, absorta, aparentemente distraída, había cerrado los ojos para tomar impulso y hacer, por fin, una pregunta. Su pregunta. No se dio cuenta de que la sala había quedado vacía.

Alzó la mano, se levantó seguidamente, sin ver, sin oir (temblaba por la inseguridad), se alisó la falda, nerviosa, y suponiendo que le habrían ya concedido la palabra, con el tono de voz que creyó adecuado (quizá demasiado alto), preguntó:

-¿Y por qué los cachalotes vienen a morir a la costa y no lo hacen en alta mar? ¿Por qué quieren escapar de su medio natural? ¿No estarán suicidándose porque no desean soportar el suplicio al que les estamos sometiendo, como algunos humanos hacen cuando, perdida la razón, se tiran al mar para morir?

Entonces se dio cuenta, por fin, de que estaba sola en la sala. Un sonido cantarín de cucharillas y tazas, entremezclado con voces de conversación y algunas risas, provenía del pasillo.

La joven, sin embargo, no podía oírlas. Era sorda.

Parece que no asistió al resto de las sesiones de la tarde, porque nadie volvió a verla.

FIN

Publicado en: Cuentos y otras creaciones literarias Etiquetado como: angel arias, animales, cetáceos, congreso, cuento de otoño, etología, experimentos, explosiones, geóloga, muerte, prospección geológica, ruido, sismicidad, sordera

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