Dándole el enfoque de una anécdota personal, cuenta Benjamin Franklin que, cuando era un niño de siete años, seducido por el estridente sonido de un silbato que llevaba otro muchacho, le ofreció todo el dinero que llevaba encima, a cambio de él.
Cuando volvió a casa, estuvo tocando el pito, complacido, molestando con ello a toda la familia y convencido de haber hecho una compra fantástica. Sin embargo, cuando confesó lo que había pagado por él, todos se burlaron de que hubiera pagado tanto por una bagatela de ese calibre; y, confuso y cansado de tocar aquel adminículo de tan escasas posibilidades, se pasó mucho tiempo añorando todo lo que hubiera podido comprar con el dinero que había malgastado en el silbato.
Benjamin Franklin saca una consecuencia algo amarga: «I believed that a great part of the miseries of mankind were brought upon them by the false estimates they han made of the value of things, and by their giving too much for their whistles.»
Podemos hablar de silbatos, o de tambores, o de griterío, sin más. Puede los que pitan, tamborilean o vociferan no nos quieran vender el silbato, sino que, haciéndolo sonar, pretendan ensordecernos para que compremos cualquier otra mercancía, a un precio que no corresponde a su valor.
Los trucos son múltiples; anuncios de televisión en los que famosetes de todo pelaje, convenientemente pagados por poner su careto de credibilidad, alardean de las ventajas que han obtenido por abrir determinadas cuentas bancarias, suscribir ciertos seguros, comprar no sé que vehículos, aparatos, yogures o colonias que, nos aseguran, nos aportarán bienestar, mayor capacidad de seducción o alivio para los intestinos colapsados, que es el efecto que, al parecer, han tenido para ellos.
Tengo en casa un tambor de juguete y algunos silbatos (que me entregaron como recurso sonoro en una manifestación que se convocó por el Colegio de Ingenieros para protestar sobre el proyecto de Ley de Servicios Profesionales, y que no tuve ánimos para utilizar). A mis nietas -a las cuatro-, de entre todos los juguetes que tenemos a su disposición, son los que más les atraen, al menos, inicialmente.
Cuando abrimos el «armario de los juguetes», se abalanzan sobre ellos y empiezan a hacerlos sonar con fruición. Pero se cansan muy pronto, especialmente las más pequeñas -un año escaso- sin necesidad de que les advirtamos los mayores de que nos están molestando; las mayores -en su tercer año-, aguantan un poco más, un par de minutos, hasta que les hacemos ver la disponibilidad de otras opciones mejores que hacer ruido.
Es sorprendente que en el mundo de los adultos, tengamos a tanta gente tocando tambores y silbatos. Y aún más, que no sepamos, en muchos casos, qué es lo que quieren vendernos: si el silbato o algo de verdadero interés para nuestra sociedad, tan necesitada de objetivos compartidos.
FIN

