Al socaire

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Cuento de invierno: El especialista en entuertos

30 enero, 2014 By amarias2013 Deja un comentario

Jorgesindo Hortihuela era un joven despierto, de natural dicharachero y cuyo carácter jovial y, más especialmente, su disposición para pagar las consumiciones de los parroquianos en los bares, le hacía muy querido en toda la comarca.

A decir verdad, Jorgesindo no había conseguido superar el Bachillerato elemental, aunque todos quienes le conocían, -admirados por su florida labia y el dosificado empleo de términos jurídicos, que aderezaba con impertinentes latinajos-, le atribuían estudios de Derecho. Incluso había quien comentaba que sus versátiles conocimientos estaban afianzados por la concienzuda preparación de oposiciones a judicatura, que el susodicho había tenido que abandonar, dolorosamente, al acaecer el fallecimiento de una tía suya que, con su pensión, se los venía sufragando.

En cualquier caso, tanto entre los que estaban seguros como entre quienes se permitieran abrigar la menor duda acerca de si había terminado o no la carrera, le sobraban a Jorgesindo encargos para acometer, ejecutar y conducir a buen término, las delicadas gestiones que, por culpa del complejo entramado administrativo y jurídico que arrastra la vida moderna, sus paisanos se veían ocasionalmente impelidos a desarrollar en la capital.

Como muchos otros que emplean su natural lucidez en iluminar espacios sombríos de sus semejantes, se aprovechaba Jorgesindo de la creencia generalizada de que la Administración Pública es inabarcablemente compleja, esféricamente incompetente y desmesuradamente cara para quienes se aventuran en sus recovecos. Por tanto, el infeliz que acudiera a esa cueva laberíntica, sin la asesoría de un experto capaz de guiarlo por sus intrincados vericuetos, perdería su tiempo y muchos dineros, volviendo a su casa sin haber resuelto lo que le llevó a entrometerse en ella.

Y aunque se discrepe personalmente -lo que no contradigo, porque no deseo ahora polemizar sobre ese punto- en que la Administración Pública esté cerca o lejos de ser sencilla, competente y gratuita, admítaseme de que son muchos, en especial los que viven alejados de los citadinos ruidos y pesares, los que cuando reciben un papel timbrado, un certificado o una citación ante una autoridad de cualquier pelaje, se azoran, inquietan y apesadumbran, sin saber qué hacer.

Lo que no está en contradicción, por cierto, con que, cuando el vecino, un familiar o alguien ajeno les pretende arrebatar el menor trozo de tierra o la sombra de un alero, se empecinarán en llevar el caso a los Tribunales y estarán dispuestos a gastarse en el pleito cien veces lo que valdría la minucia.

Jorgesindo había consolidado la fama de hacer creer que sabía perfectamente a qué puerta tocar y a qué fulano convencer, de todos los despachos de la Corte. Fuera de su Eminencia el Arzobispo de la Diócesis, Gobernador Civil o Militar, magistrado del Supremo o Juez de la más infima instancia, todos los pasillos y cualquiera de las autoridades los tenía andados, medidos y sabidos.

Ya fueran temas laborales o civiles, el sagaz muchacho se jactaba de solucionar todas las cuestiones, porque, allí donde no pudiera llegar él con pies y manos, por razones que se podían imaginar pero que no confesaría -decía- ni en su lecho mortal, sabía quién era el experto y cuál su gracia.

Todos los que habían tenido algún problema se hacían lenguas de la habilidad de Jorgesindo para ir al meollo del asunto, de su perspicacia para seguir el tema, sin perderle la cara al embrollo, informando puntualmente del estado de la cosa aunque, como es natural, pocas se resolvían con presteza.

-A mí me está resolviendo el tema de cobrar la pensión de jubilación –reconocía Melandra Estiperdida-. Hace un año que cumplí la edad, y tengo cotizados diez años como empleada de hogar a tiempo parcial. Cuando me den la pensión, además de los mil euros que le llevo dados, tengo que entregarle los seis primeros meses por adelantado.

No era la única en estar agradecida.

-¡Qué puedo decir yo!. Jorgesindo me está tramitando el cobro de la invalidez de los últimos dos años, en los Juzgados, y llevamos ya tres juicios, porque los médicos de la Seguridad Social hicieron mal los informes, pero me dice que el tema está a punto de resolverse.

Los quinientos euros que Petronilo Gómez había entregado al muchacho gestor, los daba por bien empleados.

-En mi caso, Gracias a un abogado que me recomendó Jorgesindo, estamos en camino de resolver la herencia de mis suegros, que estaba muy envenenada. Mandó una carta a mis cuñadas que les metió el miedo en el cuerpo –exponía Roque Credulancio, mientras apuraba un vaso de vino en Casa Cartonero.

A veces, la cuestión era aún más compleja, dadas las teclas que había que tocar.

-Me consiguió, hablando con el Cardenal de la catedral, que no vendieran la sepultura de mi padre, que estaba caducada.

Todos quienes habían confiado en Jorgesindo habían vivido historias, en el fondo, parecidas, claramente demostrativas de las dificultades que el hábil gestor había tenido que resolver:

-Me llevó al Juzgado, y en el juicio, firmé unos papeles. Un ayudante del juez me pidió trescientos euros y me perdonaron no sé qué impuestos atrasados.

-Algo así nos pasó a nosotros. Ahora estamos pendientes del tercer juicio que es ya, por lo que me dice Jorgesindo, el definitivo. Si ganamos tenemos que darle otros mil euros por el papeleo, y arreglado -confesaba Melandra Pelardilla en el colmado.

-Aunque no vi al cardenal, Jorgesindo fue directo a la Catedral y habló con uno de los sacerdotes que están con él y lo resolvió por quinientos euros en un momento.

Y así siguiendo, hasta la saciedad del que quiera escuchar la relación de los casos resueltos y, sobre todo, en vías de serlo.

Sucedió que un día apareció por la comarca el nieto de uno de esos campesinos, que había estado fuera varios años y se enteró de lo que Jorgesindo había resuelto para los suyos. Montó en cólera al descubrir, tan a las claras para él, el tejemaneje que el tal experto había urdido con la ignorancia y credulidad de aquellas gentes, y, yendo casa por casa de los que consideraba afectados, les explicó cómo veía el las cosas.

-No hay cardenales en esa Catedral y, en todo caso, las sepulturas lo son a perpetuidad o, al menos, por noventa y nueve años -dijo a unos.

-Los juicios civiles necesitan de procurador y abogado y el juez no sale a los pasillos para recibir dineros -explicaba a otros.

-El cálculo de la pensión es inmediato y gratuito, y, si hay derecho, se empieza a cobrar desde que se cumplen las condiciones -argumentaba aquí o allá.

Consumió en las aclaraciones todo el tiempo que tenía de sus cortas vacaciones, resolvió dudas, leyó cientos de papeles, comprobando, en la mayor parte de los casos, que eran ociosos, inútiles, falsarios.

Cuando se despidió de todos, creyó que había desenmarañado las madejas. Estaba contento de haber resultado útil, sacando a aquellos campesinos ingenuos de los atolladeros. Por su suerte, no pudo escuchar lo que, ya ido, comentaron los afectados en la cantina.

-¿Vamos a hacer algo? -preguntó Pazcuato López, el abuelo del tipo de la ciudad.-¿Qué se opina?

-Dejemos las cosas como están. Jorgesindo nos ha sido útil hasta ahora. No tenemos problemas con él. Y tu nieto parece buen chaval, pero, la verdad, aquí ha venido como engorrinador. A tocarnos las pelotas, vamos.

Todos estuvieron de acuerdo en no hacer nada. Siguieron en la cuerda de Jorgesindo, el especialista en resolver entuertos, complacidos.

FIN

Publicado en: Cuentos y otras creaciones literarias Etiquetado como: cuento, cuento de invierno, derechos, engaño, entuerto, experto, fraude, gestor, intermediario, lucidez, seguridad social

Cuento de invierno: La odisea del general poeta

22 enero, 2014 By amarias2013 Deja un comentario

Un buen militar debe estar preparado para morir por su Patria, defendiendo los ideales, cuando el enemigo los ataca.

Ese principio, diríamos que sagrado, se hace especialmente presente en el campo de batalla. Es un deber superior, que ha de guiar, con fe ciega, las actuaciones de cada soldado, que cumplirá con inquebrantable disciplina las instrucciones y órdenes que le transmitan los jefes de su Ejército, por intermedio de la cadena de mando.

Un buen militar debe esforzarse en que el enemigo muera por su Patria, en la defensa de sus otros ideales, otorgándole así la oportunidad de cubrirse del honor y la gloria que, en otro caso, le correspondería a él mismo.

Cuando Carmelo Rospiciano se enteró de la historia de Hiroo Onoda, el soldado japonés que se negó a admitir que su país se había rendido hasta que el hecho le fue comunicado por su mando natural, lo que no sucedió hasta 30 años después de terminada la Segunda Guerra mundial, lloró de emoción.

-Quiero ser como Onoda -formuló para su coleto, secándose las lágrimas.

Carmelo era soldado vocacional. Se había alistado en el Ejército apuntándose a una convocatoria por la que se captaban jóvenes decididos a formarse en alguna de las múltiples posibilidades de formación que ofrecen a los militares las situaciones de paz, y que les serán útiles, presuntamente, en caso de hipotéticas guerras.

Si quieres paz, prepárate para la guerra, como escribiera Vegecio, si bien, en latín clásico.

Pero Carmelo no quería zanganear en la paz; quería luchar. Anhelaba ser un perfecto profesional de los Ejércitos, un prototipo, y para ello, necesitaba hacer carrera venciendo en batallas, ganando guerras, haciendo, a diestro y siniestro, a troche y moche, que los enemigos cumplieran con su sagrado deber de morir por sus ideales y los de sus Patrias, viviendo él para satisfacer su destino de alcanzar el suyo: ser el Julio César de los tiempos nuevos.

No hay por qué dudar de que los sistemas de detección de desequilibrados para selección de personal del Ejército hubieran fracasado, porque ningún sistema sicoanalítico para analizar esféricamente las personalidades es perfecto.

Carmelo Rospiciano había superado todas las pruebas, y era considerado un soldado normal.

Solo que el quería llegar a ser general. Y para llegar a lo más alto, necesitaba vencer enemigos, destruir ideales ajenos.

Fue una gran decepción conocer que, al menos de momento, el país no tenía enemigos.

-¿Cómo puede ser así? ¿Para qué se quiere un Ejército si no hay contra quién luchar? -fue la pregunta que se le ocurrió formular, con el debido respecto, cuando e oficial instructor expresó que lo que no había ninguna misión bélica en perspectiva.

-Nuestra función principal es disuadir a los potenciales enemigos, haciéndoles ver claramente que estamos preparados, para que no se atrevan a molestarnos -le contestó el instructor, quien siguió explicando los métodos de ocultación y supervivencia en la selva tropical, que era la materia del día.

Carmelo, además de creerse poseedor de un buen espíritu militar (diríamos nosotros: algo peculiar), era poeta. No es que hubiera ganado certámenes poéticos o que se hubiera leído a Elliot y a Whitman, ni pulido sus artes con análisis semánticos de odas de Homero y Garcilaso, pero sí le gustaba construir rimas, consonantes o asonantes, según las veleidades de su inspiración.

Quizá por esa relación interna entre guerra y poesía, tal como el la sentía -del mismo tipo, quizá, que la que algunos hallan entre el amor y la muerte, o entre el tomate y la berenjena-, concibió una idea perfecta para satisfacer sus objetivos, y que puso inmediatamente en práctica.

Lo expresó a su manera, en versos asonantes algo forzadas.

-Encontrar con quien luchar/es, para un militar, imprescindible./De otra forma es imposible/llegar a tiempo a general.

Dicho y hecho, pues. Habiendo asimilado las enseñanzas de que el enemigo no se decidiría a atacar, si no se le mostraba debilidad, se dedicó a difundir a troche y moche que el Ejército al que el potencialmente indómito Carmelo pertenecía, como soldado raso ya con posibilidades de ascenso a cabo de línea por su aplicación en la cocina, tenía múltiples carencias.

Lo hacía en internet, que es el medio más cómodo e inmediato para propiciar la rápida expansión a cualquier idea, por inconsistente, descabellada o estúpida que parezca; qué digo, especialmente si se trata de ideas inconsistentes, descabelladas o estúpidas.

No tenía Carmelo grandes conocimientos de informática y criptografía -aún no se había llegado a impartir esas enseñanzas, que correspondían al segundo semestre-, por lo que resultó detectado, con nombres y apellido, a la primera de cambio.

Le hicieron un consejo de guerra, pero el tribunal militar, que le estaba juzgando por revelación de secretos, encontró que, en realidad, no había habido ninguna, y encontró a Carmelo únicamente débil mental, expulsándolo de la milicia.

Carmelo Rospiciano no se rindió. Convencido de su inquebrantable vocación, ahogado en bélico pero sano espíritu, y, sobre todo, deseoso de hacer carrera como fuera, se declaró en guerra contra el mundo.

Quería, a base de ganar batallas, ir ascendiendo, paso a paso, a cabo primero, a subteniente, a capitán general. Si no lo querían en otro, lo sería de su propio Ejército.

¿Cuáles serían esas batallas? Tras somero análisis, encontró que no le faltarían jamás.

Carmelo, tan convencido poeta como militar, se concentró en objetivos que estuvieran al alcance de su reducido ejército, ya que era muy consciente de que solo contaba con un elemento y que su capacidad armamentística era harto limitada.

Se dedicó, por ello, con esforzado empeño y persistente ánimo, a detectar cuantas infracciones que veía en su ciudad, y, si viajaba, en cualquiera de sus desplazamientos. Ejemplos: Automóviles conducidos por egoístas que no respetaban las señales de tráfico ni los pasos de peatones y bicicletas, comunidades de vecinos y particulares abyectos que no hacían correctamente la recogida separativa, tipos ayunos de dotes artísticas que ensuciaban con sus estúpidos grafiti las paredes de edificios y hasta monumentos, construcciones irregulares de cerramientos, terrazas, vallados, casetones…

Había millares de casos, por lo que en poco tiempo confeccionó un dossier de acciones bélicas que, por su extensión, podría estimarse, a su escala, prácticamente inconmensurable.

Preparaba Carmelo sus actuaciones concienzudamente y, luego, amparándose en su astucia y en sus conocimientos de ocultación, felizmente aprendidos en el primer semestre en el que había pertenecido al Ejército del país, pinchaba las ruedas -tres o cuatro, según la magnitud que apreciaba en el daño o la culpa- de los automóviles de los infractores, esparcía más o menos porquería en los portales y descansillos de las comunidades incumplidoras, adornaba con pintura indeleble las propiedades de los grafiteros pillados in fragante y, si no las tenían, los ponía perdidos de amarillo con la brocha.

No se quedó ahí. A medida que se ascendía, encontraba más y más motivos para guerrear, ampliaba su campo de batalla, con más enemigos -del orden, de la ética, de la cultura, del respeto, de la naturaleza, del aire, de los animales, de…-y se encumbraba, vencedor, más y más en la escala de gradación.

Llegó a capitán general, vaya si llegó. Con una estupenda hoja de servicios.

Poco más se sabe de él, salvo que anda por ahí, siempre dispuesto a declarar la guerra, aunque ya no pueda ascender más, pero sí otorgarse medallas, bandas de méritos, laureadas y poemas épicos que se auto-dedica, hasta que decida retirarse.

FIN

Publicado en: Cuentos y otras creaciones literarias Etiquetado como: actos bélicos, cuento de invierno, ejército, general poeta, Hiroo Onoda, ideales, odisea, soldado vocacional

Cuento de invierno: Conversación inaudita

20 enero, 2014 By amarias2013 Deja un comentario

La Sra. de Orterín tuvo un disgusto cuando los Sres. de los Picos Pardos avisaron, cuando faltaban dos horas para la cita, de que no podrían acudir a la cena a la que habían sido invitados y para la que resultaban imprescindibles.

-Discúlpanos, querida, pero mi marido ha vuelto del golf con un brazo tieso. Estamos esperando que nos atiendan en el Hospital del Divino Remedio.

-¡No te puedo creer!¿Cómo fue? -la voz de la Sra. de Orterín revelaba su angustia-. ¡Sois imprescindibles!

-Al forzar un drive, se le descoyuntó la clavícula. Sabes que Rodolfo está empeñado en mejorar su hándicap. Ahora tiene paralizado todo el lateral -explicaba la Sra. de los Picos.

-Pues qué lata. Me hundís. No puedo desconvocar la cena. ¿ Y cómo voy a encontrar sustitutos, así, a la carrera? -se lamentaba Valeria de Orterín, a quien su notable sentido de la oportunidad le llevó a ofrecer un diagnóstico precoz de lo que acababa de escuchar-. Tu marido, ¿no habrá tenido un ictus? Hay mucho ictus por ahí.

-Llama a Patri. Ella te sacará del apuro. Tiene muchas tablas -fue la sugerencia de la Sra. de los Picos Pardos, que no quiso contestar a la sugerencia y sí ofrecer una posible solución al problema.

Valeria no hubiera podido limitarse a quitar dos platos de la mesa, como hubiera sido normal, porque la ocasión de la convocatoria a la cena era muy singular. Así que llamó a Patri Cachuelas, amiga desde los tiempos del colegio, con la que tenía mucha confianza.

-Yo voy encantada, Valeria, por hacerte ese favor y aún más que me pidieras. Pero, como sabes, en este momento estoy sin pareja y me dices que es una cena de matrimonios -puntualizó, resaltando la desigualdad que no sería posible introducir en la mesa.

-Arréglatelas, por favor, Patri. Sola no puedes venir. Mi marido se lo juega todo en esta cena. Invitó al cónsul de Roversfalia, que trae a un inversor chino interesado en financiarle un invento que tiene patentado. Los de Picos Pardos, que son socios, tenían que hablar de lo bien que les funciona el aparato. Todos traen a sus esposas, porque, al final de la cena, vamos a probarlo.

Valeria se mostró desconcertada.

-Eh, eh, ¿de qué me estás hablando? ¿Una patente? ¿Un producto para parejas? ¿Y tengo que simular que lo conozco y probarlo con…todavía no sé con quién?

-Tienes que ayudarnos y te deberemos una muy grande. -la Sra. de Orterín daba su brazo a torcer con mayor dificultad que el de los Picos Pardos-. Pero no me vengas con que tienes dificultades en encontrar una pareja, que te sobrarán candidatos de tu agenda, picarona.

El tiempo se echaba encima y Valeria explicó con cuatro trazos el propósito de la cena.

-Tenéis que disimular, simplemente, que habéis probado el producto y que os ha ido bien. No tenéis por qué dar detalles. Mi marido habla por los codos y solo tenéis que sonreir mucho y decir sí, no o gracias, como haría cualquier persona educada. Como el chino no habla español, no va a hacer preguntas directamente, y si tiene alguna curiosidad, contestad lo que os parezca, y mi marido hará como que lo traduce al inglés, pero dirá lo que crea pertinente.

La cena estaba resultando un éxito. El Sr. Orterín, en efecto, tenía capacidad de convicción en exceso, y se encontraba en su salsa vendiendo aquel producto de su invención, en un inglés perfecto que ni Patri ni su acompañante entendían. Por eso, a pesar de sus esfuerzos por ponerse a tono con el asunto, no conseguían aclararse de en qué consistía exactamente.

El acompañante circunstancial se había hecho a la idea de que era un estimulante para las relaciones sexuales, una especie de afrodisíaco. Cuando Patri le había hablado de un «producto genial», había malentendido, por el déficit de cobertura (estaba en aquel momento escuchando a Stravinski), que era algo así como un «producto genital». Viniendo la propuesta de Patri, no le extrañaba en absoluto.

En realidad, era su calenturienta imaginación la que habían forjado la tergiversación de la ocurrente invención, pues Valeria había explicado claramente que el producto que había desarrollado su esposo era una batidora ultracentrífuga que permitía poner las claras de huevo a punto de nieve sin necesidad de separar previamente las yemas. Un descubrimiento genial, en efecto, muy adecuado para cualquier restaurante.

Patri había conseguido convencer en el último instante a Salvador Perezuelas, un ferviente admirador, que era brigada retirado del arma de artillería, para que la acompañara. Perezuelas no había conseguido, hasta entonces, conducir a la coyunda a la bella Patri, y esperaba que aquella invitación tuviera el final feliz que tanto deseaba.

El chino, y en eso no se había equivocado Valeria, no hablaba ni papa de español y tampoco se podía afirmar que fuera un prodigio en el manejo del inglés. Se llamaba Linmí («Mi, Grano del bosque» explicó, con risa forzada, exponiendo así todo su vocabulario) y era propietario de una cadena de restaurantes, la segunda de China, especializados en cocina cantonesa. Rechazó, en principio, la sopa de caracoles y espárragos, porque manifestó, muy serio, que era alérgico a la tortuga, y le convencieron, después de dibujar en un papel algo parecido a un caracol, de que se trataba de un molusco seguramente inofensivo para su problema.

-Ah, no snake, snail -reía.

Lo que no sabían los de Orterín, ni siquiera el cónsul de Roversfalia, con anterioridad, era que su pareja de cena, una inglesa nacida por pura casualidad en las islas Seychelles, hablaba perfectamente español. Dicharachera, jovial, hermosa y sensual, contaba chistes y gracias, lo que elevaba el nivel de interés del invitado circunstancial.

-Linmí me ha explicado todo -dijo, en español-. Estoy deseando que llegue la sobremesa, porque quiero probar yo misma cómo funciona, tanto con los huevos grandes, como con los pequeños, ¿verdad, Linmí?

Linmí asentía, con el rostro bastante coloradote por el eritema, resultado combinado del efecto, tal vez, de los caracoles navegando en su estómago por el vino de color amarillo paja que había ya ingerido en demasía.

Salvador Perezuelas estaba encantado, y dispuesto a ofrecerse como voluntario, si llegaba el caso.

Se estaban sirviendo del bacalao a las hierbas finas con sus callos y perendengues con acompañamiento patatas paja y puntas de alcachofa, cuando la esposa del cónsul de Roversfalia, dirigiéndose manifiestamente a Perezuelas, hizo una pregunta inocente, y no exenta de lógica, en su exquisito inglés:

Orterín se disponía a echar un capote sobre Salvador Perezuelas, pero, en el propósito de aclararse la gargante, tomó un trago del Gewurtztraminer sin advertir que contenía un trozo de corcho, atragantándose. Pero la inglesa de la Seychelles quiso aliviarle de la traducción:

-Salvador…lo que quiere saber la señora cónsul es lo que sintió cuando probaron el aparato. Y quiere que lo exprese libremente, en confianza.

No hubo mucho tiempo para rectificar y, queriendo ser útil, el brigada, en su mejor castellano, expresó lo que creyó venía a cuento:

-Algo inenarrable. Fue uno de mis mejores orgasmos, aunque estoy completamente seguro que hoy podremos mejorarlo.

Aunque la inglesa no estaba segura de haber entendido bien, siguiendo con su papel improvisado de traductora, emitió la versión al español que correspondía, dejando al chino cortado y a los de Roversfalia, corridos, mientras el Sr. de Orterín se iba corriendo a por el aparato que puso, con ostentación, encima de la mesa, junto a la bandeja con el bacalao.

-Los mejores montajes se consiguen con huevos de pueblo de esos que en Asturias llaman de caleya, que tienen la yema más pesada -dijo, en español, olvidándose, por un momento, que el empresario chino no le entendía, y que la inglesa seguía traduciendo.

El inventor tuvo que emplearse a fondo para deshacer el entuerto, achacando, por fin, la salida del tiesto del militar a su elevado sentido del humor, capaz de sacarle punta al momento más soseras. Pero, aunque la demostración resultó, finalmente, un éxito, ni Patri ni Salvador volvieron a pronunciar palabra.

FIN

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Cuento de invierno: Sociedad supercrítica

19 enero, 2014 By amarias2013 Deja un comentario

El joven sociólogo estaba leyendo el último libro de Zygmunt Bauman, «¿La riqueza de unos pocos nos beneficia a todos?». Era evidente la avidez con la que absorbía lo que aparecía escrito en el volumen. Se había quedado de pie, apoyado en una de las estanterías de la Librería de Novedades, como si se hubiera olvidado del lugar y del tiempo.

-Me estoy aburriendo, Prometio -le apremió una joven, tirándole de la manga del anorak-. ¿Vas a comprar el libro?

-No, no. Creo que ya he captado lo fundamental -le respondió el sociólogo.

La muchacha le miró con menos ternura de la que podría suponerse entre enamorados:

-¿Y qué es lo fundamental?

-Que si los ricos no invierten lo que tienen para que, con el esfuerzo de todos, se mejore el bienestar de la sociedad, la felicidad se concentrará en ese grupo privilegiado y se generará más y más tensión en el resto -dijo el joven Prometio.

Ambos salieron de la Librería, y como llovía fuerte y no llevaban paraguas, al poco rato se introdujeron, en una cafetería.

María de las Encomiendas, que así se llamaba la muchacha, tenía el pelo empapado. Las gotas de lluvia le resbalaban por el hermoso rostro y Prometio contuvo el deseo de besar su boca.

La cafetería estaba llena de gente vociferante, pero encontraron un hueco en una esquina de la barra, limítrofe con la zona de servicio de los camareros.

No importan mucho al relato las concretas circunstancias de la pareja. Baste decir que llevaban varios meses saliendo juntos (es decir, acostándose). Pero no acababa de surgir entre ellos ese fulgor que se extiende en pasión descontrolada. Aparecían solo esporádicos chispazos, como un mechero que estuviera escaso de gas. Sus caracteres eran diferentes, los intereses presuntamente distintos, su forma de analizar las cosas, desigual o confrontada.

Aunque se encontraban cómodos el uno con el otro, crecía en ellos la consciencia de que su historia común estaba a punto de terminar.

-¿Sabes, Encomienda? Se me ha ocurrido que la sociedad en la que estamos no es líquida, como opina Bauman. Es cierto, desde luego, que hay una importante cantidad de personas que están obsesionadas por el consumo, y que, presionados por la publicidad y las modas, se dejan seducir por la supuesta felicidad de comprar, …que les dura muy poco. Eso les produce, bueno, nos produce, una constante insatisfacción. Queremos más, pero no sabemos decir qué; nos lo imponen.

María de la Encomienda pidió un descafeinado con leche. Prometio prefirió un agua sin gas.

-Si tienes sed, no se por qué no pides un vaso de agua del grifo.

-Algo tienen que ganar estas gentes. Después de todo, tienen una empresa; esto es un negocio, no una casa de beneficencia.

El sociólogo no quería perder el hilo de su razonamiento. María de la Encomienda miró en rededor, sin encontrar escapatoria visual.

-Bueno, pues he pensado que esta sociedad no está en estado líquido, sino supercrítico.

María de la Encomienda le pidió al camarero que le pusiera más leche en el café.

-¿Supercrítico? Suena muy pedante. «Lo pasé superguay; la peli estaba superdivertida» -remedó la joven, empostando la voz.

-Es un concepto de la física. Cuando un líquido se encuentra en condiciones de presión y temperatura por encima del punto crítico, se comporta, en parte como líquido, y en parte como gas…

-Prometio, te lo dije. Esa botella está rellenada con agua del grifo. Te la han dado ya destapada. Protesta y di que te den otra cerrada -interrumpió la bella.

-Creo que nuestra sociedad ha alcanzado el punto crítico y no ha perdido su capacidad de reacción, porque ya no tiene identidad colectiva. Da igual que haya un paro que en otras condiciones sería insoportable, o que la corrupción afecte a las instancias que debería garantizar el orden y la justicia, o que la mediocridad se haya instalado en todas las instituciones…Está desestructurada, falta de densidad, sin objetivo.

María de la Encomienda le exigió al camarero que cambiase la botella de su compañero, y que se la abriese delante de ella, para garantizar que no había sido rellenada.

-¿Qué le pasa? ¿Cree que aquí nos dedicamos a rellenar las botellas? ¿No sabe distinguir un agua del grifo de un agua natural? ¿Piensa que los clientes son tontos? -se encaró con ella el profesional de la hostelería.

-Tal vez si escribo a Zygmunt Bauman me haga una valoración de esta idea; puede que merezca la pena seguir investigando este asunto. -murmuró Prometio, abstrayéndose.

FIN

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Cuento de invierno: Fortunato y sus argucias

18 enero, 2014 By amarias2013 Deja un comentario

Fortunato Feliciano se consideró siempre un privilegiado. Nacido en un barrio pobre de las afueras de una población industrial, no acudió a la escuela hasta los once años, en el que, al quedarse huérfano por una grave circunstancia no bien aclarada, los servicios sociales de la ciudad le acogieron.

En el centro de formación profesional destacó pronto por su gran suerte para ganar al parchís y al dominó. No tenía rival a su altura, siendo siempre el primero en meter todas sus fichas a buen recaudo en la casilla central, o en cerrar con el pito doble y hacerse con la partida.

Ciertamente, esa afición a los deportes de mesa no le facilitó el aprobar, pero, gracias a circunstancias afortunadas, hubo un cambio de plan de estudios que le afectó positivamente y consiguió varios aprobados generales y copiar en el resto de las asignaturas.

Cuando salió del instituto, a pesar de la crisis que abotargaba el país, el consiguió un empleo como descargador de mercancías en el muelle, y gracias a su trabajo a destajo pudo alquilar un espacio en una habitación con cama caliente (en la que solo era necesario ponerse de acuerdo con el otro inquilino durmiente en el mismo catre, para no coincidir ambos como yacentes) y vivir con holguras.

-Bendita sea la estrella que me cobija -le confesó a un amigo, mientras tomaban unos vasos de aguardiente en un bar de citas de la zona portuaria-. Todo me sale bien. Solo me hace falta casarme para ser inmensamente feliz.

No resultaría fácil para cualquier otra persona, encontrar una media naranja en un ambiente tan poco propicio, pero para Fortunato el asunto se convirtió en pan comido. Pronto entabló una relación duradera con una de las chicas que trabajaban en el bar que más frecuentaba, de la que nació el amor, y, con él, un primer embarazo no exactamente deseado.

-Alabados sean los pechos que han de amamantar a ese niño -fue lo primero que se le ocurrió cuando su pareja, que se llamaba Perfecta, le indicó que sus relaciones habían fructificado.

-No habrá tal. Pienso abortar mañana mismo -le contestó, sin más preámbulos, la chica.

No se sabe muy bien si por resultas del método seguido para liberarse del embarazo no deseado, o, con mayor posibilidad, que Perfecta se decidió a poner tierra de por medio para no dar más explicaciones, Fortunato se encontró compuesto y sin compañera sentimental.

-La suerte que tengo en todo me ha lanzado su mensaje, una vez más. Esa mujer no me convenía, y aún no debo estar maduro para tener la responsabilidad de sostener una familia -fue su estricto razonamiento.

Fuera el caso así o de otra manera, esa suerte a la que Fortunato continuamente apelaba, quiso que, por no mirar donde pisaba, se torciera un pie en una boca abierta de sumidero, a la que no dio importancia en su momento.

La herida se le infectó, y, aunque no tuvieron que cortarle la pierna (como se temía en un primer momento, pues la herida devino gangrenosa), Fortunato quedó baldado de por vida. El Ayuntamiento, puesto que el accidente adquirió cierto eco en la prensa local, para acallar las quejas de la población que protestaban por el número insoportable de alcantarillas sin tapa, marquesinas interceptando el paso de peatones, y grafitis ocultando o tergiversando las señales, le concedió una compensación de unos dineros, con los que Fortunato Feliciano pudo comprarse un motociclo adaptado a minusválidos.

-Siento el soplo de la diosa de la Fortuna permanentemente en el cogote. Con este vehículo a motor podré desplazarme de aquí para allá, con libertad inusitada -le contó al mismo amigo al que me he referido en uno de los párrafos anteriores. Pues Fortunato se veía con tanto premio en su vida, que solo tenía un amigo, con lo que evitaba disgustos de perderlos.

La fortuna a la que Fortunato Feliciano veneraba le concedió un premio descomunal. Sucedió que, hallándose sin trabajo, renqueante con la pierna chula, después de haber dejado apartado el motociclo en un sitio exprofeso para discapacitados, y mientras buscaba un lugar en la acera en el que asentar su caja petitoria con el cartel que se había preparado, se paró un coche de alta gama y de él bajó, raudo, un para él desconocido, quien lo saludó por su nombre de pila:

-¡Fortunato!

El interpelado no reconoció, así de pronto, el rostro del propietario del automóvil que quedó, mal aparcado, sobre la acera.

-¡Me diga! -fue lo que se le ocurrió decir, respetuoso, por si se trataba de algún representante de los siempre benévolos Siervos de Todos los Desamparados, que acostumbraban a darle un bocata y traerle sopa caliente al bajopuente en el que dormía con otros desgraciados.

-¿No te acuerdas de mí? -preguntó el otro, acercando un poco más su rostro al de Fortunato Feliciano, que sintió el olor a ron viejo que despedía su boca cuidada.- Soy Pascasio Tebano, tu compañero de parchís en el bar de la Formación Profesional.

-Ah, sí. -musitó Fortunato- Ya me ves, tengo prisa porque voy al trabajo.

-Te llevo buscando desde hace años. ¿Recuerdas que un día me pagaste el café con churros porque yo no llevaba dinero y prometí devolverte el préstamo algún día?

Así preguntó el tipo, y Fortunato Feliciano no recordaba nada.

-Pues aquí estoy para devolvértelo. He calculado los intereses que corresponderían a aquellos dineros, y aquí tienes lo que salda mi deuda, con un pequeño complemento.

Y diciendo esto, le entregó unos billetes.

Fortunato pensaba en agradecérselo, pero Pascasio Tebano, se apercibió entonces de que la grúa le estaba llevando el coche, y se fue corriendo tras ella, dando gritos.

Fortunato miró los billetes, y como encontró en su camino hacia la esquina de la ceremonia petitoria un kiosko de la Oncv, cambió los que llevaba en la mano por un número correspondiente de cupones.

-Con la suerte que tengo, me tocará algo, seguro.

Y, efectivamente, le tocó uno de los premios mayores. No pudo cobrarlo, sin embargo, porque, por una mala suerte, cuando estaba comprobando si le habían entregado el número justo de cupones, le cayó encima un trozo de cornisa desprendido del tejado de una casa que estaban rehabilitando y el impacto le resquebrajó las entendederas.

Por culpa del golpe se olvidó de todo, hasta de quién era o había sido. Por eso, nunca se acercó a comprobar si le había tocado, porque no podía recordar ni que había comprado unos billetes ni dónde los había dejado ni por qué motivo había empleado el poco dinero que pudiera tener en lotería.

La enfermera que le atendía, con exquisita profesionalidad, mientras le cambiaba los apósitos por otros nuevos, le hablaba como quien habla a un niño, repitiéndole una y otra vez, sin importarle que el paciente guardara silencio.

-Vaya suerte que ha tenido Vd. La cornisa pudo haberle matado.

Aunque Fortunato Feliciano no estaba para bromas, en su fuero interno reconoció que sí, que era un tipo con suerte.

FIN

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Cuento de invierno: Razones de sexo

17 enero, 2014 By amarias2013 Deja un comentario

No había sido fácil reunirlos, pero allí estaban. La élite de los expertos valgamediosinos en el sexo femenino. Doctores en ginecología y obstetricia, analistas laureados en el carácter y sicología de la mujer, letrados constitucionalistas y abogados penalistas, sociólogos e historiadores, obispos y chamanes de las principales religiones, políticos tanto de las regiones más desarrolladas como de los más miserables,…

La convocatoria había sido realizada a iniciativa de un grupo de expertos multidisciplinar que había conseguido, tras largos y trabajosos estudios, terminar su investigación, co-financiada por la Organización Por la Desigualdad sexual, sobre un tema apasionante: «Análisis de los fundamentos científicos de la inferioridad de las mujeres».

Entre los convocados no había ninguna mujer. Alguno de los asistentes había hecho notar, tímidamente, lo que le parecía una paradoja.

-No encuentro de recibo que en una Asamblea de este tipo, en el que el tema central, por no decir, único, sea la mujer, no se haya invitado, al menos como oyente, a alguna representante femenina, cuya bella presencia, por otra parte, alegraría los debates.

Quien así hablaba era el respetado Dr. Pelele, que había estudiado Técnicas de Reproducción Asistida en el Reino Unido, y tenía un próspero Laboratorio de Inseminación Artificial. Aunque estaba a punto de cumplir los sesenta años, aparentaba algunos menos, gracias a su cuidado acicalamiento y al gusto por llevar trajes de marca demasiado ajustados.

-Obviemos una discusión vacía -cortó el Presidente de la reunión, elegido por ser el de mayor edad, propuesto varias veces, aunque sin haber superado nunca la primera criba, al Premio Nobel de Biología, Dr. Bacon-Ham, que era experto en trasplantar órganos de todo tipo-. Ninguna mujer ha sido invitada para que las conclusiones no se vean mediatizadas. Así podremos discutir más libremente, sin ningún tipo de coacción o presión.

El Informe, que expuso -en Resumen Ejecutivo- el Dr. Florinata, como portavoz del equipo que lo había elaborado, tenía dos mil quinientas páginas y, según se anunciaba en la primera de ellas, resultaba demoledor en sus conclusiones. El Dr. Florinata llevaba el pelo algo engominado, y lucía un bigote que parecía delineado con tiralíneas. Se ajustó el nudo de su corbata de colorines antes de hablar así:

-Los trabajos se han desarrollado en tres contextos. El histórico-sociológico, que analiza las consecuencias de la división consuetudinaria del trabajo entre varones y hembras de la colectividad humana, atendiendo a las cualidades físicas de unos y otras. El sicológico, que profundiza en la práctica incapacidad de la mujer para entender las cuestiones abstractas, ya sean mapas, cuentas bancarias o grifos que gotean. Y finalmente, el fisiológico, por el que se descubre que la razón de que la mujer sea más resistente al dolor y aguante sin desmayarse ni siquiera palidecer que le extraigan sangre o le pongan una inyección, es, justamente, síntoma de su debilidad.

El obispo Dr. Kienleve -orondo bajo la sotana, con un rostro carnal que revelaba sus aficiones mundanas, y que estaba sentado junto al imán Joquechimin, con el que había comentado previamente algún aspecto, interrumpió el discurso, expresándose con su voz engolada:

-Debo denunciar la falta de espiritualidad que se infiere del análisis efectuado. ¿Dónde queda la divinidad? ¿Por qué no se ha tenido en cuenta que la mujer humana es inferior por designio divino? Eso habría acortado notablemente la investigación. Dios creó a la mujer inferior al hombre, para proporcionarle apoyo, gozo y darle realce con su grácil presencia.

El presidente aconsejó que no se cortara la intervención del ponente, y que se aguardara al debate para aportar las opiniones. Habría tiempo y lugar para todos.

-Pues bien -dijo Florinata, que se creyó obligado a abreviar su intervención-, las investigaciones avalan que la diferencia sustancial entre el hombre y la mujer, que señala definitivamente su inferioridad, es que la hembra humana se enamora. Mientras se encuentra en ese estado de enajenación, no es capaz de tomar decisiones cabales.

Se produjo un silencio en la sala, antes de que empezaran a elevarse murmullos, que derivaron en aplausos y gritos de complacencia. Un tipo de barba más bien rala y aspecto enérgico, como de profesor universitario, que, según comentaban en la mesa presidencia, no constaba como invitado, avanzó por el pasillo, hacia el estrado.

-¿Qué tontería es esa? ¡Los hombres también se enamoran! ¡Hay millones de ejemplos en la historia de la Humanidad de varones que han estado perdidamente enamorados de sus mujeres!

Los servicios de seguridad aparecieron de inmediato y llevaron al alborotador fuera del recinto.

El Presidente, restablecido el orden, tomó la palabra:

-Tengo una primera pregunta para abrir el debate. Una vez que hemos admitido como premisa la inferioridad de la mujer, ¿cómo habríamos consentir que la continuidad de nuestra especie esté en sus manos?. Propongo que votemos que los hombres, ya que somos los que tomamos las decisiones, tengamos, en adelante, la descendencia en nuestro propio vientre. Así se podrá decir que «nosotros decidimos, nosotros parimos».

No me quedé al resto de la asamblea, por lo que no estuve presente en la votación. Tampoco estoy seguro de que se haya votado. Los periódicos del día siguiente no recogieron el tema.

FIN

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Cuento de invierno: Paradigma erróneo

16 enero, 2014 By amarias2013 Deja un comentario

Cuando los castores y las comadrejas se pusieron como locos a fabricar casas para los cerditos, los patos, los gallos y gallinas, todos se pusieron muy contentos.

Por una parte, eso significaba trabajo abundante. De una forma u otra, casi una tercera parte de los puercos, anátidas y gallináceas estaban empleados en el sector de la construcción, lo que significaba que tenían dinero para pagar las cuotas de los créditos con los que pagarían, en cómodos plazos durante decenas de años -incluso más allá de su esperanza de vida-, las casas de las que podían considerarse propietarios desde el mismo momento en que se ponía sobre el terreno la primera piedra.

¡A, las casas!. Las había de todas las categorías y diseños imaginables. Se podía elegir, de acuerdo con los gustos, con duernos de piedra, de madera de castaño o de roble; los dormitorios tenían lechos de paja fresca o cemento armado, las corralas comunitarias estaban provistas de agua corriente; incluso las había con vistas al campo o al matadero; con ventilación forzada o calefacción por suelo radiante.

Por supuesto, se construyeron muchas carreteras, puentes, vías férreas y hasta aeropuertos para que todos pudieran visitar cuando quisieran a sus familiares y amigos, pudieran conocer otros mundos y aumentar su felicidad hasta donde la curva de satisfacción alcanza prácticamente su asíntota.

Todo estaba, además, controlado y garantizado. El lema de tan frenética actividad constructora, que no podía ser más encomiable, gozaba con la máxima protección del Estado. Se habían impreso miles de pasquines para difundir el objetivo: Ninguna familia, sea de anátidas, gallináceas o puercos sin un espacio de pocilga propia.

Los injustamente temidos cánidos -ya fueran lobos de bosque abandonado como hienas de dehesa protegida-, se portaron también de forma espléndida. Concedieron, tanto a los castores como a las comadrejas como, por supuesto, a los cerditos, todo tipo de facilidades. No importaba te alimentabas de bellota en la montanera o te contentabas con desperdicios de una cloaca. Aunque no fueras ni comadreja, aún teniendo aspecto de ratoncito de campo o de oveja churra, si tenías un terreno en donde implantar una granja, los depredadores te concedían un crédito de inmediato.

-Ya nos pagaréis después-, decían los lobos de pradera y las hienas de la dehesa, con su mejor sonrisa sardónica.-Lo importante es que tengáis una pocilga o palo de gallinero propios en la que poder crecer como corresponde a vuestra dignidad y naturaleza.

Un día, sin saber por qué, los confiados animales se encontraron con que las tornas cambiaron. Los castores y comadrejas no tuvieron créditos y los cerditos, patos y gallinas, perdieron su trabajo, con lo que no pudieron pagar los recibos que les llegaban de las pocilgas y palos de gallinero que habían comprado, por lo que se encontraron con que no eran propietarios de nada más que de unos papeles pringosos.

Los hechos se aceleraron. Había miles de pocilgas y gallineros que no habían podido venderse, y los castores y comadrejas se encontraron entrampados hasta las cejas. Miles de puercos, patos y gallinas perdieron sus casitas, y se vieron de patitas y pezuñitas en la calle.

El precio de las pocilgas y palos de gallinero cayó por los suelos. Nadie podía pagárselo, a pesar de todo, porque no había dinero…Los únicos que podían permitirse aprovechar la situación eran algunos lobos de pradera, hienas de la dehesa y, sobre todo, los tigres de Bengala y los tiburones de Madagascar, que tenían liquidez para cualquier cosa.

Y vaya si la aprovecharon. Se hicieron rápidamente con casi todas las pocilgas y palos de gallinero que los confiados puercos, gallos, gallinas y patos no habían podido pagar, y que les fueron arrebatados, viendo cómo servían para nada los dineros que habían entregado hasta entonces.

Pasó algún tiempo y uno de los cerditos escribió un artículo muy curioso en el periódico del País de los animales. Decía, más o menos:

Seguimos necesitando lugares donde vivir, comida que llevarnos a la boca y, aún reconociendo la dificultad, nos gustaría intuir mejor nuestro destino como animales de granja, para ser algo más felices hasta que lleguemos a él. Construir pocilgas y palos de gallinero nuevos sigue costando lo mismo, o más, que hace unos años, y, sin embargo, los depredadores están comprando las pocilgas y palos de gallinero que ya están construídas a precios muy inferiores, aprovechándose de la necesidad de los castores y comadrejas y, por supuesto, de nosotros, los animales de la granja. Estoy seguro de que piensan volver a vendérnoslas dentro de poco, otra vez, al mismo precio o superior al que en su momento pagamos. Así nos veremos obligados a comprar la misma cosa dos veces».

Apareció solo en la primera edición del periódico. En las siguientes, fue vilmente censurado.

FIN

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Cuento de invierno: Los inventores de historias

15 enero, 2014 By amarias2013 Deja un comentario

La situación anímica de la mayor parte de la ciudadanía del Reino de Valgamediós (o del país de Uishbatcant, que viene a ser lo mismo) era tan deplorable que, por fin, los controladores de la temperatura social se decidieron a intervenir.

Para quien haya oído por primera vez la expresión «controlador de la temperatura social», puede que esta designación específica, bien conocida por los especialistas en conductismo colectivo, parezca extraña. Para no extenderme mucho, bastará dejar indicado aquí que existen unos complejos aparatos de medida del malestar de una sociedad, por los que se puede saber, con notable precisión, cuándo está a punto de estallar.

Normalmente, los dirigentes públicos se mantienen alejados de la zona de peligro, por la cuenta que les tiene, aunque se han dado casos en que, contrariando las precisas prescripciones de funcionamiento de los equipos, que alertan de las consecuencias graves que pueden derivarse, ha habido gobernantes que, confiados, por ejemplo, por haber obtenido una mayoría en alguna elección o haber resultado airosos por cualquier casualidad, han superado los niveles de seguridad.

Los efectos de superar el índice de resistencia máxima de una población son desastrosos.

La fórmula más utilizada para disminuir la temperatura social, cuando no se dispone de elementos reales, positivos, que aportar al caldo socioeconómico, es construir historias inventadas que, en principio, si están convenientemente enmascaradas, pueden surtir efectos similares por un cierto tiempo.

Es una solución provisional, pero mucho menos costosa que el enderezar una situación compleja tomando medidas eficientes. Este fue el camino adoptado por los dirigentes del cotarro de Valgamediós, y para su cumplimentación se convocó, discretamente, un concurso de ideas (1).

Los participantes en el certamen deberían disponer de experiencia probada en inventar historias creíbles, y su currículum tendría que estar avalado por, al menos, tres dirigentes de talla internacional en cuyos países las invenciones hubieran tenido el deseado efecto.

Realizada la selección de entre los mejores candidatos, que resultaron ser cuatro, se adjudicó a cada uno una zona del país de Valgamediós. A Sigmund Freud (nombre supuesto) se le destinó al noroeste; a Friedrich Nietzsche (igualmente, apodo imaginado), se le encomendó el sur; a Adolf Hitler (obviamente, personalidad ficticia), se le envió al nordeste; y a Ignacio González (por supuesto, no siendo éste su verdadera identidad), aunque no cumplía con los requisitos de la convocatoria, pero venía muy bien recomendado, se le dejó el centro como lugar de actuación.

Pasó algún tiempo y era de ver cómo, demostrando la pericia de todos los seleccionados, el país de Valgamediós recuperó el optimismo y las ganas de vivir, aunque, como los expertos independientes del Banco Multinternacional (Multinternational Bank, en inglés), convocados para realizar la evaluación, rápidamente detectaron, las técnicas seguidas por cada especialista en inventar historias habían sido notablemente diferentes.

El denominado Freud difundió, para cumplir el objetivo, una serie de casos por los que se generó un complejo de auto-responsabilidad, por la que los ciudadanos de su zona se convencieron de que la mala situación por la que atravesaban era culpa suya y de nadie más. En consecuencia, bajaron el nivel de sus aspiraciones, por lo que fueron más felices.

La solución expuesta por el experto Nietzsche consistió en que los habitantes del área que se le había asignado tuvieran por seguro que ellos eran los más capaces y los mejores del mundo para hacer cuanto se propusieran. Seleccionó varias historias en las que se había ganado algún trofeo y, con ese estímulo, extrapolando desde el campo de los deportes al de la ciencia y la tecnología se lanzaron a la fabricación de los más variados artilugios, que exportaron con notable éxito a los países menos desarrollados, que resultaron muchos.

Muy comentada fue la solución del conductista Hitler, que introdujo la idea de que los males de la población provenían de un grupo concreto, que no había cumplido las reglas. Puso muchos ejemplos que, reforzados por los medios de comunicación, convencieron al personal de que las gentes con el defecto de andar cojeando, eran quienes impedían estar a la altura. Obtuvo el deseable éxito cuando los que se quedaron en su área consiguieron expulsar -en algunos casos, incluso, mandándolos a otros mundos- a todos los que cojeaban de alguna manera, incautándoles sus propiedades y todas las riquezas atesoradas, que distribuyeron discretamente entre quienes se quedaron.

Pero el éxito mayor fue el conseguido por las ideas puestas en marcha por Ignacio González. Este experto asumió el papel de atribuir el malestar a una apariencia generada por la persecución internacional. En consecuencia, negó la crisis, negó que se hubieran malversado dineros, negó que la gestión pudiera ser juzgada por nadie en su sano juicio como buena o mala y se dedicó a negar, incluso, la existencia de todo lo que, de puro evidente, nadie se hubiera atrevido a poner en duda. Los ciudadanos del centro de Valgamediós se sintieron tan confundidos, que no eran capaces de distinguir si lo que les estaba sucediendo era real o lo habían soñado.

Ese modelo de gestión fue adoptado, en lo sucesivo, para toda la colectividad de Valgamediós, que pasó a vivir en un mundo imaginario.

FIN
—
(1) La discreción es norma obligada para todas las actuaciones de los gobernantes de Valgamediós, siendo de muy mal gusto que se vulnere esta premisa, lo que podría tener incluso consecuencias penales.

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Cuento de invierno: El optimista insomne

14 enero, 2014 By amarias2013 Deja un comentario

Es bien sabido que los insomnes tienen propensión al pesimismo. Según los más eruditos manuales, aquellos que duermen menos, tienen un carácter agrio, son proclives a ver las cosas por su lado más dramático y disponen de menores defensas para responder a las dificultades de la vida.

Aunque seguramente a la gente le gusta fanfarronear sobre lo poco que duerme, se sabe de algunos personajes que prácticamente no se ponían nunca el pijama, como Napoleón Bonaparte, Wiston Churchill y Margaret Thatcher, lo que justificaría su mal carácter y su inclinación al pesimismo, que tantas consecuencias acarrearía para los demás.

El protagonista de este cuento disfrutaba, en efecto, de esas dos cualidades contrapuestas: era optimista y, sin embargo, se pasaba las noches contando ovejas. Señalo este aspecto para marcar la diferencia con ser, por ejemplo, jardinero fiel o americano impasible, que no solamente no son términos contradictorios sino que puede estimarse que lo normal es que los jardineros y los americanos, si tienen que ser algo en la vida (aunque no les proporcione muchas satisfacciones), sean, respectivamente, fieles o impasibles.

Pocospero Melomerezco, el optimista insomne de esta historia, se había quedado en paro hacía un par de años. La empresa en la que trabajaba dejó de recibir subvenciones (fabricaban perolas gigantes para ranchos en las acciones tipo tormenta del desierto) y tuvo que cerrar. A pesar de que ya había agotado la percepción por el paro, y de que carecía de ahorros para aguantar algo cuando vienen mal dadas, nunca abandonó su buen humor.

Era un gozo oírle cantar, por las mañanas o por las tardes, con las ventanas abiertas de par en par, mientras limpiaba su casita, de la que, por cierto, le habían anunciado el desahucio, pues llevaba ocho meses sin pagar la renta. «Soy minero» y «La virgen del Pilar dice» eran sus canciones preferidas.

En esas estábamos, cuando llegó a sus manos, en el trozo de papel del periódico con el que el propietario del bar de la esquina le envolvía el bocadillo de tortilla de patatas que le daba, por pura lástima, de vez en cuando, un anuncio que le encajaba perfectamente.

Decía: «Necesítase optimista insomne. Presentarse en calle del Paraguas, 13».

La faltó tiempo para acudir al lugar. Se encontró la puerta del local cerrada, y las paredes de lo que podría haber sido un lugar de lenocinio, totalmente cubiertas con carteles anunciadores de espectáculos de variedades, películas de barrio, y marcas de ropa interior. Llamó al timbre, si bien pronto advirtió que la corriente debía estar desconectada. Nadie aparecía; nadie abrió.

Pocospero no por ello se amilanó ni apesadumbró. Llamó a todos los pisos del portal vecino, y preguntó por el telefonillo exterior si sabían, por casualidad o conocimiento cierto, a qué hora se abriría el local comercial.

-Hace un año que cerró -le contestó una vecina-. Desde entonces, nadie viene por aquí.

-¡Ah! -exclamó el optimista insomne- Eso lo explica todo. El periódico en el que encontré el anuncio debía ser de una edición muy atrasada, y el dueño ya habrá encontrado lo que buscaban.

Cuando estaba ya dispuesto a marcharse, observó que el candado de la puerta tenía la llave puesta. Llevado por la más absoluta curiosidad, lo abrió, empujando con discreción la puerta del local. Todo estaba muy oscuro, y cuando los ojos trataban de acostumbrarse a la profunda oscuridad, se oyeron, provenientes del fondo, unos pasos cansinos, que anunciaban que alguien avanzaba, sin prisas, hacia él.

Poco a poco se perfiló la silueta de un hombre de unos cuarenta años, que llevaba en una mano una lámpara de aceite, de luz mortecina. Recortado contra las tiniebles del fondo, su visión era casi fantasmagórica, pero no por ello Pocospero se amedrentó.

-¿Es usted el dueño del local? -preguntó Pocospero, que asimiló de inmediato la sorpresa.

-No, no. Yo trabajo aquí -aclaró el hombre.

Pocospero miró al individuo, con admiración. Estaba claro -pensó- que se me ha adelantado, y ha conseguido aquel puesto de trabajo que tanto le convenía, el de optimista insomne. Lástima, pues estaba seguro de encajar perfectamente en sus facultades.

Su curiosidad, sin embargo, le llevó a interesarse por algo que le pareció muy pertinente:

-Me puede decir, buen hombre, ¿en qué consiste su trabajo?

El interlocutor de la lámpara sonrió, con esa amplia sonrisa que solo se vislumbra en momentos de excepcional felicidad y en rostros cercanos a la estulticia, y confesó:

-Mi trabajo es recibir a los que se interesan por el anuncio. El del optimista insomne.

-¡Ah! ¡Luego el puesto está aún libre! ¿Y sabe qué se demanda para ese otro puesto, por el que, desde luego, me intereso? -formuló Pocospero, aunque se contestó a sí mismo de inmediato- Ya supongo, sin embargo. Se confía en localizar a la mayor cantidad posible de de optimistas insomnes. Para organizar con ellos alguna actividad adecuada.

-Eso es -completó el tipo del quinqué-. Cada uno debe indicar qué pretende hacer. Por ejemplo, mi idea sería transformar el mundo, contando con la ayuda y colaboración de todos sin excepción.

-¡Magnífica, magnífica idea! -exclamó Pocospero-. Algo así es absolutamente necesario. La mía sería conseguir que todos colaborásemos en hacer un mundo más justo y más feliz, en el que cada uno pusiera lo mejor de sí mismo. -y, lleno de repentino entusiasmo, inquirió- ¿Cuántos somos ya?

El otro optimista insomne le cedió la lámpara, sin esperar respuesta.

-¿Le importa sostenerla?.

Luego, prosiguió:

-De momento, por aquí solo ha aparecido usted…Bueno, en realidad, usted y yo. Le comunico, por ello, que le estoy muy agradecido, porque, de acuerdo con las reglas que se transmiten oralmente, ha venido a liberarme.

Y con un extraño movimiento de cintura, y dando un brinco, se trasladó al otro lado de la puerta, empujando a Pocospero al interior, y cerrando rauda la cancela con el candado, cuya llave quedó fuera, colgando.

-Si tienes hambre, echa los dientes al culo y come carne -fueron sus siguientes palabras, acompañadas con una feroz risotada. Pocospero le oyó correr, calle abajo, y supuso, en su profundo e inatacable optimismo, que iría dando cabriolas e improvisando volatines.

-Me alegra tanto haber sido causa de felicidad para alguien…-razonó, mientras, con el quinqué en la mano, avanzaba hacia el interior tenebroso.

-En algún sitio tiene que haber aceite para este artilugio, así que, entre unas cosas y otras, no me faltará comida -murmuró, mientras elegía si ponerse a cantar Yo soy minero o La Virgen del Pilar dice.

FIN

(PS.- Este Cuento está inspirado, en realidad, en otro del que también soy autor, que titulé La piedra, y que alcanzó gran difusión en los años 80 del pasado siglo. No tiene, sin embargo, nada que ver, como comprobará el lector interesado, con el publicado en este mismo blog, titulado el Crédulo y la pitonisa)

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Cuento de invierno: La pesadilla de la princesa

13 enero, 2014 By amarias2013 Deja un comentario

La reunión se había previsto celebrar en el pabellón de caza, y, más concretamente, en la sala de Elefantes, que estaba habilitada como museo. El monarca ocupaba uno de los sillones de piel de oso, y aguardaba ya, sentado, a que entrasen los demás convocados, que eran pocos.

Sobre la mesa de disección, que servía habitualmente al propósito del maestro de taxidermistas para realizar los cortes, muy precisos, que proporcionaban a los animales disecados un aspecto casi real, había varios pergaminos enrollados, algunas gomas de borrar, un casco de motorista y un par de navajas barberas, con el corte afilado.

-¿Cómo ha podido suceder? -bramó su majestad serenísma, tan pronto como apareció, por la puerta, la princesa, muy pálida, que venía acompañada del camarlengo o camarero mayor, en el que se apoyaba. El séquito se completaba de dos malabaristas, un palafrenero y una doncella llevando una bandeja con soldaditos de Pavía, recién hechos.

El camarlengo mayor hizo una profunda reverencia, pidió la venia, y habló de esta manera:

-Hemos estado analizándolo, majestad serenísima, con el cuidado y atención que son del caso. La princesa lamenta lo sucedido, y espera que el deshacedor de entuertos encuentre la manera de volver las cosas a su sitio, como estaban antes.

La voz le temblaba algo, aunque pudiera deberse a la edad, pues el camarlengo mayor había superado ampliamente la edad de la jubilación, siendo solo la profunda lealtad que profesaba a la casa real lo que le mantenía firme en su puesto, haciéndolo insustituible por cualquier otra persona, como es normal.

-Dí, pues, lo que has descubierto -expresó el Rey, invitándolo a que siguiera de pie, con un gesto de lo más austero; al mismo tiempo, sacando de la manga otro gesto, más liviano, sugirió a la princesa que se sentara sobre sus rodillas, como cuando era una infanta.

El noble mercenario, prosiguió, ajustándose el bisoñé que, por efecto del sudor, se le estaba deslizando desairadamente sobre el ojo izquierdo, impidiéndole la visión.

-Lo que está sucediendo es producto, consecuencia o resultado, por así decirlo, de la introducción en la corte de un peligrosísimo personaje. Un ser abyecto, ajeno a la real naturaleza, que ha penetrado por algunos resquicios al palacio, mordiendo con sus mandíbulas feroces el sitial sobre el que se levanta la fortaleza consuetudinaria de la realeza. Un espíritu traidor, desequilibrante, en fin. Plebeyo, por más señas.

El monarca se revolvió, inquieto, empezando a sentirse molesto por la perorata, que le parecía de todo punto ininteligible.

-¿Quieres vomitar de una vez, desgraciado, el nombre de ese malnacido, ese tipo salido de quién sabe donde que está poniendo en peligro mi corona, que nos deja en ridículo y que tanto malestar causa a esta familia? ¿Dónde se halla? -y, así diciendo, apartaba a su robusta hija del regazo, intentando levantarse como podía.

-¡Que lo prendan de inmediato y le corten ipso facto la cabeza, para que aprenda a no hacer nunca jamás un mal como el que hizo! -bramó, dando un puñetazo sobre la mesa de disecar, con tal efecto, que una de las cabezas de elefante, que estaba mal ajustada por sus clavos a la pared del fondo, se vino abajo, con fatal estrépito, rompiéndose de paso uno de sus colmillos: el izquierdo.

-Desgraciadamente, castigarlo será imposible. -Se lamentó el camarlengo, abriendo de par en par las manos, en gesto claro de impotencia.

-Pues …¿quién es? ¿Quién lo defiende?… ¿Alguna potencia poderosa? -dudó el monarca, pensando en enemigos extranjeros y volviendo a caer sobre la silla, de donde la princesa se había puntualmente escurrido.

-Ese enemigo, del dicho plebeyo origen, que se ha colado en las alcobas reales, revoltoso, y que está en el centro de los nuevos males que agarrotan esta monarquía, es…

-¡No me digas más, lo mato, lo mato! -gritaba el Rey, fuera de sí, desaforado.

-Se llama Amor, majestad.

-¿Amor? -deslizó, asombrado, como quien menta la cuerda en casa del ahorcado, el Rey.

-Amor se llama -prosiguió el camarero real- Y, aunque hemos consultado a todos los físicos del Reino, para el que padece sus efectos, no hay remedio. Le hace creer cosas imposibles, firmar como certezas las más mentirosas causas, olvidar obligaciones, omitir consejos. Y en este caso peor, se ha aliado con Codicia, la joven que tenían adoptada como servidora en Palacio, y han parido hijos. Hemos descubierto toda una nidada de despropósitos alojados en el oropel de las coronas, difícil de arrancar sin hacer mucho daño a la pintura.

El Rey miró de hito en hito al camarlengo, y algo debió intuir, porque montó en un caballo bayo que tenía preparado y, al galope, desapareció en la espesura. Estuvo todo el resto de sus días cazando perdices y codornices, que comía a hurtadillas.

Por su parte, la princesa, como si no fuera con ella la cosa, primorosa, cortaba lirios y rosas y astros, y cosas así en el jardín de las delicias.

Pasaron unos días, y en el salón de los Elefantes, apareció un tipo con aspecto bastante zaparrastroso, diciendo que tenía nuevas instrucciones. Pero era ya demasiado tarde. No encontraron en todo el palacio real, ni siquiera en las mazmorras bajo la torre del homenaje, títere con cabeza.

FIN

Publicado en: Cuentos y otras creaciones literarias Etiquetado como: amor, infanta, instrucciones, pabellón de caza, princesa, sala de los elefantes, títere con cabeza

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