Al socaire

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Esta situación nos pone a prueba (Soneto)

19 marzo, 2020 By amarias Deja un comentario

Esta situación nos pone a prueba
la solidaridad que presta aliento
a ofrecer cobijo a otros cuando llueva
y a abrir nuestra casa contra el viento.

Como viejo de edad estoy atento
a aplaudir sin reserva a quien se atreva
a dejar habitual comportamiento
y sacar del coleto virtud nueva.

Tendremos ocasiones de  contento,
si este ser humano que en natura lleva
aparentar ser el príncipe del cuento,

ante un grave problema, cuando  eleva
las culpas al gobierno en un momento
no se refugia con miedos en su cueva.

18 marzo 2020

Publicado en: Actualidad, Poesía, Sociedad Etiquetado como: angel manuel arias, coronavirus, crisis, prueba, solidaridad, soneto

No estoy enfermo pero si me toco (Soneto)

18 marzo, 2020 By amarias Deja un comentario

No estoy enfermo pero si me toco
estando, sin propia culpa, prisionero,
temo si contagiarme lo primero
o en caso esto durara, caerme loco.

Corona virus es el pasajero
que generó el pernicioso foco
de pandemia rampante desde enero,
que empieza con tos y con fluir del moco.

Dice el gobierno que lo relevante
para salir indemne de ese foco
es no salir de casa sin un guante

y quisiera creer que me equivoco
si esta crisis no lleva por delante
la economía y el gozo, … como poco.

(18 de marzo de 2020 @angelmanuelarias, Sonetos desde la Crisis)

 

Publicado en: Actualidad, Personal, Poesía Etiquetado como: coronavirus, crisis, sonetos

Arrenofobia vírica

15 marzo, 2020 By amarias 1 comentario

La cadena de contagios por la circulación libre -hasta ahora- del coronavirus 19 en España y el temor derivado a pensar que uno mismo o el prójimo está infectado, ha movilizado específicos comportamientos sociológicos.

Por una parte, se ha suscitado la arrenofobia vírica, expresión que me invento combinando el término que caracteriza en general el miedo irrefrenable a los otros (arrenofobia) con la presencia del microscópico pasajero que lleva ya varios meses campando por la nave cósmica de la que nos creíamos a los mandos de control.

Es una arrenofobia que, como patología psicótica, se dirigió contra cualquier próximo con rasgos orientales, cuando se comunicó a bombo y platillo que el virus había aparecido en Wuhan, una lejana población de la provincia de Hebei, en China, de la que no teníamos ni idea de su existencia.

(Ahora seguimos sin saber mucho de Wuhan pero no desconocemos que esa población alberga once millones de personas. Las medidas adoptadas por el gobierno chino, confinando un área de cerca de 40 millones de habitantes y habiendo desplegado medios sin precedentes, han conseguido, según informa el Gobierno, controlar el brote, dejando en la batalla 3.200 fallecidos y cerca de 81.000 contagiados.)

La atribución por el imaginario mediático del brote a un mercado de Wuhan y a la ingesta de un exótico animal (llamado pangolín), para celebrar » a modo» el comienzo del año chino, desató agresiones a establecimientos orientales -no solo chinos- y a transeúntes, comerciantes o vecinos por el simple hecho de haber nacido en Asia, o parecerlo, o tener los ojos oblicuos. Alarmados por la imparable corriente arrenofóbica, prácticamente todos los comercios -restaurantes, tiendas de todo a un euro y ultramarinos, sastrerías para arreglos, etc.- llevan ya semanas cerrados. En Italia, en España y en varias áreas del mundo, en donde existen China Towns.

La propagación del virus por otros países ha provocado que la arrenofobia vírica se dirigiera después contra los italianos, como culpables de haber sido el primer país europeo afectado por la detección y consecuente crecimiento exponencial de casos de contagio. Poco tiempo pasó y nos ha tocado a los españoles dentro del contexto europeo y, dentro de nuestros nacionales, la arrenofobia se concentró en los madrileños, considerados como apestados, especialmente si eran localizados fuera de Madrid.

Ahora, desatados los ánimos pero conscientes de que todos podemos estar infectados, y ordenados por el Gobierno de nuestro desmembrado Estado a mantenernos en casa durante, al menos quince días y salir de ella solo en caso de necesidad explicable -ir al Hospital, comprar vituallas y periódicos, pasear al perro, ir a la peluquería o a la tintorería, o cargar combustible, como mejor especificadas-, el silencio del pánico recorre nuestras calles.

El reconocimiento de que todo el país está sumergido en el miasma vírico no impide -al contrario- que hayan surgido brotes especiales, apestosos, de arrenofobia vírica, que afectan a supuestos líderes de las regiones vasca y catalana, que creen que les ha sido arrebatada autoridad porque el Gobierno de España, al fin, ha reclamado la unidad de actuaciones en temas sustanciales para toda la ciudadanía. El brote ha saltado fronteras para estimular la estulticia y el egoísmo de un tal Puigdemont, que ha aprovechado para largar una soflama que solo pone de manifiesto su cortedad mental y su insolidaridad, su arrenofobia culpable.

Pertenezco a la población de riesgo (tengo setenta y un años, tengo cáncer metastásico y estoy incluido en un programa experimental que me obliga, entre otras cosas, a ir al Hospital cada veintitantos días) y, para más emoción, estoy fuera de mi lugar de residencia, porque me desplacé a Asturias para cumplir mis compromisos anteriores de dar una conferencia sobre el Cáncer y seguir con la presentación de mi libro de poemas.

Esta situación de vulnerable, me da cierta autoridad para pensar en colectivos que están pasándolo mal y que no tienen la suerte de pertenecer a una clase económica solvente y disponer de una pareja y una familia protectora y, por supuesto, un lugar en donde recluirme por unas semanas, sin que me falta nada, si el virus no trastorna el equilibrio con su aparición indeseable.

Pienso en todos los desarraigados, incluidos los migrantes sin papeles, que ocupaban nuestras calles con seudo-oficios fuera de todo programa: aparcacoches, manteros, limosneros a la salida de iglesias y supermercados, ocupantes nocturnos de bancos de parques, huecos para cajeros de entidades financieras, soportales y ruinas.

Pienso en los ancianos que viven solitarios, tal vez abandonados hace tiempo por hijos, sobrinos o familiares, atenazados ahora por el miedo a salir de casa, o incluso imposibilitados para hacerlo. Pienso en cuidadores de personas inválidas, enfermos graves desviados a casa con tratamientos paliativos, en minusválidos físicos o psíquicos que esperan con inquietud la asistencia.

Pienso, por supuesto, en ese grupo de profesionales ahora intensamente solicitado: médicos de todas las especialidades (especialmente, neumólogos, anestesistas, internistas,…), enfermeras, ayudantes de enfermería, conductores de ambulancia, administrativos de hospitales, celadores, y me uno al aplauso considerado que recibieron ayer desde nuestras casas, y les pido que no decaigan, porque siempre los hemos necesitado, pero ahora parece que nos hemos dado cuenta que son insustituibles.

Pienso en todos aquellos que están comisionados para que la máquina de la actividad, aunque al ralentí, no se pare: distribuidores de mercancías, empleados de supermercados, comercios de ultramarinos y gasolineras, peluquerías, tintorerías, tiendas en donde se venden periódicos y revistas, etc. Y agricultores y ganaderos de la España vaciada y de todas las regiones en donde trabajan y deben seguir trabajando, con mísera rentabilidad, desde el inicio de la cadena alimentaria, y pienso en los que transforman y elaboran los múltiples y variados productos que retiramos de las estanterías sin haber pensado quizá hasta ahora lo que hay detrás.

Pienso en empleados de funerarias, cementerios, incineradoras, …

Pienso en fabricantes de fármacos de todo tipo, mascarillas, guantes, apósitos, intubadores, y cualquier material clínico que será más necesario que nunca en las próximas semanas, Pienso en los que se encargan de abastecer de los servicios básicos (agua, recogida de residuos, operarios de empresas energéticas, encargados del mantenmiento, etc) a cualesquiera poblaciones, grandes y pequeñas; sobre todo en las pequeñas y muy pequeñas…

Pienso en los que temen perder su trabajo, en los que ya lo han perdido, en los que no tienen claro cómo van a llegar a fin de mes…

A algunos, tal vez les baste que les manifestemos nuestro ánimo, nuestro aprecio por saber que están allí, Pero muchos necesitarán medios, proximidad, dedicación, víveres, medicinas, dinero, tiempo…

Y pienso, para aborrecer su postura, en los que acaparan, barriendo en las estanterías de tiendas y supermercados, lo que necesitan, pensando solo en sí mismos. Arrenófobos insolidarios, egoístas víricos, despreciables conciudadanos que solo ven sus narices ávidas por protegerse contra todo lo que no son ellos, sin advertir, en su patología, que nos necesitan más que nunca.

 

Publicado en: Actualidad Etiquetado como: coronavirus, medidas, tiempo

Oportunidad, ¿para quién?

14 marzo, 2020 By amarias Deja un comentario

Se nos ha dicho repetidas veces que, para los chinos, según la interpretación del grafismo con la que se expresa, crisis es sinónimo de oportunidad. No se mucho de este complejo lenguaje cuya expresión escrita es aún más compleja que la oral, pero  he podido comprender que para los chinos, como  para todo ser vivo inteligente, en la realidad como en su escritura, crisis significa lo que debemos suponer: situación anómala, con circunstancias y riesgos que obligan a tomar decisiones excepcionales y que, todo a su escala, pone a prueba las eficiencias y virtudes de liderazgo de quienes deben sacar del atolladero a otros y, a nivel general,  la preparación, capacidad y resistencia de quienes tienen que soportarla hasta que se consiga su superación.

La pandemia del Covi-19 (es inevitable recordarse de aquel muñeco simpático creado por Mariscal como mascota a los Juegos Olímpicos de Barcelona de 1992, el Cobi) está poniendo a prueba lo más sustancial de nuestras reglas de colaboración y resistencia ante la adversidad. A nivel global y, sobre todo, en las etapas intermedias hasta llegar a considerar los efectos específicos en el nivel familiar e individual.

Los misterios que envuelve la forma de propagación y contagio del coronavirus 2019, han generado una nueva realidad que nos ha cogido desprevenidos. Estábamos admitiendo que deberíamos prepararnos para un aumento de la temperatura media de la Tierra, y los responsables de los países más contaminantes en la emisión de gases con el llamado efecto invernadero, se venían poniendo de perfil, alegando incredulidad, necesidad de crear empleo y riqueza o ser capaces de adoptar otras medidas más eficaces que las propuestas a nivel colectivo.

Habíamos soportado, durante años, el aumento de la desgracia ajena, llámense guerras tribales, movimientos de ocupación o xenofobia; teníamos experiencia en volver la cabeza hacia otro lado cuando miles de desgraciados se ahogaban cada año en su intento desesperado de huir de la hambruna y la falta de futuro para arañar algunos restos de nuestro estado de bienestar, cada vez más decadente.

En fin, como representantes y autodenominados herederos del depósito cultural, liberal y ético de la Humanidad, los europeos habíamos creído ser capaces de enseñar al resto del mundo lo que era necesario hacer para construir un mundo globalizado y solidario.

Pues el coronavirus nos ha puesto patas arriba la escala de preferencias y dificultades. Seguro que la crisis sanitaria durará solamente un par de semanas, máximo algunos meses. Claro que la superaremos (o la superarán): después de todo, las medidas a adoptar no son tan difíciles: dejar pasar el tiempo, mientras permanecemos en casa, lavándonos a menudo las manos y el rostro y deseando que los síntomas del enano infiltrado no nos afecten.

Pero la crisis grande, esa que afecta a economía, reparto laboral, distribución de oportunidades y riqueza, mejor explotación de recursos naturales, óptimo aprovechamiento de los recursos intelectuales, etc. esa crisis se quedará mucho más tiempo con nosotros.

Y sigo sin estar confiado en que podamos superarla con solvencia, sin que nos deje heridas aún más profundas y graves que las que nos acompañan como signo de identidad desgraciada del hombre y su mundo. Que estas semanas de forzosa meditación hagan resurgir la llama de la solidaridad, y el verdadero valor de la existencia compartida.


Ilustro este Comentario con otro de los dibujos que figuran en mi libro de Sonetos desde el Hospital, titulado: «Salida de un vagón de metro».

Publicado en: Actualidad, Economía, Sanidad Etiquetado como: beneficios, coronavirus, crisis, economía, globalización, solidaridad, superación, viajeros

Magma en ebullición

13 marzo, 2020 By amarias Deja un comentario

Como el resto de europeos afectados por la pejiguera del coronavirus, estoy alarmado. El 12 de marzo de 2020 (ayer) pasé el día escuchando noticias versando sobre este diminuto pasajero de nuestra nave cósmica, leí varios periódicos, me sumergí en múltiples cifras, comparaciones y proyecciones temporales de indocumentados, consejos y arrebatos verbales desde varias esquinas de la web global y el resultado final es que me intoxiqué.

Tengo una intoxicación media, que no necesita tratamiento por ahora, pero que puede acabar necesitándolo si continúa la escalada de despropósitos, enmiendas y recomendaciones de primero de parvulario inmunológico. Por eso, desde el mismo principio de este Comentario, aclaro que no voy a escribir sobre pandemia, sino sobre filosofía. Sobre filosofía vital, sobre ética, al fin y al cabo.

Si alguien prefiere estar conectado a la red verdaderamente viral, seguir atendiendo con creciente espanto a las cifras que ilustran con desmedido plácet el aumento de infectados, fallecidos, las previsiones de atascos hospitalarios, las premoniciones de subid al Armageddon, y quiere compartir las angustias de pacientes e impacientes, remojarse en rencillas entre partidos políticos exacerbadas por la tóxica oportunidad de criticar al que está en el gobierno, como cabría suponer, desbordado por las circunstancias imprevistas, adelante.

Le sugiero que busque otro lugar donde excitar su nerviosismo, replicar su miedo, aumentar su intranquilidad a base de profundizar en la ignorancia colectiva de cómo vérselas con un alienígena del que aún no conocemos su identidad, aunque le hayamos puesto nombre y que no sabemos aún cómo tratar, aunque haya miles de prestigiosos centros de investigación farmacológica, inmunológica y epidemiológica, quemándose las pestañas en una carrera loca contra el mal.

La filosofía que estoy inyectándome es la del estoicismo, y reconozco que he tomado las dosis básicas de un libro magnífico que, si no estuvieran cerradas las bibliotecas, aconsejaría aplicar de inmediato a los cerebros más calentados por la intoxicación: «Cómo ser un estoico» (Editorial Ariel) , del que es autor Massimo Pigliucci. Este filósofo italiano explica, en un lenguaje lleno de sentido común e inteligencia práctica, las consecuencias de sus hipotéticas conversaciones con Epicteto, uno de los maestros de estoicismo.

Utilicemos con inteligencia y prodigalidad lo que tenemos ahora, sin preocuparnos por el pasado y, sobre todo, sin que nuestros temores del ahora nos impidan razonar para lograr un futuro mejor, más solidario y eficiente. Y, si a pesar de nuestros mejores esfuerzos, no consiguiéramos nuestro propósito, no nos atormentemos: al fin y al cabo, somos solamente un corpúsculo insignificante en un inmenso magma de materia y energía del que seguimos ignorando casi todo.

Van dos muestras de la sabiduría de Epicteto pasada por la exprimidora jugosa de Pigliucci: «Deberíamos pasar por la vida igual que los generales romanos durante la celebración oficial de los triunfos en la Ciudad Eterna: co alguien que susurra continuamente en nuestro oído «Memento, homo» (Recuerda, hombre) » (pág. 198). «(…) debemos plantear como objetivo algo que esté realmente en nuestro poder y que ni siquiera el destino nos pueda robar: jugar el mejor partido que podamos, sin importar el resultado, o recuperar el mejor dossier de promoción posible antes de que se tome la decisión» (pág, 202)». A esa última actitud filosófica la denomina Epicteto-Pigliucci: «Cláusula de reserva».

Mi cláusula de reserva personal ante esta situación magmática, en la que todo parece apuntar a la responsabilidad hacia el pobre chino que se comió el pangolín (figura metafórica donde las halla), miremos al dedo de nuestra propia incapacidad para entendernos sin odios, ser solidarios sin mentiras, apoyar a tiempo la creación científica y técnica y reconocer que la globalización no supone beneficiar más a unos pocos para exprimir mejor a los que tienen menos (o mucho menos) , ni favorecer la implantación de individualismos miserables como defensa mezquina de nuestra pretendida superioridad.

—

(¡Ah! El dibujo corresponde a una de las láminas que incorporé a mi libro Sonetos desde el Hospital. El repartidor de cristales, es su título.

Como se han suprimido las presentaciones de Madrid y Avilés, para las que había reservado algunos ejemplares, si alguien desea adquirirlos, puedo enviárselos si se utiliza la conexión segura que incorporé a varios de mis Comentarios en este blog. Si estás interesado, no dudo que la encuentras buceando en mis pasadas entradas. Tenemos tiempo, …)

 

Publicado en: Actualidad Etiquetado como: coronavirus, desorden, estoicismo, estoico, filosofía, gobierno, magma, Massimo Pigliucci, pangolín

Terapias contra virus

11 marzo, 2020 By amarias Deja un comentario

Bueno, pues ya la tenemos aquí. Me refiero a la discusión acerca de si las medidas adoptadas por el Gobierno central y por las Comunidades más afectadas (por ahora) en España han sido tardías, y si resultan timoratas, correctas o, sencillamente, imitación de otras cuyos efectos reales aún son desconocidos.

Como tengo el gimnasio cerrado, me dirigí a buen paso hacia la Biblioteca Municipal en donde me tocaba devolver varios libros y películas, y me la encontré cerrada, con un cartelito en la puerta en la que se me anuncia que la situación se mantendrá hasta el 26 de marzo. Vaya, había creído que si las instrucciones oficiales son las de estar confinados en casa durante, al menos, dos semanas, se nos facilitaría la impaciente espera con la evasión que proporciona la lectura.

Tenía que pedir cita en el Instituto de la Seguridad Social -para saber, de una vez, cómo puedo variar mi situación de jubilado activo-, pero la web de esta sacrosanta institución sigue colapsada, y no proporciona citas. Deseando aprovechar mejor la mañana, antes de encerrarme en mi despacho, me encaminé -porque se trata de evitar el transporte público, según recomiendan los expertos sanitarios- hasta la oficina de Correos, en donde entregué algunos ejemplares de mi libro Sonetos desde el Hospital. La funcionaria, que manejaba los paquetes y dineros sin protección, se me quejó dulcemente (es una mujer encantadora) de que no se les había suministrado mascarillas ni guantes, y que, además, el número de usuarios había crecido ostensiblemente.

En Mercadona y en el comercio de cercanías en donde me introduje, por curiosidad, para conocer de primera mano el ambiente, constaté que no había colas. También que faltaban algunos productos en las estanterías (no muchos, debo reconocer). Mi amigo el pescadero me informó de que ayer la gente arrasó llevándose todo tipo de vituallas, y que las colas que se formaron eran tales que algunos clientes, nerviosos por la espera, había abandonado sus carritos de la compra repletos, y salido sin comprar. En las zonas de frutería y legumbres, algunas personas seguían cerciorándose, sin guantes, de la madurez y estado de hortalizas y manzanas.

No había papel higiénico, por el momento. Una señora me explicó que la «mieditis había generado colitis».

En fin: anulada mi Conferencia en el Instituto de Ingeniería de España, y reducida mi actividad exterior (reuniones y Consejos, anulados), tengo más tiempo libre. Me dedicaré a completar mi libro «Cómo convivir con un cáncer: Instrucciones de uso», con nuevas ideas.

Pero como quiero aportar algo de claridad respecto a cómo entendérselas con el coronavirus, por si sirve de algo, recojo algunos datos: Si el lector quiere enterarse de cómo progresa esta endemia, puede dirigirse a esta web, que proporciona datos actualizados: https://thewuhanvirus.com/119209

A la hora de escribir este Comentario (14h 31 del día 11de marzo), el número de infectados en todo el mundo era de 121.249 con 4.378 fallecidos y 66.908 recuperados, en un total de 119 países. Los países con mayor virulencia de afectación, son Italia, con 10.149 pacientes con virus (y un incremento diario de 10,7%), irán, con 9.000 pacientes y España, con 2.067 infectados, de los que 421 lo han sido en el día de ayer (lo que supone un incremento del 25,6%).

En los gráficos de evolución, China parece haber contenido la propagación, pues la curva de incremento de casos permanece horizontal, en tanto que en el resto de países (incluído España), la curva tiene un aspecto rampante, exponencial.

Las medidas preventivas que, por el momento, se están aconsejando (y, en algún caso, ordenando), son: evitar las aglomeraciones, los transportes públicos, en caso de dudas respecto a los síntomas, no acudir a urgencias sino llamar a un teléfono -que ayer estaba colapsado, por exceso de llamadas entrantes-, y -o más importante. lavarse las manos con frecuencia. También, en lo posible, acudir al teletrabajo y no dedicarse a comprar vituallas ni medicamentos, porque el Gobierno garantiza que no se producirán fallos en la cadena de suministro, y, por otra parte, la toma de medicamentos no sirve contra los virus y puede debilitar el organismo.

En la farmacia a donde acudí, no había mascarillas «porque la gente había arrasado con ellas».

Espero. La buena noticia es que, en la evolución del virus a escala mundial, se observa que se está separando la curva de evolución y peligrosidad, claramente, del SAR, al que se parecía tanto. En China, después de todo, han muerto 3.200 personas (cito de memoria), lo que es una cifra desproporcionadamente baja respecto a los infectados y, sobre todo, si se relaciona con las tremendas medidas de aislamiento, con su brutal repercusión económica, que se han tomado en ese país-continente.

Sigo sin poder contestar a algunos preguntas clave: ¿Cómo se propaga, en verdad, el coronavirus? ¿Por qué no estamos todos infectados, si el período de incubación es de quince días, y dado que no se adoptaron medidas con anterioridad? ¿Cuál es, sin rodeos, la verdadera población de riesgo? ¿Los ancianos? ¿Los que tienen patologías previas? Y, en fin: De verdad, los microbiólogos y virólogos creen que con solo lavarse las manos de vez en cuando se está combatiendo a un «virus letal»?

Alguien nos está tomando el pelo.

Publicado en: Actualidad, Política, Sanidad Etiquetado como: cifras, coronavirus, españa, evolución, mortandad

¡A techado!

10 marzo, 2020 By amarias Deja un comentario

La sociedad española ha entrado en un bucle de desasosiego, intranquilidad e intoxicación informativa, que es sinónimo de desconfianza. Los supermercados se enfrentan a colas de gentes que acaparan productos con la intención vana de protegerse ante un eventual desabastecimiento. Se anulan convocatorias de conferencias, reuniones, congresos y exposiciones.

Desde mañana, miércoles, día 11 de marzo de 2020, los colegios, Universidades, guarderías y centros públicos de las Comunidades de Madrid y del País Vasco, cerrarán sus puertas. Será un sálvese quien pueda, puesto que a pesar de las llamadas a la calma, la repetición como en un disco rayado de que todo está bajo control y de que los estudiantes no perderán sus clases discentes, los docentes deberán acudir a los lugares de escolarización y las empresas facilitarán medios para que se pueda trabajar desde casa, sabemos bien que esa situación apacible no se producirá.

Habremos avanzado un poco más hacia el caos, porque los niños sin clase se irán a jugar a jardines y parques infantiles, los universitarios de asueto organizarán reuniones privadas de relajación y divertimento, y los profesores liberados se irán a sus segundas residencias o al pueblo de los papás.

Me gustaría decir que estoy tranquilo, que puedo contribuir modestamente a saber qué es lo que nos pasa. No sé, no puedo, ignoro razones y alcance de medidas. Me importan poco las estadísticas y creo que las cifras que se están difundiendo hasta la exasperación confirman que los casos detectados por el coronavirus -la enfermedad de este siglo, la plaga del Génesis actualizada, el mal selectivo de Gedeón y sus ejércitos- tienen un alto índice de mortalidad. Mi instinto de investigador ante una enfermedad que, hasta ahora, se ha propagado sin medidas de contención y que tiene un período de incubación (dicen) de más o menos dos semanas, es que el número de infectados debería ser, ya, mucho más alto.

Pero me voy a detener en intuir las razones por las que se está apoyando la creación del pánico. ¿A quién beneficia? ¿A quién perjudica? ¿Estamos en una situación de riesgo global y las acciones que se están presentando como necesarias, tienen la posibilidad de ser eficaces?

Acabo de escuchar por la Sexta (la TV que difunde pensamientos de la izquierda ácrata, republicana y revolucionaria, en el mejor estilo de los años setenta del pasado siglo, dicho sea escrito de paso), a un investigador de algún lugar de Cataluña, revestido con la autoridad de su bata blanca, anunciar que se nos avecinan tiempos peores y que él (y otros) ya venían avisando de que el gobierno debería haber tomado medias mucho antes.

Me pongo a techado mientras llueven chuzos de punta. En el gimnasio, hoy éramos tres. Mi conferencia de mañana, once de marzo, en el Instituto de Ingeniería de España, sobre «El cáncer, instrucciones de uso» ha sido anulada (reconozco que me preguntaron si quería mantenerla, pero no me vi con fuerzas para enviar al patíbulo del contagio viral a mi familia, amigos y simpatizantes). Fui a dar un paseo a media mañana por el Retiro y estaba lleno como un día de fiesta, con gentes de todo tipo que manejaban al azar los términos de: coronavirus, riesgo, mascarillas, farmacia, comida y qué se puede hacer.

Por cierto: si alguien ha llegado hasta aquí en la lectura y quiere que le envíe las notas que tengo preparadas para la Conferencia, e incluso, del libro «Convivir con un cáncer», cuya redacción está en proceso de revisión pero del que agradezco sugerencias de mejora y comentarios, estoy a la orden.

Publicado en: Actualidad, Sanidad Etiquetado como: alarma, coronavirus, efectos, españa, Madrid, medidas

Ridículo cósmico (I)

2 marzo, 2020 By amarias Deja un comentario

No se puede pretender ponerle puertas al campo del coronavirus, ni al calentamiento climático (llámese contaminación atmosférica o efecto manta zamorana). Tampoco sirven los muros que intentan disuadir a los acuciados por el hambre y animados por las perspectivas de mejora para que se queden donde están y mueran o dejen pudrirse sus aspiraciones lejos de nosotros, los europeos que defendemos ostentosamente los valores, la cultura democrática y el respeto a la libertad y a las creencias o los norteamericanos que no hace falta que hagan ostentación de nada, porque se siguen creyendo situados en el ombligo del mundo, ignorantes de que el mundo no tiene ombligo, sino esfínteres.

No, tampoco se pueden poner trabas al crecimiento armamentístico, que garantiza con solvencia que varios países con voluntad hegemónica dispongan de conocimientos técnicos y suficiente material acumulado para generar una hecatombe.

No tengo dudas de que existe capacidad suficiente científica e investigadora, para eliminar la amenaza del corona virus en un pis pas, resolver la mayor parte de los problemas oncológicos que afectan a una buena parte de la humanidad doliente. Por supuesto, que tengo datos -como muchos otros interesados en el tema- que demuestran que existe capacidad de generación de alimentos en el planeta para que ningún ser humano muera de inanición. Obviamente, me parece bochornoso que existan varias multinacionales con mayor poder de inversión y generación de recursos propios que la inmensa mayoría de los países del planeta.

Claro que no soporto con tranquilidad que un 80 por ciento de la riqueza  se concentre en el 1,5% de seres humanos privilegiados por la rueda de la fortuna, que lleva los números marcados desde que el mundo es mundo.

Y, por supuesto, me inquieta la composición variopinta de personajes extraídos (parece) de un casting para Salvados (Telecinco), y que, sin embargo, conforma el Gobierno de este país, ahora mismo; me preocupan las declaraciones de arribistas a la máxima representación política que dicen desear una «república multinacional» (sic), en el más puro espíritu anarquista.

Y, si, me descorazona -y no veo en el horizonte soluciones tranquilizadoras- que toleremos como si se tratara de una apuesta tabernaria, sin que se nos mueva una pestaña, que una colección vocinglera de incalificables enfermos de insolidaridad insulte al resto de España, defienda como solución a su sarnosa cerrazón mental el separarse del resto de españoles y, ya puesto en la enumeración de descalabros, no entiendo qué placer pueden sentir quienes dicen estar en la oposición, demostrándonos continuamente que carecen de conocimientos, coordinación, planteamientos coherentes y ganas sinceras de constituirse como alternativa y no en figurones de una sesión de magia potagia.

(continuará)

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Publicado en: Actualidad Etiquetado como: consecuencias, coronavirus, crisis, recesión

Cambio de ciclo

29 febrero, 2020 By amarias Deja un comentario

El mundo parece tener todas las papeletas para un cambio de ciclo y España ha comprado varias series para el sorteo de los premios de desconsolación.

Desde luego, la sociedad temerosa, inculta e insolidaria, ha ocupado en las últimas décadas -con crecimiento exponencial en las fechas más recientes- los lugares de mayor visibilidad. Está ayudando. y mucho, una forma de entender el periodismo -el cliente manda- que da total prioridad al escándalo y a los titulares, consciente de que la prensa escrita no se lee más que de forma transversal, y de que internet y el boca oreja ha ocupado, plagado de emoticonos y chascarrillos, incluso zafios, la parte sustancial de los cerebros.

Tenemos un montón de «crisis» ocupando los espacios de reflexión: el coronavirus y sus efectos letales, las guerras de toma de contacto como preparación para una confrontación mayor, las migraciones impulsadas por el hambre, el fracaso en la contención del deterioro ambiental y del llamado cambio climático (vamos, el calentamiento en unos cuantos grados de ciertas zonas de la Tierra)… A escala local, contribuimos en España a la degradación intelectual y social con un separatismo de salón, propio de la edad de piedra de la Historia de los pueblos, dirigido con mano de mantequilla por dos gobiernos dispares: el equipo de coalición, contento de haberse conocido, con representantes de los restos del otrora respetable Partido Socialista Obrero de España y de los defensores populistas del marxismo leninismo. pasado por la Universidad de los despropósitos.

No tenemos remedio, porque carecemos de diques de contención, es decir, de autoridad, de carisma. En un programa de la cadena de TVE la Sexta (desde hace tiempo, fiel defensora de los intereses del descalabro), el 28 de febrero de 2020, dedicado a Vladimir Putin, presidente de Rusia, el embajador en España de este Estado con pretensiones de volver a ocupar un lugar relevante en la generación de tensiones internacionales, Yuri Korchagin, respondiendo a una pregunta sobre por qué Rusia era uno de los países embarcados en la aventura de dotarse de más y mejor material bélico para sostener la paz (cumpliendo con el contraaforismo de si quieres la guerra, prepárate en tiempo de paz), no pudo contener una risa convulsiva:

«No puede haber una guerra mundial porque lo pasaríamos todos muy mal» (aunque pongo comillas, no recuerdo la frase exacta, solo el sentido y la imagen de su risa nerviosa)

Aplico la frase, con el argumento de autoridad, por otra parte, de una persona de la que aprecio su nivel cultural y su inteligencia, a todas las crisis presentes y las que se nos avecinarán. Imaginarias o no, latentes o expresas, lo vamos a pasar muy mal, porque solo atendemos a dar gritos en los foros y calles, anunciando, como el profeta Jeremías, los descalabros, sin conseguir centrarnos en los remedios y soluciones, o en poner el énfasis en la seriedad y la  calma.

—

La fotografía, tomada de noche en el río Tajo, a su paso por Toledo, en octubre pasado, representa un martinete que acaba de coger un pez. Como es sabido, esta ardeido es capaz de permanecer horas en su avistadero, inmóvil, hasta que encuentra que una futura presa se pone a su alcance. Cuando eso sucede, se lanza con ímpetu sobre ella, y con la fuerza de su envergadura alar  y bien agarrada por el pico, la conduce a una rama de un árbol -quizá el mismo donde estaba antes ojo avizor- y la devora tranquilamente.

Publicado en: Actualidad Etiquetado como: cambio climático, Cataluña, ciclo, coronavirus, Putin, Rusia, Yuri Korchagin

Miedo endémico

1 febrero, 2020 By amarias Deja un comentario

La Organización Mundial de la Salud ha declarado, para finalizar el mes de enero de 2020 que el brote de coronavirus que comenzó en una ciudad llamada Wuhan, en los inmensos territorios de la República China, tiene las características precisas para definir una emergencia internacional.

No han servido, pues, las puertas al campo que el gobierno chino había decidido instalar en la población en donde se descubrieron los primeros afectados por este mutante. Causó asombro el aislamiento de una ciudad de once millones de habitantes, en donde se bloquearon todas las entradas y salidas no controladas por personal sanitario. Cuando se amplió el cerco a cuarenta millones de personas, las frases de admiración y elogio a la disciplina que solo puede concebirse en el contexto de la devoción confuciana, redoblaron su intensidad.

Pues ahora el cerco puede decirse que abarca a los 4.700 millones de habitantes del planeta, amenazados todos de ser contagiados. Pero no hay por qué alarmarse. En la isla canaria de La Gomera apareció el primer afectado, un ciudadano alemán que había estado en contacto con portadores del virus; tenemos en cuarentena (en realidad, por quince días), en el Hospital Gómez Ulla a una veintena de repatriados huídos de Wuhan. Todo está bajo control, porque aunque no se conoce la forma de combatir este coronavirus, su malignidad es limitada.

Tenemos, en realidad, dos opciones: o pensar que, al igual que sucedió con la gripe aviar, la crisis de las vacas locas y otras alarmas internacionales de los tiempos recientes, todo quedará en una alarma menor, con algunos centenares de fallecidos (casi siempre con complicaciones de otras enfermedades crónicas o anteriores) y la vuelta a la tranquilidad y al olvido.

La otra opción sería pensar, de forma pesimista, que no estamos preparados. No lo estaríamos para convencer a los habitantes y turistas de una ciudad como Madrid, París, Berlín o Roma (por ejemplo) que no pueden salir de ellas, ni siquiera aventurarse por mucho tiempo fuera de sus casas u hoteles, hasta que el brote haya sido controlado. No lo estaríamos para construir Hospitales con capacidad para más de mil afectados en solo diez días. Si así fuera, solo resistirían el ataque de la virulencia los más sanos, los más fuertes y, en especial, los jóvenes.

No tengo la menor idea de cómo avanzará esta crisis del coronavirus, pero algo me hace suponer que, como otras anteriores que crearon alarma social desmesurada y movilizaron grandes recursos, se acabará disolviendo como un azucarillo en el café de la mañana. Influirán, claro, para su destierro, los trabajos de investigación de brillantes centros en todo el mundo (incluido nuestro país), que descubrirán, en un par de meses, las vacunas benéficas que, por suerte, no serán necesarias y se almacenarán, hasta que caduque su eficacia, en los almacenes de los Ministerios de Sanidad.

Miedo, miedo endémico es lo que tiene nuestra sociedad enferma. Y para curarnos de ese mal no tenemos vacunas.


Esa alondra común que se desgañita sobre unos conductos en la meseta castellana pretende advertir a los rivales de que el territorio donde tiene su nidada le pertenece. Lamentablemente, es también una señal aparatosa para sus depredadores

 

Publicado en: Actualidad, Sanidad Etiquetado como: coronavirus, emergencia internacional, La Gomera, miedo endémico, vacunas, Wuhan

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