Al socaire

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Cuento de primavera: Síndrome y Alergia

10 abril, 2014 By amarias Deja un comentario

Al llegar cada primavera, Alergia salía de su letargo. Los muchos días que había pasado en su guarida invernal, sin apenas comer ni beber, le desarrollaban un feroz apetito, que procuraba saciar como podía. Le gustaban mucho, en especial, algunas partes sensibles de los humanos, siendo las narices, los ojos y la piel de las mujeres y niños, el bocado o exquisitez por antonomasia.

Síndrome era un joven apuesto y versátil -para ser lo que era-, que habitaba también en el Paraje, llamado de Las Molestias, Enfermedades y Catarros Apestosos por los humanos. Contrariamente a lo que pudiera parecer a primera vista, no era un Paraje siniestro -a pesar del nombre- pues había multitud de lugares encantadores, en los que se podía disfrutar de momentos muy apacibles y satisfactorios.

Uno de esos lugares era, sin duda, el Paraíso de la Inocencia, en el que se encontraban habitualmente la inmensa mayoría de los niños humanos. También pasaban por allí, de cuando en vez, algunos adultos, que se olvidaban, chapoteando en las tranquilas aguas de la Ignorancia Supina o de la Laguna de la Buena Fe, de sus problemas y dificultades.

Alergia estaba buscando niños en el Paraíso de la Inocencia, con la intención de tocarles un poco las narices y ponerse morada llenando de granos la cara a unos cuantos infelices, cuando se encontró con Síndrome.

-¡Eh! ¿Qué haces aquí? -le chilló, con su voz bastante desagradable- ¡Esta zona es mía! ¿No me ves que estoy cazando y me estás espantando mis presas?

-Aquí no hay exclusivas -explicó Síndrome, que la miró con desprecio (había oído hablar antes de Alergia y no le caía simpática, y se había hecho a la idea de que era barullera y enredadora)-. Además, no somos incompatibles. Podemos chuparles la sangre y las ideas a los mismos, aunque lo normal sería que tú, que eres casi omnívora, te dedicases a otros animales y me dejases a mí libre el campo de los humanos , que es. en realidad, mi especialidad. Además, he quedado en verme con Tourette, Asperges, Down, West y otros sabios en Estocolmo antes de que caiga el día, y tengo prisa.

-Tururú, corneta. No quiero compartir víctimas contigo , por si te cabían dudas, te diré que  me gustan, como a ti, los humanos más que a una mosca la mierda. Mi fórmula de trabajo es, además, similar a la de las hormigas cuando crían con los pulgones. Cuando me dedico a una víctima, la ordeño. La tengo ya como cliente para toda la vida -se explicó Alergia, que tenía una idea más bien confusa de cómo sucedían las cosas en el Paraje de las Molestias, o había sido contagiada por la Ignorancia Supina, sin saberlo (y, además, como se habrá podido comprobar, era un tanto bruta y mal hablada).

-Mira, Alergia, soy yo quien no quiere discutir -dijo Síndrome-. Al fin y al cabo, somos colegas, si bien cualquier que nos vea de forma objetiva, reconocería que, si fuéramos equipos de fútbol, tú jugarías en regional y yo en primera división -(Alergia torció la cabeza)-. Voy a tomar para mí cuatro o cinco grupos de niños de este Paraje y me dedicaré, el resto de mi tiempo, a alimentarme fundamentalmente de los adultos.

-Haz como quieras -concluyó Alergia-. Después de todo, a mí no me faltan recursos, porque a cada instante se me ocurren nuevas formas de apropiarme de la salud de los humanos, hasta el punto que hoy por hoy casi nadie deja de ser cliente, quiero decir, víctima, mío.

Dicho y hecho, Síndrome se dio un paseo por el Paraíso de la Inocencia y, sin importarle un comino el daño que estaba haciendo, tomó unos cuantos niños y se implantó en ellos, causándoles terribles daños a algunos y a otros, una notable desorientación que se derivó en un gran disgusto para sus papás, cuando fueron a recogerlos.

Y luego de haber clavado su mala uva en aquellos infantes a los que marcó para siempre, se fue tan campante hasta las Marismas de la Mala Suerte, en donde se lió con Complejos, una arpía de finísimo olfato y gran actividad sexual, con la que tuvo una descendencia casi infinita.

Esta es la razón por la que en el Paraje de las Molestias, cada vez hay más variantes de Síndromes, Complejos y Alergias. Aunque los humanos se esfuerzas en poner barreras de tranquilidad en algunos sitios -uno de los más defendidos es el Castillo de las Pastillas y Placebos-, no han conseguido gran cosa, relativamente hablando, pues lo que recortan por un lado, los monstruos malignos amplían con creces por otro. Por cierto, enfrente de ese Castillo está situado la Fortaleza de las Intervenciones Quirúrgicas, y los guardianes de ambas tienen, a veces, unos encontronazos de tomo y lomo, defendiendo cada uno su parcela.

De cualquier manera, más tarde o más temprano, todos los humanos (como los demás seres vivos), llega un momento en el que, al menor descuido, caen en las garras de monstruos mucho más dañinos, de rostros variadísimos, a los que han puesto los nombres de Tumor Maligno, Infarto de Miocardio, Choque Anafiláctico, Septicemia, etc., que les conducen, de manera más o menos acelerada, a los umbrales de La Muerte, que rodea, sin que nadie haya encontrado hasta ahora la salida, todo el Paraje.

FIN

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Cuento de primavera: La cigüeña partera

9 abril, 2014 By amarias Deja un comentario

La inmensa mayoría de los niños de Valgamediós menores de tres años, creen a pies juntillas que los niños vienen de París, y que son traídos de allí por las cigüeñas. No existe, en la actualidad, prácticamente casi ningún adulto  que se crea tal patraña.

En los libros de texto dedicados a la educación sexual,  se explica que es imprescindible, para que se engendre una criatura nueva -en casi todo el mundo animal-, que dos seres de distinto sexo se apliquen a tal fin, realizando lo que se denomina enfáticamente  como»el acto sexual». Con todo, hay una parte relativamente importante de adultos valgamediosinos que imaginan que podría evitarse la concepción de futuros niños, sin faltar a la ejecución de la operación principal, realizando imaginativas modificaciones, algunas de las cuales (como el coitus interruptus) han recibido nombres foráneos y otras, como el uso del preservativo de punt0 lavable, no han merecido la gloria de la exportación.

Pues bien, para entender esta historia, es preciso creerse que, entre los cometidos vigentes de las cigüeñas, se encuentra todavía la de traer niños de París. Y es absolutamente imprescindible admitir, para seguir con el cuento, que una de esas cigüeñas carteras, cansada de realizar, una y otra vez, tal viaje -que puede ser largo y fatigoso, pues basta imaginar el esfuerzo de acercar a una criatura desde la ciudad francesa a Huelva-, decidió emanciparse de esa servidumbre tradicional, a la que venían dedicándose generaciones y generaciones de cigüeñas, y abrir una clínica particular.

Era un negocio claro. Lo publicitó, con rimbombancia, con estas palabras: «Diseño y Fabricación insistida de niños con ordenador». Y, en la propaganda que distribuyó, con hojas volanderas que lanzó desde el aire a los cuatro vientos, completaba la idea con este mensaje: «Evite escribir a París e innecesarias esperas o errores en el suministro. Solicite YA su descendencia al Laboratorio de la Cigüeña Partera (Doctorada en Calemania)». En la placa de entrada al local, puso incluso el cartel «Dr. Especialista en Nueva técnica Conceptual al margen de París», ocultando precisar que la cigüeña era únicamente Doctor en la Escuela de la Vida, y por correspondencia.

La cigüeña partera tenía, al margen de estudios, relativa experiencia. Había seguido un curso rápido en Pananá, con prácticas realizadas con algunos animales, vivos y muertos: rumiantes, gatos de angora, perros pequineses y ratas de alcantarilla. Con éxitos contantes y sonantes.

Para los interesados, era muy cómodo anunciar que se evitaba el viaje de la hembra humana a París, proporcionándole la semilla ya fertilizada o con posibilidad de añadir al huevo el reactivo fertilizante elegido según gustos (fresa, menta, picante, azúcar moreno, etc.). Es más, hasta se podía elegir el huevo puesto por otras hembras, ya fertilizado o por fertilizar.

Qué digo a los límites. Se podía elegir el sexo, el tipo de embrión, el momento exacto de la entrega del retoño, el sitio (clínica particular o domicilio), el embalado, y hasta se podía ejercer el derecho a devolución.

Las semillas y los embriones se guardaban en armarios en los que los frascos de material se conservaban a temperaturas suficientemente gélidas, por tiempo indefinido.

-Mira dónde te metes -le advirtió su madre, que era una cigüeña respetada, con el pico incluso algo curvo de tanto sostener las cestas en donde debía transportar las criaturas que entregaría, a su debido tiempo, a sus legítimos destinatarios.

-Está chupado -replicaba la cigüeña partera (título que se había dado a sí misma)-. He comprobado que la cosa funciona con otros animales, por lo que no veo problema alguno en aplicarlo a los humanos de Valgamediós, con lo que se ahorrarán tiempos de espera y fallos en la entrega. Será incluso posible que, sin conocer varón, una hembra obtenga el fruto deseado. Incluso en parejas estériles, con mi procedimiento, siempre les entregaré un niño, y todos los demás creerán que el retoño es suyo.

La cigüeña partera tenía un grave problema, y era de índole muy personal. Le gustaba excepcionalmente la bebida. Cuando se reunían varias aves de su calado, era ella siempre la que más líquido ingería, y no precisamente agua, sino otros brebajes de alto contenido alcohólico, lo que le proporcionaba pérdidas de memoria, además de un estado de exultación pasajera.

Empezó a ser normal encontrarse a la cigüeña partera agarrada a una farola cantando Valgamediós, Patria querida. Tampoco era raro, desde que su pareja la abandonó -e incluso, antes- verla entrar en locales llamados de placer, pagando porque le hicieran cosquillas bajo la cola, como método alternativo para liberar sus cavidades cloacales de la roña que se estaba formando en ellas.

En esos locales, organizaba escenas muy lastimosas, pegando al personal, negándose a pagar por los servicios o rompiendo material.

El negocio de la reproducción asistida estaba resultando muy bien. Un número creciente de valgamediosinos acudía a la consulta, que cada vez daba empleo a más gentes, todas de bata blanca y título de doctor en ciencias reproductivas, que concedía la cigüeña partera. La mayoría de los clientes resultaban satisfechos y pagaban cantidades muy altas, sin problemas; si se producía un fracaso de cualquier tipo, la cigüeña partera no dudaba en ocultarlo, utilizando diversos procedimientos.

Una noche, sin embargo, ocurrió que la cigüeña partera había bebido mucho, como era habitual, pero, tanto, tanto, que perdió la noción de dónde estaba. Se dirigió al local en donde se guardaban las distintas muestras de su negocio y, sin darse cuenta de lo que hacía, rompió varios de los frascos y los mezcló todos, cambiando las etiquetas de muchos. Se divirtió mucho mientras lo hacía, pero los efectos fueron desastrosos.

A la mañana siguiente, los empleados del negocio -urracas, cuervos, mirlos blancos, sabandijas, sapos parteros y patos mareados- se encontraron con el desaguisado. Probetas rotas, líquido desparramado, embriones danzando por ahí, los armarios de refrigeración abiertos y desordenados.

-¿Qué hacemos? Nuestros clientes nos cortarán el cuello cuando se enteren o nos castrarán con tijeras de podar -dijeron, casi a una, muy afligidos.

La cigüeña partera tuvo una idea, porque era, además de bastante impresentable, terriblemente imaginativa para la mentira.

-No hay más remedio que volver a llenar los frascos con lo que encontremos más a mano. Y no se nos ocurra decir a nadie lo que ha pasado.

Así hicieron. Llenaron los frascos de las más variadas maneras, volvieron a reconstruir las etiquetas, y a ninguno de los clientes confesaron lo que habían hecho para salir del paso. Los resultados no pasaron, sin embargo, desapercibidos: hubo papás blancos que tuvieron niños negros, y al revés; mamás que no resultaron embarazadas ni después de innúmeras intervenciones, todas ellas de pago; hubo malformaciones y abortos en número tal que la inspección valgamediosina, llamada al sitio por las cigüeñas que seguían trayendo los niños de París, levantó acta y cerró el negocio.

La cigüeña partera acabó sus días en un centro de desintoxicación. En el viejo local, ahora han puesto un comercio chino que vende  actualmente conejos, gatos y elefantes de la buena suerte, la que no siempre dan. Y las cigüeñas normales siguen trayendo a los niños de París, que es lo tradicional, lo seguro, lo de toda la vida. Las urracas, mirlos blancos, sabandijas, sapos parteros y patos mareados han pasado mayoritariamente a engrosar las cifras de desempleo o han ingresado en conventos de clausura. Algunos de ellos, sin que se encuentre la razón, se dedican al buzoneo de panfletos, otros realizan sesiones de imposición de manos a crédulos, diciéndose bienaventurados y no faltan dos o tres a los que se ha visto como distribuidores de pizzas y tortillas de patata congelada a los zoos de la periferia.

FIN

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Cuento de primavera: El loro y el catálogo

8 abril, 2014 By amarias Deja un comentario

Era una vez un loro gris con una habilidad especial: jugar al fútbol. Y lo hacía excepcionalmente bien.

Puede que no fuera el más inteligente de los loros,  aunque tampoco dispongo de estadísticas oficiales sobre los coeficientes intelectuales de estos animales -un grupo numerosísimo que abarca desde las cacatúas hasta  los guacamayos, pasando por los periquitos, pero puedo asegurar que, además de ser buen futbolista, no era feliz.

La causa de su desasosiego la tenía un catálogo. Estaba escrito en un idioma desconocido, aunque las fotografías eran por sí mismas tan expresivas que, con solo mirarlas, uno podía imaginarse fácilmente de qué iba la cosa.

En aquellas páginas impresas a todo color, que el sagaz logo gris había repasado una y otra vez, moviéndolas adelante y atrás con su pico curvo, había decenas de fotografías de loros y, entre ellas, de muchos loros grises africanos, como él. Todos aparecían en una misma pose, sonrientes, mostrando su cola roja brillante. Parecían estar diciendo o pensando: «aquí estoy yo, dichoso; ¿dónde estás tú, pobre diablo?.»

Al lado de cada una de esas aves de aspecto espléndido, había un balón y un número. Una cifra muy alta y que, sin posible error, correspondería a lo que cada uno de sus congéneres, habilidosos como él en el juego de pelota, afortunados en el reconocimiento de su destreza, estarían cobrando como artistas.

El loro se osesionó por culpa de aquel catálogo. No comía, ni bebía ni dormía. Le amargaba pensar que, mientras él apenas disponía de unas pipas de girasol y unos tímidos aplausos en el barrio, había decenas de loros grises, de papagayos de Papúa o caiques sudamericanos, que se estaban forrando las plumas con lo que ganaban.

Para abreviar la historia, diré que, después de un vuelo agotador, el loro gris llegó hasta una tremenda empalizada, formada con alambre de espino retorcido, que le impedía el paso. Es sabido que los loros, aunque excelentes voladores, no pueden levantar su vuelo por encima de unos metros, así que, por más que lo intentó -y los loros grises africanos son muy testarudos y tienen una capacidad saltarina incluso ligeramente superior a, por ejemplo, los pálidos yacos o las blancas cacatúas-, no consiguió más que herirse las patas.

Desalentado, pero no vencido, volvió unos cuantos cientos de metros sobre sus vuelos, recalando en un bosquete en donde se encontró, para su sorpresa, con centenares de loros grises africanos que, como él, había intentado traspasar aquella frontera de espino y parecían dispuestos a volver intentarlo, una y otra vez.

-¿Por qué estáis aquí? -les preguntó.

-Somos futbolistas y hemos visto en un catálogo que al otro lado pagan muy bien a los que, como nosotros, juegan bien al fútbol -le contestaron.

Un loro de la Patagonia, que estaba haciendo una entrevista para la televisión, se interesó por saber a qué catálogo se referían.

-Este catálogo -le mostraron algunos, pues no eran pocos los que lo guardaban bajo las alas.

-P…pero ese catálogo no tiene que ver con el fútbol. Esos loros no son futbolistas -dijo el de la Patagonia.

-¿Cómo así? ¿No ves estos números, no ves el balón que tienen junto a los pies? -le recriminaron varios de los loros grises, incrédulos.

-Si, si. Pero los números no son los salarios de los loros, sino el precio que alcanzan en el mercado de animales cuando son vendidos como esclavos. Y eso que véis ahí, a sus pies, no es un balón, sino la bola en la que termina la cadena a la que están sujetos, para que no se escapen.

Un profundo silencio recorrió el bosquete.

FIN

FIN

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Cuento de primavera: El argumento de la cotorra

7 abril, 2014 By amarias Deja un comentario

Aunque no estaban especificadas de forma muy clara las condiciones para participar en lo que se anunciaba como un crucero inolvidable, la cola de animales que pretendían ser admitidos al viaje era bastante numerosa.

-¡Solamente una pareja por especie! -gritaba, tratando de poner orden en el tumulto, un onagro, comisionado especialmente  por Set, el mayor de los hijos del capitán de la nave, que lucía, espléndida, de momento en dique seco-.

-Perdón, señor asno -expresó de forma muy educada una avestruz con demasiada pluma, para lo que se estila entre esas aves gigantescas- ¿Las parejas deben ser del mismo sexo?

El interpelado se revolvió, hecho un basilisco. La jornada estaba siendo agotadora y el calor atenazaba los ánimos.

-¡Por supuesto! ¡Y ha de ser una pareja en edad reproductora, o sea fértil, es decir, en edad de procreación, para que lo entiendas! …¡Y, por cierto, no soy asno, sino un onagro, como se podría constatar si algunos no escondiérais la cabeza bajo tierra, por vergüenza o para no enteraros de lo que os rodea -precisó el cuadrúpedo, que, además de las del carácter, tenía otras malas pulgas, que le estaban abrasando a picaduras el trasero.

-Ya tenemos leones – señaló a un par de felinos, sacándolos de la fila, siguiendo con su estricta inspección, y jugándose el bigote, pues algunos de los bichos le doblaban en tamaño y le cuadriplicaban en fiereza-. Por cierto, -apuntilló, crecido- además, de mucho mejor aspecto y color. Rubios.

-Es que nosotros somos albinos -se justificó la leona, retirándose, disciplinada, dando un rugido y dedicándose, de inmediato, aprovechando la concentración de proteínas,  a perseguir una manada de gacelas a los que también se le había negado formar parte del pasaje.

De pronto, saltándose olímpicamente la cola, una pareja de cotorras se colocó a la cabeza, pretendiendo entrar, así, sin más ni más.

-¡Alto ahí! -los detuvo Set- El pasaje ha de ser totalmente autóctono. No están admitidos animales de importación procedentes de otras regiones.

-¿Cómo así? -replicó una de las cotorras, sin que fuera posible para un observador no avezado en la determinación de los sexos de tales animales, deducir si se trataba de la hembra o del macho de la pareja.-¿Es que acaso no nos asiste el derecho a los inmigrantes en esta tierra? ¿No contribuimos a darle diversidad?

-Son órdenes de mi padre, y el sabrá lo que hace -le contestó el muchacho. (Iba a decir «órdenes del de arriba», pero se contuvo justo a tiempo). –

-¡Como si son de la mismísima paloma! -revoloteó, dando chirridos escalofriantes, el cotorro- Además, he observado que han entrado en el barco varios corderos que, evidentemente, son todos de la misma especie! ¿Hay preferencias? ¡Injusticia manifiesta! ¡Exijo el libro de reclamaciones!

Se organizó un pequeño tumulto, al que, rápidamente se adhirieron las urracas, los unicornios y los osos pardos. Los camellos se retiraron, asustados por el alboroto, a beber agua de una charca.

-En efecto, hay varios corderos, y también unas cuantas vacas, y hasta doscientas gallinas. Pero su presencia tiene que ver con la intendencia, no con el pasaje -puntualizó Cam, que estaba conduciendo al arca unas decenas de carros cargados con avena, arrastrados por sumisas parejas de bueyes castrados.

-¡Que salga Noé! -fue la demanda que cobró fuerza creciente entre los rechazados- ¡Que nos lo explique!

Noé observaba, con preocupación creciente, el cielo encapotado, pues temía que la maniobra de embarque se dilatara demasiado. Asomó por el puente de mando, sin dejar de consultar su cuaderno de notas. El tiempo apremiaba.

Empezaban a caer algunas gotas.

-Habrá más viajes -explicó-. Este es solo el primero de una serie. Es mi primer barco, los planos no eran míos, así que no garantizo la flotabilidad. Más que un premio, subir a este barco es una aventura. En todo caso, habrá lista de espera, por si algunos de los que están apuntados no aparecen a última hora.

La cotorra no se contentó, ni mucho menos, con la respuesta.

-¡Lo que faltaba! ¡Hay clases y clases, no ya entre los humanos, sino hasta entre los animales! -gritó- ¡Aquí hay privilegiados y el resto somos para ti, gandalla!

El jabalí, que tenía hambre y no veía claro el sentido de aquel viaje, y que, en realidad, no le apetecía lo más mínimo, aprovechó el momento para ofrecer su solución:

-Vale, nosotros nos quedamos en Palestina. Que ocupen nuestro sitio las cotorras, y no se hable más. Por otra parte, hemos visto que en el barco ha entrado ya una pareja de cerdos, y no querríamos mezclarnos con animales tan inmundos como rijosos. MI querida jabalina está en celo y no quiero problemas.

Fue así como la pareja de cotorras se introdujo en el arca, ocupando el sitio que correspondía a los jabalíes, en uno de los camarotes de segunda clase, donde ya estaban instaladas las liebres, las codornices y las musarañas.

Terminado por fin el embarque, empezó a llover y a llover, durante varios días, sin parar. El barco resistió, aunque fue necesario achicar agua un par de veces, por culpa de las termitas y las carcomas, que se volvieron muy voraces por el nerviosismo, y agujerearon el casco. Nada grave, por fortuna.

No resultó un viaje de placer, desde luego, y las vituallas estuvieron  a punto de agotarse, aunque, milagrosamente, las despensas se llenaban de víveres, y de lo más variado, por las noches. Los corderos sobrantes y las gallinas, sin embargo, desaparecieron, convertidos en sustento para la marinería.

Pero lo que marcó el curso de los acontecimientos fue que las cotorras, se reprodujeron frenéticamente durante la estadía, molestando a los de primera clase en su descanso. Devoraban los huevos de casi todas las demás aves menores, a las que hicieron el viaje no solo imposible sino inútil pues fueron muchas las que se vieron viudas. Las parejas de páridos, gorriones, mirlos, fringílidos, muchas especies de mariposas y casi todos los escarabajos, sufrieron graves pérdidas.

Llegaron a ser tantas las cotorras y tanta su habilidad para imitar los lenguajes de otros animales confundiéndolos en lo que querían y no querían, que donde quiera que aparecían se armaba un guirigay. Era una plaga aún peor que las de las langostas (los saltamontes, no las de cetárea). Noé, después de pedir asesoría, las maldijo, autorizando a Jafet a que les disparara, , utilizando la escopeta de perdigones que le había regalado por la Pascua anterior.

Y, por cierto no fueron palomas, sino cotorras, los primeros pájaros que se enviaron al exterior del arca para comprobar si había dejado de llover. Cuando Noé estuvo seguro, fue cuando soltó a la paloma.

FIN

 

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Cuento de primavera: El extraño caso del escritor desaparecido

6 abril, 2014 By amarias 1 comentario

Se sabía poco de el, tan poco que, si lo analizamos con serenidad, no se sabía casi nada. Hacía una vida normal, es decir, era posible cruzarse con el en las calles de la ciudad, suponemos que de camino hacia casa o volviendo de ella.

-No estoy seguro de en qué trabajaba; creo haber oído una vez que era funcionario, o algo así. -reconoció mi primer entrevistado, cuando me encomendaron el caso.

¿Estaba casado? Debió haberlo estado, porque una vecina recuerda -sin ofrecer total seguridad- que llevaba dos anillos, uno en el dedo anular y otro en el meñique de su mano derecha. Pero, aclara, en los últimos años, no se veía a su lado a ninguna mujer. La única del sexo femenino que entraba en su casa era la asistenta, dos o tres veces al mes.

-Es una señora muy mayor; limpia también la escalera y también hace horas para varios vecinos -me había indicado, cambiando su recelo inicial por extrema amabilidad, Da. Carmelina.

No tenía amigos, al menos, de esos con los que juegas la partida al dominó o a las cartas a la hora del café, vas al fútbol, al teatro o a la ópera de vez en cuando. Sin embargo, tenía muchos alumnos, que iban a su casa a recibir no se sabía bien qué lecciones.

-¿Alumnos? Primera noticia -se sorprendió la recepcionista del Bufete Portaroles, que ocupaba el primero y segundo pisos del edificio.

El vecino puerta con puerta sospecha, me reconoce en voz baja, que era homosexual. Porque le parece haber detectado -«¿por casualidad, eh? que yo no me dedico a fisgar tras la mirilla»- que un par de esos jóvenes que lo visitaban se quedaba hasta muy tarde. Demasiado tiempo, y ya caída la noche.

-Debió de ser atractivo en su juventud, aunque ahora, con la barba descuidada y la pérdida de pelo, más bien parecía un mendigo. Limpio, eso sí, pero calvo, como un pordiosero. -me dijo el quiosquero, en donde acostumbraba a comprar el billete de metro-bus, mezclando características físicas con deficiencias pecunarias.

Ninguno de quienes tan mal lo conocían, hubieran imaginado que era escritor, y que resultara el autor de algunas de las novelas de más éxito en estos tiempos. «Orangutanes y rapaces en Wall Street», «Amores metálicos bajo sospecha», «Pasión por ganar sin argumentos «… ¿Este tipo educado, que te saludaba con un Buenos días, buenas tardes o Adiós, como si te conociera de toda la vida, escritor? Hubiéramos creído más bien que era profesor jubilado de matemáticas, o física, una profesión de esas sin mucha chicha.

-Si me dijeran que daba clases de latín o griego, hasta lo hubiera creído. -nos reconoció el camarero de la cafetería situada en la misma acera, en la que, según recuerda (¿era un fulano de barba, dice usted, con un pelo negro y crespo?) , tomaba casi todos los días su café cortado con dos churros.

-Era una lata, porque la ración tiene tres churros, así que no sabíamos qué cobrarle. Bueno, en realidad, le cobraba la ración entera.

-¿Así que era profesor de retórica? ¿Y eso, qué es? -fue la pregunta de la joven que, cuando se enteró que había venido la televisión para realizar unas tomas de la casa, afirmó conocerlo y se ofreció para una entrevista como testigo capaz de contar pormenores.

En fin, que desde hace un par de días, ese escritor afamado, especialista en gramática y dialéctica, del que se conoce su seudónimo -Ejazid Nerpa-, pero no su nombre verdadero, figura como desaparecido.

-Me di cuenta que algo raro pasaba, porque no utilizaba las camisas que le planchaba, y se iban amontonando sobre la mesita de noche y, al final, se las dejaba sobre la cama -confesó la asistenta, que, como acabó reconociendo ella misma, hacía dos meses que no aparecía por la casa.

-Le escribí en una nota que no me interesaba, para lo poco que me pagaba -explicó.

Sus alumnos solo conocían su nombre, Ejazid, y afirman que no le pagaban, porque las clases eran gratuitas, aunque limitadas a una presencia de cuatro educandos por cada hora. Daba dos horas diarias de clase, incluso los sábados. A veces, se ofrecía para corregir los escritos de aquellos que consideraba más dotados para la literatura, que se quedaban una media hora más.

-Nos recomendaba que escribiéramos cuentos, porque los cuentos, si son cortos, tienen más posibilidades de ser leídos hasta el final.

En la editorial han respondido que los derechos de autor de Ejazid Nerpa habían sido cedidos, desde el principio, a la ONG Helping Sahel, a la que se enviaban regularmente remesas de dinero con las liquidaciones.

-Puede que haya habido algunos retrasos, pero involuntarios -explicó el director, que había temido una inspección fiscal, cuando le abordé el pasado jueves.

Al pasar a limpio mis notas, en el curso de la investigación, me di cuenta de pronto que Ejazid Nerpa es exactamente Aprendizaje, al revés. Pero soy incapaz de encontrar en ello alguna pista, ni el menor significado.

Hago la última llamada a quien puede darme información.

-¿Contrato de alquiler? No, no; ya sabe cómo son esas cosas. Me dejaba el importe del arrendamiento metido en un sobre bajo el felpudo. Puntual. Siempre el día tres de cada mes, por adelantado. Pero, no, no coincidíamos. ¿Para qué?

Era el arrendador del piso que habitaba el verdadero Nerpa, o como quiera que se llamara el desaparecido.

FIN

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Cuento de primavera: Reproducción asistida

3 abril, 2014 By amarias Deja un comentario

«Cuando los recién llegados, utilizando su gigantesca  capacidad de asimilación, absorbieron toda la información disponible, en los circuitos de generación del conocimiento, quedó una sola interrogante sin respuesta:

-¿Por qué no se habían dado cuenta aquellos seres de que habían sido víctimas de unos mutantes que estaban acabando con ellos?

Quizá sea necesario para entender cabalmente lo que había pasado, retroceder algunas decenas de años atrás, midiendo el tiempo con los procedimientos que se habían implantado en el planeta al que los visitantes acababan de acceder.

En ese planeta, -al que numerosa documentación encontrada se refería, una vez descifrada, como Tierra-, se habían alcanzado muy altos niveles de desequilibrio, en realidad, en poco tiempo. La población de aquellos seres extraños -es decir: los humanos- había aumentado de manera exponencial, brutal, aproximándose a los 7.ooo millones, según constaba en estimaciones de sus elementales equipos de tratamiento de datos.

La presión que ejercían esos alienígenas sobre los recursos que su planeta era capaz de generar era tan alta, que varios de sus centros de análisis de coyuntura (terminología que los visitantes no habían conseguido interpretar aún) habían estimado que serían necesarios 3 espacios equivalentes a la Tierra para lograr el equilibrio entre producción y consumo.

Incluso, -y eso lo valoraron los extraterrestres como demostración de que algunos humanos tenían atisbos de inteligencia por la que podían predecir, si bien de manera básica, el futuro-, habían detectado que, si no se tomaban medidas drásticas para reducir y corregir la generación de gases que producían un efecto identificado como «fenómeno invernadero», su planeta se sobrecalentaría, dando lugar a desastrosas consecuencias para aquellos.

Pero lo más curioso, según deducían los circuitos de conocimiento de los visitantes, similares a billones de neuronas capaces de interconectarse en nanosegundos, era que una parte de la población de humanos había conseguido hacerse con los núcleos sustanciales de toma de decisiones, y eran ellos quienes lo habían conducido hacia el caos.

Esta hipótesis resultaba, confirmada por la observación empírica de que, en un momento de la evolución de la especie humana, se había producido una mutación terrible.

Sin que el cambio fuera genéticamente apreciable por los procedimientos -relativamente elementales, de los centros de investigación humanos- los poseedores de una determinada característica se había introducido en ciertas ramas genealógicas. Y gracias a ella, se habían constituido en la clase dominante, e inexorablemente, habían conseguido ocupar, en ritmo exponencial, todos los lugares relevantes, en donde se ejercían poderes desde los que se tomaban decisiones clave .

Esos lugares clave habían sido detectados e, incluso, en algunos casos, producidos artificialmente, por los mutantes: el control de los medios de producción de bienes, tanto los llamados de ocio como los de negocio; los centros de información y mensajes, a los que fueron dotando progresivamente de la capacidad para crear y difundir falsas noticias; la capacidad para controlar y hasta definir, lo que se debería identificar con los conceptos de felicidad, solidaridad y otras ideas relacionadas con la metafísica.

Nada había sido más importante, sin embargo, según detectaron los circuitos neuronales de los recién llegados, como la ausencia de deontología que suponía la existencia de esa mutación. La aplicación, sistemáticamente adulterada de los principios éticos (que se llegó a llamar en algunos lugares Justicia y en otros religión, dogma o doctrina), forzó el desplazamiento de las mayorías humanas, que quedaron sin protección, ya que, sin el gen mutado, seguían creyendo en que la ética era universal y su aplicación, inexcusable.

Como colofón, la representación de las mayorías, que se había conseguido incardinar a través de unas figuras complejas en las que se mezclaban conceptos como votaciones, democracia, partidos, sectas, mafias, programas y memorias de gestión, se acabó concentrando en los mutantes, que se encargaban sin problemas, -dada su ausencia de ética-, en la selección de los candidatos idóneos, que eran, invariablemente, quienes tenían el gen. Al parecer, paralelamente, marginaban pisoteaban, despreciaban o incluso mataban a cualquiera que no perteneciera a sus clanes, haciendo las sociedades que formaban cada vez más secreta, y sus reglas de control, más y más precisas.

Cuando los circuitos neuronales de los visitantes repitieron la secuencia lógica de lo que había pasado a los humanos, descubrieron la explicación más probables:

La técnica de selección y reproducción endogámica de los mutantes les había ido proporcionando, de generación en generación, posiciones cada vez mayores de dominio y control sobre los demás humanos. Incluso sus retoños no tenía dificultades en fingir, momentáneamente, ser defensores y seguidores de ideas de destrucción de los sectores controlados por los mutantes, pero, en la realidad, las robustecían, proporcionando valiosa información al clan sobre los secretos, las debilidades y las ideas de quienes no pertenecía a la familia, emponzoñando sus actuaciones con trabas burocráticas, despidos, embargos, negaciones de créditos y, en fin, confusión, corrupción y miseria.

Es a este procedimiento de reproducción con el objetivo de controlarlo todo, al que los alienígenas llamaron reproducción asistida. y fue el éxito de esta situación la que llevó a la humanidad a su desastre: los mutantes, que apenas suponían el 1% de la población humana mundial, ejercían un dominio absoluto, disfrutando, como casta superior que se consideraban, del trabajo del 99% restante, al que explotaban a su gusto.

Pero no se dieron cuenta que esa concentración de satisfacción, obtenida con base en la explotación sin límites de los recursos del planeta Tierra y el desprecio a las necesidades de una inmensa mayoría, acabaría provocando el desastre fina, su exterminio como especie.»

Noé Forterius se despertó, sudando. Creyó que se había quedado dormido a la sombra de un árbol. La claridad de la tarde era cegadora.

-¡Menuda pesadilla que acabo de tener! -dijo, en voz alta- ¡Terrible! ¡Qué tranquilidad pensar que todo fue un sueño!.

Un ser de extraña apariencia asomó en su campo visual, y entendió lo que trasmitía sin palabras.

-No, Noé Forterius, te equivocas. No tuviste un sueño. La narración que acabas de escuchar es real. Tú eres el único superviviente de tu especie en la Tierra.

Noé sintió un escalofrío. Miró alrededor, y no vio más que desolación, silencio y muerte, y se echó a llorar como un niño. En la confusión interior que sintió, no estuvo seguro de haber entendido el mensaje del alienígena, que reflejaba una curiosidad precursora de quién sabe qué consecuencias.

-Estamos comprobando si tienes el gen mutante.

FIN

 

 

 

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Cuento de primavera: The discouraging Behaviours

2 abril, 2014 By amarias Deja un comentario

Como en los Certámenes oficiales en los que se exponen los cuadros admitidos a la exposición, y los rechazados o contestatarios, organizan una exhibición alternativa en los aledaños, la importante concentración de optimistas que convocó la capital de Valgamediós en su Convocatoria anual bajo el título The Encouraging Behaviors (Los comportamientos estimulantes) contó con una réplica.

En un tendejón improvisado, situado a pocos metros del Centro de Convenciones en donde se celebraba el Congreso organizado por la Administración de Valgamediós,  en el que fueron ponentes -además de tres ministros relacionados con la Promoción de Actividades Lucrativas, destacados emprendedores y responsables de organismos públicos y privados, tenia lugar el encuentro The Discouraging Behaviours, en la que exponían sus experiencias, oscuros fracasados del país  y algunos ivitados foráneos. (1)

Como la reunión oficial ha contado con divulgación suficiente, creemos conveniente en este medio (que, por supuesto, no goza de ninguna subvención), recoger lo fundamental de la charla de uno de los intervinientes en The Discouraging Behaviours, Demorte Convetiel, Ingeniero en Mecánica de Confluidos y con un quasi Master obtenido en el IET, que tuvo que abandonar al perder la beca. Su título fue: «El ADN de los emprendedores fracasados».

Expuso Convetiel los hallazgos de la Universidad Alternativa Popular, ubicada en Calcedonia, en donde es actualmente profesor en la cátedra La Globalización como Alibi, acerca de las características que, según parece, deben reunir los emprendedores para perder su dinero en un mundo global, comparado con las de los que han tenido éxito notorio.

Para el profesor Convetiel, es fundamental para fracasar en una empresa tener un importante bagaje intelectual. El ADN de los que pierden todo su dinero, coincide en haber asimilado a la perfección lo que se les ha enseñado en las Escuelas de Negocio y Universidades oficiales, y pretender ponerlo en práctica en Valgamediós. Las verdaderas oportunidades surgen fuera del mundo académico.

En segundo lugar, opina Conventiel (con base en su trabajo de campo) que, si para tener éxito hay que tener una ética lasa y amigos influyentes, para carecer de él, hay que estar convencido del valor deontológico y confiar en que quienes están necesitados como tú podrán ayudarte en el negocio. La experiencia viene a demostrar lo pernicioso de este tipo de ADN, pues las personas que emplees haciéndoles un favor, harán lo posible por hundirlo, sin que se conozca, hasta el momento, las concretas razones.

Un aspecto igualmente interesante del estudio de la Cátedra de la Globalización como Alibi es la conclusión de que los términos Responsabilidad Social Corporativa, Respeto Medioambiental y Ayuda al Desarrollo, no figuran en el ADN de los emprendedores de éxito y sí, en cambio, de los fracasados convulsivos (término que pretende recoger la idea de que los ilusos no suelen contentarse con un único fracaso).

La conferencia de Conventiel no pudo difundirse en las redes sociales, porque su hashtag #worstexperiencesinbusiness fue boicoteado por un hacker desconocido, que sustituyó la emisión prevista por Canciones Populares, como Soy feliz porque el mundo me ha hecho así, Creo en el más allá, y Tómate las cosas como vienen.

FIN

—

(1) Desconocemos la razón por la que el título del Congreso -digamos, oficial- figuraba en inglés americano, en tanto que el Congreso alternativo se convocaba en inglés universal (N.B. Behavior vs. behaviour, véase Diccionarios ad hoc)

 

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Cuento de primavera: Baile de máscaras

31 marzo, 2014 By amarias Deja un comentario

No habían coincidido hasta entonces, pero la casualidad los reunió en aquella mesa. Eran, más o menos, de la misma edad, ya avanzada la cincuentena. Gumersindo Centeno, bigote y barba algo descuidados, traje brillante por el uso, una corbata a cuadros demasiado ancha para lo que ahora se estila, parecía fuera de sitio.

Petronilo Maldotado, cabello ya entrecano dominado por un toque preciso de brillantina, terno caro de mezclilla, corbata firmada por la casa Carmani, también.

Su proximidad física en la mesa 16, junto a otros invitados a un desayuno al que asistía el Presidente del País de Maravalla, Dr. Corcovondo Inflado de los Ijares, que tenía lugar en el prestigioso Hotel Palace de la Putain, era producto, en efecto, del azar. Maldotado había llegado tarde a la convocatoria, cuando el conferenciante ya había empezado a hablar y se encontró con que no tenía sitio en la mesa que le habían designado previamente.

-Me temo, Sr. Maldotado, que las demás autoridades, creyendo que no vendría, han movido algo sus asientos, para estar más cómodos y no queda sitio en su mesa -le explicó la azafata, una atractiva joven de casi metro ochenta, que le sacaba la cabeza y a la que siguió, con la mirada fija en sus rotundas posaderas.

-La culpa la tuvo mi chófer. Creyó que el desayuno era, como otras veces, en el Hotel Pritz, y, cuando me dí cuenta, habíamos perdido un tiempo precioso -dijo Petronilo, aceptando que se le ubicara en la mesa 16, en un sitio de espaldas al estrado y con vistas a una columna.

Maldotado, empresario de éxito, estaba destinado a ocupar la mesa 2, el lugar preferente, justo enfrente del conferenciante, el Presidente del Círculo de Empresarios, y con la oportunidad de compartir espacio y mantel con el Presidente del País, los Ministros de Industria y Finanzas, y la Secretaria General de Inversiones Inespecíficas (amante del segundo), además de con el Rector Magnificiente de la Universidad de Maravalla capital, el cardenal Primario, el director del periódico de mayor difusión (La Gaceta Pertinente) y el Jefe Superior de la Policía Para-Científica.

Centeno, por su parte, estaba en ese desayuno por necesidad. Llevaba varios meses en paro, tenía hambre, y se le había ocurrido apuntarse a aquel acto, inventándose una ocupación que no tenía: Director ejecutivo del Club de Defensores Ambientados.

Maldotado, mientras un camarero le servía un té con hierbabuena, entregó a los dos inmediatos vecinos que tenía en la mesa 16, una tarjeta en la que figuraba su nombre impreso en huecograbado y el logo de su grupo, diseñado por Jacinto Maroscal. La vecina de la derecha, sacó del bolso un cartoncito que la acreditaba como ayudante del ayudante de la Secretaria de Inversiones Inespecíficas. Petronilo se disculpó, murmurando en voz ininteligible que se había olvidado las identidades en casa.

Había devorado casi todos los canapés de la mesa y lo que estaba escuchando en aquel acto no le interesaba, pero era quizás el único que había cumplido aquel día su objetivo.

FIN

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Cuento de primavera: Discusión en las alturas

30 marzo, 2014 By amarias Deja un comentario

Hubo un tiempo en que el Olimpo estaba densamente poblado. A estas alturas, no se trata de buscar culpables, aunque, como en todas las cosas, incluso las de los dioses, la situación tenía varios responsables.

El principal, desde luego, era el propio Zeus, que había explotado su capacidad de seducción hasta límites que resultaban inimaginables, protagonizando actos que, si no fuera por su potestad y que, a la postre, era él quien confeccionaba los códigos de conducta y juzgaba las trasgresiones, merecerían las más duras calificaciones éticas y penales.

En un crimen pasional sin precedentes celestiales, había devorado a Metis, que estaba encinta de Atenea, que nació, por eso, dentro del estómago de su padre, y a la que la pobre niña no sabía si llamar papá o mamá; se casó luego con Temis, con la que tuvo las doce Horas, tal para cual; conquistó a Eurínome, que parió las tres Gracias, a cual más hermosa, pero no por ello libres del gen licencioso…Siguieron otras víctimas en su haber rijoso, las pobres Leto y Mnemosina, que, siendo fértiles y sin que les fuera permitido abortar ni utilizar anticonceptivos, le hicieron también padre; la segunda, de las nueve Musas, y la primera, de Apolo y Artemisa.

Sin complejos, Zeus no encontró tabúes para aparearse incluso con su propia hermana, Deméter, y de aquel incesto nació Perséfone. Próximo ya a sus últimos días, vivía con Hera, aunque la hipotética decadencia senil no le impidió, seguramente con estimulación artificial, seducir a Alcmene y engendrar con ella a Hércules, fuerte como Sansón y bastante bien mandado para los recados.

Si a tantos devaneos del primer causante, se suman los de hijos y nietos, derivados de su propia fogosidad, y habida cuenta que todos ellos heredaron la misma afición a gozar de los placeres tanto de carnes como de espíritus, apareándose los de arriba, perdidos los remilgos, tanto entre sí como con los que moraban más abajo, resulta obvio que en el Panteón faltaba sitio, entre hijos legítimos, naturales, adoptados, putativos y adjudicados.

La explosión demográfica de tantos seres, todas con sus bocas que alimentar, con sus moradas propias, con gineceos, vírgenes, y mancebos que sustentar, deseos que satisfacer, objetivos por cumplir, fue tan terrible, que se planteaban de continuo disputas entre ellos, los que, dadas las alcurnias, no se limitaban a un quítame allá esas pajas o nos vamos de veraneo al campo o a la playa. Deseosos de gloria y trascendencia, obsesionados por acumular cuantas más hazañas y méritos, pugnaban por interceder incluso en los menores asuntos de los terrenales súbditos y adoradores, que eran, como es natural, los más necesitados.

La búsqueda de glorias en la Gloria era frenética y el hedor de la concentración de residuos mágicos, insoportable para narices elegidas.

Así fue que tanto griegos como advenedizos, devotos como escépticos, tirios como troyanos,  aqueos junto a dorios, ilustrados lo mismo que paganos, disfrutaban de un bienestar que no les correspondía, pues con solo apelar al auxilio de cualquier divinidad, ya al comienzo mismo de sus rezos y plegarias, aparecían, diligentes, decenas de endiosados, fueran o no convocados por el demandante, a hacer como que solucionaban el problema.

No consta en qué momento exacto, ni por quién en concreto, se suscitó la urgente necesidad de repartir entre los dioses, demiurgos y hasta los seres menos divinizados del atiborrado escalafón celestial, las peticiones de intercesión de los humanos, que, para mayor presión, iban siendo cada vez menos, ya que éstos incorporaban a su acervo cultural, y lo hacían de forma exponencial,  nuevas tecnologías, escepticismos y más dudas. Así que las demandas de auxilio que llegaban a lo alto, eran claramente insuficientes para tener ocupados a todos los habitantes del Olimpo, causándoles una frustración incontinente, y constantes peleas por este devoto es mío, yo lo ví primero.

-Hay que poner orden en el caos, que perjudica a nuestro prestigio, y nos provoca tantos desasosiegos y rencillas. No voy a culpar a nadie, pero pienso que la culpa es de las deidades femeninas y, en general, de todas las hembras procreadoras, Con tanto parir a cada rato nuevos dioses y héroes, somos hoy por hoy demasiados los que tenemos o creemos tener poderes y, en paralelo, cada vez son más escasas, atrabiliarias y raras, las peticiones que nos llegan desde abajo. -expresó Hércules, que tenía gran facilidad de palabra, como todos los atletas-. ¿Qué decir a los que nos piden que hagamos porque gane su campeón local en unas justas, ya sea cojo de solemnidad o borracho empedernido? ¿Cómo habría de juzgarse la incalificable ligereza de los que conceden a un devoto, con solo ver que les han encendido un par de velas u ofrecido el sacrificio de alguna oveja enferma que la hizo incomestible, tener la suerte de verse sanado desde un forúnculo en el ano, a conseguir un puesto en el Gobierno de su polis?

No quedaba ahí, para Hércules, la cosa:

-Nos atropellamos para ejecutar cualquier trabajo, y hay dioses de primera fila que incluso asumen labores que corresponderían claramente a otros de calidades inferiores, y lo hacen solo por mantenerse ocupados, para no aburrirse. Nos quitamos trabajo unos a otros. A nosotros mismos, los héroes, se nos encomiendan nimiedades por las que no merece la pena ni agacharse. Tomo mi propio ejemplo, sin que esto signifique crítica ante tamaña aberración: ¿qué sentido tiene que yo tenga que encargarme de robar manzanas del jardín de las Hespérides? ¿No sería labor más propia de un centauro?

Zeus, que empezaba a sufrir ataques de Alzheimer (que, como se sabe, no era héroe ni personaje de esa constelación, pues aún no había nacido), pidió consejo a Hera, que, sentada en su regazo, se estaba haciendo la manicura con unas tijeras de podar flores del maná, abundantes en la época (aproximadamente año 4.000 previo a nuestra era cristiana):

-Tiene  razón el muchacho -habló Hera, la taimada deidad, que había sido elevada recientemente a la categoría de reina del Olimpo por el vetusto Zeus,  y que se consideraba, gracias a sus afeites y conjuros,  más bella incluso que Afrodita, a la que algunas versiones modernas se refieren como Blanca Nieves, por utilizar un dentífrico de marca-. La idea es buena. Habría que matar a todas las hembras en edad de parir, empezando por Alcmene y Afrodita. Eso solucionará el núcleo del problema, y aquí paz y después, gloria.

Pero, como siempre que se organizaba un intercambio de pareceres, y estando minada la autoridad del que antes había dirigido, surgieron muchas otras opiniones, abierta la caja de Pandora:

-Oye, Zeus, el Olimpo está en lucha. Reconoce que tu tiempo ha llegado al final, a salvo de lo que Cronos opine, que en este concreto asunto tiene más autoridad -dijo Plutón, surgiendo, tridente en mano, de las cavernas profundas de las pelágicas aguas-.  Manda al destierro o al infierno a los héroes. Cede poder a los que tenemos más futuro. Confíame sin tapujos a los dioses menores, que los confinaré en un Panteón especial en los avernos, a donde no se pueda llegar sino en barca de remos y allí los retendré hasta que se mueran por aburrimiento e inacción.

-Querrás decir, colega, de inanición, aunque algunos dioses, ya sabes, son de poco comer -le puntualizó Dédalo, que era muy quisquilloso, lo que no le impedía ser prolijo en sus argumentos. Pero antes de que iniciara sus laberínticos razonamientos, se oyó una voz muy  femenina, aunque tonante.

-¿Qué insensatez es ésa? Pongamos a cada cual en su sitio, como siempre debió ser. Que los centauros retornen a su naturaleza animal, que nunca debieron abandonar. Que los dioses menores se encarguen del servicio celestial, que está muy descuidado, y que se contenten con nuestra contemplación. Y que los héroes vayan a la Tierra, como simples humanos, desprovistos de toda capacidad,  y que se apañen con lo que yo les dé.-dijo Gea, que aprovechó un tic convulsivo que le producía hablar en público para tirarle los tejos a Urano, aunque de momento éste no le hacía puñetero caso.

El debate se prolongaba, por lo que Cronos se adelantó unos pasos, y sentenció de esta manera:

-Por alusiones de Plutón, pero también porque me da la real gana. Yo tengo la clave de todo y, en resumidas cuentas, de lo que discutimos, es ésta: que cada poco tiempo, se retrasen los relojes de los humanos, volviéndolas a un punto anterior. Así, se encontrarán haciendo, sin saberlo, una y otra vez lo mismo. Sísifo se encargará, y lo hará de buen grado, ya que tiene experiencia, de repartirles los inútiles trabajos, de manera que nada den jamás por terminado. Que haya guerras, corrupción, nepotismo, acumulación de despropósitos, mercados…

-Calla, calla…Me gusta esa idea -dijo la Poesía-. Que haya incluso compasión, inocencia y que Amor los visite de vez en cuando. Pero, ¿qué pasará con nosotros, los de arriba?

-No tenemos por qué preocuparnos -replicó Cronos, que se había dado cuenta de que a Zeus le había vencido el sueño, y roncaba profundamente-. Yo me ocuparé de sacar del Olimpo a todos los dioses. Os guiaré a un sitio recogido que conozco, en el que nada tendréis que hacer en adelante, más que ocuparos de vosotros mismos.

Todos estuvieron de acuerdo, por aclamación, aunque, por un momento, la Música pidió el voto a mano alzada.

Y de inmediato, Cronos, cumpliendo su palabra, los condujo a todos al Olvido, de donde no volvieron.

En cuanto a los humanos, la leyenda dice que algunos consiguen escaparse del control de Sísifo y se resguardan en el oasis de Fantasía, cuyos propietarios son Eros y Tanatos (Amor y Muerte).

FIN

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Cuento de primavera: El integrado

29 marzo, 2014 By amarias Deja un comentario

No era muy negro, pero era negro; tampoco podría decirse que fuera excesivamente alto, pero era más alto que la mayoría. Tenía algunas ventajas, aunque eran mucho mayores las desventajas respecto al resto de la población con la que tenía que competir. Era bastante más joven que la media, estaba acostumbrado a soportar cientos horas de calor y de sed y no eran pocas las veces que se había tenido que acostar sin haber probado bocado.

¿Competir, he escrito competir? Esa no es la palabra que expresaría su actitud. Qué va. Sin conocer una sola palabra del idioma de aquellos otros con los que se cruzaba, después de tres días rebuscando entre sus desperdicios, temeroso de que, mientras separaba de las bolsas de basura algo comestible o una prenda de abrigo que fuera algo mejor que la harapienta que llevaba, alguno de esos perros que le ladraban desde detrás de las verjas y muros descubriera en ellos una rendija y se lanzara contra él, lo único que deseaba era poder encontrarse con alguien que le tratara de forma amistosa. Que le entendiera, al menos.

-¿Qué haces, tú? ¿Por qué rompes las bolsas? -le preguntó alguien que surgió de las sombras de la noche. Llevaba una linterna.

Se escabulló como lo haría cualquier animal. Por suerte, había encontrado en sus pesquisas entre los residuos, dos  naranjas solo ligeramente enmohecidas por un lado, de cuyo zumo disfrutó por unos instantes. Tuvo sensación de felicidad.

Aquella noche durmió también a la intemperie, sobre un banco del parque, protegido del ligero relente por unos cartones. Soñó que estaba en el Paraíso.

Le despertó un zarandeo.

-No se puede estar aquí.

No entendió.

-Está prohibido dormir en la calle.

No entendió nada. Se incorporó, dejó a un lado el material que le había servido de somera manta, y huyó.

Estaba empezando un nuevo día, y la mañana se ofrecía como un sendero de promesas. Caminó entre olores a café recién hecho, a bollos calientes. Sorteó autos que conducían gentes que iban, con prisa, hacia ninguna parte. Vio mujeres hermosas, blancas y, seguramente, de piel suave y de olor a flores de lavanda. Algunos de los que se cruzaban con él le miraban con curiosidad; la mayoría, no le veían o le ignoraban.

No tenía ninguna dirección a dónde ir, carecía de móvil -se lo había robado en el Centro de Inmigración en donde estuvo retenido seis días- y, falto de toda información, ni siquiera sabía dónde estaba. Cuando levantó la mano para recoger el billete de autobús que le ofrecieron para ir a un lugar del que nunca había oído hablar, no tenía la menor idea de si en él se encontraría con otros como él, ni de qué iba a vivir, o porqué tendría que luchar o contra quién.

Lo que no le impedía, al contrario, desde hacía un par de semanas, disfrutar de la sensación de libertad. Además, estaba seguro de encontrarse en racha de suerte. Apretó el amuleto que llevaba al cuello, colgando de una cuerda mugrosa.

Tuvo esa suerte. A la puerta de una tienda de ultramarinos, impávido como un cazador de impalas al acecho, se encontró con un semejante. Era Tamuk, su vecino. su compañero de juegos infantiles. Ahora Tamuk estaba jugando a otra cosa, a un juego de adultos, sonriendo a cuantos entraban y salían del local -le pareció que decía algo así como «Hola»-, y recogiendo de cuando en cuando algunas monedas, a cuyo gesto correspondía con otra palabra, «Gracias».

-¡Tamuk! -gritó de alegría.

El otro le miró. La sonrisa se le heló en los labios.

-No te acerques, Hamel. No es bueno que nos vean juntos. -le advirtió el interpelado, sin responder al cálido abrazo de saludo.

-¿Por qué? ¿Qué pasa? -se extrañó Hamel, que no podía disimular la alegría de verse, por fin, con un amigo.

-¿No te das cuenta? Yo ya estoy integrado -explicó Tamuk.

Hamel se hubiera quedado convertido en estatua pétrea, pero, cuando hacía ademán de marcharse con viento fresco, oyó que su amigo le decía en voz baja, en el dialecto swahili que compartían:

-Hay un barracón abandonado junto al cementerio. Allí nos reunimos todos los días para cenar, contarnos las aventuras del día y dormir. Ya somos cinco, y, por suerte, estamos todos integrados. Serás bien venido.

Esa noche se enteró, en una conversación de máxima cordialidad, mientras saboreaba las sardinas de una lata que le había ofrecido un negro tan negro como él, que la clave para integrarse estaba en dos palabras: «Hola» y «Gracias». Y había, por fortuna, aún un par de sitios en donde sacarles rentabilidad.

FIN

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