Una larva de efímera, otra de anfibio anuro y una cría de piscardo se encontraron habitando una charca y, por esas raras circunstancias de sus vidas, se hicieron muy amigos.
Sus dispares naturalezas no impidieron que se cayeran recíprocamente simpáticos. La efímera y el renacuajo habían profundizado en sus analogías mientras disfrutaban rebuscando diatomeas y otras algas cuasimicroscópicas en el barrillo que se levantaba en la charca debido a la brisa de la mañana. El alevín y la efímera pasaban largas horas tratando de recordar sus atávicos instintos, elucubrando si sus querencias compartidas eran fruto de su pasado común o de un futuro previsible. El anfibio y el piscardo se regodeaban ante la perspectiva de disfrutar, algún día, de una mejor y más compleja naturaleza, cuyo concreto alcance ignoraban.
Los tres jóvenes, que estaban llegando a la edad madura, soñaban con recorrer el mundo. Las lluvias de primavera habían engordado la charca y la pródiga existencia de alimentos hacía que sus cuerpos rebosaran de vitalidad y energía. Tan felices se hallaban que decidieron, al unísono, explorar al máximo sus posibilidades, reuniéndose bajo una lasca, al abrigo de miradas indiscretas.
-Propongo -dijo el piscardo- que, utilizando cada uno las capacidades propias de nuestra naturaleza, recorramos el mundo a nuestro alcance. Yo me adentraré por el río que conecta con esta charca, recogiendo toda la información sobre lo que halle a mi paso. Dentro de un par de semanas, volveré a este mismo lugar, que encontraré guiándome por mi línea lateral, para contaros lo que sea menester.
-Magnífica idea -corroboró el anuro, que ya sentía crecidas las patas que le permitirían dar saltos por las húmedas praderas-. Yo, por mi parte, avanzaré por los campos y me atiborraré de documentación sobre lo que sucede más allá de las aguas turbias.
-No menos aplauso merece para mí la propuesta -aseveró la efímera, que estaba a punto de perder su caparazón y buscaba ya una caña de ribazo en donde desplegar sus alas-. En dos semanas volveremos a encontrarnos aquí, y yo aportaré lo que deduzca del aire que estoy dispuesta a surcar con mis delicados apéndices.
Para sellar el pacto, entrechocaron su mandíbula masticadora, las flexibles aletas caudales y la viscosa lengua desplegada, y se fueron, cada uno por su lado.
No volvieron a encontrarse jamás, aunque el sapo partero cumplió su palabra.
FIN
